lunes, junio 09, 2008

Polonia

Aquéllos de vosotros que seáis aficionados al fútbol estaríais en la noche del domingo (hora española) frente al televisor viendo la Eurocopa. Jugaron Alemania y Polonia, con victoria de la primera. En el partido marcó dos goles un delantero de la selección alemana, llamado Podolski, cuya actitud fue bien patente a la hora de meter los tantos. Clara y ostensiblemente, se negó a celebrar sus goles e, incluso, en el segundo pidió perdón por haberlo hecho. Este gesto deportivo viene a reflejar un hecho histórico y social de gran importancia para los europeos del noreste, que es la difícil identificación de Alemania y Polonia en una enorme porción de terreno que no es sino una escala de grises entre ambos pueblos. Y sirve también para señalar uno más de los casos en los que el hombre, ante un conflicto geopolítico, creyó que trazando una frontera resolvía los problemas. Las fronteras, sin embargo, son puras entelequias. Lejos de lo que sueñan casi todos los nacionalismos, que ven pueblos netos, definidos, sin mezcla, la tendencia del ser humano a mezclarse y ser una mixtura de cosas existe desde siempre, complicando enormemente la ecuación.

En 1942, en la batalla de Stalingrado, en expresión de sir Winston Churchill se escuchó girar los goznes de la Historia. Hasta ese momento el guión hablaba de una posible victoria, total o parcial, de la Alemania de Hitler en el teatro europeo; pero desde entonces los aliados comenzaron a darse cuenta de que la victoria podía llegar a ser suya y, lo que es más importante, podía llegar a ser total. Esta convicción dio paso a otra pregunta de dificilísima contestación, y es qué es lo que se iba a hacer con Alemania. En menos de medio siglo, Alemania había colocado Europa patas arriba dos veces. En la primera de ellas, además, se optó por una solución basada en castigarla duramente por ello, pero sin invadirla. Por otro lado Adolf Hitler, dentro de sus paranoias, había manejado algunos conceptos en los que casi todo alemán creía sin necesidad de ser nazi; y uno de esos conceptos era el famoso Lebensraun o, si se prefiere, el derecho alemán a ser un apoyo para los alemanes residentes fuera de las fronteras del país, lo cual había soportado las reivindicaciones hitlerianas en la antigua Checoslovaquia y, por supuesto, Polonia.

En la batalla de Stalingrado, por cierto, pelearon alemanes y polacos, pues en las unidades del Ejército Rojo había polacos metidos. Esto se sabe porque hubo casos de alemanes nacidos en áreas, digamos comunes con Polonia; alemanes que, por lo tanto, hablaban polaco y escaparon de aquel infierno mediante el sistema de robar a algún soldado polaco muerto su uniforme y hacerse pasar por quien no eran.

A todo esto hay que añadir, además, que conforme la guerra avanzaba el planteamiento de los diferentes aliados se fue distanciando. Estados Unidos tenía una visión del conflicto europeo más lejana, y por ello se mostró dispuesto a apoyar, cuando menos en el plano teórico, las soluciones más radicales tendentes al debilitamiento de Alemania como potencia futura. La URSS tenía un espíritu claramente revanchista, que no podemos reprocharle tratándose un país al que la locura germana le costó millones de muertos y una devastación como yo creo que no ha producido jamás otra guerra en la Historia de la Humanidad. Inglaterra estaba, cada vez, más preocupada por poner tampones al avance soviético que otra cosa. Y los franceses, como siempre: haciéndose los importantes.

Polonia no estaba, desde luego, entre las potencias que negociarían el futuro de Alemania. Pero lo cierto es que, a su lado, el revanchismo soviético se quedaba cortísimo. Los polacos fueron, probablemente, los principales paganos de la segunda guerra mundial, entre otras cosas porque el ahora enemigo acérrimo de Hitler, Stalin, había firmado antes de la guerra un acuerdo secreto con los nazis que tenía entre sus cláusulas principales el reparto de influencias en Polonia, motivo por el cuando Hitler la invade y empieza la guerra, los rusos se quedan en casa. Polonia fue considerada por los nazis un menos-que-país poblado por menos-que-hombres, lo cual hizo que su trato hacia la población eslava fuese deplorable y que Polonia, entre otras cosas, se convirtiese en el principal teatro de los asesinatos masivos que practicó el nazismo.

Todo el mundo, y aquí me refiero a todo el mundo entre los aliados occidentales, estaba de acuerdo, conforme avanzaba la guerra, en que era necesario evitar que Alemania pudiese volver a dar por culo. Esto suponía desarmarla y debilitarla. Sin embargo, sobre la mesa del despacho del presidente americano Franklin Delano Roosevelt comenzaron a caer informes en los que se hablaba (con razón) de la interdependencia de la economía europea y, en consecuencia, de las terribles consecuencias que tendría una Alemania hundida hasta el hambre para el continente; sin mencionar, decían los sociólogos, que un pueblo hambriento es un pueblo cabreado y, de esta forma, podría llegarse a conseguir exactamente lo contrario de lo que se pretendía. Para algunos de estos expertos en Washington y Londres, había un nuevo objetivo más que tener en cuenta: el problema de que Alemania cayese en la órbita soviética y se convirtiese en la espadaña comunista en la Europa occidental.

Surge aquí el nombre de Henry Morgenthau. Morgenthau era secretario del Tesoro de Roosevelt y redactó un memorando, que la Historia recuerda como Plan Morgenthau, dirigido a dibujar estratégicamente estos planes respecto de Alemania. El Plan Morgenthau, que en todo caso contaba con muy serias oposiciones dentro del gobierno americano, establecía la cesión de Alemania a Polonia de la Prusia Oriental y la Alta Silesia; del Sarre y de la región comprendida entre el Rhin y el Mosela a Francia; la conversión de Alemania en una confederación de estados, al estilo suizo; el control internacional de la cuenca del Ruhr; y el desmantelamiento de todo lo que en Alemania fuese diferente de la explotación agroganadera, es decir, la eliminación de su poderío industrial y minero.

El 11 de septiembre de 1944, los aliados americano y británico se reunieron en Québec, Canadá, momento en el cual Roosevelt aún dudaba si seguir los consejos de Morgenthau. Churchill, con esa capacidad que tenía de inventar frases lapidarias, protestó afirmando que el Plan Morgenthau condenaba a su país a «vivir encadenado a un cadáver», pero decidió protestar menos cuando los americanos le cedieron la gestión directa de la Alemania del sur y la cuenca del Ruhr. No obstante, a la llegada de Anthony Eden, probablemente el mayor valedor de una Alemania no reducida a la condición de país económicamente menor, éste se negó a aceptar los postulados americanos e incluso tuvo una discusión épica con su propio primer ministro. La gran ventaja que tuvieron esos gritos es que fueron tantos y tan altos que llegaron a Washington, donde fueron oídos por altos funcionarios opuestos al informe Morgenthau. Roosevelt cedió a regañadientes. El Plan Morgenthau no fue oficialmente abandonado por los americanos hasta julio de 1945.

Antes, no obstante, ya se había hablado del asunto de la desmembración. En Teherán, en 1943, los aliados hablaron fundamentalmente de la dirección de la guerra; pero también dejaron espacio para hablar del futuro. En aquella conferencia quedó claro que, si bien había diferencias en torno a la potencia económica que se le permitiría a Alemania, no había enfrentamientos en torno al concepto de que debía ser desmembrada. En Teherán se habló de aislar Prusia y la creación de dos o tres estados adicionales. Stalin, que era un cabronazo no exento de visión de futuro, diría en aquella conferencia que los alemanes siempre tendrían deseos de reunificarse, y que los aliados deberían luchar contra eso con medidas económicas y, si es necesario, por la fuerza; en los años noventa, sin embargo, no estaba ahí para invadir el país e impedir su reunificación; pero, ciertamente, tuvo razón. Churchill defendía la creación de una especie de Austro-Bavaria (como si no le bastasen todos los follones que supuso la existencia de Austria-Hungría) y Roosevelt, en una posición muy morgenthoide, hablaba de hasta cinco estados alemanes diferentes.

Y luego, la cuestión de Polonia.

Desde el primerísimo momento en que se habló de Polonia entre los aliados, la URSS dejó claro un asunto. No aceptaría la frontera ruso-polaca existente al iniciarse el conflicto, fijada en 1922 tras la guerra entre ambos países; sino la denominada Línea Curzon, trazada por los británicos en 1919, bastante más al Oeste. Por lo tanto, la URSS le metía un bocado generoso a Polonia por el Este; lo cual marcaba la necesidad de darle algo por el Oeste; a costa, pues, de Alemania, que no estaba en condiciones de decir esta boca es mía y, además, me gustaría utilizarla.

Desde enero hasta noviembre de 1944, una vez aprobados estos principios, un comité tripartito trabajó en Londres en delimitar las futuras zonas de ocupación de Alemania. El 11 de noviembre, para escándalo de los soviéticos (y del que esto escribe), al grupo tripartito (EEUU, Reino Unido y la URSS) fue unida Francia, país que para conseguir esto tuvo que magnificar el mito de su resistencia antinazi hasta hacer creer al mundo esa mentirijilla histórica según la cual los alemanes, en Francia, estaban totalmente rodeados de franceses dispuestos a morir con el nombre de su nación en los labios (aunque, por alguna razón que aún no nos han explicado los franceses, no lo hicieron) .

De todas formas, el principal conflicto era el angloamericano que había aparecido en Québec, ya que los británicos, a cambio de aceptar los principios estadounidenses, reclamaban más zonas del país. De hecho, se corrió el serio peligro de terminar la guerra antes de que se hubiese llegado a un acuerdo en torno a cómo repartir el país tras el armisticio.

El 4 de febrero de 1945, y durante una semana, los aliados se reunieron en Crimea. El principal asunto era la participación de Francia, asunto al que Stalin se negaba y Churchill apoyaba, buscando claramente meter cuantos más socios no comunistas en el club, mejor. Pero el gran tema de Crimea fue Polonia.

A finales de 1944, Londres había mantenido conversaciones con representantes polacos en las que quedó claro que la frontera occidental de Polonia debería trazarse según el curso del río Oder, dejando por lo tanto la ciudad de Stettin (de grandes resonancias germánicas, por cuanto fue ya plaza comercial de las rutas hanseáticas) del lado polaco. No obstante, quedaba aún por definir el territorio al noroeste del país, la parte, por así decirlo, más alemana. En diciembre de 1944, ante la Cámara de los Comunes, Churchill no tuvo ningún reparo en admitir que esta propuesta (se le quita un cacho a Polonia por el Este y se le pone por el Oeste) supondría un éxodo masivo de polacos, así como la expulsión de centenares de miles de alemanes.

En torno al conflicto estos territorios al Norte, británicos y estadounidenses defendían una frontera delimitada por el río Neisse en su lado oriental, lo que suponía dar a la Polonia la Alta Silesia, de unos 9.700 kilómetros cuadrados. Los soviéticos, por su parte, defendían la denominada frontera del Neisse occidental, que englobaba toda la Baja Silesia (26.000 kilómetros cuadrados), además de una parte no despreciable de Brandenburgo. Los aliados hubieron de quedar en tablas, y la cuestión de Polonia aparcada hasta el día que dejase de haber hostias.

El 22 de abril de 1945 murió FDR. Por cuatro días no llegó a ver la reunión de las tropas rusas y americanas en Torgau. El día 30, Adolf Hitler se suicidó en su refugio de Berlín.

El 7 de agosto de 1945, en Potsdam, el ambiente entre los aliados ya no era el mismo. Para empezar, ya no eran los mismos. A Roosevelt le había sustituido Harry Truman y a Churchill, mediada la conferencia, habría de sustituirle Clement Attle, una vez que fue oficial la victoria laborista en las elecciones británicas. Además, ahora los aliados habían ganado. Ya no había enemigo. Los enemigos eran ellos mismos.

EEUU seguía empeñado en la desmembración de Alemania en muchas partes. Los papeles que Truman llevaba en la cartera a su llegada Postdam preveían la creación de un Estado de Alemania del sur que comprendiese Austria, Baviera, Wurtenberg, Baden y Hungría, con capital en Viena (otro que no se leyó la Historia de Europa en el siglo XIX). Y preveía el control internacional cuatripartito del área del Ruhr, Renania y el Sarre. La resistencia, sobre todo de Stalin, le obligó a bajarse de la burra. Ahora ya estaban de acuerdo en que sólo habría una Alemania (aunque, como sabemos, pronto habría dos); pero quedaba el asuntillo de las fronteras.

Los aliados creyeron que podrían negociar a partir de las fronteras de Versalles con la inclusión del Sarre para Alemania tras el plebiscito de 1935. Es decir, que todavía estaba en discusión si la frontera en la línea del Neisse era por el lado oriental u occidental del río. Sin embargo, se encontraron con que Stalin había realizado una política de fait accompli: el 21 de abril, cuando todo dios estaba embarcado en buscar a Hitler para meterle un rayo por el culo, el padrecito de la URSS había firmado un acuerdo con los polacos por el cual les cedía la gestión administrativa de todos los territorios situados al este de la línea del Neisse occidental; es decir, imponía su frontera germano-polaca por la vía de los hechos. Churchill se sintió horrorizado; había estado de acuerdo en la deportación masiva de alemanes, pero pensando en algunos cientos de miles; la acción soviética suponía que habría que expulsar a un millón de germanos de sus hogares y, además, alojarlos en un país destrozado y totalmente empobrecido.

Los acuerdos finales de la conferencia de Postdam no son categóricos al aceptar la frontera Oder-Neisse, pero los aliados sabían bien que una vez que le das un sonajero a un bebé, no lo soltará nunca de buen grado. En 1949, el parlamento polacó blindó jurídicamente la posesión de los territorios en litigio y, en 1950, ya creada la República Democrática Alemana y situada ésta en la órbita soviética, Polonia firmó definitivamente un acuerdo con Alemania (con una de las alemanias, se entiende) consolidando estas fronteras.

Por lo demás, la conferencia de Postdam también declaró que debería procederse a la «la transferencia a Alemania de las poblaciones subsistentes en Polonia, Checoslovaquia y Hungría». Sin embargo, en el caso de Polonia, no habían delimitado lo que era o dejaba de ser Polonia; para polacos y soviéticos, esto incluía la línea Oder-Neisse occidental, mientras que para los aliados sólo llegaba a la línea Oder-Neisse oriental. ¿Había que expulsar a los alemanes entre medias? Este hecho, junto con otros, hizo que, en realidad, esto de las expulsiones masivas se quedase en poca cosa.

Por lo demás, Alemania pagó caro este movimiento polaco-soviético. Los territorios en litigio sumaban la cuarta parte de la superficie del país, y acumulaban casi la quinta parte de su producción carbonífera.

Siguió habiendo alemanes en Polonia; alemanes que habían vivido de toda la puta vida en Polonia, se entiende. Algunos se quedaron, otros se fueron. Este lío acabó creando las figuras del polaco-alemán, del alemán-polaco, del polaco-polaco en Polonia, del alemán-alemán en Polonia… Hay varias combinaciones.

Todas ellas se fueron a concentrar la noche del domingo, durante unos cuantos segundos, en los ojos de un futbolista, Podolski, autor de dos goles en un torneo internacional de primer nivel que, sin embargo, no pudo, no quiso, celebrar.