martes, enero 07, 2020

Lo de Elvira Roca Barea

Anda el personal, por lo menos el personal que yo controlo en Twitter, muy activo, escandalizado incluso, con la movida de las críticas que últimamente está recibiendo Elvira Roca Barea,  sobre todo desde que al coro de forçados (puesto que la citan con grandes aspavientos, pero con la intención de inmovilizarla) se ha unido un constante querulante de la prensa hispana, o sea Arturo Pérez-Reverte, quien acusa a la Barea de tratar de blanquear un pasado español que, dice, da bastante asquito; mientras que la apelada es más de la opinión de que ese asco es, más bien, el fruto de la combinación de dos factores: por un lado, la propaganda internacional contra España; y, por otro, la pasión con la que los propios españoles, sobre todo en el proceso de recepción del esquema de pensamiento ilustrado, hemos abrazado esa misma propaganda.
Yo, la verdad, ya lo dije en un comentario a uno de mis posts porque alguien me lo preguntó, confieso soy más bareáfilo que revertófilo. Eso sí, no entiendo muy bien la calidad ni, sobre todo, la intensidad de la polémica, porque, en realidad, la idea de que la Leyenda Negra es una castaña pilonga que nos han vendido; y la idea de que la cultura española tiende a ser mesógina, esto es, tiende a odiar a la tierra propia, no es nueva; de hecho, lleva décadas asombrando a muchos de los intelectuales que piensan en nuestro mismo idioma, pues sabido es que peruanos, mexicanos, chilenos y argentinos se caracterizan todos por pensar que su nación es la más mejor del mundo mundial, carajo; y, por eso, les cuesta tanto entender que los españoles siempre estén diciendo que España es una puta mierda (incluso aunque ellos piensen que es una puta mierda).

Dicho esto, me gustaría comentaros dos o tres cosas sobre la materia. No sobre el fondo de la misma, que creo que ya en mis posts lo trato de cuando en cuando; sino sobre los porqués de esta discusión. Creo que es importante perorar sobre ello.

Para mí, la polémica ERB-APR, a pesar de que es una polémica entre dos no-historiadores (filóloga una, creo; periodista el otro) lo que refleja es el bajísimo nivel en que, en general, ha caído la historiografía; y muy particularmente la que se hace en España (fijaos en el detalle de que ni siquiera me he atrevido a escribir "historiografía española").

Hace algunas semanas, tal vez alguno de mis lectores que me sigue en Twitter lo recuerde, tuve una polémica con un historiador, o así se intitulaba el pollo, porque, en un comentario, me referí a las peripecias de la España del siglo XIX en la primera persona del plural. Dije algo así como "no fuimos lo suficientemente conscientes de que blablabla". Me contestó que escribir eso era erróneo, porque ni él ni yo habíamos vivido en el siglo XIX.

A mí este detalle, que no deja de ser anecdótico por lo demás, me, que se dice coloquialmente, hizo de pensar. Tamaña asepsia me sorprendió. La verdad, dos o tres tuits después descubrí que mi interlocutor era un gañán; pero para entonces la reflexión estaba demasiado madura como para pararla. Me hizo pensar, como digo, en esa procura de distancia absoluta; en la pretensión anudada a la actitud de mi contraparte tuitera de "atacar" el pasado de su propio país como si fuese algo que le pasó a otros. Una actitud que, a mi modo de ver, niega la propia Historia; porque si estudiamos el pasado es para aprender de él; y si creemos que podemos aprender de él, es porque sabemos que nos afecta, que nosotros también somos ese pasado o, si se prefiere, el resultado.

Este comentario viene a colación del hecho de que la historiografía española, por lo general, es la que, a base de bajar su calidad y entregarse a intereses extramuros de la pura honestidad intelectual, es la que ha dejado espacio para debates cainitas como el que ha motivado este comentario. El estudio de la Historia, en los últimos sesenta o setenta años, se ha enfriado para conseguir una falsa distancia que, en realidad, es un compromiso ideológico. El compromiso de la contra-Historia.

Me explicaré. La Historia siempre ha tenido, como el Arte, tendencias academicistas. Tendencias de poder. Desde los faraones egipcios hasta acá, el Poder, escrito así, con mayúsculas, siempre ha querido tener una estética oficial, una religión oficial, y una versión oficial del pasado; porque el Poder siempre ha entendido que quien gana el relato del pasado condiciona el presente. Así pues, en todo país, y en toda época, se pueden encontrar ejemplos de historiografías que se alían con un determinado poder, normalmente para blanquearlo. Lo hizo Fernando VII para ocultar sus muchas imbecilidades y cobardías; lo hizo Stalin dentro del proceso por el cual creó un país que sólo servía para aclamarlo; y lo hizo el general Franco en cuanto se supo ganador de la guerra civil.

Cuando las cosas van razonablemente bien y los países acaban sacudiéndose el yugo de esos mandamases más o menos tiránicos que les imponen un relato del pasado, lo que se produce es una reacción. A veces esa reacción es razonablemente equilibrada, como ocurrió, por ejemplo, en la Alemania de después de la guerra mundial; un país tan abrumado por sus errores colectivos que no tuvo el cuajo de cuestionarlos, ni tampoco encontró (y lo hubiera deseado) un mirlo blanco, un tercero que cargase con sus culpas, sus culpas, sus grandes culpas. Pero en determinadas culturas, esto no es lo que pasa. No estamos solos en el error, que conste. En gran parte, en Francia todavía está por escribir la Historia de dicho país durante la dominación alemana; ciertamente, en los últimos años ya ha empezado la intelectualidad gabacha a cuestionarse el relato épico de la resistans, pero todavía les queda hasta el día que reconozcan de una vez que la resistencia fue un movimiento muy  breve, que se aprovechó de la creciente debilidad alemana, con muy serios enfrentamientos internos que provocaron delaciones repugnantes y, sobre todo, que por lo general no contó con la colaboración, siquiera por omisión, de la gente normal.

Tal vez eso de mal de muchos, consuelo de tontos, nos pueda servir de algo. Pero lo cierto es que nosotros, los hispanos, esta reacción frente a una Historia oficial impuesta en el pasado la hemos hecho como el culo. Dicho de otra forma: si la Historia franquista fue mala, la posfranquista, y no digamos la antifranquista, es de vómito demasiadas veces. Los estudiosos de la guerra civil y periodos anexos salvan su conciencia pronunciando grandes alabanzas de Chaves Nogales, Gaziel u otras plumas de parecido jaez, pero lo cierto es que nunca han entendido a esa tercera España que estaba hasta los cojones de las otras dos, y que es la España que tendría que haber surgido de una historiografía limpia, justa, equilibrada y no maniquea como la que debería haber surgido de un verdadero aprendizaje de la noche franquista. Que sigamos admirando a Chaves como rara avis lo dice todo de las cachomierdas que hemos escrito estos cuarenta y pico de años que lleva el dictador muerto; lo cual, sin embargo, no le ha impedido viajar en helicóptero, que tiene mérito.

La Historia española es muy mala. Y lo es porque es científica.

Hubo un tiempo en el que discutía en Twitter con historiadores si la Historia es o no una ciencia. He dejado de hacerlo porque he llegado a la conclusión que para la mayoría de mis contertulios, algunos de ellos incluso con la frente bien amueblada, este tema los encocora hasta llegar a puntos en los que la racionalidad y, sobre todo, el respeto, brillan por su ausencia (ya lo he dicho muchas veces, pero lo repito: tengo una regla personal, y es ésta: al primer juicio de intenciones, abandono la discusión). Yo, desde luego, soy contrario a pensar que la Historia sea una ciencia. Creo, de hecho, que pensar en la Historia en términos científicos es algo que hacen los historiadores para tranquilizar su conciencia: ellos saben, en su fuero interno, que se están dejando llevar por filias o fobias; pero repitiéndose el mantra de que "están respetando el método científico" acallan esas vocecitas cabronas que desde su bulbo raquídeo los apelan de deshonestos.

Yo no creo que la Historia sea una ciencia, y por eso creo que en la Historia caben ERB y APR sin siquiera rozarse los hombros. Para mí, el único compromiso del historiador es con la honestidad intelectual; el hecho, que el historiador conoce mejor que nadie, de que, en su trabajo, se han respetado (o no) las reglas de la distancia y el compromiso con los datos, y se ha hecho (o no) la mejor de las labores posibles como historiógrafo.

Cuando la Historia flojea, flojea por una de tres razones, o cualquier combinación de las mismas:

  • Porque pierda peso intelectual, es decir, sea realizada por historiadores que en realidad no valen para serlo.
  • Porque asuma un compromiso ideológico y, por lo tanto, asuma también que su labor es hacer con el pasado lo mismo que Churchill decía hacer con las estadísticas, esto es: torturarlo hasta que diga lo que queremos que diga.
  • Porque se convierta en una disciplina subvencionada y, consecuentemente, se atocine en tablas, pues ya, lo importante, no es averiguar o conjeturar sobre bases sólidas sobre qué pasó en Atapuerca en mayo del año 984; lo que importa, ahora, es poder encontrar elementos que le permitan a uno poder escribir sin perder el bigote que lo que pasó en Atapuerca en mayo del año 984 es lo que el correspondiente caguedrático o consejero de Cultura quiere pensar que pasó.
Cualquiera de estos tres factores hace que la honestidad intelectual pierda peso en el trabajo histórico, y lo ganen las apelaciones al "método científico" como bálsamo de Fierabrás que todo lo cura, como aval de actuación cualquiera. 

La Historia española presente, que como digo es hija de la historiografía pos(anti)franquista, adolece de los tres puntos pero, sobre todo, del segundo. Es una Historia repleta de autores que redactan el resumen ejecutivo antes que el libro. De repente, ha llegado una señora cuyo resumen ejecutivo es totalmente diferente del que estamos acostumbrados a leer, y se monta la mundial. Se monta la mundial, en medio de un espectáculo en el que la sartén le dice al cazo blablabla. Se la acusa de estar al servicio de un estro ideológico; claro, y todos esos libros que cualquier día, en afortunada frase de mi amigo y coautor de este blog Tiburcio, van a acabar por demostrar que la República ganó la guerra civil, son todos fruto de la honestidad intelectual y el "método científico". Claro, claro, claro...

Lo que más me sorprende es que los historiadores se lancen como pumas contra alguien que escribe algo que no es lo que la mayoría escribe. ¿Tan poco saben de la disciplina a la que han decidido dedicar su vida que no conocen ni un solo caso de discrepancias interpretativas de la Historia? ¿No han oído hablar de las mil y una interpretaciones de la Revolución Francesa, por poner un ejemplo? ¿Qué podemos pensar que una dizque ciencia histórica que no acepta la discrepancia? Si las discrepancias son malas y el método científico la religión de moda, entonces, ¿qué habría que haber hecho con Einstein cuando publicó sus primeros artículos: cortarle los huevos?

Elvira Roca Barea, a mi modo de ver, de haber escrito sus libros en un país que estuviese produciendo una historiografía honesta, habría provocado un debate intelectual (y conste que yo soy de los que consideran que intelectual es sinónimo de respetuoso) que hubiera recibido sus aportaciones como un acicate para poner en duda muchas cosas (que, por cierto, resulta que eso es el método científico) incluso aunque la conclusión final de algunos, o de  muchos, o de todos, fuese que está equivocada. Bueno, de todos no, porque cuando en una disciplina todos están de acuerdo en una conclusión, hay algo fishy, algo que huele mal. Y lo triste es que los historiadores suelan valorar los consensos como los valoran, porque eso demuestra que no van buscando la honestidad intelectual sino, volvamos a los bullets: algo compatible con sus escasas entendederas; algo que sirva a sus macroobjetivos ideológicos; algo que les dé la pasta que pretenden cobrar (o que no la ponga en peligro); o alguna combinación de estas cosas. 

Lo que yo veo, sin embargo, no es debate intelectual. Lo que veo es a un tipo que lo que le va es contender haciendo afirmaciones un tanto apresuradas en un artículo periodístico; y a toda una legión de personas en las redes sociales buscando denodadamente en los libros de ERB autores mal citados o errores de ese tipo, para demostrar la endeblez de su edificio. 

Así pues, ¿quién tiene la razón? Pues nadie. Porque la razón se tiene, insisto, en un debate intelectual. En una pelea tabernaria, se prevalece, o no. Pero eso no tiene nada que ver con la razón. 

Es, pues, una polémica que deja en muy mal lugar a la historiografía española, ésa que tendría que haber surgido del franquismo liberada de sus detritus pero que, en el fondo, no hace sino reproducirlos tras oportuno reciclado. Falangismo viejo en odres nuevos. En España ya no hay intelectuales. Esta polémica es una polémica que no va a servir de nada, porque quienes la sostienen no quieren que tenga utilidad. El historiador moderno ya no está comprometido con el pasado, porque servir, servir, lo que se dice servir, a quien sirve es al presente. La gente, que es tonta pero no gilipollas, estas cosas las huele; y porque las huele se busca las referencias en otra parte. El historiador reacciona tratando de perimetrar la Historia (¡aquí no escribe nadie más que yo!); pero es demanda inútil; que le pregunten a los periodistas si lo es o no lo es.

Amigos historiadores: si de vuestros coletos saliese una Historia rica, discrepante, en puntos rompedora; si dentro de vuestra ética cupiese la aceptación de quien escribe artículos o libros defendiendo que donde vosotros veis a un rey virtuoso ellos ven un cabrón o viceversa. Si, como digo, os hubieseis sacudido de verdad la mugre de una Historia en la que sólo se podía contar el partido con un punto de vista, Elvira Roca Barea no sería noticia; Pérez-Reverte, mucho menos. Pero, claro, os habéis creído que se podía construir una versión oficial y única de las cosas, y que ser un español cultivado tenía que pasar, sí o sí, por comprar vuestras fobias.

Es lo que hay, chatines.

9 comentarios:

  1. Muy bien escrito. Un poco a raíz de este debate, me viene a la cabeza «La invención del pasado», de Miguel Anxo Murado. Aparte de lo oportuno o no de los ejemplos que discute, le compro su tesis principal, que veo pariente de la tuya: la historia no es una ciencia; es un género literario, y a lo más que podemos aspirar es a que esté hecha con honestidad. El conocimiento de lo que ocurrió en el pasado es tan difícil (no hablemos ya si nos vamos suficientemente atrás en el tiempo), que imponer una narrativa o interpretación de forma científica es imposible, pues hay formas distintas e incluso contrapuestas de hacerlo que son todas consistentes con los datos.

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  2. Un saludo Juan, soy lector suyo desde hace algún tiempo y he de agradecerle los buenos ratos pasados leyendo sus artículos. Por lo general no necesito estar de acuerdo con el punto de vista de quien escribe para disfrutarlo; soy suscriptor (¡en papel!) de El País siendo conservador, simplemente porque me parece mejor periódico que ABC o El Mundo. No es que sea especialmente avispado, pero puedo leer un artículo de opinión y saber cuando me están encalomando un trágala, y aún así reconocer que, al menos, está bien escrito y argumentado. Con la historia me sucede lo mismo, entre otras cosas porque me ha interesado desde pequeñito, y a mi el bigotín me empezó a surgir en la transición, que es la época en la que hay un nuevo interés por la historia, nuevas publicaciones, autores, etc. No es que con 11 ó 12 años me moviera entre las grandes firmas, porque labro mi interés por el tema entre un profesor de BUP dominico bastante estricto con la disciplina pero también con su trabajo, la "Historia Forgesporánea" y los libros nostálgicos de Vizcaíno Casas, que deja mi tío en sus estanterías. Luego ya al tuntún voy comprando y leyendo libros de todo tipo, preferentemente baratos, lo que me permite acceder a la historiografía franquista de saldo mientras ahorro para los libros de nuevo cuño o reediciones de historiadores progres, que son para ilustrar al pueblo pero notablemente más caros. En fin, vivo como el franquismo concede la historia a la izquierda pensando que le está entregando un filón agotado, que en un par de años nadie va a querer recordar todas esas cosas que no son historia, sino pasado. Y durante mucho tiempo es así. Hay un repunte en contrario hace 10 ó 15 años, con libros sobre las checas, los desmanes rojos y etc pero es un repunte que tiene como particularidad que ya no es "transversal", como se dice ahora; son libros de derechas para gente de derechas. Igual que existe lo contrario. A mi me da que hemos empezado a usar la historia como esos yogures probióticos que te refuerzan unas defensas que no te fallan, y lo único que hacen es atontolinarte el estómago (o el duodenorl, lo que sea). Resultado: tenemos una historia "asumible" y resumible en tres minutos, en plan esos prólogos a las películas de "La guerra de las galaxias" o "Juego de tronos" que en cinco frases que cruzan la pantalla te resumen la historia de un pueblo valiente oprimido por unas élites demoníacas en plan Carlos V es Palpatine, Franco Darth Vader y el Madrid frentepopulista Alderaan. Y en esas tres líneas se sustenta una visión histórica. Hemos vuelto a unos tiempos en los que las cosas había que explicarlas en tres líneas porque eso a una persona de ilustración media le costaba dos minutos y medio leerlas, y eso a los afortunados. El problema es que con esas tres líneas le basta para sostener una discusión eterna a personas que luego leen a Houellebecq con aprovechamiento y no se duermen viendo "The Wire" o "El cuento de la criada". Por ejemplo es muy difícil explicarse las cosas en su contexto; es muy importante saber que 2019 no es lo mismo que 1939 y viceversa. Y que el mundo, en los cuarenta, cincuenta, sesenta y setenta del siglo pasado era más parecido entre sí que con el actual. Que la Francia de los cincuenta que nos afeaba tantas cosas es la de la sangrienta independencia de Argelia y la resistencia colonial en Indochina (y con pena de muerte), que la América de los sesenta era la de un Partido Demócrata con Kennedy al frente pero escindido sobre los derechos civiles, que la Italia o Alemania de los setenta eran las de los años de hierro y los misteriosos suicidios de los miembros de la Baader Meinhof en la cárcel... Es muy difícil entender que la República no era Disneylandia ni la España franquista exactamente Gilead... Cosa que tampoco la convierte en un Parque de Atracciones.

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  3. Como apunte curioso, yo suelo jugar mucho a juegos de mesa, económicos, estratégicos y puramente wargames. Es una buena manera de entender la historia "desde dentro". Si están bien diseñados, por mucha posibilidad de "what if" que ofrezcan (que para eso son juegos, bueno, menos una de una editora portuguesa sobre "Aljubarrota" en el que lo único que se decide es de qué manera pierde el ejército español)te permite ver las dificultades y ventajas con las que contaban las partes. Es curioso que igual que muchos juegos británicos, estadounidenses o alemanes ofrecen escenarios políticos previos a los bélicos, no hay manera de que se desarrollen títulos similares que tengan como escenario la historia española; las discusiones previas siempre los lastran. Los específicos sobre la guerra civil son muy polémicos, entre otras cosas porque no responden al arquetipo de un país unido contra las fuerzas del mal; los modificadores atañen, por ejemplo, a la desunión de las milicias, los eventos que contrapesan coordinación y avances, etc. Bueno, pues hay gente que se niega a jugarlos porque el bando nacional tiene más opciones de ganar por cuestiones que no son otra cosa que meramente históricas. Ni jugando admitimos la posibilidad de una realidad diferente a la que nos imaginamos. Un asludo y enhorabuena por el blog, pese a que me gustaría que volviera a tratar con más asiduidad temas de la historia española de los dos últimos siglos. Y perdón por el rollo.

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  4. En Argentina estamos en el medio de un revival de la historia usada como arma arrojadiza. En una discusión con un hermano me enrostraba un bombardeo en la plaza de mayo que ocurrió en junio del 1955. No me siento muy cercano a una atrocidad y un error politico que ocurrió unos años de que yo naciera. Y que me lo enrostre quien comparte hogar, padre y madre, como si yo hubiera bajado de Marte, es demasiado.
    La leyenda negra española parece ser prima hermana de una leyenda negra argentina.
    Yo tengo observado que cuando hay una situación que se considera inaceptable, que debe ser cambiada, aparecen los relatos el pasado para justificar cualquier propuesta.
    Digamos: si hay que sacarse de encima a los moros, que están alli desde hace 800 años, se inventa una "reconquista". Y si hay que sacarse de encima a los vencedores de esa guerra, porque ya estuvo bien de los grandes de España, pues se saca a relucir el derecho de pernada y la secular apropiación del suelo español por estos parásitos que sólo saben salir en el Hola.
    Si es que el Reino Unido salta en pedazos y la reina tenga que mostrar su pasaporte para ir a Balmoral, saldrán las historias del ultimo rey escocés, y porqué no Mary Queen of Scots.
    Entonces: cuando aparecen relatos enfrentados absurdamente extemporáneos, yo suelo encontrar que los protagonistas están tomando carrera para hacer un cambio significativo.
    Sin embargo creo que la historia es una ciencia, porque comparte el método de buscar registros o evidencias de cada cosa que se dice y en que la autoridad del hablante no añade verosimilitud. No que eso la vuelva especialmente inmune a yerros, y por ser una ciencia social no se pueden hacer maniobras válidas que separen al experimentador del experimento. Es una ciencia y eso no es admirable en sí, sólo define un método de trabajo.
    Tambien es cierto que la discusión entre un periodista y una filóloga dificilmente califique como historia. Lo veo más cercano al espectáculo. Hacen de cuenta que son serios y discuten lo que pasó en la decáda del 30 que eso rinde mucho...

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  5. Estooo... Mi pregunta es más sencilla: cuál es tu cuenta? No tengo Twitter, pero como el único recuerdo que tengo de tus debatess son aquellas míticas entradas con tiburcio (Tiburcio, resucita tu blog, por favor, que tenemos a Àsia olvidada!), me hgo una cuenta solo para verlo desde la barrera.

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    1. Hola. ¿Me uno al pedido!

      O, al menos, que nos brinde las publicaciones ya realizadas, como aquella mítica serie (me hubiera encantado copiarla al word) sobre la independencia de Bangladesh.

      Un saludo.


      Diego

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  6. Juan, no sabía que estabas en twitter. ¿Podrías escribir tu dirección para seguirte? Muchas gracias.

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  7. Sí, perdón que estos días estoy un poco ocupado. Es @JotadJota

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