jueves, junio 27, 2013

Hitller y Palestina (y 10)

De esta serie se han publicado ya un primersegundo,  tercercuartoquintosextoséptimooctavo y noveno capítulos.


A lo largo del mes de agosto de 1942, el mariscal Rommel comenzó a preparar una segunda ofensiva sobre El Alamein. En septiembre se esperaban en la zona dos divisiones británicas más y, además, una serie de suministros de guerra prometidos por Roosevelt a Churchill tras la caída de Tobruk, y que estaban doblando el cabo de Buena Esperanza. La clave era golpear antes de la llegada de los refuerzos. A pesar del pesimismo de los italianos (Mussolini, tras haber estado esperando en Derna a su entrada triunfal en Egipto, regresó a Roma el 20 de julio), los alemanes estaban convencidos de ser capaces de llegar al Canal de Suez en unos pocos días.


Sin embargo, las cosas no iban del todo bien. Desde el 29 de junio, caída de Marsa Matruh, el legado militar estadounidense en Cairo había dejado de transmitir mensajes a los británicos; y, dado que los alemanes habían podido interceptar dichos envíos, el Eje había perdido la fuente de información de que había dispuesto hasta entonces. Para colmo, el 10 de julio la 26 brigada australiana de infantería, en un impagable servicio a los aliados que en mi opinión no se le ha reconocido suficientemente, tomó las posiciones en El Alamein de la posición 56 de Inteligencia del ejército alemán, haciéndose con un material muy precioso. Fue gracias a aquella captura que los británicos aprendieron lo mucho que los alemanes sabían de ellos.

Para colmo, la Royal Air Force, cada vez más consolidada en el cielo del Mediterráneo, había comenzado a atacar con eficiencia los buques de aprovisionamiento italianos, lo que estaba ya provocando en julio serios problemas de abastecimiento al Africa Korps.

El 3 de agosto de 1942, camino de la URSS, el primer ministro británico, Winston Churchill, hizo una parada en El Cairo. Allí hizo cambios organizativos importantes en el ejército de la zona. Cesó en el mando de las tropas al general Claude Aulincheck, al que al parecer Churchill consideraba un tanto nenaza; y el mando le fue entregado al general sir Harold Alexander. El general Gott, nombrado jefe del octavo ejército encargado de la defensa de Egipto, murió al día siguiente al ser derribado su avión, por lo que fue sustituido por el teniente general Bernard Montgomery.

El 30 de agosto, por la noche, un ataque germanoitaliano comenzó la segunda batalla de El Alamein. Pronto, sin embargo, la escasez de combustible en sus unidades motorizadas, unida a los ataques continuados de la fuerza aérea británica, obligó a Rommel a modificar su táctica ofensiva por otra defensiva. Estaba en ésas cuando recibió una serie de cables que le informaban de que una serie de barcos con combustible habían sido hundidos por los británicos. No pudo hacer otra cosa que ordenar que el ataque se detuviese, cosa que hizo el 3 de septiembre. Rommel sabía que eso significaba que la última oportunidad de tomar Egipto se había ido a tomar por culo.

Los británicos, mientras tanto, diseñaban una operación de comando que tenía como objetivo el cuartel general del mariscal alemán. Si no lo hicieron, fue por una casualidad: uno de los comandos, un judío que se había disfrazado de militar alemán, fue reconocido por un germano de verdad en Tobruk.

A mediados de octubre de 1942, en todo caso, Montgomery tenía ya en su poder los carros de combate estadounidenses, y estaba en condiciones de pasar a la ofensiva. Al anochecer del 23 de aquel mes, comenzó la tercera batalla de El Alamein, inaugurada por un fuego de artillería que duró cinco horas y media. Rommel no estaba con sus tropas; se encontraba en Alemania, debido a algunos problemas de salud. Fue el propio Hitler quien le informó, el 24 y por teléfono, de la ofensiva británica. Se puso inmediatamente en movimiento y en la tarde del día siguiente ya estaba en El Alamein; para entonces, británicos y australianos habían cruzado ya el campo de minas y estaban atacando las posiciones defensivas germanoitalianas.

La noche del 1 al 2 de noviembre, se produjo la que los británicos conocieron como Operación Supercharge: una gran ofensiva en el frente norte de El Alamein, buscando su ruptura. Consiguieron romper la línea dicho día 2, aunque en la tarde de la jornada las divisiones Panzer alemanas habían conseguido cerrar la brecha. En estas condiciones, Rommel le propuso a Hitler una retirada táctica. La respuesta de Hitler fue la misma que en Stalingrado: «debe decirle a sus tropas», le indicó a Rommel, «que las dos únicas salidas son la victoria o la muerte».

El día 4, los ingleses volvieron a abrir una brecha en las líneas enemigas, esta vez dejando la División Ariete italiana totalmente inservible. El riesgo de quedar cercados era cierto, así pues Rommel ordenó la retirada hacia el oeste.

Rommel esperaba frenar a los británicos en un lugar llamado Fuka, entre El Alamein y Marsa Matruh. Sin embargo, el 5 estaba en aquella posición corriendo el mismo peligro de ser cercado, por lo que se retiró hasta Marsa. En esa retirada, la práctica totalidad del X Cuerpo de Ejército italiano fue hecho prisionero por los britano-australianos.

Como quiera que en Marsa tampoco estuviesen seguros, los soldados del Eje siguieron retirándose, primero a Sidi Barrani, luego a Sollum. l2 de noviembre, los aliados recuperaron Tobruk. El 20 del mismo mes, las tropas del Eje estaban ya en Bengasi., y en Tripoli el 22 de enero de 1943. Dos años después,  Hitler había caído en la casilla de la Muerte, y estaba de nuevo en la salida de su gran operación militar en Oriente Medio. El mismo 23 de enero, Tripoli fue evacuada, y el 15 de febrero no quedaban ya miembros del Africa Korps más allá de la raya de Túnez con Libia.

El cambio relativamente rápido de tono en la guerra de Egipto no jodió a nadie más que a los nacionalistas musulmanes. Claro que, a finales del verano, todavía quedaba una esperanza. La toma por los alemanes, el 25 de agosto, de la plaza soviética de Mozdok, marcó el máximo de su avance por el Cáucaso; pero daba, realmente, la impresión de que las tropas germanas serían capaces de entrar en Oriente Medio, por así decirlo, por la puerta de atrás. Los alemanes querían que, tras la captura de Tbilisi, tanto el-Husseini como al-Galiani lanzasen  en todo Oriente Medio una infifada antibritánica a gran escala. De hecho, fue por esta razón que el batallón árabe-alemán fue trasladado al frente caucáusico, para gran cabreo de el-Husseini, que los quería ver entrar en Egipto. Los planes de los alemanes eran que este batallón apareciese como el germen de ejército del Nuevo Irak, cuyo gobierno sería prontamente proclamado cuando el Eje lograse llegar a áreas de creencia musulmana desde la URSS.

Este traslado, sin embargo, supuso un grave conflicto con el muftí. El-Husseini, embarcado en una pelea de altos vuelos con al-Galiani por el control del movimiento musulmán, vio en aquel traslado al Cáucaso, y los planes de despliegue del batallón en Irak, como un apoyo explícito a las ambiciones de su socio iraquí; y, consecuentemente, se puso de canto. A mediados de septiembre, reunido con el almirante Canaris en Roma, rechazó cualquier tipo de componenda.

Estas unidades, sin embargo, nunca entraron en Irán. La marcha de los acontecimientos bélicos no lo permitió. Las operaciones realizadas fueron muy parciales. En julio de de 1943, por ejemplo, un comando de cuatro hombres se lanzó en paracaídas en la región de los Gashgai (no estoy seguro, pero creo que está en Irán), bajo el mando del hauptsturmführer Martin Kumis, con la orden de aprovechar la complicidad de las tribus locales para sabotear las instalaciones petrolíferas. Sin embargo, el cambio de signo de la guerra hizo pensárselo dos veces a los jefes gashgai; en 1944, Kumis y otros alemanes fueron entregados a los británicos por los propios lugareños.

En 1943, el gobierno iraquí dejó bien clara cuál era la percepción del tema de la segunda guerra mundial en los territorios de creencia musulmana, declarando la guerra a las potencias del Eje. El-Husseini aprovechó este hecho para exigirle a los alemanes que la declaración de apoyo a la independencia de los países árabes fuese hecha pública; pero los alemanes siguieron rehusando.

Adolf Hitler, al fin y al cabo máximo jefe militar alemán durante la segunda guerra mundial, nunca se tomó en serio el frente de Oriente Medio o, si lo preferís, el teatro egipcio de la guerra. Su superioridad militar en Europa durante el año 1941 fue tan aplastante, y tenía tantas y lógicas razones para creer en el genio militar de Erwin Rommel, que probablemente creyó que la batalla egipcia sería un paseo y que a la Wehrmacht le bastaría con echar un lapo para llegar hasta el canal de Suez y bloquear el petróleo del mundo. Lo creyó tan fácil que, en una decisión cuestionabilísima por ésta y por muchas más razones, no tuvo empacho en abrir un frente al Este de su país con la invasión de la URSS, agravando con ello la ya de por sí comprometida situación de los suministros al Africa Korps.

Fue un error de cálculo fatal para el nacionalismo árabe. Su opción en la guerra fue clara y diáfana. En todos los países de Oriente Medio, realizó propaganda a favor del Estado nazi, asumió su simbología, y se unió con pasión a las predicciones que hablaban de masacrar a los judíos de Palestina; amenazas retóricas que adquirieron un significado mucho más oscuro y repugnante conforme los aliados fueron avanzando en  Europa y encontrando los campos de reasentamiento alemanes. Se suele decir mucho que la lenidad con la que Occidente contempló la creación del Estado de Israel tiene que ver con la mala conciencia generada por los juicios de Nuremberg y la presión de los lobbys judíos internacionales. Cierto es; pero hay un tercer factor de no menor importancia: la imagen con que el movimiento palestino salió de la segunda guerra mundial: la imagen de un movimiento ideológicamente fascista y de praxis genocida.

Al movimiento palestino le costó décadas pero finalmente, gracias a la inestimable ayuda de la brutalidad israelí, ha conseguido hacerse, no perdonar, sino, en realidad, olvidar estos pecadillos. De esta esquina de la Historia no se habla mucho. No es políticamente correcto.