lunes, febrero 22, 2010

Vita Pauli (1)

Hace algunos días, Tiburcio el elefante colocó en su blog un post en el que sostenía que el triunfo del cristianismo se debía, en gran parte, a hechos azarosos. Yo le dejé un comentario breve diciéndole que no creía en esa tesis y le prometía responderle. La cosa es que pensando en esa respuesta primero me di cuenta de que no podría hacer sólo un comentario y luego me di cuenta de que ni siquiera me bastaría con un post. Contestar a Tiburcio, esto es explicar que el triunfo del cristianismo no es en modo alguno fruto de la casualidad, equivale a explicar las habilidades, la historia, y la vida, del gran arquitecto de esta creencia, que no es otro que Pablo de Tarso, conocido por los creyentes como San Pablo.

Pablo de Tarso no fue apóstol de Jesús. No lo conoció (si es que alguien conoció a Jesús, claro). De hecho, en su juventud Saulo fue un furibundo anticristiano que, tras la lapidación de Esteban, se aplicó a reprimir a los creyentes incluso con saña. Sin embargo, al fin y a la postre, Pablo de Tarso es el inventor de la iglesia cristiana, y el hombre que la dota de las características necesarias para ser una iglesia mundial y superar los estrechos limites de Palestina. A mi modo de ver, Pablo de Tarso y Mahoma son los dos grandes estrategas de la Historia de la religión, dos figuras admirables de difícil parangón en la Historia de la Humanidad, pues ambos, a su manera, construyeron imperios mucho más amplios que cualesquiera otros y, además, considerablemente más duraderos en el tiempo. No hace falta creer en sus palabras para valorarlos. Cualquier aficionado a la Historia de los hombres, a la Historia hecha por hombres, debiera saber de ellos, leer sobre ellos y estudiarlos.

Empiezo hoy, pues, unas notas sobre la vida de Pablo, vita Pauli, con la intención de entretenerte allí donde estés mirando esta pantalla y de conseguir que al final, cuando leas el último capítulo, te digas: «pues tenía razón este JdJ; este Pablo fue todo un tío».

Beberemos de las pocas fuentes que hay para beber. Hablamos de Historia Antigua y, por ello, nuestras referencias son escasas. Habremos de hacer algo que no me parece del todo correcto, que es dar por buenas las Escrituras que nos cuentan esta historia. En todo caso, al revés de lo que a algunos nos pasa con el propio Jesucristo, de la historicidad de Pablo no cabe dudar.

Comencemos, pues, con los primeros tiempos del cristianismo. Aquellos tiempos en los que Pablo era un cabrón.



Cualquiera que sea la verdad que probablemente no podemos conocer; fuese Jesucristo quien las Escrituras dicen que fue, con esos mismos atributos; fuese un mito sin correspondencia con un hombre real; o fuese un hombre real, uno de tantos sucesos mesiánicos de la época cuyo recuerdo fue posteriormente alterado o mitificado, lo que sí parece más claro es que el primer éxito de la futura religión cristiana es conseguir expandir entre algunos judíos la historia de que un hombre fue ajusticiado por decir que era el hijo de Dios, el Hijo del Hombre que había llegado a la Tierra para enseñarse al género humano el auténtico Camino, y que, tres días después de haber sido salvajemente asesinado, resucitó. No se puede, en ese sentido, negar en lo absoluto que más o menos en las fechas en las que debió producirse la crucifixión de Jesús, si es que se produjo, en Israel se compactó una comunidad de creyentes en su resurrección; comunidad que fue conocida desde el principio como qahal (asamblea) o edah (congregación) y, para los griegos, ekklesia.

Uno de los factores del crecimiento de esta primera iglesia es el hecho de que en el entorno religioso, social y cultural en el que nació, el judío, algo así era esperado. El Antiguo Testamento, al igual que los textos sagrados mosaicos y rabínicos, están trufados de anuncios mesiánicos que prometen al pueblo de Israel el regreso de los good old days de los reyes Salomón y, sobre todo, David (los Evangelios ponen tanto énfasis en demostrar que José el carpintero procedía del linaje de David porque dicha procedencia es parte de la profecía). En los tiempos en los que Jesús, si hemos de creer a los Evangelios, vivió, predicó y fue asesinado, era generalizada entre los judíos la creencia de la llegada inminente de la Edad del Espíritu que dichas profecías señalan. En Joel 3, por ejemplo, Yahvé promete que algún día dejará caer su espíritu sobre todos los hombres, incluso los esclavos, y que realizará grandes prodigios. La creencia en estas profecías puede ser comprobada, por ejemplo, en los archifamosos rollos del Mar Muerto, concretamente los llamados Himnos de Acción de Gracias. Marcos, por lo demás, nos cuenta que Juan el Bautista, en el acto de bautizar, anunciaba a los bautizados que aquello sólo era un primer acto, porque el verdadero bautismo llegaría cuando Dios derramase sobre ellos su espíritu. A mi modo de ver, la muerte y resurrección de Jesucristo se da la mano con todas estas profecías mediante los hechos relatados con posterioridad a dicha muerte, como la conocida escena del Espíritu Santo derramando sabiduría sobre los apóstoles que todos los niños de mi generación hemos estudiado (más de una vez, y más de dos).

Buena parte de la enseñanza religiosa se centra, por supuesto que aparte de en Jesús, en los doce apóstoles. Son ellos quienes fueron encomendados de la tarea de evangelizar el mundo y, por lo tanto, son los cimientos de la misma. Especialmente Pedro, de quien su maestro dice que es la piedra sobre la cual edificará su iglesia. La realidad histórica, sin embargo, sugiere que la dirección eclesial de este primer protocristianismo no estuvo necesariamente en manos de los apóstoles (de hecho, de la mayoría de ellos apenas se tiene información, y son varias las teorías según las cuales doce es un número simbólico que no designa a otras tantas personas reales). Parece que, por ejemplo, desde el primer momento tuvieron importancia los hermanos de Jesús, que son citados ya en Hechos 1:14. Pablo de Tarso nos dice en su primera carta a los corintios que Jesucristo se apareció también a su hermano Santiago o Jacobo el Justo, quien de hecho aparece ante la Historia como uno de los tres grandes soportes de la iglesia cristiana judía de Jerusalén, junto con los apóstoles Pedro y Juan; es decir, la comunidad que vamos a ver, en estas notas, seriamente enfrentada con Pablo y su iglesia cristiana gentil.

En esos primeros momentos, en realidad los creyentes en Jesús no pueden, ni deben, ser llamados propiamente cristianos. Esa primera iglesia de Jerusalén se mueve en un ambiente totalmente judío que durante mucho tiempo rehusará negar, y que le causará no pocos problemas teológicos, quizá el principal de los cuales que, para cualquier creyente en los textos tradicionales judíos, la imagen de un Mesías muriendo crucificado era un contrasentido, una blasfemia incluso; motivo por el cual esos creyentes hicieron tanto hincapié en el hecho de la resurrección pues, por decirlo así, la resurrección es necesaria para «devolver» al Mesías la condición de tal a los ojos de su público, que en ese momento, no lo olvidemos, es un público judío. Los primeros cristianos se llamaban a sí mismos El Camino (Hechos, 11:26) y los demás les llamaban nazarenos; no fueron sino más tarde los griegos de Antioquía quienes empezaron a llamarles crestianos o cristianos.

Sea como sea, esta comunidad protocristiana, judía mesiánica con elementos nuevos (mesianismo basado en la resurección de un mensajero inmolado), tuvo un éxito fulgurante, probablemente gracias a su capacidad de captación entre las muchas comunidades y sub-creencias existentes en el área racial y culturalmente judía, que esperaban la inminencia de la llegada del Reino de Dios. Sin embargo, quien les puso la proa desde el primer momento, señalando los primeros hitos de una inquina y un enfrentamiento que se ha llevado por delante a mucha gente, son eso que podríamos denominar los «judíos oficiales», mayoritariamente los saduceos y las autoridades del Templo de Jerusalén, por definición refractarias a las cosas excesivamente novedosas.

Lucas, en los Hechos de los Apóstoles (6:1), introduce abruptamente una novedad sin más explicaciones. Nos dice: «Por aquellos días, al multiplicarse los discípulos, hubo quejas de los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas en la asistencia cotidiana.» Ésta es la primera noticia fiable que tenemos del fenómeno que labrará el éxito indiscutible del cristianismo como ideología religiosa planetaria: su superación del entorno judío. En puridad, esos helenistas no son creyentes en Zeus; son, aún, judíos, pero judíos helenizados, y la cita de Lucas nos viene a informar de que, en algún momento muy primitivo de la iglesia, estos judíos no hebreos fueron aceptados en la ekklesia. La propia narración de Lucas nos dice que la queja de los helenistas se resolvió mediante la elección de siete hombres que se encargarían de una adecuada distribución de los bienes; y entre estos hombres cita a un tal Nicolás o Nicolaus, «prosélito de Antioquía», en quien algunos estudiosos han querido ver al líder de toda una facción de judíos helenizados, de visión más liberal que la de los hebreos.

Pero no es el único elemento interesante de esa lista, porque en la misma hay líderes espirituales de gran importancia para la evolución de la iglesia primitiva. Esteban, «hombre lleno de Fe y de Espíritu Santo», nos dice Lucas, es el primer rompedor de la ekklesia protocristiana y el generador del primer gran, gran conflicto con el establishment judío. Influido, probablemente, por una concepción «hipermesiánica» de Jesús, Esteban terminó por ser incapaz de conciliar la tradición judía con la nueva religión, motivo por el cual comenzó a predicar que la venida y resurrección de Jesús debía de tener como consecuencia la destrucción del Templo, pues éste no tenía ya sentido. Siguiendo la misma lógica, también condenó la ley mosaica; según él, ésta ya no tenía que ser respetada, sino que únicamente debían seguirse sus lecciones espirituales. En su juicio, que se relata en el capítulo 7 de los Hechos, Esteban vierte serios vituperios contra el Sanhedrín, al que acusa de haber dado la espalda a Jesús, haberlo matado y haber derrochado la ley eterna; un reproche que nos da la medida de hasta qué punto no estamos, en ese momento, ante una creencia propiamente cristiana, pues ésta sostiene que todo eso no ocurrió tanto por traición de los judíos sino porque tenía que pasar, porque para eso mismo es para lo que el Cristo había bajado a la Tierra. Esteban muere lapidado a las afueras de la ciudad, ejecución en la que participa un joven entonces llamado Saulo.

No sabemos a ciencia cierta qué relación tenía Saulo de Tarso con las teorías de Esteban, pero lo que sí parece claro es que fue uno de los directores de la enorme represión contra sus seguidores que siguió a su muerte; campaña en la que, entre otras cosas, la mayoría de los judíos helenizados fueron expulsados de Jerusalén, pues eran los más susceptibles de despertar los recelos de una institución tan judíamente conservadora como el Sanhedrín. Esta expulsión tuvo dos consecuencias muy importantes para la historia que aquí estamos contando. La primera es que la ausencia de los helenistas convertiría la iglesia judía cristiana de Jerusalén en una iglesia de tintes totalmente hebreos, por lo que algún día, pronto, su convergencia con las iglesias gentiles se hará problemática. Y la segunda consecuencia es que los helenistas expulsados se dedicaron a hacer proselitismo allá donde fueron, con lo que el protocristianismo comenzó a expandirse, sobre todo por Asia Menor, bajo el liderazo de Felipe , otro de los siete hombres sabios de los Hechos, que es el verdadero primer distribuidor de la palabra de Jesús más allá de las fronteras del judaísmo. Tanto Pedro y Juan como el propio Felipe, por ejemplo, realizaron tareas de evangelización en Samaria, buscando contrapesar la influencia que allí tenían los llamados dositeanos, entonces comandados por Simón el Magno, considerados como un grupo que había absorbido tan sólo algunos elementos del cristianismo para elaborar una teoría pagana de importantes elementos gnósticos que dejaba poco sitio para Jesús como Dios.

En todo caso, la primera evangelización ambiciosa realizada fuera el entourage de Jerusalén se realiza en Antioquía, al parecer realizada, según los propios Hechos, por hombres de Chipe y Cirene que no tienen más nombre (véase 11:20). Allí fue donde por primera vez los oyentes del mensaje cristiano comenzaron a interpretar el nombre de Cristo como eso, un nombre de pila, en lugar de lo que realmente es, es decir un título característico (Jesús es el Cristo). Por ello, se empezó a escuchar la palabra cristiano.

Antioquía es la primera metrópoli lejana de Jerusalén a la que llega el mensaje cristiano y obtiene cierto éxito. Por esta razón, entre los apóstoles se hace evidente la necesidad de controlar de alguna manera ese movimiento para mantenerlo dentro de la ortodoxia. Deciden, pues, enviar a un delegado, y escogen a un miembro fundador de la iglesia de Jerusalén, llamado Barnabás. Sabemos que Barnabás era originario de Chipre, así pues es posible que fuera helenista y no hebreo.

Barnabás, cuyo verdadero nombre era José, es el segundo gran misionero de la palabra cristiana, un hombre de gran empuje y capacidad organizativa, lo cual se hace sentir casi inmediatamente en la iglesia de Antioquía, que crece exponencialmente. Tanto, tanto crece que llega un momento en el que hasta él se da cuenta de que ya no puede llevar las cosas por sí solo. Necesita un deputy, un adjunto. Un hombre con dotes organizativas tan evidentes como las suyas, que no se arredre ante nada y, sobre todo, un hombre que entienda que Antioquía no es ni de coña Jerusalén. Que entienda que es una ciudad muy cosmopolita, donde no todo lo que se huele es la cosmovisión judaizante y donde, en consecuencia, para explicar la palabra de Dios hace falta hablar lenguajes distintos, defender enfoques distintos. De alguna manera, construir una iglesia distinta.

Barnabás no lo duda. Viaja a Tarso, donde vive un viejo conocido suyo. Donde vive Saulo, que se hace llamar por su nombre romano: Pablo.

3 comentarios:

  1. Anónimo11:55 p. m.

    Después de tragarme enterito el tratado de ateología de Michel Onfray (muy al extremo para mi gusto)
    http://caosmosis.acracia.net/wp-content/uploads/2007/07/michel-onfray-tratado-de-ateologia.pdf

    cuya crítica en ABC fue bastante buena por cierto, de lo cual me sorprendí gratamente...
    Me gusta más Comte Sponville como pensador
    http://www.uimp.es/blogs/prensa/2009/08/27/comte-sponville-asegura-que-la-filosofia-puede-ayudar-a-considerar-la-politica-de-una-manera-mas-inteligente/

    Respecto a Jesús la teoría del retoque parece que es la que parece tener más validez
    cito:
    "Sobre el problema de la autenticidad del Testimonium Flavianum se ha discutido mucho. En general se puede decir que en torno a este problema existen tres posturas básicas: la tesis de la autenticidad total (Flavio Josefo escribió el texto tal como lo conocemos); la tesis de la interpolación total (todo el pasaje fue introducido en la obra de Josefo por un autor cristiano posterior) y la "hipótesis del retoque": Un copista cristiano medieval habría hecho algunas modificaciones al texto original de Josefo, que es la base del texto actual. La tesis de la autenticidad total no explica suficientemente los elementos cristianos; el texto actual parece una confesión de fe cristiana, cosa bastante improbable en un autor judío. La tesis de la interpolación total tampoco es convincente, porque el Testimonium Flavianum contiene muchos términos y expresiones inusuales en el lenguaje cristiano y propios del lenguaje de Flavio Josefo. Por eso hoy en día prevalece ampliamente la hipótesis del retoque. Se han hecho muchos intentos de reconstrucción de la forma original del Testimonium Flavianum. Un reciente descubrimiento parece confirmar esta hipótesis: En 1971 el autor judío S. Pines citó por primera vez en el contexto de este debate una versión árabe del Testimonium Flavianum que Agapio, obispo de Hierápolis (del siglo X), incluyó en su historia universal. El texto árabe coincide significativamente con las reconstrucciones críticas del texto original de Josefo. Dice así: "Josefo refiere que por aquel tiempo existió un hombre sabio que se llamaba Jesús. Su conducta era buena y era famoso por su virtud. Y muchos de entre los hebreos y de otras naciones se hicieron discípulos suyos. Pilato lo condenó a ser crucificado y a morir. Pero los que se habían hecho discípulos suyos no abandonaron su discipulado. Ellos contaron que se les había aparecido tres días después de su crucifixión y que estaba vivo; quizás, por esto, era el Mesías, del que los profetas contaron maravillas." Un texto como éste pudo perfectamente haber sido escrito por Flavio Josefo."
    http://www.feyrazon.org/DanExtrabib.html

    PD: menos mal que me diste un respiro en mi "exposición" el otro día, jejj. Creí que me ibas a "crucificar"...

    Saludos.

    ResponderEliminar
  2. Aclaro: de lo que yo dudo de es de la historicidad de JESUCRISTO. Esto es: una persona que se dijo hijo de Dios, Mesías, que tuvo doce apóstoles y que murió, más que sacrificado o asesinado, inmolado porque esa muerte era necesaria dentro de su plan (lavar el pecado original de la Humanidad y todo eso).

    Si Josefo dice bien, y no lo pongo en duda, lo que pudo existir es un señor llamado Jesús, que fue condenado a muerte (en una decisión que, Josefo dixit, no tiene relación alguna con el Sanhedrín), y que fue, cito, sabio, bueno y virtuoso.

    Eso, Jesús. Pero Jesucristo es muchas más cosas. No es que tenga muchos discípulos; es que, acorde con los Evangelios, movía multitudes. No es que fuera sabio; es que era de la estirpe de David (y, por lo tanto, cumplía, oh casualidad, con las características mesiánicas proféticas). Y, sobre todo, hacía milagros.

    Si alguien cuenta, dentro de 200 años, quién fue Cristiano Ronaldo, ¿acaso escribirá «fue un portugués con una sonrisa resultona»? No: dirá que metía unos goles como soles. ¿Por qué Josefo no dice que Jesús hacía milagros? ¿Por qué no cuenta que se enfrentó al Sanhedrín y que limpió los alrededores del Templo a hostia limpia? ¿Por qué no dice que fundó un creencia, El Camino, distinta de la sostenida por la ortodoxia judía?

    Será porque se olvidó. O porque, efectivamente, habla de alguien que no existió. O que, si existió, no fue ni la mitad de la mitad de lo que nos dicen que fue; que, al caso...

    ResponderEliminar
  3. Anónimo4:15 a. m.

    Creo que Jesús existió, fue un revolucionario más, un hombre que pudo generar movilizaciones, como otros muchos, pero jamás sabremos si los hipotéticos milagros y apariciones tras su muerte tuvieron lugar. Yo creo que no. Pasó mucho tiempo. La lectura de las escrituras sagradas estuvo vetada durante muchos años y la inverosimilitud del texto de Falvio Josefo creo que es evidente, ya que haría especial énfasis muchísimo más detallado del que realmente hace en su obra con respecto a jesús por su acrácter extraordinario o fuera de lo normal; por lo que supongo que se trata de una retoque en el medievo.


    Un saludo.

    ResponderEliminar