lunes, noviembre 18, 2013

Galiza ceibe (1)

Los nacionalismos existentes dentro de España, excepción hecha de eso que el debate actual ha dado en llamar nacionalismo español (concepto que es una entelequia: el nacionalismo español, entendido como oposición a otros pueblos de España, podrá existir ahora, pero no se rastrea en el pasado), son fenómenos bastante modernos. Para desgracia entre quienes quieran buscan un paralelismo estricto entre las pretensiones nacionalistas existentes en España y el famoso referendo de Escocia, la Historia de España no recoge episodios en los cuales los reyes establecidos de naciones con los nombres que hoy llevan los nacionalismos existentes en España fueron vencidos y humillados por un rey español, o castellano, que consecuentemente sojuzgó a un pueblo que no quería estar bajo su corona. Lejos de ello, los catalanes, junto a otros pueblos de España por cierto, fueron integrados en el proyecto español no porque su rey fuese vencido, sino porque se tiró a la reina castellana. Los vizcaínos, tiempo antes, obligaron a su rey castellano, cuando éste amagó con convertirlos en posesión inglesa, a jurar solemnemente que jamás los separaría de la corona castellana. Y los gallegos, desde la instauración de las peregrinaciones jacobeas, pueden dar por terminados sus serios intentos de constituirse en nación propia; proyecto para el cual nunca contaron con la figura de un rey  propio, perteneciente a una dinastía propia..

No obstante lo dicho, la verdad es que lo que menos importa de los nacionalismos es el pasado. Lo realmente importante es el presente; lo que un pueblo siente o no siente en un determinado momento. Si para ello hay razones históricas más o menos sólidas podrá ayudar, pero en modo alguno eliminar toda posibilidad de reivindicación. Es precisamente por eso por lo que los esfuerzos habituales de los nacionalismos por retorcerle el brazo a la Historia me parecen especialmente estúpidos y deleznables. Dejemos las cosas del pasado como están, y del presente ocupémonos los que lo estamos viviendo.

Hecha esta primera apreciación, hoy comienzo a escribir algunas notas sobre el nacionalismo de mi tierra, que es Galicia. Quienes me conocen bien saben que no soy nada nacionalista, y menos aun nacionalista gallego. Tal vez ha sido esto último lo que siempre me ha provocado cierta curiosidad por el fenómeno del nacionalismo gallego, que adopta, en mi opinión al menos, formas muy distintas del vasco y el catalán, que son considerados los otros dos nacionalismos históricos (sic) existentes en España.

Hay dos cosas que, a mi modo de ver, diferencian el nacionalismo gallego de los nacionalismos vasco y catalán.

La primera es que, a diferencia de éstos, es un nacionalismo que se articula desde la inferioridad. Mientras vascos y catalanes buscan en sus ideologías el pleno reconocimiento de sus capacidades económicas, el nacionalismo gallego se basa en sus discapacidades, y en la convicción de que son fruto de algo que se identifica bastante con el concepto de explotación colonial por parte de España. En los tiempos del final del franquismo y la primera democracia, los de mi infancia y adolescencia coruñesas, recuerdo bien que el tema número uno en tertulias de bar era el dinero de los emigrantes. La tesis (más que probablemente no exenta de certeza) era: a Galicia se transfieren montones de dinero que envían los emigrantes (mayoritariamente gallegos); dinero que, después, a través de las cajas de ahorros que es donde sus parientes aquí lo ahorran, se va a financiar cosas fuera de Galicia. La enorme fuerza de este argumento, y la profundidad de sus raíces, tal vez le explique al lector no gallego la dedicación con que la sociedad gallega se ha aplicado siempre a tener al menos una caja de ahorros propia, y el trauma que presenta, en las profundidades abisales del sentir de los gallegos, el hecho de que vaya a dejar de tenerla (proceso que es, para más inri, coincidente con la desgalleguización del más gallego de los bancos privados, que no es el Banco Gallego, sino el Banco Pastor).

La segunda gran diferencia es que, y aquí llegamos a un punto habitual de fricción con todos los nacionalistas gallegos e incluso muchos gallegos que ni siquiera lo son, muchas veces el nacionalismo gallego no es tal cosa. A mi modo de ver, en Galicia se confunde mucho el nacionalismo con el regionalismo, el provincialismo, el comarcalismo incluso. Se confunde el sentimiento de alguien que ama a su tierra sobre todas las cosas con el de alguien que está dispuesto a llevar ese amor a la construcción de postulados políticos. Son cosas distintas, se producen a la vez y provocan que, a menudo, se tome por nacionalismo lo que no lo es del todo.

Pero vayamos con la descripción del nacionalismo gallego y su pequeña historia. A decir de algunos nacionalistas gallegos, el sentimiento galleguista existe desde el tiempo de los godos, cuando los suevos habrían construido una nación y tal. A mí, la verdad, esta tesis me parece una conachada. Si los suevos construyeron una especie de imperio territorial, sobre cuyo nivel de cohesión e identificación la verdad es que la Historia sabe poco, no fue, desde luego, un imperio gallego. Decir que la dominación sueva en parte de la península ibérica es el principio de la identidad gallega es como decir que la forma de ser de los andaluces fue forjada por los fenicios que se establecieron en Cádiz y que, como todo el mundo sabe, cruzaron el Mediterráneo haciendo eses porque iban todo el día en el barco bebiendo manzanilla y bailando sevillanas.

Las condiciones orográficas de la estricta nación gallega, esto es lo que hoy conocemos como comunidad autónoma de tal, sin embargo, sí justifican un desarrollo propio y particular, ya que la comunicación de Galicia con el resto de España es bastante compleja. Así pues, yo creo que no se puede negar que una identificación propia sí que existía al final del periodo gótico y el comienzo de la dominación musulmana, porque los reyes astures encontraron problemas para integrar a los gallegos en su unidad administrativa. Como ya hemos contado aquí, sin embargo, esa diferenciación terminó pronto, tras la hábil utilización de los ovetenses del único elemento realmente aglutinador que existía en la Hispania no musulmana, que era la religión.

Poco o nada se puede exhibir en términos de nacionalismo gallego, mucho menos separatismo, hasta el siglo XIX, que es el gran siglo para estas ideas. Vamos a situarnos en 1840, en la posguerra carlista. Una vez conseguido el cese de las hostilidades, la tensión en la sociedad española provocada por las fuerzas progresistas se hace mayor. El enfrentamiento entre los postulados moderados y los democráticos se hace patente en la regulación de los ayuntamientos, que los progresistas quieren más abiertos a la sociedad de lo que Palacio está dispuesto a admitir. En apoyo del progresismo, en toda España se crean espontáneamente juntas locales. La de Santiago de Compostela se forma el 24 de julio de dicho año, y de la misma forman parte dos destacados activistas demócratas gallegos: el abogado Pío Rodríguez Terrazo y el médico Hipólito Otero, acompañados por un montón de estudiantes entre los cuales destaca un poeta, Antonio Neira de Mosquera. En septiembre, la situación se radicaliza más con el pronunciamiento militar en casi todas las ciudades principales de la región y la multiplicación de estas juntas locales. Todas estas juntas, en un proceso bottom-up que ya hemos visto durante la guerra de la independencia, crean una Junta Superior Central de Galicia que se convierte, por propia voluntad, en el gobierno de la región. Pero, una vez más lo diré, no hay que confundir las cosas; en este caso, no hay que confundir nacionalismo con progresismo, porque aquella Junta Central se intitula gobierno de Galicia en tanto en cuanto no exista un gobierno español de corte progresista.

En las elecciones de 1843, los progresistas ganan con claridad en Galicia y, de hecho, en Santiago designan a Rodríguez Terrazo miembro de la Junta. En Lugo se constituye, de nuevo, una Junta Central de Galicia, que colabore con una Junta Central de España en la creación de un gobierno progresista en todo el país. En su empeño por hacer de la Historia lo que le interesa, el nacionalismo gallego ha pretendido, en no pocas ocasiones, que en aquella reunión de Lugo, Antolín Faraldo habría propuesto que se votase la independencia de Galicia. Más verdad es, sin embargo, que Faraldo ni siquiera estuvo allí. De hecho, el progresismo gallego fue víctima de las divisiones internas en su movimiento en toda España, que acabaron por favorecer el ascenso de los moderados.

Dicho esto, no se puede negar que los sucesos animados por el fin de la primera guerra carlista, esto es la agitación progresista en toda España pero con centros de movimiento muy importantes en Galicia, fueron el germen de lo que se ha dado en llamar el provincialismo gallego. El centro de esta formulación ideológica es sin lugar a dudas Santiago de Compostela, hecho que no debe de extrañar si se tiene en cuenta que los estudiantes universitarios fueron un elemento fundamental del mismo. De hecho, el epicentro del provincialismo puede situarse en la Academia Literaria de Santiago, una institución cultural organizada por un militar de ideas avanzadas, Domingo Díaz de Robles. Allí encontramos a los Faraldo, al poeta Neira de Mosquera, Antonio Romero, Augusto Ulloa, José María Posada, Leopoldo Martínez Padín, y otros nombres que conforman el gotha del primer galleguismo. Sin olvidar, aunque no fuese propiamente miembro de la partida, al historiador José Verea y Aguiar, casi el primer teórico que introduce una interpretación total de un pueblo gallego de raíces célticas, y en quien Neira veía algo así como el iniciador de la identidad nacional gallega. El mejor discípulo de las ideas de Verea será Antolín Faraldo, el verdadero iniciador de la tendencia decimonónica de buscar en la Historia los argumentos a favor de la instrumentación de una nación gallega.

Faraldo, en efecto, escribe incesantemente sobre la materia en la prensa progresista compostelana. Y Leopoldo Rodríguez Padín escribe una Historia de Galicia diseñada en el mismo sentido. Debe decirse, en todo caso, que estas elaboraciones, que ya se apoyan claramente en la especificidad idiomática, tienen su sentido. Galicia, en la primera mitad del siglo XIX, como ocurrirá en otros diversos periodos de la Historia desde entonces para acá, es una región, digamos, des-considerada en el resto de España. En general, pasado el puerto de Piedrafita, las personas tienden a pensar que Galicia es responsable de su propio atraso, y conceptúa a los gallegos como personas por lo general incultas, escasas de ambición y de habilidades (obsérvese, sin ir más lejos, lo fácilmente que este mismo mito social se trasladará, en unas décadas, a otros rincones del mundo, como Argentina). Por ello, las elaboraciones sobre todo de Faraldo tienen que ver con la idea de una Galicia gobernada por sí misma, pero tienen que ver también con la pulsión de vencer esa diferencia secular en contra de la región gallega. Su Grande Obra se concreta en la realización en Galicia de infraestructuras que la sacarán del subdesarrollo, pero casi tanto como de eso habla de la necesidad de unificar previamente los poderes dentro de la propia Galicia. Y sabía de lo que hablaba: décadas después, según cuenta Murguía en su libro sobre Alejandro Chao, éste último, excelentemente bien situado entre las fuerzas progresistas gobernantes en Madrid, diseñará un inteligentísimo proyecto para la construcción de un ferrocarril que comunicará Vigo con la meseta, proyecto que, además, se autofinanciaría; y que sin embargo, tal y como reconoce en su libro el propio señor De Castro de la señora Murguía, se fue a la mierda porque los ayuntamientos de las poblaciones por donde tenía que pasar la vía no se pusieron de acuerdo. El provincialismo gallego, pues, no sólo, yo diría que ni siquiera fundamentalmente, ataca las agresiones de Madrid; sino las concepciones excesivamente particularistas existentes en la propia Galicia. El enemigo de este primer nacionalismo gallego, si así se lo puede llamar, no es España, sino Galicia.



El 2 de abril de 1846, en Lugo, se produce un pronunciamiento progresista más, en este caso del comandante Miguel Solís. Como es bien sabido, a las ideologías les va bien ganar las revoluciones, pero mucho mejor perderlas. Tras sucesivas peripecias, los sublevados son derrotados y fusilados, el día 26 del mismo mes, en Carral. A partir de ahí, el nacionalismo gallego ya tendrá algo siempre fundamental para alcanzar el corazón de las masas: mártires.

El pronunciamiento de Solís no fue sólo un pronunciamiento militar, pues los civiles que actuaban en el campo progresista-provincialista colaboraron con él. De hecho, Manuel Rúa Figueroa, otro conspicuo fundador de la Academia Literaria de Santiago, fue nombrado alcalde de la ciudad catedralicia. Y el gobierno de la Junta Central gallega fue entregado a Rodríguez Terrazo, bajo la secretaría de Faraldo. La mala noticia para el nacionalismo gallego es que esta Junta Central llegó a discutir, diseñar, e imprimir, un programa de gobierno. Léase. Por cada referencia explícita a la independencia de Galicia que se encuentre, la Xunta regala una mesa de comedor.



Tras la derrota de 1846, el movimiento provincialista queda básicamente descabezado, a causa de la muerte de algunos de sus miembros, el exilio de otros, y la emigración geográfica e ideológica de otros tantos, que se van a Madrid a hacer política. Sin embargo, Neira, Martínez Padín y Alberto Camino crearán el Liceo de la Juventud de Santiago, sucesor de la extinta Academia Literaria, horno en el que se cocerá la segunda generación de provincialistas: Manuel Murguía, Aurelio Aguirre, Eduardo Pondal, Luis Rodríguez Seoane, los hermanos Antonio y Francisco de la Iglesia, o Rosalía de Castro.

Y es en esta segunda generación donde la identificación de lo gallego ganará momento, como veremos pronto.