lunes, marzo 12, 2007

Los sucesos de Salamanca

Debo pedir perdón. De un tiempo a esta parte, recibo algunas críticas de personas cercanas a mi yo sin seudónimo, las cuales se enteran (no sé yo por qué extraños conductos, si yo no se lo cuento) de que el autor de este blog soy yo. Lo leen y me dicen que si divertido, que si interesante, que si tal... pero me critican porque escribo demasiado. Me dicen que el lector electrónico (el que lee en pantalla, o sea el lector de blogs) es menos fiel que el lector de papel y que, por eso, debiera yo moderarme en las resmas de palabras que voy vomitando aquí. Debo confesar que no sé hacerlo. Me gusta contar lo que sé, o lo que creo que sé, y cuando voy a cortar el texto, los dedos se me hacen huéspedes.

Así que, lejos de cumplir con tan bienintencionados consejos, aquí os dejo otro ladrillazo más. En fin, es hijo de mis propias manías, pues yo me pasé años queriendo saber qué narices había pasado en el 37 en Salamanca que decían que había sido tan importante pero que nadie o casi nadie contaba. Sé que me ha salido un texto superferolítico, pero prometo moderarme en el futuro.

O eso supongo.





En la primavera de 1937, la guerra civil española dio un giro de gran importancia. Fueron varias las cosas que pasaron y casi ninguna en los frentes. En realidad, la primavera de 1937 fue especialmente intensa en la retaguardia y, curiosamente, en ambos bandos, Franco por un lado y la República por el otro, en el fondo ocurrió lo mismo: en ambos casos, lo que se produjo fue una aclaración del horizonte político de las fuerzas que apoyaban a uno y otro bando. Si la República se deshizo en aquellos días de la insoportable presión que el anarquismo ejercía sobre la voluntad de hacer una guerra seria, Franco también se deshizo, por aquellos días, de su propio anarquismo disgregador e individualista. Hoy hablaremos de este último caso y de los tristísimos sucesos que provocó. Los sucesos de Salamanca.

Según estimaciones fiables, en julio de 1936, cuando estalló la guerra civil, Falange Española y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (FE de las JONS) era un partido minoritario y roto. Minoritario porque no tendría más allá de 6.000 miembros en toda España, de los cuales aproximadamente la mitad, «cayeron» en zona republicana, por lo que su efectividad era nula o inexistente; el primero de los de este grupo, el fundador y líder del partido, José Antonio Primo de Rivera, que estaba en la cárcel, primero en Madrid y después en Alicante; así como Nemesio Fernández Cuesta, Ruiz de Alda y otros notables, algunos de los cuales no sobrevivirían a la experiencia.

Este partido, no obstante haber tenido unos votos ridículos en todas las elecciones que se celebraron en la República y ser un partido de corte terrorista que había intentado matar incluso a diputados en Cortes (así, el socialista Jiménez de Asúa, en la calle Goya de Madrid), se convirtió en la gran reserva espiritual del alzamiento de las derechas, por dos razones fundamentales: la primera, porque su filosofía filofascista y de acción directa tenía muchos apoyos dentro del ejército, que fue quien realmente comandó desde el principio la rebelión; y, segundo, por el indudable aporte de combatientes que, en la siempre difícil primera hora de todo golpe de Estado, supo aportar (a petición de Mola, Falange sería capaz, en los primeros meses de la guerra, de dirigir una exitosa leva de 15.000 combatientes). No obstante, en esta situación hay algo que, supongo, no os cuadra del todo: un partido político con gran poder pero sin dirigentes de carisma. En efecto: más pronto que tarde, la pelea por liderar aquello tenía que empezar.

Comenzó pocas horas después del 20 de noviembre de 1936, es decir cuando se supo que José Antonio Primo de Rivera, el líder a quien todos esperaban en zona nacional, había sido fusilado en Alicante. Como ya hemos visto, los intentos por liberar a José Antonio fueron varios, pero chocaron con la obstinación republicana y con cierta pasividad alemana que, como veremos después, quizá tuviera su sentido. Lo importante aquí, no obstante, es tener claro que la muerte de José Antonio dejaba a la Falange sin un líder claro, situación ésta que debía resolverse lo antes posible.

A finales de 1936, sin embargo, ya no había una sola Falange. El partido se había hecho demasiado grande e importante como para permanecer con una sola facción. Dependiendo de los autores a los que leáis se os dirá que dentro de Falange había dos o tres tendencias. Una, la más clara, estaba formada por los falangistas del Norte de España, casi todos ellos personas de orígenes proletarios o casi proletarios, los cuales eran apoyados, además, por los intelectuales del partido, es decir gentes como Dionisio Ridruejo que, en aquellos primeros momentos de la guerra, sostenían posiciones abiertamente fascistas y estaban entregados a las filosofías del nuevo amanecer de la Humanidad que prometían experiencias como Italia o Alemania. Un segundo grupo eran los falangistas de corte más universitario, el mal denominado Grupo de Madrid (digo mal denominado porque había importantes elementos andaluces o extremeños) con ideas también muy radicales pero dispuestos, por así decirlo, a hacer de Falange un partido político de derechas, muy de derechas, alejado de las veleidades obreristas del fascismo (desde el falangismo se sostenían, en ocasiones, duros discursos anticapitalistas que, de hecho, hicieron relativamente fácil el diálogo tras la guerra entre cierto falangismo y cierto anarcosindicalismo). El tercer grupo estaría formado por falangistas de última hora con más experiencia política, dedicados a construir un partido político algo más moderado. Pero estos terceros, por mucho que a veces se los cite, mandan en esta historia menos que un gitano en una comisaría. Que se sepa.

El falangismo de tripas, protorrevolucionario, era un falangismo basado en iconos personales y, muerto José Antonio, escogió otro: Manuel Hedilla. Hasta la guerra, Hedilla no se había destacado especialmente dentro de Falange, aunque había demostrado su capacidad organizativa, que hizo mucho a favor del triunfo del golpe en Galicia, pues el 18 de julio le pilló en Vigo. La ausencia de líderes destacados dentro del partido, añadido al hecho de que Hedilla estaba en zona nacional y muy pronto bajó a Salamanca, donde se cortaba todo el bacalao de la guerra por parte franquista; así como su excelente relación con el general Emilio Mola, cogolpista junto con el propio Franco y con Sanjurjo, le valieron el nombramiento de jefe provisional de la Falange; provisional porque, si bien no eran pocos los miembros de la cúpula del lado nacional que sabían bien que José Antonio estaba muerto, esta realidad no se daba por cierta para mantener la moral.

Manuel Hedilla tenía dos grandes colaboradores: por un lado, el también cántabro Víctor de la Serna y, por otro, el catalán José Antonio Serrallach, personaje éste último muy interesante porque, entre otras cosas, algún testigo de aquellos días ha aseverado que le fue presentado a Hedilla por el embajador alemán en España, Wilhelm von Faupel, y que, de hecho, sería una especie de espía al servicio de los nazis. Este hecho, de ser verdad, abonaría la tesis, que de alguna manera se huele en los sucesos de Salamanca (unido a la antes mentada pasividad alemana para liberar a José Antonio) de que, tal vez, Hitler hubiese decidido jugar, a través de Falange, a controlar España. Lo cierto es que el primer candidato a mandar en Falange tras José Antonio, es decir Hedilla, tenía una copia del Mein Kampf dedicada por el Führer en persona; y que el segundo, Manuel Serrano Súñer, era uña y carne con, entre otros, el ministro nazi de exteriores, Joachim von Ribentropp.

Frente a Hedilla, De la Serna, Serrallach et altera, se encuentra el falangismo del grupo de Madrid, comandado por un sevillano, Sancho Dávila. Poco tiempo después de morir José Antonio, Sancho Dávila inició, nunca sabremos bien si motu proprio o impulsado para ello por Franco, la negociación para la fusión entre los dos grandes partidos del nacionalismo franquista: falangistas y carlistas. Lo que sí sabemos es que ya a finales de 1936 Franco estaba pensando en el tema. Por un lado, no le gustaba la propuesta de su hermano Nicolás, quien propugnaba la creación de un partido político nuevo sin base social, a la usanza de la Unión Patriótica del general Primo de Rivera; pero, por otro lado, sentía aversión hacia los partidos políticos, a los que consideraba responsables de la degradación de las democracias liberales. Quería, pues, un partido que no fuese un partido, y que pudiese dominar. Aunque no era el único que deseaba la desmovilización política de falangistas y requetés. Éste era también el deseo de las fuerzas políticas monárquicas que habían batallado desde sus exigüas minorías parlamentarias durante la República y que ahora demandaban al nuevo Estado que, de alguna manera, controlase las veleidades de aquellos grupos tan radicales. Inquietud que era compartida por el gran capital y es por eso que se ha escrito que dos de los grandes muñidores de la exaltación que, en aquellos días salmantinos, acabaría provocando muertos, fueron dos elementos, Ladislao López Bassa y Vicente Orbaneja, que habían sido enviados a malmeter por algún importante financiero, deseoso de desactivar aquella bomba fascista.

Las cosas, sin embargo, no son tan fáciles de conseguir, porque tanto falangistas como carlistas querían hacer las cosas por su cuenta. Hasta diciembre de 1936 no logró Franco decretar la unificación de sus fuerzas combatientes, lo cual quiere decir que, hasta entonces, un carlista, por ejemplo, era un carlista, no un soldado. De hecho, la tentativa de los carlistas de crear su propia academia militar provocó que Franco tuviese que exiliar a Portugal al líder tradicionalista, Manuel Fal Conde.

En enero de 1937, la España franquista es un hervidero de proyectos de futuro. Si dejamos volar la imaginación y damos por bueno todo lo que se ha dicho o insinuado a este respecto, en ese momento tenemos: a Hedilla trabajando para consolidar un liderazgo en Falange que haga de ésta el partido político custodio de la pureza fascista del nuevo régimen español; a Sancho Dávila coqueteando, por ideas propias o inducidas, con crear un solo partido con los carlistas; a los monárquicos de toda la vida jugando la baza del regreso, algún día, de los borbones; a las terminales de Mussolini en Salamanca trabajándose una hipotética reconstitución de la monarquía saboyana en España; al general Mola siendo, como poco, tentado para presidir un gobierno cívico-militar de las derechas; y a los nazis jugando a controlar a la Falange y, a través de ella, a Franco.

Y luego Franco, claro, mirando por su interés.

Las negociaciones entre la Falange-Dávila (acompañado por Escario y Pedro Gamero del Castillo) y el carlismo (Fal Conde, Santiago Arauz de Robles y José María Oriol) se producen a mediados de febrero de 1937 en Lisboa, pero fracasan. Los dos documentos que ambas partes se intercambian como proyectos de fusión son antípodas; uno dice dónde vas, el otro manzanas llevo. Falange quería (se creía con poder para exigir) comerse al carlismo a cambio de nebulosos compromisos de consultar a Don Javier de Borbón-Parma el día que se plantease la que llamaba «Nueva Monarquía de España, como garantía de la continuidad del Estado nacionalsindicalista y base de su Imperio» (monarquía cuya puesta en marcha tampoco quedaba muy clara en el documento, en todo caso); los carlistas querían una fusión operativa pero no jurídica, es decir una relación de primus inter pares; la integración de ambos idearios, o lo que es lo mismo la matización carlista de los puntos de Falange; y una mayor atención hacia los principios del tradicionalismo. Una vez fracasado este intento, la rivalidad entre falanges se desplaza a la propia Falange.

El Grupo de Madrid utilizará como ariete contra Hedilla a un personaje también curioso: Rafael Garcerán. Garcerán era pasante de José Antonio pero, a pocas semanas del golpe de Estado, tenía más bien poco de falangista; de hecho, ni siquiera era miembro del partido e incluso había llegado a militar en el socialismo madrileño. Fue Garcerán, de hecho, quien lanzó la idea de que, en ausencia de José Antonio, Falange debía ser comandada por un triunvirato, lo cual equivalía a atacar el personalismo de Hedilla y ponerle en dificultades, ya que iba escaso de equipo. El primer enfrentamiento serio se producirá en febrero de 1937. En dicha fecha, se produjo el primer aniversario del discurso de José Antonio en el cine Europa de Madrid; un discurso inflamado, de corte revolucionario, que el líder de Falange había pronunciado en las vísperas de las elecciones ganadas por el Frente Popular. Hedilla dio la orden de distribuir en zona nacional 25.000 copias del discurso, pero una de las terminales de Garcerán, el delegado de Prensa y Propaganda Vicente Gay, ordenó retirarlas. El jefe provincial de Burgos, José Andino, uno de los miembros de la «Falange del Norte» hedillista, lo leyó en Radio Castilla, motivo por el cual fue arrestado. Costó mucho amansar aquellas aguas pues, entre otras cosas, un grupo de hedillistas gallegos estuvo a punto de sacar a hostias a Andino de la cárcel.

Hedilla, por su parte, sigue con su tiki-taka y abre dos academias de oficiales, una en Sevilla y la otra en Salamanca; ésta, la famosa academia de Pedro Llen que tendrá un papel tan importante en los sucesos de Salamanca. Al frente de la academia salmantina se coloca un nazi finlandés, Karl Magnus von Hatmann, lo cual abona la tesis de que el movimiento por parte de Hedilla fue hecho en connivencia con Von Faupel y los nazis. Esta vez, nadie fue expulsado de España, como le ocurrió a Fal Conde.

Agustín Aznar y Sancho Dávila, falangistas del grupo de Madrid que ha fracasado en el intento de pillar cacho en el poder del partido consiguiendo fusionarlo con el carlismo, todo ello probablemente tras la amorosa mirada de Franco, se dan cuenta de que la única forma de cargarse a Hedilla es ir a por él. Así las cosas, comienzan a coleccionar acólitos. Encuentran pronto a Garcerán, que tiene ganas, y se les une José Moreno. Este cuarteto salmantino (Aznar, Garcerán, Dávila y Moreno, los padres de la movida antihedillista) consigue atraerse a algunos falangistas de cierto corte radical, tales como Jesús González Vicén y José Antonio Girón de Velasco.

El 12 de abril, sin poder esperar ni un minuto más porque este piélago de poderes y podercillos está minando la capacidad bélica del bando nacional, Franco da el francazo y convoca a los carlistas más proclives a la unificación (sobre todo, el conde de Rodezno) y les cuenta lo del decreto con el que va a crear un solo partido. Cuando Hedilla, que no está en Salamanca, se entera, su reacción es convocar un Consejo Nacional de Falange, a todas luces para oponerse, el 25 de abril siguiente. El 13 de abril, en San Sebastián, Hedilla se entrevista con Ángel Alcázar de Velasco, un joven falangista de acción que había sido condecorado por el propio José Antonio por su labor repartiendo leches en Asturias tras el golpe del 34. Alcázar de Velasco escribió sus memorias mucho más tarde, en el 76, muerto Franco y muerto Hedilla, y en ellas cuenta que, en dicha reunión, Hedilla le aseveró que Falange estaba a punto de romperse en pedazos y le conminó a espiar a un grupo de falangistas y cercanos, todos ellos más o menos identificados con el Grupo de Madrid o con la camarilla directa de Franco. Eran: Ramón Serrano Súñer, Alfonso García Valdecasas, Eduardo Aunós, Ernesto Giménez Caballero, Gumersindo García y Pedro Gamero del Castillo. Prueba también de que Hedilla esperaba que a mediados de abril hubiese follón es que, un par de días antes de los trágicos sucesos del 16-17 de abril, dio orden al delegado de Sanidad de Falange, Tomás Rodríguez, para que reforzase las estructuras asistenciales en previsión de que hubiese heridos.

El 14 de abril, en el hedillismo se produjo un movimiento tendente a enviar a alguien a Pamplona, donde los carlistas se reunían para discutir la unificación que les había propuesto Franco. Sin embargo, Hedilla no impulsó la medida. Según Alcázar de Velasco, en ese punto todavía confiaba en Franco y pensaba que era Serrano quien malmetía sobre él ante el caudillo; o sea, le pasaba como a esas personas que, tras las elecciones de 1982, se hacían empanadas mentales con las discusiones entre Felipe González y Alfonso Guerra, siendo lo cierto que actuaban coordinados. Con este espíritu se entrevistó Hedilla con uno de los padres de la unificación, el diplomático franquista José Antonio Sangróniz y Castro, el cual le vendió a Hedilla la milonga de que la unificación suponía dejarle todo el espacio político a Falange porque Franco se quería dedicar en exclusiva a ganar la guerra. Otrosí: Hedilla se tragó que Franco quería un Estado con dos jefes. O sea: no conocía a Franco.

En esos días (15 y 16 de abril de 1937), Salamanca se empieza a llenar, sospechosamente, de falangistas armados. Son los hedillistas, que salen a la calle a marcar paquete; y los conjurados de Sevilla, Madrid y Valladolid, que se apresuran a dejarse caer por la ciudad castellana. El día 16, a las once de la mañana, los conjurados se reúnen y designan un triunvirato que sustituirá a Hedilla, formado por Aznar, Garcerán y Moreno. Fuertemente armados y escoltados, se van a la calle del Toro, sede de la Junta de Mando de Falange, que está a rebosar de personal que se huele la tostada y con fuerte presencia de los guardias civiles de Lisardo Doval, un represor franquista que se ha fogueado acabando con el golpe revolucionario de Asturias. Hedilla está ya en su despacho en compañía de sus incondicionales: Víctor de la Serna, Serrallach, Maximiliano García Venero, Francisco Yela y José Sáinz. Entre De la Serna, el catalán y García Venero, los verdaderos confidentes del jefe provisional, le convencen de que no obstaculice la entrada de los tres conjurados en el edificio, probablemente para evitar la sangre. El jefe salmantino, Laporta, trató de hacer de hombre bueno y negociar con los confabulados; pero fracasó, y éstos se presentaron para cesar a Hedilla.

A las once pasadas de la mañana, allí mismo le entregan un pliego de cargos en el que, entre otras cosas, le llaman analfabeto, y le cesan. Lejos de enfrentarse, Hedilla sale de la sala y solicita, inmediatamente, una entrevista con Franco. Aquí puede estar la clave de por qué acepta con tanta naturalidad su cese; si hemos de creer a Hedilla, él había discutido ya la eventualidad de su cese por los triunviros con el teniente coronel Antonio Barroso Sánchez-Guerra, de profesión muñidor en el Cuartel General de Franco (formalmente, Jefe de la Sección de Operaciones del Cuartel General). Según Hedilla, éste le dio instrucciones de dejar hacer a los confabulados, dándole a entender que quien tenía el apoyo de Franco era él. Pero, quizá, a las pocas horas caería en la cuenta el falangista santanderino de que eso no era una verdad completa. Como ya he dicho, Hedilla pide una entrevista con Franco. Pero éste no le recibirá; sólo podrá ver al teniente coronel Barroso. Por su parte, el nuevo poder de Falange solicita a mediodía una entrevista con el caudillo, que les recibe a las cuatro de la tarde. No parece difícil de adivinar con qué equipo iba el generalísimo.

Por su parte, en la entrevista con Barroso éste, lejos de ofrecerle a Hedilla el apoyo de Franco, lo que le ofrece es asilo para que duerma esa noche en el Cuartel General y salve el pellejo. Hedilla, hemos que suponer que maxicabreado, se niega.

Una de las historias que circuló entre los hedillistas respecto de aquella jornada del 16 sostiene que las instrucciones de los partidarios del triunvirato era matar a Hedilla. Alcázar de Velasco, que fue condenado por los sucesos de Salamanca, dice en su libro haber trabado conocimiento en la cárcel con un tal Ángel Isasi, quien le aseguró que el 16 de abril de 1937 tenía encomendada la misión de aprovechar cualquier tumulto para clavarle un punzón a Hedilla y matarlo. No obstante, la certeza de estos datos es muy difícil de establecer.

Se escenifica el aroma de consenso respirado en Falange. El nuevo triunvirato cursa mensajes a toda España sobre la nueva situación, que no llegan a ninguna parte porque son saboteados en Correos y Telégrafos por los hedillistas. Por su parte Hedilla, a media tarde, se coge un mosqueo de puta madre cuando se da cuenta de que Franco le reserva a sus puteadores todas las atenciones que con él no ha tenido. Es por ello que convoca al jefe de Falange en Salamanca, Laporta, y le da orden de tomar por la fuerza la Junta de Mando, que está en poder del triunvirato y sus cadetes de Madrid. A última hora de la tarde llega a Salamanca otro hedillista, el consejero nacional del SEU José María Alonso Goya, quien recibe de Serrallach la orden de ir a la Academia de Pedro Llen a recoger allí a unos falangistas catalanes , que serán quienes tomen la Junta de Mando. Aunque en un principio el instructor de la academia, Von Hartmann, se niega a movilizar a los cadetes aduciendo que no hay orden escrita de Hedilla, finalmente cede y los falangistas son trasladados a Salamanca.

Hedilla asevera en sus memorias que le dio instrucciones a Goya, a través de Serrallach, de que no hubiese ningún tipo de violencia. Alcázar de Velasco, sin embargo, asevera en su libro que López Puertas, quien como veremos ahora mismo fue con Goya a la casa de Sancho Dávila, le confesó en la cárcel que llevaban instrucciones de trincar a Dávila, pero que a Garcerán lo tenían que matar. Incluso citaré otra versión según la cual también a Dávila iban a matarlo. ¿A quién creemos? Supongo que es una cuestión personal.

El relato de los hechos de la noche del 16 al 17 de abril de 1937 es, tal y como la conozco hoy, tal que así.

Alonso Goya, Daniel López Puertas y otros cuatro hedillistas (Fernando Ruiz de la Prada, Aureliano Gutiérrez Llano, Santiago Corral y Corpas) van, de madrugada, a casa de Sancho Dávila, sita en el número 3 de la calle Pérez Pujol de Salamanca, para detenerlo. La casa está en una esquina de la Plaza Mayor de Salamanca. Goya da palmadas y grita para llamar al sereno. Mientras el empleado municipal llega para abrirles, se dirige a López Puertas.

- Amartilla la pistola. Y que éstos [los otros cuatro de la partida] hagan lo mismo. Tomad cada uno dos bombas. Os colocáis donde yo diga y no os mováis por nada. ¿Estamos?

Subieron por la escalera, Alonso Goya y López Puertas por delante. Al llegar al piso de Dávila, Goya situó a Corpas y Ruiz en el rellano y a Gutiérrez y Corral en el zaguán del piso. Entró con López Puertas, indicándole que permaneciese a tres metros de él. El plan de Goya era: si Dávila se negaba, cosa probable, él le encañonaría, mientras López Puertas entraría con una bomba en la mano y llamando a Gutiérrez y Corral para que entrasen con él.

‑Este sale con nosotros por su pie o en parihuelas –sentenció Goya.

A partir de ahí, es difícil saber lo que pasó. Se sabe que Goya entra en el dormitorio de Sancho Dávila para detenerlo y que allí está el falangista sevillano con un guardaespaldas llamado Manuel Peral. Sancho Dávila se niega a irse con Goya.

- Vosotros me vais a matar. ¡Me vais a pasear, cabrones!

Goya trata de tranquilizarlo. Sancho Dávila, que está en camiseta y calzoncillos porque estaba durmiendo, trata de coger su pistola, que tiene bajo el colchón. En ese momento, según algunas versiones, un escolta de Dávila, fuera del dormitorio, lanza una bomba. Al volverse Goya hacia el estruendo, Peral le dispara en la nuca y lo mata. Según López Puertas, no hubo tal bomba: Peral se limitó a asomarse desde una habitación contigua, cogió por sorpresa a Goya y lo mató. En todo caso, después de que ocurre todo esto, López Puertas entra en la habitación. Ve a Goya en el suelo, a Peral agachado sobre él, y dispara a éste, matándolo. Sancho Dávila chilla pidiendo que no le maten, se abalanza sobre López Puertas y llega a morderle el brazo. Todo ese follón provocó la entrada en la habitación de Gutiérrez y Corral, que iniciaron un enfrentamiento con otros guardaespaldas de Sancho Dávila en el que, al parecer, sí que se arrojaron bombas.

Si hemos de creer a Alcázar de Velasco, uno de los cinco compañeros de Goya le confesaría, pasado el tiempo, que en la calle, antes de entrar, Goya le habría dado una instrucción muy concreta:

‑Cuando le saquemos a la calle [a Dávila] le pegas un tiro. Nadie sabrá quién ha sido.

Esta tesis, obviamente, se da de bruces con la versión que Hedilla montó de su propia vida, la de la instrucción de «cualquier cosa menos violencia» (y, si tan pacíficos eran, ¿por qué llevaban bombas?)

Según Ángel Alcázar de Velasco, quien disparó contra Goya fue Sancho Dávila. Lo cierto es que éste tenía una pistola del nueve corto y Peral, del nueve largo. La solución hubiera estado en la autopsia al cadáver de Alonso Goya; pero esa autopsia nunca se realizó, y no sabemos por qué. En alguna tumba salmantina puede estar, aún hoy, la respuesta a este misterio.

Tras detener a Sancho Dávila, los hedillistas se fueron a por Garcerán, pero éste les recibió a tiro limpio desde el balcón de su casa. Garcerán, a todas luces, estaba histérico. Ni siquiera bajó la guardia cuando llegó la guardia civil, al mando de Lisardo Doval. Les acusó de ser los asesinos de Calvo Sotelo, y siguió disparando.

Al día siguiente de estos sucesos, 18 de abril, se celebra sesión extraordinaria del Consejo Nacional de Falange. A pesar de que Lisardo Doval ha cerrado Salamanca, consiguen llegar todos, salvo, claro está, Dávila, que está preso. En su discurso ante el Consejo, Hedilla afirma, y es hecho que la historiografía tiende a dar por cierto, que Sancho Dávila tenía una lista de… ¡47 nombres!, de falangistas que pensaba cargarse. Los conjurados se justifican hablando de los rumores que había de creación de un gobierno Hedilla-Mola (un bulo que fue tajantemente desmentido por el propio Mola). Hedilla es elegido jefe de Falange. Esta vez sí que es recibido por Franco; no sólo eso, sino que el caudillo le anima a salir al balcón del cuartel general, donde ambos son vitoreados en medio de un larguísimo abrazo.

Los abrazos de Franco se hicieron famosos en aquellos años. Abrazó a Eisenhower de visita a España, y Ike no tardó en morir. Abrazó al padre de Hassan II de Marruecos y también se lo cargó. Abrazó a Hedilla, y…

El día 19, Hedilla parece haber ganado. Los miembros de las centurias de falangistas de Madrid, o sea los que habían llegado a Salamanca como poco para cesarlo (según otras versiones, creíbles a la vista de cómo se las gastaban en esa familia, para matarlo) son enviados al frente. Sin embargo, a las ocho de la noche de ese día, Hedilla recibe una carta de Franco con el texto del decreto de unificación y el discurso que el caudillo va a pronunciar. Has ganado para nada, chaval. A Hedilla se le reserva en el proyecto lo que desde entonces tuvieron los falangistas: la secretaría de un movimiento presidido por Franco.

Movimiento, además, sutilmente mutilado. El decreto de unificación por supuesto que reconoce la herencia que el franquismo le debe a la Falange, hasta el punto de asumir, para la organización del Estado, los famosos puntos programáticos elaborados por José Antonio y sus adláteres. Sin embargo hay, como ya he dicho, una sutil manipulación. Los puntos asumidos son 26, pero Falange tenía 27. ¿Cuál se quedó fuera? Pues se quedó el vigésimo séptimo, fruto en su día de interminables negociaciones entre José Antonio y su socio jonsista, Ramiro Ledesma. Apoyado por las fuerzas radicales de aquellas juntas de ofensiva, donde entonces militaban algunos irreductibles franquistas del futuro como José Antonio Girón, el punto 27, redactado por las JONS, era un rechazo puro y duro de cualquier colaboración o pasteleo con fuerzas o partidos políticos. José Antonio, tras numerosas negociaciones, idas y venidas asistido por una de las «cabezas» del falangismo, Vicente Gaceo, dejó aquella cosa tan categórica en una redacción algo más difusa, en la que se aseveraba que la Falange pactaría poco (pero pactaría), aunque sólo con las fuerzas «sujetas a nuestra disciplina». Esto último es lo que Franco, en el momento de la unificación, ya no podía asumir. Allí ya no quedaba más disciplina que la suya.

El día 20, Hedilla y Franco se ven de nuevo, aunque es de suponer que ya no son tan amiguitos. Aquí es donde se produce el único movimiento que, probablemente, Franco no ha previsto: la negativa de Hedilla a conformarse con la gavela y la poltrona del mando teórico de la Falange (negativa que le dotará, ante las futuras generaciones de falangistas, de esa aureola de honrado a machamartillo que aún conserva). A todas luces, los terminales franquistas buscan una salida airosa para el asunto: tanto Von Faupel como el embajador italiano, Cantalupo, ofrecen a Hedilla un exilio dorado; se niega. Así las cosas, Hedilla es detenido el 23 de abril y procesado por atentar contra la legalidad del triunvirato que le cesó. El 29 de mayo le acusan de haber querido derrocar a Franco. Dos semanas antes, los monárquicos se han incorporado al partido de Franco, Falange Española Tradicionalista y de las JONS; ya está todo atado y bien atado.

En junio, Hedilla es condenado a muerte dos veces. El 18 de julio es indultado, aunque no se lo comunican. A partir de ahí, es encarcelado en Canarias, al parecer en condiciones bastante deplorables, aunque relativamente pronto, a principios de los años cuarenta, su régimen se suavizará por una reclusión vigilada en Mallorca. El régimen, por lo demás, supo ser generoso con Hedilla, como lo fue con otros muchos falangistas a quienes, si el franquismo no les dio el Estado fascista que querían sí, por lo menos, les llenó el estómago. Hedilla fue nombrado Asesor Social de Iberia, trabajo por el que a mediados de los años 50 cobraba 7.500 pesetas (calculo yo que unos dos mil y pico euros de hoy en día); amén de haber sido en los años cuarenta responsable de la entrada de trigo en Baleares (y acusado de corrupción en la molturación) y haber hecho otros negocios y negocietes que implicaban cierta comprensión oficial.

En suma: los sucesos de Salamanca de abril de 1937 suponen la más grave disensión interior en el seno del bando franquista. A unos conspiradores (pues eso hicieron, conspirar) a los que la guerra les empezaba a ir sobre carriles (a finales del 36 creyeron ganarla), se les apareció, en el momento más inesperado, el problema de las disensiones internas y la lucha por el liderazgo dentro del principal partido de la partida, es decir Falange Española y de las JONS. En este sentido la decisión republicana de fusilar a José Antonio, que fue probablemente un tremendo error, estuvo a piques de salirles cojonudamente, pues nada de esto habría pasado si José Antonio hubiese sido canjeado por el hijo de Largo Caballero, como se intentó; o, en cualquier caso, hubiese conseguido pasar a zona nacional como lo consiguió Serrano Súñer o Fernández-Cuesta.

¿Quién muñó todo aquello? Bueno, en primer lugar, fueron las ambiciones personales. Las de Hedilla, Sancho Dávila y Garcerán, sobre todo. Doy por cierto que los tres se vieron, en algún momento, jefes supremos de Falange; momentos que, incluso, llegaron a ser simultáneos en el tiempo. Pero, más allá, sin duda influyeron los manejos de italianos y, sobre todo, alemanes, que querían un liderazgo fuerte, y a la vez manejable, en Falange. Frente a ellos se situó el equipo médico habitual de Franco que, si hemos de creer a Alcázar de Velasco, estaba compuesto por su hermano Nicolás, Sangróniz y Barroso, sin faltar la inevitable fuerza bruta de Lisardo Doval y la colaboración esporádica, pero entusiasta, de personas como Ladislao López Bassa u Orbaneja. Y Serrano Súñer. Porque, aunque el papel de Serrano Súñer en toda esta historia es difícil de delimitar, de lo que no dudo es de que existió. Fue el redactor del decreto de unificación, algo que no habría hecho de no haber estado en el epicentro del merdé. Y, además, está ese argumento que existe siempre en las conspiraciones, que es fijarse en quién se beneficia de ellas. Y quien mandó en Falange acabada la guerra fue, precisamente, Serrano.

Hoy en día, la expresión «memoria histórica» significa, en realidad, memoria histórica ligada a los logros de la República y la represión de que fueron objeto sus defensores. Esto, entre otras consecuencias, tiene la de que estos sucesos que hoy hemos intentado contar tengan más bien poco interés; no le será fácil a ningún estudiante conseguir una buena asesoría de tesis doctoral si lo que pretende es escribir sobre los sucesos de Salamanca. Es probable, sin embargo, que en bastantes puntos haya información de interés al respecto. En la Fundación Francisco Franco, si es que el caudillo fue sistemático en la guarda de documentación, que no sé; y si esa documentación está adecuadamente tratada y clasificada, que tampoco. En archivos, supongo que ya desclasificados, de las diplomacias alemana e italiana de la época, y puede que de otros países como Reino Unido o Francia, pues es seguro que estos movimientos fueron seguidos por muchos. En documentación que tal vez conserven las familias de algunos falangistas descollantes de la época. Y en algún cadáver enterrado. Pero, como ya digo, la actitud normal que tenemos ante estos hechos es olvidarlos, hacer como que no miramos.

Y esto hará que los sucesos de Salamanca permanezcan, per saecula saeculorum, como uno de los hechos más oscuros de la oscura Historia de nuestra guerra.

viernes, marzo 09, 2007

Feliz karma de fin de semana

www.asiabudayrollitosprimavera.blogspot.com Nuevo blog de Tiburcio Samsa (antes Inasequible Aldesaliento)


Los más suspicaces de entre los lectores de este blog ya habrán caído en la cuenta de que el nombre de uno de sus corredactores, Inasequible Aldesaliento, es un seudónimo. De hecho, creo que Yaser Arafat e Inasequible son las dos personas que en el siglo XX han mantenido más sigilo sobre su auténtica identidad. Hoy vamos a desvelar aquí este misterio.

Inasequible Aldesaliento se llama, en realidad, Tiburcio Samsa; un ser relativamente desgraciado que ha tenido una vida compleja. Hace ya años que se aficionó por las filosofías orientales y muy especialmente por el budismo. Yo no sé si es muy creyente pero sí que es muy experto; tal vez es que para ser experto en una religión es necesario no creer mucho en ella, o tal vez, simplemente, es que Tiburcio es así.

La profundización en el budismo llevó a Tiburcio a conocer bastante a fondo toda esa historia de la reencarnación, algo que le provocó algunos desarreglos hormonales y, sobre todo, un problema de reencarnación espontánea por el cual una mañana despertó convertido en un elefante. Tras unos momentos de natural desorientación, Samsa (Tiburcio) comenzó a verle el punto fácil a la cosa: siendo elefante ves mundo si te apuntas a un circo; comes mogollón de pan duro si te colocas en un zoo; y, sobre todo, tienes una memoria que te cagas. Ésta fue la razón por la que Tiburcio empezó a leer y a acumular informaciones, algunas de las cuales vierte en este blog como bien sabéis.

Conocí a Tiburcio en el zoo de Copenhague, en marzo del 2001. Iba yo por ahí con clandestinos trozos de pan, porque hoy está prohibido alimentar a los animales en los zoos, pero yo sigo teniendo nostalgia de mis paseos infantiles por la Casa de Fieras del Retiro y de Perico, el simpático elefante que incluso cogía pesetas del suelo con la trompa. Mientras alimentaba indolentemente a un elefante indio, discutía con mi compañero de paseo sobre la Batalla del Ebro. Cuál no sería mi sorpresa cuando, de repente, el elefante que estaba delante de mí dijo: «Qué equivocado estás, chaval; el ejército republicano jamás supo contraatacar».

Yo no es que sea muy tiquismiquis, pero, la verdad, que un elefante me corrigiese en materia bélica, me jodió bastante. En las guerras los elefantes están para portar a los generales y llevarse las hostias, nada más. Así pues, denuncié a Tiburcio ante las autoridades y conseguí que fuese imputado por ser de naturaleza humana reencarnada; le cayeron siete millones de pesetas por estafa y la expulsión de Dinamarca.

Si os estais preguntando cómo es posible que alguien a quien le has obligado a soltar la mosca por valor siete millones de pesetas sea amigo tuyo, os diré que yo, en el fondo, tampoco lo entiendo. Pero es que Tiburcio es muy raro. Claro que, según mi mujer, yo también soy un tanto raro, pues no son normales los coruñeses que se cartean con elefantes.

Dado que Tiburcio lleva una existencia muelle, alimentado por la caridad y ganándose unas monedas a base de barritar las horas y las medias horas, ha tenido tiempo más que suficiente para seguir profundizando en el budismo. Además de viajar por Asia varias veces y tal. Es por eso que Tiburcio ha abierto un blog y sí, todas las mamonadas que llevo escritas en este post son sólo para recomendároslo.

El budismo es cosa extraña a la Historia de España. Asia, no tanto. Algún día hablaremos de Ali-Bey, el irrepetible catalán que la recorrió haciéndose pasar por moro de toda la vida. Y luego está la evangelización del Japón, básicamente fallida, entre otras cosas. En todo caso, supongo que a no pocos de vosotros, el budismo os generará curiosidad. Pues sabed que en el blog de Tiburcio encontraréis la mejor información.

Eso sí, si le queréis preguntar algo, os recomiendo que le mandéis al tiempo una bolsa de cacahuetes.

martes, marzo 06, 2007

Cartas Cruzadas (II): Lo peor de la República

En esta segunda edición de nuestras cartas cruzadas, Ina y yo nos hemos planteado la siguiente cuestión: ¿cuál es el personaje que nos parece más nefasto de la II República española? Como era de esperar, no nos hemos puesto de acuerdo, lo cual entiendo que enriquece la sección.

Quedan aquí nuestras dos opiniones.

La carta de Inasequible


Querido Juan:

Cuando me propusiste un debate sobre quién fue el político más nefasto de la II República española, al principio creí que sería una cuestión peliaguda. La II República estuvo plagada de medianías, algunas inocuas y otras bastante peligrosas. Ha sido el deseo de reivindicar la II República frente a la dictadura franquista lo que ha hecho que muchas de esas medianías se mitificasen y adquiriesen casi el tinte de genios.

Como te digo, pensé que me costaría encontrar entre tanto mediocre quién fue el más nefasto de todos, pero la respuesta me vino antes de lo que me esperaba. El peor de todos fue, sin duda, Francisco Largo Caballero.

Cuando llegó la República, Largo Caballero era el secretario general del principal partido de izquierdas, el PSOE, y de uno de los principales sindicatos españoles, la UGT. Tenía 62 años y una larga carrera política a sus espaldas: entró en el ayuntamiento de Madrid en 1905 y en las Cortes en 1917 y había sido consejero de Estado durante la dictadura de Primo de Rivera. Tenía fama de hombre austero y nadie dudaba de su dominio de la cuestión obrera. De hecho fue el primer Ministro de Trabajo de la República y fue un Ministro competente.

El Largo Caballero que me cae simpático termina en 1933 y ahí empieza el Largo Caballero que me irrita y que fue un desastre.

Largo Caballero se tomó fatal la victoria de las derechas en las elecciones de noviembre de 1933. Fue en ese momento donde empieza a dar muestras, como tantos otros políticos de la época, de un concepto patrimonialista de la República: si la República no estaba mandada por los suyos, que eran los verdaderos republicanos, entonces no era legítima y la insurrección se convertía en una herramienta válida para derrocarla.

Es cierto que esta actitud la tuvieron muchos y que ya desde antes de 1933 había muchos políticos españoles con ganas de llegar a las manos con los contrarios. ¿Por qué me parece peor Largo Caballero que José Antonio Primo de Rivera o el fascista José María Albiñana, por poner dos ejemplos? Por la sencilla razón de que Largo Caballero podía movilizar a grandes masas y fue el responsable de la radicalización del principal partido de la izquierda y de uno de los principales sindicatos. José Antonio Primo de Rivera y José María Albiñana jugaban casi en los márgenes del sistema y apenas sí lograban el respeto de sus teóricos aliados de derechas. En una España más tranquila apenas habrían podido jugar al papel de moscas cojoneras. Ellos solitos nunca hubieran podido ni derribar el sistema ni crear disturbios importantes. Largo Caballero sí que tenía las masas para hacerlo y lo intentó. Lo menos que se puede decir es que fue un irresponsable.

He mencionado una de sus motivaciones para actuar como actuó: el sentido patrimonialista de la República. La otra está más extendida y quien esté libre de ella que tire la primera piedra: la vanidad. A Largo Caballero le apodaron el Lenin español y sospecho que el apodo se le subió a la cabeza. Me imagino que la idea de ser el padre de la Unión de Repúblicas Soviéticas Españolas debió de producirle más de un orgasmo. Ser Ministro de Trabajo lo es cualquiera, pero líder de una revolución proletaria…

Desde comienzos de 1934 Largo Caballero considera que es necesario un levantamiento proletario: hay que echar a las derechas del poder y asegurarle a él un lugar preeminente en la Historia de los pueblos. Sus tesis radicales triunfaron en el comité nacional del PSOE , provocando la dimisión de moderados como Besteiro, Saborit y Trifón Gómez. Gracias en buena medida a Largo Caballero, el PSOE desde enero de 1934 inicia una deriva hacia la extralegalidad.
Ya sólo podemos conjeturar lo que habría ocurrido en octubre de 1934 si el PSOE hubiera optado por la legalidad y las derechas hubieran visto en él a un aliado para mantener el orden republicano. Los revolucionarios de octubre hicieron lo peor que pueden hacer los insurgentes: ser derrotados. La revolución de octubre fue un prodigio de mala organización y optimismo desenfrenado. Igual de chapucera que el Alzamiento del 18 de julio de 1936. Lo peor que tuvo fue que colocó a España en la cuesta abajo de la guerra civil. Tras octubre de 1934, las derechas no pudieron ver a las izquierdas más que como unos revolucionarios peligrosos contra los que había que armarse. Las izquierdas, por su parte, llenas de revanchismo y con el recuerdo de la dura represión, sobre todo en Asturias, se prometieron que la próxima vez lo harían mejor y saldarían cuentas debidamente.

Por desgracia, ni el fracaso de octubre de 1934 ni los meses que pasó en la cárcel devolvieron el seso a Largo Caballero. Hay ancianos que en la senectud pierden la cabeza por alguna corista y tratan de volver a sentirse jóvenes entre sus brazos. A Largo Caballero le pasó eso con la revolución. Fue una tragedia para España que sus niveles de testosterona no hubieran sido más elevados y no hubiera optado más bien por vivir alguna aventura loca con alguna obrera del sindicato. Como digo, lo vivido no le había enseñado nada. Durante la campaña electoral de 1936 pronunció perlas como que si las derechas ganaban, él procedería a «declarar la guerra civil». Poco antes había declarado, con moderación manifiesta, que deseaba una República sin lucha de clases y pensaba que para ello era necesario que desapareciera una clase. Pensemos que esto lo decía el líder del principal partido de la izquierda y un hombre que tenía posibilidades reales de llegar al gobierno.

Durante los últimos meses de paz, Largo Caballero se dedicó a lo que mejor sabía hacer por aquellos días: inflamar a las multitudes con soflamas revolucionarias. Toda una demostración de prudencia en el ambiente electrizado de la España de 1936.

En resumen, cuando haya que elaborar la lista de responsables de que España tuviera una guerra civil, uno de los lugares de honor habría que reservárselo a Largo Caballero, el Lenin español.



La carta de JdJ


Querido Ina:

Me propones que te escriba una carta explicándote cuál fue, en mi opinión, el personaje más nefasto de la II República española. Desde entonces a hoy, que he empezado a cabrilear los dedos sobre el teclado, han pasado varios días. No sabía qué escribirte. Fundamentalmente, porque no acababa de entender el sentido de tu propuesta. No sé si por personaje más nefasto de la República entendemos quien más daño le quiso hacer o quien más daño le pudo hacer. Y no es asunto baladí. Porque si la opción es la primera, creo que elegiría al general Sanjurjo, porque fue el personaje que viajó, en poco más de un año, de poner a la guardia civil al servicio de la República a dirigir un golpe de Estado contra ella; además de dirigir el golpe de Estado del 36, algo que la Historia posterior tiende a ocultar. Es, evidentemente, quien menos quiso a la República y quien menos creyó, de consuno, en la capacidad de los españoles de resolver democráticamente sus problemas.

Sanjurjo, no obstante, no fue quien más daño le hizo a la República. Se pasó buena parte de aquellos años obviamente apartado de la vida pública. Quien más daño le hizo a la República, a mi entender, fue Manuel Azaña.

Sí, Azaña, sí. Ya sé, Ina, que Azaña tiene muy buena prensa. Ya sé que es un político que tiene la rara cualidad de que ambas partes del espectro actual, izquierdas y derechas, lo reclaman para su acervo ideológico. Ya sé que, para muchos españoles, Azaña ejemplifica el respeto por los valores democráticos y la ambición de una España mejor, una España moderna, justa y solidaria. Y yo no dudo que Azaña albergaba esos altos deseos. A los políticos, sin embargo, no se les juzga por sus visiones, sino por sus acciones.

En primer lugar, Azaña cargó con algunas de las grandes reformas que tenían que cambiar a España. Fue el adalid del laicismo del Estado (con su famosa sentencia parlamentaria, «España ha dejado de ser católica»); como ministro de la Guerra, realizó la reforma del ejército, una reforma que, a trazo grueso, le copiaría Narcís Serra varias décadas después; y, como presidente del gobierno republicano del primer bienio (1931-1933), impulsó la reforma agraria.

Y, sin embargo, fracasó en los tres intentos.

El laicismo del Estado se consiguió a base de una violencia que la República pagaría muy cara con el tiempo. No cuesta imaginarse las tristes entrevistas que muchos diplomáticos republicanos acabarían teniendo en las cancillerías de Europa y América, durante la guerra civil, pidiendo una ayuda militar y política que no llegaba desde países que les contestaban, machaconamente: es que usted quema iglesias y no hace nada por impedirlo. Estados Unidos tuvo una guerra civil por el asunto de la esclavitud; pero, una vez terminada, a nadie se le ocurrió quemar y saquear las plantaciones sureñas donde habían trabajado generaciones de esclavos negros; y mucho menos se le ocurrió a los políticos yankees dar orden a la Guardia Nacional de observar el espectáculo sin intervenir. En España, sin embargo, el laicismo del Estado significó la patente de corso de la violencia contra el catolicismo; patente de corso que comenzó en el famoso consejo de ministros al que le llegó la noticia del saqueo del convento de la calle de la Flor. El propagandismo franquista se pasó décadas refocilándose en la idea de que Azaña albergaba un resquemor agrio contra los curas. Será verdad sólo a medias, si acaso. Pero lo cierto es que no supo ver, cuando ya era presidente del Gobierno, que la libertad de expresión consiste en defender el derecho de tu enemigo a hablar (porque defender el de tu amigo es demasiado fácil); y que el respeto a las libertades públicas consiste en garantizárselas a quien más odias.

La reforma del ejército consistió en ofrecer a un montón de mandos el retiro a sueldo completo para limpiar los cuarteles de militares estrellados sin otra cosa que hacer que pensar en asonadas. Insisto en que esta reforma fue copiada por el general Gutiérrez Mellado primero, y por Narcís Serra después, durante la Transición y los primeros gobiernos del PSOE. La Historia deberá reconocer, algún día, que Gutiérrez Mellado y Serra lo hicieron setenta veces mejor que Azaña. Básicamente porque cuando el fascismo se planteó dar la vuelta a la tortilla de la Transición, apenas encontró para ello a un marino pirado, un guardia civil dispuesto a todo y un general con ínfulas de ser lo que no era. Sin embargo Azaña, tras su tan cacareada reforma militar, dejó intacto el conflicto básico del ejército español de la época (africanos contra amigos del escalafón) y a la inmensa mayoría de quienes odiaban la República con mando en plaza. A Gutiérrez Mellado le pilló el golpe del 23-F con un solo conspirador de talla al frente de una capitanía general (bueno, dos si contamos a Merry Gordon). El 18 de julio del 36, y sin contar más apoyos que los hubo, Francisco Franco era capitán general de Canarias, dominaba el ejército de África, y Emilio Mola tenía a su disposición Navarra entera, con lo que eso suponía.

Y la reforma agraria. ¡Ay, la reforma agraria!

Hay toda una corriente de la Historia de la República dedicada a esto. Ahora veo que se publican libros tendentes a demostrar que salió mejor de lo que siempre se ha dicho. Yo no dudo que en la República llegase a haber entregas de tierras y, sobre todo, lo que hubo fue la famosa Ley de Términos Municipales, según la cual un patrón agrícola no podía buscar jornaleros en otro pueblo mientras en el suyo hubiese un jornalero parado; ley que generó un alza inmediata de los salarios rurales. Pero es que el problema de la reforma agraria de Azaña no es tanto lo que hizo, como lo que no hizo. Y aquí llegamos al gran reproche que yo, cuando menos, tengo para este político.

Azaña era un maestro de la creación de expectativas. Una persona poco dada a medir sus palabras. Hombre político cien por cien, no escatimaba un apoyo si para conseguirlo tenía que decir algo pasado de tono. Así las cosas, durante el bienio constituyente de la República, durante el cual fue en su mayor parte él presidente del gobierno, utilizó muy a menudo el verbo triturar. Azaña prometió triturar el viejo Estado monárquico, triturar las estructuras de poder económico, triturar todo lo que no le gustaba. Probablemente, en él ese verbo no era más que una metáfora inelegante. Pero Azaña no podía olvidar que, en la misma manifestación y de la mano, llevaba aliados para los cuales el significado del verbo triturar era literal; porque el socialismo de los años 30, en tanto que marxista y propugnador de la lucha de clases, lo que quería era triturar, literalmente, a la derecha política y social.

Así pues, Azaña prometió: trituraremos el viejo régimen. Luego llegó la reforma agraria, y los jornaleros del sur vieron cómo los señoritos de siempre seguían al frente de sus latifundios; jodidos, eso sí; pagando salarios más altos, eso sí. Pero no triturados. Y decidieron triturarlos ellos. Eso fue Castilblanco, o Casas Viejas, el pozo de mierda en el que se ahogó Azaña. Y la culpa la tuvo él, porque él fue quien le dio Red Bull a esos sueños de violencia impune y lucha de clases.

Con los catalanes le pasó exactamente lo mismo. Para ganarse a la Esquerra, que dominaba al electorado catalán como no lo ha vuelto a hacer un partido político en Cataluña ni creo que vuelva jamás, Azaña les cantó los cantos de sirena que hicieron falta. Luego, cuando llegó el momento de rellenar las grandes palabras estatutarias de pesetas, él mismo se tuvo que poner de canto, porque las cuentas no salían. Pero no tuvo, claro, la fuerza moral de frenar las ansias golpistas de la Generalitat cuando, en 1934, las derechas tascaron el freno de la autonomía o, más bien, la frenaron como se frenan los reactores comerciales: invirtiendo los motores. Es más que probable que Azaña tratase, en privado, de refrenar las iras catalanistas, así como las obreristas del PSOE que en el 34 estaba preparando el golpe de Estado que daría en octubre. Pero lo que queda para el juicio de la Historia son las palabras públicas; y en los mitines prerrevolucionarios de Azaña, en sus discursos de finales del 33 y del 34, hay mucho más de veladas amenazas justificadas que de intento de disminuir la crispación. Siempre lo mismo. Hay un LP de los Kinks que se llama: Give the people what they want. Si cambiamos give por tell, tenemos a Manuel Azaña.

De lo que pasó después de las elecciones del Frente Popular, mejor no hablar. Azaña se dejó nombrar presidente de la República, algo que no debió permitir porque sabía que era una jugada de Largo para quitarlo de en medio en el juego del poder. Y, una vez estallada la guerra, fue derivando lentamente hacia posiciones comprensivas y pacíficas (sus famosas tres pes: paz, piedad y perdón) que le habrían hecho un gran favor a España de haber existido, un suponer, en febrero del 36. Porque, a la luz de la modernidad, de nuestros días, es claro que la democracia nos da derecho a batir al contrario en las urnas, pero no a machacarlo. Se dirá: es que Azaña temía el advenimiento del fascismo. Pero, ya que era tan inteligente, podría haberse dado cuenta de qué elemento se repite en multitud de advenimientos fascistas en la Europa de su época: el miedo a la revolución marxista. La mejor manera de luchar contra el fascismo habría sido equidistarse de ambos extremos, haber sido una auténtica izquierda republicana de corte burgués, haber cambiado el país poco a poco pero, eso sí, sin dejar que ni falangistas ni albiñanistas ni japistas extremos, pero tampoco socialistas revolucionarios, anarcosindicalistas, poumistas o comunistas, tirasen una piedra sin recibir una pelota de goma o similar. Ni un solo día de su vida, la República dejó de ser un enorme problema de orden público. Y, de eso, la responsabilidad es de Manuel Azaña, que la gobernó.

Por lo demás, algo que resulta curioso, casi increíble, es que un régimen que llegó mediante una rebelión cívica y pacífica como la del 14 de abril de 1931 estuviese, apenas unas semanas después, provocando muertos, heridos e incendios. En 1931 la olla estaba caliente; pero es obvio que alguien subió el fuego aún más.

Y, aunque en realidad quien más gobernó fue el Partido Radical nadie, durante los cinco años que duró la II República española, tuvo más tiempo en su poder el mando de la cocina que Manuel Azaña. Él fue la gran referencia de la izquierda burguesa, tenía el respeto del Partido Socialista y una creíble imagen exterior. En 1931, podía haber presentado este programa político: paz para todo el país; piedad para los desfavorecidos; perdón para quienes hasta hoy nos han dominado. Pero, para darse cuenta de que ésa era la vía, Manuel Azaña tuvo que perder una guerra civil.

Tampoco es como para alabarle las capacidades visionarias.

domingo, marzo 04, 2007

[Pequeña] nómina de asonadas

Una de las cosas para las que me parece útil el conocimiento de la Historia es para luchar contra los tópicos. Dado que en el pasado, muchas veces, las cosas no fueron como ahora, conocer la Historia supone luchar contra esa sensación tópica que mucha gente tiene (por eso es tópica) de que todo lo que vivimos hoy lo hemos vivido siempre.

Una sensación tópica con la que he vivido desde hace muchos años es una suerte de superioridad que no pocas personas en España sienten hacia otros países de habla hispana. Esta sensación parte de la consideración de España, y de su Historia, como un ente que se ha visto y se ve libre de los problemas estructurales que se hacen evidentes en no pocos países de Latinoamérica.

Lo cierto, sin embargo, es que no hay un solo problema que estos países experimenten o hayan experimentado que nos sea ajeno a nosotros. Es cierto, por ejemplo, que en los países latinoamericanos ha habido dictaduras pavorosas; también lo es que alguno de ellos, caso de Chile, acumulan en su Historia más años de democracia que nosotros mismos. Es cierto que no pocos países latinoamericanos están fuertemente endeudados; como lo es que en la España de finales del siglo XIX el servicio de la deuda estatal consumía casi la mitad del presupuesto público, situación de bancarrota de facto que algunos países latinoamericanos no han alcanzado nunca.

También se suele recordar mucho, en España, lo comunes que son las asonadas militares en los países latinoamericanos. Y de eso va este post.

Lo que sigue es la descripción somera de los pronunciamientos militares ocurridos en España de los que yo tengo noticia por mis lecturas, a lo largo del siglo XIX.

Todos sabemos que esta Historia empieza con el 2 de mayo, fecha en la que se produce un levantamiento popular contra los franceses invasores. Levantamiento que, tras varios años de guerrilla y guerra a secas, consiguió la salida de las tropas de Napoleón y el regreso a España de Fernando VII, rey Borbón, a quien el pueblo de Madrid saludó con el grito de ¡Vivan las caenas!, o sea viva las cadenas, en indicación de rechazo a las ideas liberales y democráticas de los franceses y el apoyo al absolutismo español de toda la vida.

Fernando VII militaba, a todas luces, en aquella idea de que España debía ser una monarquía absoluta, así pues, apoyado como he dicho por el pueblo, procedió, nada más llegar a la capital de España, a clausurar el palacio de María de Aragón, donde se reunían las Cortes nacidas del sueño de Cádiz, y a perseguir a los liberales.

Esto, sin embargo, airó a no pocos liberales, algunos de ellos militares, que habían ansiado la vuelta del rey, pero de un rey más democrático. Por eso, en diciembre de 1814, el general Espoz y Mina comenzó la larga retahíla de golpes de Estado militares decimonónicos, con un intento fallido de asaltar la ciudadela de Pamplona, tras el cual huyó a Francia [Nota para coruñeses: la mujer de Espoz y Mina era doña Juana de Vega, mujer que da nombre a una centriquísima calle de nuestra ciudad]. Pocos meses después, en 1815, era el general Díaz Porlier quien dirigía un golpe de Estado liberal en Galicia, también fracasado, que le costó la vida, pues fue ahorcado. En 1816 aún hubo otra conspiración liberal, conocida como El Triángulo, de resultas de la cual fue también ahorcado uno de sus cabecillas, Vicente Richard.

Cero de tres es un resultado como para desanimar a cualquiera. Pero no a nuestros militares afrancesados. Esperaron un poquito, hasta el 5 de abril de 1817, fecha del levantamiento de Caldetas, dirigido por los generales Lacy y Miláns del Bosch, antepasado éste del Miláns del Bosch que asimismo se alzaría contra el gobierno democrático en Valencia el 23 de febrero de 1981. En 1818, por supuesto, tocaba golpe, aunque no hubo, porque fue abortado por la policía antes de tiempo. Su inspirador, el coronel Joaquín Vidal, fue apresado y ahorcado, algunos meses después, junto con otros catorce colegas de asonada.

El empeño de los liberales por dar el golpe (en los dos sentidos de la frase) acabaría por encontrar su razón de ser en la famosísima sublevación de Cabezas de San Juan; la de Riego, sí.

La cosa es como sigue. En las postrimerías de 1819, las cosas en la América española se estaban poniendo decúbito prono para España pues todos los pueblos del Cono Sur y Centroamérica suspiraban, y más que suspiraban, por su independencia. Fernando VII se dio cuenta de que tenía que enviar allí a los marines a repartir leches, razón por la cual concentró en Cádiz a un número nada desdeñable de tropas, a las órdenes del general O’Donell. Aquella guerra, la de América, era a principios del siglo XIX tan impopular entre la tropa como lo sería la de Marruecos cien años después; ni soldados ni oficiales querían ir a Perú, a Colombia, a Chile o a la Pampa a diñarla de cualquier mosquetonazo. Al parecer, aquéllos que aún sentían arder en su pecho el fuego patrio lo apagaron con la ayuda de los reales de vellón de, generosamente, habrían repartido ciertos extraños señores argentinos que a Cádiz se allegaron para comprar voluntades. El gobierno, mosqueado con O’Donell, le quitó el mando; pero no, no era él quien más trabajaba por el golpe, sino eso que llamamos los mandos intermedios. El 1 de enero de 1820, el comandante del segundo batallón de Asturias, Rafael del Riego, se pronunció en Cabezas de San Juan y declamó: a América, que vaya la repostera autora de tus días. Esta vez, sin embargo, no se produjo el tipo fueguillo rápidamente acalmado; no habían pasado más que unas horas y al pronunciamiento de Riego se unían otros en La Coruña, Ferrol y Vigo (esa liberal Galicia decimonónica), y luego el pronunciamiento del marqués de Lazán en Zaragoza, Mina en Navarra y, finalmente, el de O’Donell en Ocaña.

El rey juró la Constitución liberal y Riego quedaría impreso en nuestra iconografía como símbolo de la libertad. Él y su himno, que es el himno que, por error, hace un año o así le tocaron al equipo español de Copa Davis en Australia. Ese himno que mucha gente canta con una letra que dice:

Si los curas y frailes supieran
la paliza que van a llevar
bajarían del coro cantando:
¡Libertad, libertad, libertad!


Aunque yo puedo ofrecer otras versiones de la época. Por ejemplo, ésta se cantaba por los tiempos de primera guerra carlista:

Disfrazado de perro de presa
un carlista se vino a Madrid
pero un guardia del Ayuntamiento
la morcilla le dio en Chamberí
.

O ésta otra, propia de algunos años más tarde:

Espartero le dio a la reina
¡Hija mía de mi corazón
si no tienes bastante milicia
formaremos otro batallón…

El siguiente golpe de Estado se produce en 1823, que es lo que tarda Fernando VII en hartarse de la farsa liberal y conseguir que las monarquías absolutas europeas le metan en España a los Cien Mil Hijos de San Luis para darle la vuelta a la tortilla.

Como es bien sabido, en aquella Corte absolutista again de Fernando VII, el rey Capullo, se produjo el choque de trenes de la competencia entre dos mujeres, ambas cuñadas del rey. Eran ellas María Francisca, esposa del infante Don Carlos (de donde el carlismo); y la otra Luisa Carlota, esposa del también infante Francisco de Paula. Eran, pues, el Marichalar y el Urdangarín de la época, sólo que ellas manejaban de la leche y venían a representar las dos vías de evolución de la monarquía borbónica: una, absolutista a machamartillo y la otra, algo más moderada y liberaloide.

María Francisca fue la primera en mover ficha con las asonadas del brigadier Capapé, por un lado; y de los generales Grimarest y Bessières, por el otro. No llegaron a nada porque los ejércitos estaban hasta las cejas de oficiales liberales, así pues era difícil moverlos con un objetivo absolutista. Posteriormente, un cabecilla absolutista catalán, José Bussons, conocido como El Jep dels Estanys, y el coronel Rafi-Vidal, dieron otro golpe de Estado, fracasado, en Cataluña.

Muerto el rey y comenzadas las guerras carlistas, la rueda de las asonadas no dejó de rodar. Poco después de dicho fallecimiento, el capitán Cardero dirigió un golpe de Estado contra el gobierno moderado, golpe que consistió en tomar con ochocientos hombres la Casa de Correos (actual sede de la Comunidad de Madrid, en la Puerta del Sol) y hacerse fuerte allí. Fue un golpe de coña, pero aún así fue trágico porque el general que allí fue a sofocarlo, José Canterac, habría de morir estúpidamente. Los sublevados, por cierto, no fueron castigados. Salieron de la Casa tocando marchitas y más contentos que unas pascuas, camino del frente del Norte.

También hemos de anotar, en aquella época, el golpe del general Latre en Andalucía, o el motín de los sargentos de La Granja, en el que la regente fue obligada a firmar un decreto volviendo a poner en vigor la Constitución del 12, La Pepa. O la sublevación de oficiales de la brigada de Van-Halen en Aravaca [siempre que leo esto me los imagino bajando a Madrid por la cuesta de las Perdices, con melenas hasta los hombros y guitarras eléctricas]; o la sublevación de Miranda de Ebro donde perdió la vida Ceballos de la Escalera; o la de Pamplona, donde moriría el general Sarsfield.

En 1840, terminada la guerra civil (por el momento), progresistas y moderados debían convivir; pero lo cierto es que éstos últimos, apoyados por la reina regente, querían el mal del jefe progresista Espartero y quedarse con el poder. Por esta razón, en octubre de 1841, dos generales: Manuel de la Concha y Diego de León, dirigen una operación de secuestro de la reina Isabel II y de su hermana la infanta Luisa Fernanda, secuestro que no puede llevarse a cabo por la heroica resistencia del regimiento de alabarderos de palacio, al mando del coronel Dulce.

Espartero creyó haber cortado la cabeza de la serpiente con la ejecución de Diego de León. Sin embargo, poco después de la ejecución, Borso di Carminati se alzó en Zaragoza, y se vio secundado por Piquero y Montes de Oca en Vitoria, O’Donell en Pamplona (sí, el mismo que se había unido a Riego; hay militares que le dan a pelo y a pluma) y Oribe en Toro. La sublevación, no obstante, fracasó.

En 1843, sin embargo, los enemigos de los progresistas habían conseguido crear un ambiente en su contra en media España. El general Narváez, el Espadón de Loja, se había coligado con el general Serrano, el que hoy da nombre a la calle pija, así como Zurbano y Seoane; se alzó en Torrejón de Ardoz, donde aún no había una base militar estadounidense, pero se dominaba Madrid. El regente salió por patas de España.

No obstante, dentro del propio gobierno conservador habría disensiones, y la negativa que recibieron sus facciones más progres de reformar la Constitución les movió a montar, casi ipso facto, movidas en Cataluña, Aragón, Galicia, Alicante, Murcia y Cartagena. Los progresistas, por su parte, se nuclearon alrededor del general Zurbano –such is life‑ el cual se animó a alzarse en su tierra, Logroño, más concretamente en las cercanías de Haro, en un pronunciamiento que Narváez aplastó sin demasiado esfuerzo, y que le costó la vida.

No obstante, ya hemos visto que los progresistas, o sea liberales, no cejaban fácilmente en el empeño de alzarse. El 2 de abril de 1846 hubo una sublevación en Lugo; en mayo de 1848, el comandante Buceta toma la plaza Mayor de Madrid, invasión que declinó no sin una dura lucha en la que moriría el general José Fulgosio. En Sevilla, poco después, se sublevaron el comandante Del Portal y el capitán Mola (abuelo del general Mola que se alzaría con Franco el 18 de julio de 1936). En febrero de 1854 el golpe fue en Zaragoza y lo dio el coronel Hose. En junio, nuevamente O’Donell, junto con los generales Dulce, Ros de Olano y Echagüe, se enfrentaría con las tropas gubernamentales, comandadas por el general Blaser, el puente de Vicálvaro, enfrentamiento tras el cual se retiraron al bello castillo de Manzanares, desde donde se lanzaría un célebre manifiesto, que redactó el no menos célebre político Antonio Cánovas del Castillo. Espartero apareció en Zaragoza y en Madrid el pueblo se sublevó, a las órdenes del general Evaristo San Miguel. Entre la Vicalvarada, la llegada de Espartero y tal, la revolución triunfó.

¿Tranquilidad? Ni de coña. En 1856, dos años después, ya estaban los propios liberales progresistas divididos. El personal adoraba a Espartero, pero odiaba a O’Donell, que era ministro de la guerra. Por ello, la Milicia Nacional se alzó contra él y O’Donell tuvo que reunir para hacerle frente nada menos que 10.000 hombres. A partir de ahí la cosa se calma un poco, entre otras cosas porque estábamos en guerra en África y no era cosa de andar con milongas. Pero, aún así, en 1860 habría un pronunciamiento carlista, dirigido por el mariscal Jaime Ortega.

Para entonces, gobernaba O’Donell y su Unión Patriótica, pero, a pesar de la retirada de Espartero a Logroño, había otros militares liberales que querían destacar. Por ejemplo, Juan Prim, quien dirigió el pronunciamiento de Villarejo, en enero de 1866. Tampoco hay que olvidar la sublevación del cuartel de San Gil, el 22 de junio de 1866, cuando los progresistas jugaron un órdago contra O’Donell con el concurso de Manuel Becerra y de conocidos conspiradores como Pierrad. Este golpe dio para dos días de luchas y casi mil muertos (a los que hay que sumar 68, sí, 68 fusilados).

Muerto O’Donell le sucedió González Bravo, quien dejó de hacer caso a algunos militares amigos del conde de La Bisbal, lo cual provocó que éstos empezasen a pensar, rápidamente, en apiolárselo. Para ello no dudaron en aliarse con Prim, el cual, hemos de recordar, se había alzado contra su otrora jefe político. Pero les dio igual. Esta alianza de difícil naturaleza fue la que estuvo detrás del alzamiento, el 18 de septiembre de 1868, del comandante de la fragata Zaragoza, Topete, en Cádiz; alzamiento que terminaría con la victoria del puente de Alcolea y esa revolución que llamamos La Gloriosa, por la cual la reina Isabel II fue puesta de patitas en Francia. Aquel experimento, como sabemos, acabaría con la disolución del parlamento por el general Pavía y el golpe de Estado de Martínez Campos que trajo de nuevo a los Borbones a España en la persona de Alfonso XII.

Tras la Restauración, el golpismo quedó de manos de los políticos progresistas más radicales, sobre todo Ruiz Zorrilla, quien llegó a alzar tropas, con poco éxito, en Badajoz. Luego empezó la moda de los levantamientos republicanos. Un tal Ferrándiz, comandante, se alzó con treinta soldados (sic) en Santa Coloma de Farnés; otro sargento, llamado Casero, lo hizo en Cartagena y en Madrid, en septiembre de 1889, se alzó el brigadier Villacampa.

¿Los habéis contado? Yo sí: son cuarenta. Entre 1808 y 1889, que son 80 años, contáis cuarenta asonadas, y seguro que no están todas. Y ni siquiera hemos terminado el siglo. En el siglo XX aún nos quedarían por contar el golpe de Primo de Rivera, los dos golpes contra Primo (el de San Juan y el de Sánchez Guerra), la sublevación de Jaca, la de Cuatro Vientos, la revolución de Asturias; podemos incluir en la lista de golpes ese nonato que fue la creación de las Juntas de Defensa; y, por supuesto, no podemos olvidar ni el golpe de estado de 1936 ni el de 1981.

Con esta cantidad de muertos en el armario, ¿quién se siente superior?

viernes, marzo 02, 2007

Historias de Madrid

Como es fin de semana, hoy la cosa va de leer. No es la primera vez que hacemos recomendaciones de lectura y, probablemente, tampoco será la última.

Hoy, Inasequible os trae una selección, muy personal, de novelas sobre Madrid. Personalmente, no acabo de entender que haya preterido a Don Benito y, asimismo, que se haya olvidado de Ramón de Mesonero Romanos (si bien éste excede el espacio temporal del post). Pero la antología es suya, así pues ni quito ni pongo rey. De lo que sí doy fe es de que las recomendaciones que aquí ensaya son pertinentes.



A veces, la mejor Historia no se encuentra en los libros de Historia, sino en las novelas. Una novela bien ambientada puede hacernos comprender mejor un momento histórico que la más sesuda de las monografías. Por eso se me ha ocurrido hacer un recorrido de los últimos 125 años de Historia de Madrid recurriendo a las novelas.

Empezaría con Pequeñeces, del Padre Luís Coloma, que refleja muy bien los ambientes aristocráticos madrileños de la segunda mitad de la década de 1870. El Padre Coloma la escribió con intención moralizadora, pero se nota que en algún momento el escritor pudo con el religioso y que en el fondo la frivolona protagonista, Currita, le caía bien. La infame Currita acaba recibiendo el castigo que merece por sus pecados, la tragedia se ceba sobre ella y al final la vemos en una iglesia, a punto de convertirse. Sin embargo, hay momentos en los que me pareció que lo que el Coloma-escritor hubiese querido, habría sido terminar la novela con Currita tomando las aguas en Biarritz del brazo de algún apuesto gigoló.

Para el Madrid de fines del siglo XIX, la novela a leer es Las noches del buen Retiro, de Pío Baroja. A Baroja, como a Cela, le pasaba que no sabía contar historias, levantar la estructura narrativa de una novela. En cambio, era un maestro en la creación de estampas y en la ambientación. Las noches del buen Retiro es eso: una sucesión de estampas del Madrid de fines del XIX, que nos lleva desde los jardines del Buen Retiro, donde en las noches veraniegas se lucían los aristócratas y los burgueses, hasta el barrio de Chamartín de la Rosa, que entonces se estaba construyendo y que albergaba a bohemios, proletarios y gentes de toda calaña. Una curiosidad, que muestra que la Historia se repite: Baroja menciona como caso muy señalado de aquellos años, el de las andanzas del estafador Mariano Conde. No señala si el señor Conde realizó sus fechorías en el sector de la banca. Aunque literariamente La Busca es mejor, me quedo con Las noches del buen Retiro, porque ofrece una visión más panorámica de la sociedad madrileña y no centrada únicamente en los ambientes pequeñoburgueses y proletarios.

Utilizo mis prerrogativas de antologista para cometer la arbitrariedad de eliminar de mi lista al gran escritor sobre Madrid, Benito Pérez Galdós. Mi justificación para hacerlo es: porque me da la gana.

Para las tres primeras décadas del siglo XX, el mejor libro es La novela de un literato, de Rafael Cansinos Asséns. El libro es una crónica del Madrid bohemio de aquella época. En él asistimos a las tertulias del legendario revolucionario y tragacuras José Nakens, director del mítico El motín; a la aparición del ABC, que supuso una nueva manera de hacer el periodismo; a la boda del Rey Alfonso XIII y el atentado de Mateo Morral; al suicidio de Felipe Trigo, que era el Arturo Pérez-Reverte de aquellos días; a la irrupción en la escena madrileña del rompedor Ramón Gómez de la Serna y sus greguerías; a la construcción de la Gran Vía madrileña, cuando edificar aún no era sinónimo de corrupción y pelotazos urbanísticos; al pronunciamiento del General Primo de Rivera; al final de la dictadura que, al decir de Cansinos Asséns, se debió sobre todo a «las extravagancias, demasías y plebeyeces del general alcoholico y chulo»; al fin de la monarquía con su aire de farsa carnavalesca, y al estallido de la guerra vivil, que puso fin a ese Madrid bohemio. Es un libro lleno de nostalgia que revela un Madrid mucho más moderno y divertido de lo que nos imaginaríamos, un Madrid que no volvería a recuperar esa alegría de vivir hasta cincuenta años después.

Para el Madrid republicano y de los primeros meses de la guerra, tenemos una novela peculiar, Madrid de Corte a checa, de Agustín de Foxá. Foxá tenía talento para ser buen escritor, pero encontró más agradable disfrutar de la vida y emborronear cuartillas sólo cuando le apeteciera. La literatura perdió posiblemente a un gran escritor, pero en el cambio Agustín de Foxá salió ganando.

Madrid de Corte a Checa es una obra irregular. Arranca con brío, con un algo que recuerda al Valle Inclán de La Corte de los milagros pero, a medida que se adentra en el período republicano, las ganas de saldar cuentas con el enemigo se revelan más fuertes que el instinto literario y la novela entra en barrena, casi entrando en lo panfletario. Eso sí, sus descripciones del Madrid del verano del 36, una vez descontada la mala baba, siguen siendo insuperables.

La novela del Madrid franquista es La Colmena. Camilo José Cela no sabía construir el armazón de una novela y tenemos que agradecerle que en esta novela hiciese lo que hacía mejor: escribir pequeños episodios, escasamente hilados entre sí, y ponerlos en forma de libro.

Del Madrid de la Transición no encuentro ninguna novela notable. Tal vez sea que los escritores que hubieran debido escribirla se perdieron en las nieblas de la Movida y no encontraron sus cuartillas. Hay, sin embargo, un libro interesante sobre esta época: Eduardo Haro Ibars: los pasos del caído, de J. Benito Fernández. Es la biografía del hijo poeta de Eduardo Haro Tecglen. Su vida le sirve al autor para mostrar como telón de fondo la Movida madrileña: Alaska y los Pegamoides con su Bailando, los happenings de Rock Ola, la primera Orquesta Mondragón, el incendio de la discoteca Alcalá 20…

El último libro sería Madrid ha muerto, de Luís Antonio de Villena. Huele a obra de encargo y literariamente no vale gran cosa, pero cuando uno lo termina, cierra los ojos y se dice: «La Movida, ¡qué de recuerdos!...»

Madrid, ¡qué de novelas!

miércoles, febrero 28, 2007

¿Pueden los países ser culpables?

La reciente sentencia del Tribunal Penal Internacional sobre las matanzas ocurridas en Bosnia a principios de los años noventa no parece haber contentado a nadie salvo, quizá, a los partidarios de la progresiva integración de Serbia en la Unión Europea. Por lo que sabemos de la sentencia, da una de cal y otra de arena. Por un lado, reconoce lo que difícilmente se podía soslayar, es decir que en los sucesos tristemente famosos de Srebenica lo que se produjo fue un asesinato masivo e indiscriminado de bosnios musulmanes a manos de bosnios serbios ultranacionalistas de corte fascista, pues elemento nuclear de todo fascismo es el racismo y el consecuente odio hacia el distinto. Sin embargo, por el otro lado (que nunca sé si es la cal o la arena), la Corte exime al pueblo serbio de su presunta culpa como, por así decirlo, colaborador necesario en aquellas matanzas que, por lo tanto, quedan mutatis mutandis limitadas a los jefes de la limpieza étnica serbobosnia, es decir Radovan Karadzic y sus amiguetes.

El problema que plantea esta sentencia no es nuevo, aunque la solución ha sido, básicamente, la misma. Durante muchos, muchos siglos el genocidio no se ha considerado un crimen de guerra, esto es, una acción punible cometida más allá de las que por esencia se producen durante un enfrentamiento bélico. De hecho, miemtras en un área las fronteras no se estabilizan, las guerras tienen que ver con la ocupación de territorios, lo cual significa levántate tú, que has perdido, del sillón porque ahora yo, que he ganado, me voy a sentar. Tradicionalmente, ha habido tres vías para conseguir esto: el exilio (el pueblo perdedor se va); la dominación (el pueblo perdedor es reducido a la esclavitud o sus derechos son notablemente recortados, en beneficio de la elite ganadora); o el genocidio (no dejar rastro del pueblo perdedor). De hecho, el genocidio, en forma de asesinato o de esclavitud, es lo que está en el fondo de acciones muy comunes en el pasado remoto, en cuyos relatos leemos de ciudades que soportaron meses de asedio sin rendirse; la rendición, ellos lo sabían bien, no era ningún chollo.

La teoría de que la necesidad de expansión justifica la guerra permaneció impoluta en la filosofía humana durante mucho, mucho tiempo. Pero a principios del pasado siglo XX estaba ya obsoleta en Europa, para todos menos para uno, Adolf Hitler, quien la utilizó para justificar su expansionismo: en la filosofía nazi, Alemania había sido constreñida en la Historia para su natural expansión imperial y debía recuperar su espacio vital, su Lebensraun. Como bien sabemos, sacar a Hitler de su error costó seis años y millones de muertos, sobre todo rusos. La caída del régimen nazi supuso, además, saber que Hitler había ido mucho más allá de la retórica violenta en su teoría de que los judíos eran culpables de los males de Alemania.

El descubrimiento del genocidio judío impulsó a los aliados a impulsar definitivamente una Corte que juzgase, con pronunciamientos internacionales, los crímenes de guerra. Esa Corte fue el tribunal de Nuremberg, de cuyas principales sentencias ya hemos hablado. En ellas, los principales jerifaltes vivos del régimen nazi fueron condenados por diversos cargos.

No obstante Nuremberg dejó cabos sueltos, que ahí siguen. Sobre todo, dos.

Por un lado, Nuremberg fue un tribunal de vencedores. Lo cual quiere decir que los vencedores ni por asomo juzgaron sus propias bestialidades. Episodios como el que recuerda la película Enigma (filmada, por cierto, gracias a los dineros de Mick Jagger, el cantante de los Stones), es decir la matanza de cientos, si no miles, de soldados polacos a manos del ejército soviético, han quedado básicamente limpias de polvo y paja. Asimismo, nadie ha juzgado seriamente las bestialidades cometidas por el ejército soviético durante su penetración en Alemania, al final de la guerra.

El segundo de los cabos sueltos, que es el que afecta a la sentencia reciente de la CPE, es el papel de los pueblos. ¿Puede un loco cometer locuras solo? Pongamos que yo me broto y decido que hay que fusilar a todos los murcianos pelirrojos. Hay un camino entre que yo, en mi habitación, piense eso y que firme en el Palacio de La Moncloa al pie de un papel donde se establece la ejecución de todos los murcianos pelirrojos. Y ese camino no puedo recorrerlo solo.

Uno de los grandes temas de la Historia es éste. Desde la Revolución Francesa, la soberanía de las naciones ya no reside en familias reales ni en inspiraciones divinas, sino en los pueblos; para bien, y para mal. Los pueblos son soberanos, lo cual quiere decir que el devenir de sus naciones es, en gran medida, producto de su voluntad. En Nuremberg fueron juzgados algunos de los dirigentes nazis que dieron la orden de gasear a los judíos; pero no fueron juzgados los cientos, miles, centenares de miles de alemanes que escupían a los niños judíos al paso de la fila de prisioneros por los pueblos, o les negaban pan o abrigo. No fueron juzgadas las mesnadas que gritaban Sig, heil! en la Lowenbäukeller o cualquier otro lugar mitinero, después de que su líder hubiese dicho y escrito que a los judíos hay que borrarlos de la faz de la Tierra.

Hay quien piensa que no fueron juzgados porque no pueden serlo. Porque la responsabilidad de los pueblos es limitada, como lo es su capacidad de reacción. No es una idea con la que yo comulgue.

La razón de que en Nuremberg no fuese juzgado el pueblo alemán es la misma, a mi modo de ver, de que en La Haya no lo haya sido el pueblo serbio. El principal objetivo tras una guerra es siempre amigar al enemigo de ayer. En Versalles, tras la I guerra mundial, se hizo exactamente lo contrario, y luego pasó lo que pasó, así pues las posguerras modernas buscan siempre hacer del perdedor un amigo rico y agradecido en la medida de lo posible. A finales de los años cuarenta, Alemania ya no era una amenaza para la paz mundial, sino ese coleguita que te deja plantar la bandera americana en varias bases militares y poner ahí tus fuerzas, a escasos cientos de kilómetros del peligro soviético. Por las mismas, hoy Serbia es un mercado más que quiere entrar en la Unión Europea, un mercado interesante porque está relativamente desarrollado. Nadie quiere señalarla con el dedo y acusarla, porque nadie quiere que se rebote.

La cuestión no es baladí, porque tiene que ver con las reparaciones. La diferencia entre que una sentencia diga que a tu padre lo mataron siete locos o todo un pueblo está en que en el segundo caso cobras y en el primero no (a menos que los siete locos sean muchimillonarios, caso que no se da). El tribunal de Nuremberg se ocupó tan poco de este aspecto que aún hoy, siete décadas después, las responsabilidades por expolios económicos cometidos en el Holocausto no están del todo cerradas.

Pero, sobre todo, tiene que ver con la justicia. La de verdad, la justicia moral. Y aquí nos encontramos el último obstáculo para una sentencia ambiciosa: nosotros. En La Haya, igual que en Nuremberg, haber dictado sentencia contra el pueblo alemán o serbio elevaría, automáticamente, la cuestión de qué hicimos nosotros. Vale, todo un pueblo, el serbio, apoyó, como dice la misa católica de palabra, obra u omisión, la limpieza étnica en bosnia; pero lo que viene detrás es: estando como están los Balcanes en el vestíbulo de nuestra casa, nosotros, ¿qué hicimos?

Somos, incluso, más culpables. Porque los serbios podrán aducir, supongo, que en su país había censura de prensa, que los hechos se presentaban edulcorados, o no se presentaban. Pero a nosotros, a los españoles, portugueses, noruegos, británicos, belgas, a los holandeses, italianos, austriacos, alemanes, suecos, a los fineses, a los suizos, a los andorranos; a todos nosotros, las matanzas de Srebenica y otros lugares nos las retransmitieron poco menos que en directo. Y, durante demasiado tiempo, no hicimos nada. Nada.

Nuremberg, La Haya. Sentencias ampulosas, cuatro o cinco nombres para la Historia. Con suerte, si aparece Karadzic, alguna ejecución. Y, después, décadas de preguntas sin respuesta.

domingo, febrero 25, 2007

Notas sobre España y la cuestión religiosa ( y 2)

Empezando por lo justo. Y lo pongo aquí por si hay quien no se lee los comentarios. Conde me recuerda que debí escribir, en mi pasado post, «Cuidaos de entender» y no «Cuidaros de entender». Conde tiene el 100% de la razón. El gazapo lo dejo tal cual porque, siendo éste post continuación del anterior, entiendo que la mayor parte de la gente que los lea leerá los dos y, por lo tanto, enterado quedará del oprobio, que merezco.

En todo caso, que sepas que este post es continuación de otro inmediatamente anterior.

En las últimas horas, tras la remisión al éter del último post, he recibido algún correo privado, por parte de alguno de los escasos lectores de este blog que saben cómo me llamo en realidad y esas cosas, criticándome por lo que consideraba un final excesivamente abrupto para dicho relato. Se queja mi corresponsal de que en ese «luego vendría la expulsión de la Compañía de Jesús (…)» estoy metiendo muchas cosas que, tal vez, hoy en día no se conozcan mucho y que, por lo tanto, había dejado la obra inacabada.

Así pues, aprovecho un asueto de este ventoso domingo por la tarde para aclarar algunas cosas y hablar, fundamentalmente, de cómo se desarrolló la cuestión religiosa durante aquellos agitados meses de 1931 y 1932.

Recordad que partimos de una situación de enfrentamiento descarado, con una iglesia sosteniendo su discurso más ultramontano y una República malentendiendo el laicismo como anticlericalismo, hasta el punto de mostrarse incapaz hasta de garantizar un derecho tan básico de las personas y de las asociaciones como el de la integridad de la propiedad privada. Fue en este ambiente en el que, durante la discusión de la Constitución de la República, se planteó la cuestión religiosa. El tema era tan peliagudo que ya los diputados de la Nación, al abordar la discusión de los derechos y libertades constitucionales, habían decidido aparcar el tema religioso para más adelante. El principal problema tenía nombres y apellidos; dos y cuatro, para ser exactos: Niceto Alcalá-Zamora y Miguel Maura Gamazo.

El primero de ellos era presidente del Gobierno y el segundo ministro del Interior. Ambos eran conservadores, ambos provenían del régimen anterior y ambos eran católicos practicantes. Ambos habían formado parte del Pacto de San Sebastián, por el que en 1930 casi todas las fuerzas republicanas se coligaron, y ambos habían sido incluidos en el Gobierno republicano para ganar la confianza de las derechas no monárquicas. La República los necesitaba a ambos en su cúpula para mantener la imagen de proyecto de consenso de la sociedad española. Pero, lógicamente, ambos políticos eran hipersensibles a lo que se hiciese respecto de la Iglesia católica, así pues el anticlericalismo debía andarse con cuidado.

La tensión era ya mucha, pero en el verano se puso al rojo al vivo. Nuestro amigo el cardenal Segura, de quien ya hemos visto en el post anterior de qué palo iba, publicó en Francia una pastoral en la que decía cosas como que la idea de que la soberanía de un país emana solamente del pueblo era «un postulado del ateísmo oficial»; amén de repetir el manido debate, muy caro de la iglesia, sobre la diferencia entre libertad y libertinaje. La citada pastoral era tan ecuánime que el Vaticano prohibió al cardenal que hiciese pública ninguna más.

A pesar de que las cosas, tras silenciarse el demócrata Segura, fueron algo mejor tras designar la Iglesia interlocutor político al obispo de Tarragona, monseñor Vidal i Barraquer, a finales de septiembre comenzó el debate sobre el articulado constitucional en materia religiosa y las espadas volvieron a estar, en expresión que nunca he comprendido bien, en todo lo alto.

Es importante entender la diferencia entre laicismo y anticlericalismo. Laicismo es poner, como le puso Azaña a Vidal i Barraquer, la condición de que la separación entre Iglesia y Estado era conditio sine qua non (en lenguaje matemático: condición necesaria, pero no suficiente) para cualquier entendimiento; anticlericalismo es presentar una enmienda al proyecto de Constitución, como de hecho se hizo el 29 de septiembre de 1931, que directamente privaba del derecho de ciudadanía española a los frailes católicos. Enmienda que fue rechazada por 113 votos contra 82, esto es, fue ampliamente votada a favor incluso por diputados no marxistas, tales como radical-socialistas de gran predicamento en la República como Ortega y Gasset (Eduardo, o sea, el hermano), Félix Gordón Ordás, Ángel Galarza (a quien hemos leído haciendo de fiscal del rey Alfonso XIII) y Emilio Baeza Medina. A pesar de que el Vaticano se mostró conciliador mediante el gesto que más le podía apetecer al Gobierno (convenció al cardenal Segura de que renunciase a la sede toledana), no consiguió retraer a sus mesnadas. Aquellos diputados eran mucho más libres que los de hoy; en España se votaban listas abiertas y ser diputado significaba, en no pocos casos, habérselo currado, lo que hacía que no muchos de nuestros próceres pusieran sus convicciones por delante de la disciplina de partido.

Acción Republicana, el partido de Azaña, hizo su parte para conseguir esta concordia. El jurista Enrique Ramos presentó una enmienda por la que la Iglesia tendría la consideración de una Corporación de Derecho Público, regida por un estatuto de futura redacción. Esto provocó un grossen cabreo a los diputados más anticlericales, que pretendían mantener el redactado del dictamen de la Comisión Constitucional, que establecía la disolución de todas las órdenes religiosas y la nacionalización de sus bienes. El propio Ramos contemporizó con este radicalismo elaborando una nueva redacción de la enmienda, en la que el Estado se reservaba la potestad de ilegalizar aquellas órdenes religiosas que considerase nocivas para la República. No obstante, antes de la presentación de dicha enmienda tomó la tribuna de oradores el político y ministro socialista Fernando de los Ríos, y dejó tan clara la hostilidad de los socialistas hacia tal componenda, que el texto no llegó en puridad a presentarse nunca para su votación.

En la Comisión Constitucional las cosas se pusieron al rojo vivo. A pesar de la viveza con que socialistas y radical-socialistas defendían la total ilegalización de las órdenes religiosas, ésta propuesta fue derrotada el 15 de octubre, a cambio de una regulación muy parecida a la segunda enmienda de Ramos. Esto colocó al gobierno al borde del abismo, pues los radical-socialistas se dijeron dispuestos a pasarse a la oposición, mientras que, por el otro lado, el Gobierno sabía que si se aprobaba la disolución de las órdenes, quienes se irían serían Alcalá-Zamora y Maura.

Fue en este ambiente en el que Azaña pronunció su celebérrimo discurso en las Cortes en el que sentenció: «España ha dejado de ser católica». Otra de esas ocasiones, en mi opinión, en la que Azaña demostró su capacidad de miopía. No es necesario defender a la Iglesia para atacar esta frase. Un país deja de ser católico no cuando una Constitución lo dice ni cuando unos políticos así lo deciden. La España de 1931 era, en una porción muy significativa, católica. Había sonado, cierto, la hora de separar Iglesia y Estado; pero separar no significa enfrentar. Ni negar. En el discurso de Azaña del 13 de octubre de 1931 hay, en el fondo, dos discursos. Uno es el del político que trata (y consigue) que una mayoría de diputados acepte la enmienda de tono moderado de la Comisión Constitucional; el otro es ese Azaña del que se ha hablado y escrito hasta la saciedad, el Manuel Azaña contrito y rencoroso con los curas de su infancia, que embate contra las instituciones religiosas con un celo excesivo, con demasiada fuerza para lo delgada que era entonces la cuerda. La política, es bien sabido, es, antes que nada, el arte de lo posible.

La nueva redacción fue aprobada. No impidió la dimisión de Alcalá y Maura, pero sí salvó a la Constitución republicana de portar un nivel de sectarismo que, de haberse producido, habría convertido el bienio de las derechas (1933-1935) en algo más difícil y violento de lo que ya fue.

Eso sí, la Iglesia no dejó, ni antes ni después de ponerse en solfa textos más o menos radicales, de influir negativamente contra el Gobierno español a través del Vaticano, de colocar sermones incendiarios, de adoctrinar en los confesionarios y de convertir a su grey en soldadesca antiliberal. Incluso Vidal i Barraquer, en diciembre del 31, firmaría una pastoral totalmente apuntada a la Segura fashion, instando a los católicos a acatar el poder civil, pero recordándoles que dicha obligación no existía para aquellas regulaciones contrarias a la ley de Dios y los deseos de la Iglesia. Dicho de otra forma: si estás en la tesitura de obedecer a Dios o a la Constitución, has de obedecer a Dios. Con estos mimbres, no ha de extrañarnos que el franquismo llamase Cruzada a su golpe de Estado y que muchos, muchísimos católicos no sintiesen en el 36 el menor escrúpulo por alzarse contra un poder democráticamente constituido.

A principios de 1932, los radical-socialistas atacaron en el Congreso insinuando que, si bien la Constitución había quedado redactada de forma que la vía para la ilegalización de la Compañía de Jesús estaba abierta, en la práctica el Gobierno no iba a tomar dicha decisión porque ésa había sido una condición impuesta por Alcalá-Zamora para aceptar la Presidencia de la República. Poco tiempo después, se aprobó el decreto de disolución, que daba a los jesuitas diez días para darse el piro y establecía la nacionalización de sus bienes; aunque, como decimos en mi tierra, era una nacionalización de aquella manera, porque los bienes directamente ligados al culto quedaban en manos de otras instituciones católicas.

Por esas mismas fechas, el Gobierno aprobaba otra ley anticlerical que, la verdad, se podría haber ahorrado: la ley de secularización de los cementerios, que establecía que todo mayor de edad sería enterrado en laico salvo que hubiese expresado el sentimiento contrario.

Una de las líneas de investigación que no veo yo muy desarrolladas en los libros sobre la guerra civil tiene que ver con todo lo aquí expresado. El Gobierno republicano se desgañitaría, entre 1936 y 1939, exigiendo un fin de la neutralidad bélica de las democracias europeas, justo equilibrio al hecho de que Franco estaba siendo descarada y generosamente ayudado por las dictaduras fascistas de Alemania e Italia. Esto lo sabemos; lo que no sabemos, o eso creo yo, son todos los porqués de que fuese tan difícil, a la postre imposible, romper las resistencias de británicos, franceses y estadounidenses. Cierto es que las democracias europeas no querían cabrear a Hitler y ésta es, sin duda, la principal razón. Pero, ¿nos hemos preguntado suficientes veces cuál fue la actitud del Vaticano y de las iglesias católicas nacionales en general?

Mi opinión es que la República pagó muy caro su radicalismo anticlerical. En primer lugar, como ya advirtió el propio Miguel Maura siendo ministro de Gobernación, porque las quemas de iglesias y conventos, atentados impunes ante los que la fuerza pública hizo poco o nada, enviaron una señal muy jodida al extranjero. Baste que nos preguntemos nosotros mismos qué pensaríamos de, un suponer, Italia, si viésemos en la tele la noticia de que sólo en Roma han ardido varias decenas de mezquitas sin que la policía haya siquiera salido de las comisarías. En segundo lugar, porque el cambio podía haber sido mucho más tranquilo y negociado; aunque justo es reconocer que el negociador que tenían enfrente tenía las mismas ganas de negociar que las que tengo yo de saltar en paracaídas.

No me resulta difícil imaginar a toda una caterva de políticos, diplomáticos y hombres de negocios católicos franceses, ingleses, alemanes, italianos, comiéndole la oreja, un día y otro, a los políticos europeos durante los tiempos de la guerra civil. Pero… ¿vas a venderle armas a estos? ¿Es que no sabes que bla y que bla y que bla?

Otra consecuencia negativa de las excesivas prisas de la República fue la radicalización de la Iglesia. La jerarquía católica española tardaría casi diez años en ponerle a Franco la primera china en el zapato, si es que podemos llamar rebelión, o cosa parecida, a la entrevista de El Pardo de diciembre de 1956, a cuenta de los proyectos legislativos de la Falange, que ya conté en un viejo post. En realidad, la Iglesia católica española no se hizo jerárquicamente demócrata hasta los años setenta, si bien a cuenta de ello tuvo algunos gestos de gran importancia. Qué duda cabe que el corte conservador era lo que la Iglesia quería para sí misma.

Pero hay un dicho que suelen repetir mucho los británicos. ¿Sabéis cómo se cuece una rana viva?

Pues sólo hay una manera. Se la coloca en una olla de agua fría y luego se pone esa olla a fuego muy, muy bajo, y se sube la temperatura muy, muy lentamente. Quien tome una olla, la ponga al fuego y, cuando esté el agua hirviendo, trate de echar la rana dentro, nunca la cocinará.

Pues eso.

viernes, febrero 23, 2007

Notas sobre España y la cuestión religiosa

Como quiera que el tema de España, la República y la Iglesia ha sido tratado varias veces en este blog, aquí tienes algunos enlaces para que no te pierdas.

El episodio de la senda recorrida por el general Franco hacia el poder que se refiere a la Pastoral Colectiva



No hay ni un solo elemento de la vida económica y social de España que defina con mayor claridad el punto de división entre ideologías que la cuestión religiosa. Cuidaros de entender que he escrito la cuestión religiosa y no la religión, pues son cosas diferentes. Los españoles siempre hemos sido partidarios de considerar que los terrenos de las ideas privadas son eso, privados; así pues, no estamos hablando de discusiones sobre la existencia o no de la divinidad, que de ésas también ha habido y habrá, sino de la interminable, y compleja, relación entre la sociedad española y la iglesia católica, apostólica y romana.

miércoles, febrero 21, 2007

Razones sociales endecasílabas

Hace ahora prácticamente cien años, en 1908, nuestros responsables públicos cayeron en la cuenta de que España, poquito a poquito, se convertía en un país moderno. Tras las reformas de Fernández Villaverde, de las que algún dia hablaremos, España comenzaba, lentamente, a modernizarse en la línea deseada, entre otros, por la interminable pléyade de intelectuales krausistas que pululaban por universidades y cafetines. Una de las consecuencias de esta modernización fue la vida económica y mercantil, que comenzó, ya en el siglo XIX, a ser adecuadamente regulada.

En 1908, le tocó a los seguros. Hasta entonces, el seguro había sido, en España como en Europa, una disciplina cada vez más tecnificada, aunque con su punto amateur. En el siglo XIX y en España, asegurador era cualquiera, y las autoridades se fueron dando cuenta de que cuando una compañía de seguros se la pega, el morrazo es de alivio, porque las personas confían a las compañías cosas de gran valor, tales como su propia vida, o su casa.

Se podría decir que, ahora hace cien años, los seguros se desarrollaban en tres grandes vías. La primera, su entorno tradicional, eran los transportes, sobre todo los marítimos. Por asegurar los barcos cargados de mercancías es por lo que nació el Lloyd's de Londres, un curioso sindicato de reaseguro en cuya sala central, si no me equivoco, los británicos, tan amigos de las tradiciones, todavía conservan la campana que tañían cada vez que recibían la noticia del hundimiento de un barco. O sea, oír la campana y ponerse a pagar, era todo uno.

La segunda vía eran los incendios. La mayor parte de las casas antiguas de nuestras ciudades suelen llevar sobre su dintel la inscripción Asegurada de Incendios. Hace cien o más años, no era mala cosa tener la casa asegurada, porque las ciudades ardían que era un gusto.

La tercera vía es la previsión, o sea la vejez y la enfermedad. Hace ya muchos siglos que el hombre se preocupa por el hecho de que, al llegar la senectud, ya no puede valerse por sí mismo y, por lo tanto, ha de tener peculios para sobrevivir. Quizá ésta es la porción del seguro que se desarrolló más tarde pues, en España y a finales del siglo XIX, todavía seguían existiendo operaciones de poco rigor técnico y financiero, tales como las operaciones tontinas y chatelusianas; que son, además, métodos de ahorro colectivo que, en algunas de sus posibles presentaciones, incluso estimulan el asesinato. ¿Por qué? Pues porque en una operación tontina un grupo de inversores pone un capital y percibe los dividendos, pero cada vez que uno de los inversores muere, su pasta se reparte entre los que quedan. ¿Lo vais pillando? Si quedas el último, te llevas el bote.

Una operación tontina entre supuestos amigos que, en realidad, lo que buscan es matarse los unos a los otros es lo que describieron Robert Louis Stevenson y Lloyd Osbourne en un libro divertidísimo, The wrong box, que podéis encontrar en la red, incluso gratis (pero en inglés). La novela inspiró una comedia británica que también os recomiendo: The wrong box (Brian Forbes, 1966), con dos jovencísimos Michael Caine y Dudley Moore (entre otros). Creo que en España se exhibió con el título La Tontina, pero no estoy seguro.

En fin. En 1908, las autoridades españolas decidieron que había que poner un poco de orden en el patio y dictaron una norma por la que se creaba el registro de entidades aseguradoras. La lista de las que presentaron solicitud para formar parte de dicho registro fue publicada por la Gazeta el 4 de diciembre de 1908.

Su lectura nos demuestra lo mucho que han cambiado los tiempos.

Aunque no tanto. Barcelona es hoy uno de los dos grandes polos económicos de España, y hace cien años la inmensa mayoría de los cientos de sociedades que se inscribieron estaba allí; al desarrollo de la ciudad se unía su devoción católica (pronto veremos por qué) y el hecho de que estaba cerca de la frontera, lo cual era más cómodo para las sociedades extranjeras que se establecían en nuestro país. Otra cosa que queda clara es que ya hace cien años, la penetración del capital extranjero en el seguro era importante; y son ejemplo de ello compañías como La Manheim, de Manheim; la Nord Deutsche, de Hamburgo; El Alto Rihn, también de Manheim; o la compañía de seguros Nacional Basilea, de Suiza, entresacadas de varias decenas de nombres que podría citar. Alguna hay muy conocida y existente hoy en día, como Assicurationy Generaly [sic] o la Zurich.

Otra característica de las aseguradoras es su longevidad. Entre la lista de hace cien años hay algunas que aún existen, tales como la Unión Alcoyana (de Alcoy), el Banco Vitalicio (de Barcelona), la Mutua General de Seguros (de Barcelona), La Mutua Universal (de Valencia), la Agrupación Mutua del Comercio y la Industria o la extinta no hace mucho La Unión y el Fénix Español. También figura la Caja de Pensiones para la Vejez y de Ahorro, de Barcelona, que como sabéis llegó muy lejos.

Lo que sí ha cambiado es la radical identificación de buena parte de las compañías con el entorno religioso. Esto tiene lógica: seguro es previsión y ayuda y la ayuda al menesteroso es terreno habitual de la iglesia católica. Yo diría que en torno a la mitad o más de las compañías de la lista declaran, en su nombre, una vinculación religiosa; y la inmensa mayoría de ellas, además, está en Barcelona.

De la ciudad condal, en efecto, eran entidades como: Montepío de Jesús Crucificado de Sans; San Marcial Mártir; Hermandad de San Antonio de Padua (bueno, ésta es de Vilanova i la Geltrú, donde también estaba la Hermandad de la Vera Cruz y el Montepío de Señoras Nuestra Señora de la Providencia); El Mártir del Gólgota; La Sagrada Familia (cómo no); Los Doce Apóstoles; San Roque; San Juan Bautista; Amigos de San Macario Abad [sic]; Jesús Sacramentado; Nuestra Señora de la Misericordia, Santa Inés y Santa Irene; Santo Cristo de Nuestra Señora de los Dolores; San Isidro Labrador (¡en Barcelona!); El Santo Escapulario de Nuestra Señora del Carmen; Unión y Defensa de los Montepíos de Barcelona (Glorioso San Vicente); San Mus ('¡toma ya! ¡órdago!); Montepío de Señores de la Cofradía de la Minerva de la parroquia de San Francisco de Paula; La Aflicción de María; Virgen de los Dolores al pie de la Cruz; Paso del Pilar o Azotamiento del Señor; el Montepío de Portantes del Santo Cristo de la Agonía; y una aseguradora llamada Paso de Jesús con sus Discípulos en el Acto de la Cena.

¿Echais en falta una? Pues no, que no podía faltar. En 1908, por supuesto que los catalanes podíais comprar una póliza en la aseguradora Nuestra Señora de Montserrat, Patrona de Cataluña.

Otras dos de Barcelona, por cierto, son La Defensa del Pueblo Español y La Verdadera Unión Española. Toda una declaración de principios...

El segundo gran vivero de compañías de seguros es el mutualismo corporativo; o, lo que es lo mismo, la unión de los oficios para la previsión. Encontramos en la lista ejemplos como la Mutua Marina de Descargadores del Puerto de Barcelona; la Asociación Benéfica de Auxilios Mutuos de Empleados Municipales de Madrid; los Seguros Mutuos de Labradores, también de Madrid; la Mutua Asturiana de Accidentes de Trabajo; los Seguros Mutuos de Santander de Accidentes de Trabajo; la Sociedad de Socorros Mutuos de Viajantes y Representantes de Comercio del Norte de España; la Protección de la Agricultura Española, de Guadalajara; La Alianza de los Vigilantes de Barcelona; el Montepío de Hortelanos de Barcelona; la compañía Fraternal Obrero, también de Barcelona; Asociación de Maestros Públicos de Barcelona; y Unión Obrera de Socorros Mutuos, de Barcelona. Y una que veo que no acabo de entender el origen del nombre: El Nuevo Gasómetro, de Barcelona.

Tampoco hay que desechar la pulsión clara que, al ponerle nombre a sus aseguradoras, tuvieron muchos españoles en aquella época para declarar que aquel paso era un paso de modernidad. Es, sin duda, la idea que tenían en la cabeza quienes impulsaron la creación de la aseguradora Los Progresistas Españoles (Barcelona); la Fraternal Barbastense (de Barbastro, claro); El Fomento del Ahorro; El Progreso Fabril Humanitario (que no me digáis que no es un pedazo de razón social); La Constancia (Barcelona); La Equidad; La Confianza Ibérica; Los Previsores del Porvenir (Madrid); La Humanitaria de Barcelona; El Protector del Enfermo, también de Barcelona; La Amistad o El Protector Fabril, en Barcelona; o El Progreso Humanitario, también en la ciudad condal. Incluso había una entidad, por supuesto en Barcelona, con un nombre tan poco dado a interpretaciones extrañas como éste: Paz y Justicia.

De todas estas, calculo a ojo que entre 400 y 500 compañías, queda bien poca cosa. Aunque habrá quien pueda pensar que, en realidad, todo lo que han cambiado son los nombres. Cuatro generaciones después, la vida sigue, como cantaba Julio Iglesias, básicamente igual. Aunque, desgraciadamente, en este mundo nuestro en el que palabras como Nike o Microsoft resultan ser buenas marcas, hemos perdido la poesía. Hoy no habrá ni un solo consultor de imagen que nos aconseje llamarle a nuestra empresa La Humanidad, bajo la Advocación de Santa Casilda; o Los Compañeros del Socorro; o ésta que trae lo suyo: La Vasco Belga. Vivimos en un mundo más eficiente; y también más aburrido.

domingo, febrero 18, 2007

La Primi

Una de las consecuencias que tiene esto de leer libros de Historia o históricos es que te conviertes en proveedor de preguntas más o menos idiotas. A mi sobrino le encantan, porque las utiliza para putear a su profesor de Sociales. Supongo que debería sentirme mal; al fin y al cabo, soy adulto y la natural regla de solidaridad generacional debería llevarme a hacer piña con el profesor. La carne, sin embargo, es débil; y el intelecto, en lo que a mí respecta, prácticamente no existe.

Así pues, mi sobrino y sus compañeros utilizan mis preguntas idiotas para dejar en evidencia a su profesor. Le preguntan, por ejemplo: ¿contra quién libró Granada la última guerra de su Historia? La mayor parte de profesores responde, como un loro, que contra los reyes católicos. ¡Ñeeeeeeeec! Bocina de error. Granada no sólo se declaró independiente durante la enloquecida I República española, a finales del siglo XIX, sino que se declaró en guerra contra Jaén. Así pues, la respuesta correcta (de momento) no es los reyes católicos, sino Jaén.

Hoy el comentario va a otra pregunta estúpida. Tal que ésta: ¿por qué la lotería primitiva se llama primitiva? ¿Qué razón existe para considerarla como tal? ¿Acaso quienes la juegan son considerados neardentales?

Pues bien: la lotería primitiva se llama así porque fue la primera. Hay quien piensa que por eso, porque fue la primera forma de lotería usada en España, fue por lo que los funcionarios del Ministerio de Hacienda de los años ochenta del siglo XX, siendo ministro Carlos Solchaga, decidieron llamarla así. Pero eso es inexacto, porque ya en el siglo XIX, durante los años en que convivieron la lotería primitiva y esa otra que conocemos todos, la de los niños de San Ildefonso, ya se llamaban, una primitiva, y la otra moderna. Lo de Lotería Nacional es posterior, como lo es la historia del sorteo de Navidad, que tiene apenas 115 años.

Entre la lotería primitiva de hoy y la antigua hay sus diferencias. En primer lugar, la hoy distante en el tiempo se jugaba con noventa números; no soy gran jugador, pero me parece que son bastante más que los que se juegan hoy. Asimismo, el sorteo que más se jugaba exigía acertar menos números aunque, eso sí, había que dar con el orden en que salían del bombo, cosa que creo que hoy no es necesario. Se jugaban, sobre todo, combinaciones de dos números, lo que se llamaba un ambo; o de tres, que se llamaban ternos. Sin embargo, podía haber combinaciones de más números, extremadamente complicadas por lo tanto; el de cinco se llamaba quina.

No soy matemático, pero las meninges me llegan para pensar en esto: era un juego de noventa números en que había que acertar combinaciones de dos o de tres sin repetición y por su orden. A ello hay que añadir que, en un país de menos de 20 millones de almas, los jugadores por fuerza tendrían que ser muchísimos menos que los que juegan hoy (hay que tener en cuenta, además, que la primitiva se jugaba menos que la moderna). Conclusión: debía de ser bastante difícil pillar un premio. Por eso, la ilusión de todo jugador era acertar lo que llamaban un terno seco: una combinación de tres números que les diese acceso a la consabida fortuna.

Existían las administraciones de lotería, y en ellas las gentes compraban los números deseados. Debían de esperar hasta el día siguiente, cuando en el mismo lugar se les entregaba un billete impreso en papel de seda. Otra cosa distinta de lo que vemos hoy es que el sorteo no tenía precio; cada uno pagaba su voluntad y los premios se establecían en proporción de la recaudación. Esta característica de billetes sin precio es la que hacía que la lotería antigua fuese la auténtica lotería de los humildes.

De lo que no se libró nunca la lotería antigua fue de rumores sobre favoritismo o fraude descarado. Que llegaron a lo más alto. A mediados de siglo, todo Madrid se hizo lenguas con un golpe de suerte que había alcanzado a la mismísima reina Isabel II la cual, según las murmuraciones, se había interesado por un terno seco que, casualmente, había sido el mismo que había salido en el sorteo siguiente. Al parecer, la reina hizo una sustanciosa donación económica a una casa de beneficencia, no se sabe si para tapar el escándalo, pero lo que consiguió con ello fue echar gasolina al fuego. El político progresista Eduardo Asquerino le dedicó a este asunto un folleto, que corrió profusamente por los cafetines de Madrid.

Cuando se decidió acabar con la lotería antigua, circularon dos versiones distintas para justificar dicho final. Según una de ellas, un individuo acertó un terno seco, con lo que el Estado debía pagarle un millón de pesetas más o menos, motivo por el cual el ministerio de Hacienda decidió suprimir el concurso. La segunda versión parece mucho más creíble, sobre todo porque donde la he leído yo se cita como fuente informativa a los propios funcionarios del ministerio, a saber: Celestino Rico, director de Rentas y Contribuciones; Antonio María Fabié, subsecretario; y, por fin, Pedro Salaverría Charitu, que era el ministro en aquel entonces (durante uno de los gobiernos de O’Donell, 1858-1863). Esta versión indica que, en 1862, los funcionarios del ministerio tuvieron noticia de una conspiración dirigida a manipular el resultado de la lotería y estafar al Estado unos cinco o seis millones de pesetas. Ante lo cual Salaverría, además de deshacer el entuerto, debió de hartarse de aquel sorteo, en el que por lo que se ve los engaños estaban al cabo de la calle y eran frecuentes, y suspendió sine die la extracción de números de la lotería.

Esta segunda teoría la creo yo abonada por el breve texto c0on que el propio Salaverría anuncia en La Gazeta, en su número de 10 de febrero de 1862, la suspensión de sorteos de la primitiva. En dicho escrito, el ministro reconoce haber recibido un escrito del Director General de Loterías que ha sometido al criterio de la reina; escrito en el que se analiza el «incremento que recientemente ha tomado el juego de la lotería primitiva»; frase ésta que parece designar algún tipo de operación especulativa.

Considerando el límite al que han llegado la cosas, asevera el ministro (las cursivas son mías), «no es posible consentir que en combimaciones de poca probabilidad para los jugadores comprometan éstos la fortuna de sus familias, ni tampoco que se expongan los intereses del Tesoro hasta el grado que suponen puestas [hoy decimos apuestas] tan importantes como las hechas en las últimas extracciones y en la que ha de celebrarse próximamente». Por proximamente hay que entender el día siguiente; sorteo que ya no se celebró, siendo reembolsasos los apostantes.

Hay algo de cinismo en este texto. En primer lugar, si una administración de loterías se preocupa de que la gente no se juegue los cuartos en combinaciones de poca probabilidad, la lotería no existiría; y tiene narices que, poco menos de cien años después de haber comenzado con la lotería estatal, un ministro fuese y se diese cuenta de que algo así comprometía los peculios de muchas familias. No. Eso suena a disculpa. La razón de fondo está en el resto de la frase, esa parte en la que el ministro confiesa, básicamente, que está acojonado porque las apuestas son cada vez más fuertes (es más: viene a decir que ese incremento se ha producido hace poco tiempo) y, consecuentemente, lo es también el abono por parte del Tesoro del premio correspondiente, muy elevado caso de que alguien acertase alguna combinación muy poco probable. ¿Muy poco probable? ¿Y si el sorteo estaba amañado?

La primitiva permaneció muda más de cien años hasta que los avances técnicos (que hoy hacen, digo yo, imposible el fraude) hicieron posible recuperarla.

Entre pitos y flautas, fraudes y demás historias, lo cierto es que llevamos la friolera de diez generaciones jugando a la lotería. El padre del tatarabuelo del tatarabuelo de un español que, aún en minoría de edad, haya comprado estas navidades su primer decimito o haya rellenado cualquier semana el boletín de la bono-loto, ya jugaba. Suponiéndole a la lotería, que no es mucho suponer, la capacidad de cambiar radicalmente, para bien, la situación económica de 100 españoles cada año, serían unas 25.000 las familias agraciadas. De una forma primitiva que, sucintamente, y por mucho software que pongamos por medio, sigue siendo la misma entonces que ahora.