martes, enero 11, 2011

Mano Negra, Mano Blanca (4)

Cualquier persona que es aficionada a ver las pelis en blanco y negro de mafiosos de toda la vida está acostumbrada a ver a los pistoleros de la mafia utilizar estuches de instrumentos musicales para guardar las armas. Hay un interesante parecido entre la metralleta corta y el violín que hace de la carcasa de éste un buen candidato para guardar allí un arma. La realidad, luego, va por otro lugar. El guardaespaldas más cercano a Ronald Reagan cuando fue objeto de un atentado sacó en cuestión de medio segundo un arma corta del portafolios que llevaba; desde que descubrí esto, siempre me pregunto si los tipos trajeados que parecen llevar papeles al lado de la gente importante son realmente eso. En todo caso, este detalle de guardar el arma en estuches de instrumentos musicales bien pudo nacer en el Staunch's Hall, el día que Wild Bill Lovett decidió devolverle golpe por golpe a Frankie Yale.

Los irlandeses, convocados por su líder, se reunieron el sábado, 21 de febrero de 1920, en el almacén de las Caledonia Shipping Lines, en el número 25 de Bridge Street, muy cerquita del puente de Brooklyn. El orden del día de la asamblea sólo tenía un punto: devolver el golpe. 25 miembros de la Mano Blanca estuvieron en aquella reunión.

Fue la reunión más maloliente que jamás celebró la Mafia. Un carguero de la compañía, el Miguel Sorcos, acababa de descargar en el muelle varias toneladas de fertilizante potásico procedente de Galverston, Texas. El lugar, por lo tanto, olía como el ojo del culo de Godzilla tras un banquete de fabada marina.

A Wild Bill Lovett le costó conseguir la atención de su audiencia, más preocupada en quejarse del olor apestoso del lugar; pero, cuando lo consiguió, dio el golpe de efecto que sabía que colocaría a sus compatriotas en el lugar sentimental en que él quería tenerlos: dio la palabra, y cedió la iniciativa,a Dicky Lonergan, el viudo de Sagaman's; el hombre que había perdido en la matanza a su novia, Mary Reilly.

Un accidente cuando tenía 12 años había provocado la mutilación de la pierna izquierda de Lonergan, sobre cual había pasado un camión de carga. Sin embargo, ser cojo y llevar pata de palo no le dolía a Lonergan ni la centésima parte que la muerte de Mary, y todos allí lo sabían. Por ello, fríamente, Lonergan había movido sus hilos y contactos para tener algo que llevarles a sus compañeros en la reunión, y lo había conseguido. En medio de aquel olor nauseabundo a fertilizante potásico, Lonergan informó a los asistentes de que sabía que los italianos iban a celebrar su matanza mediante un baile en el Staunch's Hall, en la avenida Surf.

Pegleg no sólo había conseguido la información. Había planeado la totalidad del golpe. Sería un baile con orquesta en directo, como todos en aquella época en la que aún no existía el emule. La orquesta normal de aquellos casos estaba formada por cuatro músicos. Lonergan y otros tres miembros de la Mano Blanca sustituirían a los miembros reales de la orquesta; en aquel tiempo era imposible que la orquesta contratada tuviese miembros negros, pues eran aún los tiempos en los que los negros tocaban para los negros, los blancos para los blancos; y cabe decir que los inmigrantes italianos de Nueva York eran especialmente renuentes a tener tratos con gente de color. Camuflados como músicos, podrían llevar sus armas en los estuches de los instrumentos. Nadie tendría la capacidad de reaccionar a tiempo cuando decidiesen disparar. Eddie Lynch, el que podríamos considerar como consejero-delegado de la unidad de prestamistas de la Mano Blanca, se encargaría de seguir a los músicos desde su salida hacia la sala (Lonergan se había preocupado de obtener la dirección) y de impedir que pudiesen llegar al Staunch's.

Sólo quedaba un último problema. Lonergan llevaba pata de palo. Era fácil reconocerle. Pero hasta para eso tenía respuesta el vengativo mafioso. Wild Bill, dijo, le iba a comprar una nueva pierna artificial, para que pudiese llevar zapatos. Y él pasaría los siguientes días ensayando para aprender a caminar con naturalidad.

Se sortearon los puestos para acompañar a Lonergan. Los agraciados fueron Irish Eyes Duggan, Danny Bean y Charleston Eddie McFarland.

En la tarde del sábado, 26 de febrero de 1920, Lonergan aún no se las había ingeniado para eliminar del todo su cojera. Pero era demasiado tarde. A las seis de la tarde, dos horas antes de la señalada para la acción, los cuatro hombres de la banda se encontraban en el garage de Baltic Street. Además, estaba el equipo de apoyo, formado por Joey Bean, Ernie Shea, Wally Walsh, Eddie Lynch y Jack «Squareface» Finnegan. Ernie «The Scarecrow» Monaghan era el conductor del equipo de apoyo los asesinos, y Petey Bean de los asesinos.

En el camino hacia Coney Island comenzó a nevar. Eso podría ser un problema, porque dificultaba la escapada. Pero nevaba poco, así pues no les pareció a los de la partida que la nieve fuese a cuajar o helarse a tiempo.

En el Staunch's Dance Hall, medio centenar de invitados se agolpaban en la puerta, cada uno con su invitación para la fiesta privada.

Wild Bill Lovett no dejó hilo sin puntada en aquella acción. Algunas horas antes, había enviado a Needles Ferry al O'Brien Saloon, taberna habitual de los irlandeses de Brooklyn como todo el mundo sabía (y los italianos también). Ferry se tomó alguna copa de más, comenzó a hablar con lengua presuntamente estropajosa de esto y de aquello, y acabó confesando, inadvertidamente, que la Mano Blanca tenía la intención de asaltar varios almacenes del puerto aquella noche. Consecuentemente, pasadas las siete de la tarde, cuando los micks llegaron al lugar de reunión de los italianos, Frankie Yale había enviado sus pistoleros de guardia bastante lejos de allí.

En realidad, en el Staunch's sólo había un guardia: Joe «Rackets» Capolla. Y ni siquiera estaba en la entrada cuando Petey Bean aparcó el Chevrolet negro cerca de la misma.

La Historia se escribe con pequeñas casualidades así. No sé qué comió Joe Capolla aquel mediodía de febrero de 1920, pronto hará 91 años. Pero lo que sí sé es que le sentó mal. Solo en la puerta de la sala de fiestas, el pobre Rackets sintió unas ganas inconmensurables de cagar. Trató de aguantar, pero se iba de bareta sin remisión. El baño de hombres no estaba ni a cinco metros de la entrada. Así que se metió allí sin decirle nada a nadie. Allí en el baño se encontraba un tal Antonio Sisciliato, él mismo encerrado en uno de los cubículos defecoides, que es el tipo que declaró a la policía que escuchó a Capolla entrar, meterse en otro cubículo, bajarse los pantalones e inmediatamente soltarlo todo, todo y todo.

El gesto de tener que irse a cagar selló el destino de Joe Capolla pero, probablemente, salvó la vida de muchos de sus compañeros. El italiano salió del baño justo en el momento en que Lonergan y sus tres compañeros entraban por la puerta.

Los irlandeses habían visto la entrada libre y entraban sin esperar a nadie. Cuando vieron al italiano, su actitud no fue precisamente la de unos músicos que llegan para hacer su trabajo. Conscientes de que les sería muy difícil mantener el cuento, abrieron sus estuches y sacaron las armas. Capolla les vio y, sin decir nada, se volvió hacia la puerta de dos hojas que daba acceso al salón, y gritó: «¡Cuidado!» En ese momento, la diarrea dejó de ser un problema para él. La diarrea, y todas las demás cosas de la vida.

Joe recibió una lluvia de balas que a punto estuvo de seccionarle el torso. Pero, estando como estaba a medio cruzar las puertas, se quedó medio pillado en ellas, de pie, sin caer, sangrando abundantemente, y ya muerto. Los irlandeses tardaron unos segundos en sacar aquel corpachón de enmedio. Segundos que los experimentados pistoleros de la Mano Negra que estaban en la sala aprovecharon para protegerse, parapetarse, y sacar sus armas.

Los irlandeses acabaron entrando. Anna Balestro, la hermana de Albert Balestro, de profesión funerario, recibió una bala mortal de necesidad en su sien izquierda. Giovanni Capone, otro profesional funerario que se empleaba a tiempo parcial de ladrón de almacenes, recibió tantas balas en la cara que nadie pudo explicarse cómo todavía oían su voz jurando contra los asaltantes. Un valioso soldado de la Mano Negra, Giuseppe «Momo» Municharo, recibió una bala en la barriga que también acabó con él.

Los irlandeses dispararon a placer durante aquellos tensos segundos. Sabían que los disparos de respuesta de los italianos no serían certeros, preocupados como estarían todos de no acabar cargándose a algún correligionario. El problema estaba al terminar y dar la vuelta. Ellos lo sabían. Como lo sabía Augie The Wop Pisano, que tenía los huevos pelados de participar en tiroteos y, a esas alturas, aún conservaba la cabeza fría.

Cuando los irlandeses dejaron de disparar y se dieron la orden de marcharse, Pisano se levantó, fríamente, tomó su 45, apuntó sin prisa... y le metió una bala en la nuca a Danny Bean, que lo dejó seco allí mismo. Lonergan, Eddie y Duggan corrieron al Chevrolet. Le gritaron a Petey que saliese cagando hostias. Pero Petey Bean no quería irse. Esperaba a su hermano. Hasta que se dio cuenta de lo que que había pasado, claro.



La matanza del Staunch's Hall no fue ni de lejos la de Sagaman's. Había tres muertos y nueve heridos, pero éstos no lo eran de consideración. Eso sí, Rackets Capolla, Anna Balestro, Giovanni Capone y Momo Municharo iban camino de la Morgue.

Aunque los registros no nos dicen nada de ello, es de suponer que Antonio Sisciliato todavía estaba en el trono, quieto como una estuatua, sin valor para salir.

Joe Rackets Capolla, un oscuro soldado de la Mafia italiana, salvó aquella tarde a muchos de sus compañeros. No pocos mafiólogos consideran que, de no haber sufrido aquella diarrea, y de no haber salido de evacuar justo en el momento en que salió, los muertos del Staunch's Hall habrían sido otros y, tal vez, el cariz de la guerra entre la Mano Negra y la Mano Blanca, también. El propio Frankie Yale podría haber muerto allí mismo.

Todos, o casi todos, los detalles de la Historia real de la Mafia, están de alguna manera utilizados en el cine sobre la materia. Para el siguiente capítulo de esta guerra, debéis recordar el asesinato de Morrie Kessler a manos de Tommy de Vito, por orden de Jimmy Conway, en Goodfellas.

Todo llegará.

jueves, enero 06, 2011

Mano Negra, Mano Blanca (3)

Como ya he recordado al hablar de Wild Bill Lovett, en 1920 se impuso en Estados Unidos la denominada Ley Seca. La prohibición del alcohol, lejos de lo que esperaban sus propulsores, no eliminó el consumo de este tipo de bebidas, sino que simplemente lo convirtió en clandestino y puso en manos del crimen la explotación de un negocio hasta entonces plenamente legal.

En Nueva York, el consumo clandestino de alcohol era tan común y masivo que pronto distribuidores como Frankie Yale tuvieron que buscar nuevos proveedores. El siciliano encontró en la denominada Purple Gang de Detroit a una excelente fuente de alcohol de calidad. La banda de Michigan, predominantemente judía como lo sería años después la famosísima Murder Inc. de Abe Reles y Lepke, había empezado a fabricar alcohol a gran escala, bajo la marca Old Granddad, que era incluso de mejor calidad que en la época en que estos productos eran legales.

La elevada calidad del producto contrastaba con el alcohol, digamos, amateur, que vendía la Mano Blanca. La consecuencia de la diferencia fue que un buen número de locales clandestinos en todo Brooklyn comenzaron a traicionar a los irlandeses y hacerse proveer por los italianos.

El jueves 18 de noviembre de 1920, por la noche, Wild Bill Lovett convocó un cónclave mafioso en el denominado Prospect Hall, en la 17. Convocó a Richard «Pegleg» Lonergan (el tercer asesino de Crazy Benny Puzzo), Danny y Petey Bean, Pug McCarthy (el asesino de Patrick Foley), Ash Can Smitty, Jack «Needles» Ferry, Charleston Eddie McFarland, Aaron Harms y Irish Eyes Duggan. En aquella reunión, el comité central de la Mano Blanca decidió comenzar una actividad que se haría muy común durante los años de la prohibición: el robo de mercancía de la competencia.

El alcohol llegado de Michigan era descargado en un garage propiedad de Frankie Yale situado en el cruce entre la cuarta avenida y la calle 2. Otro elemento que hacía fácil la operación era que los italianos habían instruido a los judíos para que nunca realizasen entrega alguna fuera de los cuarenta minutos que van desde las once y media de la noche y las doce y diez. Yale sabía que los policías de la zona terminaban turno a las doce, y a las once y media se iban de sus puestos camino de la comisaría, así pues contaba con ese espacio de tiempo como de menor vigilancia.

Al jueves siguiente de la reunión, es decir en pleno Thanksgiving Day, un sedán LaSalle abandonó el garage de Baltic Street. Dentro del coche iban Petey Bean, Charleston Eddie, Ash Can Smitty y Needles Ferry. Irish Eyes Duggan y Aaron Harms se encontraban en la West Street de Manhattan, contolando la llegada del camión.

Conviene tener en cuenta una cosa. En 1920 no existían aún ni el puente George Washington, ni el Túnel Lincoln, así como otras conexiones desde el Oeste. Casi la única manera de viajar para el camión, y desde luego la más eficiente, era tomar el ferry que conectaba Jersey City con Wall Street. Allí fue donde los irlandeses lo encontraron y lo siguieron hasta Brooklyn. La operación fue limpia y perfecta. Los irlandeses cayeron sobre los camioneros por sorpresa, los desajolaron del vehículo y, un minuto después de las doce, metían el camión dentro del garage de Baltic Street. Luego de vaciarlo, Needles y Ash Can lo abandonaron en una curva justo al lado del garage de Yale.

Aquel robo enseñó a Frankie Yale que tenía que jugar aún más fuerte.

El mafioso italiano se dio cuenta de que necesitaba un golpe aún más definitivo que todos los que había dado. La acción de los irlandeses venía a demostrar que ninguna de sus mercancías podía considerarse ya segura. Lo que había pasado podía volver a pasar muy fácilmente. Así las cosas, levantó el teléfono y llamó a un viejo amigo.

Alphonse Capone, el antiguo portero del Club Adonis, había prosperado mucho en Chicago. Se alegró de saber de su colega de juventud y le preguntó qué se le ofrecía. Yale fue directo al grano. Quería saber si Capone podría facilitarle dos ejecutores fríos y eficientes. Capone no se hizo de rogar. Sabía bien que si su colega le hacía esa petición, la situación con seguridad lo justificaba. Así pues, colocó en el tren de Nueva York a dos de sus mejores hombres, Albert Anselmi y John Scalise. Dos profesionales que nunca cobraban menos de 15.000 dólares por cabeza. Yale, por cierto, protestó por el precio, indicando que Sciacca y su compañero habían cobrado 5.000 dólares menos. Capone se limitó a argumentarle, fríamente, que el billete de tren desde Chicago salía más caro que desde Cleveland.

Pero Yale no protestó mucho. Necesitaba gente muy buena para lo que quería hacer. Había decidido que no golpearía contra uno de los miembros de la Mano Blanca, sino contra la organización en sí. Había decidido perpetrar la primera (ya que no fue la única en la Historia de la Mafia) matanza de San Valentín.

Los micks tenían previsto celebrar el 14 de febrero de 1921 en el Sagaman's Hall de Brooklyn. 36 miembros de la organización irlandesa, acompañados por sus mujeres o pericas, acudieron al baile. A las siete de la tarde de aquel 14 de febrero, Anselmi y Scalise se presentaron en el garage de Yale. Allí los recogió Frenchy Carlino, quien los llevó a la esquina entre las calles Schermerhorn y Smith.

Los dos asesinos se introdujeron subeptriciamente en la sala de baile, que era grande y ruidosa, por lo que no les fue difícil. Se situaron en una balconada que había sobre la pista de baile, donde accedieron a una vista general del público. Desde allí, los dos asesinos sacaron sus 45 y dispararon sobre la gente allí abajo sin preocuparse mucho de la precisión; se les había pedido una matanza indiscriminada, y eso hicieron.

Apenas un minuto después de que los asesinos a sueldo dejasen de disparar y saliesen disparados hacia el LaSalle donde les esperaba Carlino, el Kings County Hospital recibió una llamada del asistente al baile que conservó la cabeza más fría: Irish Eyes Duggan.

Los cuatro médicos que llegaron en las ambulancias encontraron tres personas ya muertas. Kevin «Smiley» Donovan tenía tres balas en el cuerpo, una de ellas, claramente mortal de necesidad, en la parte posterior de la cabeza. Jimmy «Two Dice» O'Toole estaba sentado de espaldas a la balconada desde donde dispararon Anselmi y Scalise, y había recibido una lluvia de balas en la cabeza que la había dejado medio destrozada. La tercera víctima era Mary Reilly, la novia de Pegleg Lonergan, a quien todos conocían como Stout-Hearted Mary por haber sacado adelante a siete hermanos después de que sus padres se ahogasen en 1916. Una bala había acertado a Mary en todo el corazón, lo había traspasado, había salido por su espalda y había terminado alojándose en el brazo de Fred McInerney, que estaba sentado junto a ella.

La muerte de Mary Reilly en el Sagaman's Hall explica que Pata de Palo Lonergan permaneciese en los siguientes años en primera línea de violencia contra la Mano Negra. Hasta el mismísimo final de la guerra.

Ash Can y Pug McCarthy salieron a toda leche en un coche camino del garage de Yale, esperando encontrarle allí. Pero el garage estaba cerrado. Los italianos estaban en el Adonis, celebrando una boda en la que no conocían a ninguno de los novios ni de sus parientes.

La matanza de San Valentín en Sagaman's Hall se saldó con doce heridos y tres muertos.

En una guerra, a la acción de uno se corresponde la acción de otro. Los irlandeses tenían que contestar. Y, cuando lo hicieron, inauguraron sin saberlo una de las imágenes míticas del cine sobre el crimen organizado. Pero eso lo contaremos el próximo día.

miércoles, enero 05, 2011

Humaredas (algunos datos)

Visto que el asunto del tabaco tiene sus bemolcillos, he pensado que a lo mejor sería útil daros algunos datos que por lo menos en mi conocimiento se pueden aportar de lo que se puede conseguir de las estadísticas a mano.
Concretamente, me he pasado un rato divertido currando con la Encuesta de Presupuestos Familiares. La EPF no habla de individuos, sino de hogares. Por lo tanto, no permite individualizar al fumador, sino al hogar donde se fuma o, más concretamente, donde se compran cigarrillos, puros o tabaco de pipa (mayormente cigarrillos, como podéis fácilmente sospechar). La clasificación COICOP a cuatro dígitos permite individualizar el gasto en cigarrillos, puros y otros tabacos (pipa, sobre todo); aunque este análisis, a mi modo de ver, no merece mucho la pena. Si os sirve de algo el dato, según mis datos en el 53% de los hogares españoles donde se fuma se compra sólo uno de estos tres tipos (casi siempre cigarrillos); en el 28% se compran dos tipos, y en el 19% restante se compran los tres.

Los hogares que gastan en tabaco dedican a dicha partida de gasto el 2,9% de su presupuesto total de consumo. Si colocamos todos los elementos de consumo a cuatro dígitos (nota importante: a este nivel de granularidad de los datos, la alimentación se despliega en todas sus moldalidades, arroz, pan, carne de vaca, carne de cerdo, bla; ésta es la razón de que la alimentación no sea el elemento principal de gasto) y los ordenamos de menor a mayor peso en el presupuesto familiar, encontramos que en los hogares que se fuma el tabaco es la quinta prioridad de gasto; es decir, tiene una importancia mucho mayor de lo que cabría sospechar de la mera compra cajetilla a cajetilla.

Pero hay un dato más que me parece interesante. El conjunto de los hogares de España (fumadores y no fumadores) gasta en bares y cafeterías el 4,6% de su presupuesto, y en comer y cenar en restaurantes el 2,6%. En los hogares que fuman, estos porcentajes son del 6,3% y 2,1%, respectivamente. Esto es: el nivel de «esfuerzo» en consumo en la barra del bar es significativamente superior en los hogares que fuman que en los que no fuman. Aquí podemos, tal vez, encontrar una clave de por qué la hostelería tiene tanto miedo a la ley antitabaco.

Para que nos hagamos a la idea: por cada euro que gasta un hogar fumador en comprar ropa de mujer, gasta 1,8 en tabaco. Por cada euro en ropa de hombre, 2,4 en tabaco. Por cada euro en telefonía móvil, 1,9 en tabaco. Por cada euro en pescado fresco, 3,2 en tabaco. Y así mucho.

¿Cómo se distribuyen los hogares que compran tabaco por Comunidades Autónomas? Gráfico que te crió:





Como no podía ser de otra manera, el peso de los hogares que compran tabaco no es el mismo según los territorios. La mayor parte de las autonomías tienen una participación dentro de los hogares donde se fuma que es muy similar a su participación en los hogares totales. Sin embargo, destaca especialmente la Comunidad de Madrid como territorio que aporta muchos más hogares al colectivo de hogares fumadores que hogares totales, lo que apunta a una importante prevalencia de este tipo de consumo en la región.

Obviamente, este gráfico lleva a la elaboración de otro más claro, que consiste en calcular el porcentaje sobre el total de hogares que suponen los hogares que compran tabaco.



Tal y como cabía sospechar, la Comunidad de Madrid es la región que está llamada a vivir un más intenso debate en torno a la ley antitabaco. Si mis cálculos son correctos, en el 75,2% de los hogares madrileños alguien o alguienes compra(n) tabaco, tasa que se aparta muy considerablemente de la tónica del conjunto del país (53,2%). Murcia, Extremadura y Andalucía se destacan también por sus tasas, y Aragón y Canarias están también, todavía por encima de la tasa del conjunto de España. Por contra, Navarra, Galicia, La Rioja, Cantabria y Asturias tienen las tasas de hogares fumadores más bajas de España. Es curioso, por lo tanto, que cuando hablamos de elevada extensión del consumo de tabaco en los hogares no encontramos, o yo por lo menos lo encuentro sólo muy pálidamente, un patrón geográfico; patrón que, sin embargo, está bastante más claro cuando se habla de los hogares con baja tasa de consumo de tabaco.

Dado que la EPF clasifica la tipología de los hogares encuestados, es posible estudiar la presencia de la compra de tabaco según dichas tipologías. En la Encuesta hay como diez, pero a mí me gusta utilizar la séptima, que es la que he utilizado en este gráfico:


Contra lo que yo pensaba, la presencia de consumo de tabaco es extraordinariamente baja en el caso de hogares con personas mayores que viven solas. Digo contra lo que yo pensaba porque al menos yo tengo en la cabeza la imagen del hombre mayor fumando en el parque (bueno, a partir de ahora tendrá que fumar en las escalinatas de la Bolsa de Madrid, o similar). Luego he pensado que, probablemente, una parte importante del colectivo de hogares donde vive una persona mayor sola está formado por mujeres de avanzada edad, todas ellas de una generación de españoles en la cual las mujeres no solían fumar.

Lo más preocupante desde el punto de vista de salud pública es que se aprecia una correlación bastante estrecha entre el hecho de que en la casa haya hijos. Los hogares en los que viven personas por debajo de la tercera edad solas tienen una tasa de compra de tabaco relativamente baja (30%), que aumenta 10 puntos en el caso de que los que vivan en la queli sean pareja sin crianzas, y ya se dispara claramente cuando aparece el offspring. Queda, pues, confirmado que los niños ponen de los nervios.

Por último, y según la estadística de defunciones por causa de muerte del INE (2008), en España murieron en dicho año 386.324 personas, dentro de las cuales:

* 1.548 murieron de cáncer de laringe.

* 20.213 murieron de cáncer de tráquea o, más habitual, pulmón.

* 535 murieron de otros tumores respiratorios.

* 14.086 murieron de enfermedades crónicas de las vías respiratorias.

* 3.476 murieron de insuficiencia respiratoria.

No tengo nivel para discutir si todas estas muertes se pueden adjudicar al tabaquismo, que si hay otras dolencias que habría que añadir. En todo caso, todas estas personas suman 39.858 muertes, el 10,3% de las totales.

Pero, como decía ayer en un comentario, si se adopta un punto de vista de coste (hay que luchar contra el tabaco porque el tabaco provoca costes sanitarios) y se toman las muertes como un proxy de dicho coste, también hay que tener en cuenta los ingresos. Según la Memoria Estatal de la Administración Tributaria (cuadro de la página 617; accesible en la página del Ministerio de Economía y Hacienda), en el año 2008 la recaudación por los impuestos especiales del tabaco fue de 7.024 millones de euros. Por su parte, el MTIN, en su anuario estadístico (también accesible en su página de internet), nos dice que el gasto público en atención sanitaria, calculado según el estándar europeo EESPROS, fue en dicho año de 74.445 millones de euros. Consecuentemente, del consumo de tabaco se ingresó directamente el equivalente al 9,4% del gasto en sanidad, porcentaje que está bastante cerca de la participación del tabaquismo en la cifra de muertos.

Otra forma que se me ha ocurrido de aproximarme al impacto del tabaquismo sobre la actividad de los servicios de salud es utilizar las estadísticas que ofrece el Ministerio de Sanidad, basadas en el estándar CMBD. He visto el total de estancias provocadas por grupos de dolencias y he hallado el porcentaje que dichas estancias suponen sobre el total.

Como se pude ver (si es que se amplía, claro; que a veces sí y a veces no, así de impredecible es Mr. Blogger), las enfermedades del aparato respiratorio son, desde luego, el grupo de enfermedades que más estancias provocan. Esto es así porque aunque el número de altas provocadas por dichas enfermedades no es la más alta, la estancia media sí tiende a ser bastante elevada. Como ejemplo, las 432.000 altas por enfermedades respiratorias son bastantes menos que las casi 505.000 por embarazo y parto; pero mientras las primeras tienen una estancia media de 8,7 días, en las segundas es de 3,3 días.



En todo caso, esto hay que tomarlo con mucho cuidado, porque enfermedades de las vías respiratorias hay muchas. La gripe, sin ir más lejos. O la neumonía, que no es algo que sólo pillen los fumadores. O el asma. Ese 13% no puede ser, a mi modo de ver, un indicativo del peso del tabaquismo en el esfuerzo de la asistencia sanitaria, sino todo lo más un umbral máximo.

Ya puestos a provocar, el ingreso por el impuesto especial sobre el alcohol fue de 903 millones de euros, esto es el 1,2% de los gastos en salud. ¿Acaso el alcohol no provoca más, bastante más, que el 1,2% del gasto en salud?

A mi modo de ver, el argumento, pues, ha de ser moral, cívico o de otro tipo. Pero no económico. Los fumadores, evidentemente, generan gasto; pero también se lo pagan.

martes, enero 04, 2011

Humaredas

Vaya por delante una cosa: he dejado de fumar dos veces, las dos apenas sin esfuerzo, las dos mediando un engorde físico de fácil recuperación y ahora mismo, cuando hace ya ocho años o así de la última vez que fumé, tengo nostalgia cero de aquellos tiempos y la convicción de que ya nunca volveré a fumar ni me deprime ni lo contrario. Eso sí, que se fume en mi presencia no me molesta. No me ha molestado ni uno solo de mis días de ex fumador y, antes, no fumador.

Con estas credenciales, quizá se entienda que contemple el espectáculo de estos primeros días de enero del 2011 en España con cierta distancia valleinclanesca. El domingo pasado, mientras conducía desde Galicia hasta Madrid, escuché un buen rato el programa dominical de Pepa Fernández en Radio 1, que su conductora convirtió en poco menos que un homenaje radiado a la legislación antitabaco, hablando de sí misma en los restaurantes y cafeterías en términos de extrema liberación. En las horas siguientes, en los medios, he visto y leído reacciones de la parte contraria, incluso de insumisión en el caso de algún hostelero que ha anunciado que no piensa cumplir la legislación. Ambos inputs no han hecho sino intensificar la sensación de absurdo que ya tenía, además de plantear un problema sociológico, político e histórico que me gustaría plantearos.

En primer lugar, el absurdo. La verdad es que la ley que se ha puesto en marcha, o por lo menos lo que sé de ella, me parece bastante preñado de detalles un poco absurdos. En primer lugar, pretende proteger a los no fumadores. Pero no a todos. Me extraña que ninguno de los sesudos analistas a los que he visto y oído en las últimas horas no haya caído en la cuenta de que la ley crea eso que Marx llamaba un lumpenproletariado, una clase obrera por debajo de la clase obrera: el subsector de las mucamas y mucamos de hotel.

La ley, se dice, ha liberado, por fin, a los camareros de bar, hasta ahora sometidos a la tortura de inspirar los humos ajenos. Cierto. Pero, con lo mismo, condena a dicha pena a los profesionales que tengan que limpiar y hacer las camas de las habitaciones de hotel designadas por los mismos, en plena legalidad, como habitaciones de fumadores. A nadie parece importarle que si un camarero se queda sin trabajo y se emplea como oficial de mantenimiento en un hotel, vuelve a ser un fumador pasivo, y lo vuelve a ser bajo el paraguas de la misma ley.

Esto es así porque la ley antitabaco es una ley de atrevimiento selectivo. Se atreve con unas cosas y con otras, no. ¿Por qué no se atreve con las que no lo hace? Pues porque estima que atreverse con ellas generaría un serio perjuicio económico. Lo cual es un dato importante.

La ley y, en general, la filosofía antitabaco llevada a cabo por los gobiernos, rezuma hipocresía. En primer lugar, me llama la atención la cantidad de representantes políticos y sociales que hoy defienden desde puntos de vista progresistas la prohibición de fumar (por cierto, ¿no habíamos quedado en que estaba prohibido prohibir?), pero dos días antes clamaban por la legalización del tabaquismo asociado al uso de sustancias estupefacientes. Me cuesta entender por qué fumarse un Camel es un desprecio hacia el resto de los integrantes de la sociedad, pero deshacer ese mismo Camel y mezclarlo en un papelito con una chinita de costo es un acto máximo de libertad. Pero puede que sea problema mío, claro.

Esos mismos puntos de vista, notablemente presentes en esta ley, desmienten también su propensión a la igualdad a través del fistro ése que se han inventado de los clubes privados. En realidad, no se trata de clubes privados, porque un club privado es una estructura que tiene más servicios de los que aquí teóricamente se permiten (y digo teóricamente porque si los redactores de la ley honestamente piensan que en los clubes que se formen no van a correr el vino y la tortilla, es que son más inocentes de lo que pensaba). Lo que a mi modo de ver dice la ley es algo tan simple (y constitucionalmente lógico) como: si un grupo de amigos se quiere juntar, alquilar un local, meterse dentro y dedicarse a fumar, puede hacerlo. La ley, pues, no añade novedad alguna: con ley o sin ley, si yo quiero invitar a mi casa a seis amigos y dejarles fumar dentro, el Estado no es chichi para impedírmelo, al menos mientras el tabaco sea legal.

Pero, aún así, los clubes privados están ahí, en el texto de la ley. Y, ¿quiénes pensamos, de verdad que los van a formar? ¿Verdaderamente pensamos que siete auxiliares administrativos de Telefónica van a poder formar un club privado? Formarán clubes, y se adherirán a ellos, quienes puedan pagarlo. De nuevo, pues, se crea un lumpenproletariado, en este caso entre los fumadores. El fumador mileurista, a fumar a la puta calle (porque otra cosa de la ley es que crea calles putas y calles honradas y virtuosas).

Esto es así porque la legislación antitabaco no permite lo que, a mi modo de ver, debería permitir, que es la creación de fumaderos. Esto es, locales donde esté expresamente permitido fumar y, en realidad, ésa sea la actividad principal del negocio. Y aquí está el meollo de la cuestión, en mi opinión. Contra lo que dicen los defensores de la ley, la función de ésta no es proteger a los no fumadores de la posibilidad de convertirse en fumadores pasivos. Si la intención fuese esa, a los fumadores se les permitiría crear ambientes propios para llevar a cabo su práctica. La intención de la ley, a mi modo de ver bastante clara, es trabajar para la erradicación del consumo de tabaco; filosofía que abona aún más el tufillo absurdo e hipócrita de todo esto, pues la acción es acometida por un Estado que hasta antesdeayer por la tarde no sólo cobraba y cobra impuestos por las labores de tabaco, sino que las explotaba como negocio en régimen de monopolio. Dicho de otra forma: si en España surgiese una oleada de denuncias en las cortes civiles por parte de afectados por el tabaco considerando que fueron engañados y propelidos al consumo de un producto nocivo, ¿a quién iban a sentar en el banquillo sino a los mismos redactores de la ley antitabaco? Si eso ocurriese, ¿acaso los abogados del Estado no se defenderían aduciendo que fumar es una decisión personal que sólo al individuo compete? Pero, dicha afirmación, ¿acaso no está en contradicción con las bases filosóficas de la ley antitabaco?

La ley, por lo tanto, parte de un presupuesto básico: el Estado es quién para decidir qué es sano y qué es insano. El Estado es quién para decidir qué prácticas debe realizar el ciudadano, y cuáles no. Y aquí es donde, para mí, está la discusión filosófica.

E Histórica. No todos los ejemplos que tenemos en el pasado nos apuntan que la decisión del Estado sobre la salud de sus administrados sea acertada. El caso más flagrante es la Ley Seca en Estados Unidos, producto de un caldo ideológico y social que se coció durante casi cien años, con ingredientes fundamentalmente religiosos y morales. Su fracaso fue bien evidente. También Adolf Hitler tenía ideas sobre la salud del pueblo alemán. Concretamente, Hitler pensaba que la salud pública del pueblo alemán debía elevarse mediante la práctica de apartar primero, y después asesinar en masa, a los sicóticos, esquizofrénicos y retrasados mentales. Una práctica, por cierto, que, como bien nos recuerda el abogado defensor Hans Rolfe en Judgement at Nuremberg, también era teóricamente aceptada en los Estados Unidos en el siglo XIX. En un lugar tan adicto a la democracia como Reino Unido, a mediados del siglo XX todavía se practicaba, de una forma más o menos voluntaria, el tratamiento químico de la homosexualidad, conceptuada por el Estado como un hecho pernicioso en términos de salud pública; práctica notablemente destructiva tanto somática como sicológicamente que se aplicó incluso a personas tan importantes para la Historia del país como Alan Turing, que hizo por la victoria de los aliados en la segunda guerra mundial mucho más que todas las divisiones de sherpas juntas y multiplicadas por siete.

Personalmente, considero que decidir por el ciudadano lo que es bueno y lo que no es bueno que tome es, más que un error, una decisión del Estado que va más allá de las atribuciones que racionalmente le deberían corresponder. El problema de las drogas no es que maten a quien las consume, pues eso es un problema de la persona; el problema estriba en la relación de dependencia que generan, que en algunos casos puede ser tan fuerte que mueva al consumidor a destrozar su vida primero, luego la de su familia, y luego la de todo quisqui que se le ponga por delante y posea algo robable. A mi modo de ver, las drogas deben ser ilegales no porque sean malas, sino por las consecuencias que tienen en el comportamiento de quienes las consumen. Las hamburguesas con queso y los bollos industriales también matan (killing me softly with this scone). Lo que pasa es que si a un zampabollos le quitas los bollos no se va a la cocina, agarra el hacha de cortar huesos de pollo y te abre la cabeza; cosa que sí puede hacer un heroinómano si le quitas la nieve y se la tiras por la ventana.

En suma, ¿es lógico que el Estado decida que aquellos de sus ciudadanos que fuman no deben hacerlo porque es malo para su salud? Confieso que, al menos a mí, la tentación de contestar que sí me da repelús. Estamos en lo de siempre. El stress test de la respuesta no consiste en ponerla a prueba en relación con una práctica que se considera nociva (pues yo, al menos, creo que fumar es nocivo) sino con otra que sea más discutible.

Por ejemplo: dado que la velocidad al volante es nociva (y, por cierto, afecta a otros, digamos, conductores pasivos), ¿estaríamos de acuerdo en que el Estado, como ya insinuó una vez un director general de Tráfico (y se desdijo defecando tonadas, claro), obligase a que en España sólo se vendiesen coches y motos que pudiesen circular hasta 120 km/h? Es seguro que muchos españoles, fumadores y no fumadores, verían en dicha medida una intromisión intolerable en su libertad personal. Pero, al fin y al cabo, ¿no tendría la medida el mismo sustrato filosófico que la ley antitabaco, es decir: Yo, Estado, decido lo que es sano que mi ciudadano haga, y lo que no?

¿Qué tal el cáncer de piel? Me parece a mí que el mismo consenso que existe sobre que el de pulmón lo provoca el tabaco existe sobre el hecho de que el de piel lo produce la exposición excesiva al sol. ¿Aceptaríamos que un ciudadano pudiese ser multado por llevar en una piscina o en una playa más de tres horas y media? ¿Aceptaríamos que una policía melanómica estuviese facultada para comprobar en todo momento si la piel de cualquier ciudadano tiene la adecuada protección potinguera, y le multase en caso contrario? Esta medida, de hecho, sería más lógica que la ley antitabaco, puesto que los niños chicos, es decir humanos de bajo albedrío, en su inmensa mayoría no fuman ni están expuestos al riesgo de convertirse en fumadores; pero esos mismos niños, sin embargo, sí están expuestos a fabricarse el germen de un melanoma si se pasan verano tras verano el día entero en la playa en pelota picada y sin más protección que su sonrisa.

Frente a estas ideas, lo sé, cabe el argumento: no te enteras, Contreras; la ley lo que busca es defender los derechos de los no fumadores. Por eso repito aquí lo que ya he dicho, y es que la ley, en el punto y hora en el que, además de permitir que los no fumadores puedan ir a locales libres de humo, impide que los fumadores puedan ir a locales llenos de humo, ya no puede considerarse una ley meramente protectora de los no fumadores, sino claramente procuradora de un descenso en el tabaquismo.

Yo decidí ir por la vida apestando a repugnancia galáctica y emitiendo por la boca un aliento vomitivo. Decidí estragar mis pulmones y elevar mi tensión arterial hasta niveles estratosféricos. Con el mismo hemisferio cerebral con que decidí eso, decidí lo contrario. It was my choice. A mi modo de ver, el Estado no toca pito en esta historia.

Mano Negra, Mano Blanca (2)

Ahora ya no había vuelta atrás para Frankie Yale y sus hombres. Sin embargo, a pesar de ser una persona sanguínea y obviamente violenta, el líder de la Mano Negra supo tener la mente fría y rendir tributo a la idea, propia de los grandes jefes mafiosos, de que la mejor venganza es la que se sirve fría. Nueve semanas pasaron desde la muerte de Crazy Benny sin que los italianos devolviesen seriamente el golpe. Finalmente, pasado aquel periodo, Yale convocó a través de Altierri una pequeña cumbre de sus coroneles. Además de a Two Knifes, fueron convocados a aquel encuentro Augie «The Wop» Pisano y Don Guiseppe Balsamo, jefe de la Mafia en Little Italy; el hombre que había llegado a Nueva York en 1895, siendo ya un jefe mafioso en su Sicilia natal, y que controlaba con mano de hierro los barrios donde se hacinaban los italianos. Debemos suponer, de hecho, que Don Fanucci, el usurero cabrón a quien mata Vito Corleone en la segunda parte de The Godfather, era un capitán de Balsamo, o Battista, como le llamaban sus amigos.

Junto con Balsamo, fueron convocados a la reunión sus guardaespaldas Vincenzo Mangano (quien pronto sería designado por Balsamo como su sucesor) y Johnny «Silk Stocking» Guistra, quizás uno de los pocos mafiosos conocidos que no soportaba la vista de la sangre, motivo por el cual tenía un método para acabar con sus víctimas que justificaba su mote.

El hecho de que todas estas personas se reuniesen juntas en su club preferido, el Club Adonis en la calle 20, a la vista del muelle Gowanus, sólo podría querer decir que Yale quería discutir algún tipo de acción de gran significado. En su lugar de reunión estaban seguros. El Adonis era propiedad de un miembro de la Mano Negra, Fury Argolia. Argolia se ocupaba, entre otras cosas, de organizar grandes banquetes coincidiendo con la hora de los asesinatos de la organización, para así proveer a la banda de públicas coartadas (este personaje, el del restaurador amigo del mafioso, se invoca en The Sopranos en el personaje del rijosillo Artie Bucco).

A las 8,10 de la tarde del 15 de marzo de 1920, Frankie Yale llegó al Adonis en una limusina conducida por su hermano Tony, y con Willie Altierri en el asiento de atrás, expurgando sus uñas con uno de sus cuchillos. Poco tiempo después, un Pierce Arrow con Balsamo y sus dos guardaespaldas llegó al mismo lugar.

Yale planteó sin ambages el orden del día de la reunión: el asesinato de Denny Meehan. Su primera idea era acabar con el irlandés a la salida del Strand Dance Hall, su local favorito. Sin embargo, Balsamo le recordó que sería difícil encontrarle allí sin sus guardaespaldas. Todos insistieron en la necesidad de que el asesinato fuese privado, pero en ese punto Yale carecía de ideas que poder intentar. En ese punto, Altierri, algo corrido, le sugirió a su jefe la posibilidad de que alguien de fuera les ayudase a llevar la acción adelante. Ante el escepticismo de todos, Willie enrojeció hasta la raíz de los pelos e hizo una confesión que a sus contertulios les sonó increíble.

Un mick, un cuntface, un irlandés lechoso de la organización de Meehan, un tipo llamado Patrick Foley, estaba saliendo con la hermana de Dos Cuchillos.

Cuando los sicilianos se recuperaron de la impresión negativa que tal confesión les provocaba (y que justificaba la timidez de Altierri), se dieron cuenta de cuáles eran los beneficios que les podía reportar. Two Knife también consideraba poco menos que herético que su hermana y Foley anduviesen haciendo guarrerías por los portales. Sin embargo, conocedor de que no podría impedirlo, había decidido hablar con Foley, momento en que éste le había confesado que estaba un poco harto de Meehan y otros miembros de la Mano Blanca. Como prueba de estos sentimientos, Foley había llevado en secreto a Altierri hasta el piso del líder irlandés en la Warren Street. Allí el italiano pudo comprobar que Meehan vivía en el segundo piso, en la parte posterior del edificio, y, lo que es más importante, la vivienda tenía una ventana en el pasillo exterior que daba directamente al salón.

Si Meehan no estaba al tanto de la acción, podría ser asesinado de una forma totalmente privada.

Don Giuseppe Balsamo ofreció inmediatamente a Silk Stocking Gistra para que realizase la acción. Pero Yale, no sin agradecérselo, declinó la invitación. El jefe de la Mano Negra no quería a nadie de Nueva York implicado en aquella acción. Además, el tipo de atentado que se debía cometer exigía el uso de un arma de fuego (y el derramamiento de sangre y sesos).

Yale prefirió proponer una metodología que se haría bastante común para la Mafia en los años siguentes: la contratación de asesinos a sueldo radicados en otros lugares de los Estados Unidos. En este caso, pensó en Ralphie DeSarno y Giovanni Sciacca, en aquel entonces una de las parejas de asesinos más eficientes del país, radicados en Cleveland. No eran baratos; su trabajo costó 10.000 dólares por cabeza.

Decidieron que el asesinato se cometería el 1 de abril, es decir el April's Fool, que viene a ser algo así como los Santos Inocentes para nosotros. Yale decidió adornarse en la suerte. Le envió por correo a Meehan una tarjeta propia del día con el texto escrito a mano: «Buona sera, Signore». Era su forma de burlarse de él antes de matarlo.

El 31 de marzo, Altierri y Pisano recogieron en la estación Grand Central a DeSarno y Sciacca, que llegaron en el Spirit of St. Louis.

A las 2,30 horas del día 1 de abril de 1920, sonó el teléfono en el Club Adonis. Quien llamaba, desde una cabina pública, era Chootch Gianfredo (Confieso que mis investigaciones no han dado resultado alguno: ¿alguien sabe qué narices significa Chootch, o de qué nombre puede venir?), el soldado de la Mano Negra que había sido situado en las cercanías del Stand Dance Hall, donde Denny Meehan y su mujer pasaban la velada. Algunos minutos después, mientras DeSarno y Sciacca ya viajaban hacia la Warren Street, en una nueva llamada Nick «Glass Eye» Pelicano informó de que la pareja había llegado a la casa. A las 3,30 horas, Frenchy Carlino, el chófer de los dos asesinos aquella noche, aparcó el Packard en que viajaban justo enfrente de la casa de Meehan. Los dos de Cleveland se introdujeron sigilosamente en la casa, subieron al pasillo de la segunda planta, y localizaron la ventana. Sciacca musitó a su compañero:

-Está chupado, tío. Puedo ver a ese cabrón en la cama con su mujer.

Dicen algunos relatos que el irlandés le estaba sobando las tetas mientras los italianos miraban.

Finalmente, Sciacca se adjudicó aquel penalty, y lo lanzó en solitario. Dos tiros. Luego, todos a la naja hacia el coche.

Sciacca, desde luego, conocía su oficio. En la penumbra de la madrugada, le metió a Meehan la primera bala en la nuca, mientras que la segunda se clavó en el abdomen de Peggy Meehan, quien se colocó en la trayectoria del disparo por el gesto eléctrico de tratar de proteger a su marido. Gesto inútil pues, probablemente, para el momento en que ella soltó el primer grito, su Denny ya no estaba en situación de oírlo.

No menos de 9.000 irlandeses de Nueva York abarrotaron el funeral de Denny Meehan, al que no pudo asistir su mujer Peggy por estar aún en estado crítico en el Cumberland Hospital. En todo caso, el acto no descabezó a la Mano Blanca, que se apresuró a aclamar a su frente al principal lugarteniente de Meehan, Wild Bill Lovett; uno de los hombres que había estado en el muelle 2 del East River el día que a Crazy Benny Puzzo le abrieron el pecho a balazos.

Una anécdota nos dice quién era Lovett. El 20 de enero de 1920, es decir el día que se aplicó la Ley Seca en Estados Unidos, se presentó en su bar preferido y pidió un trago. Cuando el camarero le dijo que no servía alcohol, Wild Bill sacó su 38 y le metió tres balas en el cuerpo. Sólo dos de los diecisiete parroquianos que estaban presentes aceptaron declarar ante el Gran Jurado. Ambos, sin embargo, tuvieron la desgracia de fallecer en sendos atropellos algunos días antes de la declaración.

Esperemos, sinceramente, que la reencarnación de Wild Bill Lovett no sea fumadora y se encuentre en España por estas fechas.

El 4 de abril de 1920, apenas unas horas después de los funerales por Meehan, Wild Bill Lovett convocó un sínodo de mafiosos irlandeses en un almacén de la Gowanus en el muelle 7 de Brooklyn. Allí, delante de todos, Lovett acusó a Foley de haber perdido a su jefe. El irlandés enamorado lo negó primero pero después, convenientemente presionado y sobre todo cuando tuvo claro que Lovett conocía a la perfección su historia con Miss Altierri, acabó por confesar. Wild Bill le dijo que no lo quería ver más y que le daba la oportunidad de desaparecer. Foley, algo relajado, salió por patas del almacén. Si hubiera sido algo más listo, se habría dado cuenta del detalle de que las reuniones de la Mano Blanca se celebraban siempre en el garage de Baltic Street. En realidad, el lugar elegido para aquel encuentro, un muelle solitario y cuyos eventuales testigos, en cualquier caso, estaban controlados (la mayoría estaban fuertemente endeudados con la organización), lo decía todo.

Nada más salir del muelle, Foley se encontró con Pugs McCarthy. El ejecutor de la Mano Blanca le disparó en la cara, tan cerca que los forenses no pudieron hacer uso de los registros dentales para identificar el cadáver. De hecho, es posible que alguno de los dientes de Patrick Foley todavía siga por ahí, noventa años después.

Como ya he dicho, la Mano Negra solía organizar una cuchipanda a la misma hora a la que se realizaban los asesinatos que había encargado. Esto salvaba a Yale de toda acusación. Pero aquella vez, Yale estuvo a punto de acabar con su carrera por el asesinato de Denny Meehan. Y quien le salvó fue el personaje más modesto de esta historia.

Frankie Yale había cometido el tremendo error de escribir personalmente el mensaje de la postal que le había enviado a Meehan. De aparecer dicha postal en el domicilio del irlandés, la policía podría haber relacionado a Yale con el asesinato.

Sin embargo, eso no ocurrió. La postal se retrasó a causa del fuerte tráfico de correo que generaba entonces el April's Fool, y llegó a las manos del cartero Benvenuto Itaglia cuando Meehan ya estaba muerto. Itaglia leyó la postal, Buona sera, Signore, y decidió no entregarla. Itaglia, un inmigrante de la Italia profunda, había sido directamente trasladado de su pequeña aldea al gran Nueva York, y allí se había llevado todas sus supersticiones. Tenía miedo de entregar una postal en el domicilio de un muerto, pensaba que eso podría traerle mala suerte, así pues decidió guardársela.

Y, guardándosela, salvó a Yale de haber sido encontrado culpable del asesinato que realmente había ordenado.

miércoles, diciembre 29, 2010

Mano Negra, Mano Blanca (1)

1 de julio de 1928. Un día cálido, tórrido incluso, en Nueva York. Frankie Yale se ajusta su sombrero panamá frente al espejo, buscando el ladeado sexy que suelen llevar en las pantallas los galanes del cine de moda. Como siempre Yale, nacido en Italia Francesco Ioele, se ha vestido de punta en blanco, con pantalones, camisa, chaqueta y zapatos epatantes y mal combinados; el típico «uniforme» de mafioso. Porque eso y no otra cosa es Yale: un mafioso. Y de los gordos. Preside la Unión Siciliana, germen del sindicato del crimen que actuará a pleno rendimiento pocos años después bajo la dirección de Charles «Lucky» Luciano. Yale es, además, el rey de las actividades ilegales de South Brooklyn. Se mira y remira en el espejo, orgulloso de sí mismo. Aquel día de julio de 1928, Frankie Yale está en la cima de su carrera, en su momento de mayor poder. Es tan poderoso, que tiene la sensación de que nadie puede con él.

Una de las señas de la prosperidad de Yale es el Lincoln Coupé de 1928 (última moda, pues) que acaba de comprarse. Es un coche caro, pero a Yale le ha costado todavía más porque lo ha comprado a prueba de balas. En Detroit han trabajado duro para colocar las protecciones necesarias pero, finalmente, cuando Yale ha recibido el coche ha comprobado, airado, que las ventanillas no han sido blindadas. Aquella mañana, Yale ha quedado en llevar el coche al concesionario para resolver el problema.

James «Sam Brown» Caponi, soldado del pequeño ejército de Yale, le hace de chófer. Conduce hasta la esquina entre la Avenida 14 y la 65, donde hay un local de venta de alcohol ilegal. Yale y Caponi quieren tomar unos tragos antes de llevar el coche.

Cuando están en la segunda copa, alguien llama al local preguntando por Yale y, cuando éste se pone, se limita a informarle, casi telegráficamente, de que algo le ha pasado a su mujer, Lucy, y que debe volver a casa inmediatamente. Como un resorte, Yale toma la salida del local, despidiéndose de Caponi apresuradamente, y toma el coche en solitario. En el camino hacia su casa, un Buick le sigue, primero por la Avenida Nueva Utrecht, luego por la 44. A la altura del 957 de dicha calle, el Buick, que ha ido tomando velocidad, se iguala con el Lincoln que conduce Yale. Frankie mira a su derecha para observar el coche que quizá lo está adelantando. En el coche van varios hombres. Pero él se fija en uno de ellos.

Nada más contemplar ese rostro, en apenas una fracción de segundo, Frankie Yale comprende tres cosas: comprende que van a matarlo; comprende quién lo va a hacer; y también sabe por qué.

Mucha gente dice que quien sabe que va a morir ve pasar su vida por delante de sus ojos. Si Frankie Yale llegó a saber, durante aquella carrera loca por la calle 44, que iba a morir, quizá su vida pasó rápidamente ante él. Tal vez, durante ese tenso segundo durante el cual las cosas todavía no habían ocurrido, su mente viajó al 5 de enero de 1920; el día en que comenzó el hecho más importante de su vida: la guerra entre la Mano Negra y la Mano Blanca.




Lunes, 5 de enero de 1920. En los muelles de Brooklyn se desarrolla una actividad frenética, coherente con el papel de gran importancia que para la naciente pujanza económica estadounidense supone el transporte por mar. Nos encontramos en el muelle 2 del East River. Un lugar propiedad de una empresa portuaria veterana de Nueva York, la Gowanus Stevedoring Company. Gowanus acaba de comprar el almacén del muelle 2, pero lleva ya 50 años trabajando en el puerto de Nueva York. Así pues, conoce el negocio y sus pequeñas triquiñuelas. La empresa, por ejemplo, paga religiosamente su tributo a la Mano Blanca, una organización dirigida por un irlandés llamado Denny Meehan, que se encarga de que en el muelle de carga no haya robos que en otros lugares similares son desgraciadamente muy comunes.

De hecho, todo el mundo en esa zona le paga a Meehan, quien también ha comenzado a expandirse en la zona con el negocio ilegal con diferencia más lucrativo: la usura. Los muelles neoyorkinos están petados de estibadores, descargadores y jornaleros que trabajan muchas horas muy duramente y son, por ello, extraordinariamente aficionados al alcohol, las putas y los dados. Como sus sueldos no suelen dar para todo eso, piden prestado. Denny les presta el dinero, a intereses tres, cuatro o diez veces superiores a los de los bancos, y aplica métodos muy convincentes en caso de impago. Se cobra los intereses de demora machacando dedos, rodillas o cuerpos enteros, así pues todo el mundo paga. Cualquier persona que se dedique a la extorsión y la usura sabe que un puerto es uno de los lugares más interesantes para el negocio. Los muelles de Brooklyn le pertenecen a Denny Meehan.

El 5 de enero Jimmy Sullivan, el enorme capataz de la Gowanus, recibe una extraña visita. Se trata de un tipo alto y de presencia también bastante impresionante, Willie Altierri, a quien todos llaman «Two Knife». Ya en 1920, Altierri es uno de los asesinos profesionales más conocidos de la zona. Su mote tiene que ver con su método de trabajo. Two Knife siempre lleva encima dos grandes cuchillos, que guarda en unas fundas sobaqueras. Cuando no tiene nada que hacer se hurga las uñas de las manos con la punta de uno de los cuchillos y duerme con sus armas encima. Quienes le conocen saben que es extraordinariamente preciso en sus trabajos. Siempre busca el corazón o los pulmones y, además, llevado por una cierta tendencia a la refinada crueldad, siempre que tiene tiempo, después de clavar, mueve el cuchillo en el interior del cuerpo de sus víctimas para provocar un mayor daño.

Willie Two Knife visitó a Sullivan acompañado por otros dos matones de la Mano Negra: Joe «Rackets» Capolla y Joe «Big Beef» Polusi. Los tres italianos le hacen a Sullivan, como diría Vito Corleone, una oferta que no podrá rechazar. Le invitan a comenzar a pagar tributo a la Mano Negra, dado que, le dicen, ahora Brooklyn les pertenece. Sullivan llama a John O'Hara, el dueño de la Gowanus. O'Hara, que no quiere problemas, le da instrucciones de responder afirmativamente y comprometer el pago a los italianos de 2.000 dólares a la semana.

Por primera vez, pues, la Mafia siliciana da en Nueva York un paso para arrebatarle a la Mano Blanca irlandesa su negocio.

El día que correspondía rendir el primer pago, la Mano Negra envió al muelle 2 a uno de sus mejores recaudadores: Benjamin «Crazy Benny» Pazzo, quien fue acompañado por Joe «Frenchy» Carlino, que lo esperó en el coche. Carlino, el más experimentado chófer de la Mano Negra, estaba al volante de un Cadillac que era el coche personal de Frankie Yale, el jefe de la organización de Brooklyn. Yale había querido con este gesto destacar la importancia de la misión.

Pazzo tenía que recorrer una distancia relativamente corta: 325 pies. En el Nueva York de la primera mitad del siglo se popularizó una expresión: to take a long walk off a short pier. Este oxímoron quiere decir algo así como irse a la mierda. Hay quien dice que la expresión nació de los pasos de Pazzo por la nieve del muelle 2 del East River.

Tres hombres cortaron el paso de Crazy Benny hacia las oficinas de la Gowanus. Esos tres hombres eran Denny Meehan y sus dos lugartenientes: William «Wild Bill» Lovett y Richard «Pegleg» Lonergan. Los tres llegarían a ser máximos mandatarios de la Mano Blanca; los tres terminarían malamente. Pero, en aquel día del invierno de 1920, aún faltaba mucho para eso. Los irlandeses sacaron sus 45 y las descargaron en el pecho de Crazy Benny, quien cayó para atrás; ya estaba muerto cuando su espalda tocó la nieve. De las catorce balas que entraron en el cuerpo del recaudador italiano, seis le habían traspasado el corazón.

Horas después de aquel suceso, en un garage de Baltic Street, lugar de reunión de la Mano Blanca, se brindó con buen whisky. No muy lejos de allí, en la oficina de Yale, éste maldecía y daba puñetazos a las paredes, gritando: «¡Si Meehan quiere guerra, me cago en la puta que es lo que va a tener!»

Acababa de comenzar una de las guerras entre mafias más sangrientas de la Historia.

Bienvenidos a una historia cuyo guión se escribe solo.

miércoles, diciembre 22, 2010

O se entiende, o no se entiende

Iba a despedirme a la francesa, es decir por el procedimiento de quedarme simplemente callado hasta el regreso de mis vacaciones ya el año que viene, pero finalmente he cogido ánimos para escribir unas líneas.

El 20 de octubre de 1931, los gestores de la recién estrenada II República Española tenían algo ya bien claro sobre ella misma: era, además de otras cosas, un casi insoluble problema de orden público. En realidad, desde el mes de abril no habían dejado de pasar cosas feas. Había elementos monárquicos que no se habían tomado muy bien lo del cambio de régimen. Había elementos en el mismo régimen que se habían tomado demasiado bien el cambio, asumiendo que la República les permitiría cositas como quemar iglesias y conventos; y es un hecho que les dejó. Por último, también había en España grupos que, sin ser puramente republicanos, habían visto la llegada de la República con unas ilusiones que, sin embargo, apenas meses después se les empezaban a ajar, por lo que habían comenzado ya a montar sus acostumbradas violentas algaradas sindicales.

El régimen sentía su necesidad de defenderse; y se defendió el 20 de octubre con la aprobación de un texto legal que, en algún que otro foro y forillo, he calificado yo, y por la presente recalifico, como protofascista o protodictatorial.

Resulta curioso lo poco, poquísimo que se habla en los libros de Historia sobre esta Ley de Defensa de la República. Que yo sepa, por no haber no ha habido todavía ni un historiador que se haya enterrado en vida en los sótanos del Ministerio del Interior (y digo esto porque supongo que allí tendrán sus archivos, si es que los conservan) para hacer la nómina completa y exacta de todos los actos del entonces llamado departamento de Gobernación que provocó dicha ley. Sea como sea, la ley en sí es una cuestión batallona para los aficionados a la Historia. Aquéllos que se sienten más cercanos a los planteamientos de las izquierdas republicanas la ven una ley lógica para un régimen que estaba siendo acosado; uno, viene a decir este argumento, cuando es agredido, se defiende. Otras voces más críticas suelen recordar la crítica que recibió esta ley en sus tiempos contemporáneos por parte de las derechas. Una vez que hubo Constitución se le dijo, por ejemplo, al presidente Azaña que, cuando enviaba ejemplares de la misma a embajadores y otros receptores significados, debería hacer acompañar la Carta Magna con una copia de la LDR para que el lector se pudiese hacer una impresión cabal del ordenamiento jurídico español. Y decían eso porque, en su opinión, la LDR era una ley que, en la práctica, anulaba la Constitución.

¿Qué dice la LDR? Pues, sucintamente, dos cosas. En primer lugar, dice qué es ser enemigo de la República. Entre las cosas que definen en la LDR al enemigo de la República hay algunas que tienen mucho sentido: resistirse a la autoridad, tener armas ilícitamente, fomentar el golpismo militar... Pero hay otras de difícil pase. Por ejemplo, según la ley «toda acción o expresión que redunde en menosprecio de las instituciones u organismos del Estado» es ser enemigo de la República. O sea, que si hoy estuviese vigente la ley, decir, un suponer, que el Tribunal Constitucional no funciona o no sirve para nada sería colocarse bajo la aplicación de la Ley; tampoco se podría criticar a las autonomías. Otra disposición nos dice que es enemigo de la República quien haga apología del régimen monárquico y/o exhiba sus símbolos. Aplicando el Derecho comparado, si la LDR, como pretenden algunos, era plenamente democrática, entonces sería plenamente democrático que la actual monarquía española prohibiese la apología de la República y el uso en público de su bandera. Con un par.

La segunda cosa que dice la LDR son las cosas que le pueden pasar a un enemigo de la República. El enemigo, según dicha norma, podía ser confinado, desterrado o multado; podía ver interrumpidos sus actos públicos, clausurados sus locales, intervenidas sus cuentas e incautadas sus armas.

En los dos párrafos anteriores hay, a mi modo de ver, tralla suficiente para sacarle los colores a la Ley de Defensa de la República. Con todo, todavía no hemos dicho lo peor. Lo peor de esa ley es que otorgaba la función de aplicarla al ministro de la Gobernación.

Es éste un punto que, cuando menos en mi experiencia, resulta difícil de transmitir cuando se discute con algún aficionado a la Historia proclive a hacer un juicio comprensivo de la II República. Cuando menos mis interlocutores habituales no parecen ser capaces de enteder, o yo de explicarles, que el hecho de que una norma con unas previsiones tan duras (recordemos que prevé hasta el extrañamiento) pueda aplicarse sin participación del poder judicial, la convierte en una ley sospechosa. Que la Ley de Defensa de la República otorgue a un ministro la potestad de aplicarla convierte a ese ministro en un Guardián de la Revolución; ahí reside su carácter, más que no democrático, antidemocrático.

La LDR colocó en manos de un gobierno que, como todos los democráticos, es todo lo provisional que quieran los votantes, en posición de actuar impunemente contra quien le diese la gana. Como digo, las calificaciones del «enemigo de la República» son tan genéricas e interpretables que casi cualquiera que nos ponga la proa puede ser objeto de la acción punitiva ejercida desde un ámbito administrativo, y no judicial. Los defensores apostillan: pero, ¿y si se ejerce ese poder con mesura? Y yo respondo: ¿y si se ejerce con desmesura?

Pasado un rato, la conversación se acaba. Se llega a uno de esos puntos binarios: o tu contraparte entiende algo, o no. Si lo entiende no hay discusión posible, pues la interpretación es evidente. Y si no lo entiende también se ha acabado, porque por mucho que se le explique, no lo va a entender. Es como intentar convencer a un perturbado de que no se prenda fuego; el mismo hecho de tener que convencerle nos está diciendo que ello no será posible.

Me he acordado estas horas de esta movida leyendo en internet las noticias sobre la borrascosa votación de ayer sobre la conocida como Ley Sinde. He visto y he leído un montón de reacciones más o menos exageradas, algunas de ellas muy vistosas por tratarse de valoraciones hechas por personas con una importante imagen pública. Los autores, los creadores, han puesto el grito en el cielo; la ministra dice que nos van a mandar a la VI Flota porque en Estados Unidos no se habla de otra cosa. Y así mucho, como dicen que decían del Bolero de Ravel.

En fin. La discusión sobre los derechos de autor, sobre qué es y qué no es la propiedad intelectual en el siglo XXI, es una discusión que está pendiente de tener. Ambas partes, esto es autores y consumidores de autorías, no parecen demasiado animados a iniciarla; pero tendrán que hacerlo, porque lo que es un hecho es que el mundo ha cambiado y hoy las cosas ya no son como hace apenas quince o veinte años. Los derechos de autor, tal y como los concebimos hoy en día, son como los fielatos y almojarifazgos medievales: el mundo, hoy, ya no los permite como han sido hasta ahora. Su alternativa es cambiar, o no ser.

Pero lo que los defensores de la Ley Sinde no parecen entender es que hay un elemento previo a la justicia o injusticia de la relación entre piratería y derechos de autor. Como en la LDR, el problema no es ya quién y cómo se va a ver afectado por ella; el problema es que su aplicación, en sí misma, no es democrática.

En realidad, lo que los autores no entienden es que la enorme torpeza de esta ministra, la soberbia con la que ella y los de su cinéfilo barrio parecen estar acostumbrados a llevarse siempre el gato al agua, es la culpable de la situación. Los británicos suelen decir (aunque al parecer no es cierto) que la forma de cocinar una rana viva es meterla en agua fría, luego poner la olla bajo un fuego muy bajo, e irlo subiendo muy poco a poco. Tal y como están las cosas, la previsión de que la aplicación punitiva de la ley vaya a correr por cuenta de una instancia no judicial viene a suponer tirar la rana a las brasas directamente. En cuanto los políticos han descubierto esto, y han descubierto que hay millones de ranas en la acequia, han salido huyendo como posesos. Normal.

Se suele decir: bueno, pero, ¿acaso un ayuntamiento no cierra una carnicería cuando no reúne las condiciones sanitarias mínimas? Pues sí. Pero es que resulta que comer carne no es un derecho fundamental en España; y el derecho a la información, sí. Y se responde: pero las páginas que se hubieran cerrado no son páginas de información. Y esto tiene la respuesta: cierto. Si la ley se aplica con mesura, no hay problema. Pero, ¿y si se aplica con desmesura? Ítem más: si un legislador tiene, porque siempre la tiene, la posibilidad de encomendar a la judicatura la decisión sobre una materia y aún así se la abroga personalmente, ¿no da derecho eso a sospechar que pretende aplicar dicha potestad con cierto nivel de desmesura? Si tan ponderado y cuidadoso pretende ser, ¿por qué no deja trabajar a los jueces?

No niego que la protección de los derechos de autor en España necesite de un reforzamiento que equilibre efectos negativos que actualmente se producen. Como no niego que la Ley de Defensa de la República, lejos de ser una conachada inventada por cuatro políticos aburridos después de una noche de juerga, fue la respuesta a una necesidad sentida por las fuerzas republicanas. Pero la legitimidad de fondo no puede servir de eximente para el error de forma.

O se entiende, o no se entiende.

lunes, diciembre 20, 2010

La I República (y 3)

La discusión de la Constitución de la I República se hizo a pelo puta, en tres días de agosto, del 11 al 14, en unas Cortes medio vacías. En realidad, el centro de la vida de la nación no discurría por el salón de plenos, sino en el exterior. La discusión de una nueva Constitución parecía una broma estando el país, como estaba, sumido en una nueva ofensiva carlista y el recrudecimiento del cantonalismo. Las masas, en ocasiones abiertamente secesionistas, se hicieron con el control de poblaciones como Sevilla, Cádiz, Málaga o Granada. Buena parte de los sostenes republicanos burgueses se acojonaron con esta dinámica; un sentimiento perfectamente justificable.

El 30 de junio, el ayuntamiento de Sevilla decreta la conversión de la ciudad en una república social. El intento no salió bien, pero no impidió que los más radicales diesen un paso más adelante con la proclamación del cantón sevillano el 19 de julio, es decir un día después de la dimisión de Pi i Margall. Buena parte de estos movimientos cantonalistas no hacían otra cosa que llevar a la práctica ideas expresadas años atrás en el plano teórico por el propio Pi. Y es que, cuando se tiene una mínima esperanza de llegar al poder, más vale ser cauteloso con lo que se dice y se escribe en esos años, no sea que después nos saquen los colores. En Alcoy, el cantonalismo se tiñó de evidentes colores de revolución social y antiburguesa, y su sofocamiento acabó muy mal.

La República buscó su supervivencia en el aumento de poderes en manos de Pi, quien probablemente no los quería. Aún así, hizo intentos por sacar adelante las leyes duras que el momento necesitaba, pero no pocos de sus socios de gobierno se negaron, dándole la excusa ideal para dimitir el 18 de julio. Por 119 votos contra 93, fue nombrado en su lugar un catedrático de Metafísica, Nicolás Salmerón. Salmerón estaba convencido de que la salida para la República era desbastarla de sus veleidades revolucionarias, restituyendo el orden burgués, lo cual sólo se podría hacer con el concurso del Ejército. Por ello, durante el verano buena parte de las rebeliones cantonales, aunque ahí seguía el ejemplo de de Cartagena, fueron sofocadas.

A pesar de haber realizado esta política de orden, Salmerón era un convencido de los derechos civiles que hubo de hacer todo aquello por la obligación del momento. Probablemente estaba deseando dimitir y cuando, como consecuencia lógica de aquel proceso de endurecimiento y orden, fue restablecida la pena de muerte en España y se dictaminó su aplicación en la persona de dos cantonalistas, aprovechó para dimitir.

Detrás de Salmerón, el insigne orador Emilio Castelar obtiene, el 13 de septiembre, plenos poderes de mando. Años después, el viejo político republicano, plenamente integrado en el esquema restauracionista como verso suelto asimilado, diría aquello de que si la república regresase a España debería ser «con más Guardia Civil»; sin embargo, los poderes que recibió fueron muy amplios. Castelar envió a los diputados a casa hasta enero y suprimió algunas garantías constitucionales. Es el primer presidente de aquella República que trata de alcanzar algún tipo de entente con las fuerzas vivas del país, las cuales hasta entonces han permanecido ajenas a todo o casi todo. Castelar restablece el 21 de septiembre la siempre conflictiva arma de Artillería, hace un llamamiento de 80.000 reclutas y suprime la redención del servicio militar mediante pago en metálico, una medida puesta en marcha en su día por Mendizábal para poder financiar la primera guerra carlista y que ha sido una de las cosas más socialmente discriminatorias que jamás han existido en España. Castelar pactó, asimismo, con la Iglesia y con el capital financiero. Para financiar las nuevas Fuerzas Armadas, no dudó en imponer impuestos extraordinarios y firmar empréstitos.

Con este esfuerzo financiero y de poder, el ejército constitucional adquirió por primera vez algo parecido a la fuerza que ha de tener un ejército en un país cercado por rebeldías, y pudo por fin enfrentarse con eficiencia al desafío carlista, así como luchar contra el cantonalismo. Por esas fechas la República, por si fuera poco, tuvo que enfrentarse a un nuevo brote insurreccional en Cuba. Desde que el general Prim, con escasísima inteligencia política en mi opinión, había decidido prestar oídos sordos a los cubanos e incluso engañarlos haciéndoles creer que el nuevo régimen de libertades español también beneficiaría a sus aspiraciones, el tema cubano había estado enquistándose e infectándose, y para entonces dio la primera señal del emputecimiento que acabaría por hacer crisis en 1898.

Las últimas semanas del gobierno Castelar tuvieron un contenido sobre todo económico. Todavía seguía en pie la rebelión de Cartagena, pero su final se veía venir. Quizá el tema os suene. Finalmente, un periodo dilatado de gasto público desbocado, con escaso retorno en forma de recaudación sólida de impuestos y crecimiento económico, hizo que Castelar tuviese que ocupar sus horas en tratar de recuperar para España el crédito internacional que se desvanecía por momentos. Se preparó una emisión superior a los 200 millones en billetes hipotecarios al 8% anual, que sin embargo nunca llegaría a realizarse.

En enero, reunidas las Cortes de nuevo, Castelar se sometió a una especie de moción de confianza, y prácticamente nadie en el Parlamento le apoyó. Fue la tarde del 2 de enero de 1874, y la sesión culminó con la dimisión de Castelar. Como ésta ya se veía venir, el capitán general de la plaza madrileña, Manuel Pavía, había previsto la disolución de las Cortes si se producía esta nueva crisis.

Castelar pronuncia un discurso en su habitual estilo florido. Sus antecesores, Pi i Margall y Salmerón, responden saltándole a la yugular. Un diputado llamado Olías solicita se vote una proposición que agradece al gobierno el desempeño de sus funciones. La proposición es derrotada por abrumadora mayoría. En ese momento, y como no puede ser de otra manera, Castelar dimite.

A las siete de la tarde, dan comienzo las votaciones para formar un nuevo gobierno, de corte más izquierdista. Salmerón, que preside la sesión, anuncia que ha sido informado de que el ejército ha tomado los puntos neurálgicos de la ciudad, que el general Pavía intima a las Cortes para que se disuelvan, y que se dirige para allí.

El salón de plenos se convierte en un pandemónium que nada tiene que envidiar a esos pollos del parlamento taiwanés que de vez en cuando nos ponen en los telediarios. En medio de esas discusiones a voz en grito y el caos, un capitán de infantería (no el propio Pavía, como mucha gente cree erróneamente) entra en el salón y grita: «¡Fuera! ¡Esto se ha terminado!».

La gran similitud de esta escena con la del teniente coronel Antonio Tejero entrando en el Congreso el 23 de febrero de 1981 y gritando «¡Quieto todo el mundo!» hizo a Santiago Carrillo, presente en su escaño (y miembro de la escasa terna, formada por él mismo, Adolfo Suárez y Manuel Gutiérrez Mellado, que no se metió debajo de la mesa cuando sonaron los disparos), comentar: «Ha tardado en llegar el caballo de Pavía». Lo cierto es que, que yo sepa, Pavía no entró en las Cortes a caballo, y tampoco sus intenciones fueron exactamente las que adivinamos en los golpistas del 23-F. Y digo «adivinamos» porque las intenciones últimas de dichos golpistas, qué gobierno iban a formar, a quién le iban a ofrecer colaborar con él y a quién no, qué pensaban hacer con la Constitución y con la institución parlamentaria, son cosas que, como digo, cuando menos yo no tengo demasiado claras.

Las intenciones de Pavía, sin embargo, sí están bastante claras. Las tropas que le acompañan están desalojando la sala cuando llega el general, quien anuncia la constitución de un gobierno con todos los partidos, salvo el carlista y el federalista. También aclara que no piensa ponerse al frente de dicho gobierno, y afirma la candidatura para ello del general Serrano. La persona de Serrano está cuidadosamente elegida, en mi opinión. Persona de acendrada simpatía en los salones monárquicos (hay quien dice que en el salón de la reina gozaba de bastante más que de mera simpatía), es también un héroe de la Gloriosa; es, por lo tanto, uno de los que en Irán se llaman Guardianes de la Revolución. A mi modo de ver, el movimiento de Pavía no es exactamente un movimiento reaccionario al estilo de los que estamos acostumbrados a verle al Ejército español en los últimos doscientos años. Es un intento de colocar la República por un carril que excluya los radicalismos y ponga el orden burgués en primera línea de prioridad. Otra cosa distinta, pero no distante, es que esta estrategia hubiera de llevar, por lógica, a la restauración monárquica.

Pavía, pues, no acabó con la República. Aunque sí acabó con la República democrática, dueña de sus propios destinos, y la colocó bajo la estrecha vigilancia del ejército, en un proceso que, casi un año después, acabaría con el regreso de la dinastía francesa tras el grito de Sagunto. Poco a poco, pues, durante el año 1874 acabaría sus días este experimento tan teóricamente bienintencionado como caótico.

Cuenta Joaquín Pérez Madrigal en uno de sus libros que en la mañana del 14 de abril de 1931, mientras unos tipos colocaban una bandera republicana en el Palacio de Comunicaciones de Cibeles, mientras en Eibar se proclamaba la República, mientras el conde de Romanones y Niceto Alcalá-Zamora negociaban el futuro de Alfonso XIII, José Salmerón, nieto si no me equivoco de Nicolás Salmerón (las cuentas no me dan para que fuera hijo), charlaba con sus adeptos en un club federal de Madrid, ante la atenta mirada del propio Pérez Madrigal. Aquel Salmerón estaba exultante porque veía cercano el regreso de la República: en unos meses, decía, sabiendo administrar bien lo que ya parecía una evidente derrota del academicismo sociopolítico monárquico, el régimen debería cambiar. El que fue motejado un día como el primer jabalí de las Cortes republicanas nos recuerda en sus páginas, pues, que, en realidad, lo que pasaría en las siguientes horas, es decir la inmediata llegada de la República, fue una sorpresa para muchos.

Ya he comentado en mi post sobre José Canalejas que el malogrado político liberal solía decir aquéllo de que «en política, todo lo que no es evolución, es revolución». A la I República le pasó exactamente esto. Ocurre muy a menudo en la vida que algo cuya ocurrencia ambicionamos largamente acaba pasando en el momento menos adecuado, y de repente. Quién no ha suspirado en el bachillerato por aquella rubia despampanante que escoge para hacernos caso precisamente el día en el que nos hemos echado otra novia. Cuando se trata de meros casos de social intercourse en plan Física o Química, la cosa no pasa de las naturales decepciones a las que todo homo sapiens está expuesto. En la vida de los países, sin embargo, estas largas esperas no suelen llevar a nada bueno.

El sueño republicano, en el que se encuentran acrisolados otros sueños liberales decimonónicos (pacifismo, obrerismo, libertades civiles...), esperó demasiado. El giro constitucional de la monarquía provocado por Riego fue una decepción. 1848 fue una decepción. La propia Gloriosa fue una decepción para muchos que la querían ver llegar más lejos. En el patio de atrás de nuestra casa, para más inri, comunas y otras vainas ponían el ejemplo de lo que bien podía también ocurrir aquí.

El carlismo, que es una mezcla interesante de ultraconservadurismo político, agrarismo radical y foralismo, perdió la inmensa guerra civil que es el siglo XIX; pero, desde algunos puntos de vista, la ganó. La presencia constante del carlismo en la vida española genera en el poder monárquico un miedo también constante a la excesiva deriva liberal; sentimiento que, en todo caso, va a favor de corriente teniendo en cuenta la escasa penetración que los avances del siglo consiguieron tanto en casa de los Borbones como en la otra casa de al lado que les prestaba legitimidad y consejo, es decir la Iglesia católica española. La acción del ticket Fernando VII-Isabel II, que en realidad es el tricket Fernando VII-Isabel II-Vaticano, sendos en todo o en parte instalados ideológicamente en el siglo anterior, tapona la vía reformista y progresista, arrastrando cada vez más a los colectivos políticos y sociales que apoyan dicha vía a una insatisfacción que tiene su expresión más violenta en el suicidio de Mariano José de Larra.

En 1869, un grupo de militares progresistas, aliados con las fuerzas burguesas de izquierdas (de la izquierda de la época, ojo), impulsaron una revolución que creyeron poder domeñar. Creyeron poder convertirla en evolución canalejiana. La cosa les salió mal. Republicanos de corazón, creyeron que un rey se puede inventar poco menos que de la nada y, lógicamente, se equivocaron, porque la monarquía es una marca y a la gente, nos pongamos como nos pongamos, no le da igual beber Pepsi que Coca, no le da lo mismo vestir Zara que Desigual.

Cuando el dique de Prim se fue a tomar por culo, el agua bajó torrentera y desbordada, en un proceso que ya nadie pudo parar. Siendo Castelar, sin duda, el político republicano más cercano a posiciones de orden y concierto, antirrevolucionarias que diría un analista marxista, puede haber quien piense que si hubiese tomado la magistratura de la nación el primero, lo mismo habría podido enderezar la cosa. Yo no creo en ello. Primero que todo, la proposición es una tautología; abdicado Amadeo, la pulsión de las fuerzas más radicales del republicanismo español era tan fuerte que Castelar jamás habría sido votado para dirigirlos, pues todos lo conocían.

Figueras fue una transacción de ese radicalismo, que, cauto y calculador, quiso poner al frente del país a una figura que había visitado muchas veces, disfrazado de florón decimonónico con frac, fajín y toda la pesca, al rey caído; así pues, podía considerarse como una bisagra entre lo viejo y lo nuevo. El nombramiento de don Estanislao, sin embargo, fue un error, por razones dos: una, porque nunca dejó de ser un rehén de la mano que verdaderamente mecía la cuna de la República, una mano federalista, antimilitarista, con ribetes obreristas en algunos barrios de las Cortes; otra, porque carecía él mismo de la voluntad necesaria para abordar las políticas de estabilidad y orden que esa media España de misa, renta vitalicia y buenas costumbres, que para desgracia del progresismo no se volatilizó en el 68, exigía para que el nuevo momio le gustase un tantito.

La I República, en efecto, fue un régimen que, durante los primeros seis u ocho meses de su agitada existencia (la gran parte de la misma, pues) no hizo nada por bienquistarse con los antiguos inquilinos de la finca llamada Poder. Hizo como que toda esa gente no existía o, mejor dicho, consideró que esa España merecía el más radical de los vacíos. Enferma de exceso de confianza en el progreso (gran enfermedad del siglo, hijo del optimismo enciclopedista y de la influencia de los creyentes en la ciencia, que tienden a considerar que las sociedades no se distinguen de un dimetilsulfato cualquiera), la nueva España republicana arrinconó a esa otra España que desprecia cuanto ignora, como escribiría décadas después Machado ignorando él mismo que dicha actitud, desgraciadamente, no es privativa de aquéllos a quienes él criticaba por sostenerla; pues las izquierdas, a lo largo y ancho de nuestra reciente Historia, también han ignorado muchas cosas, y todas ellas, sin excepción, las han despreciado.

La llegada a la presidencia republicana de Pi i Margall era algo lógico, como lo era la deriva federalista que con seguridad comportaría; pero marcó el punto más elevado de la catástrofe. Si este bloguero fuese marxista, debería escribir aquí que el pimargallismo no fue otra cosa que el enfrentamiento del esquema republicano con sus propias contradicciones. Pi había escrito y dicho muchas cosas en los tiempos en los que probablemente no tenía la más mínima ilusión de llevarlas a cabo; por otra parte estaba, ya lo he escrito en estas notas, impregnado de ese barniz debuenismo, más que roussoniano, bambinesco, que se aprecia en la mayoría de las elaboraciones intelectuales que rozan el anarquismo. En verdad, pensar que el hombre no necesita Derecho, ni dinero, ni policía, ni jueces, para formar sociedades, exige que imaginemos a ese hombre como un ser que tiende al bien por naturaleza; que es, incluso, renuente o incapaz de llegar al mal. Pi i Margall traslada este esquema de exacerbado, decimos hoy, optimismo antropológico, a la teoría de la organización del Estado, imaginando un Estado que es muchas cosas menos eso mismo: un Estado. Pi no es un nacionalista a la usanza que hoy los vemos; es un localista, un asambleario que considera que el poder nace en el momento que la más pequeña célula de organización social, la villa, se reúne para hablar sus cositas; y que todo el poder que surge detrás no es más que cesiones de poder realizadas por esa célula primigenia.

El cantonalismo es una reacción exacerbada que se mezcla con muchas cosas, entre ellas el puro y simple matonismo bucanero. Pero eso, a mi modo de ver, no exime de culpa a los teóricos republicanos, que le dieron carta de naturaleza. Y es que a mucha República española le dio igual compartir sus ideas con filibusteros, con tal de llevarlas a cabo.

Tenemos, pues: uno, una sobrerreacción provocada por una espera histórica demasiado dilatada; dos, una política sectaria que pretende construir un país democrático sin contar con el concurso de medio país; tres, alimento de la radicalidad; cuatro, alianza estratégica incluso con elementos ajenos a todo orden y pacto, con tal de que se avengan, cuando menos en principio, a ser sostén de las ideas que se quieren llevar a cabo.

Acabamos de citar, de alguna manera, los cuatro elementos que llevaron al desastre a la II República española. Pero estamos hablando de la primera.

Ahí reside, en mi opinión, la importancia de estudiar este periodo histórico. Es obvio que la marca dejada en nuestra Historia por la II República es más profunda que la dejada por la I. Pero esta I República tiene, a mi modo de ver, una extremada importancia, porque de alguna manera, con sus circunstancias particulares, y en un entorno distinto, fue el laboratorio de los errores que se cometerían sesenta años más tarde. Seis décadas después, por lo tanto, da la impresión de que no se había aprendido nada, y los mismos problemas surgieron, se gestionaron de forma parecida (o incluso más radical, como ocurre con la cuestión religiosa); y, para nuestra desgracia, la catarsis final fue exponencialmente más dolorosa.

En 1874, los diputados republicanos salieron de las Cortes por su propio pie, encabronados, monitorizados por un directorio militar, pero enteros. En 1936, el medio millón de españoles que debió nacer en tiempo de paz y no lo hizo en tiempo de guerra, más los centenares de miles de muertos que quedaron en los campos, pagaron el pato.

domingo, diciembre 19, 2010

La I República (2)

A finales de marzo, en efecto, Figueras consiguió disolver las Cortes y convocar las elecciones que se han tenido por las más libres de la Historia de España hasta la llegada de la democracia. Sin embargo, que fuesen libres no quiere decir que no fuesen complejas ni dificultosas. En realidad, fueron también el espejo de la realidad existente en el país, ya que tanto los ultraconservadores como los conservadores moderados se unieron a la extrema izquierda en su rechazo a los comicios, lo cual provocó índices de abstención siderales. En Barcelona, para que nos hagamos una idea, de 63.000 personas con derecho a voto, votaron 17.500. Cuarenta de los diputados de las nuevas Cortes fueron elegidos con menos de 1.000 votos.

Fue una victoria sin paliativos del republicanismo. Los republicanos obtuvieron 348 escaños, por 22 los radicales, 4 los conservadores y 2 los alfonsinos. Y es que, no es por nada, pero hasta 1977, casi cada vez que a los españoles les han dejado votar sin cortapisas, han votado república. Las nuevas Cortes, a propuesta de su presidente, el marqués de Albaida, declararon la forma de gobierno de España como república federal.

Según las previsiones constitucionales, Figueras debía resignar el gobierno tras las elecciones. El nuevo Ejecutivo le fue encomendado a Pi. Sin embargo, el político federal quería un gobierno libre y sin ataduras, poco vinculado a las fuerzas principales de las Cortes, y no logró sacar adelante su propuesta, por lo que las miradas se volvieron hacia Figueras. El político, sin embargo, declinó la invitación. Encabronado con su otrora gran compañero Pi, Figueras realizó un movimiento inusitado en la Historia de España. Dimitió de sus cargos casi clandestinamente ante un vicepresidente de las Cortes (inciso: ¿cuántos vicepresidentes del Congreso o del Senado sabes citar de memoria? Pues ahí tienes la exacta imagen de su importancia), y tomó un tren hacia Canfranc, por donde salió de España. En esa población hizo sus primeras declaraciones, aseverando que dejaba un país con «los ánimos agitados, las pasiones exaltadas, los partidos disueltos, la Administración desordenada, el Ejército perturbado, la guerra civil en gran pujanza y el crédito en gran mengua».

El gran movimiento que había provocado la reacción de Figueras, finalmente, se concretó: el nombramiento de Pi i Margall para la primera magistratura de la nación. Pi i Margall, admirador irresctricto de Proudhon, tenía enormes convicciones democráticas, pero un planteamiento federal cuyos errores dejaría bien clara aquella I República. Margall no creía, ni de lejos, en la autonomía regional que tenemos hoy en día; de hecho, la autonomía regional es, para mí, un invento castelariano para herir de muerte el pimargallismo. En realidad, lo que era Pi i Margall es aquello que, en mi opinión, debe de ser todo aquél que se quiera considerar federal: un localista. Creía, fundamentalmente, en el poder local, puesto que el Ayuntamiento es la primera asamblea de ciudadanos. En un esquema preñado, como suele ocurrir con todas las cosmovisiones anarcoides, de excelentes pensamientos y un buenismo exacerbado, Margall creía que una nación puede construirse a base de la unión libre de los municipios libres. Todo lo que nación hiciese procedería de una serie de pactos desde la base que respetasen de forma radical la libertad del individuo (sobre todo, la de pactar o la de no pactar).

El pimargallismo, por lo tanto, por mucho que suponga un interesante soplo de libertad en una Historia como la nuestra, bien necesitada de esos vientos, llevaba en su seno el germen del caos que acabaría por producir.

La Constitución republicana es, en el fondo, el resultado de un débil pacto entre las tesis de Pi i Margall y las de Castelar. Así, el texto admite que cada uno de los Estados que conforman la nación tendrá su propia Constitución; pero también dice que ni uno de sus artículos puede ser contrario a la Constitución española. En estricto seguimiento de las tesis federales, la verdadera célula política y administrativa del país pasa a ser el municipio. La Constitución, por último, plantea una estricta neutralidad del Estado respecto de la religión, lo cual le granjeó a este proyecto la inmediata hostilidad de los católicos.

Con todo, el principal problema que plantea la presidencia de Pi i Margall es el haber dado alas a un fenómeno bien conocido de nuestra Historia: el cantonalismo, cuyo principal ejemplo es Cartagena.

Cartagena se sublevó el 12 de julio de 1873. En el gobierno civil de Murcia se establece una Junta Revolucionaria bajo la presidencia de Antonio Gálvez Arce, a quien todos conocen por El Toñete. El general Carmona asume el mando en Cartagena, donde se producirá la primera insurrección marinera de la Historia de España. Una vez sublevados los marinos, y teniendo en cuenta que en Cartagena casi no había otra cosa más, e ítem más que el desconcierto entre los mandos fue total, se hicieron rápidamente con la población y las instalaciones militares.

Tras un intento fracasado de mediación por parte del ministro de Marina, Antich, los cartageneros elijen a un sevillano, Roque Barcia, como su máximo mandatario. Estos hechos coincidieron con la caída de Pi y la llegada de Nicolás Salmerón, evolución del régimen de la que ya nos ocuparemos. El día 20 de julio, cuando Salmerón lleva apenas unas horas en el cargo, el gobierno de Madrid declara pirata a la flota de Cartagena, y envía a sus mejores generales (Pavía, Villacampa, Martínez Campos) a sofocar las rebeliones cantonalistas. Eso sí, con Cartagena, dado que es una ciudad con inusitadas capacidades de defensa, no podrán.

El día 20, lo que podríamos denominar la flota cartagenera bombardea Almería, pero las dos fragatas que hacen dicho trabajo son apresadas camino de Málaga por buques franceses, británicos y alemanes. Días antes, los cantonalistas atacan Torrevieja e incluso se llevan de la aduana los fondos que hay allí acumulados. Luego le toca ataque y saqueo a Orihuela. En Chinchilla, sin embargo, se encuentran con las fuerzas constitucionales, que les repelen.

Martínez Campos inicia el asedio de la ciudad ya en agosto. Sin embargo, pudiendo aún salir por mar, los cartageneros atacarán Alicante el día 27, y días después Valencia, donde roban todo lo que pueden. En buiena parte, el cantonalismo cartagenero, para entonces, se ha convertido en un paraguas bajo el cual se protegen y actúan elementos dedicidamente fuera de la ley.

El 10 de septiembre, dos días después de que Salmerón, tras negarse a firmar la sentencia de muerte de dos cantonalistas apresados, haya dimitido y sido sustituido por Castelar, se produce el primer enfrentamiento naval entre ambas fuerzas, constitucionalista y cantonalista. El almirante Oreivo, finalmente, consigue establecer el bloqueo por mar. El 11 de enero de 1874, sólo nueve días después de que la propia República haya colapsado bajo los cascos del caballo de Pavía, el general López Domínguez toma la plaza.