viernes, octubre 02, 2020

Franco y Dios (16: Franco decide ser nazi sólo con la puntita)

Como quiera que el tema de España, la República y la Iglesia ha sido tratado varias veces en este blog, aquí tienes algunos enlaces para que no te pierdas.

El episodio de la senda recorrida por el general Franco hacia el poder que se refiere a la Pastoral Colectiva

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Y ahora vamos con las tomas de esta serie. Ya sabes: los enlaces irán apareciendo conforme se publiquen.
Como me toquéis mucho las pelotas, me llevo el Scatergories
Los amigos peor avenidos de la Historia
Hacia la divinización del señor bajito
Paco, eres peor que la República
¿A que no sabías que Franco censuró la pastoral de un cardenal primado?
Y el Generalísimo dijo: a tomar por culo todo
Pío toma el mando
Una propuesta con freno y marcha atrás
El cardenal mea fuera del plato
Quiero a este cura un paso más allá de la frontera; y lo quiero ya
Serrano Súñer pasa del sacerdote Ariel
El ministro que se agarró a los cataplines de un Papa
El obispo que dijo: si el Papa quiere que sea primado de España, que me lo diga
Y Serrano Súñer se dio, por fin, cuenta de que había cosas de las que no tenía ni puta ideaCuando Franco decidió mutar en Franco


El nuncio Cicognani fue informado desde Roma de la entrevista que habían sostenido Yanguas y Pacelli, y se le ordenó matar el partido. Él ya se había visto con Jordana el 26 de enero, pero aun así redactó una nota en la que recogía buena parte de los argumentos que ya le había dicho al ministro, en la que afirmaba que los términos del acuerdo cultural con Alemania introducían gravísimos peligros para la Fe católica. La cúpula sacerdotal española, por otra parte, estaba entre ingratamente sorprendida y cabreada por lo que estaba pasando. El cardenal Gomá ya se había quejado varias veces desde el estallido de la guerra civil sobre determinadas acciones de los falangistas que no le gustaban; y siempre se le había dicho que la penetración nazi y esas cosas era una transitoriedad que se acabaría con la propia guerra. Ahora, la guerra estaba finiquitada en su práctica totalidad, y no sólo no se veía un detalle, sino que, en realidad, el nuevo Estado español parecía dispuesto a enquistar todos los apoyos al nacionalsocialismo.

Cicognani, además, atacaba por donde sabía que hacía daño: la previsión convenial en el sentido de que no se podrían poner trabas a los libros alemanes en España contravenía los artículos 2 y 3 del Concordato de 1851; la nota, pues, era el mundo al revés: un actor que no creía que ese convenio estuviera ya vigente recordándole su contenido a otro actor que basaba toda su teórica en que sí lo estaba.

Jordana contestó en un tono bastante poco amable. El gobierno español afectó en esta respuesta sentirse malquisto con el Vaticano por la interpretación que hacía de las cosas. Se extendía Jordana, y la verdad tenía con qué extenderse, con todas las acciones que llevaba a cabo el gobierno de Burgos en defensa de la Fe católica, como queriendo decirle a los curas que veían fantasmas donde no los había. Todo eso lo contemplaba el gobierno español con “asombro, no exento de tristeza”.

Gomá, ante esta situación, preparó para Franco un breve informe de nueve páginas en el que repasaba todos los aspectos conflictivos del convenio, y concluía que lo que España había firmado no era un acuerdo de intercambio cultural, sino de apología ideológica. El cardenal, claramente, se pasó de frenada con aquel texto. Tenía ya suficientes horas de vuelo con Franco como para saber bien cuánto se podía cabrear al gato sin que sacase las uñas; pero se pasó. Al general, aquellas nueve páginas le sentaron como si las hubiesen metido en una plica y se las hubiesen introducido por el orto.

Cuando Franco se cabreaba, hacía una de dos cosas, según su nivel de ejecutividad: o fusilar, o tratar con sequedad y displicencia. Era un hombre acostumbrado, desde sus tiempos africanos, a que todo dios a su alrededor se cagase los pantis si endurecía la mirada. A Gomá no lo podía fusilar, tampoco quería la verdad. Así pues, le reservó, no el látigo de su indiferencia, sino el de su frialdad. Y Franco podía ser muy, muy frío.

Para empezar, le dijo al primado que él asumía la respuesta que le había dado Jordana a Cicognani; la del asombro no exento de tristeza. Así pues, le arreó la primera en la frente, pues le dejó claro que si había podido pensar que de su catolicismo iba a arrancar algún tipo de discrepancia en el seno del gobierno español, mejor que se lo fuera quitando de la cabeza. Y, de seguido, él, Francisco Franco, que tenía a gala decir mucho eso de “haga usted como yo y no se meta en política”, tiró del manual básico del político, que es tratar de convencerte de que no hay un elefante en la habitación, aunque no pare de barritar y pisotear los muebles. En consecuencia, Franco le escribió a Gomá, literalmente: “ni en la letra, ni en el espíritu, mucho menos en la ejecución del convenio, hay ni habrá nada que pueda dar fundamento a sus temores”.

Gomá, sin embargo, no se desanimó. O, más bien, deberíamos decir que no tenía permiso de su jefe para desanimarse ni parar. Como la vía de Jordana-Franco le pareció que se le cegaba, lo intentó con aquél que sabía era el principal muñidor e impulsor del convenio: Ramón Serrano Súñer, el Cuñadísimo. Serrano le contestó más contemporizador. Le dijo que si había que cambiar algo en el convenio, se cambiaría; que se tomaba como labor personal impedir las malas influencias del acuerdo que los obispos temían. Todo bastante positivo, pero sin compromisos concretos; mucho frufrufrú, pero nada de ñacañaca.

En otras palabras, el gobierno español argüía ante Gomá el sempiterno “tú fíate de mí”. En Burgos se recordaba al episcopado que probablemente no podía haber en el mundo un gobierno más decidida y activamente procatólico como el que en muy pocas semanas iba a gobernar sobre toda España, y que por lo tanto pensar que el convenio iba a ser aplicado o interpretado en contra de los intereses de la Iglesia era una tontería. La Iglesia, en puridad, no negaba eso; pero, echando mano de la que siempre ha sido su principal ventaja sobre el resto de los diplomáticos del mundo: su capacidad de mirar a muy largo plazo, consideraba que no existía ninguna garantía de que, algún día, en España pudiera haber un ministro de Educación que se dedicase a enseñarle a los niños que eso de poner la otra mejilla es signo de debilidad, que lo que hay que hacer es exterminar a quien no te gusta; o que en un Ministerio de Cultura no acabase habiendo un tipo que se dedicase a proyectar la filmografía de Leni Riefenstahl a cascoporro. El gobierno español, sin embargo, no estaba dispuesto a ceder, y de hecho instruyó a su embajador en el Vaticano para que no se enzarzara en ninguna negociación allí sobre la materia.

El convenio, sin embargo, estaba sin ratificar (de hecho, como ya he dicho, no se ratificaría nunca). Sin embargo, los alemanes no estaban dispuestos a esperar. Por eso comenzaron a presionar al gobierno de Burgos para que, a la espera de la ratificación, que para ellos no era nada más que un acto formal, comenzasen a aplicarse algunas de las previsiones del acuerdo y, sobre todo, la que más les importaba: el intercambio de estudiantes. El Partido Nacionalsocialista alemán había decidido, en efecto, entrar en España abriendo una grieta a través de su juventud. Décadas después, ya lo sé, la condición de joven comenzó a quintaesenciarse como lo más de lo más; pero los alemanes, lejos de esa creencia, tenían la intención de adoctrinar a cuantos más jovencitos españoles, mejor, conscientes de que es mucho más fácil llevarse al huerto a un adolescente que a un adulto que ya ni se acuerda de cuándo le bajaron los testículos a la bolsa escrotal. Por eso, los de la Wilhelmstrasse tenían prisa para que el Erasmus bilateral comenzase ya.

Sin embargo, en este punto la presión de Gomá y Cicognani produjo sus primeros réditos. El gobierno de Franco, con todo ya casi pactado del todo, se giñó y se echó atrás. Por decirlo de alguna manera, Franco debió de juzgar que para él era más importante mantener viva la negociación concordataria que atender a los alemanes en su demanda; y tenía la sensación de que lo segundo podía embarrancar lo primero. Además, el general prefería desplegar el convenio con los alemanes sólo cuando el tema del cardenal Vidal estuviese ya completamente definido.

Un renuncio bastó. Ya en septiembre de aquel 1939, el entonces ministro de Asuntos Exteriores, Beigbeder, le confesó al embajador Von Stohrer que la cosa estaba chunga. Que había mucha oposición por parte de la Iglesia; oposición que, le insinuó, había logrado arrastrar a los tradicionalistas, que estarían dando problemas dentro del franquismo con la misma movida (los tradicionalistas nunca soportaron a los falangistas, por cosas como éstas).

En fin. Regresando a la corriente central de este río, que es la negociación concordataria, debemos recordar que, la verdad, Pío XI se murió en el peor de los momentos posibles desde el punto de vista del gobierno español. Cuando el Papa se fue a reunirse con sus jefes, ya había aprobado el texto de un acuerdo con el gobierno español para regular provisionalmente el tema de la designación de obispos, en tanto en cuanto la negociación concordataria no se terminaba. De haber vivido algunos días más, probablemente este acuerdo se había firmado y la negociación habría transcurrido por otros derroteros.

Cuando se convocó el Cónclave para la elección del nuevo pontífice, Burgos instruyó a Yanguas para que se fuese de cañas con los cardenales españoles y los sondease sobre su actitud frente al Movimiento Nacional y el Concordato. El principal elemento al que se trabajó el hábil embajador fue Gomá. El primado de España le confesó que, de todas las ideas que habían circulado sobre esa materia, a él la que más le parecía iluminada por el Espíritu Santo era la que se había manejado en el otoño de 1938: declarar la vigencia provisional del Concordato y darse el plazo de un año para negociar las necesarias modificaciones en la legislación anticlerical de la República. En materia de designación de obispos, seguía defendiendo la solución que se usó durante la dictadura de Primo de Rivera, y que ya he apuntado: el gobierno tendría derecho a designar candidatos, pero de entre una lista de cien a doscientos candidatos muñida por los curas.

Por lo que se refiere al cardenal Segura, claramente, o por lo menos claramente para mí, no se quiso meter en camisas de once varas con un tipo que, al fin y al cabo, no dejaba de ser un servidor de Franco, al que odiaba. Segura se limitó a decir que esperaba que el Vaticano le hiciese más caso a España y, en materia de Patronato Real, se mostró convencido de que las bulas que lo concedieron seguían vigentes. Hubo de callar, sin embargo, sobre el tema de la vigencia del Concordato, pues la verdad es que, a consultas del nuncio en otoño de 1938, le había contestado que en su opinión el acuerdo ya no estaba vigente. Como digo, a mí me da toda la impresión de que no quiso meterse en grandes honduras en sus conversaciones con el embajador.

Segura, en todo caso, operó como valedor de la causa española, por así decirlo, ante otros cardenales. No es de extrañar que lo hiciera. A pesar de que era un hombre, algo comentaremos sobre el tema, que sentía poca simpatía por Franco, cuando no neta repugnancia por su figura, en él podía más el hecho de haber sido el centro de un grave conflicto con la República, conflicto en el que, más que probablemente, habría esperado una actitud por parte de Pío XI bien distinta de la que tuvo. Segura, por eso, tenía la sensación de que el Vaticano le debía esfuerzos a España, y probablemente era de la opinión de que la evolución de la Santa Sede no iba precisamente en esa dirección (él no votó a Pacelli). Por ello, colaboró activamente a la hora de ganar cardenales para la causa española, como hizo con Angelo María Dolci o Lorenzo Lauri.

Gomá, por su parte, con muchas más responsabilidades, trató el asunto con el propio Pacelli, que ahora sería Papa, al igual que con monseñor Domenico Tardini, que sería su secretario de Estado. Fue Pacelli quien le dijo que su antecesor se había muerto con una fórmula transaccional ya aprobada; incluso, cuando se vio con Tardini, comprobó cómo el nuevo secretario de Estado, habitualmente muy frío con la causa nacional, se mostraba de acuerdo con llegar a un acuerdo.

Gomá, pues, pasó el Cónclave y las jornadas posteriores convencido de que el Vaticano había cambiado de postura en el tema español. Lo cual no es sino la demostración de que los curas tienen tantas dobleces, y tripleces, que a veces hasta se tangan entre ellos.

3 comentarios:

  1. Anónimo2:27 p. m.

    "Cuando Franco se cabreaba, hacía una de dos cosas, según su nivel de ejecutividad: o fusilar, o tratar con sequedad y displicencia". ¡Qué nivel, Maribel!

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    1. Anónimo10:19 p. m.

      Cierto, por dios, queda la tercera opción, irse a Asturias a pescar salmones.O inaugurar un pantano.

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  2. Es normal que se dieran equívocos con Tardini, con ese nombre no debía ser muy partidario de resolver las cosas pronto.

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