lunes, diciembre 10, 2018

Después de Hitler (5: Dönitz)

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Como ya hemos contado en estas notas, la última persona en la que Hitler confió antes de morir fue Karl Dönitz. Su gesto, completamente inútil, de enviar a un grupo de cadetes de marina a Berlín para que colaborasen en la defensa del Führer lo conmovió; así pues, en el marco del final de un régimen en el que Hitler se sentía traicionado por todos quienes habían sido su entourage menos Göbels, decidió encomendarle al almirante la labor de continuar la guerra o de encontrar una paz honrosa. A Dönitz quien le comunicó la noticia fue Martin Bormann quien, sin embargo, tardó cosa de un día en completar dicha información con el dato de que Hitler se había suicidado. La única razón para este rechazo tiene que ser que Bormann tuviera ambiciones de mantener una influencia y un poder en el nuevo Estado después de Hitler. Sin embargo, como sabemos Bormann no fue capaz de salir de Berlín, aunque todavía en los años setenta del siglo pasado había periodistas mistabobos que se hacían pajas con la idea de que hubiese huido y estuviese en algún lugar de Argentina bailando milongas.
El gobierno Dönitz tuvo una breve existencia, apenas tres semanas, hasta que incluso su jefe fue simple y llanamente detenido. Formalmente hablando, nunca fue un gobierno desde el punto de vista los aliados, puesto que no lo reconocieron como tal. El 3 de mayo, unas cuarenta y ocho horas después de que Dönitz anunciase la muerte de Hitler, los aliados todavía estaban tratando de digerirla, como igualmente trataban de digerir la información, ya en esos momentos para ellos mucho más importante, de que ni Himmler ni Göring eran ya nadie en el Partido y en el Estado alemán. Para la mayoría de los estrategas, de hecho, y esto es algo que en principio le vino bastante bien, Dönitz era simplemente el militar de mayor rango al que le había caído el marrón del final de la guerra tras la muerte de su comandante en jefe. Era la idea que les permitía hacer coherentes los hechos, porque la verdad es que el nombre de Karl Dönitz les había pillado completamente por sorpresa.

Para cualquier fino observador desde dentro del mundo que rodeaba a Hitler en los primeros meses de 1945, sin embargo, la decisión no aparecería como tan extraña. Dönitz, en el momento en que fue nombrado, llevaba ya semanas reportando directamente al Führer. La principal razón para esta cercanía no era otra que la progresiva convicción nazi del almirante. Los subordinados de Dönitz se quedaban impresionados del chute de optimismo nacionalsocialista que se apoderaba de su jefe cada vez que se entrevistaba con Hitler. Era como si el canciller lo mesmerizase cada vez que lo viese, convirtiéndolo en un militar repentinamente convencido de que la guerra se podía ganar con dos de pipas. Los cambios del propio Dönitz se pueden apreciar en sus discursos y soflamas públicas, en los que, cada vez más, el fervor militar comparte camarote con las convicciones nacionalsocialistas; él que, en realidad, había entrado en el NSDAP apenas en 1944. De hecho, era uno de los grandes defensores del adoctrinamiento político dentro de las Fuerzas Armadas, que no era otra cosa que lo que Hitler siempre había deseado, pero muchos militares de alto rango le habían ido negando de palabra, obra y, sobre todo, omisión.

La última vez que se vieron cara a cara Dönitz y Hitler fue en el cumpleaños de éste último, el 20 de abril; el almirante fue uno de los pocos que pudo disfrutar de la prez de una audiencia personal con el homenajeado. Dönitz siguió en Berlín dos días, hasta el 22, día en el que se fue a la ciudad alemana con nombre de hostia tonta, Plön, en el norte. Hitler, para entonces, se había percatado de que los aliados estaban ya muy cerca de romper el Reich en dos. Por ello, había decidido otorgar al mariscal Albert Kesselring el mando de las tropas del sur (razón por la cual fue éste quien tuvo que rendir Italia), y a Dönitz las del norte. El almirante, por lo tanto, adquirió el mando sobre el norte de Alemania, Dinamarca y Noruega.

En su mando militar, el almirante hizo, sin duda, lo que Hitler esperaba de él. El 25 de abril, en una reunión estratégica en la que surgió la idea de una posible rendición, Dönitz zanjó el asunto afirmando que ésa era una decisión que sólo podía tomar Hitler personalmente. El 27 de abril fue cuando tuvo el gesto de enviar a unos cuantos cadetes navales a la muerte segura en un Berlín que era ya indefendible.

En realidad, y aquí entramos en el campo de las conjeturas y las opiniones personales, Dönitz, cuando menos en mi opinión, se dejó llevar en exceso por su ardor guerrero nacionalsocialista y le generó a su jefe unas expectativas exageradas, probablemente buscando con ello ganar predicamento ante el mando. Así, a finales de febrero le hizo llegar a Hitler un informe sobre la situación de la industria y de las fuerzas submarinas del Reich que pecaba, digamos, de un optimismo digno de mejor momento. Hablaba Dönitz de la posibilidad de concebir un modelo de submarino que no necesitaría salir a la superficie, y que por lo tanto se haría imposible de detectar por las marinas enemigas. Hablaba de la posibilidad de que tal avance cambiase el signo de la guerra “en un momento”. El informe de febrero concluía diciendo que se hacía necesario resistir a cualquier coste para permitir ese desarrollo.

No hay duda de que éste fue uno de los elementos que pesaron en la mente de Hitler a la hora de insistir en la necesidad de resistir a cualquier coste. Eso, por no mencionar la operación de mantenimiento del pocket de Curlandia, que se extendió incluso más allá de que los aliados hubiesen entrado ya en Alemania, entrada que no pudo ser contestada por 200.000 soldados alemanes, ya que quedaron atrapados allí. Hay una cantidad bastante respetable de abueletes y abuelitas alemanas, que jamás llegaron a serlo, que pueden agradecerle su no-existencia a estos dos pollos y sus masturbaciones.

En el curso de los últimos días de la vida de Hitler, y en paralelo, se produjo toda una pelea soterrada por el poder en el Reich por parte de Dönitz y Göring. El primer candidato para suceder a Hitler era, sin duda, Göring, como bien sabemos porque el propio Hitler dijo que confiaba en él para que negociase la paz. Sin embargo, la intentona del prusiano de tomar el poder demasiado pronto lo había malquistado con Hitler, quien, tras esa decepción, no tuvo que mirar muy lejos para encontrar a otro candidato que llevaba ya semanas trabajándose la nominación como número dos, o sea número uno en el caso de que Hitler desapareciese. Sin embargo, no todo eran rosas en el pensamiento de Hitler sobre su sucesión.

Un detalle que con los años no tiene importancia, pero que en su momento fue casi crucial, fue que la decisión de Hitler fue nombrar a Dönitz presidente del Reich. Esto quiere decir que ni lo nombró canciller ni lo nombró Führer, Jefe, dando quizás a entender que ese tipo de molde se rompía con él. En todo caso, lo que sí se hace evidente, tanto por los testimonios como por los resultados efectivos del nombramiento, es que el deseo de Hitler era nombrar a alguien que no aceptase el principio de que había que disolver el NSDAP. Como sabemos, en realidad ése era el proyecto de mucha gente, incluso de conspicuos nazis como Himmler, cuya idea era fundar un nuevo partido, con él al frente, que de alguna manera fuese diferente del NSDAP. Hitler sabía, sin embargo, que Dönitz jamás disolvería al partido único y jamás desbastaría al Reich de sus encofrados nacionalsocialistas; y Dönitz no lo defraudó.

En la Academia Naval donde Dönitz emplazó su fantasmagórico gobierno (situada en Mürwik, a las afueras de Flensburgo) se colocaron fotos de Hitler hasta en los cagaderos. Por lo demás, en la lista de ministros del almirante no faltaron los nazis de pura cepa, auténticos tempranillos nacionalsocialistas. El más claro mensaje nazi que lanzaba aquel gobierno era la inclusión en la lista de Otto Ohlendorf. Ohlendorf, un líder de las SS, había sido el comandante del Einsatzgruppe D, una temible fuerza armada que había practicado el genocidio a lo bestia en el sur de Rusia y en Ucrania contra judíos y eslavos. Este personaje fue nombrado asesor principal en asuntos económicos. Como ministro de Industria, Dönitz nombró al arquitecto de cámara de Hitler, Albert Speer. Durante días dejó libre el puesto de ministro del Interior, en lo que mayoritariamente se ha interpretado como un movimiento en el que el almirante estuvo pensando en nombrar a Himmler. Sin embargo, lo más probable es que en los contactos con los aliados, éstos le dijesen que si a Ohlendorf se unía Himmler, entonces se limitarían a entrar en Flensburgo con el cuchillo de capar entre los dientes, y ni negociación ni hostias. Así las cosas, Dönitz nombró ministro del Interior al responsable de Cultura, Wilhelm Stuckhart, aunque al parecer todavía escuchaba a Himmler.

Con todo, el principal miembro del gobierno, como es lógico, sería el ministro de Asuntos Exteriores. El único que de verdad tendría cartera. Este nombramiento recayó en el conde Johann Ludwig Graf Schwerin von Krosigk. Krosigk era un conocido de los amigos de los gobiernos del Reich, pues había sido ministro de Finanzas de Hitler. Aceptó ser ministro el día 3 y, automáticamente, se aplicó a poner en marcha una estrategia basada en evitar en lo posible los peligros del bolchevismo. La idea era acabar la guerra por fascículos, mediante pequeñas rendiciones y siempre ante las fuerzas aliadas occidentales, posponiendo con ello la rendición incondicional y completa lo más posible. La idea era la de siempre: dar tiempo a las fuerzas alemanas luchando contra tropas soviéticas para llegar a terrenos donde el control correspondía a fuerzas anglobritánicas. Para apoyar esta esta estrategia, Krosigk y Dönitz montaron un Estado Mayor en el que estaban presentes el mariscal de campo Wilhelm Keitel, jefe del Ejército; y el general Alfred Jodl, jefe de Estado Mayor; ambos personas de confianza de Hitler, en la medida en que Hitler podía confiar en otros militares.

El gobierno Dönitz quedó establecido en Mürwik el 3 de mayo. El 4 de mayo, Dönitz emite su primer decreto, confirmando la sentencia de muerte en la persona de un soldado que había criticado a Hitler. Y hay que decir que, dado que la alemana es una de las burocracias más eficientes que existen, el 9 de mayo, ya con la guerra terminada, el Alto Mando de la Marina todavía evacuó la preceptiva consulta para confirmar que la ejecución se había producido; la verdad, como se había producido, nunca sabremos si, en el caso de que no hubiera sido así, todavía habría ordenado que se llevase a cabo.

A este innominado soldado (innominado para mí; estoy seguro de que la orden de Dönitz estará en algún rincón del internet, pero no he logrado encontrarla) le podían haber salvado la vida los aliados. En efecto, contando siempre con la ventaja del paso del tiempo y todo eso, han sido muchas las voces que en los últimos 73 años han clamado contra el hecho de que Eisenhower no ordenase dar el golpe de gracia en Flensburgo no más tarde del 2 o el 3 de mayo. Para estos intérpretes de la Historia, yo creo que no les falta razón, el tono descaradamente nacionalsocialista de los discursos de Dönitz, unido sobre todo al nombramiento de un asesino en serie como Ohlendorf, había sido motivo suficiente para que los combatientes del frente occidental acabasen con la milonga aquélla del nuevo gobierno del Reich, deteniendo a todos sus integrantes. Ocurre muy a menudo, sin embargo, que cuando alguien quiere algo de los Estados Unidos, se encuentre con que los Estados Unidos, en realidad, prefieren estar a otra cosa. Y esto es exactamente lo que estaba pasando en las primeras horas de mayo de 1945.

Y, la verdad, en parte, hay que entenderlos. Dönitz no había sido nadie en la estructura de poder de Hitler; así pues, resultaba muy difícil de creer en los cuarteles generales anglobritánicos que fuese, verdaderamente, quien estuviera partiendo el bacalao. En Reims, sede del alto mando de Eisenhower, la prioridad no era detener a Dönitz, sino detener a Himmler y a Göring, quienes lógicamente eran vistos como las dos personas con una mayor capacidad de movilización de devotos nazis. Para los estadounidenses, el gobierno Dönitz era una noticia menor y, consecuentemente, era un negociador menor.

En lo que se refiere a los británicos, su XXI Grupo de Ejércitos estaba situado ya en Luneburgo, aproximadamente a unos 45 kilómetros al sureste de Hamburgo. De hecho, la VII División Blindada británica estaba ya en las afueras de esta última ciudad, lo cual quiere decir que Flensburgo les quedaba unos 100 kilómetros al norte. Por lo tanto, si recibían la orden de acercarse a Flensburgo a detener a los tipos que estaban allí, probablemente lo conseguirían en muy poco tiempo. Sin embargo, recibieron órdenes de quedarse quietos. La orden, lógicamente, venía de su jefe, Winston Churchill. El primer ministro británico llegó a la conclusión de que podía haber alguna ventaja para ellos en la conservación de este gobierno fantasmagórico, y por eso dio la orden: let it rip, déjenlo estar.

En Flensburgo, el almirante se dio rápidamente cuenta de que no lo estaban tomando muy en serio y de que nadie, en realidad, se estaba planteando la posibilidad de negociar con él. Así pues, decidió dar un paso hacia delante. El 3 de mayo, envió un mensaje a los británicos en el que les ofrecía la rendición de Hamburgo. Le encomendó al almirante Georg von Friedeburg, que lo había sustituido como Jefe de la Marina, para iniciar negociaciones con el XXI Cuerpo de Ejércitos. Negociaron durante el día entero hasta que pactaron la rendición con efectividad a las seis de la tarde.

En esas horas, la estrategia del gobierno alemán quedó patente pues, al mismo tiempo que se rendía Hamburgo, amenazada por los británicos, se daba la orden de resistir hasta el último momento en Breslau, ciudad atacada por las tropas soviéticas. Dönitz, claramente, lanzaba su estrategia basada en soltar presión por un lado para incrementarla por el otro.

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