miércoles, enero 30, 2019

Después de Hitler (9: Praga)

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Bueno, estamos ya en el 5 de mayo, casi una semana en el mundo sin la persona de Adolf Hitler. Los alemanes han efectuado casi al 100% su rendición, o tregua como la llaman ellos, del Brezal de Luneburgo, pero siguen luchando en el frente oriental contra las tropas soviéticas; bueno, medio luchando, medio retirándose, conforme van dando oportunidad a la población civil de ganar algún lugar controlado por los aliados occidentales. En todo este montaje, hay una pieza fundamental: Praga. De no estar la capital de Checoslovaquia en poder de los alemanes como lo está, la estrategia de palo y paso atrás del mariscal de campo Schörner no se podría llevar a cabo. Es por eso que no debe extrañarnos que Praga resulte ser la última de las grandes capitales europeas que resulta liberada de la dominación alemana. Pero lo realmente importante no es esto.

Lo realmente importante de Praga es que es ahí, o más concretamente en la Checoslovaquia occidental, donde todavía está pendiente de producirse el verdadero y auténtico encuentro, el encuentro bélico, entre las tropas soviéticas y anglo-estadounidenses. Lo de Turgau ha sido, en realidad, otra cosa: ha sido un encuentro para los fotógrafos de la Prensa, siempre tan proclives a fotografiar encuentros históricos a la par que miopes hacia la Historia con mayúsculas. El encuentro que verdaderamente tiene interés, suponiendo como es fácil de suponer que lo alemanes se van a resistir a un rendición general e incondicional, es el encuentro bélico, en el campo de batalla.

El día 4 de mayo el III Ejército del sanguíneo general estadounidense George Patton ha entrado en los límites de Checoslovaquia, aunque el SHAEF le ha dado instrucciones muy concretas de ir a por la birra y pararse. Esto es: las tropas estadounidenses no deberán pasar de Pilsen, porque todo el resto del país es tierra soviética. En efecto, para entonces el llamado IV Frente Ucraniano está todavía luchando contra los alemanes en el sureste del país, con su avance provisionalmente detenido; mientras que el mariscal Ivan Konev, al mando el I Frente Ucraniano, está ya preparado para entrar en el país por el norte, con la misión precisamente de liberar Praga y decapitar a la hidra de Schörner. El II Frente Ucraniano, por su parte, tiene posibilidades ya de penetrar por el sur, por lo que la idea de los soviéticos es tomar la capital, poner a las tropas alemanas a la fuga, y pillarlos entre dos frentes. Soviéticos, ambos.

Checoslovaquia es para entonces un país deshecho, y en gran parte será por eso que a Moscú le acabará por resultar tan fácil tomarlo bajo su ala; pues hay que reconocer que los comunistas, entre sus muchos defectos, no cuentan el de ser malos organizadores. Tras la segunda guerra mundial, tomaron varios países que estaban desmembrados, destrozados, y fueron capaces de organizarlos mínimamente. Con Checoslovaquia tenían el reto más complicado. De todos los países que había ocupado Alemania, éste era el que lo había estado durante más tiempo. Alemania no sólo había ocupado Checoslovaquia, sino la que la había desmembrado, puesto que había ocupado directamente el terreno germanoparlante de los sudetes, y luego había colocado un gobierno pronazi en Eslovaquia; el resto del país fue renombrado como Protectorado de Bohemia y Moravia. Tanto que se habla de los campos de concentración, poco se habla de la matanza brutal que se produjo en el país después de que dos resistentes checos acabasen con la vida de Reinhard Heydrich. Este atentado había sido preparado por la inteligencia británica y aprobado por el gobierno checo en el exilio londinense. El 27 de mayo de 1942, un grupo de resistentes se apostó en el trayecto que Heydrich, de forma un tanto irresponsable la verdad, hacía todos los días entre su casa y el castillo donde trabajaba. Josef Gabcik y Jan Kubis, los dos designados para realizar la acción, se situaron justo a altura de eso que hoy llamamos un guardia dormido, donde por fuerza el coche en el que iba el dirigente nazi tenía que reducir la marcha. El atentado salió como la mierda. La pistola de Gubcik se encasquilló, por lo que Kubis tuvo que improvisar, y tiró una granada dentro del coche. En realidad, Heydrich sólo fue herido en el atentado, pero murió una semana después a causa de esas heridas.

La respuesta de los alemanes fue tremenda. Más de 5.000 checos fueron fusilados, y dos pueblos enteros del país fueron quemados hasta los cimientos. Un soplón dentro de la resistencia traicionó a los dos ejecutores del atentado y los otros cinco miembros del comando que habían realizado labores de vigilancia y aviso. El 18 de junio, tropas de las SS rodearon la iglesia de los santos Cirilo y Metodio de Praga, donde se encontraban escondidos. Cuando entraron, mataron en la misma nave de la iglesia a tres resistentes; los otros cuatro se hicieron fuertes en la cripta, donde fueron capaces de resistir a centenares de SS durante catorce horas. Cuando vieron que su munición se acababa, se suicidaron.

Tras aquellos hechos; repetimos, tras aquellos hechos, tanto Francia como Gran Bretaña denunciaron el acuerdo de Munich de 1938 y, por lo tanto, se mostraron dispuestos a no aceptar la anexión de la tierra de los sudetes a Alemania y a respetar la integridad territorial de Checoslovaquia (todo esto nos da la medida de hasta qué punto Munich había sido una bajada de pantalones).

El asesinato de Heydrich convirtió Checoslovaquia en una tormenta perfecta ideológica. Las SS nunca perdonaron Praga, como ellos decían; mientras que los checoslovacos encontraron en el martirio de la cripta de los santos Cirilo y Metodio el impulso que necesitaban para resistirse panza arriba contra la dominación militar alemana, y la social e ideológica nazi.

Los checos sólo estaban esperando a que su enemigo estornudase, amén de que llegasen señales de ayuda, como veremos. A principios de mayo de 1945, finalmente, consideraron que la pulmonía de los alemanes era de suficiente entidad como para no dejarla pasar y, en consecuencia, tanto en Praga como en otras poblaciones del país se produjo un levantamiento, parte antialemán, parte antinazi.

A eso de las doce del día 5, un espontáneo grupo de checos echados p'alante (con los años no se han encontrado pruebas de peso de que todo aquello estuviese organizado o coordinado) tomó el control del edificio de Radio Praga y, a las 12,33 exactamente, envió un mensaje radiado en el que llamaba a todos los checos a ayudarlos. Aquellos resistentes sabían muy bien lo que hacían, puesto que repitieron la llamada en inglés; detalle que demuestra que sabían bien que Patton había entrado en el país, así pues podría tener la capacidad de captar la señal de la radio. El mensaje en inglés, por cierto, fue realizado por un soldado escocés, William Creig, un prisionero de guerra que se había escapado de un campo de prisioneros en la frontera de Checoslovaquia; siendo escocés, pues, cabe preguntarse si los estadounidenses que captaron la señal de Radio Praga entendieron una mierda de su mensaje.

We are, explicó Creig, urgently calling on our allies to assist us. Send immediately tanks an aircraft. Help us defend de city. Los alzados, pues, querían dar la impresión (básicamente falsa) de que controlaban al completo Praga, y de que necesitaban armamento pesado para mantenerla.

Qué poca gente sabe algo de William Creig. Esa misma tarde, tras haber participado en la toma de Radio Praga, se unió a otro prisionero de guerra huido, el sargento Tommy Vokes, y junto con unos checos resistentes se metió en un antiguo colegio, donde los alemanes les calaron. Totalmente rodeados por tropas de las SS y casi sin munición, Creig y Volkes se metieron los huevos para adentro, hicieron de tripas corazón, se pusieron sus uniformes de soldados británicos y solicitaron parlamentar con el jefe del destacamento de las SS que estaba asediando el edificio. Le contaron una milonga cubana de cojones. Le dijeron que eran la avanzadilla de una unidad de paracaidistas británicos que, acompañada por tres divisiones aliadas, llegarían a la ciudad al día siguiente, puntualmente. El oficial de las SS se quedó tan sorprendido que dio su aquiescencia para un alto el fuego.

Gracias a esta pollada, Creig logró salir del colegio, pero no lo hizo para huir hacia las unidades de Patton; tratándose de un escocés, tal vez juzgó que el billete de autobús costaba demasiado. Lo que hizo fue regresar a Radio Praga, donde siguió haciendo emisiones en inglés que le sirvieron a los americanos para estar informados. Después de la guerra fue condecorado por el Estado checoslovaco.

Entre unas cosas y otras, el 5 de mayo por la tarde se estima que unos 30.000 checos estaban activamente alzados contra los alemanes en las zonas del país que controlaban éstos. Praga estaba petada de barricadas por todas partes. Schörner envió una orden, captada por los británicos, a las unidades que se encontraban cerca de la capital, por la cual debían confluir en ella y reprimir el levantamiento “con extrema brutalidad”.

Ahora bien, la cosa era que si había una unidad militar que estaba en condiciones de llegarse a Praga en menos tiempo, ésa no era soviética. En su puesto de mando del III Ejército, Patton consideraba, y no se equivocaba, que la suya era la posición mejor para llegar a Praga y ayudar al levantamiento y, de hecho, las anotaciones de su diario del día 5 dejan entrever que consideraba que el comunicado de Omar Bradley permitiéndole pasar de Pilsen iba a ser sólo una formalidad.

Eisenhower, sin embargo, dudaba. El día antes, 4 de mayo, había tomado contacto con el jefe de Estado Mayor del Ejército soviético, Alexei Antonov, al que le había sugerido que, tras tomar Pilsen, el III Ejército estadounidense se moviese hacia las barriadas periféricas al sur de Praga. Antonov había reaccionado a esa sugerencia como si le hubiesen propuesto que se arrancase un testículo con unas pinzas de comer centollos. En opinión de Antonov, si los estadounidenses sobrepasaban las líneas inicialmente pactadas, se podría producir una “confusión de fuerzas”, por lo que dijo que no es no, que el acuerdo inicial seguía siendo el vigente, y que gracias Espíritu Santo por los favores recibidos. Eisenhower, un hombre que, como ya he tenido ocasión de recordar en estas notas, cada minuto que pasaba del final de la segunda guerra mundial era un centímetro menos militar y un centímetro más político, entendió el mensaje y le dijo a Antonov que no se preocupase, que todo seguía como se había pactado.

¿Qué había pasado? Pues lo que había pasado, contado con simpleza, es que a media tarde del 4 de mayo de 1945, todas las partes implicadas, alemanes no fanatizados incluidos, sabía ya que Praga caería en poder de los aliados, un día o otro. La cuestión, ahora, era de cuáles. Y eso convertía la liberación de Praga, no en un hecho militar, sino en el fruto de un pacto político. Y ya se sabe que cuando los políticos se ponen a pactar, los intereses de la gente implicada en el pacto pasan a estar, digamos, en un segundo plano. Bueno, más bien tercero o cuarto, y, la verdad, bastante rugoso.

La cosa venía de algo atrás. Aproximadamente una o dos semanas antes del tiempo que relatamos, el siempre prospectivo Winston Churchill había planteado ya la posibilidad de que fueran los estadounidenses los que liberasen Praga. Cuando Moscú mostró su total oposición, Churchill envió directamente un telegrama a Truman, en el que, sin ambages, le venía a decir que los aliados occidentales debían liberar cuanta mayor porción de Checoslovaquia, mejor, para así poder influir con eficiencia en la suerte del país después de la guerra. El primer ministro británico, en este sentido, tenía muy presente la suerte que para entonces ya estaba corriendo Yugoslavia. Truman, sin embargo, no tenía demasiadas ganas de meterse él personalmente en el tema. Así pues, lo delegó en el general Marshall quien, asimismo, y por las mismas razones, lo delegó en Eisenhower, quien el 1 de mayo produjo la instrucción que ya conocemos, que establecía en Pilsen y Karlsbad el límite de avance de las tropas aliadas occidentales. Truman se limitó a aprobar esta directiva.

Los estadounidenses, por lo tanto, detendrían su avance, cualesquiera que fueran las circunstancias, en la ribera Oeste del Elba, más o menos en la frontera que tenía Checoslovaquia en 1937; y sólo si las circunstancias lo permitían, avanzarían algo más hasta la línea Pilsen-Karlsbad-Budejovice.

Eisenhower, además, tenía una razón más para evitar la implicación estadounidense en la liberación de Praga. Por sencilla que ésta pudiera parecer, indudablemente debería suponer un número de bajas; y, en ese momento, los estadounidenses ya estaban moralmente centrados en la guerra del Pacífico que, como sabían bien, no había terminado; y en la que, como también sabía bien cualquier persona medianamente inteligente con la única excepción del difunto Roosevelt y sus asesores, la URSS iba a prestar una ayuda apenas simbólica. Además, a pesar de que todos los signos se mostraban en la dirección contraria, los estadounidenses todavía creían que los alemanes retenían una inusitada capacidad de resistencia en los Alpes.

Se equivocaban. En realidad, Checoslovaquia era la última bala que le quedaba en el cargador al Ejército alemán, y si perdía el control de Praga se quedaría, literalmente, sin lugar adónde ir.

En los días que siguieron al suicidio de Hitler, el desplome de la Cancillería y la formación del gobierno de coña del almirante Dönitz, Eisenhower se fue convenciendo de que no habría contraataque alemán en los Alpes. Por eso, con las últimas luces del día 4 autorizó la entrada de las tropas estadounidenses en Checoslovaquia al día siguiente. También le propuso al Estado Mayor soviético que el III Ejército, avanzase hasta el río Vitava, que es el que baña Praga. Esta propuesta, sin embargo, llegó demasiado tarde. Lo que los soviéticos no habían querido discutir en la última semana de abril, cuando lo propuso Churchill, menos lo querían discutir ahora que, encima, los alemanes tenían que lidiar con una sublevación civil a gran escala en la capital y en otras ciudades del país. Antonov, que era un tipo bastante listo, se apresuró a incluir en su cablegrama al jefe del SHAEF el precedente del avance británico hacia Wismar que, en realidad, había provocado que los ingleses pusieran sus pies en terreno inicialmente reservado para el avance soviético; insistió en que en Praga, como había podido ocurrir en Wismar (como ya sabemos, faltó poco), podría llegar a ocurrir que tropas aliadas se agrediesen. Para entender mejor a los soviéticos, conviene recordar lo reciente que estaba la rendición del Brezal de Luneburgo que, quiero recordarlo de nuevo, los alemanes habían vendido como una tregua alcanzada con los aliados occidentales para poder proseguir la guerra contra los soviéticos; interpretación que, dado que en muchos puntos de la rendición las tropas alemanas no habían sido desarmadas, no era ninguna idiotez imposible a ojos de los rusos. Eisenhower, haciendo uso una vez más de su olfato político, se dio cuenta de que eran demasiados puntos de duda, así pues accedió a mantener la línea Pilsen.

Hay que tener en cuenta, por último, otro factor: Checoslovaquia era una de esas cosas que la Casa Blanca, obsesionada con sus mamonadas como la creación de las Naciones Unidas y la implicación (por llamarla de alguna manera) de la URSS en la guerra contra Japón; era, digo, una de esas cosas que el cráneo previlegiado Franklin Delano Roosevelt había dejado fuera del orden del día de Yalta. Lo que se había hablado en Crimea sobre ese país en materia de zonas de influencia, futuro político, etc., era nada, cero, caput, rien du tout, kein. Stalin, mientras dibujaba lobos en aquellas sesiones, había dejado que los fantasmas y las obsesiones de sus dos contertulios le hiciesen el trabajo sucio. Alimentó la obsesión de Churchill por Grecia y los Dardanelos, un teatro de operaciones donde la capacidad de los comunistas era limitada, aunque importante; y a FDR lo enfangó en sendas conversaciones inútiles sobre Polonia y Yugoslavia, sabedor de que en ambos casos él ya había puesto una pica, había hecho el primer movimiento, lo cual le daba ventaja. Complicando estos temas, sobre todo el polaco, tuvo la ventaja de no dejar tiempo para discutir otros, como Checoslovaquia. Pero sólo admitiendo que hubiera tenido una extraña precuela de su derrame cerebral final se podría justificar la teoría de que Stalin no contaba con tomar él la ciudad de Praga ya en los lejanos días de Yalta. El georgiano y sus estrategas siempre tuvieron claro que Checoslovaquia era la hebilla que abrochaba finalmente el cinturón de países satélite que, finalmente, habría de separar a la URSS de sus enemigos occidentales. Y contaba con la ventaja de que, a él, como a su partido, si eso le iba a costar uno, diez, cien o un millón de muertos, la verdad, se le daba una puta higa.

1 comentario:

  1. Lamento haber tardado tanto en leer este artículo, interesante como todos los que publicas, aunque en esta ocasión no coincido con tu analisis. El tema daria para mucho, pero resumiendo yo diria que FDR no se equivoco tanto, ninguno de los territorios que"cedio" se habria al mara abierto, la URSS, como antes Rusia, seguía, con más territorios eso sí, pero confinada en tierra sin accesos al mar abierto, como había sido la política britanica los últimos 150 años. Y creo que Stalin mas o menos respeto ese acuerdo, en definitiva no hecho el resto apoyando a los Griegos y a los Chinos ni agua hasta que llegaron ellos solitos al poder.

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