domingo, enero 08, 2012

Pero... ¿alguna vez la Iglesia pensó que la mujer es una zarigüeya?


Seamos claros desde el principio. La vida en el planeta Tierra, para las mujeres, nunca ha sido fácil. La mujer, en términos generales, desde el momento en que, dentro de la división del trabajo en la familia, vio cómo el papel de salir a cazar y/o a guerrear (por lo tanto, a obtener el sustento) le era adjudicado al hombre, ha sido considerada como una especie de menor de edad, con derechos consecuentemente menores que aquéllos de los que disfrutaba el hombre. A empeorar estas cosas colaboró la circunstancia somática femenina del ciclo menstrual, que nunca he estado bien visto por los mitos construidos por el hombre. Siendo la religión musulmana una creencia relativamente tardía, todavía nos encontramos en ella a Mahoma consolando a su mujer porque no puede entrar en la Meca; está en esos días. Y de las complejas elaboraciones de las costumbres judaicas, forzadas por la impureza esencial de la mujer durante su periodo, se podría hablar, y no parar.

Este tema de la mujer puteada es visto por mucha gente como una especie de curso histórico en el cual la mujer, cuando menos en Europa, ha ido, lentamente, de menos a más. Según esta teoría, la Edad Media debería ser un periodo más jodido para las mujeres que los siglos posteriores, durante los cuales el bálsamo del humanismo habría curado algunas de las veleidas hipermachistas del hombre medieval. A hombros de esta idea, se han construido mitos diversos, de entre los cuales el cinturón de castidad y el denominado derecho de pernada son dos casos muy visibles.

La Edad Media, en efecto, tiene fama de etapa oscura, brutal, feudal, lo que coadyuda para estas elaboraciones mentales. Y, sin embargo, las cosas no son exactamente como se pretende. Sin ser la Edad Media un tiempo del hombre de costumbres modélicas, tampoco es tan cierto lo que se dice. En primer lugar, no tiene mucho sentido defender que la Edad Media fue un tiempo de capullos retrasados y, tres minutos después, alabar el alumbrado público de la ciudad de Córdoba y otras tantas cosas implantadas por los musulmanes durante su dominación española; siendo lo cierto que dicha dominación se produjo durante los tiempos medievales. Por lo que se refiere a la propiedad y el poder feudal, ya diversos medievalistas, como Sánchez Albornoz, han destacado que cuando menos en España las necesidades de la reconquista, que obligaban a los reyes a implantar pueblas o colonizaciones en condiciones comprometidas, hicieron que esos monarcas otorgasen a dichos pobladores privilegios de variada laya que, de hecho, hicieron que aquellos hombres medievales fuesen, de lejos, mucho más libres e independientes que, un suponer, los siervos del ducado de Lerma o de Medina-Sidonia en sus mejores tiempos, algunos siglos después.

Los hombres medievales, que habían heredado los baños públicos de sus antecesores, bien romanos, bien bizantinos, se lavaban bastante más que sus nietos y bisnietos (pero menos que los musulmanes, lo cual les dio a éstos una ventaja inesperada en las Cruzadas, pues eran menor pasto de las epidemias). La costumbre de bañarse se la cargó la Iglesia, como muchas otras cosas, por razón de que los baños públicos de las ciudades seguían siendo, como en su origen, unisex, y eso esa algo que no se podía permitir.

El machismo de la iglesia católica es algo que está fuera de toda duda. A día de hoy, todavía se resiste a conceder a hombres y mujeres la misma calidad en la grey de Dios, que ya le vale. Pero, con todo, en los tiempos medievales era bastante peor. Campeón de campeones de la supremacía masculina fue Tomás, aquel filósofo y santo de Aquino que estaba tan gordo que trabajaba en una mesa con rebaje para encajar ahí la panza.

La doctrina cristiana es, como ya he tenido ocasión de recordar en no pocos posts de este blog, las bases de la religión hebrea reinventadas por ese gran reformador que fue Pablo de Tarso, aderezadas con adiciones de aquí y de allá, que buscaban hacer la nueva doctrina comprensible a las gentes; se buscaba, en efecto, que el cristianismo «le sonase» a los paganos como algo cercano a lo que ya creían antes de ser cristianos; por eso celebramos la Navidad en las mismas fechas que el solsticio de invierno que celebraban romanos o mitraístas; o la Semana Santa en el mismo momento de las fiestas del nacimiento de la primavera o la muerte y resurrección de Adonis, fiesta ésta extendidísima en lo que hoy conocemos como Próximo Oriente en los tiempos en los que los obispos se daban codazos con otras religiones para hacerse sitio.

La doctrina cristiana hereda, fundamentalmente a través de Agustín de Hipona, toda la carga sexo-segregacionista y culpabilizadora de la mujer que ya hay en la religión hebrea. Como digo, exagerado sería decir que esto es algo que los cristianos adoptan por creer en ello; no hay que olvidar el factor de que esto es en lo que ya creían los gentiles antes de existir el cristianismo. Los primeros cristianos, por así decirlo, ya vinieron machistas de serie. De hecho, el primer cristianismo era, de lejos, setenta mil veces más comprensivo de y con la mujer que las otras religiones al uso, y fue esta capacidad de atracción la que lo hizo rápidamente popular. Mujeres y esclavos explican buena parte del éxito del cristianismo preconstantiniano.

El cristianismo coloca el pecado, tanto original como artesanal (hecho con las manos propias, vaya), en el centro de su moral. Ser cristiano es luchar contra el pecado; y la mujer, que como todo el mundo sabe es ese ser que hace que muchos hombres caigan en el pecado, se convierte en culpable. Por esta razón, Tomás de Aquino la llamará «deficiencia de la naturaleza» que «es de menor valor y dignidad que el hombre». Con el intermedio de la Iglesia, la vieja división de labores dentro de la familia se ha, digamos, radicalizado, y así Tomás escribe: «el hombre ha sido ordenado para la obra más noble, la inteligencia; mientras que la mujer fue ordenada con vista a la procreación». De hecho, nos anota, para cualquier otra cosa, cualquiera, que no sea tener hijos, «el hombre bien puede ser mejor asistido por otro hombre que por una mujer».

Nadie, en consecuencia, se ha sentado hoy delante del ordenador para contar una historia que no vaya de segregación y desprecio. Pero lo que no está tan claro es que el punto más alto de dicho desprecio haya que situarlo en la Edad Media.

El derecho de pernada, por ejemplo. Esta institución jurídica, que en su tiempo se conoció como ius primae noctis, el derecho de la primera noche, tiene dos orígenes posibles, que yo sepa. Uno sería la voluntad, no por parte del noble, sino de sus vasallos, de incluir en su línea de sangre la sangre del señor, que se suponía de mejor calidad (azul, vaya). La otra explicación, que a mí me parece más coherente, recuerda la cantidad de veces que los antropólogos se han encontrado en culturas del mundo mitos relacionados con la última sangre virginal. Una vez más, como vemos, la mujer sangra, y esa sangre genera un mito.

Siendo la desfloración una operación no pocas veces dolorosa y casi siempre hemodinámica, esto es seguida de hemorragia, hemorragia que además salía de ese ser casi demoníaco llamado mujer, son muchos los pueblos del mundo que generaron mitos y creencias relativos a la liberación, en dicho acto, de espíritus malignos, que serían liberados a través del juju desflorado. Ante tales creencias se produce el miedo y los novios, literalmente, se cagan por los pantys de pensar que se tienen que tirar a su novia. Este problema se resuelve encargándole este primer polvo al hombre-brujo o a alguien poderoso: por ejemplo, el señor conde.

Ambos ejemplos nos deben llevar a reflexionar sobre el hecho de que, en los dos, no es el follador, sino los follados los que, por así decirlo, se empeñan en que las cosas pasen así. Algo que nos puede llevar a sospechar que el derecho de pernada no era visto a través del mismo prisma moral con que lo vemos hoy, desde el balcón del siglo XXI.

A pesar de este origen, muy antiguo, el derecho de pernada se confunde pronto, en los tiempos medievales, con un derecho económico: el censo, o tasa, que los siervos habían de pagar a sus señores al casarse, momento en el que pasaban no pocas veces a usar en mayor medida de las tierras propiedad del cobrador. Así pues, las más de las veces, y muy en contra de lo que dibuja la imaginería ignorante, los señores se cobraban la pernada como les interesaba, esto es en pasta gansa. 

¿Cómo que «les interesaba»?, se preguntará alguien. Pero, leñe, un polvo siempre apetece, ¿no? Pues no. La inmensa mayoría de las mujeres medievales que pululaban por los castillos y zonas adyacentes se pasaban trabajando como cabronas 18 horas al día desde los seis años; convivían con vacas, burros, cerdos y gallinas en la misma casa, por llamarla de alguna manera; ordeñaban, araban, tiraban de la yunta si necesario; eso si no caían enfermas de una viruela que les dejaba la cara como la del general Noriega. Perdían muy pronto la dentición y, en términos generales, sobre todo después de la desaparición de los baños, apestaban. Hay polvos y polvos, y algunos no apetecen demasiado. Entre cobrar cien euros o tirarte a la novia de Chucky, ¿tú que elegirías?

De hecho, tengo por mí que fueron los señores, aliados con la propia Iglesia, en mucha mayor medida que el pueblo llano, quienes desarrollaron rápidamente una especie de ceremonia simbólica por la cual el señor ejercitaba el derecho de pernada dando una zancada por encima del cuerpo de la novia tumbada.

También se pone muy en duda hoy el día el uso, ni masivo ni siquiera razonablemente esporádico, de los cinturones de castidad, que bien pueden ser elementos nacidos de la imaginería medieval posterior.

Otro elemento que permite decir que, tal vez, ser mujer en la Edad Media, comparada con el llamado Renacimiento, no eran tan mal chollo, era para aquéllas que tuviesen la costumbre de ser raritas o heterodoxas, o estar locas. A estas mujeres distintas o esquizofrénicas el mundo antiguo las conoció como brujas. Y hay mucha gente que piensa que el hombre medieval las ahorcaba o quemaba. Pero es una equivocación de fechas.

La Iglesia, eso no se niega, comienza pronto una cruzada contra la brujería. Pero no contra las brujas, sino contra las creencias supersticiosas en general. Sin embargo, hasta el siglo XIII las guías para párrocos, conocidas como Penitenciales, apenas prescriben penitencias de rezo y pago de dinero para los casos de brujería. Para ver arder a las brujas hay que esperar a los años en los que Buonarotti anda pintando la Capilla Sixtina. El Malleus Maleficarum, un best seller alemán donde se prescribe el fuego para las brujas, fue escrito en 1486. La represión de la brujería en España, especialmente intensa entre los vascones, comienza en el siglo XVI. De hecho, hay historiadores que, no sin cierta sorna, nos recuerdan que en el Renacimiento, a pesar de que se nos vende como la victoria de lo racional, se produce un cambio como poco curioso. Durante la Edad, el hereje es el que cree en demonios y espíritus malignos. Pero, a partir del siglo XV y XVI, el hereje pasa a ser aquél que no cree en los demonios y niega su existencia. Este cambio persiste hasta hoy en día, en el que la Iglesia católica, como otras creencias cristianas, sigue teniendo sacerdotes exorcistas, en lugar de dar el paso que en mi opinión debería dar, que es salir al balcón de San Pedro para contarle a la cristiandad que, simple y llanamente, el demonio no existe.

El que piense que este cambio, pasar de criticar al que cree en demonios a perseguir al que no cree en ellos, es un cambio a mejor, un cambio evolutivo hacia delante, debería hacérselo mirar.

Con todo,  quizás el elemento más puntero de estas ideas sobre el machismo de la Edad Media es la afirmación, que se puede leer en cienes y cienes de sitios y que mucha gente repite a menudo, de que la Iglesia llegó a plantearse que la mujer no tenía alma y, por lo tanto, era equiparable a cualquier otro animal irracional; una zarigüeya, por ejemplo.. Y es en este punto donde hay, sinceramente, que parar la cuádriga.

Se nos dice que esta discusión sobre el alma femenina se produjo en el concilio de Macôn, en la actual Francia, creo. Como digo, muchos de lo que han escrito esto lo dan por totalmente cierto. Pero, en realidad, sólo están difundiendo una falsa leyenda urbano-histórica. En primer lugar, la primera referencia a esta discusión en Macôn no se produce hasta un texto holandés del siglo XVI, bastantes décadas después del pretendido concilio. Unas cuantas, porque el llamado concilio de Macôn se habría celebrado en el 585, o sea, unos 1.000 años antes, durante los cuales no hubo referencia alguna al mentado debate. Para que nos entendamos, es como si pretendiésemos que un historiador que afirmase este año del 2012 sobre cosas ocurridas en el año 1100, hasta hoy desconocidas, pretendiese convencernos de que no se ha tomado un tripi antes de escribir.

Pero es que además, pequeño detalle, en Macôn no concilio alguno. Todo lo que hubo en dicha ciudad, y en dicho año, fue un sínodo provincial; en otras palabras, una tertulia de obispos de la zona para discutir sus cosillas. Una reunión en la que, por definición, no se producían discusiones teológicas. El tal sínodo dejó actas; pero en ellas la cuestión del alma femenina no aparece.

Lo único trazable en la Historia medieval que se parece (pero, como veremos, sólo se parece) al famoso debate, está en las crónicas de Gregorio de Tours. Greg nos cuenta, en este sentido, que durante la reunión de Macôn, uno de los presentes preguntó por qué el término homo (los sinodales, obviamente, hablaban en latín) se aplicaba a las mujeres.

El pollas que planteó esta pregunta no era, necesariamente, más machista que los demás. Era, simplemente, un ignorante. Obispo, deán o arcediano de alguna de las diócesis francas reunidas en el sínodo, adivinamos que debería ser un cabestro con sayón que de latín sabía poco; lo suficientemente poco como para no saber que el latín, para el ser humano con gónadas, (EDITO: el primer comentario de este hilo, de Wonka, me recuerda que soy muy mal escrito:; pero el segundo, de Yolanda, me recuerda que las mujeres también tienen gónadas. Así pues, con profundo dolor de mi corazón, y quien no se lo quiera creer queno se lo crea, debo poner aquí que, por gónadas, se debe entender cojones) no reserva el término homo, sino el término vir (varón). Homo, que viene de humus, tierra, y por lo tanto, en su origen quiere decir «nacido de la tierra», designa al hombre en general, al ser perteneciente al género humano.

Ésta fue la pregunta que hizo el pollas de Macôn; y un segundo pollas, en Holanda, mil años más tarde, agarró el rábano por las hojas, concluyó que la intención de la pregunta era negarle la condición de humanus a la mujer, y se inventó que en la reunión se había discutido sobre si hay alguna diferencia entre Beyoncé Knowles y una zarigüeya coja. Cuando, en realidad, se trató, tan sólo, de una duda filológica, y bastante sencillita, por lo demás.

Así pues, volvamos a la pregunta del post. Pero, ¿alguna vez pensó la Iglesia que la mujer es una zarigüeya? Y la respuesta es: no.

Y, como epílogo, para recordar lo oscuros y machistas que fueron los tiempos medievales comparados con los que les siguieron, recordemos esta previsión testamentaria del Sachsenspiegel alemán de 1270: «Siendo lo cierto que los libros sólo los leen las mujeres, deben corresponderles a ellas en herencia».