viernes, junio 06, 2008

El pistolerismo (V): mal rollito

¿Pensábais que se me había olvidado? Pues no. Hay mucha tela que cortar en esto del pistolerismo barcelonés; y es quizá por eso que hay que tomárselo con calma, intercalando otras historias. No obstante, no me olvido de mi compromiso con vosotros, y velay que lo cumpliré hasta el final.

De momento, quiero recordaros que, en diferentes puntos de este blog, podéis encontrar los cuatro capítulos anteriores de esta serie, que he llamado sucesivamente:

La huelga de la Canadiense
Brabo Portillo y Pau Sabater
The last chance
Auge y caída del barón de König

Y ahora vamos con la quinta pasadilla.

Habíamos dejado nuestra historia en junio de 1920 con un nuevo gobernador civil de Barcelona nombrado, el funcionario de Aduanas Federico de Carlos y Bas, que se trajo a la capital de Cataluña un zurrón lleno de buenas intenciones. Bas, en realidad, quería la cuadratura del círculo. Pretendía que los problemas obreros se resolviesen creando órganos de discusión entre obreros y empresarios; pero, al mismo tiempo, pretendía tener contentos a los burgueses manteniendo la suspensión de libertades.

En cualquier caso, el periodo de Bas no tuvo por principal problema los conflictos de los obreros con los patronos, sino los de los obreros entre sí. Coincidiendo con el cambio de gobernador civil, se inició la guerra propiamente dicha entre la CNT y el Sindicato Libre, guerra cuya sangre anega los años del pistolerismo.

El 6 de julio de aquel año, un tal Joan Purcet, dirigente del Libre, cocinero de un afamado restaurante barcelonés llamado Royal, regresaba a casa cuando a unas manzanas de llegar unos pistoleros anarquistas lo esperaron y le dejaron la chaqueta hecha unos zorros, y a él muerto dentro. Dos días más tarde, los del Libre respondían en la céntrica plaza de Urquinaona, donde dispararon una salva de balas contra el dirigente cenetista Vicens Roig. El día 21, una asamblea de trabajadores en la empresa Soler y Doménech, donde tenían que discutir la jornada laboral, acabó a tiros entre los partidarios de un sindicato y de otro. Antes de terminar el mes otro activista del Libre, Joan Casanovas, fue asesinado.

El 4 de agosto, en Valencia, la CNT perpetró una de sus típicas salvajadas, que tanto hicieron por hacerla evolucionar mediante el siempre irritante método de dar un paso hacia delante y tres para detrás. En la ciudad del Turia se había refugiado el conde de Salvatierra después de haber fracasado, como también hemos visto, como gobernador de la plaza barcelonesa. La verdad es que Salvatierra había recibido toneladas de cartas amenazadoras y tenía miedo, pero con el tiempo y al ver que no era atacado se fue confiando. El 4 de agosto, cuando como fruto de aquella confianza había decidido irse a San Sebastián a pasar la canícula, alquiló un coche en el que iba con su mujer y su cuñada cuando dos pistoleros anarquistas, que finalmente lo habían localizado, dispararon contra todos ellos. Mataron en el acto la marquesa de Tejares, la cuñada; y el conde murió en el hospital al día siguiente.

Hasta el día de la muerte del conde, buena parte de la burguesía española había considerado el problema del pistolerismo como una cosa entre catalanes, lejana, lejana. Sin embargo, aquel atentado cambió totalmente las cosas e hizo ver a los todos que aquél era un problema de dimensión nacional. Por si fuera poco, el día 23 se produjo otro hecho que avalaba la españolización del conflicto catalán: el asesinato de José Yarza, arquitecto municipal, en Zaragoza. Como principal consecuencia, las clases patronales se presentaron a ver al presidente, Eduardo Dato, y le dijeron que o enculaba a los sindicatos o ya podía ir pensando en dimitir. Como a Dato le pasaba lo que a todo político, es decir que no entendía el significado del verbo dimitir, la represión a los sindicatos se endureció, impulsando a la CNT a buscar protección mediante la alianza con la UGT. El 3 de septiembre, en la Casa del Pueblo de la calle Piamonte de Madrid, se firmó aquel acuerdo en el que muchos quisieron ver la fusión futura de los dos sindicatos; hecho este tan poco probable que ni siquiera a día de hoy ha llegado.

Un análisis superficial lleva fácilmente a la conclusión de que la convergencia sindical es fácil. O aquella lo era. UGT y CNT eran sindicatos prácticamente complementarios desde un punto de vista geográfico y sectorial, lo cual quiere decir que donde uno dominaba el otro no estaba; ambos eran, más que mayoritarios, absolutistas en sus dominios. Por lo tanto, la unión aparece ante muchos observadores como algo lógico. Pero ése es, ya lo he dicho, un análisis epidérmico. En primer lugar, la ideología marxista y la anarquista se parecen como un perrito pequinés y un chimpancé; ambos son animales terrestres, vale; pero el primero sería mal acompañante de Tarzán y el segundo lo sería de las señoras que pasean por nuestros parques. Hubo sus intentos de acercamiento, con viaje a Moscú incluido de algunos representantes cenetistas, e incluso conversiones claras, como las de Andreu Nin o Joaquín Maurín, ambos anarcosindicalistas en sus inicios que acaban siendo marxistas de libro. Pero son las excepciones que confirman la regla.

En la confluencia entre CNT y UGT había, además, otro gran problema. La UGT era una organización fuertemente centralizada, basada en la labor de dirigentes que obtenían las directrices de asambleas a diversos niveles; mientras que la CNT era un movimiento puramente asambleario, en el cual la base acababa por decidirlo todo, y en el que, además, se tendía a no obligar a nadie a hacer algo que no quisiera hacer. Así pues, Seguí podía firmar lo que le viniese en gana; si, días después, la asamblea de la CNT de Sevilla decidía que ni de coña, entonces la CNT de Sevilla no iría a convergencia alguna, dijera lo que dijera el papelito firmado por Seguí, pues a ellos esas cosas no les vinculaban en lo absoluto.

Y un tercer problema. Ambos sindicatos, en el fondo, estaban luchando por la hegemonía en la clase obrera. Cuando dos empresas luchan por un mercado, son amigos sólo de boquilla. Las escasas ganas de amigarse quedarían bien patentes unos pocos meses después, tras el golpe de 1923, cuando la UGT pactó con la dictadura de Primo de Rivera, consiguió seguir teniendo existencia legal en medio de aquel régimen y se dedicó a impulsar en todo lo posible el debilitamiento de la CNT. Este comportamiento abrió heridas entre los anarcosindicalistas que explican algunas de las burradas que luego harían durante la República.

No obstante esta política más legalista, dirigida sobre todo por Salvador Seguí, la vertiente pistolera de los anarquistas siguió currando. Josep Saleta, conocido como El Nano, se apioló el 8 de septiembre a un dirigente del Sindicato Libre, José Román, y dejó gravemente herido a otro, Josep Villalta. El día 10 fue asesinado otro activista del Libre, Bruno Llorens, de una forma además bastante cruel, pues como sólo le hirieron los disparos lo mataron a hostias. Éste es el punto en el que el Libre decide responder al hierro con hierro.

El día 12 por la noche, alguien que según todos los indicios era Inocencio Feced, un activista fácilmente sobornable, hizo estallar una bomba en la sala Pompeya del Paralelo barcelonés, en aquel entonces la principal artería de la noche condal. La propia bomba y la estampida descontrolada de clientes y cocottes provocaron seis muertos y dieciocho heridos. La bomba del Pompeya es uno de esos misterios de la Historia de España que, al menos con mi nivel de información, permanece ignoto. Mucha gente, apoyada en el hecho de que Feced era un pistolero a sueldo, piensa que fue un acto pagado por empresarios que buscaban de esta manera que Dato no tuviese más remedio que ir a por las organizaciones obreras. Otros piensan que fueron los propios activistas obreros. Tanto la CNT como el Sindicato Libre afirmaron no tener ninguna relación con los hechos; sin olvidarse, por supuesto, de afirmar que el otro era quien lo había hecho.

En cualquier caso, el Sindicato Libre tenía paraguas, habiéndose convertido ya en el apoyo de los patronos en el mundo laboral. La CNT era la que tenía un problema de cojones. Pero es que los cojones son dos, así pues el problema se dobló. A los anarcosindicalistas les crecieron los enanos cuando los obreros, en las diversas asambleas que se fueron celebrando, fueron decidiendo que iba a converger con la UGT su puta madre.

¿Podían ir las cosas peor? Podían. El 7 de octubre, el Libre comienza su carrera matarife con el asesinato de los anarcosindicalistas Françesc Capistrón y Victoriano Abarca.

El mes de octubre fue un mes muy duro para los anarcosindicalistas posibilistas liderados por Seguí. Como acabamos de ver, las cosas estaban jodidas, pero el Noi del Sucre tenía mucha fuerza de voluntad. A pesar de que las asambleas iban en contra de la convergencia con la UGT, Seguí y los suyos supieron aprovechar muy bien un conflicto que duraba ya nada menos que siete meses, el de las minas de Río Tinto en Huelva, para vender las bondades de la convergencia sindical. Una vez conseguido esto, incluso consiguió el apoyo suficiente parea poder firmar, el 1 de noviembre, la aceptación cenetista de las comisiones mixtas que proponía el gobernador Bas. No obstante, la oferta llegó tarde.

Las agresiones de la CNT a sindicalistas del Libre y a empresarios y el atentado del Pompeya, quienquiera que fuese su autor intelectual, habían colocado ya a los patronos en una posición muy radical y, al tiempo, muy fuerte. El mismo día que Seguí le comunicó a Bas la aceptación de las mixtas, el gobernador le informó de que sería prontamente cesado. La verdad es que había razones para ello. Por muy buenos oficios que desplegase el funcionario de Aduanas, lo cierto es que en sus poco más de cuatro meses de mandato, se habían producido en Barcelona del orden de 70 atentados. Eran ya tan habituales que su producción ni siquiera alteraba el ritmo de vida de la ciudad. Los obreros tardaron un montón en aceptar las ofertas pacificadoras y, mientras tanto, mataron tanto y con tanta dedicación que, en realidad, cercenaron toda posibilidad de acuerdo.

Si a eso unimos que la estrategia de los patronos fue típicamente catalana, es decir se basó en la publicación de una especie de manifiesto aseverando que Dato no les hacía ni puto caso porque Madrid intentaba aplastar a Cataluña y bla, bla, bla (que es un discurso que lo mismo vale para un roto antiobrerista que para un descosido hidráulico), lo cierto es que nuestro buen señor Bas tenía menos futuro como gobernador de Barcelona que un paparazzo en el cumpleaños de Cayetano de Alba.

Dice un refrán español: si no querías caldo, ahí tienes dos tazas. Es exactamente lo que le pasó a la CNT. Porque el nombrado por Dato para ocupar el puesto fue el gobernador militar de la ciudad, Severiano Martínez Anido. Dos apellidos que han quedado ligados en la Historia a la represión de la clase obrera.

En esta historia que torpemente vamos desgranando, vamos de culo, cuesta abajo, y sin frenos.

jueves, junio 05, 2008

Hablando de economía

Hoy es día de autobombo.

Yo sé que lo normal en muchas personas es que no lean. Y las que leen, suelen leer una sola cosa. El mundo está lleno de lectores de best sellers, o de novela negra, o de novela histórica, o de química inorgánica, o de mecánica de fluidos. A mí, sin embargo, el día que nací me debió de cagar un palomo (cosa que no me extrañaría, pues prácticamente nací en la calle), porque soy un lector multiafición. La Historia es, desde luego, mi lectura preferida. Pero tengo otras. Gracias a algunas de esas aficiones colaterales es por lo que he descubierto los mejores blogs de la internet española, tales como Wonkapistas (sociología) o Historias de la ciencia (para sacar el alumno de ciencias que llevas dentro).

Una de estas cosas sobre la que me gusta leer y reflexionar es la economía. Los atentos visitantes habituales de este blog sabéis que alguna vez hemos hablado de economía, por ejemplo aquí o aquí. Sin embargo, no han dejado de ser incursiones colaterales.

Como, inmodestamente, pienso que en materia de economía hay muchas cosas que decir, tomé hace unos días la decisión de intraescindirme. De esta manera nació Oikonomia, un blog específico sobre la materia, y en el que ayer coloqué mi primer post. Ha nacido, pues, el blog independiente, dependiente de Historias de España.

Sospecho que en esta aventura no me acompañará Tiburcio. Es hecho sabido por casi todos los biólogos que los elefantes no están bien dotados para los conceptos financieros. La teoría con más visos de ser cierta se basa en el hecho de que todo ser que se inicia en el mundo de las matemáticas sencillas, que son las que hacen falta para echar cuentas, comienza utilizando técnicas muy rudimentarias, entre las cuales se cuenta contar con los dedos. Si os fijáis con atención en las patas de los elefantes, descubriréis que tienen todos los dedos pegaos, motivo por el cual es imposible utilizarlos para contar.

A ello hay que unir que el budismo no es un terreno propio para la reflexión económica. La economía es la ciencia de gestionar recursos finitos, y el budismo más bien trata de alcanzar conceptos relacionados con la infinitud.

La razón de que esté solo en este nuevo divertimento hará que su renovación sea más lenta. Si bien trato de mantener cierta disciplina en esta ventanita y tener un ritmo más o menos regular de apariciones, en el caso de Oikonomia no me lo voy ni a plantear. Escribiré cuando crea que tengo algo que decir, o me apetezca decirlo.

Hala, fin del anuncio.

domingo, junio 01, 2008

La [sorda] guerra civil monetaria

Este artículo de hoy va de una de las principales carencias que al menos yo creo observar en más de uno y más de dos expertos en la guerra civil española. Porque la GCE tiene un montón de expertos, tantos que prácticamente se puede sostener cualquier ideología sin que nos falte un experto que la sustente. Los expertos en la guerra civil suelen saber de muchas cosas. La mayor parte de las veces, esas cosas que saben giran alrededor de la dinámica de los partidos políticos y las organizaciones sindicales. Mención aparte merecen los expertos militares, absolutamente necesarios a la hora de historiar una guerra, que saben de unidades, armamentos, y esas cosas.

La mayor parte de estos expertos, algunos con miles de páginas escritas, demuestra sin embargo un desconocimiento bastante supino del tema que nos ocupa hoy. Una guerra que se libró dentro de la guerra y que, en una parte nada desdeñable, decidió el signo de su final. A la hora de encontrarle respuestas a la preguntas de por qué Franco ganó la guerra y la República la perdió, se acude a un montón de hipótesis, pero habitualmente no se cita una que a mí, sin embargo, me parece crítica: Franco ganó la guerra, en parte, porque supo ser económicamente más eficiente que la República. O, si lo queremos ver de otra manera, tal vez más exacta, la República fue tremendamente torpe a la hora de pelear en el flanco económico de nuestra guerra.

Según han señalado diversos expertos, tras producirse el golpe de Estado de los nacionales y una vez que la situación experimentó su estabilización, en términos crudos cada uno de los bandos ganaba en una de las dos mitades de la realidad económica. Los que pronto serían franquistas se habían quedado, aproximadamente, con el 70% de la producción agrícola; mientras que la República tenía en sus manos el 80% de la producción industrial. Inmediatamente después de iniciarse la guerra militar, se inició otra, la económica, o mejor deberíamos decir la monetaria, que fue tan cruenta y difícil como la otra y en la que el bando nacional jugó con evidente ventaja. Porque hay otra carencia en muchos juicios de la guerra civil que aquí nos interesa mucho. Se dice habitualmente que la República concitó la mayor parte de la solidaridad internacional. Y es verdad, aunque a medias. Esa solidaridad era la de los intelectuales, los políticos, las organizaciones culturales y sociales. Pero el mundo económico estuvo muy lejos de comulgar con este sentimiento. En los años de la República, los poderes constituidos dejaron que ocurrieran muchas cosas que levantaron el escepticismo respecto de España en las plazas financieras internacionales. Detalles como quemar impunemente iglesias y conventos en mayo del 31, o sacar de las cárceles en febrero del 36 a los líderes de un golpe de Estado revolucionario marxista cuyo último objetivo era implantar la dictadura del proletariado, son cosas que no suenan demasiado bien en los despachos de las personas que viven de hacer negocios.

La República, pues, estaba sometida a duda, y más que lo estuvo cuando, avanzado el golpe de Estado, el gobierno central se mostró incapaz de conseguir hacer efectivo su poder, y en diversas zonas del territorio nacional, Madrid incluido (esto quiere decir: a la vista de los embajadores) quedó bastante claro que en según qué circunstancias mandaba más un comité de sindicalistas de barrio que todo un ministro de la Gobernación.

La República, pues, fue siempre a remolque en el ámbito jurídico-económico, y prueba de ello son indicios como la estudiada equidistancia de la Justicia inglesa cuando Madrid y Burgos pleitearon por la posesión de las oficinas bancarias establecidas en Londres. Aún sabiendo, como sabían, los jueces ingleses que el único gobierno legítimo de España era el republicano, se resistieron a darle la razón, en un pleito que no resolvieron ellos, sino el final de la guerra.

En el ámbito económico hubo guerra. Pero antes de contárosla, quisiera explicaros dos o tres conceptos básicos sobre política monetaria.

La política monetaria es fruto de la modernidad. Los economistas de hace cuatrocientos años pensaban que un país es más próspero cuantas más riquezas atesora. Lo cual no es exactamente cierto. El país más próspero, sabemos hoy, es el que está más equilibrado, especialmente si tiene lo que algunos economistas llaman el triple 5: menos de un 5% (sobre el PIB) de déficit público, menos de un 5% de inflación y menos de un 5% de desempleo. Uno de estos equilibrios básicos son los precios, porque una subida descontrolada de precios se come cualquier riqueza; y si no lo creéis, probad a meter 100.000 euros en un calcetín y, cuando dentro de cincuenta años vuestros nietos os abran la cabeza, entenderéis que yo tenía razón.

La política monetaria consiste en darse cuenta de que la inflación sube porque la gente demanda muchos productos; y demanda muchos productos porque tiene pasta para pagarlos. Así pues, si se reduce el stock de pasta disponible, la gente tendrá que comprar menos, la demanda se retraerá, y la inflación se moderará.

Los gobiernos modernos, por lo tanto, miden constantemente la masa monetaria que tiene el personal, en varios escalones que empiezan por las monedas y billetes en circulación pero que siguen en todo aquel activo que sea razonablemente líquido, como puedan ser los depósitos bancarios o las letras del Tesoro. En los tiempos de la guerra civil, no obstante, los instrumentos financieros estaban mucho menos desarrollados que ahora, por lo que lo verdaderamente importante de la ecuación eran los billetes y monedas.

España vivió tres guerras civiles en el siglo XIX. En ninguna de ellas hubo guerra monetaria; ambas dos Españas siguieron usando la misma moneda en todo momento. Eso era así porque hasta comenzado el siglo XX casi no se aprecia circulación de moneda fiduciaria, es decir moneda que no vale por sí misma sino por lo que representa. Hoy en día, todo es moneda fiduciaria; usamos billetes que, valer, valer, lo que se dice valer, intrínsecamente no valen una mierda. Esto, en el siglo XIX, era impensable. En aquella época circulaban monedas de plata y de oro que valían por sí mismas (o sea, valían lo que la plata y el oro de que estaban hechas). En tiempos de la guerra civil, sin embargo, la mayor parte de la circulación era fiduciaria. Y esto fue lo que permitió montar el merdé.

En puridad, hay unos meses en los que no ocurre nada. Pero es un plazo muy breve. Que, no obstante, no está exento de medidas de signo monetario. La principal de ellas fue la limitación de disponibilidad de billetes y monedas. El mismo 19 de julio, domingo, el gobierno de la República establece que los particulares no podrán retirar más de 2.000 pesetas de sus cuentas corrientes en las siguientes 48 horas (en ese momento, todavía se piensa en una solución rápida para el conflicto). Lógicamente, terminado el plazo, y puesto que la guerra no había terminado, fue nuevamente prorrogado, aunque se flexibilizó el movimiento de dinero en el caso de empresas que pretendiesen pagar salarios.

Este «corralito financiero» por razones bélicas fue automáticamente prorrogado varias veces e incluso endurecido a partir del mes de agosto, cuando se prohibió la disposición de más de 1.000 pesetas en los bancos y 250 si eran cuentas de cajas de ahorro. Semanas después, sin embargo, se aprobarían límites más laxos, ante la amenaza de secar el sistema económico. Estas restricciones, con cierta tendencia continuada a la laxitud, especialmente con los comerciantes, fueron prorrogadas hasta diciembre de 1938. A la entrada del 39, parece que ya nadie se preocupaba de prorrogar nada, convencidos como estaban todos de haber perdido la guerra.

Por su parte, en la zona nacional también fueron limitadas las disposiciones de fondos, si bien en este caso el sistema de flexibilizó mucho a partir de junio de 1938, a causa de la marcha de la guerra, favorable para este bando.

En noviembre de 1936, cuando las tropas franquistas quedan frenadas sin poder tomar Madrid como pretendían, ambas partes se dan cuenta de que se enfrentan a una guerra larga. Es cuando propiamente comienza la guerra monetaria. De fecha 12 de noviembre de 1936 es el decreto del Gobierno de Burgos por el cual anuncia que considera ilegales y absolutamente faltos de valor los billetes emitidos por la República con posterioridad al 18 de julio de 1936; medida que es paralela al estampillado por parte del bando franquista de la moneda existente en su lado (o sea: los billetes posteriores al 18 de julio sin la estampilla pasaban a no valer nada en zona nacional) y la creación de la suya propia, lo cual permitía dirimir claramente cuál era la moneda nacional y cuál la republicana. Por cierto, que la casa inglesa a la que se encargó la realización de los billetes, Thomas de la Rue, se negó; y aún una segunda, Bradbury Wilkinson, a pesar de comprometerse en un inicio, se hizo la orejas finalmente; motivo por el cual la moneda fue impresa en Zaragoza (Litografía Portabella) y Leipzig (Giesecke und Devrient).

Este decreto es de extremada importancia. Lo que supuso fue darle un mensaje a todo quisqui, muy sencillo: como yo gane la guerra, ni se te ocurra venir a verme para pedirme que canjee tu puto dinero de los rojos por pesetas de las mías.

Esta medida se complementa con otra, tomada en agosto de 1936, que decretaba la nulidad de las operaciones realizadas con el oro del Banco de España. Obviamente, a los rusos, principales destinatarios de dicho oro vía compraventa de armas, este hecho les importaba un flus; pero, ciertamente, la medida supuso una limitación para la República a la hora de utilizar el oro para otro tipo de operaciones en el exterior.

Todo este movimiento fue notablemente dañino para la República, tanto en el interior, puesto que los particulares, y muy especialmente los comerciantes, comenzaron a atesorar toda la moneda anterior al 18 de julio que encontraban; como en el exterior, donde todo aquél que hacía negocios con la España republicana se lo pensaba dos veces, ante la sospecha de que le estuviesen pagando con papelitos sin valor.

Una de las grandes ventajas que había tenido la República en la disposición de fuerzas resultante tras el golpe de Estado era que en su poder habían quedado absolutamente todas las reservas de oro de España, que en aquel momento era uno de los países con mayores riquezas áureas acumuladas. Como ya hemos visto, el ministro de Hacienda y luego presidente Juan Negrín decidió sacar el oro de España y llevarlo a Moscú, en una decisión, por cierto, que provocó dos dimisiones en el seno del Banco de España, por considerar la decisión ilegal. Yo creo que los dos dimitidos (Martínez Fresneda y Álvarez Guerra) tenían toda la razón. Que el Banco de España tenga oro no quiere decir que el gobierno de la nación pueda disponer libremente de ese oro. De hecho, Zapatero no puede decidir ahora que va a utilizar una partida de oro del Banco de España en comprar chupa-chups. ¿Era una guerra? Ya, pero, ¿acaso había el gobierno declarado el estado de guerra?

De todas formas, Negrín hizo más cosas que trasladar el oro a Moscú y usarlo en comprar armas. Primero decretó que el oro en poder de particulares se depositase en el Banco de España, y luego decretó que dicho oro debía ser vendido obligatoriamente al Estado a un precio puesto por el gobierno. Dichas incautaciones siguieron con la plata, las piedras preciosas, y otras propiedades suntuosas. En el bando nacional se llevó a cabo la misma política, en realidad con más saña, puesto que Franco, al no disponer del llamado oro de Moscú, carecía por completo de metales preciosos para respaldar su moneda. Las necesidades del bando nacional fueron tan acuciantes que llegó, incluso, a incautar a principios de 1938 las escobillas de los dentistas, habitualmente fabricadas con partes de oro.

En una carrera alocada por acumular metales preciosos, provocada por las serias dudas que la guerra monetaria de Burgos generaba sobre el papel moneda, la República retiró de la circulación las monedas de plata que aún existían, sustituyéndolas por certificados de plata. Como no se logró parar la acumulación masiva de monedas por los particulares, en diciembre de 1937 el cambio de monedas por certificados se amplió a otras monedas. Se llegaron a emitir simples discos de cartón timbrados.

La República, sin embargo, tenía otro problema además de las serias dudas que sobre el valor de sus monedas y certificados había creado la zona franquista. El segundo problema estaba dentro y se centraba en el cachondeo de emisiones que se produjo en el marco de un país en el que el más tonto, con cien pistolas y unos cuantos militantes, se montaba su chiringuito revolucionario particular en cualquier esquina.

Haría falta un blog entero para hablar de los muchos experimentos vividos, y que son hoy piezas cotizadas de los numismáticos, en forma de dinero emitido por ayuntamientos, comités sindicales y demás. Por no lograr, la República ni siquiera logró la unidad de acción monetaria con las comunidades catalana y vasca, especialmente con esta primera la cual, de la mano de su hombre fuerte económico Josep Tarradellas, fue realmente a lo suyo.

En fecha tan temprana como septiembre de 1936, Cataluña comienza a emitir su propia moneda. A finales de este mismo año, con medidas de clarísimo corte revolucionario, Cataluña dicta medidas como la entrega obligatoria de todas las acciones y divisas en poder de particulares, u otra medida que, por cierto, tomaron todos, es decir republicanos y franquistas, como fue la apertura sistemática de las cajas de seguridad en poder de particulares; práctica que, por cierto, jurídicamente tiene la misma calificación de la violación del domicilio propio. Además, como ya hemos contado, la Generalitat, a finales del 36, se hace con el poder de las delegaciones en Cataluña del Banco de España y del Ministerio de Hacienda, con toda la pasta que contienen.

Entre otras cosas, la Generalitat de Cataluña autorizó a sus ayuntamientos a resolver sus problemas monetarios mediante la emisión de monedas respaldadas por la Generalitat, lo cual aumentó la confusión. Entonces había 1.075 municipios en Cataluña, de los que se ha calculado que 687 emitieron moneda. Pero no sólo ellos. Los estudiosos de la cosa nos informan de que, dado que el problema monetario persistía porque las monedas reales (emitidas antes de la guerra) desaparecían en los calcetines del personal, cuando alguien, fuese ese alguien el zapatero o el deshollinador, tenía que devolver unas perrillas y no tenía con qué, emitía su propio certificado.

El gobierno de la República decretó a finales de 1938 el final de este cachondeo y anunció que todas las emisiones de billetes y vales que no hubiesen sido realizadas por el Tesoro Público o el Banco de España debían retirarse de la circulación, pasando a ser la única moneda del sistema la procedente de una emisión que iba a realizar. Pero esta medida se tomó cuatro meses antes de terminar la guerra; tardísimo, pues. A todas luces, la enorme atomización de las emisiones de moneda impidió a la República presentar un frente único a la pelea monetaria franquista; devolverle la pelota estampillando sus monedas y declarando las nacionales ilegales.

En todo caso, los catalanes le hicieron tanto caso que Franco, cuando tomó Barcelona, se encontró allí una emisión de moneda catalana con valores de 25 a 1.000 pesetas (lo que se dice una emisión completa) que Tarradellas iba a colocar en la calle.

Por su parte, el Gobierno vasco también emitió su propia moneda, consistente en unos talones librados a cargo del Banco de España por los bancos y cajas vascos, que fueron conocidos como los Eliodoros a causa del nombre del consejero de Hacienda que los diseñó, Eliodoro de la Torre. Por haber monedas, hasta la hubo emitida en Aragón por la CNT, que no creía en el dinero, y que emitió unos certificados que, para no ir en pesetas, se medían en grados.

En enero de 1938, la incapacidad del gobierno para detener la sangría de monedas reales, que hizo que en realidad fuesen los famosos certificados de plata los que funcionasen como moneda fraccionaria, alcanzó el paroxismo con una medida desesperada, mediante la cual el gobierno mantenía el privilegio del Banco de España en la emisión de monedas de muy alto valor (100 pesetas) y dejaba en manos del Ministerio de Hacienda la emisión de las que usaba todo dios.

Conforme la guerra se fue definiendo, y muy especialmente después del verano del 37 cuando el Norte, y por lo tanto una de las grandes zonas industriales de España, cayó en manos de Franco, la cotización internacional de la peseta franquista se sostuvo, y la republicana bajó primero y terminó por desplomarse por completo. Ambas zonas tenían realidades bien distintas. La zona franquista se había enfrentado al problema real de no tener nada con que respaldar su moneda mediante una economía de guerra en la que incautó hasta el último grano de oro que vio pasar por allí cerca, aunque, probablemente a causa de la influencia que ante el nuevo gobierno tenían los banqueros y gentes del mundo económico, dicha incautación se hizo permaneciendo lo incautado en los bancos, por lo tanto con una mayor apariencia de legalidad. El gran problema del bando franquista fue ir incorporando a su política monetaria a las zonas republicanas que iba tomando, repletas de personas con papelitos o moneda atesorada. Aunque es difícil de demostrar, algunos autores piensan que lo que hizo Franco fue, en gran medida, vomitar los papelitos de nuevo en la zona republicana, creando una superdisponibilidad de moneda, es decir un crecimiento brutal de la masa monetaria, lo cual creaba una espiral inflacionaria. En otras palabras, Franco, además de enviar la Legión Cóndor a bombardear a la República, envió también a la inflación.

Por su parte, la República pagó los platos rotos de una gestión económica deficiente. Desde que el 17 de julio de 1936 se subleva el ejército en Melilla, el gobierno legítimo español sigue siendo legítimo y sigue siendo español, pero ya es muy poco gobierno. Su capacidad de imponer la autoridad en el sistema económico fue muy baja. No sólo los dos gobiernos autónomos, catalán y vasco, jugaron a la independencia de facto, en un movimiento insolidario que les costó cuarenta años bajo la bota imperial y algún que otro episodio históricamente vergonzante como el Pacto de Santoña; es que una miríada de comités de la UGT, de la CNT, del POUM, del PSOE, de las Juventudes Socialistas, de la caraba en verso, se hizo con el poder efectivo de las relaciones económicas en grandes áreas del país, creando reinos de taifas socioeconómicos que evitaron que la respuesta de la República en la guerra económica fuese fuerte y unitaria.

Desde que en noviembre de 1936 Franco tira un torpedo a la línea de flotación del sistema monetario republicano hasta el final de la guerra, éste no dejó de ir con la lengua fuera, tratando de equilibrar y resolver un problema imposible; porque en economía lo que prima siempre son las decisiones de los agentes económicos, de los particulares. Y la materia prima de dichas decisiones es la confianza. No dudo que para ganar las guerras es muy importante convocar congresos de escritores antifascistas y esas cosas; pero más importante aún es generar una confianza en las relaciones económicas que nunca existió del todo en el área republicana; desconfianza que provocó que, cuando los españolitos empezaron a escuchar las emisiones de Radio Nacional desde Burgos avisándoles de que sus pesetas no valían una mierda, tomaron decisiones que, de hecho, tendieron a agravar el problema.

El día que estalló la guerra, la circulación de billetes y monedas en la España que permaneció fiel a la República era de 3.486 millones de pesetas, según las estimaciones; y de 2.000 millones en el área nacional. En septiembre de 1937, momento en el que la guerra monetaria ya estaba básicamente saldada, dicha circulación había aumentado en zona republicana a 10.000 millones, mientras en el área franquista se ha estimado en 2.650 millones. Las diferencias de crecimiento significan también diferencias de inflación, de empobrecimiento real, de deterioro de las expectativas, y de cachondeo monetario.

Hay guerras que se ganan sin pegar un tiro. Son, sin embargo, tan dañosas como las que estamos acostumbrados a ver y a leer en los best seller históricos.

miércoles, mayo 28, 2008

Mera

La guerra civil española, y en realidad todas las guerras, es como una buena película de Stanley Kramer: puedes disfrutarla fijándote en los protagonistas, pero a menudo los secundarios son incluso más interesantes. La guerra de España tiene muchos de estos side shows, cuyo conocimiento y exégesis, en realidad, daría para toda una vida de investigador histórico.

De la abultada nómina de secundarios de la guerra civil española hoy quiero sacar a colación uno que tuvo verdadera mala suerte, pues tan sólo le faltó un mes para contemplar el final de aquello contra lo que había luchado. El 25 de octubre de 1975, en efecto, moría en París Cipriano Mera.

Mera es el primer militante anarcosindicalista que consiguió el mando de un cuerpo del ejército, aunque este hecho, muy probablemente, se debe no sólo a sus méritos sino a la prematura muerte de Buenaventura Durruti en el frente de Madrid. Nació en 1896, en el pueblo madrileño de Tetuán de las Victorias, hoy, como casi todo madrileño sabe, plenamente integrado en el casco urbano que nuestro alcalde Gallardón fríe a impuestos.

Siguió la tradición del barrio, pues en Tetuán quien no se hacía trapero se hacía albañil; escogió lo segundo. Siempre sintió que sus ideas eran las anarcosindicalistas y por ello militó en la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) desde muy joven. En 1936 había llegado ya a la categoría de líder obrero y por eso fue una de las principales cabezas de la pavorosa huelga general de la construcción que, cuando estalló el golpe de Estado, llevaba ya cosa de setenta días de desarrollo, que se dice pronto.

Manuel Azaña conoció a Mera junto al (entonces) comunista Valentín González El Campesino, ya en la guerra, en 1937. En su diario deja un recuerdo insulso de este combatiente, muy al uso del estilo infatuado y superior que gastaba este señor al que algunos valoran tanto: «Nada en su persona me había llamado la atención. Es hombre seco, la faz terrosa, rasurado, de cejas espesas y prominentes, en cuya sombra se cobijan los ojos, que deben de ser pequeños. Avellanado y taciturno, es él quien parece un campesino, y no el otro.»

Resulta difícil saber cuántas celdas conoció Mera. Fue encarcelado en los años anteriores a la República por participar en huelgas. Lo volvió a ser en 1933 después de haber actuado en comités destinados a impedir el voto a las derechas, que aún así ganaron las elecciones. Fue encarcelado incluso después de la victoria del Frente Popular, a causa de una huelga, lo cual hay que reconocer que tiene su mérito revolucionario.

De hecho, cuando Mola, Franco, Queipo y el resto de la reata se alzan en diversos puntos de España, Mera está en la cárcel. Es liberado el 19 de julio tras gestiones en ese sentido llevadas a cabo por el general Pozas, que acaba de ser nombrado ministro de la Gobernación. Inmediatamente, participa en diversas acciones bélicas y muy especialmente en la operación de Cuenca.

Es el 19 de julio de 1936 y Mera, ya lo hemos dicho, sale de la cárcel. En unas horas, casi todo el pescado estará vendido: Sevilla cae del lado de los franquistas, también lo hace Galicia, gran parte de Castilla, Navarra; resiste Cataluña… Durante gran parte de la guerra, el frente estará partido en dos o, si lo preferís, habrá dos guerras: una en el sur (Andalucía primero, luego Extremadura, Toledo, Madrid…); y el norte por otro (País Vasco, Asturias, el frente de Aragón…). Y esto, la existencia de los dos frentes, es probablemente posible gracias a Cipriano Mera pues Mera, el día 19 de julio, cuando el Estado Mayor está a por uvas y viéndolas venir, se acuerda de que el viaje entre Madrid y el Mediterráneo tiene una llave; y esa llave se llama Cuenca.

Cuenca es, en 1936, una provincia de derechas hasta las trancas. Es por ello que el general Franco, cuando ha coqueteado con la idea de presentarse a las elecciones, lo ha hecho como diputado por Cuenca. La provincia, en todo caso, llevaba en aquellos años desde 1919 dándole acta de diputado al un militar, el general Joaquín Fanjul. Por lo demás, en Cuenca no hay fuerzas militares. Apenas la dotación de la Caja de Reclutas de la capital y, por supuesto, los cuartelillos de la guardia civil.

El Comandante Militar de la pequeña guarnición conquense, un teniente coronel, trata de convencer a la guardia civil de que se ponga del lado de los sublevados; pero la Benemérita duda. Se producen unas horas de toma y daca. Pero en Madrid alguien, Mera, se ha coscado de la movida, se ha dado cuenta de que tener Cuenca significa dejar expedito el camino entre Madrid y Valencia, y aparece en la capital en un par de camiones con apenas unas decenas de leales mal armados. Cuenca ciudad primero, y la provincia después, es tomada de forma incruenta. Ya no dejará de ser republicana hasta que acabe la guerra.

Para entonces, Mera manda una columna de 3.000 hombres, que es destinada en noviembre a la Cuesta de las Perdices primero y luego, cuando los franquistas apretaron, a la ciudad universitaria; y conviene decir esto por la cantidad de personas que parece existir hoy en día seriamente convencida de que Madrid lo defendieron las Brigadas Internacionales en solitario. Si alguien estuvo en el frente más caliente, ésos fueron los hombres del Mera Team.

Colocado al frente de una división, la XIV, en febrero de 1937, Mera participó en la batalla de Guadalajara, quizá la más clara victoria republicana de toda la guerra; y, concretamente, lleva a cabo la toma de Brihuega, donde le da una mano de hostias a Bergonzzolli y sus volátiles tropas italianas. Luego participa en la famosa batalla de Brunete.

Tras esas acciones, Mera asciende a teniente coronel, lo cual quiere decir que toma a su mando un cuerpo de ejército, el IV o también denominado del Centro porque ésta fue su demarcación geográfica. Tenía a su mando entre 40.000 y 50.000 hombres.

Conforme avanzaba la guerra, no obstante, Cipriano Mera se fue dando cuenta de la imposibilidad de ganarla. Probablemente, tras la caída de Cataluña se convenció incluso de la imposibilidad de un armisticio, porque ese tipo de acuerdos no pueden hacerse entre dos ejércitos en situaciones tan dispares como el franquista y el republicano. Esto le hizo acercarse al coronel Segismundo Casado, el cual, en Madrid, diseñaba en secreto una operación para rendir el ejército republicano y terminar la guerra. De hecho, Cipriano Mera y Julián Besteiro fueron los dos grandes avales políticos que tuvo el movimiento de Casado.

Una vez producido el golpe y ante la reacción comunista, en Madrid se entabló una guerra dentro de la guerra civil. Mera y el mayor Liberino González organizan una columna y entran en Madrid para ayudar a Casado. Esta intervención fue decisiva para lograr la rendición de las fuerzas de Barceló y Ascanio, que dio la puntilla final a la República.

Edmundo Rodríguez Aragonés, dirigente de la UGT que al final de la guerra era comisario del Ejército de Centro, nos dejó un retrato de aquellas horas del golpe de Estado de Casado (Los vencedores de Negrín, Roca, México D.F., 1976; es relativamente fácil de encontrar en libreros de viejo). A todas luces, el hecho de que Rodríguez tuviese connivencias con los comunistas (de otro modo, ni de coña sería comisario del Ejército de Centro) hizo que los confabulados no le hicieran participar en su movida y, de hecho, le dejaran ir a ver a Casado sin saber gran cosa, para así retenerlo.

Rodríguez retrata a Mera, en los minutos previos a la alocución de radio en la que se anunció el golpe, «taciturno y huraño, con su mano aún vendada, impaciente, pendiente de su discurso». Es un comentario un poco despectivo, pues es fácil comprender que la palabra no suele estar entre las habilidades natas de un albañil. No ha de sorprender, sin embargo, pues ya hemos dicho que Edmundo Rodríguez terminó la guerra siendo un filocomunista, y si algo construyó nuestra guerra civil fue un odio cerval, sin paliativos, a muerte y sin piedad entre comunistas y anarquistas.

Rodríguez, además, reserva su desprecio para don Cipriano, al aseverar en su libro que no comprendió por qué fue designado, junto con Casado y Besteiro, para hablar en la radio. «Mera», dice que le dijo Casado, «habla como un hombre del pueblo y dará confianza y seguridad. Su voz sincera y ruda será la nota popular».

Esto es, a todas luces, mentira. Si Mera habló por la radio aquel día es porque era el jefe de las únicas fuerzas reales con que el golpe podía contar. Estaba ahí para dejar bien claro a todos los anarquistas que escuchasen la alocución qué es lo que debían hacer.

Lo que sabemos por Rodríguez del discurso de Mera es que en él pidió la paz, pero una paz honrosa que, de no llegar, dijo, debería llevar a los republicanos a luchar hasta morir. Asimismo, le acusa de haber trufado su intervención de insultos hacia el primer ministro Juan Negrín, al que al parecer motejó de ladrón y cosas peores. Probablemente, Rodríguez dice la verdad. En ese momento, Negrín era la verdadera bestia negra de los anarquistas a causa de lo que consideraban una connivencia total con los comunistas.

El 29 de marzo de 1939, Cipriano Mera sale desde Valencia hacia Argelia, donde es confinado en un campo de concentración. Una vez libre, se va a Marruecos y se emplea en las obras del ferrocarril que los franceses proyectan construir entre Tánger y Dakar. No obstante, en 1940 el gobierno franquista lo reclama al francés. Mera es entregado, encerrado en la vieja cárcel de Porlier y condenado a muerte en 1943. No obstante, es indultado, aunque sigue preso y realizando trabajos forzados, entre otros lugares, en Cuelgamuros (Valle de los Caídos).

En 1946 recibe la libertad condicional y, tras intentar quedarse en España, acaba por irse a Francia, a pie desde Madrid. Allí trabaja como albañil hasta 1956.

Mera vivió siempre en barrios obreros; en Tetuán cuando estaba en España y en el barrio de Billancourt de París, donde está la fábrica de la Renault, cuando se fue a Francia. Nunca aceptó oferta alguna para recibir dádivas o cobrar por sus memorias o algo parecido.

Un periodista español, Luis Romero, lo entrevistó ya muy mayor en París, cuando el cáncer estaba ya acabando con él. Le dijo: «Usted tendría [en la guerra] la ocasión de llenar una maleta con lingotes de oro, joyas o cualquier otro objeto de valor que hubiese podido llevarse y situar en el extranjero. Ahora no viviría en esta casa, su compañera estaría mejor y a su edad no se vería obligado a tan duro trabajo».

Mera le miró y se limitó a contestar: «¿Y la conciencia?»

Ideas como ésta son las que albergaba la cabeza de este militante obrero, en el cual San Manuel Azaña Mártir sólo supo ver el rostro de un puto campesino.

domingo, mayo 25, 2008

Roma, de Steven Saylor


Como ya he comentado en alguna ocasión, soy renuente a comentar mis lecturas, pues muchas de ellas se centran en libros descatalogados o de difícil localización. No obstante, cuando leo algún libro más o menos moderno, y sobre todo si es, por así decirlo, de entretenimiento, sí creo que puedo comentar lo que leo.

Hace algunos años, un notable historiador inglés, Edward Rutherfurd, hizo especialmente famoso un subgénero de novela histórica muy particular. Se trataba de novelas en las cuales se relataban periodos de tiempo muy largos, abarcando en algunos casos incluso la totalidad de la Historia conocida de un determinado lugar, a través de las generaciones de una misma familia; personajes secundarios que, sin embargo, tenían en las diferentes peripecias de su vida contacto directo con algunos de los principales momentos de la Historia de su ciudad o país.

Londres fue, probablemente, el primer hit de Rutherfurd, aunque no estoy seguro que no hubiese escrito ya antes alguno de sus libros. Es un libro interesante y muy apasionante de leer; y tiene, además, el beneficio añadido de que leerlo nos hace encontrar otra dimensión al Museo de Londres, pues no pocos los de los objetos y situaciones que se describen en el libro proceden de cosas que se guardan allí. El Museo de Londres, por cierto, es un lugar que casi nadie visita cuando va allí, y es un error, un error mayúsculo. Pero, claro, mayor error es vivir en Madrid y no haber pisado jamás el Museo Municipal.

El caso es que hay, como decía, un subgénero de éxito, que los editores, supongo, buscan con cierta avidez. A ese subgénero pertenece Roma, el libro de Steven Saylor cuya lectura hoy os comento. Al igual que en los libros de Rutherfurd, Saylor inventa dos linajes patricios, el de los Poticios y los Pinarios (espero que salgan bien escritos en este post; el señor Bill Gates se empeña en escribir Binarios cada vez que escribo Pinarios), cuyo percorrer repasa desde los tiempos anteriores a la fundación de Roma hasta la el año 1 Antes de Cristo, durante el primer reinado imperial, el de César Octavio Augusto. Patricios que son, estos Poticios y Pinarios tienen la ocasión de estar siempre a la que salta en los hechos de esa Roma clásica preimperial; así pues, en la novela los veremos ser coleguitas de los gemelos Rómulo y Remo; o mandar a tomar por culo la solución monárquica tarquinia; o levantar el sitio de Roma con el desgraciado Coriolano; o servir a la religión estatal como vírgenes vestales; o colaborar con las reformas de los gracos; o luchar contra el pérfido Sila; o, desde luego, formar parte del Estado Mayor de Julio César. He aquí, sin lugar a dudas, la principal virtud del libro: rel tema. Steven Saylor sabe bien que la Historia de Roma en los 999 años que relata la novela es una de las novelas negras mejor escritas que se pueden leer. Si me permite el autor esta boutade, que lo es pues escribir siempre es un esfuerzo que lo flipas, en parte el libro se escribe sola, porque esa parte primera que es inventar la historia está notablemente simplificada cuando hablamos de estos tiempos, y esa tierra, que están entre los episodios protagonistas de aquello que nos hizo como somos.

Hablando de novela histórica y hablando de Roma, la comparación se hace obligada con los libros Coleen MacCollough, escritora australiana de enorme erudición quien, sin embargo, para la mayor parte de nosotros, y sobre todo de vosotras (las talluditas), es famosa por una novela que no tiene nada que ver con los tiempos clásicos: The thornbirds (El pájaro espino), historia de amor y religión que fue un exitazo de audiencia en la tele bastantes años atrás.

McCollough es autora de una serie monumental de novelas, de casi 900 páginas cada una, que abarcan desde los inicios de la carrera de Cayo Mario hasta la de Julio César (por lo menos, éstas son las que yo he leído). Creo que, para aquellos de los lectores de este post que estén interesados en este periodo y no hayan leído estos libros, merece la pena que señale las diferencias.

En primer lugar, los ámbitos temporales no son los mismos. El de McCollough es mucho más corto. La suya es una cirugía de precisión y, en consecuencia, sus novelas son mucho más meticulosas. Describe los hechos sin prisas, uno por uno, con la intención de no dejar ni un elemento importante de los años que relata sin ser contado (de hecho, sus capítulos se dividen por años consulares); esto la lleva a una erudición en ocasiones apabullante, pero que al lector, y perdóneme que le llame así, más superficial, se le puede hacer algo pesada. Especialmente, el hecho de que McCollough no se salte ni un miembro de las familias que interaccionan en sus novelas, y que los romanos tuviesen la costumbre de repetir los nombres, hace que en ocasiones sea difícil centrarse. La obra de Saylor, sin embargo, es más ágil en este punto. También tiene muchas páginas, casi 700 en la edición inglesa que es la que yo comento, pero en realidad, como sabemos, la media no sale ni a un año por página. Además, teniendo en cuenta que lo que hace Saylor es situar personajes inventados en una realidad histórica, hace a Poticios y Pinarios atravesar por una serie de peripecias que impiden la confusión que, de todas maneras, es casi imposible teniendo en cuenta los saltos del tiempo.

En el asunto de los personajes está otra diferencia. Los de Saylor son inventados. McCollough, por su parte, hace novela histórica a lo Gore Vidal, es decir, sus protagonistas son los propios protagonistas de la Historia. Las peripecias que seguimos en sus novelas son las de Mario, Sila, Servilia Cepionis, Cicerón, etc. No hay personajes inventados, sino invención en torno a los personajes (invención, en ocasiones, un poco temeraria en mi opinión). ¿Cuál de las dos alternativas es mejor? La respuesta ha de ser galaica: depende. Depende del lector. Hay lectores para los cuales la pura peripecia histórica no es suficiente, porque no tienen demasiada ambición por los hechos históricos o el simple análisis de éstos les aburre o les deja insatisfechos. Éstos deberían leer a Saylor. Aquéllos para los cuales lo importante sea la Historia, sin aditamentos, deben leer a McCollough.

En su versión original, el libro está escrito de forma ágil y eficiente. El autor parece ser plenamente consciente de que los libros de 700 páginas repletos de periodos y tropos son propios tan sólo de los aficionados a la literatura rusa; de todas formas, tengo por mí que el inglés no es un idioma muy propio para ser alambicado en la escritura (o eso al menos dice mi profesora de inglés, quien siempre me está dando la brasa con que escriba frases tres veces más cortas). Otra gran virtud de Saylor, que se hace interesante, es que trata de explicar, desde el conocimiento y la imaginación, el origen de los mitos. A todas luces, Saylor alberga la teoría de que todos los mitos y creencias tienen un origen real. Así pues, no daré más detalles para no fastidiar a futuros lectores, pero diré que en el libro de Saylor se pueden encontrar explicaciones bastante plausibles sobre hechos como por qué la tradición decía que Rómulo y Remo fueron amamantados por una loba; o quién fue Hércules y quién el gigante Caco al que según la tradición mató; o por qué estaba decretado que las moscas no podían entrar en determinados templos; o por qué los romanos celebraban extrañas fiestas como las Lupercalias. De hecho, al finalizar el libro coquetea (no sé si pensando en una segunda parte) con la idea de que el propio símbolo religioso de la cruz podría ser mucho más antiguo que el cristianismo.

¿Lo peor del libro? Lo peor del libro son los pies forzados que se ve obligado a respetar el autor por razón de su elección primera: meter mil años de Historia en un libro voluminoso, pero no tanto como para echar para atrás al comprador/lector masivo. Así las cosas, Roma se convierte en un ejemplo de lo que los británicos llaman cherry picking: el autor para aquí o allá para narrar un determinado periodo de la Historia de Roma, lo cual quiere decir que, necesariamente, se deja otros. Tiene que ser así porque, de lo contrario, por mucho que hubiese querido correr, habría escrito 1.500 páginas, o así. Lo que me parece enormemente discutible es la selección. Está hecha, probablemente, para poder colocar a los protagonistas de la novela, Poticios y Pinarios, ante determinadas situaciones. Pero las lagunas son, a mi modo de ver, pavorosas. Especialmente doloroso me parece el olvido de Cayo Mario, para mí el hombre que dio un vuelco a la Roma republicana, eso sí a largo plazo, con sus siete consulados y su reforma militar a favor de los miembros del censo por cabezas. Pero hay más cosas. En la novela de Saylor nada se dice de la cuestión itálica, que presidió los debates de la República durante siglos; apenas aparecen, como en un segundo plano, las guerras púnicas, a pesar de que su importancia pretende explicarse (no obstante lo dicho, Tiburcio la explica mucho mejor). No existen las conquistas imperiales; los galos toman Roma pero los romanos no pisan Galia en una sola escena, ni abaten las posesiones de los númidas, ni apresan a Yugurta. Se nos cuenta la Historia de Roma sin el concurso de Cicerón, de Catalina, prácticamente sin el concurso de Catón. Pompeyo Magnus se nos queda prácticamente inédito, pues César, en esta novela, no pasa el Rubicón (para pasar el Rubicón tendría que venir de la Galia, y ya hemos dicho de de eso no se dice nada) y, consecuentemente, no se nos cuenta la batalla de Pharsalos; apenas sus consecuencias. En la Historia de Roma hay políticos y líderes importantísimos como L. Apuleyo Saturnino, Marco Livio Druso, Publio Sulpicio Rufo, Cinna, Creso, Quinto Sertorio, Lépido, los Metelos, que no aparecen.

Y, sobre todo, está el problema de la República. Porque alguien que escribe sobre esos años está obligado, en mi opinión, a tratar de hincarle el diente al asunto de cómo, y por qué, murió la República romana. Si es cierto (yo lo pienso así) que era una evolución necesaria para un Estado que había alcanzado la importancia de Roma, o si se debió a la miopía de la clase patricia y a la creciente demagogia de los plebeyos, como también puede pensarse.

En conclusión, como novela de entretenimiento es buena; yo diría que muy buena. Pero si lo que se pretende es, además, obtener de ella una buena foto de la Historia de Roma, yo le recomendaría al protolector que no se hiciese demasiadas ilusiones.

Del libro, por cierto, ha salido edición española; pero desconozco la editorial. Supongo que no os será complejo encontrarla en internet.

Eso sí, visto el rollo catilinario de Tiburcio sobre las guerras púnicas y que a mí me va la marcha, desde hoy queda abierto el descriptor de Historia Antigua. Volveremos sobre ella, espero que pronto. Lo primero que me gustaría contaros es la historia de los gracos. Pero será ya otro día.

jueves, mayo 22, 2008

Ética bélica

Las guerras, dicen, sacan lo peor del ser humano. Y es verdad. Si en la vida se puede ser testigo de hechos abyectos y absolutamente faltos de moral, en una guerra la densidad de este tipo de cosas se multiplica. Pero la guerra, como momento extremo que es, también es una ocasión especialmente interesante para aflorar algunas cosas buenas. Hoy me gustaría hablaros de un héroe de la segunda guerra mundial. Un héroe quizá un poco olvidado, como le ocurre siempre a los héroes que lo son del que pierde. Por lo que sé de su historia, creo que merece claramente la consideración de héroe; pero no por la proeza táctica y militar que realizó, sino por tener, en medio de una guerra, algo muy valioso: sensibilidad y ética.

Se llamaba Luigi Durand La Penne, y era capitán de corbeta de la Armada italiana; un soldado de Mussolini, pues. En 1941, tenía 27 años y nadaba como un pez. Los marineros italianos llevaban claramente las de perder en el teatro de operaciones que les tocó, que fue el Mediterráneo. Allí les tocó lidiar con la segunda armada más poderosa del mundo, la británica, que les dio capones hasta que el tamaño de la cabeza se les dobló. De hecho, los británicos tenían tanto poderío en el Mare Nostrum que aparcaron en la acera de enfrente de Italia, en el puerto de Alejandría, sin que los italianos pudieran echarlos de allí. Entonces a alguien en el ejército fascista se le ocurrió que tal vez la mejor manera de ganarle a un elefante es atacarlo con pulgas. Pulgas como La Penne.

La Reina y sus súbditos tenían dos acorazados en la rada de Alejandría. La guerra también le costaba cosas a los británicos, que habían perdido un acorazado y un portaaviones, así pues guardaban aquellos barcos de guerra como oro en paño. El plan era de película de James Bond: seis submarinistas, dirigidos por La Penne, entrarían en el puerto de Alejandría en minisubmarinos sobre los que montaban como si fuesen ponys (ellos los llamaban cerdos) y, una vez dentro, sabotearían cuantos más navíos pudiesen, mejor.

Cada cerdo era capaz de moverse autónomamente unos 15 kilómetros a una velocidad de dos o tres kilómetros por hora, supongo que estudiada para hacer que los sónares y otros aparatos los confundiesen fácilmente con barracudas, tiburones u otros inquilinos habituales de la mar. En un espacio más bien pequeño (6,5 metros por 50 centímetros) eran capaces de transportar 300 kilos de explosivos.

Era una misión suicida. Lo jodido no es llegar a tres por hora; es tratar de huir a esa velocidad. Eso suponiendo que, tras colocar las cargas en los barcos, no les descubriese alguien y tuviesen que salir nadando.

El 18 de diciembre de 1941, en el submarino Scire que se había colocado en el fondo del mar frente a Alejandría, el equipo se distribuyó el trabajo: La Penne y el contramaestre Emilio Bianchi irían a por el acorazado Valiant; Antonio Marceglia y Spartaco Schergat tratarían de volar el acorazado Queen Elisabeth; y Vincenzo Martelotta y Mario Marino atacarían un petrolero que estaba también en la rada. El plan era que primero estallara el petrolero, a las 5,55 horas, causando un gran incendio; a las 6,05 volaría el Valiant y a las 6,15 el Queen Elisabeth.

El puerto de Alejandría, cosa lógica, estaba protegido con una red metálica. No obstante, aquella noche los seis marinos montados en sus cerdos tuvieron la suerte de que llegaron barcos nuevos, así pues todo lo que tuvieron que hacer fue colocarse a su estela.

La Penne localizó el Valiant. Subió a la superficie, bajo una de sus torres de fuego, desenrollando al tiempo un cable que había de servirle como a Pulgarcito las migas de pan, para volver a su cerdo, que le esperaba abajo en la oscuridad. Cuando regresó a su vehículo, este no arrancaba. Tampoco encontró a Bianchi.

El italiano estaba en el fondo del mar, a unos 30 metros de donde debían quedar las cargas, y estaba solo. Tardó una hora en arrastrar los 300 kilos bajo el agua esos 30 putos metros. Cuando terminó, estaba completamente exhausto.

Subió a la superficie un momento y allí fue, finalmente, divisado por un centinela. Le enviaron una serie de recados de grueso calibre. De la Penne nadó hasta una boya para protegerse. Allí, para su sorpresa, estaba Bianchi. El sistema de respiración de su compañero había fallado, provocando que éste se desmayase bajo el agua. Se despertó en la superficie y nadó hasta la boya, pues no podía volver a bucear. Ambos marinos fueron hechos presos y llevados al Valiant. La Penne fue encerrado en un pañol casi encima de donde calculaba que estaban los explosivos.

Algún tiempo más tarde se oyó como un lejano trueno. Martelotta había hecho los deberes: el petrolero acababa de estallar; aunque fallaron las bombas incendiarias y el fuego no fue muy importante. En ese momento, las prioridades de La Penne cambiaron. Es extraña cosa la guerra. Resulta difícil sostener que hizo lo que hizo por salvarse él, que al fin y al cabo iba a volar con el Valiant, pues desde el primer momento sabía que iba a una misión suicida. Aporreó la puerta hasta que alguien vino y entonces solicitó ver al capitán del barco, Charles Morgan.

Una vez frente a él, se limitó a decirle:

‑Su buque va a volar por los aires en diez minutos. No quiero matar gente innecesariamente.

Preguntado por Morgan, se negó a decirle dónde estaba colocada la carga. Si lo hubiera hecho, le habría tenido que decir que la había dejado suelta, al lado del casco, y con seguridad la reacción de Morgan habría sido sacar el barco por piernas, con lo que el objetivo que La Penne perseguía, que era destruir la nave, no se habría cumplido. Dado que no dio información sobre los explosivos, fue de nuevo encerrado en la bodega.

La explosión se produjo a las 6 de la mañana y seis minutos. De la Penne salió despedido y perdió el sentido. Cuando lo recuperó, salió por el hueco de la puerta de la bodega, donde ya no había puerta. Llegó a la cubierta. Desde allí vio cómo estallaba el Queen Elisabeth.

Lo que siguió a aquel atentado tan sorprendentemente exitoso (seis pavos contra toda una dotación de buques de guerra surtos en un puerto) fue uno de los episodios en el fondo más cachondos de la segunda guerra mundial. Tanto el Valiant como el Queen Elisabeth sufrieron gravísimos daños, especialmente el segundo, pues Marceglia había sido capaz de poner las bombas justo debajo de su sala de máquinas. Sin embargo, dado que el calado del puerto de Alejandría no es gran cosa, los barcos se hundieron, pero dejaron buena parte de sí mismos en la superficie y, lo que es más importante, razonablemente derechos.

En realidad, con aquella acción, Italia quedaba dueña total del Mediterráneo. Así lo sostuvieron muchos expertos al ver las fotos aéreas que tomaron los aviones espía. Sin embargo, el ejército italiano tenía el mismo problema que el alemán: su jefe era un listillo, y no admitía opiniones en contra. Mussolini opinó, contra el parecer de sus almirantes, que aquellos barcos no estaban descojonados, que lo estaban hasta el corvejón, sino plenamente operativos. Por esa razón, dio orden de que los barcos italianos no saliesen de sus bases, por lo que perdieron la ocasión de dominar el mar. Los dos cruceros alejandrinos tardaron cosa de un año en volver a navegar; año durante el cual, por cierto, los ingleses se dedicaron a celebrar fiestas en su cubierta y a aparentar normalidad en la misma, para que Mussolini siguiera pensando que estaban operativos.

Los seis buceadores fueron apresados. De la Penne se escapó un par de veces, pero le pillaron. Fue devuelto a Italia tras terminar la guerra en su país, en 1943. Tuvo tiempo de colaborar con los aliados, sobre todo en la retirada alemana del puerto de La Spezia.

Winston Churchill dijo una vez que la operación de Alejandría fue «un ejemplo singular de valor e ingenio». Pero fue más que eso. Luigi de la Penne salvó aquella noche muchas de las 1.700 vidas que laboraban en el Valiant, y que hubieran desaparecido de permanecer él callado. Fue condecorado por el Estado italiano en 1945. A la ceremonia de la condecoración asistió Charles Morgan, el que fuera comandante del Valiant aquella noche.

Morgan pidió permiso, que le fue concedido, para ser él quien prendiese la medalla en el pecho de quien fue su enemigo.

sábado, mayo 17, 2008

Black Power (y 2)

Por si quieres ver la primera parte

Como escribí al final de mi anterior comentario, el nacionalismo negro nació un poco a partir de la idea del regreso a África; idea, la del origen africano, que ha sido celosamente guardada por los americanos de color quienes, después de muchas generaciones, han querido ser conocidos como afroamericanos, signo éste de lo muy enraizado que está entre ellos este sentimiento. Sin embargo, todos los regresos a África, sin excepción, acabaron en fracasos, motivo por el cual se fue abriendo entre ellos la idea de la autodeterminación o, como diríamos hoy en España, el soberanismo.

Lo cual tampoco es una idea realmente negra. El establecimiento de una especie de colonia negra en el noroeste de los Estados Unidos es una idea que ya manejó el antiesclavista blanco Anthony Bezenet en un folleto que publicó en 1795. A Bezenet, por cierto, no parecía importarle mucho que el territorio adjudicado al futuro Estado negro estuviese ocupado por indios, lo cual demuestra que se puede ser muy progre sin dejar de ser racista. En 1805, otro blanco, Thomas Brannagan, propuso que se trazase una línea desde la frontera de los EEUU civilizados y que, a 2.000 millas de allí, se estableciese el Estado negro. Aquí podemos ver lo mucho que valoraban aquellos blancos la convivencia con los negros pues, para liberarlos, necesitaban poner nada menos de 2.000 millas por medio. De 1817 es la primera declaración propiamente negra, concretamente de un grupo de libertos de Virginia, en el sentido de que su colonia debía establecerse no en África sino en las riberas del río Missouri. Algunos años más tarde, se propuso Texas como el lugar para el Estado negro, quizá porque entonces no era el Estado que es ahora. No creo que a los tejanos de hoy les mole la propuesta. El siglo XIX registra diversos intentos, bastante torpes, de crear el Estado negro en Kansas y Oklahoma.

Cyril V. Briggs es el siguiente activista negro de la lista. Tras la primera guerra mundial, fundó la African Blood Brotherhood, una organización básicamente partidaria de la solución migratoria, pues a Briggs le ponía lo de un Estado negro en África, aunque también asumía que podía ser en América Central o del Sur. Pero Briggs es importante porque es el primer líder negro que acerca la defensa de los negros americanos a la nueva ideología de moda en el siglo XX: el comunismo. Él mismo y otros compañeros como Richard B. Moore, Lovett Fort-Witheman y Otto y Haywood Hall, se hicieron miembros del Partido Comunista Americano, que nació más o menos al mismo tiempo que el español, en 1921. El comunismo dejaría honda huella en el movimiento negro. Otto Hall fue a estudiar a Moscú en 1925 y allí el mismísimo little father Stalin le comió la oreja con que los negros eran una cuestión nacional. Es claro que el líder de la URSS vio en aquella historia una forma de dar por culo al mundo capitalista y, de consuno, en 1928 la Internacional Comunista adoptó oficialmente una postura en apoyo del derecho de autodeterminación de los negros del Cinturón Negro. Cinturón Negro no es aquí ninguna distinción de judoka, sino toda aquella área en la que la población negra fuese netamente mayoritaria.

Moscú, sin embargo, no tenía un compromiso sincero con la autodeterminación. Cuando los comunistas negros avanzaron en la construcción de una ideología que propugnaba la inmediata independencia de los negros, las gentes de Stalin se apresuraron a matizarles que eso era muy prematuro. El comunismo hizo con la independencia negra lo mismo que hizo siempre con todas las ideas atractivas que, por cualquier razón, o sabía que no podían cumplirse o no quería que se cumpliesen: situarlas en un futuro aún por alcanzar. Así, el comunismo negro americano comenzó a defender la idea de que los negros eran tan libres de separarse de los blancos como de decidir no hacerlo hasta que una eventual madurez de la situación permitiese dicha división en condiciones adecuadas.

Eso sí, la impregnación del comunismo en el movimiento negro americano supuso el viraje de éste hacia el punto en que fue, sin duda alguna, más eficiente: la demanda de la igualdad de derechos.

Con todo, no es el comunismo la única filosofía que impactaría en la ideología negra.

En 1888, un activista negro, Edward W. Blyden, escribió un folleto en el que establecía una diferencia de trato hacia los negros entre el cristianismo y el Islam; como nunca he podido dar con el folleto sólo tengo referencias indirectas, así pues no puedo explicar cómo bordeaba Blyden el pequeño asuntillo de que los musulmanes africanos montaron verdaderas factorías de encarcelamiento y venta de negros, lo cual, a mi modo de ver, más que pone en tela de juicio esa presunta comprensión de los mahometanos. Algunas décadas más tarde, en Carolina del Norte, Timothy Drew inicia la moda del cambio de nombre y pasa a llamarse Noble Negro Alí y modifica la típica ideología negra del retorno a África por otra más sutil: el retorno al Islam.

Noble Alí, quien se intitulaba profeta y se colocaba en el escalafón de la divinidad junto a Confucio, Jesús, Buda y Zoroastro, dotó al nacionalismo negro de raíces más valiosas. Sostuvo que en realidad los negros americanos eran originarios de Marruecos y, consecuentemente, herederos de los antiguos moabitas; lo cual les hacía, en sus orígenes, mucho más civilizados y poderosos que los habitantes de lo que hoy conocemos como África Negra. Por ello, Drew Alí, o Noble Negro Alí, dio a los negros una nueva identidad. Su final es un poco rocambolesco o, pensarán algunos, muy americano. Tras años de fundar templos a diestro y siniestro, otro activista, Sheik Claude Greene, vio las posibilidades de la cosa y fundó su propio grupo, también proislam. En la lucha entre las facciones, Greene fue asesinado en 1929, crimen por el que Alí fue acusado y encarcelado. Murió poco después de haber salido bajo fianza.

En 1930 eclosiona en Detroit Wallace D., también conocido como W. D. Fard. Escribió un libro delirante ya en su propio título (Teaching for the Lost Found Nation of Islam in a mathematical way), en el que establecía la teoría de que los negros de Estados Unidos descienden, todos, de una tribu perdida de Shabazz, que fue secuestrada de La Meca 369 años antes. Para liberarse, debían convertirse al Islam, hablar árabe y dedicarse a la astronomía y las matemáticas. El fenómeno Fard desapareció cuatro años después sin que se sepa muy bien ni cómo ni por qué. Eso sí, fue detenido varias veces. Pero su labor fue seguida por Elijah Poole, tuneado al Islam como Elijah Mahoma antes de la desaparición de Fard, y uno de los activistas que más claramente se decanta por la autodeterminación; en sus teorías propugna que les sean entregados a los negros tres o cuatro estados de la Unión, y que el desarrollo de la nación negra sea apoyado por los blancos durante 25 años.

Todo este cóctel de ideas, algunas de ellas un poco delirantes (no tengo tiempo de describiros la cosmogonía de Fard, o sea la historia del niño Yakub, pero es la leche) tenían, no obstante, que llevar las cosas a un punto de madurez y, por decirlo así, profesionalidad. Este paso es el que da Malcolm Little, también conocido como El-Hajj Malik El-Shabazz y, sobre todo, como Malcolm X.

Tras pasar por la cárcel, Malcolm X se convirtió al Islam y se apuntó a la iglesia de Elijah Mahoma. Sin embargo, terminó por distanciarse de él y fundar, en 1964, La Mezquita Musulmana. Peregrinó a La Meca y a África, y fue asesinado a tiros durante un mitin en 1965. La autoría del asesinato de Malcolm X es algo que no está claro; pudo ser la CIA o pudieron ser grupos de negros musulmanes rivales.

Malcolm X, con todas sus incongruencias y tonterías, que las tiene, es el primer líder negro que supera determinados pies forzados que existen, sobre todo, desde Marcus Garvey, y se atreve a blasfemar diciendo que él no distingue entre negros y blancos, sino entre gente que esté por la libertad y la justicia y gente que no. Además, tuvo la inteligencia de ser capaz de integrar las grandes corrientes del nacionalismo negro pues, si bien admitía que la solución más lógica para los negros era la vuelta a África, apostilló que, si los blancos no se atrevían a ello, entonces deberían dejarles un territorio en los propios EEUU para que pudieran vivir sin mezcla.

La principal aportación del Malcolm X, en mi opinión, es dotar al nacionalismo negro de pragmatismo. Quien haya seguido estas líneas y profundice en el tema verá que, entre estos líderes históricos, eran comunes las pajas mentales, los proyectos inalcanzables y las leyendas más propias de las Crónicas de Narnia que de una tertulia política seria. Malcolm rompe con todo eso y, a pesar de que muere prontísimo (no tenía ni 40 años), su evolución es evidente en el sentido de reivindicar cosas tangibles. En los últimos meses de su vida, los discursos de Malcolm X están repletos de demandas como que los políticos que manden sobre los negros sean negros y, sobre todo, la igualdad de derechos. En enero de 1965, en una entrevista televisiva, llegó a decir que ya no creía en el sueño de un Estado negro. «Creo», dijo, «en una sociedad donde la gente pueda vivir como seres humanos sobre la base de la igualdad». De ahí al archifamoso I had a dream de Martin Luther King sólo hay un paso; el nacionalismo negro, en las manos de Malcolm X, se tiñó de posibilismo. Revolucionario, pero posibilismo.

En 1966, en Oakland, California, dos amigos negros, Huey P. Newton y Bobby Seale, fundan el partido de los Panteras Negras. Al principio fueron, básicamente, unos grupos de seguridad local que patrullaban por el guetto de Oakland. Al igual que los mafiosos de la película Donnie Brasco se caracterizan por decir constantemente forget it, los Panteras Negras se caracterizaron por decir constantemente right on, o sea, ahora mismo.

Los Panteras Negras son una mezcla de izquierda radical y soberanismo. Su programa de diez puntos tiene uno fundamental, en el que se exige un referéndum entre los negros, supervisado por la ONU, sobre la autodeterminación; pero luego también habla de vivienda, educación, empleo, etc. Además, el suyo era un programa un tanto etéreo, porque propugnaba el referéndum, pero no decía nada sobre qué hacer según cuál fuese el resultado. Los panteras son una especie de gazpacho del revolucionarismo de Malcolm X (Eldridge Cleaver, uno de sus primeros líderes, era un seguidor suyo), el maoísmo, el castrismo y otras ideas afines; George Murray, uno de sus líderes, definió la ideología del partido como «inspirada en Che Guevara, Malcolm X, Lumumba, Ho Chi Min y Mao Tse-Tung». La suya es una estrategia de agitación guerrillera, motivo por la cual los panteras visten como el activista que se encuentra Forrest Gump al regresar de Vietnam, tocado con una boina y con ropas paramilitares.

Los Panteras Negras olvidan completamente la solución africana. Para ellos, su patria es la América blanca, y allí quieren quedarse. En su actuación, el nacionalismo cede espacio al marxismo-leninismo, pues Newton dijo: «tenemos dos males que combatir: el capitalismo y el racismo; hemos de destruir los dos».

Sobre la dialéctica de los Panteras, copiemos aquí una muestra de cómo Bobby Seale respondió, en una reunión, a una propuesta que no le gustaba: «Vamos a dar una patada en el culo a esos mamones si no se mantienen firmes en su basura y queremos decírselo claramente. Y vamos a darles unos azotes a esos maricas, a esos chicos de escuela si no enderezan su política. Así, queremos hacer saber esto a la SDS [Students for a Democratic Society; organización de negros y blancos que colaboraba con ellos]: que el primer mamón que se desmande, será mejor que se mantenga en línea para cierto tipo de acciones disciplinarias del partido Panteras Negras.»

A lo mejor, si Rajoy utilizase estas maneras, tendría al partido más unido…

Si añadimos a la nómina a Stockely Carmichael (inventor, por cierto, de la expresión Black Power), un Pantera Negra que se escindió para marcharse a África y hacerse pajas con la idea de hacer de Ghana el nuevo Estado afroamericano de la mano del presidente depuesto Kwame Nkrumah, habremos, creo yo, completado una visión a vista de pájaro de estos movimientos nacionalistas que florecieron en los sesenta y que han seguido teniendo diversas expresiones en las últimas décadas.

La relación entre negros y blancos ha seguido siendo muy conflictiva. Quizá el punto más jodido fue el famoso asunto de Rodney King, el negro brutalmente maltratado por la policía californiana y que está en los orígenes de los gravísimos disturbios provocados cuando dichos policías fueron absueltos por los jueces en 1992. También cabe citar otros episodios, como el liderazgo islamista de Louis Farrakan.

De todas formas, el nacionalismo negro siempre tuvo el problema de ser un poco antihistórico. La suya era una ideología fundamentalmente sureña y rural, pero es un hecho que los negros, a lo largo de los últimos cien años, si hay dos cosas que han hecho ha sido irse a vivir al norte y a las grandes ciudades. Asimismo, la aparición de otras minorías, notablemente los asiáticos y los hispanos, han hecho que, de alguna manera, el escalafón del racismo haya corrido, hasta el punto de hacer factible, hoy, que un negro ocupe las más altas magistraturas del Estado; cosa que sigue siendo algo más difícil para estadounidenses llamados Martínez, o Ming, o Jhartevilli.

Además, el nacionalismo negro, tan vinculado al marxismo, ha sufrido sus mismos problemas. Igual que Marx, que tantas cosas previó, no fue capaz de prever que el capitalismo sería capaz de tratar sus propias contradicciones y de darle al proletariado televisores de plasma y vacaciones en Cullera, el nacionalismo negro partía de una base, la dominación blanca, que en parte era incierta. Estados Unidos es, que duda cabe, un país con problemas de racismo; pero cuando en un país se aplica el racismo a lo bestia, como en la Alemania de Hitler o la Sudáfrica de Pik Botha, la colectividad objeto de odio no levanta cabeza ni para mear. En esos países, judíos y negros eran pobres, todos pobres. Barak Obama y su mujer son millonarios. Y no son los únicos. El primer héroe negro de la televisión que recuerdo se llamaba Corey Baker, era hijo de un policía uniformado negro que había muerto y vivía en un pequeño apartamento con su madre. Pero el héroe negro de hoy en día es Will Smith y vive en una mansión que lo flipas, propiedad de un juez negro cuyos hijos estudian en Princeton.

En realidad, eso que podríamos denominar «el experimento Obama» tiene que ver con todo esto y encuentra ahí su significado para quienes no nos jugamos gran cosa, al menos directamente, en las presidenciales americanas. El candidato no ha podido escapar a la atracción del nacionalismo negro. Él mismo tiene un pasado como activista en organizaciones muy inspiradas en las ideas de Malcolm X y que han llegado a defender ideas como que el SIDA fue una especie de guerra biológica inventada por los blancos para diezmar a los negros. Lo cual, en sí, no quiere decir nada, porque las personas, y los políticos lo son, no son necesariamente esclavas de su pasado. Robert Fitzgerald Kennedy fue, como ministro de Justicia, el principal impulsor de un viaje importantísimo de los Estados Unidos hacia la democracia social, la igualdad entre razas y los derechos civiles; años antes, sin embargo, había sido un probo asistente del senador McCarthy, sobre cuyas ideas y actuaciones no creo que haga falta extenderse.

Si Obama gana, y no hemos de olvidar que sólo ha hecho la mitad del camino de momento, para los Estados Unidos, y muy especialmente para su comunidad negra, llegará un momento crucial. Porque, como he pretendido reflejar en estos dos artículos, lo cierto es que la inmensa mayoría de los nacionalistas negros han sido excluyentes. No sólo han sido pronegros; han sido, también, antiblancos. Pero cuando se gobierna casi todo lo que empieza por anti debe dejarse aparte. Eso es, al menos, lo que dice la teoría.

martes, mayo 13, 2008

Black Power (1)

Por si quieres ver la segunda parte

¿Estamos ante un momento histórico? Puede que sí. ¿Tiene realmente posibilidades un político negro de llegar a presidente de los Estados Unidos? Yo creo que sí, aunque también creo que no está la cosa tan fácil como pretenden algunos (y no lo digo por Hilaria, sino por McCain: ¿quién no votaría a un político que se llamase Nocilla o PetitSuisse?). Estamos, desde luego, ante un posible hecho histórico, el final de un camino. Un camino muy largo y muy tortuoso, el de la normalización de la relación entre blancos y negros en los Estados Unidos. Dejadme que hoy, y algún otro día, le dedique unas neuronas a este asunto, visto desde el punto de vista de los negros.


viernes, mayo 09, 2008

El Arco de Triunfo

La legislación vigente en España establece la obligatoriedad de eliminar los signos externos del franquismo. Por muy discutible que sea el concepto, la ley es la ley, ha sido democráticamente votada y, por lo tanto, debería cumplirse; igual que otras, por ejemplo la que establece los signos externos que deberán tener todos los edificios oficiales.

En general, esta obligación normativa obligaría a quitar alguna que otra placa, algún que otro monumento, y muchos cambios de nombres de institutos, ambulatorios, y otro tipo de centros públicos. No obstante, alguna obligación hay cuyo cumplimiento tiene algo más de enjundia. Hoy me quiero referir a uno de estos casos: el Arco de Triunfo de la Ciudad Universitaria de Madrid. Un arco que, además de símbolo franquista, tiene alguna que otra particularidad como poco curiosa.

Según dicen los expertos, el Arco de Triunfo que ahora, en estricto cumplimiento de la ley, debería ser demolido, es el único en el mundo con una característica: haber sido construido en el mismo campo de batalla que conmemora. Los arcos de triunfo, en efecto, no están ubicados en los lugares donde se ha hecho la guerra, sino en puntos visibles y notables de los caminos y las ciudades. El Arco de la Universitaria, sin embargo, está situado ahí no por otra razón sino porque conmemora la victoria franquista en una de las batallas más largas, sino la más larga, de la guerra civil. Porque en ese frente más o menos marcado por el actual trazado de la A-6, republicanos y franquistas se repartieron hostias durante más de 850 días; lo cual hace que lo de Madrid en 1936-39, sin llegar a ser un asedio, fuese una batalla en toda regla. Cuando se habla de las batallas de la guerra civil, de Belchite, de Brunete o del Ebro, se cita la batalla de Madrid circunscribiéndola a los últimos meses del 36, cuando la ciudad estuvo a punto de caer a manos de los franquistas. Error. 1937 estabilizó el frente de Madrid, pero en modo alguno acabó con él. En las lomas de la ciudad universitaria siguió muriendo un montón de gente.

Como consecuencia, tanto las instalaciones propiamente universitarias como las adyacentes (colegios mayores, Hospital Clínico) quedaron hechos un asco. La universidad no volvió a realizar actividades docentes en aquel lugar hasta 1943, cuatro años después de terminada la guerra.

De 26 de febrero de 1942 data la Junta de la Ciudad Universitaria en la que el ministro de Educación, el ex militante de la CEDA José Ibáñez Martín, encarga a dicha Junta que asimismo encargue el boleto de un gran arco de triunfo a la entrada de las instalaciones. Modesto López Otero hizo un primer proyecto que es básicamente el que conocemos, aunque más pequeñito. Pero la cosa quedó en dibujos.

El Arco de Triunfo de Moncloa es hijo de una situación muy concreta, que es la que revive el proyecto. Hablamos del año 1946, el que muchos consideran el peor momento de Franco. Hitler, inesperadamente para el Caudillo, había perdido su guerra, tras lo cual España y Portugal quedaban como únicas islas fascistoides en una Europa occidental básicamente democrática. Fue entonces cuando se retiraron embajadores y se aisló políticamente al régimen. Ciertamente, yo siempre he sido escéptico sobre el alcance y los objetivos de aquel boicot; por muchas ilusiones que se hiciera la oposición democrática desde sus bases francesas y mexicanas, las potencias europeas estaban derrengadas tras una guerra y por las narices estaban dispuestas a decirle a sus divisiones que se tenían que volver a movilizar para hacer no sé qué en España. Además, hay que tener en cuenta que ahí estaba Estados Unidos, que ya por entonces le debía algún que otro favor al franquismo, y más que le debería pronto. No obstante este juicio, lo cierto es que España, y por España hemos de entender los franquistas, se sintió aislada; y fruto de aquel aislamiento y del cabreo que generó fue la machada de hacer el arco. Es una reacción muy española que se resume con el refrán: si no querías caldo, aquí tienes dos tazas. ¿Fascista yo? ¡Qué coño fascista! ¡Fascistón!

López Otero, el del primer dibujillo, fue el arquitecto director de la obra, asistido por Pascual Bravo. Con fecha 17 de noviembre de 1948. se remitió el proyecto de cimentación a Luis Bellido quien, como arquitecto de la Junta de Construcciones Civiles, era quien tenía que marcar el proyecto con su nihil obstat. El día 20 le remitieron el proyecto entero del arco. La obra se cimentó en 1950 y tardó cinco años en levantarse. La documentación que he consultado cifra el coste en 8 millones de pesetas, o sea 48.000 euritos de nada.

El arco se asienta sobre una parcela de 130 por 42 metros y tiene 39 de alto. Eso sin contar el flequillo (la cuádriga que compone el grupo escultórico que lo corona), pues caso de sumar tendríamos que poner 5 metros más. Los más observadores de entre quienes por allí pasan o han pasado se habrán dado cuenta de que cada una de las «patas» del arco tiene una puerta. Dentro hay una escalera con seis rellanos que lleva a una sala central, que está en la «ceja» del arco, o sea el espacio que arriba conecta las dos «patas» (¿a que me explico como un niño de cuatro años?).

Es mi apuesta personal que no más allá del 0,01% de los madrileños sabrá que allí arriba hay una sala bien hermosa. O había: la información más moderna que he podido encontrar es de los años setenta del siglo pasado pero, la verdad, dudo mucho que de entonces a ahora haya variado la existencia del lugar.

Moisés de Huerta, José Ortells y los hermanos Arregui fueron los artistas encargados del adorno escultórico de la cosa. Además de las esculturas el arco, como todo arco conmemorativo, tiene sus inscripciones. No obstante, las que tiene no son las que se proyectaron en su momento. Los primeros bocetos preveían que la inscripción del arco diría:

MERITISSIMUS HISPANIAE DUX
FRANCISCUS FRANCO HANC SCIENTIAE
URBEM FURORE BELLICO DIRUTAM
MAFNIFICENTISSIME RESTAURATAM
AMPLIFICAVIT ANNO MCMXLIII

Que viene a decir algo así como que en 1943 la ciudad de la ciencia que había sido escangallada por la guerra fue amplificada y restaurada por el glorioso caudillo español Francisco Franco. Y olé.

En lugar de esta inscripción tan directa, cuando el arco se terminó tenía otras dos placas. Una dice:

ARMIS HIC VICTRICIBUS
MENS IUGITER VICTURA
MUMENTUM HOC
D.D.D.

Y la otra:

MUNIFICENCIA REGIA CONDITA
AB HISPANIOURUM DUCE RESTAURATA
AEDES STUDIORUM MATRITENSIS
FLORESCIT IN CONSPECTU DEI

Esto es, para la primera: «A los ejércitos aquí victoriosos, la inteligencia, que siempre es vencedora, dedicó este monumento». Y la segunda: «Fundada por la generosidad del rey, restaurada por el Caudillo de los españoles, la sede de los estudios matritenses florece en presencia de Dios».

Hay otra característica curiosa de este Arco de Triunfo. Si algún día alguien lo demoliese, para hacer las cosas bien, en mi opinión, debería hacer una cosa antes: inaugurarlo. Porque, ahí donde lo veis, el Arco de Triunfo, al menos en 1971 que es la última información que tengo, no había sido inaugurado oficialmente. Y dudo mucho que lo fuera después. Franco nunca inauguró su monumento. ¿Un síntoma? Pues sí. Entre otras cosas, porque hay más.

Segundo síntoma: las inscripciones que hemos visto. Un texto que citaba expresamente a Francisco Franco es cambiado por dos textos que hablan de él sin citar su nombre y además en ellos se hace acompañar por el rey Alfonso XIII, recordando que, efectivamente, fue dicho rey quien comenzó a construir la Ciudad Universitaria. Además, por virtud de los textos, el Arco, que estaba dedicado a Franco, pasa a estarlo a sus ejércitos.

Tercer síntoma. El proyecto del Arco incluyó, desde el primer momento, que a los pies del monumento se colocaría la estatua ecuestre del Caudillo obra de José Capuz que acabó colocada en Nuevos Ministerios y que ha sido quitada de ahí apenas hace un par de telediarios. Pero esa estatua nunca se colocó. Y siempre se dijo, en su momento, que esto había sido así por expreso deseo del principal beneficiario de la colocación, que no es otro que el señor bajito y regordete que figura en la dicha estatua encima del caballo.

Cuarto síntoma: el proyecto original del arco de triunfo contemplaba la realización en la sala que hay arriba de unos frescos conmemorativos, hemos de imaginar que con retrato de Franco en posición imperial incluido. ¿Se hicieron? No. Ni uno. Tampoco eso, quizá, fue del agrado del Caudillo.

Todo nos lleva a considerar, por lo tanto, que Franco acogió la construcción del Arco con displicencia; que maniobró para que su nombre fuese retirado de la placa conmemorativa; ni siquiera lo inauguró; y que se negó a que su estatua figurase ahí. ¿Cuál puede ser la razón?

Esto es ya terreno de la imaginación. Yo, desde luego, tengo mi teoría.

Ya lo he dicho: el arco se empezó en 1946 y se terminó en 1955. En 1946, España estaba aislada. En 1955, no. En 1946, era un Estado fascista. En 1955, no. En 1946, hasta los toreros tras el paseíllo saludaban brazo en alto. En 1955, no. En 1956, cabe imaginar que Franco y los suyos estaban preparando ya la Ley de Principios del Movimiento que aprobarían en mayo de 1958, ley que suponía la muerte estatal de los famosos puntos programáticos de Falange que había redactado el hasta entonces sacrosanto José Antonio. El discurso pronunciado por Franco ante las Cortes cuando conocieron de esta ley es el primer discurso oficial del Caudillo de cierta importancia en el que ni una sola vez, ni una, citó al fundador de Falange.

Yo creo que a Franco le susurraron al oído. Probablemente, labios que pronunciaban el español con la torpeza propia de los anglosajones. Esos labios le dijeron: «vale, somos amiguitos. Pero mariconadas, las justas, ¿eh?» Y Franco, que era muchas cosas pero de tonto no tenía un pelo, la cazó al vuelo: inaugurar el puto arco, con fanfarria militar, en plan hay que ver cómo les arreamos aquí a los rojos hijos de puta, y mira la placa con mi nombre y mi estatua al pie y toda la pesca, era una machada fascistoide que ya no se podía permitir. Eso es lo que yo creo que pasó.

¿Qué hacer con el arco? Se puede demoler, ciertamente. Aunque no sé si los madrileños estarán muy de acuerdo, básicamente porque las obras del intercambiador del Moncloa han supuesto que en esa zona de Moncloa se les haya estado dando por culo durante varios años; y ponerse ahora a tirar el arquito supondría volver a fornicar la gorrina again. Pero queda otra solución.

En un inteligente artículo de prensa, hace muchos años, el genial Gila proponía que para que no hubiese problemas con las estatuas ecuestres de los dictadores, éstas se hiciesen de forma que la cabeza se esculpiese aparte el resto de la escultura y luego se atornillase. Así no habría habido que quitar la estatua de Nuevos Ministerios. Con haber desatornillado la cabeza y puesto la de otro, (qué otro, es algo que os dejo a la imaginación), listos. Para mi gusto, lo ofensivo del Arco de Triunfo no es el arco, sino las inscripciones. Hablan de un ejército victorioso en unos tiempos en los que el guión va de otra cosa. Yo creo que lo que habría que hacer es cambiar esas inscripciones por otras. Por unos textos que hablasen de reconciliación y de futuro, no de pasado, de rencillas y de caudillajes. Sería un cambio menos traumático y coherente con los tiempos. Pero es, claro, sólo una idea.

miércoles, mayo 07, 2008

Chinos

El interés obvio de Berna Wang por este tema, unido a ciertos intereses de máquetin (puesto que el Google Analytics me chiva que jamás ha habido un visionado de este blog desde China) me mueve a escribir estas notas. Es algo sobre lo que he hecho averiguaciones sueltas desde hace años, aunque en realidad es un asunto hasta trivial. Sin embargo, por alguna razón que desconozco, siempre me ha interesado la cuestión de desde cuándo conviven chinos con nosotros en España.

La respuesta oficial es: desde hace bien poco. El primer censo de población española que se ocupa, que yo sepa, del asunto de los extranjeros, es el censo de 1930, es decir el que se hace en el último año de la monarquía, durante los tormentosos meses del gobierno Berenguer. Los censos, no obstante, tienen el defecto de ocuparse únicamente de los habitantes censados; que no son todos porque siempre son bastantes los que, por variadas razones entre las cuales figuran el despiste y el delito, prefieren que no se sepa dónde están.

El censo de 1930 nos dice que en toda España había 63 chinos: 39 en Barcelona, 11 en Madrid, 6 en Zaragoza; 2 en Pontevedra; y un chino solitario en las provincias de: Cádiz, León, Málaga, Valencia y Vizcaya. De ellos, 52 eran hombres y 11 mujeres. Los datos apuntan algunas cosas extrañas. Por ejemplo: de los 16 chinos casados residentes en España, siempre según el censo, 13 eran hombres y 3 mujeres. Lo cual nos lleva a pensar que:

a) O bien los chinos residentes en España se casaron con españolas, cosa que no pasa ni siquiera hoy en día, a pesar de que en los tiempos modernos por lo menos podrían hablar de fútbol puesto que los chinos saben un huevo.

b) O bien entre los chinos existe la poligamia entre las mujeres, o sea una sola mujer tiene varios maridos.

c) O bien, supuesto más probable, el censo era sólo la punta del iceberg.

Recapitulemos: la presencia china fuera de su país y de su área de influencia es un fenómeno que se inicia en el siglo XIX. El siglo XIX es, en efecto, una época de tremenda inestabilidad política en China, país que entonces se asemeja un poco a la España del siglo XVIII: un otrora imperio que lo flipas, dueño de su mitad del mundo, es para entonces una nación agotada, hecha pedazos por las disputas internas y ciertamente anquilosada. Pu Yi, el último emperador, nos cuenta en las primeras páginas de sus memorias su acceso al trono, y en su relato queda claro cómo aquella China estaba dividida en múltiples facciones, fundamentalmente raciales (pues chinos los hay de muchos tipos, cosa que a nosotros nos alucina; pero es lo cierto que un amigo japonés que tuve hace años no se podía creer que los europeos fuésemos incapaces de distinguir, por ejemplo, un chino Han de un coreano). De hecho, cuando leí el libro, debo confesar que me perdí. Pu maneja tal cantidad de nombres, cada uno con su tendencia y su politiqueo particular, que resulta muy difícil seguir el hilo.

Otro elemento para el cual las memorias de Pu Yi son interesantes, por lo menos para un occidental lego en estas materias como yo, es la descripción del anquilosamiento del régimen chino y de su corte. Nos cuenta, por ejemplo, que el Emperador tenía reservado un color, un tipo de amarillo que nadie más que él podía usar. Nada menos que el amarillo. Los españoles, que tenemos fama de supersticiosos, se lo habríamos cedido con gusto.

Tanto Occidente como la nueva potencia de corte occidental de la zona, es decir el Japón a partir de la llamada Era Meiji, practicaron con China una política de expolio a lo bestia. Siendo China un país ya muy débil cuya clase gobernante, además, se conformaba con que no les echasen de la Ciudad Prohibida y les dejasen permanecer allí con sus eunucos y sus chorradas, Inglaterra, Japón, Estados Unidos y Francia, como principales actores, se dedicaron a explotar las muchas riquezas de la zona, estableciendo status incluso de inmunidad para los foráneos, que no podían ser tocados por la justicia local. Esto generó la reacción ultranacionalista de los boxers y, sobre todo, hambre, mucha hambre. En realidad, los últimos 150 años de la historia de China se resumen, en buena parte, utilizando la palabra hambre.

Sabemos que los chinos que emigraron masivamente en el siglo XIX tuvieron como destino lejano (sobre las emigraciones en la misma Asia confieso que no sé nada) los Estados Unidos. En los EEUU posteriores a su guerra civil hay tres grandes tipos de parias: los irlandeses, los italianos, y los chinos. Italianos eran la mayor parte de los obreros que murieron asfixiados e intoxicados en las obras de los puentes de Nueva York, que se hicieron en condiciones de salubridad hoy totalmente inadmisibles. Y china fue buena parte de los brazos que clavaron al suelo los rieles de las primeras líneas de ferrocarriles.

¿Cuándo llegaron los chinos, más o menos masivamente, a España? No lo sé. Ya digo que, según las estadísticas oficiales, en 1930 dicha emigración aún no se había producido. Sin embargo, de esa misma época he recogido algún testimonio, por ejemplo en los libros del cronista Federico Bravo Morata, de que cuando menos Madrid se llenó de chinos. En algún momento de los años treinta, como digo, y de una forma al parecer súbita e inesperada (cuyos motivos también desconozco, aunque es fácil imaginar que la guerra entre el Kuomingtang y los comunistas algo tendría que ver), en las esquinas del centro de Madrid empezaron a aparecer chinos vendiendo flores. Y no se trató ni de uno ni de dos, porque fue un fenómeno al que la prensa le dedicó crónicas y espacios, por lo cual tuvieron que ser muchos para la época. Menos que hoy, desde luego, porque el Madrid de los años 30 era mucho más pequeño que el actual. Según los mapas que tengo, terminaba al oeste en el Palacio Real, al norte donde hoy están los Nuevos Ministerios, al este más o menos en el eje Francisco Silvela-Doctor Esquerdo, y al sur se desparramaba un poco más pues llegar, llegar, se podría considerar que llegaba hasta el pueblo de Vallecas (entonces pueblo, no parte de Madrid).

De aquella época más o menos podría ser una canción que se hizo relativamente famosa, un dúo cómico que, por lo que sé, solían hacer un español y una española disfrazados de chinos, cuya letra dice:

Cuando te digo, digo, digo china de alma
tú me contestas: chinito de amol.

Cuando te digo, digo, digo chino de alma
tú me contestas: chinita de amol.


Chinita tú, chinito yo.
Chinito tú, chinita yo.
Y nuestro amol así selá
siemple siemple igual.

Cuando te digo, digo, digo chino de alma
tú me contestas: chinita de amol.

Esta canción luego la cantó Fofito en el espectáculo televisivo de Los Payasos; pero por lo que me han contado, la canción es anterior, pienso yo, como he dicho, que quizá de la época de la primera emigración. Quizá vuestras abuelas sepan algo.

Por lo que he podido saber (éste es un asunto, como todos, en el que los conocimientos espero se completen con el tiempo) es entonces, es decir en algún momento entre 1930 y 1935, coincidiendo con la merdé de la guerra civil y la larga marcha y el estreno de Mao Tse Tung en su oficio de asesino en serie, cuando se produce la primera oleada de chinos hacia España.

La guerra civil española generó algunas trazas relacionadas con los chinos que he podido seguir. En publicaciones de aquí y de allá que he ido consultando he encontrado, por ejemplo, la foto de un brigadista internacional chino; tengo noticia de que en la China de Mao hubo muestras de solidaridad con la República (también tengo copia de una foto de una pancarta escrita en español macarrónico y colgada en una calle de Pekín por aquella época), pero no la tengo de que se organizasen brigadas de chinos camino de España. Tengo por más probable que ese chino de la foto sea, en realidad, un chino residente en España.

Otra traza es una noticia de un diario canario en el que, dos o tres días después del golpe de Estado franquista, se publica una lista como de doscientas personas detenidas por su colaboración con la República. Entre un montón de nombres y apellidos españoles aparece la referencia a un chinito que vendía mecheros. Que vendía mecheros, hemos de entender, mientras daba vivas a la República; de otra forma, no se entiende que lo trincaran. Como se ve, por cierto, era costumbre utilizar el diminutivo al referirse a los chinos. Por alguna razón que no acabo de entender, en el lenguaje coloquial español los chinos no son chinos sino chinitos; fenómeno que le ocurre también a las monjas.

A partir de entonces, probablemente, el flujo de chinos hacia Europa en general y España en particular supongo que sería más o menos continuado. En publicaciones inglesas he leído que, cuando menos en el caso de este país, dicha emigración se intensificó desde el momento en que empezaron a tomar cuerpo las negociaciones entre Reino Unido y China para la devolución de Hong-Kong, hecho éste que provocó que algunos residentes en la ex colonia decidiesen cambiar de aires.

Hoy por hoy, los chinos empadronados en España son 95.926. Lo cual nos da una tasa acumulativa del 10% anual, que no está nada mal.

并且这是所有我能告诉您