lunes, septiembre 01, 2008

Ruanda (1)

Puedo contar la Historia más triste esta noche. Y es verdad que, difícilmente, puedo pensar en mover los dedos para contar una historia peor que la que esta vez voy a tratar de resumiros. Pues no hay peor historia que la de los genocidios y, quizá, no hay peor genocidio que el que hoy se os relata. En la Alemania de Hitler murieron más personas. Cierto. Pero necesitaron cuatro años para morir. Matar a entre medio millón y 800.000 personas en el espacio de unas semanas es un triste record que sólo un momento histórico ha alcanzado. Y ojalá que así siga siendo.

Ruanda y Burundi son los nombres de dos antiguos reinos africanos que, en el siglo XIX, cayeron bajo la dominación colonial belga; Bélgica se acostumbró a verlos como un todo y nombrarlos, por lo tanto, con los dos nombres seguidos: Ruanda-Burundi.

Los habitantes de Ruanda y de Burundi hablaban ya entonces el mismo lenguaje, tenían las mismas costumbres y vivían completamente mezclados. Y, sin embargo, se odiaban. Los ruandeses y burundianos se subdividían en una mayoría de etnia hutu y una minoría de etnia tutsi. Los primeros eran fundamentalmente agrícolas; pero los segundos, en algún momento de su pasado, se habían pasado a la ganadería, una actividad más lucrativa que les dio más riqueza y más poder y les fue convirtiendo, paulatinamente, en una poderosa minoría dirigente.

Cuando las potencias coloniales llegaron a estas tierras encontraron gran utilidad en mantener y, más que mantener, fomentar esta división. Recordar a los tutsis que eran tutsis, convencerles de que por mucho que siglos de matrimonios comunes hacían prácticamente imposible distinguir unos de otros no había color, y nunca mejor dicho, entre un hutu y ellos, les venía de perlas. De esta manera, alemanes primero, y belgas finalmente, consiguieron consolidar una élite dirigente que les tuviese manejado el cotarro. Como una consecuencia de ello, a principios del siglo XX, los belgas introdujeron en ambos países un sistema de identificación con tarjetas que especificaban, para cada ciudadano, su condición de hutu o de tutsi. Más allá, llegó el apartheid. Tutsis y hutus estudiaban en escuelas diferentes; y unas eran considerablemente mejores que las otras. Así pues, si hubo alguna oportunidad, difícil ciertamente, de que hutus y tutsis acabasen por olvidar por sí solos las diferencias entre unos y otros, los belgas acabaron con ella.

Los años cincuenta son los años de la Guerra Fría y de la ola de la negritud en África; la toma de conciencia sobre el poder de las distintas sociedades. Los hutus no permanecieron ajenos. En dicha década, un grupo de hutus publica un documento, el conocido como BaHutu Manifesto, que es el primer mojón contra una situación hasta entonces bien consolidada. Para entonces, los belgas ya estaban asustaditos con la que habían montado, y propusieron que la distinción entre hutus y tutsis desapareciese, por ejemplo de los DNI. Tarde. Para entonces, los hutus habían desarrollado una fuerte identidad hutu, y por los cojones treinta y tres iban a aceptar ser lo mismo que los asquerosos tutsis.

En noviembre de 1959, un activista hutu recibió una mano de hostias de una pandilla de tutsis de mano larga. Fue el principio de una pequeña revolución en la que los hutus, considerable mayoría (en orden aproximado de seis hutus por cada tutsi), se apiolaron todos los negocios de los tutsis y mataron a varios centenares de ellos, provocando la primera emigración masiva de refugiados a los países vecinos. Algunos de estos refugiados aún no habían vuelto al doblar la esquina el siglo XX.

Los belgas no optaron por intentar resolver el problema. Eso habría sido mucho curro. Lo que hicieron fue, simplemente, cambiar de bando. Cesaron a altos funcionarios tutsis y pusieron hutus en su lugar. Éstos, una vez que tuvieron la porra en la mano, la usaron sin recato para abrir cráneos tutsi. Más de 100.000 tutsis salieron por la frontera y se calcula que 10.000 no pudieron salir por ningún lado salvo el Purgatorio, porque fueron masacrados. Cabe llamar la atención sobre el hecho de que 10.000 muertos, en 1962, provocaron en Occidente la reacción que sucintamente se describe tras los siguientes dos puntos: .




En 1962, el lider hutu Gregoire Kayibanda se convirtió en el primer presidente de la república ruandesa independiente. En Burundi permaneció la monarquía tutsi.

Casi treinta años duró esta paz que, en realidad, era una guerra larvada. El propio presidente Kayibanda se pasaba por el arco del triunfo ese principio básico en política de que al poder te llevan los que te llevan; pero, una vez en el poder, gobiernas para todos; y decía cosas como que los hutus no podían sentir simpatía alguna para con los tutsis. Esto, sin embargo, mientras el PIB ruandés avanzó a tasas superiores al 5%, no se notó. Sin embargo, el gobierno hutu era un gobierno africano más: corrupto, desordenado y tal. En la década de los noventa, la resistencia contra dicho gobierno se fue compactando y haciendo mayor. Y la minoría gobernante hutu, rápidamente, se dio cuenta de que tenía en la mano una jugada que se ha visto muchas veces en la Historia y, desde luego, en la portada de cualquier periódico: cuando quieras que tu votante o supporter mire para otro lado, busca un enemigo, señálalo con el dedo, y hazle responsable de todos tus males. De esto, personajes como el senador McCarthy, o el Kremlin, o Sabino Arana, saben un huevo.

Kayibanda ya había dejado claras sus intenciones en 1962 mediante la detención y ejecución de veinte políticos tutsis, a los que consideró culpables de los movimientos realizados fuera de Ruanda por los refugiados tutsis, olvidando el pequeño detalle de que si eran refugiados, y si estaban fuera del país, era porque él y los suyos les habían quemado la casa y violado a las hijas.

En Burundi, mientras tanto, los tutsis reinaban, en un ambiente que era todo menos pacífico. De los tres primeros ministros que tuvo el país, dos murieron violentamente. En 1966, hubo un golpe de Estado militar tras el cual llegó al poder un capitán tutsi, Michel Micombero, el cual, a la vista de lo que había pasado en el 62, se propuso devolverle la pelota a los hutus y borrarles del mapa de Burundi. En 1972, los hutus se alzaron en armas contra él, dándole la última disculpa que necesitaba para sacar el machete a trabajar. Las tácticas de Micombero recuerdan a las de otro insigne huésped del siglo XX, Pol Pot. Si Pol Pot mataba a la gente por el simple hecho de llevar gafas (pues eso significaba que sabían leer, y por eso había que mandarlos al otro mundo), Micombero se llevó por delante a todo hutu que supiese juntar dos letras, fuese profesor, clérigo, funcionario, enfermera o comerciante. Se estima que Micombero se llevó por delante a 200.000 hutus y provocó el exilio de otros tantos.

¿Occidente? Qué mala suerte. Cuando le llamaron, Occidente comunicaba.

Ni qué decir tiene que Kabiyanda vio su violento cielo abierto. Entre otras cosas, la legislación ruandesa estableció que en cualquier sitio, desde la función pública hasta cualquier negocio privado pasando por la propia escuela, los tutsis no podían pasar del 9%. No obstante, esto no le valió para mantenerse en el poder. En 1973, un militar, Juvenal Habyarinama, dio un golpe de Estado y le echó del poder. Si Kabiyanda era un hutu del sur, Habyarinama era un hutu del norte. De hutu a hutu… cada vez estamos más cerca de la casilla de La Muerte.

Habyarinama montó en Ruanda una dictadura negra africana al viejo estilo. El personal, por no tener, no tenía ni libertad de residir donde le petase. Todos los puestos importantes del Estado, y muy especialmente del ejército, fueron ocupados por paisanos del presidente, es decir de Gisenyi. Su mujer, Agata Kanzinga, la Carmen Polo de Habyarinama pero a lo bestia, ejercía el poder en la sombra mientras se cubría el riñón como si le hubiese tocado el bote del Euromillones durante siete semestres seguidos. Claro que eso duró hasta que, en los años ochenta, el precio internacional del café comenzó a darse la hostia. A finales de la década, además, conforme a la URSS llegó Gorvachov y tal y se empezó a ver que la Guerra Fría seguía Fría pero ya no era Guerra, a las potencias occidentales comenzó a dejar de gustarles que sus amigos africanos fuesen en realidad unos hijos de puta y comenzaron a presionarles para que convirtiesen sus países en democracias. Lo cual debe de ser como intentar convencer a un tigre salvaje a que se avenga voluntariamente a alimentarse de coles de Bruselas.

Las cosas se comenzaron a poner de cara para los tutsis. En enero de 1986, Yoweri Museveni tomó Kampala, la capital de Uganda, y mandó a tomar por culo a otro demócrata de toda la vida, Idi Amín Dadá, aquél al cual los israelitas arrearon una hostia en todo el bebe con la famosa Operación Entebbe. La cosa es que la gran mayoría de los soldados que tomaron Kampala eran tutsis. El número dos de aquella armada, Fred Rwigyema, era tutsi. Y tutsi era el líder de todos ellos, Paul Kagame, a día de hoy presidente de Ruanda. Hasta 4.000 tutsis acabarían desertando del ejército ugandés, con armas y bagages, y entrando en Ruanda, en octubre de 1990, en una operación en la que los hutus les dieron hasta en el velo del paladar. Pero, claro, la guerra estaba servida.

Un momento ideal para que una potencia occidental tomase cartas en el asunto y hubiera puesto paz.

Sin embargo, esa potencia de referencia ya no era Bélgica. Los belgas, desde la llegada de Habyarinama, habían dejado de ser los amiguitos. El presidente tenía otro primo de Zumosol, un primo un tanto paranoico y, a ratos, para qué decirlo con otras palabras, agilipollado.

En el siglo XIX, en la batalla de Fashoda, los británicos consiguieron su posición preeminente en el África Negra frente a los franceses. Francia hace dos tipos de cosas con las batallas que pierde: o bien las olvida a los dos minutos, para no volver a recordarlas nunca; o bien no las olvida jamás. Para los tiempos en los que Felipe González llevaba ya ocho años gobernando España, Francia aún se acordaba de Fashoda; lo cual quiere decir que todavía tenía ganas de devolverle el golpe a los británicos. Ruanda era un lugar de teórica influencia británica. Por eso, Francia jugó fuerte. Su presidente, el socialista François Mitterrand, le llamaba mon ami al cabronazo ruandés y le daba palmaditas en la espalda. Y más aún. Cuando Habyarinama se sintió amenazado por la invasión tutsi, accedió a despachar tropas francesas a Ruanda. Esta estrategia fue diseñada a través de una llamada Célula Africana existente en el palacio del Elíseo, al cabo de la cual estaba Mitterrand II, o sea Jean-Cristophe, el hijo del presidente. Se dice que dijo, al comentar el envío de tropas, que todo el follón duraría, todo lo más, dos o tres meses.

Vaya par de cráneos previlegiados, el padre y el hijo.

Llama la atención que otro ínclito presidente francés, Valery Giscard d’Estaing, otro campeón de la democracia, fuese denostado por los franceses por ser amigo de otro ilustre dictador africano, Bokassa, el cual le regaló unos diamantes; y, al mismo tiempo, nadie parezca acordarse de estas extrañas amistades del señor Mitterrand, a pesar de ser un demócrata de toda la vida (esto, claro, aceptando barco como animal acuático y considerando que el régimen pro nazi de Vichy fuese una democracia).

Le guste o no a quienes piensen que don Juan Francisco es tan inocente como puede serlo un francés que manda, llegar las tropas francesas y estabilizarse el frente de guerra fue todo uno con el inicio por parte de Habyarinama de una represión sistemática contra la minoría tutsi de Ruanda. En las primeras horas de su actuación, encarceló, sólo en la capital Kigali, a 13.000 tutsis y hutus críticos con su figura. Los tutsis murieron a centenares mientras que Francia (Liberté, Egalité, Fraternité… pour moi) proveía a quienes eso hacían de armas y asistencia técnica.

No obstante, algo se movía en Ruanda, y en Occidente. Para entonces, que la economía ruandesa llevaba ya bastantes años de culo y cuesta abajo, el país dependía de la ayuda exterior. Los países donantes, conscientes de su poder, exigieron de Habyarinama la instauración de una democracia. A regañadientes, el presidente aceptó. Las fuerzas hutus que entraron en el gobierno de coalición quisieron entablar negociaciones con la RPF, la fuerza armada tutsi de Kagame. En 1992, lograron arrancar un alto el fuego.

No obstante, la señora Kanzinga y otros de su ralea manejaban por detrás. Bajo la apariencia de una evolución a la democracia, crearon un partido político ultrahutu, la Coalition pour la Défence de la Republique CDR, y comenzaron una campaña de propaganda feroz contra los tutsis. Los movimientos de esta red fueron conocidos rápidamente por los diplomáticos occidentales, algunos de los cuales enviaron informes a sus metrópolis advirtiendo de que se preparaba una buena ensalada.

Occidente, sin embargo, como sabemos bien, no se levanta de la cama por menos de 500.000 muertos. Eso si hablamos de muertos negros, claro.

Ya en 1992 hubo algunas matanzas organizadas en las que murieron centenares de personas; poca cosa a la luz de lo que pasó después. Sin embargo, en la superficie lo que más parecía funcionar era la presión de los donantes, ya que en 1993 Habyarinama firmaba con el RPF los llamados los llamados Acuerdos de Arusha, un acuerdo de paz entre hutus y tutsis que está hoy en el centro de la organización política de Ruanda. Estos acuerdos incluían, por primera vez, el despliegue de una fuerza de paz de Naciones Unidas.

Esto ocurrió en agosto de 1993. En junio, apenas unas semanas antes, en Burundi había ocurrido algo histórico, pues se había elegido el primer presidente hutu, Melchor Dyadaye. Consciente de gobernar sentado sobre un avispero, fue moderado; entre otras cosas, nombró a un tutsi primer ministro. Pero no le sirvió de nada. Una pandilla de tutsis demócratas-de-toda-la-vida lo secuestró y lo envió a hacerle compañía al profeta Elías. Acto al que siguieron una serie de matanzas en las que perdieron la vida 150.000 hutus y tutsis, y el doble de dicha cifra tuvo que huir a Ruanda.

Occidente, y muy especialmente París, a verlas venir.

Difícilmente se puede imaginar un movimiento tutsi más torpe que el asesinato de Dyadaye. Hasta los hutus más moderados se les pusieron en contra. La propaganda anti tutsi en Ruanda alcanzó proporciones brutales.

Todo esto lo tenía que solventar Naciones Unidas. Pero, claro, una organización, antes de aspirar a resolver nada, debe funcionar. Y no es el caso.

En primer lugar, para entonces estaba al frente de la ONU un personaje, el egipcio Boutros Boutros-Ghali, de cuyas ambiciones ante la Historia no cabe dudar, pero que tenía menos cintura que Alexanco. En segundo lugar, estaban los Estados Unidos, que de toda la vida han mandado en la ONU un huevo, y que no querían grandes alharacas en Ruanda. El jefe de los cascos azules, el canadiense Romeo Dalladier, opinó que los cascos azules, para ser efectivos, no debían de ser menos de 4.500 (otros militares elevaban ese mínimo hasta 8.000). Pero le dieron 2.548, pobremente armados, inexpertos y desmotivados. En enero de 1994, Dalladier envió un informe por escrito señalando que los ataques que se producían en Ruanda estaban claramente organizados y centralizados; que por lo tanto era una fuerza organizada la que los estaba llevando a cabo, y solicitando nuevos refuerzos. Más aún: ese mismo mes de enero, un comandante hutu que quería desertar, Jean-Pierre Twatzinze, se lo contó todo al comandante belga en la zona, Luc Marchal: que se habían hecho listas de tutsis para los progomos. Que las células de hutus habían sido distribuidas por el país. Que había planes incluso para matar a representantes belgas pues ya se sabe que a ríos [de sangre] revueltos, ganancia de hijos de puta.

Dalladier, informado por Marchal, envió un telegrama a Nueva York informando de su intención de realizar una operación sorpresa sobre los arsenales de los hutus, para dejarlos sin qué agredir. Los Boutros Boutros-Ghali boys, sin embargo, dijeron que ni de coña. Y no parece que se hayan sentido en la necesidad de explicar por qué. Aunque cabe adivinar que la reciente cagada de Somalia (el famoso Black Hawk, derribado) tuvo algo que ver en las escasas ganas que los jerifaltes de la ONU tenían de meterse en otro fregado.

El 6 de abril de 1994, Juvenal Habyarinama acudió a Dar es Salaam, a una cumbre de líderes africanos. Una vez más, escuchó un aluvión de críticas por sus escasas ganas de aplicar los acuerdos de Arusha. Quizá encabronado por tanto puteo, decidió volver a su casa esa misma noche. Nada más tocar tierra en el aeropuerto de Kigali, dos misiles impactaron en el aparato. De los pasajeros no quedaron ni las ortodoncias.

A día de hoy, que yo sepa, hutus y tutsis siguen guerreando, esta vez en las estanterías de las librerías, sobre la autoría de este atentado. Todo cabe. Que la muerte de Habyarinama fue oro molido para los hutus, que así pudieron iniciar su genocidio, es cierto; que los tutsis habían hecho ya tonterías del mismo calibre, también.

Lo importante es que una cancela se había abierto. Y, por su agujero, una de las ponzoñas más pútridas de la Historia del ser humano estaba a punto de desbordarse.