martes, junio 18, 2013

Los señores del poder



Hay varias buenas noticias que contar sobre este libro de José Varela Ortega. La primera y más importante es que es, probablemente, uno de los libros más inspirados y completos que se pueden encontrar hoy en las librerías sobre la Historia de España (y, por extensión, de Europa; sobre todo, de Francia). En medio de un panorama repleto de escritorcetes que con dos fichitas y una ideología construyen la historiografía, o por lo menos lo intentan, este libro de Varela, al fin y al cabo intelectual del círculo de conocimiento de Santos Juliá (con mucho, la mejor historiografía española en la actualidad), sorprende por lo sólido de sus desarrollos, y lo apabullante de sus fuentes.

Es tan así que, en realidad, Los señores del poder es, hoy, la mejor herramienta que el lector puede encontrar para entender la Historia de España. Sin embargo, todo tiene sus contras, o sus problemas, como se mire.

El principal de ellos, que si el lector tiene una serie de presupuestos ideológicos sencillos, lo mejor es que no se lo compre, porque perderá el dinero. Por ejemplo, si consideras que un tirano es siempre una figura política destinada a favorecer a los poderosos, no te lo compres. Si consideras que la Historia política de España entre el final de la guerra de la Independencia y la II República es una especie de mezcolanza aburrida en la que no pasó nada de interés, no te lo compres. O si piensas que la democracia española es, o debe ser, directa heredera de la II República, tampoco te lo compres.

La segunda cosa importante que debes entender es que este libro es un ensayo histórico. Eso quiere decir que no cuenta ni describe la Historia de España, sino que la explica. Así pues, hay que tener un poquito de nivel para leerlo. Ésta es la condenación de la obra; debería ser leída por muchas personas que, sin embargo, no pasarían de la página 30 porque son demasiadas las cosas que se dan por sabidas. Para colmo de colmos, el autor obtiene una buena parte de los ejemplos que necesita para describir los elementos evolutivos de la política del mundo clásico, romano y sobre todo griego. Considerando que el conocimiento de los clásicos es una de esas cosas contra la que se ha practicado la limpieza étnica intelectual, la cosa se hace más difícil todavía. Pero, vaya, si eres ducho en Solón, que sepas que este libro te explica con gran pericia por qué sigue, de alguna manera, presente en tu vida.

El sujeto del libro es España. O, más concretamente, los políticos de España, entendida esta expresión en un sentido amplio, puesto que el sintagma «los políticos de España» ha incluido, hasta hace bien poco, a clases teóricamente externas, como el Ejército. Es un libro sobre los políticos de España, y de cómo han trabajado, en los últimos 200 años, para moldear el poder, moldearse en el poder, e intentar conservarlo. Es un hecho sobradamente formulado pero merece la pena repetirlo cuantas veces sean necesarias: el objetivo del político, en términos generales, no es el bien común, sino la conservación del voto. Evidentemente, por eso el político democrático, hoy en día, trata desesperadamente de convencer al público de que las cosas que dicho público quiere votar son el bien común; pero en modo alguno se erige en esa figura platónica del aristos al frente de la cosa pública, transmitiéndole a la gente lo que él cree que es el bien común.

Arrancando, como decíamos, desde Solón y Clístenes, Varela Ortega nos cuenta cómo las clases gobernantes se han ido encontrando con los conflictos, y los cambios que han ido diseñando en el sistema político para evitarlos. Es importante entender, para que luego las ilusiones no se conviertan en abucheos, que éste no es un libro que historie de corrupción política, el engaño o la falsedad. Lo que se describe puntillosamente, con España en el centro, es la forma en que los políticos han ido diseñándose a  sí mismos y a los sistemas en los que actuaban para superar los problemas y contradicciones surgidos en la etapa anterior.

La figura del político, en tanto que representante de algo más que de sí mismo y sus intereses, nace, como otras tantas cosas, en la Revolución Francesa. Como hijo de la Revolución Francesa es la figura del Ejército nacional, que es una cosa que da mucha fuerza cuando se tiene una nación querida que defender, pero también es un portillo por el que se cuela la idea de que los sables tienen el derecho, y en ocasiones el deber, de actuar «por el bien de la Nación». El nacimiento de la política, daño colateral de la soberanía nacional (popular, se diría desde posiciones más enrabietadas), genera en España la dicotomía entre liberalismo y conservadurismo, que dio para tres guerras civiles hoy bastante olvidadas, entre otras cosas porque ni la cultura ni la enseñanza oficiales se ocupan de recordarlas; dicotomía que generó un tablero de juego, bien descrito en esta obra, por el cual los perdedores no se veían abocados a lo que hoy llamamos oposición, sino a ser perseguidos, exiliados y reprimidos (the winner takes it all, cantarán, siglo y medio después, los muy civilizados suecos); con lo que no les quedaba más que una manera de revertir la situación: echar mano de los espadones.

Todo aquel montaje, notablemente insensato e ineficiente, hizo crisis en La Gloriosa de 1968, que a pesar de ser una revolución ilusionante no logró evitar evolucionar como un proyecto radical y exclusivista y acabó degenerando en un golpe reaccionario. El autor explica en ese punto los porqués de la Restauración, montaje político muy longevo (medio siglo) diseñado por Cánovas para, nos dice, alejar definitivamente al Ejército del poder político (no por casualidad, pues, la señal de que dicha Restauración ha llegado a su punto máximo de empobrecimiento moral es... un golpe militar). Las dos grandes familias del liberalismo pactan un turno pacífico, aderezado por una oposición minoritaria controlada, casi una colección de geranios decorativos, basado en el principio, que hoy nos parece realmente peripatético, de que las elecciones las ganen siempre quienes las convocan, léase quienes las organizan desde los gobiernos civiles.

En una descripción de este tipo, es lógico que aparezca el caciquismo como fenómeno de primer nivel. Sin embargo, Varela nos recuerda, de alguna manera, que la visión moderna del caciquismo como algo superado es un tanto infatuada. Los caciques de hogaño favorecían a sus amigos; era la suya una operación deleznable, pero razonablemente barata. Los políticos de hoy favorecen a sus electores, que son mucho más y, por lo tanto, demandan mucho más dinero.

Los capítulos dedicados a la II República y a la deriva hacia la guerra civil son especialmente brillantes. Ya digo que quien esté acostumbrado a juzgar este periodo de la Historia de España a base de los prólogos de los libros y los guiones de las series de Televisión Española, mejor es que no haga el intento de atacar este libro; empezará aburriéndose, seguirá cabreándose, y acabará entrando en este blog a intentar trollear cualquier post; lo cual es, digámoslo claramente, un puto coñazo.

Muy sucintamente, el juicio analítico de la II República es: hubo democracia, pero no hubo alternancia. Como por otra parte reconocen con bastante claridad muchas memorias, cartas y conferencias elaboradas por los exiliados tras su derrota (en frases que se echan bastante de menos en las triunfalistas memorabilias al uso en el presente), la II República nunca integró dentro de sus objetivos existenciales la aceptación e integración del contrario. El suyo fue un régimen que no es que no hiciese esfuerzo por meter dentro a los que dudaban; es que los prefería fuera. Con el tiempo, se ha consolidado en el imaginario colectivo de muchos departamentos de Historia de las universidades y en las editoriales polémicas el concepto de que fue la deriva de las derechas hacia el fascismo la que justificó los siempre justificables «excesos» de las izquierdas. Este argumento, sin embargo, hace trampas intentando convencernos de que la operación utilizada es conmutativa, cuando no lo es. El orden de los factores altera el producto. La deriva al fascismo provocó los movimientos de las izquierdas... o, tal vez, los movimientos de las izquierdas provocaron o permitieron (se peca de palabra, de obra y de omisión) dicha deriva. No es lo mismo.

La II República era un proyecto todo lo bonito que se quiera, que lo era; pero era de una unidimensionalidad tan acojonante que fue arrancándose plumas hasta quedarse sólo con las de la cola, y aun así se veía a sí misma satisfecha, y satisfecha la siguen viendo sus nietos, que se han olvidado de leer a los Prieto, Azaña, Araquistáin, etc., de durante y después de la guerra. Tal vez por eso el neorrepublicanismo reacciona como reacciona ante la Transición de los setenta; al fin y al cabo, la hicieron aquéllos a los que ellos, entonces, y tal vez ahora también, querían dejar fuera del machito.

Flojea el libro, un poquito, al llegar al franquismo. A este bloguero, que ya ha escrito series sobre el tema y no se recata en confesar que le apasiona el proceso por el cual el general Franco consigue conservar el poder durante cuatro décadas en las que España pasa de ser Pocoyó a Brad Pitt, que se dice pronto; a alguien como yo, digo, le hubiera gustado un análisis algo más profundo sobre cómo el franquismo fue moviéndose y mutando conforme el tiempo pasaba y los ganadores de la guerra, por pura lógica demográfica, comenzaban a ser minoría. Porque creo que es un error ver en el franquismo esa longa noite de pedra, que escribió Celso Emilio Ferreiro, en la que la melodía de España se quebró y no pasó nada.

Con todo, el libro tiene un finale en completo stacatto, que son los materiales dedicados a los actuales procesos de memoria histórica y tendencia a denostar la Transición; que son, en el fondo, el mismo proceso. Son unas últimas decenas de páginas en las que el análisis gana ritmo, se vuelve casi frenético, y yo diría que demoledor. Se quedará en la memoria de los cuatro que lo lean, pero para éstos será una experiencia interesante, incluso aunque no compartan la tesis.

El problema, ya lo he dicho y simplemente lo reitero, es que quienes deberían leer este libro, no lo van a leer. No lo pueden leer, de hecho. Quien cree que las situaciones son el fruto de dinámicas unidimensionales; que vivimos en sociedades unicelulares donde cada cosa que pasa tiene una sola razón de ser; quien cree todo esto, digo, debería leer este libro para apreciar los muchos bordes que tiene el prisma de la Historia de España. Pero en la lectura se perderá, con mucha probabilidad, porque el libro es complejo.

Igual que las cosas que describe.