miércoles, noviembre 02, 2011

Sobre la memoria histórica

En alguna ocasión, en los comentarios está, lectores del blog me han pedido que desarrollase un poco más in extenso los comentarios que, sueltos por ahí, voy dejando sobre la memoria histórica. La última vez que ha pasado esto ha sido hace poco, cuando escribí que el objetivo de prolongar in aeternum la guerra civil, que es una cosa de la que el franquismo vivió de coña, se repite ahora en la memoria histórica. Comprendo que la afirmación es un poco fuerte pero, de todas formas, tengo la mala costumbre de decir algo que pienso cuando lo pienso. Pero es cierto que algunos temas merecen cierta explicación. Aquí va la mía.

En primer lugar, debo aclarar que, para mí, la memoria histórica no es una ley. Es un proceso. Un proceso moral, sociológico, cultural, del que la Ley de la Memoria Histórica es sólo un elemento más. De hecho, partidarios o supporters del proceso de memoria histórica lo son, téngolo comprobado, personas que no se han leído la LMH; incluso puede darse el caso de que incluso ni sepan de su existencia. A mi modo de ver, el hecho central del proceso de memoria histórica no es la ley que lleva ese nombre; es, más bien, la iniciativa judicial del entonces magistrado Baltasar Garzón que conocemos, habitualmente, como [tentativa de] Causa General al franquismo.

Habitualmente, cuando he expresado, en persona y electrónicamente, mi opinión al respecto (en algún foro de internet hay comentarios míos, con mi nombre, bastante más profusos que este post), me he encontrado con una primera respuesta: ¿acaso, se me pregunta, estás en contra del derecho de las personas a encontrar los restos de sus seres queridos y enterrarlos en algún lugar donde puedan honrarlos y visitarlos? Como esta pregunta es bastante habitual es por lo que me interesa, para que mejor se me entienda (quien quiera entender, claro; luego están los trolls, que sólo entienden, y eso apenas, el significado de las palabras espagueti y astronauta), dejar claro que, para mí, la búsqueda de los restos de los antepasados represaliados es sólo una porción, y no demasiado grande, del proceso memoria histórica. Es un escalón más de una escalera que España lleva subiendo casi 40 años, escalera cuyos primeros peldaños, y esto es algo con lo que yo estoy totalmente de acuerdo, fueron el rescarcimiento de los vivos. Pues habría tenido coña, en mi opinión, que se hubiese gastado un solo euro en desenterrar a un muerto mientras quedase un vivo con derecho a pensión reconocido, pero sin recibirla.

A mí me parece excelente que, puesto que existe una enorme sensibilidad hacia dónde estén los restos de los seres queridos (y el «puesto que» lo escribo porque yo soy de aquéllos a los que la situación o futuro de su cuerpo tras la muerte se la refanfinfla poti-poti), el personal los busque. Eso sí; también digo, en el tiempo presente, que tal y como están los tiempos, no parece que esté tocando la hora en la que lo que pluga sea que esas entidades subvencionadoras llamadas Administraciones Públicas se gasten el erario en estas cosas. Los tiempos son los que son y, puesto que en pueblos, ciudades, provincias y comunidades autónomas hay mogollón de vivos que necesitan con urgencia algún tipo de ayuda para poder comer, vestirse o coger el autobús, parece lógico que los muertos deban esperar.

No obstante, como digo, el debate, o cuando menos mis opiniones sobre este debate, van mucho más allá.

En 1940, al amparo de un régimen que entonces era un régimen fascista de libro, se inició un proceso de historiografía unívoca. En la Historia sólo hay dos roles posibles. Uno es el de los perdedores, y consiste en padecerla. El otro es de los vencedores, y consiste en escribirla. Mucha de la Historia que conocemos es, en realidad, una historia de vencedores. Sabemos mucho menos de pueblos contemporáneos de los egipcios que de los propios egipcios porque éstos fueron los que ganaron a la hora de las hostias, motivo por el cual es su versión, no la de los otros, la que nos ha llegado. En los tiempos modernos esto ha cambiado, porque las enormes capacidades de archivo y transferencia de la información, unido al hecho de que el mundo ya no tiene un solo dueño (ni siquiera el pérfido mercado), hacen que imponer una sola versión se haga difícil. Pero esto es lo que, sin ningún lugar a dudas, trató de hacer el franquismo dentro de las fronteras del país que gobernaba.

El oxígeno que respiraba Franco en el interior de su escafandra sectaria era el miedo a lo que había antes de que él levantase el sable. Como a Franco todo lo que le importó en su vida fue poseer y conservar el poder, por lo tanto, para poder seguir respirando las mismas miasmas necesitaba que el miedo se conservase. De ahí la represión, la negación del otro, el rechazo frontal a la reconciliación como «contubernio», el anticomunismo cerril (Franco fue el primer y mejor alimentador de la identificación República=comunismo); y, lo que más nos interesa para estos párrafos, la construcción de una historiografía única.

Suelo decir, cuando hablo de estas cosas, que la historiografía franquista incluye algunas cosas, no muchas, que son mentira. Ello porque no se basa tanto en inventar la realidad como en presentar sólo la parte de la misma que le interesa; la producción de Arrarás es un muy buen ejemplo de lo que digo; por no citar a modernos autores vivos, y muy vivos; no sé si se me entiende. La versión franquista de la guerra civil no negaba que hubiese otro, pero le negaba por completo el derecho a defenderse; algo que no le ha faltado ni a los nazis. En ese sentido, Franco no se parece a Hitler; a quien se parece más, para su escarnio, es a Stalin.

Todo este proceso tenía una base solidísima, y es que, en los diez años siguientes al final de la guerra civil, se escribieron yo calculo que no menos de 5.000, si no 10.000, testimonios directos, de la barbarie republicana; y todos eran, básicamente, verdad. El gobierno republicano, por cariño, por incapacidad, por estulticia, por sectarismo, o por lo que fuese, permitió que en su seno creciesen una especie de subprocesos revolucionarios, que actuaron ya antes del estallido de la guerra civil, cuya operativa se basaba en la extorsión, la amenaza, el atentado; y, más posteriormente, la tortura y el asesinato.

La historiografía franquista se basó en explotar todas estas verdades a base de escribir medios libros. Los capítulos que necesariamente habría escrito cualquier otro historiador, dedicados a la violencia de las derechas, a la actitud antidemocrática, cuando no directamente terrorista, de los principales proveedores ideológicos del régimen (Falange y tradicionalistas), a los errores de las clases conservadoras económicas, etc., simplemente no eran escritos. No existían.

En este sentido, la historiografía primera de la guerra civil escrita en el exilio republicano es muchísimo más interesante que la franquista, porque el republicanismo exiliado entró, nada más perder la guerra, en un enorme proceso de autocrítica cuyo destilado principal fue que todas las tendencias del republicanismo, con excepción de los apelados y los negrinistas, llegó a la conclusión de que los culpables de la guerra civil habían sido los comunistas. Lo cual, dicho sea de paso, cerraba la interpretación de la guerra civil en falso; pues si los comunistas pueden considerarse, es al menos mi opinión, responsables de la deriva de la República ya en la guerra, ni de coña se les puede responsabilizar de la deriva de la República durante la República. De ésta última tienen bastante más responsabilidad los señores Largo, Azaña, Prieto, Casares, Alcalá-Zamora, et alia. Factor común Ejército español, Iglesia Católica, Francisco Franco, et etiam alia.

Llegados los años del relativo remanso de las pasiones guerreras, finales de los cincuenta, sesenta y tal, la cosa empieza a cambiar. Pero como lo que tenemos entonces es un franquismo cuyo principio secular es el inmovilismo, y un bando contrario enquistado en una serie de prejuicios relapsos, ese pretendido equilibrio llega desde un hispanismo practicado por intelectuales fundamentalmente sajones, que le aportan a la Historia de la guerra civil mucho savoir faire y el principio, hasta entonces magro, de equilibrio entre versiones. Este es un proceso encomiable pero lamentable, porque hispanista y español son palabras con el mismo nivel de sinonimia que las que puedan tener hooligan y centrocampista; ambos conceptos se refieren a la misma cosa, pero uno está en el campo y el otro en la grada. Los hispanistas hicieron su labor, algunos de ellos muy bien, pero, como no podía ser de otra manera, en su labor analítica se les escaparon cosas, incluso muchas cosas. Sin quererlo, pues, plantaron la semilla de interpretaciones históricas sencillitas; el tipo de interpretación que hace un español que juzga, un suponer, a Enrique VIII y sus varios matrimonios.

Una de las cosas que nos dejó el franquismo en herencia fue este efecto: la ausencia de una historiografía sobre la guerra civil propiamente española, acrecida más allá del enfrentamiento en sí, que mitigase lo que de irreconciliable había en las interpretaciones al uso. Esa labor la hubieron de asumir en Princeton y en Cambridge, y salió como salió. Al final, como la interpretación de la guerra civil siguió siendo un tejado de dos aguas, incluso los hispanistas que teóricamente levitaban sobre esa realidad sectaria acabaron cayendo por una pendiente o la otra, razón por la cual alguno de ellos ha llegado a escribir libros sobre el tema, literalmente hablando, infumables. Es evidente que la política de subvenciones, gavelas, premios y premietes, ha tenido mucho que ver en esto; unida a un, en mi opinión, excesivo endiosamiento, hijo de la secular tendencia hispana a sobrevalorar todo lo que viene de fuera, que ha tenido como resultado cosas como que un destacado hispanista haya amenazado con irse de España si no se exhuma a Federico García Lorca, como si su decisión de irse del país fuese a provocar suicidios en la calle.

España, por lo tanto, tuvo que vivir unos 30 años (el proceso no dura todo el franquismo, pero sí su mayor parte) aceptando barco como animal acuático, República como compendio de todos los males, y franquismo como Ente Salvador; mientras, en el exterior y también en el interior en número cada vez mayor, envejecían miles de españoles que sostenían la teoría exactamente recíproca, en la cual los términos eran los mismos, y lo único que se cambiaba eran los sujetos de las frases. ¿Los jóvenes? Los jóvenes, mayoritariamente, y esto es algo que demuestran trabajos tan poco sospechosos de propaganda franquista como los de Ruedo Ibérico, pasaban del tema olímpicamente.

La superación intelectual lógica de esta situación habría sido la interpolación entre ambas situaciones; pero eso nunca, o casi nunca, ocurre. Cuando el franquismo comenzó a renquear y hasta dentro de España se hizo imposible censurar toda discrepancia, lo que nació fue el embrión del proceso de memoria histórica.

Eso que podríamos denominar tercera historiografía de la guerra civil (primera, la franquista; segunda, la hispanista) es un simple franquismo inverso. Ahora, lo que se hace es mitigar, cuando no esconder, la mitad de las cosas que hasta ahora se ha contado, para construir una narrativa de la guerra civil que, en el fondo, adolece de los mismos defectos de parcialidad que la anterior. En su inicio, sin duda, los motivos de este proceso son justificadísimos: reivindicar a quien ha sido vilipendiado por la Historia oficial: Azaña, por ejemplo, quien, por ser apelado, hasta lo ha sido (léase a Mauricio Carlavilla) de peligroso homosexual que se paseaba por su residencia de El Pardo tocando culos. Pero este primigenio objetivo, digamos, legítimo, pronto se corrompe al contacto con el deseo de contar las cosas, again, como no ocurrieron.

Esta historiografía encuentra mucha base en la propia II República, porque sus propagandistas contemporáneos ya utilizaron esa herramienta con profusión. Así, comienzan a producirse libros que cantan con gozosa alegría el adelantado progresismo de la Constitución republicana del 31; escondiendo, eso sí, que la combinación de este texto con la Ley de Defensa de la República hace que la identificación de la República con un régimen de libertades sea más que cuestionable; porque un régimen en el que un ministro puede hacer las cosas que la LDR describe sin intervención de los jueces no tiene, la verdad, demasiada clara la división de poderes que es connatural a toda democracia. De la República se toman también materiales como llamarle Bienio Negro al gobierno de las derechas (que bastante negro fue, sí; pero no olvidemos que la matanza de Casas Viejas, por citar solo un ejemplo, data del presunto Bienio Blanco-Ariel Cachondeo-Puro y T'o er mundo é güeno), o llamarle Revolución de Asturias al golpe de Estado revolucionario en toda España montado por Largo Caballero, según confesión de sus propios muñidores, para instaurar la dictadura del proletariado.

La historiografía memoria histórica es selectiva, como lo fue la franquista que la provoca. Acepta de forma absolutamente acrítica el principio general (sin el cual buena parte de su edificio intelectual se caería) de que la II República era un régimen democrático, homologable tanto a las democracias modernas (o sea, la Francia, Reino Unido o RFA de los sesenta y setenta) como a las contemporáneas (Francia y Reino Unido de la época) y que la única razón de los golpistas fue frenar ese progreso en aras de los intereses de unos pocos: terratenientes, banqueros, curas, meapilas requetés y falangistas. Se propugna, por lo tanto, que lo único que quería la República era construir un Estado laico, con divorcio, autonomías y reforma agraria; es decir, se «olvida» de otras cosas que pretendían algunas de sus fuerzas integrantes (entre ellas la más numerosa, o sea, según se mida, o bien el PSOE o bien la CNT), tales como la lucha de clases, la dominación de la clase obrera, la prohibición de las órdenes religiosas, etc.

Ambos fetos malformados, la historiografía (neo)franquista y la historiografía (neo)antifranquista, se apoyan sobre un hecho que es, también, muy importante entender de nuestra guerra civil: cualquier tesis, cualquiera, se puede apoyar con fuentes bibliográficas. Sobre la guerra civil han escrito tantos, y han escrito tanto, se dice que del orden de 50.000 libros, que no hay interpretación que no encuentre suelo en el que asentarse. Todo consiste en seleccionar las fuentes adecuadas.

En este punto, animo al lector al que haga un ejercicio, un tanto cansado, pero muy revelador, cuando lea libros sobre la guerra civil. Tome usted las notas a pie de página y anote meticulosamente el libro de la bibliografía a que se refieren. Cuando termine el libro, compare la lista resultante con la bibliografía citada. Si hace ese ejercicio, mogollón de veces se dará cuenta el lector de que el autor del libro, en realidad, sólo cita, eso sí machaconamente, un pequeño subconjunto de los libros citados en la bibliografía. El resto están ahí para hacer bulto. No pocos libros analíticos sobre la GCE, ora de tirios, ora de troyanos, en realidad, beben de escasas fuentes. Como debe de ser cuando uno, lo que intenta, es que la existencia de versiones contrarias no le estropee una buena tesis de partida.

Ambas cosmovisiones históricas, la franquista y la antifranquista, estaban, en realidad están según mi optimista opinión, condenadas a morir. El tiempo juega en su contra. Durarán lo que dure la influencia del franquismo en nuestra forma de vernos y de pensar sobre nosotros mismos. De hecho, hace diez o quince años, eso es lo que parecía. Eran entonces años en los que este amanuense, que lleva bastantes años leyendo y tomando notas sobre la personalidad de Francisco Franco, se encontraba rodeado de conciudadanos, no pocos de ellos más que razonablemente cultivados, que apenas sabían de quién se les estaba hablando. Poco a poco, en el poso de la ignorancia y el pasotismo, el asunto iba quedando en manos de quienes debía, esto es de los que investigan la Historia, y se iba enderezando.

Pero en esto, como dice no se qué canción, llegó Fidel.

En España hay, desde finales del siglo XVIII, una zanja. La zanja recorre el país de parte a parte y es tan ancha, tan profunda, que no es posible cruzarla. De un lado de la zanja está media España, y en el otro lado está la otra media. Varias veces en los últimos 200 años se han encontrado pequeños pasos que comunicaban los lados de la zanja, momento en el cual los integrantes de cada orilla se han repartido unas hostias como panes. La última guerra civil producida en España amplió esa zanja y la profundizó. Muerto Franco, sin embargo, y por primera vez en esos dos siglos, lo que se planteó fue tender puentes que ocultasen la zanja. La Transición enterró el franquismo porque, a base de taparse la nariz muchas veces, consiguió enterrar el franquismo en la zanja, debajo de los puentes, donde ya no se le veía; en 1982, en un mitin en Las Ventas, Joaquín Leguina dijo esto mismo cuando comenzó su discurso diciendo: «hoy, el franquismo está encerrado bajo una losa de dos toneladas».

Cuando el PSOE, casi medio siglo después, recuperó el poder político que en justicia le correspondía por ser la principal fuerza sociopolítica del país, quizá muchos esperasen que Felipe González volase los puentes y reconstruyese la zanja; no pocos de sus correligionarios lo deseaban, y no menos de sus contrarios lo temían. González, sin embargo, había leído, tengo por mí que mucho, a Besteiro. De él había aprendido que ni zanja, ni hostias. De hecho, la política de González se basó en orillar el problema de la zanja, aunque no por ello dejó, como escribía algunos párrafos más arriba, por comenzar a subir la escalera de la reparación histórica, comenzando por los vivos.

De una forma inesperada, sin embargo, a finales de los años noventa, y comienzos del siglo XXI, es decir un cuarto de siglo después de que se hubiese tapado la zanja, España entró, socialmente, en un estado de crispación creciente que se hizo especialmente patente en las elecciones del 2004. Tras dichas elecciones, y por primera vez desde la llegada de la democracia, llegó al poder un político zanjista; aunque debe reconocerse que Zapatero no inventa la crispación, que ésta es anterior a él, y que ya venía siendo practicada, a su manera, por su antecesor, José María Aznar.

José Luis Rodríguez Zapatero, es mi opinión, considera que es justo abrir la zanja de nuevo. Considera que hay diferencias objetivas entre unos españoles y otros; unos son buenos, y los otros, no. Lo lícito, en España, es defender las cosas que él defiende. Oponerse a ellas es ilícito, o de ultraderecha, o antidemocrático, o. Para ser zanjista no hace falta tener unas ideas y defenderlas como las adecuadas; hace falta creer que quien no las defiende no merece el pan y la sal, que no es exactamente lo mismo. El catolicismo español ultramontano o el franquismo, que no por casualidad se entendían tan bien, son otros ejemplos de zanjismo.

Uno de los elementos de los que el zanjismo se acuerda para perfeccionarse es el proceso de memoria histórica.

Esto es así porque la memoria histórica no es, siempre por supuesto a mi entender, un proceso para reivindicar las voces hasta ahora calladas de los represaliados por el franquismo. ¿Hasta ahora? A día de hoy, y contando desde el 78 que tenemos la actual Constitución, llevamos 33 años pudiendo decir lo que nos viene en gana. Más de 12.000 días en el curso de los cuales, quien se ha sentido en la necesidad de reivindicarse; de escribir un libro, o colgar un cartel, o hacer un acto reivindicativo, o tocar un réquiem en un cementerio; todo aquél que ha sentido la necesidad de hacer todo eso, lo ha podido hacer. Cualquiera que sepa un poco de esto sabe que, de 1976 a esta parte, a los entonces no menos de 40.000 libros sobre la GCE se han unido no menos de 15.000 más con testimonios de toda laya; la mayoría de una laya bien definida, la laya que faltaba. En cualquier librería especializada, el lector encontrará lo que de la República y la Guerra Civil le quisieron contar Pasionaria, y José Díaz, y Álvarez del Vayo, y Azaña, y Marcelino Domingo, y Martínez Barrio, y Alcalá Zamora, y Maura, y Peirats, y Pestaña, y Maurín, y Orwell, y Mera, y Sánchez Albornoz, y Gordón Ordax, y García Oliver, y Casanovas, y Aguirre, y Bruno Alonso, y Cordón, y Líster, y Pietro Nenni, y Koltsov, y Krivitsky (bueno, a éste no gusta citarlo), y Castro, y Carrillo, y Alberti, y Ossorio, y Zugazagoitia... Todo ello además de más o menos innominados mitantes de las Juventudes Socialistas, de la CNT, de la FAI, del PSOE, del POUM, del Izquierda Republicana, del PCE, de Unión Republicana, de Esquerra Republicana, artilleros, aviadores, espías, mediopensionistas, todos ellos republicanos. Hace décadas que tenemos las dos versiones de lo del Alcázar, y del Santuario de la Virgen de la Cabeza, y de Brunete, y de Belchite, y de las batallas de Teruel, de la del Ebro, de la caída de Bilbao, de Gernika, de Oviedo, de los movimientos de Queipo en Sevilla. Hace décadas ya que no queda ni un sólo hecho de la República ni de la guerra civil que esté contado por una sola fuente. Reivindicar, exactamente, ¿qué? ¿La represión franquista? ¿Defenderá alguien, de verdad, que el español medio está mediatizado por una falta de información sobre la represión franquista? ¿Que queda un solo español mínimamente interesado por el tema que no sepa que Franco fusiló a decenas de miles de españoles tras la guerra civil?

No, el problema no es ése. El proceso memoria histórica no va de eso. Se viste de eso, pero no va de eso. El proceso de memori9a histórica es un proceso zanjista en el punto y hora que propugna, o intenta, imponer una visión histórica de la guerra civil española. Quedarse solo en la cátedra intelectual de interpretación del pasado. Y, para conseguirlo, ha inventado un concepto muy bonito: el negacionismo.

Negacionista es aquél que niega la producción de unos hechos evidentes para todo el mundo. El negacionismo más evidente es el del Holocausto. Yo tengo libros negacionistas en mi biblioteca que si no fuera por la repugnante realidad de la que hablan serían divertidos, porque los arabescos conceptuales que sus autores tuvieron que hacer son, verdaderamente, dignos de risible encomio. Existe, en efecto, un negacionismo franquista. Existe una corriente de pensamiento que niega los elementos negativos del franquismo, ve en él una fuerza impulsora del desarrollo económico, intelectual y político de España y, además, matiza, si no niega efectivamente, los datos malos del régimen (notablemente, los fusilamientos).

Pero, además del negacionismo, existe también la memoria histórica. Un proceso que lo que hace es tirar al agujero negro del negacionismo todo lo que no le gusta. Un proceso que pretende que haya cosas que no se puedan decir, porque son, presuntamente, negacionistas.

Se pretende que en España no se pueda decir, sin ser negacionista, que en la primera mitad del 36 se produjeron más de 150 asesinatos políticos perpetrados por activistas de izquierdas y jaleados por otras muchas gentes, y que una parte de la represión franquista se dirigió contra estos cabestros, animales de bellota, asesinos tan crueles e hijos de puta como lo fueron sus verdugos. Recordar, en una palabra, que la República amparó, de palabra, obra u omisión, a asesinos, ladrones y torturadores sectarios, es negacionismo. Además, es llamar hijos de puta a todos los represaliados del franquismo. Porque el proceso memoria histórica consiste en comprar una idea empaquetada: los amables supporters del Frente Popular eran todos buenos. Y punto pelota.

Se pretende que en España no se pueda decir, sin ser negacionista y/o franquista, que una dictadura no se mantiene 36 años a base de apalizar al personal en las comisarías; para muestra, la del general Primo de Rivera, que nació para durar 103 años y duró seis. Que dictadores como Franco, o Castro, tienen, nos guste o no, algo más. Que reconocer ese algo más, que los convierte en autócratas mucho más longevos que la media, no significa ni justificarlos ni alabarlos. Significa, simple y llanamente, decir que hay mucho que desbrozar en el franquismo sociológico. Pero, no. Eso es negacionismo.

Se pretende que en España no se pueda poner en duda los sinceros deseos democráticos, de libertad, por lo tanto, para todos, de la totalidad de las fuerzas integrantes del Frente Popular. Decir esto es ser franquista. Y vuelva la burra al trigo negacionista.

Al proceso memoria histórica le importa tres cojones que las tres afirmaciones que acabo de recensionar no tengan nada de originales. Que se puedan rastrear sin dificultad en las páginas de escritores como Madariaga, y no digamos la entrevista de Carmen Sarmiento en Buenos Aires a un crepuscular Sánchez Albornoz (que no sé si TVE, que anda ahora redifundiendo tanto Informe Semanal de los tiempos de Maricastaña, querrá redifundirnos), en la cual el viejo historiador republicano lo pudo decir más alto, pero no más claro. Todo eso, al proceso memoria histórica le da igual, porque a todos estos outcomes no se les concede la vitola de ciertos ni de certeros. Son conceptos equivocados. De hecho, como andemos cien metros más, acabará don Claudio convertido en un franquista peligroso; don Claudio, el que se levantó en las Cortes republicanas durante la discusión de la reforma agraria para explicarle a sus señorías que no es lo mismo propietario que señor, pues los segundos carecen de derechos reales, pero, lógicamente, no fue entendido por nadie. Hoy, los herederos de aquella audiencia incapaz de comprender que una cosa es comprar una tierra y otra heredar un derecho graciable, pretenden dar lecciones de sabiduría al resto del país. Es lo que hay.

El negacionismo, ya lo he dicho, existe. Pero no existe por sí mismo. Su oxígeno vital es el proceso memoria histórica. Si el proceso no existiese, si no existiese esa tentativa de asaltar la verdad y hacerla sectaria, los negacionistas no venderían un puto libro. Si los venden a puñados, si decenas y decenas de personas hacen cola cada verano en las ferias del libro para que estos exégetas de la dictadura les echen una firmita en la página 2, es porque existe el proceso memoria histórica. Un proceso ampliamente apoyado por el poder político, y connatural al ser humano es, en un encuentro entre el Cádiz y el Barça, ponerse de lado del Cádiz. Producido este fenómeno, entramos en una espiral: Quienes son custodios de la verdad prorrepublicana quieren ocupar más espacios del discurso sobre la guerra civil, ergo la gente se pone del lado del débil, y los negacionistas venden más. Como los negacionistas venden más, los prorrepublicanos se cabrean y redoblan los esfuerzos para tomar la colina de la verdad histórica. Entonces los negacionistas venden más. Y, como se decía del Bolero de Ravel, así, mucho.

Dije, y lo mantengo, que el objetivo del proceso memoria histórica es prolongar la guerra civil in aeternum. La explicación, en el párrafo anterior.

La memoria histórica no va de quitar de las calles de España las placas de las calles dedicadas a los caídos de la División Azul o al general Muñoz Grandes. Va de imponer una sola interpretación de por qué existió la División Azul o de quién fue este señor que la comandó, que luego fue jerifalte franquista pero que, no se olvide, estuvo a punto de prestar su sable al golpe de Estado revolucionario del 34.

Hace poco, en una localidad española, Sevilla si no me traiciona la memoria, se convocó un homenaje a Agustín de Foxá. La Administración de turno negó la cesión del local necesario. Es insultante, se dijo, que un colaborador apasionado de un régimen dictatorial y represor reciba un homenaje en España. La apelación es curiosa. Francisco Largo Caballero era primer ministro en un momento en el que, en España, centenares, si no miles, de personas, eran masacradas contra las tapias por delitos existentes o inexistentes, simplemente porque alguien, en la República, los consideraba merecedores de la muerte. Y, sin embargo, nadie parece considerar insultante que la estatua de este señor esté en la Castellana de Madrid.

Todo esto es de una ignorancia que asusta de pensarla. Salvo Castelar y un par de despistados más, el que piense que todos los espadones, reyes, obispos y políticos que están petrificados en las estatuas que pueblan las esquinas de nuestras ciudades son santos varones que jamás levantaron la mano contra nadie, es que o es gilipollas, o se lo hace por una apuesta. El conocimiento histórico no consiste en rememorar la Historia, sino en superarla comprendiéndola. Hay muchas formas de comprenderla y, precisamente por eso, hay escuelas históricas y opiniones históricas. Cuando de la Historia se deriva una sola interpretación, lo único que podemos aspirar a tener claro es que esa interpretación monopolística no es la verdad. La verdad, siempre, huele a discrepancia.

Quien sinceramente busca una verdad, se limita a defenderla. Y, consecuentemente, puesto que no le dan miedo las verdades de otros, las permite, las ampara incluso y, acto seguido, las rebate. Si puede, claro.

Lejos de ello, el proceso memoria histórica, más que definirse por lo que quiere que recordemos, se define por lo que no quiere que sepamos.

A lo largo de la guerra de la Independencia; de la represión conservadora practicada sobre los liberales, en distintos puntos del siglo XX, por Fernando VII e Isabel II, repleta de palizas en las comisarias; de tres crudelísimas guerras carlistas; de innúmeros disturbios anticlericales y levantamientos rurales de variada laya; de las luchas vinculadas a la I República; de las guerras Marruecos y de Cuba (varias, en ambos casos), no exentas de motivos interiores; de la Semana Trágica y su triste aftermath; de huelgas generales violentas y violentamente reprimidas; de asonadas militares, desde Riego hasta Primo de Rivera; a lo largo de un montón de disturbios, violencias, y, por supuesto, nuestra última guerra civil, llevamos 200 años echando muertos a la zanja. Y no la hemos cubierto.


Ya está bien con la puta zanja de los cojones.

31 comentarios:

  1. Lo único bueno de esta Guerra Civil es que que no acabó en empate técnico, como las anteriores, y el que ganó lo hizo por goleada.

    Por lo demás totalmente de acuerdo. El amigo Zapatero no es más que un franquista de libro.

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  2. Impresionante artículo. Suscribo totalmente. Familia de mi madre: Republicana. Familia de mi padre: Derecha reaccionaria. Tengo muertos en fosas comunes. Hoy en día mi tío abuelo Benjamin Balboa López es un héroe para los republicanos y un criminal para los Nacionales. Su hermano José descansa en una fosa común de un cementerio de Cartagena tras haber sido fusilado por los franquistas. Ya está bien de hablar de tanta memoria histórica cuando todos sabemos que la memoria histórica en nuestro país solamente afecta al fútbol. Conozco gente que puede dar la alineación completa del R. Madrid en el año 1982 pero no sabe quién fue Miguel primo de Rivera. A pesar de ello son firmes defensores de la Memoria Histórica. Increíble.

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  3. La desmemoria histérica es sólamente una verdad sesgada que tiende inevitablemente a enfrenarnos a unos con otros. Lo que yo me pregunto es:

    ¿La Historia de España se circunscribe sólamente a la Guerra Civil?¿No hay nada antes?¿Tenemos que estar siempre mamando de la misma chominada?

    Un saludazo.

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  4. Final de artículo apoteósico. De los mejores que te he leído.

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  5. Con este artículo has logrado, si no cambiar radicalmente mi opinión sobre este asunto, sí modificarla sensiblemente. Pero al mismo tiempo, tu intachable exposición me ha hecho ser más pesimista al respecto de la hipotética superación de la zanja. Francamente, no creo que a casi nadie interese dicha superación: a unos, por interés partidista (a uno y a otro lado hay un nutrido contingente de "los míos", que aguantan carros y carretas para votarte elección tras elección de manera acrítica. Mola), y a la mayorái, porque reordenar tus esquemas mentales es, francamente, muy cansado. A la mayoría de la gente no le interesa comprender lo que pasó sino saber por qué siempre ha tenido razón...

    Verbigratia, la conclusión del amigo Números: tras todo lo anterior, la conclusión evidente es que Zapatero es el malo. Y ole.

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  6. Pienso que la zanja estaba siendo superada. Habia habido un consenso durante la Transicion en el sentido de que todos habiamos sido muy burros en los anos 30 y mas valia que mirasemos hacia el futuro, en lugar de recriminarnos mutuamente por lo hecho 40 anos antes.

    La Memoria Historia vino a romper ese consenso y a crear un conflicto innecesario. Pienso que la ley se entiende mejor desde la psicologia que desde la Historia. El Presidente del Gobierno tiene un trauma con el fusilamiento de su abuelo y, en lugar de superarlo via psicoanalista, prefirio hacerlo via Ley.

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  7. Hay varios asuntos relativamente claros, pese a las connotaciones ideológico-emocionales:

    1) una cosa es la memoria (subjetiva) y otra la Historia (que se pretende objetiva aunque sólo como asíntota o aspiración, y es casi tan manipulable como la otra)

    2) los dos (en realidad más, pero bueno) bandos no son equiparables. Uno es el ilegítimo de los golpistas y otro el legal y vencido y abandonado por las potencias de los aliados ( así les fue luego)

    3) gastarse el dinero público en enterrar decentemente no me parece una prioridad frente a cuidar abuelitos u operar urgencias, pero me parece un gasto menos vergonzoso y superfluo que la 'mayoría' de los que emprendían hasta hace poc las autonomías

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  8. Luis Montes7:57 a.m.

    La insistencia que hace el próximo ex Presidente del Gobierno con el tema de su abuelo es, efectivamente, un caso de psicoanalista. Rodríguez Zapatero nació en 1960, 24 años después del fusilamiento de su abuelo. Probablemente no se enteró hasta que tenía unos 6 ó 7 años. ¿Quién la habrá inculcado tanto odio y resentimiento a este hombre?

    Al padre de Marcelino Oreja Aguirre lo asesinaron unos izquierdistas durante el golpe del 34 cuando el futuro ministro tenía 2 años. Jamás le he oído a Oreja reproche alguno.

    Como escuché un día a Santiago Hernán Solari cuando jugaba en el Real Madrid: El resentimiento es un sentimiento mediocre y los sentimientos mediocres acaban volviéndose contra uno mismo. El problema, en este caso, es que se ha vuelto contra todos los españoles.

    Saludos

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  9. Anónimo9:33 a.m.

    El trauma de Zapatero con el fusilamiento de su abuelo es, a mi entender, impostado. Es, por decirlo claro, una mentira como una casa que ha sido aceptada por sus críticos y adversarios porque permite caricaturizar gruesamente al personaje. Yo creo que más bien el Presidente al llegar de una forma tan brusca al poder, contando con una base tan poco sólida y sabiendo que lo suyo no había respondido a un vuelco sociológico real sino a una pulsión, buscó y encontró en la "Memoria Histórica" un filón que explotar para contentar a una parte de su electorado prestado, convertir a parte de su electorado "natural" y, sobre todo, para provocar una reacción de oposición que contribuyese a ensanchar un poquito esa zanja de la que habla el autor del artículo.
    El argumento del "Abuelo" no es más que una manera bastante burda- uno de estos ejercicios suyos de astucia evidente un poco sonrojante- de hacerse el cercano y de poner sobre la mesa a los muertos (dignos muchos, encomiables algunos, pero polvorientos todos) de la Guerra Civil como a deudos recientes y palpitantes equiparables a las víctimas del terrorismo.
    Poque la intención de Zapatero era incluir en la categoría de víctima a los muy añosos nietos de los asesinados por Franco y acogerlos bajo su ala siendo él uno más, uno llegado al poder para reparar las muchas injusticias a las que ciertamente habían sido sometidos. Quiso, creo yo, hacer un pequeño paralelo al comportamiento de Aznar para con las víctimas de ETA.
    Recordemos que Aznar- víctima también él del terrorismo- hizo bandera de la reparación moral de aquellos muertos mucho más recientes e igualmente maltratados e ignorados y logró crear una conciencia, que hasta el momento no existía, del terrible sufrimiento que, no ya los asesinos, sino la fria respuesta de la sociedad había causado a las víctimas, su memoria y sus deudos.
    Pues algo parecido quiso Zapatero para sí, agudizándolo probablemente cuando las víctimas de ETA empezaron a manifestarle desconfianza. Quiso trasladar el debate de las víctimas del presente al pasado, con cierto éxito además. Porque si ya habíamos llegado a la conclusión de que las víctimas del terror merecen reconocimiento, homenajes, reparación ¿Por qué negar eso mismo a otros que sufrieron igualmente? Y si alguien hablaba del tiempo transcurrido ¿Es acaso el tiempo una barrera para la justicia? ¿No fue Franco tan criminal y asesino como pueda serlo ETA? Y si eso es innegable ¿quien lo negaría? ¿Acaso sus herederos? ¿Acaso aquellos que añoran su régimen? ¿No será que están al otro lado de la zanja? ¿No exsitirá entonces una zanja que nos separa de ellos y nos hace sustancialmente diferentes y mejores? Y ahí está otra vez la zanja, abierta, infranqueable.

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  10. Anónimo10:10 a.m.

    "En primer lugar, debo aclarar que, para mí, la memoria histórica no es una ley. Es un proceso."

    Supongo que quieres decir que es un proceso dialéctico ¿no?

    Eborense

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  11. RealMcManus Para mi Zapatero no es el malo. Para mi Zapatero ha sido, no malo, nefasto. No solo se ha dedicado a abrir la zanja que llevamos tratando de tapar desde hace treinta años imponiendo su visión maniquea de buenos (los suyos) y malos (los otros). ¿Por qué no se ha empurado ya a D. Santiago Carrillo? ¿Acaso lo que sucedió en Paracuellos no fueron crímenes de guerra y contra humanidad?. Me reafirmo franquista, puro y duro.

    Eso en lo relativo a la Guerra Civil, pero es que lo demás, que es lo que a mi REALMENTE ME IMPORTA, se ha dedicado a legislar de cara a la galeria. ¿Qué medidas tomó para controlar la burbuja inmobiliaria? ¿Cuáles cuando la crisis económica llamaba ya a las puertas?...

    Y de las relaciones internacionales mejor no hablar... Insultar a los EEUU, tildar de fracasada a Merkel, alianzas con tipos como Chavez (¿Alguién sabe que pasó con las famosas fragatas?)

    Pero, parodiando a Agustín de Foxá, lo peor de Zapatero es que nos va a echar en brazos de los otros y miedo me da la escabechina que van a hacer con todo cuando lleguen al poder.

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  12. Lansky El que el gobierno del Frente Popular fuese legítimo es algo más que discutible. La legitimidad no solo se gana en las urnas, se gana en el día a día cumpliendo, y haciendo cumplir, la ley.

    Por poner un símil. ¿Se imagina alguien que hoy los escoltas del Ministro del Interior se pèrsonasen en casa de Rajoy, lo secuestrasen, le pegasen dos tiros y lo dejasen abandonado en una cuneta? ¿Se imagina además que los asesinos se refugiasen después en casa de unos diputados? ¿Y se imaginan que, para terminar la función, la reacción del Sr. Blanco fuese:
    - Este asesinato nos va llevar a una guerra. Para que ellos den un golpe de estado, mejor lo damos nosotros.?

    ¿Consideraría Ud. legítimo a ese Gobierno? Yo, desde luego NO, por mucho que hubiesen ganado en las urnas.

    ¿En esas circustancias que tendrían que hacer los partidarios y simpatizantes del PP, cruzarse de brazos y dejar que les siguieran matando como a conejos?

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  13. Estoy de acuerdo con el artículo y especialmente con los dos últimos párrafos.

    Coincido en que la memoria histórica no es sino un intento sesgado de reescribir la que pasó circunscribiéndolo a un periodo determinado y específico, aislándolo de su inmediato pasado, de las consecuencias de esos dos siglos de enfrentamientos a los que alude el artículo, y suponiendo gratuitamente que la gente pensaba con criterios como los actuales y tenía una escala de valores parecida. Ignorancia y buenismo en santa cruzada (los extremos se tocan) destrozando a su paso lo que se ponga por delante.

    Se olvida con bastante frecuencia que durante la primera mitad (y en algunos casos parte de la segunda) mitad del siglo pasado, y no sólo en este país, el concepto de legitimidad, libertad o democracia estaban tan relativizados que servían poco más que para dar empaque a algún discurso. La revolución, la dictadura, la represión -incluida la tortura- y el golpe de estado se admitían como medios para llevar a cabo los cambios que cada uno pretendía y estaba muy asumido que el fin justificaba los medios (legales o no). Y a los que pensaban distinto ni agua. Y eso es aplicable a los malos muy malos y a los buenos muy buenos (dentro y especialmente fuera de su país). Un vistazo aunque sea por encima a la historia de Europa puede ser muy ilustrativo.

    En cuanto a lo que nos toca, conviene recordar que el pronunciamiento de Primo de Rivera contó con la anuencia y en algunos momentos la colaboración de políticos de diversa laya, que en el pacto de San Sebastián de 1930 los grandes 'demócratas' republicanos (Alcalá Zamora, Maura, Lerroux, Azaña, etc.) constituyeron un comité revolucionario que, involucrando a militares, pretendía dar un golpe de estado en diciembre de ese año para instaurar la república (que como es conocido no terminó de concretarse debido a la precipitada sublevación de Jaca). Que la instauración de la república fue un auténtico golpe de estado (triunfante). Que en pleno bienio blanco se produce el fallido golpe de estado de Sanjurjo y en el negro el fallido del 34, aunque en este último ya los muertos se contabilizan en centenas y no en unidades.

    Que en ese movimiento pendular, y tras los sucesos tan brillantemente expuestos en el blog bajo el epígrafe de la normalidad del 36, el de ese año no es sino otro fallido más en la lista con la particularidad que precisamente por fallar degeneró en una sangrienta guerra civil y la posterior dictadura haciendo que, en este caso, la contabilidad salte a las decenas de millar.

    En mi opinión y en este contexto hablar de legitimidad y otras zarandajas justificativas es ocioso. En cualquier caso hubiéramos terminado a hostias dejando al final la paz del cementerio.

    Independientemente de que haya temas que no pueden soslayarse (localización de enterramientos, reparaciones, etc.)habría que destextualizarlos de toda esta retórica revanchista y sectaria. y concentrarse en tapar la puta zanja de una puta vez.

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  14. Numeros, no sabía que eras, como te declaras tú mismo, franquista, así que hablar contigo de estos temas sería un diálogo de sordos. Franco era un militarote oportunista más que fascista, mediocre y vesánico, propenso a fusilar y a reprimir y porohibir desde los besos en la calle a los partidos políticos y los desnudos, que jodío este país por décadas. Punto.

    En cuanto a que la legitimidad hay que ganarsela todos los días, me temo que te contradicen todas las filosofías del derecho: ¿Tu te tienes que ganar tus derechos de propiedad (el coche, la casa) todos los días?

    Y a todos: Zapatero no es tan malo como le pintáis, y decir que es oportunista siendo político es casi una redundancia. La verdad es que lo que Zapatero es fundamentalmente es mediocre, bastante tonto incluso, y ya se sabe que puede hacer más daño que un malvado, y más si tocan, como ha tocado, tiempos jodidos. Pero con Aznar nos hubiera ido igual o peor.

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  15. Anónimo1:06 p.m.

    Lamentable artículo.
    Yo soy el de la pregunta de marras. Con apariencia de ecuanimidad se dispara desde un lado de la zanja. Cualquiera que haya leído la Ley de la Memoria Histórica, que no se llama así, ni parecido, no puede mantener seriamente lo que se dice de Zapatero. Con mayor o menor acierto, yo si creo que Zapatero pretende sinceramente superar la zanja. El problema viene de la Santa Transición. El contexto internacional y la correlación de fuerzas en España tras 40 años de Franco solo posibilitaron un apaño claramente desequilibrado a favor de los vencedores de la Guerra Civil, dejando sus privilegios y prebendas muy a salvo. España está hoy en un club con Francia, Alemania, Holanda, etc. Es fácil, solo tenemos que intentar parecernos a ellos. En Oviedo, mi ciudad, la Fundación Prícipe de Asturias tiene su domicilio en la c/ General Yagúe, y las Consejerias del Principado están entre las calles Coronel Aranda y Comandante Caballero.

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  16. Anónimo1:10 p.m.

    Para JdJ. La revolución de Asturias es un tema muy interesante y te propongo que lo desarrolles en uno de tus, frecuentemente, magníficos articulos. Lo que pretendía Largo Caballero seguro que era un golpe de estado pero lo que paso en Asturias, donde los políticos fueron superados desde el primer momento por los trabajadores, se parece mucho más a la Comuna de París con unas cuantas décadas de retraso, como siempre en España.

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  17. Lansky, a mi modo de ver, el problema de tu último mensaje es el «Punto» que cierra tu último párrafo.

    Uno puede tener las ideas muy claras; pero cuando están tan claras como para no permitir espacio para la discrepancia («Punto»), lo que se hace, consciente o inconscientemente, es cavar la zanja.

    Si en España puede haber tenderos, obispos, abogados o jugadores de balonmano que digan y opinen que los muertos de ETA son fruto de un conflicto y que, por lo tanto, las culpas de los mismos han de dividirse entre los que matan y los que no resuelven el conflicto; si pueden hacer eso, no veo por qué no puede haber un lector de internet que se declare franquista.

    La respuesta lógica a una confesión así es: yo no. Pero no: Punto. Porque ese «Punto», digamos, puede significar: no me interesa escucharte, no me interesa leerte; estás al otro lado de la zanja.

    Sobre la legitimidad del gobierno contra el que se alzó Mola, estoy bastante con Números. Digamos que si tú eres jefe en una empresa y la empresa contrata a tu novia, puedes hacer dos cosas: una es tratarla mejor que a los demás, con lo que demostrarás que eres un mal jefe. Otra es tratarla como a los demás e incluso ser más exigente con ella, con lo que demostrarás que entiendes bien el peso de la púrpura de la jefatura.

    El gobierno del Frente Popular escogió la primera de las opciones, y la llevó a tal nivel que, sinceramente, cuesta casarlo con el concepto de democracia. La democracia es el respeto de las minorías. Respetar a las mayorías, eso sabe hacerlo cualquiera; hasta Admadineyad, Pinochet o Kim Jong Il.

    Y no, Eborense. Cuando digo que la memoria histórica es un proceso, me refiero a que es un fenómeno no sólo jurídico, sino con muchas patas. Y en modo alguno diacrónico, sino desarrollado en el tiempo.

    Hegel se me atragantó cuando tenía 16 años, y ahí sigue.

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  18. Donde escribí diacrónico quise decir exactamente lo contrario, otrosí: sincrónico.

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  19. Lansky Lamento defraudarte, pero NO soy franquista. De hecho coincido plenamente contigo en tu opinión acerca del Caudillo.

    Pero eso no quita, para que reconozca que el Gobierno perdió lo que le quedaba de su legitimidad con el asesinato de Calvo Sotelo y su posterior reacción.

    Quizás el problema radica en que para mí el gobernar un país no es ser el propietario del mismo, como nos enseñó D. Paco durante 40 años, si no ser su administrador y, estará de acuerdo conmigo, que el administrador de unos bienes ajenos tiene que justificar su puesto todos los días.

    ¿Zapatero?. Pues coincidimos. Al decir malo no me refiero a malvado, si no a lo nefasta que ha sido su gestión.

    ¿Con Rajoy nos hubiera ido mejor? Pues no lo sé la verdad. Lo que sí sé es que el debate Pizarro-Solbes, uno hablaba ya de crisis y el otro de lo bien que iba la economía.

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  20. Lansky dijo:

    3) gastarse el dinero público en enterrar decentemente no me parece una prioridad frente a cuidar abuelitos u operar urgencias, pero me parece un gasto menos vergonzoso y superfluo que la 'mayoría' de los que emprendían hasta hace poc las autonomías

    Lamento informarte que las CCAA no han parado de hacer gastos superfluos. Solo que ahora procuran que no se sepa.

    Hay una CA que al mismo tiempo que cerraba camas hospitalarias abria dos "utilisimas" y supernecesarias oficinas de turismo en sitios tan baratos como Singapur y Nueva York.

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  21. Lansky, JdJ ¡Dios! la que puede organizar un signo de puntuación, o mejor dicho, la falta de él.


    Donde dice: Me reafirmo franquista, puro y duro.

    Debe decir: Me reafirmo, franquista, puro y duro.

    Por si alguien no le queda suficientemente claro, me refiero a Zapatero y a su manía de dividir a los españoles en dos bandos: los buenos (los suyos) y los malos (los de los demás).

    Siento el malentendido.

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  22. Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid voy a opinar sobre algunos temas que están saliendo en los comentarios.

    El concepto de legitimidad tiene diferentes acepciones. Tomaré dos de ellas: la de conformidad y adecuación a la ley (legalidad) y la de capacidad y derecho para ejercer una acción. Una rebelión en el momento de producirse es ilegítima bajo el primer concepto (conculca la legalidad vigente) y legítima bajo el segundo (el rebelado aduce unos derechos justificativos de su acción y tiene capacidad para realizarla). La legitimidad final vendrá dada por el resultado de la rebelión. La victoria, pacífica o violenta, es la primera y mayor fuente de legitimidad a lo largo de la historia porque permite cambiar las leyes y por tanto adecuar los hechos a la legalidad. Y esto vale lo mismo para el resultado de unas elecciones con mayoría absoluta, la Revolución Francesa o las rebeliones de las casas de Braganza y de Orange como para el levantamiento militar del 36.

    La II República utilizó un medio ilegítimo (la coacción que se ejerció sobre Alfonto XIII para que abdicase y se fuese) para constituirse y se legitimó formando un gobierno provisional y emitiendo las primeras leyes (entre ellas la nefasta LDR). En mi opinión no hay pérdida de legitimidad porque el gobierno del Frente Popular actuara de forma sectaria, pero sí abre la puerta a que alguien quede legitimado para rebelarse contra ella por uno de los derechos más evidentes: la defensa propia. De hecho en un primer momento los sublevados no plantean su sustitución sino la reinstauración del orden, para lo que, según sus propios razonamientos, están legitimados dada la situación existente.

    Cuando el golpe fracasa y deviene en guerra civil ya si se cuestiona el ordenamiento republicano y se recurre a otros razonamientos que justifiquen (y legitimen) los cambios que van a producirse. Guste o no guste, la victoria y las leyes franquistas posteriores establecen una nueva legitimidad que, antes o después, termina siendo reconocida por el resto de estados. La II República fue un fracaso precisamente porque terminó en una guerra civil, con dos bandos enfrentados a muerte con sus respectivas legitimidades a cuestas.

    Sobre mi tocayo se puede decir que era mediocre como político como economista e incluso como guionista de cine, pero desde el punto de vista militar tenía una magnífica hoja de servicios y no se le puede negar que fue hábil de narices para conseguir su objetivo último que no era otro que permanecer en el poder hasta el final. Y gobernar (mandar con autoridad, guiar y dirigir, manejar o dominar, etc.) gobernó hasta hartarnos. Y guste o no guste, eso es un hecho incontrovertible.

    Otra cosa es cómo lo hizo pero eso ya son opiniones. Para despejar dudas la mía es muy negativa, pero no siempre fue así. Nacido al final de los cuarenta, aplaudí al dictador ante el ayuntamiento de mi ciudad natal al principio de los sesenta, participé en las primeras huelgas en la segunda mitad de esos mismos sesenta y hasta me permití hacerme unas carreras delante de los grises en los setenta. Firmes e inconmovibles convicciones como puede verse.

    Por último una opinión sobre política actual. Discutir sobre si lo hubiera hecho mejor un gobierno del PP que uno del PSOE es estéril. No se puede volver atrás y como decía el castizo lo que no puede ser no puede ser y además es imposible.

    Lo que es un hecho es que el gobierno actual, aunque expurgando aquí o allá haya algo que salvar, ha sido nefasto, desde sus primeras actuaciones revanchistas (la paralización del PHN es un auténtico desastre de incalculables consecuencias incluso para comunidades que al principio la apoyaban) a la inanidad de sus decisiones que nos han llevado a una situación económica, política (interna y externa) e institucional que se puede calificar de catastrófica. Y los errores se pagan. No soy optimista en cuanto al futuro. Creo que gobierne quien gobierne lo vamos a pasar mal, mal pero que muy mal.

    Y eso es todo, bueno me falta algo que decir: Cada día me gusta más este blog.

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  23. JdJ:

    a tu lado, soy un aprendiz colocando el Punto a una discusión, chico

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  24. Según parece la única coincidencia general es Zapatero ha sido un mal gobernante, lo que es difícil negar desde un punto de vista objetivo. Ahora bien, propongo un sencillo ejercicio: al final del 2012 repasamos todas las democracias occidentales y comprobamos cuantos de los gobiernos que ejercían de tales en algún momento del periodo 2008-2010 no ha sido espectacularmente corrido a gorrazos en las urnas. Opción A: ha existido una conjunción planetaria que ha colocado a los más tontos del pueblo a mandar en todo el mundo al mismo tiempo. Opción B: es difícil salir bien parado con la que está cayendo. Insisto: la gestión del Gobierno en estos últimos cuatro años es deficiente, pero difícilmente mejorable dado el empedrado por mucho listo que anda suelto. El contexto existe, e importa.

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  25. Amigo, de nuevo das en el clavo. Destaco esta frase "El conocimiento histórico no consiste en rememorar la Historia, sino en superarla comprendiéndola" que es lo que intento transmitir siempre a mis allegados.
    Comparto tu artículo a ver si conseguimos juntar media neurona y que esta idea cale un poco...

    Me gusta también el término "desmemoria histérica" comentado en otras entradas, perfectamente definido.

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  26. Probablemente RealMacManus, pero lo tuyo también admite matices: la diferencia entre un buen y mal gobernante en dicho apocalítico contexto, es que el malo ni siquiera reconoce a tiempo la gravedad del asunto

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  27. Luis Montes4:22 p.m.

    Hombre, Real McManus, es verdad que la crisis afecta a la mayoría de los países y es verdad que habría afectado a España estuviese quien estuviese porque teníamos un modelo de crecimiento económico envenenado, pero Zapatero maximizó los efectos de la crisis:

    1) Después de criticar el modelo "del ladrillo" cuando estaba en la oposición, lo adoptó sin reservas como si él mismo lo hubiese creado.

    2) Cuando saltaron las alarmas insultó a los que le advertían sobre la que se nos venía encima.

    3) Mintió prometiendo pleno empleo, crecimientos anuales del 3% y negando la crisis.

    4) Su ministro de Economía no dijo una sola verdad en el famoso debate televisado.

    5) Proclamó a los 4 vientos que estábamos en la Liga de los Champiñones y que teníamos el sistema financiero más sólido del mundo.

    6) Cuando admitió que había una crisis "como a Vds les gusta llamarla", comenzó a gastar dinero a manos llenas: 400€, cheque bebé, plan E, transferencias de miles de millones a las autonomías...

    7) Y, después de haberse negado a escuchar y a pactar, le echó la culpa a los que no arrimaban el hombro.

    Yo creo que Zapatero es muy responsable de que estemos fatal, cuando podíamos estar mal.

    Saludos

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  28. CorsarioHierro1:17 a.m.

    No olvidemos que los comunistas pusieron orden en el bando republicano.

    Hace poco escuché una interpretación interesante que dejo a tu valoración. Los procesos militares que decretaron fusilamientos conllevaban confiscaciones. Por tanto, hoy si se anulasen dichos procesos, a continuación se abriría la vía civil de reclamar devoluciones de bienes confiscados-que además afectarían a familias cercanas con poder en aquel y en el actual momento.Por eso se opta por dejarlo estar amén de que se hablan de cantidades astronómicas.

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  29. CorsarioHierro1:36 a.m.

    Me olvidaba.

    ¿Qué hacemos con los de las fosas? Todos coincidimos que esta okey rescatarlos(o no si lo deciden así sus deudos, bien dicen los historiadores que esta nunca se debe hacer de los tiempos cercanos).

    ¿Por qué todo el mundo los instrumentaliza a favor o en contra?

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  30. Anónimo10:59 p.m.

    JdJ:

    Entiendo perfectamente que se te atragantara Hegel. Pero tu respuesta acerca de que la memoria histórica es un fenómeno con muchas patas me hace ver que has entendido mi punto de vista.

    Es más, estoy absolutamente convencido de que veremos el día en que los que patrocinaron la ley correspondiente dejaran tirados y en la calle a los que se creyeron que de verdad había legisladores y hombres de Estado (es un decir) que entendían sus planteamientos. Cosas de la dialéctica. O de los fenómenos con muchas patas; demasiadas para que a todas ellas les llegue suficiente sustento, especialmente cuando la cabeza ya no llega al pesebre.

    Eborense

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  31. Llego dos años tarde a este post, pero qué autentica lección de sentido común. Muchas gracias por compartir

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