miércoles, diciembre 08, 2010

Marruecos: los comienzos (1)

En alguna que otra anotación a pretéritos post, a lo que había que unir algún que otro mensaje privado a mi buzón, me habéis dicho que estaría bien hablar algún día de Marruecos. Algo se ha dicho sobre el asunto, sobre todo cuando traté la enfermedad de Franco. Sin embargo, la Historia de España y Marruecos es más longeva que esos tiempos hoy habitualmente invocados a causa del conflicto del Sahara, y a estos orígenes se refieren buena parte de los mensajes que he ido recibiendo. Así pues, he pensado en escribir unas notas sobre la materia y, por lo tanto, describir la política marroquí española durante los tan apasionantes como complejos años del principio del siglo pasado. Espero que las mismas os arrojen alguna luz para comprender cosas que hoy están pasando.

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España llegó al siglo XIX notablemente debilitada como país, lo cual significó que los tiempos en los que marcaba la política internacional se trocaron por otros en los cuales los sucesivos ministerios de Madrid hacían más o menos lo que podían para integrarse en las alianzas internacionales que mejor respetasen sus necesidades.

En la última década del siglo XIX, estas intentonas llevaron a España a arrimarse al eje franco-ruso en detrimento de Alemania. En 1894, el Senado español decidió denunciar el tratado comercial hispanoalemán y, un año después, producido el conflicto internacional del estrecho de Formosa, volvió de nuevo a alinearse con las posturas de París y San Petesburgo.

Con la firma el Tratado de París, 10 de diciembre de 1898, España perdió sus colonias y entró en una grave crisis de conciencia colectiva que es bien conocida por todos, o casi todos los españoles. En esa situación, España alimentó el interés de Inglaterra, que no hay que olvidar que ya tenía una pica puesta en la península, llamada Gibraltar, y que cada vez se sentía inmersa dentro de un tablero internacional de creciente enfrentamiento que, efectivamente, acabaría provocando la primera guerra mundial. Sir Henrick Drummon Wolff, entonces embajador británico en Madrid, comenzó las conversaciones con el gobierno español, presidido por Francisco Silvela y cuyo ministro de Asuntos Exteriores era el duque de Almodóvar del Río, sobre la fortificación de los terrenos españoles aledaños al Peñón. En el marco de dichas conversaciones, Inglaterra manejó la posibilidad de apoyar los intereses españoles. Incluso se llegó a hablar de un canje de Ceuta por Gibraltar.

Todo tenía sentido en el marco de la preparación por parte de Londres de una guerra con Francia. El 10 de julio de 1898, una expedición francesa a las cuencas del Nilo llegó a Fachoda, donde literalmente chocó con las tropas británicas al mando de Sirdar Kitchener.

España dio seguridades a Inglaterra de que no fortificaría los terrenos de Sierra Carbonera, junto a Gibraltar, pero no fue más allá. Para entonces, tenía ya demasiado miedo de Francia como para intentar una alianza unilateral con Inglaterra. Conforme daba la vuelta a la esquina el siglo, una vez perdida la alternativa inglesa, para España ya sólo quedaba la opción de la alianza con el francés. Por otro lado, en esas mismas fechas (1900 a 1902), Francia negoció con Italia un acuerdo entre potencias coloniales que dejó libre Marruecos para futuras operaciones de influencia. Merced a los acuerdos francoitalianos, París abandonó sus pretensiones sobre la Tripolitania, lo que dejó Libia a la influencia de Roma; mientras que ésta abandonaba sus pretensiones sobre Marruecos.

Todo el mundo se preparaba para la guerra. Las cancillerías europeas, de hecho, creían en su inminencia. Sin embargo, repentinamente se produjo un hecho sorpresivo, bien conocido de la Historia, que dejó a todos con un palmo en las narices: la llamada Entente Cordiale entre Francia e Inglaterra. Francia, acuciada por el cerco que las Potencias Centrales ejercían sobre ella, maniobró hábilmente para comenzar a ser ella la que aislase a sus enemigos.

Antes de la firma de este acuerdo histórico, el mejor tono entre París y Londres favoreció la acción francesa en Marruecos. En enero de 1900 habían ocupado los franceses los oasis de Tidikelt e In-Salah. Después de eso, avanzaron por el valle de La Zoupsana, tomaban Igli, Timmimoun...hasta conseguir enlazar sus posesiones argelinas y tunecinas con las colonias occidentales. El Sultán de Marruecos aceptó de buen grado la acción de los franceses, los cuales combatían la anarquía existente en el país y ofrecían algunas retribuciones interesantes, tales como la definición total de la frontera entre Marruecos y Argelia, que en 1845 sólo había quedado establecida para las áreas costeras. Francia metió en Marruecos toneladas de asesores y dinero. Preparaba el protectorado.

Mientras tanto, Madrid temblaba. Un embajador de la época, León y Castillo, lo dejó escrito con más claridad de la que yo pueda utilizar: «Expulsados de América, expulsados de Asia, si, prescindiéndose de nosotros, éramos también expulsados de África, estábamos amenazados de serlo también de Europa». España, pues, necesitaba reconstruir su situación colonial. Y miró a Marruecos.

De esta forma, España sacó de su desván derechos históricos sobre Marruecos y el noroeste del Sahara que hasta los propios españoles habían olvidado. El propio León y Castillo, que firmó lo tratados por los cuales España obtenía territorios en el occidente de África (incluyendo Guinea), califica de «poco menos que ilusorios» los derechos invocados por España en las negociaciones (afirmación que, en todo caso, y esto es importante matizarlo, no se refiere a los derechos de España sobre las plazas de Ceuta y Melilla, que son previos a la existencia del Estado marroquí). El 27 de junio de 1900 se firmó con Francia el tratado por el cual le eran adjudicados a España los territorios de Guinea y Río de Oro, concretamente 28.000 kilómetros cuadrados en el primero de los territorios y 190.000 en el segundo. Aunque Río de Oro acabaría teniendo un significado económico merced a sus yacimientos de fosfatos, en su momento España valoró en la adquisición sobre todo sus elementos de defensa, por lo que suponían de capacidad de garantizar la seguridad de las Canarias.

El acuerdo francoitaliano en torno a Marruecos y la Tripolitania, por su parte, sacó de su letargo a los gobiernos de Madrid, los cuales, pese a tener una ambición primaria por ampliar su ámbito de influencia a Marruecos, no hacían gran cosa por negociarlo con Francia. En 1902, las negociaciones entre León y Castillo y Delcassé, el ministro francés de Asuntos Exteriores y quizás la principal personalidad internacional europea del momento, cuajaron en un proyecto de acuerdo por el cual España obtenía la influencia en todo el Marruecos septentrional hasta el Sebú, incluyendo la capital, Fez.

Con el borrador del tratado bajo el brazo, León y Castillo se vino a Madrid para hablar con Práxedes Mateo Sagasta, primer ministro, y Almodóvar, ministro de Asuntos Exteriores. Los tres pusieron en el secreto a Francisco Silvela, jefe del Partido Conservador, en un gesto que es una demostración de que eso de no dialogar entre los partidos del gobierno y la oposición está lejos de ser una tradición española.

El embajador regresó a París a continuar las negociaciones y, una vez terminadas, envió un propio a Madrid con un texto del tratado pactado pasado a limpio. El tratado iba acompañado por unas instrucciones según las cuales, al recibirse en la embajada de París un telegrama con el texto «Guadalajara», se procedería a firmar el dicho tratado.

Sin embargo, a la que llegaba aquel mensajero, el gobierno liberal cayó, pillando, entre otras cosas, a Almodóvar en Jerez celebrando la boda de una de sus hijas. Teóricamente, el cambio del Ejecutivo no debía afectar al trato con Francia, puesto que Silvela, como hemos visto, estaba enterado de los contactos y los aprobaba. Sin embargo, no fue así. Abárzuza, el nuevo ministro de Estado, era un convencido de que el conflicto entre Francia e Inglaterra no se resolvería nunca y, por lo tanto, juzgó temerario para España firmar con París un tratado referido a territorios del Estrecho, todo ello a espaldas de Londres. Silvela trató, entonces, de conseguir al menos el aval de San Petesburgo al tratado, para así cubrirse el riñón frente a los ingleses. Como contrapartida, los conservadores españoles ofrecieron el compromiso español de no firmar tratado alguno en Europa sin el placet de ambos socios (Francia y Rusia), lo que en la práctica significaba colocarse dedicidamente en su eje de influencia (un movimiento, pues, del calibre del de José María Aznar haciéndose la foto de las Azores). Rusia, sin embargo, se mostró renuente a este acuerdo, por lo que suponía de ruptura del equilibrio europeo existente; y, por el camino, Francia e Inglaterra dieron la campanada.

¿Cómo llegaron Francia e Inglaterra, vecinos irreconciliables, a firmar un tratado? Ambos tenían razones para ello. Francia estaba políticamente desangrada por el escándalo Dreyfuss, y a Delcassé, además, le interesaba enterrar el problema de Fachoda. Inglaterra, por su parte, estaba necesitada de apoyos continentales en Europa a causa de la guerra del Transvaal, donde no le iba todo lo bien que hubiera esperado. En realidad, el gobierno británico era más partidario de encontrar a su amigo continental en Alemania, pero el Kaiser rechazó la oferta por desconfiar de los fracasos militares de los ingleses en la actual Africa del Sur.

En mayo de 1901, contra viento y marea, los ingleses lograron redactar un proyecto de acuerdo angloalemán, que le fue entregado a Eduardo VII, junto con un informe confidencial, justo antes de un viaje a Alemania para tomar las aguas. El rey Eduardo, durante el citado viaje, se entrevistó con el Kaiser; pero, lejos de utilizar secretamente el documento de su secretario de Estado Lord Landowne, cometió la torpeza de entregárselo a su sobrino, el cual reaccionó de forma chulesca, lo que hizo que ambos reyes y parientes se separasen mosqueados. Esta distancia arrojó a Lord Chamberlain en los brazos del siempre laberíntico Delcassé. El 2 de febrero de 1903, ambas partes filtraron la noticia de que habían llegado a un acuerdo sobre el Norte de Africa. Eduardo VII realizó un rápido viaje a Francia, en el curso del cual se entrevistó con Loubet, primer ministro. Ese mismo mes, León y Castillo viajó a Madrid para explicarle a Maura y Rodríguez San Pedro, primer ministro y ministro de Estado respectivamente, las bases del acuerdo francobritánico. Pero los conservadores de Madrid siguieron en sus trece de que ambas potencias jamás serían capaces de llegar a un acuerdo en cuestión tan batallona para ambos. No les faltaban elementos para ello ya que Lord Lansdowne le había asegurado al duque de Mandas, embajado español en Londres, que Inglaterra nunca llegaría a ningún acuerdo con Francia sobre el Norte de África sin antes consultar con Madrid. No entendieron que la diplomacia es oficio muy perro, como increíblemente parece estar descubriendo media Humanidad leyendo los estúpidos cotilleos de Wikileaks.

El 8 de abril de 1904, Francia e Inglaterra firmaban, finalmente, un acuerdo por el cual la segunda entregaba a la primera el protectorado de Marruecos. Con ese acuerdo, España perdía las ventajas significativas que pudo obtener en el tratado de 1902, que prefirió no firmar por temor a un cabreo de los ingleses; algo que, la verdad, se entiende mal teniendo en cuenta que, en el mismo año de 1902, Francia e Italia habían alcanzao sus famosos acuerdos sin que Londres hubiera dicho this mouth is mine. De hecho, Delcassé dio largas a la negociación con los británicos para tratar de dar tiempo a terminar la que tenía en curso con nosotros, pero nosotros nos negamos. El tratado de 1902 nos ofrecía terrenos mucho más extensos que los que finalmente hubimos de aceptar (y que constriñeron la presencia española al Rif), reconocía una igualdad de derechos con Francia, y tres millones de habitantes de los cinco que había en Marruecos. Entre otras cosas, hubiera dejado Fez dentro del área de influencia española.

Mientras ocurría todo esto en las frías cancillerías europeas, en Marruecos la temperatura subía. El Sultán sufría las rebeliones de Bu Hamara y Bu Amana, el último de lo cuales fue incluso capaz de casi cercar al Sultán en su capital, en enero de 1903.

El artículo III, de carácter secreto, del tratado francobritánico, establecía que «una cierta extensión del territorio marroquí adyacente a Ceuta, Melilla y demás presidios debe caer dentro de la esfera de influencia española el día que el Sultán deje de ejercer en ellos su autoridad», así como que «la administración de la costa de Melilla, hasta la orilla derecha del Sebú, debe confiarse exclusivamente a España».

El gobierno Maura se adhirió al convenio e inició negociaciones con Francia para concretar su aplicación. Pero las cosas habían cambiado. Delcassé ya tenía lo que quería. El mismo hombre que había perdido el culo por llegar a un acuerdo con Madrid cuando lo que le interesaba era presionar a los ingleses disponía ahora de un acuerdo ventajosísimo para Francia pactado con Londres. Por ello, nos la metió a la francesa. A pesar de haber firmado la cláusula tercera secreta que acabo de copiar, aprovechó con habilidad que los españoles la desconociesen para pactar con ellos, a favor de corriente, un acuerdo que fijaba el límite de las tierras españolas no en el Sebú, es decir donde decía el acuerdo, sino en el Lucus. Como consecuencia, España perdía el control sobre Fez. En todo caso, lo más grave ya había ocurrido. Por mor del acuerdo de 1904, al aceptar Inglaterra el protectorado de Francia, todo Marruecos, incluidas pues la zona de influencia española, quedaba bajo dicho protectorado. España, por lo tanto, había de aceptar la pérdida de la condición de par de Francia en Marruecos, y avalaba la superioridad jurídica gala; el protectorado español venía a ser un subprotectorado.

De hecho, León y Castillo cuenta cuenta en sus memorias que le montó un pollo a Delcassé por todos estos motivos, ante lo cual el jefe de la diplomacia gala le preguntó si España aceptaría ser un protectorado con las mismas responsabilidades que el francés. León y Castillo estaba a favor de ello, pero prefirió consultar con Madrid. Aquel verano, en San Sebastián, el embajador se reunió con su jefe, el ministro Rodríguez San Pedro, quien fue categórico al aseverar que España no estaba dispuesta a asumir todas las responsabilidades de un protectorado (entre ellas, garantizar la defensa del territorio). En un alarde de cinismo político, el ministro maurista afirmó que «España quiere la opción, pero no la obligación». O sea: yo quiero mandar, pero cuando mandar me cueste un esfuerzo, que se esfuerce otro. En una posición casi imposible, León y Castillo regresó a Paris y pactó con los franceses que durante quince años España tendría esa opción sin obligación (lo que suponía, también, que Madrid no podría hacer nada en la zona sin el conocimiento y la aceptación de París), con lo que de hecho el estatus de subprotectorado.

Tal y como quedaron las cosas, el principal ganador fue Francia, quien había conseguido minimizar el papel de España en la zona y, al tiempo, había obtenido el acuerdo activo de Inglaterra para ello. Así las cosas, era inevitable que Alemania, alarmada por el avance francés, moviese ficha.

En abril de 1905, Alemania envió a Tánger a la llamada misión Tattenbach, por la cual el conde de tal nombre ofreció ante el Sultán a Alemania como protectora frente a Francia. En paralelo, la embajada alemana en Madrid multiplicaba los contactos con el gobierno español para tratar de conseguir que deshiciesen lo acordado con Francia. Pero, con todo, el gran gesto alemán se produjo el 31 de marzo de aquel año, con el desembarco, también en Tánger, del Kaiser alemán Wilhelm II. Este gesto del monarca alemán hizo hablar en Europa, diez años antes de hacerse realidad, en la inevitabilidad de una guerra entre franceses y alemanes.

El 12 de abril de 1905, Alemania llamaba a las potencias europeas a celebrar una conferencia para discutir el estatuto internacional de Marruecos. Quince días después, el propio Sultán, fuertemente influido por Tattenbach, llama a la acción internacional colectiva en su territorio. Delcassé era partidario de ponerle la proa a esta internacionalización de una administración que Francia había ganado y tenía a su favor a los ingleses, pero Rouvier, primer ministro, era partidario de sacrificar a su ministro de Estado, con tal de no colocarse en riesgo de acabar a hostias con Alemania. El 6 de junio, durante el Consejo de Ministros, al exponer su criterio el ministro de Asuntos Exteriores y pasar de él el gobierno como de deglutir deyecciones, Declassé hubo de dimitir.

Rouvier, sin embargo, no planteaba un entreguismo total ante Alemania. De hecho, una vez dado este paso atrás, ya no dio ninguno más y, por eso, en el tratado franco alemán de 8 de julio de 1905, los tratados francobritánico e hispanofrancés de 1904 permanecieron inalterados. Una vez más, pues, Francia conseguía imponerse y mantener sus intereses; hecho que procuró la inquietud de su otrora socio, el Zar de Rusia, quien el 23 de julio de 1905, en Björkoë, alcanzó una entente con Alemania.

El 16 de enero de 1906 dio principio a la Conferencia internacional de Algeciras sobre Marruecos, que fue colocada bajo la presidencia del duque de Almodóvar del Río. La conferencia de Algeciras estuvo muchas veces a punto de irse a la mierda, tan opuestos eran los puntos de vista de los participantes. Los principales puntos de fricción entre las potencias se referían a la cuestión de quién ejercería y organizaría las labores de policía (Alemania quería una internacional, y París sólo aceptaba que fuese francoespañola), y cómo se instrumentaría el sector financiero marroquí.

Después de muchas discusiones, la delegación austrohúngara presentó un borrador de resolución, que incluía: el mando supremo policial en la persona del Sultán; el mando francés de los retenes policiales de Tánger, Safi, Rabat y Tetuán; el mando español de los de Mogador, Larache y Mazagán; un oficial elegido por el Sultán (de una terna presentada por las potencias distintas de España y Francia) mandaría el retén de Casablanca y ocuparía la Jefatura de Inspección Policial marroquí, fuerza que sería mayoritariamente local. Esta propuesta, que no carecía de racionalidad, era sin embargo inviable en la práctica, como rápidamente argumentaron los españoles. Además, Alemania se negaba a la fórmula del oficial de Casablanca, que no le garantizaba que dicho oficial fuese a ser alemán o representativo de los intereses alemanes. Sólo eliminando esta propuesta pudo llegarse a un acuerdo.

De Algeciras no salió nadie contento. Alemania no consiguió romper el pacto francobritánico y Francia se vio sometida a una serie de limitaciones en Marruecos que antes no tenía. Por lo que respecta a España, consiguió el reconocimiento de su situación especial en el Rif, más la jefatura policial de Tetuán y Larache. Eso sí, la conferencia consiguió lo que buscaba: impedir (más bien aplazar) la guerra.

Pero eso no evitó que la situación interna marroquí se putease. Comenzaron los disturbios en Tánger, Alhucemas, Cabo Juby o Casablanca. En Arcila, los partidarios de El Raisuni tomaron la población. En Marrakesh, Muley Hafid conspiraba contra su hermano Abd-el-Azis. El 5 de diciembre de 1906, Francia y España anuncian a las potencias de la conferencia de Algeciras su decisión de enviar a Tánger «fuerzas navales suficientes para hacer frente a cualquier eventualidad».

El 19 de marzo de 1907, era asesinado en Marrakesh un médico francés, el doctor Mauchamps. Francia, como represalia, ocupó la ciudad de Uxda. España apoyó la reivindicación gala ante el Sultán. En julio de 1907, la tensión subió de tono con una matanza de europeos en Casablanca. España y Francia enviaron policias, pero con espíritus totalmente distintos. Francia envió 2.000 policías que inmediatamente se lanzaron a diversas acciones de represalia. España envió 500 policías con instrucciones estrictas de no ver, no oír y no hacer nada de nada.

Entre enero y mayo de aquel año, España, Francia e Inglaterra iniciaron negociaciones para buscar un pacto en torno al statu quo mediterráneo. El llamado Pacto de Cartagena fue una iniciativa un tanto torpe por parte del Gobierno español, por cuanto acabó firmando al pie de un papel que se comprometía a, ojo al dato, mantener el statu quo de las posesiones continentales e insulares de los Estados firmantes. Lo cual suponía, negro sobre blanco, aceptar el dominio británico sobre Gibraltar. A partir de 1907, pues, si España puede aducir el tratado de Utrecht para recuperar Gibraltar, Reino Unido puede invocar el Pacto de Cartagena para no devolverlo.

No obstante, quien no respetaría el Pacto de Cartagena sería Francia, la cual inició en 1911 conversaciones bilaterales sobre Marruecos con Alemania, a pesar de que se había comprometido a compartir con España e Inglaterra cualquier iniciativa susceptible de cambiar el estado de cosas mediterráneo. Asimismo, en 1914, puesto que los sucesos también afectaban al equilibrio mediterráneo, las potencias deberían haber activado el Pacto antes de la guerra, cosa que no hicieron.

Sigamos con Marruecos. Desde que, en abril de 1903, Bu-Hamara se apoderase de la alcazaba de Frajana, el rebelde antisultán ocupaba toda la zona colindante con la plaza española de Melilla. En noviembre de 1906, tras un contraataque, la Mehalla del Sultán alcanzó la orilla derecha del Muluya. Una parte de las fuerzas cruzó el río y entabló combate con los de Bu-Hamara, pero fueron abandonados por el Sultán y hubieron de refugiarse en el área de control español el 14 de junio de 1908. En esta situación de enfrentamiento que amenazaba sus propias tierras de influencia, España decidió activar la competencia que tenía de sustituir a la policía del Sultán, y con tal motivo ocupó la Rastinga.

Asimismo, la lucha entre el Sultán Abd-el-Azis y su hermano Muley Hafid. Éste último consiguió el 5 de enero de 1908 ser proclamado Sultán por los nobles del reino en el santuario de Muley Dris y, contando y con el apoyo moral además del militar, aplastó a su hermano en Marrakesh el 19 de agosto. El 14 de septiembre, Francia y España cursaban una nota a las potencias de Algeciras anunciando la aceptación del nuevo sultán, que se produjo oficialmente el 5 de enero de 1909. De alguna forma, el asunto marroquí entraba en una nueva fase.

miércoles, diciembre 01, 2010

Botellón jurásico

A partir de mañana, tengo la intención de abandonar durante el largo puente los lugares conectados a internet y esas cosas, así pues quizá no pueda renovar el blog. Espero que muchos de vosotros, si no todos, también tengais ocasión de descansar.

En plan de aperitivillo para estos días, os dejo este regalito, especialmente dedicado a los más jóvenes de entre vosotros.

Puede que a tí, púber, tu padre o tu madre te dé el coñazo por aquello del botellón. Por eso te dejo aquí este recorte, escaneado del número de abril de 1975 de la revista Triunfo, que lo publicó. Se trata de cartel artesanal de anunció de una fiesta universitaria celebrada ahora hace 35 años. Creo que sirve para ver que las cosas no han cambiado tanto.

Hasta más ver.

martes, noviembre 30, 2010

¿Por qué tanta WikiSorpresa?

Charles-Maurice de Talleyrand-Perigord es tenido por muchos como el prototipo del diplomático. Esto es así, sobre todo, por las muchas peripecias que pasó la Francia de la Revolución Francesa, el Imperio napoleónico y más allá, a todas o casi todas de las cuales supo el buen Carlos Mauricio sobrevivir. Una anécdota de Talleyrand cuenta que, en cierta ocasión, cenaba en un acto oficial en compañía de la emperatriz, señora de Bonaparte. Josefina, queriendo poner en un aprieto al siempre correcto diplomático, le planteó la siguiente frequently asked question: «Si vos fuéseis es un barco con el emperador y yo y el barco se hundiese, ¿a quién salvaríais primero»? Talleyrand sorbió su copa, se tomó dos segundos para pensar y, luego, le dijo a la emperatriz: «Estoy seguro, Majestad, de que nadáis como un pez». 

domingo, noviembre 28, 2010

Jaca

Si un español de izquierdas hubiese sido criogenizado, digamos, en 1934 y hoy lo sacásemos de la cápsula, supongo que habría muchas cosas que le sorprenderían. Tengo por mí que dos de las que más le sorprenderían serían: que sus queridas izquierdas hayan abandonado La Marsellesa, tonada que era su himno oficioso en aquellos tiempos; y que nadie, o casi nadie, en las modernas izquierdas, sepa algo sobre el alzamiento de Jaca e, incluso, sea hoy posible ser de izquierdas colgando de la pared de la habitación pósteres de gentes como el Che Guevara, y al mismo tiempo no saber ni quién fue el capitán legionario Fermín Galán.

Desde luego, los españoles de hoy no nos hacemos una idea del mito que ha sido Fermín Galán en el mismo país que pisamos. Tanto es así que la República quiso reenterrar a Galán en la mismisima Puerta de Alcalá. La figura de Galán, injustamente subida a lomos de la vertiente comunista de la II República (tenía de comunista lo que yo de tonelero; y su compañero en el pelotón de fusilamiento, García Hernández, lo que yo de obispo de Tarazona) ha sido extrañamente preterida por la mitología de izquierdas de la segunda mitad del siglo XX; tal vez porque cometió un pecado que ningún verdadero conspirador debe cometer: ir por libre.

La sublevación de Jaca, por lo demás, es un episodio histórico que alberga en su barriga uno de los grandes misterios de la Historia de España en el siglo XX. Un misterio que la República no quiso desentrañar, por múltiples razones, una de las cuales, y no menor desde luego, que dicha solución podría afectar directamente a alguno de sus dirigentes; y a Franco, desde luego, le importó tres cojones.

Unas cuantas notas, pues, sobre el golpe de Estado de Jaca que, como siempre que se le quiere sacar a las cosas algo de la importancia que tuvieron, ha pasado a la Historia con el sustantivo sublevación, que es algo más leve.


El día de San Juan de 1926, diversos generales opuestos al dictador Miguel Primo de Rivera trataron de realizar un golpe de Estado que, sin embargo, fracasó. Al día siguiente, aún algunos jóvenes oficiales intentaron reavivar la rebelión, de nuevo sin éxito. El general Blázquez, que debía secundarlos, decide finalmente no hacer nada. Pocos minutos después, un joven capitán de la Legión, participante en la conspiración, para un taxi en la Puerta del Sol y le da como destino al taxista las prisiones militares de la Gran Vía de San Francisco.

La carrera golpista de Fermín Galán ha empezado como terminará: con un fracaso.

Fermín Galán Rodríguez nació en San Fernando, Cádiz, el 4 de octubre de 1899. Quedó huérfano de padre muy pequeño, aunque es posible que a su padre, marino de guerra, le diese tiempo a despertarle al niño el gusanillo del ejército. Ingresó en la Academia de Infantería, tras lo cual pasó a Marruecos, primero a la policía colonial y luego a la Legión. En agosto de 1924 estuvo a punto de morir en una emboscada de la que le salvaría un militar llamado Emilio Mola.

En África Galán, que era persona de hondos gustos culturales, comenzó a leer obras anarquistas. Durante su etapa en la cárcel tras la sanjuanada, es tentado por los masones y de hecho ingresa en la masonería; pero lo hace al modo de Azaña, es decir con desgana y participación escasa. Sufre una honda decepción con la sentencia de la sanjuanada, en la cual los principales generales, como Weyler y Aguilera, reciben penas simbólicas; mientras que los militares de mediano rango, como él, o el coronel Segundo García, el comandante Perea y otros, son condenados a seis años en el castillo de Montjuich.

En el castillo barcelonés, Galán pierde definitivamente la fe y el contacto con los militares republicanos que organizaron la sanjuanada y se acerca a elementos proletarios, con lo que incluso intenta organizar un levantamiento revolucionario.

En la cárcel, Galán escribirá un libro, Nueva Creación, que es la expresión de la evolución de su pensamiento anarquista. Se declara seguidor de Bakunin, partidario de un tiempo revolucionariamente nuevo que haga tabla rasa con todo lo anterior; su pasión liberalizadora de los fantasmas del pasado de España le lleva a propugnar que la Historia se retire de las escuelas (propuesta que la LOGSE ha seguido mutatis mutandis). Mucho antes que otros teóricos, Galán defiende en el libro la planificación familiar y la libertad sexual de la mujer. También se muestra muy original en su posición sobre la Iglesia, que cree debe desaparecer, pero de forma paulatina y no traumática. Entre otras ideas más o menos peripatéticas, propone que Estados Unidos sea llamado Yanquilandia, nombre que tendrá mucho éxito con el tiempo.

Con la marcha de Primo de Rivera y la llegada del gobierno Berenguer, Galán es amnistiado y se queda en Barcelona, viviendo en el número 21 de la calle Salvat. Aunque no está muy convencido de volver al ejército, sus amigos le convencen de que lo haga así y es destinado a Jaca. Prueba de que Galán quería quedarse en Barcelona es que el mismo día que le llega el destino él echa la instancia para el traslado.

Jaca es una ciudad de provincias con escaso fervor revolucionario, aunque no falta de personajes proclives a este tipo de acciones. El más evidente de todos es Antonio Beltrán, a quien todos conocen como El Esquinazao o el Taxista de Canfranc. Beltrán era un hombre con una existencia de novela. Emigrado a Estados Unidos y convertido allí en leñador, se alistó en el ejército estadounidense como conductor de un camión. Con del ejército llegó a Francia en la primera guerra mundial, pero tuvo que huir por un conflicto con uno de sus mandos. Huyó en el mismo camión que conducía, que dejó aparcado en al plaza de Canfranc. El Esquinazao también era anarquista y de ideas cientifistas. Tanto es así que a su hijo le puso Roentgen de nombre de pila. En algunos papeles que tengo por ahí, de hecho, se habla de Roetgen Beltrán, el fontanero de Jaca. Ignoro si aún vive.

La plaza de Jaca estaba enclavada en la quinta región militar, que en 1930 mandaba el capitán general Jorge Fernández de Heredia y Adalid. El máximo mando militar de la ciudad era el jefe de la primera brigada de Infantería de la división décima, general Fernando Urruela Sanabria. El general Urruela era el tipo de humano cuya prioridad vital es no tener problemas; tanto era así que ordenaba a su secretario que le entregase la correspondencia con retraso (así los problemas se iban solucionando solos); y nunca quiso prestar oídos a quienes le dijeron que en Jaca había una situación revolucionaria larvada.

La principal fuerza jacense era el regimiento de Infantería Galicia 19, al mando del coronel Miguel de León Garabito, y con un segundo llamado Julio Mangada, quizá el militar más extraño y exótico que dio jamás el ejército español, ardientemente revolucionario y creyente en la parapsicología, y que estaba llamado a formar en 1936 una famosísima columna que tuvo un importante protagonismo en los primeros compases de la guerra; entre otros, fue enfrentándose a fuerzas de esta columna que encontró la muerte Onésimo Redondo. Asimismo, también residía en Jaca el batallón de Montaña número 8, al mando de otro teniente coronel que también estaría llamado a tener un papel importante en la guerra civil: Alonso Beorlegui. El panorama se completaba con dos fuertes, el del Coll de Ladrones y el de Rapitán, con sus pequeñas dotaciones; más sendos cuartelillos de la guardia civil y de asalto.

En octubre de 1930, el general Mola, entonces director general de Seguridad, aborta un golpe de Estado en Barcelona, que envía a la cárcel al capitán Alejandro Sancho, anarquista; a Ramón Franco, a Ángel Pestaña, a Lluis Companys, a Sebastián Clará y a Juan Lluhí Vallescá. Sin embargo, el ambiente cada día es más contrario a la monarquía y por lo tanto al orden constituido, como demuestra el hecho de que Ramón Franco se escapa de la prisión, sin problema alguno, el 25 de noviembre. Dos días después, en un gesto que es único en la Historia, el general Mola le envía una carta al capitán Galán en la que le urge a no alzarse.

La carta de Mola está justificada en el cariño personal que sentía por Galán, pero también en el hecho de que él sabía que, desarmada la rebelión barcelonesa, Jaca se convertiría en el centro del nuevo alzamiento. En Jaca, Galán, que nunca contestó la carta de Mola, tiene, en todo caso, sus propios problemas. En Madrid todo son negociaciones entre los republicanos, sindicalistas y militares implicacos en la movida. Las negociaciones acaban comportando retrasos y dilaciones. El capitán, probablemente recordando lo mucho que le mordió la decepción en 1926, comienza a desarrollar sus tendencias rabiosamente individualistas, y a concebir la idea de alzarse sí o sí. Sabe que cuenta con la aquiescencia de sus soldados, que le admiran y están dispuestos a seguirle; su carisma es tan grande que incluso es capaz de atraer para sí a militares de convicciones conservadoras y católicas, como el capitán de ametralladoras Ángel García Hernández. Para más inri, cualquier noche Galán recibe en el Hotel Mur, donde reside, una llamada que lo cita en la calle y que resulta ser la de Antonio Beltrán. La propaganda durante la República y la guerra civil quiso ver en esta entrevista el encuentro de dos comunistas; Galán y El Esquinazao, sin embargo, no eran comunistas, sino anarquistas.

En Madrid, se fija la fecha del 12 de diciembre para el golpe, pero luego se duda y se recontraduda. Llega un momento en que Galán deja de escuchar estas comunicaciones y, probablemente, opta por alzarse el 12 en todo caso, pensando que su gesto arrastrará a los demás, a los que conceptúa como indecisos. El día 8 llegan a Jaca los primeros refuerzos revolucionarios en forma de tres estudiantes universitarios, miembros de un equipo de rugby, llamados Rico, Pinillos y Cárdenas. Llegarán más.

El día 11, Galán telegrafía al Comité Revolucionario de Madrid con el texto: «Viernes día 12, enviad libros». Es la clave de que va a alzarse. El Comité, que ha decidido que el golpe será el 15 y cuenta o cree contar, en ese momento, incluso con el concurso de una huelga general, envía a Jaca al periodista Graco Marsá para parar la acción de Galán.

Graco Marsá irá acompañado del republicano gallego Santiago Casares Quiroga, que tantas actuaciones, y casi ninguna buena, tendrá durante la República; es, sin ir más lejos, el ministro que ha sido históricamente imputado por amenazar veladamente de muerte en el Congreso a Calvo Sotelo, como es el primer ministro delante de cuyas barbas se organizó el golpe del 36, sin que moviese apenas una ceja. Salen de Madrid a las once de la mañana, llegan a Zaragoza a las seis de la tarde y ya el día 12, a la una de la madrugada, arriban a Jaca. En el Hotel Mur, donde se hospeda Galán, no hay habitaciones. Así que buscan otra en el Hotel La Palma. Graco Marsá propone a Casares ir a ver a Galán. Sin embargo, justo antes de salir de Madrid se ha recibido otro telegrama de Jaca con el texto: «Retrasad envío sábado», en el que Casares quiere ver la promesa de que el golpe se ha retrasado. Así que, como está agotado, se va a dormir.

En algún momento entre las cuatro y las cinco de la mañana, Galán se alza.

La discusión en torno al papel de Graco y, sobre todo, de Casares, en aquella noche, es una de las polémicas más vivas de la Historia de España del siglo XX. Hay de todo pero, fundamentalmente, hay gente que culpa a Casares de que el alzamiento se produjese, en solitario y por lo tanto condenado al fracaso, insinuando incluso oscuros intereses en el político gallego; y hay quienes tratan de justificar su actitud como lógica.

La opinión personal de este amanuense es que las teorías de que Casares no fue, como muy poco, torpe aquella noche jacense, no tienen el más mínimo pase. Si tan convencido estaba Casares de que el segundo telegrama lo arreglaba todo, ¿por qué marchó hacia Jaca perdiendo el culo? ¿Qué sentido tiene conducir durante 13 horas casi sin descanso para luego llegar al destino y dejarse influir por un factor tan estúpido como que no hubiese habitación en el mismo hotel de Galán? Sabiendo que lo que está en juego en ese momento no es tanto la vida de Galán como asegurar el factor sorpresa del golpe del 15, ¿no dicta la normal conciencia prudente el gesto de subir al Hotel Mur, despertar a Galán y cerciorarse de sus intenciones?

En suma: ¿por qué, exactamente, se fue Santiago Casares Quiroga a dormir aquella noche sin hablar con Galán? Nunca lo sabremos. Aunque, probablemente, lo que ocurre es algo tan sencillo como que la imagen idílica que tenemos de la República y sus protagonistas, esa imagen que por lo general nos impide ser críticos con figuras como la de Manuel Azaña o Lluis Companys, por citar dos mitos que acumulan errores en sus pantalones como para reventarlos, nos impide, también, aceptar la explicación más simple y más directa: Casares operó aquella noche como un imbécil; como una persona de escasos recursos intelectuales, no digamos ya estratégicos, organizativos o de liderazgo. No hay conspiraciones raras ni traiciones ocultas contra Galán. Lo que hay es, simple y llanamente, un gallego gilipollas que tenía demasiado sueño.

De hecho, Casares no hubiera tenido ni que despertar a Galán. El capitán, cuando él estaba en la recepción tratando de conseguir habitación, estaba en el segundo piso, reunido con su gente, preparando el golpe.

Salvador Sediles, uno de los capitanes conspiradores de aquella rebelión, escribió, ya en tiempos de la República, un libro hoy dificilísimo de encontrar, titulado Voy a decir la verdad. En dicho libro, Sediles refiere que la orden de rebelarse el 12 se recibió en Jaca el día 9, a menos que recibiesen instrucciones en contrario de un emisario del llamado Gobierno Provisional de la República. Casares era ese emisario, y esto es lo que dice Sediles en su libro:

«Casares Quiroga sabía perfectamente que Galán se hospedaba en el Hotel Mur. Y si no lo sabía él, lo sabía Graco Marsá, que días antes se había hospedado allí, y allí había conspirado con nosotros. Es decir, lo saben todos y suponen lo tienen que suponer que nosotros estamos en vela aquella noche, esperando el último plazo, el acontecimiento decisivo. Al llegar a la ciudad hay que buscarnos donde sea, despertarnos si estamos dormidos; hay que darnos la orden. Buscarnos es fácil. Estamos allí, donde siempre, y estamos despiertos, levantados, en el cuarto de Fermín. Pero los emisarios, Casares Quiroga, Graco Marsá y Pastoriza, al llega a Jaca con tiempo suficiente para cortar la rebelión que había de comenzar seis horas después, no se encaminan al hotel Mur, situado a la entrada de la carretera; se dirigen al hotel La Paz, en el extremo opuesto de la ciudad. Se alojan allí con nombre supuesto y se meten en la cama... y se duermen.»

Como se ve, según Sediles, Casares y los suyos ni siquiera hicieron intención de alojarse en el Mur.

Pasadas las cuatro de la mañana, Galán despierta a los soldados del cuartel de la Victoria, situado fuera de la ciudad, que automáticamente lo aclaman. Los soldados y oficiales que se niegan a seguir el movimiento son encerrados en el salón de sesiones del Ayuntamiento. Allí, sin ir más lejos, llevan al general Urruela en gayumbos. Los soldados del batallón de la Palma emiten una falsa alarma de incendios, tras la cual caen sobre Beorlegui con varias sogas, y lo inmovilizan. Sin embargo, cuando la guardia civil de moviliza, se producen los primeros enfrentamientos armados. En el intercambio de disparos fallecen el sargento Demetrio Gallego y los carabineros Manuel Montero y Sabino Ballestino. Tras estas muertes, guardias civiles y carabineros parlamentaron con los alzados y se acuartelaron.

Son alrededor de las ocho de la mañana. Los disparos que matan a Gallego y sus muchachos, por fin, despiertan a Santiago Casares.

A las once de la mañana, se proclama la República en Jaca. Los soldados clavan el bando redactado por Galán en todas las esquinas de una ciudad desierta en la que no hay ni un comercio abierto. Galán nombra a Pío Díaz Pradas alcalde de la ciudad, y este ordena colocar la bandera tricolor en el Ayuntamiento. Con el advenimiento de la República, García Pradas volvería a ser alcalde de Jaca y nombrado alcalde honorario de todos los ayuntamientos españoles.

Casares, sin querer salir de su hotel, sentencia: «Esta gente ha hundido la República por unos años. Yo me marcho o me entrego». Graco Marsá es el encargado de comunicar a Galán que no cuenta con el aval del comité revolucionario, noticia que el capitán recibe alzándose de hombros. En realidad, no es su único problema. La guarnición de Jaca se ha alzado a las cuatro de la mañana, pero está ya bien entrado el día y nada está hecho y, además, cada vez es más difícil de hacer. Pasado un primer momento de euforia en unos y desconcierto en otros, la temeridad revolucionaria se va por los desagües. El propio Casares está tratando de organizar su huida por los Pirineos, y no pocos de los exaltados que han llegado de Madrid para unirse a la movida hacen lo mismo. Galán, por su parte, apenas consigue que la mitad de las tropas de la ciudad, unas 500 personas, se unan al movimiento; y carece de medios para moverlos porque los habitantes se niegan a entregar sus camiones, que han de ser requisados con malos modos. Los revolucionarios son cuatro y el de la guitarra, pero aún así tendrán que moverse hacinados en los pocos camiones que se consiguen. A mediodía, apenas hay alimentos para servirle a la tropa una sopa fría bajo una lluvia helada y cruel.

La columna Galán no se puede mover hasta estar básicamente organizada a las cuatro de la tarde; ha tardado doce horas. Según algunos historiadores, como La Cierva, desde más o menos las 12 de la mañana se tiene noticia en Huesca de los problemas. Debió de ser algo más tarde o, en todo caso, eso no quiere decir que hubiese órdenes oficiales sobre lo que hacer. A esa hora nos confiesa Mola en sus memorias, él se reúne con un alto responsable del servicio de Telégrafos, para resolver un problema menor. Ambos hablan de lo mal que está la cosa y el interlocutor de Mola apostilla que peor se pondrá con lo de Jaca. El Director General de Seguridad pregunta con ingenuidad: ¿Qué pasa en Jaca? El jefe de los Telégrafos le dice que en el Palacio de Comunicaciones (hoy sede del Gran Palacio de Deir-el-Bahari gallardonita) se han recibido noticias de que Jaca se ha sublevado, y que de hecho el barón de Río Tovia, director de Comunicaciones, debe de estar en esos momentos informando al presidente del Consejo de Ministros. Dicho presidente, el general Berenguer, confirma este extremo en sus memorias, aseverando que fue el director de Comunicaciones quien le contó, a eso de la una de la tarde, lo de Jaca. Estos datos nos indican que, efectivamente, en Huesca se sabía que pasaba algo (aunque sólo sea porque el tráfico ferroviario normal quedó suspendido); pero, sin embargo, hasta cuando menos la una o dos de la tarde, no hubo orden alguna de Madrid, entre otras cosas porque los mandos militares oscenses no juzgaron urgente informar a Madrid.

Si lento estuvo el gobierno en enterarse de la movida, más lo estuvieron los revolucionarios. El general Gonzalo Queipo de Llano, entonces jefe militar de los conspiradores republicanos, afirma que se enteró estando de tertulia en su café habitual a eso de las doce de la noche del día 12, cuando Galán estaba ya bailando en Ayerbe. Queipo, por cierto, no puede creer lo que le cuentan, teniendo en cuenta que Casares ha viajado a Jaca, dice, «con el solo objeto de obligarle a esperar la fecha que ya se había notificado a todos los comprometidos en el complot». Una vez más surge la pregunta: si Casares sólo tenía un único cometido, ¿por qué no lo cumplió?

Galán marcha a paso de tortuga por el puerto de Oroel. Los camiones, sobrecargados, se estropean a cada paso. Los primeros tiros suenan con el ocaso de aquel día. El general Las Heras, gobernador militar de Huesca, al parecer temiendo que Galán llegue a la ciudad antes que los refuerzos que ya le mandan desde Zaragoza y pueda soliviantar a su soldados, se adelanta con unos cuantos guardias civiles y, nada más cruzar el puente sobre el Gállego, se encuentra con los camiones. En general dispara dos tiros que no dan a nadie; los alzados responden con una ráfaga que hiere al gobernador militar y mata al capitán de la guardia civil Félix Mínguez y al número Marcos Palus. También son heridos un teniente de la guardia civil y un coronel del Estado Mayor oscense.

Galán, finalmente, se detiene en Riglos, donde decide esperar a un tren con rebeldes que, según los planes, ha de traer hacia allí Salvador Sediles. Éste termina por llegar con una compañía, tras lo cual Galán ordena volver a los camiones y marchar en plena noche sobre Ayerbe. En dicho pueblo, inexplicablemente, Galán se entretiene celebrando un acto de afirmación republicana con los correligionarios locales, que termina en baile y todo. Es una acción de gran irresponsabilidad, a mi modo de ver, por parte de un mando militar cuya prioridad es avanzar y que, además, sabe que en Ayerbe no puede calmar el hambre de sus tropas, pues por muy entusiastas que sean los republicanos del pueblo, los comercios y la mayoría de la localidad ha recibido a los rebeldes cerrando las puertas. Para poder beber, las tropas se ven obligadas a asaltar una bodega que alguien ha señalado como especialmente antirrepublicana.

Los temores del general Las Heras, al parecer, no eran tan infundados. En Huesca hay miembros de unidades militares que tal vez esperan la llegada de Galán para unírsele (lo cual destaca aún más lo alejado de la realidad que es su gesto de quedarse en Ayerbe bailando el Aserejé). Pero todo eso se disuelve cuando llegan unidades de refuerzo, al mando del capitán de caballería Ángel Dolla. Llega Dolla a Huesca a la una de la madrugada del 13 y, sin descansar, saca a las tropas de la ciudad y las aposta en las cercanías de la ermita de la Virgen de Cillas. Allí se acabarán por encontrar con el avance de Galán.

Al parecer, Galán, dentro de su buenismo anarquista modelo t'o er mundo e güeno (en el fondo), o tal vez contando con un fervor revolucionario que otros militares distintos de él estaban muy lejos de sentir, pensaba que sus enemigos nunca dispararían contra ellos, especialmente la artillería. Sin embargo, allí en Cillas pronto se oyen los disparos, tras lo cual Galán quiere ir a parlamentar. No se lo permiten, pues es el jefe superior, y en su lugar salen, en el taxi de El Esquinazao, los capitanes Salinas y García Hernández. El taxi topa con el comandante Jiménez Laorden, quien, por toda respuesta a su petición de parlamentar, los lleva detenidos a presencia de Dolla, quien los manda, sin siquiera darles buenas noches, al calabozo a Huesca.

Con las primeras luces, los de Dolla disparan con ametralladoras desde las ventanas de la ermita, y lanzan sobre la tropa rebelde granadas rompedoras. La imaginería republicana, y posteriormente la comunista, que se apropió durante los años siguientes de la figura de Galán, hablará de una batalla en Cillas. En Cillas no hubo batalla, porque cuando uno reparte hostias y otro todo lo que hace es salir a la naja en dirección contraria, mejor es llamarlo de otra manera. Quizá las tropas de Galán podrían haber tirado de su rabia y resistir. Pero llevaban casi un día entero deambulando por trochas que son jodidas de recorrer en invierno, no habían comido, apenas habían bebido, y su existencia se había limitado a ir hacinados en volquetes como si fuesen ovejas. La intitulada «batalla de Cillas» duró minutos diez y provocó tres muertos: los soldados Pascual Ejarque y Silvino Navalpotro, y el civil Eugenio Longás.

A Galán lo meten en un coche camino de Tardienta. Durante el enfrentamiento, no ha dado ni una sola orden. Finalmente, decide volver Ayerbe. Antes de llegar a este pueblo, en Biscarrués, se entrega al alcalde. Como es bien sabido, sería fusilado junto al capitán García Hernández al mediodía del día 14, tras un rocambolesco consejo de guerra en el que se acumularon anécdotas como el cese del primer instructor, comandante Nieto, por ineptitud manifiesta. Hubo un segundo consejo, contra 73 oficiales y civiles, en el que sólo se dictó una sentencia de muerte, contra el capitán Sediles. Sediles, sin embargo, fue indultado, en la República fue diputado y murió en un accidente de tráfico.

La II República, el mismísimo 15 de abril, es decir el primer día de su existencia, dictaminó la revisión del consejo de guerra del capitán Galán. El Supremo, en efecto, falló el 16 de mayo de 1935 la absolución para el recuerdo de Galán.

No pocos de los actuantes en aquellos hechos acabaron teniendo papeles bien conocidos por los historiadores. Mola organizó el golpe de Estado. Beorlegui y Mangada participaron en él en bandos diferentes. Jiménez Laorden sería el ponente de un proceso importantísimo para la marcha el bando nacional: aquél que juzgó a Manuel Hedilla tras los sucesos de Salamanca.

El regimiento Galicia volvió a Jaca. De hecho, su historia está tan íntimamente ligada a la ciudad que tiene una avenida en la misma. Que yo sepa, ese nombre se lo puso el franquismo, sustituyendo precisamente al de avenida de Fermín Galán. Teóricamente, pues, le podría ser aplicado ese monstruito llamado Ley de Memoria Histórica. Aunque, en este caso, la cuestión es pintona. El Regimiento de Galicia debe su porción de callejero al hecho de que, el 19 de julio de 1936, se volvió a alzar. Sólo que, esta vez, lo hizo contra la República. Pero, claro, como en 1930 se alzó en su favor, cada uno, cuando vea la placa, puede pensar lo que le dé la gana.


E tutti contenti.

jueves, noviembre 25, 2010

El Vaticano y el SIDA

Hace algunos días, las primeras planas de los periódicos del mundo han recogido unas declaraciones de Benedicto XVI, jefe del Estado Vaticano, admitiendo que el uso del preservativo es aceptable desde el punto de vista de la moral católica cuando se dan ciertos supuestos. Automáticamente, como pasa siempre que la Iglesia católica habla, se ha montado una buena; lo cual, por cierto, es una prueba más de que algunas sociedades actuales, la española entre ellas, son mucho menos laicas de lo que pretenden ser. Que en España se practica un laicismo total frente a la religión ortodoxa rusa lo demuestra que cada vez que el Gran Patriarca habla, ni nos enteramos. Que nos enteremos siempre de lo que dice el Papa demuestra que a mucha gente le importan sus palabras mucho más de lo que quiere reconocer.

En mi opinión, esta declaración papal, que con seguridad los teólogos apuntalarán con miles de precedentes, pues la teología es una ciencia que sirve para soportar casi cualquier cosa, es un movimiento estratégico. La Iglesia católica vive hoy en día uno de sus peores momentos, por culpa de sus errores. Probablemente, cuando en el siglo XX las sociedades europeas comenzaron a avanzar hacia la laicidad de hecho (pues un católico que no practica es un laico de hecho), pensó el Vaticano que le estaba pasando lo peor que le puede pasar. Pero no fue así. El escándalo Ambrosiano hizo aparecer al Vaticano como un turbio especulador más de la caterva de compravendedores financieros sin escrúpulos. Fue, por decirlo así, el primer toque. El segundo ha llegado con las denuncias masivas, y crecientes, de casos de pederastia en el seno de la Iglesia; pederastia que supone además un gravísimo abuso de poder, pues se ha producido por parte de sacerdotes que tenían un poder coercitivo real sobre sus víctimas, que eran sus alumnos, sus discípulos, incluso sus seguidores. El Vaticano ha tratado de hacer como que no entendía que el problema no estaba en la pederastia en sí, sino en la fuerte sospecha de que no pocos jerifaltes de la Iglesia han sabido de esos abusos, y han callado. La Vaticano way of life, basada en el secreto y la ocultación, ha mostrado finalmente sus contradicciones. Y porque hay que recuperar imagen frente al mundo, se dicen cosas como la del condón.

La declaración del condón, como decía, ha provocado una inmediata batahola de comentarios en plan ya era hora. Y ha sido comentario habitual el recordarle al Papa la cantidad de muertos de SIDA que se han producido en África, como insinuando, o más bien afirmando, que toda esa gente se habría salvado si Roma no se hubiese empeñado en que hay que jincar a pelo.

Sea la Iglesia todo lo torpe y mentirosa que es, este argumento es, con perdón de quienes crean en él, una gilipollez.


Más o menos a principios de los años sesenta, según se especula, el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquida dio el salto de especie, pasando de los primates al hombre. Teniendo en cuenta sus vías naturales de contagio, esto da para pensar que en algunas zonas de África, la selva es una fiesta. Se han encontrado trazas de seropositividad ya en muestras de sangre extraídas a personas en Kinshasha, Congo, en 1959.

La doctora Anne Bayley, establecida en Lusaka, Tanzania, es la primera facultativa residente en África que reconoce el SIDA como una dolencia específica, después de años en los cuales en el continente se habían producido muertes por la enfermedad, pocas, que no fueron reconocidas como causadas por la misma. En enero de 1983, la doctora Bayley tuvo que rendirse a la evidencia de algo que ya venía observando de tiempo atrás: allí, en Lusaka, se observaba una frecuencia excesivamente elevada del sarcoma de Kaposi, un tipo de cáncer de piel que suele atacar a los enfermos de SIDA. En 1984, un grupo de expertos occidentales que estudiaron los enfermos registrados en Kigali concluyeron que el perfil del seropositivo africano no se correspondía con el que se empezaba a ver en Estados Unidos. Si en San Francisco la mayoría de los enfermos eran hombres homosexuales sexualmente activos y drogadictos intravenosos, los seropositivos de Kigali tendían a ser de ambos sexos, heterosexuales, promiscuos, y no pocos tenían relaciones habituales con prostitutas. Aquellos eran los años en los que las organizaciones gays clamaban en el mundo entero por la estigmatización de la homosexualidad, pues en Occidente SIDA y homosexualidad se consideraban íntimamente correlacionadas. Ya entonces, sin embargo, los epidemiólogos tenían claro que el SIDA en África era debido a la práctica del sexo de toda la vida de Dios.

En 1984, los hechos de guerra, que siempre han sido grandes difusores de enfermedades (recuérdese la gripe española, sin ir más lejos), hizo su trabajo. Las tropas tanzanas, en su avance hacia el norte para luchar contra Idi Amín, se infectaron de la enfermedad. Los camioneros ugandeses, aficionados a hacer paradas en distintos lugares de descanso de la carretera, hicieron el resto. Un estudio realizado en 1986 en Lyantonde, una población importante en el cruce de carreteras de la zona, descubrió que el 67% de las camareras y asalariadas de los locales de alterne eran seropositivas. A partir de ahí, el SIDA se extendió rapidísimamente por el África negra.

Pero lo que habitualmente no se cuenta es que la reacción de las clases dirigentes africanas fue dar la espalda a la enfermedad, y negarla. No pocos gobernantes africanos prefirieron ver en el SIDA una falsa alarma, una invención occidental que formaba parte de una especie de conspiración racista destinada a convencer a los africanos de que no debían follar, reduciendo de esta manera el poderío de crecimiento de la población.

El ministro de salud de Zimbabwe, por ejemplo, ordenó a los médicos del país que no identificasen el SIDA como causa de muerte. Eso es llegar bastante más lejos de lo que jamás ha llegado el Vaticano. A otro país de la zona, Kenia, le ocurrió con esta historia como le ocurría a la pequeña villa costera de Tiburón. Aún sabiendo que se encontraban ante un grave problema de salud pública, prefirieron mirar hacia otro lado para así no erosionar la producción turística del país, su principal fuente de divisas, por miedo a que las noticias sobre la enfermedad acabasen reduciendo la cifra de visitantes blancos. Así pues, el país se aplicó a una estrategia de mordaza en la que los medios de comunicación, y desde luego los discursos públicos, rara vez hablaban de la enfermedad, de su extensión, o de su profilaxis.

Hay que tener en cuenta que, además, el machismo no es, contra lo que pueda parecer al escuchar a algunas feministas, un problema sólo de los países desarrollados. En realidad, en los subdesarrollados es mucho peor. Los mensajes alarmistas sobre el SIDA atacaban el centro de flotación de la autoestima masculina, que es la práctica del sexo. Así pues, en algunos países africanos se puso de moda enfrentarse a la realidad con un tono entre chulesco y temerario, sin que las autoridades públicas intentasen cambiar las cosas. Una frase muy popular en la época en los países de habla swahilli fue: Acha inwe dogedoge siachi, que quiere decir algo así como «que me mate, yo nunca abandonaré a las jovencitas». En los países afrofrancófonos, el SIDA comenzó a ser conocido como Syndrome Imaginaire pour Décourager les Amoreux, o sea enfermedad inventada para acojonar a los amantes.

En los años ochenta, cruciales para impedir la extensión de la enfermedad, sólo dos países africanos, Uganda y Senegal, pusieron en marcha programas anti-SIDA. Desde 1986, el presidente ugandés, Yoweri Museveni, fue el primer líder africano que se atrevió a tomar la bandera de concienciación a su pueblo sobre los devastadores efectos de la enfermedad. Con mayor valentía aún, comenzó a manejar en sus discursos conceptos como la cautela amorosa y la monogamia. Solía utilizar la metáfora del termitero: si alguien va caminando por el campo y ve una pequeña montaña que es un nido de termitas lleno de agujeros, mete el dedo en uno y las hormigas le muerden, ¿de quién es la culpa?

Con todo, el ejemplo más claro de gravísima procrastinación oficial en este asunto lo da Sudáfrica. A principios de los noventa, la enfermedad se extendió con rapidez. El gobierno racista del apartheid puso en marcha campañas de prevención, ante las que encontró una seria resistencia. Los activistas antigubernamentales comenzaron a distribuir el mensaje de que aquellas campañas eran una conspiración tendente a convencer a los negros de que no se reprodujesen y así reducir su supremacía demográfica. Allí llamaban al AIDS Afrikaner Invention to Deprive us of Sex.

Nelson Mandela declaró la lucha contra el SIDA un proyecto presidencial de primera magnitud, pero en la realidad avanzó poco, probablemente abrumado por otros problemas que tenía el país (desempleo, pobreza, vivienda...). En 1998, el ministro sudafricano de Salud, Nokosazana Dlamini-Zuma, anunció que la aziclotimidina, una medicina que se había demostrado efectiva a la hora de prevenir la transferencia del SIDA de madres a hijos, no sería puesta a disposición de los sudafricanos por motivos de coste, a pesar de que éste había sido reducido por el fabricante. Para cuando, en 1999, Mandela dejó su puesto a Thabo Mbeki, el 10% de los sudafricanos eran seropositivos.

Inexplicablemente, Mbeki prestó oídos, cada vez más, a aquellos científicos que cuestionaban incluso la existencia del virus del SIDA o que fuese otra cosa que un virus pasajero. Algunos de estos expertos explicaban el consenso en el mundo occidental en torno a la enfermedad como una conspiración de las grandes farmacéuticas para forrarse a costa de África (tiempo después clamaban contra esas mismas farmacéuticas porque no querían bajar los precios para que los medicamentos se pudieran vender en el continente; es evidente que una de las dos tesis tiene que ser falsa, las dos a la vez no se pueden dar: si quieres forrarte, tendrás que poner un precio pagable, y si pones un precio impagable, entonces no te forras). En un paroxismo de demagogia vírica, esos que podríamos llamar científicos críticos comenzaron a decir que los retrovirales no sólo eran caros, además eran tóxicos, más dañinos que la propia enfermedad.

En el año 2000, Mbeki impulsó la celebración de un panel internacional presidencial sobre el SIDA con el objeto de dejar claros los hechos; forma de plantear las cosas que venía a sugerir que la explicación canónica de la enfermedad no pasaba de ser una teoría. Mbeki trufó el congreso de científicos disidentes y envió una carta a Kofi Annan, secretario general de la ONU; Bill Clinton, presidente de los EEUU; y Tony Blair, sufridor en casa de Our Precious Queen, explicando su creencia de que todas las teorías sobre la materia debían ser respetadas y exploradas. Acto seguido, hizo declaraciones en defensa de esos mismos disidentes, a los que retrató como víctimas de una persecución. «Estamos siendo, dijo, compelidos a hacer hoy lo mismo que la tiranía racista del apartheid hizo, sólo porque hay una visión científica contra la que está prohibido disentir».

En la Casa Blanca investigaron seriamente si la carta era una coña de algún cachondo mental.

El presidente de la Conferencia Mundial sobre el SIDA que se celebró en Sudáfrica en junio del 2000, profesor Hoosen Coovadia, solicitó a Mbeki que permaneciese ajeno a los debates científicos. La respuesta del presidente fue azuzar a sus ministros y portavoces para que la tomasen con Coovadia, cuestionando sus credenciales académicas y apelándolo de «tropa de primera línea de la industria farmacéutica». 5.000 científicos, incluyendo premios Nobel y directores de los más prestigiosos centros de investigación médica del mundo, firmaron con ocasión de la conferencia un manifiesto aseverando que el HIV causaba el SIDA. El ministro sudafricano de Salud, Manto Tshabalala-Msimang, lo recibió considerándolo un «documento elitista»; como si los barrenderos de Soweto supiesen más de microbiología que los catedráticos del MIT. El portavoz de Mbeki, Parks Mankahlana, anunció que si los firmantes le hacían llegar su papel al Presidente, «encontrará para él un lugar confortable entre las papeleras de su oficina».

En la apertura de la conferencia, Mbeki repitió todos sus mantras iconoclastas, sin faltar uno. Desde sus enciclopédicos conocimientos médicos, pontificó: «Un virus no puede causar un síndrome». Su propia oficina hizo pública una nota de prensa acusando a las asociaciones que demandaban la provisión de antirretrovirales en los hospitales de querer envenenar a los negros. En una reunión de cuadros parlamentarios del Congreso Nacional Africano, aseveró que las críticas hacia su política respecto del SIDA era una conspiración de la CIA, en alianza con las farmacéuticas, para desacreditarle como el líder del mundo en desarrollo para lograr un papel más importante en el concierto económico mundial. En una conferencia en la universidad de Fort Hare, afirmó que las críticas a sus ideas sobre el SIDA estaban alimentadas por motivos racistas.

En 1999, el 10% de los sudafricanos era seropositivo. En el 2000, un año después de comenzar las conachadas de Mbeki, el porcentaje se había doblado. En honor a conspicuos miembros del ANC, entre ellos Mandela, cabe decir que se desgañitaron en los periódicos tratando de convencer a la gente de que lo primero era luchar contra la enfermedad.

En agosto del 2001, la Treatment Action Campaign, una organización anti-SIDA, se personó en los tribunales instándoles a forzar al gobierno a facilitar nevirapina a las madres seropositivas y, así, reducir la transmisión fetal. El gobierno se negó, pero perdió; en el Supremo, y en el Constitucional. A pesar de lo humillante de la derrota, el ministro de Salud seguía recomendando remedios contra la enfermedad del tipo de comer ajo o beber aceite de oliva. Para cuando el gobierno dobló la cerviz y puso en marcha un programa anti-SIDA, la enfermedad había causado ya un millón de muertos.

Nada de esto, sin embargo, fue de público y masivo conocimiento en Occidente. Los periódicos no lo consideraron noticia y los habituales centinelas que, desde la intelectualidad, están siempre a la caza de las cosas que se hacen mal en este mundo, tampoco se ocuparon de llamar la atención sobre los gravísimos errores que en África estaban cometiendo los propios africanos contra sí mismos. Probablemente, esto fue así porque realizar estas denuncias hubiera sido antiaxiomático. El pensamiento único siempre funciona mediante axiomas, y uno de los más importantes, en el momento presente, es considerar al Tercer Mundo como un lugar cuyos pobladores nunca son culpables de nada. Las desgracias del Tercer Mundo siempre son causadas por el Primer Mundo. Reconocer que en Sudáfrica había un pollo reaccionando con inexplicable temeridad ante una pandemia horrísona que mataba diaramente a centenares de sus conciudadanos habría supuesto desmentir el mito del buen salvaje. Y hay gente, en realidad mucha gente, para la que los mitos son mucho más importantes que la realidad.

Durante todo ese tiempo, cierto, un tipo polaco vestido de blanco, blanco de tez además, decía en Roma que eso de ponerse gomita está feo. Pero no parece que fuese él quien más influyó en que miles, millones de africanos pasaran entre diez y veinte años exponiéndose continuamente al HIV, cuando ya el mundo entero sabía los riesgos que eso comportaba.

miércoles, noviembre 24, 2010

Un toque pesimista

En los tiempos de la Transición, en Barcelona, como en otros muchos lugares de España, circulaban los manifiestos como churros. Se hacían manifiestos por todo y para todo, manifiestos que tenían más éxito cuantos más firmantes tenían pero, sobre todo, cuantos más firmantes de los habituales conseguían. En Cataluña, según tienen contado personajes de la época, era habitual que, cuando un contacto que pasaba un manifiesto a la firma, te dijera: «Ya lo han firmado Llach y Lluch». En efecto, cualquier manifiesto que se preciase debía llevar la firma de Lluis Lach y su interminable estaca, y el hoy llorado Ernest Lluch.

La realidad no ha cambiado. Hoy por hoy, en España, un manifiesto, para serlo, tiene que llevar firmas como la de Pedro Almodóvar o Willy (sic) Toledo. De lo contrario, la prensa casi ni se ocupa del asunto. Hace pocos días, un grupo de 100 economistas publicó un manifiesto sobre la reforma del sistema español de pensiones y otro sobre la reforma laboral. Apenas se ha tenido noticia del asunto. Días atrás, asimismo, otro grupo de empresarios y académicos ha publicado lo que denominan la Declaración TransformaEspaña, en la que tratan de tomar posición ante la encrucijada histórica en la que, según el manifiesto, está el país. El espacio dedicado por los medios a estos folios ha sido menos de la mitad del que le habrían dedicado a un manifiesto firmado por Pedro Almodóvar y Willy (sic) Toledo contra la extinción del somormujo petirrojo de los bosques de las islas Vanuatu o sobre el cambio climático. Porque, por lo visto, y para pasmo de escépticos, el riesgo de que dentro de cien años la temperatura de la Tierra haya subido en no sé cuántos grados es más cierto que el riesgo de que nuestro mercado laboral o de pensiones descarrilen a causa de esa entelequia metafísica llamada crisis económica.

Ambos manifiestos, y sobre todo el último de los citados, tienen, sin embargo, y casi diría que independientemente de su contenido, importancia. Porque es verdad que España está, hoy por hoy, en una encrucijada histórica. Fundamentalmente histórico-económica, pero también con otros matices. En esta hora, a mi modo de ver, el país se divide en dos partes bien delimitadas: los que son capaces de ver esto, y los que no lo ven. Y en el tamaño de estas dos mitades es mucho lo que nos estamos jugando.

No hablaré de los manifiestos, que cualquiera puede leerlos y sacar sus consecuencias. Creo que lo que compete a este blog, que lo es de Historia aunque de vez en cuando se marque algún off topic, es señalar algunos aspectos que, a mi modo de ver, se observan en el devenir histórico de España como proyecto, y que deben tenerse en cuenta a la hora de analizar la hora presente, que es hora comprometida.

Empezando por el principio, el primer problema de España es que su historia muestra y demuestra nuestra escasa capacidad para el consenso. La otra gran crisis económica mundial se produjo en los años treinta. La reacción en países con hondas tradiciones democráticas, y estoy pensando en Reino Unido, fueron los gobiernos de concentración nacional en los que, bajo el liderazgo del partido más votado, existían amplios niveles de colaboración, todo lo crítica que se quiera, en los aspectos nucleares de la crisis. La Historia de España, sin embargo, se caracteriza por el enfrentamiento entre posiciones. Tuvo que llegar una situación tan especial e irrepetible (esperemos) como el final de la larguísima dictadura militar para que España fuese capaz de quebrar esta tendencia en los Pactos de la Moncloa.

Una crisis como la que vivimos demanda soluciones muy dolorosas. Demanda, fundamentalmente, que cosas que hoy el Estado está dando deje de darlas, o deje de darlas en las condiciones de coste objetivo que hoy tienen. Seamos claros. Lo que el futuro ofrece son cosas como el copago por la sanidad, tasas de sustitución de las pensiones más bajas, tipos impositivos al alza, menos subvenciones, menos ayudas. Al contrario de lo que se pensó en un primer momento de la crisis, cuando se iba a refundar el capitalismo y todas aquellas declaraciones tan rimbombantes, el Estado, de esta crisis, no saldrá más gordo, sino todo lo contrario. Y la cosa tiene su lógica, porque lo que nos ha enseñado la crisis es que hay que evitar los riesgos sistémicos; hay que evitar que alguien (un banco, por ejemplo), por ser muy grande, pueda, al caer, arrastrar en su caída a otros muchos. Pero, si hay que evitar los riesgos sistémicos, ¿por qué pensaremos que los Estados no pueden serlo? O sea, ¿qué haría más daño a la economía mundial: el colapso del Banco Santander, o el colapso del Estado chino?

Ningún partido político, en democracia, suele tener el apoyo de más del 45% de la población, y de ese porcentaje no menos de 15 puntos son volátiles, es decir están formados por personas que pueden perfectamente votar a otro. En estas circunstancias, ningún partido político en su sano juicio electoral abordará la implantación de esas soluciones dolorosas; le va su supervivencia en ello.

España es un país escasamente reformista por esta razón. La Historia nos demuestra que las reformas avanzan a tirones, con frenos y marchas atrás constantes, al albur del momento político-electoral. Esto es así porque cada vez que un partido en el gobierno se ha planteado realizar una reforma profunda ni se le ha pasado por la cabeza acordarla con la oposición; ni a la oposición se le ocurre, siquiera por un minuto, tener otra actitud que esperar su momento en el machito para cargársela. La Constitución de la II República es un muy buen ejemplo de este efecto.

Otra consecuencia de esta desunión calculada es que el país muestra cierta torpeza a la hora de enfrentar las verdaderas crisis, normalmente porque las enfrenta con enormes dosis de populismo. A mi modo de ver, la única crisis económica de gran calado que España supo enfrentar bien, aparte aquélla para la cual los Pactos de la Moncloa fueron la purga, fue la derivada de la pérdida de las últimas colonias; y es por esa habilidad que Raimundo Fernández Villaverde tiene su nombre inscrito en una de las principales vías de Madrid. Sin embargo, la crisis del 29 se afrontó de forma desunida y populachera, fiándolo todo a que las importantes reservas de oro del país daban margen para hacer unas cuantas, que se dice en mi tierra, conachadas, lo que generó un paro obrero de la pitri mitri, especialmente en el campo, fenómeno que no es en absoluto ajeno a lo que luego pasó. La crisis del Yon Kippur, asimismo, se enfrentó con altísimas dosis de populismo. Hagan lo que crean conveniente, les decía Franco a sus ministros en el Consejo, pero no suban el precio de la gasolina. Los españoles pagamos carísimo el hecho de que el viejo general no fuese capaz de entender que cuando los costes de algo suben, su precio ha de hacerlo en consecuencia, o la economía se sangra. El petróleo no es como un recluta, no obedece órdenes de mando.

El segundo problema es que nuestro modelo de competitividad está en crisis. Cada país es un modelo de negocio en sí mismo. No estoy hablando de eso de la vocación sectorial, que si la construcción o las energías renovables. Estoy hablando del modelo ecosocial que permite a un país situarse en el entorno internacional como destino atractivo para la inversión. El modelo tradicional español, que duró siglos, era el de una economía fundamentalmente exportadora que basaba buena parte de su riqueza en los réditos obtenidos en sus riquísimas colonias. En el siglo XIX, los proteccionistas catalanes se desgañitaron escribiendo páginas y páginas clamando por la escasa industrialización del país y anunciando que, yendo como iba el mundo, esa falta de industria nacional sería la debacle. Y no se equivocaron.

España tuvo que reinventarse económicamente hablando después de 1898, en un parto lento y dificultoso. Tras la segunda guerra mundial, con el desarrollo económico de Europa, escogió un modelo económico basado en una mano de obra barata que, tras la llegada de los primeros años del PSOE y de la mano del ministro Boyer, se combinó con una radical liberalización de las condiciones para la inversión extranjera. Ese modelo ha aportado notables dividendos desde que en 1986 entramos en la Comunidad Económica Europea, pero se ha acabado. Hoy por hoy, la hora/hombre hispana empalidece en sus costes frente a la hora/hombre letona, y eso sin entrar en el pequeño detalle de que el letón tiende a trabajar más horas. Si vemos las cosas desde un punto de vista global y metemos a China en el bombo, ya podemos ir suicidándonos.

Teóricamente, todo modelo de mano de obra barata se acaba reconvirtiendo, conforme el país se autofinancia con las ganancias, en un modelo distinto basado en la excelencia. Dicho coloquialmente: un productor alemán de teléfonos empieza por instalarse en España porque los trabajadores cobran poco comparativamente con el alemán, pero termina quedándose porque los ingenieros españoles son capaces de diseñar procesos que fabrican teléfonos mucho mejores en mucho menos tiempo.

Y aquí es donde España, en el entorno del último cuarto de siglo, ha fallado. Los últimos 25 años del siglo XX tenían que haber sido los del despegue del sistema educativo español, pero han sido los de su derrumbe. España no ha solucionado ninguna de las deudas históricas de su educación (la más visible de ellas, el dominio de la koiné internacional, hace décadas el francés, hoy el inglés, como segundo idioma) y ha generado otras nuevas. La apuesta educativa española no sólo ha reducido dramáticamente el nivel de exigencia, sino que ha fallado como modelo porque su output son profesionales focalizados (personas que, básicamente, sólo saben de ciencias, o sólo saben de letras, etc.), cuando para cualquier observador avezado le es palmario, desde hace muchos años, que al profesional de éxito se le exige, cada vez más, que sea multidisciplinar. Como ejemplo claro, en el mundo de la empresa de hoy hay cienes de cienes de cienes de cienes de ejecutivos que tienen que estar adecuadamente versados, a la vez, de temas técnicos (por ejemplo, ingenieriles) y jurídicos.

A mi modo de ver, un buen sistema educativo se asemeja a la pieza de un automóvil. El fabricante de un cigüeñal utiliza la competición deportiva, donde esa pieza es sometida a un estrés muy superior al normal de la carretera, para afinar su diseño. Parte de la base, cierta, de que un cigüeñal que es capaz de soportar 10.000 kilómetros en condiciones extremas será capaz de soportar tranquilamente 500.000 kilómetros en condiciones normales. Puesto que los educandos no hacen otra cosa que estudiar (wishful thinking), la escuela se concibe como esa competición donde el cigüeñal es sometido a un estrés específico, que sirve como garantía de que en el mundo laboral seguirá respondiendo.

Éste es, más o menos, el modelo Moyano, que imperó en España durante mucho tiempo, aunque con una prevalencia de las Humanidades que hoy tiene menos justificación, más una serie de medidas relativas al maestro, basadas en principios tan sencillos como que aquél que va a examinar es lógico que se examine antes para demostrar que puede. El actual modelo educativo, en cambio, ha dado la vuelta a la tortilla. Hoy, la escuela es la tranquila vida muelle del coche que se limita a ir y volver del trabajo todos los días; y el mundo laboral es la competición rabiosa. Como consecuencia, lo normal es que, a la segunda o tercera carrera, el cigüeñal se parta en dos.

España tiene que modificar su sistema educativo con absoluta urgencia si quiere poder presentar dentro de diez años un entorno de oferta de capital humano distinto al que ofrece hoy. La crisis es un lago muy profundo. El actual sistema educativo ya no nos puede ayudar a salir del agua, pero el futuro sistema educativo sí nos puede ayudar a secarnos pronto cuando hayamos salido. Si otros se secan antes que nosotros, permaneceremos mojados y cogeremos una (otra) pulmonía.

La reforma educativa no es, además, un asunto sólo de conocimientos. Debería ser, en realidad, la espadaña de otra discusión histórica en la que parecemos no querer entrar a fondo, y es la discusión en torno a los valores que queremos defender. Hace décadas, la cuestión religiosa estaba el centro de este debate; hoy yo creo que no, pero eso no quiere decir que no haya debate.

Cabe preguntarse, por ejemplo, por qué, en España, es delito ser rico. A mi modo de ver, éste es un fenómeno que tiene mucho que ver con la aproximación esencialmente ácrata que ha tenido siempre el pensamiento social de izquierdas en nuestro país, y que nos distingue de casi todos nuestros vecinos, excepción hecha de Italia. El éxito económico, en España, no sólo es algo atacable, sino que es inmoral; y éste es un precepto que sonará bien extraño a cualquier británico, holandés o alemán a quien se lo contemos.

Pero en la reforma educativa encontramos otro problema. ¿Reformar el sistema educativo? Tenga usted en cuenta, señor escribidor, que eso es cosa de las autonomías. Lo cual nos lleva al temita del modelo de Estado.

Otro mal histórico de España, de la España contemporánea, ha sido su excesiva dependencia de las reivindicaciones regionales. Ya Felipe IV se encontró en Barcelona con unas instituciones aragonesas abiertamente hostiles a participar en la financiación de sus acromegálicos gastos bélicos. En el siglo XIX, como es bien sabido, crecieron los particularismos nacionalistas, que acabaron convirtiéndose en el lobby de mayor poder en el país. Terminada la primera guerra mundial, en un momento dulce económicamente hablando pero que paradójicamente colocaba al país a las puertas de una crisis económica tan previsible como grave, un ministro con razonables conocimientos hacendísticos, Santiago Alba, diseñó el que pudo ser el primer sistema fiscal a la empresa realmente moderno. Hasta entonces, el gravamen sobre la actividad económica era fundamentalmente indirecto (el odiado impuesto decimonónico sobre consumos), pero en 1919 ya era bastante evidente que la fiscalidad de la actividad también había de ir hacia el generador del valor añadido, es decir la empresa. Vascos y catalanes, que obviamente estaban llamados a ser los principales paganos de la reforma, le pusieron la proa y la enviaron a dormir el sueño de los justos.

Cuando un grupo de españoles se reunió en 1930 en San Sebastián con la intención, no tanto de diseñar la transición a la República, como de discutir la modernización de España, la mayor parte de su tertulia se consumió en una sola cosa: dar suficientes garantías para las reivindicaciones de los nacionalistas catalanes, allí presentes. Y qué decir de la Transición política, proceso en el cual dos grandes elementos como son el sistema electoral y la propia organización del Estado son el resultado de la tensión con los nacionalismos.

Hay que repensar la relación entre Estado central y autonomías. Desde las Bases de Manresa y la Ley Paccionada hasta aquí, hemos ensayado un montón de modelos, y casi ninguno ha funcionado (probablemente, el más exitoso es el Fuero navarro; pero tiene el problema de que no es exportable, y ahí está el conflicto con los vascos, conflicto económico me refiero, para demostrarlo). Tampoco ha funcionado el centralismo: nosotros, los españoles, que le dimos una buena patada en su rojo culo al francés, no somos jacobinos. Somos güelfos, y poco más.

Pero es urgente que definamos quién define en España la política económica y, sobre todo, hasta dónde llegan sus prerrogativas derivadas de ello. Porque de nada sirve decir que es el gobierno central el que debe marcar la estrategia, si luego la ejecución por parte de quienes gastan y actúan en la economía es libre. Un ejemplo muy sencillo: si mañana el gobierno español decide que los tiempos no están como para gastar en un Ministerio de Cultura, ¿tiene o no tiene potestad para cerrar las consejerías de Cultura de las comunidades autónomas? Y qué decir de la urgentísima reforma del sistema educativo...

Yo sí creo, en definitiva, que estamos en una encrucijada histórica. Pero, al contrario que los participantes en TransformaEspaña, la verdad es que no soy optimista. Todo lo contrario. España es un país muy creativo y trabajador. Pero tiene también otra característica, y es que tiene una elevadísima propensión a persistir en sus errores. Para que el repensamiento que es necesario se pudiese llevar a cabo, necesitaríamos ser mil veces más autocríticos de lo que somos.

Un ejemplo de lo que digo. La mayoría de nosotros, los españoles, nos descojonamos de la risa con series como The Simpsons, Family Guy o American Dad; las tres son series enormemente críticas con los Estados Unidos, con su sociedad, con su Historia, con su forma de ser; series que no dejan títere con cabeza y en las que aparece hasta el mismísimo Presidente de los Estados Unidos, motejado comúnmente de tonto del culo o cosa parecida. E, insisto, nos parecen cojonudas.

Pero de lo que no nos damos cuenta es de que en España sería imposible realizar una serie así. Imagine el lector lo que pasaría al día siguiente de que en un episodio apareciese Montilla robando carteras en el Metro de Madrid; o Núñez Feijóo dando discursos públicos en gallego y luego viendo en casa películas de Xan das Bolas haciendo de pailán de pueblo y riéndose de él; o Cándido Méndez aprovechando que un mendigo parado está dormido para robarle un jersey. Puede argumentarse que ese tipo de humor ácido existe en España, y se suele poner en ejemplo de Vaya Semanita. Pero no olvidemos que en ese programa los vascos se ríen de los vascos. Los mismos vascos que se descojonan viéndolo pondrían la el grito en el cielo si esos mismos sketch los elaborase, un suponer, la televisión andaluza.

Las personas que no repiten sus errores son aquéllas que tienen capacidad de ser autocríticas y de poner en solfa sus propios presupuestos mentales. Lo que, a mi modo de ver, demuestra la Historia, es que no es, desgraciadamente, nuestro caso.

lunes, noviembre 22, 2010

Camarada Felipe

Felipe II, el Rey Prudente, es, probablemente, uno de los personajes más controvertidos de la Historia de España. Como todo lo que es controvertido en nuestra Historia, el resultado de esa controversia es que el personaje resulte ser pasto de una interpretación histórica radicalmente alternativa. Unos consideran a Felipe II el rey de la gran y mejor España de la Historia, mientras que otros lo consideran el gran responsable de la decadencia del país. Como ocurre casi siempre que las interpretaciones son radicales, y cuando menos en mi opinión, ambas opiniones tienen parte de razón, y un mucho de sinrazón.

Felipe II, como la guerra civil del 36, como la relación de España con la religión católica, como el problema catalán, como algunas otras cosas, no es algo que pueda juzgarse con dos de pipas. Ni algo que pueda aspirar a ser algún día fruto de un juicio con aspiraciones de consenso.

No es mi idea de hoy desarrollar en algo tan humilde como el post de un aficionado a leer Historia el asunto que acabo de desplegar. Sólo quiero dejar aquí algunos apuntes destinados a contar algunas cosas de este rey, curioso a la par que insoportable, comprensivo a la vez que excesivamente rígido; un rey oxímoron, al fin y a la postre. Apuntes que pretenden, de alguna manera, sorprender al lector porque, tal vez, no los esperaría en tamaño personaje.

A mi modo de ver, lo primero que hay que colocar en su sitio, no sólo en lo ateniente a Felipe II sino a todo el Imperio español en su conjunto, es el asunto de la relación con los indios americanos. Falta a la realidad cualquier teoría que espere de los europeos renacentistas otro trato al indígena que no se base en la convicción de que se trata de un ser inferior, iletrado, inculto y falto de creencias. Hasta bien entrado el siglo XX, los indígenas de los pueblos colonizados, por europeos primero y norteamericanos después, eran conocidos, en español, inglés, francés y alemán, como «salvajes»; lo cual creo da la medida del tratamiento, en modo alguno igualitario, otorgado a estos pueblos, que fueron por lo tanto invadidos y conquistados. No obstante España, por diversas razones que sería complejo analizar aquí, ha sido objeto de una especie de propaganda histórica tendente a convencer al mundo de que su trato con los indios americanos fue especialmente cruel.

Sin embargo, hay elementos para pensar que el trato dado por los españoles a los indios en el siglo XVI, y del cual el principal ejecutor fue Felipe II, no tiene parangón con el dado, por ejemplo, a los indios de Norteamérica, además y para más inri, 200 o 300 años después. De hecho, la administración de Felipe II desarrolló la llamada legislación de Indias, que cualquiera puede consultar, y de la que no hay paralelo alguno para los soiux, navajos, apaches o dakotas. Ciertamente, la relación de los españoles con los indios fue, como decía, una relación desde la superioridad y la imposición. Cuando la legislación establece el principio de conseguir que los indios «sean enseñados y vivan en paz y noticia», es evidente que se refiere a cierto tipo de enseñanzas. Cabe considerar, en todo caso, que dichas enseñanzas ni siquiera se intentaron para con sus vecinos del norte.

La legislación de Indias eximió de todo impuesto indirecto a los impresos o manuscritos llevados a las Indias, con el objeto de favorecer así la extensión de la cultura (o, mejor, de cierta cultura; pero es que ninguna potencia colonizadora fue liberal en este terreno) en aquellas tierras. De modo y forma que ya en 1575 se imprimían libros en México, por cierto, hasta en doce lenguas indígenas; y resulta una pregunta interesante cuántos libros, de cualquier tipo, se imprimieron en Nueva York, en Boston o en Chicago, en las lenguas indias.

Una cédula real sobre las Indias dice: «Para servir a Dios Nuestro Señor y al bien público de nuestros reinos, conviene que nuestros vasallos, súbditos y naturales tengan en ellos Universidades y estudios generales, donde sean instruidos y graduados en todas ciencias y Facultades y por el mucho amor y voluntad que tenemos de favorecer a dichos súbditos y desterrar de ellos las tinieblas de la ignorancia, creamos y fundamos estudios generales en las ciudades de Lima y Méjico». Este párrafo, con seguridad debido a la propia pluma del rey Felipe, que era autor directo de muchas de sus cédulas, revela un evidente paternalismo superior. Pero cabe preguntarse si ingleses, franceses o estadounidenses se ocuparon alguna vez de que indios, habitantes de la Conchinchina o de Argelia, o indios, nuevamente, fuesen instruidos y graduados en nada y abandonasen las tinieblas de la ignorancia. En la América española se fundaron 24 universidades mayores y menores; 25, contando la de Manila. En las reservas indias se han fundado casinos.

Hay elementos en la legislación de Indias que tienen un tufo moderno. Por ejemplo, los virreyes estaban obligados a presentar un inventario de todos sus bienes al abandonar el cargo; es obvio que esta norma se cumplió así, así; pero si la existencia actual de políticos corruptos no mella la voluntad de pedirles cuentas, el hecho de que existiesen virreyes venales no le resta intención a esta medida, que hay que recordar que tiene casi 500 años.

La legislación de Indias establece otros principios, como la obligación de corregidores y justicias de instruir a los indios en técnicas agrícolas. Asimismo, prohibía el trabajo de los indios de menos de 18 años de edad.

Esta última idea nos lleva a otro curioso elemento de la política de Felipe II: sus normas en materia laboral. En un edicto regulador del trabajo en las minas del Franco Condado, se establece: «Todos los obreros de las fortificaciones y de las fábricas trabajarán ocho horas al día, cuatro por la mañana y cuatro por la tarde. Las horas serán distribuidas por los ingenieros según el tiempo más conveniente para evitar a los obreros el ardor del sol y permitirles el cuidar de su salud y su conservación, sin que falten a sus deberes». La jornada de ocho horas para el conjunto de los trabajadores es un logro del siglo XX. El edicto, asimismo, establecía la instauración de un economato para los obreros, así como la obligación pagar los jornales también por los días de fiesta (esto de no trabajar y aún así cobrar es algo de antesdeayer por la tarde).

Asimismo, en una cédula de 19 de octubre de 1573, que trata sobre las obras del monasterio de El Escorial, se dispone que a los aparejadores de carpintería y albañilería se les dispusiera de un permiso de diez días con percepción íntegra del salario disfrutado en nómina. Obvio es decir que las vacaciones pagadas aún tardarían cuatro siglos en llegar. En el caso de sufrir un accidente el obrero, se le debía abonar la mitad del jornal durante su recuperación.

Aún así, Felipe II no pudo evitar sufrir la que bien puede ser la primera huelga, o una de las primeras, de la Historia de España. Ocurrió en 1577 y su motivo fue la detención por el alcalde de El Escorial de unos canteros vizcaínos, a causa de alguna falta menor. La rabia del resto de los canteros, que entendían injusta la detención, se extendió a todos los obreros del monasterio, que dejaron de trabajar. La huelga terminó con eso que hoy se llama la cesión de la patronal. El rey, informado del acontecimiento, pasó palabra.

Otras cosas debidas a aquel reinado, cuando menos de forma embrionaria, son la inspección de enseñanza, creada por cédula de 15 de enero de 1573, que ordena a los justicias visitar periódicamente las escuelas, comprobando que los maestros realizan su labor, son aptos para ella, así como si se reza la doctrina cristiana. En algún sitio he leído que, incluso, el rey llegó a establecer beneficios para estudiantes pensionados en el extranjero, lo que podría ser tomado como un precedente del Erasmus.

El último apunte de este extraño olorcillo a modernidad que se aprecia en algunas legislaciones de rey tan envarado tiene que ver con eso que hoy llamamos ecologismo. Felipe II formó en Aranjuez, en 1555, el que algunos tienen por primer jardín botánico de Europa. Por lo demás, aquí copio el literal de una instrucción que en 1571 le envía a Diego de Covarrubias: «Una cosa deseo ver acabada de tratar, y es lo que toca a la conservación de los montes y aumento dellos; temo que los que vieneren después de nosotros y han de tener mucha queja de que se los dejamos consumidos, y plegue a Dios que no lo veamos en nuestros días». Si esto lo llega a decir el presunto jefe Seattle, con la frase se habrían decorado miles de habitaciones de colegio mayor.

Lo hermoso de las cosas es lo complicadas que son.

jueves, noviembre 18, 2010

¿El fin del gallardoneo?

Puede que estemos asistiendo al fin del gallardoneo, o puede que no. Todo se reduce a la pregunta de si el peso de 7.000 millones de euros, en este momento impagables, va a hundir o no a la persona de este conspicuo político, que nunca ha escondido la altura y anchura de sus ambiciones. Pero, en todo caso, leyendo las noticias sobre la materia que hoy se publican, yo al menos tengo cierta sensación de final de ciclo. En política el camino nunca se termina porque las instituciones son eternas; pero eso no quiere decir que no haya ciclos. Yo veo en lo que leo el fin del gallardoneo.

El general Primo de Rivera, dictador de España, usaba el verbo borbonear para definir aquellas situaciones en las que Alfonso XIII pretendía metérsela por detrás. «A mí éste no me borbonea», le oían decir sus colaboradores, aunque una cosa es predicar y otra dar trigo, pues, al fin y a la postre, el ilustre coronado se la metió. El gallardoneo puede pensarse como algo parecido, es decir la acción de buscarse la vida en favor de unas ambiciones personales a través del cargo ostentado. Alberto Ruiz Gallardón tiene para sí una ambición política, y es obvio que se cree lo suficientemente capaz y lo suficientemente joven como para perseguirla. Hace ya muchos años que debió concluir que mandar en Madrid, sólo se manda si se manda en España, así pues hizo de las instituciones madrileñas su trampolín particular. Lo intentó con la Comunidad de Madrid pero, como en aquel entonces la CAM tenía menos competencias, ergo manejaba menos pasta, prefirió dar un salto al Ayuntamiento de Madrid, desde donde ha intentado forjarse una imagen de verso suelto de derechas, be water my friend, eficiente logrador de retos difíciles. Lo malo es que los retos no los ha conseguido (la Olimpiada será en Londres y en Río) y ahora tiene que pagarlos. Y, como digo, ya veremos si la hipoteca acaba o no con él.

Pero la cuestión del gallardoneo es bastante más que la ambición de un tipo. De ser sólo eso, no creo que escribiese ni una línea. La cuestión Gallardón es, de alguna manera, la expresión de algo que tiene una honda raigambre en nuestra Historia, que es una enorme asignatura pendiente de España como proyecto: integrar adecuadamente en la estructura esa figura llamada ayuntamiento.

Se podría decir que en la Historia moderna de España los ayuntamientos han sido protagonistas de primer nivel. El hecho de que se nos diga y se nos repita que Móstoles fue la primera institución española que le declaró la guerra al odiado francés (tan odiado que nos ha dejado a una de sus familias colocadas en Zarzuela) demuestra bien a las claras que en la que llamamos guerra de la Independencia el poder local, a falta de otro muy probablemente, tuvo un papel primario. Éste fue el primer gran pecado de los ayuntamientos: demostrar que eran capaces de ser fuertes y hacer cosas. En cuanto Fernando VII, ese rey tan injustamente no decapitado, pisó España y comenzó a albergar el proyecto de volver a rehabilitar España, para entonces una Sagrada Familia inconclusa, para que volviese a ser la pirámide de Keops que siempre había sido, tuvo claro que a los ayuntamientos les tenía que negar el pan, la sal, la playstation y hasta el Hemoal.

En realidad, en el siglo XIX todo conspiró en contra de los ayuntamientos. Por el lado regalista, los borbones tenían muy claro que ellos no le llegaban a Napoleón ni al extremo inferior de los testículos, así pues los movimientos populares que echaron al hermano de Pepe Botella del país bien podrían echarlos a ellos (y no erraban: lo hemos hecho ya dos veces). Por el lado liberal, sus hondas raíces jacobinas, en España bastante jacoboinas, impulsaban al liberalismo patrio a ser, como fue, fuertemente centralista, como bien saben los catalanes decimonónicos, que no se sabe muy bien si eran proteccionistas porque eran nacionalistas, o eran nacionalistas porque eran proteccionistas. Por último, el localismo tuvo la desgracia de ser abrazado por la gran ideología perdedora del siglo, que no es otra que el tradicionalismo trabucaire y meapilas de los diferentes carlismos. Con el foralismo vasco, que al fin y al cabo se basa en los privilegios medievales, cayó el municipalismo, que al fin y al cabo busca su legitimidad histórica en los mismos hechos. Sólo los navarros, y eso por lo paccionadamente listos que son, se libraron de la quema.

Con todo, la gran, gran desgracia del municipalismo español se llama I República. La República Federal Española de 1873 es un sueño de Francisco Pi y Margall. Si hubiese creído en la parapsicología y lo metanormal, quizá don Françesc se habría dado cuenta que tener por apellido un número que llaman irracional era una señal del Cielo. El señor Pi, con sus infinitos decimales que nunca se repiten, era un gran pensador, pero al fin y a la postre un pensador irracional. Nunca reflexionó en serio sobre la diferencia entre describir en un papel la Ínsula Barataria y gobernarla de verdad.

Pi y Margall soñó una España proudhoniana que nunca había existido, y nunca existió. Una España formada por la acumulación de libres contratos de adhesión de las personas, los barrios, las aldeas, las ciudades, las provincias y finalmente las regiones. El poder estatal, lejos de ser lo que había sido hasta entonces, es decir un poder en sí mismo que irradiaba a sus ciudadanos, era tan sólo el resultado de las pequeñas cesiones de poder hechas por los individuos desde la base; y quien da, puede quitar. En la práctica, el pimargalismo venía a suponer un municipalismo exacerbado. El poder residía en los ayuntamientos.

A Pi, como a todos los intelectuales de alguna forma influidos por las ideas anarquistas, que son más roussonianas que las mismísimas obras de Rousseau, las cuentas le salían porque creía que los actores del Estado Federal serían fieles y, por lo tanto, respetarían el contrato con el Estado. Pero la deriva de la I República, incluyendo el asuntillo de Cartagena, la proclamación nocturna de la república sevillana, los varios intentos de irse a tomar vientos por parte de los catalanes et altera, demuestra a las claras que erraba.

La caída de la I República entierra el municipalismo español bajo una losa de granito cuyo epitafio dice: «tengo problemas más graves». Desde aquel día no ha levantado cabeza. Ya en la propia República, el pimargalismo es barrido por el castelarismo. Castelar creía que la República Federal es un régimen en el que el Estado, fuente primera y única del poder, lo cede, de una forma más o menos graciosa, a otras instituciones que están más abajo en la pirámide. El autonomismo actual es vástago de esa rama; quizá sólo por casualidad, la avenida Pi i Margall de Madrid se llama hoy Gran Vía, pero la plaza de Castelar conserva su nombre.

Durante gran parte del siglo XX, y muy especialmente durante el franquismo, ser alcalde no era gran cosa. Que hubo alcaldes que fueron realmente famosos, como el inolvidable edil condal Porcioles, nadie lo duda. Pero en los tiempos de la Restauración, de la II República y, sobre todo, en los tiempos de Franco, todo el mundo sabía que para medrar, lo que había que ser es gobernador civil. Los gobernadores civiles eran mucho más necesarios porque en sus manos estaba la manipulación electoral; y, cuando dejó de haber elecciones, sus funciones dentro del Movimiento Nacional, o sea sus prerrogativas como mandamases locales del partido único, hacían que, cuando gentes ambiciosas como Adolfo Suárez buscaban acomodo, no pensaran en ser alcaldes, pese a la estabilidad en el empleo, sino gobernadores civiles; Suárez lo fue de Segovia, si no me falla la memoria. Es obvio que hubo alcaldes que cambiaron la fisonomía de sus ciudades. Pero era un empleo que lucía poco y que, sin embargo, se prestaba a múltiples críticas de las que la nomenklatura franquista se libraba. Hoy nadie recuerda a Arespacochaga, el alcalde que cavó el túnel bajo la plaza Mayor de Madrid; pero él, allá donde esté, seguro que se sigue acordando de los progenitores de todos los que le pusieron a parir.

Para alcalde valía cualquiera. Cuando Franco entró en Barcelona, hizo nombrar alcalde a un capitán del ejército. Anécdota que se presta al chiste de que tal vez fue así porque la cabra de la Legión estaba, como de costumbre, demasiado mamada.

La llegada de la democracia cambió las cosas. Aunque menos. Ya en las postrimerías del franquismo, en su entonces famoso Espíritu del 12 de febrero, AKA El cambio lampedusiano hacia la democracia dictatorial, Moisés Franco Bahamonde, por boca de su portavoz Aarón Arias Navarro, ofreció a los españoles ávidos de libertad la zanahoria de que podrían elegir directamente a sus alcaldes. El dato lo dice todo de la importancia que se le daba en El Pardo a la institución local, que hasta pensaban que podía ser electiva (ergo pestilente). Por razón de este trato entre desinteresado y malintencionado, cuando llegó la democracia, a los ayuntamientos los pilló sin demasiada tradición de mando, carentes de una Hacienda propia, totalmente dependientes de Madrid y sin atractivo para la clase política. Para colmo la Transición, al reinventar un castelarismo con suficientes elementos de pimargalismo como para mantener contentos a vascos y catalanes, saca a pasear el concepto de autonomía, a ratos histórica a ratos no, y lo mete en medio. A los ayuntamientos, ahora que podían tocar pelo, van y les ponen una carabina. Y la carabina empieza a zampar bollos y a engordar que lo flipas.

Esta situación, en extremo negativa, fue cambiada, dada la vuelta diría yo, por los dos inventores del gallardoneo, ambos políticos en mayor o menor medida preteridos por los centros de poder de sus partidos. Pasqual Maragall en Barcelona, y Enrique Tierno Galván en Madrid. El caso más evidente es el de Tierno. Es colocado en la cúspide de la lista socialista por Madrid porque quienes mandan en el PSOE no quieren zascandileando por la política nacional a un tipo que puede contar muchas cosas de los tiempos en los que resistir al franquismo era un riesgo auténtico y a ellos, los jefes del momento, no se les veía por asambleas y cenáculos. Tierno estorba, y como es un tipo al que le gustan mucho las jugadas estéticas y representativas, se piensa que el papel de ir por la vida inaugurando fuentes le gustará. Además, lo designan para perder.

Pero Tierno gana. De una forma un tanto extraña y bipartita, pero gana. Y no sólo gana, sino que descubre que, cuando se manda en una ciudad suficientemente grande, en realidad se cuenta con resortes mil para convertirse en un personaje de alta relevancia.

Es evidente que Tierno jamás pensó en competir contra González por el liderazgo del PSOE. Pero también es evidente que el día que González o Zapatero tengan la desgracia de dar el último suspiro, no tendrán, ni de coña, los funerales que tuvo Tierno, con todo el pueblo de Madrid llorándole. El Viejo Profesor, como era llamado este extraño socialista que recibió al Papa en Madrid hablándole en latín, labró un nuevo modo de gobierno municipal. Bueno, no tan nuevo, pues uno de sus pilares básicos, que es gastarse la pasta gansa organizándole a los madrileños unas fiestas de puta madre, no se aparta ni medio milímetro del panem et circenses de hace 2.000 años.

Tierno, que quería ser joven, se debió comprar un día un disco de los Kinks y escuchó aquella canción que se llama Give the people what they want. Y allí encontró su mantra. Bajo la presión de Tiernos, Margalles, tiernitos y margallitos, los ayuntamientos se convirtieron en plataformas de servicios dependientes de la demanda de los ciudadanos. Una política que ha generado una confusión de la pitri mitri entre los poderes públicos españoles, pues ha provocado que todos hagan de todo, y es por eso que en España hay ministerio nacional de Educación, consejerías regionales de Educación, y concejalías locales de Educación; obvio es que dos de estas tres administraciones están haciendo algo que no deben; pero, en puridad, no sabemos bien cuáles. Y así nos va en la España de hoy, un país en que podemos encontrar, en cualquier ciudad de tamaño mediano, hasta cinco tipos distintos de residencias de ancianos; de dependencia estatal, de dependencia autonómica, de dependencia local, de dependencia privada sin ánimo de lucro, y de dependencia privada con ánimo de lucro.

Esta tendencia, en todo caso, alumbró el gallardoneo, es decir, el aprovechamiento del poder local en beneficio de la carrera política de quien lo ostenta. Pasqual Maragall acabó gobernando Cataluña, sin ir más lejos. Rosa Aguilar tampoco puede decir que le haya ido mal. Mi paisano Paco Vázquez es embajador del Estado del que supongo le gustaría ser jefe (si Dios hubiese querido). Qué decir de Jesús Gil (if I say you are black, then you are black), o su replicante Julián Muñoz. Hasta el Dioni, si no recuerdo mal, quiso ser alcalde de El Molar... Es lógico que Gallardón se mirase al espejo y dijese: «Espejito, espejito, ¿por qué no yo?»

La clave de todo, sin embargo, está donde siempre: en la caja. La autonomía municipal sólo es posible, en puridad, si existe autonomía fiscal. Si no existe autonomía fiscal, los ayuntamientos tiran con pólvora del rey, con lo que se condenan a sufrir crisis de financiación periódicas, como de hecho ha pasado ya varias veces desde 1976. La primera norma contra la demagogia del gobernante nos dice que, para que pueda comprar caramelos para los niños, deba antes cobrárselos a sus padres. Si puede comprar los caramelos sin subir los impuestos, entonces, en lugar de comprar humildes peta-zetas, comprará pasteles de la mejor calidad.

Los 7.000 millones de deuda del Ayuntamiento de Madrid son el reflejo, además de una gestión en cuya calificación no entraré, el fin de ese ciclo. La crisis ecofinanciera, que ha acabado con tantas cosas, parece querer acabar con el gallardoneo.

Puede, por lo tanto, que esté sonando la hora de alcaldes quizá más oscuros, quizá menos vistosos para debates televisivos y entrevistas en la radio, pero más dados a tener las calles limpias, las fuentes manando agua, los perros con correa, los botellones bajo control...; esas cositas que hacen las gentes que gestionan.

O puede que lo haya pasado tan bien escribiendo este post que ahora mismo esté siendo objeto de un ataque de optimismo.