martes, noviembre 15, 2011

El pobre Nerón


Quo Vadis es un madrugador ejemplo del fenómeno best seller, especialmente después de que Hollywood se fijase en la novela para adaptarla al cine. En esta epopeya sobre los primeros cristianos de la capital del mundo, rabiosamente antihistórica, se cuentan muchos cuentos sobre aquella época. Pero, sobre todo, se cuenta uno, alimentado durante mucho tiempo por la propia Iglesia: el mito del emperador Nerón llevado por su egolatría y su crueldad, provocando el incendio de Roma porque tenía deseos de reconstruirla, y culpando a los cristianos de ello para provocar una masacre entre los fieles a Cristo, cada vez más numerosos.

En verdad, pocos lugares comunes del pretendido conocimiento histórico pueden ser más falsos. Nerón no quemó Roma; de hecho, a poco que se conozcan los hechos, o lo que se puede saber de ellos, que no lo hizo es más que evidente. La Historia, no obstante, pertenece no a quienes la hacen, sino a quienes están en condiciones de manipularla.

El incendio de Roma ocurrió un 18 de julio, concretamente del año 64; 32 años después de la teórica muerte de Cristo. Hizo un día tórrido aquel julio, con viento del sur que traía el aliento del Sáhara y batía una ciudad semidesierta, abandonada por los ciudadanos acomodados. El primero de ellos, el emperador, Nerón, que llevaba ya días en Ancio, navegando (hay costumbres reales que no cambiarán nunca).



Encima de estas palabras os he reproducido un mapa de la Roma de aquel día, tal y como lo trazó hace algunas décadas el historiador francés Georges Roux. Más o menos en el centro encontraréis una cruz. Allí, al Este de la colina palatina, comenzó el fuego. Concretamente, había allí una serie de tiendas callejeras abigarradas que rodeaban el Circo Máximo para venderle de todo a los asistentes a los espectáculos. El correlato actual con Madrid, por lo tanto, sería que el fuego se iniciase entre los puestos de banderas y bufandas que rodean el Bernabéu el día de partido.

El incendio tomó fuerza y comenzó a rodar por zonas cada vez más grandes, todo ello con rapidez. En lo cual no hay nada extraño. La Roma clásica jamás resolvió adecuadamente su problema con el fuego; nunca dispuso de métodos de extinción adecuados ni eficientes, razón por la cual las casas de varios pisos, que los romanos sabían levantar, sólo proliferaban en los barrios más modestos; vivir en un quinto piso en Roma era una sutil forma de suicidio.

Como no podía ser de otra manera habiendo viento del sur, la primera víctima del fuego fue la colina Palatina, el Puerto Banús romano, donde estaban los mega-pijos, entre ellos los emperadores que, Nerón incluido, habían levantado allí sus palacios.

Un mensajero fue enviado inmediatamente a Ancio para avisar al emperador. Éste, al saberlo, partió a uña de caballo hacia Roma; pero las condiciones del viaje vendrían a suponer, según los historiadores, que no tardase menos de cuatro horas en llegar. Así pues, Nerón no pudo llegar a Roma hasta el final de la mañana siguiente a la declaración del incendio.

Durante la segunda jornada del incendio, éste prosigue con gran violencia, aunque al caer la tarde presenta signos de abatimiento. Sin embargo, siempre según los testimonios disponibles, en la madrugada de la tercera mañana, inesperadamente se reavivó, presentando, además, focos diferentes. No pudo considerarse plenamente controlado hasta el séptimo día.

Las columna Palatina, el Quirinal, el Viminal, el Esquilino, toda la gran Roma central se vio afectada por el incendio. De las siete colinas de Roma, cinco fueron arrasadas. De sus 14 distritos, sólo cuatro se libraron. El viejo Foro está carbonizado. Pasto de las llamas han sido edificios, sobre todo religiosos, que se consideraban ligados a la fundación de la ciudad. La Domus Augusta, la casa del emperador Octavio que se reproduce bastante fielmente en la serie televisiva I, Claudius, ha desaparecido. Los grandes almacenes de grano de donde, especialmente desde la Lex Frumentaria, hace ya muchos siglos, se abastecen los romanos a precio político, han perecido bajo las llamas. Desde el tercer o cuarto día, el pillaje y el hambre hacen su aparición.

¿Fue Nerón? ¿Contempló Nerón el espectáculo desde el balcón de su palacio, tocando su lira? Difícilmente. En primer lugar, porque, ya lo hemos dicho, no estaba presente. En segundo lugar, porque su palacio palatino fue uno de los edificios prontamente amenazado por las llamas, así pues, en lugar de tocar la lira, mejor habría hecho Nerón buscando un extintor (o tratando de salvar los muebles, como de hecho hizo). Y, en tercer lugar porque las crónicas lo que nos dibujan es la conducta irreprochable del emperador como gobernante.

Los testimonios, en este sentido, nos dibujan a un emperador empeñado desde el primer momento en salvar de su palacio las principales de las muchas obras de arte acumuladas (en lugar de estar en el balcón cantando a Bisbal) y coordinando las labores para vencer el fuego. Su actitud debió de ser tan intensa y desinteresada que los contemporáneos se asombran de haberlo visto en los barrios ardientes sin escolta; de modo y forma que hay quien dice que los enemigos del emperador, que entonces ya los tenía y ya pensaban en cargárselo, podrían haber llegado a pensar a llevar a cabo sus planes en ese momento.

Los jardines del palacio imperial, habitualmente de uso privativo del emperador, son abiertos para refugiar allí a los centenares de romanos que se han quedado sin hogar. Allí se les reparten víveres y vestidos, algunos de ellos pagados, no por el Tesoro, sino del peculio personal de Nerón. El emperador decreta la incautación de todos los alimentos almacenados en aquel momento en el puerto de Ostia, y los distribuye entre los ciudadanos romanos. Asimismo, decreta que todos los navíos que remonten el Tíber con cualquier tipo de carga regresen en el camino de vuelta cargados de escombros, para así poder limpiar rápidamente la ciudad. Asimismo, impone una tasa sobre el maíz (o sea, trigo), para evitar la especulación basada en la compra a bajo precio para acaparar y luego vender a precios prohibitivos.

No parece la actuación de un tipo al que los romanos le importan un culo. Además, en la versión de que Nerón quemó Roma hay cosas que no cuadran. Por ejemplo: ¿por qué se salvaron los barrios más humildes, que era por donde se quería expandir la ciudad, ergo el teatro de las pretendidas reformas que querría hacer Nerón? ¿Por qué iniciar el incendio en el centro, donde estaban los monumentos milenarios y admirados?

Si Nerón se preocupó por los romanos, por lógica no pudo sentirse, como pretende la famosa novela, presionado por una opinión pública que le hacía responsable del incendio. La búsqueda de ese responsable fue, probablemente, un fenómeno normal, muy humano, por el cual toda catástrofe tiene que ser culpa de alguien. Pero ese alguien no es Nerón. De hecho, para desgracia de sus enemigos, la popularidad del emperador subió como la espuma en aquellos días, y a nadie se le ocurrió insinuar que pudiera ser el culpable de lo ocurrido.

Y aquí es donde entra la tesis central hollywoodiense: Nerón buscó culpar a los cristianos para así matar dos pájaros de un tiro: uno, librarse de las responsabilidades; otro, cercenar el desarrollo de una secta que le empezaba a ser incómoda.

Ninguno de los dos pájaros, sin embargo, existió en realidad. Sobre el primero, ya hemos dicho que Nerón, en las jornadas inmediatamente posteriores al incendio, se vio reforzado en su popularidad. Y, respecto de la segunda, es una tontería y una chorrada de bastante calibre. Historiadores bastante más serios que los guionistas de Hollywood o los imaginativos inventores medievales de mártires cristianos han estimado que, en aquel entonces, podía haber en Roma, como mucho muchorum, 2.000 cristianos; por aquel entonces, incluso Pablo de Tarso reconoce que Roma ofrece más posibilidades que realidades.

Los cristianos, por lo tanto, no tenían nada de secta peligrosa; mucho menos de lobby sociopolítico en condiciones de disputarle el poder temporal a la religión oficial y, consecuentemente, al emperador. Cualquier estudio serio del primer cristianismo nos demostrará que el principal atractivo de la nueva creencia, o si se prefiere la gran innovación que sobre la inicial creencia judaica mesiánica introduce Pablo de Tarso (el verdadero inventor del cristianismo), es la voluntad de abarcar a los gentiles, primero; y a los humildes, después. Ese bellísimo pasaje del Evangelio cuando Jesucristo dice aquello de tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber (cito de memoria, pero diría que es Mateo, 25), no tiene prácticamente parangón en las creencias de la época.

El cristianismo paulista se sacude la mugre elitista de las creencias hebraicas (pueblo elegido y bla) y apuesta por una creencia universal; opción estratégica que habrá que esperar a Mahoma para volver a encontrar con la misma fuerza. Así las cosas, el cristianismo, en las décadas inmediatamente posteriores a la teórica muerte y resurrección del Hijo, podría atraer, fundamentalmente, a dos tipos de personas: en primer lugar, personas con un fuerte backround judío, porque los crestianos o cristianos eran vistos como una secta judía; y, en segundo lugar, personas de extracción humilde o de escaso/nulo peso social. Mujeres y esclavos son citados habitualmente como primeros integrantes de la grey del Pastor.

Poco hay en las fuentes disponibles que nos diga que el cristianismo estuviese en otra fase distinta que esta cigótica expansión entre los humildes. El mito de patricios muchimillonarios profesando la Fe en secreto es eso, un mito. No se entiende qué atractivo podía tener para la clase dirigente romana abrazar la fe que profesaba su repostera samaritana, o el ciemero que pasaba por la calle recogiendo detritus. Y, sin embargo, al parecer Nerón les temía.

Cualquiera que sepa dos palabras de la civilización romana aprenderá pronto que la tolerancia religiosa era su timbre. Tenía que ser así porque casi en cualquier momento de la Historia de Roma entre Julio y Adriano, un porcentaje generoso de dos dígitos de la población efectiva de la ciudad, muy especialmente las zonas donde vivían los del census capiti, estaba formado por desplazados, esclavos de cualquier parte del mundo, y prisioneros de guerra. En Roma, pues, confluían los creyentes en Attis, en Adonis, en Cibeles, en Mitra, en Osiris, en Tutatis, en Thor, en Yahvé y en Jesucristo. Es apuesta personal mía, pero sé que no falto a la verdad si estimo que en la Roma neroniana había en la ciudad un cristiano por cada diez, o veinte, mitraístas. ¿Por qué se iba a sentir Nerón especialmente amenazado por esa panda de pringaos?

Además, hay otra cosa importante que decir. Quo Vadis distingue con prístina facilidad los cristianos del resto del mundo, pero, en aquellos tiempos, ¿existía esa distinción? Y la respuesta es no. 32 años después de la muerte de Jesucristo, los cristianos no eran vistos como cristianos: eran vistos como una secta judía. Que es lo que eran propiamente hablando, al menos hasta el decreto de Jerusalén y, sobre todo, la destrucción de la ciudad santa por Tito, que marca el inicio del desplazamiento masivo de cristianos a Roma y la verdadera diferenciación estratégica entre ambas creencias.

Es un hecho, en todo caso, que los cristianos, o por lo menos algunos cristianos, fueron culpados y castigados por el incendio. Pero eso no les pasó por cristianos. Les pasó por judíos.

22 años antes del incendio, en el año 42, el emperador Clau Clau Clau Claudio, el cojo tartamudo que siguió cenando como si tal cosa el día que le comunicaron que la cabeza de su mujer Mesalina había sido separada del cuerpo, el amigo de Herodes Antipas, había decretado la expulsión de los judíos de Roma. Vaya hombre, Isabel la Católica no fue la primera (ni siquiera en España; los godos también los echaron). Los romanos eran tolerantes en materia de religión, pero rabiosamente antisemitas, a causa del poder económico acumulado por los judíos, que hacía que habitualmente tuvieran agarrados por los cojoncillos a los emperadores tiraduros. Como Claudio. O como Nerón. Nerón gastaba a manos llenas en obras de arte y cosas más terrenales, y se endeudaba para ello. Su mujer, la malhadada Popea, no le venía a la zaga; y por eso la emperatriz estaba siempre acompañada de una especie de corte de judíos, entre los cuales se encontraba el archifamoso Flavio Josefo.

Los romanos odiaban a los judíos. Y los judíos odiaban a los cristianos, con esa puta manía que tenían de no hacer demasiado caso de los signos fundamentales del judaísmo, como la circuncisión, e ir diciendo por ahí que te puedes sentar sin problema en una silla en la que se haya sentado antes una mujer que está pasando la regla, o que a su club se podía apuntar todo pichi; incluso, como hemos dicho, los esclavos y las tías. Eran los judíos, no tanto Nerón, quienes podían sentirse amenazados por esa secta que consideraban herética, como la Historia nos demuestra se sienten amenazadas siempre las creencias mayoritarias cuando surge una heterodoxia en su seno (arrianos, albigenses, luteranos, cátaros, Falun Dong, lefevrianos...) Es por ello que no pocos historiadores creen que pudieron ser los judíos del entourage imperial los que acusaron a los cristianos de haber provocado el incendio, y provocaron su represión.

¿Represión? Ya lo siento por los cinéfilos, pero Nerón jamás, repito, jamás contempló, en circo o anfiteatro alguno, a los cristianos cantando salmos mientras les soltaban tigres y leones para que se los comiesen. Es absolutamente falso, repetimos, absolutamente falso que los jardines imperiales neronianos se iluminasen por la noche con crucificados cristianos impregnados de brea y encendidos como teas. Falso. Todo esto se dio por cierto durante siglos porque Tácito lo cuenta en su crónica del incendio. Pero incluso décadas antes de que se escribiese Quo Vadis, los filólogos e historiadores habían descubierto que el lenguaje latino en que está escrito ese pasaje es sospechosamente moderno, nada clásico; y que las cosas que se dicen en ese párrafo no casan con el resto de los hechos contados por Tácito. Si añadimos que el texto de Tácito usado como fuente primaria es una copia realizada en un monasterio cristiano en el siglo XI, parece que es racional que pensemos que se trata de una interpolación; esto es, una piadosa invención introducida por el copista.

Para mejor entendernos: es como si mañana aparece una copia del Cantar del Mío Cid, copiada, oh casualidad, en un monasterio del PP, que dice

Con sus ojos muy grandemente llorando
tornaba la cabeza y estábalos mirando:
vio las puertas abiertas, los postigos sin candado,
y gritó: «el puto Zapatero me ha engañado»

Las decenas, centenares quizá, de cristianos que murieron durante la represión neroniana, morirían como estipulaba la ley: decapitados los ciudadanos, crucificados el resto.

La costumbre de hacer un espectáculo de bestias del zoo comiéndose humanos no se practicó en Roma hasta finales del siglo II; Nerón, pues, no pudo aplicarla. Así fue muerto, por ejemplo, San Blandín, famoso mártir francés. Se lo apiolaron los leones en, vaya coña, el circo de Lyon, en el año 177. Y, por cierto, ¿quién presidía la ceremonia? Pues no era el cabroncete de Nerón, tiempo ya muerto; sino otro emperador, Marco Aurelio, que es tenido por mucha intelectualidad por emperador filósofo y humanista. Caray con el filósofo.

En todo caso, que en el castigo o represión posterior al incendio murieran cristianos tampoco quiere decir que murieran necesariamente porque eran cristianos. Además, según las estimaciones realizadas a partir de la huella que dejaron estas ejecuciones en las crónicas contemporáneas, se estima que pudieron ser 200 o 300. Tiene coña, por lo tanto, que por 300 ejecutados, suponiendo que todos fuesen cristianos, Nerón haya pasado a la Historia como un sanguinario devorador de creyentes, cuando esta cifra empalidece al lado de las persecuciones que realizarían Diocleciano, o Cómodo, o ese demócrata-de-toda-la-vida que se llamaba Marco Aurelio.

Ni Pedro, ni Pablo, ni el tercer Papa, Clemente, nos han dejado una sola acusación contra Nerón.

El incendio de Roma del año 64 fue un accidente. Un accidente del que alguien, quizá, se acabó aprovechando, pues muy sospechosos son los indicios del inesperado rebrote del fuego el tercer día, con varios focos además. Pero Nerón no tenía ninguna razón para liderar ese incendio provocado; para entonces, estaba desbordado por los muchos romanos que petaban sus jardines, sin nada que comer ni vestidos ni posesiones, y trataba desesperadamente de luchar contra las llamas. Nerón no quemó Roma, ni desató una furia anticristiana en la ciudad.

Al César, lo que es del César.