lunes, marzo 13, 2017

EEUU (48)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.

Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución. Luego hemos visto los tiempos de la presidencia de Washington, y después las de John Adams y Thomas Jefferson

Luego ha llegado el momento de contaros la guerra de 1812 y su frágil solución. Luego nos hemos dado un paseo por los tiempos de Monroe, hasta que hemos entrado en la Jacksonian Democracy. Una vez allí, hemos analizado dicho mandato, y las complicadas relaciones de Jackson con su vicepresidente, para pasar a contaros la guerra del Second National Bank y el burbujón inmobiliario que provocó.

Luego hemos pasado, lógicamente, al pinchazo de la burbuja, imponente marrón que se tuvo que comer Martin van Buren quien, quizá por eso, debió dejar paso a Harrison, que se lo dejó a Tyler. Este tiempo se caracterizó por problemas con los británicos y el estallido de la cuestión de Texas. Luego llegó la presidencia de Polk y la lenta evolución hacia la guerra con México, y la guerra propiamente dicha, tras la cual rebrotó la esclavitud como gran problema nacional, por ejemplo en la compleja cuestión de California. Tras plantearse ese problema, los Estados Unidos comenzaron a globalizarse, poniendo las cosas cada vez más difíciles al Sur, y peor que se pusieron las cosas cuando el follón de la Kansas-Nebraska Act. A partir de aquí, ya hemos ido derechitos hacia la secesión, que llegó cuando llegó Lincoln. Lo cual nos ha llevado a explicar cómo se configuró cada bando ante la guerra.

Comenzando la guerra, hemos pasado de Bull Run a Antietam, para pasar después a la declaración de emancipación de Lincoln y sus consecuencias; y, ya después, al final de la guerra e, inmediatamente, el asesinato de Lincoln.

Aunque eso no era sino el principio del problema. La reconstrucción se demostró difícil, amén de preñada de enfrentamientos entre la Casa Blanca y el Congreso. A esto siguió el parto, nada fácil, de la décimo cuarta enmienda. Entrando ya en una fase más normalizada, hemos tenido noticia del muy corrupto mandato del presidente Grant. Que no podía terminar sino de forma escandalosa que el bochornoso escrutinio de la elección Tilden-Hayes.

Aprovechando que le mandato de Rutherford Hayes fue como aburridito, hemos empezado a decir cosas sobre el desarrollo económico de las nuevas tierras de los EEUU, con sus vacas, aceros y pozos de petróleo. Y, antes de irnos de vacaciones, nos hemos embarcado en algunas movidas, la principal de ellas la reforma de los ferrocarriles del presi Grover Cleveland. Ya de vuelta, hemos contado los turbulentos años del congreso de millonarios del presidente Harrison, y su política que le llevó a perder las elecciones a favor, otra vez, de Cleveland. Después nos hemos enfrentado al auge del populismo americano y, luego, ya nos hemos metido de lleno en el nacimiento del imperialismo y la guerra contra España, que marca el comienzo de la fase imperialista del país, incluyendo la política asiática y la construcción del canal de Panamá.

Tras ello nos hemos metido en una reflexión sobre hasta qué punto la presidencia de Roosevelt supuso la aplicación de ideas de corte reformador o progresista, evolución ésta que provocó sus más y sus menos en el bando republicano. Luego hemos pasado ya a la implicación estadounidense en la Gran Guerra, el final de ésta y la cruzada del presidente a favor de la Liga de las Naciones. Luego hemos pasado a la (primera) etapa antiinmigración hasta la llegada de Hoover, quien se las prometía muy felices pero se encontró con la Gran Depresión , que trajo a Roosevelt y sus primeras medidas destinadas a reactivar la economía.

En todo caso, y como todo el mundo o casi todo el mundo sabe, el gran problema del New Deal fue el desempleo. Y un dato que normalmente se escamotea por parte de los voluntarios o involuntarios hagiógrafos de aquel programa económico es que apenas consiguió cosas en ese terreno. Franklin Delano Roosevelt heredó 12 millones de desempleados. Las muchas medidas adoptadas consiguieron apenas reducir esa cifra hasta menos de 8 millones en el año 1937, pero el desempleo volvió a crecer de forma explosiva en los años subsiguientes. En puridad, desconocemos el resultado final del New Deal, pues ese epílogo lo borró la segunda guerra mundial.

Tanto Cleveland como Hoover habían sido presidentes apuntados a la teoría liberal decimonónica típica, eso es que los ciudadanos están para sostener al gobierno, no al revés. Hoover fue más lejos al opinar que la asistencia pública prusianizaría a las personas, esto es, los convertiría en un ejército social de obediencia gubernamental (si se pasó de frenada o no, júzguelo el lector).

El New Deal cambió todas esas filosofías y supuso el acceso a los escalones más altos de la Administración de los que podríamos llamar, un tanto equívocamente, socialdemócratas americanos. Esta socialdemocracia un tanto de salón, el tipo de ideas que el doctor Hepburn, el padre de Katharine, le exponía a Howard Hughes durante las comidas familiares, se basaban en dos pilares que han permanecido incólumes durante los siguientes casi cien años: por un lado, el concepto de fallo de mercado (los mercados por sí solos no son capaces de curarse de sus diabetes); y, por otro, el concepto de seguridad social: un esquema de gasto social que desbaste el desempleo de sus ribetes de pobreza extrema. La segunda de estas ideas estaba llamada a ser la más estable y, de hecho, sobrevivió a la llegada de los republicanos en 1952, como sobreviviría en Reino Unido al regreso de los conservadores. Hecha la tendencia en EEUU y UK, los demás ya no hemos hecho otra cosa que copiar como chinitos aplicados.

En marzo de 1933, el ND dio su primer paso en favor de los desempleados mediante la creación del Civilian Conservation Corps. Era una iniciativa dirigida a los jóvenes, y llegó a tener a medio millón de púberes USA, entre 18 y 25 de edad, enrolados en sus listas. En su mejor momento, a inicios de 1942, había llegado a dar trabajo a más de dos millones. O sea: la solución que le dio Hitler a la movida, pero sin marcar el paso ni tener que comprarse una camisa parda.

En mayo de 1933 se creó la Federal Emergency Relief Administration, al frente de la cual se colocó a Harry Hopkins. Al principio, la FERA estaba diseñada para dar ayudas monetarias, pero Hopkins, quien al fin y al cabo era en su mayor parte un americano decimonónico, pronto convenció a la Casa Blanca que lo que hay que hacer con un desempleado no es subsidiarlo por estar desempleado, sino ponerlo a trabajar. Por ello, la FERA se convirtió en canalizador de trabajos no competitivos con el sector privado, con salarios modestos.

Un mes después de la creación de la FERA se aprobó la National Industry Recovery Act NIRA, de la que ya hemos hablado. La NIRA creó la Public Works Administration o PWA bajo el mando del secretario de Interior Harold L. Ickes. La PWA fue la que se encargó de diseñar puentes, hospitales y otras obras públicas.

Todo este entramado era bastante complicado, y fue por eso que en 1935 fue simplificado con la creación de la Work Progress Administration, que le fue encomendada a Hopkins hasta 1939, cuando fue nombrado secretario de Comercio. Cuando la WPA terminó su labor (julio 1941) habría gastado más de 11.000 millones de dólares. En noviembre 1938, en lo más alto de sus estadísticas, tenía asalariadas a 3.275.000 personas, y en toda su historia dio trabajo a 8 millones de personas que curraron en más de un cuarto de millón de proyectos distintos.

De 1931 a 1935 se puede decir que la labor del gobierno fue arbitrar ayudas de urgencia para que el momio no se viniese abajo. A partir de ese año, las prioridades fiscales cambiaron hacia la creación de estructuras permanentes de gasto social y de redistribución de la renta. El primer acto en este sentido fue la Wealth Tax Act o impuesto sobre las grandes fortunas, que llegó a aplicar un tipo del 75% sobre las rentas superiores a los cinco millones de dólares al año. Los beneficios de las grandes corporaciones fueron también el objeto de la legislación.

Finalmente, también en aquel productivo agosto de 1935, llegó la Social Security Act. Por primera vez se establecían pensiones para las personas mayores en los Estados Unidos así como la prestación de desempleo propiamente dicha. Se creó un complejo sistema (siempre son complejos) para obtener los recursos desde los propios trabajadores y de los empleadores y se proyectó la creación de una importante reserva de 50.000 millones de dólares, que debería invertirse en bonos estatales.

La otra gran legislación social del periodo, la relativa a la vivienda, comenzó a desarrollarse incluso antes. En junio de 1933 se creó la Home Owners Loan Corporation o HOLC, que fue dotada de fuertes recursos para impedir que muchos ciudadanos que estaban pagando sus hipotecas se quedasen sin su casa. Un año después, junio 1934, fue creada la Federal Housing Administration o FHA, destinada a prestar dinero a familias de media clase modesta para que rehabilitasen sus casas o construyesen unas nuevas. En 1937, la Wagner-Steagall Act creó la United States Housing Authority (USHA). Esta institución que, sólo por casualidad, suena como si un gaditano pronunciase la palabra “hucha” fue autorizada para la conceder préstamos a largo plazo y bajo tipo de interés a instituciones locales de viviendas con el objetivo de construir slums, esto es, barrios de viviendas baratas. En 1941, la USHA se había llevado delante 78.000 infraviviendas y había alojado a 200.000 familias demasiado pobres como para pagar los alquileres de mercado.

La última gran reforma social del New Deal fue la Fair Labor Standards Act (junio de 1938), que aseguraba un salario mínimo de 40 centavos la hora y una semana laboral máxima de 40 horas. Eso sí, la ley, fuertemente atacada por los congresistas rurales, dejó fuera de su aplicación a los jornaleros del sector primario, que siguieron muchos de ellos trabajando, ejem, como negros; en lo que a ellos se refería, setenta años después la guerra civil se había hecho para bien poca cosa. Muchos de sus nietos, hoy, tienen petaquias de todo eso impresas en su ADN, y por eso votan lo que votan, no porque sean tontos del culo.

Esto que hemos contado hasta ahora es lo que el New Deal fue. Pero, en mi opinión, tan importante como contar lo que fue el ND es contar cómo fue. Por que el New Deal, en realidad la Gran Depresión, fue un momento en el que lo que se asentó en la sociedad americana fue el radicalismo. Con el New Deal en el centro, los Estados Unidos se dividieron entre los que pensaban que era una repugnante política socialista que había ido demasiado lejos, y los que pensaban que no era más que un primer paso que desgraciadamente no iba todo lo lejos que debía. Esto hizo a los EEUU el pastizal lógico para los demagogos.ç

Los tiempos de la Depresión, en efecto, contemplaron la eclosión de figuras como el senado Huey Long, tal vez lo más parecido que han tenido los EEUU a la figura de un cacique electoral, que dominaba con mano de hierro su circunscripción de la Luisiana. Orador demagogo de primera (a su lado, Pablo Iglesias es un tartamudo afásico) y conspicuo seguidor, sin conocerle, de las técnicas de Joseph Göbels, Long desarrolló un eslógan sencillo, share de wealth, compartamos la riqueza, alrededor del cual construyó toda su dizque ideología política. Long llegó tan lejos como para ser designado para competir con FDR por la nominación de 1936, lo que probablemente habría llevado a la Casa Blanca a algo muy parecido a un Donald Trump de izquierdas. Todas esas cuitas, sin embargo, las solucionó un médico, Carl Weiss, yerno de un juez, Henry Pavy, cuya destitución pedía Long, y que por ello lo disparó en el tórax en septiembre de 1935.

Pero también tenemos otros ejemplos, como el médico californiano Francis E. Towsend, quien inventó en 1935 un sistema de pensiones, el Towsend Plan, mediante el cual todo americano mayor de 60 años recibiría 200 dólares del Estado, prestación que se financiaría con un impuesto parecido al IVA. La prestación Towsend debería gastarse enteramente en el mes siguiente a ser recibida, lo que, según éste cráneo previlegiado, iba a resolver la caída del consumo provocada por la Depresión. Towsend creó clubes para gente mayor en todo EEUU y llegó a tener hasta tres millones de adherentes.

Cuando las cosas se ponen jodidas en Estados Unidos, es obligado hablar de los predicadores. El de la Depresión fue el radio priest, como era conocido el padre Charles E. Coughlin. Coughlin tenía un programa de radio que emitía cada semana desde Royal Oak, que como todo el mundo sabe está en Michigan. Se dedicaba a poner a parir en sus espiches a Wall Street y a los mercados, en un discurso que tal vez suene (aunque es posible que a muchos honrados seguidores del movimiento del 15M en España les disguste averiguar que sus teorías ya las elaboraba 80 años antes un pastor protestante de los de arrepiéntete y blabla...) El padre Coughlin lo iba a resolver todo nacionalizando la banca y los recursos nacionales, sin que acabase de quedar claro qué era exactamente esto segundo.

Por cierto: ya lo siento por quienes piensan que ir contra los bancos y los mercados es muy de izquierdas; pero la mayoría de estos demagogos de los pobres de los años treinta en Estados Unidos, que sostenían precisamente estas ideas, son considerados hoy por la historiografía como, ejem, filofascistas. Personajes, en realidad, fuertemente influidos por la ascensión en Europa de Hitler y Mussolini, y no precisamente influidos en forma negativa.


Ya lo decía Jardiel: los extremeños se tocan.