miércoles, junio 20, 2012

Fra Girolamo (4)


Aquella visita al Medici dio comienzo a la breve, pero intensa, historia de la relación entre el famoso noble florentino y el no menos famoso fraile y agitador político ferrarense. Que contamos, más o menos, en este capitulito de la serie.

La reacción de Lorenzo de Medici a tamaño discurso en toda su jeta fue no hacer aprecio. Aprovechando que Savonarola no había siquiera citado su nombre en el sermón, hizo como que no se había enterado. Cuando las gentes de su círculo le reprocharon, por así decirlo, la dureza de las palabras del fraile, repuso, con notable cinismo, que no importaba que él, Lorenzo, fuese un cabrón, si conseguía reformar al pueblo de Florencia. Eso sí, el que pasó una temporada bastante acojonado fue Pico de la Mirandola, que era quien había recomendado a Savonarola, y que tardó bastante en creerse que el Medici no fuese a vengarse por el agravio en su persona.

La verdad es que, con esa actitud, Lorenzo El Magnífico jugó con fuego. La tensión a la que tenía sometida a Florencia su gobernante era enorme, porque Lorenzo, como buen Medici, no tenía medida a la hora de trincar. La principal característica de la Florencia medicea es la calculada procrastinación de sus gobernantes a la hora de construir un sistema fiscal coherente. En verdad, las personas de hoy en día no nos podemos hacer una idea de los enormes problemas prácticos que presentaba, en los tiempos antiguos, un acto hoy tan (desgraciadamente) sencillo como la exacción fiscal. Un gobierno del 2012 puede cambiar el IVA de arriba a abajo, modificar los tipos a aplicar a todos los productos de una sola vez, sin por ello temer que el resultado va a ser que no recaude. Los sistemas de información son hoy tan perfectos que el dinero seguirá fluyendo. Sin embargo, cuando decimos, leemos o pensamos en una figura fiscal en el siglo XV, habitualmente no nos damos cuenta que frases como "las ventas de sal dentro del perímetro de la ciudad quedarán gravadas con un 10%", era bastante jodido de aplicar. ¿Cuándo se produciría el cobro? ¿Quién había de pagarlo: el salinero, el carretero, el mayorista, el minorista, el comprador final? ¿Quién controlaba la base del cálculo, esto es la venta sobre la que se producía el 10%? A esto hay que unir que, en la Edad Media y en el Renacimiento, habitualmente las recaudaciones fiscales se pactaban con las autoridades locales en global. Tales son, por ejemplo, las peticiones de los millones realizadas por reyes como Felipe II a sus Cortes. Por lo tanto, lo que se pactaba era la recaudación, no, propiamente, la figura fiscal. Por lo tanto, había una segunda parte, que es, una vez que la ciudad había acordado pagarle a su rey o gobernante tantos miles de monedas, repartir las obligaciones entre los contribuyentes. Reparto que podía ser justo, proporcional, o a dedo; el de Florencia, por mor de la mano de los Medici, era de los últimos.

Las dificultades inherentes a la aplicación de los impuestos (que están en la base de que su recaudación fuese habitualmente subcontratada, muy particularmente a los hebreos) eran oro molido para gentes como Lorenzo de Medici. Escudado en esa realidad, el noble florentino, literalmente, le cobraba lo que le salía de los cojones a quien le salía de los cojones. Aplicaba a rajatabla, medio milenio antes, la máxima del ministro franquista José Solís: "A los amigos el culo, a los enemigos por el culo y, a los indiferentes, la legislación vigente". Los impuestos están en la base del poder mediceo, de su mala fama, y de los enormes problemas sociales que subsistían en la Florencia savonaroliana. Tenéis que entender esto para entender bien todo lo que viene detrás. Las personas del siglo XV podían ser menos leídas que vosotros y, desde luego, recibían mucha menos información (hace ya muchos años, en su clásico La tercera ola, Alvin Toffler estimó que un niño de 4 años de finales del siglo XX ha recibido ya más información que su tatarabuelo del siglo XIX en toda su vida); pero eso no quiere decir que fuesen unos tontos crédulos. Una razón de por qué el hombre renacentista era tan sensible al milenarismo, a las polladas mistagogas y, en general, a la religión opiácea es, desde luego, la ignorancia. Pero otra, no desdeñable, es que quería creer. Exactamente igual que los fanáticos de derechas de hoy en día querían creer que Zapatero tenía un plan para romper España; o que los fanáticos progres quieren creer que todo lo que le pasa a España le pasa por culpa de un estrecho club de no más de 500 personas que han dirigido las cajas de ahorros en los últimos años. Si os paráis a pensarlo, os daréis cuenta de que la televisión e internet, hoy, están petados de pequeños savonarolas becarios.

La gente quería creer. Ésta era la audiencia del fraile en el Duomo. Decíamos ya, párrafos arriba: mujeres sensibles al mensaje de que sus hombres eran impíos por beber, por ir de putas y por darles a ellas unas hostias como panes. Y los hombres, los hombres estaban allí porque, creyendo en las pías profecías de Savonarola, absorbiendo su discurso sobre la falta de virtud del mal gobernante, exhudaban el cabreo que tenían por haber sido recargados con una exacción prohibitiva por la venta de tinte, mientras que el tintorero de enfrente no pagaba nada porque tenía las amistades adecuadas. Hay una peli excelente, cuyo nombre no recuerdo, protagonizada por Robert de Niro, en la que interpreta el papel de un hombre cuya vida es una mierda y que proyecta toda su bilis cuando va al béisbol, gritando, insultando, poniéndose chulo. Ésa reacción tan humana, la de utilizar un hecho de masas para proyectar en él las miserias propias, está en el mismísimo epicentro de ese fenómeno histórico llamado Girolamo Savonarola.

En julio de 1491, como una consecuencia bastante lógica, Savonarola fue elegido prior del convento de San Marcos. Otra ocasión para, con gran escándalo de los frailes, marcar distancias con Lorenzo, puesto que, como patrón que era el Medici del convento, el nuevo prior debía rendirle visita. Savonarola, en cambio, se negó, aduciendo que él sólo le debía su nombramiento a Dios. A partir de ahí, el jefe y gobernante de Florencia y el díscolo fraile jugaron un juego de influencias y nervios. Un día, Lorenzo de Medici se presentó en San Marcos sin avisar. No hizo llamar al prior y, simplemente, se dedicó a pasear por los jardines, consciente del revuelo que estaba creando su presencia. Los frailes fueron corriendo a ver a Savonarola. Pero éste le devolvió la pelota. Como quien recuerda cualquier tontería, el prior preguntó: “¿Ha pedido verme?” Cuando le dijeron que no, se limitó a comentar: “Entonces, dejadle pasear”.

Otro día, un canciller del Medici se presentó en el convento y dejó en las dependencias del prior una considerable cantidad de monedas. Cuando entró Savonarola, vio la escena, reflexionó unos segundos, y luego se acercó a las monedas, separó las de oro de las de plata y cobre, y, ante el asombro y la desesperación de sus monjes, ordenó que el oro fuese repartido entre los pobres. Pico, probablemente obsesionado por quedar bien con Lorenzo, comenzó a criticar la actitud de Savonarola. Éste, desde el púlpito, le arreó un zas en toda la boca: “El perro del poderoso ladra en cuanto le acercan un hueso”.

Lentamente, Lorenzo iba perdiendo la paciencia. Un día, el prior fue visitado por cinco patrones del convento. Le invitaron a reflexionar sobre la falta de propiedad de sus discursos seudopolíticos, y la inquietud que causaba su milenarismo entre la gente. Cuando le insinuaron que podría llegar a ser exiliado de Florencia por todas estas prácticas, Savonarola tuvo claro que aquello era un golpe preparado por el Medici. Acto seguido, hizo notaría de los muchos santos de la Iglesia que habían tenido papeles importantes en la política secular, y amenazó a Lorenzo. De hecho, días después, ante testigos, profetizó la pronta muerte del Medici, del Papa y del rey de Nápoles.

Así las cosas, el gobernante de Florencia decidió plantarle batalla a Savonarola en su propio terreno. Para ello, fichó a Fra Mariano da Gennazzano, el otrora líder del púlpito florentino, para que contraprogramase al prior de San Marcos.

Fra Mariano fue anunciado por Florencia como hoy se anunciaría la actuación de Shakira, o de Madonna. El personal se puso en guardia, y en las esquinas se mascaba la tragedia. El nuevo orador escogió para su sermón un versículo de Actos I, 7: “No está en ti conocer ni saber los tiempos y los momentos decididos por el Padre”. En la iglesia de San Gallo, que poco menos que había sido construida por los Medici para él, se presentó ante una selecta audiencia, entre la cual se encontraba Pico della Mirandola.

Estaba entre amigos. Pero ni sus amigos pudieron negar la evidencia. Fra Mariano se había convertido en el Niño Torres de la predicación del Verbo Divino. Un día fue la pera limonera y desarrollaba los argumentos de Polibio y San Agustín como el que lava; pero, ahora, pasado el tiempo, tenía que tirar siete para meter una. Además, el de Gennazzano, obsesionado en vengarse de quien le había quitado su puesto en la Champions League de la Palabra de Dios, muy al contrario de que lo que Lorenzo había imaginado, abandonó su viejo estilo comedido para bajar por la cuesta de un carrusel de improperios inconexos y casi prostibularios. Cuando el pueblo de Florencia supo de aquel sermón insultante, maleducado e inconexo, se puso más aún, si cabe, del lado del profeta Fra Girolamo. El fraile Mariano hizo un movimiento desesperado, e invitó al prior de San Marcos a concelebrar misa en su propia iglesia. Savonarola pasó de él; y, al siguiente domingo, realizó un sermón brillante, tenso, inolvidable, sobre el mismo pasaje de Actos elegido por Fra Mariano. Era el final de éste. Con el rabo entre las piernas, el otrora predicador pata negra puso rumbo a Roma; donde, de todas maneras, acabaría llegando su oportunidad de vengarse.

Como le suele ocurrir a los adivinos que hacen profecías racionalmente probables, Savonarola acabó por acertar. En abril de 1492, el Magnífico estaba en fase de espicharla, retirado en su villa de Careggi. Es probable que se dejase ir; estaba enfermo de tiempo atrás y, aquel año, había conseguido, finalmente, colocar a su hijo Giovanni como cardenal, su gran ambición. Y, por ello, tal vez, después de ello, se apuntó a la muerte, consciente de que no podía luchar contra ella.

El 8 de abril, Lorenzo el Magnífico pidió la extremaunción. Su confesor fue a Careggi y entró en la habitación, totalmente cerrada, embutida del olor acre de la muerte, donde Lorenzo silbaba y sudaba, tumbado en la cama. Es más que probable que el Medici, a las puertas de la muerte, como otros muchos poderosos (en España es muy conocido, por ejemplo, el caso de Felipe III, ese rey del que la mayoría de la gente no sabe nada), le dio por ser bueno a última hora, y por eso hizo esfuerzos denodados, sin éxito, por arrodillarse frente al cura. Tras recibir los SS de los que hablan las esquelas de la prensa, sorprendentemente, preguntó por el fraile prior de San Marcos.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo fue el encuentro. Algunos teóricos testigos presenciales lo reducen a algo muy simple: el Magnífico quiso confesar, y Savonarola rezó con él. Los partidarios de Savonarola distribuyeron la famosa historia de las tres condiciones que presuntamente le puso al moribundo: la primera, que creyese en Dios, a lo que Lorenzo asintió; la segunda, que devolviese todo lo ganado de forma inmoral, a lo que también asintió, aunque con renuencias; tercero, que devolviese la libertad a la ciudad de Florencia, ante lo cual el Magnífico calló, hasta su muerte.

La historia, la verdad, no hay quien se la crea. Ni Lorenzo el Magnífico habría, jamás, aceptado la segunda condición. Ni Girolamo Savonarola, que era un sincero fraile dominico y conocía sus obligaciones frente a un moribundo, se habría avenido a reivindicar asuntos propios de los mortales ante un interlocutor que tenía ya un pie dentro de la barca de Caronte.