miércoles, febrero 17, 2010

Mi cuarto a espadas

Bueno, pues después de haberos planteado preguntas, no puedo por menos que echar mi cuarto a espadas.


No sé si hace falta dar más horas de Historia o de Filosofía porque, sinceramente, desconozco las que hay en los currículos actuales. Desde luego, tengo la sensación, que dolientemente sustantivaba Pedro Mena en su comentario, de que son pocas o, cómo diría, mal aprovechadas.


No creo que para sentirse miembro de una comunidad haya que ser patriota. El patriotismo es, a mi modo de ver, otra cosa que tiene más que ver con la capacidad de sacrificarte personalmente, bien sea poniendo dinero o pegando tiros, por el bien de tu colectividad o de tu nación. Pero aunque no estés dispuesto a sacrificios así, no por eso vas a dejar de sentirte parte de algo.

Creo que España, hoy, está enferma de franquismo. Sí. He dicho hoy, he dicho enferma, y he dicho de franquismo. Las cohortes de españoles maduros de hoy, digamos por encima de los 40 tacos, queremos pensar que hemos superado una etapa vivida de diversas maneras, la mayoría de ellas no muy agradables. Pero lo cierto es que el franquismo sigue presente en nuestras vidas. En algunas cosas, porque lo que tenemos hoy es en gran parte lo que se construyó en tiempos de Franco (por ejemplo, el mercado laboral) y en otras, la gran mayoría, porque nuestra incapacidad de no negar confirma que, de alguna manera, seguimos instilados por esa cosmovisión que damos por superada.


¿Qué quiere decir capacidad de no negar? Quiere decir que el antifranquismo vehemente que practicamos nos lleva a ser incapaces de apearnos de negaciones que construimos cuando Franco estaba vivo o recién muerto. Dicho de otra forma: nada que al franquismo le pareciese bien nos puede parecer bien a los españoles de hoy. El franquismo fue un régimen que exaltó hasta la saciedad el patriotismo y la identificación de lo español. Nunca se apeó de aquel anacoluto ledesmiano, adoptado por José Antonio, de la unidad de destino en lo universal, que vaya usted a saber lo que quería decir.


La España que superó a Franco (según su propia teoría) no quiere llamarse España, no quiere conocerse, y no quiere defenderse. Y esto es así porque estas tres cosas: tener el nombre de España en la boca hasta para mear, poner el conocimiento de España sobre cualquier otro y defender una imagen imperial e inmanente de la nación, son tres cosas que hizo Franco.


A mi modo de ver, sin embargo, estas mismas tres características que he citado son las que deberían informar cualquier currículo bien hecho de Historia para alumnos de la ESO y Bachillerato.


En primer lugar: España se llama España. Se ha llamado así en la Historia desde muy pronto, conformándose de diversas maneras conforme pasaba el tiempo, pero siempre manteniendo su identidad propia. España no es Francia ni es Portugal. Si a España le quitamos Cataluña, o Baleares, o la provincia de Ávila, históricamente hablando a lo que resulte tendremos que buscarle un nombre, porque ya no será, propiamente, España. Hablamos de un proyecto que ya existía en bastante más que potencialidad hace bastantes siglos y que se concretó como proyecto político hace más o menos 600 años. Es, también, un proyecto enormemente complejo y conflictivo, y esto también se debe saber, por varias razones.

La primera de ellas es que, según como las contemos, las diferencias y disensiones internas de España le han provocado, no una, sino no menos de cinco guerras civiles, como poco; de las cuales cuatro se han producido en lo que podríamos denominar (históricamente) los minutos más recientes.


La segunda es que España, al revés que muchos de sus vecinos, tuvo, para lograr su independencia y cohesión, que firmar un pacto religioso más estrecho que el del resto de naciones. Tiene razón el comentario que recuerda que la Inquisición es un invento francés. Hubiera tenido razón cualquier otro que nos hubiera recordado que si nuestros obispos patrios nos parecen fachas y cabrones, quizá estaríamos diciendo lo mismo si por algún ardid de la Historia hubiéramos acabado dominados por Calvino, que tenía tela el gachó. Pero todo eso no puede nublar el hecho de que España es un proyecto, en gran medida, católico, se erige de hecho en el principal defensor de la Iglesia católica ante el mundo, y que eso le ha aportado importantes riquezas (artísticas, por ejemplo), pero también ha abocado a nuestra sociedad a un radicalismo sobre el tema que hace que o seamos inmensamente católicos o inmensamente laicistas, como si no fuésemos capaces de encontrar términos medios.


La tercera razón por la cual España es un proceso conflictivo es porque su formación es un choque de trenes, una alianza de imperios menores que buscan (y consiguen) la hegemonía europea mediante su adición; pero que, precisamente por eso, condenan a la nación a ser una nación dual, con dos tendencias marcadamente distintas. La fusión de Castilla y Levante se produce en el siglo XV, pero en el siglo XIX la masilla todavía no estaba seca. En gran parte, España no es España a pesar de esa tensión; es esa tensión.


Cualquier español educado debería estar obligado a saber de dónde salió España, por dónde transitó y dónde se encuentra. Sin traumas estragantes ni apriorismos enfermizos. Con sus contradicciones y sus enfrentamientos, desde luego. Con voz crítica, pero proporcionada a los tiempos y, lo que es más importante, evitando ese pecado tan nuestro de tender siempre a admirar lo foráneo. Porque, como creo que alguien ha escrito en los comentarios al post anterior, los indígenas americanos pueden hoy contar su Historia, entre otras cosas, porque están sobre la tierra en número muy superior al de otros indígenas, a los que otros colonizadores, se supone que más civilizados que nosotros, no les dieron la ocasión de seguir existiendo.

Todo esto es especialmente importante respecto de nuesstra Historia más reciente, porque es, obviamente, la más reciente, y porque, precisamente por eso, es una Historia sobre la que podemos, o incluso deberíamos, aspirar a que cualquier español, por joven que sea, desarrollase un juicio personal. No sé si alguna vez he contado que la decisión de escribir este blog la tomé una tarde de verano en que, casi sin darme cuenta, le pregunté a mi sobrino, que entonces tenía 14 años, qué sabía de la guerra civil española. «No sé», me contestó; «creo que es algo que ocurrió en 1952» (nota: su nivel de conocimiento a día de hoy, a las puertas de la universidad, es el mismo). Esto, sinceramente, no puede ser. Vale que la imagen del criajo estadounidense recitando artículos de la Constitución americana queda un poco exajerado; pero que ni siquiera sepamos cómo nos llamamos, ni cómo se llamaban nuestros padres, es de traca. No tiene sentido que una persona que ha recibido una cultura general que se considera mínima se sepa los nombres de los parques naturales que hay en España y desconozca que hubo una guerra civil hace apenas setenta años. Puede que ninguno de sus parientes ni él mismo hayan estado jamás en un parque natural pero, sin embargo, es prácticamente imposible que alguien en las anteriores cuatro generaciones no haya sufrido esa guerra.

Cuando nuestros políticos hablan de pactos de educación, hablan de dos cosas: una, de gasto presupuestario; otra, de enseñanzas técnicas que sirvan para trabajar. Personalmente, ahora que parece que el asunto del consenso educativo va por buen camino, mis esperanzas de que un hipotético pacto educativo abarque esta cuestión de definir lo que todo español debería saber y conocer, son nulas. Porque la educación en España, simplemente, ha abandonado ese objetivo. Ya no le importa tener un conjunto de conocimientos mínimos. Hemos renunciado a explicarnos a nosotros mismos.

El desconocimiento de la Historia es algo que concita el vivo interés de quienes la manipulan. Cuando uno manipula la Historia, falsea sus datos o simplemente los retuerce para que casen con su propia visión de los hechos, se convierte, en una sociedad informada, en un mercader más que ofrece su mercancía intelectual, pero sabiendo que sus compradores probablemente han ido a otros puestos a buscar y comparar. Pero cuando la Historia se desconoce, ese mismo manipulador puede aspirar a que sus lectores, o cuando menos muchos de ellos, no tengan acceso a más versión que la suya. En cuyo caso darán los hechos que él describe, y tal y como los describe, por totalmente ciertos.

Realmente, la Historia no es necesaria para salir adelante en el mercado laboral. Uno puede ser un excelente dealer de divisa, un fontanero apañado, un comercial de éxito o un ATS eficiente sin saber quién fue Cronwell. Pero, desconociendo la Historia, desconocerá también que él, él mismo, es el producto de algo; la consecuencia de un montón de cosas que han pasado antes. Desconociendo la Historia, nos descnocemos a nosotros mismos.