martes, abril 05, 2011

La "normalidad" del 36 (6: Au revoire, Président!)

Abril de 1936 se inicia con uno de los hechos más debatidos de la pequeña Historia de aquel medio año que transcurre hasta el golpe de Estado. Debatido porque no hay mucho acuerdo en torno a por qué ocurrió lo que ocurrió. Lo que ocurrió, sucintamente, fue la destitución de Niceto Alcalá-Zamora como presidente de la República y su sustitución, tras una votación en el Palacio de Cristal del Retiro, por Manuel Azaña.

Las motivaciones y, por así decirlo, engranajes de este cambio no están del todo claras. En primer lugar, hay que decir que, sin duda alguna, en el proceso jugaron las ambiciones personales. Sería muy difícil imaginar que Azaña no quisiera ser Presidente de la República. Como primer ministro se había llevado unos palos de la leche, lo cual siempre deja cicatrices; y, además, la situación en el 36, que vamos describiendo, no invitaba precisamente a creer que los malos momentos fuesen irrepetibles. Acostarse jefe del gobierno en la primera mitad de 1936 venía a equivaler a acostarse preguntándose si en algún lugar de España, en ese preciso momento, no se estaría produciendo un nuevo Casas Viejas, un nuevo Castilblanco, un nuevo Arnedo, una nueva sublevación del Llobregat, otra Asturias, un nuevo atentado falangista. Para alguien como Azaña, que tantas plumas se había dejado en los escándalos del 33, es lógico que esa perspectiva no fuese muy atractiva; y, además, la Presidencia de la República, con sus palcos de ópera; con sus innúmeros actos ateneístas rodeado por los de la ceja propia; con sus recepciones rimbombantes en salones un día borbónicos, capaces de henchir la vejiga del orgullo incluso en el caso de alguien que, como Azaña, la tenía bien grande; la presidencia de la República, digo, con todos esos gajes, no podía dejar de ser atractiva para este señor que fue el primer español de una larga lista que cree que Manuel Azaña marca un antes y un después en la Historia de España.

Eso, Azaña. Otros, no podemos saberlo con precisión, pero sí podemos imaginarnos que también sintieron el mordisco de la ambición. Y me refiero a Prieto, aunque su ambición no era presidir la República, sino ocupar el sillón que Azaña dejaría vacante.

Cuando uno repasa la Historia de la fantasmagórica República en el exilio y se da cuenta que incluso en esos tiempos llegó a haber peleas sin cuento por presidirla y presidir su gobierno, a pesar de que equivalía a presidir la nada, se da cuenta de que, cuando esa ambición era cierta, es decir se refería a una presidencia real, debió de ser la misma pero elevada a una potencia de dos dígitos. ¿Prieto soñó con ser presidente del Gobierno? Sin el menor rastro de duda. Convicción personal de que lo merecía (como Azaña) no le faltaba, y tampoco le faltaron, seguro, corifeos de mesa camilla que le dijeran que era el candidato ideal. ¿Lo soñó Martínez Barrio? Probablemente, no. MB sabía que era el as en la manga que Azaña se quería guardar para presidir el gobierno si la cosa se ponía fea (tesis ésta que mueve a preguntarse cuál podía ser el concepto que tenía Azaña de ponerse feas las cosas). Largo: no. Largo Caballero, con seguridad, nunca quiso ser presidente de la República, ni del Gobierno.

Pero lo importante no es eso.

A mi modo de ver, todo lo que rodea la cuestión de la segunda Presidencia de la segunda República tiene que ver con algo que creo haber escrito ya. Todos, y todos quiere decir todos, y cada uno de los intervinientes en la formación del Frente Popular se metieron en aquel merdé convencidos de que podrían manipular al resto. Azaña, después del mitin de Mestalla en el que decenas de miles de personas lo aclamaron, creía que él era el faro de las izquierdas de España; idea que también tenía de sí mismo, con muchísima más razón, Largo Caballero. Entre ambos, Indalecio Prieto consideraba que podría hacerle un trile a su correligionario Largo (que era, al mismo tiempo, el tipo que más le envidiaba) y llevar al PSOE al redil de apoyarle a la hora de okupar la izquierda burguesa convirtiéndose en mano derecha de Azaña. Los comunistas tenían en marcha un plan, el diseñado por la Internacional, de realizar alianzas burguesas para madurar hacia la revolución. Y los anarquistas consideraban que, tras haber inclinado la balanza electoral a favor del Frente Popular, se les debía su comunismo libertario.

Todo el mundo, como digo, consideraba que podía manipular a los otros. Por eso, todos se pusieron de acuerdo, rápidamente, para manipular la Presidencia del Estado.

La Constitución republicana tenía una cláusula antipresidencialista cuyo objetivo era impedir que un Presidente venal se perpetuase en el puesto a base de disolver las Cortes que no le fuesen afectas. En consecuencia, la Carga Magna establecía que un presidente de la República que disolviese las Cortes dos veces tendría que dimitir. La tesis del Frente Popular fue que eso precisamente es lo que había hecho Alcalá: la primera, cuando disolvió las Cortes constituyentes; y la segunda, cuando disolvió las de la derecha para las elecciones del 36. Alcalá, por su parte, consideraba que la disolución de unas cortes constituyentes es algo preceptivo cuando la Constitución ha sido aprobada, así pues ésa no debía contar.

Es un debate de técnica jurídica constitucional que Alcalá, supongo que para su sorpresa pues era académico de Jurisprudencia y fino jurista, perdió. No lo perdió por la solidez de los argumentos en contra. Lo perdió porque todo el mundo en el Frente Popular se juramentó para apoyar la tesis de que debía ser cesado. Aún le cabía a Zamora una posibilidad, y es que las derechas, al fin y al cabo una minoría relevante, pusieran pies en pared. Pero eso era wishful thinking. Las derechas se pusieron de canto, se alienaron del proceso, porque la cosa no iba con ellas. Gil-Robles, es de comprender, no iba a mover un dedo a favor del tipo que, durante dos años, hizo uso de todo tipo de subterfugios para impedir aquello que la aritmética parlamentaria dictaba con claridad: que era la CEDA la que debía gobernar. Para Calvo Sotelo, Goicoechea y demás, Alcalá era un sucio traidor. El único que, en puridad, apoyaba al Presidente era el gallego egoisto-gilipollas. Y eso y nada…

Azaña quería ser presidente de la República. Prieto también lo quería, para ponerse él de primer ministro. Pero, y ésta es mi tesis porque hay historiadores que creen en otras, hubo un tipo que, al fin y a la postre, les engañó a todos: Francisco Largo Caballero.

Dice la famosa frase que la mano que mece la cuna mueve el mundo. En política, la mano que mece la calle es la que lo mueve. Largo Caballero tenía la calle y la fuerza electoral; esto es algo que los diletantes de salón señores Azaña y Prieto, siempre rodeados de hagiógrafos en vida que les repetían una y otra vez eso de tú sí que vales, macho, no podían entender. Indalecio Prieto estaba embarcado en una sorda guerra interior en el PSOE contra el caballerismo en la que logró indudables victorias, como la colocación de su amigo González Peña en la estructura partidaria; pero Largo, sin embargo, tenía un control total sobre la UGT, desde que en diciembre de 1933 se había deshecho de Besteiro y Saborit y colocado en puestos claves de la organización a sus fieles De Francisco, Pretel, Del Rosal, etc., muchos de los cuales acabarían siendo en la guerra más comunistas que otra cosa.

Si el pígnico socialista asturvasco hubiese mirado un poquito más por la ventana, a la calle, se había dado cuenta de que no tenía redaños para plantarle cara a Largo. A él, sin embargo, no le iban esas cosas. Su terreno era la tribuna de las Cortes y las tribunas de papel de los periódicos. Como en éstas, sobre todo la segunda, dominaba, se creía, cuarta más, cuarta menos, que todo el monte era orgasmo. Todo político, tarde o temprano, desarrolla resiliencia a las críticas y proclividad a rodearse de personas más mediocres que él que le dicen lo inteligente que es y jamás someten a crítica sus ideas o estrategias. Prieto fue de éstos, como lo fue Azaña. Sánchez Albornoz sugería en sus octogenarias entrevistas que todo el mundo en la izquierda burguesa se burlaba de Largo Caballero cuando, en las distintas reuniones, repetía como un loro eso de «hay que hacer la revolución». Resulta increíble que alguien pudiese burlarse con remoquetes de esas palabras, cuando en la calle la gente moría fruto de la violencia política en una tasa absolutamente insoportable.

En mi opinión, es obligación de la Historia ser especialmente dura, en este punto, con estos dos especuladores de la nada que se llamaron Manuel Azaña e Indalecio Prieto. Carecían de bases. Carecían de votos. Carecían de fuerza social. Carecían, incluso, de fuerza estatal, pues la mitad del ejército, para cuando ellos estaban pensando en quedarse con el machito de las presidencias de la República y del Consejo de Ministros, ya estaba conspirando para fusilarlos. La calle llevaba, a principios de abril, mes y medio dictando su sentencia con letras de sangre y odio. El proyecto del Frente Popular, si es que alguna vez fue un proyecto de, como diría Azaña un par de años más tarde, Paz, Piedad y Perdón, había para entonces descarrilado o, más bien, cambiado de vía y dado un giro de no menos de 90 grados. Ellos, sin embargo, siguieron creyendo en el plan original, un plan consistente en que un líder sin bases sociales y otro medio líder que disputaba, en desventaja, la dominación del mayor partido de España, fuesen a meter en vereda a fuerzas absolutamente desmandadas, que se sentían ganadoras de las elecciones y que, en algún caso, incluso lo eran.

Largo, mucho más ídem que ellos, aplicó sin embargo, si hemos de creer en las confesiones de Araquistain ya en la posguerra, la táctica del pescador. El primer barbo que picó fue Azaña. Le dio carrete, y le dio carrete, y más, hasta dejar que el infatuado político, y con él toda la izquierda burguesa, se empalmase con la idea de presidir la República. Luego implicó a Prieto en la movida, pues fue Prieto quien, levantándose en el Congreso y aprobando la moción oportuna, clavó en último clavo del ataúd en el que fue enterrada la presidencia de Alcalá-Zamora. Dejó que ambos creyesen sus cositas: Azaña, que como Presidente iba a poder hacer algo; y Prieto, que sería el primer ministro de Azaña.

Él, mientras tanto, mecía la cuna.

Pero vayamos con el relato de la alborada abrileña. Lo primero que ven los días de abril es la marcha atrás del Gobierno, que decide no convocar las elecciones municipales que llegaron a estar previstas en un decreto de fecha 17 de marzo. La razón de la desconvocatoria es obvia, y doble. Por un lado, es una locura convocar unos comicios en un país en cuyas esquinas andan tirios y troyanos a hostia limpia; hacerlo equivaldría a invitarlos a concentrarse en un ring llamado colegio electoral. La segunda razón es que las izquierdas, apenas mes y medio después de haber ganado las elecciones o haberse proclamado ganadores, barruntan que los resultados ya no van a ser los mismos, más que nada porque la gente tiende a no votar a gobiernos que no garanticen el orden público. Del 5 de abril es la motita del BOE que aplaza los comicios locales, sin saber, obviamente, que dicho aplazamiento lo sería por cuarenta años.

Las Cortes se constituyen definitivamente el 3 de abril, eligen a Martínez Barrio presidente y, acto seguido y sin solución de continuidad, tienen conocimiento de la proposición no de ley firmada por sus señorías Prieto, Largo Caballero, Uribe, Pestaña, Ibárruri, Tomás, De Francisco, Comas, Galarza, Pedroso, Jiménez de Asúa, Álvarez del Vayo, Corominas, Tranal y Moreno, todos ellos socialistas y comunistas, solicitando que se investigase la licitud de las decisiones presidenciales de disolución. Habló pasionalmente Prieto en favor de la propuesta. Y se adhirió Azaña, quien, por el camino, utilizó su uso de la palabra para hacer una especie de discurso programático de su gobierno, que contenía esta frase que, en mi humilde, no tiene desperdicio: «¿Es que se puede decir a las muchedumbres irritadas o maltratadas, hambreadas durante dos años, a las muchedumbres saliendo del penal, que tengan la virtud que otros tenemos de que no transparezcan [sic] en nuestra conducta los agravios de que guardamos exquisita memoria?». Dicho de otra forma: yo, presidente del Gobierno, sé bien que los míos, los que me votaron, andan por las calles haciendo el cabra. Pero qué quieren que les diga, pobrecitos; los han puteado y no saben ser tan ecuánimes como yo, así que dejémosles que maten, que roben, que incendien y que apaleen.

A mi modo de ver, un presidente del Gobierno espera dos minutos a ver si los que provocan disturbios son capaces de ser ecuánimes. Y si, pasados dos minutos, no lo son, saca a la calle a los de la porra, que para eso los tiene y para eso el Estado de Derecho, que no deja de ser por ello menos democrático, le ha concecido eso que los juristas llaman el monopolio de la violencia legal.

El día 7, los mismos firmantes de la proposición dan un paso más presentando otra que, directamente, insta a las Cortes a declarar ilegal la disolución de enero del 36. Tras un debate de cuatro horas en el que hubo de todo (incluso una pizpireta intervención de Gil Robles, quien vino a insinuar que si se declaraba ilegal la disolución, habría que votar otra vez, sugerencia que colocó la adrenalina de Prieto en unos niveles que ríete tú de Chernobyl), la cosa se aprobó y se preparó una notificación para el presidente más parecida al deshaucio de un sin techo que a un inpeachment. Alcalá-Zamora se negó a recibir a la comisión que fue a darle el papelito a su casa, por lo que ésta tuvo que entregársela a su secretario en el Palacio Real.

Mientras todo esto ocurría, la calle iba a su bola.

Si estáis hartos de sangre, iros de vacaciones. Esto no ha hecho más que empezar.