lunes, noviembre 02, 2015

Estados Unidos (9)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.

Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución. Luego hemos visto los tiempos de la presidencia de Washington.

El primer problema con que se encontró Adams como presidente de los Estados Unidos fue la política exterior. A los franceses no les había hecho ni puta gracia el acuerdo muñido por Jay; de hecho, lo vieron como un cambio estratégico de Filadelfia a favor de Inglaterra, cosa que tal y como se estaban poniendo las cosas en Europa, era como para tentarse el epidídimo. Francia decidió intensificar los ataques contra buques americanos surtos en puertos de control británico, en un número de 300 ya en marzo de 1797, cuando Adams juró su cargo. En un siguiente paso de decidida hostilidad diplomática, el intento hecho por la Administración americana (todavía lo hizo Washington) de nombrar a Pinckney representante en París, en lugar del republicano James Monroe, fue contestado por el Louvre amenazando incluso con arrestar a Pinckney si ponía los pinreles en Francia (de hecho, el político federalista tuvo que salir hacia Amsterdam a la naja). Cuando la noticia llegó a Filadelfia, los federalistas comenzaron a exigirle a Adams, que ya era presidente, la guerra con Francia.

El presidente no se amilanó, o tal vez habría que decir que hizo gala de una capacidad diplomática totalmente nula. Su reacción fue reenviar a Pinckney a París, junto con otros dos estadounidenses, con el objetivo de negociar con el ministro francés de Asuntos Exteriores Talleyrand, que era bastante proclive al acuerdo. Talleyrand, sin embargo, pidió, simple y llanamente, dinero a cambio de apoyar la idea, y los americanos se echaron atrás. Estos enviados, sin embargo, fueron bastante listos, pues hicieron públicas las cartas con el francés en las cuales se referían a la mordida que solicitaba Talleyrand, y a los tres intermediarios o amigos del ministro que habrían de recibirla como X, Y, y Z. Toda Francia se hizo lenguas sobre quiénes serían esas tres letras y, lo que es mucho más importante desde el punto de vista de los Estados Unidos, la publicación sirvió para galvanizar al Congreso a la hora de votar la primera de una serie interminable de decisiones en las que incrementaba el presupuesto militar. Fue en ese momento procesal de la Historia, por cierto, en el que se creó un departamento específico de Marina, donde algún español habría de brillar con luz propia muy pronto. Estados Unidos entró en una guerra naval contra Francia de facto que Adams nunca se molestó, o se atrevió, a confirmar de iure en el Congreso.

Si pasamos a los asuntos internos, encontraremos en John Adams al primer presidente de la Historia de los EEUU cuyo mandato se caracterizó por estar hasta cierto punto cuestionado. Ya hemos contado que, en realidad, Adams había sacado tres votos más que Jefferson; y ésta fue la razón por la cual los republicanos comenzaron a referirse a él como the President of three votes. Una forma bastante poco elegante para significar un bajo nivel de legitimidad. Estos embates republicanos conspiraron para hacer de Adams un, por así decirlo, más devoto federalista. Cosa que pudo demostrar con claridad en el verano de 1798, cuando el Partido Federal impulsó las conocidas como Alien y Sedition Acts.

El conjunto de Alien Acts marcan el primer peldaño de una escalera muy larga (y sostenida), que es aquélla que lleva a la consolidación de amplios poderes en la mano del Presidente. Estas leyes suponían, de hecho, conceder al Presidente una mano ancha y prácticamente arbitraria para decretar la expulsión del país de todo elemento extranjero que considerase indeseable. Hay que decir que fueron leyes cuya eficacia se produjo en grado de potencialidad: no se produjo ni un arresto basándose en su texto, pero su existencia bastó para acojonar a mucha gente. Por lo que se refiere a la Sedition Act, en uno de sus artículos establecía multas y penas de reclusión muy severas para toda aquella persona que hablase, escribiese o publicase “con intención de difamar” al Presidente o otros miembros del gobierno (una medida que se parece bastante a la famosa Ley Fraga de los años sesenta en España, que retiraba la censura, con la excepción de los actos del gobierno y, por supuesto, la figura del jefe del Estado). Esta ley sí que se usó en la realidad: en poco tiempo, hasta 70 personas habían sido encarceladas o multadas de acuerdo con la misma. La inmensa mayoría eran editores de ideología republicana y, de hecho, la ley causó el cierre de algunos periódicos de la oposición.

Madison y Jefferson tuvieron muy claro que la Sedition Act no era sino un intento federalista de ganar las elecciones del 1800 por la vía de silenciar a sus adversarios políticos (sí, como suena). Por ello, diseñaron todo un contraataque parlamentario, para el cual contaron con el apoyo de las legislaturas de Estados como Kentucky y Virginia. Jefferson redactó las reivindicaciones para el primero de los Estados y Madison las segundas. En ambos casos, se atacaba la interpretación constitucional realizada por Adams y Hamilton, y se colocaba sobre la mesa la necesidad de defender los poderes de los Estados, incluso justificado la anulación de medidas, o la secesión. Jefferson, en palabras que están bien grabadas en el frontispicio ideológico de todo buen republicano, escribió que “los Estados no permanecen unidos por causa de un principio de sumisión ilimitada al gobierno federal”. Las Kentucky Resolutions, en consecuencia, decretaban el derecho de un Estado de declarar qué decisiones de Filadelfia iban más allá del acuerdo constitucional. Si Madison, en las resoluciones virginianas, decía que todos los Estados conjuntamente tenían el derecho de repeler legislaciones federales que se pasasen de la raya constitucional, Jefferson, en las de Kentucky, llegaba a decir que ese derecho le estaba conferido a cada Estado por sí solo.

Como se ve, pues, el republicanismo confederalista se encontraba con el problema con el que se siempre se encuentra todo secesionismo: ¿cuál es el perímetro territorial en el cual una eventual decisión secesionista debe ser respetada? O, dicho en términos de nuestra actualidad española: ¿quién tiene derecho a decidir: los españoles, los catalanes, los de la Costa Brava, los de Tarrasa, los de Valvidrera, la señá Eulalia?

Cuando llegaron las elecciones del 1800, las perspectivas mejoraron sustancialmente para los republicanos. El Partido Federalista, que venía acusando de tiempo atrás el choque de liderazgos entre John Adams y Alexander Hamilton, terminó por romperse en esas dos tendencias, operando de catalizador de esta operación el conflicto con Francia, porque Hamilton deseaba una guerra que Adams prefería regatear. Para las elecciones, los federalistas apostaron por el ticket formado por Adams y Pinckney, mientras que los republicanos confiaron de nuevo en el equipo formado por Jefferson y Burr. Hamilton, de nuevo, maniobró contra su teórico correligionario, clavando el último clavo en el ataúd de los federalistas, que ya de por sí lo tenían bastante difícil para ganar.

Ganaron los republicanos, pero no quedó nada claro cuál de ellos, pues tanto Jefferson como Burr tenían 73 votos electorales. De acuerdo con la Constitución, era el parlamento el que ahora tenía que decidir, pero votando por Estados, no por personas. Se necesitaban, pues, nueve votos para ser presidente. En la primera votación, Jefferson obtuvo ocho votos, Burr seis, y los dos restantes se abstuvieron, indecisos. Así que hubo que votar otra vez. Y otra. Y otra. Hasta 35. En la votación 36, tres Estados, se supone que un poco hasta los huevos ya, decidieron cambiar su voto a favor de Jefferson. Esta elección, en todo caso, fue la última que se tuvo que enfrentar con este problema. En septiembre de 1804 se aprobó la décima segunda enmienda de la Constitución, la cual establece que “los votantes deberán indicar en su papeleta la persona votada como presidente y en otra distinta la persona votada como vicepresidente”. Esta enmienda supuso también que los partidos deberían abandonar la práctica de presentar dos candidatos indistintos, sino uno para presidente y otro para vicepresidente, como ocurre hoy en día.

La de 1800 fue la primera victoria sin paliativos de los republicanos. Se hicieron con la presidencia, la vicepresidencia y las dos Casas. Aunque los federalistas se tenían reservada una. Justo antes de disolverse, aprobaron una Judicial Act, que creaba un montón de nuevos tribunales que Adams se apresuró a petar de jueces federalistas, además de nombrar a John Marshall como Chief Justice del Supremo. Con este gesto se garantizó que durante los 30 años de poder republicano que llegasen por delante, las interpretaciones jurídicas del Supremo (que no olvidemos es también la cámara constitucional estadounidense) respondiesen a la doctrina federalista de Marshall.

Thomas Jefferson llegó a la Casa Blanca (que ya llegó a ser ocupada por Adams) con una obsesión en política exterior: no involucrar a los Estados Unidos en las guerras y problemas que en Europa tenían las diferentes monarquías, y Francia. Puso de moda un concepto, no entangling alliances, que se convirtió en un auténtico motto washingoniano. El concepto de no implicarse en alianzas tenía otra consecuencia, que era la procura de un continental destiny para América que, mantenida aparte de los problemas de Europa, se convertiría en una tierra de libertad. El concepto de continental destiny es como el cigoto de ése otro tan famoso de América para los americanos.

De todas formas, el principal problema para Jefferson era la enorme división en la que se había llegado a aquella elección, incluso dentro de su propio partido, sometido a un movimiento browniano entre él y Burr. La obsesión de su discurso de toma de posesión (el primero dictado en Washington) es concitar el apoyo de los perdedores. Nombró secretario de Estado a James Madison, y a Albert Gallatin secretario del Tesoro. En general, no despidió a muchos funcionarios federalistas, excepción hecha del ámbito judicial, donde echó a cuantos más jueces pudo de última hora designados gracias a la Judicial Act.

Uno de estos despidos, o más bien rechazo de contratación, fue el de William Marbury como juez de paz del distrito de Columbia. Marbury reclamó su puesto y llegó hasta el Supremo en su demanda, generando con ello una de las primeras sentencias del Alto Tribunal estadounidense que han servido para ir delimitando el delicado juego de poderes constitucionales de los Estados Unidos.

Recordemos que el Supremo estaba bajo el dominio, por así decirlo, de John Marshall. En su fallo sobre el asunto Marbury versus Madison (ya sabéis que versus es prepo latina que significa contra, y que así se citan los precedentes jurisprudenciales en el Derecho sajón), Marshall argumentaba que la Constitución establecía con claridad en qué casos el Supremo tenía jurisdicción original; puesto que la exigencia de Marbury no estaba entre ellas, y que una ley como la Judiciary Act no puede modificar la Constitución, el poder que la ley otorgaba al Supremo de exigir la provisión del puesto de Marbury era inconstitucional.

La Casa Blanca, pues, se había llevado el gato al agua. Pero no tanto como se cree. En realidad, Marbury vs Madison es una sentencia muy jodida para un Presidente y un Congreso, pues es una sentencia en la que un tribunal anula una ley federal (la Judicial Act). De hecho, este fallo planteó el problema de cómo podrá el pueblo (representado por su Parlamento, o su gobernante electo) resistirse, por así decirlo, a una decisión magistral, impidiendo así que un país sea una especie de democracia judicial.

La respuesta a esta pregunta es, fundamentalmente, el procedimiento de impeachment.

Contra lo que puedan pensar algunos o muchos de los lectores de estas notas, el impeachment ni de huevo es un procedimiento que sólo se pueda practicar contra un Presidente. Jefferson, por ejemplo, lo usó contra el juez del Supremo Samuel Chase, que se dedicaba en sus juicios a soltar unas arengas antirrepublicanas de la hostia. El Presidente lo impicheó en 1805, aunque escapó a su condena gracias al Senado.

En el terreno político, la principal acción de Jefferson fue pasteurizar las Alien y Sedition Acts de los federalistas. Declaró el país de nuevo abierto a la llegada de extranjeros y sacó de las cárceles a muchas de las personas que habían sido engrilletadas en el mandato anterior. Las multas se devolvieron. En el terreno presupuestario, detuvo el crecimiento de la Marina y redujo las fuerzas armadas. Aunque probablemente no mintamos si decimos que la medida económica más sorprendente fue la que conocemos como Barbary War.

En los diez años anteriores, Washington y Adams habían estado pagando a la Mafia. Lo que pasa es que la mafia de entonces no era la que nos imaginamos ahora, sino los corsarios que operaban en el norte de África, y que a menudo atacaban barcos americanos. La coima no era pequeña: unos dos millones de dólares anuales. Jefferson decidió que era más barato someterse al riesgo y también puede que pensara que una nación como la suya, que iba para potencia, no podía dedicarse a pagar aquellas cosas. Así pues, en la Barbary War, decidió poner las necesidades presupuestarias por delante de la seguridad de sus comerciantes, y dejó de pagar; o, más bien, pasó a pagar menos. Lo cierto es que, a pesar de esta medida, EEUU estuvo pagando a los corsarios hasta 1815.

A los descendientes de los indios americanos no les cae muy bien Jefferson (de hecho, uno de sus líderes, en una escena de House of cards, reclama que su retrato sea retirado de una sala donde va a mantener una reunión) y esto tiene que ver con que es el primer presidente que se toma en serio la expansión hacia el Oeste. El Congreso había hecho cosas ya en 1796 y 1800 reduciendo la superficie que tenía que comprar un colono y el monto de dinero en efectivo que tendría que poner. En 1804, Jefferson rebajó estas condiciones hasta el punto de que con apenas 80 dólares, un colono podía llegar a comprar 160 acres. Esta rebaja disparó la expansión, sobre todo en el terreno del actual estado de Ohio, que fue admitido en la Unión en 1803. Pero Jefferson estaba también interesado en que la expansión se produjese en el suroeste del país, donde una serie de conflictos entre poderes habían estado bloqueando la concesión de terrenos en las orillas del río Yazoo, situado en el actual Estado de Mississippi. Cuando Jefferson intentó dar la razón en el conflicto al gobierno federal, algunos de sus propios correligionarios republicanos, liderados por el virginiano John Randolph, le recordaron las cosas que había escrito en las resoluciones de Kentucky. La cosa no se solucionaría hasta 1814, y tendría como consecuencia la aceptación como Estados de la Unión de Alabama y Mississippi.

En 1803 Jefferson, quien siempre pensó a lo grande y soñó con la colonización de todo el subcontinente, hizo enviar a Meriwether Lewis y William Clark en una expedición al Pacífico, de orden secreto porque atravesaron territorios en poder de potencias extranjeras. Lewis y Clark consiguieron llegar a su destino en 1806, y por el camino reclamaron el Oregon. En 1806, Zebulón Pike exploró el suroeste de los actuales Estados Unidos.

En paralelo con estos desarrollos, Jefferson se planteó el asunto de Luisiana , que estaba en manos francesas por decisión de Napoleón después de haber sido española entre 1762 y el 1800. Napoleón quería hacer de Luisiana el granero de sus colonias en la zona, pero se lo impidieron sus luchas en Europa y, también, la rebelión en Haití del líder de los esclavos Toussaint de l'Overture, que amenazaba con trasladarse al resto de las colonias.

En 1802, con la paz de Amiens, Napoleón pudo considerar las cosas suficientemente pacificadas en Europa como para enviar 20.000 hombres a América para vencer a Toussaint y para ocupar Nueva Orleans. La campaña falló, pero aun así puso muy nervioso a Jefferson, consciente de que prácticamente la mitad del comercio de los Estados Unidos pasaba por esa ciudad. En marzo de 1803 envió a James Monroe a París con la misión de comprarle a Napoleón la Luisiana, además de la Florida, dado que la Casa Blana sospechaba que era Francia, y no España, la que la controlaba de facto. Para cuando Monroe llegó a París se encontró plantando en terreno abonado, pues los malos resultados en la isla de Santo Domingo habían llevado a Napoleón a abandonar la idea de construir un imperio americano. De hecho, ya le había ofrecido a Robert Livinston, embajador americano, todo el territorio de Luisiana por 15 millones de dólares. Firmando el contrato, el 30 de abril de 1803, los Estados Unidos doblaban su territorio de un plumazo.

Pero ahí comenzaron los problemas. Para empezar, la Constitución no delegaba poder alguno en el gobierno federal para comprar territorio. Jefferson quería hacerlo bien, esto es proponer una enmienda constitucional y tal; pero el hecho de que Napoleón podía, con cierta facilidad, echarse atrás, le llevó a tirar por la calle de en medio. En noviembre, el Senado aprobó la adquisición, y el Congreso dispuso del dinero necesario. EEUU tomó oficialmente el territorio el 20 de diciembre de aquel año. Pasó a ser administrada Luisiana bajo las previsiones de la Northwest Ordinance de 1787 hasta que, en 1812, fue aceptada como un Estado de la Unión.

La adquisición de un territorio tan enorme, sin embargo, encabronó rápidamente a los políticos del Este, o sea de Nueva Inglaterra. Puesto que podían ser tontos pero no gilipollas, se dieron cuenta rápidamente de que la inclusión de un territorio tan grande no podía tener otra conclusión que diluir su capacidad de influencia política. Algunos políticos del Norte incluso hablaron de dejar la Unión, y buscaron un campeón en Aarón Burr, que en ese momento se presentaba para gobernador de Nueva York. Burr, en efecto, se presentó a las elecciones con la idea de crear una confederación del Norte que se liberase de la “Dinastía de Virginia”; una vez más Hamilton, sin embargo, hizo zozobrar esta campaña, evitando la eventual secesión. El encabronamiento de Burr fue tan impresionante que retó a duelo a Hamilton. Ambos se enfrentaron el 11 de julio de 1804 en un duelo en el que Hamilton resultó muerto. Burr escapó al Oeste, donde acabaría conspirando con Londres y Madrid para realizar una rebelión secesionista en Luisiana.

Todos estos follones entre los yankees y el resto de los EEUU supusieron un problema tan grande para el Partido Federalista que en 1804 llegó a las elecciones enormemente dividido. Falto del genio maniobrero de Hamilton (el verdadero primer Frank Underwood de la política USA), el federalismo fue insultantemente batido por Jefferson, que ganó en todos los Estados salvo en Connecticut y Delaware. Sin embargo, los hechos mundiales hicieron esta legislatura una auténtica tortura para el presidente. En Europa, Napoleón había ganado la preeminencia en tierra en Austerlitz, pero Inglaterra la había ganado en el mar gracias a Trafalgar. Esta situación era mierda pura para los países neutrales y su comercio; y eso quería decir los Estados Unidos. Los ingleses incluso se daban el gusto de bloquear, parar y revisar los barcos americanos en sus propias aguas. La gente le pedía guerra al Presidente, pero éste se presentó en el Congreso con lo que denominó su política de peace coercion, basada en sacar los barcos americanos de alta mar. Privados de las mercancías americanas, los países beligerantes se darían cuenta de que debían aceptar la neutralidad de este país. Y así se estableció en la Embargo Act, que pasó la votación del Congreso el 27 de diciembre de 1807.

Increíblemente, Jefferson no parecía haber calculado que el Embargo Act arruinaría a su propio país mucho antes que a sus clientes. Después de algo más de un año de aplicar esta política, el propio gobierno tuvo que admitir su error, así pues el 1 de marzo de 1809, tres días antes de su retiro, Jefferson se vio forzado a firmar su anulación.

En las elecciones de 1808 ganaría el sucesor de Jefferson, James Madison, que recibió 122 votos electorales, por 47 a favor de Pinckney, el candidato federalista.


En este mandato llegaría la guerra de 1812. Que dejamos, ya, para la próxima apertura del blog.