lunes, marzo 01, 2010

Vita Pauli (3)

Desde que, en el año 200 Antes de Cristo, Judea fuese incorporada al imperio seléucida, que tenía su capital en Antioquía, esta ciudad se convirtió en destino principal de los judíos que abandonaban Palestina. Era una ciudad con una gran actividad comercial.

A pesar de la importante colonia judía, en la ciudad había grandes masas de no judíos, y fue entre éstos donde la estrategia del ticket Barnabás-Pablo comenzó a conseguir creyentes a manos llenas. Y esto fue gracias al radical cambio estratégico que ambos predicadores defendían como necesario para que la iglesia pudiese convertirse en universal.

El judaísmo, ya lo hemos dicho antes, es una religión que se basa en la existencia de un pacto entre Dios y su pueblo, que no son los seres humanos, sino el subconjunto de seres humanos pertenecientes a las tribus de Israel. En los tiempos que relatamos, al igual que hoy en día, se podía creer en la religión judía sin pertenecer al pueblo elegido y, en ese caso, el judaísmo consideraba a los creyentes personas con temor de Dios y les daba un puesto intermedio entre los no creyentes y los judíos puros; puesto intermedio que impedía, por ejemplo, el acceso de estos creyentes gentiles al templo de Jerusalén.

Los no nacidos judíos, si querían integrarse plenamente en el judaísmo, debían, fundamentalmente, circuncidarse. Esta operación un tanto grimosa es la expresión simbólica del pacto entre Dios y los israelitas; así pues, circuncidarse equivale a hacer pública fe de judaísmo y aseverar que se acepta ese pacto con Elohim. La persona que quería entrar en la comunidad religiosa israelita, pues, debía circuncidarse, realizar un sacrificio en el templo y, posteriormente, allá por los tiempos de Jesucristo más o menos, es probable que se introdujese un rito de bautismo.

La gran novedad barnabo-paulina consistió en aceptar a los gentiles como miembros de pleno derecho de la iglesia, que aquella creencia que tenía notabilísimas raíces judías, pero sin exigir la circuncisión. Esto, en aquellos tiempos, era poco menos que imposible para un hebreo hijo de hebreos, educado en la estricta observancia de las leyes de los mayores, como Pablo se define a sí mismo. Sin embargo, fue él quien tuvo la inteligencia de darse cuenta de que esa rigidez, esa pequeña capucha de piel, era el gran obstáculo para el crecimiento del cristianismo. Parece ser que no fue el primero que lo pensó. Pedro, sin ir más lejos, aceptó dentro de la iglesia a un centurión de Cesarea, Cornelio, sin exigirle circuncisión; pero esto no pasa de ser un detallito individual, que no tiene nada que ver con aplicar la regla sistemáticamente.

En el año 46, durante la prefectura de Tiberio Julio Alejandro, se produjo una sequía de la hueva que provocó una especie de corriente de solidaridad por Judea, dado que ésta era un área especialmente pobre cuyos habitantes no podían pagar los altos precios que habían alcanzado los alimentos. Esta coyuntura fue aprovechada por Pablo para poder marcar con claridad ante la metrópoli de Jerusalén la importancia y poder que había alcanzado la iglesia de Antioquía.

Entre los fieles de la ciudad se hizo una cuestación de dinero para Jerusalén y Barbabás/Pablo fueron designados para llevar la pasta.

En esta visita a Jerusalén del año 46, el cristianismo se jugó por primera vez su futuro. Jerusalén era, como lo es aún hoy en día, una de las ciudades del mundo más reacias al cambio. A ella llegaron, sin embargo, dos personas para contar que estaban teniendo un éxito de proselitismo sin precedentes, pero que lo estaban consiguiendo a base de mandar a tomar por culo algunas de las grandes reglas de juego de las creencias judaicas, a las que aún pertenecían de hoz y coz. Para demostrar la capacidad de su misión, llegaban a la ciudad con las bolsas llenas de monedas, demostrando con ello que eso que decian de que les salían los acólitos por las orejas no era algo que se inventasen. Pero les preocupaba el futuro. Santiago, Pedro y Juan seguían, formalmente, al frente de la iglesia. De una iglesia que no quería ser poco más que una derivación judaica más. Pero el juego ahora era distinto. Barnabás y Pablo creían haber encontrado la fórmula para hacer que el mensaje del Camino le interesase a cualquiera (y era verdad que lo habían encontrado); habían entendido la enorme fuerza que tenían y tienen el mensaje de la resurrección, la reinvención de las doctrinas mesiánicas en una teología eucarística, y, sobre todo, la idea de construir una religión desde y para los gentiles. Pero temían que eso provocase una escisión dentro del cristianismo, y para eso, precisamente, fueron a Jerusalén: para impedirlo.

Pablo nos cuenta estos encuentros en la cumbre cristiana, algo que podríamos denominar el primer concilio de la Historia de la Iglesia, en su mensaje a los gálatas, y lo hace en unos términos de buen rollo que, desde luego, no se pueden desmentir, a falta de más fuentes. Nos dice el apóstol que los tres dirigentes de Jerusalén entendieron a la primera que Barnabás y Pablo habían sido llamados a evangelizar a los gentiles, lo aceptaron, les felicitaron y se limitaron a trazar una línea roja: vosotros les llevaréis el mensaje a los que no se circuncidan, nosotros a los que sí. No obstante, el hecho de que las relaciones entre la iglesia cristiana judía y la cristiana gentil no fuesen siempre fáciles hace pensar que, tal vez, la versión de Pablo es un poco políticamente correcta y que los hechos, quizá, no fueron tan fáciles. Cabe imaginar al trío de la bencina jerusalénico, Santiago, Pedro y Juan, contestándole a los visitantes que qué era eso de considerar a la misma altura a un creyente judío de uno que no lo es (y es que si ya es prácticamente imposible que a un hebreo educado en la tradición hebrea como Pablo no comulgue con este radicalismo exclusivista, que no le ocurra a cuatro, es decir el mismo más los tres de Jerusalén, es simple y sencillamente imposible). No me parece nada extravagante imaginar que el reparto final de misiones, tú los gentiles y yo los míos, fuese una transacción para no acabar como el rosario de la aurora.

El caso es que Barnabás y Pablo volvieron a Antioquía contando con el nihil obstat de la iglesia de Jerusalén para extender su palabra. Lo más probable es que su estrategia se basara en visitar las sinagogas, contactando allí con los gentiles que asistieran como hombres temerosos de Dios, a los cuales ofrecerían formar una iglesia gentil. De Antioquía pasaron a Chipre, y de ahí a Asia Menor hasta llegar a Galacia, entre otros lugares. En alguno de ellos, por cierto, como es el caso de la Antioquía Pisidiana, los predicadores fueron a la sinagoga y lanzaron sus mensajes claramente dirigidos a los gentiles. A éstos todo lo que les dijeron les pareció de pila máster y pasaron la semana comentándolo con todo cristo, motivo por el cual a la semana siguiente la sinagoga estaba petada de gentiles que les habían ido a escuchar, lo cual provocó problemas con los judíos, que consideraban su templo invadido. Esta anécdota nos sirve para entender que ambas maneras de entender el cristianismo no convivían con tanta facilidad como el propio Pablo nos quiere dar a entender.

Cuanto más tiempo pasaba, más cuenta se daba Pablo de que esos gentiles acercados al judaísmo, los temerosos de Dios, eran material de primera para fundar una iglesia distinta. Y, por ello, dio un paso más. Otra de esas jugadas geniales que en el ajedrez se marcan con uno o varios signos de admiración: desarrolló el mensaje de que el cristianismo tenía que ver con las profecías mesiánicas del judaísmo pero, al mismo tiempo, comenzó a predicar que todo ese mesianismo había, por así decirlo, cristalizado en la persona de Jesús y que, consecuentemente, tras su muerte y, sobre todo, su resurrección la distinción entre judíos y no judíos había desaparecido.

Éste es un mensaje central del cristianismo. El pueblo cristiano es una simple asamblea de creyentes. Sin más distinciones. Todos cabían, como todos caben. Pero eso no es, no puede ser, judaísmo. El judaísmo, ya lo hemos dicho, se basa en la existencia de un pueblo elegido, de unos tipos de primera que, por mucho que amen y acojan a los de segunda, no dejan de ser de primera (y los otros de segunda). Y hay algo incluso social aquí. Porque es un hecho, un hecho que probablemente no cambiará nunca, que en toda humanidad hay siempre más puteados que puteadores. Siempre son más los pobres, los preteridos. Pablo, como Mahoma algunos siglos después, se dio cuenta de que el triunfo de una religión no está en la verdad, porque la verdad es opinable. El triunfo es el número. El número puede ser incluso más poderoso que el ejercicio del poder, como bien saben los emperadores romanos que quisieron apiolarse a los cristianos (o los españoles que se pasaron cuatro siglos limpiando España de judíos y, terminado el proceso, aún los tenían en su seno).

Si lo importante es el número, hay que lanzar mensajes que suenen allí donde hay más número. El cristianismo paulista cautiva a los gentiles que se sienten soportados pero no respetados por los judíos; como acabará fascinando a los esclavos poseídos por otros seres humanos, a los ciudadanos sin nombre ni patrimonio del censo por cabezas y, sobre todo, a la subespecie humana por definición más preterida durante los siglos: las mujeres.

Para todos estos grupos o colectivos humanos acostumbrados a tener que esperar en la cola de la salvación, el mensaje de Pablo es la leche. Los últimos serán los primeros, bla bla bla. Ya no hay diferencias. Esto va de participar en el banquete sacrifical del Hijo de Dios, y aquí participan todos por igual. Que la Iglesia reinventase finalmente las diferencias, es otra historia.

Antioquía dejó de ser la hija de Jerusalén y pasó a ser la madre de las iglesias de Cilicia, de Chipre y de Galacia. Había una creencia sustancialmente nueva que, sin embargo, pretendía seguir siendo la antigua. Había una aceptación total de los no hebreos, pero todo el momio se basaba en teorías e ideas judías. Todo esto era el germen de un enfrentamiento y, quizá, de una escisión.

En aquellos tiempos, el cristianismo se la jugó defintiivamente, pero supo ganar. Para explicarlo, en el próximo capítulo deberemos hablar del Decreto de Jerusalén.