Brest-Litovsk 2.0
La ratonera de Kiev
Cambian las tornas
El deportador que no pudo con Zhukov
La sociedad Beria-Malenkov
A barrer mingrelianos
Movimientos orquestales en la cumbre
El ataque
El nuevo Beria
La cagada en la RDA
Una detención en el alambre
Coda
A partir de mañana comienzo mis vacaciones. Esto supone que desmonto el chiringo de teletrabajo y, por lo tanto, dejo de tener capacidad de colgar posts. A la vuelta remataremos esta serie.
Otro
elemento fundamental del nuevo Beria es que se convirtió en un
defensor de las nacionalidades no rusas. En Georgia, impulsó una
resolución que declaraba la presunta conspiración mingreliana
“descubierta” durante la etapa de Stalin como una ful. El 14 de
abril, el pleno del Comité Central local echó a Mgeladze y lo
sustituyó por Alexander Iordanovitch Mirtskhulava, un mingreliano
total. De los once miembros del Comité nombrados en 1952, cuando
Stalin fue a por Beria, no quedaron más que dos que, además, fueron
rebajados a miembros candidatos. Sustituidos por berianos, claro.
Al
día siguiente, el Soviet Supremo de Georgia montó una crisis de
gobierno en toda regla. Echaron a Zakhary N. Ketskhovely para poner a
Valerian Bazradze, beriano de pro. Baramiya resucitó para ser
ministro de Agricultura; Rapava salió de prisión para ser ministro
de Seguridad del Estado. Zodelava fue nombrado viceprimer ministro; y
Dekanozov fue ministro de Asuntos Internos. Estos tipos, que habían
perseguido, torturado y puteado en modo experto, por lo visto eran
los que iban a limpiar Georgia.
Pero
a ello se aplicaron. Iniciaron una caza de brujas a gran escala de
todos los que habían tenido relaciones con Stalin, excepto Beria,
claro. A Mgeladze le salió un caso de corrupción cuando era el
secretario del Partido en Abjazia, por el que fue condenado.
Beria,
por otra parte, era consciente de su política nacionalista podía
segar la hierba debajo de los pies de Khruschev pues su contrario, al
fin y al cabo, era ucraniano. En abril de 1953, colocó a su amigo
Pavel Iakolevitch Meshik al frente de la MVD de la república, con
otro viejo conocido, Solomon Milshtein, como segundo. Estos dos
hombres iniciaron una serie de ceses en la MVD, básicamente quitando
a rusos y poniendo a ucranianos.
Lavrentii
Beria puso el foco en la Ucrania menos rusa, es decir la occidental.
Hizo que Meshik contactara con el jefe de la policía en el oblast
de Lvov, Timofei Amvroslevitch
Strokach, para que le hiciese un informe sobre la densidad de
ucranianos étnicos entre los cuadros del Partido, así como el uso
de la lengua ucrania en teatros y escuelas. A Strokach aquello le
pareció raro, así que le fue con el queo a Zinovie Timofeyevitch
Serdiuk, el jefe del Partido en Lvov, quien fue más arriba y se lo
contó al primer secretario del Comité Central ucraniano, Leónidas
Georgievitch Melnikov. Melnikov, aunque reconoció que la petición
era extraña, le aconsejó a Serdiuk que se cumpliese la orden, pues
sospechaba que venía de Beria, y no quería jugársela con él.
Serdiuk, sin embargo, era un hombre cercano a Khruschev, así que
puso tantos palos en las ruedas que al final, como Melnikov le había
anunciado, fue arrestado.
Beria
se quitó la máscara semanas después con un informe, elaborado con
la información recibida, destinado a criticar muy seriamente la
labor de los cuadros comunistas en Ucrania, especialmente la excesiva
presión rusificadora. Propugnaba el nombramiento de ucranianos y el
uso del lenguaje ucraniano. El 26 de mayo, el Comité Central del
PCUS aprobó una resolución contra la labor realizada en Ucrania y a
favor del cese de Melnikov. Del 2 al 4 de junio se reunió el pleno
del Comité Central ucraniano, que aprobó el cese de Melnikov, que
fue reemplazado por Alexei Kirichenko.
Beria
quería más. En su intento por ganarse a los ucranianos, consciente
de que si Ucrania se ponía de su lado Khruschev perdía gran parte
de su fuerza, se planteó, ahora, nada más y nada menos que resolver
el problema religioso. El metropolitano de la Iglesia Greco-Católica
Uniate, Josif Slipyi, estaba preso y fue liberado. A continuación,
emisarios de Beria comenzaron a negociar con él la posible
legalización de la Iglesia uniate en Ucrania occidental y, más
allá, la normalización de relaciones entre la URSS y el Vaticano.
Beria sabía bien lo radicalmente contrario que había sido a los
uniates Khruschev cuando había sido secretario general del Partido
en Ucrania. Con la caída de Beria, Slipyi fue exiliado y, por
supuesto, las conversaciones fueron detenidas.
Laventii,
en todo caso, intentó extender su programa de nacionalidades a otras
repúblicas. Elaboró informes sobre Bielorrusia, Lituania, Letonia y
Estonia. Anastas Snechkus, el longevo secretario general del Partido
en Lituania (34 años), dijo, tras la caída de Beria, que el plan de
éste era crear una animadversión radical entre lituanos y rusos. En
Bielorrusia, Beria echó al jefe local de la MVD,el general ruso
Milhail Ivanovitch Baskakov, para nombrar a cargos locales. Acto
seguido, se libró de Nikolai Semionovitch Patolichev, jefe del
Partido en Bielorrusia, dejando el Partido básicamente en las manos
de un local: Milhail Vasilievitch Zimianin.
Según
Khruschev, estos movimientos le inquietaban a él pero, sin embargo,
no provocaban grandes problemas en el Presidium. Sin embargo, el
ucraniano comenzó a presionar a Malenkov, hasta que consiguió
convencerlo de que uniesen fuerzas contra él. Al parecer, Beria
había propuesto que se construyesen dachas para todos los miembros
del Presidium en la ciudad georgiana de Sukhumi. Malenkov no veía
mal la idea, quizás porque todavía no había probado ni el vodka ni
las putas georgianas. Pero Khruschev le hizo ver que esos planes de
construcción iban a dejar a mucha gente sin casa y, por lo tanto,
serían impopulares. Beria, le dijo, nunca construirá su dacha;
construirá la tuya, y luego la usará para desacreditarte, cosa que
le será muy fácil porque, tratándose de Georgia, juega en casa.
El
gran resbalón de Beria, sin embargo, fue la Alemania oriental. El
paraíso de Karl Liebnecht no valía ni para infierno.
Económicamente, la RDA iba de culo, faltaba de todo, y eso había
causado la huida de medio millón de habitantes en apenas tres años.
La principal causa de aquello era el empeño de Walter Ulbricht de
hacerse un Stalin y haber lanzado un plan de colectivizaciones e
industrialización en muy poco tiempo, que había gripado el país.
Al
funeral de Stalin, Ulbricht fue, más que a cualquier otra cosa, a
decirle al Presidium eso de es muy
triste pedil, pero es más triste robal.
Los jefes soviéticos, que bastante tenían con mantener sus anos
limpios, le dijeron que y una gallinácea como un objeto de menaje.
Le dijeron que lo mejor que podía hacer era frenar la construcción
del socialismo alemán; pero eso Ulbricht ni podía ni quería
hacerlo, teniendo como tenía ya a su mafia de comunistas bien
construida, viviendo a base de schnapps y meretrices. De hecho,
impulsó un incremento del ritmo de industrialización del 10%.
El
27 de mayo de 1953, el Presidium del Consejo de Ministros soviético
celebró una reunión para discutir la situación alemana. El 2 de
junio, produjo un documento, Medidas
para mejorar la situación en la RDA,
firmado por Beria. Se recomendaba abandonar la construcción del
socialismo a pelo puta; trabajar para crear una Alemania
independiente y pacifista; fomentar el cooperativismo agrario;
eliminar la hostilidad al capital privado; mejorar el sistema
financiero; mejorar los derechos individuales y eliminar las
injusticias judiciales.
Varios
líderes soviéticos no comulgaban con ese documento y, de hecho,
forzaron que se matizase bastante en algunos de sus capítulos.
Consideraban que Beria estaba marcando una hostilidad global hacia la
construcción del socialismo, y pretendía que la RDA fuese una
especie de Estado neutral. Sin embargo, terminaron apoyando la
estrategia por la necesidad que introducía la gravísima situación
del país.
Ulbricht
estuvo en Moscú a principios de junio. Los alemanes, impasible el
ídem, presentaron un programa mucho más blando y menos ambicioso.
Se montó la mundial. Finalmente, los alemanes fueron poco menos que
obligados a presentar el que ya se conocía como Documento
Beria ante el Politburo de la RDA,
cosa que pasó el 5 de junio. En paralelo, el 28 de mayo los
soviéticos habían retirado el mando militar de su Alemania,
llamando a Moscú al mariscal Vasili Ivanovitch Chuikov. Fue
sustituido por un civil, Vladimir Ivanovitch Semenov, bastante
cercano a Beria. Se rumoreó que Moscú, de hecho, quería cesar a
Ulbricht, y que tenía para ello calentando en la banda a Rudolf
Herrnstadt, también hombre de Beria, además de estrecho colaborador
de Wilhelm Zaisser, jefe de la policía de seguridad y, en la
práctica, subordinado directo del georgiano.
El
10 de junio, arrastrando el escroto, el Partido comunista alemán
anunció el nuevo rumbo del país, con una larga lista de medidas
liberalizantes. Se le ofreció a los granjeros huidos a la RFA el
retorno de sus granjas si volvían; se ofrecieron créditos sin
interés para tenderos y otros pequeños empresarios. Y, lo que es
más importante, las menciones a la “construcción del socialismo”
desaparecieron el discurso oficial. El 13 de junio se aprobó una
gran amnistía, en medio de artículos en la Prensa abogando por
mejoras en los derechos individuales. Incluso, el periódico oficial
ruso en Berlín criticó duramente al mando militar soviético por
haber cometido serios errores.
Había
cosas, sin embargo. El famoso incremento del 10% en el ritmo de
industrialización no se derogó. Del gobierno y del Partido alemán
comenzaron a salir mensajes contrarios sobre esta materia. El
personal se fue calentando hasta que, el 16 de junio, hubo una
manifestación. Al día siguiente, las manifestaciones eran
generalizadas en toda Alemania oriental, y la reivindicación había
subido de tono: querían que Ulbricht se fuese. A mediodía del 17,
aparecieron los tanques rusos y comenzaron a aplastar las revueltas.
Evidentemente,
el gran culpable de aquella cagada, en Moscú, fue Beria. De hecho,
el resto del Politburo estaba tan angustiado por dejarlo claro que,
semanas después de los conflictos, le envió una carta al Partido
alemán estableciendo dicha responsabilidad.
El
26 de junio de 1953, apenas nueve días después de los movidones en
la RDA, se convocó una reunión urgente del Presidium en Moscú; muy
probablemente, fue en esa reunión donde Beria fue arrestado.
Khruschev llevaba días tratando de arrimar a su lado a aquél a
quien consideraba fundamental para poder presentarle batalla a Beria,
es decir, Malenkov. Sabiendo que su camarada era voluble y de poca
voluntad, lo fue llevando a su lado a base de convencerle de meter en
el orden del día del Presidium temas que sabía que Beria perdería
en votación. Esto le sirvió para demostrarle a Malenkov que Beria
no era indestructible.
A
quien no le costó convencer fue al ministro de Defensa, Bulganin.
Bulganin había discutido mucho con Beria sobre el tema alemán, y el
georgiano, harto de él, le había insinuado que lo iba a cesar.
Pero, claro, esas cosas, o se hacen, o se callan, porque, de lo
contrario, le dejas al otro la impresión de que, en el fondo, no se
juega nada dándote una patada en los huevos. Según Beria, Saburov
fue de la partida desde el inicio. Pero el resto de miembros de la
cúpula, Pervukhin, Mikoyan, Voroshilov o Kaganovitch, no estaban tan
convencidos; y Molotov no parecía tener problemas con Beria.
Malenkov quedó en convencer a Pervukhin, que le era muy cercano.
Pero no lo consiguió, lo cual es lógico porque él mismo era un
débil de espíritu. Khruschev acabó hablando directamente con él,
y sí que lo convenció.
Los
dos grandes apoyos políticos de Beria, además de Malenkov que ya
había cruzado el puente, eran Voroshilov y Mikoyan. Khruschev viene
a decir que el primero le dijo desde el principio que no participaría
en nada contra Beria, aunque al final se decantó. Pero Mikoyan no
fue ni siquiera informado. Kaganovitch, por lo demás, quedó fuera
de límites porque estuvo fuera de Moscú hasta unas horas antes del
arresto.
Khruschev,
en todo caso, tenía un as en la manga: la actitud de los militares.
El Ejército rojo, por lo general, odiaba a la policía secreta. Los
policías políticos en la URSS tenían trenes, artillería; tenían
incluso carros de combate. Eran un pequeño ejército propio. Luego
estaban los muchos mandos que habían sido molestados por presuntos
delitos nunca cometidos; y el recuerdo de camaradas, en el sentido
militar y no político, como Tukhachevsky y los que con él fueron al
paredón. Muy especialmente el general Zhukov, que sabía bien que
Beria había intentado labrar su perdición, estaba deseando
construir la del georgiano. Eso sí, también había que tener en
cuenta que en las propias Fuerzas Armadas había mandos que habían
servido en la NKVD y, por lo tanto, le eran fieles a Beria. De entre
todos estos, el de más peso, en lo que al arresto se refiere, era el
general comandante de las fuerzas de Tierra en el distrito militar de
Moscú, general Pavel Artemievitch Artemiev.