lunes, abril 23, 2018

Sudáfrica (5: la entrevista Mandela-Botha)

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En 1984, la situación socioeconómica de los negros empeoró de tal manera que su proclividad a los conflictos se disparó. Sudáfrica entró en una crisis económica de dimensiones sistémicas, una crisis que se cebó especialmente en el paro negro. Además, la economía acusó un crecimiento exponencial de la inflación, lo que empobreció notablemente a muchos ciudadanos, pero muy particularmente a los negros de nuevo. Unas cosechas desastrosas sirvieron para unir el campo a la fiesta, y de paso alimentar la inflación.


Cuando llegó el momento previsto para las elecciones que habrían de designar los representantes de los mulatos y los indios, la situación se hizo todavía más complicada. La mayoría de las organizaciones de estos grupos sociales llamaron al boicot y, de hecho, la bajísima tasa de participación dejó bastante claro el poco nivel de apoyo que tenían las reformas de Botha. Para colmo el gobierno, con escaso tacto, decidió poner en marcha la reforma de los gobiernos locales, una reforma que exigía incrementar sus niveles de ingresos. Como consecuencia, la gente se encontró con que en el peor momento de su situación económica, la presión fiscal se incrementaba.

A finales de año, en septiembre, todo ese ambiente cristalizó en violencia. Ésta fue presidida por activistas negros que mezclaban la reivindicación antisegregacional con la revolución sistémica, y que obtuvieron una pronta alianza con los estudiantes, pero sería totalmente desenfocado decir que sólo los jóvenes formaron parte de aquellas protestas. La miopía gubernamental, que como acabo de decir había llevado a cabo en medio de la merdé una impopular reforma de los ayuntamientos, provocó que grupos sociales enteros, en no pocas veces alimentados por iglesias, se unieran a las protestas contra el apartheid.

Los disturbios adoptaron un cariz muy complejo para el gobierno. Aparte de medidas pacíficas, como los boicoteos de consumo o las huelgas de alquiler, muchos grupos organizaron una especie de tribunales populares que decretaban la persecución de los colaboradores del régimen. Todos ellos seguían las consignas del ANC, que buscaba hacer irrespirable la vida en muchas de las ciudades y municipios de Sudáfrica. Los activistas, si podían, asesinaban a los colaboradores, en lo que suponía claramente un escalado del conflicto.

Con estos problemas en la calle, la respuesta del gobierno tenía que ser militar, y lo fue. Enjambres de soldados fueron enviados a los municipios para poner orden; pero, por lo general, carecían de un plan coordinado para ello. Sudáfrica se convirtió en inquilino habitual de las primeras imágenes de los informativos televisivos del mundo, siempre tan proclives a ofrecer muertos, coches ardientes y esas cosas. Era lo que los activistas negros sabían que iba a pasar (y es que es de pura lógica que sea así), y tuvo el resultado que ellos esperaban: la opinión pública internacional culpó de todo ello al culpable, es decir el sistema de segregación.

El verdadero problema para Sudáfrica llegó cuando, en 1986, se reprodujo para ella el gran problema que para muchos países europeos se presentó en 1929, cuando estalló la crisis económica en Estados Unidos: los grandes bancos estadounidenses decidieron, en sus risk assessments, que conceder créditos al emprendimiento sudafricano sobrepasaba los niveles del riesgo tolerable y, consecuentemente, dejaron de manar dinero. Esto, lógicamente, provocó una gravísima crisis financiera en un país que claramente carecía de los recursos monetarios necesarios para financiarse. A mediados de los ochenta, además, la presión de las opiniones públicas del mundo era tal que Sudáfrica perdió incluso, si no el apoyo, sí cuando menos la calculada tibieza que habían mantenido hacia el tema sudafricano grandes líderes mundiales de corte conservador, como Ronald Reagan o Margareth Thatcher. Como resultado, las propias organizaciones patronales blancas acabaron por solicitar reformas y, sobre todo, la liberación de Mandela.

Botha, sin embargo, estaba en otro rollo. Aquel primer ministro era, por así decirlo, una especie de Gorvachov del segregacionismo. De Gorvachov se ha dicho que muy probablemente fue el último miembro del Presidum del Soviet Supremo de la URSS sinceramente marxista. Esto lo convirtió en una persona que era capaz de apuntar reformas, perestroika, glasnost y todo eso, pero siempre con un carácter limitado, porque en el fondo no creía que la salida para su país fuese otra que el comunismo. A Botha le pasaba lo mismo. Era un político lo suficientemente finisecular como para entender que su país tenía que abordar reformas; pero, al mismo tiempo, todas esas reformas tenían, en su cabeza, que ser de tal naturaleza que conservasen intacto o prácticamente intacto el poder blanco. Era, por lo tanto, un reformista de utilidad limitada, un político que se crecía ante la presión, optando por ser más represor todavía de lo que lo era con anterioridad.

El gobierno sudafricano declaró el estado de emergencia, situación bajo la cual las fuerzas de seguridad recibieron la orden de trabajar, de forma legal o alegal, para descabezar a las principales organizaciones negras, buscando a sus líderes y neutralizándolos. El ejército pronto comenzó a enviar hacia las prisiones autobuses repletos de activistas. Se impuso la censura de prensa y el primer ministro declaró que Sudáfrica era perfectamente capaz de caminar sola.

Inicialmente, todo esto mostró su utilidad. En efecto, como había esperado Botha, la mayoría de las organizaciones, grupos y grupúsculos, perdidos sus principales líderes y las personas más activas, no supieron muy bien qué hacer.

En todo este tiempo de escalada de violencia entre negros y blancos, el inquilino de la prisión de Pollsmoor, Nelson Mandela, realizó varias intentonas de negociación. A través de terminales y amigos, trató de llevar la propuesta de una entrevista con Botha en la que ambos líderes, decía, tratarían de buscar una solución para que el futuro de Sudáfrica no consistiese únicamente en violencia y más violencia. Botha, sin embargo, ni siquiera se dignó contestar aquellas sugerencias. Ni de coña estaba dispuesto a reconocerle al ANC el estatus de interlocutor suyo; pero, ciertamente, ordenó que las condiciones de encarcelamiento de Mandela fuesen suavizadas. El día de Nochebuena de 1986, Mandela vio la calle por primera vez en 26 años; un funcionario de la prisión se lo llevó de paseo en su coche por Ciudad del Cabo. Fue el primero de una serie de viajes cortos de relajación prisionera. Mandela fue llevado, en esos desplazamientos, a hoteles costeros y pequeños pueblos pesqueros, o a las montañas en el interior. En esas visitas pudo sentarse como un ciudadano normal en terrazas y tomar café, cosas así. En una ocasión, incluso se reunió con su mujer y sus hijos.

Esto lo hemos sabido con el tiempo. Por supuesto, el gobierno encargó la organización de estas visitas a un grupito de funcionarios de prisiones que no podía confesárselo a nadie y, de hecho, en el tiempo de aquellas salidas ni una sola se filtró al conocimiento público (probablemente, de haber ocurrido esto las visitas habrían terminado). Mandela se mezclaba con la gente normal, además, prácticamente sin riesgo de ser reconocido. Ninguna de las personas que se lo cruzaba por la playa mientras paseaba lo había visto en 26 años.

Mandela, sin embargo, no se contentó con estos regalos, que estaban diseñados para convencerle de que cambiase su bienestar personal por dejar de dar la matraca con el tema del diálogo. De hecho, utilizó su régimen más cómodo para redoblar sus mensajes sobre la necesidad del diálogo. Le transmitió al gobierno sudafricano la idea de que él no estaba interesado en ser liberado de la prisión, a menos que esa liberación fuese una más de una serie de medidas simultáneas, entre las cuales debía incluirse, sí o sí, la legalización del ANC. Tardó dos años, pero lo consiguió. En 1988, el gobierno nombró un grupo de altos funcionarios que, de una forma discreta, estudiaría con él la viabilidad de diversas medidas políticas.

Esta comisión se reunió con Mandela durante meses. Las cosas no fueron ni bien ni mal, y esto es lo que acabó por impacientar al líder negro. Un día, en medio de una de las negociaciones, Mandela estalló y les dijo que no tenía sentido hablar con personas como ellos, que no tenían el poder efectivo. Yo, dijo, con quien tengo que hablar es con el señor Botha.

Así, finalmente se produjo el hecho histórico: el encuentro, el 5 de julio de 1989, entre Nelson Mandela y Pieter Willem Botha; la víctima y el victimario.

Aquel día, Mandela se encontraba en la prisión Victor Verster cerca de Paarl. Unos policías fueron allí a sacarlo, meterlo en un coche y llevarlo a un aparcamiento subterráneo debajo de Tuynhuys, una mansión en Ciudad del Cabo cerca del Parlamento, que servía de residencia del presidente. Desde allí fue conducido al despacho de Botha.

Mandela dejó dicho que su primera impresión fue muy sorprendente. Él esperaba encontrarse a un hombre duro y despreciativo (al fin y al cabo, él no dejaba de ser un puto negro), pero se encontró con un hombre amable, sonriente, que cruzó todo el despacho para estrecharle la mano y saludarlo con una amplia sonrisa en el rostro. “Lo que más me impresionó”, dijo, “es que fue él quien sirvió el té”. A nosotros nos podrá parecer una gilipollez. Pero para un negro sudafricano de 1989, que un blanco, para colmo primer ministro, le sirviese el té, debió ser como hacer un viaje el tiempo hacia el futuro.

Mandela y Botha no estaban ahí para resolver el problema de Sudáfrica. Estaban ahí para romper el hielo, y eso fue lo que hicieron. Su conversación duró una media hora, y se centró en aspectos generales de la Historia de su país. Días después la noticia del encuentro fue filtrada a la prensa, y mucha gente se hizo pajas con su contenido. A la versión seudooficial del gobierno sudafricano, que se limitaba a calificarlo de courtesy call, los típicos lisssstos y enteradillos de vía estrecha, porque en el mundo, desde Solón, siempre ha habido tertulianos, opusieron la versión de que todo era mentira y se llenaron la boca diciendo que tenían fuentes muy fidedignas según las cuales ambos líderes habían entrado poco menos que a negociar la cotización media de los trabajadores negros a la Seguridad Social del año 2040. Pamemas, comme d'habitude. Ambos líderes charlaron de esto y de aquello. Lo único importante era que charlasen.

Botha sabía muy bien lo que estaba haciendo con su gesto y la subsiguiente filtración para su conocimiento público: se había reunido con un tipo al que, hasta cinco minutos antes de la reunión, había calificado de terrorista comunista. Pero también es cierto que este gesto, exactamente este gesto y nada más, es todo lo que Botha estaba dispuesto a darle a los negros de Sudáfrica y a la opinión pública mundial. Pieter Willem Botha había decidido que él no iba a pasar a la Historia como el blanco que le entregó el país a los negros. Probablemente pensaba que era inevitable que fuese así, pero el suyo era un compromiso personal con el sistema en el que había nacido y se había hecho grande como político. Botha estaba dispuesto a servirle el té al jodido Mandela, pero no a darle derechos a los jodidos negros.

Es probable, además, que aquel 5 de julio de 1989 P. W. Botha supiera cosas que los demás no sabíamos, o hubiese tomado decisiones que obviamente sólo conocía él. Porque el caso es que, no más de medio año después de aquella entrevista, el primer ministro dimitió de su cargo. La violencia, la crisis económica y los gestos amables hacia Mandela lo habían tensionado en exceso, y para entonces las diferentes sensibilidades blancas tenían serios problemas para entenderse. Pero ése no fue un proceso que se produjese desde la entrevista con Mandela; si acaso, tan sólo se aceleró. Venía produciéndose de tiempo atrás, sobre todo a causa de las presiones de la clase empresarial a la que muchos políticos pertenecían. Por lo tanto, no hemos de interpretar, en mi opinión, que la entrevista Botha-Mandela rompió el gobierno de los blancos. Para mí, lo más probable es que la entrevista se produjese porque el gobierno estaba roto, Botha lo sabía, conocía su escasa supervivencia en el poder y, por lo tanto, sabía que su gesto no tendría consecuencias para él.

Tal vez pensó: “para dos minutos que me quedan en el convento...”