lunes, noviembre 26, 2018

Después de Hitler (3: Monty, el simpático)

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El hundimiento
De Krebs a Demnin


La situación en el norte de Alemania, la única zona donde el gobierno alemán conservaba algo de control, era muy cambiante. Para empezar, las carreteras y ciudades se llenaron de refugiados, puesto que los alemanes residentes en poblaciones más orientales huyeron en masa de los rusos, de los que intentaban no caer prisioneros. Para seguir, el terreno, como zona de guerra, experimentaba la presión de las tropas aliadas.

Uno de los teatros de la lucha era la ciudad silesia de Breslau. Como es bien sabido, en Yalta Iosif Stalin había hecho prevalecer frente a sus aliados el criterio básico de que la URSS debería hacerse con una parte del territorio oriental de Polonia, país que sería compensado por esa pérdida mediante la ganancia de terreno a su oeste, esto es, a costa de Alemania. Entre estas ganancias se encontraba Breslau, ciudad y entorno que, como resultado de este acuerdo, debía ser formalmente entregada a las tropas polacas, mientras que la población alemana procedería a ser expulsada. Sin embargo, para poder llevar a cabo estas previsiones, lógicamente, antes había que tomar la ciudad.

Silesia en general, y Breslau muy en particular, era un territorio que se caracterizaba por ser devotamente nazi. El líder local del NSDAP, Kard Handke, se las había arreglado para generar toda una fortaleza en la zona, de forma que había sido capaz de resistir asedios ya muy fuertes. A pesar del constante bombardeo de la ciudad, las tropas alemanas disputaban Breslau calle a calle, por lo que el 1 de mayo el VI Ejército soviético todavía no había sido capaz de someterla. La tarde de aquel día, en Breslau como en otros lugares de Alemania, la población pudo escuchar en la radio el anuncio de la muerte de Hitler que, de todas formas, se vendió como la heroica muerte de un líder militar al frente de sus tropas de la Cancillería.

En Londres, la noticia le llegó a al primer ministro Churchill en el momento en que se dirigía a almorzar con lord Beaverbrook, un aristócrata con muchos intereses en medios de comunicación.

En muchos lugares donde permanecía la lucha, como Breslau, a la impresión inicial (en general, la noticia de la muerte de Hitler fue recibida en medio de un silencio espeso) siguió la convicción de que se haría necesario seguir resistiendo. Sin embargo, éstas fueron, muchas veces, meras admoniciones retóricas que no se compadecen con la realidad. Los muchos testimonios que nos han llegado de militares aliados vinculados a la lucha nos hablan de una jornada del 2 de mayo, la resaca de la muerte de Hitler, en la que, en muy diversos frentes, las tropas alemanas se rindieron a miles. La tendencia era especialmente visible en el caso del frente occidental pues, como ya hemos explicado, las tropas alemanas eran mucho más proclives a rendirse ante americanos e ingleses que ante los soviéticos.

Aquel 2 de mayo, el XXI Cuerpo de Ejército del mariscal de campo Montgomery estaba cruzando el Elba, a la búsqueda de dos importantes puertos bálticos: Lübeck y Wismar. Para entonces, Montgomery ya sabía que el mariscal Rokossovsky estaba empujando en el mismo territorio desde el otro lado, por así decirlo. Si lograsen conectar ambos frentes aliados, el inglés tenía la expectativa de cortar la retirada de los alemanes y, sobre todo, de pillar sin salida al III Ejercito Panzer alemán, famoso por su acometividad. De esta manera, se impediría el reagrupamiento de tropas alemanas en Schleswig-Holstein, que era lo que pretendía Dönitz para poder consolidar allí una estructura de gobierno alemán bajo su mando.

Montgomery, sin embargo, tenía serias diferencias estratégicas respecto de sus mandos. Tanto Winston Churchill como Alan Brooke, su JEMAD por así decirlo, no apreciaban urgencia en actuar contra el reagrupamiento alemán, que juzgaban débil en todo caso (no será la única vez que hablemos de escasa valoración aliada hacia las estrategias de Dönitz); y, sin embargo, estaban más preocupados por las ganancias de territorio que pudieran tener los soviéticos, conscientes como eran de que, por así decirlo, todo lo que tomasen, ya no lo devolverían. En juego estaba, sobre todo, en lo que hoy conocemos, y entonces ya se conocía, como Dinamarca; un país que bien pudo acabar bajo la influencia soviética si la última mano de la segunda guerra mundial se hubiera repartido de otra manera. Churchill ni siquiera había podido imaginar en Yalta que Dinamarca pudiera estar en el juego de influencias del futuro Telón de Acero, pero en abril de 1945 ya era consciente de ello, y por ello le había enviado a sus jefes militares una directiva (el día 19) en la que les había dicho que era imperativo llegar a Lübeck antes de los rusos, puesto que consideraba que quien tuviese Lübeck, habría comprado la llave de Dinamarca.

Para el primer ministro británico era suficiente, por así decirlo, con una cagada: la que había cometido Eisenhower por partida doble cuando había renunciado a Berlín y, además, se lo había comunicado a Stalin sin siquiera consultar con el Estado Mayor británico (bueno, la verdad es que lo más probable es que no les consultase porque ya sabía lo que le iban a decir). Churchill sabía que las ambiciones rusas sobre Dinamarca eran legendarias (ya el almirante Nelson les había tenido que parar los pies) y, si durante la conferencia de Yalta había conseguido, más o menos, mantener las formas frente a los soviéticos, en las semanas posteriores había ido perdiendo la paciencia. A pesar de que la conferencia crimea se había disuelto entre amorosas promesas de colaboración, apenas unos días después, a principios de marzo, Churchill se había encontrado con la imposición por la fuerza del gobierno Graza en Rumania, un claro movimiento soviético que le provocó un cabreo importante. Días después, para colmo, los rusos habían liberado Viena del poder de los alemanes, y habían instaurado allí un gobierno procomunista, por no mencionar los movimientos en pro del gobierno de Lublin en Polonia. Por lo demás, el primer ministro británico seguía invirtiendo muchos recursos en asegurar posiciones en el Mediterráneo, un frente que desde el punto de vista bélico había perdido toda su importancia, llevado por su obsesión por hacer caer a Grecia del lado occidental (cosa que bien fácilmente pudo no ocurrir, y que habría provocado que hoy Grecia, que parece que tiene unos problemas de la hueva y tal, fuese apenas capaz de exhibir las cifras macroeconómicas y de desarrollo de Rumania o Bulgaria).

En todo caso, ahora que uno de los principales frentes responsabilidad de los aliados occidentales: Italia, claramente estaba perdiendo presión, para los ingleses había llegado, claramente, el momento de fijarse en el tema danés.

Sin embargo, en Londres tenían que tener en cuenta que su palabra cada vez tenía menos peso en las discusiones entre aliados. Desde el Día D, esto es el desembarco de Normandía, Estados Unidos se había convertido ya, de largo, en el principal participante en los aliados occidentales, tanto en hombres como en material. Esto, de por sí, ya era un problema para los estrategas británicos a la hora de tratar de imponer sus apreciaciones. Pero, es que, además, había otro, que era el propio mariscal Bernard Montgomery.

Nardo fue nombrado, es sabido, comandante en jefe de las fuerzas de tierra en Normandía. Su nombramiento, desde el principio, se hizo con el espíritu de provisionalidad, pues todo el mundo, dentro y fuera de Londres, tenía asumido que en cuanto Eisenhower tocase Europa con ambos pies, Monty debería resignar su mando supremo. Esto, lo he dicho, todo el mundo lo tenía asumido, salvo el propio Monty. En noviembre de 1944, la manía del inglés de hacer lo que le salía de su imperial glande había provocado ya tantos enfrentamientos con su comandante en jefe que, en realidad, estaba a punto de ser cesado, y si siguió en el puesto fue porque su jefe de Estado Mayor, Freddie de Guingand, iba detrás de él barriendo la mierda que iba dejando. Sin embargo, las cosas no mejoraron. En enero de 1945, en plena batalla de Bulge, o como mejor lo conocemos la batalla de las Ardenas, Montgomery concedió una rueda de prensa en la que se despachó sobre los mandos estadounidenses con un lenguaje y una actitud tan displicente que muchos de éstos incluso le retiraron la palabra. Uno de los peores parados en aquellas críticas fue el general Omar Bradley, jefe del XII Cuerpo de Ejército y, lo que es mucho más importante, la mano derecha de Eisenhower. Muy jodido el tema.

Sea como sea, como ya hemos apuntado a finales de abril la situación en Italia cambió de forma significativa, cuando un ataque combinado en el valle del Po hizo la defensa de la península imposible para los alemanes, y éstos se avinieron a negociar una rendición incondicional. La firma quedó pendiente de ratificación por Albert Kesserling, comandante en jefe de todas las tropas alemanas en el sur de Europa; Kesserling esperó un poco, pero el 2 de mayo, ya con la noticia de la muerte de Hitler, decidió ratificar. La rendición de Italia, en todo caso, fue oxígeno para Churchill. No sólo fue firmada por un militar británico (el mariscal Harold Alexander, comandante de las fuerzas aliadas en la península), sino que sirvió para transportar tropas británicas hacia el teatro austriaco, buscando con ello contrarrestar la creciente influencia soviética en el territorio.

De hecho, un signo de que la rendición de Caserta fue una gran noticia para los aliados occidentales en general y los británicos muy en particular es el hecho de que la noticia se recibió sin alharacas en los cuarteles generales moscovitas. Los estrategas de Stalin, probablemente, sabían lo que ocurriría inmediatamente. Y ocurrió. Churchill prácticamente le ordenó a Alexander que, nada más firmar la rendición, se subiese al jeep y se fuese con sus tropas cagando melodías hacia Trier, o Trieste si lo preferís, para tomar el full control de la ciudad. En el ajedrez europeo, el premier británico quería bloquear el avance de piezas enemigas, más en concreto de las tropas partisanas yugoslavas de Iosif Broz, llamado Tito incluso por quienes no eran sus sobrinos. Churchill había dicho grandes cosas de Tito y por supuesto había aceptado su gobierno en Belgrado; pero, vista su tendencia procomunista, ni de coña estaba dispuesto a otorgarle más puertos en el Adriático. Sin embargo, para cuando las unidades neozelandesas que combatían en Italia lograron llegar a Trieste, se encontraron a los titoístas allí.

Estos ejemplos ilustran bien cómo, para entonces, había una guerra dentro de la guerra, cuyo objetivo era reducir en lo posible la expansión de la zona de influencia comunista en Europa. Y la costa báltica era fundamental para ello. El 30 de abril, los aliados occidentales habían tomado Bremen y estaban cruzando el Elba. Una parte de las fuerzas avanzaba hacia Hamburgo, y la otra, el II Ejército, lo hacía hacia Lübeck; el objetivo era llegar a Wismar y Schwerin antes que los soviéticos.

Éste era el planteamiento de los estrategas. Sin embargo Montgomery, que al fin y al cabo era el tipo que estaba sobre el terreno y tenía que darse las leches, consideraba que no tenía medios suficientes para hacer lo que se le pedía. En marzo, tras cruzar el Rhin, los efectivos estadounidenses integrados en las unidades de Montgomery habían sido desviados a otros cuerpos, obligados por el mantenimiento de la resistencia alemana en parte de los Países Bajos. Además, Eisenhower le había quitado el IX Ejército estadounidense para integrarlo en el XII Grupo de Ejércitos de Bradley; algo a lo que, probablemente, no era ajena la tirria que Omar le tenía al inglés, por razones que ya hemos visto. Montgomery estaba convencido de que el plan de Reims era apartar a los ingleses a labores de flanco, mientras ellos realizaban ya todas las conquistas. Alan Brooke fue más claro aun en sus escritos, opinando que las “visiones nacionalistas” estaban complicando la efectividad de los aliados occidentales, y de su avance.

Nunca sabremos, creo yo, hasta qué punto esto es cierto. Que durante las semanas que van de febrero a mayo de 1945, los movimientos del SHAEF fueron masivos a la hora de recolocar, por así decirlo, unidades estadounidenses bajo el mando de militares estadounidenses, es algo que está fuera de toda duda. Sin embargo, la versión de los ingleses, que lo hicieron a la mayor gloria de su país, no tiene por qué ser la única. Bernard Montgomery se había desplegado con tanta displicencia, cuando no directa falta de respeto, con muchos de esos mandos que no pocos de ellos, sobre todo los intermedios, simplemente no querían estar bajo su bandera. No lo soportaban y, lo que es peor, tenían la sensación de que ya no había ninguna razón para que tuvieran que soportarlo. Y éste es otro frío e incontestable dato: Bernard Montgomery era un tipo insoportable. El Sheldon Cooper de los militares de la segunda guerra mundial.

2 comentarios:

  1. Como Trier o Tréveris (en Alemania) y Trieste (hoy en Italia) son dos ciudades diferentes y distan mil kilómetros entiendo que el sentido de la frase era "Triest, o Trieste si lo preferís". También podría usarse "Trst", el fascinante nombre eslávico y sin vocales de la ciudad.

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