En la torpe programación mental que me voy haciendo para estimar los asuntos que podría tratar en estos post estaban, esta semana, el juicio político al que la República sometió al rey Alfonso XIII, y que culminó en una sentencia por alta traición; así como unas notas que voy recopilando para construir la crónica de la triste jornada de septiembre en la que fue derrocado el presidente de Chile, Salvador Allende. No obstante, hoy me ha podido otro de mis impulsos.
Alguna vez os he hablado de algún blog cuya lectura disfruto. Uno de éstos, que nunca he comentado, es Wonkapistas. La sociología fue mi segunda opción de carrera universitaria; no la estudié porque soy muy buen chico, tenía buenas notas y, por lo tanto, no se me pudo negar la primera elección. Pero este dato debe bastar para demostrar que es una disciplina que, en algún momento de mi vida, captó mi interés. Hoy capta mi curiosidad. Allí, en Wonkapistas me refiero, encontraréis quienes aún no conozcáis ese espacio un trabajo muy pulcro de análisis social en el que su autor, me parece a mí, se desquita del hecho de que su vida oficial y laboral tenga que transcurrir por unos derroteros concretos, así pues drena su curiosidad por otras movidas a través de sus anotaciones. Creo que esto es lo que hace grande internet en general y la blogosfera en particular; en buena parte, es una manera de aprovecharse de los conocimientos, con perdón, residuales, de auténticos intelectuales. Una manera inexistente hasta hoy.
Yo las cosas que admiro tiendo a imitarlas. Así pues, hoy quiero hablaros de cosas de las que estoy seguro que Wonka os disertaría mucho mejor. Porque todo tiene historia en esta vida, y la ciencia que está en la sala de máquinas de la sociología, es decir la estadística, no es una excepción.
La estadística nace por dos necesidades claras: el censo y el catastro. El censo cuenta personas y el catastro patrimonios, sobre todo tierras. Podemos decir que, desde el momento que existen organizaciones administrativas razonablemente complejas, existen cosas como la leva militar y la cobranza de impuestos; realidades, ambas, para las que es necesario saber cuántas personas y cuántas riquezas hay en un país. Veintidós siglos antes de nacer Jesucristo, ya hubo un emperador en China, de nombre Yao, que abordó la división de su país en provincias, nueve, empresa que complementó con una medición de las tierras, así como un censo de sus equipamientos y de sus habitantes. Así pues, la estadística, de alguna manera, lleva entre nosotros ya más de 4.000 años.
Los pueblos antiguos no tenían transportes adecuados y, además, carecían de personal suficientemente cualificado para ser encuestador. Por este motivo, en la antigüedad los censos se valían de mecanismos intermedios para los arqueos o inventarios, especialmente la religión. Por ejemplo, en la Atenas de los tiempos aristotélicos, los habitantes tenían la arraigada costumbre de ofrecer una medida de trigo a la diosa Minerva por cada hijo nacido y una de cebada por cada fallecido; motivo por el cual los estadísticos del tiempo, que eran los sacerdotes, no contaban personas, sino donaciones de trigo y de cebada, información con la cual estimaban el movimiento natural de la población.
En la misma línea el rey romano Servio Tulio, el primero que creó una organización que de verdad tuviese datos fiables de su pueblo, estableció que cada barrio de Roma levantase un monumento a su deidad propiciatoria. En el día del patrón, cada vecino estaba obligado a dar como donativo una moneda al sacerdote, y se establecía el tipo de moneda a entregar si se era hombre o mujer o según la edad que se tuviese; luego el sacerdote (además de forrarse) contaba las monedas, y elaboraba el censo del área. Para poder medir el movimiento natural de la población, Servio Tulio estableció que las familias deberían hacer una donación determinada a la diosa Lucina por el nacimiento de un hijo, otro a la diosa Libitina por el fallecimiento, y uno especial a la diosa Juventus por cada varón que llegaba a la edad de vestir la toga viril. Independientemente de ello, el pueblo romano era contado cada cinco años, tras haber sido oportunamente convocado para ello al Campo de Marte; actividad que era dirigida por un magistrado especial, el Censor, que no viene de censurar, sino de censo.
El censo más famoso de la Historia de Roma es el de Augusto, puesto que fue el que obligó a José a llevarse a su mujer embarazada, María, desde Nazaret hasta Belén. El matrimonio se encontraba allí cuando el parto de Jesucristo precisamente para cumplir con el censo augustiano. En los tiempos imperiales, el plazo intercensos se dilató: de cinco pasó a diez años (es el plazo que tenemos nosotros ahora, por ejemplo) y, tras la reforma de Constantino, quince.
Existen otros métodos de contabilización en el mundo antiguo que no dejan de ser curiosos. Por ejemplo, Robert Graves nos refiere en El conde Belisario que, en Constantinopla, era costumbre reunir al ejército que marchaba de campaña en alguna campa, donde cada soldado clavaba una estaca en el suelo. A la vuelta de la batalla o de la guerra, los soldados se reunían en la misma explanada y cada uno arrancaba una estaca. Luego se contaban las que quedaban clavadas para conocer las bajas.
En la Europa medieval fue especialmente famoso, complejo y meritorio el censo y catastro realizado por Guillermo el Conquistador en Inglaterra, más o menos a mediados del siglo XI. Era una operación política, pues don William le había encendido el pelo a los sajones, antiguos inquilinos de la isla, y necesitaba contabilizar (y dar con ello estabilidad jurídica) a los cambios de propiedad a favor de los suyos. Será por eso que los sajones conocieron este censo como Doomsday Book, literalmente Libro del Juicio Final.
Los habitantes originarios de la América que hoy habla español parecen ser los primeros inventores de los gráficos. Hernán Cortés dice haber visto en México registros pintados, donde se expresaban los cambios de población y las riquezas de los habitantes. Y en Perú, según Garcilaso de la Vega, los indígenas tenían un conocimiento exacto de su población, distribución geográfica, edades, condición civil, etc., mediante censos sistemáticos que expresaban mediante un complejo sistema de cordones de colores. Combinando los colores y los nudos de los cordones conseguían expresar gráficamente los guarismos. O sea, como el Excel, pero sin Excel.
En España tampoco esperamos al nacimiento de la estadística en sí para hacer estadísticas. En 1351, las Cortes castellanas, convocadas por Pedro I (ya sabéis, el alanceador de reyes moros refugiados), dispuso la creación del Becerro de las Behetrías (una behetría, según he podido saber, es un terreno propiedad de un campesino libre que tiene, además, la libertad de elegir señor feudal, siempre y cuando lo haga dentro de un determinado linaje). Este censo recogía los señoríos de las merindades de Castilla. Los Reyes Católicos, siempre atentos a las novedades del Estado renacentista, dictaminaron el empadronamiento de los habitantes de Castilla y Aragón, trabajo del que surgió una estimación cercana a los 8 millones de habitantes. No obstante, cuando sesenta años después, en 1541, Carlos V hiciera un censo por razones fiscales, sólo le salieron 4,2 millones de contribuyentes, lo cual hace pensar que Isabel y Fernando sumaron mal (frase ésta que, ahora que la he escrito, veo que tiene más de un significado). En aquellos años, no obstante, no quedó terreno en Hispania por censar. Cataluña, Vascongadas, Navarra y el Reino de Valencia tuvieron sus censos.
Felipe II, por su parte, realizó dos empadronamientos. Uno, en 1587, le dio 6,630 millones de ciudadanos. El otro, en 1594, le dio 6,888 millones, aunque esta cifra probablemente sea más baja que la real, porque dicho empadronamiento se hizo para fijar el servicio de los millones (un impuesto) del que había personas que estaban exentas y, probablemente, no fueron contadas.
Con esa afición tan suya a los proyectos acromegálicos a la par que irrealizables, Felipe II albergó el plan de compilar una descripción minuciosísima de España, pueblo a pueblo. En siete años, de los 13.000 pueblos que había entonces en España, Felipe II había conseguido que le contestasen 636, y hubo de abandonarse.
En 1748, siendo rey Fernando VI, el Marqués de la Ensenada hizo un nuevo censo, del que salieron 7,473 millones de habitantes. Al conde de Aranda, ministro que lo fue de Carlos III, le salieron, veinte años después, 9,307 millones de habitantes. En 1787, Floridablanca repitió el ensayo, y ya calculó 10.409.879 habitantes. Los españoles, a las puertas de la Revolución Francesa, éramos ya two digits.
Ahora la cosa iba en serio. En 1802 se crea la primera Oficina de Estadística existente en España, la cual no pudo hacer gran cosa porque fue invadida, junto con el resto del país, por el pérfido francés, que traía en el zurrón, sin embargo, las ideas que luego nos pasaríamos cien años intentando imponer. José Bonaparte, el triste Pepe Botella tan odiado por el pueblo de Madrid, abordó en 1810 un censo de vecinos.
De 23 de junio de 1813 data la obligación a los ayuntamientos de llevar un registro de nacimientos, matrimonios y defunciones, confirmada por la ley de 3 de febrero de 1823. En 1833, cuando se dividió España en 49 provincias, se calculó la población en 12.286.941 habitantes. En 1836 se hace el primer padrón de extranjeros. De 1844 es la primera estadística criminal.
En 1856 se crea la Comisión Estadística General del Reino, el primer organismo centralizado para la realización de censos y otros trabajos. En 1857 había terminado ya su primer censo (15.464.340 habitantes), que repitió en 1860 (15.673.536).
En 1873 nace el Instituto Geográfico y Estadístico, que será el germen de lo que hoy conocemos como Instituto Nacional de Estadística.
El INE tiene algunas malas costumbres y otras muchas buenas. Entre las buenas está la decisión de escanear su biblioteca de publicaciones estadísticas y ponerla a disposición de los lectores ávidos en su página web. A ello y, más concretamente, a la introducción a la Memoria Estadística de 1912, le debéis buena parte de estas torpes notas.
viernes, febrero 09, 2007
martes, febrero 06, 2007
¿Dejà vu?
En el día de hoy, una de las noticias que más pita en los medios españoles tiene que ver con el Estatuto de Cataluña. Como, gracias al Google Analytics, puedo saber de dónde se conectan algunos lectores y hay accesos desde varias partes del globo, quizá sea necesario explicar algunas cosas. Si no es así, pido perdón por el coñazo.
Durante los años 2005 y 2006, impulsado por el cambio de gobierno generado en las elecciones del 2004, donde las derechas cedieron el poder a las izquierdas, se ha producido un proceso de reforma del Estatuto de Autonomía de (entre otras regiones) Cataluña, proceso que, en el caso catalán, ha sido extraordinariamente polémico, yo diría que por tres causas:
La primera, de orden filosófico, porque los redactores de la nueva constitución autonómica querían que, cuando menos en su preámbulo, se afirmase la identidad nacional de Cataluña; algo que tiene su importancia porque las naciones son soberanas y reconocer que un territorio de España es una nación equivaldría a declararlo soberano por sí mismo y en sí mismo. Eso sí, hay toda una discusión jurídica, interminable, sobre el valor jurídico que tiene una afirmación hecha en el preámbulo de una norma, y no en su articulado.
El segundo motivo de polémica es la pasta. Cataluña se siente, desde hace algo más de cien años, contribuyente neta de España. Lo cual quiere decir que aporta más dinero (impuestos) del que recibe (gasto público). Esta afirmación es discutida por unos, que aseveran que las cuentas hay que hacerlas de otra manera; y combatida por otros, que consideran que, por definición, una región rica ha de ser, en un esquema de solidaridad territorial, contribuyente neta. En el fondo de la cuestión, sin embargo, no está tanto (o a mí me lo parece) la cuestión de si pone o no pone más que otros, como la discusión sobre el modelo de financiación. El nacionalismo catalán añora el sistema foral de cupo que disfrutan el País Vasco y Navarra, porque es notablemente más soberano. En un sistema de cupo, la región o reino afectados cobran los impuestos y, posteriormente, negocian con el Estado el valor de los servicios que éste ha realizado en su territorio, y le pagan por ello. Entre las autonomías denominadas de régimen común, Cataluña incluida, el sistema es otro: es el Estado el que recauda los impuestos (aunque hay algunos cedidos) y las autonomías le piden pasta.
El tercer problema es el idioma que, en realidad, no hace sino acrisolar todas las vertientes culturales de la identidad nacional, que suelen ser las más enraizadas y, consecuentemente, defendidas o atacadas, por ambas partes, con mayor virulencia.
El Estatuto catalán fue aprobado ya por el parlamento español hace algunos meses, bien es verdad que con cambios que a mí me parecen bastante sustanciales sobre la redacción inicial (aunque ya digo que en esto hay tantas opiniones como traseros). Sin embargo, queda un tramo, un tramo olvidado por muchos pero que tiene su importancia: la oportuna sentencia del Tribunal Constitucional.
El TC es el tribunal en el que se dirimen aquellos casos en los que lo que se ventila es si una actuación es o no acorde con la Constitución Española. El principal partido opositor de los dos nuevos estatutos de Cataluña (el inicialmente redactado y el finalmente aprobado), es decir el Partido Popular, hizo uso de la prerrogativa que tiene de presentar un amplio recurso de inconstitucionalidad contra el nuevo Estatuto, recurso en el que pide al tribunal que se defina sobre prácticamente toda la norma. Este recurso, de hecho, convierte al TC en una tercera cámara, después del Congreso y del Senado, que tendrá que dirimir, votar, el Estatuto.
¿Qué pasó ayer? Bueno, pues lo que pasó es que el TC hizo pública su decisión sobre una, por así decirlo, cuestión de orden presentada por el PP, anterior a la sentencia en sí, que era la recusación de uno de los jueces que tenían que participar en el fallo. Se trata de Pablo Pérez Tremps, hoy magistrado del Constitucional pero que ayer, siendo jurista en ejercicio, realizó, al parecer, un trabajo sobre el Estatuto encargado por la Generalitat de Cataluña. El PP argumentaba que aquel informe era una pieza más del trabajo realizado para redactar el Estatuto y que, en consecuencia, Pérez Tremps iba a dirimir la constitucionalidad de un texto que él mismo había contribuido a redactar, lo cual es un contrasentido. Sea o no cierto este argumento, lo que sí es cierto es que el TC, por ajustado margen, ha decidido atenderlo. Pérez Tremps ha sido recusado y ahora no podrá participar en el dictamen que sostendrá el fallo del Constitucional.
La prensa se ha apresurado a hacer una identificación, o sea: juez partidario de recusar a Pérez Tremps = juez partidario de la inconstitucionalidad del Estatuto. En fin, es un poco precipitada. A mí me parece que el caso de Pérez Tremps era bastante evidente, hasta el punto que, si debo escribir mi opinión personal, no es que esté bien recusado; es que debería haber sido él quien, voluntariamente, se hubiese declarado incompetente. Pero eso no prejuzga, en lo absoluto, un juicio sobre la constitucionalidad de la norma, precisamente por lo evidente que resulta la recusación.
Todo esto, no obstante, sólo es una introducción para legos. Como aquí hablamos de Historia, no nos vamos a separar de la línea. Porque a mí, cuando he leído estas noticias, y a pesar de que, como digo, me parece absolutamente exagerado concluir de la recusación que va a haber un fallo judicial claramente contrario al Estatuto, sí se me ha planteado qué es lo que puede ocurrir si es así. Y me he acordado de que España y Cataluña ya estuvieron en la misma tesitura, en junio de 1934.
Con la llegada de la República, en España se formaron unas Cortes netamente de izquierdas que, de la mano de Manuel Azaña, presidente del Gobierno, iniciaron una labor importante de desarrollo de legislaciones de corte social. Esta labor, además de parir otras medidas laborales diseñadas por Francisco Largo Caballero, ministro de Trabajo, tuvo un punto importante en la reforma agraria. España, hace 70 años, era aún un país fundamentalmente agrario y la propiedad de la tierra estaba notablemente concentrada, especialmente en el sur. Los grandes terratenientes eran quienes se habían beneficiado de las desamortizaciones del siglo XIX, y había zonas, como Andalucía y Extremadura, donde había grandes bolsas de jornaleros en paro.
La reforma agraria nunca funcionó bien. Los elementos burgueses del Gobierno presionaron para que las expropiaciones de tierras (pues la Constitución permitía expresamente la expropiación de bienes económicos por interés social) fuesen a cambio de indemnizaciones justipreciadas, lo cual dificultó notablemente el reparto de tierras. Hoy hay toda una corriente de escritores e historiadores empeñada en demostrar que la reforma fue mejor de lo que se dice; pero esa afirmación se da de bruces con la evidentísima decepción que sintieron los jornaleros de izquierdas por sus escasos avances, decepción que acabaría cristalizando en los tristísimos sucesos de Castilblanco y, sobre todo, Casas Viejas, que acabarían por costarle el puesto a Azaña y el gobierno a las izquierdas.
A pesar del mal funcionamiento, el gobierno aprobó medidas, entre ellas una Ley de Términos Municipales que establecía medidas como que un patrón no podía contratar jornaleros de otra población si quedaban parados en aquélla donde radicaban las tierras. Fue una medida para impedir que los patronos, ante la eventualidad de grupos de jornaleros organizados en el Pueblo A, capaces por lo tanto de conseguir salarios dignos, se fuesen al Pueblo B a contratar a otros menos organizados por la mitad de precio. Los terratenientes reaccionaron con bastante cabreo e iniciaron medidas obstruccionistas, que se resumen en el famoso eslogan que se les atribuyó, dirigido a los jornaleros: «Comed República».
En noviembre de 1933, la cosa cambió. Hubo unas elecciones que ganaron de largo las derechas, sobre todo por el desencanto creado por Casas Viejas y, dicen algunos sociólogos, porque por primera vez votaron las mujeres, entonces mayoritariamente conservadoras. Como ya hemos contado aquí, la llegada de las derechas al poder supuso un automático frenazo al desarrollo del Estatuto de Cataluña, que ya había sido aprobado pero al que le quedaban aún muchas cosas por dirimir.
En Cataluña gobernaban las izquierdas. Era presidente Lluis Companys y la Esquerra Republicana el partido de referencia. Este gobierno catalán quiso, también, regular el sector agrario, un sector presidido en buena parte por relaciones de arriendo, en ocasiones verbales como era entonces muy común en el agro, conocidas como la rabassa morta. Por ello, el gobierno catalán dictó una ley, la Ley de Cultivos, en la que, entre otras cosas, regulaba (artículo 8, según la documentación que he podido leer) las atribuciones de una Junta Arbitral existente para dirimir conflictos entre arrendador y arrendatario.
Aquel artículo 8 estaba redactado con el espíritu de la reforma agraria que, como ya os he dicho, se había abordado en Madrid meses antes. Así pues, establecía que la Junta Arbitral podría establecer las condiciones de la rabassa entre el propietario y arrendatario inicial o, si lo consideraba conveniente, con otro arrendatario diferente, fuera éste una persona física, una cooperativa, un sindicato…
La Ley de Cultivos catalana gustó más bien poco a los terratenientes catalanes. Con un gobierno de izquierdas, sin embargo, se habrían tenido que callar. Pero en Madrid gobernaban las derechas. Y lo que hizo el gobierno presidido por el Partido Radical fue denunciar la Ley de Cultivos catalana en el Tribunal de Garantías Constitucionales.
Y ganó.
Es cierto que la Constitución permitía la disposición de los bienes económicos por razones sociales. Pero el Tribunal entendió que esa potestad constitucional le era concedida sólo al Estado central y entendió que la citada ley catalana era una intromisión de una autonomía en una competencia estatal (regulación de la propiedad privada).
¿Cuál fue la reacción de los catalanes? El 12 de junio de 1934, el presidente Lluis Companys se presentó ante el parlamento autonómico con la intención de presentar el nuevo texto de la Ley de Cultivos; el texto diseñado para superar los problemas de constitucionalidad que había señalado el Tribunal de Garantías.
Presentó la misma ley. Exactamente la misma. Copiada hasta la coma. A día de hoy, y si exceptuamos la acción armada de octubre de aquel mismo año, nunca una autonomía ha planteado un conflicto tan grave con el Estado.
La sesión del 12 de junio fue tormentosa. Los mossos d’esquadra tuvieron que aplicarse bien a fondo para evitar que el público, que ya no cabía en la tribuna de visitantes, siguiese entrando en el edificio. Un grupo de militantes de Estat Catalá, formación que, como su propio nombre indica, era claramente independentista, intentaron colgar una bandera de su partido en el mismo balcón del parlamento. Adabal, diputado de la conservadora Lliga Regionalista, casi fue linchado en la calle a su llegada.
En su discurso, Companys apartó con rapidez las exquisiteces jurídicas del conflicto y lo llevó al terreno político, reclamando el total apoyo a sus tesis porque, dijo, «frente a un ataque a Cataluña, no pueden existir divisiones entre los que nos sentimos catalanes». Ese «los que nos sentimos catalanes» fue una puyita, muy típica de él, a los miembros de la Lliga, a los que negaba la condición de amantes de Cataluña (cosa que a un catalanista, obviamente, le jode más que cualquier otra cosa).
Acto seguido, anunció que la ley presentada era exactamente la misma que había sido tumbada por el Tribunal, y anunció que «el Gobierno [catalán] la hará cumplir, pase lo que pase y sea como sea». Confesión que arrancó un largo aplauso cerrado, tan escandaloso que el presidente tuvo que amenazar al público con echarlo si no se callaba.
Acto seguido, Companys holló los terrenos que realmente le importaban; la madre de cordero. Porque el problema con el gobierno de Madrid, el gobierno de derechas, no era tanto la Ley de Cultivos (ésa era sólo la fiebre) como el retraso o, más bien, parón que había sufrido la negociación de las transferencias (la enfermedad). De persistir esa actitud obstruccionista de Madrid, dijo, «nuestra autonomía iría desfalleciendo de tristeza, iría perdiendo el color y el carácter para terminar desviándose y hundiéndose por la cobardía o por la estupidez de los catalanes». Más aún: ante un «alzamiento monárquico y centralista de todas las tierras hispánicas», que era algo que la izquierda temía entonces, «Cataluña daría la gran batalla, porque nosotros no queremos morir de asco ni de vergüenza». Como se ve, Companys ya tenía, en junio del 34, la cabeza amueblada para hacer lo que hizo en octubre.
¿Que cómo terminó esto? Pues no lo sé, la verdad. En octubre, Companys metió la pata hasta el corvejón y decidió aprovechar el golpe de Estado revolucionario liderado por el PSOE y la UGT en Madrid (aunque sólo medró en Asturias) para impulsar la proclamación del Estado catalán de la República Federal Española (así lo definió en su alocución, a las 20,20 horas del 6 de octubre, desde el balcón del palacio de la Generalitat) e iniciar un proceso de sedición cuya consecuencia sería la suspensión de la autonomía durante el resto del bienio de derechas. Para cuando gobernó el Frente Popular, la Ley de Cultivos ya no era un problema.
Esto fue lo que pasó. Para saber lo que pueda pasar en el futuro, os diría que os equivocáis de blog; tal vez en el de Iker Jiménez o el de Rappel, si es que tienen, os lo cuenten.
Durante los años 2005 y 2006, impulsado por el cambio de gobierno generado en las elecciones del 2004, donde las derechas cedieron el poder a las izquierdas, se ha producido un proceso de reforma del Estatuto de Autonomía de (entre otras regiones) Cataluña, proceso que, en el caso catalán, ha sido extraordinariamente polémico, yo diría que por tres causas:
La primera, de orden filosófico, porque los redactores de la nueva constitución autonómica querían que, cuando menos en su preámbulo, se afirmase la identidad nacional de Cataluña; algo que tiene su importancia porque las naciones son soberanas y reconocer que un territorio de España es una nación equivaldría a declararlo soberano por sí mismo y en sí mismo. Eso sí, hay toda una discusión jurídica, interminable, sobre el valor jurídico que tiene una afirmación hecha en el preámbulo de una norma, y no en su articulado.
El segundo motivo de polémica es la pasta. Cataluña se siente, desde hace algo más de cien años, contribuyente neta de España. Lo cual quiere decir que aporta más dinero (impuestos) del que recibe (gasto público). Esta afirmación es discutida por unos, que aseveran que las cuentas hay que hacerlas de otra manera; y combatida por otros, que consideran que, por definición, una región rica ha de ser, en un esquema de solidaridad territorial, contribuyente neta. En el fondo de la cuestión, sin embargo, no está tanto (o a mí me lo parece) la cuestión de si pone o no pone más que otros, como la discusión sobre el modelo de financiación. El nacionalismo catalán añora el sistema foral de cupo que disfrutan el País Vasco y Navarra, porque es notablemente más soberano. En un sistema de cupo, la región o reino afectados cobran los impuestos y, posteriormente, negocian con el Estado el valor de los servicios que éste ha realizado en su territorio, y le pagan por ello. Entre las autonomías denominadas de régimen común, Cataluña incluida, el sistema es otro: es el Estado el que recauda los impuestos (aunque hay algunos cedidos) y las autonomías le piden pasta.
El tercer problema es el idioma que, en realidad, no hace sino acrisolar todas las vertientes culturales de la identidad nacional, que suelen ser las más enraizadas y, consecuentemente, defendidas o atacadas, por ambas partes, con mayor virulencia.
El Estatuto catalán fue aprobado ya por el parlamento español hace algunos meses, bien es verdad que con cambios que a mí me parecen bastante sustanciales sobre la redacción inicial (aunque ya digo que en esto hay tantas opiniones como traseros). Sin embargo, queda un tramo, un tramo olvidado por muchos pero que tiene su importancia: la oportuna sentencia del Tribunal Constitucional.
El TC es el tribunal en el que se dirimen aquellos casos en los que lo que se ventila es si una actuación es o no acorde con la Constitución Española. El principal partido opositor de los dos nuevos estatutos de Cataluña (el inicialmente redactado y el finalmente aprobado), es decir el Partido Popular, hizo uso de la prerrogativa que tiene de presentar un amplio recurso de inconstitucionalidad contra el nuevo Estatuto, recurso en el que pide al tribunal que se defina sobre prácticamente toda la norma. Este recurso, de hecho, convierte al TC en una tercera cámara, después del Congreso y del Senado, que tendrá que dirimir, votar, el Estatuto.
¿Qué pasó ayer? Bueno, pues lo que pasó es que el TC hizo pública su decisión sobre una, por así decirlo, cuestión de orden presentada por el PP, anterior a la sentencia en sí, que era la recusación de uno de los jueces que tenían que participar en el fallo. Se trata de Pablo Pérez Tremps, hoy magistrado del Constitucional pero que ayer, siendo jurista en ejercicio, realizó, al parecer, un trabajo sobre el Estatuto encargado por la Generalitat de Cataluña. El PP argumentaba que aquel informe era una pieza más del trabajo realizado para redactar el Estatuto y que, en consecuencia, Pérez Tremps iba a dirimir la constitucionalidad de un texto que él mismo había contribuido a redactar, lo cual es un contrasentido. Sea o no cierto este argumento, lo que sí es cierto es que el TC, por ajustado margen, ha decidido atenderlo. Pérez Tremps ha sido recusado y ahora no podrá participar en el dictamen que sostendrá el fallo del Constitucional.
La prensa se ha apresurado a hacer una identificación, o sea: juez partidario de recusar a Pérez Tremps = juez partidario de la inconstitucionalidad del Estatuto. En fin, es un poco precipitada. A mí me parece que el caso de Pérez Tremps era bastante evidente, hasta el punto que, si debo escribir mi opinión personal, no es que esté bien recusado; es que debería haber sido él quien, voluntariamente, se hubiese declarado incompetente. Pero eso no prejuzga, en lo absoluto, un juicio sobre la constitucionalidad de la norma, precisamente por lo evidente que resulta la recusación.
Todo esto, no obstante, sólo es una introducción para legos. Como aquí hablamos de Historia, no nos vamos a separar de la línea. Porque a mí, cuando he leído estas noticias, y a pesar de que, como digo, me parece absolutamente exagerado concluir de la recusación que va a haber un fallo judicial claramente contrario al Estatuto, sí se me ha planteado qué es lo que puede ocurrir si es así. Y me he acordado de que España y Cataluña ya estuvieron en la misma tesitura, en junio de 1934.
Con la llegada de la República, en España se formaron unas Cortes netamente de izquierdas que, de la mano de Manuel Azaña, presidente del Gobierno, iniciaron una labor importante de desarrollo de legislaciones de corte social. Esta labor, además de parir otras medidas laborales diseñadas por Francisco Largo Caballero, ministro de Trabajo, tuvo un punto importante en la reforma agraria. España, hace 70 años, era aún un país fundamentalmente agrario y la propiedad de la tierra estaba notablemente concentrada, especialmente en el sur. Los grandes terratenientes eran quienes se habían beneficiado de las desamortizaciones del siglo XIX, y había zonas, como Andalucía y Extremadura, donde había grandes bolsas de jornaleros en paro.
La reforma agraria nunca funcionó bien. Los elementos burgueses del Gobierno presionaron para que las expropiaciones de tierras (pues la Constitución permitía expresamente la expropiación de bienes económicos por interés social) fuesen a cambio de indemnizaciones justipreciadas, lo cual dificultó notablemente el reparto de tierras. Hoy hay toda una corriente de escritores e historiadores empeñada en demostrar que la reforma fue mejor de lo que se dice; pero esa afirmación se da de bruces con la evidentísima decepción que sintieron los jornaleros de izquierdas por sus escasos avances, decepción que acabaría cristalizando en los tristísimos sucesos de Castilblanco y, sobre todo, Casas Viejas, que acabarían por costarle el puesto a Azaña y el gobierno a las izquierdas.
A pesar del mal funcionamiento, el gobierno aprobó medidas, entre ellas una Ley de Términos Municipales que establecía medidas como que un patrón no podía contratar jornaleros de otra población si quedaban parados en aquélla donde radicaban las tierras. Fue una medida para impedir que los patronos, ante la eventualidad de grupos de jornaleros organizados en el Pueblo A, capaces por lo tanto de conseguir salarios dignos, se fuesen al Pueblo B a contratar a otros menos organizados por la mitad de precio. Los terratenientes reaccionaron con bastante cabreo e iniciaron medidas obstruccionistas, que se resumen en el famoso eslogan que se les atribuyó, dirigido a los jornaleros: «Comed República».
En noviembre de 1933, la cosa cambió. Hubo unas elecciones que ganaron de largo las derechas, sobre todo por el desencanto creado por Casas Viejas y, dicen algunos sociólogos, porque por primera vez votaron las mujeres, entonces mayoritariamente conservadoras. Como ya hemos contado aquí, la llegada de las derechas al poder supuso un automático frenazo al desarrollo del Estatuto de Cataluña, que ya había sido aprobado pero al que le quedaban aún muchas cosas por dirimir.
En Cataluña gobernaban las izquierdas. Era presidente Lluis Companys y la Esquerra Republicana el partido de referencia. Este gobierno catalán quiso, también, regular el sector agrario, un sector presidido en buena parte por relaciones de arriendo, en ocasiones verbales como era entonces muy común en el agro, conocidas como la rabassa morta. Por ello, el gobierno catalán dictó una ley, la Ley de Cultivos, en la que, entre otras cosas, regulaba (artículo 8, según la documentación que he podido leer) las atribuciones de una Junta Arbitral existente para dirimir conflictos entre arrendador y arrendatario.
Aquel artículo 8 estaba redactado con el espíritu de la reforma agraria que, como ya os he dicho, se había abordado en Madrid meses antes. Así pues, establecía que la Junta Arbitral podría establecer las condiciones de la rabassa entre el propietario y arrendatario inicial o, si lo consideraba conveniente, con otro arrendatario diferente, fuera éste una persona física, una cooperativa, un sindicato…
La Ley de Cultivos catalana gustó más bien poco a los terratenientes catalanes. Con un gobierno de izquierdas, sin embargo, se habrían tenido que callar. Pero en Madrid gobernaban las derechas. Y lo que hizo el gobierno presidido por el Partido Radical fue denunciar la Ley de Cultivos catalana en el Tribunal de Garantías Constitucionales.
Y ganó.
Es cierto que la Constitución permitía la disposición de los bienes económicos por razones sociales. Pero el Tribunal entendió que esa potestad constitucional le era concedida sólo al Estado central y entendió que la citada ley catalana era una intromisión de una autonomía en una competencia estatal (regulación de la propiedad privada).
¿Cuál fue la reacción de los catalanes? El 12 de junio de 1934, el presidente Lluis Companys se presentó ante el parlamento autonómico con la intención de presentar el nuevo texto de la Ley de Cultivos; el texto diseñado para superar los problemas de constitucionalidad que había señalado el Tribunal de Garantías.
Presentó la misma ley. Exactamente la misma. Copiada hasta la coma. A día de hoy, y si exceptuamos la acción armada de octubre de aquel mismo año, nunca una autonomía ha planteado un conflicto tan grave con el Estado.
La sesión del 12 de junio fue tormentosa. Los mossos d’esquadra tuvieron que aplicarse bien a fondo para evitar que el público, que ya no cabía en la tribuna de visitantes, siguiese entrando en el edificio. Un grupo de militantes de Estat Catalá, formación que, como su propio nombre indica, era claramente independentista, intentaron colgar una bandera de su partido en el mismo balcón del parlamento. Adabal, diputado de la conservadora Lliga Regionalista, casi fue linchado en la calle a su llegada.
En su discurso, Companys apartó con rapidez las exquisiteces jurídicas del conflicto y lo llevó al terreno político, reclamando el total apoyo a sus tesis porque, dijo, «frente a un ataque a Cataluña, no pueden existir divisiones entre los que nos sentimos catalanes». Ese «los que nos sentimos catalanes» fue una puyita, muy típica de él, a los miembros de la Lliga, a los que negaba la condición de amantes de Cataluña (cosa que a un catalanista, obviamente, le jode más que cualquier otra cosa).
Acto seguido, anunció que la ley presentada era exactamente la misma que había sido tumbada por el Tribunal, y anunció que «el Gobierno [catalán] la hará cumplir, pase lo que pase y sea como sea». Confesión que arrancó un largo aplauso cerrado, tan escandaloso que el presidente tuvo que amenazar al público con echarlo si no se callaba.
Acto seguido, Companys holló los terrenos que realmente le importaban; la madre de cordero. Porque el problema con el gobierno de Madrid, el gobierno de derechas, no era tanto la Ley de Cultivos (ésa era sólo la fiebre) como el retraso o, más bien, parón que había sufrido la negociación de las transferencias (la enfermedad). De persistir esa actitud obstruccionista de Madrid, dijo, «nuestra autonomía iría desfalleciendo de tristeza, iría perdiendo el color y el carácter para terminar desviándose y hundiéndose por la cobardía o por la estupidez de los catalanes». Más aún: ante un «alzamiento monárquico y centralista de todas las tierras hispánicas», que era algo que la izquierda temía entonces, «Cataluña daría la gran batalla, porque nosotros no queremos morir de asco ni de vergüenza». Como se ve, Companys ya tenía, en junio del 34, la cabeza amueblada para hacer lo que hizo en octubre.
¿Que cómo terminó esto? Pues no lo sé, la verdad. En octubre, Companys metió la pata hasta el corvejón y decidió aprovechar el golpe de Estado revolucionario liderado por el PSOE y la UGT en Madrid (aunque sólo medró en Asturias) para impulsar la proclamación del Estado catalán de la República Federal Española (así lo definió en su alocución, a las 20,20 horas del 6 de octubre, desde el balcón del palacio de la Generalitat) e iniciar un proceso de sedición cuya consecuencia sería la suspensión de la autonomía durante el resto del bienio de derechas. Para cuando gobernó el Frente Popular, la Ley de Cultivos ya no era un problema.
Esto fue lo que pasó. Para saber lo que pueda pasar en el futuro, os diría que os equivocáis de blog; tal vez en el de Iker Jiménez o el de Rappel, si es que tienen, os lo cuenten.
sábado, febrero 03, 2007
El mito de las Cortes republicanas
La Historia está llena de tópicos. La mayoría son ciertos, en todo o en parte. Otros carecen de justificación. Uno de los que siempre me han sorprendido más es el que sostiene la alta calidad retórica de las Cortes de la República. He escuchado, no pocas veces, a muchas personas hablar de la altísima altura retórica que, como media, mostraba el Congreso en los años de la República. Este mito nace, tal vez, del hecho de que de aquellas Cortes formaron parte personas de gran altura intelectual, como José Ortega y Gasset o Miguel de Unamuno; quienes, por cierto, no escribieron sus mejores páginas en el Diario de Sesiones. También contribuye al mito el hecho de que uno de los grandes personajes de aquellos debates, Manuel Azaña, pase por ser lo que era: un político con un nivel cultural por encima de la media.
Todos estos factores, sin embargo, no impiden que la mayoría de los debates parlamentarios de los tiempos de la República estuviesen presididos por una zafiedad que hoy difícilmente se aceptaría en la misma tribuna. Para demostrar esta convicción mía, voy, en este post, a acudir a diversos ejemplos, todos ellos, por cierto, tomados del primer bienio de la República, 1931-1932, es decir la etapa constituyente. De esta manera me ahorro, por así decirlo, etapas parlamentarias como la inmediatamente anterior a la guerra, en la que se produjeron nada veladas defensas de fascismo y amenazas directas de muerte. Hablamos, pues, de los tiempos buenos.
En los tiempos buenos, 27 de agosto de 1931, el entonces ministro de Hacienda, Indalecio Prieto, atacó los fueros vascos con este argumento: «(…) el antiguo fuero era un fuero tan anticlerical, tan sensato y tan humano, que llega a disponer, como en el Fuero vizcaíno, que cada cura tuviese su barragana para tranquilidad de todos los vecinos.»
30 de septiembre de 1931. Interviene una de las escasas diputadas de las Cortes, la señorita Campoamor, en el curso de un debate con un diputado de la izquierda. Su anuncio «le voy a decir a su Señoría tan sólo dos cosas», es saludado por un diputado que grita: «¡Cuidado, que a esa edad todas son beatas!» Este tipo de interrupciones era común en aquellas Cortes por lo visto tan ecuánimes (por cierto, que el debate sobre la pertinencia o no de conceder a la mujer derecho al voto en las elecciones del 33 no tiene desperdicio).
En el Diario de Sesiones del 18 de noviembre de 1931 encontramos una perla retórica de uno de los diputados entonces más belicosos, Joaquín Pérez Madrigal, un radical-socialista que era conocido como El Jabalí de las Cortes. Dice: «Quería decir, señor presidente, que en una intervención, nocturna por cierto, acudí a un acto del primer jabalí de la República, el señor Unamuno, y le imputé la paternidad de una carta que apareció inserta en el órgano huérfano de la dictadura. Esta inculpación, acaso temeraria, vive en el Diario de Sesiones, no ha tenido la rectificación adecuada por el órgano legítimo que podría desmentirla, que es el primer jabalí de la República (…)». Palabras que son contestadas por un diputado no demasiado lejano ideológicamente del que había hablado, el señor Balbontín, con este dechado de respeto: «(…) Termino rogando a los señores De la Villa, Pérez Madrigal y demás jabalíes del Partido Radical-Socialista, verdaderos jabalíes de bazar, de cartón piedra, jabalíes de pega (se produce un escándalo). Os lanzáis unas veces contra la minoría agraria y otras contra nosotros; pero ni una sola vez habéis lanzado un grito de protesta contra el Gobierno. ¡Esclavos! ¡Siervos! (Arrecia el escándalo)».
Ese mismo día, que debió ser movidito, un diputado conservador, Casanueva, reprocha a la diputada de la izquierda Margarita Nelken que no haya hecho nunca profesión pública de españolismo. A lo que el inefable Pérez Madrigal contesta gritando: «Es usted un diputado faccioso». El presidente del Congreso, Besteiro, le pide por tres veces que retire una imputación tan directa, a lo cual se niega.
Otro interesante y elevado clinch entre Balbontín y Pérez Madrigal. El 16 de marzo de 1932. El primero de ellos está atacando a un diputado radical-socialista, Félix Gordón Ordás, por seguir apoyando al Gobierno. Cuando Gordón le está contestando que él es dueño de sus actos, Pérez Madrigal grita: «¡El señor Balbontín vive de las mujeres!» A lo que el apelado contesta: «El señor Pérez Madrigal se ha hartado de robar máquinas Yost. Es un ladronzuelo vulgar (Escándalo). Cállese su Señoría, que ha sido del Directorio y tomó champán con el Dictador [Primo de Rivera] (…) El señor Pérez Madrigal, cuando llevaba la representación en Córdoba de las máquinas Yost, y tengo pruebas de ello, fue destituido por quedarse con el importe de las ventas (…)».
Aquellas Cortes estaban repletas de eso. Fulano cometió tal o cual irregularidad, tengo las pruebas, nunca las muestro, pero ahí queda.
El 26 de abril de 1932, el ministro de la Gobernación (Casares Quiroga) pronuncia esta perla: «Si de algo tengo un cierto remordimiento, si de algo mi conciencia de ministro de la República tiene que arrepentirse, si de algo tiene que reprocharse el ministro a quien habéis entregado un arma para defender la República, es de no haberla utilizado antes contra la Judicatura» [y que viva Montesquieu].
13 de julio de 1932. Interviene Gil-Robles. Critica a un diputado de la izquierda, Menéndez, de quien dice que siempre ha sido un burgués y «jamás ha tenido título alguno para representar al proletariado». Menéndez responde: «Su Señoría es un perfecto imbécil». A requerimiento de Gil-Robles, el presidente, Besteiro, requiere al diputado que retire el insulto.
«MENÉNDEZ: ¿Cuál?
BESTEIRO: No lo sé.
MENÉNDEZ: ¿Lo de perfecto? Pues lo dejo en imperfecto imbécil, y queda retirada.»
El tal Menéndez era subsecretario del Gobierno cuando decía estas lindezas. Y Gil-Robles, pues como siempre, haciendo amigos…
Solazaos con este diálogo del 19 de octubre de 1932 entre un diputado gubernamental, Álvarez Angulo, y el ya famoso Balbontín.
ÁLVAREZ ANGULO: (…) Pero yo he de decir que ese Colegio de Abogados no se ha ocupado cuando han ido los deportados sindicalistas a Bata…
BALBONTÍN: Y vosotros tampoco.
ÁLVAREZ ANGULO: Su Señoría se acuerda siempre de ellos a la hora de comer.
BALBONTÍN: Y habéis votado en contra.
ÁLVAREZ ANGULO: Frente a los consortes. Yo digo que su Señoría es un frutero consorte y frutero con suerte, que ha vivido del Consorcio.
BALBONTÍN: ¡Usted carece de vergüenza política! No tiene derecho a hablar así (…) Besteiro le llama al orden.
ÁLVAREZ ANGULO: Señor Balbontín, yo no le he tuteado nunca a su Señoría porque tengo a menos hablar con su Señoría, y le ruego que me respete, como yo lo hago.
BALBONTÍN: Está usted haciendo el ridículo, amigo.
ÁLVAREZ ANGULO: Yo haré todo el ridículo que quiera su Señoría; pero su Señoría, que ha sido toda la vida un cobarde, lo ha sido ahora en el Colegio de Abogados al no levantarse contra los calumniadores del régimen.
BALBONTÍN: ¡A su Señoría le parto yo la cara!
9 de noviembre de 1932. Miguel Maura, ex ministro de la Gobernación, republicano de corte conservador, habla en el Parlamento. En el curso de un intercambio de requiebros aparentemente sin importancia, Pérez Madrigal (políticamente a su izquierda) le dice: «Aquí siempre tenemos mucha gracia». Maura contesta: «y mucha desvergüenza». Por mucho que se lo exige el Presidente Besteiro, se niega a retirar el insulto. Sólo tras mucha porfía consigue convencerle de que delegue en él la decisión, y entonces Besteiro retira el insulto en su nombre.
Gil Robles, el 9 de febrero de 1933. Moderada intervención: «(…) lo que yo he dicho, y reafirmo aquí, es que, no todas, sino algunas autoridades de la República, en vez de tener en la mano un bastón de mando, deberían tener un grillete».
En los tiempos actuales que vivimos hay, como tiene que ser, división de opiniones parlamentarias. Cuando se produce un debate del Estado de la Nación, unos quieren ver ganador al líder de la oposición y otros al presidente del Gobierno. Pero una cosa está clara: si cualquiera de los dos dijese cualquiera de las cosas que aquí se han reproducido, ya no habría duda: sería el perdedor.
Así pues, cierto es que nuestros parlamentarios de hoy en día apenas dominan la retórica. Que todo lo leen, que tienen escasa capacidad polémica y, además, suelen darle, cada vez que abren la boca, patadas al idioma. Pero decir eso no puede equivaler a decir, en justicia, que cualquier pasado fue mejor.
Hay pasados que, si pudiéramos, deberíamos cambiar.
Todos estos factores, sin embargo, no impiden que la mayoría de los debates parlamentarios de los tiempos de la República estuviesen presididos por una zafiedad que hoy difícilmente se aceptaría en la misma tribuna. Para demostrar esta convicción mía, voy, en este post, a acudir a diversos ejemplos, todos ellos, por cierto, tomados del primer bienio de la República, 1931-1932, es decir la etapa constituyente. De esta manera me ahorro, por así decirlo, etapas parlamentarias como la inmediatamente anterior a la guerra, en la que se produjeron nada veladas defensas de fascismo y amenazas directas de muerte. Hablamos, pues, de los tiempos buenos.
En los tiempos buenos, 27 de agosto de 1931, el entonces ministro de Hacienda, Indalecio Prieto, atacó los fueros vascos con este argumento: «(…) el antiguo fuero era un fuero tan anticlerical, tan sensato y tan humano, que llega a disponer, como en el Fuero vizcaíno, que cada cura tuviese su barragana para tranquilidad de todos los vecinos.»
30 de septiembre de 1931. Interviene una de las escasas diputadas de las Cortes, la señorita Campoamor, en el curso de un debate con un diputado de la izquierda. Su anuncio «le voy a decir a su Señoría tan sólo dos cosas», es saludado por un diputado que grita: «¡Cuidado, que a esa edad todas son beatas!» Este tipo de interrupciones era común en aquellas Cortes por lo visto tan ecuánimes (por cierto, que el debate sobre la pertinencia o no de conceder a la mujer derecho al voto en las elecciones del 33 no tiene desperdicio).
En el Diario de Sesiones del 18 de noviembre de 1931 encontramos una perla retórica de uno de los diputados entonces más belicosos, Joaquín Pérez Madrigal, un radical-socialista que era conocido como El Jabalí de las Cortes. Dice: «Quería decir, señor presidente, que en una intervención, nocturna por cierto, acudí a un acto del primer jabalí de la República, el señor Unamuno, y le imputé la paternidad de una carta que apareció inserta en el órgano huérfano de la dictadura. Esta inculpación, acaso temeraria, vive en el Diario de Sesiones, no ha tenido la rectificación adecuada por el órgano legítimo que podría desmentirla, que es el primer jabalí de la República (…)». Palabras que son contestadas por un diputado no demasiado lejano ideológicamente del que había hablado, el señor Balbontín, con este dechado de respeto: «(…) Termino rogando a los señores De la Villa, Pérez Madrigal y demás jabalíes del Partido Radical-Socialista, verdaderos jabalíes de bazar, de cartón piedra, jabalíes de pega (se produce un escándalo). Os lanzáis unas veces contra la minoría agraria y otras contra nosotros; pero ni una sola vez habéis lanzado un grito de protesta contra el Gobierno. ¡Esclavos! ¡Siervos! (Arrecia el escándalo)».
Ese mismo día, que debió ser movidito, un diputado conservador, Casanueva, reprocha a la diputada de la izquierda Margarita Nelken que no haya hecho nunca profesión pública de españolismo. A lo que el inefable Pérez Madrigal contesta gritando: «Es usted un diputado faccioso». El presidente del Congreso, Besteiro, le pide por tres veces que retire una imputación tan directa, a lo cual se niega.
Otro interesante y elevado clinch entre Balbontín y Pérez Madrigal. El 16 de marzo de 1932. El primero de ellos está atacando a un diputado radical-socialista, Félix Gordón Ordás, por seguir apoyando al Gobierno. Cuando Gordón le está contestando que él es dueño de sus actos, Pérez Madrigal grita: «¡El señor Balbontín vive de las mujeres!» A lo que el apelado contesta: «El señor Pérez Madrigal se ha hartado de robar máquinas Yost. Es un ladronzuelo vulgar (Escándalo). Cállese su Señoría, que ha sido del Directorio y tomó champán con el Dictador [Primo de Rivera] (…) El señor Pérez Madrigal, cuando llevaba la representación en Córdoba de las máquinas Yost, y tengo pruebas de ello, fue destituido por quedarse con el importe de las ventas (…)».
Aquellas Cortes estaban repletas de eso. Fulano cometió tal o cual irregularidad, tengo las pruebas, nunca las muestro, pero ahí queda.
El 26 de abril de 1932, el ministro de la Gobernación (Casares Quiroga) pronuncia esta perla: «Si de algo tengo un cierto remordimiento, si de algo mi conciencia de ministro de la República tiene que arrepentirse, si de algo tiene que reprocharse el ministro a quien habéis entregado un arma para defender la República, es de no haberla utilizado antes contra la Judicatura» [y que viva Montesquieu].
13 de julio de 1932. Interviene Gil-Robles. Critica a un diputado de la izquierda, Menéndez, de quien dice que siempre ha sido un burgués y «jamás ha tenido título alguno para representar al proletariado». Menéndez responde: «Su Señoría es un perfecto imbécil». A requerimiento de Gil-Robles, el presidente, Besteiro, requiere al diputado que retire el insulto.
«MENÉNDEZ: ¿Cuál?
BESTEIRO: No lo sé.
MENÉNDEZ: ¿Lo de perfecto? Pues lo dejo en imperfecto imbécil, y queda retirada.»
El tal Menéndez era subsecretario del Gobierno cuando decía estas lindezas. Y Gil-Robles, pues como siempre, haciendo amigos…
Solazaos con este diálogo del 19 de octubre de 1932 entre un diputado gubernamental, Álvarez Angulo, y el ya famoso Balbontín.
ÁLVAREZ ANGULO: (…) Pero yo he de decir que ese Colegio de Abogados no se ha ocupado cuando han ido los deportados sindicalistas a Bata…
BALBONTÍN: Y vosotros tampoco.
ÁLVAREZ ANGULO: Su Señoría se acuerda siempre de ellos a la hora de comer.
BALBONTÍN: Y habéis votado en contra.
ÁLVAREZ ANGULO: Frente a los consortes. Yo digo que su Señoría es un frutero consorte y frutero con suerte, que ha vivido del Consorcio.
BALBONTÍN: ¡Usted carece de vergüenza política! No tiene derecho a hablar así (…) Besteiro le llama al orden.
ÁLVAREZ ANGULO: Señor Balbontín, yo no le he tuteado nunca a su Señoría porque tengo a menos hablar con su Señoría, y le ruego que me respete, como yo lo hago.
BALBONTÍN: Está usted haciendo el ridículo, amigo.
ÁLVAREZ ANGULO: Yo haré todo el ridículo que quiera su Señoría; pero su Señoría, que ha sido toda la vida un cobarde, lo ha sido ahora en el Colegio de Abogados al no levantarse contra los calumniadores del régimen.
BALBONTÍN: ¡A su Señoría le parto yo la cara!
9 de noviembre de 1932. Miguel Maura, ex ministro de la Gobernación, republicano de corte conservador, habla en el Parlamento. En el curso de un intercambio de requiebros aparentemente sin importancia, Pérez Madrigal (políticamente a su izquierda) le dice: «Aquí siempre tenemos mucha gracia». Maura contesta: «y mucha desvergüenza». Por mucho que se lo exige el Presidente Besteiro, se niega a retirar el insulto. Sólo tras mucha porfía consigue convencerle de que delegue en él la decisión, y entonces Besteiro retira el insulto en su nombre.
Gil Robles, el 9 de febrero de 1933. Moderada intervención: «(…) lo que yo he dicho, y reafirmo aquí, es que, no todas, sino algunas autoridades de la República, en vez de tener en la mano un bastón de mando, deberían tener un grillete».
En los tiempos actuales que vivimos hay, como tiene que ser, división de opiniones parlamentarias. Cuando se produce un debate del Estado de la Nación, unos quieren ver ganador al líder de la oposición y otros al presidente del Gobierno. Pero una cosa está clara: si cualquiera de los dos dijese cualquiera de las cosas que aquí se han reproducido, ya no habría duda: sería el perdedor.
Así pues, cierto es que nuestros parlamentarios de hoy en día apenas dominan la retórica. Que todo lo leen, que tienen escasa capacidad polémica y, además, suelen darle, cada vez que abren la boca, patadas al idioma. Pero decir eso no puede equivaler a decir, en justicia, que cualquier pasado fue mejor.
Hay pasados que, si pudiéramos, deberíamos cambiar.
miércoles, enero 31, 2007
¡Por Alá, qué tropa!
A lo mejor me equivoco, pero creo que si unos nobles y reyes tienen fama de haberse matado los unos a los otros, ésos son los nobles italianos del Renacimiento. Todo el mundo conoce las turbias historias de los Borgia, los Colonna o los Orsini. Asimismo, otro lugar común de la Historia es contemplar a los reyes musulmanes de Al-Andalus como diferencialmente más civilizados que sus enemigos cristianos. En ambos mitos hay bastante de verdad, pero no pocos ingredientes de falsedad.
Y si no, que se lo digan a los emires nazaríes, entre los cuales la muerte era cosa, más que posible, probable.
La dinastía nazarí reinó en Granada y seguía reinando cuando Fernando el Católico la tomó, expulsando al sensible Boabdil, ése al que su madre reprochó el no haber sabido defender Granada como un hombre. Hoy os voy a contar, sucintamente, la historia de los emires nazaríes durante un siglo, desde principios del siglo XIV hasta principios del XV. Y espero convenceros de que ser emir no era entonces ningún chollo.
A principios del siglo XIV, reinaba en Granada Muhammad al-Majlu, conocido como Muhammad III. Nuestro buen Muhammad tenía un problema: veía menos que Pepe Leches. Quizá tenía glaucoma, o alguna otra dolencia grave de la vista, porque el hecho es que estaba casi ciego. Esta circunstancia animó al primer ministro, ibn al-Hakim, para montar una conspiración y apartar al pobre Muhammad del poder. Se puso de acuerdo con Nasr, hermano del emir, y el 14 de marzo de 1309 lo destronaron. Nasr fue entronizado y al ciego lo enviaron a Almuñécar, a tomar las aguas. Sin embargo, a finales de 1310, Nasr enfermó muy gravemente y hubo que traer de vuelta a Muhammad a Granada. Estaba a punto de ser entronizado de nuevo cuando Nasr tuvo una recuperación supersónica, con lo que suspendió toda la movida. Según todas las trazas, la anécdota hizo que Nasr le viese las orejas al lobo, así pues se fue al palacio donde estaba su hermano, lo agarró por el cuello, y lo ahogó en una alberca. ¿Conocéis esa frase hecha que dice «eres más malo que pegarle a un ciego»? Pues Nasr lo era, pues no le pegó, sino que lo ahogó. Y no era cualquier ciego, sino su hermano ciego.
Este Nasr tan buena persona y amigo de la institución familiar sería destronado por Ismail I, un caudillo que lo atacó desde Málaga y lo cercó en la misma Alhambra. Nasr negoció seguir con vida a cambio de que se le permitiese ser señor de Guadix, a lo que Ismail accedió. Nada más llegar a su nueva plaza, Nasr, que como vemos era un musulmán español al mismo tiempo que un punto filipino, se alzó contra el emir, aliándose con Castilla y favoreciendo varias victorias de los cristianos (una prueba más que esa idea de la guerra entre moros y cristianos tiene más grietas que las mejillas de una cantaora jubilada). Lo que sabemos es que, ocho años y pico después de haber dejado el trono, Nasr murió de forma repentina. Pudo ser la morbilidad de la época, sí; o pudo ser que Ismail se lo cargó.
Ismail I, por su parte, reinó desde 1314, pero apenas duró hasta 1325. En dicho año fue asesinado, al parecer por una venganza personal. Cierto día, el emir le echó una bronca a Muhammad, que era hijo de su primo. El chorreo debió de ser de tal calibre que el tal Muhammad, quien probablemente tampoco tenía mucho aguante, resolvió responder asesinando a su rey (sí, hay gente que tiene unos prontos jodidos). Según las crónicas cristianas, la bronca fue por unas mamellas: Muhammad había capturado a una cristiana que al parecer estaba muy buena, Ismail se la quiso quedar y el medio sobrino le respondió que se columpiase.
El tal Muhammad no estaba hecho para los planes sutiles. Simplemente, esperó al emir cierto día que iba a impartir justicia y en la misma puerta del palacio, en medio del mogollón, le arreó tres estocadas que lo dejaron tieso. Los conjurados intentaron huir, pero la policía se los cargó allí donde los encontró; a ellos y a unos cuantos ciudadanos más, probablemente, inocentes, a los que consideró sospechosos.
A Ismail I le sucedió Muhammad IV. Este emir, que era muy joven (tenía 18 años cuando murió), había guerreado con Castilla y solicitado la ayuda de los ejércitos del Magreb, gracias a los cuales pudo recuperar Gibraltar. Tras esta victoria, Castilla se avino a firmar un armisticio, por lo que los ejércitos contendientes volvieron a casa. Regresaba el casi adolescente Muhammad a Granada cuando fue objeto de una emboscada cerca de Algeciras en la que, cómo no, fue asesinado.
A Muhammad IV lo sucedió su hermano Yusuf I, de quien algo bueno podemos decir: lejos de estar implicado en el asesinato de su hermano, y aunque fue entronizado con el apoyo de dichos asesinos, esperó pacientemente algún tiempo para poder vengarse de ellos (al cabecilla del asesinato lo deportó a Túnez, para ser exactos). Yusuf, además, fue un rey cojonudo, por lo que dicen las crónicas, amén del dato de su dilatado periodo, que abarca desde 1333 hasta 1354. Gobernó en una Granada sin grandes conflictos, estable y feliz. El tipo de rey que muere en la cama. Pero, quia. Ni de coña.
El 19 de octubre de 1354, se celebraba en Granada la ruptura del ayuno sagrado de los musulmanes, celebración que culminaba en un gran acto de oración. En el último acto de postrarse del emir, cuando estaba por lo tanto tocando el suelo con la frente, un hombre negro, al parecer retrasado mental, se le abalanzó y le clavó un puñal. El emir murió poco después y el asesino fue entregado al pueblo, que lo linchó y quemó vivo.
Este asesinato tiene un poco el mismo tufo que el atentado fallido que sufrió, pocas décadas después, Fernando el Católico en Barcelona. En ambos casos tenemos a un tipo retrasado que parece actuar solo, aunque los historiadores han dado muchas vueltas, en ambos casos, a la hipótesis de que pudiera haber instigadores por detrás. Algo que no se ha podido probar nunca. Y podemos pensar que es que un magnicidio siempre tiene una razón de ser. Pero después de haber vivido en el pasado reciente casos como el del intento de asesinato de Ronald Reagan, cometido por un pirado en medio de una empanada mental, es como para dudarlo. Sin embargo, en el caso de Yusuf, justo es consignar que algunas crónicas señalan que su asesino era hijo bastardo de Muhammad IV, el anterior emir y hermano suyo, por lo que, quizá, dentro de sus escasas entendederas pudo llegar a creer, o tal vez alguien le convenció, de que tenía derecho al trono.
A Yusuf I lo sucedió su primogénito, Muhammad V, pero el 23 de agosto de 1359, una revuelta palaciega lo derrocó. El beneficiario de la movida fue Ismail II, que entonces tenía apenas veinte años, y a quien Muhammad V, probablemente porque ya sabía de qué palo iba el niño, había mandado encerrar en compañía de su madre Maryam. No os creáis que el hecho de que fuesen hermanastros fue lo que movió a Ismail a respetar la vida de Muhammad. Si no se lo apioló durante el golpe de Estado fue porque no lo encontró; estaba en Guadix de viaje.
Llegar Ismail al poder y empezar otros a pensar en llevárselo por delante fue todo uno. El más ambicioso de ellos resultó ser su primo segundo y cuñado, Muhammad b. Abi l-Walid Ismail, que había sido el espadón que había ayudado a Ismail a quedarse con el trono. En realidad, este pollo era el que gobernaba en Granada, pero probablemente tenía sus roces con el emir formal, así que decidió quitárselo de en medio. La noche del 13 de julio de 1360, lo cercó en uno de sus palacios. Ismail, una vez rodeado, ofreció someterse a un nuevo encierro, como antaño. Su primo, sin embargo, lo hizo decapitar y le tiró la cabeza a la gente para que jugase con ella. A continuación, el hermano de sangre de Ismail, Quays, que era tan sólo un niño, también fue ejecutado. Así que el primo llegó al emirato, con el nombre de Muhammad VI.
Este Muhammad VI, llamado El Bermejo por los cristianos, se hizo con el poder, como acabamos de decir, tras quitarse de en medio al incómodo Ismail. Sin embargo, recordaréis que Ismail había destronado a un emir, Muhammad V, que estaba en Guadix de viaje cuando fueron a por él. Esto se reveló como un problema. Poco a poco, Muhammad V fue reuniendo partidarios y más partidarios, y llegó un momento en el que el emir tuvo claro que el antiguo emir tenía fuerza suficiente como para plantarle cara. Por cobardía o por constancia de que carecía de fuerzas, Muhammad VI tomó, ni corto ni perezoso, la decisión de pillar el tesoro nazarí, ponerlo en unos carros y marcharse a Castilla, donde solicitó la protección del rey Pedro I el Cruel.
El rey cristiano, en principio, hizo como que recibía encantado al huésped. Sin embargo, dos semanas después de la llegada, el 27 de abril de 1362, estando ambos en Tablada, lo mató de un lanzazo. Obviamente, lo hizo por la pasta. Porque hay que entender que la acción del rey cristiano fue alucinante y muy criticada, incluso entre los cristianos. Para la moral de aquella época, un rey que pedía asilo era intocable. Por eso, las crónicas de la época, por lo menos las procristianas, defienden la teoría de que Muhammad jamás pidió permiso al rey castellano para visitarle, luego nunca solicitó su protección, lo que, en teoría, daría derecho a El Cruel para matarlo.
De todas formas, para cuando El Bermejo la diñó, Muhammad V ya reinaba en Granada, de nuevo. Y murió, ¡por fin uno!, de muerte natural. Aunque esto, debéis saberlo, incluso lo ponen en duda algunos historiadores.
Tras la muerte de Muhammad V, le sucedió su hijo Yusuf II, quien tomó los servicios de un valido o primer ministro, un tal Jalid. Lo primero que hizo Jalid, visto lo visto, fue librar a su rey de la presencia, siempre molesta y levemente asesina, de sus hermanos; así que tomó a Saad, Muhammad y Nasr, los tres hermanos de Yusuf, y los encerró en otras tantas mazmorras, donde se pudrieron hasta morir.
Una vez superados los obstáculos, Jalid decidió que, en realidad, él era quien tenía todo el mérito de la gestión de gobierno, así pues resolvió matar a su rey. Para ello se amigó con el médico de la corte, el judío Yahya b. al-Saig, para envenenarlo. Lo malo es que el emir se enteró a tiempo: al primer ministro lo despedazó vivo a golpes de espada, y al judío lo degolló en prisión.
Se podría pensar que el rey se había garantizado una larga vida. Pero lo cierto es que su vida apenas se prolongó unos meses más. El 5 de octubre de 1392, el emir murió envenenado, con un envenenamiento digno de James Bond: el sultán de Fez le regaló una camisa envenenada, de forma que, tras ponérsela, empezó a sentirse mal y, dicen las crónicas, murió cayéndosele la carne a trozos.
Una vez que el emir murió, lo sucedió un hermano suyo, de nombre Muhammad, que reinó como Muhammad VII y, según todas las trazas, estuvo implicado con el sultán de Fez en el asunto de la camisa que hacía bastante más que picar. En realidad, Muhammad tenía otro hermano mayor, Yusuf, que por lo tanto tenía derecho a ser rey antes que él. Pero Muhammad lo convenció con el expeditivo método de encarcelarlo en Salobreña. Después de eso, reinó varios años en constante conflicto con Castilla, pero murió el 11 de mayo de 1408. Lo realmente increíble es que murió como su hermano: envenenado con una prenda. Hay que ser gilipollas para caer en la misma trampa que uno mismo ha tendido en el pasado.
En el espacio de cien años, pues, la monarquía nazarí tuvo diez reyes, de los cuales al menos ocho murieron violentamente. Diez reyes frente a seis en Castilla y cinco en Aragón. Este es un dato de gran importancia para explicar que, algunas décadas después, el reino de Granada estuviese tan debilitado frente al empuje de los reyes católicos.
A los reyes musulmanes les gustaban los buenos baños y las poesías bellas, ciertamente. Pero a navajeros tampoco les ganaba nadie. Como diría el conde de Romanones, ¡joder qué tropa!
Y si no, que se lo digan a los emires nazaríes, entre los cuales la muerte era cosa, más que posible, probable.
La dinastía nazarí reinó en Granada y seguía reinando cuando Fernando el Católico la tomó, expulsando al sensible Boabdil, ése al que su madre reprochó el no haber sabido defender Granada como un hombre. Hoy os voy a contar, sucintamente, la historia de los emires nazaríes durante un siglo, desde principios del siglo XIV hasta principios del XV. Y espero convenceros de que ser emir no era entonces ningún chollo.
A principios del siglo XIV, reinaba en Granada Muhammad al-Majlu, conocido como Muhammad III. Nuestro buen Muhammad tenía un problema: veía menos que Pepe Leches. Quizá tenía glaucoma, o alguna otra dolencia grave de la vista, porque el hecho es que estaba casi ciego. Esta circunstancia animó al primer ministro, ibn al-Hakim, para montar una conspiración y apartar al pobre Muhammad del poder. Se puso de acuerdo con Nasr, hermano del emir, y el 14 de marzo de 1309 lo destronaron. Nasr fue entronizado y al ciego lo enviaron a Almuñécar, a tomar las aguas. Sin embargo, a finales de 1310, Nasr enfermó muy gravemente y hubo que traer de vuelta a Muhammad a Granada. Estaba a punto de ser entronizado de nuevo cuando Nasr tuvo una recuperación supersónica, con lo que suspendió toda la movida. Según todas las trazas, la anécdota hizo que Nasr le viese las orejas al lobo, así pues se fue al palacio donde estaba su hermano, lo agarró por el cuello, y lo ahogó en una alberca. ¿Conocéis esa frase hecha que dice «eres más malo que pegarle a un ciego»? Pues Nasr lo era, pues no le pegó, sino que lo ahogó. Y no era cualquier ciego, sino su hermano ciego.
Este Nasr tan buena persona y amigo de la institución familiar sería destronado por Ismail I, un caudillo que lo atacó desde Málaga y lo cercó en la misma Alhambra. Nasr negoció seguir con vida a cambio de que se le permitiese ser señor de Guadix, a lo que Ismail accedió. Nada más llegar a su nueva plaza, Nasr, que como vemos era un musulmán español al mismo tiempo que un punto filipino, se alzó contra el emir, aliándose con Castilla y favoreciendo varias victorias de los cristianos (una prueba más que esa idea de la guerra entre moros y cristianos tiene más grietas que las mejillas de una cantaora jubilada). Lo que sabemos es que, ocho años y pico después de haber dejado el trono, Nasr murió de forma repentina. Pudo ser la morbilidad de la época, sí; o pudo ser que Ismail se lo cargó.
Ismail I, por su parte, reinó desde 1314, pero apenas duró hasta 1325. En dicho año fue asesinado, al parecer por una venganza personal. Cierto día, el emir le echó una bronca a Muhammad, que era hijo de su primo. El chorreo debió de ser de tal calibre que el tal Muhammad, quien probablemente tampoco tenía mucho aguante, resolvió responder asesinando a su rey (sí, hay gente que tiene unos prontos jodidos). Según las crónicas cristianas, la bronca fue por unas mamellas: Muhammad había capturado a una cristiana que al parecer estaba muy buena, Ismail se la quiso quedar y el medio sobrino le respondió que se columpiase.
El tal Muhammad no estaba hecho para los planes sutiles. Simplemente, esperó al emir cierto día que iba a impartir justicia y en la misma puerta del palacio, en medio del mogollón, le arreó tres estocadas que lo dejaron tieso. Los conjurados intentaron huir, pero la policía se los cargó allí donde los encontró; a ellos y a unos cuantos ciudadanos más, probablemente, inocentes, a los que consideró sospechosos.
A Ismail I le sucedió Muhammad IV. Este emir, que era muy joven (tenía 18 años cuando murió), había guerreado con Castilla y solicitado la ayuda de los ejércitos del Magreb, gracias a los cuales pudo recuperar Gibraltar. Tras esta victoria, Castilla se avino a firmar un armisticio, por lo que los ejércitos contendientes volvieron a casa. Regresaba el casi adolescente Muhammad a Granada cuando fue objeto de una emboscada cerca de Algeciras en la que, cómo no, fue asesinado.
A Muhammad IV lo sucedió su hermano Yusuf I, de quien algo bueno podemos decir: lejos de estar implicado en el asesinato de su hermano, y aunque fue entronizado con el apoyo de dichos asesinos, esperó pacientemente algún tiempo para poder vengarse de ellos (al cabecilla del asesinato lo deportó a Túnez, para ser exactos). Yusuf, además, fue un rey cojonudo, por lo que dicen las crónicas, amén del dato de su dilatado periodo, que abarca desde 1333 hasta 1354. Gobernó en una Granada sin grandes conflictos, estable y feliz. El tipo de rey que muere en la cama. Pero, quia. Ni de coña.
El 19 de octubre de 1354, se celebraba en Granada la ruptura del ayuno sagrado de los musulmanes, celebración que culminaba en un gran acto de oración. En el último acto de postrarse del emir, cuando estaba por lo tanto tocando el suelo con la frente, un hombre negro, al parecer retrasado mental, se le abalanzó y le clavó un puñal. El emir murió poco después y el asesino fue entregado al pueblo, que lo linchó y quemó vivo.
Este asesinato tiene un poco el mismo tufo que el atentado fallido que sufrió, pocas décadas después, Fernando el Católico en Barcelona. En ambos casos tenemos a un tipo retrasado que parece actuar solo, aunque los historiadores han dado muchas vueltas, en ambos casos, a la hipótesis de que pudiera haber instigadores por detrás. Algo que no se ha podido probar nunca. Y podemos pensar que es que un magnicidio siempre tiene una razón de ser. Pero después de haber vivido en el pasado reciente casos como el del intento de asesinato de Ronald Reagan, cometido por un pirado en medio de una empanada mental, es como para dudarlo. Sin embargo, en el caso de Yusuf, justo es consignar que algunas crónicas señalan que su asesino era hijo bastardo de Muhammad IV, el anterior emir y hermano suyo, por lo que, quizá, dentro de sus escasas entendederas pudo llegar a creer, o tal vez alguien le convenció, de que tenía derecho al trono.
A Yusuf I lo sucedió su primogénito, Muhammad V, pero el 23 de agosto de 1359, una revuelta palaciega lo derrocó. El beneficiario de la movida fue Ismail II, que entonces tenía apenas veinte años, y a quien Muhammad V, probablemente porque ya sabía de qué palo iba el niño, había mandado encerrar en compañía de su madre Maryam. No os creáis que el hecho de que fuesen hermanastros fue lo que movió a Ismail a respetar la vida de Muhammad. Si no se lo apioló durante el golpe de Estado fue porque no lo encontró; estaba en Guadix de viaje.
Llegar Ismail al poder y empezar otros a pensar en llevárselo por delante fue todo uno. El más ambicioso de ellos resultó ser su primo segundo y cuñado, Muhammad b. Abi l-Walid Ismail, que había sido el espadón que había ayudado a Ismail a quedarse con el trono. En realidad, este pollo era el que gobernaba en Granada, pero probablemente tenía sus roces con el emir formal, así que decidió quitárselo de en medio. La noche del 13 de julio de 1360, lo cercó en uno de sus palacios. Ismail, una vez rodeado, ofreció someterse a un nuevo encierro, como antaño. Su primo, sin embargo, lo hizo decapitar y le tiró la cabeza a la gente para que jugase con ella. A continuación, el hermano de sangre de Ismail, Quays, que era tan sólo un niño, también fue ejecutado. Así que el primo llegó al emirato, con el nombre de Muhammad VI.
Este Muhammad VI, llamado El Bermejo por los cristianos, se hizo con el poder, como acabamos de decir, tras quitarse de en medio al incómodo Ismail. Sin embargo, recordaréis que Ismail había destronado a un emir, Muhammad V, que estaba en Guadix de viaje cuando fueron a por él. Esto se reveló como un problema. Poco a poco, Muhammad V fue reuniendo partidarios y más partidarios, y llegó un momento en el que el emir tuvo claro que el antiguo emir tenía fuerza suficiente como para plantarle cara. Por cobardía o por constancia de que carecía de fuerzas, Muhammad VI tomó, ni corto ni perezoso, la decisión de pillar el tesoro nazarí, ponerlo en unos carros y marcharse a Castilla, donde solicitó la protección del rey Pedro I el Cruel.
El rey cristiano, en principio, hizo como que recibía encantado al huésped. Sin embargo, dos semanas después de la llegada, el 27 de abril de 1362, estando ambos en Tablada, lo mató de un lanzazo. Obviamente, lo hizo por la pasta. Porque hay que entender que la acción del rey cristiano fue alucinante y muy criticada, incluso entre los cristianos. Para la moral de aquella época, un rey que pedía asilo era intocable. Por eso, las crónicas de la época, por lo menos las procristianas, defienden la teoría de que Muhammad jamás pidió permiso al rey castellano para visitarle, luego nunca solicitó su protección, lo que, en teoría, daría derecho a El Cruel para matarlo.
De todas formas, para cuando El Bermejo la diñó, Muhammad V ya reinaba en Granada, de nuevo. Y murió, ¡por fin uno!, de muerte natural. Aunque esto, debéis saberlo, incluso lo ponen en duda algunos historiadores.
Tras la muerte de Muhammad V, le sucedió su hijo Yusuf II, quien tomó los servicios de un valido o primer ministro, un tal Jalid. Lo primero que hizo Jalid, visto lo visto, fue librar a su rey de la presencia, siempre molesta y levemente asesina, de sus hermanos; así que tomó a Saad, Muhammad y Nasr, los tres hermanos de Yusuf, y los encerró en otras tantas mazmorras, donde se pudrieron hasta morir.
Una vez superados los obstáculos, Jalid decidió que, en realidad, él era quien tenía todo el mérito de la gestión de gobierno, así pues resolvió matar a su rey. Para ello se amigó con el médico de la corte, el judío Yahya b. al-Saig, para envenenarlo. Lo malo es que el emir se enteró a tiempo: al primer ministro lo despedazó vivo a golpes de espada, y al judío lo degolló en prisión.
Se podría pensar que el rey se había garantizado una larga vida. Pero lo cierto es que su vida apenas se prolongó unos meses más. El 5 de octubre de 1392, el emir murió envenenado, con un envenenamiento digno de James Bond: el sultán de Fez le regaló una camisa envenenada, de forma que, tras ponérsela, empezó a sentirse mal y, dicen las crónicas, murió cayéndosele la carne a trozos.
Una vez que el emir murió, lo sucedió un hermano suyo, de nombre Muhammad, que reinó como Muhammad VII y, según todas las trazas, estuvo implicado con el sultán de Fez en el asunto de la camisa que hacía bastante más que picar. En realidad, Muhammad tenía otro hermano mayor, Yusuf, que por lo tanto tenía derecho a ser rey antes que él. Pero Muhammad lo convenció con el expeditivo método de encarcelarlo en Salobreña. Después de eso, reinó varios años en constante conflicto con Castilla, pero murió el 11 de mayo de 1408. Lo realmente increíble es que murió como su hermano: envenenado con una prenda. Hay que ser gilipollas para caer en la misma trampa que uno mismo ha tendido en el pasado.
En el espacio de cien años, pues, la monarquía nazarí tuvo diez reyes, de los cuales al menos ocho murieron violentamente. Diez reyes frente a seis en Castilla y cinco en Aragón. Este es un dato de gran importancia para explicar que, algunas décadas después, el reino de Granada estuviese tan debilitado frente al empuje de los reyes católicos.
A los reyes musulmanes les gustaban los buenos baños y las poesías bellas, ciertamente. Pero a navajeros tampoco les ganaba nadie. Como diría el conde de Romanones, ¡joder qué tropa!
martes, enero 30, 2007
Cartas Cruzadas (I): el conde-duque de Olivares
Hoy, Inasequible y yo mismo iniciamos una nueva sección, o subsección o lo que sea, de este Historias de España. Se trata de las Cartas Cruzadas.
Creo que ya he dicho que vivimos en ciudades diferentes. Así pues, Ina y yo hacemos lo que los amigos que no quieren perder el contacto: escribirnos. Buena parte de nuestros mensajes ya los leeis, pues son textos para el blog. Pero también hay otros en los que, básicamente, polemizamos.
La polémica no es que no sea mala, es que es guay. Polemizar está muy bien, es divertido y, si se polemiza con las orejas bien abiertas, normalmente se aprende mucho. Es por esto que hemos pensado en polemizar un poco. Hay muchas cosas en la Historia de España en las que Ina y yo estamos bastante en desacuerdo. Os puedo adelantar que hemos hecho un breve intercambio de posibles asuntos de polémica, y hay unos cuantos en que no es que pensemos diferente; es que pensamos radicalmente diferente.
Os vamos a dar la ocasión de elegir. De vez en cuando, Ina y yo nos cruzaremos cartas, previamente pactadas entre ambos, para defender posturas distintas sobre un mismo hecho histórico. Vosotros, si las leeis, podréis formar vuestra propia opinión, consolidar la que ya tenéis, o cambiarla. Cualquiera de las posibilidades vale. Si alguien está pensando en esas cosas de internet que la gente vota y luego se suman los resultados, ah, lo siento; el editor de este blog, aquí presente, se declara absolutamente incapaz de esas goyerías. El que quiera votar, que vote en el apartado de mensajes, y será bien recibido. Sobre todo si vota por mí ;-)
En fin, al torrao, que dicen los que saben de esto que internet nadie lee más allá de veinte líneas (o sea, todos vosotros sois masocas).
Nuestras primeras cartas cruzadas se refieren al conde-duque de Olivares. El conde-duque ha pasado a la Historia como el ejemplo del valido, o preferido, de un rey, quizá al alimón con Godoy, que lo fue algunos años más tarde. El valido es aquel personaje que goza del favor y de la confianza del rey y, por lo tanto, hace y deshace en el gobierno de la nación a su sombra. El conde-duque fue valido de Felipe IV, y la Historia no le da muy buena imagen. Inasequible se deja llevar por esa corriente y opina que el conde-duque es un personaje nefasto de nuestra Historia. Y yo no pienso así.
Esta vez, y sin que sirva de precedente, le he dado ventaja a Ina: escribí yo primero mi carta. La próxima vez, supongo, será él quien comience.
En fin, aquí están las cartas para vuestra lectura. Eso sí, recordad, mientras las repasais, que yo soy setenta mil veces más simpático que mi oponente.
Cartas cruzadas: el conde-duque
La carta de JdJ
Querido Inasequible:
Sé por dónde vas a ir. Es por esto que he decidido escribir yo primero. Sé que vas a elaborar un argumento muy a lo Paul Kennedy y me vas a contar que un país tiene que ser capaz de afrontar las labores que puede pagar, y que no fue ése el caso del conde-duque de Olivares. Supongo que piensas que a este primer ministro de Felipe IV le tocó la triste labor histórica de convencer a un país de que ya no era un imperio (de que tenía, de hecho, incluso problemas para ser un país); labor que no cumplió y, por eso, el juicio que la Historia haga de él tiene que ser negativo.
Yo soy un poco más blando con el conde-duque.
Me fastidia la imagen del valido, en el sentido de preferido del rey, actuando constantemente a su antojo y a su capricho. El conde-duque de Olivares, para mí, fue más bien el pobre diablo que, por ambición sin duda, echó sobre sus espaldas la labor de seguir haciendo como que España era grande. Así pues, lejos de ser una persona que hizo lo que le salió de las narices, fue más bien un estadista que hizo, mutatis mutandis, lo que pudo.
En el Consejo de Castilla, que vendría a ser como el Consejo de Ministros de hoy más o menos, el conde-duque llegó a sentarse, durante muchos años, con personajes que habían conocido al Rey Prudente, a Felipe II, a la figura que, entonces, era tomada como señera de los good old days en los que el Imperio español ganaba todos los partidos por goleada. Cabe preguntarse a cuántas de las campañas bélicas que tuvo que afrontar España durante la etapa del conde-duque, es decir la guerra en Flandes, el conflicto de la Valtelina, los crecientes problemas en América et altera, a cuántas de ellas, digo, podría haber renunciado el conde-duque. A cuatro siglos de distancia resulta muy fácil decir: haber dejado los intereses italianos al pairo, si no se podía pagar un Ejército para defenderlos. O: haber pactado una paz definitiva en Flandes, que se había convertido en el Iraq del Imperio Español.
España, sin embargo, era en el siglo XVII un animal herido; y si los leones pudiesen escribir blogs te contarían, Ina, lo que pasa cuando un león viejo da muestras de debilidad a la vista de una manada de hienas. El conde-duque de Olivares fue un gobernante obligado a gestionar una situación que él no había creado y cuyo círculo vicioso tampoco era capaz de romper. Ese círculo vicioso era: necesitaba ser fuerte para poder conservar el control sobre la riqueza que quedaba en su poder, pero la riqueza que quedaba en su poder ya era, a todas luces, insuficiente para financiar esa defensa. Pero eso, ya te digo, no es algo que inventase él, porque no fue él quien creó el imperio en el que nunca se pone el sol.
Hay signos de que Olivares hizo verdaderamente lo que pudo, con enormes dosis de pragmatismo. Cuando el crédito de España se agotó en la banca genovesa, pactó los asientos con los banqueros portugueses, todos o casi todos ellos descendientes de los judíos que, displicentemente, echó de España esa señora que también está, un poco, en el origen de los insomnios del valido: Isabel de Castilla, esa reina a la que a veces pienso que deberíamos llamar Isabel la Talibán, pues no hay que creer en Alá para ser talibán; de hecho, odiarlo a muerte es una forma de serlo. Asimismo, Olivares intentó generar un Estado moderno al pretender que la corona de Aragón se comiese el marrón imperial en igual proporción a la de Castilla. Se fue a Barcelona con el rey para convencer a los «otros españoles» y se llevó lo que se merecía (un «no» rotundo en varios idiomas autonómicos), porque tiene leches que mientras dura la fiesta y te estás forrando en Potosí digas que todo eso es de Castilla y que los levantinos no se muevan de Nápoles, pero cuando vengan mal dadas aparezcas con la factura, pongas cara de gilipollas y preguntes: ¿Pagamos a escote, Neng? Eso lo hizo Olivares, sí. Pero, de nuevo, ¿es responsabilidad suya que España llegase a tan tardía fecha como el siglo XVII sin haberse estructurado como Estado moderno, como ya habían hecho otros como Francia, como Inglaterra?
Dicho lo dicho, Ina. No lo hizo bien, pero hizo lo que pudo. Los taurófilos, salvo que sean de los tendidos más exigentes, saben que la faena de un torero hay que juzgarla en consonancia con el toro que le han soltado del corral. Un torero, por bueno que sea, no puede ligar una faena repleta de arte con una alimaña de malas intenciones. El morlaco que toreó el conde-duque era un toro jodido, jodidísimo. No digo que merezca una oreja ni una vuelta al ruedo; pero un respetuoso silencio, por lo menos, sí.
Es clemencia que te pido para este pobre hombre, en la villa de Madrid, en plenas calendas de enero.
La carta de Inasequible Aldesaliento
Querido Juan:
Los políticos heredan las situaciones igual que los jugadores de mus reciben las manos. Les gusten o no, ésas son las cartas con las que tienen que jugar y en función de ellas decidir si van a la grande o a la chica y hasta dónde van a echar faroles. Así pues, a los políticos hay que juzgarles por lo que hicieron con la mano que les cayó en gracia y si los envites que echaron eran conmensurados con las cartas que tenían.
El Conde-Duque de Olivares heredó una mano difícil, pero no desesperada. Heredó el mayor imperio de la Cristiandad, un imperio capaz de movilizar recursos muy importantes, pero que se enfrentaba a varios problemas importantes: el severo endeudamiento ocasionado por las continuas guerras; los numerosos compromisos políticos (frenar al Turco en el Mediterráneo, enfrentarse a los holandeses en Flandes y en las Indias Orientales, apoyar a los Habsburgo austriacos, asegurarse la hegemonía en Italia…); los problemas logísticos derivados de la necesidad de defender y garantizar las comunicaciones entre los distintos territorios que componían ese imperio; la decadencia económica producida por la llegada de los metales preciosos americanos, que habían matado a los productores nacionales; el hecho de que el imperio lo componía un conjunto de reinos disparejos, que sólo se parecían en su decisión de mantener sus libertades tradicionales y resistirse a las intervenciones y demandas reales.
El Conde-Duque de Olivares se fijó un objetivo básico: restablecer el nombre de España al nivel que se imaginaba que había estado en los tiempos de Felipe II, el gran referente para los españoles de su tiempo. Para ello intentó modificar la base económica del reino. Estimaba que del imperio podían extraerse aún más recursos. Las medidas que se propuso (creación de bancos que financiasen las industrias, recurso a los banqueros portugueses para romper la dependencia que se tenía de la banca genovesa, control de las importaciones para impedir la salida de la plata y reducir la competencia a la industria nacional, el intento de que todos los reinos aportasen a su propia defensa…) eran acertadas, pero fallaron en su aplicación. Las oligarquías urbanas y las élites de los distintos reinos se opusieron a las medidas y en casi todos los casos Olivares acabó o bien aguando sus planes iniciales o bien suprimiéndolos. Dada la estructura política de la Monarquía española, intentar imponer esas medidas revolucionarias, y para muchos tiránicas, podía conducir a rebeliones. De hecho, el fin de Olivares fue precipitado por las rebeliones de Portugal y Cataluña, en cuyo desencadenamiento la Unión de Armas propuesta por Olivares jugó un papel importante. Posiblemente la estructura política de la Monaquía española hubiese impedido a cualquier político ir más allá de lo que fue Olivares y la mano dura que Olivares hubiera podido emplear al comienzo de su valimiento y no empleó, sólo hubiera servido para que las rebeliones de Portugal y Cataluña se produjesen diez años antes de lo que se produjeron.
Si la vía de la reforma económica para aumentar los ingresos estaba casi vedada, sólo quedaba la vía de la reducción del gasto. Aquí Olivares intentó cortar algunos abusos al comienzo de su valimiento, pero con el tiempo el derroche en los gastos corrientes de la Casa Real volvió por donde solía. Un buen ejemplo está en la extravagante construcción del Palacio del Buen Retiro, extravagante para una monarquía endeudada y en guerra como la española.
Otra manera de recortar gastos hubiera sido reduciendo los compromisos exteriores y adoptando una política exterior más realista. Por desgracia, salvo durante la segunda mitad del reinado de Felipe III, la política exterior española estuvo guiada por los principios y no por el realismo. España era el adalid del catolicismo y el imperio central de la Cristiandad. Sólo los desastres consecutivos de la paz de Westfalia (1648) y de la Paz de los Pirineos (1659) pudieron acabar de convencer a los estadistas españoles de que los tiempos de Felipe II estaban muertos y era preciso otra política exterior. Cuando Olivares asumió el valimiento, aún ocupaban posiciones de poder hombres que llevaban subidos al machito desde los añorados tiempos de Felipe II y para los que la palabra compromiso era un término malsonante. El primer fallo garrafal de Olivares fue no comprender que la situación internacional había cambiado y que hacía falta una política exterior más modesta y que consumiese menos recursos.
Tal vez uno de los grandes problemas de Olivares es que en sus primeros años de valimiento logró algunos éxitos exteriores inesperados: la conquista de Breda (de la que a largo plazo lo único que realmente sacó España fue un cuadro maravilloso de Velázquez), la victoria sobre los holandeses en Brasil, la derrota de la expedición inglesa contra Cádiz… Esos éxitos incitaban al optimismo, pero no significaban por sí solos la victoria.
Aquí entra un rasgo del carácter de Olivares. Sospecho que psicológicamente era un ciclotímico, una persona que alternaba con facilidad las euforias y las depresiones. En los buenos momentos, cuando la fortuna le sonreía, podía comerse el mundo y elaboraba planes que eran un poco como la cuenta de la lechera. Cuando las desgracias se abatían sobre él, como ocurrió a menudo a partir de 1631, se hundía. Por desgracia el eufórico que había en él siempre acababa saliendo a flote y terminaba elaborando nuevos planes quiméricos y costosos.
El Olivares eufórico de finales de la década de los 20 es el que desempolva los planes de invasión de las Islas Británicas, se propone que España vuelva a ser una potencia naval de primer orden, elabora una estrategia para hacerle la guerra comercial a los holandeses tan complicada que requería hasta que España tuviera una base en el Báltico, se compromete a fondo con los Habsburgo austriacos en el Imperio e inicia la desastrosa aventura de Mantua. Cuando la suerte se le acabe en la década de los treinta, se encontrará con más frentes abiertos que recursos para afrontarlos.
En resumen, Olivares fue un gobernante trabajador, inteligente y bienintencionado, cuyo mayor fallo fue intentar llevar con treinta años de retraso el mismo tipo de política exterior prestigiosa y costosa que había llevado a cabo Felipe II, sin entender que el mundo había cambiado, la relaciones de poder estaban modificándose y que eran necesarios objetivos exteriores más modestos.
Creo que ya he dicho que vivimos en ciudades diferentes. Así pues, Ina y yo hacemos lo que los amigos que no quieren perder el contacto: escribirnos. Buena parte de nuestros mensajes ya los leeis, pues son textos para el blog. Pero también hay otros en los que, básicamente, polemizamos.
La polémica no es que no sea mala, es que es guay. Polemizar está muy bien, es divertido y, si se polemiza con las orejas bien abiertas, normalmente se aprende mucho. Es por esto que hemos pensado en polemizar un poco. Hay muchas cosas en la Historia de España en las que Ina y yo estamos bastante en desacuerdo. Os puedo adelantar que hemos hecho un breve intercambio de posibles asuntos de polémica, y hay unos cuantos en que no es que pensemos diferente; es que pensamos radicalmente diferente.
Os vamos a dar la ocasión de elegir. De vez en cuando, Ina y yo nos cruzaremos cartas, previamente pactadas entre ambos, para defender posturas distintas sobre un mismo hecho histórico. Vosotros, si las leeis, podréis formar vuestra propia opinión, consolidar la que ya tenéis, o cambiarla. Cualquiera de las posibilidades vale. Si alguien está pensando en esas cosas de internet que la gente vota y luego se suman los resultados, ah, lo siento; el editor de este blog, aquí presente, se declara absolutamente incapaz de esas goyerías. El que quiera votar, que vote en el apartado de mensajes, y será bien recibido. Sobre todo si vota por mí ;-)
En fin, al torrao, que dicen los que saben de esto que internet nadie lee más allá de veinte líneas (o sea, todos vosotros sois masocas).
Nuestras primeras cartas cruzadas se refieren al conde-duque de Olivares. El conde-duque ha pasado a la Historia como el ejemplo del valido, o preferido, de un rey, quizá al alimón con Godoy, que lo fue algunos años más tarde. El valido es aquel personaje que goza del favor y de la confianza del rey y, por lo tanto, hace y deshace en el gobierno de la nación a su sombra. El conde-duque fue valido de Felipe IV, y la Historia no le da muy buena imagen. Inasequible se deja llevar por esa corriente y opina que el conde-duque es un personaje nefasto de nuestra Historia. Y yo no pienso así.
Esta vez, y sin que sirva de precedente, le he dado ventaja a Ina: escribí yo primero mi carta. La próxima vez, supongo, será él quien comience.
En fin, aquí están las cartas para vuestra lectura. Eso sí, recordad, mientras las repasais, que yo soy setenta mil veces más simpático que mi oponente.
Cartas cruzadas: el conde-duque
La carta de JdJ
Querido Inasequible:
Sé por dónde vas a ir. Es por esto que he decidido escribir yo primero. Sé que vas a elaborar un argumento muy a lo Paul Kennedy y me vas a contar que un país tiene que ser capaz de afrontar las labores que puede pagar, y que no fue ése el caso del conde-duque de Olivares. Supongo que piensas que a este primer ministro de Felipe IV le tocó la triste labor histórica de convencer a un país de que ya no era un imperio (de que tenía, de hecho, incluso problemas para ser un país); labor que no cumplió y, por eso, el juicio que la Historia haga de él tiene que ser negativo.
Yo soy un poco más blando con el conde-duque.
Me fastidia la imagen del valido, en el sentido de preferido del rey, actuando constantemente a su antojo y a su capricho. El conde-duque de Olivares, para mí, fue más bien el pobre diablo que, por ambición sin duda, echó sobre sus espaldas la labor de seguir haciendo como que España era grande. Así pues, lejos de ser una persona que hizo lo que le salió de las narices, fue más bien un estadista que hizo, mutatis mutandis, lo que pudo.
En el Consejo de Castilla, que vendría a ser como el Consejo de Ministros de hoy más o menos, el conde-duque llegó a sentarse, durante muchos años, con personajes que habían conocido al Rey Prudente, a Felipe II, a la figura que, entonces, era tomada como señera de los good old days en los que el Imperio español ganaba todos los partidos por goleada. Cabe preguntarse a cuántas de las campañas bélicas que tuvo que afrontar España durante la etapa del conde-duque, es decir la guerra en Flandes, el conflicto de la Valtelina, los crecientes problemas en América et altera, a cuántas de ellas, digo, podría haber renunciado el conde-duque. A cuatro siglos de distancia resulta muy fácil decir: haber dejado los intereses italianos al pairo, si no se podía pagar un Ejército para defenderlos. O: haber pactado una paz definitiva en Flandes, que se había convertido en el Iraq del Imperio Español.
España, sin embargo, era en el siglo XVII un animal herido; y si los leones pudiesen escribir blogs te contarían, Ina, lo que pasa cuando un león viejo da muestras de debilidad a la vista de una manada de hienas. El conde-duque de Olivares fue un gobernante obligado a gestionar una situación que él no había creado y cuyo círculo vicioso tampoco era capaz de romper. Ese círculo vicioso era: necesitaba ser fuerte para poder conservar el control sobre la riqueza que quedaba en su poder, pero la riqueza que quedaba en su poder ya era, a todas luces, insuficiente para financiar esa defensa. Pero eso, ya te digo, no es algo que inventase él, porque no fue él quien creó el imperio en el que nunca se pone el sol.
Hay signos de que Olivares hizo verdaderamente lo que pudo, con enormes dosis de pragmatismo. Cuando el crédito de España se agotó en la banca genovesa, pactó los asientos con los banqueros portugueses, todos o casi todos ellos descendientes de los judíos que, displicentemente, echó de España esa señora que también está, un poco, en el origen de los insomnios del valido: Isabel de Castilla, esa reina a la que a veces pienso que deberíamos llamar Isabel la Talibán, pues no hay que creer en Alá para ser talibán; de hecho, odiarlo a muerte es una forma de serlo. Asimismo, Olivares intentó generar un Estado moderno al pretender que la corona de Aragón se comiese el marrón imperial en igual proporción a la de Castilla. Se fue a Barcelona con el rey para convencer a los «otros españoles» y se llevó lo que se merecía (un «no» rotundo en varios idiomas autonómicos), porque tiene leches que mientras dura la fiesta y te estás forrando en Potosí digas que todo eso es de Castilla y que los levantinos no se muevan de Nápoles, pero cuando vengan mal dadas aparezcas con la factura, pongas cara de gilipollas y preguntes: ¿Pagamos a escote, Neng? Eso lo hizo Olivares, sí. Pero, de nuevo, ¿es responsabilidad suya que España llegase a tan tardía fecha como el siglo XVII sin haberse estructurado como Estado moderno, como ya habían hecho otros como Francia, como Inglaterra?
Dicho lo dicho, Ina. No lo hizo bien, pero hizo lo que pudo. Los taurófilos, salvo que sean de los tendidos más exigentes, saben que la faena de un torero hay que juzgarla en consonancia con el toro que le han soltado del corral. Un torero, por bueno que sea, no puede ligar una faena repleta de arte con una alimaña de malas intenciones. El morlaco que toreó el conde-duque era un toro jodido, jodidísimo. No digo que merezca una oreja ni una vuelta al ruedo; pero un respetuoso silencio, por lo menos, sí.
Es clemencia que te pido para este pobre hombre, en la villa de Madrid, en plenas calendas de enero.
La carta de Inasequible Aldesaliento
Querido Juan:
Los políticos heredan las situaciones igual que los jugadores de mus reciben las manos. Les gusten o no, ésas son las cartas con las que tienen que jugar y en función de ellas decidir si van a la grande o a la chica y hasta dónde van a echar faroles. Así pues, a los políticos hay que juzgarles por lo que hicieron con la mano que les cayó en gracia y si los envites que echaron eran conmensurados con las cartas que tenían.
El Conde-Duque de Olivares heredó una mano difícil, pero no desesperada. Heredó el mayor imperio de la Cristiandad, un imperio capaz de movilizar recursos muy importantes, pero que se enfrentaba a varios problemas importantes: el severo endeudamiento ocasionado por las continuas guerras; los numerosos compromisos políticos (frenar al Turco en el Mediterráneo, enfrentarse a los holandeses en Flandes y en las Indias Orientales, apoyar a los Habsburgo austriacos, asegurarse la hegemonía en Italia…); los problemas logísticos derivados de la necesidad de defender y garantizar las comunicaciones entre los distintos territorios que componían ese imperio; la decadencia económica producida por la llegada de los metales preciosos americanos, que habían matado a los productores nacionales; el hecho de que el imperio lo componía un conjunto de reinos disparejos, que sólo se parecían en su decisión de mantener sus libertades tradicionales y resistirse a las intervenciones y demandas reales.
El Conde-Duque de Olivares se fijó un objetivo básico: restablecer el nombre de España al nivel que se imaginaba que había estado en los tiempos de Felipe II, el gran referente para los españoles de su tiempo. Para ello intentó modificar la base económica del reino. Estimaba que del imperio podían extraerse aún más recursos. Las medidas que se propuso (creación de bancos que financiasen las industrias, recurso a los banqueros portugueses para romper la dependencia que se tenía de la banca genovesa, control de las importaciones para impedir la salida de la plata y reducir la competencia a la industria nacional, el intento de que todos los reinos aportasen a su propia defensa…) eran acertadas, pero fallaron en su aplicación. Las oligarquías urbanas y las élites de los distintos reinos se opusieron a las medidas y en casi todos los casos Olivares acabó o bien aguando sus planes iniciales o bien suprimiéndolos. Dada la estructura política de la Monarquía española, intentar imponer esas medidas revolucionarias, y para muchos tiránicas, podía conducir a rebeliones. De hecho, el fin de Olivares fue precipitado por las rebeliones de Portugal y Cataluña, en cuyo desencadenamiento la Unión de Armas propuesta por Olivares jugó un papel importante. Posiblemente la estructura política de la Monaquía española hubiese impedido a cualquier político ir más allá de lo que fue Olivares y la mano dura que Olivares hubiera podido emplear al comienzo de su valimiento y no empleó, sólo hubiera servido para que las rebeliones de Portugal y Cataluña se produjesen diez años antes de lo que se produjeron.
Si la vía de la reforma económica para aumentar los ingresos estaba casi vedada, sólo quedaba la vía de la reducción del gasto. Aquí Olivares intentó cortar algunos abusos al comienzo de su valimiento, pero con el tiempo el derroche en los gastos corrientes de la Casa Real volvió por donde solía. Un buen ejemplo está en la extravagante construcción del Palacio del Buen Retiro, extravagante para una monarquía endeudada y en guerra como la española.
Otra manera de recortar gastos hubiera sido reduciendo los compromisos exteriores y adoptando una política exterior más realista. Por desgracia, salvo durante la segunda mitad del reinado de Felipe III, la política exterior española estuvo guiada por los principios y no por el realismo. España era el adalid del catolicismo y el imperio central de la Cristiandad. Sólo los desastres consecutivos de la paz de Westfalia (1648) y de la Paz de los Pirineos (1659) pudieron acabar de convencer a los estadistas españoles de que los tiempos de Felipe II estaban muertos y era preciso otra política exterior. Cuando Olivares asumió el valimiento, aún ocupaban posiciones de poder hombres que llevaban subidos al machito desde los añorados tiempos de Felipe II y para los que la palabra compromiso era un término malsonante. El primer fallo garrafal de Olivares fue no comprender que la situación internacional había cambiado y que hacía falta una política exterior más modesta y que consumiese menos recursos.
Tal vez uno de los grandes problemas de Olivares es que en sus primeros años de valimiento logró algunos éxitos exteriores inesperados: la conquista de Breda (de la que a largo plazo lo único que realmente sacó España fue un cuadro maravilloso de Velázquez), la victoria sobre los holandeses en Brasil, la derrota de la expedición inglesa contra Cádiz… Esos éxitos incitaban al optimismo, pero no significaban por sí solos la victoria.
Aquí entra un rasgo del carácter de Olivares. Sospecho que psicológicamente era un ciclotímico, una persona que alternaba con facilidad las euforias y las depresiones. En los buenos momentos, cuando la fortuna le sonreía, podía comerse el mundo y elaboraba planes que eran un poco como la cuenta de la lechera. Cuando las desgracias se abatían sobre él, como ocurrió a menudo a partir de 1631, se hundía. Por desgracia el eufórico que había en él siempre acababa saliendo a flote y terminaba elaborando nuevos planes quiméricos y costosos.
El Olivares eufórico de finales de la década de los 20 es el que desempolva los planes de invasión de las Islas Británicas, se propone que España vuelva a ser una potencia naval de primer orden, elabora una estrategia para hacerle la guerra comercial a los holandeses tan complicada que requería hasta que España tuviera una base en el Báltico, se compromete a fondo con los Habsburgo austriacos en el Imperio e inicia la desastrosa aventura de Mantua. Cuando la suerte se le acabe en la década de los treinta, se encontrará con más frentes abiertos que recursos para afrontarlos.
En resumen, Olivares fue un gobernante trabajador, inteligente y bienintencionado, cuyo mayor fallo fue intentar llevar con treinta años de retraso el mismo tipo de política exterior prestigiosa y costosa que había llevado a cabo Felipe II, sin entender que el mundo había cambiado, la relaciones de poder estaban modificándose y que eran necesarios objetivos exteriores más modestos.
domingo, enero 28, 2007
¡Ole con ole y ole!
Hace bien pocos días me quejaba, en otro post de este blog, del escaso respeto de los políticos por la Historia. Me quedé corto. Debo pedirles perdón públicamente, no tanto por acusarles de una práctica que no realizan, como de haberlo hecho como si ellos fuesen los únicos que la cometen.
Hace unos pocos días, en una populosa ciudad de la corona metropolitana de Madrid llamada Alcorcón, se produjo un grave altercado tras el cual se ha destapado en España en general, y Madrid-Alcorcón muy en particular, una polémica muy dura sobre la violencia, el fenómeno de las bandas callejeras y el racismo. Se dice que la seguridad ciudadana en Alcorcón es muy escasa y que las bandas latinas tienen la culpa de ello. Se dice que grupos de inmigrantes latinos hacen cosas como monopolizar las canchas deportivas públicas, y cobran a quien quiere jugar en ellas. Se dicen muchas cosas.
El sábado por la tarde, según cosa que era sabida desde días antes, había grupos de personas, españoles de ideologías extremas según algunas versiones, que querían manifestarse en Alcorcón; manifestaciones que vendrían a sumarse a las iniciativas de otros grupos, de corte pacífico, que han pretendido durante toda la semana, sin éxito, manifestarse contra el racismo y la xenofobia.
La noche del sábado fue, pues, movidita. Hubo mucha policía, carreras, detenciones. Y un periódico de Madrid, en un alarde de periodismo de precisión, le ha llamado a eso Noche de cristales rotos.
La Reichskristallnacht, o noche de los cristales rotos, se produjo en Alemania la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938, y debe su nombre al hecho de que, a la mañana siguiente, las calles estaban tapizadas con los cristales de los escaparates que grupos de activistas nazis rompieron en el curso de sus pogromos. Aunque la cosa venía de antes. Por ejemplo: en febrero de 1938, había en la ciudad bávara de Munich 1.600 negocios propiedad de judíos. Seis meses después, sólo quedaban 666, la mayoría de ellos propiedad de extranjeros. Durante todo ese año, el gobierno de Hitler promulgó una serie de leyes que impedían que los judíos pudiesen ocupar determinadas profesiones, desde médicos hasta vendedores ambulantes. El 17 de agosto se publicó un decreto por el cual todos los judíos venían obligados a unir a su nombre, cualquiera que éste fuere, el de Israel; y Sara para las mujeres. Tendrían que utilizarlo siempre en público, para que todo el mundo supiera que eran sucios judíos. Se les obligó a poner una J enorme en sus pasaportes.
A lo largo del verano de 1938, un montón de sinagogas y cementerios judíos fueron profanados por toda Alemania. En la primavera, Hitler visitó Munich y expresó en público su repugnancia porque la Deutsches Künsterlerhaus (Casa de los Artistas Alemanes) estuviese cerca de una sinagoga. Pocos días después, los nazis la demolieron. La excusa oficial fue favorecer el tráfico rodado. El baboso Julius Streicher, asesino en serie de judíos y otras razas menores, le hizo la pelota al Führer inmediatamente demoliendo la sinagoga de Nuremberg. La demolición fue toda una fiesta.
La mañana del 7 de noviembre de 1938, un adolescente polaco de raza judía, Herschel Grynszpan, disparó al tercer secretario de la embajada alemana en París, Ernst von Rath. El 9 de noviembre, Von Rath moriría por las heridas del atentado, pero ya en las horas anteriores, instigados por la prensa nazi, se habían producido pogromos en varios lugares de Alemania. A las diez de la noche del día 9, Joseph Goebbels pronunció un discurso radiado en el que informó al pueblo alemán de la muerte de Von Rath, de la producción de las primeras represalias antijudías, y llamó a la producción de manifestaciones espontáneas en toda Alemania. En su diario, en el que habla de una recepción, anterior al discurso, en el Ayuntamiento de Munich en la que también estuvo Hitler, Goebbels anotó esto: «Explico el asunto al Führer. Él decide: que las manifestaciones continúen. Retirad a la policía. Que los judíos sientan por una vez la cólera del pueblo».
Militantes y simpatizantes del NSDAP, miembros de las SS, de las SA, recibieron aquella noche la instrucción de quemar sinagogas en toda Alemania y destruir propiedades judías. Según los informes, ardieron varios centenares de sinagogas y se demolieron unas 100 en toda Alemania (los bomberos recibieron orden de limitarse a impedir la propagación del fuego a edificios colindantes); la Gestapo transmitió la orden de detener a entre 20.000 y 30.000 judíos varones; y se destruyeron, según los cálculos, al menos 8.000 negocios propiedad de judíos. Se arrasaron las casas particulares, se destrozaron los muebles, las ropas fueron rotas en la calle. Los propios nazis valoraron los daños en cientos de millones de marcos. Aproximadamente un centenar de judíos fueron asesinados e innúmeros grupos seriamente maltratados, incluyendo ancianos, mujeres y niños. Los judíos detenidos, que fueron enviados a campos de concentración, fueron humillados en las comisarías y torturados con elevados niveles de sadismo.
Igualito que en Alcorcón donde, según oigo en la radio, ha habido cuatro detenidos y una persona con la nariz rota.
Lo más cachondo de todo esto es que el periódico al que se le ha ocurrido la feliz idea de hacer la conexión mental Alcorcón-Reichskristallnacht otorga el mayor espacio de su portada a una noticia sobre la intensa preocupación de los especialistas en Historia sobre la pobre preparación de nuestros estudiantes de hoy en día.
Señores periodistas: la cultura bien entendida empieza siempre por uno mismo.
Hace unos pocos días, en una populosa ciudad de la corona metropolitana de Madrid llamada Alcorcón, se produjo un grave altercado tras el cual se ha destapado en España en general, y Madrid-Alcorcón muy en particular, una polémica muy dura sobre la violencia, el fenómeno de las bandas callejeras y el racismo. Se dice que la seguridad ciudadana en Alcorcón es muy escasa y que las bandas latinas tienen la culpa de ello. Se dice que grupos de inmigrantes latinos hacen cosas como monopolizar las canchas deportivas públicas, y cobran a quien quiere jugar en ellas. Se dicen muchas cosas.
El sábado por la tarde, según cosa que era sabida desde días antes, había grupos de personas, españoles de ideologías extremas según algunas versiones, que querían manifestarse en Alcorcón; manifestaciones que vendrían a sumarse a las iniciativas de otros grupos, de corte pacífico, que han pretendido durante toda la semana, sin éxito, manifestarse contra el racismo y la xenofobia.
La noche del sábado fue, pues, movidita. Hubo mucha policía, carreras, detenciones. Y un periódico de Madrid, en un alarde de periodismo de precisión, le ha llamado a eso Noche de cristales rotos.
La Reichskristallnacht, o noche de los cristales rotos, se produjo en Alemania la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938, y debe su nombre al hecho de que, a la mañana siguiente, las calles estaban tapizadas con los cristales de los escaparates que grupos de activistas nazis rompieron en el curso de sus pogromos. Aunque la cosa venía de antes. Por ejemplo: en febrero de 1938, había en la ciudad bávara de Munich 1.600 negocios propiedad de judíos. Seis meses después, sólo quedaban 666, la mayoría de ellos propiedad de extranjeros. Durante todo ese año, el gobierno de Hitler promulgó una serie de leyes que impedían que los judíos pudiesen ocupar determinadas profesiones, desde médicos hasta vendedores ambulantes. El 17 de agosto se publicó un decreto por el cual todos los judíos venían obligados a unir a su nombre, cualquiera que éste fuere, el de Israel; y Sara para las mujeres. Tendrían que utilizarlo siempre en público, para que todo el mundo supiera que eran sucios judíos. Se les obligó a poner una J enorme en sus pasaportes.
A lo largo del verano de 1938, un montón de sinagogas y cementerios judíos fueron profanados por toda Alemania. En la primavera, Hitler visitó Munich y expresó en público su repugnancia porque la Deutsches Künsterlerhaus (Casa de los Artistas Alemanes) estuviese cerca de una sinagoga. Pocos días después, los nazis la demolieron. La excusa oficial fue favorecer el tráfico rodado. El baboso Julius Streicher, asesino en serie de judíos y otras razas menores, le hizo la pelota al Führer inmediatamente demoliendo la sinagoga de Nuremberg. La demolición fue toda una fiesta.
La mañana del 7 de noviembre de 1938, un adolescente polaco de raza judía, Herschel Grynszpan, disparó al tercer secretario de la embajada alemana en París, Ernst von Rath. El 9 de noviembre, Von Rath moriría por las heridas del atentado, pero ya en las horas anteriores, instigados por la prensa nazi, se habían producido pogromos en varios lugares de Alemania. A las diez de la noche del día 9, Joseph Goebbels pronunció un discurso radiado en el que informó al pueblo alemán de la muerte de Von Rath, de la producción de las primeras represalias antijudías, y llamó a la producción de manifestaciones espontáneas en toda Alemania. En su diario, en el que habla de una recepción, anterior al discurso, en el Ayuntamiento de Munich en la que también estuvo Hitler, Goebbels anotó esto: «Explico el asunto al Führer. Él decide: que las manifestaciones continúen. Retirad a la policía. Que los judíos sientan por una vez la cólera del pueblo».
Militantes y simpatizantes del NSDAP, miembros de las SS, de las SA, recibieron aquella noche la instrucción de quemar sinagogas en toda Alemania y destruir propiedades judías. Según los informes, ardieron varios centenares de sinagogas y se demolieron unas 100 en toda Alemania (los bomberos recibieron orden de limitarse a impedir la propagación del fuego a edificios colindantes); la Gestapo transmitió la orden de detener a entre 20.000 y 30.000 judíos varones; y se destruyeron, según los cálculos, al menos 8.000 negocios propiedad de judíos. Se arrasaron las casas particulares, se destrozaron los muebles, las ropas fueron rotas en la calle. Los propios nazis valoraron los daños en cientos de millones de marcos. Aproximadamente un centenar de judíos fueron asesinados e innúmeros grupos seriamente maltratados, incluyendo ancianos, mujeres y niños. Los judíos detenidos, que fueron enviados a campos de concentración, fueron humillados en las comisarías y torturados con elevados niveles de sadismo.
Igualito que en Alcorcón donde, según oigo en la radio, ha habido cuatro detenidos y una persona con la nariz rota.
Lo más cachondo de todo esto es que el periódico al que se le ha ocurrido la feliz idea de hacer la conexión mental Alcorcón-Reichskristallnacht otorga el mayor espacio de su portada a una noticia sobre la intensa preocupación de los especialistas en Historia sobre la pobre preparación de nuestros estudiantes de hoy en día.
Señores periodistas: la cultura bien entendida empieza siempre por uno mismo.
viernes, enero 26, 2007
Cómo somos en Historias de España
Estos días ando bastante liado y tengo poco tiempo para leer, que es la preescritura, y para escribir. Por eso, el ritmo de publicación de artículos se ha tenido que ralentizar un poco, o al menos ésa es la impresión que yo tengo.
En todo caso, trato de imponerme la norma de pasarme por aquí, bien para escribir, bien para colocar algún escrito de Inasequible, una vez cada dos días, más o menos. Hoy me toca pero, como es viernes, y ya sabéis que los post de los viernes me los tomo un poco para salir de la norma, no os voy a hablar de Historia. Os voy a hablar de vosotros.
Alguien me habló hace poco de Google Analytics. Es un servicio gratuito con el que, tras colocar oportuna rutina en el código de la página, consigues obtener datos sobre tu página. No muy convencido, pues yo soy bastante descreído para estas cosas porque no las conozco, tiré para delante. Esto fue hace cinco días. Ahora que ya han pasado, puedo deciros lo que este servicio dice de nosotros.
Acuden a esta tertulia aproximadamente unos 150 visitantes cada jornada. Hay días que nos hemos quedado a piques de ser 200 (nuestro very best es de 197 visitantes en un día) y los fines de semana descansamos (en torno a 60 visitas). Uno de cada tres visitantes es recurrente, aunque tengo para mí que este dato es un poco más elevado en la realidad y está influido por el hecho de que la recogida de datos lleva sólo unos días.
El usuario medio de este blog lee, cada vez que viene, 1,4 páginas. Lo cual quiere decir, o así lo interpreto yo, que con la oferta que tiene el blog en su portada conseguimos que buena parte de los visitantes pinchen en algún otro enlace y se lean algún artículo ya antiguo. Esto me alegra.
La mayor parte de vosotros llega al blog directamente escribiendo la dirección en la barra de navegación. Aunque, según Google, el buscador Google está ganando peso en la forma de llegar aquí. Esto a mí me ha gustado especialmente, pues he de confesar que a veces, cuando he pensado en escribir sobre algún tema, me he preguntado a mí mismo: ¿no estarás abordando algo que no le interesa a nadie? Y no es así: uno ve luego que hay personas buscando en internet referencias sobre los asuntos que ha escrito; comunidad de intereses que se me hace enormemente placentera.
De las 897 visitas producidas en los últimos días, 707 se han realizado desde España. La mayor parte de vosotros está en Madrid (192 visitas). A continuación nos siguen los barceloneses (63 visitas) y vallisoletanos. La cuarta ciudad es Mejorada del Campo (hola, colegas, aqui al lado estamos), Valencia, Sevilla, Palma, Reus, Rota y... ¡cómo no! La Coruña, sí, a minha terra. Y aquí debo parar porque, cuando he expandido la lista, me he encontrado con 169 emplazamientos más. Confieso que he tenido que tirar de atlas para saber dónde están Samper del Sal, Nuevo Rocío, Pozán de Vero, Corralejo, Poblete, Flechilla, Cuatretonda o Asprillas.
¿Tenéis curiosidad por saber qué pais sigue después de España? Pues es México lindo y querido, seguido de su vecino del norte, los Estados Unidos de Norteamérica (espero que no sean los herederos de Dillinger, en cuyo caso voy dado). Luego está Francia (¿será por lo de las campañas napoleónicas?), Colombia, Venezuela, Argentina, Reino Unido, Alemania, Italia, Tailandia, Perú, Chile, Ecuador, República Dominicana, Países Bajos, Bolivia, Taiwan, Rumanía, Polonia, Guatemala, Brasil, la República Checa, Filipinas, Cuba, Japón, Marruecos, Honduras, Suiza, Noruega, Irlanda, El Salvador y Camboya. He querido citar todos los países porque a todos, si leeis este post, os quiero saludar. Hola, colegas.
Dado que Google Analytics es una herramienta de marketing, estoy en condiciones de informaros de los ingresos que me habéis reportado: 897 visitas, a cero dólares cada una, resultado cero dólares. Y así pienso continuar.
Bienvenidos todos.
En todo caso, trato de imponerme la norma de pasarme por aquí, bien para escribir, bien para colocar algún escrito de Inasequible, una vez cada dos días, más o menos. Hoy me toca pero, como es viernes, y ya sabéis que los post de los viernes me los tomo un poco para salir de la norma, no os voy a hablar de Historia. Os voy a hablar de vosotros.
Alguien me habló hace poco de Google Analytics. Es un servicio gratuito con el que, tras colocar oportuna rutina en el código de la página, consigues obtener datos sobre tu página. No muy convencido, pues yo soy bastante descreído para estas cosas porque no las conozco, tiré para delante. Esto fue hace cinco días. Ahora que ya han pasado, puedo deciros lo que este servicio dice de nosotros.
Acuden a esta tertulia aproximadamente unos 150 visitantes cada jornada. Hay días que nos hemos quedado a piques de ser 200 (nuestro very best es de 197 visitantes en un día) y los fines de semana descansamos (en torno a 60 visitas). Uno de cada tres visitantes es recurrente, aunque tengo para mí que este dato es un poco más elevado en la realidad y está influido por el hecho de que la recogida de datos lleva sólo unos días.
El usuario medio de este blog lee, cada vez que viene, 1,4 páginas. Lo cual quiere decir, o así lo interpreto yo, que con la oferta que tiene el blog en su portada conseguimos que buena parte de los visitantes pinchen en algún otro enlace y se lean algún artículo ya antiguo. Esto me alegra.
La mayor parte de vosotros llega al blog directamente escribiendo la dirección en la barra de navegación. Aunque, según Google, el buscador Google está ganando peso en la forma de llegar aquí. Esto a mí me ha gustado especialmente, pues he de confesar que a veces, cuando he pensado en escribir sobre algún tema, me he preguntado a mí mismo: ¿no estarás abordando algo que no le interesa a nadie? Y no es así: uno ve luego que hay personas buscando en internet referencias sobre los asuntos que ha escrito; comunidad de intereses que se me hace enormemente placentera.
De las 897 visitas producidas en los últimos días, 707 se han realizado desde España. La mayor parte de vosotros está en Madrid (192 visitas). A continuación nos siguen los barceloneses (63 visitas) y vallisoletanos. La cuarta ciudad es Mejorada del Campo (hola, colegas, aqui al lado estamos), Valencia, Sevilla, Palma, Reus, Rota y... ¡cómo no! La Coruña, sí, a minha terra. Y aquí debo parar porque, cuando he expandido la lista, me he encontrado con 169 emplazamientos más. Confieso que he tenido que tirar de atlas para saber dónde están Samper del Sal, Nuevo Rocío, Pozán de Vero, Corralejo, Poblete, Flechilla, Cuatretonda o Asprillas.
¿Tenéis curiosidad por saber qué pais sigue después de España? Pues es México lindo y querido, seguido de su vecino del norte, los Estados Unidos de Norteamérica (espero que no sean los herederos de Dillinger, en cuyo caso voy dado). Luego está Francia (¿será por lo de las campañas napoleónicas?), Colombia, Venezuela, Argentina, Reino Unido, Alemania, Italia, Tailandia, Perú, Chile, Ecuador, República Dominicana, Países Bajos, Bolivia, Taiwan, Rumanía, Polonia, Guatemala, Brasil, la República Checa, Filipinas, Cuba, Japón, Marruecos, Honduras, Suiza, Noruega, Irlanda, El Salvador y Camboya. He querido citar todos los países porque a todos, si leeis este post, os quiero saludar. Hola, colegas.
Dado que Google Analytics es una herramienta de marketing, estoy en condiciones de informaros de los ingresos que me habéis reportado: 897 visitas, a cero dólares cada una, resultado cero dólares. Y así pienso continuar.
Bienvenidos todos.
miércoles, enero 24, 2007
1888:España se enseña
Al llegar el siglo XIX, a España la miró un tuerto. El siglo empezó con el follón de los españoles con Godoy y la invasión francesa (por fin, España en manos de quien siempre la había ambicionado), situación que sólo se enderezó mediante una rebelión nacional, durante la cual se inventó la guerra de guerrillas. En un ejercicio de esquizofrenia muy español, quienes combatían al francés, al tiempo, redactaban una Constitución basada en los principios de la revolución francesa. Tras la marcha del invasor pensaron que esos principios liberales alumbrarían la vida de España, pero no fue así. El país comenzó a vivir una longa noite de pedra (frase que da título a un bellísimo poema), con algún que otro intermedio liberal, durante la cual se desangró en la más duradera guerra civil que jamás se haya vivido en nuestro país.
Por medio, a España se le fueron cayendo los últimos adornos de ese vestido repujado que había sido su imperio. A hombros de gigantes llamados Bolívar, San Martín, O’Higgins, la joya de nuestra corona, Latinoamérica, se independizó, de forma que, a finales del siglo, apenas nos quedaban Filipinas, Puerto Rico y Cuba, amén de las posesiones africanas.
Algún día, espero que no muy lejano, os contaré por qué la calle de Madrid que registra más intensidad de tráfico se llama de Raimundo Fernández Villaverde. Como adelanto, os diré que la situación que este hacendista hubo de enfrentar al final del siglo no le desmerece nada a la de los países hoy endeudados y empobrecidos. España se pasó el siglo XIX desangrándose y, en las últimas boqueadas del siglo, estaba para los restos. Nadie apostaba un duro por ella como nación moderna y capaz.
Nadie, no. Hubo dos personas que sí apostaron por España. Y ganaron. Su victoria queda oculta por la Historia porque, diez años después, la pérdida de Cuba nos sumiría en el más profundo pesimismo sobre nosotros mismos. Pero antes, en 1888, fuimos grandes. Y lo fuimos gracias a Práxedes Mateo Sagasta y, sobre todo, a Francisco de Paula Ríus y Taulet, alcalde de Barcelona.
En 1851, inaugurando una edad moderna aún no acabada, se celebró en Inglaterra la primera Exposición Universal. Fue todo un espectáculo organizado por los ingleses para mostrar al mundo las maravillas de la revolución industrial, aquellas máquinas que eran capaces de realizar como si tal cosa el trabajo esforzado de decenas de hombres forzudos. Quienes tuvieron la suerte de acudir a aquella exposición pudieron verla incluso tras caer la tarde, bajo la iluminación de gas que allí se estrenó.
A la exposición de Londres siguió la de París, la cual, según las crónicas, fue invadida por expositores alemanes, muy empeñados en demostrar la grandeza de su nación. Luego llegó la de Filadelfia, de la que en Europa se contaron bondades sin fin, Viena, Turín… Todo aquél que quería ser algo en el concierto internacional parecía tener que demostrarlo montando una exposición.
Ésta fue la idea que se le ocurrió a Eugenio R. Serrano de Casanova, un extraño hombre de negocios español que editaba una revista para turistas en Bélgica. Acostumbrado al negocio de generar visitantes para que se gasten pasta, albergó la idea de organizar una gran feria de muestras en España, y se decidió por Barcelona porque, de todas las capitales españoles, era la que estaba más cerca de la frontera que los visitantes deberían traspasar. En Amberes, Casanova contactó con otro español, Alejandro Sallé, que se movía por esos mundos de las ferias y, de hecho, poseía varios edificios desmontables, stands los llamamos hoy. Ambos se asociaron para montar la feria y abrieron despacho de influencias en la calle de Escudillers de Barcelona.
Casanova montó una junta directiva de lo que hasta entonces sólo era una feria de muestras con algunos de los grandes personajes del todo Barcelona empresarial del momento: Juan Pujol, Francisco López Fabra, Manuel Durán i Bas, Manuel Porcar, José María Nadal, Félix Maciá Bonaplata, Román Macaya i Gilbert, Ramón de Manjarrés y Francisco Sitjá. Al alcalde de Barcelona, Ríus y Taulet, le ofreció la presidencia honorífica, por aquello de que figurase y pusiera algo de pasta. A principios de 1887, toda esta parafernalia se había ido al carajo, el dinero no aparecía por ningún lugar y el proyecto, por la vía de los hechos, estaba abandonado.
Éste debería haber sido el destino de la Exposición Universal de Barcelona de no haber sido por Ríus y Taulet. Al alcalde de Barcelona, con mucha probabilidad, lo movieron dos razones para tirar para delante: la primera, sus convicciones políticas: era muy liberal, muy dinástico y muy español. Y las tres cosas: el liberalismo, la casa reinante y España entera, necesitaban, en aquel momento, de un empujoncito. El segundo factor que probablemente valoró fue la visión de que el proyecto le podría ayudar en sus proyectos de cambiar Barcelona. Porque si alguien cree que los cambios que operaron en la ciudad los Juegos Olímpicos de 1992 son grandes, eso sólo significa que no tiene 150 años de edad para recordar cómo puede una Exposición Universal cambiar una ciudad.
En 1887, el Borbón regresado, o más bien restaurado, Alfonso XII, había muerto. Era regente de España María Cristina de Habsburgo-Lorena, una extranjera de escaso carisma, cuyo hijo, el futuro rey, era aún tan sólo un niño. Para colmo, en Barcelona ya comenzaban a percibirse los problemas derivados del enfrentamiento entre un Estado centralista y una sociedad crecientemente regionalista. Esto se notaba, sobre todo, a través del teatro, que era el espectáculo de masas de la época. La mayoría de los autores de éxito catalanes se dedicaron entonces a la parodia. Se pusieron de moda las gatadas, que eran obras satíricas que ridiculizaban algún estreno patrio, normalmente dedicado a ensalzar las virtudes de lo español. Son ejemplos La Esquella de la Torratxa o El Castell de Tres Dragons, de lectura deliciosa aún hoy en día (traducidas, en mi caso), que escribió Federico Soler, o Serafí Pitarra, como solía firmar. Prueba de cómo se pusieron las cosas es la orden de 27 de enero de 1867, dada por el gobernador civil de Barcelona, Cayetano Bonafós, y que dicta lo siguiente (las cursivas son mías): «En vista de la comunicación pasada a este Ministerio por el Censor interino de teatros del Reino con fecha 4 del corriente, en la que se hace notar el gran número de producciones dramáticas que se presentan a la Censura escritas en los diferentes dialectos, y considerando que esta novedad ha de contribuir a fomentar el espíritu autóctono de las mismas, destruyendo el medio más eficaz para que se generalice el uso de la lengua nacional: la Reina (q.D.g.) ha tenido a bien disponer que en adelante no se admitan a la Censura obras dramáticas que estén exclusivamente escritas en cualquiera de los dialectos de las provincias españolas».
Hecha la ley, hecha la trampa. Pitarra y los demás empezaron a escribir obras bilingües. En ellas, todos los personajes imbéciles, avaros, vagos, feos, gordos, malolientes y flatulentos hablan en español; y George Clooney y Angelina Jolie, indefectiblemente, hablan la lengua de los jordis.
A Ríus, estas situaciones le escocían. Y, por eso, tuvo, como diría Luther King, un sueño: soñó con el espacio dejado por un feo cuartel ya derruido convertido en un hermoso parque, el parque de la Ciudadela, y dentro de él, una Exposición Universal. Soñó que la familia real acudía a Barcelona a inaugurar la exposición, y era vitoreada por las calles. Y, nada más despertarse del sueño, decidió que lo haría. Quizá, quizá, se dijo eso que dice mi nunca-suficientemente-admirada Eva Longoria: porque yo lo valgo.
Después de algunos contactos previos con comerciantes e industriales de la zona, Ríus, consciente de que nada era posible sin el concurso de Madrid, a Madrid se vino. Visitó al presidente del gobierno, el liberal Sagasta, quien le dio buenas palabras, pero, probablemente, no estaba pensando sino en darle largas. Sagasta argumentó la delicada situación creada en España con la muerte del rey, que eliminaba toda posibilidad de andar con cachondeos. Ése era el momento que esperaba Ríus: cuando le respondió que lo que él quería era a los Borbones en Barcelona, inaugurando la Exposición, al viejo político liberal le hicieron los ojos chiribitas. Aún así, no dio su brazo a torcer. Citó a Ríus para dos días después, quizá para decirle que se lo había pensado y que pasaba. Pero a los dos días, el alcalde de Barcelona se presentó en el despacho del presidente con el proyecto de la Exposición completo. Hasta el último detalle. Sagasta cedió. El Estado contribuyó a la Exposición Universal con una subvención directa de dos millones de pesetas (un pastón) y la autorización al Ayuntamiento para celebrar un sorteo de la Lotería Nacional a beneficio de la Exposición.
Ríus montó un equipo organizador a su imagen y semejanza, donde era figura cimera su más estrecho colaborador Carlos Pirozzini; y el gobierno, por su parte, nombró comisario regio al más prominente banquero catalán de la época, Manuel Girona. Sin embargo, la organización no fue fácil. En primer lugar, Barcelona y España entera se tomaron aquella historia a beneficio de inventario. La mayoría de los barceloneses pensaban que la Exposición era una cáscara vacía, una iniciativa sin contenido (sí, sí, la Historia se repite constantemente: como el Fórum de las Culturas). Alguien redactó un manifiesto aseverando que la Exposición iba a arruinar a la ciudad, lo tradujo a varios idiomas y lo distribuyó en el extranjero, buscando que los diferentes países decidiesen no venir. Quizá el punto más peligroso para la Exposición fue la defección del líder catalanista Valentí Almirall. Almirall había sido nombrado consejero de la Exposición, pero dimitió en septiembre de 1887, menos de un año antes de la celebración, mediante un durísimo manifiesto público en el que renegaba de la convocatoria por considerar que suponía un triunfo del españolismo (que lo fue, por cierto).
Otro frente de críticas para el Ayuntamiento fueron, cómo no, las obras. Se pensó en levantar un monumento a Colón y, a partir del mismo, abrir un agradable paseo lleno de palmeras. A los barceloneses de hoy les parecerá que la idea es brillante y hermosa; pero han de saber que sus tatarabuelos bautizaron a aquella avenida Paseo de las Escobas, dijeron que las palmeras eran feísimas, que morirían de frío en invierno, y unas cuantas cosas más. Impasible el ademán, el ayuntamiento barcelonés seguía con sus obras y, expandiéndose hacia el Tibidabo, se encontró con un albañal, un barrizal infecto donde además a nadie se le ocurría aventurarse con algo de valor encima, no sé si me entendéis. En aquel lugar lóbrego y asqueroso se levantó la Rambla de Cataluña, y fue obra tan capital e importante que, cuentan las crónicas, los propietarios de la zona, a quienes su urbanización medró en buena medida, quisieron regalarle un solar en la calle a Ríus, que se negó a tomarlo.
La fiebre de la Exposición fue fiebre constructora. En nada menos que 53 días se levantó el Hotel Internacional, en el mismo paseo de Colón. Un edificio de cinco plantas al estilo de los grandes hoteles europeos diseñado para dar alojamiento a los visitantes extranjeros en una ciudad que todavía lo era de fondas y hostales, repleta, pues, de eso que se denomina hoteles de tres arañas. Se convocó un concurso para construir el hotel, pero era tan poco el tiempo que sólo se presentó, en plan sietemachos, un arquitecto, Luis Doménech i Montaner, que cumplió, eso sí, a base de contratar a 222 albañiles y 440 peones, que se dice pronto. Los barceloneses se hacían lenguas. ¡El Hotel Internacional tenía un chef francés! Se llamaba Bourgeois y trabajaba en una cocina enorme, en una de cuyas planchas se podían hacer 400 filetes a la vez. Dado que la concesión para levantar el hotel sólo llegaba al tiempo de la Exposición, al terminar ésta fue derribado.
El arco de triunfo que conmemora la Exposición costó 125.000 pesetas. El Palacio de Bellas Artes, 600.000. El enorme Palacio de la Industria (50.000 metros cuadrados de modernidad), 1.700.000 pesetas. Incluso se construyó un puente, que comunicaba las instalaciones del mar con las de la tierra. Medía 145 metros de largo. Además de palacios, se construyeron quioscos y restaurantes varios, tres montañas rusas, fuentes, cascadas, lagos y estatuas.
La Exposición fue un éxito sin paliativos. Acudieron 6.233 expositores españoles. Lógicamente, quien más aportó fue Barcelona (2.074), seguida de Logroño (456) y Tarragona (302). Hubo pabellones de Alemania, Austria-Hungría, Bélgica, Bolivia, Chile, China, Ecuador, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Italia, Japón, Paraguay, Portugal, Turquía, Rusia, Suecia, Noruega, Uruguay y Suiza. La exposición se inauguró el 20 de mayo, pero la familia real española se quedó hasta el 6 de julio. Ríus y Taulet había tenido un sueño, y no había despertado.
A todos nos hace gracia el pasado. Miramos en la tele o en el cine las imágenes de hace casi un siglo, esas tomas de cine aceleradas en las que la gente anda de una forma tan graciosa, y nos da la impresión de estar viendo un mundo pacato, infradesarrollado, en el que no pasaba nada. Sin embargo, esto es incierto no pocas veces, y ésta es una de ellas. La Exposición Universal de 1888 fue para Barcelona y para España un escaparate de oro. Una forma de decirle al mundo que en un país en el que nadie creía, en un lugar que todo el mundo más allá de los Pirineos imaginaba poblado de toreros, navajeros, salteadores de caminos y majas, había muchas personas, físicas y jurídicas, tan hermanadas con el progreso como cualquier otra sociedad europea. En la Exposición de Barcelona, España enseñó sus productos agrícolas, su maquinaria, sus procesos de producción, enseñó sus telas, su siderurgia, su industria de armamento; España enseñó y se enseñó, lo cual quiere decir que dejó bien clara su vocación de subirse al entonces aún débil, traqueteante tren de Europa.
Eso, con todos los respetos, no hay olimpiada que lo iguale.
Por medio, a España se le fueron cayendo los últimos adornos de ese vestido repujado que había sido su imperio. A hombros de gigantes llamados Bolívar, San Martín, O’Higgins, la joya de nuestra corona, Latinoamérica, se independizó, de forma que, a finales del siglo, apenas nos quedaban Filipinas, Puerto Rico y Cuba, amén de las posesiones africanas.
Algún día, espero que no muy lejano, os contaré por qué la calle de Madrid que registra más intensidad de tráfico se llama de Raimundo Fernández Villaverde. Como adelanto, os diré que la situación que este hacendista hubo de enfrentar al final del siglo no le desmerece nada a la de los países hoy endeudados y empobrecidos. España se pasó el siglo XIX desangrándose y, en las últimas boqueadas del siglo, estaba para los restos. Nadie apostaba un duro por ella como nación moderna y capaz.
Nadie, no. Hubo dos personas que sí apostaron por España. Y ganaron. Su victoria queda oculta por la Historia porque, diez años después, la pérdida de Cuba nos sumiría en el más profundo pesimismo sobre nosotros mismos. Pero antes, en 1888, fuimos grandes. Y lo fuimos gracias a Práxedes Mateo Sagasta y, sobre todo, a Francisco de Paula Ríus y Taulet, alcalde de Barcelona.
En 1851, inaugurando una edad moderna aún no acabada, se celebró en Inglaterra la primera Exposición Universal. Fue todo un espectáculo organizado por los ingleses para mostrar al mundo las maravillas de la revolución industrial, aquellas máquinas que eran capaces de realizar como si tal cosa el trabajo esforzado de decenas de hombres forzudos. Quienes tuvieron la suerte de acudir a aquella exposición pudieron verla incluso tras caer la tarde, bajo la iluminación de gas que allí se estrenó.
A la exposición de Londres siguió la de París, la cual, según las crónicas, fue invadida por expositores alemanes, muy empeñados en demostrar la grandeza de su nación. Luego llegó la de Filadelfia, de la que en Europa se contaron bondades sin fin, Viena, Turín… Todo aquél que quería ser algo en el concierto internacional parecía tener que demostrarlo montando una exposición.
Ésta fue la idea que se le ocurrió a Eugenio R. Serrano de Casanova, un extraño hombre de negocios español que editaba una revista para turistas en Bélgica. Acostumbrado al negocio de generar visitantes para que se gasten pasta, albergó la idea de organizar una gran feria de muestras en España, y se decidió por Barcelona porque, de todas las capitales españoles, era la que estaba más cerca de la frontera que los visitantes deberían traspasar. En Amberes, Casanova contactó con otro español, Alejandro Sallé, que se movía por esos mundos de las ferias y, de hecho, poseía varios edificios desmontables, stands los llamamos hoy. Ambos se asociaron para montar la feria y abrieron despacho de influencias en la calle de Escudillers de Barcelona.
Casanova montó una junta directiva de lo que hasta entonces sólo era una feria de muestras con algunos de los grandes personajes del todo Barcelona empresarial del momento: Juan Pujol, Francisco López Fabra, Manuel Durán i Bas, Manuel Porcar, José María Nadal, Félix Maciá Bonaplata, Román Macaya i Gilbert, Ramón de Manjarrés y Francisco Sitjá. Al alcalde de Barcelona, Ríus y Taulet, le ofreció la presidencia honorífica, por aquello de que figurase y pusiera algo de pasta. A principios de 1887, toda esta parafernalia se había ido al carajo, el dinero no aparecía por ningún lugar y el proyecto, por la vía de los hechos, estaba abandonado.
Éste debería haber sido el destino de la Exposición Universal de Barcelona de no haber sido por Ríus y Taulet. Al alcalde de Barcelona, con mucha probabilidad, lo movieron dos razones para tirar para delante: la primera, sus convicciones políticas: era muy liberal, muy dinástico y muy español. Y las tres cosas: el liberalismo, la casa reinante y España entera, necesitaban, en aquel momento, de un empujoncito. El segundo factor que probablemente valoró fue la visión de que el proyecto le podría ayudar en sus proyectos de cambiar Barcelona. Porque si alguien cree que los cambios que operaron en la ciudad los Juegos Olímpicos de 1992 son grandes, eso sólo significa que no tiene 150 años de edad para recordar cómo puede una Exposición Universal cambiar una ciudad.
En 1887, el Borbón regresado, o más bien restaurado, Alfonso XII, había muerto. Era regente de España María Cristina de Habsburgo-Lorena, una extranjera de escaso carisma, cuyo hijo, el futuro rey, era aún tan sólo un niño. Para colmo, en Barcelona ya comenzaban a percibirse los problemas derivados del enfrentamiento entre un Estado centralista y una sociedad crecientemente regionalista. Esto se notaba, sobre todo, a través del teatro, que era el espectáculo de masas de la época. La mayoría de los autores de éxito catalanes se dedicaron entonces a la parodia. Se pusieron de moda las gatadas, que eran obras satíricas que ridiculizaban algún estreno patrio, normalmente dedicado a ensalzar las virtudes de lo español. Son ejemplos La Esquella de la Torratxa o El Castell de Tres Dragons, de lectura deliciosa aún hoy en día (traducidas, en mi caso), que escribió Federico Soler, o Serafí Pitarra, como solía firmar. Prueba de cómo se pusieron las cosas es la orden de 27 de enero de 1867, dada por el gobernador civil de Barcelona, Cayetano Bonafós, y que dicta lo siguiente (las cursivas son mías): «En vista de la comunicación pasada a este Ministerio por el Censor interino de teatros del Reino con fecha 4 del corriente, en la que se hace notar el gran número de producciones dramáticas que se presentan a la Censura escritas en los diferentes dialectos, y considerando que esta novedad ha de contribuir a fomentar el espíritu autóctono de las mismas, destruyendo el medio más eficaz para que se generalice el uso de la lengua nacional: la Reina (q.D.g.) ha tenido a bien disponer que en adelante no se admitan a la Censura obras dramáticas que estén exclusivamente escritas en cualquiera de los dialectos de las provincias españolas».
Hecha la ley, hecha la trampa. Pitarra y los demás empezaron a escribir obras bilingües. En ellas, todos los personajes imbéciles, avaros, vagos, feos, gordos, malolientes y flatulentos hablan en español; y George Clooney y Angelina Jolie, indefectiblemente, hablan la lengua de los jordis.
A Ríus, estas situaciones le escocían. Y, por eso, tuvo, como diría Luther King, un sueño: soñó con el espacio dejado por un feo cuartel ya derruido convertido en un hermoso parque, el parque de la Ciudadela, y dentro de él, una Exposición Universal. Soñó que la familia real acudía a Barcelona a inaugurar la exposición, y era vitoreada por las calles. Y, nada más despertarse del sueño, decidió que lo haría. Quizá, quizá, se dijo eso que dice mi nunca-suficientemente-admirada Eva Longoria: porque yo lo valgo.
Después de algunos contactos previos con comerciantes e industriales de la zona, Ríus, consciente de que nada era posible sin el concurso de Madrid, a Madrid se vino. Visitó al presidente del gobierno, el liberal Sagasta, quien le dio buenas palabras, pero, probablemente, no estaba pensando sino en darle largas. Sagasta argumentó la delicada situación creada en España con la muerte del rey, que eliminaba toda posibilidad de andar con cachondeos. Ése era el momento que esperaba Ríus: cuando le respondió que lo que él quería era a los Borbones en Barcelona, inaugurando la Exposición, al viejo político liberal le hicieron los ojos chiribitas. Aún así, no dio su brazo a torcer. Citó a Ríus para dos días después, quizá para decirle que se lo había pensado y que pasaba. Pero a los dos días, el alcalde de Barcelona se presentó en el despacho del presidente con el proyecto de la Exposición completo. Hasta el último detalle. Sagasta cedió. El Estado contribuyó a la Exposición Universal con una subvención directa de dos millones de pesetas (un pastón) y la autorización al Ayuntamiento para celebrar un sorteo de la Lotería Nacional a beneficio de la Exposición.
Ríus montó un equipo organizador a su imagen y semejanza, donde era figura cimera su más estrecho colaborador Carlos Pirozzini; y el gobierno, por su parte, nombró comisario regio al más prominente banquero catalán de la época, Manuel Girona. Sin embargo, la organización no fue fácil. En primer lugar, Barcelona y España entera se tomaron aquella historia a beneficio de inventario. La mayoría de los barceloneses pensaban que la Exposición era una cáscara vacía, una iniciativa sin contenido (sí, sí, la Historia se repite constantemente: como el Fórum de las Culturas). Alguien redactó un manifiesto aseverando que la Exposición iba a arruinar a la ciudad, lo tradujo a varios idiomas y lo distribuyó en el extranjero, buscando que los diferentes países decidiesen no venir. Quizá el punto más peligroso para la Exposición fue la defección del líder catalanista Valentí Almirall. Almirall había sido nombrado consejero de la Exposición, pero dimitió en septiembre de 1887, menos de un año antes de la celebración, mediante un durísimo manifiesto público en el que renegaba de la convocatoria por considerar que suponía un triunfo del españolismo (que lo fue, por cierto).
Otro frente de críticas para el Ayuntamiento fueron, cómo no, las obras. Se pensó en levantar un monumento a Colón y, a partir del mismo, abrir un agradable paseo lleno de palmeras. A los barceloneses de hoy les parecerá que la idea es brillante y hermosa; pero han de saber que sus tatarabuelos bautizaron a aquella avenida Paseo de las Escobas, dijeron que las palmeras eran feísimas, que morirían de frío en invierno, y unas cuantas cosas más. Impasible el ademán, el ayuntamiento barcelonés seguía con sus obras y, expandiéndose hacia el Tibidabo, se encontró con un albañal, un barrizal infecto donde además a nadie se le ocurría aventurarse con algo de valor encima, no sé si me entendéis. En aquel lugar lóbrego y asqueroso se levantó la Rambla de Cataluña, y fue obra tan capital e importante que, cuentan las crónicas, los propietarios de la zona, a quienes su urbanización medró en buena medida, quisieron regalarle un solar en la calle a Ríus, que se negó a tomarlo.
La fiebre de la Exposición fue fiebre constructora. En nada menos que 53 días se levantó el Hotel Internacional, en el mismo paseo de Colón. Un edificio de cinco plantas al estilo de los grandes hoteles europeos diseñado para dar alojamiento a los visitantes extranjeros en una ciudad que todavía lo era de fondas y hostales, repleta, pues, de eso que se denomina hoteles de tres arañas. Se convocó un concurso para construir el hotel, pero era tan poco el tiempo que sólo se presentó, en plan sietemachos, un arquitecto, Luis Doménech i Montaner, que cumplió, eso sí, a base de contratar a 222 albañiles y 440 peones, que se dice pronto. Los barceloneses se hacían lenguas. ¡El Hotel Internacional tenía un chef francés! Se llamaba Bourgeois y trabajaba en una cocina enorme, en una de cuyas planchas se podían hacer 400 filetes a la vez. Dado que la concesión para levantar el hotel sólo llegaba al tiempo de la Exposición, al terminar ésta fue derribado.
El arco de triunfo que conmemora la Exposición costó 125.000 pesetas. El Palacio de Bellas Artes, 600.000. El enorme Palacio de la Industria (50.000 metros cuadrados de modernidad), 1.700.000 pesetas. Incluso se construyó un puente, que comunicaba las instalaciones del mar con las de la tierra. Medía 145 metros de largo. Además de palacios, se construyeron quioscos y restaurantes varios, tres montañas rusas, fuentes, cascadas, lagos y estatuas.
La Exposición fue un éxito sin paliativos. Acudieron 6.233 expositores españoles. Lógicamente, quien más aportó fue Barcelona (2.074), seguida de Logroño (456) y Tarragona (302). Hubo pabellones de Alemania, Austria-Hungría, Bélgica, Bolivia, Chile, China, Ecuador, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Italia, Japón, Paraguay, Portugal, Turquía, Rusia, Suecia, Noruega, Uruguay y Suiza. La exposición se inauguró el 20 de mayo, pero la familia real española se quedó hasta el 6 de julio. Ríus y Taulet había tenido un sueño, y no había despertado.
A todos nos hace gracia el pasado. Miramos en la tele o en el cine las imágenes de hace casi un siglo, esas tomas de cine aceleradas en las que la gente anda de una forma tan graciosa, y nos da la impresión de estar viendo un mundo pacato, infradesarrollado, en el que no pasaba nada. Sin embargo, esto es incierto no pocas veces, y ésta es una de ellas. La Exposición Universal de 1888 fue para Barcelona y para España un escaparate de oro. Una forma de decirle al mundo que en un país en el que nadie creía, en un lugar que todo el mundo más allá de los Pirineos imaginaba poblado de toreros, navajeros, salteadores de caminos y majas, había muchas personas, físicas y jurídicas, tan hermanadas con el progreso como cualquier otra sociedad europea. En la Exposición de Barcelona, España enseñó sus productos agrícolas, su maquinaria, sus procesos de producción, enseñó sus telas, su siderurgia, su industria de armamento; España enseñó y se enseñó, lo cual quiere decir que dejó bien clara su vocación de subirse al entonces aún débil, traqueteante tren de Europa.
Eso, con todos los respetos, no hay olimpiada que lo iguale.
martes, enero 23, 2007
Si eres buen poeta, serás mal estratega
Aquí os dejo este post de Ina, una pequeña lección que nos enseña que es difícil hacer dos cosas bien a la vez: o se escriben buenos versos, o se sabe gobernar.
Al-Mutamid Ibn Abbad (1039-1095) fue el último rey de Sevilla. Fue un rey hábil, ejemplo de que ya había maquiavélicos antes de Maquiavelo, al que le tocó gobernar sobre un reino débil, situado entre dos vecinos demasiado poderosos: el Reino de Castilla y los almorávides. Más que por su infortunado reinado, hoy lo recordamos por sus poemas: Al-Mutamid fue uno de los mejores poetas hispano-musulmanes. De hecho, fue mejor poeta que rey.
Te escribo consciente de que estás lejos de mí,
y en mi corazón, la congoja de la tristeza;
no escriben los cálamos sino mis lágrimas
que trazan un escrito de amor sobre la página de la mejilla;
si no lo impidiera la gloria, te visitaría apasionado
y a escondidas, como visita el rocío los pétalos de la rosa;
te besaría los labios rojos bajo el velo
y te abrazaría del cinturón al collar.
¡Ausente de mi lado, estás junto a mí!
Si de mis ojos estás ausente, no de mi corazón.
¡Cumple la promesa que nos hicimos, pues yo,
tú lo sabes, cumplo mi parte!
(traducción de María Jesús Rubiera Mata)
En junio de 1090, los almorávides volvieron, pero esta vez ya no iban a ser las marionetas de nadie. En septiembre tomaron Granada. Una prueba de cómo habían menospreciado los reyes de taifas a los almorávides fue que al-Mutamid fue a felicitar al caudillo almorávide Yusuf ibn Tašufin por la conquista y a sugerirle de paso que le entregase la ciudad a cambio de Algeciras, que los almorávides tenían ocupada desde 1085. Ibn-Tašufin debió de ponerle los puntos sobre las íes, porque tras esa entrevista al-Mutamid le dijo al rey de Badajoz: «Ponte a salvo, porque ya has visto lo que le ha ocurrido al señor de Granada y lo que mañana me ocurrirá a mí». Probablemente fue entonces cuando por primera vez en su vida entendió que él y los demás reyes de taifas navegaban en el mismo barco y que eran más los intereses que les unían que los que les separaban. Pero ya era demasiado tarde.
Al-Mutamid e Ibn Al-Aftas de Badajoz pudieron ayuda a Alfonso VI. Los almorávides no necesitaban mejor excusa moral que ésa para declararles la guerra. Aunque según estaban las cosas, les hubiesen acabado declarando la guerra con excusa o sin excusa. En marzo de 1091, los almorávides conquistaron Córdoba, cuyo gobernador, al-Mamun, uno de los hijos de al-Mutamid, acabó con la cabeza puesta en una pica. Sevilla fue asediada y cayó en septiembre el mismo año. Tras eso, para al-Mutamid, vinieron el exilio entre camelleros norteafricanos, la pobreza y la muerte.
Al-Mutamid Ibn Abbad (1039-1095) fue el último rey de Sevilla. Fue un rey hábil, ejemplo de que ya había maquiavélicos antes de Maquiavelo, al que le tocó gobernar sobre un reino débil, situado entre dos vecinos demasiado poderosos: el Reino de Castilla y los almorávides. Más que por su infortunado reinado, hoy lo recordamos por sus poemas: Al-Mutamid fue uno de los mejores poetas hispano-musulmanes. De hecho, fue mejor poeta que rey.
Te escribo consciente de que estás lejos de mí,
y en mi corazón, la congoja de la tristeza;
no escriben los cálamos sino mis lágrimas
que trazan un escrito de amor sobre la página de la mejilla;
si no lo impidiera la gloria, te visitaría apasionado
y a escondidas, como visita el rocío los pétalos de la rosa;
te besaría los labios rojos bajo el velo
y te abrazaría del cinturón al collar.
¡Ausente de mi lado, estás junto a mí!
Si de mis ojos estás ausente, no de mi corazón.
¡Cumple la promesa que nos hicimos, pues yo,
tú lo sabes, cumplo mi parte!
(traducción de María Jesús Rubiera Mata)
Cuando subió al trono en 1068, al-Mutamid se encontró con un reino próspero, que era además uno de los más poderosos de Al-Andalus, aunque no tan poderoso que pudiera enfrentarse a Castilla.
Aunque lo suyo fuera más el vino y las mujeres (o sea, como Julio Iglesias; esta nota es de JdJ) que el guerrear, al-Mutamid no pudo sustraerse a ese gran deporte de los reyes de taifas: conspirar y tocarle las narices a los vecinos. En 1070, Sevilla conquistó Córdoba y eso le abrió el apetito a al-Mutamid, a quien empezó a apetecer tener un pisito en Torrevieja y practicar el esquí en Sierra Nevada, es decir, expandirse hacia el este. Allí le salió al paso Alfonso VI de Castilla, que ayudó al rey de Toledo al-Mamun a ocupar Córdoba. Alfonso VI entendía que Sevilla podía ser un rival mucho más peligroso que el débil y mediatizado Toledo. Al-Mamun no vivió lo suficiente como para gozar por mucho tiempo de su triunfo. Murió envenenado y en 1076 al-Mutamid recuperó Córdoba y poco después conquistó la cuenca alta del Guadiana y Murcia. Había logrado su objetivo del pisito en Torrevieja. En cambio lo de hacer esquí en Sierra Nevada se le resistiría. El rey taifa de Granada, Abd-Allah, resultó igual de correoso que al-Mutamid y la partida entre ambos terminó en tablas.
En 1085, Alfonso VI de Castilla conquistó Toledo y eso cambió muchas cosas. Una cosa era que les matonease regularmente y les exigiese el pago de tributo (las parias). Otra cosa era que les conquistase y les privase de harenes, palacios y poder. Los reyes de taifas estaban demasiado desunidos y recelaban demasiado los unos de los otros como para presentar un frente unido frente a Castilla. Por otra parte, militarmente las tornas habían cambiado y los ejércitos andalusíes no eran rival para la caballería pesada cristiana.
Fue entonces que a al-Mutamid y a Abd-Allah se les ocurrió llamar al primo de Zumosol. Inteligentes como eran, olvidaron la máxima histórica de que nadie saca a otro las castañas del fuego a cambio de nada. En este caso el primo de Zumosol eran los almorávides, un grupo de bereberes fanatizados que en medio siglo habían conseguido formar un imperio que abarcaba Marruecos, el oeste de Argelia y buena parte de Mauritania. He leído en algún sitio que al-Mutamid más que llamar a los almorávides quería jugar con la amenaza de que los podía llamar para achantar a Alfonso VI. Es posible, pero me parece más probable que el maquiavélico al-Mutamid pensase que, una vez en la Península, no le costaría trabajo manipular a esos camelleros norteafricanos incultos. Desde la sofisticada al-Andalus resultaba fácil menospreciar a los vecinos del sur.
Los almorávides desembarcaron en Algeciras en el verano de 1086. En octubre del mismo año, los almorávides y sus aliados andalusíes derrotaron a los cristianos en la batalla de Sagrajas/Zalaca, en el reino de taifa de Badajoz. En esa batalla los andalusíes pusieron la carne de cañón (de lanza en este caso): la infantería, que aguantó malamente, o más bien no aguantó el absoluto, la acometida de los caballeros pesados cristianos. La victoria la pusieron los almorávides, cuyos jinetes ligeros, más maniobreros que los cristianos, envolvieron por las alas a éstos y los deshicieron.
Lo interesante es que los almorávides no aprovecharon la victoria. En lugar de adentrarse territorio cristiano, volvieron grupas y regresaron a África, donde había estallado una rebelión en sus dominios. Así pues, la jugada les había salido redonda a los reyes de taifas: le habían dado un revolcón a Alfonso VI, que en lo sucesivo se andaría con un poco más de tiento en sus tratos con al-Andalus. Y todo a cambio de unos cuantos muertos.
En todo caso Sagrajas/Zalaca no pasó de ser un revolcón humillante, pero revolcón al fin y al cabo, para Alfonso VI. Enseguida volvió a enredar en los asuntos de al-Andalus, en esta ocasión en Murcia, donde se había desatado la rebelión de ibn-Rasif a la que Alfonso VI miraba con simpatía y apoyaba bajo cuerda. Al-Mutamid cayó en el viejo error de pensar que lo que funcionó bien una vez tiene que funcionar bien una segunda, y llamó a los almorávides en 1088.
El objetivo en esta ocasión era que le ayudasen a tomar la importante fortaleza de Aledo, equidistante entre Murcia y Lorca. Esta vez las cosas se torcieron: una cosa eran las batallas en campo abierto, donde la caballería ligera almorávide era temible; otra cosa era un asedio, que requiere paciencia y conocimientos de ingeniería. El asedio duró muchos meses y fue infructuoso. Los almorávides lo abandonaron y regresaron a África con amargura. Habían fracasado y las primeras semillas de la disensión con los reyes de taifas habían aparecido.
Podemos pensar que en su primer desembarco en España los almorávides habían ido de pardillos porque no conocían bien la situación local. Ahora la conocían lo suficientemente bien como para entender que al-Andalus era una fruta madura y apetitosa. Era una tierra rica gobernada por unos reyezuelos y unas élites a las que les preocupaban más el vino y las mujeres que el Islam. Hartos de esas élites corruptas, una parte del pueblo de a pie, así como los juristas, simpatizaban con los puritanos almorávides. Para terminar de completar el panorama, los reinos de taifas eran débiles en lo militar y lo político.
En junio de 1090, los almorávides volvieron, pero esta vez ya no iban a ser las marionetas de nadie. En septiembre tomaron Granada. Una prueba de cómo habían menospreciado los reyes de taifas a los almorávides fue que al-Mutamid fue a felicitar al caudillo almorávide Yusuf ibn Tašufin por la conquista y a sugerirle de paso que le entregase la ciudad a cambio de Algeciras, que los almorávides tenían ocupada desde 1085. Ibn-Tašufin debió de ponerle los puntos sobre las íes, porque tras esa entrevista al-Mutamid le dijo al rey de Badajoz: «Ponte a salvo, porque ya has visto lo que le ha ocurrido al señor de Granada y lo que mañana me ocurrirá a mí». Probablemente fue entonces cuando por primera vez en su vida entendió que él y los demás reyes de taifas navegaban en el mismo barco y que eran más los intereses que les unían que los que les separaban. Pero ya era demasiado tarde.
Al-Mutamid e Ibn Al-Aftas de Badajoz pudieron ayuda a Alfonso VI. Los almorávides no necesitaban mejor excusa moral que ésa para declararles la guerra. Aunque según estaban las cosas, les hubiesen acabado declarando la guerra con excusa o sin excusa. En marzo de 1091, los almorávides conquistaron Córdoba, cuyo gobernador, al-Mamun, uno de los hijos de al-Mutamid, acabó con la cabeza puesta en una pica. Sevilla fue asediada y cayó en septiembre el mismo año. Tras eso, para al-Mutamid, vinieron el exilio entre camelleros norteafricanos, la pobreza y la muerte.
Al-Mutamid se convertiría para los últimos andalusíes en el símbolo de la suerte que les esperaba. Cuando en el siglo XIV, los granadinos se preguntaban si debían recurrir a los meriníes norteafricanos para que les ayudasen frente a los cristianos, el recuerdo de al-Mutamid estaba en la mente de todos. Y en una crónica de ese período, cuando se relatan los acontecimientos de la época de al-Mutamid, se pone en sus labios cuál era la alternativa en el futuro para los andalusíes: terminar o de porqueros en Castilla o de camelleros en África.
sábado, enero 20, 2007
Lectura: Negrín, por Enrique Moradiellos
Negrín. Biografía de la figura más difamada de la España del siglo XX. Enrique Moradiellos. Barcelona, Península, 2006.
Cada año los reyes magos, entre camisas y otras cosas que saben que necesito y quizá por eso me las regalan aunque yo nunca las pongo en la carta (siempre pongo juegos de la play y cosas así; será que se confunden y se los dejan a algún niño del edificio), se acuerdan de mis aficiones y me dejan algún libro que en ese momento esté en el candelero literario histórico. El año pasado me dejaron la biografía de Indalecio Prieto que escribió Octavio Cabezas (Madrid, Algaba, 2005). Este año me ha caído la de Negrín (véase ficha en las primeras líneas). La pregunta es: ¿quién editará, las navidades que viene, una biografía de Largo Caballero?
Entre los dos libros, el de Prieto y el de Negrín, hay bastantes diferencias. El de Cabezas es una hagiografía. El de Moradiellos pretende no serlo. No esconde el autor su voluntad de reivindicar la figura de Negrín, nos dice en las últimas líneas del texto, injustamente olvidada hoy en día. Pero hay que reconocer que lo hace con unas dosis de equilibrio mucho más voluminosas que el biógrafo de Prieto. El resultado no llega a ser un libro imparcial, pero se le parece más.
Quizá es que resulta imposible escribir un libro imparcial sobre Juan Negrín. No de momento, cuando menos, dado que los archivos de la guerra civil siguen enormemente dispersos, algunos en manos del Estado o de partidos políticos, pero otros muchos en manos de particulares; y, dado que la tendencia archivística es, además, centrífuga, es y será muy difícil que alguien, o más bien alguienes porque la labor es tan ingente que haría falta el concurso de un grupo multidisciplinar de historiadores con mucha pasta, pueda, algún día, realizar estudios comprensivos y comprensibles que analicen todas las caras del poliedro de nuestro pasado y, muy especialmente, del pasado de nuestra II República española, asumiendo que, como pretendieron sus impulsores, dicha república existió desde 1931 hasta poco menos que la muerte de Franco, en 1975.
Juan Negrín es pasto de la opinión que tenga la persona que sobre él hable o escriba. Más aún: de la opinión que sobre él se tenga en determinados momentos de su vida. No es posible establecer (aunque Moradiellos lo intenta) un juicio canónico sobre él, porque son varias las dudas que surgen sobre su actuación, dudas que ya no es posible resolver mediante pruebas irrefutables. Hoy por hoy, y ésta es la triste respuesta que merece el intento del autor de este libro, quien quiera pensar que Negrín fue un traidor a sus huestes iniciales, los socialistas, y juguete del comunismo internacional, tiene en qué agarrarse para pensarlo. Y quien no lo piense o no quiera pensarlo, que lea el libro de Moradiellos; está preñado de clavos de donde colgarse.
Juan Negrín nació para ser un científico reputado, un investigador médico de ésos que hablan varios idiomas y tienen amigos en todo el mundo que le mandan plúmbeas cartas repletas de fórmulas químicas. En algún momento durante los primeros años de la II República, sin embargo, sintió la llamada de la política, supongo (y digo supongo porque, cuando menos a mí, la génesis política de Negrín no me queda bastante clara en este libro) que impulsado por esa voluntad, más o menos nebulosa, de progreso que suele presentarse en las personas del mundo científico. El escaso perfil parlamentario de Negrín durante los años previos a la guerra civil parece apuntar que, efectivamente, se limitó a ser un diputado más, moderado además, alejado de los cantos de sirena del marxismo, lo cual hizo de él un prietista; hecho que, unido a su más que evidente capacidad de trabajo, probablemente influyó en que fuese subiendo conforme lo hacía su mentor.
Negrín, prácticamente, asoma la cabeza a la Historia de España cuando, iniciada la guerra civil, y tras los primeros balbuceos torpes de los gobiernos republicanos, Francisco Largo Caballero (o sea, el PSOE) decide aceptar la tarea de dirigir la guerra, y de mantener unido al Frente Popular y al propio PSOE en ese objetivo. Juan Negrín es nombrado entonces ministro de Hacienda y, como ministro de Hacienda, se convierte en piloto de una operación que le perseguirá el resto de su vida y de la que ya hemos hablado en esta página: el traslado del oro del Banco de España a la URSS. Moradiellos, de quien ya hemos dicho que merece alabanzas por una pretensión de equilibrio en sus juicios de la que otras hagiografías carecen por completo, es categórico en este asunto y asevera que la URSS no sabía nada de este asunto, que se limitó a ser la sorprendida receptora del oro y que nunca urdió plan alguno para que se le transfiriese a ella toda esa riqueza (véase página 206 y siguientes del libro). Niega para ello la veracidad de testimonios publicados poco tiempo después de la guerra por ex agentes comunistas como Krivitsky y Orlov (aunque en otras partes el testimonio de Orlov sí que le sirve al autor, como en la página 253). Y dice bien, aunque no del todo, en mi opinión.
Que la España republicana, en el otoño de 1936 cuando maquinó el traslado del oro, no estaba aún echada en brazos de la URSS, es un hecho; por lo tanto, la capacidad de presión no era tanta como hubiera sido, por poner un ejemplo, en la segunda mitad de 1937 o más allá. Sin embargo, también parece que Moradiellos usa un poco los datos que le convienen para que la tesis le cuadre. Por ejemplo, dice que una pieza fundamental soviética en la operación, el delegado comercial soviético, Arthur Stachevsky, ni siquiera lo era cuando se tomó la decisión del traslado. Lo cual es cierto, como lo es también que existen testimonios de que, sin haber sido nombrado aún, llegó a Madrid a mediados de agosto del 36, de la mano del escritor Louis Fischer, y que su primer amiguito en Madrid fue… Juan Negrín.
Así lo dice, por ejemplo, en sus memorias Justo Martínez Amutio (Chantaje a un pueblo, Madrid, G. del Toro, 1974), autor (eso sí, largocaballerista hasta las trancas) que incluso recuerda el rumor de que Negrín no era candidato a ministro en el gobierno Largo Caballero, y si lo fue, y además de Hacienda (o sea, a cargo del oro), fue por presión precisamente de Stachevsky. Rumor que, en cualquier caso, él mismo desmiente, aseverando que quien impuso a Negrín en el Ejecutivo, aún contra el criterio de Largo, fue Prieto. Pero, en todo caso, hay, como decía, testimonios de que Stachevsky ya estaba actuando en Madrid antes de ser agregado comercial de la embajada, así pues la facilidad con que Moradiellos lo aparta de las tribulaciones sobre el oro del Banco de España son, tal vez, un poco precipitadas.
La mejor parte del libro, y la más justamente reivindicativa, es la correspondiente a los largos meses en los que Negrín fue presidente del Gobierno y máximo responsable de la conducción de la guerra. Como siempre en los libros bien documentados, y éste lo es, el lector irá contemplando, poco a poco, cómo dos tendencias diferentes, el aislamiento internacional de la República y sus propias contradicciones internas, van haciendo una pinza que la ahoga cada vez más. La tesis de Moradiellos, que no trata de esconder ni un minuto, es que donde muchos autores y políticos han querido ver a un Juan Negrín que se hizo progresivamente procomunista, lo que había era un hombre que todo lo que hacía era cooperar con quien le garantizaba suministros y armamento, es decir la URSS. Esta tesis en, en gran parte, cierta, y por eso digo que esta parte del libro, que sustenta buena parte de la reivindicación de la figura de Negrín, es la más aprovechable.
La parte más triste se corresponde con las páginas dedicadas a la posguerra, es decir a los 17 años que Negrín sobrevivió a la derrota militar de la República. En ese tiempo, el exilio republicano dio un repugnante espectáculo de división, discusiones, apelaciones cruzadas basadas en lo que cada uno había hecho en el pasado, y un desencuentro tan brutal que los dos principales líderes del socialismo durante la guerra (enfermo Largo Caballero, me refiero a Negrín y a Prieto) no volvieron a tener una conversación ni un contacto serio.
Lo que hace más repugnante esos años es el hecho de que lo que hacían las dos facciones del PSOE era discutir por la pasta. Tras estallar la guerra civil, el gobierno de la República estableció que todas aquellas personas que poseyeran metales preciosos o joyas debían ingresarlos en el Banco de España y, más aún, la posesión de más de 400 pesetas en moneda pasó a ser un delito. El 23 de septiembre de 1936 se creó la Caja de Reparaciones de Daños y Perjuicios de la Guerra. María Ángeles Pons, en su interesante trabajo Hacienda y finanzas durante la guerra civil, nos deja claro que nadie sabe, a ciencia cierta, a cuánto dinero ascendieron aquellas incautaciones, algunas de las cuales, notablemente las realizadas en los primeros momentos de la guerra, carecían de cobertura legal y fueron, por lo tanto, robos mondos y lirondos. Un informe de diciembre de 1936 dice haber tasado bienes por valor de 40 millones de pesetas, pero reconoce que las incautaciones fueron más y que no existía, ya entonces (seis meses de guerra) control sobre ellos. En los dos primeros trimestres de 1937 se recaudó más del doble de lo que ya había en la Caja (91 millones de pesetas), por lo que sabemos que las incautaciones siguieron a buen ritmo. A partir de agosto de dicho año, se comenzó una labor de devolución de bienes. Aún así, en el último balance conocido de la Caja de Reparaciones, el valor contable del activo roza los 370 millones de pesetas de la época (con retenciones en el pasivo de 263 millones). Este balance no incluye el valor de los objetos entregados a la Junta Nacional del Tesoro Artístico (obras de arte). A finales de 1938, el activo de la Caja podría ser de unos 640 millones depesetas.
Según Moradiellos, el gobierno de la República en el exilio habría conseguido sacar de España casi seis millones de libras limpios (pág. 472). Pero éste no fue el único patrimonio con que contó el exilio. Hubo otros, como un material aeronáutico que se vendió en Canadá y, sobre todo, el cargamento de un yate, el Vita, que arribó a México tras la guerra y sobre cuyos bienes el presidente mexicano, Lázaro Cárdenas, dio plena posesión a Indalecio Prieto.
¿Cuánta pasta había en el Vita? Según el único balance oficialmente presentado sobre su valor, 6,4 millones de dólares. Según otras fuentes más negrinistas, incluso 50 millones de dólares (véase el libro antes citado de Octavio Cabezas sobre Prieto, página 458 y ss).
Sacasen los republicanos un fortunón de España o un modesto peculio apenas suficiente para asistir a los muchos exiliados del franquismo, lo que sí es cierto es que ambas partes, Negrín y Prieto, Prieto y Negrín, pasaron años tirándose los trastos por esta causa y dieron el bochornoso espectáculo de que ni siquiera cuando el viento les favorecía (acabada la guerra, cuando las Naciones Unidas condenaron el régimen franquista y pareció factible echar a Franco) fueron capaces de presentar ante los diplomáticos mundiales un dossier conjunto. ¿Cómo iba nadie a tomar en serio a un sedicente gobierno republicano en el exilio cuya legalidad era puesta en solfa por una sedicente Comisión Permanente de las Cortes republicanas en el exilio? ¿Acaso no recuerda este espectáculo a la célebre escena de La vida de Brian en la que un miembro del Partido Palestino de Liberación se muestra incapaz siquiera de saludar a un camarada del Partido de Liberación Palestina?
Negrín fue alejándose de sus otrora compañeros (aunque es lo cierto que ya durante la guerra los ponía a caer de un burro muy a menudo), sobre todo desde que tras la normalización del exilio, producida tras la reunión de las Cortes en México, se llevó el sorpresón de que el presidente en el exilio, Diego Martínez Barrio, decidió no optar por él para presidir el gobierno. A partir de ese momento, la estrella de Negrín, ya bastante apagada como la de todos los republicanos en el exilio por el pausado viaje del franquismo hacia la normalización política, comenzó a extinguirse.
El último acto de rabia de Negrín es, para unos, lógico, y para otros, incalificable. Cuando se sintió morir, en 1956, desgajó de su archivo la documentación correspondiente al traslado del oro a Moscú y las facturas de las adquisiciones realizadas con él, con lo que fabricó un dossier que, según quien lo ha revisado (Martín Aceña, Pablo: El oro de Moscú y el oro de Berlín. Madrid, Taurus), deja bastante claro que Negrín gastó hasta el último mango en la guerra y no se quedó con nada.
Para cuando Negrín elaboró ese dossier, los gobiernos republicanos posteriores al suyo le habían reclamado ya, varias veces, que rindiese cuentas por los dineros gastados en el exilio. Él se había negado, aduciendo que quería hacer un balance total y que no podía porque Prieto no le había dado datos de la liquidación de los bienes del Vita. Por alguna razón, probablemente el despecho, decidió llevar esa actitud más allá de la muerte. Decidió que la información que él tenía debía ser puesta a disposición del Estado español y, en un retruécano increíble, él, que había pasado años paseándose por el mundo tratando que todo el mundo creyese que era el presidente legítimo del gobierno español porque Franco era un usurpador, él, que había sostenido siempre la plena legalidad de la República en el exilio, decidió darle esos papeles… a Franco.
El presidente del gobierno en el exilio a principios de 1957, el radical-socialista Félix Gordón Ordás, destiló en la nota oficial del Ejecutivo republicano, tras conocer la noticia, toda la amargura contra Negrín. «Al obrar de manera tan censurable», argumentó Gordón, «proclamó el doctor Negrín que consideraba legítimo el gobierno de Franco. ¿Por qué no tuvo el valor cívico, si ésa era su honrada convicción, de declarar en vida tan radical cambio de opiniones?»
Moradiellos, ya lo he dicho, se queja en las últimas líneas de su libro del maltrato, en forma de olvido, que ha recibido Negrín tras su muerte; cuando es lo cierto que si alguien no cejó jamás en la defensa de los valores republicanos, si alguien luchó por aglutinar a las fuerzas progresistas que animaban la República, ese alguien fue Negrín. Pero, claro, es que Moradiellos está a favor; y quienes están a favor tienden a no ver las cosas con claridad.
El gesto de Negrín en 1956 fue un gesto soberbio, despreciativo y, lo que es peor, absurdo. No andaba sobrada la República en el exilio de legitimidad internacional y el gesto de Negrín de considerar que era ante Franco ante quien debía rendir cuentas le quitó la poca que le podría quedar. Esta acción, probablemente, tiene su lógica. Es más que probable que Negrín, tras tantos sinsabores, apenas guardase un ápice de confianza hacia Martínez Barrio, Prieto, Gordón, Araquistain et altera. Probablemente pensaba que sus papeles, en sus manos, serían silenciados, mutilados o manipulados. Pero si es así, debió asumir que ésos, y no otros, fueron los mimbres con los que se construyó su cesta.
Hoy por hoy, como ya he tenido ocasión de destacar, Juan Negrín no existe para España y mucho menos para el Partido Socialista Obrero Español. En parte, el PSOE tiene un motivo para ello: al fin y al cabo, Prieto echó a Negrín del partido, así pues no tiene por qué recordarle en su panteón de socialistas ilustres. Pero eso, en mi opinión, son pamemas. Dentro de un proceso de memoria histórica selectiva, que es la que tiene todo el que se acerca a la guerra civil desde la pasión (sea ésta diestra o siniestra) y no desde el conocimiento, Negrín le sobra, en este caso, a la izquierda, como le sobran otros a la derecha.
Los políticos y estudiosos alla sinistra pueden sortear más o menos algunos hechos, como por ejemplo hace Moradiellos en su libro, cuando dice (página 144) que todo lo que hizo la izquierda en el 34 fue convocar una huelga general indefinida para luego reconocer que fue una acción anticonstitucional (o sea: si sólo fue una huelga, ¿por qué fue anticonstitucional? Respuesta: porque no fue una huelga, sino un golpe de Estado en toda regla). Pero hay cosas que no se pueden sortear, y una de esas cosas es Negrín. Reivindicar a Negrín, hoy en día, es reivindicar a la peor parte del republicanismo en guerra, porque Negrín no le dio el paseo a nadie, pero era presidente del Gobierno de un país donde se daban paseos. Negrín no fue prosoviético, pero fue quien le abrió la puerta a la mayor penetración estalinista producida en Europa occidental. Negrín, en suma, no mola.
Y es injusto porque, y en esto yo creo a Moradiellos, en buena parte sus intenciones fueron sinceras, buenas y bienintencionadas. No fue, quizá, consciente de su debilidad. Pero, en este mundo traidor, ¿quién lo es?
Descanse en paz.
Cada año los reyes magos, entre camisas y otras cosas que saben que necesito y quizá por eso me las regalan aunque yo nunca las pongo en la carta (siempre pongo juegos de la play y cosas así; será que se confunden y se los dejan a algún niño del edificio), se acuerdan de mis aficiones y me dejan algún libro que en ese momento esté en el candelero literario histórico. El año pasado me dejaron la biografía de Indalecio Prieto que escribió Octavio Cabezas (Madrid, Algaba, 2005). Este año me ha caído la de Negrín (véase ficha en las primeras líneas). La pregunta es: ¿quién editará, las navidades que viene, una biografía de Largo Caballero?
Entre los dos libros, el de Prieto y el de Negrín, hay bastantes diferencias. El de Cabezas es una hagiografía. El de Moradiellos pretende no serlo. No esconde el autor su voluntad de reivindicar la figura de Negrín, nos dice en las últimas líneas del texto, injustamente olvidada hoy en día. Pero hay que reconocer que lo hace con unas dosis de equilibrio mucho más voluminosas que el biógrafo de Prieto. El resultado no llega a ser un libro imparcial, pero se le parece más.
Quizá es que resulta imposible escribir un libro imparcial sobre Juan Negrín. No de momento, cuando menos, dado que los archivos de la guerra civil siguen enormemente dispersos, algunos en manos del Estado o de partidos políticos, pero otros muchos en manos de particulares; y, dado que la tendencia archivística es, además, centrífuga, es y será muy difícil que alguien, o más bien alguienes porque la labor es tan ingente que haría falta el concurso de un grupo multidisciplinar de historiadores con mucha pasta, pueda, algún día, realizar estudios comprensivos y comprensibles que analicen todas las caras del poliedro de nuestro pasado y, muy especialmente, del pasado de nuestra II República española, asumiendo que, como pretendieron sus impulsores, dicha república existió desde 1931 hasta poco menos que la muerte de Franco, en 1975.
Juan Negrín es pasto de la opinión que tenga la persona que sobre él hable o escriba. Más aún: de la opinión que sobre él se tenga en determinados momentos de su vida. No es posible establecer (aunque Moradiellos lo intenta) un juicio canónico sobre él, porque son varias las dudas que surgen sobre su actuación, dudas que ya no es posible resolver mediante pruebas irrefutables. Hoy por hoy, y ésta es la triste respuesta que merece el intento del autor de este libro, quien quiera pensar que Negrín fue un traidor a sus huestes iniciales, los socialistas, y juguete del comunismo internacional, tiene en qué agarrarse para pensarlo. Y quien no lo piense o no quiera pensarlo, que lea el libro de Moradiellos; está preñado de clavos de donde colgarse.
Juan Negrín nació para ser un científico reputado, un investigador médico de ésos que hablan varios idiomas y tienen amigos en todo el mundo que le mandan plúmbeas cartas repletas de fórmulas químicas. En algún momento durante los primeros años de la II República, sin embargo, sintió la llamada de la política, supongo (y digo supongo porque, cuando menos a mí, la génesis política de Negrín no me queda bastante clara en este libro) que impulsado por esa voluntad, más o menos nebulosa, de progreso que suele presentarse en las personas del mundo científico. El escaso perfil parlamentario de Negrín durante los años previos a la guerra civil parece apuntar que, efectivamente, se limitó a ser un diputado más, moderado además, alejado de los cantos de sirena del marxismo, lo cual hizo de él un prietista; hecho que, unido a su más que evidente capacidad de trabajo, probablemente influyó en que fuese subiendo conforme lo hacía su mentor.
Negrín, prácticamente, asoma la cabeza a la Historia de España cuando, iniciada la guerra civil, y tras los primeros balbuceos torpes de los gobiernos republicanos, Francisco Largo Caballero (o sea, el PSOE) decide aceptar la tarea de dirigir la guerra, y de mantener unido al Frente Popular y al propio PSOE en ese objetivo. Juan Negrín es nombrado entonces ministro de Hacienda y, como ministro de Hacienda, se convierte en piloto de una operación que le perseguirá el resto de su vida y de la que ya hemos hablado en esta página: el traslado del oro del Banco de España a la URSS. Moradiellos, de quien ya hemos dicho que merece alabanzas por una pretensión de equilibrio en sus juicios de la que otras hagiografías carecen por completo, es categórico en este asunto y asevera que la URSS no sabía nada de este asunto, que se limitó a ser la sorprendida receptora del oro y que nunca urdió plan alguno para que se le transfiriese a ella toda esa riqueza (véase página 206 y siguientes del libro). Niega para ello la veracidad de testimonios publicados poco tiempo después de la guerra por ex agentes comunistas como Krivitsky y Orlov (aunque en otras partes el testimonio de Orlov sí que le sirve al autor, como en la página 253). Y dice bien, aunque no del todo, en mi opinión.
Que la España republicana, en el otoño de 1936 cuando maquinó el traslado del oro, no estaba aún echada en brazos de la URSS, es un hecho; por lo tanto, la capacidad de presión no era tanta como hubiera sido, por poner un ejemplo, en la segunda mitad de 1937 o más allá. Sin embargo, también parece que Moradiellos usa un poco los datos que le convienen para que la tesis le cuadre. Por ejemplo, dice que una pieza fundamental soviética en la operación, el delegado comercial soviético, Arthur Stachevsky, ni siquiera lo era cuando se tomó la decisión del traslado. Lo cual es cierto, como lo es también que existen testimonios de que, sin haber sido nombrado aún, llegó a Madrid a mediados de agosto del 36, de la mano del escritor Louis Fischer, y que su primer amiguito en Madrid fue… Juan Negrín.
Así lo dice, por ejemplo, en sus memorias Justo Martínez Amutio (Chantaje a un pueblo, Madrid, G. del Toro, 1974), autor (eso sí, largocaballerista hasta las trancas) que incluso recuerda el rumor de que Negrín no era candidato a ministro en el gobierno Largo Caballero, y si lo fue, y además de Hacienda (o sea, a cargo del oro), fue por presión precisamente de Stachevsky. Rumor que, en cualquier caso, él mismo desmiente, aseverando que quien impuso a Negrín en el Ejecutivo, aún contra el criterio de Largo, fue Prieto. Pero, en todo caso, hay, como decía, testimonios de que Stachevsky ya estaba actuando en Madrid antes de ser agregado comercial de la embajada, así pues la facilidad con que Moradiellos lo aparta de las tribulaciones sobre el oro del Banco de España son, tal vez, un poco precipitadas.
La mejor parte del libro, y la más justamente reivindicativa, es la correspondiente a los largos meses en los que Negrín fue presidente del Gobierno y máximo responsable de la conducción de la guerra. Como siempre en los libros bien documentados, y éste lo es, el lector irá contemplando, poco a poco, cómo dos tendencias diferentes, el aislamiento internacional de la República y sus propias contradicciones internas, van haciendo una pinza que la ahoga cada vez más. La tesis de Moradiellos, que no trata de esconder ni un minuto, es que donde muchos autores y políticos han querido ver a un Juan Negrín que se hizo progresivamente procomunista, lo que había era un hombre que todo lo que hacía era cooperar con quien le garantizaba suministros y armamento, es decir la URSS. Esta tesis en, en gran parte, cierta, y por eso digo que esta parte del libro, que sustenta buena parte de la reivindicación de la figura de Negrín, es la más aprovechable.
La parte más triste se corresponde con las páginas dedicadas a la posguerra, es decir a los 17 años que Negrín sobrevivió a la derrota militar de la República. En ese tiempo, el exilio republicano dio un repugnante espectáculo de división, discusiones, apelaciones cruzadas basadas en lo que cada uno había hecho en el pasado, y un desencuentro tan brutal que los dos principales líderes del socialismo durante la guerra (enfermo Largo Caballero, me refiero a Negrín y a Prieto) no volvieron a tener una conversación ni un contacto serio.
Lo que hace más repugnante esos años es el hecho de que lo que hacían las dos facciones del PSOE era discutir por la pasta. Tras estallar la guerra civil, el gobierno de la República estableció que todas aquellas personas que poseyeran metales preciosos o joyas debían ingresarlos en el Banco de España y, más aún, la posesión de más de 400 pesetas en moneda pasó a ser un delito. El 23 de septiembre de 1936 se creó la Caja de Reparaciones de Daños y Perjuicios de la Guerra. María Ángeles Pons, en su interesante trabajo Hacienda y finanzas durante la guerra civil, nos deja claro que nadie sabe, a ciencia cierta, a cuánto dinero ascendieron aquellas incautaciones, algunas de las cuales, notablemente las realizadas en los primeros momentos de la guerra, carecían de cobertura legal y fueron, por lo tanto, robos mondos y lirondos. Un informe de diciembre de 1936 dice haber tasado bienes por valor de 40 millones de pesetas, pero reconoce que las incautaciones fueron más y que no existía, ya entonces (seis meses de guerra) control sobre ellos. En los dos primeros trimestres de 1937 se recaudó más del doble de lo que ya había en la Caja (91 millones de pesetas), por lo que sabemos que las incautaciones siguieron a buen ritmo. A partir de agosto de dicho año, se comenzó una labor de devolución de bienes. Aún así, en el último balance conocido de la Caja de Reparaciones, el valor contable del activo roza los 370 millones de pesetas de la época (con retenciones en el pasivo de 263 millones). Este balance no incluye el valor de los objetos entregados a la Junta Nacional del Tesoro Artístico (obras de arte). A finales de 1938, el activo de la Caja podría ser de unos 640 millones depesetas.
Según Moradiellos, el gobierno de la República en el exilio habría conseguido sacar de España casi seis millones de libras limpios (pág. 472). Pero éste no fue el único patrimonio con que contó el exilio. Hubo otros, como un material aeronáutico que se vendió en Canadá y, sobre todo, el cargamento de un yate, el Vita, que arribó a México tras la guerra y sobre cuyos bienes el presidente mexicano, Lázaro Cárdenas, dio plena posesión a Indalecio Prieto.
¿Cuánta pasta había en el Vita? Según el único balance oficialmente presentado sobre su valor, 6,4 millones de dólares. Según otras fuentes más negrinistas, incluso 50 millones de dólares (véase el libro antes citado de Octavio Cabezas sobre Prieto, página 458 y ss).
Sacasen los republicanos un fortunón de España o un modesto peculio apenas suficiente para asistir a los muchos exiliados del franquismo, lo que sí es cierto es que ambas partes, Negrín y Prieto, Prieto y Negrín, pasaron años tirándose los trastos por esta causa y dieron el bochornoso espectáculo de que ni siquiera cuando el viento les favorecía (acabada la guerra, cuando las Naciones Unidas condenaron el régimen franquista y pareció factible echar a Franco) fueron capaces de presentar ante los diplomáticos mundiales un dossier conjunto. ¿Cómo iba nadie a tomar en serio a un sedicente gobierno republicano en el exilio cuya legalidad era puesta en solfa por una sedicente Comisión Permanente de las Cortes republicanas en el exilio? ¿Acaso no recuerda este espectáculo a la célebre escena de La vida de Brian en la que un miembro del Partido Palestino de Liberación se muestra incapaz siquiera de saludar a un camarada del Partido de Liberación Palestina?
Negrín fue alejándose de sus otrora compañeros (aunque es lo cierto que ya durante la guerra los ponía a caer de un burro muy a menudo), sobre todo desde que tras la normalización del exilio, producida tras la reunión de las Cortes en México, se llevó el sorpresón de que el presidente en el exilio, Diego Martínez Barrio, decidió no optar por él para presidir el gobierno. A partir de ese momento, la estrella de Negrín, ya bastante apagada como la de todos los republicanos en el exilio por el pausado viaje del franquismo hacia la normalización política, comenzó a extinguirse.
El último acto de rabia de Negrín es, para unos, lógico, y para otros, incalificable. Cuando se sintió morir, en 1956, desgajó de su archivo la documentación correspondiente al traslado del oro a Moscú y las facturas de las adquisiciones realizadas con él, con lo que fabricó un dossier que, según quien lo ha revisado (Martín Aceña, Pablo: El oro de Moscú y el oro de Berlín. Madrid, Taurus), deja bastante claro que Negrín gastó hasta el último mango en la guerra y no se quedó con nada.
Para cuando Negrín elaboró ese dossier, los gobiernos republicanos posteriores al suyo le habían reclamado ya, varias veces, que rindiese cuentas por los dineros gastados en el exilio. Él se había negado, aduciendo que quería hacer un balance total y que no podía porque Prieto no le había dado datos de la liquidación de los bienes del Vita. Por alguna razón, probablemente el despecho, decidió llevar esa actitud más allá de la muerte. Decidió que la información que él tenía debía ser puesta a disposición del Estado español y, en un retruécano increíble, él, que había pasado años paseándose por el mundo tratando que todo el mundo creyese que era el presidente legítimo del gobierno español porque Franco era un usurpador, él, que había sostenido siempre la plena legalidad de la República en el exilio, decidió darle esos papeles… a Franco.
El presidente del gobierno en el exilio a principios de 1957, el radical-socialista Félix Gordón Ordás, destiló en la nota oficial del Ejecutivo republicano, tras conocer la noticia, toda la amargura contra Negrín. «Al obrar de manera tan censurable», argumentó Gordón, «proclamó el doctor Negrín que consideraba legítimo el gobierno de Franco. ¿Por qué no tuvo el valor cívico, si ésa era su honrada convicción, de declarar en vida tan radical cambio de opiniones?»
Moradiellos, ya lo he dicho, se queja en las últimas líneas de su libro del maltrato, en forma de olvido, que ha recibido Negrín tras su muerte; cuando es lo cierto que si alguien no cejó jamás en la defensa de los valores republicanos, si alguien luchó por aglutinar a las fuerzas progresistas que animaban la República, ese alguien fue Negrín. Pero, claro, es que Moradiellos está a favor; y quienes están a favor tienden a no ver las cosas con claridad.
El gesto de Negrín en 1956 fue un gesto soberbio, despreciativo y, lo que es peor, absurdo. No andaba sobrada la República en el exilio de legitimidad internacional y el gesto de Negrín de considerar que era ante Franco ante quien debía rendir cuentas le quitó la poca que le podría quedar. Esta acción, probablemente, tiene su lógica. Es más que probable que Negrín, tras tantos sinsabores, apenas guardase un ápice de confianza hacia Martínez Barrio, Prieto, Gordón, Araquistain et altera. Probablemente pensaba que sus papeles, en sus manos, serían silenciados, mutilados o manipulados. Pero si es así, debió asumir que ésos, y no otros, fueron los mimbres con los que se construyó su cesta.
Hoy por hoy, como ya he tenido ocasión de destacar, Juan Negrín no existe para España y mucho menos para el Partido Socialista Obrero Español. En parte, el PSOE tiene un motivo para ello: al fin y al cabo, Prieto echó a Negrín del partido, así pues no tiene por qué recordarle en su panteón de socialistas ilustres. Pero eso, en mi opinión, son pamemas. Dentro de un proceso de memoria histórica selectiva, que es la que tiene todo el que se acerca a la guerra civil desde la pasión (sea ésta diestra o siniestra) y no desde el conocimiento, Negrín le sobra, en este caso, a la izquierda, como le sobran otros a la derecha.
Los políticos y estudiosos alla sinistra pueden sortear más o menos algunos hechos, como por ejemplo hace Moradiellos en su libro, cuando dice (página 144) que todo lo que hizo la izquierda en el 34 fue convocar una huelga general indefinida para luego reconocer que fue una acción anticonstitucional (o sea: si sólo fue una huelga, ¿por qué fue anticonstitucional? Respuesta: porque no fue una huelga, sino un golpe de Estado en toda regla). Pero hay cosas que no se pueden sortear, y una de esas cosas es Negrín. Reivindicar a Negrín, hoy en día, es reivindicar a la peor parte del republicanismo en guerra, porque Negrín no le dio el paseo a nadie, pero era presidente del Gobierno de un país donde se daban paseos. Negrín no fue prosoviético, pero fue quien le abrió la puerta a la mayor penetración estalinista producida en Europa occidental. Negrín, en suma, no mola.
Y es injusto porque, y en esto yo creo a Moradiellos, en buena parte sus intenciones fueron sinceras, buenas y bienintencionadas. No fue, quizá, consciente de su debilidad. Pero, en este mundo traidor, ¿quién lo es?
Descanse en paz.
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