lunes, abril 08, 2024

Curso de arriano upper-intermediate (5): Semiarrianos, anomoeanos, aecianos, eunomianos y acacianos

El sabelianismo
Samosatenses, fotinianos, patripasianos
Arrio
Más Arrio
Semiarrianos, anomoeanos, aecianos, eunomianos y acacianos
Eudoxianos, apolinarianos y pneumatomachi



El principal problema para los semiarrianos no fueron, o no fueron en ese momento, los ortodoxos. Fueron los arrianos puros, por así llamarlos. En el tiempo de Constancio, en Antioquía se produjo un movimiento conservador, defensor de las esencias de Arrio, que generó los movimientos del aecianismo y el eunomianismo. La aparición de los CDR arrianos no hizo mucho en favor del movimiento, que acusó el golpe, en realidad, para siempre.

Entre los concilios de Nicea y Constantinopla del 381 median unos 60 años. En dicho periodo, hay trazas y testimonios de hasta 60 concilios y sínodos; y la mayoría fueron convocados por prelados semiarrianos, que buscaban con ello, cada vez más desesperadamente, apuntalar su modelo teológico, para así garantizarse lo importante, que era, es y será el control sobre la pasta.

En el concilio celebrado en Antioquía para consagrar la iglesia de Constantino (del que ya hemos hablado), en el 341, se enfrentaron dos confesiones de fe, con un intento claro de los semiarrianos de imponer su visión intermedia frente a los radicales arrianos. El tema no debió de salir muy bien, puesto que cuatro años más tarde los semiarrianos convocaron otro concilio con el mismo interés; y en ambos casos trataron de implicar al emperador Constante. En Sirmium, 351, volvieron a intentar imponer su Credo; y lo mismo en el mismo sitio, siete años más tarde.

En el año 358, Basilio, el obispo de Ancira, patrocinó un sínodo en su sede; para entonces, los semiarrianos trataban sobre todo de defenderse, puesto que Aecio y Eunomio, éste último desde el poderoso obispado de Antioquía, les estaban haciendo la cusqui a lo puto bestia, aunque sólo entre los del oficio (los curas). Basilio decidió utilizar el comodín de la llamada, pues los semiarrianos, ya os lo he dicho, estaban especialmente bien relacionados con el poder. Así las cosas, le escribieron al emperador exigiéndole que impusiera las ideas de Sirmium. En todo caso, los semiarrianos, al colocarse tan netamente en frente de los aecianos y eunomianos, sabían que se dejaban plumas arrianas. Es decir: si un día ERC basase su estrategia política en enfrentarse frontalmente con los CDR, tendría que asumir que sería acusada de abandonar las esencias independentistas. Como consecuencia, los semiarrianos comenzaron a confundirse un poco con los nicenos (o sea, con nosotros), comenzando a apuntalar la victoria final de éstos (puesto que el catolicismo oficial, la Historia lo demostraría, no hace amigos, ni prisioneros).

Los semiarrianos querían que el emperador declarase el homoiousianismo como la fe oficial, por así decirlo. Las cosas, sin embargo, no salieron así. Tanto en Ariminum como en Seleucia, los anomoeanistas empujaron fuerte. Además, apareció el macedonianismo; es decir, los desarrollos radicales del arrianismo ya no sólo se atrevían con el Hijo, sino que también iban a por el Joligós. Muchos semiarrianos, viendo su posición untenable, decidieron pasarse con armas y bagajes al único bando que podía defenderlos de la violencia arriana radical: en el 366, nada menos que 59 obispos semiarrianos se arrepintieron de sus errores, entraron en la senda nicena, y le entregaron a la Iglesia ortodoxa la pasta de sus sedes; a cambio, por supuesto, de mantener sus estatus y el coche oficial. Aunque muchos se hicieron macedónicos.

Hablando de estas tendencias de recuperación del arrianismo primitivo, que tan difícil se lo pusieron a los semiarrianos como para hacerlos capotar definitivamente, primero vamos a hablar de los anomoeanos. Si entendemos que el semiarrianismo no fue en sí una secta totalmente surgida del arrianismo (si lo fuera, no se llamaría semi), hemos de concluir que el amoeanismo fue la principal evolución del arrianismo. Su dogma fundamental es negativo: la segunda persona de la Trinidad (el Hijo) es esencialmente diferente de la primera.

El anomoeanismo, como ya os he contado, surgió más o menos en el año 350, es decir un cuarto de siglo después de Nicea, en Antioquía; y como reacción a lo que muchos arrianos consideraban una tendencia demasiado nenaza de los semiarrianos. Aecio fue el gran líder del anomoeanismo y, después de él, su discípulo Eunomio. Los teólogos e historiadores siempre han discutido si merecen ser considerados una secta nueva; esto es así porque el anomoeanismo no deja de ser el arrianismo llevado a sus últimas consecuencias. De hecho, algunas veces los anomoeanos son conocidos como exucontianos, en referencia a la afirmación de Arrio en el sentido de que hubo un tiempo en que el Hijo todavía no existía el Padre eterno, sí.

Tras el concilio de Nicea, el arrianismo más estricto perdió fuelle, en favor del semiarrianismo que, como ya os he explicado, además de ser una ideología más blanda (así, en plan Sumar teológico, que lo mismo aceptas una cosa que otra) tenía amplias conexiones con el poder político. La fuerte alianza entre el emperador Constancio y los semiarrianos devino en una fuerte campaña contra cualquier otro arrianismo. Los arrianos “puros” se convirtieron, pues, en una especie de trotskistas del arrianismo.

Esto cambió con el liderazo de Aecio y de Eunomio; pero tampoco hay que sobrarse: el anomoeanismo nunca fue un movimiento de masas; a menos que llegues tú y, después de superar este curso, vayas y lo revivas. El anomoeanismo era un movimiento muy intelectual, aunque negaba grandes porciones de misterio en la teología cristiana, lo cual teóricamente lo hubiera acercado a capas humildes. Eunomio solía decir que no había nada en la existencia divina que escapase a la comprensión humana. Negaba, pues, todas esas cosas tipo “los designios del Señor son inescrutables”, y tal. Pero, aún así, nunca superó la raya de las iglesias y monasterios.

Eunomio fue obispo de Antioquía y luego de Constantinopla. En su primer destino, su gran oponente fue Basilio de Ancira y, más tarde, Gregorio de Nisa. En el sínodo de Sirmium (357) los eunomianos parecieron acercarse a los semiarrianos; Basilio, inquieto por esa protoconfluencia, consiguió condenarlos en un sínodo en Ancira, con la ayuda del emperador Constancio; tras lo cual decidió convocar un concilio para resolver las diferencias de una vez por todas.

Este concilio, sin embargo, se partió en dos, por la decisión de dos prelados: Arsacio de Singidunum, y Valente de Mursa. De esta manera, en el año 359, como ya deberíais saber si habéis estado atentos, los prelados occidentales se reunieron en Arimino, y los orientales en Seleucia. En ambas asambleas, los anomoeanos estuvieron en franca minoría respecto de los semiarrianos. Fue por esta razón que los anomoeanos impulsaron la celebración de un sínodo propio en Antioquía, favorecido por su aliado el obispo local Acacio. Sin embargo, en el 381, cuando se reunió el crítico y fundamental concilio de Constantinopla, los anomoeanos fueron condenados en su primer canon; mientras que el séptimo canon prohibía su recepción en la Iglesia, a menos que recibiesen el bautismo ortodoxo (en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo).

Aecio era hijo de un oficial del Ejército destinado en Antioquía, que lo dejó huérfano siendo un niño. Aprendió a ser herrero y, después, aprendió rudimentos de medicina, decidiendo que ésta última sería su profesión. El obispo local Paulino II, arriano hasta las cachas, lo tomó en su protección. Algo pasó, porque a la muerte de Paulino tuvo que dejar la ciudad y establecerse en Anazarbus, donde recuperó su oficio con el metal. Allí comenzó a destacarse como todo un retórico en diversos debates. Se fijaron en él, primero un profesor de gramática que lo tomó como alumno, y después el obispo local, Atanasio. Lo enviaron a Tarso, a formarse con un sacerdote llamado Antonio; y, cuando éste fue nombrado obispo, volvió a Antioquía para estudiar con otro prelado llamado Leoncio. Leoncio fue nombrado obispo de Antioquía, y nombró a Aecio diácono en el 350. Sin embargo, por alguna razón los laicos de la ciudad estaban en contra de dicho nombramiento y, finalmente, Leoncio hubo de cesar a su discípulo.

Aecio, pues, había caído en desgracia. Pero sólo hasta el 358, cuando Eunomio fue nombrado obispo de Antioquía. Para entonces, Aecio se había enfrentado directamente con el emperador Constancio, que había tomado medidas contra él; lo cual, en un fenómeno que es universal, lo había hecho popular. Como buen enemigo de Constancio, Aecio era amigo de Juliano; y cuando Juliano llegó al poder imperial, lo nombró obispo de Constantinopla (363). Moriría cuatro años más tarde.

Aunque los aecianos son más conocidos como eunomianos, en realidad sus presupuestos teológicos fueron establecidos por Aecio. El principio fundamental es que la segunda y tercera personas de la Trinidad (Hijo y Joligós) son enteramente diferentes en esencia y voluntad de la primera, que es por ello la única detentadora de la verdadera calidad divina. Este tipo de afirmaciones hizo que fuese normalmente conocido como “Aecio el Sin Dios”. Para Aecio, no hay ni un adarme de misterio en la religión, y la teología es una mera materia de especulación intelectual, sin dependencia respecto de la revelación.

Eunomio, el discípulo de Aecio, tuvo en vida mucha más buena fama que él, además de no ser acusado de inmoral como sí lo fue su maestro. Era capadocio de origen, pero se empleó de secretario de Aecio en Antioquía cuando éste fue nombrado diácono. Eudoxio, el patriarca acaciano de Constantinopla, lo tomó bajo su protección, y pensó en él para sustituir a Eleusio de Macedonia como titular de la sede de Cyzicus, en el 360. Sin embargo, este nombramiento no gustó al emperador Constancio, que lo encontró escasamente semiarriano; así pues, fue rápidamente depuesto. Fue muy longevo y vivió hasta el 394.

Aparentemente, Eunomio era un experimentado escritor, dedicado a la causa anomoeana; buena parte de los edictos imperiales buscan la destrucción de sus obras. En una de sus principales proposiciones, Eunomio sostenía que el Hijo, pese a no ser eterno, había existido antes de la Encarnación; pero sólo con la naturaleza de un ángel, no como Dios mismo. En una reunión sinodal convocada por Teodosio en Constantinopla en el 383, Eunomio fue el representante de los anomoeanos, y allí fue a defender frente al emperador que el Espíritu Santo no era Dios ni de puta coña.

Eunomio tiene el mérito de ser el primer prelado de la Iglesia que discontinuó la costumbre de bautizar mediante la plena inmersión; además, obviamente cambió la fórmula de dicho bautismo, que él realizaba en el nombre del Creador y de la muerte de Cristo. Este cambio en el sacramento bautismal fue el que obligó al concilio de Constantinopla a dictaminar, en su canon séptimo, que los eunomianos sólo podrían ser admitidos en la Iglesia si se bautizaban comilfó. 

Para terminar con el panorama arriano y sus tres grandes alternativas, por así decirlo, tenemos que hablar algo más de lo que ya lo hemos hecho de los acacianos.

Si los semiarrianos son el punto medio entre los nicenos y los arrianos, los acacianos son un punto medio entre los semiarrianos y los anomoeanos. El acacianismo se distancia de la homoousios, pues; pero también se distancia de la afirmación de que el Hijo es una mera criatura, algo, pues, forjado por el Padre.

Acacio, el hombre que da nombre a la secta, fue obispo de Cesarea inmediatamente después de Eusebio; quien, como sabemos, fue el principal patrocinador en su tiempo del semiarrianismo. Era, según las referencias, un tipo muy activo, excelente parlamentario, por así decirlo. En tiempos de Constancio se apuntó a la reacción arriana radical contra el emperador (y contra los semi); aunque fue protegido contra las condenas del concilio semiarriano de Sardica, en el 347. Con Joviano se hizo católico niceno; pero con Valente volvió a la grey arriana. Dicen de él que, en el fondo, era un Pedro Sánchez: se le daba una higa Juana, que su hermana.

A pesar de sus maniobras, en Seleucia (359) ya todos o casi todos le habían tomado la matrícula, por lo que fue depuesto. Fue de nuevo condenado en el 365, a pocos meses de su muerte.

Como podéis ver, Acacio era un superviviente. De ese tipo de gente que es capaz de decir una cosa y la contraria en la misma frase. Por eso era ideal para sostener una posición intermedia entre el arrianismo radical y el blando.

Los acacianos acudieron a un concilio en el año 363, bajo Joviano, convocado por Melecio, entonces obispo de Antioquía. Allí aceptaron hacer profesión de fe nicena, simplemente matizando que, para ellos, la expresión “consustancial” (el Hijo es consulstancial al Padre) meramente significaba que el Hijo había sido engendrado por el Padre desde su esencia y, por lo tanto, en esencia el Hijo era como el Padre. En otras palabras: se buscaron un tecnicismo para decir que las dos personas eran consustanciales sin serlo. ¿Era o no era Pedro Sánchez?

Con el tiempo, los acacianos, cada vez más presionados por semiarrianos y ortodoxos, acabaron por aceptar la idea de que el Hijo era como el Padre, pero sin más matices para no pillarse los dedos. De hecho, el Credo acaciano que se nos conserva es un prodigio de polisemia teológica: 

[Tras la confesión de creencia en el Padre, que no presenta problema] 
Creemos también en nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios,
engendrado por Él sin pasión, antes de todos los tiempos,
el Dios Palabra, Dios de Dios, Luz de Vida sólo engendrada,
Sabiduría y Virtud por la cual todas las cosas fueron hechas,
que está en el Cielo y en la tierra, visible e invisible.
Creemos que Él ha asumido la carne de la Bienaventurada Virgen al final del mundo
para lavar el pecado, y que fue hecho 
hombre, que sufrió por nuestros pecados,
se levantó y habiendo ascendido a los Cielos está sentado a la derecha del Padre
y volverá en gloria para juzgarnos. Creemos también en un Espíritu Santo,
a quien nuestro Salvador y Señor Jesucristo llamó el Paracleto,
y prometió que lo enviaría a los apóstoles tras su partida,
a quien Él envió y a través de Él santifica a los creyentes de la Iglesia
que son bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

43 obispos firmaron este Credo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario