Just a respite...
La vida de Chorlito comienza cuando tenía 8 años. Ese día, sus padres tenían que ir a visitar a un tedioso pariente al que Chorlito odiaba: su tía Abigail. Él dijo que no quería ir. Sus padres dijeron que tenía que ir. Chorlito se puso a berrear, a llorar y a gritar. Entonces comenzó la negociación. Primero, sus padres intentaron razonar con él: tu tía te quiere mucho, hay cosas que hay que hacer, etc. Pero Chorlito no se movió ni un ápice. Entonces su padre le ofreció un trato: si les acompañaba sin rechistar, ese fin de semana le llevaría a Faunia. Chorlito aceptó.
Ese día, Chorlito aprendió dos cosas. Una, que todo es negociable. Otra, que hasta la mayor de las gilipolleces del mundo tiene valor, y en ocasiones un valor inusitadamente elevado. Porque una entrada en Faunia, que lleva anexos un helado de fresa, pipas, una comilona de pizza y algún que otro regalito, sale por una pasta.
Un día, cuando Chorlito tenía diez años, un compañero de clase le cogió de la taquilla unos cromos de futbolistas. Cuando Chorlito los quiso recuperar, el amigo pretendió hacer valer que ésos no eran los de Chorlito, sino suyos. La respuesta de Chorlito fue arrearle una hostia a su compañero y saltarle sangre en la nariz.
Los profesores anunciaron a Chorlito que iban a llamar a su madre. En ese momento, Chorlito aprendió otra lección importante: en la vida, cuando das una hostia, te contestan inmovilizándote. Pero no te contestan como en el mundo infantil del que él provenía, es decir: devolviéndote la hostia.
Cuando llegó la madre de Chorlito le echó una bronca de la leche en el pasillo. Pero no le arreó ninguna hostia, con lo que Chorlito siguió considerando que, en la transacción, había un beneficio para él; tenía los cromos y además había arreado una buena hostia. Además, como la puerta del jefe de estudios se quedó entornada, escuchó con claridad a su madre preguntar, con malos modos, cómo era posible que las taquillas de los alumnos no tuviesen candados para impedir los robos.
Así pues, Chorlito acabó aprendiendo de aquella anécdota que él era un justiciero que había reclamado lo suyo, y su compañero, el de la nariz escachiforciada, un ladrón que con toda probabilidad se merecía lo que le pasó.
Cuando Chorlito aún tenía 11 años, sus padres se separaron. Eso cambió su ritmo de vida y también cambió a sus padres. Su padre siempre había sido sanguíneo y visceral; desde que Chorlito tiene memoria, lo recuerda al volante de su coche, motejando a todo aquél que no circulaba como es debido de gilipollas, hijo de puta, cabronazo, y otras expresiones de parecido jaez. Pero ahora ya no se trataba de la gente que se saltaba un ceda el paso. Se trataba de su madre, y de su padre. A todas luces, sus padres trataban de mantenerlo aislado de las cosas que decían. Pero es que sus padres, como todos los padres, no eran conscientes de las cosas de las que se entera un niño pequeño; que es pequeño, pero no gilipollas.
Así pues, Chorlito, que de alguna manera aún estaba en la edad en la que se adora a los padres, comenzó a escuchar cómo esos mismos padres se ponían de vuelta y media entre ellos. El gran clásico era la llamada al móvil de la madre en las últimas horas que le tocaban a su padre de estar con él; esa típica llamada de cuándo lo vas a traer, viene cenado, viene bañado, qué. El tono de su padre en la conversación lo decía todo. Y luego, los comentarios en voz baja al colgar. Al principio, sólo suspiros. Con el tiempo, palabras cada vez más gruesas. Hasta que, con el tiempo, su padre acabó por utilizar al colgar los mismos epítetos que siempre había dedicado al resto de conductores.
Por su parte, su madre, en los momentos en que estaba en casa tomando café y fumando con sus hermanas o sus amigas, solía hablar del padre de Chorlito. Delante del niño nunca lo citaba, pero a Chorlito le costaba medio segundo decodificar las miradas de presunta inteligencia que las contertulias se lanzaban al referirse a él para darse cuenta de que estaban hablando de su padre. Con apelativos bien parecidos a los que él utilizaba tras colgar el móvil.
Esto le sirvió a Chorlito para darse cuenta de que la violencia es una forma de relación, incluso entre quienes se aman, o se amaron. También aprendió que insultar no puede ser algo deplorable, pues las personas menos deplorables del mundo, sus padres, lo hacían constantemente, y refiriéndose el uno al otro.
Con trece años, le llegó a Chorlito la hora de estudiar medio en serio. Hasta entonces, la escuela le había dado la impresión de ser un sitio donde siempre se estaban repasando conocimientos ya conocidos, con alguna que otra novedad. Ahora, sin embargo, las novedades comenzaron a multiplicarse. El colegio compró los libros con que Chorlito tenía que estudiar. Los recibió nuevos el primer día de clase y, automáticamente, se aplicó a pintarrajearlos y dibujar imágenes, normalmente obscenas, por las esquinas en blanco del libro. Un profesor que le vio un día le regañó por guarrear el libro. Pero para entonces Chorlito ya había aprendido, a base sobre todo de centenares de negociaciones varias con sus padres, que al final, si aguantas un poco la brasa y la moralina de los cojones, acabas haciendo lo que te sale de los huevos. Aquella vez no fue una excepción: cuando el profesor se cansó de argumentar con él o simplemente se fijó en otra cosa, lo dejó en paz, y él siguió pintando en su libro.
Ese mismo profesor, en clase, les iba explicando la materia y, en cada momento, les señalaba la frase exacta del libro donde se describían las explicaciones. Chorlito aprendió pronto que estudiar consistía en demostrar que se habían leído esos subrayados. Demostrar que se habían leído, no que se hubieran comprendido o asimilado. Así, en el examen de lengua, repetía por escrito la frase de la página 76, según la cual la poesía del Movimiento Tal era «lírica y centrada en los problemas morales del hombre»; frase de la que entender, entender, lo que se dice entender, entendía más o menos un 30% de las palabras. Pero para él, examinarse era demostrar que se había leído la tal frase y se recordaba. Un día, la profesora de literatura les hizo leer en voz alta un poema del Movimiento Tal y trató de que los chicos explicasen qué quería decir la frase de la página 76 del libro aplicada a aquel poema concreto. No lo consiguió. A la semana siguiente lo intentó de nuevo, otra vez sin éxito. A la semana siguiente, ya estaban dando otra unidad.
Con trece años, Chorlito tenía sólo dos obsesiones: follar y pillarse una buena curda. En su mundo, las clases sociales se dividían prácticamente así: los vírgenes y abstemios, prácticamente personajes de ficción; los vírgenes bebedores, normalmente chicos poco agraciados o directamente guarros; los abstemios folladores, una estricta élite de chicos deportistas que cuidaban el cuerpo; y los bebedores folladores, la inmensa mayoría de creer sus relatos.
Cada vez que Chorlito se sentaba en casa frente al televisor a ver alguna de sus series de adolescentes preferida, aprendía que para triunfar en la vida hay que conseguir ser un bebedor follador. Factor común tabaco, obviamente, porque, desde luego, con trece años Chorlito había empezado a fumar, porque lo de no fumar es para deportistas, venusianos y algunos, no todos, ni siquiera la mayoría de los asmáticos. El día que su madre descubrió que Chorlito fumaba le quitó el tabaco y el mechero y los tiró a la basura; pero la segunda vez que se lo encontró, comenzó la negociación. Tal y como Chorlito había previsto, el resultado final del pacto fue, básicamente, que no fumase en aquellos lugares donde estaba su madre o estaba con su madre.
Chorlito sigue viendo la tele. En la tele, los bebedores folladores consumen más minutos de pantalla que nadie. Argumentalmente hablando, son los personajes más netos, los interpretados por los actores más populares o atractivos. Además, los bebedores folladores de la tele pueden ser malos, pero siempre el argumento se preocupa de dejar claro que hay alguna buena razón para que lo sean; son cabrones, pero cabrones con corazoncito. Y, a estas alturas de la vida, Chorlito ya ha aprendido que si tienes una razón de peso para ser un hijo de puta, estás perdonado. El malo no eres tú, sino tu pasado, o la sociedad que no te entiende, o sabe Dios quién; cualquiera, menos tú.
Así pues, Chorlito aprende con rapidez que hay que ser bebedor follador para estar en la casta adecuada. Todo eso requiere tiempo. Como el que tienen los personajes de la tele, a los que Chorlito ve pasar aventuras por la mañana, por la tarde, por la noche y en la madrugada, sin que exista la menor apariencia de que su vida esté constreñida por la más mínima regla. En la vida real, todo ese asunto de los horarios es, en realidad, muy fácil. Igual que lo de la visita a la tía coñazo aquélla de cuanto tenía ocho años. Todo consiste en dar la barrila hasta que la figura de autoridad, en el caso de Chorlito su madre, entra en la dinámica de negociar. Negociar, ya de por sí, supone establecer un mismo nivel para dos personas que antes estaban a distinto nivel. Chorlito, además, tiene la ventaja de tenerlo mucho más claro: para él, el beneficio alternativo tiene que superar a la putada de no dejarle salir. La que da la orden es su madre pero, de alguna manera, es él quien decide. Entre otras cosas, porque ahora es él quien domina los tiempos. En una orden, el que manda dice cuándo se ha acabado la discusión. Pero una negociación no termina hasta que los dos negociadores están de acuerdo en que termine. Así pues, todo consiste en prolongar las conversaciones hasta que la otra parte se canse.
En un viaje del colegio, a Chorlito y un grupo de amigos los pillan haciendo un botelloncito en una habitación del hotel. A la vuelta del viaje, los echan tres días. Chorlito no puede creerlo. Es como castigar a un asesino regalándole un Cadillac.
Con 16 años, Chorlito se enfrenta un día a su profesor en plena clase. El maestro les ha dicho que son todos unos vagos y Chorlito, que está opositando a líder de la manada, se levanta y le dice que a él no le insulta un puto reprimido de mierda. El maestro le dice que no le consiente que le hable así. Chorlito abre los brazos y le dice que qué va a hacerle, provocándolo. Y no le falta razón. Haciendo uso del derecho comparado, si un botellón en un viaje de paso del Ecuador vale tres días, llamarle a un profesor reprimido de mierda tiene que valer más o menos salir de clase y dar una vuelta a la manzana. Eso Chorlito lo sabe y, además, sabe otra cosa: que su profesor también lo sabe.
En consecuencia, se vuelve hacia sus compañeros y los solivianta. Todos se ponen contra el maestro. A duras penas, el profesor los acalla. Se marcha y vuelve con el jefe de Estudios. Tras veinte minutos de caótica explicación por parte de los alumnos de lo que ha pasado, explicación liderada por Chorlito, el jefe de estudios entra en la fase de negociación. Chorlito se frota las manos metafóricamente. Ya está en su terreno. Lleva la mitad de su vida negociando, y ganando las negociaciones a la postre. Ésta no es una excepción. El gran argumento de Chorlito es obvio: el profesor insultó primero. Siguiendo una técnica que tiene ampliamente depurada, de esta forma Chorlito consolida una doble argumentación: en primer lugar, establecer la relación entre el maestro y los alumnos como lo que es, es decir una relación entre iguales; en segundo lugar, colocar el hecho de que un maestro diga que sus alumnos son unos vagos y el hecho de que un alumno apele a un profesor de puto reprimido de mierda al mismo nivel de gravedad.
Chorlito sabe bien que la mejor forma de que un menor gane una negociación es conseguir que todos los argumentos se igualen. Y no se equivoca. El jefe de estudios no desautoriza a su compañero profesor; pero tampoco desmiente con efectividad el argumento de que fue el primero en insultar. Finalmente, la solución es hacer como que nada de esto ha pasado. Pero sí ha pasado para uno, que es el maestro: ya no puede volver a llamar vagos a sus alumnos, pues eso sería reincidir en un error. Por lo que se refiere a los alumnos, saben que, si vuelven a llamarle puto reprimido de mierda, pasarán una de dos cosas: o un castigo leve (recuérdese el derecho comparado); o una nueva negociación.
Este Chorlito es el Chorlito que cualquier noche de su vida se va a un botellón a cualquier parque, observa a una titi que le hace tilín, se le acerca y, cuando ella lo manda a la mierda, se dedica a beber más, ponerse al borde del coma etílico, seguirla cuando se marcha a su casa de madrugada, trincarla en un rincón solitario del parque y violarla. ¿Por qué? Pues por razones cuatro:
1) Porque lo que quiere es follársela. Y a Chorlito lo que le ha enseñado la vida es a hacer lo que quiere.
2) Porque no tiene sensación de proporcionalidad de las acciones. Para él, violar a una tía es hacerla suya. Goger un polvo. Como ha cogido y hecho suyas un montón de cosas en los últimos diez años de vida, empezando por los cromos, siguiendo por el derecho a ver la tele hasta las doce, siguiendo por el derecho a fumar, siguiendo por el derecho a salir hasta la madrugada, etc., etc., etc. Si nunca ha tenido problemas para tomar todo eso, ¿por qué va a ser problemático echarle un cañete a una tía que no quiere follar con él?
3) Porque no tiene sensación de que sus acciones tengan consecuencias. Ni para él, ni para los demás. El día que insultó al maestro, Chorlito reflexionó exactamente dos nanosegundos sobre la posibilidad de que al maestro aquel insulto pudiera afectarle de alguna manera. Chorlito es un bebedor follador; el resto del mundo, los que no lo son, son pringaos. Y nadie piensa en los sentimientos de los pringaos.
4) Porque no se siente responsable. La vida le ha enseñado que todos los problemas terminan en negociaciones. Ha negociado tanto a lo largo de su vida que sabe ganarlas hasta dormido. No problemo. Si alguien se mosquea por la violación, ya negociará.
Eso sí: que nadie se altere, porque a Chorlito le han explicado, mil veces mil veces, tres cosas:
1) La importancia de no ser racista.
2) La importancia de respetar las opciones sexuales.
3) La importancia de conservar el medio ambiente.
Sic transit gloria mundi.
martes, julio 21, 2009
lunes, julio 20, 2009
El oro (1)
Una de las mamoneces más al uso últimamente es la comparación, o mejor dicho el pretendido paralelismo, entre la actual crisis económica y la denominada crisis del 29. Hay muchas razones para sostener que ambas crisis se parecen poco, o nada. Pero en este artículo, o pequeña serie de artículos que aquí voy a tratar de bosquejar antes de que llegue el mes de agosto y la hora del silencio, me voy a centrar en uno. Un aspecto en el que la situación de 1929 y la situación actual no se parecen demasiado, por decirlo elegantemente. Me refiero al aspecto monetario.
Algo hemos escrito ya sobre el tema, aunque quizá centrado en el momento inmediatamente posterior a la crisis del 29 y la segunda guerra mundial. Esto, de alguna manera, enmascara una historia muy interesante, o al menos a mí me lo parece, que es la historia del patrón oro. Para contar la historia del patrón oro tendremos que centrarnos en un país que no es el nuestro: Inglaterra. Nosotros los españoles, ciertamente, hemos nadado en metales preciosos; pero éstos eran plata y no oro fundamentalmente y, además, en la era en que la convertibilidad de las monedas comenzó a preocupar a los economistas ya no decíamos gran cosa en el mundo económico. No obstante, os aseguro que la historia monetaria de España, notablemente en el siglo XIX, también es en sí misma muy interesante, así pues prometo contárosla cualquier otro día que os pille despistados. Pero hoy os voy a empezar a contar la historia monetaria inglesa. Una historia interesante en la que intervienen personajes como sir Isaac Newton. Para los más viejos: el de la manzana. Para los más jóvenes: el del Código da Vinci.
Vayamos a por ello, pues.
En el principio no fue el oro, sino la plata. Al principio de los principios, cuando sólo existía el trueque, lo que hacían las personas eran cambiar su riqueza. Tomaban su riqueza, por ejemplo en maíz, y buscaban alguien que tuviese riqueza en muebles para cambiar el maiz por una mesa de comedor. Pero muy pronto, el hombre fue tan rico que no pudo ir con su riqueza a cuestas; y, al mismo tiempo, ambicionó conseguir cosas que valían suficiente riqueza como para que no pudiese ser transportada por facilidad. Es en ese momento cuando nace del dinero. El dinero es como la imagen en un espejo: no eres tú, pero se te parece lo suficiente como para que a tu abuela, con ver la imagen del espejo, le baste para saber que eres tú el que está ahí. El dinero representa riqueza y es riqueza en sí mismo; aunque hoy, en realidad, ya sólo la representa, pues el valor real de las moneditas que llevamos en el bolsillo es muy pequeño.
Para poder acuñar dinero, fabricar dinero, hacía falta algo que existiese en suficiente abundancia como para poder representar toda la riqueza pero que, al mismo tiempo, no fuese tan común como para que cualquiera lo pudiese tener. Una economía basada en monedas de mierda, dicho sea en sentido literal, sería hiperinflacionaria y colapsaría en la ineficiencia, puesto que todo el mundo suele producir unas cuantas decenas de gramos de mierda diarios, distribuidos en entre una y tres entregas como media. Así pues, todo el mundo sería rico o más exactamente, podría ser rico en cuanto quisiera: le bastaría con sentarse a cagar.
Muy pronto en la Historia del hombre se llegó a la clara conclusión de que los metales preciosos, el oro y la plata, eran ideales para esta movida. En un principio, como digo, la plata tuvo más importancia, por ser un mineral relativamente más común que el oro, sobre todo en las zonas del mundo más civilizadas en aquellos primeros siglos.
Los ingleses, desde los tiempos de los reyes normandos, habían adquirido la costumbre de denominar a su penique de plata con el calificativo de esterlino, en inglés sterling o, más antiguamente, easterling. El penique de plata era tan común en la vida monetaria inglesa que su plural, sterlings, pasó a denominar a las monedas de plata en general.
La libra, como sabréis también, es una medida de peso, que importa más o menos la mitad de un kilo; si crees estar gordo, espera a que te den tu peso en libras, y ya verás la depre que te pillas. La libra esterlina, por lo tanto, se corresponde con el término de una libra de esterlinas, esto es, una libra de peniques de plata o de monedas de plata en general. Éste es el origen de la moneda que aún hoy manejaréis si os vais a Londres a pasar el rato o a vivir. Originalmente, la libra esterlina era un peso: medio kilo de monedas de plata. Con los años, el valor en sí se divorció del peso, y libra esterlina pasó a denominar únicamente dicho valor.
La guerra de las Dos Rosas, auténtica guerra civil inglesa que dejó el país que daba pena, supuso un colapso económico de grandes proporciones. En realidad, sólo algunas monedas de plata y oro sobrevivieron a la catástrofe, debido a su amplia difusión previa; en el caso de la plata, el penique y la denominada groat, que equivalía a 4 peniques; y en el del oro, el noble y el ángel.
El séptimo de los reyes de Inglaterra llamado Henry, el primer rey Tudor, introdujo el chelín y el soberano. Era necesaria esta introducción para poder simplificar la contabilidad de las operaciones. Las personas se habían acostumbrado a tomar la libra esterlina como medida de valor; en ese momento, la libra, debéis entenderlo, no era una moneda, sino un determinado valor. Las monedas existentes eran fracciones incómodas de la libra, por lo que se hizo necesario introducir monedas que se adaptasen mejor a dicho estándar. Así, el chelín, que pesaba 144 gramos de plata exactamente, se introdujo con un valor de 12 peniques de plata; mientras que la libra se establecía en un valor exacto de 20 chelines. Esta relación de valor entre las tres subdivisiones (240 peniques una libra, 12 peniques un chelín, un penique) fue introducida; probablemente, los hombres del rey no podrían imaginar que sobreviviría siglos.
El soberano, por su parte, tenía un peso de 240 gramos y fue emitido en 1489, hace ahora 620 años pues, y al valor exacto de una libra esterlina. Lo cual en la época era una jodida pasta. No la llamaron libra porque, como decía, el estándar de aquel entonces era la plata, y la moneda era de oro.
Si el sistema con las monedas de plata funcionaba, en el caso de las monedas de oro no fue tan así. Siendo el patrón de plata, el valor de este metal se veía influido por los vaivenes económicos, cosa que no le pasaba al oro, que tendía a tener su propia oferta y su propia demanda. Con el tiempo, la plata tendió a depreciarse y, puesto que las monedas de oro eran de oro, tendieron a apreciarse. Si a finales del siglo XV se había fijado el valor del soberano en 20 chelines, para el momento en que accedió al trono la reina virgen, Isabel, valía treinta. Por esa razón, el Estado inglés emitió entonces una moneda, la libra de oro, que de nuevo valía una libra exacta, pero pesaba 40 gramos menos que el soberano. El objetivo de los economistas isabelinos es que aquella libra de oro valiese una libra esterlina de plata para toda la vida de Dios pero, sesenta años después, abrumados por la ley de la oferta y la demanda y la puñetera tendencia que siempre hemos tenido los agentes económicos de hacer lo que nos sale del pie y no lo que se espera que hagamos, tuvieron que abandonar el proyecto.
En esos sesenta años (1544-1604), para mantener el valor en plata de la libra de oro, fue necesario acuñarla en pesos cada vez menores, pasando de 200 a 171 gramos de oro; y, aún así, al final del periodo incluso esas monedas más ligeras valían un 50% más de lo que debían. Después de aquella cagada, ya nunca más una moneda de oro llevaría el nombre de libra.
Por cierto, uno de los factores fundamentales que forzaron esta apreciación del oro fueron los apresamientos por parte de los corsarios ingleses de los barcos españoles que volvían de las Américas cargados de plata. Esos apresamientos suponían inyecciones en el sistema económico inglés de contingentes de plata tan enormes que el precio descendía, apreciando el oro. Esta abundancia, además, generó un fuerte proceso inflacionario que depreció notablemente el valor de los metales preciosos en general.
En 1604, el rey Jaime I intenta un nuevo juego revuelto emitiendo una nueva moneda de oro, la unidad, llamada así porque conmemoraba la unión de las coronas inglesa y escocesa. Esa moneda pesaba 154 gramos y tenía, de nuevo, el valor exacto de una libra. Seis años más tarde, ya valía una libra y dos chelines.
Carlos II se enfrentó al mismo cachondeo monetario que sus predecesores. Y tomó la misma medida que ellos, es decir, intentarlo con una nueva moneda. Por eso, acuñó la guinea, llamada así porque el oro usado para su acuñación venía de dicha zona de África. No obstante, Inglaterra tenía delante de sí el problema de volver a restaurar la confianza del sistema en las monedas de plata, afectadas por las continuas depreciaciones y la inflación. La restauración de las monedas de plata al peso estándar fue encargada en 1696 al matemático sir Isaac Newton, más conocido por otro tipo de labores. La Casa de la Moneda, de la que Newton fue nombrado gobernador, recuperó unos siete millones de libras en monedas de plata, las cuales habían perdido peso respecto de su estándar por valor de unos dos millones. En consecuencia, fueron emitidos unos 7 millones de libras.
Todo este proceso había durado siglos, durante los cuales los ingleses, y de paso todos los enterados y enteradillos en economía desde entonces, habían aprendido que es mucho más importante una unidad de cuenta que una moneda física. En todos esos años, lo que había permanecido estable, impasible el ademán, había sido la libra esterlina, la cual, lo recordaremos otra vez, aún no era una moneda, sino una simple relación de peso o de valor. La otra cosa de lo que parecían seguros los ingleses, especialmente después de que las reformas de Newton limpiaron, fijaron y dieron esplendor al sistema monetario basado en la plata, es que este metal había ganado la batalla al oro como patrón monetario. Sin embargo, en las siguientes décadas, los primeros años del siglo XVIII, el patrón plata se vería seriamente amenazado y vería cómo saltaban sus costuras. Y el agente de que esto ocurriese fue completamente inesperado. Hoy estamos muy acostumbrados a verlo, pero entonces nadie lo hubiera imaginado.
Pero esto lo contaremos el próximo día.
Algo hemos escrito ya sobre el tema, aunque quizá centrado en el momento inmediatamente posterior a la crisis del 29 y la segunda guerra mundial. Esto, de alguna manera, enmascara una historia muy interesante, o al menos a mí me lo parece, que es la historia del patrón oro. Para contar la historia del patrón oro tendremos que centrarnos en un país que no es el nuestro: Inglaterra. Nosotros los españoles, ciertamente, hemos nadado en metales preciosos; pero éstos eran plata y no oro fundamentalmente y, además, en la era en que la convertibilidad de las monedas comenzó a preocupar a los economistas ya no decíamos gran cosa en el mundo económico. No obstante, os aseguro que la historia monetaria de España, notablemente en el siglo XIX, también es en sí misma muy interesante, así pues prometo contárosla cualquier otro día que os pille despistados. Pero hoy os voy a empezar a contar la historia monetaria inglesa. Una historia interesante en la que intervienen personajes como sir Isaac Newton. Para los más viejos: el de la manzana. Para los más jóvenes: el del Código da Vinci.
Vayamos a por ello, pues.
En el principio no fue el oro, sino la plata. Al principio de los principios, cuando sólo existía el trueque, lo que hacían las personas eran cambiar su riqueza. Tomaban su riqueza, por ejemplo en maíz, y buscaban alguien que tuviese riqueza en muebles para cambiar el maiz por una mesa de comedor. Pero muy pronto, el hombre fue tan rico que no pudo ir con su riqueza a cuestas; y, al mismo tiempo, ambicionó conseguir cosas que valían suficiente riqueza como para que no pudiese ser transportada por facilidad. Es en ese momento cuando nace del dinero. El dinero es como la imagen en un espejo: no eres tú, pero se te parece lo suficiente como para que a tu abuela, con ver la imagen del espejo, le baste para saber que eres tú el que está ahí. El dinero representa riqueza y es riqueza en sí mismo; aunque hoy, en realidad, ya sólo la representa, pues el valor real de las moneditas que llevamos en el bolsillo es muy pequeño.
Para poder acuñar dinero, fabricar dinero, hacía falta algo que existiese en suficiente abundancia como para poder representar toda la riqueza pero que, al mismo tiempo, no fuese tan común como para que cualquiera lo pudiese tener. Una economía basada en monedas de mierda, dicho sea en sentido literal, sería hiperinflacionaria y colapsaría en la ineficiencia, puesto que todo el mundo suele producir unas cuantas decenas de gramos de mierda diarios, distribuidos en entre una y tres entregas como media. Así pues, todo el mundo sería rico o más exactamente, podría ser rico en cuanto quisiera: le bastaría con sentarse a cagar.
Muy pronto en la Historia del hombre se llegó a la clara conclusión de que los metales preciosos, el oro y la plata, eran ideales para esta movida. En un principio, como digo, la plata tuvo más importancia, por ser un mineral relativamente más común que el oro, sobre todo en las zonas del mundo más civilizadas en aquellos primeros siglos.
Los ingleses, desde los tiempos de los reyes normandos, habían adquirido la costumbre de denominar a su penique de plata con el calificativo de esterlino, en inglés sterling o, más antiguamente, easterling. El penique de plata era tan común en la vida monetaria inglesa que su plural, sterlings, pasó a denominar a las monedas de plata en general.
La libra, como sabréis también, es una medida de peso, que importa más o menos la mitad de un kilo; si crees estar gordo, espera a que te den tu peso en libras, y ya verás la depre que te pillas. La libra esterlina, por lo tanto, se corresponde con el término de una libra de esterlinas, esto es, una libra de peniques de plata o de monedas de plata en general. Éste es el origen de la moneda que aún hoy manejaréis si os vais a Londres a pasar el rato o a vivir. Originalmente, la libra esterlina era un peso: medio kilo de monedas de plata. Con los años, el valor en sí se divorció del peso, y libra esterlina pasó a denominar únicamente dicho valor.
La guerra de las Dos Rosas, auténtica guerra civil inglesa que dejó el país que daba pena, supuso un colapso económico de grandes proporciones. En realidad, sólo algunas monedas de plata y oro sobrevivieron a la catástrofe, debido a su amplia difusión previa; en el caso de la plata, el penique y la denominada groat, que equivalía a 4 peniques; y en el del oro, el noble y el ángel.
El séptimo de los reyes de Inglaterra llamado Henry, el primer rey Tudor, introdujo el chelín y el soberano. Era necesaria esta introducción para poder simplificar la contabilidad de las operaciones. Las personas se habían acostumbrado a tomar la libra esterlina como medida de valor; en ese momento, la libra, debéis entenderlo, no era una moneda, sino un determinado valor. Las monedas existentes eran fracciones incómodas de la libra, por lo que se hizo necesario introducir monedas que se adaptasen mejor a dicho estándar. Así, el chelín, que pesaba 144 gramos de plata exactamente, se introdujo con un valor de 12 peniques de plata; mientras que la libra se establecía en un valor exacto de 20 chelines. Esta relación de valor entre las tres subdivisiones (240 peniques una libra, 12 peniques un chelín, un penique) fue introducida; probablemente, los hombres del rey no podrían imaginar que sobreviviría siglos.
El soberano, por su parte, tenía un peso de 240 gramos y fue emitido en 1489, hace ahora 620 años pues, y al valor exacto de una libra esterlina. Lo cual en la época era una jodida pasta. No la llamaron libra porque, como decía, el estándar de aquel entonces era la plata, y la moneda era de oro.
Si el sistema con las monedas de plata funcionaba, en el caso de las monedas de oro no fue tan así. Siendo el patrón de plata, el valor de este metal se veía influido por los vaivenes económicos, cosa que no le pasaba al oro, que tendía a tener su propia oferta y su propia demanda. Con el tiempo, la plata tendió a depreciarse y, puesto que las monedas de oro eran de oro, tendieron a apreciarse. Si a finales del siglo XV se había fijado el valor del soberano en 20 chelines, para el momento en que accedió al trono la reina virgen, Isabel, valía treinta. Por esa razón, el Estado inglés emitió entonces una moneda, la libra de oro, que de nuevo valía una libra exacta, pero pesaba 40 gramos menos que el soberano. El objetivo de los economistas isabelinos es que aquella libra de oro valiese una libra esterlina de plata para toda la vida de Dios pero, sesenta años después, abrumados por la ley de la oferta y la demanda y la puñetera tendencia que siempre hemos tenido los agentes económicos de hacer lo que nos sale del pie y no lo que se espera que hagamos, tuvieron que abandonar el proyecto.
En esos sesenta años (1544-1604), para mantener el valor en plata de la libra de oro, fue necesario acuñarla en pesos cada vez menores, pasando de 200 a 171 gramos de oro; y, aún así, al final del periodo incluso esas monedas más ligeras valían un 50% más de lo que debían. Después de aquella cagada, ya nunca más una moneda de oro llevaría el nombre de libra.
Por cierto, uno de los factores fundamentales que forzaron esta apreciación del oro fueron los apresamientos por parte de los corsarios ingleses de los barcos españoles que volvían de las Américas cargados de plata. Esos apresamientos suponían inyecciones en el sistema económico inglés de contingentes de plata tan enormes que el precio descendía, apreciando el oro. Esta abundancia, además, generó un fuerte proceso inflacionario que depreció notablemente el valor de los metales preciosos en general.
En 1604, el rey Jaime I intenta un nuevo juego revuelto emitiendo una nueva moneda de oro, la unidad, llamada así porque conmemoraba la unión de las coronas inglesa y escocesa. Esa moneda pesaba 154 gramos y tenía, de nuevo, el valor exacto de una libra. Seis años más tarde, ya valía una libra y dos chelines.
Carlos II se enfrentó al mismo cachondeo monetario que sus predecesores. Y tomó la misma medida que ellos, es decir, intentarlo con una nueva moneda. Por eso, acuñó la guinea, llamada así porque el oro usado para su acuñación venía de dicha zona de África. No obstante, Inglaterra tenía delante de sí el problema de volver a restaurar la confianza del sistema en las monedas de plata, afectadas por las continuas depreciaciones y la inflación. La restauración de las monedas de plata al peso estándar fue encargada en 1696 al matemático sir Isaac Newton, más conocido por otro tipo de labores. La Casa de la Moneda, de la que Newton fue nombrado gobernador, recuperó unos siete millones de libras en monedas de plata, las cuales habían perdido peso respecto de su estándar por valor de unos dos millones. En consecuencia, fueron emitidos unos 7 millones de libras.
Todo este proceso había durado siglos, durante los cuales los ingleses, y de paso todos los enterados y enteradillos en economía desde entonces, habían aprendido que es mucho más importante una unidad de cuenta que una moneda física. En todos esos años, lo que había permanecido estable, impasible el ademán, había sido la libra esterlina, la cual, lo recordaremos otra vez, aún no era una moneda, sino una simple relación de peso o de valor. La otra cosa de lo que parecían seguros los ingleses, especialmente después de que las reformas de Newton limpiaron, fijaron y dieron esplendor al sistema monetario basado en la plata, es que este metal había ganado la batalla al oro como patrón monetario. Sin embargo, en las siguientes décadas, los primeros años del siglo XVIII, el patrón plata se vería seriamente amenazado y vería cómo saltaban sus costuras. Y el agente de que esto ocurriese fue completamente inesperado. Hoy estamos muy acostumbrados a verlo, pero entonces nadie lo hubiera imaginado.
Pero esto lo contaremos el próximo día.
viernes, julio 17, 2009
They boil beans everywhere
Contando con que es viernes, un día así como desestructurado, he pensado que voy a romper una pequeña lanza a favor de nuestro sistema educativo. Aprovechadlo, porque es más que probable que sea la única.
Sabido es que nuestros alumnos patrios están cada día peor preprarados y, consecuentemente, meten la gamba en los exámenes que es un gusto. Que haría falta mejorar la educación de los españolitos, es un hecho. Pero también es cierto que, en esta carrera a ver quién dice la burrada más fiera, no están solos.
He pasado un rato leyendo en la red sobre animaladas cometidas por alumnos angloparlantes. En la mayor parte de los casos, cosa que ocurre también en España, el rey del error es el uso incorrecto de una palabra que el estudiante cree designa lo que le han explicado o ha leído, cuando en realidad no es así. Aquí os dejo, para relajar el día, una pequeña antología de estas caralladas, obviamente centrada en la materia de Historia. Espero que la disfrutéis.
Los antiguos egipcios vivían en el desierto de Sara (Sarah por Sahara).
Asimismo, viajaban en camelots (camelot por camel, camello).
Los campos de Egipto se cultivaban mediante irritación (irritation por irrigation).
Las Pirámides son la cordillera que separa España de Francia (Pyramids por Pyrenees, Pirineos).
El primer libro de la Biblia tiene toda la pinta de haber sido patrocinado por una marca de cerveza, puesto que se llama Guinnesses, o sea, Libro de las Guinness (por Genesis).
Dios ordenó a Abraham que sacrificase a su hijo Isaac en el monte Moctezuma (¿ein?).
Moisés tuvo que luchar contra un pueblo aficionado a los sellos, los Filatélicos (Philatelists por Philistines, filisteos). Desgraciadamente para él, murió antes de llegar a Canadá (Canada por Canaan)
El rey Salomón tuvo 500 esposas y 500 puercoespines (porcupine, por concubine, concubina).
La doctrina por cual los cristianos creen que María dio a luz a Jesús sin intervención del hombre se conoce como El Inmaculado Chirimbolo (the Inmaculate Contraption por the Inmaculate Conception). Jesucristo, su hijo, dejó importantes mensajes a la Humanidad, tal como «no es bueno que el hombre sude solo» (Man doth not live by sweat alone). Uno de los grandes seguidores de Jesucristo fue San Mateo, que era taxista (en realidad, se trata de San Pablo; pero no era taxista, taximan, sino recaudador de impuestos, taxman). Según la doctrina cristiana, los hombres sólo pueden tener una esposa, lo cual se conoce como monotonía (monotony, por monogamy, monogamia).
Los antiguos griegos tenían mitos, es decir polillas de sexo femenino (polilla es moth, y mito es myth).
Sócrates murió por una sobredosis de himeneo (el estudiante usa la palabra wedlock, que es una forma anticuada de referirse al matrimonio. Confunde la palabra con hemlock, que es el nombre de la planta de cicuta, de donde se extrae el veneno que bebió Sócrates).
Los griegos guerrearon contra los parisinos (Parisians por Persians). Pero finalmente cayeron, como dice Radio Futura, enamorados de la moda juvenil, y fueron invadidos por Los Ramones (Ramons por Romans).
Martín Lutero fue clavado a las puertas de la iglesia de Wittenberg por vender bulas papales.
Juana de Arco fue encañonada por George Bernand Shaw. En realidad, la palabra usada por el estudiante, cannonized, no existe. Pero, al poner dos enes, hace que la palabra no proceda de canon (canonizar), sino de cannon, cañón. Lo de Shaw no me lo explico del todo, pues Juana de Arco fue canonizada por Benedicto XV. Quizá sea porque Shaw escribió un libro sobre ella.
La marina inglesa derrotó, en tiempos de la reina Isabel, a un armadillo español (Spanish Armadillo por Spanish Armada). En aquellos tiempos, sir Francis Drake circuncidó el mundo (este error lo cometen también los alumnos españoles, sólo que con Elcano).
El mayor escritor del Renacimiento es Agitalanzas (Shakespear), quien fue contemporáneo de Miguel de Cervantes, que escribió El Burro Hote (Donkey Hote).
Una de las razones por las que surgió la independencia de los EEUU fue porque los ingleses se empeñaron en poner tacos mezclados en el té que exportaban a las colonias (en realidad no fueron tacos, o sea tacks, lo que pusieron; sino impuestos, o sea taxes). Luego llegó Thomas Jefferson, que era virgen (Virgin por Virginian, virginiano o de Virginia).
Abraham Lincoln es considerado el mejor precedente de América (precedent por president). Su frase más famosa es: «La cebolla hace la fuerza» (In onion there’s strength, en lugar de In union there’s strength, o sea la unión hace la fuerza). Asimismo, propugnó la Proclamación de Castración (Emasculation Proclamation por Emancipation Proclamation).
Napoleón fue vencido en España por gorilas que bajaron de las montañas (gorrila por guerrilla).
La reina Victoria estuvo 63 años sentada encima de una espina (thorn por throne, trono).
Cyrus McCormick inventó el violador mecánico (Mechanical raper, que viene de rape, violar; por Mechanical reaper, cosechadora).
El Loco Curie descubrió el radio (Madman Curie por Madam Curie).
Sabido es que nuestros alumnos patrios están cada día peor preprarados y, consecuentemente, meten la gamba en los exámenes que es un gusto. Que haría falta mejorar la educación de los españolitos, es un hecho. Pero también es cierto que, en esta carrera a ver quién dice la burrada más fiera, no están solos.
He pasado un rato leyendo en la red sobre animaladas cometidas por alumnos angloparlantes. En la mayor parte de los casos, cosa que ocurre también en España, el rey del error es el uso incorrecto de una palabra que el estudiante cree designa lo que le han explicado o ha leído, cuando en realidad no es así. Aquí os dejo, para relajar el día, una pequeña antología de estas caralladas, obviamente centrada en la materia de Historia. Espero que la disfrutéis.
Los antiguos egipcios vivían en el desierto de Sara (Sarah por Sahara).
Asimismo, viajaban en camelots (camelot por camel, camello).
Los campos de Egipto se cultivaban mediante irritación (irritation por irrigation).
Las Pirámides son la cordillera que separa España de Francia (Pyramids por Pyrenees, Pirineos).
El primer libro de la Biblia tiene toda la pinta de haber sido patrocinado por una marca de cerveza, puesto que se llama Guinnesses, o sea, Libro de las Guinness (por Genesis).
Dios ordenó a Abraham que sacrificase a su hijo Isaac en el monte Moctezuma (¿ein?).
Moisés tuvo que luchar contra un pueblo aficionado a los sellos, los Filatélicos (Philatelists por Philistines, filisteos). Desgraciadamente para él, murió antes de llegar a Canadá (Canada por Canaan)
El rey Salomón tuvo 500 esposas y 500 puercoespines (porcupine, por concubine, concubina).
La doctrina por cual los cristianos creen que María dio a luz a Jesús sin intervención del hombre se conoce como El Inmaculado Chirimbolo (the Inmaculate Contraption por the Inmaculate Conception). Jesucristo, su hijo, dejó importantes mensajes a la Humanidad, tal como «no es bueno que el hombre sude solo» (Man doth not live by sweat alone). Uno de los grandes seguidores de Jesucristo fue San Mateo, que era taxista (en realidad, se trata de San Pablo; pero no era taxista, taximan, sino recaudador de impuestos, taxman). Según la doctrina cristiana, los hombres sólo pueden tener una esposa, lo cual se conoce como monotonía (monotony, por monogamy, monogamia).
Los antiguos griegos tenían mitos, es decir polillas de sexo femenino (polilla es moth, y mito es myth).
Sócrates murió por una sobredosis de himeneo (el estudiante usa la palabra wedlock, que es una forma anticuada de referirse al matrimonio. Confunde la palabra con hemlock, que es el nombre de la planta de cicuta, de donde se extrae el veneno que bebió Sócrates).
Los griegos guerrearon contra los parisinos (Parisians por Persians). Pero finalmente cayeron, como dice Radio Futura, enamorados de la moda juvenil, y fueron invadidos por Los Ramones (Ramons por Romans).
Martín Lutero fue clavado a las puertas de la iglesia de Wittenberg por vender bulas papales.
Juana de Arco fue encañonada por George Bernand Shaw. En realidad, la palabra usada por el estudiante, cannonized, no existe. Pero, al poner dos enes, hace que la palabra no proceda de canon (canonizar), sino de cannon, cañón. Lo de Shaw no me lo explico del todo, pues Juana de Arco fue canonizada por Benedicto XV. Quizá sea porque Shaw escribió un libro sobre ella.
La marina inglesa derrotó, en tiempos de la reina Isabel, a un armadillo español (Spanish Armadillo por Spanish Armada). En aquellos tiempos, sir Francis Drake circuncidó el mundo (este error lo cometen también los alumnos españoles, sólo que con Elcano).
El mayor escritor del Renacimiento es Agitalanzas (Shakespear), quien fue contemporáneo de Miguel de Cervantes, que escribió El Burro Hote (Donkey Hote).
Una de las razones por las que surgió la independencia de los EEUU fue porque los ingleses se empeñaron en poner tacos mezclados en el té que exportaban a las colonias (en realidad no fueron tacos, o sea tacks, lo que pusieron; sino impuestos, o sea taxes). Luego llegó Thomas Jefferson, que era virgen (Virgin por Virginian, virginiano o de Virginia).
Abraham Lincoln es considerado el mejor precedente de América (precedent por president). Su frase más famosa es: «La cebolla hace la fuerza» (In onion there’s strength, en lugar de In union there’s strength, o sea la unión hace la fuerza). Asimismo, propugnó la Proclamación de Castración (Emasculation Proclamation por Emancipation Proclamation).
Napoleón fue vencido en España por gorilas que bajaron de las montañas (gorrila por guerrilla).
La reina Victoria estuvo 63 años sentada encima de una espina (thorn por throne, trono).
Cyrus McCormick inventó el violador mecánico (Mechanical raper, que viene de rape, violar; por Mechanical reaper, cosechadora).
El Loco Curie descubrió el radio (Madman Curie por Madam Curie).
jueves, julio 16, 2009
Cosas que pienso sobre la financiación autonómica
En medio del ritmo más o menos regular de un post cada dos días sobre la temática de que va este blog se van colando, como la arena entre los dedos, comentarios sobre otras cosas. Espero que a nadie le importe demasiado. A mí, la verdad, no.
Y es que me apetece reflexionar en silencio, pero moviendo los dedos, a raíz de todo este asunto de la financiación autonómica que estos días nos tiene tan contritos a los españoles. Porque es un asunto complejo de analizar en sus muchas vertientes. Voy a ver si me organizo la cabeza al escribir.
El Estado autonómico forma parte del pacto en que se convierte la Transición política tras la muerte de Franco. Consideraciones electorales aparte, puesto que estoy hablando de tiempos en los que aún no se había tomado la opción por la Ley D'Hont. Es un pacto entre los llamados azules, es decir franquistas reformistas que querían traer la democracia y orbitaron, casi todos, alrededor de Adolfo Suárez; y los socialistas, que una vez que se habían lavado los bajos en Suresnes se auparon con facilidad a la categoría de máximos representantes de la oposición al franquismo. Los franquistas de última hora (o, se quiere ver la botella medio llena, demócratas de primera hora) y los nietos de la caverna antiburguesa se dieron cuenta de que nada, absolutamente nada, saldría bien en la Transición sin el concurso de los nacionalistas. Esto no es nuevo. Eduardo de Guzmán, en su fantástico libro 1930, nos cuenta que en la reunión del famosísimo Pacto de San Sebastián, en la que se habló de la vertebración de la República una vez cayese Alfonso XIII, casi todo el tiempo se invirtió discutiendo el ¿Qué hay de lo mío? de los nacionalistas; fundamentalmente, de los catalanes.
Se equivocan quienes piensan que cambiando la ley electoral se van a librar de la influencia nacionalista. La Ley Electoral hay que cambiarla, desde luego; pero no tanto para reducir la influencia de los nacionalistas, que está por ver que sea excesiva de acuerdo con sus votos; como para hacerla verdaderamente democrática. A mí, personalmente, me gustaría un sistema a la inglesa, con distritos pequeños y votaciones abiertas. Yo no quiero votar a 32 cantidatos; quiero elegir uno, y que, además, por ley me tenga que dar su teléfono y correo electrónico para que pueda tocarle los cojones cada vez que diga, haga o vote algo que no me guste.
Pero no quiero desviarme. La ecuación de España sólo se revuelve despejando las incógnitas de los nacionalismos vasco, catalán y navarro (sí, escribí bien: vasco, catalán y navarro. Y punto pelota.) El estado de las autonomías no fue un intento de resolverlo. Fue un intento de tirar para delante para «reservar» el problema nacionalista, darle una histórica patada a seguir y que no tocase los cojones en un momento en el que los gobiernos se podían pasar días enteros haciendo cábalas para no colocar al frente de la División Acorazada Brunete a algún héroe de vía estrecha que la acabase utilizando para mandarlo todo a tomar por culo. Las autonomías son un invento perpetrado por Abril Martorell et altera y, cuando es el PSOE el que gobierna, sus jóvenes líderes encuentran cómodo mantener el momio en un trantrán que yo creo que nadie tenía claro adónde iba a llegar. Pasado un cierto tiempo, yo diría que el final de los ochenta, se cumple la Ley de Hooke y el muelle, a fuerza de estirado, ya es incapaz de regresar a su posición original. En los años noventa, las autonomías alcanzan su techo competencial y, con ello, dejan de ser esas instituciones exóticas de la década anterior, cuyo destino parecía ser pagar la factura para traer a Bob Marley al Calderón, patrocinar exposiciones ultraístas y defender el medio ambiente, para ser la administración responsable de la sanidad, la educación y un montón de cosas.
Como consecuencia, el Estado de las Autonomías es un submarino que fue construido para no pasar de los trescientos metros de profundidad con el cual, al parecer, estamos intentando darnos una vuelta por la fosa de las Marianas.
Yo no sé a vosotros, pero a mí lo que más me ha llamado la atención de las informaciones sugidas en estos días es que el gobierno central le ha dicho a los autonómicos: os voy a dar 11.000 millones más. Pero no ha dicho, acto seguido, lo que en mi opinión es fundamental, y que es: y yo, gobierno central, voy a reducir mis gastos en esto, esto, y esto, por valor de 11.000 millones. Este detalle es el que delimita el principal error de diseño del Estado de las autonomías: no es un diseño basado en una relación entre A y B, en la que A empequeñece y B aumenta. No son vasos comunicantes. A empequeñece, relativamente, pero muy poco; mientras B crece acromegálicamente. El Estado de las autonomías no es un sistema basado en una redistribución de los recursos; es un sistema basado en el incremento de los recursos.
Por eso, precisamente, el Estado de las autonomías excita el problema básico que ha tenido siempre la tensión entre el nacionalismo español y los nacionalismos periféricos, que es la cuestión que hoy solemos resumir con el concepto de balanza fiscal. Que las balanzas fiscales reales no se puedan calcular no borra el problema. En un entorno en el que el sistema se basa en el crecimiento de los recursos, es inevitable que acabe produciéndose el enfrentamiento entre quien aporta más a ese crecimiento y el que tiende a aportar menos, o sea a pillar más. Es imposible, a mi modo de ver, que los conspicuos padres de la Patria de hace treinta años no fuesen plenamente conscientes de que esto iba a acabar ocurriendo. Lo que pasa es que dijeron lo que siempre dice un político: un problema que va a estallar dentro de treinta años no es un problema, al menos para mí.
El problema de las autonomías y su financiación es, sustantivamente, el choque de trenes de dos ideas básicas:
- Por un lado, está la idea de que una nación debe tener solidaridad interna. Igual que los ricos, vía IRPF, pagan a los pobres porque satisfacen muchos más impuestos que servicios reciben, debe haber territorios desarrollados que financien a los menos desarrollados.
- Por otro lado, está la idea opuesta, que no es en modo alguno privativa de España. Se ve, por ejemplo, con claridad meridiana, en Italia, donde en la muy rica Lombardía ha terminado por germinar un nacionalismo con claros tintes ultramontanos, que ha vendido durante décadas la imagen del lombardo sudando la gota gorda para pagar sus impuestos, impuestos que se gastaban en que romanos, napolitanos, calabreses y demás ralea se diesen, presuntamente, la vida padre.
El problema de ambas teorías es que las dos son ciertas. Si una fuese una invención, una falacia, sería fácil gobernar: con atacar esa idea falsa bastaría. Pero no es el caso.
Los españoles preocupados por este enfrentamiento han intentado en la Historia resolver este problema por dos vías. Una es la vía vasconavarra; apoyados por el concepto casi mitológico que de sí mismo tiene el pueblo vasco nacionalista, los vascos y navarros han desarrollado la idea de que los privilegios normativos de que gozaban, los famosos fueros, son inmanentes a su existencia. Fueros, en la Edad Media y en el Renacimiento, tuvieron muchos territorios además de los vascos y navarros. De hecho, en gran parte la construcción de los Estados modernos pasa por acabar con esos fueros. Los vascos, sin embargo, supieron defenderlos y construir a su alrededor toda una teoría que hacía de los fueros algo más que unas leyes, igual que el Barça es más que un club. La resistencia de los vascos a perder los fueros es tan fuerte que ha provocado tres guerras civiles. Porque hay quien puede pensar que las tres guerras carlistas fueron la guerra del Altar y el Trono contra la España liberal; y lo fueron. Pero si duraron, si se enquistaron de la manera que lo hicieron, fue, en gran parte, por el sólido apoyo que el carlismo y el tradicionalismo encontraron en Vascongadas y Navarra.
La segunda propuesta es la de la I República y el nacionalismo catalán histórico, que bien puede representarse con las Bases de Manresa. Es una solución federal, probablemente más coherente con lo que se quiere hacer. Porque uno de los cuentos de Calleja de la financiación autonómica, cuento que nos contaba Suárez, nos lo contó Felipe, continuó Aznar y ahora repite como un loro Zapatero, es eso de la corresponsabilidad fiscal. En España no hay corresponsabilidad fiscal, salvo en las comunidades forales claro, porque la corresponsabilidad fiscal presupone que el corresponsable te cobre los impuestos.
La corresponsabilidad fiscal pasaría por la existencia de tantas haciendas como autonomías. Entonces la autonomía recaudaría los impuestos de sus ciudadanos. Esta solución, como digo, es teóricamente más sólida y es la que sostenían los nacionalistas catalanes de finales del siglo XIX, en su mayoría empresarios y propietarios industriales preoocupados porque la política arancelaria se diseñase desde Madrid. Pero todo en este terreno se parece al esfuerzo de tapar a Pau Gasol con la manta de un niño de siete años. Si las autonomías recaudasen sus impuestos, entonces ya no existirían balanzas fiscales, no existiría la solidaridad interna del sistema. Es más: las diferencias se incrementarían. Porque a quien cobra los impuestos tienes que darle capacidad normativa sobre los mismos; y, existiendo dicha capacidad normativa, las entidades ricas tenderán a conceder deducciones más generosas, mientras que las pobres tendrán que intentar recaudar lo más posible de cada contribuyente. Y, por mucho que los economistas de izquierdas se desgañiten, lo cierto es que la curva de Laffer se cumple muchas veces: bajando impuestos se recaudan más impuestos, porque se incrementa la actividad. Los grandes contribuyentes de comunidades pobres se harían residentes de las comunidades ricas para poder pagar impuestos allí. Consecuentemente, como digo, los ricos tenderían a ser más ricos y los pobres, más pobres.
Además, está la enseñanza histórica, muy presente en la II República española, que es la primera que inventa el pastiche éste de las autonomías. La enseñanza histórica es la I República, un periodo muy corto que a menudo no se cita, del que no se habla, pero que enseñó muchas cosas. Ahí se ensayó el esquema federal y lo que ocurrió, simple y llanamente, es que el país se rompió. Algunos territorios de España incluso se declararon la guerra. Y el hecho de que el summum que pen de aquel proceso no sea la villa de Cornellá del Vallés, o de Lequeitio, sino la muy murciana metrópoli cartagenera, nos demuestra que no estamos hablando de un fenómeno limitado a eso que llamamos autonomías históricas. Como consecuencia, todo lo que huela a federalismo, en España, tiene resistencias muy fuertes. Son muchas las cabezas españolas, desde Cánovas hasta Azaña, desde Indalecio Prieto hasta José María Aznar, que se han mostrado dispuestas a poner pies en pared ante las pretensiones pimargallianas.
Acertó el ministro Solbes al decir que el asunto de la financiación autonómica es un sudoku. Pero no en el sentido que él decía, de cuadrar las cifras. Es un sudoku filosófico, estratégico. Es un merdé en el que no está claro por dónde se puede tirar, razón por la cual está rodeado de oscurantismo. Porque llevamos meses hablando de esto y, a día de hoy, no tenemos aún algo tan sencillo como una tabla con el reparto del dinero. Bueno, de hecho, nunca, ni ahora ni en el pasado, se ha publicado dicho reparto con indicación de la composición de dichas transferencias según el factor que los origina (población, insularidad, dispersión... etc.) En el asunto de las comunidades autónomas, los políticos actúan como un profesor de matemáticas que se dirigese al alumno diciéndole: «la solución al problema es 7; pero no me preguntes cómo lo he calculado».
El proceso, como digo, está, a mi modo de ver, entrando en una nueva etapa que sabe Dios dónde y cómo puede terminar. El momento actual, efectivamente, tiene los tintes de lo nuevo, de lo que surge de un cambio significativo.
Porque yo no sé si os dais cuenta, pero estamos entrando en el franquismo inverso.
El franquismo fue un periodo fuertemente centralista. Yo lo viví en una esquina periférica, La Coruña. Allí había cantinelas que la gente repetía sistemáticamente. La más popular era la que se preguntaba dónde estaba el dinero de las cajas de ahorros. Según esta leyenda urbana, los emigrantes gallegos se abrían cuentas en oficinas de las cajas de ahorro españolas en su país de trabajo, para poder enviar dinero a casa. Luego ese dinero llegaba a España y se gastaba en hacer obras públicas en cualquier otro lugar que no fuese Galicia (preferentemente Madrid).
El centralismo franquista alimentó generosamente el victimismo periférico. Lo convirtió en una verdad oficial que hasta los mismos madrileños creían porque, al fin y al cabo, los madrileños, y esto es algo que catalanes, vascos, gallegos y demás familia, jamás entendieron o quisieron entender, los madrileños, digo, no se veían especialmente beneficiados por el franquismo, el cual les hizo vivir en una ciudad monstruosa, incómoda, peligrosa, y no digamos los esforzados inmigrantes interiores que se fueron a vivir a las llamadas ciudades dormitorio; Móstoles, a principios de los setenta, era como para pegarse un tiro en cada testículo.
Ayer, sin embargo, escuché a un político madrileño, Antonio Beteta, clamar en la radio: «No puede ser que un madrileño valga la mitad que un catalán». Cualquier español de más de cuarenta años y con suficientes gigas en el disco duro tendrá, ante esta frase, una fuerte sensación de dejá vu. Y, al mismo tiempo, de desazón. Se sentirá raro, incómodo. La frase es conocida, pero algo... algo falla. Y lo que falla es el orden de los factores, que altera el producto.
Tenemos, a la vuelta de la esquina, el victimismo madrileño. Que es como decir el antiesclavismo blanco. No es del todo nuevo, pues ha venido alimentándose en los últimos cinco o seis años. Sé que hay mucha gente, de dentro y de fuera de Madrid, que no se puede explicar que tanta gente vote a Esperanza Aguirre. Pero eso es porque aún no se han cambiado el chip y, por lo tanto, no pueden imaginar que eso del victimismo funcione en un sitio como la CAM. Y, efectivamente, hace menos de diez años yo habría jurado solemnemente que no funcionaría. Y me habría equivocado.
Dicen los analistas que la oferta de financiación autonómica ha sido diseñada por el gobierno para conservar su vivero de votos catalán. Probablemente es así. Lo que no sé si habrán colocado en sus cálculos los miembros gubernamentales es que, con la misma mano con que conservas ese invernadero de votantes, echas el cierre al de Madrid y, probablemente, al de la Comunidad Valenciana. En las últimas elecciones en las que el PSOE ha salido más o menos trasquilado siempre hemos visto a politicos salir a hacer valoraciones con un leiv motiv: descontado Madrid, la cosa no va tan mal. Ese «descontado Madrid» parecía dar al tono azul de la región una característica de provisionalidad. Quienes sigan pensando así, quienes sigan pensando que lo que pasa en Madrid es que está pasando un viento de derechas, un viento que se irá, deberían escuchar las soflamas de Beteta. Porque no hay nada como el victimismo para consolidar las tendencias.
Lo más triste de todo, a mi modo de ver, es que la pelota lleva ya tantos años rodando que la solución racional es ya poco menos que imposible. Si el Estado central no gusta porque es lejano e injusto, vale. Pero para eso se inventaron, ya en la Edad Media, los poderes locales.
Y es que me apetece reflexionar en silencio, pero moviendo los dedos, a raíz de todo este asunto de la financiación autonómica que estos días nos tiene tan contritos a los españoles. Porque es un asunto complejo de analizar en sus muchas vertientes. Voy a ver si me organizo la cabeza al escribir.
El Estado autonómico forma parte del pacto en que se convierte la Transición política tras la muerte de Franco. Consideraciones electorales aparte, puesto que estoy hablando de tiempos en los que aún no se había tomado la opción por la Ley D'Hont. Es un pacto entre los llamados azules, es decir franquistas reformistas que querían traer la democracia y orbitaron, casi todos, alrededor de Adolfo Suárez; y los socialistas, que una vez que se habían lavado los bajos en Suresnes se auparon con facilidad a la categoría de máximos representantes de la oposición al franquismo. Los franquistas de última hora (o, se quiere ver la botella medio llena, demócratas de primera hora) y los nietos de la caverna antiburguesa se dieron cuenta de que nada, absolutamente nada, saldría bien en la Transición sin el concurso de los nacionalistas. Esto no es nuevo. Eduardo de Guzmán, en su fantástico libro 1930, nos cuenta que en la reunión del famosísimo Pacto de San Sebastián, en la que se habló de la vertebración de la República una vez cayese Alfonso XIII, casi todo el tiempo se invirtió discutiendo el ¿Qué hay de lo mío? de los nacionalistas; fundamentalmente, de los catalanes.
Se equivocan quienes piensan que cambiando la ley electoral se van a librar de la influencia nacionalista. La Ley Electoral hay que cambiarla, desde luego; pero no tanto para reducir la influencia de los nacionalistas, que está por ver que sea excesiva de acuerdo con sus votos; como para hacerla verdaderamente democrática. A mí, personalmente, me gustaría un sistema a la inglesa, con distritos pequeños y votaciones abiertas. Yo no quiero votar a 32 cantidatos; quiero elegir uno, y que, además, por ley me tenga que dar su teléfono y correo electrónico para que pueda tocarle los cojones cada vez que diga, haga o vote algo que no me guste.
Pero no quiero desviarme. La ecuación de España sólo se revuelve despejando las incógnitas de los nacionalismos vasco, catalán y navarro (sí, escribí bien: vasco, catalán y navarro. Y punto pelota.) El estado de las autonomías no fue un intento de resolverlo. Fue un intento de tirar para delante para «reservar» el problema nacionalista, darle una histórica patada a seguir y que no tocase los cojones en un momento en el que los gobiernos se podían pasar días enteros haciendo cábalas para no colocar al frente de la División Acorazada Brunete a algún héroe de vía estrecha que la acabase utilizando para mandarlo todo a tomar por culo. Las autonomías son un invento perpetrado por Abril Martorell et altera y, cuando es el PSOE el que gobierna, sus jóvenes líderes encuentran cómodo mantener el momio en un trantrán que yo creo que nadie tenía claro adónde iba a llegar. Pasado un cierto tiempo, yo diría que el final de los ochenta, se cumple la Ley de Hooke y el muelle, a fuerza de estirado, ya es incapaz de regresar a su posición original. En los años noventa, las autonomías alcanzan su techo competencial y, con ello, dejan de ser esas instituciones exóticas de la década anterior, cuyo destino parecía ser pagar la factura para traer a Bob Marley al Calderón, patrocinar exposiciones ultraístas y defender el medio ambiente, para ser la administración responsable de la sanidad, la educación y un montón de cosas.
Como consecuencia, el Estado de las Autonomías es un submarino que fue construido para no pasar de los trescientos metros de profundidad con el cual, al parecer, estamos intentando darnos una vuelta por la fosa de las Marianas.
Yo no sé a vosotros, pero a mí lo que más me ha llamado la atención de las informaciones sugidas en estos días es que el gobierno central le ha dicho a los autonómicos: os voy a dar 11.000 millones más. Pero no ha dicho, acto seguido, lo que en mi opinión es fundamental, y que es: y yo, gobierno central, voy a reducir mis gastos en esto, esto, y esto, por valor de 11.000 millones. Este detalle es el que delimita el principal error de diseño del Estado de las autonomías: no es un diseño basado en una relación entre A y B, en la que A empequeñece y B aumenta. No son vasos comunicantes. A empequeñece, relativamente, pero muy poco; mientras B crece acromegálicamente. El Estado de las autonomías no es un sistema basado en una redistribución de los recursos; es un sistema basado en el incremento de los recursos.
Por eso, precisamente, el Estado de las autonomías excita el problema básico que ha tenido siempre la tensión entre el nacionalismo español y los nacionalismos periféricos, que es la cuestión que hoy solemos resumir con el concepto de balanza fiscal. Que las balanzas fiscales reales no se puedan calcular no borra el problema. En un entorno en el que el sistema se basa en el crecimiento de los recursos, es inevitable que acabe produciéndose el enfrentamiento entre quien aporta más a ese crecimiento y el que tiende a aportar menos, o sea a pillar más. Es imposible, a mi modo de ver, que los conspicuos padres de la Patria de hace treinta años no fuesen plenamente conscientes de que esto iba a acabar ocurriendo. Lo que pasa es que dijeron lo que siempre dice un político: un problema que va a estallar dentro de treinta años no es un problema, al menos para mí.
El problema de las autonomías y su financiación es, sustantivamente, el choque de trenes de dos ideas básicas:
- Por un lado, está la idea de que una nación debe tener solidaridad interna. Igual que los ricos, vía IRPF, pagan a los pobres porque satisfacen muchos más impuestos que servicios reciben, debe haber territorios desarrollados que financien a los menos desarrollados.
- Por otro lado, está la idea opuesta, que no es en modo alguno privativa de España. Se ve, por ejemplo, con claridad meridiana, en Italia, donde en la muy rica Lombardía ha terminado por germinar un nacionalismo con claros tintes ultramontanos, que ha vendido durante décadas la imagen del lombardo sudando la gota gorda para pagar sus impuestos, impuestos que se gastaban en que romanos, napolitanos, calabreses y demás ralea se diesen, presuntamente, la vida padre.
El problema de ambas teorías es que las dos son ciertas. Si una fuese una invención, una falacia, sería fácil gobernar: con atacar esa idea falsa bastaría. Pero no es el caso.
Los españoles preocupados por este enfrentamiento han intentado en la Historia resolver este problema por dos vías. Una es la vía vasconavarra; apoyados por el concepto casi mitológico que de sí mismo tiene el pueblo vasco nacionalista, los vascos y navarros han desarrollado la idea de que los privilegios normativos de que gozaban, los famosos fueros, son inmanentes a su existencia. Fueros, en la Edad Media y en el Renacimiento, tuvieron muchos territorios además de los vascos y navarros. De hecho, en gran parte la construcción de los Estados modernos pasa por acabar con esos fueros. Los vascos, sin embargo, supieron defenderlos y construir a su alrededor toda una teoría que hacía de los fueros algo más que unas leyes, igual que el Barça es más que un club. La resistencia de los vascos a perder los fueros es tan fuerte que ha provocado tres guerras civiles. Porque hay quien puede pensar que las tres guerras carlistas fueron la guerra del Altar y el Trono contra la España liberal; y lo fueron. Pero si duraron, si se enquistaron de la manera que lo hicieron, fue, en gran parte, por el sólido apoyo que el carlismo y el tradicionalismo encontraron en Vascongadas y Navarra.
La segunda propuesta es la de la I República y el nacionalismo catalán histórico, que bien puede representarse con las Bases de Manresa. Es una solución federal, probablemente más coherente con lo que se quiere hacer. Porque uno de los cuentos de Calleja de la financiación autonómica, cuento que nos contaba Suárez, nos lo contó Felipe, continuó Aznar y ahora repite como un loro Zapatero, es eso de la corresponsabilidad fiscal. En España no hay corresponsabilidad fiscal, salvo en las comunidades forales claro, porque la corresponsabilidad fiscal presupone que el corresponsable te cobre los impuestos.
La corresponsabilidad fiscal pasaría por la existencia de tantas haciendas como autonomías. Entonces la autonomía recaudaría los impuestos de sus ciudadanos. Esta solución, como digo, es teóricamente más sólida y es la que sostenían los nacionalistas catalanes de finales del siglo XIX, en su mayoría empresarios y propietarios industriales preoocupados porque la política arancelaria se diseñase desde Madrid. Pero todo en este terreno se parece al esfuerzo de tapar a Pau Gasol con la manta de un niño de siete años. Si las autonomías recaudasen sus impuestos, entonces ya no existirían balanzas fiscales, no existiría la solidaridad interna del sistema. Es más: las diferencias se incrementarían. Porque a quien cobra los impuestos tienes que darle capacidad normativa sobre los mismos; y, existiendo dicha capacidad normativa, las entidades ricas tenderán a conceder deducciones más generosas, mientras que las pobres tendrán que intentar recaudar lo más posible de cada contribuyente. Y, por mucho que los economistas de izquierdas se desgañiten, lo cierto es que la curva de Laffer se cumple muchas veces: bajando impuestos se recaudan más impuestos, porque se incrementa la actividad. Los grandes contribuyentes de comunidades pobres se harían residentes de las comunidades ricas para poder pagar impuestos allí. Consecuentemente, como digo, los ricos tenderían a ser más ricos y los pobres, más pobres.
Además, está la enseñanza histórica, muy presente en la II República española, que es la primera que inventa el pastiche éste de las autonomías. La enseñanza histórica es la I República, un periodo muy corto que a menudo no se cita, del que no se habla, pero que enseñó muchas cosas. Ahí se ensayó el esquema federal y lo que ocurrió, simple y llanamente, es que el país se rompió. Algunos territorios de España incluso se declararon la guerra. Y el hecho de que el summum que pen de aquel proceso no sea la villa de Cornellá del Vallés, o de Lequeitio, sino la muy murciana metrópoli cartagenera, nos demuestra que no estamos hablando de un fenómeno limitado a eso que llamamos autonomías históricas. Como consecuencia, todo lo que huela a federalismo, en España, tiene resistencias muy fuertes. Son muchas las cabezas españolas, desde Cánovas hasta Azaña, desde Indalecio Prieto hasta José María Aznar, que se han mostrado dispuestas a poner pies en pared ante las pretensiones pimargallianas.
Acertó el ministro Solbes al decir que el asunto de la financiación autonómica es un sudoku. Pero no en el sentido que él decía, de cuadrar las cifras. Es un sudoku filosófico, estratégico. Es un merdé en el que no está claro por dónde se puede tirar, razón por la cual está rodeado de oscurantismo. Porque llevamos meses hablando de esto y, a día de hoy, no tenemos aún algo tan sencillo como una tabla con el reparto del dinero. Bueno, de hecho, nunca, ni ahora ni en el pasado, se ha publicado dicho reparto con indicación de la composición de dichas transferencias según el factor que los origina (población, insularidad, dispersión... etc.) En el asunto de las comunidades autónomas, los políticos actúan como un profesor de matemáticas que se dirigese al alumno diciéndole: «la solución al problema es 7; pero no me preguntes cómo lo he calculado».
El proceso, como digo, está, a mi modo de ver, entrando en una nueva etapa que sabe Dios dónde y cómo puede terminar. El momento actual, efectivamente, tiene los tintes de lo nuevo, de lo que surge de un cambio significativo.
Porque yo no sé si os dais cuenta, pero estamos entrando en el franquismo inverso.
El franquismo fue un periodo fuertemente centralista. Yo lo viví en una esquina periférica, La Coruña. Allí había cantinelas que la gente repetía sistemáticamente. La más popular era la que se preguntaba dónde estaba el dinero de las cajas de ahorros. Según esta leyenda urbana, los emigrantes gallegos se abrían cuentas en oficinas de las cajas de ahorro españolas en su país de trabajo, para poder enviar dinero a casa. Luego ese dinero llegaba a España y se gastaba en hacer obras públicas en cualquier otro lugar que no fuese Galicia (preferentemente Madrid).
El centralismo franquista alimentó generosamente el victimismo periférico. Lo convirtió en una verdad oficial que hasta los mismos madrileños creían porque, al fin y al cabo, los madrileños, y esto es algo que catalanes, vascos, gallegos y demás familia, jamás entendieron o quisieron entender, los madrileños, digo, no se veían especialmente beneficiados por el franquismo, el cual les hizo vivir en una ciudad monstruosa, incómoda, peligrosa, y no digamos los esforzados inmigrantes interiores que se fueron a vivir a las llamadas ciudades dormitorio; Móstoles, a principios de los setenta, era como para pegarse un tiro en cada testículo.
Ayer, sin embargo, escuché a un político madrileño, Antonio Beteta, clamar en la radio: «No puede ser que un madrileño valga la mitad que un catalán». Cualquier español de más de cuarenta años y con suficientes gigas en el disco duro tendrá, ante esta frase, una fuerte sensación de dejá vu. Y, al mismo tiempo, de desazón. Se sentirá raro, incómodo. La frase es conocida, pero algo... algo falla. Y lo que falla es el orden de los factores, que altera el producto.
Tenemos, a la vuelta de la esquina, el victimismo madrileño. Que es como decir el antiesclavismo blanco. No es del todo nuevo, pues ha venido alimentándose en los últimos cinco o seis años. Sé que hay mucha gente, de dentro y de fuera de Madrid, que no se puede explicar que tanta gente vote a Esperanza Aguirre. Pero eso es porque aún no se han cambiado el chip y, por lo tanto, no pueden imaginar que eso del victimismo funcione en un sitio como la CAM. Y, efectivamente, hace menos de diez años yo habría jurado solemnemente que no funcionaría. Y me habría equivocado.
Dicen los analistas que la oferta de financiación autonómica ha sido diseñada por el gobierno para conservar su vivero de votos catalán. Probablemente es así. Lo que no sé si habrán colocado en sus cálculos los miembros gubernamentales es que, con la misma mano con que conservas ese invernadero de votantes, echas el cierre al de Madrid y, probablemente, al de la Comunidad Valenciana. En las últimas elecciones en las que el PSOE ha salido más o menos trasquilado siempre hemos visto a politicos salir a hacer valoraciones con un leiv motiv: descontado Madrid, la cosa no va tan mal. Ese «descontado Madrid» parecía dar al tono azul de la región una característica de provisionalidad. Quienes sigan pensando así, quienes sigan pensando que lo que pasa en Madrid es que está pasando un viento de derechas, un viento que se irá, deberían escuchar las soflamas de Beteta. Porque no hay nada como el victimismo para consolidar las tendencias.
Lo más triste de todo, a mi modo de ver, es que la pelota lleva ya tantos años rodando que la solución racional es ya poco menos que imposible. Si el Estado central no gusta porque es lejano e injusto, vale. Pero para eso se inventaron, ya en la Edad Media, los poderes locales.
miércoles, julio 15, 2009
Mussolini (y 6)
El 24 de enero de 1943, los aliados toman esa misma ciudad de Tripoli donde Mussolini desembarcó camino del cesáreo triunfo alejandrino que nunca se produjo. Además, Italia comienza a ser objeto de bombardeos, notablemente sus poblaciones del norte, lo cual provoca serio descontento de la población y huelgas. Aún y a pesar de lo evidente del desmoronamiento de Italia, en mayo de ese año, Mussolini aún promete el regreso al continente de las tropas italianas.
El 10 de julio de 1943, con todo su poderío y también bastantes ayudas por parte de la Mafia, los aliados desembarcan en Sicilia. Nueve días más tarde, se produce el primer bombardeo sobre Roma. Al Duce comienzan a crecerle los enanos, como siempre les ocurre a los hombres de poder en la hora de la derrota. Forzado por esos colaboradores que ya no creen ni en las palabras ni en las ideas de Mussolini, éste se ve obligado a convocar una sesión del Gran Consejo Fascista, el 24 de julio de 1943. La sesión se celebra a las cinco de la tarde de aquel sábado. Al entrar en la sala, Mussolini ya sabe que Dino Grandi, presidente de la Cámara, va a presentar una propuesta para que el mando de las fuerzas armadas italianas sea retrotraído al soldadito de plomo Víctor Manuel.
Quizá alguno de vosotros, leyendo el párrafo anterior e imaginando la escena, esté esperando de don Benito un fuerte estallido de cólera. Os equivocais. Ése hubiese sido Hitler, con seguridad. Si a Hitler le montan una reunión de jerifaltes en la que alguien hubiese osado proponer que se quitase de enmedio, le habría soltado tal cascada de ladridos que el proponente, con seguridad, habría terminado acojonado en un rincón. Pero Mussolini estaba hecho de otra pasta. Tenía, desde luego, ambición de poder; pero carecía de esa decisión, algunos piensan que psicótica, de su aliado alemán. El Duce que escuchó las palabras de Grandi se limitó a desabrocharse la camisa y musitar: «parece que esta tarde la suerte me ha dado la espalda».
Hablaron Polverelli y el yerno del Duce, Ciano. Ambos pusieron a los alemanes de cabrones para abajo, sostuvieron la idea de que era su abandono el que tenía a Italia al borde del KO y, consecuentemente, abrieron el portillo para que Italia contestase a la traición con traición, abandonando el Eje. Esto fue demasiado para Farinacci, quizá el dirigente fascista más enloquecido (además de decididamente pronazi) quien salió en defensa de las divisiones hitlerianas.
En ese punto, Mussolini tomó la palabra para dolerse de las críticas que se vertían sobre el fascismo en las intervenciones. Alfredo de Marsico y Luigi Federzoni le contestan con virulencia. Especialmente Federzoni, presidente de la Academia italiana, quien contesta a la afirmación de Mussolini de que todas las guerras son impopulares aseverando que aquélla si lo es, pero por fascista, no por guerra.
A las dos de la mañana, después de nueve horas de debate, se pasó a votación la proposición de Grandi. Cuando De Bono y De Vecchi, dos fascistas de primera hora, votaron a favor de la propuesta, quedó claro que la suerte estaba echada. La propuesta ganó por 19 votos a favor contra 8 en contra y una abstención.
Existen indicios de que Mussolini se creció tras la votación, interpretando que se trataba tan sólo de un consejo no ejecutivo. Al día siguiente, por la tarde, se presentó ante el rey para despachar la reunión casi como si tal cosa. No se sabe a ciencia cierta de que hablaron el ampuloso jefe de gobierno y el liliputiense jefe del Estado. Lo que se sabe es que, a la salida de la reunión, tropas leales a Victor Manuel detuvieron a Mussolini.
Un solo fascista, el senador Morgagni, cayó con su Duce; se pegó un tiro en la sien cuando supo de su detención. El resto de los fascistas, y el resto de Italia, se aplicaron a una rápida terapia colectiva de borrado de disco duro que no es, en modo alguno, exclusiva de los italianos. El pueblo francés, sin ir más lejos, olvidó, a partir de 1945, que en su inmensa mayoría estaba formado por personas que habían colaborado con el gobierno de Vichy, cuando no directamente con los nazis. Personas que, si no sabían, sí sospechaban que esos judíos compatriotas que los alemanes se llevaban en trenes de mercancías no eran transportados precisamente a parques de atracciones. Francia olvidó con elegancia que la Resistencia, en realidad, estuvo formada por cuatro gatos mal contados. La misma elegancia se da en la España de los años setenta, en la que, de la noche a la mañana, todo dios tenía pedigree antifranquista, hasta el punto de que, de creer las confesiones de la época, resulta difícil responder a la pregunta de quién narices apoyó a Franco en los últimos diez o quince años de su dictadura.
Italia no fue una excepción. Así pues, en todas las esquinas de la patria, el quemado de retratos oficiales del Duce, la rotura de carnés y otros certificados, se convirtió en el deporte nacional. Italia aceptó barco como animal acuático y se convenció de que nunca había sido fascista. La leyenda urbana pervive a día de hoy, como, ya digo, pervive la de que todos los franceses eran de la Resistencia o en la España de Franco no había franquistas.
La caída de Mussolini fue anunciada al país a las once de la noche del 25 de julio, unas cinco horas después de su detención. Le sustituyó en el gobierno el mariscal Pietro Badoglio. Desde ese día hasta el 3 de septiembre, que se firma el armisticio, la pareja Víctor Manuel-Badoglio jugará constantemente a dos cartas, comiéndole la oreja a los alemanes y tratando de negociar al mismo tiempo con los aliados. Esto sí que es muy italiano.
En septiembre de 1943, cuando Italia le dice a los aliados eso de vamos a apagar a la luz, la volvemos a encender y aquí no ha pasado nada, Hitler, que de tonto no tenía ni un pelo, ha concentrado en Italia 400.000 hombres. Estos 400.000 hombres invadieron Italia desde dentro, hicieron unos 700.000 prisioneros entre las desmoralizadas tropas italianas, y fusilaron a varios miles de esos militares. Hitler no creía las promesas de Badoglio (en algunas de sus famosas actas de Estado Mayor lo pone de vuelta y media constantemente) y, consecuentemente, desde el mismísimo día de la detención de Mussolini se aplicó a la invasión. El rey Víctor Manuel huyó a Brindisi, bajo la protección aliada. Con ello, prestó un servicio histórico a su país, pues el Estado italiano siguió existiendo del lado aliado lo cual, al final de la guerra, sería de gran valor (tanto como para poner a Italia en el bando de los vencedores, lo cual tiene mucha, pero muchísima coña); sin embargo, fue un gesto de cobardía que costaría la monarquía.
Tras varios traslados, Mussolini fue recluido en un hotel de Campo Imperatore, en los apeninos. A las dos de la tarde del 12 de septiembre, mientras estaba asomado a la ventana contemplando la patria de Marco y el mono Amedio, ve un planeador aterrizar a unos pocos cientos de metros del hotel, y bajarse del mismo a un destacamento de paracaidistas alemanes. Al día siguiente, llega a Munich. Y el 14 se entrevista con Hitler en Berchstersgarten.
Es fácil de imaginar que esa entrevista no debió de ser agradable para el Duce. Él quería relaciones de igual a igual. Año y pico antes se creía con capacidad de reclamarle a Hitler el poder sobre una parte de Egipto, y ahora ya sólo era su subordinado.
El 19 de septiembre, todavía desde Munich, Mussolini se dirige al pueblo italiano una vez que, según el anuncio oficial alemán, ha retomado el poder en Italia. El discurso del Duce se parece poco a los que ha hecho hasta entonces. Da la impresión de que quiere volver a sus orígenes socialistas, así pues hace un discurso muy obrerista, muy campesino. Esas cosas.
Mussolini quiere volver a Roma. Pero ahora ya sólo es un becario fascista de los nazis. Éstos deciden que establezca su capital en Saló, en el lago de Garda. El 23 de septiembre nace la República de Saló. Una semana después, la población de Nápoles se rebela y los alemanes, incluso los alemanes, tienen que salir de allí por patas. Mussolini no tendrá ni ejército: a los 700.000 soldados prisioneros, deportados a Alemania, se les ofrece la libertad a cambio de enrolarse en el ejército de Saló. Se apuntan unos 7.000, o sea, una mierda pinchada en un palo.
Mussolini, además, no puede hacer nada para limar el tono gravísimamente sangriendo que toman las acciones de Hitler en Italia. En Montezemolo, el ejército alemán, como represalia por la muerte de 32 de sus miembros, ejecuta a 355 partisanos. En Marzabotto, la SS masacra a niños, mujeres y hombres, hasta que no quedó nadie. En Verona, la República Social de Saló monta un proceso en el que son condenados a muerte cinco miembros del Consejo Fascista que votaron a favor del despido de Mussolini: el propio yerno del Duce, Ciano; De Bono, Pareschi, Marinelli y Gottardi.
El 5 de junio de 1944, los americanos entran en Roma. El 20 de agosto ocupan Florencia. La guerra avanza y en 1945, tanto los alemanes como los camisas negras acabarán huyendo apresuradamente, pues en cada pueblo de Italia son cazados y masacrados.
Abril de 1945. Ahora ya no es Italia sola; es la propia Alemania de Hitler la que se está desmoronando. El 16 de dicho mes, en Gargnano, Mussolini celebra consejo de ministros de la República de Saló, en el que anuncia su intención de ir a Milán. En la gran ciudad italiana están concentradas las tropas fascistas, y el Duce espera poder mandarlas para conseguir una retirada hacia la Valtelina o, quizás, hacia Suiza. Pero una vez que llega a Milán comprueba que la situación en la ciudad es caótica. Por eso, dedice huir a Como, cerca de la frontera suiza. Cuando llega a esta ciudad, ya muy pocas personas quedan a su lado. Mussolini tiene miedo. Teme que su destino sea el que finalmente fue. Piensa en entregarse a los ingleses, confiando en que le respetarán. Pero luego se da cuenta de lo impracticable de sus planes.
El que fuese jefe industible de Italia entera ya sólo tiene la esperanza de que Pavolini llegue con 5.000 fascistas para escoltarlo en su huida. En los días de espera, llega Clara Petacci, su amante, su particular Eva Braun, la mujer que lo admira incluso ahora que está tembloroso, avejentado y vencido; y que, como Eva Braun, rendirá ese último tributo, sólo posible en una mujer enamorada, de morir con él.
Mussolini espera, pero Pavolini no llega. A las tres de la madrugada del 26 de abril, no puede más y emprende la huida. En Menaggio, por fin llega Pavolini. Pero llega solo. Ya no hay escuadras fascistas. En esas condiciones, no podrán pasar la frontera, porque está controlada por los partisanos. El 27 de abril, amanece en Menaggio con el sordo rumor de una pequeña columna de camiones alemanes que huye hacia Suiza. Los fascistas se unen al convoy. En el camino hacia Dongo, son interceptados por los maquis de la 52 brigada Garibaldi.
Los jefes partisanos, Urbano Lazzaro y Luigi Bellini delle Stelle, negocian con el comandante alemán. Las condiciones son éstas: les dejarán pasar a condición de que todo ciudadano italiano se quede con ellos. A las cuatro de la tarde, en la plaza de Dongo, se efectúa el control.
Mientras están en ello, un tipo llamado Giuseppe Negri se acerca a Bellini. Negri ha sido marinero en los años anteriores y, en condición de tal, formaba parte de la tripulación de un barco que transportó a Benito Mussolini de la isla de Ponza a la de Madalena, en junio de 1943. Con un susurro, le informa que un cabo alemán entrado en años que está como ausente en uno de los camiones es, en realidad, el otrora máximo mandatario de Italia y, si hemos de creer en las formas fascistas, aún presidente de la República Social de Saló.
Bellini se acerca a su compañero, a quien todos llaman Bill, y le dice_
-Bill, ghè chi el crapún.
O sea: Bill, está aquí el cabezón.
Se acercan al Duce. Lo reconocen y conminan para que se baje del camión. Mussolini, cabizbajo, obedece. Ya en el suelo de la plaza, a unos pasos del camión, intenta una última baza. Se vuelve a los alemanes y les grita:
-¿Aber so, ohne Kampf?
... que es una forma bastante macarrónica de preguntar en alemán: ¿os rendís así, sin luchar? Pensara lo que pensara el Duce, no hablaba alemán.
Walter Audisio, conocido como Coronel Valerio, un dirigente partisano de izquierda radical, condujo desde Milán hasta Dongo cuando supo la noticia. Al llegar a la población, se presentó ante Mussolini y Clara Petacci y les anunció que se los llevaba. Es prácticamente seguro que ambos supieran con certeza lo que significaba aquel inopinado traslado. Ella entró en el coche llorando quedamente, y él la abrazó y no la soltó durante todo el trayecto.
A las cuatro y diez de la tarde del 28 de abril de 1945, el coche se detuvo en un descampado, junto a una verja. Los dos prisioneros fueron sacados del automóvil y colocados frente a dicha verja. En ese momento Valerio, quizá borracho de nervios, comenzó a lanzar improperios y a gritar y a afirmar que les iba a matar. Tomó su metralleta y disparó, pero el arma se encasquilló. Entonces tomó su pistola y empezó a darles a ambos tiros arbitrarios hasta que Bellini, que iba con él y que probablemente estaba más sereno, acabó todo con una ráfaga de metralleta.
Los cuerpos de Mussolini y de Claretta Peracci fueron llevados a Milán, donde fueron colgados por los pies en la Piazzale Loreto, para su contemplación por la gente, en un espectáculo que tiene muy poco de edificante. Lo mismo se puede decir de su muerte, propia de países sin gobierno efectivo, como probablemente era el caso de la Italia de 1945.
Benito Mussolini es el prototipo del político amoral, oportunista, de escasas luces pero inteligencia estratégica. El mundo, y me refiero al mundo político, está lleno de tipos como él; que no hayan llegado al poder no quiere decir que no existan. Pero, más allá del asunto de los perfiles personales y esa parte de la Historia que sin duda está ligada a las personas que las hacen y los momentos en que viven, Mussolini es, a mi modo de ver, el principal representante de eso que llamamos fascismo. Mucho, muchísimo más que Adolf Hitler, cuyo régimen nazi tuvo otros matices más propios y complejos.
Hay que estudiar a Mussolini. Y hay que estudiarlo con sentido crítico. El ensayista académico o el profe de Historia de Bachillerato que caiga en la tentación de contar esta historia como si fuese el relato de algo que pasó en otro planeta distinto de éste en el que vivimos, cometerá un error. La gran enseñanza que nos deja la historia de Benito Mussolini y la Italia de 1925 es que, de cada veinte personas que caigais en este blog y leais estas mismas líneas, no menos de 17, de haber vivido hace tres cuartos de siglo en los Abruzzos, habríais (habríamos) sido fascistas.
Lo verdaderamente escalofriante de Mussolini es lo histriónico que era; lo limitadito que era; lo radical que era. Ojalá pudiésemos decir que Benito Mussolini fue un hondo intelectual lector de Tomás de Aquino. Ojalá pudiéramos decir que fue un matemático imponente o, cuando menos, que labró su popularidad porque en su juventud fue el mejor jugador de calcio de toda Italia. Ojalá pudiéramos decir que fue singular. Lejos de ello, y a pesar de tener ciertas dotes para la propaganda y el juego de los tiempos políticos que me parecen fuera de lugar, Benito Mussolini fue uno más.
Como tú.
Como yo.
Pensad en esto. Merece la pena. Cuanto más jóvenes seais, más pena merece.
El 10 de julio de 1943, con todo su poderío y también bastantes ayudas por parte de la Mafia, los aliados desembarcan en Sicilia. Nueve días más tarde, se produce el primer bombardeo sobre Roma. Al Duce comienzan a crecerle los enanos, como siempre les ocurre a los hombres de poder en la hora de la derrota. Forzado por esos colaboradores que ya no creen ni en las palabras ni en las ideas de Mussolini, éste se ve obligado a convocar una sesión del Gran Consejo Fascista, el 24 de julio de 1943. La sesión se celebra a las cinco de la tarde de aquel sábado. Al entrar en la sala, Mussolini ya sabe que Dino Grandi, presidente de la Cámara, va a presentar una propuesta para que el mando de las fuerzas armadas italianas sea retrotraído al soldadito de plomo Víctor Manuel.
Quizá alguno de vosotros, leyendo el párrafo anterior e imaginando la escena, esté esperando de don Benito un fuerte estallido de cólera. Os equivocais. Ése hubiese sido Hitler, con seguridad. Si a Hitler le montan una reunión de jerifaltes en la que alguien hubiese osado proponer que se quitase de enmedio, le habría soltado tal cascada de ladridos que el proponente, con seguridad, habría terminado acojonado en un rincón. Pero Mussolini estaba hecho de otra pasta. Tenía, desde luego, ambición de poder; pero carecía de esa decisión, algunos piensan que psicótica, de su aliado alemán. El Duce que escuchó las palabras de Grandi se limitó a desabrocharse la camisa y musitar: «parece que esta tarde la suerte me ha dado la espalda».
Hablaron Polverelli y el yerno del Duce, Ciano. Ambos pusieron a los alemanes de cabrones para abajo, sostuvieron la idea de que era su abandono el que tenía a Italia al borde del KO y, consecuentemente, abrieron el portillo para que Italia contestase a la traición con traición, abandonando el Eje. Esto fue demasiado para Farinacci, quizá el dirigente fascista más enloquecido (además de decididamente pronazi) quien salió en defensa de las divisiones hitlerianas.
En ese punto, Mussolini tomó la palabra para dolerse de las críticas que se vertían sobre el fascismo en las intervenciones. Alfredo de Marsico y Luigi Federzoni le contestan con virulencia. Especialmente Federzoni, presidente de la Academia italiana, quien contesta a la afirmación de Mussolini de que todas las guerras son impopulares aseverando que aquélla si lo es, pero por fascista, no por guerra.
A las dos de la mañana, después de nueve horas de debate, se pasó a votación la proposición de Grandi. Cuando De Bono y De Vecchi, dos fascistas de primera hora, votaron a favor de la propuesta, quedó claro que la suerte estaba echada. La propuesta ganó por 19 votos a favor contra 8 en contra y una abstención.
Existen indicios de que Mussolini se creció tras la votación, interpretando que se trataba tan sólo de un consejo no ejecutivo. Al día siguiente, por la tarde, se presentó ante el rey para despachar la reunión casi como si tal cosa. No se sabe a ciencia cierta de que hablaron el ampuloso jefe de gobierno y el liliputiense jefe del Estado. Lo que se sabe es que, a la salida de la reunión, tropas leales a Victor Manuel detuvieron a Mussolini.
Un solo fascista, el senador Morgagni, cayó con su Duce; se pegó un tiro en la sien cuando supo de su detención. El resto de los fascistas, y el resto de Italia, se aplicaron a una rápida terapia colectiva de borrado de disco duro que no es, en modo alguno, exclusiva de los italianos. El pueblo francés, sin ir más lejos, olvidó, a partir de 1945, que en su inmensa mayoría estaba formado por personas que habían colaborado con el gobierno de Vichy, cuando no directamente con los nazis. Personas que, si no sabían, sí sospechaban que esos judíos compatriotas que los alemanes se llevaban en trenes de mercancías no eran transportados precisamente a parques de atracciones. Francia olvidó con elegancia que la Resistencia, en realidad, estuvo formada por cuatro gatos mal contados. La misma elegancia se da en la España de los años setenta, en la que, de la noche a la mañana, todo dios tenía pedigree antifranquista, hasta el punto de que, de creer las confesiones de la época, resulta difícil responder a la pregunta de quién narices apoyó a Franco en los últimos diez o quince años de su dictadura.
Italia no fue una excepción. Así pues, en todas las esquinas de la patria, el quemado de retratos oficiales del Duce, la rotura de carnés y otros certificados, se convirtió en el deporte nacional. Italia aceptó barco como animal acuático y se convenció de que nunca había sido fascista. La leyenda urbana pervive a día de hoy, como, ya digo, pervive la de que todos los franceses eran de la Resistencia o en la España de Franco no había franquistas.
La caída de Mussolini fue anunciada al país a las once de la noche del 25 de julio, unas cinco horas después de su detención. Le sustituyó en el gobierno el mariscal Pietro Badoglio. Desde ese día hasta el 3 de septiembre, que se firma el armisticio, la pareja Víctor Manuel-Badoglio jugará constantemente a dos cartas, comiéndole la oreja a los alemanes y tratando de negociar al mismo tiempo con los aliados. Esto sí que es muy italiano.
En septiembre de 1943, cuando Italia le dice a los aliados eso de vamos a apagar a la luz, la volvemos a encender y aquí no ha pasado nada, Hitler, que de tonto no tenía ni un pelo, ha concentrado en Italia 400.000 hombres. Estos 400.000 hombres invadieron Italia desde dentro, hicieron unos 700.000 prisioneros entre las desmoralizadas tropas italianas, y fusilaron a varios miles de esos militares. Hitler no creía las promesas de Badoglio (en algunas de sus famosas actas de Estado Mayor lo pone de vuelta y media constantemente) y, consecuentemente, desde el mismísimo día de la detención de Mussolini se aplicó a la invasión. El rey Víctor Manuel huyó a Brindisi, bajo la protección aliada. Con ello, prestó un servicio histórico a su país, pues el Estado italiano siguió existiendo del lado aliado lo cual, al final de la guerra, sería de gran valor (tanto como para poner a Italia en el bando de los vencedores, lo cual tiene mucha, pero muchísima coña); sin embargo, fue un gesto de cobardía que costaría la monarquía.
Tras varios traslados, Mussolini fue recluido en un hotel de Campo Imperatore, en los apeninos. A las dos de la tarde del 12 de septiembre, mientras estaba asomado a la ventana contemplando la patria de Marco y el mono Amedio, ve un planeador aterrizar a unos pocos cientos de metros del hotel, y bajarse del mismo a un destacamento de paracaidistas alemanes. Al día siguiente, llega a Munich. Y el 14 se entrevista con Hitler en Berchstersgarten.
Es fácil de imaginar que esa entrevista no debió de ser agradable para el Duce. Él quería relaciones de igual a igual. Año y pico antes se creía con capacidad de reclamarle a Hitler el poder sobre una parte de Egipto, y ahora ya sólo era su subordinado.
El 19 de septiembre, todavía desde Munich, Mussolini se dirige al pueblo italiano una vez que, según el anuncio oficial alemán, ha retomado el poder en Italia. El discurso del Duce se parece poco a los que ha hecho hasta entonces. Da la impresión de que quiere volver a sus orígenes socialistas, así pues hace un discurso muy obrerista, muy campesino. Esas cosas.
Mussolini quiere volver a Roma. Pero ahora ya sólo es un becario fascista de los nazis. Éstos deciden que establezca su capital en Saló, en el lago de Garda. El 23 de septiembre nace la República de Saló. Una semana después, la población de Nápoles se rebela y los alemanes, incluso los alemanes, tienen que salir de allí por patas. Mussolini no tendrá ni ejército: a los 700.000 soldados prisioneros, deportados a Alemania, se les ofrece la libertad a cambio de enrolarse en el ejército de Saló. Se apuntan unos 7.000, o sea, una mierda pinchada en un palo.
Mussolini, además, no puede hacer nada para limar el tono gravísimamente sangriendo que toman las acciones de Hitler en Italia. En Montezemolo, el ejército alemán, como represalia por la muerte de 32 de sus miembros, ejecuta a 355 partisanos. En Marzabotto, la SS masacra a niños, mujeres y hombres, hasta que no quedó nadie. En Verona, la República Social de Saló monta un proceso en el que son condenados a muerte cinco miembros del Consejo Fascista que votaron a favor del despido de Mussolini: el propio yerno del Duce, Ciano; De Bono, Pareschi, Marinelli y Gottardi.
El 5 de junio de 1944, los americanos entran en Roma. El 20 de agosto ocupan Florencia. La guerra avanza y en 1945, tanto los alemanes como los camisas negras acabarán huyendo apresuradamente, pues en cada pueblo de Italia son cazados y masacrados.
Abril de 1945. Ahora ya no es Italia sola; es la propia Alemania de Hitler la que se está desmoronando. El 16 de dicho mes, en Gargnano, Mussolini celebra consejo de ministros de la República de Saló, en el que anuncia su intención de ir a Milán. En la gran ciudad italiana están concentradas las tropas fascistas, y el Duce espera poder mandarlas para conseguir una retirada hacia la Valtelina o, quizás, hacia Suiza. Pero una vez que llega a Milán comprueba que la situación en la ciudad es caótica. Por eso, dedice huir a Como, cerca de la frontera suiza. Cuando llega a esta ciudad, ya muy pocas personas quedan a su lado. Mussolini tiene miedo. Teme que su destino sea el que finalmente fue. Piensa en entregarse a los ingleses, confiando en que le respetarán. Pero luego se da cuenta de lo impracticable de sus planes.
El que fuese jefe industible de Italia entera ya sólo tiene la esperanza de que Pavolini llegue con 5.000 fascistas para escoltarlo en su huida. En los días de espera, llega Clara Petacci, su amante, su particular Eva Braun, la mujer que lo admira incluso ahora que está tembloroso, avejentado y vencido; y que, como Eva Braun, rendirá ese último tributo, sólo posible en una mujer enamorada, de morir con él.
Mussolini espera, pero Pavolini no llega. A las tres de la madrugada del 26 de abril, no puede más y emprende la huida. En Menaggio, por fin llega Pavolini. Pero llega solo. Ya no hay escuadras fascistas. En esas condiciones, no podrán pasar la frontera, porque está controlada por los partisanos. El 27 de abril, amanece en Menaggio con el sordo rumor de una pequeña columna de camiones alemanes que huye hacia Suiza. Los fascistas se unen al convoy. En el camino hacia Dongo, son interceptados por los maquis de la 52 brigada Garibaldi.
Los jefes partisanos, Urbano Lazzaro y Luigi Bellini delle Stelle, negocian con el comandante alemán. Las condiciones son éstas: les dejarán pasar a condición de que todo ciudadano italiano se quede con ellos. A las cuatro de la tarde, en la plaza de Dongo, se efectúa el control.
Mientras están en ello, un tipo llamado Giuseppe Negri se acerca a Bellini. Negri ha sido marinero en los años anteriores y, en condición de tal, formaba parte de la tripulación de un barco que transportó a Benito Mussolini de la isla de Ponza a la de Madalena, en junio de 1943. Con un susurro, le informa que un cabo alemán entrado en años que está como ausente en uno de los camiones es, en realidad, el otrora máximo mandatario de Italia y, si hemos de creer en las formas fascistas, aún presidente de la República Social de Saló.
Bellini se acerca a su compañero, a quien todos llaman Bill, y le dice_
-Bill, ghè chi el crapún.
O sea: Bill, está aquí el cabezón.
Se acercan al Duce. Lo reconocen y conminan para que se baje del camión. Mussolini, cabizbajo, obedece. Ya en el suelo de la plaza, a unos pasos del camión, intenta una última baza. Se vuelve a los alemanes y les grita:
-¿Aber so, ohne Kampf?
... que es una forma bastante macarrónica de preguntar en alemán: ¿os rendís así, sin luchar? Pensara lo que pensara el Duce, no hablaba alemán.
Walter Audisio, conocido como Coronel Valerio, un dirigente partisano de izquierda radical, condujo desde Milán hasta Dongo cuando supo la noticia. Al llegar a la población, se presentó ante Mussolini y Clara Petacci y les anunció que se los llevaba. Es prácticamente seguro que ambos supieran con certeza lo que significaba aquel inopinado traslado. Ella entró en el coche llorando quedamente, y él la abrazó y no la soltó durante todo el trayecto.
A las cuatro y diez de la tarde del 28 de abril de 1945, el coche se detuvo en un descampado, junto a una verja. Los dos prisioneros fueron sacados del automóvil y colocados frente a dicha verja. En ese momento Valerio, quizá borracho de nervios, comenzó a lanzar improperios y a gritar y a afirmar que les iba a matar. Tomó su metralleta y disparó, pero el arma se encasquilló. Entonces tomó su pistola y empezó a darles a ambos tiros arbitrarios hasta que Bellini, que iba con él y que probablemente estaba más sereno, acabó todo con una ráfaga de metralleta.
Los cuerpos de Mussolini y de Claretta Peracci fueron llevados a Milán, donde fueron colgados por los pies en la Piazzale Loreto, para su contemplación por la gente, en un espectáculo que tiene muy poco de edificante. Lo mismo se puede decir de su muerte, propia de países sin gobierno efectivo, como probablemente era el caso de la Italia de 1945.
Benito Mussolini es el prototipo del político amoral, oportunista, de escasas luces pero inteligencia estratégica. El mundo, y me refiero al mundo político, está lleno de tipos como él; que no hayan llegado al poder no quiere decir que no existan. Pero, más allá del asunto de los perfiles personales y esa parte de la Historia que sin duda está ligada a las personas que las hacen y los momentos en que viven, Mussolini es, a mi modo de ver, el principal representante de eso que llamamos fascismo. Mucho, muchísimo más que Adolf Hitler, cuyo régimen nazi tuvo otros matices más propios y complejos.
Hay que estudiar a Mussolini. Y hay que estudiarlo con sentido crítico. El ensayista académico o el profe de Historia de Bachillerato que caiga en la tentación de contar esta historia como si fuese el relato de algo que pasó en otro planeta distinto de éste en el que vivimos, cometerá un error. La gran enseñanza que nos deja la historia de Benito Mussolini y la Italia de 1925 es que, de cada veinte personas que caigais en este blog y leais estas mismas líneas, no menos de 17, de haber vivido hace tres cuartos de siglo en los Abruzzos, habríais (habríamos) sido fascistas.
Lo verdaderamente escalofriante de Mussolini es lo histriónico que era; lo limitadito que era; lo radical que era. Ojalá pudiésemos decir que Benito Mussolini fue un hondo intelectual lector de Tomás de Aquino. Ojalá pudiéramos decir que fue un matemático imponente o, cuando menos, que labró su popularidad porque en su juventud fue el mejor jugador de calcio de toda Italia. Ojalá pudiéramos decir que fue singular. Lejos de ello, y a pesar de tener ciertas dotes para la propaganda y el juego de los tiempos políticos que me parecen fuera de lugar, Benito Mussolini fue uno más.
Como tú.
Como yo.
Pensad en esto. Merece la pena. Cuanto más jóvenes seais, más pena merece.
lunes, julio 13, 2009
Negar a Dios en el siglo XXI
En estos últimos días, ha causado un cierto revuelo en la prensa española, y en la europea, la votación del parlamento irlandés en la que se aprobó una nueva redacción para la Defamation Act, o Ley Antidifamación; ley en la que, según muchas y múltiples valoraciones, se establecía como delito la blasfemia, esto es negar la existencia de Dios.
Cualquier persona que se lea tres o cuatro posts de este blog no tardará ni cinco minutos en descubrir que el Vaticano no es precisamente el país preferido de su autor. Pero las cosas son como son, no como queremos o nos gustaría que fuesen.
El texto definitivo de la ley aprobada por el parlamento irlandés se puede descargar en esta dirección. El merdé está en su partículo 36, que va tal que así:
36.—
(1) A person who publishes or utters blasphemous matter
shall be guilty of an offence and shall be liable upon conviction on
indictment to a fine not exceeding €25,000.
(2) For the purposes of this section, a person publishes or utters
blasphemous matter if—
(a) he or she publishes or utters matter that is grossly abusive
or insulting in relation to matters held sacred by any
religion, thereby causing outrage among a substantial
number of the adherents of that religion, and
(b) he or she intends, by the publication or utterance of the
matter concerned, to cause such outrage.
(3) It shall be a defence to proceedings for an offence under this
section for the defendant to prove that a reasonable person would
find genuine literary, artistic, political, scientific, or academic value
in the matter to which the offence relates.
(4) In this section “religion” does not include an organisation or
cult—
(a) the principal object of which is the making of profit, or
(b) that employs oppressive psychological manipulation—
(i) of its followers, or
(ii) for the purpose of gaining new followers.
Ensayaré una traducción libre:
36.-
(1) La persona que publique o proclame hechos blasfemos será culpable de ofensa y será responsable, si es declarada culpable, del pago de una multa de hasta 25.000 euros.
(2) Para el propósito de esta sección, se entenderá que una persona ha publicado o proclamado hechos blasfemos si:
(a) Ella o él publica o proclama contenidos que son claramente abusivos o insultantes en relación con materias tenidas por sagradas por alguna religión, de forma que ofendan a un número sustancial de creyentes de dicha religión, y
(b) Ella o él pretendan, mediante la publicación o la proclamación del contenido concernido, causar dicha ofensa.
(3) Se podrá aducir como defensa frente a las ofensas incluidas en esta sección la pureba de que una persona razonable podría apreciar un genuino valor literario, artístico, político, científico o académico en los contenidos considerados presuntamente ofensivos.
(4) A los efectos de lo dispuesto en esta sección, el concepto de religión no se entenderá incluye a toda organización o culto:
(a) Cuyo principal objeto sea la obtención de beneficios económicos
(b) Que emplee la manipulación psicológica opresiva
(i) de sus seguidores, o
(ii) para conseguir adeptos
A mí esta norma me parece retrógrada. Creo que atenta contra la libertad de expresión, sobre todo teniendo en cuenta que los corpus normativos de los países occidentales, como Irlanda, tienen herramientas más que sobradas para que quien se sienta insultado gravemente por la difusión de cualquier mensaje pueda acusar a su difusor de libelo, de injurias, de calmunias, de difamación, o de cualquier otra figura parecida. La convicencia democrática no tiene nada que ver con impedir el conflicto de expresión, sino con tener a disposición las herramientas necesarias para corregir aquellos casos en los que la expresión de ideas supera la frontera de lo razonable y respetuoso. Únicas excepciones a esta regla, en mi opinión, y no es en modo alguno una opinión común entre las gentes que conozco, es la difusión de determinadas opiniones que, en sí, no pueden ser sino ofensivas e irrespetuosas; por ejemplo, la negación del Holocausto.
Pero lo que no me parece es lo que la prensa ha querido hacer de ella. En primer lugar, sacar a la Santa Inquisición a pasear es pecar de notable desenfoque histórico. La Inquisición presupone una confesionalidad estatal que la redacción que acabamos de leer, por muy católica que sea Irlanda, confesional incluso, está lejos de sostener. Entre otras cosas porque, y éste es un detalle que todas las informaciones que he leído u ocultan o directamente desconocen, el redactado no está hecho para proteger a una sola religión, la católica, sino a todas (con la excepción de las sectas).
El concepto de blasfemia que ha manejado la prensa española (y otras que he leído también, porque en todas partes cuecen habas) es negar a Dios. Se nos ha venido a decir: si sales a la calle en Dublín y dices: «Dios no existe», te caen 25.000 euros de multa. Gilipolleces, con perdón. Lo que la ley dice es que aquello que tú dices tiene que ser groseramente ofensivo, y no para un colgao que te escuche y se encabrone, sino para un número significativo de católicos, de musulmanes, de protestantes o de budistas.
La ley no está protegiendo una verdad oficial (la existencia de Dios en Irlanda). La confusión proviene de que, una vez más, para los redactores de muchas noticias sobre la materia la Historia ni existe ni ha transcurrido y, por lo tanto, no hay evolución en los conceptos; lo cual les lleva a pensar que una blasfemia es la misma cosa hoy que hace quinientos años.
Ciertamente, hubo un tiempo en la Historia de los hombres en el que negar a Dios era una blasfemia, en el sentido de ser una afirmación prohibida que hería la sensibilidad (presuntamente) de la (presunta) mayoría de creyentes. Pero hoy en día, incluso en Irlanda, pocos retos se le pueden poner a un abogado más chupados que demostrar ante un juez que la negación de la existencia de Dios, lejos de ser una afirmación ofensiva, es una opinión largamente difundida, y aceptada, dentro del país. Sin ir más lejos, ¿cuántos años llevan publicándose en Irlanda las obras de Nietzsche en las que éste afirma que Dios ha muerto? ¿Cuántas ediciones ha conocido en Irlanda el Por qué no soy cristiano de Bertrand Russell? ¿Acaso ha habido una sola petición seria de que dichos libros sean retirados? Y, siendo así, ¿cómo podrá un solo colectivo presentarse ante un juez y convencerle de que, de repente, se siente ofendido por la afirmación de una persona que ha dicho creer que Dios no existe?
De hecho, en leyendo el artículo mentado, a mí me da que pensar que está redactado pensando mucho más en los musulmanes que en los cristianos. Más que nada, porque los últimos grandes casos que han afectado al concepto de blasfemia, y que yo diría que son el de las caricaturas de Mahoma y, antes incluso, la condena a muerte del escritor Salman Rushdie por la publicación de sus Versos satánicos, no han tenido nada que ver con Jesucristo.
También se lee mucho por internet eso de que la nueva ley supone la imposición en Irlanda de una especie de sharia. Quien sostiene esto no creo que sepa mucho de la sharia.
Desde luego, la ley es de una torpeza acojonante, y a mí me da la impresión de que puede generar una litigiosidad de la hueva, porque carga sobre las espaldas de los tribunales la consideración de elementos cruciales del asunto, como son la consideración de ofensa flagrante, la consideración de colectivo significativo dentro de los creyentes, y la consideración sobre la existencia de un valor estético o científico intrínseco en las opiniones objeto de denuncia. Pero eso es otra historia. El centro de la cuestión es que, a mi modo de ver, quien asume la responsabilidad de describir la realidad con objetividad, que no otra cosa es un periodista, debería realizar su labor con un poquito más de meticulosidad.
Cualquier persona que se lea tres o cuatro posts de este blog no tardará ni cinco minutos en descubrir que el Vaticano no es precisamente el país preferido de su autor. Pero las cosas son como son, no como queremos o nos gustaría que fuesen.
El texto definitivo de la ley aprobada por el parlamento irlandés se puede descargar en esta dirección. El merdé está en su partículo 36, que va tal que así:
36.—
(1) A person who publishes or utters blasphemous matter
shall be guilty of an offence and shall be liable upon conviction on
indictment to a fine not exceeding €25,000.
(2) For the purposes of this section, a person publishes or utters
blasphemous matter if—
(a) he or she publishes or utters matter that is grossly abusive
or insulting in relation to matters held sacred by any
religion, thereby causing outrage among a substantial
number of the adherents of that religion, and
(b) he or she intends, by the publication or utterance of the
matter concerned, to cause such outrage.
(3) It shall be a defence to proceedings for an offence under this
section for the defendant to prove that a reasonable person would
find genuine literary, artistic, political, scientific, or academic value
in the matter to which the offence relates.
(4) In this section “religion” does not include an organisation or
cult—
(a) the principal object of which is the making of profit, or
(b) that employs oppressive psychological manipulation—
(i) of its followers, or
(ii) for the purpose of gaining new followers.
Ensayaré una traducción libre:
36.-
(1) La persona que publique o proclame hechos blasfemos será culpable de ofensa y será responsable, si es declarada culpable, del pago de una multa de hasta 25.000 euros.
(2) Para el propósito de esta sección, se entenderá que una persona ha publicado o proclamado hechos blasfemos si:
(a) Ella o él publica o proclama contenidos que son claramente abusivos o insultantes en relación con materias tenidas por sagradas por alguna religión, de forma que ofendan a un número sustancial de creyentes de dicha religión, y
(b) Ella o él pretendan, mediante la publicación o la proclamación del contenido concernido, causar dicha ofensa.
(3) Se podrá aducir como defensa frente a las ofensas incluidas en esta sección la pureba de que una persona razonable podría apreciar un genuino valor literario, artístico, político, científico o académico en los contenidos considerados presuntamente ofensivos.
(4) A los efectos de lo dispuesto en esta sección, el concepto de religión no se entenderá incluye a toda organización o culto:
(a) Cuyo principal objeto sea la obtención de beneficios económicos
(b) Que emplee la manipulación psicológica opresiva
(i) de sus seguidores, o
(ii) para conseguir adeptos
A mí esta norma me parece retrógrada. Creo que atenta contra la libertad de expresión, sobre todo teniendo en cuenta que los corpus normativos de los países occidentales, como Irlanda, tienen herramientas más que sobradas para que quien se sienta insultado gravemente por la difusión de cualquier mensaje pueda acusar a su difusor de libelo, de injurias, de calmunias, de difamación, o de cualquier otra figura parecida. La convicencia democrática no tiene nada que ver con impedir el conflicto de expresión, sino con tener a disposición las herramientas necesarias para corregir aquellos casos en los que la expresión de ideas supera la frontera de lo razonable y respetuoso. Únicas excepciones a esta regla, en mi opinión, y no es en modo alguno una opinión común entre las gentes que conozco, es la difusión de determinadas opiniones que, en sí, no pueden ser sino ofensivas e irrespetuosas; por ejemplo, la negación del Holocausto.
Pero lo que no me parece es lo que la prensa ha querido hacer de ella. En primer lugar, sacar a la Santa Inquisición a pasear es pecar de notable desenfoque histórico. La Inquisición presupone una confesionalidad estatal que la redacción que acabamos de leer, por muy católica que sea Irlanda, confesional incluso, está lejos de sostener. Entre otras cosas porque, y éste es un detalle que todas las informaciones que he leído u ocultan o directamente desconocen, el redactado no está hecho para proteger a una sola religión, la católica, sino a todas (con la excepción de las sectas).
El concepto de blasfemia que ha manejado la prensa española (y otras que he leído también, porque en todas partes cuecen habas) es negar a Dios. Se nos ha venido a decir: si sales a la calle en Dublín y dices: «Dios no existe», te caen 25.000 euros de multa. Gilipolleces, con perdón. Lo que la ley dice es que aquello que tú dices tiene que ser groseramente ofensivo, y no para un colgao que te escuche y se encabrone, sino para un número significativo de católicos, de musulmanes, de protestantes o de budistas.
La ley no está protegiendo una verdad oficial (la existencia de Dios en Irlanda). La confusión proviene de que, una vez más, para los redactores de muchas noticias sobre la materia la Historia ni existe ni ha transcurrido y, por lo tanto, no hay evolución en los conceptos; lo cual les lleva a pensar que una blasfemia es la misma cosa hoy que hace quinientos años.
Ciertamente, hubo un tiempo en la Historia de los hombres en el que negar a Dios era una blasfemia, en el sentido de ser una afirmación prohibida que hería la sensibilidad (presuntamente) de la (presunta) mayoría de creyentes. Pero hoy en día, incluso en Irlanda, pocos retos se le pueden poner a un abogado más chupados que demostrar ante un juez que la negación de la existencia de Dios, lejos de ser una afirmación ofensiva, es una opinión largamente difundida, y aceptada, dentro del país. Sin ir más lejos, ¿cuántos años llevan publicándose en Irlanda las obras de Nietzsche en las que éste afirma que Dios ha muerto? ¿Cuántas ediciones ha conocido en Irlanda el Por qué no soy cristiano de Bertrand Russell? ¿Acaso ha habido una sola petición seria de que dichos libros sean retirados? Y, siendo así, ¿cómo podrá un solo colectivo presentarse ante un juez y convencerle de que, de repente, se siente ofendido por la afirmación de una persona que ha dicho creer que Dios no existe?
De hecho, en leyendo el artículo mentado, a mí me da que pensar que está redactado pensando mucho más en los musulmanes que en los cristianos. Más que nada, porque los últimos grandes casos que han afectado al concepto de blasfemia, y que yo diría que son el de las caricaturas de Mahoma y, antes incluso, la condena a muerte del escritor Salman Rushdie por la publicación de sus Versos satánicos, no han tenido nada que ver con Jesucristo.
También se lee mucho por internet eso de que la nueva ley supone la imposición en Irlanda de una especie de sharia. Quien sostiene esto no creo que sepa mucho de la sharia.
Desde luego, la ley es de una torpeza acojonante, y a mí me da la impresión de que puede generar una litigiosidad de la hueva, porque carga sobre las espaldas de los tribunales la consideración de elementos cruciales del asunto, como son la consideración de ofensa flagrante, la consideración de colectivo significativo dentro de los creyentes, y la consideración sobre la existencia de un valor estético o científico intrínseco en las opiniones objeto de denuncia. Pero eso es otra historia. El centro de la cuestión es que, a mi modo de ver, quien asume la responsabilidad de describir la realidad con objetividad, que no otra cosa es un periodista, debería realizar su labor con un poquito más de meticulosidad.
domingo, julio 12, 2009
Mussolini (5)
¿Qué ocurre exactamente el 3 de enero de 1925? Pues lo que ocurre es que el presidente del Gobierno, Benito Mussolini, se quita la última careta que le quedaba, se va al parlamento y ante los diputados grita más que dice: «si los fascistas son una banda de delinuentes, yo soy su jefe».
Es el punto culminante de un proceso dilatado en el que el Duce ha hecho valer la principal de sus habilidades: el control de los tiempos. Para cuando Mussolini se pone descaradamente al frente de las partidas de la porra que pululan por todo el país, Italia ya no puede pasar sin él. Es la dictadura. Así las cosas, la supresión de los partidos políticos, en 1926, no es sino un hecho lógico.
La dictadura italiana se parece mucho a la alemana, y en general a todas las fascistas, en el detalle de ofrecer a la sociedad una mejora objetiva de sus condiciones de vida, casi inmediata; además de eso que se ha dado en llamar sensibilidad social. Porque la visión de las dictaduras fascistas como enemigas declaradas del obrero es, a mi modo de ver, una visión interesada, procedente sobre todo de los marxistas. El fascismo es siempre radicalmente antimarxista, pero eso no quiere decir necesariamente antiobrero. El mercado laboral más rígido, más protector del trabajador como tal, de la Historia de España fue el creado por Franco, que es lo más parecido a un fascista que hemos tenido (de momento al menos). Y Mussolini creó la primera legislación social italiana propiamente dicha. Una legislación, por supuesto, basada en el concepto de Estado corporativo, un Estado sin distinción de clases convertido en un sindicato de productores. Esta idea viajó sin escalas a España durante esos años y fascinó al joven abogado José Antonio Primo de Rivera. El falangismo español fue escasamente nazi y decididamente mussoliniano.
En realidad, los modelos mussoliniano y falanjo-franquista se parecen enormemente en este terreno de la economía y las relaciones de producción. Franco sembró España de presas que buena falta hacían; la rallada de Mussolini fueron las autopistas, pero al caso es casi lo mismo. El apoyo de Mussolini a la industria fue tan decidido que la presencia italiana en el sector automovilístico, hoy aún totalmente visible a pesar de que Kimi Raikkonen y Felipe Massa no están teniendo su mejor año, en gran parte se labró entonces. Y, asimismo, otro elemento claro del fascismo italiano, copiado por Franco, fue el apoyo decidido a la familia. La Italia fascista impuso un impuesto especial sobre la soltería y premió a las familias numerosas.
Aún así, siendo como era el Partido Fascista, como el NSDAP alemán, una especie de cotolengo de mediocres, a aquel régimen, además de la falta de libertades, no le faltaron otras cosas propias de tontos del culo. Ahí está, por ejemplo, la figura de Achile Starace, a quien se considera el gran teórico del nuevo estilo fascista, padre de ideas tan peregrinas como imponerle un uniforme... ¡a la policía secreta!
Otra idea del fascismo, por cierto, fue la retirada del ustedeo del trato habitual entre italianos. Mussolini consideraba que tratar a la gente con tal conmiseración era una rémora spagnolesca, es decir propia de españoles.
Desde la dictadura, Mussolini se aplicó para encontrar y explotar su guerrita gilipollas.
En abril de 1935, cuando Mussolini negocie con Francia e Inglaterra en Stresa un pacto para garantizar la paz, dejará bien claro que las conversaciones se refieren a Europa. Para entonces ya está pensando en África. En este punto tampoco es original. Hitler también basa parte de su discurso nazi en la necesidad de que Alemania cuente con un imperio colonial del estilo del inglés y francés, porque colonias significa materias primas, poder económico y poder territorial.
Evidentemente, Mussolini, que se siente descendiente de Julio César y de Virgilio y cuando menos formalmente lo es, tiene, puesto a reivindicar un Imperio, como para reclamar medio mundo. No obstante, debe buscar con cuidado terrenos que no piden los callos de esos compañeros de continente con los que está firmando papelitos en los que dice que jamás va a levantarles la mano (y es que la diplomacia y la violencia doméstica se parecen como una castaña verde a otra castaña verde).
El fascismo italiano echa mano de fuentes tan modernas como el escritor clásico Plinio para demostrar las enormes riquezas existentes en Etiopía, la posible patria de la princesa Nefertiti y elemento atractor de la religión rastafari. Además, se dice que en la Dancalia puede haber petróleo. Mussolini se autoconvence de su propia mentira que quiere ver en Etiopía la tierra de promisión a la que podrá enviar al medio millón de italianos parados, todo ello a pesar de las décadas de emigración, sobre todo hacia Estados Unidos, que en ese momento ya se acumulan. En aquella Italia de los años veinte, uno de los productos más populares son las primeras postales eróticas que se ven por allí; son fotos de abisinias con las tetas al aire. Al igual que la fiebre del oro envió auténticos ejércitos a California, todos esos sueños de riqueza y buena vida henchen las cajas de recluta.
En febrero de 1935, como oportuna respuesta a determinados incidentes casualmente producidos, se realiza el primer envío de tropas. La División Pelorilana marcha cantando aquello de Addis Abbeba/será romana/y su bandera será la italiana... El 20 de marzo, mientras Etiopía reclama el amparo de la Sociedad de Nacionales, los italianos desembarcan en Massaua. Mussolini acepta el diálogo con la Sociedad de Naciones aunque, en realidad, sólo es una estratagema para permitir la acumulación de tropas.
El 2 de octubre de 1935, las campañas de todas las iglesias convocan a las gentes a la plaza mayor de los pueblos. Se decreta incluso el cierre de los colegios para escuchar al Duce. Mussolini, desde los altavoces, himpla: «Italia proletaria y fascista: ¡En pie!» O, como diría Groucho Marx: «¡Más madera, es la guerra!»
Tras la llamada, al ejército italiano le cuesta cuatro días entrar en Adua. La SDN dicta sanciones contra Italia. Para qué quería más el fascismo. En todo el país, se lleva a cabo una operación de hiperitalianización que supone el borrado de todo lo que sea extranjero, muy especialmente francés o inglés. Se prohíbe la costumbre de los árboles de Navidad (aunque volvería después, con la teoría de que, en realidad, está relacionada con la consideración de mágicos que tienen los árboles en el animismo de raíz germánica). Los italianos dejan de tener pullover para tener maglione, cuando consiguen ligar, eso ya no es un flirt sino un amoretto (¿di Saronno?). Y al foot-ball se le impone el nombre de calcio... como podemos ver, no todas las trazas del fascismo han desaparecido hoy en día.
Más pruebas de histeria colectiva. Mussolini inventa el Día de la Alianza, el día en el que todos los italianos entregan a su Duce su anillo de casados, de oro, recibiendo a cambio uno de acero. La prensa de la época subrayó el hecho de que hasta las putas entregaron sus anillos. Treinta kilos de estos anillos, por cierto, acabaron en el fondo del río Mera, donde los tiraron los fascistas en 1945 en su huida de Italia. Un pescador, como el Smeagol de Tolkien, encontró la pequeña fortuna.
No le faltan a Mussolini, por cierto, los apoyos de quienes lo consideran, con su guerrita eritrea, un campeón de la Cristiandad y la Evangelización. Así lo afirma el cardenal Shuster en 1935. El Vaticano, ya se sabe, siempre a pelo y a pluma.
El 6 de mayo de 1936, apenas unas semanas antes de que estalle la guerra española, y en una piazza Venezia en la que ya no cabe ni un lapo, Mussolini decreta el fin de la guerra de Etiopía y el primer día de existencia del imperio italiano. Los italianos cantan Facetta Nera y se acuestan esa noche pensando que son, como hace dos mil años, lo más de lo más del mundo mundial.
Tres años después, el gasto de la economía italiana en su imperio es diez veces superior a los ingresos. La guerrita fue gilipollas, y el imperio una cagada.
Mussolini visita Berlín en septiembre de 1937. Allí nace el Eje, en alguna medida. A su vuelta a Roma, Italia abandona la Sociedad de Naciones. En enero de 1938, el país comienza una campaña antisemita por la que, por primera vez en su Historia, Italia persigue a los judíos para masacrarlos (bueno, más bien para que los masacren otros). Para darle lógica a esta historia es necesario multiplicar la propaganda en el sentido de que los italianos son una especie de versión sureña de la raza aria; que es algo que no se creería nadie en sus cabales, ni siquiera tras la ingestión de una caja entera de vodka. Hitler visita Roma el 4 de mayo. El recimiento es tan apoteósico que para el mismo se remodelan calles y barrios como si en lugar de una visita fuese una Olimpiada o una gallardonada.
Quizá el punto más alto de la vida de Mussolini se da en 1938, cuando interviene en la conferencia de Munich y puede aparecer, incluso fuera de Italia, como el salvador de una situación que para todos olía a guerra. En esos tiempos, además, el Duce hace organizar un montón de paradas y desfiles, buscando dar la impresión al mundo de que tiene un ejército de la hueva, a lo que también colabora su implicación en la guerra española. Cuando el 15 de marzo de 1939, Hitler ocupe Bohemia y Moravia, Mussolini decide que él no puede ser menos y, tras parlamentar con los alemanes, decide invadir él también, en este caso a Albania. El 7 de abril, los italianos desembarcan en Durazzo y doblegan el país con facilidad.
Como sabemos bien, el 1 de septiembre de 1939, con la invasión de Polonia, comienza la segunda guerra mundial o, si queremos ser más precisos, la guerra entre Francia e Inglaterra por una parte, y Alemania por la otra.
En las semanas anteriores, el mes de agosto, Mussolini ha pasado por tremendas indecisiones. Sabemos por su yerno el conde Ciano que intentó repetir la jugada de Munich convocando una conferencia internacional; hecho éste que nos viene a demostrar que no tenía ni puta idea de por dónde le iba el viento a su amigo Hitler. Por lo demás, como hemos visto en el asunto de Albania, a Mussolini le corroe la idea de que Alemania pueda ser más que Italia. No está dispuesto a dejar que los alemanes se hagan con Croacia y Dalmacia sin que ellos se lleven una parte del pastel. En fechas tan tardía como el 23 de agosto, confiesa que Italia no está preparada para la guerra (en puridad, no lo estará nunca). Finalmente, en septiembre decide quedarse quieto.
Pero la quietud de Mussolini está muy pendiente de Hitler. En la cabeza de Mussolini, tras su pacto con la URSS, Alemania se ha convertido verdaderamente en un enemigo potente. Aunque no podemos asegurarlo con total sicurezza, lo más probable es que lo que detuviese la implicación de Italia en la guerra desde el primer momento fuese la Línea Maginot. Hoy la Línea Maginot nos parece de chicle porque sabemos la facilidad con que Hitler se la rebanó; pero, en aquellos tiempos, era tenida por una poderosa máquina defensiva capaz de parar casi cualquier cosa. En la mente de Mussolini, mientras Hitler, que tras darse besitos con Stalin tenía que avanzar hacia el Oeste, permaneciese frenado por la Maginot, a un país como Italia, tan cercano a Francia, no le convenía enseñar ni medio testículo.
El 1 de marzo de 1940, Hitler y Mussolini se entrevistan en Brennero. Es la particular entrevista de Hendaya de los italianos, aunque con resultado bien distinto. En realidad, no sabemos realmente qué fue lo que entendió Mussolini de lo que le dijo Hitler pues, en un arrebato de chulería muy propio de él, y a pesar de que sus conocimientos del alemán provenían de unas tardes de auswandig lernen, prescindió del intérprete. Aún así, resulta difícil que no sacase la idea de que Hitler iba a arrearle a Francia unas hostias como panes sí o sí.
Alemania se pasea por Bélgica. Luego entra en Francia, por donde menos se la espera. En ese momento, Francia tiene la fama mundial de tener una maquinaria militar invencible, napoleónica. Hitler se pasa a los gabachos por el forro de los cojones de sus carros de combate y los forra de disparos en el culo. Los ingleses hacen lo que pueden en Dunquerque, que apenas es salvar el suyo. La Línea Maginot a tomar vientos. Es todo lo que necesita Mussolini quien, además, está convencido de que Inglaterra está en las últimas (la verdad, es muy fácil juzgar la Historia a toro pasado, pero, ¿quién no habría creído eso después de Dunquerque?). El 11 de junio entra en la guerra y avanza por la Saboya francesa. La campaña italiana, completamente tapada por los hechos de armas hitlerianos, es un desastre en el que no se produce ni una sola victoria. A pesar de las presiones italianas para retrasar el armisticio francoalemán, éste se firma antes de que los italianos hayan podido tomar siquiera Niza, su primer objetivo.
Encabronado por esta semihumillación, Mussolini mira a su alrededor. Y encuentra Grecia. Un aliado de Inglaterra al que cree país atrasado, poco menos que sin ejército. Italia, además, posee el trampolín albanés. Los generales le dicen que se corte, pero Mussolini tiene sus propias ideas. El 28 de octubre de 1940, 100.000 italianos invaden Grecia. Tres días después, tres, los frentes están ya estancados, a pesar de que los griegos son apenas 40.000. Es en ese momento cuando llega el primo de Zumosol. Hitler entra en Yugoslavia como si fuese la cocina de su casa y mete sus tropas en Grecia. Esta entrada alemana en Grecia acaba para siempre con Mussolini como jefe militar con campañas propias.
La guerra empieza a cobrarle cosas a Mussolini. Sobre todo en África. El 26 de enero de 1941 cae Bardia y luego Tobruk. La Armada italiana no puede garantizarle al Eje el dominio de las aguas del Mediterráneo, donde campan los buques ingleses, aprovisionados en esa su base de Gibraltar que el prohitleriano Franco ni se ha atrevido a pensar en quitarles. Bombas inglesas bombardean Génova. El 7 de abril, los italianos abandonan Addis Abebba. En la primavera de 1942, con la reconquista de Bengasi y Tobruk por el Eje, 30.000 prisioneros británicos, la suerte parece cambiar. El 23 de junio, Hitler telegrafía a Mussolini que el Eje va a arrebatar Egipto a Inglaterra. El Duce, aunque sabe que el mérito de todo ello, de ser de alguien, es de Erwin Rommel, piensa inmediatamente en sacar tajada. Decide que va a protagonizar un gran acto de adhesión fascista en Alejandría. Ya no piensa más que en Egipto. Su Estado Mayor se desgañita recomendándole que se deje de procesiones y concentre sus esfuerzos en tomar Malta, el otro gran punto de aprovisionamiento británico en el Mare Nostrum junto con Gibraltar. Pero Mussolini pasa.
El 29 de junio de 1942, vuela a Tripoli, para estar cerca de la fiesta que se acerca. Pasa los primeros días de julio Mussolini en Tripoli organizando lo que será el Egipto italiano que espera arrancarle a Hitler (no hubo caso; pero me da a mí la impresión de que Hitler antes se habría arrancado un ojo con la cucharilla de café del desayuno que regalarle a Mussolini un puto ático de 35 metros cuadrados en Egipto). Medio compone el himno de la nueva nación y diseña su fiesta alejandrina, bastante parecida a los triunfos romanos.
El 20 de julio, el Duce vuelve a Italia. El Eje ha sido frenado en El Alamein. Además, cuatro días después, se produce el primer gran desembarco aliado en África del Norte. Pintan bastos para todo lo que huela a Hitler.
Hay una cuesta abajo. Muy pronunciada. Lo que no sabemos es hasta qué punto don Benito la ve.
Es el punto culminante de un proceso dilatado en el que el Duce ha hecho valer la principal de sus habilidades: el control de los tiempos. Para cuando Mussolini se pone descaradamente al frente de las partidas de la porra que pululan por todo el país, Italia ya no puede pasar sin él. Es la dictadura. Así las cosas, la supresión de los partidos políticos, en 1926, no es sino un hecho lógico.
La dictadura italiana se parece mucho a la alemana, y en general a todas las fascistas, en el detalle de ofrecer a la sociedad una mejora objetiva de sus condiciones de vida, casi inmediata; además de eso que se ha dado en llamar sensibilidad social. Porque la visión de las dictaduras fascistas como enemigas declaradas del obrero es, a mi modo de ver, una visión interesada, procedente sobre todo de los marxistas. El fascismo es siempre radicalmente antimarxista, pero eso no quiere decir necesariamente antiobrero. El mercado laboral más rígido, más protector del trabajador como tal, de la Historia de España fue el creado por Franco, que es lo más parecido a un fascista que hemos tenido (de momento al menos). Y Mussolini creó la primera legislación social italiana propiamente dicha. Una legislación, por supuesto, basada en el concepto de Estado corporativo, un Estado sin distinción de clases convertido en un sindicato de productores. Esta idea viajó sin escalas a España durante esos años y fascinó al joven abogado José Antonio Primo de Rivera. El falangismo español fue escasamente nazi y decididamente mussoliniano.
En realidad, los modelos mussoliniano y falanjo-franquista se parecen enormemente en este terreno de la economía y las relaciones de producción. Franco sembró España de presas que buena falta hacían; la rallada de Mussolini fueron las autopistas, pero al caso es casi lo mismo. El apoyo de Mussolini a la industria fue tan decidido que la presencia italiana en el sector automovilístico, hoy aún totalmente visible a pesar de que Kimi Raikkonen y Felipe Massa no están teniendo su mejor año, en gran parte se labró entonces. Y, asimismo, otro elemento claro del fascismo italiano, copiado por Franco, fue el apoyo decidido a la familia. La Italia fascista impuso un impuesto especial sobre la soltería y premió a las familias numerosas.
Aún así, siendo como era el Partido Fascista, como el NSDAP alemán, una especie de cotolengo de mediocres, a aquel régimen, además de la falta de libertades, no le faltaron otras cosas propias de tontos del culo. Ahí está, por ejemplo, la figura de Achile Starace, a quien se considera el gran teórico del nuevo estilo fascista, padre de ideas tan peregrinas como imponerle un uniforme... ¡a la policía secreta!
Otra idea del fascismo, por cierto, fue la retirada del ustedeo del trato habitual entre italianos. Mussolini consideraba que tratar a la gente con tal conmiseración era una rémora spagnolesca, es decir propia de españoles.
Desde la dictadura, Mussolini se aplicó para encontrar y explotar su guerrita gilipollas.
En abril de 1935, cuando Mussolini negocie con Francia e Inglaterra en Stresa un pacto para garantizar la paz, dejará bien claro que las conversaciones se refieren a Europa. Para entonces ya está pensando en África. En este punto tampoco es original. Hitler también basa parte de su discurso nazi en la necesidad de que Alemania cuente con un imperio colonial del estilo del inglés y francés, porque colonias significa materias primas, poder económico y poder territorial.
Evidentemente, Mussolini, que se siente descendiente de Julio César y de Virgilio y cuando menos formalmente lo es, tiene, puesto a reivindicar un Imperio, como para reclamar medio mundo. No obstante, debe buscar con cuidado terrenos que no piden los callos de esos compañeros de continente con los que está firmando papelitos en los que dice que jamás va a levantarles la mano (y es que la diplomacia y la violencia doméstica se parecen como una castaña verde a otra castaña verde).
El fascismo italiano echa mano de fuentes tan modernas como el escritor clásico Plinio para demostrar las enormes riquezas existentes en Etiopía, la posible patria de la princesa Nefertiti y elemento atractor de la religión rastafari. Además, se dice que en la Dancalia puede haber petróleo. Mussolini se autoconvence de su propia mentira que quiere ver en Etiopía la tierra de promisión a la que podrá enviar al medio millón de italianos parados, todo ello a pesar de las décadas de emigración, sobre todo hacia Estados Unidos, que en ese momento ya se acumulan. En aquella Italia de los años veinte, uno de los productos más populares son las primeras postales eróticas que se ven por allí; son fotos de abisinias con las tetas al aire. Al igual que la fiebre del oro envió auténticos ejércitos a California, todos esos sueños de riqueza y buena vida henchen las cajas de recluta.
En febrero de 1935, como oportuna respuesta a determinados incidentes casualmente producidos, se realiza el primer envío de tropas. La División Pelorilana marcha cantando aquello de Addis Abbeba/será romana/y su bandera será la italiana... El 20 de marzo, mientras Etiopía reclama el amparo de la Sociedad de Nacionales, los italianos desembarcan en Massaua. Mussolini acepta el diálogo con la Sociedad de Naciones aunque, en realidad, sólo es una estratagema para permitir la acumulación de tropas.
El 2 de octubre de 1935, las campañas de todas las iglesias convocan a las gentes a la plaza mayor de los pueblos. Se decreta incluso el cierre de los colegios para escuchar al Duce. Mussolini, desde los altavoces, himpla: «Italia proletaria y fascista: ¡En pie!» O, como diría Groucho Marx: «¡Más madera, es la guerra!»
Tras la llamada, al ejército italiano le cuesta cuatro días entrar en Adua. La SDN dicta sanciones contra Italia. Para qué quería más el fascismo. En todo el país, se lleva a cabo una operación de hiperitalianización que supone el borrado de todo lo que sea extranjero, muy especialmente francés o inglés. Se prohíbe la costumbre de los árboles de Navidad (aunque volvería después, con la teoría de que, en realidad, está relacionada con la consideración de mágicos que tienen los árboles en el animismo de raíz germánica). Los italianos dejan de tener pullover para tener maglione, cuando consiguen ligar, eso ya no es un flirt sino un amoretto (¿di Saronno?). Y al foot-ball se le impone el nombre de calcio... como podemos ver, no todas las trazas del fascismo han desaparecido hoy en día.
Más pruebas de histeria colectiva. Mussolini inventa el Día de la Alianza, el día en el que todos los italianos entregan a su Duce su anillo de casados, de oro, recibiendo a cambio uno de acero. La prensa de la época subrayó el hecho de que hasta las putas entregaron sus anillos. Treinta kilos de estos anillos, por cierto, acabaron en el fondo del río Mera, donde los tiraron los fascistas en 1945 en su huida de Italia. Un pescador, como el Smeagol de Tolkien, encontró la pequeña fortuna.
No le faltan a Mussolini, por cierto, los apoyos de quienes lo consideran, con su guerrita eritrea, un campeón de la Cristiandad y la Evangelización. Así lo afirma el cardenal Shuster en 1935. El Vaticano, ya se sabe, siempre a pelo y a pluma.
El 6 de mayo de 1936, apenas unas semanas antes de que estalle la guerra española, y en una piazza Venezia en la que ya no cabe ni un lapo, Mussolini decreta el fin de la guerra de Etiopía y el primer día de existencia del imperio italiano. Los italianos cantan Facetta Nera y se acuestan esa noche pensando que son, como hace dos mil años, lo más de lo más del mundo mundial.
Tres años después, el gasto de la economía italiana en su imperio es diez veces superior a los ingresos. La guerrita fue gilipollas, y el imperio una cagada.
Mussolini visita Berlín en septiembre de 1937. Allí nace el Eje, en alguna medida. A su vuelta a Roma, Italia abandona la Sociedad de Naciones. En enero de 1938, el país comienza una campaña antisemita por la que, por primera vez en su Historia, Italia persigue a los judíos para masacrarlos (bueno, más bien para que los masacren otros). Para darle lógica a esta historia es necesario multiplicar la propaganda en el sentido de que los italianos son una especie de versión sureña de la raza aria; que es algo que no se creería nadie en sus cabales, ni siquiera tras la ingestión de una caja entera de vodka. Hitler visita Roma el 4 de mayo. El recimiento es tan apoteósico que para el mismo se remodelan calles y barrios como si en lugar de una visita fuese una Olimpiada o una gallardonada.
Quizá el punto más alto de la vida de Mussolini se da en 1938, cuando interviene en la conferencia de Munich y puede aparecer, incluso fuera de Italia, como el salvador de una situación que para todos olía a guerra. En esos tiempos, además, el Duce hace organizar un montón de paradas y desfiles, buscando dar la impresión al mundo de que tiene un ejército de la hueva, a lo que también colabora su implicación en la guerra española. Cuando el 15 de marzo de 1939, Hitler ocupe Bohemia y Moravia, Mussolini decide que él no puede ser menos y, tras parlamentar con los alemanes, decide invadir él también, en este caso a Albania. El 7 de abril, los italianos desembarcan en Durazzo y doblegan el país con facilidad.
Como sabemos bien, el 1 de septiembre de 1939, con la invasión de Polonia, comienza la segunda guerra mundial o, si queremos ser más precisos, la guerra entre Francia e Inglaterra por una parte, y Alemania por la otra.
En las semanas anteriores, el mes de agosto, Mussolini ha pasado por tremendas indecisiones. Sabemos por su yerno el conde Ciano que intentó repetir la jugada de Munich convocando una conferencia internacional; hecho éste que nos viene a demostrar que no tenía ni puta idea de por dónde le iba el viento a su amigo Hitler. Por lo demás, como hemos visto en el asunto de Albania, a Mussolini le corroe la idea de que Alemania pueda ser más que Italia. No está dispuesto a dejar que los alemanes se hagan con Croacia y Dalmacia sin que ellos se lleven una parte del pastel. En fechas tan tardía como el 23 de agosto, confiesa que Italia no está preparada para la guerra (en puridad, no lo estará nunca). Finalmente, en septiembre decide quedarse quieto.
Pero la quietud de Mussolini está muy pendiente de Hitler. En la cabeza de Mussolini, tras su pacto con la URSS, Alemania se ha convertido verdaderamente en un enemigo potente. Aunque no podemos asegurarlo con total sicurezza, lo más probable es que lo que detuviese la implicación de Italia en la guerra desde el primer momento fuese la Línea Maginot. Hoy la Línea Maginot nos parece de chicle porque sabemos la facilidad con que Hitler se la rebanó; pero, en aquellos tiempos, era tenida por una poderosa máquina defensiva capaz de parar casi cualquier cosa. En la mente de Mussolini, mientras Hitler, que tras darse besitos con Stalin tenía que avanzar hacia el Oeste, permaneciese frenado por la Maginot, a un país como Italia, tan cercano a Francia, no le convenía enseñar ni medio testículo.
El 1 de marzo de 1940, Hitler y Mussolini se entrevistan en Brennero. Es la particular entrevista de Hendaya de los italianos, aunque con resultado bien distinto. En realidad, no sabemos realmente qué fue lo que entendió Mussolini de lo que le dijo Hitler pues, en un arrebato de chulería muy propio de él, y a pesar de que sus conocimientos del alemán provenían de unas tardes de auswandig lernen, prescindió del intérprete. Aún así, resulta difícil que no sacase la idea de que Hitler iba a arrearle a Francia unas hostias como panes sí o sí.
Alemania se pasea por Bélgica. Luego entra en Francia, por donde menos se la espera. En ese momento, Francia tiene la fama mundial de tener una maquinaria militar invencible, napoleónica. Hitler se pasa a los gabachos por el forro de los cojones de sus carros de combate y los forra de disparos en el culo. Los ingleses hacen lo que pueden en Dunquerque, que apenas es salvar el suyo. La Línea Maginot a tomar vientos. Es todo lo que necesita Mussolini quien, además, está convencido de que Inglaterra está en las últimas (la verdad, es muy fácil juzgar la Historia a toro pasado, pero, ¿quién no habría creído eso después de Dunquerque?). El 11 de junio entra en la guerra y avanza por la Saboya francesa. La campaña italiana, completamente tapada por los hechos de armas hitlerianos, es un desastre en el que no se produce ni una sola victoria. A pesar de las presiones italianas para retrasar el armisticio francoalemán, éste se firma antes de que los italianos hayan podido tomar siquiera Niza, su primer objetivo.
Encabronado por esta semihumillación, Mussolini mira a su alrededor. Y encuentra Grecia. Un aliado de Inglaterra al que cree país atrasado, poco menos que sin ejército. Italia, además, posee el trampolín albanés. Los generales le dicen que se corte, pero Mussolini tiene sus propias ideas. El 28 de octubre de 1940, 100.000 italianos invaden Grecia. Tres días después, tres, los frentes están ya estancados, a pesar de que los griegos son apenas 40.000. Es en ese momento cuando llega el primo de Zumosol. Hitler entra en Yugoslavia como si fuese la cocina de su casa y mete sus tropas en Grecia. Esta entrada alemana en Grecia acaba para siempre con Mussolini como jefe militar con campañas propias.
La guerra empieza a cobrarle cosas a Mussolini. Sobre todo en África. El 26 de enero de 1941 cae Bardia y luego Tobruk. La Armada italiana no puede garantizarle al Eje el dominio de las aguas del Mediterráneo, donde campan los buques ingleses, aprovisionados en esa su base de Gibraltar que el prohitleriano Franco ni se ha atrevido a pensar en quitarles. Bombas inglesas bombardean Génova. El 7 de abril, los italianos abandonan Addis Abebba. En la primavera de 1942, con la reconquista de Bengasi y Tobruk por el Eje, 30.000 prisioneros británicos, la suerte parece cambiar. El 23 de junio, Hitler telegrafía a Mussolini que el Eje va a arrebatar Egipto a Inglaterra. El Duce, aunque sabe que el mérito de todo ello, de ser de alguien, es de Erwin Rommel, piensa inmediatamente en sacar tajada. Decide que va a protagonizar un gran acto de adhesión fascista en Alejandría. Ya no piensa más que en Egipto. Su Estado Mayor se desgañita recomendándole que se deje de procesiones y concentre sus esfuerzos en tomar Malta, el otro gran punto de aprovisionamiento británico en el Mare Nostrum junto con Gibraltar. Pero Mussolini pasa.
El 29 de junio de 1942, vuela a Tripoli, para estar cerca de la fiesta que se acerca. Pasa los primeros días de julio Mussolini en Tripoli organizando lo que será el Egipto italiano que espera arrancarle a Hitler (no hubo caso; pero me da a mí la impresión de que Hitler antes se habría arrancado un ojo con la cucharilla de café del desayuno que regalarle a Mussolini un puto ático de 35 metros cuadrados en Egipto). Medio compone el himno de la nueva nación y diseña su fiesta alejandrina, bastante parecida a los triunfos romanos.
El 20 de julio, el Duce vuelve a Italia. El Eje ha sido frenado en El Alamein. Además, cuatro días después, se produce el primer gran desembarco aliado en África del Norte. Pintan bastos para todo lo que huela a Hitler.
Hay una cuesta abajo. Muy pronunciada. Lo que no sabemos es hasta qué punto don Benito la ve.
viernes, julio 10, 2009
Mussolini (4)
Decíamos ayer...
Benito Mussolini y su compañera Rachele se fueron la noche del 27 de octubre de 1922 al teatro. La viuda alegre. Todavía no había llegado la mitad de la representación cuando el matrimonio se escabulló elegantemente del lugar. Todo había sido una artimaña de Mussolini para estar «localizable» para la policía en el momento en que comenzaba la marcha sobre Roma.
A pesar de esta machada, el hecho más claro es que la marcha sobre Roma distó muchísimo de ser una sorpresa para nadie. Por mucho que la policía no conociese los detalles concretos ideados por los «generales» de la operación (Emilio de Bono, Cesare de Vecchi, Italo Balbo y Michele Bianchi), lo que sí sabía es que los planes existían, y que Mussolini tenía bastante más que papel en ellos. La cosa está tan clara que incluso los generales, horas antes de su marcha, son invitados a cenar en Bordighera por la reina madre Margarita (famosa por la pizza que lleva su nombre, y cuya invención y existencia tiene un motivo muy concreto); y, a los postres, son animados por la regia anfitriona en sus iniciativas.
La marcha sobre Roma se conformó como una serie de doce pequeñas marchas que habían de confluir cerca de la capital en tres lugares: Marinella, Mentana y Tivoli. Algunos días antes, el 24, se ha celebrado el congreso del PNF, con la impresionante participación de 40.000 camisas negras. Es ahí donde Mussolini pronuncia una de sus frases más célebres: «Yo os digo con toda solemnidad que el momento requiere: o nos entregan el Gobierno o iremos nosotros a Roma para conquistarlo». Probablemente, en ese momento el Duce sabe ya que las estructuras del poder político, que hasta ese momento han soportado y apoyado el fascismo por omisión, están ya agraces para dejarle paso. Luigi Facta, presidente del gobierno, envía al rey Víctor Manuel un informe la noche tras ese mismo discurso, en el que le asegura tener la convicción de que los fascistas han abandonado la idea de marchar sobre Roma. Esto ha llevado a mucho historiadores a tomar a Facta por gilipollas. Yo, honradamente, no lo creo. Creo que nadie es tan estúpido.
El gobierno se entera del inicio de la marcha sobre Roma a las once de la noche del día 27, cuando Mussolini está teóricamente en el teatro milanés. Quizá sabe, o quizá no, que va a tener un último, postrer aliado.
En las primeras horas del día 28, el presidente Facta se presenta ante el rey Victor Manuel III. Lleva en su mano un decreto, que precisa la sanción real, para declarar el estado de guerra, cual es la oblígación de todo presidente del Gobierno que se encuentra con una medida de presión como la marcha. Pero Víctor Manuel, quizá uno de los reyes más bajitos de la Historia (apenas metro y medio) y casi con seguridad el más psicológicamente atormentado por dicha medianía, decide entrar en la Historia como un elefante en una cabina de teléfonos, y se niega a firmar la norma. No pocos historiadores consideran que lo que pudo decidirle fue la noticia de que su primo el duque de Aosta había visitado a los generales de la marcha en Perugia. Según esta teoría, Víctor Manuel pudo temer ser sustituido por otro rey más fascista, puesto para el que en su familia sobraban los candidatos y las candidatas. Por cosas así es por lo que Italia es una república.
Los camisas negras avanzan en la noche del 27 ocupando sin resistencia las ciudades por las que pasan. Llovió de la hostia aquella noche. En consecuencia, muy lejos de la imagen que el fascismo italiano dio de si mismo, una marcha disciplinada y cantarina, la llegada de los marchadores a Roma fue escalonada, casi se diría que caótica; y el grueso de los ocupantes eran tipos mojados como ratas ahogadas, que dicen los británicos, y en modo alguno armados y con voluntad de defenderse frente a quien eventualmente hubiese intentado reducirlos. En total, se calcula que el fascismo puso en Roma a unos 50.000 camisas negras, la mayoría desarmados, que habrían sido fácilmente reducidos con los 25.000 efectivos de que disponía el general Pugliese. Sin embargo, las fuerzas del orden no actuaron y, para cuando los recién llegados se iban enterando de que el rey se había negado a ponerles trabas declarando el estado de guerra, comenzaron a creer en su victoria contra nadie.
Aunque no había que ser muy valiente para participar en aquella marcha que más parecía el Rocío que una invasión peligrosa, Mussolini no estuvo en ella. De hecho, el Duce no se movió de Milán hasta las dos de la tarde del día 29, cuando recibió el esperado telegrama del general Cittadini: «De Roma. Quirinal. Al onorevole Benito Mussolini, Milán. Su Majestad el rey, habiendo decidido confiarle la formación del Gobierno, ruega se traslade inmediatamente a Roma».
Mussolini no es tonto. Tiene una clara percepción de los tiempos. Su primer gobierno, formado el día 30, tiene sólo tres fascistas en su seno. Pero, como sabemos bien, ésta no es la única línea de actuación del fascismo. En 1923, como represalia por la muerte de dos camisas negras en una disputa particular, la escuadra de Pietro Brandimarte mata a 22 antifascistas, uno de los cuales es arrastrado por las calles, ya muerto, por un camión. El Duce disuelve el Fascio de Milán, responsable de la brutalidad; pero nombra a Brandimarte para un alto cargo en el ejército. Por el camino, crea la Milizia Volontaria per la Sicurezza Nazionale, una guardia pretoriana personal, formada por fascistas.
El Duce sabe que con la mera violencia no llegará a dominar la sociedad italiana. Hace falta tocar el corazoncito de los italianos. Como buen periodista que es, Mussolini sabe que no hay nada como un buen enemigo al que dar palos para que la gente te siga. El 27 de agosto de 1923, cinco italianos son atacados y asesinados en Grecia. El país se conmueve. El gobierno se indigna. Se presenta un ultimátum a Grecia. El día 31, la escuadra bombardea Corfú y acaba ocupándola.
Mussolini ha encontrado su karma: las guerritas gilipollas.
Días después de la toma de Corfú, Gran Bretaña, aliada natural de Grecia, insta a Italia a devolver la ciudad. Lo creamos o no, el Duce reúne a su gente para hacerse unos pajotes con la idea de declararle la guerra a Londres. Afortunadamente, en aquel grupo de corifeos fascistas todavía hay gente con suficientes neuronas como para convencer a su jefe de que su pretensión es algo propio de paralíticos conceptuales. Finalmente, el conflicto se salda con el pago de una indemnización por parte de Grecia, pero en Italia todo ello aparece como si hubiesen ganado ya la segunda guerra mundial que aún faltan 15 años para que estalle. Algún tiempo después, Yugoslavia cede Fiume a Italia. Nuevo éxito.
En junio de 1924, el fascismo en el poder pasa su última reválida seria. Giacomo Matteotti, diputado socialista, se enfrenta con Mussolini en el parlamento pidiendo la anulación de las últimas elecciones. El día 10 de aquel mes, en su ciudad de residencia de Montecitorio, Matteotti es raptado por cinco fascistas, y al día siguiente aparece su cadáver. A pesar de la censura de prensa, la noticia acaba siendo de conocimiento público y genera una gran conmoción y eso que ahora se llama alarma social. Todo el mundo alza la voz para poner de vuelta y media a los camisas negras.
Pero, a partir de ahí, nada. Por razones que por lo menos a mí me son muy difíciles de explicar (más que nada porque no las entiendo), la oposición al fascismo, en un momento en el que las formas democráticas aún se conservan, en un momento en que Mussolini aún no ha podido completar su proyecto (y de Víctor Manuel) de mandar a los partidos políticos a tomar por culo, en un momento así, digo, la oposición al gobierno deja que el Senado le vote la confianza, deja que el rey le dé palmaditas en la espalda y deja, de una forma sorprendentemente pastueña, que el cadáver de Matteotti se enfríe y empiece a ser Historia.
El 3 de enero de 1925, Mussolini inaugura la dictadura fascista propiamente dicha.
Benito Mussolini y su compañera Rachele se fueron la noche del 27 de octubre de 1922 al teatro. La viuda alegre. Todavía no había llegado la mitad de la representación cuando el matrimonio se escabulló elegantemente del lugar. Todo había sido una artimaña de Mussolini para estar «localizable» para la policía en el momento en que comenzaba la marcha sobre Roma.
A pesar de esta machada, el hecho más claro es que la marcha sobre Roma distó muchísimo de ser una sorpresa para nadie. Por mucho que la policía no conociese los detalles concretos ideados por los «generales» de la operación (Emilio de Bono, Cesare de Vecchi, Italo Balbo y Michele Bianchi), lo que sí sabía es que los planes existían, y que Mussolini tenía bastante más que papel en ellos. La cosa está tan clara que incluso los generales, horas antes de su marcha, son invitados a cenar en Bordighera por la reina madre Margarita (famosa por la pizza que lleva su nombre, y cuya invención y existencia tiene un motivo muy concreto); y, a los postres, son animados por la regia anfitriona en sus iniciativas.
La marcha sobre Roma se conformó como una serie de doce pequeñas marchas que habían de confluir cerca de la capital en tres lugares: Marinella, Mentana y Tivoli. Algunos días antes, el 24, se ha celebrado el congreso del PNF, con la impresionante participación de 40.000 camisas negras. Es ahí donde Mussolini pronuncia una de sus frases más célebres: «Yo os digo con toda solemnidad que el momento requiere: o nos entregan el Gobierno o iremos nosotros a Roma para conquistarlo». Probablemente, en ese momento el Duce sabe ya que las estructuras del poder político, que hasta ese momento han soportado y apoyado el fascismo por omisión, están ya agraces para dejarle paso. Luigi Facta, presidente del gobierno, envía al rey Víctor Manuel un informe la noche tras ese mismo discurso, en el que le asegura tener la convicción de que los fascistas han abandonado la idea de marchar sobre Roma. Esto ha llevado a mucho historiadores a tomar a Facta por gilipollas. Yo, honradamente, no lo creo. Creo que nadie es tan estúpido.
El gobierno se entera del inicio de la marcha sobre Roma a las once de la noche del día 27, cuando Mussolini está teóricamente en el teatro milanés. Quizá sabe, o quizá no, que va a tener un último, postrer aliado.
En las primeras horas del día 28, el presidente Facta se presenta ante el rey Victor Manuel III. Lleva en su mano un decreto, que precisa la sanción real, para declarar el estado de guerra, cual es la oblígación de todo presidente del Gobierno que se encuentra con una medida de presión como la marcha. Pero Víctor Manuel, quizá uno de los reyes más bajitos de la Historia (apenas metro y medio) y casi con seguridad el más psicológicamente atormentado por dicha medianía, decide entrar en la Historia como un elefante en una cabina de teléfonos, y se niega a firmar la norma. No pocos historiadores consideran que lo que pudo decidirle fue la noticia de que su primo el duque de Aosta había visitado a los generales de la marcha en Perugia. Según esta teoría, Víctor Manuel pudo temer ser sustituido por otro rey más fascista, puesto para el que en su familia sobraban los candidatos y las candidatas. Por cosas así es por lo que Italia es una república.
Los camisas negras avanzan en la noche del 27 ocupando sin resistencia las ciudades por las que pasan. Llovió de la hostia aquella noche. En consecuencia, muy lejos de la imagen que el fascismo italiano dio de si mismo, una marcha disciplinada y cantarina, la llegada de los marchadores a Roma fue escalonada, casi se diría que caótica; y el grueso de los ocupantes eran tipos mojados como ratas ahogadas, que dicen los británicos, y en modo alguno armados y con voluntad de defenderse frente a quien eventualmente hubiese intentado reducirlos. En total, se calcula que el fascismo puso en Roma a unos 50.000 camisas negras, la mayoría desarmados, que habrían sido fácilmente reducidos con los 25.000 efectivos de que disponía el general Pugliese. Sin embargo, las fuerzas del orden no actuaron y, para cuando los recién llegados se iban enterando de que el rey se había negado a ponerles trabas declarando el estado de guerra, comenzaron a creer en su victoria contra nadie.
Aunque no había que ser muy valiente para participar en aquella marcha que más parecía el Rocío que una invasión peligrosa, Mussolini no estuvo en ella. De hecho, el Duce no se movió de Milán hasta las dos de la tarde del día 29, cuando recibió el esperado telegrama del general Cittadini: «De Roma. Quirinal. Al onorevole Benito Mussolini, Milán. Su Majestad el rey, habiendo decidido confiarle la formación del Gobierno, ruega se traslade inmediatamente a Roma».
Mussolini no es tonto. Tiene una clara percepción de los tiempos. Su primer gobierno, formado el día 30, tiene sólo tres fascistas en su seno. Pero, como sabemos bien, ésta no es la única línea de actuación del fascismo. En 1923, como represalia por la muerte de dos camisas negras en una disputa particular, la escuadra de Pietro Brandimarte mata a 22 antifascistas, uno de los cuales es arrastrado por las calles, ya muerto, por un camión. El Duce disuelve el Fascio de Milán, responsable de la brutalidad; pero nombra a Brandimarte para un alto cargo en el ejército. Por el camino, crea la Milizia Volontaria per la Sicurezza Nazionale, una guardia pretoriana personal, formada por fascistas.
El Duce sabe que con la mera violencia no llegará a dominar la sociedad italiana. Hace falta tocar el corazoncito de los italianos. Como buen periodista que es, Mussolini sabe que no hay nada como un buen enemigo al que dar palos para que la gente te siga. El 27 de agosto de 1923, cinco italianos son atacados y asesinados en Grecia. El país se conmueve. El gobierno se indigna. Se presenta un ultimátum a Grecia. El día 31, la escuadra bombardea Corfú y acaba ocupándola.
Mussolini ha encontrado su karma: las guerritas gilipollas.
Días después de la toma de Corfú, Gran Bretaña, aliada natural de Grecia, insta a Italia a devolver la ciudad. Lo creamos o no, el Duce reúne a su gente para hacerse unos pajotes con la idea de declararle la guerra a Londres. Afortunadamente, en aquel grupo de corifeos fascistas todavía hay gente con suficientes neuronas como para convencer a su jefe de que su pretensión es algo propio de paralíticos conceptuales. Finalmente, el conflicto se salda con el pago de una indemnización por parte de Grecia, pero en Italia todo ello aparece como si hubiesen ganado ya la segunda guerra mundial que aún faltan 15 años para que estalle. Algún tiempo después, Yugoslavia cede Fiume a Italia. Nuevo éxito.
En junio de 1924, el fascismo en el poder pasa su última reválida seria. Giacomo Matteotti, diputado socialista, se enfrenta con Mussolini en el parlamento pidiendo la anulación de las últimas elecciones. El día 10 de aquel mes, en su ciudad de residencia de Montecitorio, Matteotti es raptado por cinco fascistas, y al día siguiente aparece su cadáver. A pesar de la censura de prensa, la noticia acaba siendo de conocimiento público y genera una gran conmoción y eso que ahora se llama alarma social. Todo el mundo alza la voz para poner de vuelta y media a los camisas negras.
Pero, a partir de ahí, nada. Por razones que por lo menos a mí me son muy difíciles de explicar (más que nada porque no las entiendo), la oposición al fascismo, en un momento en el que las formas democráticas aún se conservan, en un momento en que Mussolini aún no ha podido completar su proyecto (y de Víctor Manuel) de mandar a los partidos políticos a tomar por culo, en un momento así, digo, la oposición al gobierno deja que el Senado le vote la confianza, deja que el rey le dé palmaditas en la espalda y deja, de una forma sorprendentemente pastueña, que el cadáver de Matteotti se enfríe y empiece a ser Historia.
El 3 de enero de 1925, Mussolini inaugura la dictadura fascista propiamente dicha.
miércoles, julio 08, 2009
Encicliqueando
Hay gentes, físicas y jurídicas, que tienen una innata capacidad para decir una cosa y la contraria y quedarse tan panchos. Pero pocos de ellos superan a la Iglesia Católica. Desde luego, todo el mundo tiene derecho a opinar. Pero opinar supone colocar la opinión de uno en algún lugar, donde otros pueden conocerla y criticarla. Así pues, el Papado católico, el mal llamado Santo Padre (hay quien opina que, lejos de ser Santo Padre, lo que es, es Padre Santo), tiene, desde luego, todo el derecho a opinar sobre cualquier materia. Y, por supuesto, está en su derecho utilizar estrategias de márquetin, tales como la búsqueda de oportunidades (la reunión del G-8 en Italia) para sacar a pasear sus letras. Nadie le dice que se calle. Yo, por lo menos, no. Lo que a mí me gustaría no es el silencio de la Iglesia, sino todo lo contrario; esto es, que hablase más y, hablando, se ganase el derecho a sostener las cosas que sostiene. Y, de paso, contase un par de cositas que no sabemos. Y, de paso, pidiera disculpitas por una o dos cosas.
Un principio general: ¿a quién confiaríais antes a vuestro tierno hijo de dos años: a vuestra tía Remorina o a un tipo condenado en firme por pederastia? Una vez que hayais contestado a la pregunta, habréis llegado al principio general, que es: el pasado es un elemento importante para valorar el presente.
Dice el Papa que la globalización, a la que califica, no sé si tras hablar con Leyre Pajín, de «impulso planetario», «puede contribuir a crear riesgo de daños hasta ahora desconocidos y nuevas divisiones en la familia humana». Hay que tener cuidado con la globalización, pues.
Y tiene coña esta prevención, viniendo de alguien que aprovechó la globalización financiera a fondo. Bueno, no fue él, sino su predecesor, Juan Pablo II, y su cardenal americano de origen creo que letón, Paul Marcinkus. Al Papa Wojtyla le preocupaba por encima de todas las cosas su país de origen, Polonia, donde la resistencia al comunismo, en gran parte liderada por la propia Iglesia, libraba un combate final que terminó ganando. Para el Papa, pues, era importante alimentar aquello, y puso tanta carne en el asador que acabó siendo tiroteado por el turco Alí Agca en un suceso que, no sé vosotros, pero yo no tengo del todo claro.
La historia de cómo la Iglesia hizo caja en aquellos años es para contarla en varios post. Pero, sucintamente, se hizo a través de la asociación entre Marcinkus, entonces a la cabeza del llamado Instituto para las Obras de Religión IOR, también conocido como el banco vaticano; y un banquero católico, Roberto Calvi, que dirigía el Banco Ambrosiano, una institución que olía a cera que lo flipabas. Para empezar, resulta curioso que, según leo en los medios, la última encíclica del Papa haya abogado por la transparencia en la economía. ¿Transparencia? En la época del Banco Ambrosiano y sus tropelías, el IOR no estaba supervisado por nadie, puesto que era una institución financiera radicada en un Estado (el Vaticano) que había decidido no tener supervisor bancario. Por lo demás, ¿vosotros habéis visto alguna vez un balance y una cuenta de resultados del IOR? ¿Habéis visto alguna vez un informe auditado y público sobre las inversiones que sostienen las iglesias nacionales, algunas de las cuales (como la nuestra) se nutre, para más inri, de dinero de los impuestos públicos? ¿Alguien sabe cuál es la posición de la Iglesia española en la Bolsa, en mercados de renta fija, en derivados; cuáles son sus posesiones inmobiliarias, cuáles sus empresas participadas?
Totalmente de acuerdo, padre santo: la economía, lo que necesita, es transparencia.
Volvamos a Calvi. Vamos a olvidarnos de pequeños detalles como que buena parte de la liquidez de la Iglesia provenía de la firma con Mussolini (honrado demócrata, mil veces ponderado por los amantes de la libertad, con hondas raíces en la defensa de los derechos humanos) del Tratado de Letrán, que fue firmado, ya digo, con un tipo que se dedicaba, a través de sus pandas, a meterle a obreras un chute de aceite de ricino por boca y luego las obligaba a bailar desnudas hasta que su intestino decía basta y se cagaban encima. Vamos a olvidarnos, pues, del hecho de que muchos de los amigos de la Iglesia han mostrado históricamente notables déficits de ese respeto hacia el obrero y el desfavorecido que la encíclica propugna. Aceptamos barco como animal acuático: el Pescador no se enteró.
Volvamos, digo, a Calvi. Inmediatamente de asociarse con el IOR, y con sus fondos, don Roberto se dedicó a crear filiales del Banco Ambrosiano en lugares exóticos. No lo hizo por el calor y el buen clima de lugares como las Bahamas, sino por la lenidad de sus legislaciones financieras. A partir de ahí, empezó a crear un sistema piramidal complejo por el cual las filiales sostenían el negocio de la matriz mediante préstamos que la propia matriz les concedía. Como todos los esquemas más o menos piramidales, funcionó mientras el valor intrínseco de los activos se sostuvo; cuando dejó de sostenerse, pues como siempre: a la mierda.
No quiero aquí, desde luego, desgranar el caso Calvi, que como digo es muy complejo y apasionante. Sí conviene tener en cuenta, en todo caso, que Calvi apareció ahorcado en el puente londinense de Black Friars, sin que a día de hoy se sepa a ciencia cierta si se colgó, si lo colgaron y, si la opción es la dos, quién y por qué. Lo que sí conviene tener en cuenta es que, si bien Marcinkus acabó apartado de la pasta, desde luego no formó parte de los encausamientos impulsados por los abogados de los muchos, muchísimos estafados de todo aquel mogollón. El Vaticano, que ahora ve problemas en la globalización y pide transparencia y comprensión, no vio problemas en formar parte de un montaje relacionado con la libertad de movimiento de capitales (o sea, el epicentro de la globalización); fue opaco como la noche sin luna a la hora de explicar qué había pasado; y, desde luego, no colaboró demasiado en que las cargas de los muchos estafados que habían perdido fortunas en los enredos de Calvi pudiesen ser justamente compensadas.
Al fondo de la foto que describo se ve un señor vestido de blanco, cuyo sucesor ha dicho ayer que la economía necesita de la ética. Y digo yo que si lo dice es porque sabe bien que es cierto.
Más aún. La encíclica dice (las itálicas y corchetes, claro, son míos): «Los agentes financieros han de redescubrir el fundamento ético de su actividad [toma, toma y toma] para no abusar de aquellos instrumentos sofisticados con los que se podría traicionar a los ahorradores [¿qué tal «se ha traicionado» en lugar de «se podría traicionar»?]. Recta intención, transparencia y búsqueda de los buenos resultados son compatibles y nunca se deben separar [defina nunca, padre santo]». Y Marcinkus que lo lee (¿desde el Cielo?), contesta: ¡¡¡Vilma, ábreme la puerta!!!
Otra cosa que dice la encíclica es que la economía necesita leyes justas. Ejemplos de leyes o iniciativas justas hay muchas. Al hilo de lo que estamos hablando, a mí me gustaría citar aquí la de Juan Álvarez Mendizábal, cuando dijo aquello de que no podía ser que la parte fundamental de la propiedad de la tierra en España estuviera en manos de un solo dueño. Ciertamente, Mendizábal quería vender todos esos predios con el poco ético objetivo de financiar una guerra (la primera guerra carlista); y, además, su famosa desamortización fue una especie de flus que no llevó la propiedad de la tierra a quienes la trabajaban. Pero, siendo cierto todo eso, lo es también que la desamortización de Mendizábal era una medida absolutamente necesaria para modernizar mínimamente las relaciones de propiedad en España, crear una estructura económica razonablemente moderna. Con estos mimbres, cabría esperar que la siempre comprensiva Iglesia Católica Apostólica y Romana, blandiendo los principios de su Doctrina Social, se mostrase de acuerdo con la medida. Pero no lo estuvo. Porque, en refrán muy español que al cabo de lo que decimos viene pero que muy bien, una cosa es predicar, y otra dar trigo. De hecho, la encíclica dice: «el mercado no es ni debe convertirse en el ámbito donde el más fuerte avasalle al más débil». ¿Es una viga lo que acabo de verle caer del lacrimal, padre santo?
También nos dice el Papa, y le debe de parecer importante porque lo subraya en varios puntos, que «en las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria». Pues sí. Para gratuidad, el diezmo que había que pagarle a la Iglesia sí o sí, o las exacciones especiales para financiar las cruzadas (tomayá respeto por el otro no creyente el pretender dominarlo a base de invadirlo y/o apiolárselo), algunas de las cuales se cobraban muchos, pero muchos años después de terminadas dichas cruzadas. Y es que las relaciones económicas con la Iglesia, que contra lo que algunos puedan pensar tienen poco que ver con las misas funerales o el día del Domund y mucho más con las relaciones entre Estados, han estado históricamente presididas por la gratuidad.
La doctrina social de la Iglesia, nos dice el Papa, ofrece una aportación «que se funda en la creación del hombre «a imagen de Dios» (Gn 1,27), algo que comporta la inviolable dignidad de la persona humana, así como el valor trascendente de las normas morales naturales». ¿Inviolable dignidad? ¿La de los judíos que en tiempos de los godos (y habrá que recordar aquí que la monarquía goda era una teocracia cuyo parlamento efectivo eran los concilios toledanos) eran desposeídos de todo lo que tenían si casaban con cristiana y, en algunos reinados, incluso por tener tan sólo esclavos cristianos? ¿Inviolable dignidad la de los miles, centenares de miles, si no millones de seres humanos que fueron esclavos durante siglos dominados por la Iglesia católica sin que ésta encontrase incompatibilidad entre dicho estatus y su inviolable dignidad; todo ello porque la esclavitud era una institución económicamente necesaria?
Se podrá decir: coño, Juan, ya te pasas. Pones ejemplos de hace mucho tiempo. Puede. Pero, ¿dónde exactamente ha dicho el Vaticano que la doctrina social de la Iglesia es actual, es nueva, y por lo tanto la anterior ya no es válida? ¿Dónde y cuándo ha dicho el Papa: de aquí para atrás, podéis tirar todas las encíclicas, todas las constituciones, porque ya no valen? Sea o no lógico, la Iglesia Católica no reniega de uno solo de sus actos ni de una sola de sus palabras. Bueno, en realidad sí. En realidad se ha retractado de la chorrada de haberle tocado los cojones a Galileo; y digo chorrada porque, al lado de otras muchas cosas, lo de Galileo, la verdad, parece un chiste, una bromita entre colegas.
Lo digo: leo y releo la encíclica y, no sé por qué, me acuerdo de las soflamas que, en tiempos de la URSS, se editaban desde Moscú criticando la falta de libertad en los países occidentales y la necesidad de basar las relaciones sociales en conceptos más igualitarios.
Y es que los extremos se tocan.
Un principio general: ¿a quién confiaríais antes a vuestro tierno hijo de dos años: a vuestra tía Remorina o a un tipo condenado en firme por pederastia? Una vez que hayais contestado a la pregunta, habréis llegado al principio general, que es: el pasado es un elemento importante para valorar el presente.
Dice el Papa que la globalización, a la que califica, no sé si tras hablar con Leyre Pajín, de «impulso planetario», «puede contribuir a crear riesgo de daños hasta ahora desconocidos y nuevas divisiones en la familia humana». Hay que tener cuidado con la globalización, pues.
Y tiene coña esta prevención, viniendo de alguien que aprovechó la globalización financiera a fondo. Bueno, no fue él, sino su predecesor, Juan Pablo II, y su cardenal americano de origen creo que letón, Paul Marcinkus. Al Papa Wojtyla le preocupaba por encima de todas las cosas su país de origen, Polonia, donde la resistencia al comunismo, en gran parte liderada por la propia Iglesia, libraba un combate final que terminó ganando. Para el Papa, pues, era importante alimentar aquello, y puso tanta carne en el asador que acabó siendo tiroteado por el turco Alí Agca en un suceso que, no sé vosotros, pero yo no tengo del todo claro.
La historia de cómo la Iglesia hizo caja en aquellos años es para contarla en varios post. Pero, sucintamente, se hizo a través de la asociación entre Marcinkus, entonces a la cabeza del llamado Instituto para las Obras de Religión IOR, también conocido como el banco vaticano; y un banquero católico, Roberto Calvi, que dirigía el Banco Ambrosiano, una institución que olía a cera que lo flipabas. Para empezar, resulta curioso que, según leo en los medios, la última encíclica del Papa haya abogado por la transparencia en la economía. ¿Transparencia? En la época del Banco Ambrosiano y sus tropelías, el IOR no estaba supervisado por nadie, puesto que era una institución financiera radicada en un Estado (el Vaticano) que había decidido no tener supervisor bancario. Por lo demás, ¿vosotros habéis visto alguna vez un balance y una cuenta de resultados del IOR? ¿Habéis visto alguna vez un informe auditado y público sobre las inversiones que sostienen las iglesias nacionales, algunas de las cuales (como la nuestra) se nutre, para más inri, de dinero de los impuestos públicos? ¿Alguien sabe cuál es la posición de la Iglesia española en la Bolsa, en mercados de renta fija, en derivados; cuáles son sus posesiones inmobiliarias, cuáles sus empresas participadas?
Totalmente de acuerdo, padre santo: la economía, lo que necesita, es transparencia.
Volvamos a Calvi. Vamos a olvidarnos de pequeños detalles como que buena parte de la liquidez de la Iglesia provenía de la firma con Mussolini (honrado demócrata, mil veces ponderado por los amantes de la libertad, con hondas raíces en la defensa de los derechos humanos) del Tratado de Letrán, que fue firmado, ya digo, con un tipo que se dedicaba, a través de sus pandas, a meterle a obreras un chute de aceite de ricino por boca y luego las obligaba a bailar desnudas hasta que su intestino decía basta y se cagaban encima. Vamos a olvidarnos, pues, del hecho de que muchos de los amigos de la Iglesia han mostrado históricamente notables déficits de ese respeto hacia el obrero y el desfavorecido que la encíclica propugna. Aceptamos barco como animal acuático: el Pescador no se enteró.
Volvamos, digo, a Calvi. Inmediatamente de asociarse con el IOR, y con sus fondos, don Roberto se dedicó a crear filiales del Banco Ambrosiano en lugares exóticos. No lo hizo por el calor y el buen clima de lugares como las Bahamas, sino por la lenidad de sus legislaciones financieras. A partir de ahí, empezó a crear un sistema piramidal complejo por el cual las filiales sostenían el negocio de la matriz mediante préstamos que la propia matriz les concedía. Como todos los esquemas más o menos piramidales, funcionó mientras el valor intrínseco de los activos se sostuvo; cuando dejó de sostenerse, pues como siempre: a la mierda.
No quiero aquí, desde luego, desgranar el caso Calvi, que como digo es muy complejo y apasionante. Sí conviene tener en cuenta, en todo caso, que Calvi apareció ahorcado en el puente londinense de Black Friars, sin que a día de hoy se sepa a ciencia cierta si se colgó, si lo colgaron y, si la opción es la dos, quién y por qué. Lo que sí conviene tener en cuenta es que, si bien Marcinkus acabó apartado de la pasta, desde luego no formó parte de los encausamientos impulsados por los abogados de los muchos, muchísimos estafados de todo aquel mogollón. El Vaticano, que ahora ve problemas en la globalización y pide transparencia y comprensión, no vio problemas en formar parte de un montaje relacionado con la libertad de movimiento de capitales (o sea, el epicentro de la globalización); fue opaco como la noche sin luna a la hora de explicar qué había pasado; y, desde luego, no colaboró demasiado en que las cargas de los muchos estafados que habían perdido fortunas en los enredos de Calvi pudiesen ser justamente compensadas.
Al fondo de la foto que describo se ve un señor vestido de blanco, cuyo sucesor ha dicho ayer que la economía necesita de la ética. Y digo yo que si lo dice es porque sabe bien que es cierto.
Más aún. La encíclica dice (las itálicas y corchetes, claro, son míos): «Los agentes financieros han de redescubrir el fundamento ético de su actividad [toma, toma y toma] para no abusar de aquellos instrumentos sofisticados con los que se podría traicionar a los ahorradores [¿qué tal «se ha traicionado» en lugar de «se podría traicionar»?]. Recta intención, transparencia y búsqueda de los buenos resultados son compatibles y nunca se deben separar [defina nunca, padre santo]». Y Marcinkus que lo lee (¿desde el Cielo?), contesta: ¡¡¡Vilma, ábreme la puerta!!!
Otra cosa que dice la encíclica es que la economía necesita leyes justas. Ejemplos de leyes o iniciativas justas hay muchas. Al hilo de lo que estamos hablando, a mí me gustaría citar aquí la de Juan Álvarez Mendizábal, cuando dijo aquello de que no podía ser que la parte fundamental de la propiedad de la tierra en España estuviera en manos de un solo dueño. Ciertamente, Mendizábal quería vender todos esos predios con el poco ético objetivo de financiar una guerra (la primera guerra carlista); y, además, su famosa desamortización fue una especie de flus que no llevó la propiedad de la tierra a quienes la trabajaban. Pero, siendo cierto todo eso, lo es también que la desamortización de Mendizábal era una medida absolutamente necesaria para modernizar mínimamente las relaciones de propiedad en España, crear una estructura económica razonablemente moderna. Con estos mimbres, cabría esperar que la siempre comprensiva Iglesia Católica Apostólica y Romana, blandiendo los principios de su Doctrina Social, se mostrase de acuerdo con la medida. Pero no lo estuvo. Porque, en refrán muy español que al cabo de lo que decimos viene pero que muy bien, una cosa es predicar, y otra dar trigo. De hecho, la encíclica dice: «el mercado no es ni debe convertirse en el ámbito donde el más fuerte avasalle al más débil». ¿Es una viga lo que acabo de verle caer del lacrimal, padre santo?
También nos dice el Papa, y le debe de parecer importante porque lo subraya en varios puntos, que «en las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria». Pues sí. Para gratuidad, el diezmo que había que pagarle a la Iglesia sí o sí, o las exacciones especiales para financiar las cruzadas (tomayá respeto por el otro no creyente el pretender dominarlo a base de invadirlo y/o apiolárselo), algunas de las cuales se cobraban muchos, pero muchos años después de terminadas dichas cruzadas. Y es que las relaciones económicas con la Iglesia, que contra lo que algunos puedan pensar tienen poco que ver con las misas funerales o el día del Domund y mucho más con las relaciones entre Estados, han estado históricamente presididas por la gratuidad.
La doctrina social de la Iglesia, nos dice el Papa, ofrece una aportación «que se funda en la creación del hombre «a imagen de Dios» (Gn 1,27), algo que comporta la inviolable dignidad de la persona humana, así como el valor trascendente de las normas morales naturales». ¿Inviolable dignidad? ¿La de los judíos que en tiempos de los godos (y habrá que recordar aquí que la monarquía goda era una teocracia cuyo parlamento efectivo eran los concilios toledanos) eran desposeídos de todo lo que tenían si casaban con cristiana y, en algunos reinados, incluso por tener tan sólo esclavos cristianos? ¿Inviolable dignidad la de los miles, centenares de miles, si no millones de seres humanos que fueron esclavos durante siglos dominados por la Iglesia católica sin que ésta encontrase incompatibilidad entre dicho estatus y su inviolable dignidad; todo ello porque la esclavitud era una institución económicamente necesaria?
Se podrá decir: coño, Juan, ya te pasas. Pones ejemplos de hace mucho tiempo. Puede. Pero, ¿dónde exactamente ha dicho el Vaticano que la doctrina social de la Iglesia es actual, es nueva, y por lo tanto la anterior ya no es válida? ¿Dónde y cuándo ha dicho el Papa: de aquí para atrás, podéis tirar todas las encíclicas, todas las constituciones, porque ya no valen? Sea o no lógico, la Iglesia Católica no reniega de uno solo de sus actos ni de una sola de sus palabras. Bueno, en realidad sí. En realidad se ha retractado de la chorrada de haberle tocado los cojones a Galileo; y digo chorrada porque, al lado de otras muchas cosas, lo de Galileo, la verdad, parece un chiste, una bromita entre colegas.
Lo digo: leo y releo la encíclica y, no sé por qué, me acuerdo de las soflamas que, en tiempos de la URSS, se editaban desde Moscú criticando la falta de libertad en los países occidentales y la necesidad de basar las relaciones sociales en conceptos más igualitarios.
Y es que los extremos se tocan.
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