Hoy en día, cualquier persona medianamente informada sabe que el abuelo del actual presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, fue fusilado durante la guerra civil por el bando franquista. El propio Zapatero suele citar ese hecho e incluso tuvo unas palabras muy especiales para su abuelo en su discurso de investidura como presidente del Gobierno, tras haber ganado las elecciones de marzo del 2004.
Tras dichas elecciones, Zapatero sustituyó a quien había sido presidente del Gobierno los ocho años anteriores, José María Aznar, máximo dirigente del derechista Partido Popular, aunque había decidido no presentarse a dichas elecciones.
La verdad es que es difícil encontrar dos políticos con menos cosas en común que Zapatero y Aznar. Sus ideologías y formas de actuación se adivinan bastante diferentes unas de otras.
Cuesta imaginar, ya digo, que tengan algo en común. Pero lo tienen, o casi. Porque ambos tienen un abuelo que fue condenado a morir fusilado durante la guerra civil. Y, contra lo que pueda pensarse, en ambos casos el pelotón de fusilamiento estaba formado por las mismas personas.
Manuel Aznar Zubigaray había nacido en Navarra en 1894. Durante su juventud, y esto es algo que lógicamente le encanta recordar a los nacionalistas vascos de hoy en día, coqueteó claramente con dicho nacionalismo, quizá porque entonces los sabinianos presentaban un corte ideológico bastante más conservador que actualmente. Sin embargo, su gran oportunidad como periodista le llega de la mano del gran empresario de medios de comunicación español de la primera mitad del siglo XX: Nicolás María de Urgoiti, un inquieto empresario que fundó empresas como Papelera Española o la editorial Calpe (recuérdese Espasa-Calpe); y, sobre todo, un diario, El Sol, de clara vocación progresista dentro del liberalismo español, que acabó derivando hacia el republicanismo. En las columnas de El Sol fue donde Ortega y Gasset escribiría su famosísimo delenda est monarchia (la monarquía debe caer).
El Sol reapareció, por cierto, en los quioscos españoles en los años ochenta, de la mano del dueño del Grupo Anaya, Germán Sánchez Ruipérez. Tuvo corta vida.
Después de dirigir El Sol, a principios de los años veinte, Aznar marchó a Cuba, donde siguió laborando como periodista. Regresó con la avenida de la República a España y se reincorporó al periódico, al parecer de la mano de un monárquico, José Félix de Lequerica, que acabaría con los años siendo ministro de Asuntos Exteriores de Franco. Conforme los republicanos burgueses fueron haciendo inteligencia con la izquierda (la conocida como conjunción republicano-socialista), se fue apartando de las labores de este periódico, como lo fue haciendo Miguel Maura, el líder del Partido Republicano Conservador con el que Aznar se sentía más identificado.
Una vez estallada la guerra, Aznar hizo uso de sus amistades y conocimientos para salir de Madrid a Francia. Una vez allí, sus viejos amigos José María de Areilza y Lequerica le invitaron a pasar a la zona nacional, cosa que él hizo.
En 1972, la editorial falangista Gaudeamus publicó el libro Testimonio de Manuel Hedilla, elaborado por Maximiliano García Venero (también falangista) por encargo del biografiado (así pues, más que una biografía autorizada, es una biografía por encargo). Hedilla fue el segundo Jefe Nacional de Falange (tras la muerte de José Antonio) y fue condenado a muerte por Franco tras los sucesos de Salamanca, de los que otro día hablaremos. Lo importante, a efectos de este post, es que en octubre de 1936, cuando Aznar pasa a zona nacional, Hedilla es un personaje de indudables poder y contactos en el cuartel general de los sublevados, y por ello cabe seguir con interés el relato que nos hacen Venero y Hedilla en el libro de la peripecia del que acabaría siendo abuelo de un presidente del Gobierno.
Según este tándem de escribidor y escribido, Aznar estrenó la camisa azul de Falange Española el 29 de octubre de 1936, en Zaragoza, durante la conmemoración del acto fundacional del partido. Lamentablemente, dos horas después de estrenar la camisa, y para sorpresa de los falangistas zaragozanos, Aznar fue detenido por la policía, siguiendo una orden que llegaba de Valladolid (o sea, del entorno del general Emilio Mola). Fijaros cómo pintaba la cosa que los falangistas, nada más enterarse de que Aznar iba a ser trasladado esa misma noche a Valladolid por los policías, presionaron para que en el automóvil fuesen también falangistas. Sin duda alguna, temían que a mitad de camino le diesen el paseo. O sea, que le hiciesen lo que a García Lorca.
Manuel Hedilla relata de esta manera la conversación que tuvo con el también periodista (y también falangista) Víctor de la Serna:
«‑A Manuel Aznar lo fusilan esta noche –anunció De la Serna.
‑¿Tenemos algo que ver con eso?
‑No.
‑Así, no creo que podamos hacer nada.
‑Tú –insistió De la Serna –podrías pedirle a Mola que le salvase. Es el único a quien atendería.
‑Tal vez…»
De creer a Hedilla (no se olvide que este relato está escrito en una especie de autohagiografía), el Jefe de Falange le escribió una carta a Mola, que fue la que logró el perdón. Digo que hay que tener cuidado al creer esto porque Aznar tenía más amigos poderosos en el franquismo, además de Hedilla, que no lo conocía. Es probable, por lo tanto, que sea cierto que el falangista terció en su favor; pero también es muy probable que no fuera el único que lo hiciese.
Aznar fue sacado de la cárcel por unos falangistas que lo llevaron en tren a Burgos y, desde allí, en coche a Irán (corrección: querían llevarlo lejos, pero no tanto. Obviamente, quise escribir Irún). Según testimonia uno de sus escoltas, Mariano Tobalina, en el libro de García Venero, nada más cruzar el puesto fronterizo se presentó en el mismo un pelotón de requetés (carlistas) con la intención de detenerlo e impedir que pasase a Francia.
Manuel Aznar tardó sólo un año en volver a zona nacional y, a partir de ese momento, fue bendito por el franquismo. Fue periodista, embajador, autor de una Historia militar de la guerra e, incluso, en la película homenaje al dictador, Franco, ese hombre, aparece una larga entrevista con él.
¿Quién y por qué quiso fusilar al abuelo de Aznar en el 36? Es una pregunta muy difícil de contestar. García Venero alude nebulosamente en su libro a celos profesionales y asevera que se habla de tres o cuatro posibles culpables, sin citarlos. Resulta difícil de creer que se trate de un asunto de celos entre periodistas.
Mi opinión personal es que fue víctima del celo del franquismo, que pretendía ser, y fue, escoba de todo lo que oliese a la República. Es cierto que Miguel Maura, referente político de Aznar (al fin y al cabo, éste había dirigido la campaña electoral de aquél en el 33), era una persona de corte conservador, especialmente en materia religiosa (la primera crisis de la República surgió cuando el propio Maura y Alcalá-Zamora trataron de obstruir la definición constitucional de España como un Estado laico). Sin embargo, Maura había sido actor del Pacto de San Sebastián (cuando las fuerzas republicanas se coligaron para acabar con la monarquía) y, de hecho, quienes iban a gobernar España tras las elecciones municipales de 1931 esperaron acontecimientos, aquel 14 de abril, en su casa, situada en un palacete de la calle Príncipe de Vergara. Como he dicho, el conservadurismo maurista olía demasiado a republicanismo. En 1936, lo que se estilaba en el triángulo Salamanca-Valladolid-Burgos, donde se ventilaba el poder del bando nacional, eran opciones más puras: falangistas, requetés y derechistas de hora vieja, con un importante currículum de resistencia a la República. Para mí, la detención y condena al paredón de Manuel Aznar fue la manera que encontró alguien, probablemente el general Mola, de tratar de dejar claro que los sublevados no harían componendas y no dejarían ni un resquicio a los oportunistas de última hora. El hecho de que Aznar pudiese volver sin problema al escenario de su condena faltando Mola del mundo de los vivos abona esa tesis.
Lo que no sé es qué se siente viviendo décadas siendo condecorado y premiado por aquél que una vez, como poco, hizo más bien nada por evitar que te fusilasen. Quizás es que la Historia, como la política, hace extraños compañeros de cama.
sábado, octubre 28, 2006
viernes, octubre 27, 2006
La sucesión de Franco
Tengo hace varios días el texto de este post que me ha remitido Inasequible Aldesaliento. He tardado en colgarlo, básicamente, porque no quería terminar de elaborarlo sin hacer algunas notas por mi parte, como veréis no todas coincidentes con las tesis de Ina.
Aborda esta entrada del blog un asunto un tanto marrullero y complicado, cual es la sucesión de Franco al frente de los designios de España, y qué pensó realmente el dictador de ello. Es marrullero y es complicado por dos razones: primera, porque siendo una discusión histórica, también lo es contemporánea, por cuanto al frente del Estado español sigue hoy en día la persona que en su día designó Franco. Segunda, porque las opiniones de todo o casi todo el mundo vienen muy influidas por el hecho de que todos sabemos lo que ha pasado. Cuando se opina del pasado conociendo el futuro que en dicho pasado se desconocía, es difícil, creo yo, separar el grano de la paja.
Dos contribuciones en una, pues, para un debate, cuando menos en el momento presente, interminable.
------------
La sucesión de Franco
©Inasequible Aldesaliento™
(© JdJ para los textos entre corchetes)
Entre 1954 y 1971 Francisco Franco Salgado-Araujo, primo y asistente del más famoso Francisco Franco Bahamonde, fue recogiendo en un dietario las conversaciones que mantenía con su primo. Es de suponer que en esas conversaciones, que no sabía que estaban siendo registradas, Franco podía permitirse ser más Franco y más franco que nunca. Eran conversaciones en la intimidad con un hombre leal y sin ambiciones políticas. Por ello, las opiniones de Franco recogidas en ese libro seguramente sean más sinceras que cualesquiera otras. Franco era un maestro de la ambigüedad y sabía dulcificar los mensajes y hacer que al final cada cual hubiese oído lo que quería oír. Cuando haya una contradicción entre lo que otros hayan dicho que Franco había afirmado o pensado y lo escrito por Franco Salgado-Araujo, creo que sin dudarlo debemos inclinarnos por el testimonio de éste. Franco Salgado-Araujo, además de ser un hombre leal y sin ambiciones, era un hombre honesto, que nunca pensó en sacar ningún provecho de su dietario. De hecho éste no se publicó hasta que ambos Pacos hubieron muerto.
El tema que aparece más insistentemente en el libro, hasta el punto de que tal vez ocupe la tercera parte de éste, es el de la sucesión de Franco. Ya a mediados de los años 50, cuando Franco apenas había cumplido los sesenta, el problema de la sucesión del dictador aparecía como el tema más candente de la política española. Los partidarios del régimen eran conscientes de que cuando Franco faltase, las cosas cambiarían. Unos intentaban encontrar una fórmula que garantizase que, pasase lo que pasase, los principios del Movimiento no se modificarían. Otros eran conscientes de que algo debería cambiar, pero confiaban en que podrían minimizar los cambios necesarios.
[En realidad, yo no creo que a mediados de los 50 hubiese demasiados franquistas que, al estilo de lo que terminaron siendo Adolfo Suárez y otros azules, pensasen que el franquismo tenía que evolucionar. A mediados de los cincuenta, el régimen había terminado prácticamente con los maquis; culminado una negociación elegante con la URSS para la devolución de los prisioneros de la División Azul (llegada del Semíramis a Barcelona, en 1956); superado los peores años de la crisis económica de posguerra; iniciado en serio los amistosos contactos con los Estados Unidos; y, sobre todo, aún contaba con los anhelos de paz de la mayoría de la sociedad española. El franquismo aún parecía eterno. Empezó a dejar de serlo, paradójicamente, cuando comenzó a dar réditos y a favorecer el desarrollo de España, en los años sesenta.]
Resulta interesante comprobar que ya en 1954, Franco tenía pensada la fórmula para su sucesión y que se mantuvo fiel a la misma durante más de veinte años. Él no cambio de opinión. Fueron los demás que, engañados por su ambigüedad y su zorrería, no se dieron cuenta de que las cartas ya estaban repartidas desde una fecha tan temprana.
Para Franco, el sucesor legítimo era Don Juan de Borbón. Desgraciadamente, Don Juan se había desautorizado con el manifiesto de 19 de marzo de 1945, en el que hacía un llamamiento a favor de la restauración monárquica y advertía que el régimen de Franco, por su inspiración en el totalitarismo de las potencias del Eje y vínculos con éstas, ponía en peligro el porvenir de España. Aparte de ese manifiesto, Franco critica a Don Juan de rodearse de malas compañías e incluso de masones y de no estar bien informado sobre la realidad española. Aunque Franco da muestras ocasionales de cierto aprecio por Don Juan, los recelos hacia sus ideas políticas y el recuerdo del malhadado manifiesto siempre pesaron más. Franco estaba convencido de que Don Juan traería una monarquía liberal que acabaría dando paso a la república.
Descartado Don Juan por lo motivos aducidos, el candidato claro era su hijo Don Juan Carlos. Franco pensaba que cogiendo pronto al Príncipe y formándole en España con tutores escogidos y una buena pátina de educación militar, conseguiría el objetivo de que su sucesor fuese un Rey bien formado en los principios del Movimiento.
[De hecho, el principal punto de fricción en las elegantes cartas que se intercambiaron en aquellos años Franco y Juan de Borbón fue la educación del príncipe. Juan de Borbón quería para su hijo un programa muy al estilo del que luego tuvo el actual Príncipe de Asturias, Felipe de Borbón. Esto es: tutores españoles pero amplias estancias en el extranjero –como hizo Felipe en Georgetown. Franco, sin embargo, quería que la educación se hiciese toda ella en España, por razones obvias.]
Franco nunca consideró a los príncipes tradicionalistas como candidatos a la sucesión. Consideraba que no tenían ningún arraigo entre la población, para la cual eran unos desconocidos, y que eran príncipes extranjeros. Hubiera querido ver que todas las ramas monárquicas se uniesen detrás de la figura de Don Juan Carlos.
[En mi opinión, no se puede hablar exactamente de preferencias, sino de descartes. Quiero decir que las preferencias de Franco tenían que ver, sobre todo, con las preferencias imposibles o implanteables. En primer lugar, no podía entregar España a la Falange, porque ésta era una formación fascista y la deriva de España hacia un estado puramente fascista, años o décadas después de la caída de Hitler, además de anacrónica habría movilizado a la oposición activa de Europa contra la dictadura española. No podía entregar España a la Comunión Tradicionalista porque era una opción ideológica minoritaria en el país, salvo en Navarra; y, además, para colmo, como los años Carlos Hugo de Borbón-Parma, heredero de la pretensión carlista y finalmente pretendiente, fue derivando hacia posiciones democráticas y constitucionalistas bastante lejanas del franquismo e incluso, en los años sesenta, se colocó de minero en Asturias para conocer de cerca los problemas de la clase trabajadora. No podía entregar el país al Ejército (probablemente su opción más querida) porque la generación posterior a la suya no alumbró militares con la cercanía al dictador que tenían los Carrero o Alonso Vega, que difícilmente podían suceder a Franco si tenían su edad. No podía introducir la querella dentro de los borbones porque el otro gran pretendiente de la familia, en infante Jaime de Borbón, vivía en París desde donde le mandaba cartas a Franco instándole a convocar un referéndum para que los españoles decidiesen libremente su régimen político. En estas circunstancias, Juan de Borbón era, literalmente, lo que quedaba. Y, si no debía ser él, sólo quedaba el hijo.]
La única persona que hubiera podido hacer sombra a Don Juan Carlos era Don Alfonso de Borbón Dampierre. En la entrada del 4 de febrero de 1963, Franco comenta: «(…) el infante Don Alfonso de Borbón Dampierre, que es culto, patriota y que podría ser una solución si no se arregla lo de Don Juan Carlos.» Ya en otra entrada de 27 de octubre de 1960, Franco menciona que ha conocido a Don Alfonso y que le había parecido inteligente y culto. No obstante, son sólo dos alusiones elogiosas en el espacio de casi veinte años. Nada comparable con el casi centenar de referencias a Don Juan Carlos. En todo caso, Franco parecía respetar bastante los principios de legitimidad dinástica y encontraba que la abdicación y renuncia a sus derechos de Don Jaime, padre de Don Alfonso, eran bastante motivo para preferir a la línea de Don Juan.
Visto que desde el principio Franco se había decantado por Don Juan Carlos, la siguiente pregunta sería: ¿qué tipo de régimen tenía pensado Franco que le sucedería?
De las muchas referencias que trae el libro, entresaco dos, que no dejan lugar a dudas: «(…) la nueva monarquía será establecida sobre los postulados de la Falange» (22 de abril de 1955) y: «una monarquía basada en los principios del Movimiento, no en una que sea igual o parecida a la que cayó el 14 de abril, pues no duraría ni un año y ocasionaría el caos en España, haciendo inútil la Cruzada» (14 de marzo de 1959). Franco pensaba que la monarquía liberal no era un régimen que se adaptase bien al carácter español y, como muestra la cita de 1959, pensaba que una monarquía de ese tipo daría paso irremediablemente a una república, régimen del que Franco abominaba especialmente al verlo como equivalente al caos. Franco pensaba que su sucesor debería ser un Rey social, un Rey paternalista dentro de una democracia orgánica, ese peculiar tipo de democracia que inventó Franco.
No han faltado comentarios de personajes de aquellos años que dicen que Franco les habría dicho que a su muerte necesariamente Don Juan Carlos tendría que liberalizar el régimen. Dado que la última anotación de Franco Salgado-Araujo es de enero de 1971, no resulta posible seguir la evolución del pensamiento de Franco sobre su sucesión en los cuatro últimos años del régimen. Es posible que la gran presión internacional de aquellos años y los cambios evidentes de la sociedad española le llevasen a Franco a replantearse la cuestión y a aceptar que tras su muerte el régimen tendría que hacer algo más que meros cambios cosméticos.
[A mí la idea de un Francisco Franco que, a eso de los ochenta años de edad, se cae del guindo y se da cuenta de que España debería retornar a esquemas de participación política cercanos o iguales a la democracia se me hace una idea bastante inconcebible. Creo que las personas, por lo general, tendemos a instalarnos en nuestras ideas más queridas. Y los gobernantes más. Si existe, porque existe, el llamado Síndrome de La Moncloa, es decir el gobernante que cada vez ve menos la calle y más a una camarilla de asesores que tienden a no cuestionar sus decisiones, por estúpidas que sean; si existe, digo, con mayor razón existirá el Síndrome de El Pardo, pues en una dictadura la alabanza del Jefe es algo que va de suyo.
A mí, el testamento político de Franco, esas cuartillas que tal vez redactó personalmente antes de morir pero que en cualquier caso llevan su impronta, siempre me ha sonado a algo así como: «Bueno, chavalines, ahora que me voy yo, no se os ocurra volver a pelear, ¿eh?» Franco era muy paternalista con los españoles; nos consideraba, o más bien consideraba a nuestros abuelos, una pandilla de personas bienpensantes en el fondo que, sin embargo, no eran capaces de dominar sus emociones y querencias y por eso propendían al enfrentamiento. No creo que nunca superase la idea de que la única forma de gobernar adecuadamente a un país es disciplinándolo como se disciplina a la gente que está en el patio de un cuartel. Y alguien que piensa que lo que hay que hacer con el díscolo no es escucharlo sino arrestarlo, reprimirlo, difícilmente desarrollará ninguna idea mínimamente liberal.]
Aborda esta entrada del blog un asunto un tanto marrullero y complicado, cual es la sucesión de Franco al frente de los designios de España, y qué pensó realmente el dictador de ello. Es marrullero y es complicado por dos razones: primera, porque siendo una discusión histórica, también lo es contemporánea, por cuanto al frente del Estado español sigue hoy en día la persona que en su día designó Franco. Segunda, porque las opiniones de todo o casi todo el mundo vienen muy influidas por el hecho de que todos sabemos lo que ha pasado. Cuando se opina del pasado conociendo el futuro que en dicho pasado se desconocía, es difícil, creo yo, separar el grano de la paja.
Dos contribuciones en una, pues, para un debate, cuando menos en el momento presente, interminable.
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La sucesión de Franco
©Inasequible Aldesaliento™
(© JdJ para los textos entre corchetes)
Entre 1954 y 1971 Francisco Franco Salgado-Araujo, primo y asistente del más famoso Francisco Franco Bahamonde, fue recogiendo en un dietario las conversaciones que mantenía con su primo. Es de suponer que en esas conversaciones, que no sabía que estaban siendo registradas, Franco podía permitirse ser más Franco y más franco que nunca. Eran conversaciones en la intimidad con un hombre leal y sin ambiciones políticas. Por ello, las opiniones de Franco recogidas en ese libro seguramente sean más sinceras que cualesquiera otras. Franco era un maestro de la ambigüedad y sabía dulcificar los mensajes y hacer que al final cada cual hubiese oído lo que quería oír. Cuando haya una contradicción entre lo que otros hayan dicho que Franco había afirmado o pensado y lo escrito por Franco Salgado-Araujo, creo que sin dudarlo debemos inclinarnos por el testimonio de éste. Franco Salgado-Araujo, además de ser un hombre leal y sin ambiciones, era un hombre honesto, que nunca pensó en sacar ningún provecho de su dietario. De hecho éste no se publicó hasta que ambos Pacos hubieron muerto.
El tema que aparece más insistentemente en el libro, hasta el punto de que tal vez ocupe la tercera parte de éste, es el de la sucesión de Franco. Ya a mediados de los años 50, cuando Franco apenas había cumplido los sesenta, el problema de la sucesión del dictador aparecía como el tema más candente de la política española. Los partidarios del régimen eran conscientes de que cuando Franco faltase, las cosas cambiarían. Unos intentaban encontrar una fórmula que garantizase que, pasase lo que pasase, los principios del Movimiento no se modificarían. Otros eran conscientes de que algo debería cambiar, pero confiaban en que podrían minimizar los cambios necesarios.
[En realidad, yo no creo que a mediados de los 50 hubiese demasiados franquistas que, al estilo de lo que terminaron siendo Adolfo Suárez y otros azules, pensasen que el franquismo tenía que evolucionar. A mediados de los cincuenta, el régimen había terminado prácticamente con los maquis; culminado una negociación elegante con la URSS para la devolución de los prisioneros de la División Azul (llegada del Semíramis a Barcelona, en 1956); superado los peores años de la crisis económica de posguerra; iniciado en serio los amistosos contactos con los Estados Unidos; y, sobre todo, aún contaba con los anhelos de paz de la mayoría de la sociedad española. El franquismo aún parecía eterno. Empezó a dejar de serlo, paradójicamente, cuando comenzó a dar réditos y a favorecer el desarrollo de España, en los años sesenta.]
Resulta interesante comprobar que ya en 1954, Franco tenía pensada la fórmula para su sucesión y que se mantuvo fiel a la misma durante más de veinte años. Él no cambio de opinión. Fueron los demás que, engañados por su ambigüedad y su zorrería, no se dieron cuenta de que las cartas ya estaban repartidas desde una fecha tan temprana.
Para Franco, el sucesor legítimo era Don Juan de Borbón. Desgraciadamente, Don Juan se había desautorizado con el manifiesto de 19 de marzo de 1945, en el que hacía un llamamiento a favor de la restauración monárquica y advertía que el régimen de Franco, por su inspiración en el totalitarismo de las potencias del Eje y vínculos con éstas, ponía en peligro el porvenir de España. Aparte de ese manifiesto, Franco critica a Don Juan de rodearse de malas compañías e incluso de masones y de no estar bien informado sobre la realidad española. Aunque Franco da muestras ocasionales de cierto aprecio por Don Juan, los recelos hacia sus ideas políticas y el recuerdo del malhadado manifiesto siempre pesaron más. Franco estaba convencido de que Don Juan traería una monarquía liberal que acabaría dando paso a la república.
Descartado Don Juan por lo motivos aducidos, el candidato claro era su hijo Don Juan Carlos. Franco pensaba que cogiendo pronto al Príncipe y formándole en España con tutores escogidos y una buena pátina de educación militar, conseguiría el objetivo de que su sucesor fuese un Rey bien formado en los principios del Movimiento.
[De hecho, el principal punto de fricción en las elegantes cartas que se intercambiaron en aquellos años Franco y Juan de Borbón fue la educación del príncipe. Juan de Borbón quería para su hijo un programa muy al estilo del que luego tuvo el actual Príncipe de Asturias, Felipe de Borbón. Esto es: tutores españoles pero amplias estancias en el extranjero –como hizo Felipe en Georgetown. Franco, sin embargo, quería que la educación se hiciese toda ella en España, por razones obvias.]
Franco nunca consideró a los príncipes tradicionalistas como candidatos a la sucesión. Consideraba que no tenían ningún arraigo entre la población, para la cual eran unos desconocidos, y que eran príncipes extranjeros. Hubiera querido ver que todas las ramas monárquicas se uniesen detrás de la figura de Don Juan Carlos.
[En mi opinión, no se puede hablar exactamente de preferencias, sino de descartes. Quiero decir que las preferencias de Franco tenían que ver, sobre todo, con las preferencias imposibles o implanteables. En primer lugar, no podía entregar España a la Falange, porque ésta era una formación fascista y la deriva de España hacia un estado puramente fascista, años o décadas después de la caída de Hitler, además de anacrónica habría movilizado a la oposición activa de Europa contra la dictadura española. No podía entregar España a la Comunión Tradicionalista porque era una opción ideológica minoritaria en el país, salvo en Navarra; y, además, para colmo, como los años Carlos Hugo de Borbón-Parma, heredero de la pretensión carlista y finalmente pretendiente, fue derivando hacia posiciones democráticas y constitucionalistas bastante lejanas del franquismo e incluso, en los años sesenta, se colocó de minero en Asturias para conocer de cerca los problemas de la clase trabajadora. No podía entregar el país al Ejército (probablemente su opción más querida) porque la generación posterior a la suya no alumbró militares con la cercanía al dictador que tenían los Carrero o Alonso Vega, que difícilmente podían suceder a Franco si tenían su edad. No podía introducir la querella dentro de los borbones porque el otro gran pretendiente de la familia, en infante Jaime de Borbón, vivía en París desde donde le mandaba cartas a Franco instándole a convocar un referéndum para que los españoles decidiesen libremente su régimen político. En estas circunstancias, Juan de Borbón era, literalmente, lo que quedaba. Y, si no debía ser él, sólo quedaba el hijo.]
La única persona que hubiera podido hacer sombra a Don Juan Carlos era Don Alfonso de Borbón Dampierre. En la entrada del 4 de febrero de 1963, Franco comenta: «(…) el infante Don Alfonso de Borbón Dampierre, que es culto, patriota y que podría ser una solución si no se arregla lo de Don Juan Carlos.» Ya en otra entrada de 27 de octubre de 1960, Franco menciona que ha conocido a Don Alfonso y que le había parecido inteligente y culto. No obstante, son sólo dos alusiones elogiosas en el espacio de casi veinte años. Nada comparable con el casi centenar de referencias a Don Juan Carlos. En todo caso, Franco parecía respetar bastante los principios de legitimidad dinástica y encontraba que la abdicación y renuncia a sus derechos de Don Jaime, padre de Don Alfonso, eran bastante motivo para preferir a la línea de Don Juan.
Visto que desde el principio Franco se había decantado por Don Juan Carlos, la siguiente pregunta sería: ¿qué tipo de régimen tenía pensado Franco que le sucedería?
De las muchas referencias que trae el libro, entresaco dos, que no dejan lugar a dudas: «(…) la nueva monarquía será establecida sobre los postulados de la Falange» (22 de abril de 1955) y: «una monarquía basada en los principios del Movimiento, no en una que sea igual o parecida a la que cayó el 14 de abril, pues no duraría ni un año y ocasionaría el caos en España, haciendo inútil la Cruzada» (14 de marzo de 1959). Franco pensaba que la monarquía liberal no era un régimen que se adaptase bien al carácter español y, como muestra la cita de 1959, pensaba que una monarquía de ese tipo daría paso irremediablemente a una república, régimen del que Franco abominaba especialmente al verlo como equivalente al caos. Franco pensaba que su sucesor debería ser un Rey social, un Rey paternalista dentro de una democracia orgánica, ese peculiar tipo de democracia que inventó Franco.
No han faltado comentarios de personajes de aquellos años que dicen que Franco les habría dicho que a su muerte necesariamente Don Juan Carlos tendría que liberalizar el régimen. Dado que la última anotación de Franco Salgado-Araujo es de enero de 1971, no resulta posible seguir la evolución del pensamiento de Franco sobre su sucesión en los cuatro últimos años del régimen. Es posible que la gran presión internacional de aquellos años y los cambios evidentes de la sociedad española le llevasen a Franco a replantearse la cuestión y a aceptar que tras su muerte el régimen tendría que hacer algo más que meros cambios cosméticos.
[A mí la idea de un Francisco Franco que, a eso de los ochenta años de edad, se cae del guindo y se da cuenta de que España debería retornar a esquemas de participación política cercanos o iguales a la democracia se me hace una idea bastante inconcebible. Creo que las personas, por lo general, tendemos a instalarnos en nuestras ideas más queridas. Y los gobernantes más. Si existe, porque existe, el llamado Síndrome de La Moncloa, es decir el gobernante que cada vez ve menos la calle y más a una camarilla de asesores que tienden a no cuestionar sus decisiones, por estúpidas que sean; si existe, digo, con mayor razón existirá el Síndrome de El Pardo, pues en una dictadura la alabanza del Jefe es algo que va de suyo.
A mí, el testamento político de Franco, esas cuartillas que tal vez redactó personalmente antes de morir pero que en cualquier caso llevan su impronta, siempre me ha sonado a algo así como: «Bueno, chavalines, ahora que me voy yo, no se os ocurra volver a pelear, ¿eh?» Franco era muy paternalista con los españoles; nos consideraba, o más bien consideraba a nuestros abuelos, una pandilla de personas bienpensantes en el fondo que, sin embargo, no eran capaces de dominar sus emociones y querencias y por eso propendían al enfrentamiento. No creo que nunca superase la idea de que la única forma de gobernar adecuadamente a un país es disciplinándolo como se disciplina a la gente que está en el patio de un cuartel. Y alguien que piensa que lo que hay que hacer con el díscolo no es escucharlo sino arrestarlo, reprimirlo, difícilmente desarrollará ninguna idea mínimamente liberal.]
miércoles, octubre 25, 2006
Sic transit Gloria Hispaniae
Barcelona, again. Esta vez, me ha sobrado hora y media entre la llegada y mis obligaciones. Además, había quedado en el centro, así pues me he dado una vuelta por la plaza de Cataluña, donde han instalado medio huevo impresionante que a saber qué tiene dentro. La he mirado un rato, tratando de imaginarla llena de cadáveres de caballos. Algún día, cuando escriba el post que un día comprometí sobre el golpe de Estado de Franco en Barcelona y los porqués de su fracaso (o éxito republicano, pues todo puede verse de diversas maneras), os colgaré la foto que tengo y que demuestra que fueron los pobres caballos los principales paganos de los tiroteos entre los milicianos en la calle y los golpistas en el edificio de la Telefónica.
lunes, octubre 23, 2006
Vamos atrasaos (o adelantaos, no sé)
Hoy voy a hacer una cosa que ya he hecho otras veces y que ojalá tenga meninges para volver a hacer: tocarle las narices a Omalaled, o sea el autor del blog que me inspiró para empezar éste, aunque yo hable de la Historia a secas y él lo haga de la Historia de la Ciencia.
Voy a hablar un poquito de ciencia.
El caso es que he estado leyendo un libro muy interesante, «España en hora», en el que se ubica un artículo de Joseph Collin titulado «Reconciliar trabajo y familia: la solución pasa por Greenwich». Un artículo, ya digo, bastante interesante, en el que el autor explica por qué los españoles comemos a las dos de la tarde y no a las doce, como todos los demás.
La cosa tiene que ver con una reunión de 25 países que se celebró en octubre de 1884 en Washington. Se llamó la Conferencia Internacional del Meridiano. Hasta que llegó esta conferencia, en realidad, nuestro mundo era un mundo en el que los palentinos, por poner un ejemplo, vivían a una hora, y los vallisoletanos, quizá, a otra. La vida de las personas se regía sobre todo por los tañidos de las campanas, a las horas en punto, pero los sacerdotes no son máquinas de precisión.
La cosa cambió con la llegada del primer medio de transporte que era capaz de recorrer distancias razonablemente abultadas en relativamente poco tiempo: el tren. Para tener un tren Palencia-Valladolid hace falta tener una hora de salida de Palencia y otra de llegada en Valladolid. O sea, hace falta que ambos lugares no vayan a su bola. Como para finales del siglo XIX ya había relojes y viajes largos tipo Phineas Fogg y demás, en realidad los científicos se dieron cuenta de que el problema era de orden mundial. De ahí la conferencia, a la que España envió tres representantes.
Fue allí donde se estableció el meridiano de Greenwich como referente mundial y 24 husos horarios que delimitarían las horas del mundo. Sin embargo, ésta fue la labor de los científicos. Luego llegaron los políticos.
A finales del XIX, un nuevo gigante político y militar nacía en Europa: la Alemania unificada por Bismarck. El eje político, que en el Renacimiento había estado en Madrid, se había desplazado a París y luego a Londres, pero ahora aparecía Berlín como referente de importancia. La ciencia estableció los husos horarios, pero los países pudieron decidir con quién acompasar sus relojes. Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Francia decidieron, a pesar de que en buena lógica les tocaba el huso horario de Greenwich, acompasarse con Berlín. Y España, a pesar de estar aún más al oeste, hizo lo propio. Por eso, entre otras cosas, en España llevamos una hora más que las Islas Canarias, que están aquí al lado; pero tenemos la misma hora que Praga, que está donde Cristo perdió el Libro de Familia.
Por eso comemos a las dos de la tarde: porque todo Dios, también los españoles, come con el mediodía. Lo que pasa es que nuestro mediodía ocurre dos horas después de lo que debiera, porque es un mediodía berlinés, no londinense. A la hora de Greenwich, en invierno se haría de noche un poco más allá de las cuatro de la tarde. O sea, con el descafeinado en la mano.
España tiene un récord, ¿lo sabíais? Es el país del mundo en el que el sol sale más tarde. En mi Galicia, o sea el far west de la península, el mediodía llega a eso de las tres de la tarde.
Yo, que ya me vais leyendo que soy bastante cinéfilo, siempre he estado mosqueado con esas pelis y series americanas en las que invariablemente sale una escena en la que el prota está en la cama, suena el despertador y son las seis y media de la mañana… ¡y en la habitación hay una luz que lo flipas! Siempre pensé que eran juegos de atrezzo pero no, es que es así. Somos nosotros los que hemos retrasado la salida del sol.
La propuesta de Collins tiene su aquél. Propone que en el próximo cambio de horario de verano, no lo cambiemos y lo dejemos como está. Eso sí, lo que adelantaremos serán los horarios oficiales, o sea: si los funcionarios han de ir a trabajar a las ocho, que vayan a partir de ese día a las siete (¡eh, que también se irán una hora antes!), aunque sin afectar a los horarios laborales privados y a la escuela (pero sí se debe reducir el periodo de almuerzo de dos horas a una). Según el autor, medio año después, al llegar el horario de invierno y el cambio de hora, seremos europeos, por la simple razón de que nadie se quedará tomando una manzana asada de postre mientras se hace de noche. Desayunaremos en casa y no en el colmao más cercano al trabajo, un ratito después de haber llegado; veremos el telediario de la tarde a las 13 horas, y el de la noche a las 20 horas.
En fin. Lo suyo es quedarse con la idea de cómo una decisión de claro índole político puede llegar a quebrar lo natural.
En esto como en tantas cosas, si hubiésemos dejado decidir a los que saben, otro gallo nos habría cantado. A la misma hora, eso sí, porque los gallos no tienen reloj.
Voy a hablar un poquito de ciencia.
El caso es que he estado leyendo un libro muy interesante, «España en hora», en el que se ubica un artículo de Joseph Collin titulado «Reconciliar trabajo y familia: la solución pasa por Greenwich». Un artículo, ya digo, bastante interesante, en el que el autor explica por qué los españoles comemos a las dos de la tarde y no a las doce, como todos los demás.
La cosa tiene que ver con una reunión de 25 países que se celebró en octubre de 1884 en Washington. Se llamó la Conferencia Internacional del Meridiano. Hasta que llegó esta conferencia, en realidad, nuestro mundo era un mundo en el que los palentinos, por poner un ejemplo, vivían a una hora, y los vallisoletanos, quizá, a otra. La vida de las personas se regía sobre todo por los tañidos de las campanas, a las horas en punto, pero los sacerdotes no son máquinas de precisión.
La cosa cambió con la llegada del primer medio de transporte que era capaz de recorrer distancias razonablemente abultadas en relativamente poco tiempo: el tren. Para tener un tren Palencia-Valladolid hace falta tener una hora de salida de Palencia y otra de llegada en Valladolid. O sea, hace falta que ambos lugares no vayan a su bola. Como para finales del siglo XIX ya había relojes y viajes largos tipo Phineas Fogg y demás, en realidad los científicos se dieron cuenta de que el problema era de orden mundial. De ahí la conferencia, a la que España envió tres representantes.
Fue allí donde se estableció el meridiano de Greenwich como referente mundial y 24 husos horarios que delimitarían las horas del mundo. Sin embargo, ésta fue la labor de los científicos. Luego llegaron los políticos.
A finales del XIX, un nuevo gigante político y militar nacía en Europa: la Alemania unificada por Bismarck. El eje político, que en el Renacimiento había estado en Madrid, se había desplazado a París y luego a Londres, pero ahora aparecía Berlín como referente de importancia. La ciencia estableció los husos horarios, pero los países pudieron decidir con quién acompasar sus relojes. Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Francia decidieron, a pesar de que en buena lógica les tocaba el huso horario de Greenwich, acompasarse con Berlín. Y España, a pesar de estar aún más al oeste, hizo lo propio. Por eso, entre otras cosas, en España llevamos una hora más que las Islas Canarias, que están aquí al lado; pero tenemos la misma hora que Praga, que está donde Cristo perdió el Libro de Familia.
Por eso comemos a las dos de la tarde: porque todo Dios, también los españoles, come con el mediodía. Lo que pasa es que nuestro mediodía ocurre dos horas después de lo que debiera, porque es un mediodía berlinés, no londinense. A la hora de Greenwich, en invierno se haría de noche un poco más allá de las cuatro de la tarde. O sea, con el descafeinado en la mano.
España tiene un récord, ¿lo sabíais? Es el país del mundo en el que el sol sale más tarde. En mi Galicia, o sea el far west de la península, el mediodía llega a eso de las tres de la tarde.
Yo, que ya me vais leyendo que soy bastante cinéfilo, siempre he estado mosqueado con esas pelis y series americanas en las que invariablemente sale una escena en la que el prota está en la cama, suena el despertador y son las seis y media de la mañana… ¡y en la habitación hay una luz que lo flipas! Siempre pensé que eran juegos de atrezzo pero no, es que es así. Somos nosotros los que hemos retrasado la salida del sol.
La propuesta de Collins tiene su aquél. Propone que en el próximo cambio de horario de verano, no lo cambiemos y lo dejemos como está. Eso sí, lo que adelantaremos serán los horarios oficiales, o sea: si los funcionarios han de ir a trabajar a las ocho, que vayan a partir de ese día a las siete (¡eh, que también se irán una hora antes!), aunque sin afectar a los horarios laborales privados y a la escuela (pero sí se debe reducir el periodo de almuerzo de dos horas a una). Según el autor, medio año después, al llegar el horario de invierno y el cambio de hora, seremos europeos, por la simple razón de que nadie se quedará tomando una manzana asada de postre mientras se hace de noche. Desayunaremos en casa y no en el colmao más cercano al trabajo, un ratito después de haber llegado; veremos el telediario de la tarde a las 13 horas, y el de la noche a las 20 horas.
En fin. Lo suyo es quedarse con la idea de cómo una decisión de claro índole político puede llegar a quebrar lo natural.
En esto como en tantas cosas, si hubiésemos dejado decidir a los que saben, otro gallo nos habría cantado. A la misma hora, eso sí, porque los gallos no tienen reloj.
viernes, octubre 20, 2006
Las increíbles historias de la censura
Nunca he tenido la ocasión de comentar que llevo varios años estudiando inglés, gracias a mi empresa que me lo paga. Ahora trato de sacarme el CAE en un año o así y sigo una disciplina un poco férrea (preparar un examen es preparar un examen); pero tengo siempre mis porciones de conversación.
La mayor parte de mis profesores, he tenido varios en los últimos años, son estadounidenses, aunque he tenido a un inglés, una escocesa, una sueca y una aussi que era realmente guapa y divertida (miss you, Katie). A todos ellos, especialmente a los yankees, les he recomendado siempre que viesen Bienvenido Mr. Marshall. Les he garantizado que no iban a entender gran cosa (cosa que siempre se ha cumplido) pero que, por lo menos, habría una escena que les divertiría: aquélla en la que el alcalde, Pepe Isbert, sueña que es un sheriff del Far West. Después de que ven esa peli y se descojonan un rato (un profe, bostoniano, me juró que en el Sur hablan exactamente así), les digo que vean Los santos inocentes, que la vean con subtítulos, para enterarse bien. A mí me parece que es una peli que describe muy bien lo que fue España. Mi experiencia es que les cuesta entender que esa película esté describiendo una realidad ocurrida hace tan sólo cuarenta o cincuenta años.
Otra cosa que les divierte mucho es que se les hable de la censura. Pensadlo: para un ciudadano de Boston, de San Francisco o de Londres, que le hablen de la censura de prensa y de la cultura es como si le hablas a un nepalí del txacolí. Es algo tan extraño a su cultura que no pueden creerlo. Pero esto, a Dios gracias, les pasa ya a los españoles: el fin de semana pasado comprobé que mi sobrino, catorce años, tampoco puede creer que le esté contando algo que yo mismo haya vivido.
La mayor parte de los angloparlantes (y españoles) jóvenes de hoy no ha visto nunca Mogambo. Así que primero has de contarles la peli, la peli auténtica por así decirlo, y luego explicarles lo que el franquismo hizo con ella. O sea: es un film en el que un matrimonio se regala un safari por África, durante el cual ella (Grace Kelly) se enamorará del guía de la excursión (Clark Gable). La censura española obligó que en el doblaje desapareciese el adulterio, que consideraba contrario a las buenas costumbres de España. Así pues, en la versión censurada de Mogambo, Kelly y su marido eran hermanos. Unos hermanos muy cariñosos (yo nunca he abrazado ni he besado así a mi hermana, lo juro). Conforme avanza la película, se va desencadenando la tragedia, y no entiendes por qué. Porque, al fin y al cabo, en la versión censurada tanto Grace como Clark son solteros y libres. ¿Por qué no se van a liar? Ítem más: ¿por qué el hermano-soba-hermanas se mosquea de esa manera?
Mogambo ha quedado en el inconsciente colectivo de mi generación como el icono de lo absurda que puede llegar a ser la censura. Pero no es el único caso, desde luego. En Doce del patíbulo, un militar norteamericano comanda una misión suicida realizada por doce militares que han sido condenados a fuertes penas, algunos de ellos a muerte, por gravísimos delitos. Uno de esos condenados es un mafioso de origen italiano que, en la peli original, se llama Victor Franco. ¿Lo pilláis? Franco = militar = condenado a muerte. El doblaje español lo convirtió en Victor Frankie.
La muy abstrusa canción de Don McLean American Pie se llegó a distribuir en España con un estúpido pitido de 3 segundos en una frase que no le gustó a nuestra censura. Probablemente, aunque no estoy seguro, aquélla en la que McLean habla de escribir el libro del amor si la Biblia te lo dice. Cuando le cuentas esto a los yankees, te miran como supongo que mirarían a un armadillo hembra que se pusiera repentinamente a declamar versos de Coleridge.
Quizá la anécdota más graciosa que conozco tiene como protagonista a Luis García Berlanga, precisamente el autor de Bienvenido Mr. Marshall. Berlanga era muy temido por la censura porque era y es un tipo muy inteligente. Mr. Marshall tenía que ser una película de propaganda española (de hecho hay una cantante de coplas, Lolita Sevilla si no me falla la memoria, que se marca un par de números), pero lo que fue es una ácida crítica de la situación.
En los tiempos que ahora relato, en la Gran Vía de Madrid había una sala de fiestas, Pasapoga se llamaba, que tenía fama de ser antro de perdición (al estilo de la época, no os vayáis a creer). Pues bien: al someter Berlanga, el guión de una de sus películas a la censura, un censor leyó: «Toma aérea de la Gran Vía». Tomó el lápiz rojo, y tachó la escena. Otro compañero le dijo: «Pero, macho, ¿qué tiene de malo esa escena?» «Quita, quita», le contestó el otro; «tratándose de Berlanga, es capaz de meter en el plano general a un obispo saliendo de Pasapoga».
Si uno se sienta hoy delante de la tele a ver el deuvedé de El último tango en París, le costará creer que esta película estuvo prohibida en España; y que, de hecho, en los últimos años del franquismo había auténticas excursiones a la raya de Francia para verla (en francés). Se la tenía por película absolutamente pornógrafa y en no pocos lugares surgían leyendas urbanas que le contaban a los que no la habían visto escenas dignas de Nacho Vidal.
Porque ya tenemos, a la vuelta de la esquina, el fenómeno de la leyenda urbana asociado a la censura.
Es verdad aceptada por muchos, por ejemplo, que La Codorniz, revista satírica que fue secuestrada (o sea: su publicación fue impedida) varias veces, publicó una vez, en su sección de pasatiempos, el siguiente: «Regla de tres: bombín es a bombón como cojín es a X. Nota de la R: nos importa tres X que nos secuestren la edición». Me lo ha contado mucha gente, pero jamás he encontrado a alguien que pudiese mostrarme la edición. Probablemente es mentira.
Otra cosa que pertenece a mis recuerdos fue el estreno en España (en mi caso, en La Coruña), de Jesucristo Superstar. Da vergüenza explicar hoy en día por qué esa peli era escandalosa. En primer lugar, era una ópera rock; o sea, Jesucristo cantaba la música del diablo. En segundo lugar, Judas era negro. En tercer lugar, la historia insinuaba cierto amor, digamos, muy humano, de María Magdalena hacia Jesucristo (aunque Jesucristo, si no recuerdo mal, permanecía impasible el ademán). Por último, en una canción bastante apañadita en la escena de la oración del Monte de los Olivos, se mostraba a un Jesucristo atormentado por su martirio futuro y preguntándole al Padre por qué debía morir. Todo muy hippie. En la España de la demostración sindical y la Sección Femenina, fue la caraba.
Y se contaron cosas. Como, por ejemplo (y es que en el pecado se lleva la penitencia) que el Jesucristo Superstar exhibido en España (que yo creo que estaba íntegro) estaba censurado, porque en la versión original había… una escena de cama entre Jesucristo y María Magdalena.
Buena metáfora de lo que consigue la censura: si no te dejan ver la realidad, acabas por imaginarte que es peor de lo que es.
Feliz fin de semana a todos.
La mayor parte de mis profesores, he tenido varios en los últimos años, son estadounidenses, aunque he tenido a un inglés, una escocesa, una sueca y una aussi que era realmente guapa y divertida (miss you, Katie). A todos ellos, especialmente a los yankees, les he recomendado siempre que viesen Bienvenido Mr. Marshall. Les he garantizado que no iban a entender gran cosa (cosa que siempre se ha cumplido) pero que, por lo menos, habría una escena que les divertiría: aquélla en la que el alcalde, Pepe Isbert, sueña que es un sheriff del Far West. Después de que ven esa peli y se descojonan un rato (un profe, bostoniano, me juró que en el Sur hablan exactamente así), les digo que vean Los santos inocentes, que la vean con subtítulos, para enterarse bien. A mí me parece que es una peli que describe muy bien lo que fue España. Mi experiencia es que les cuesta entender que esa película esté describiendo una realidad ocurrida hace tan sólo cuarenta o cincuenta años.
Otra cosa que les divierte mucho es que se les hable de la censura. Pensadlo: para un ciudadano de Boston, de San Francisco o de Londres, que le hablen de la censura de prensa y de la cultura es como si le hablas a un nepalí del txacolí. Es algo tan extraño a su cultura que no pueden creerlo. Pero esto, a Dios gracias, les pasa ya a los españoles: el fin de semana pasado comprobé que mi sobrino, catorce años, tampoco puede creer que le esté contando algo que yo mismo haya vivido.
La mayor parte de los angloparlantes (y españoles) jóvenes de hoy no ha visto nunca Mogambo. Así que primero has de contarles la peli, la peli auténtica por así decirlo, y luego explicarles lo que el franquismo hizo con ella. O sea: es un film en el que un matrimonio se regala un safari por África, durante el cual ella (Grace Kelly) se enamorará del guía de la excursión (Clark Gable). La censura española obligó que en el doblaje desapareciese el adulterio, que consideraba contrario a las buenas costumbres de España. Así pues, en la versión censurada de Mogambo, Kelly y su marido eran hermanos. Unos hermanos muy cariñosos (yo nunca he abrazado ni he besado así a mi hermana, lo juro). Conforme avanza la película, se va desencadenando la tragedia, y no entiendes por qué. Porque, al fin y al cabo, en la versión censurada tanto Grace como Clark son solteros y libres. ¿Por qué no se van a liar? Ítem más: ¿por qué el hermano-soba-hermanas se mosquea de esa manera?
Mogambo ha quedado en el inconsciente colectivo de mi generación como el icono de lo absurda que puede llegar a ser la censura. Pero no es el único caso, desde luego. En Doce del patíbulo, un militar norteamericano comanda una misión suicida realizada por doce militares que han sido condenados a fuertes penas, algunos de ellos a muerte, por gravísimos delitos. Uno de esos condenados es un mafioso de origen italiano que, en la peli original, se llama Victor Franco. ¿Lo pilláis? Franco = militar = condenado a muerte. El doblaje español lo convirtió en Victor Frankie.
La muy abstrusa canción de Don McLean American Pie se llegó a distribuir en España con un estúpido pitido de 3 segundos en una frase que no le gustó a nuestra censura. Probablemente, aunque no estoy seguro, aquélla en la que McLean habla de escribir el libro del amor si la Biblia te lo dice. Cuando le cuentas esto a los yankees, te miran como supongo que mirarían a un armadillo hembra que se pusiera repentinamente a declamar versos de Coleridge.
Quizá la anécdota más graciosa que conozco tiene como protagonista a Luis García Berlanga, precisamente el autor de Bienvenido Mr. Marshall. Berlanga era muy temido por la censura porque era y es un tipo muy inteligente. Mr. Marshall tenía que ser una película de propaganda española (de hecho hay una cantante de coplas, Lolita Sevilla si no me falla la memoria, que se marca un par de números), pero lo que fue es una ácida crítica de la situación.
En los tiempos que ahora relato, en la Gran Vía de Madrid había una sala de fiestas, Pasapoga se llamaba, que tenía fama de ser antro de perdición (al estilo de la época, no os vayáis a creer). Pues bien: al someter Berlanga, el guión de una de sus películas a la censura, un censor leyó: «Toma aérea de la Gran Vía». Tomó el lápiz rojo, y tachó la escena. Otro compañero le dijo: «Pero, macho, ¿qué tiene de malo esa escena?» «Quita, quita», le contestó el otro; «tratándose de Berlanga, es capaz de meter en el plano general a un obispo saliendo de Pasapoga».
Si uno se sienta hoy delante de la tele a ver el deuvedé de El último tango en París, le costará creer que esta película estuvo prohibida en España; y que, de hecho, en los últimos años del franquismo había auténticas excursiones a la raya de Francia para verla (en francés). Se la tenía por película absolutamente pornógrafa y en no pocos lugares surgían leyendas urbanas que le contaban a los que no la habían visto escenas dignas de Nacho Vidal.
Porque ya tenemos, a la vuelta de la esquina, el fenómeno de la leyenda urbana asociado a la censura.
Es verdad aceptada por muchos, por ejemplo, que La Codorniz, revista satírica que fue secuestrada (o sea: su publicación fue impedida) varias veces, publicó una vez, en su sección de pasatiempos, el siguiente: «Regla de tres: bombín es a bombón como cojín es a X. Nota de la R: nos importa tres X que nos secuestren la edición». Me lo ha contado mucha gente, pero jamás he encontrado a alguien que pudiese mostrarme la edición. Probablemente es mentira.
Otra cosa que pertenece a mis recuerdos fue el estreno en España (en mi caso, en La Coruña), de Jesucristo Superstar. Da vergüenza explicar hoy en día por qué esa peli era escandalosa. En primer lugar, era una ópera rock; o sea, Jesucristo cantaba la música del diablo. En segundo lugar, Judas era negro. En tercer lugar, la historia insinuaba cierto amor, digamos, muy humano, de María Magdalena hacia Jesucristo (aunque Jesucristo, si no recuerdo mal, permanecía impasible el ademán). Por último, en una canción bastante apañadita en la escena de la oración del Monte de los Olivos, se mostraba a un Jesucristo atormentado por su martirio futuro y preguntándole al Padre por qué debía morir. Todo muy hippie. En la España de la demostración sindical y la Sección Femenina, fue la caraba.
Y se contaron cosas. Como, por ejemplo (y es que en el pecado se lleva la penitencia) que el Jesucristo Superstar exhibido en España (que yo creo que estaba íntegro) estaba censurado, porque en la versión original había… una escena de cama entre Jesucristo y María Magdalena.
Buena metáfora de lo que consigue la censura: si no te dejan ver la realidad, acabas por imaginarte que es peor de lo que es.
Feliz fin de semana a todos.
jueves, octubre 19, 2006
Cómo fabricar un mártir de Filipinas
Los mártires son fundamentales para la dialéctica histórica. Quizá, de entre las referencias masivas que pienso que pueden estar en la mente de vosotros mis lectores (no sé por qué, pero siempre supongo que mis lectores son más jóvenes que yo), la más clara sea Braveheart. Al final de esa película se cuenta, con cierto rigor histórico, que los hombres que seguían a Mel Gibson lograron apiolarse a las fuerzas inglesas, a pesar de que éstas eran más y estaban mejor armadas. Lo que les animó fue el martirio de su jefe. En cada minuto de tortura pública, los ingleses estaban labrando su desgracia, porque todo aquel que cree estar luchando por la llamada y el ejemplo de un mártir lucha siempre con fuerzas redobladas.
Inasequible Aldesaliento tiene una teoría, en la que yo creo también, y es ésta: para fabricar un mártir hacen falta dos cosas, no una. Hace falta un mártir, claro. Pero también hace falta un imbécil. Sin el imbécil, el mártir nunca lo sería. Hace falta alguien con suficiente poder y suficiente escasez de miras como para no darse cuenta de que, si sigue por la línea del martirio del enemigo, no hará sino encumbrarlo.
Ina ha decidido explicarme esto con un ejemplo del que, lo reconozco, no sabía nada antes de leer su escrito. Un ejemplo que demuestra que en Filipinas hubo más mártires que los de ídem. Y que un personaje que años después de los sucesos que relata Ina, tras la caída de Cuba, fue tomado en España como una especie de ángel salvador de la Patria era, en realidad, un personaje de notable miopía estratégica.
Aqui os dejo con la historia del mártir Rizal y el estrecho de miras general Polavieja.
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Creando mártires: el cretino del general Polavieja
© Inasequible Aldesaliento™
Crear mártires es una actividad ligeramente más inteligente que la de comprobar si un león tiene hambre metiéndole la mano en la boca. Es cierto que hay personas por la vida con vocación de mártires y que si uno no los martiriza, ya aparecerá otro que lo haga. Santo Tomás Moro, por ejemplo. Si tu señorito se llama Enrique VIII, es irritable, tiene la mano ligera a la hora de firmar sentencias de muerte, está salido y se le ha puesto entre ceja y ceja que se quiere divorciar de su mujer para casarse con esa francesita tan mona que le hace guiños, ¿para qué complicarse la vida, diciéndole que eso no se hace? Santo Tomás Moro se complicó la vida y en el empeño perdió su empleo, la simpatía del Rey y la cabeza. Pero bueno, era un hombre de principios y a ese tipo de hombres la cabeza no suele durarles mucho sobre los hombros. O sea, que en estos casos el martirizador casi está justificado. Lo grave son aquellos casos en los que encima el mártir no tenía ganas de serlo.
José Rizal era más un intelectual que un hombre de acción. Había escrito dos novelas críticas con la sociedad española de las Filipinas,- Noli me tangere (1) y El Filibusterismo-, y en sus contactos con los emigrados filipinos había mostrado cierta ambigüedad. Parece que prefería la autonomía a la independencia, entre otras cosas porque desconfiaba de la capacidad de las masas filipinas para autogobernarse, y, más burgués que revolucionario, sólo acudiría a la violencia como último recurso. Como vemos, no era lo que se podría considerar un terrorista. Y no parecía que tuviera madera de mártir. De hecho, suya es la frase: «La vida es agradable y es tan repugnante morir colgado, joven y lleno de ideas». Suena a premonición y sólo yerra en una cosa: Rizal murió fusilado, no ahorcado.
En junio de 1892, Rizal volvió a Manila, después de varios años pasados en Europa y en Hong Kong. Confiaba en que el clima político allí sería más relajado con el nuevo gobernador, el liberal Eulogio Despujol. Poco después de su regreso fundó la Liga Filipina, una sociedad más filantrópica que política, que buscaba promover reformas moderadas. Rizal, desgraciadamente, había olvidado que en las Filipinas, los gobernadores iban y venían, pero los frailes permanecían. Los frailes inmediatamente olieron a sedición, ponzoña, rebeldía y ateismo y prácticamente obligaron al gobernador Despujol a exiliar a Rizal a Dapitan, en la isla de Mindanao.
Rizal sobrellevó su exilio con buen espíritu. En Dapitan se embarcó en numerosos proyectos para mejorar la vida de los lugareños: introdujo nuevos cultivos, estableció una clínica, enseñó a los pescadores el manejo de nuevas artes de pesca y en el tiempo que esas actividades le dejaban libre, pintaba, esculpía y estudiaba. Es cierto que en esa época mantuvo contactos con algunos de los futuros revolucionarios, pero siempre más como el intelectual lejano, con un cierto halo de superioridad, que como el combatiente activo presto a pasar a la clandestinidad.
En 1896 estalló una epidemia de fiebre amarilla en Cuba. España pidió médicos y Rizal se ofreció como voluntario para ir. No se diría, desde luego, la acción de un peligroso revolucionario. Justo en ese momento estalló la revolución capitaneada por Andrés Bonifacio y las autoridades sospecharon que Rizal pudiera estar envuelto en ella. Un gobernador suspicaz pero inteligente, se hubiera dicho: «Que se vaya, a ver si hay suerte y acaban con él los mosquitos de la malaria o las balas de los mambises». Por desgracia en el gobierno español sobraban los suspicaces y faltaban los inteligentes. Rizal fue detenido en alta mar y devuelto a Manila, donde le encarcelaron y a toda prisa empezaron a amañar las pruebas que lo incriminasen.
El gobernador entonces era el General Ramón Blanco, que sí que era inteligente y planeaba vetar la más que pronosticable condena a muerte. El General Blanco sí que había comprendido que hay tareas más provechosas para los gobernadores coloniales que la de aumentar el martirologio. Desgraciadamente el General Blanco fue reemplazado en aquellos días por el General Camilo García de Polavieja, cuyo apellido era más largo que sus luces. Polavieja pertenecía a esa rancia estirpe ibera que cree que los pueblos pueden gobernarse como el patio de un cuartel y que un buen fusilamiento a tiempo cura todos los males (2).
Hasta el final Rizal intentó escapar a su destino de mártir. Hizo profesión de lealtad a España y repudió públicamente el levantamiento de Bonifacio como una aventura «absurda y salvaje». Esos intentos de Rizal, que a algunos les pueden parecer antiheroicos, a mí me lo hacen especialmente simpático. He ahí un hombre que entiende que todas las estatuas póstumas del mundo (y en la Filipinas actual Rizal tiene unas cuantas) no compensan por los años no vividos y los polvos no echados (supongo que Rizal, que era más romántico, hubiera utilizado otra imagen).
Nada de eso le valió. Su reputación de hombre librepensador y de filipino inteligente y culto y poco amigo de los frailes bastaron para asegurarle la condena a muerte. Para echar aún más sal en la herida, le procesaron el día siguiente a la Navidad de 1896 y le fusilaron en Manila el penúltimo día del año.
¿Cómo convertir un hombre tan contradictorio y antiheroico en héroe nacional filipino? Tenía evidentes dotes naturales, había muerto joven y en su tragedia final había algo del injusto martirio de Jesucristo que resultaba muy atractivo al católico pueblo filipino. Pero aun así, no parecen suficientes elementos para elevar a un hombre a la categoría de mito nacional. Es aquí donde entran en juego los norteamericanos.
El levantamiento filipino sofocado en 1896 resurgió en 1898 al hilo de la guerra hispano-norteamericana. Los filipinos creyeron inocentemente en las buenas palabras norteamericanas y asumieron que Estados Unidos les estaba ayudando contra España para que alcanzaran la independencia. En sus contactos con los líderes insurrectos filipinos, los norteamericanos jugaron continuamente a la ambigüedad y siempre se resistieron a asumir ningún compromiso escrito con la independencia de Filipinas.
Derrotados los españoles, los malentendidos aumentaron o más bien se disiparon: pronto no quedó duda de que los norteamericanos habían venido para quedarse. Siguió una dura guerra, que en algunos lugares del archipiélago duró hasta 1910, en la que puede que murieran unos 400.000 filipinos.
La guerra, poco aireada por la historiografía anglosajona, por motivos evidentes, produjo algunos héroes de talla: el Presidente de la efímera República de Malolos, el General Emilio Aguinaldo, con su figura de derrotado trágico; el General Antonio Luna, un fino estratega, cuyo desastre fue ser la Casandra filipina: ninguno de sus sabios consejos fue escuchado; Apolinario Mabini, intelectual, idealista e intransigente a la manera de los revolucionarios franceses de 1789; Gregorio del Pilar más caballero romántico que verdadero estratega, que sacrificó su vida para que Aguinaldo pudiera ganar tiempo en su retirada a ninguna parte. Cualquiera de ellos hubiera representado el papel de héroe nacional mejor que Rizal. Pero Rizal tenía varias bazas a su favor: se había enemistado con los anteriores ocupantes españoles y con su vida ofrecía más la imagen de un resistente pacífico a lo Ghandi que la de un revolucionario violento a lo Ho Chi-Minh. Y luego la baza más importante de todas: estaba muerto (3).
Notas de JdJ:
(1) Noli me tangere es latín y quiere decir «No me toques».
(2) Estirpe a la que también pertenecía el general Franco.
(3) Aún queda otra baza: la enorme capacidad de los Estados Unidos para construir mitos. Especialmente a finales del siglo XIX y principios del XX, que fueron la etapa dorada de la prensa manipuladora que tan excelentemente retrató Orson Welles en Citizen Kane. De hecho, Welles se inspiró para su personaje en el viejo William Randolph Hearst, fundador de una dinastía de dueños de medios de comunicación. De Mr. Hearst se cuenta la anécdota, más que probable, según la cual envió a un corresponsal a informar de la guerra de Cuba, en un momento en que dicha guerra todavía no había estallado. El periodista le envió un telegrama que más o menos decía: «Llegado a Habana STOP No guerra aquí STOP Puedo mandar poemas.» Hearst le contestó: «Usted mande poemas que yo pondré guerra STOP».
Una no-sé-qué-nieta de Hearst, Patty Hearst, fue un famosísimo caso de síndrome de Estocolmo en los años setenta. Concretamente, en 1974 fue secuestrada por el Ejército Simbionés de Liberación [sic], un extraño grupo terrorista estadounidense que nunca llegó a tener ni quince miembros. Aunque el móvil del secuestro fue más que probablemente sacar pasta (un año antes, en 1973, había sido secuestrado el nieto del millonario John Paul Getty, o sea John Paul Getty III, véase más abajo), Patty Hearst acabó identificada con sus secuestradores y, para sorpresa del mundo, fue captada por la cámara de un banco como miembro de una partida de simbioneses que lo robaron a punta de recortada. Cuando fue «liberada», adujo que le habían lavado el cerebro.
En cuanto a Paul Getty III, es otro caso como para contar. Su abuelo, el millonario, era el tipo más cutre del universo. Se dice de él que en su mansión todos los teléfonos eran públicos, de moneda, para que así el servicio no pudiese llamar de gorra. Cuando su nieto fue secuestrado, los secuestradores le pidieron 17 millones de dólares, y el abuelo se negó a pagarlos. Cuando, meses después, le enviaron la oreja de su nieto... ¡se avino a negociar una rebaja! Finalmente, llegó a un acuerdo en dos millones de dólares, que pagó a unos secuestradores que nunca han sido encontrados.
Inasequible Aldesaliento tiene una teoría, en la que yo creo también, y es ésta: para fabricar un mártir hacen falta dos cosas, no una. Hace falta un mártir, claro. Pero también hace falta un imbécil. Sin el imbécil, el mártir nunca lo sería. Hace falta alguien con suficiente poder y suficiente escasez de miras como para no darse cuenta de que, si sigue por la línea del martirio del enemigo, no hará sino encumbrarlo.
Ina ha decidido explicarme esto con un ejemplo del que, lo reconozco, no sabía nada antes de leer su escrito. Un ejemplo que demuestra que en Filipinas hubo más mártires que los de ídem. Y que un personaje que años después de los sucesos que relata Ina, tras la caída de Cuba, fue tomado en España como una especie de ángel salvador de la Patria era, en realidad, un personaje de notable miopía estratégica.
Aqui os dejo con la historia del mártir Rizal y el estrecho de miras general Polavieja.
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Creando mártires: el cretino del general Polavieja
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Crear mártires es una actividad ligeramente más inteligente que la de comprobar si un león tiene hambre metiéndole la mano en la boca. Es cierto que hay personas por la vida con vocación de mártires y que si uno no los martiriza, ya aparecerá otro que lo haga. Santo Tomás Moro, por ejemplo. Si tu señorito se llama Enrique VIII, es irritable, tiene la mano ligera a la hora de firmar sentencias de muerte, está salido y se le ha puesto entre ceja y ceja que se quiere divorciar de su mujer para casarse con esa francesita tan mona que le hace guiños, ¿para qué complicarse la vida, diciéndole que eso no se hace? Santo Tomás Moro se complicó la vida y en el empeño perdió su empleo, la simpatía del Rey y la cabeza. Pero bueno, era un hombre de principios y a ese tipo de hombres la cabeza no suele durarles mucho sobre los hombros. O sea, que en estos casos el martirizador casi está justificado. Lo grave son aquellos casos en los que encima el mártir no tenía ganas de serlo.
José Rizal era más un intelectual que un hombre de acción. Había escrito dos novelas críticas con la sociedad española de las Filipinas,- Noli me tangere (1) y El Filibusterismo-, y en sus contactos con los emigrados filipinos había mostrado cierta ambigüedad. Parece que prefería la autonomía a la independencia, entre otras cosas porque desconfiaba de la capacidad de las masas filipinas para autogobernarse, y, más burgués que revolucionario, sólo acudiría a la violencia como último recurso. Como vemos, no era lo que se podría considerar un terrorista. Y no parecía que tuviera madera de mártir. De hecho, suya es la frase: «La vida es agradable y es tan repugnante morir colgado, joven y lleno de ideas». Suena a premonición y sólo yerra en una cosa: Rizal murió fusilado, no ahorcado.
En junio de 1892, Rizal volvió a Manila, después de varios años pasados en Europa y en Hong Kong. Confiaba en que el clima político allí sería más relajado con el nuevo gobernador, el liberal Eulogio Despujol. Poco después de su regreso fundó la Liga Filipina, una sociedad más filantrópica que política, que buscaba promover reformas moderadas. Rizal, desgraciadamente, había olvidado que en las Filipinas, los gobernadores iban y venían, pero los frailes permanecían. Los frailes inmediatamente olieron a sedición, ponzoña, rebeldía y ateismo y prácticamente obligaron al gobernador Despujol a exiliar a Rizal a Dapitan, en la isla de Mindanao.
Rizal sobrellevó su exilio con buen espíritu. En Dapitan se embarcó en numerosos proyectos para mejorar la vida de los lugareños: introdujo nuevos cultivos, estableció una clínica, enseñó a los pescadores el manejo de nuevas artes de pesca y en el tiempo que esas actividades le dejaban libre, pintaba, esculpía y estudiaba. Es cierto que en esa época mantuvo contactos con algunos de los futuros revolucionarios, pero siempre más como el intelectual lejano, con un cierto halo de superioridad, que como el combatiente activo presto a pasar a la clandestinidad.
En 1896 estalló una epidemia de fiebre amarilla en Cuba. España pidió médicos y Rizal se ofreció como voluntario para ir. No se diría, desde luego, la acción de un peligroso revolucionario. Justo en ese momento estalló la revolución capitaneada por Andrés Bonifacio y las autoridades sospecharon que Rizal pudiera estar envuelto en ella. Un gobernador suspicaz pero inteligente, se hubiera dicho: «Que se vaya, a ver si hay suerte y acaban con él los mosquitos de la malaria o las balas de los mambises». Por desgracia en el gobierno español sobraban los suspicaces y faltaban los inteligentes. Rizal fue detenido en alta mar y devuelto a Manila, donde le encarcelaron y a toda prisa empezaron a amañar las pruebas que lo incriminasen.
El gobernador entonces era el General Ramón Blanco, que sí que era inteligente y planeaba vetar la más que pronosticable condena a muerte. El General Blanco sí que había comprendido que hay tareas más provechosas para los gobernadores coloniales que la de aumentar el martirologio. Desgraciadamente el General Blanco fue reemplazado en aquellos días por el General Camilo García de Polavieja, cuyo apellido era más largo que sus luces. Polavieja pertenecía a esa rancia estirpe ibera que cree que los pueblos pueden gobernarse como el patio de un cuartel y que un buen fusilamiento a tiempo cura todos los males (2).
Hasta el final Rizal intentó escapar a su destino de mártir. Hizo profesión de lealtad a España y repudió públicamente el levantamiento de Bonifacio como una aventura «absurda y salvaje». Esos intentos de Rizal, que a algunos les pueden parecer antiheroicos, a mí me lo hacen especialmente simpático. He ahí un hombre que entiende que todas las estatuas póstumas del mundo (y en la Filipinas actual Rizal tiene unas cuantas) no compensan por los años no vividos y los polvos no echados (supongo que Rizal, que era más romántico, hubiera utilizado otra imagen).
Nada de eso le valió. Su reputación de hombre librepensador y de filipino inteligente y culto y poco amigo de los frailes bastaron para asegurarle la condena a muerte. Para echar aún más sal en la herida, le procesaron el día siguiente a la Navidad de 1896 y le fusilaron en Manila el penúltimo día del año.
¿Cómo convertir un hombre tan contradictorio y antiheroico en héroe nacional filipino? Tenía evidentes dotes naturales, había muerto joven y en su tragedia final había algo del injusto martirio de Jesucristo que resultaba muy atractivo al católico pueblo filipino. Pero aun así, no parecen suficientes elementos para elevar a un hombre a la categoría de mito nacional. Es aquí donde entran en juego los norteamericanos.
El levantamiento filipino sofocado en 1896 resurgió en 1898 al hilo de la guerra hispano-norteamericana. Los filipinos creyeron inocentemente en las buenas palabras norteamericanas y asumieron que Estados Unidos les estaba ayudando contra España para que alcanzaran la independencia. En sus contactos con los líderes insurrectos filipinos, los norteamericanos jugaron continuamente a la ambigüedad y siempre se resistieron a asumir ningún compromiso escrito con la independencia de Filipinas.
Derrotados los españoles, los malentendidos aumentaron o más bien se disiparon: pronto no quedó duda de que los norteamericanos habían venido para quedarse. Siguió una dura guerra, que en algunos lugares del archipiélago duró hasta 1910, en la que puede que murieran unos 400.000 filipinos.
La guerra, poco aireada por la historiografía anglosajona, por motivos evidentes, produjo algunos héroes de talla: el Presidente de la efímera República de Malolos, el General Emilio Aguinaldo, con su figura de derrotado trágico; el General Antonio Luna, un fino estratega, cuyo desastre fue ser la Casandra filipina: ninguno de sus sabios consejos fue escuchado; Apolinario Mabini, intelectual, idealista e intransigente a la manera de los revolucionarios franceses de 1789; Gregorio del Pilar más caballero romántico que verdadero estratega, que sacrificó su vida para que Aguinaldo pudiera ganar tiempo en su retirada a ninguna parte. Cualquiera de ellos hubiera representado el papel de héroe nacional mejor que Rizal. Pero Rizal tenía varias bazas a su favor: se había enemistado con los anteriores ocupantes españoles y con su vida ofrecía más la imagen de un resistente pacífico a lo Ghandi que la de un revolucionario violento a lo Ho Chi-Minh. Y luego la baza más importante de todas: estaba muerto (3).
Notas de JdJ:
(1) Noli me tangere es latín y quiere decir «No me toques».
(2) Estirpe a la que también pertenecía el general Franco.
(3) Aún queda otra baza: la enorme capacidad de los Estados Unidos para construir mitos. Especialmente a finales del siglo XIX y principios del XX, que fueron la etapa dorada de la prensa manipuladora que tan excelentemente retrató Orson Welles en Citizen Kane. De hecho, Welles se inspiró para su personaje en el viejo William Randolph Hearst, fundador de una dinastía de dueños de medios de comunicación. De Mr. Hearst se cuenta la anécdota, más que probable, según la cual envió a un corresponsal a informar de la guerra de Cuba, en un momento en que dicha guerra todavía no había estallado. El periodista le envió un telegrama que más o menos decía: «Llegado a Habana STOP No guerra aquí STOP Puedo mandar poemas.» Hearst le contestó: «Usted mande poemas que yo pondré guerra STOP».
Una no-sé-qué-nieta de Hearst, Patty Hearst, fue un famosísimo caso de síndrome de Estocolmo en los años setenta. Concretamente, en 1974 fue secuestrada por el Ejército Simbionés de Liberación [sic], un extraño grupo terrorista estadounidense que nunca llegó a tener ni quince miembros. Aunque el móvil del secuestro fue más que probablemente sacar pasta (un año antes, en 1973, había sido secuestrado el nieto del millonario John Paul Getty, o sea John Paul Getty III, véase más abajo), Patty Hearst acabó identificada con sus secuestradores y, para sorpresa del mundo, fue captada por la cámara de un banco como miembro de una partida de simbioneses que lo robaron a punta de recortada. Cuando fue «liberada», adujo que le habían lavado el cerebro.
En cuanto a Paul Getty III, es otro caso como para contar. Su abuelo, el millonario, era el tipo más cutre del universo. Se dice de él que en su mansión todos los teléfonos eran públicos, de moneda, para que así el servicio no pudiese llamar de gorra. Cuando su nieto fue secuestrado, los secuestradores le pidieron 17 millones de dólares, y el abuelo se negó a pagarlos. Cuando, meses después, le enviaron la oreja de su nieto... ¡se avino a negociar una rebaja! Finalmente, llegó a un acuerdo en dos millones de dólares, que pagó a unos secuestradores que nunca han sido encontrados.
lunes, octubre 16, 2006
El perro Paco
Corre el año 1879 en la Villa y Corte de Madrid. Tenéis que situaros un poco, porque de entonces a ahora la ciudad ha cambiado un poco. Sobre todo: no existía la Gran Vía, que se construiría unas cuantas décadas después y bajo cuya piqueta desaparecieron más de 2.000 viviendas (eso eran alcaldes y no los de ahora, que sólo levantan autopistas y creen que molestan). Entonces, la única calle de postín de esta ciudad donde nací era la calle Alcalá, pues la Castellana era un prado.
Por no existir, tampoco existía con el porte de hoy la calle Sevilla, que une en diagonal la carrera de San Jerónimo con la propia calle Alcalá. Esa calle era sólo un callejón estrecho que la gente llamaba la calle Angosta de Peligros, para distinguirla de la calle Ancha de Peligros (entiéndase: de la Virgen de los Peligros, pero en Madrid le decimos Peligros sin más), que estaba justo enfrente, y allí sigue.
En la esquina entre Alcalá y Peligros, a unos pocos cientos de metros pues del Broadway castizo, o sea el teatro Apolo, que estaba junto a la iglesia de San José, en lo que hoy es el principio de la Gran Vía; en ese esquinazo, digo, estaba el café de más postín de Madrid: el Fornos.
Se llamaba así por la familia propietaria, la familia Fornos, y en 1879, en los tiempos que relato, acababa de mudarse a esa ubicación desde un callejón en lo que hoy es la calle Arlabán, y de montarse con todo lujo de detalles para mayor solaz del todo Madrid, con reloj de dos esferas, vajilla de plata y todo. De hecho, los dueños tuvieron que retirar las hermosas cucharillas de plata inicialmente colocadas en el ajuar, dado que llevárselas a casa se había convertido en el deporte nacional del madrileño burgués de la Restauración.
Sí que era completito el Fornos, pues tenía restaurante, con entrada independiente desde Alcalá, y unos reservados numerados en el entresuelo, para conspirar o debatir tranquilamente, cuando no pelar la pava, de los que se decía que no cerraban en toda la noche. En uno de esos reservados se levantó la tapa de los sesos, en 1905, Manuel Fornos, el dueño del local, comenzando con ello un declive del local que acabaría con el tradicional establecimiento.
En fin. Ya hemos dicho que es 1879. Debéis fijaros en un tipo entrado en años, bien vestido con su levita y probablemente sombrero de copa, que camina por la calle, de cachondeo, rodeado de varios amigos tan proclives a las calaveradas como él mismo. Este hombre es don Gonzalo de Saavedra y Cueto, marqués de Bogaraya, grande de España, hombre muy querido en la corte (borbónico hasta las cachas) y persona de futuro político, pues algunos años más tarde será alcalde de Madrid. Ese día, el señor marqués va, como sus amigos, algo achispado, con ganas de marcha, diríamos hoy.
Por el camino hacia el Fornos, donde han decidido cenar, los alegres señores se encuentran con un perro. Uno de tantos que hay entonces vagabundeando por Madrid. Perro, según las crónicas, de raza indefinida, tamaño tirando a pequeño y pelo negro. Es probable, aunque no lo sabemos, que el can, oliendo su destino, se acerque a las perneras del señor marqués y se frote contra ellas, para caerle simpático. El caso es que lo consigue.
Esa tarde de 1879 se encuentran un aristócrata borbónico y un perro vagabundo, que duerme en las cocheras que, en la calle Fuencarral, tiene el tranvía que, tirado por mulas, une la calle Alcalá con la glorieta de Cuatro Caminos.
Esa tarde nace el mito del perro Paco.
La coña que se inventan Bogaraya y los suyos es dar de comer al perro. Bueno, más que darle de comer, invitarle a cenar. Ni cortos ni perezosos, lo llevan al Fornos, le arriman una silla, lo suben a la dicha silla y, una vez allí, tratándolo como a un comensal más, piden para él un plato de carne asada, que el perro engulle lentamente. Terminado el ágape, el señor marqués pide una botella de champán y, derramando gotas sobre la cabeza del estoico perro, lo bautiza: Paco.
En ese Madrid que no es entonces más grande que algunos barrios menores del de hoy, la historia se conoce pronto. Tanto que, para cualquier parroquiano del Fornos que se precie, casi para cualquier madrileño, invitar a Paco se acaba convirtiendo en una especie de obligación. Cada noche, el perro, que es perro pero no tonto, se acerca por Fornos. Pasa y le dejan pasar como a un parroquiano más y siempre hay alguno que encarga al camarero el consabido plato de carne. Al perro se le sirve en una mesa, como a cualquiera y, tal y como ha aprendido, se sienta en la silla, y come. Y, cuando termina, simplemente espera a que su mecenas de esa noche se retire a su casa.
Según cuenta Natalio Rivas, que entonces era un joven político y que asevera haber visto todo lo referido personalmente, nada más hacer el invitador gesto de marcharse, Paco le acompañaba. Caminaba despacito, junto a su dueño de esos minutos, hasta la mismísima puerta de su casa. Nunca aceptó las muchísimas invitaciones de entrar en la casa y dormir caliente esa noche. De hecho, quienes lo intentaron refirieron que, al segundo o tercer intento de tirar del perro hacia dentro, Paco comenzaba a gruñir y a ponerse nervioso. Porque Paco era un bohemio. Un auténtico bohemio. Si hubiera tenido pistola y dedos, habría muerto de un tiro, seguro. Necesitaba volver cada noche a las cocheras del tranvía y rascar el portalón con la pata hasta que el guardés le abriese. Aquél era su hogar.
Lo realmente increíble de Paco es que de la costumbre de ser admitido como un parroquiano más en el Fornos se pasó a admitirlo en los espectáculos públicos. Paco iba, en efecto, al teatro Apolo. Le dejaban entrar. Si había butaca libre, en ella se sentaba. Si estaba el teatro lleno, siempre había dos espectadores que apretaban los culos para dejarle sitio. Y allí se quedaba, viendo la representación, hasta que terminaba. Una vez acabada, hala, a Fornos. A cenar de gorra.
Lo que más le gustaba a Paco eran los toros. En aquel entonces, la plaza de toros de Madrid estaba entre las calles Goya y Jorge Juan (y ésa es la razón de que sea tradición de los toreros vestirse en el Hotel Wellington, en la calle Velázquez, a un tiro de piedra de aquella ubicación). Los días de lidia, los madrileños subían a los toros calle Alcalá arriba. Y Paco subía como uno más. Ocupaba localidad como cualquiera y asistía al espectáculo de la cruz a la raya. Al terminar las faenas, muerto el toro, gustaba de saltar a la arena y hacer unas cabriolas, para regresar a su localidad con los clarines que anunciaban el siguiente toro. A la gente eso le gustaba. Salvo a los puristas. Mariano de Cavia, por ejemplo, escribió crónicas poniendo al perro a parir por esos espectáculos, que consideraba indecorosos con la lidia.
De hecho, podría decirse que fue la excesiva afición a los toros la que le costó la vida al pobre Paco. La tarde del 21 junio de 1882, un novillero lidiaba, malamente, a uno de los toros que le había tocado en suerte. En el momento de la suerte suprema, nadie sabe por qué (habría que saber de sicología perruna), Paco saltó a la arena. Comenzó a hacer cabriolas, como reprochándole al lidiador su escasa pericia. Éste, temiendo tropezarse con el can, y para sacárselo de encima, le dio un estoconazo.
Fue el acabóse.
A duras penas sobrevivió el lidiador a las iras del pueblo de Madrid, que quería lincharlo. ¡Había herido a Paco! Finalmente, el empresario teatral Felipe Ducazcal, hombre muy querido en Madrid, consiguió apaciguar a las masas, y llevarse a Paco para que lo cuidasen. Mas nuestro can nunca se recuperó y murió poco después. Tras una etapa sin pena ni gloria disecado en una taberna de Madrid, fue enterrado en el Retiro.
Como nunca llegó a reunirse dinero para hacerle una estatua, no sabemos bien ni cómo era, ni dónde está enterrado. Pero Paco es, desde luego, un extraño, conmovedor caso de sicología colectiva. Todo un pueblo, el de Madrid, se aplicó a quererlo, a alimentarlo, a respetarlo. Lo que empezó como una cachondada terminó siendo un fenómeno de masas, pues incluso hubo avispados comerciantes que lanzaron productos «Perro Paco».
Paco, sin embargo, fue siempre fiel a sí mismo. Podía dormir donde quisiera. Incluso se dice que fue presentado a la familia real. Pero él prefería su cochera fría, sus paseos nocturnos (del Fornos a Fuencarral no hay mucho, pero es un tirito perruno), y ser amo de todos, propiedad de nadie. Desde que leí, por primera vez, la historia de Paco, me dio por pensar que el primer hippie que hubo en Madrid fue este perro negro.
Paco era un ciudadano del mundo, un ciudadano con derechos, y aquel pueblo de Madrid una recua de cachondos mentales que, a lo tonto a lo tonto, se adelantó en siglo y medio a esas iniciativas que vemos ahora, que quieren darle derechos a los simios. ¡Anda que no queda tiempo hasta que le permitan a un orangután asistir a la sesión de tarde de Hoy no me puedo levantar!
Nos queda la duda de quiénes eran su cupletista y su matador de toros preferidos.
Por no existir, tampoco existía con el porte de hoy la calle Sevilla, que une en diagonal la carrera de San Jerónimo con la propia calle Alcalá. Esa calle era sólo un callejón estrecho que la gente llamaba la calle Angosta de Peligros, para distinguirla de la calle Ancha de Peligros (entiéndase: de la Virgen de los Peligros, pero en Madrid le decimos Peligros sin más), que estaba justo enfrente, y allí sigue.
En la esquina entre Alcalá y Peligros, a unos pocos cientos de metros pues del Broadway castizo, o sea el teatro Apolo, que estaba junto a la iglesia de San José, en lo que hoy es el principio de la Gran Vía; en ese esquinazo, digo, estaba el café de más postín de Madrid: el Fornos.
Se llamaba así por la familia propietaria, la familia Fornos, y en 1879, en los tiempos que relato, acababa de mudarse a esa ubicación desde un callejón en lo que hoy es la calle Arlabán, y de montarse con todo lujo de detalles para mayor solaz del todo Madrid, con reloj de dos esferas, vajilla de plata y todo. De hecho, los dueños tuvieron que retirar las hermosas cucharillas de plata inicialmente colocadas en el ajuar, dado que llevárselas a casa se había convertido en el deporte nacional del madrileño burgués de la Restauración.
Sí que era completito el Fornos, pues tenía restaurante, con entrada independiente desde Alcalá, y unos reservados numerados en el entresuelo, para conspirar o debatir tranquilamente, cuando no pelar la pava, de los que se decía que no cerraban en toda la noche. En uno de esos reservados se levantó la tapa de los sesos, en 1905, Manuel Fornos, el dueño del local, comenzando con ello un declive del local que acabaría con el tradicional establecimiento.
En fin. Ya hemos dicho que es 1879. Debéis fijaros en un tipo entrado en años, bien vestido con su levita y probablemente sombrero de copa, que camina por la calle, de cachondeo, rodeado de varios amigos tan proclives a las calaveradas como él mismo. Este hombre es don Gonzalo de Saavedra y Cueto, marqués de Bogaraya, grande de España, hombre muy querido en la corte (borbónico hasta las cachas) y persona de futuro político, pues algunos años más tarde será alcalde de Madrid. Ese día, el señor marqués va, como sus amigos, algo achispado, con ganas de marcha, diríamos hoy.
Por el camino hacia el Fornos, donde han decidido cenar, los alegres señores se encuentran con un perro. Uno de tantos que hay entonces vagabundeando por Madrid. Perro, según las crónicas, de raza indefinida, tamaño tirando a pequeño y pelo negro. Es probable, aunque no lo sabemos, que el can, oliendo su destino, se acerque a las perneras del señor marqués y se frote contra ellas, para caerle simpático. El caso es que lo consigue.
Esa tarde de 1879 se encuentran un aristócrata borbónico y un perro vagabundo, que duerme en las cocheras que, en la calle Fuencarral, tiene el tranvía que, tirado por mulas, une la calle Alcalá con la glorieta de Cuatro Caminos.
Esa tarde nace el mito del perro Paco.
La coña que se inventan Bogaraya y los suyos es dar de comer al perro. Bueno, más que darle de comer, invitarle a cenar. Ni cortos ni perezosos, lo llevan al Fornos, le arriman una silla, lo suben a la dicha silla y, una vez allí, tratándolo como a un comensal más, piden para él un plato de carne asada, que el perro engulle lentamente. Terminado el ágape, el señor marqués pide una botella de champán y, derramando gotas sobre la cabeza del estoico perro, lo bautiza: Paco.
En ese Madrid que no es entonces más grande que algunos barrios menores del de hoy, la historia se conoce pronto. Tanto que, para cualquier parroquiano del Fornos que se precie, casi para cualquier madrileño, invitar a Paco se acaba convirtiendo en una especie de obligación. Cada noche, el perro, que es perro pero no tonto, se acerca por Fornos. Pasa y le dejan pasar como a un parroquiano más y siempre hay alguno que encarga al camarero el consabido plato de carne. Al perro se le sirve en una mesa, como a cualquiera y, tal y como ha aprendido, se sienta en la silla, y come. Y, cuando termina, simplemente espera a que su mecenas de esa noche se retire a su casa.
Según cuenta Natalio Rivas, que entonces era un joven político y que asevera haber visto todo lo referido personalmente, nada más hacer el invitador gesto de marcharse, Paco le acompañaba. Caminaba despacito, junto a su dueño de esos minutos, hasta la mismísima puerta de su casa. Nunca aceptó las muchísimas invitaciones de entrar en la casa y dormir caliente esa noche. De hecho, quienes lo intentaron refirieron que, al segundo o tercer intento de tirar del perro hacia dentro, Paco comenzaba a gruñir y a ponerse nervioso. Porque Paco era un bohemio. Un auténtico bohemio. Si hubiera tenido pistola y dedos, habría muerto de un tiro, seguro. Necesitaba volver cada noche a las cocheras del tranvía y rascar el portalón con la pata hasta que el guardés le abriese. Aquél era su hogar.
Lo realmente increíble de Paco es que de la costumbre de ser admitido como un parroquiano más en el Fornos se pasó a admitirlo en los espectáculos públicos. Paco iba, en efecto, al teatro Apolo. Le dejaban entrar. Si había butaca libre, en ella se sentaba. Si estaba el teatro lleno, siempre había dos espectadores que apretaban los culos para dejarle sitio. Y allí se quedaba, viendo la representación, hasta que terminaba. Una vez acabada, hala, a Fornos. A cenar de gorra.
Lo que más le gustaba a Paco eran los toros. En aquel entonces, la plaza de toros de Madrid estaba entre las calles Goya y Jorge Juan (y ésa es la razón de que sea tradición de los toreros vestirse en el Hotel Wellington, en la calle Velázquez, a un tiro de piedra de aquella ubicación). Los días de lidia, los madrileños subían a los toros calle Alcalá arriba. Y Paco subía como uno más. Ocupaba localidad como cualquiera y asistía al espectáculo de la cruz a la raya. Al terminar las faenas, muerto el toro, gustaba de saltar a la arena y hacer unas cabriolas, para regresar a su localidad con los clarines que anunciaban el siguiente toro. A la gente eso le gustaba. Salvo a los puristas. Mariano de Cavia, por ejemplo, escribió crónicas poniendo al perro a parir por esos espectáculos, que consideraba indecorosos con la lidia.
De hecho, podría decirse que fue la excesiva afición a los toros la que le costó la vida al pobre Paco. La tarde del 21 junio de 1882, un novillero lidiaba, malamente, a uno de los toros que le había tocado en suerte. En el momento de la suerte suprema, nadie sabe por qué (habría que saber de sicología perruna), Paco saltó a la arena. Comenzó a hacer cabriolas, como reprochándole al lidiador su escasa pericia. Éste, temiendo tropezarse con el can, y para sacárselo de encima, le dio un estoconazo.
Fue el acabóse.
A duras penas sobrevivió el lidiador a las iras del pueblo de Madrid, que quería lincharlo. ¡Había herido a Paco! Finalmente, el empresario teatral Felipe Ducazcal, hombre muy querido en Madrid, consiguió apaciguar a las masas, y llevarse a Paco para que lo cuidasen. Mas nuestro can nunca se recuperó y murió poco después. Tras una etapa sin pena ni gloria disecado en una taberna de Madrid, fue enterrado en el Retiro.
Como nunca llegó a reunirse dinero para hacerle una estatua, no sabemos bien ni cómo era, ni dónde está enterrado. Pero Paco es, desde luego, un extraño, conmovedor caso de sicología colectiva. Todo un pueblo, el de Madrid, se aplicó a quererlo, a alimentarlo, a respetarlo. Lo que empezó como una cachondada terminó siendo un fenómeno de masas, pues incluso hubo avispados comerciantes que lanzaron productos «Perro Paco».
Paco, sin embargo, fue siempre fiel a sí mismo. Podía dormir donde quisiera. Incluso se dice que fue presentado a la familia real. Pero él prefería su cochera fría, sus paseos nocturnos (del Fornos a Fuencarral no hay mucho, pero es un tirito perruno), y ser amo de todos, propiedad de nadie. Desde que leí, por primera vez, la historia de Paco, me dio por pensar que el primer hippie que hubo en Madrid fue este perro negro.
Paco era un ciudadano del mundo, un ciudadano con derechos, y aquel pueblo de Madrid una recua de cachondos mentales que, a lo tonto a lo tonto, se adelantó en siglo y medio a esas iniciativas que vemos ahora, que quieren darle derechos a los simios. ¡Anda que no queda tiempo hasta que le permitan a un orangután asistir a la sesión de tarde de Hoy no me puedo levantar!
Nos queda la duda de quiénes eran su cupletista y su matador de toros preferidos.
domingo, octubre 15, 2006
Franco y los cañones de Hitler
Enterrado en el número diez y tantos de una llamada «Biblioteca de la segunda guerra mundial», que actualmente se vende en los quioscos, Planeta ha reeditado un libro fundamental, en su día publicado en Crítica. Se trata de Hitler y sus generales, una obra monumental de más de 600 páginas compilada en 1962 por Helmut Heiber.
No voy a mentir: quien sienta sólo leve atracción por la Historia no debe hacer caso de esta recomendación. Este libro es droga dura, sólo apto para personas seriamente desequilibradas hacia el conocimiento de los hechos históricos, como éste que esto escribe. Es de lectura compleja y sobre todo incómoda, pues el texto, cientos de páginas, depende fuertemente de las notas, también cientos, que se reproducen en páginas distintas. Esto hace la lectura lenta y trabajosa. Aunque a mí me ha merecido la pena, no puedo dejar de tener la impresión de que no será así para el 99% de la humanidad, bastante más equilibrada.
En 1942, cuando, como dijo sir Winston Churchill, giraron los goznes de la Historia, la Blitzkrieg ideada por Alemania comenzó a empantanarse. El primer escenario donde el Reich sufrió un serio revés militar fue Stalingrado. Para Hitler, perder Stalingrado supuso muchas cosas, una de ellas la convicción de que sus generales le engañaban. Ciertamente, es muy común escuchar o leer, de labios o dedos de personas no muy versadas en la Historia, hablar de las acciones del ejército alemán en la segunda guerra mundial hablando de «los nazis». Error. Una buena parte de la cúpula militar alemana no era nazi. De hecho, era de eso de lo que se quejaba Hitler.
Como medida preventiva ante lo que él creía una conspiración del gotha militar alemán, en buena parte formado por aristócratas a los que odiaba como fruto de un importante complejo de inferioridad, Hitler tomó una decisión de gran importancia histórica: ordenar que se tomasen notas taquigráficas completas de las dos reuniones de estado mayor que sostenía, una a última hora de la mañana (Hitler nunca madrugó, ni siquiera durante la guerra… recuérdese la famosa escena de El día más largo en la que se le intenta avisar de la invasión); y la otra no más pronto de las once de la noche. Al parecer, cuando Hitler lo vio todo perdido en su búnker berlinés y decidió acabar consigo mismo y con los suyos (Eva Braun, que le siguió voluntariamente; y su queridísimo perro Bondi, al que envenenó), tomó especiales precauciones para que las actas no desapareciesen; las consideraba algo así como la prueba, ante la Historia, de su recto proceder (sí, lo he escrito yo; pero uno no siempre escribe lo que piensa; ni siquiera piensa todo lo que escribe).
Estas actas fueron finalmente pasto de las llamas, dentro del proceso de eliminación de todo rastro antes de la rendición final, pero fueron en parte rescatadas, parcialmente quemadas por lo tanto, por un militar estadounidense el cual, por casualidad, tenía también bajo su responsabilidad a los taquígrafos. Así que les puso a trabajar en la reconstrucción de dichas actas, y éstas son las que publicó Heiber en 1962, ya he dicho que con profusión de notas, en buena parte basadas en las memorias que, poco a poco, fueron escribiendo aquellos generales con los que Hitler despachaba (es el caso de Von Manstein, por ejemplo), o de sus declaraciones en Nuremberg (así, Jodl).
Las actas abarcan, pues, desde 1942 hasta el 27 de marzo de 1945, la última conservada, dos días antes del suicidio de Hitler. La inmensa mayoría de su contenido es puramente militar, táctico. Yo diría que un poco, o bastante, repugnante. Cuesta darse cuenta, cuando se llevan unas páginas leídas y se va pillando el ritmillo, que todo eso de lo que hablan los interlocutores son vidas humanas. Resulta cabreante leer con qué facilidad tanto Hitler como sus generales dan por perdidas unidades, o las fuerzan a movimientos imposibles pese a estar exhaustas; y pensar luego que eso es algo que nos puede pasar a cualquiera. En general, el tono que pervive a las notas, como el bajo continuo de un concierto barroco, es el simple, puro, desprecio por la vida humana. Pondré un solo ejemplo, de resonancias cinéfilas.
En abril de 1944, en el frente oriental (la antigua Europa del Este), y más concretamente en Zagan, Polonia, los alemanes tenían 10.000 pilotos aliados prisioneros. Los rusos avanzaban a toda leche y se propone, en la reunión, que dichos prisioneros sean entregados a los soviéticos, ante la imposibilidad de trasladarlos. Hitler dice que ni de coña. Al fin y al cabo, eso es devolver a la lucha a 10.000 pilotos. Exige que sean trasladados a Alemania. El propio Hitler reconoce que, si fuesen soldados, utilizaría 20 trenes para transportarlos. Pero, siendo prisioneros, y «siguiendo las normas rusas» (esto era muy típico de él, esconderse detrás de algún argumento), con dos o tres bastarían. En ese momento toma la palabra Hermann Göring, conmilitón del jefe, y propone… que se les quiten los zapatos y los pantalones «para que no puedan correr por la nieve».
Os invito a que intentéis cruzar Polonia, en abril, hacinados en un vagón de ganado, descalzos y en calzoncillos. Si sobrevivís, me lo contáis.
Las referencias cinéfilas tienen que ver con que fue en esta área, en el campo de Stalag, donde fueron fusilados cincuenta pilotos aliados, casi todos británicos, que se habían fugado con otros 26 del campo de prisioneros en la noche del 25 de marzo de 1944. Yo creo, aunque no estoy del todo seguro, que este hecho real es el que está detrás de una excelente película bélica, La gran evasión, en mi opinión una de las grandes filmaciones de Steve McQueen (junto con Bullit; que tiene, por cierto, la mejor persecución en automóvil jamás filmada). Nota para los más jóvenes: Steve McQueen fue el Harrison Ford de vuestras madres cuando tenían vuestra edad.
Por lo demás, la lectura de las actas es realmente curiosa en algunos puntos. Hay veces que los generales dirimen sus diferencias delante de Hitler, sin recatarse. Algunos, incluso, le contestan, como es el caso de Heinz Guderian, el artífice de la rapidísima victoria alemana sobre Francia, a quien Hitler odiaba, por lo que se ve, entre otras cosas porque no se callaba. También se da el caso contrario. Jodl, por ejemplo, está en casi todas las actas, y casi siempre lo que hace es adaptar su discurso a las opiniones de su jefe.
Mi preferido, por así decirlo, es Hermann Fegelein, representante de Himmler en diversas reuniones. Un tipo realmente idiota, tanto que, en una de las actas, Hitler pregunta quién podría explicarle cómo funcionan los rangos militares en Inglaterra y Fegelein le contesta que un general amigo suyo, puesto que ha pasado mucho tiempo en Estados Unidos. Lo que se dice un cabezabuque.
Se suele decir que Fegelein y Hitler fueron cuñados. Aunque no lo fueron, creo yo, porque Fegelein, en efecto, se casó con la hermana de Eva Braun. Pero Hitler sólo se casó con Eva Braun hasta el día en que se suicidó y ese día Fegelein había sido ya fusilado… por orden de Hitler. La verdad es que en las actas, cada vez que el Führer responde a Fegelein, se nota mucho que lo tenía por un tonto del culo.
Si no recuerdo mal, nuevo interludio cinéfilo, en la soberbia película alemana El hundimiento hay una escena en la que Eva Braun trata, infructuosamente, de mediar ante Hitler para que no fusile al marido de su hermana. O sea, a este tipo.
La verdad es que no me extrañaría nada quedarme pronto sin lectores. Llevo tres folios de Word y todavía no me empezado a contar la anécdota que da título al post. Debo pedir disculpas. Todos los que me conocen se meten conmigo por mis excesos amanuenses. Prometo morigerarme en el futuro y hacer post que pueda leer una persona normal.
En algún momento de la guerra, los alemanes encontraron en Francia, concretamente en un lugar llamado Schneider-Creusot, una veintena de antiguos cañones españoles de los siglos XVII y XVIII, se supone que incautados por los franceses en antiguas batallas navales. Un funcionario alemán de Exteriores, Ritter, decidió, como veremos ahora por su cuenta y riesgo, ponerse en contacto con el ministro español del ejército, Carlos Asensio, y ofrecerle los cañones a Franco como un regalo de Hitler. Asensio, probablemente también por su cuenta y riesgo, contestó que sí, que muy honrado.
En marzo de 1944, en el curso de una reunión cuya acta sobrevivió parcialmente al fuego, el mariscal Wilhelm Keitel, que ya debía de tener la mosca detrás de la oreja, le plantea a Hitler la pregunta de si es verdad que él ha tomado dicha decisión. Y Hitler, además de negarlo, se coge un cabreo de testículos.
Porque es que Hitler, además de un nazi, era un ladrón.
«No tengo por costumbre regalar nada histórico», sentencia. Y continúa: «Yo, como regalo, ofrezco coches». Y creo recordar que no mentía, pues uno de los Rolls de Franco se lo había regalado, efectivamente, él. Ese mismo día, en la misma acta pues, Hitler estalla en cólera porque le informan de que en Grecia se ha encontrado una estatua antigua y se ha decidido regalársela a los griegos. «Exijo», afirma, «que todo lo que encuentren los alemanes sea traído a Alemania de inmediato». Para suerte de Hitler, las siguientes notas están quemadas. Aunque se conserva la expresión «chusma de indeseables». Y podéis apostar a que no se refería a los alemanes.
Consecuencia: se comunica a los interlocutores alemanes con Franco, cuando éste ya ha aceptado el amable regalo, que se enviará los cañones, pero a cambio de su peso en metal no ferroso, necesario para la producción de guerra. O sea, como decir: ¡feliz cumpleaños, mamá!… son 30 euros.
Franco no volvió a mencionar el tema. Nunca recibió los cañones. De hecho, lo más probable, y es por eso que digo que quizás Asensio aceptó sin consultar, es que no quisiera recibirlos. En marzo de 1944, es muy dudoso que Franco quisiera recibir ya nada de Hitler. Ya le había solicitado, para entonces, la retirada del frente de la División Azul. Y, tan sólo ocho meses después de la anécdota de los cañones, haría aquellas famosas declaraciones a la United Press en las que, en un alarde importante de cinismo, defendería que nunca había sido fascista y que siempre había sido muy amiguito de las potencias aliadas.
Para entonces, Hitler apestaba.
No voy a mentir: quien sienta sólo leve atracción por la Historia no debe hacer caso de esta recomendación. Este libro es droga dura, sólo apto para personas seriamente desequilibradas hacia el conocimiento de los hechos históricos, como éste que esto escribe. Es de lectura compleja y sobre todo incómoda, pues el texto, cientos de páginas, depende fuertemente de las notas, también cientos, que se reproducen en páginas distintas. Esto hace la lectura lenta y trabajosa. Aunque a mí me ha merecido la pena, no puedo dejar de tener la impresión de que no será así para el 99% de la humanidad, bastante más equilibrada.
En 1942, cuando, como dijo sir Winston Churchill, giraron los goznes de la Historia, la Blitzkrieg ideada por Alemania comenzó a empantanarse. El primer escenario donde el Reich sufrió un serio revés militar fue Stalingrado. Para Hitler, perder Stalingrado supuso muchas cosas, una de ellas la convicción de que sus generales le engañaban. Ciertamente, es muy común escuchar o leer, de labios o dedos de personas no muy versadas en la Historia, hablar de las acciones del ejército alemán en la segunda guerra mundial hablando de «los nazis». Error. Una buena parte de la cúpula militar alemana no era nazi. De hecho, era de eso de lo que se quejaba Hitler.
Como medida preventiva ante lo que él creía una conspiración del gotha militar alemán, en buena parte formado por aristócratas a los que odiaba como fruto de un importante complejo de inferioridad, Hitler tomó una decisión de gran importancia histórica: ordenar que se tomasen notas taquigráficas completas de las dos reuniones de estado mayor que sostenía, una a última hora de la mañana (Hitler nunca madrugó, ni siquiera durante la guerra… recuérdese la famosa escena de El día más largo en la que se le intenta avisar de la invasión); y la otra no más pronto de las once de la noche. Al parecer, cuando Hitler lo vio todo perdido en su búnker berlinés y decidió acabar consigo mismo y con los suyos (Eva Braun, que le siguió voluntariamente; y su queridísimo perro Bondi, al que envenenó), tomó especiales precauciones para que las actas no desapareciesen; las consideraba algo así como la prueba, ante la Historia, de su recto proceder (sí, lo he escrito yo; pero uno no siempre escribe lo que piensa; ni siquiera piensa todo lo que escribe).
Estas actas fueron finalmente pasto de las llamas, dentro del proceso de eliminación de todo rastro antes de la rendición final, pero fueron en parte rescatadas, parcialmente quemadas por lo tanto, por un militar estadounidense el cual, por casualidad, tenía también bajo su responsabilidad a los taquígrafos. Así que les puso a trabajar en la reconstrucción de dichas actas, y éstas son las que publicó Heiber en 1962, ya he dicho que con profusión de notas, en buena parte basadas en las memorias que, poco a poco, fueron escribiendo aquellos generales con los que Hitler despachaba (es el caso de Von Manstein, por ejemplo), o de sus declaraciones en Nuremberg (así, Jodl).
Las actas abarcan, pues, desde 1942 hasta el 27 de marzo de 1945, la última conservada, dos días antes del suicidio de Hitler. La inmensa mayoría de su contenido es puramente militar, táctico. Yo diría que un poco, o bastante, repugnante. Cuesta darse cuenta, cuando se llevan unas páginas leídas y se va pillando el ritmillo, que todo eso de lo que hablan los interlocutores son vidas humanas. Resulta cabreante leer con qué facilidad tanto Hitler como sus generales dan por perdidas unidades, o las fuerzan a movimientos imposibles pese a estar exhaustas; y pensar luego que eso es algo que nos puede pasar a cualquiera. En general, el tono que pervive a las notas, como el bajo continuo de un concierto barroco, es el simple, puro, desprecio por la vida humana. Pondré un solo ejemplo, de resonancias cinéfilas.
En abril de 1944, en el frente oriental (la antigua Europa del Este), y más concretamente en Zagan, Polonia, los alemanes tenían 10.000 pilotos aliados prisioneros. Los rusos avanzaban a toda leche y se propone, en la reunión, que dichos prisioneros sean entregados a los soviéticos, ante la imposibilidad de trasladarlos. Hitler dice que ni de coña. Al fin y al cabo, eso es devolver a la lucha a 10.000 pilotos. Exige que sean trasladados a Alemania. El propio Hitler reconoce que, si fuesen soldados, utilizaría 20 trenes para transportarlos. Pero, siendo prisioneros, y «siguiendo las normas rusas» (esto era muy típico de él, esconderse detrás de algún argumento), con dos o tres bastarían. En ese momento toma la palabra Hermann Göring, conmilitón del jefe, y propone… que se les quiten los zapatos y los pantalones «para que no puedan correr por la nieve».
Os invito a que intentéis cruzar Polonia, en abril, hacinados en un vagón de ganado, descalzos y en calzoncillos. Si sobrevivís, me lo contáis.
Las referencias cinéfilas tienen que ver con que fue en esta área, en el campo de Stalag, donde fueron fusilados cincuenta pilotos aliados, casi todos británicos, que se habían fugado con otros 26 del campo de prisioneros en la noche del 25 de marzo de 1944. Yo creo, aunque no estoy del todo seguro, que este hecho real es el que está detrás de una excelente película bélica, La gran evasión, en mi opinión una de las grandes filmaciones de Steve McQueen (junto con Bullit; que tiene, por cierto, la mejor persecución en automóvil jamás filmada). Nota para los más jóvenes: Steve McQueen fue el Harrison Ford de vuestras madres cuando tenían vuestra edad.
Por lo demás, la lectura de las actas es realmente curiosa en algunos puntos. Hay veces que los generales dirimen sus diferencias delante de Hitler, sin recatarse. Algunos, incluso, le contestan, como es el caso de Heinz Guderian, el artífice de la rapidísima victoria alemana sobre Francia, a quien Hitler odiaba, por lo que se ve, entre otras cosas porque no se callaba. También se da el caso contrario. Jodl, por ejemplo, está en casi todas las actas, y casi siempre lo que hace es adaptar su discurso a las opiniones de su jefe.
Mi preferido, por así decirlo, es Hermann Fegelein, representante de Himmler en diversas reuniones. Un tipo realmente idiota, tanto que, en una de las actas, Hitler pregunta quién podría explicarle cómo funcionan los rangos militares en Inglaterra y Fegelein le contesta que un general amigo suyo, puesto que ha pasado mucho tiempo en Estados Unidos. Lo que se dice un cabezabuque.
Se suele decir que Fegelein y Hitler fueron cuñados. Aunque no lo fueron, creo yo, porque Fegelein, en efecto, se casó con la hermana de Eva Braun. Pero Hitler sólo se casó con Eva Braun hasta el día en que se suicidó y ese día Fegelein había sido ya fusilado… por orden de Hitler. La verdad es que en las actas, cada vez que el Führer responde a Fegelein, se nota mucho que lo tenía por un tonto del culo.
Si no recuerdo mal, nuevo interludio cinéfilo, en la soberbia película alemana El hundimiento hay una escena en la que Eva Braun trata, infructuosamente, de mediar ante Hitler para que no fusile al marido de su hermana. O sea, a este tipo.
La verdad es que no me extrañaría nada quedarme pronto sin lectores. Llevo tres folios de Word y todavía no me empezado a contar la anécdota que da título al post. Debo pedir disculpas. Todos los que me conocen se meten conmigo por mis excesos amanuenses. Prometo morigerarme en el futuro y hacer post que pueda leer una persona normal.
En algún momento de la guerra, los alemanes encontraron en Francia, concretamente en un lugar llamado Schneider-Creusot, una veintena de antiguos cañones españoles de los siglos XVII y XVIII, se supone que incautados por los franceses en antiguas batallas navales. Un funcionario alemán de Exteriores, Ritter, decidió, como veremos ahora por su cuenta y riesgo, ponerse en contacto con el ministro español del ejército, Carlos Asensio, y ofrecerle los cañones a Franco como un regalo de Hitler. Asensio, probablemente también por su cuenta y riesgo, contestó que sí, que muy honrado.
En marzo de 1944, en el curso de una reunión cuya acta sobrevivió parcialmente al fuego, el mariscal Wilhelm Keitel, que ya debía de tener la mosca detrás de la oreja, le plantea a Hitler la pregunta de si es verdad que él ha tomado dicha decisión. Y Hitler, además de negarlo, se coge un cabreo de testículos.
Porque es que Hitler, además de un nazi, era un ladrón.
«No tengo por costumbre regalar nada histórico», sentencia. Y continúa: «Yo, como regalo, ofrezco coches». Y creo recordar que no mentía, pues uno de los Rolls de Franco se lo había regalado, efectivamente, él. Ese mismo día, en la misma acta pues, Hitler estalla en cólera porque le informan de que en Grecia se ha encontrado una estatua antigua y se ha decidido regalársela a los griegos. «Exijo», afirma, «que todo lo que encuentren los alemanes sea traído a Alemania de inmediato». Para suerte de Hitler, las siguientes notas están quemadas. Aunque se conserva la expresión «chusma de indeseables». Y podéis apostar a que no se refería a los alemanes.
Consecuencia: se comunica a los interlocutores alemanes con Franco, cuando éste ya ha aceptado el amable regalo, que se enviará los cañones, pero a cambio de su peso en metal no ferroso, necesario para la producción de guerra. O sea, como decir: ¡feliz cumpleaños, mamá!… son 30 euros.
Franco no volvió a mencionar el tema. Nunca recibió los cañones. De hecho, lo más probable, y es por eso que digo que quizás Asensio aceptó sin consultar, es que no quisiera recibirlos. En marzo de 1944, es muy dudoso que Franco quisiera recibir ya nada de Hitler. Ya le había solicitado, para entonces, la retirada del frente de la División Azul. Y, tan sólo ocho meses después de la anécdota de los cañones, haría aquellas famosas declaraciones a la United Press en las que, en un alarde importante de cinismo, defendería que nunca había sido fascista y que siempre había sido muy amiguito de las potencias aliadas.
Para entonces, Hitler apestaba.
sábado, octubre 14, 2006
Si hablo, o más bien escribo, bastante a menudo de Barcelona, es porque es mi tercera ciudad. La primera es La Coruña, donde me crié. La segunda es Madrid, donde vivo y donde nací. Y la tercera es Barcelona, porque es la que más visito además de las dos anteriores, en digna competencia con Bruselas.
Esto no quiere decir nada porque, en realidad, si me pongo a hacer cálculos, habré pasado en Barcelona, en los últimos diez años, no menos de tres o cuatro meses enteros de mi vida, y creo que me quedo corto; y, sin embargo, por poner un ejemplo, jamás he podido visitar la Sagrada Familia. Mi experiencia me dice, además, que soy parte de una legión; somos muchos los que pisamos ciudades que desconocemos en lo absoluto.
Mi interés por Ildefons Cerdá comenzó de coña. En los alrededores de su plaza, la plaza Cerdá, y en ella misma, hay dos o tres sitios en los que yo suelo parar por cuestiones de trabajo. Así, cada vez que tengo que quedar con alguien en Barcelona, suelo arrastrarlo hacia donde yo estoy, más que por comodidad, por miedo a perderme (ahora que lo pienso, un día tengo que organizar una reunión de trabajo en el pórtico de la Sagrada Familia). Además, la plaza Cerdá está de camino al aeropuerto.
El caso es que me encanta picar a mis amigos barceloneses citándoles leyendo la placa como la lee espontáneamente un castellano, es decir con el acento tónico en la penúltima sílaba. «Podemos quedar en la plaza cerda», digo. Y, a continuación, apostillo: «Pero no entiendo el nombre, pues no la veo más cerda que otras plazas».
Siempre te corrigen, claro. Cerdá, es Cerdá. Pero un día, como si tal cosa, se me ocurrió preguntar: «Y, ¿quién era Cerdá?». Más que habitualmente, la respuesta era y es el silencio. Así que me puse a leer, como suelo hacer siempre que me pica la curiosidad.
El hombre, durante más de 2.000 años, concibió en la práctica la creación de ciudades como un aluvión. Es cierto que hubo civilizaciones, ahora se me vienen a la mente los romanos, que se preocuparon por inventar casas estudiadas para el bien vivir. Pero esos mismos romanos tenían barrios, como la horrenda Subura de la Roma cesarea, que eran auténticas colmenas insalobres. Pero hubo un momento en el que el hombre empezó a pensar. A pensar que los barrios hay que pensarlos. Que hay que planificarlos. Que hay que tener en cuenta que los barrios, las calles y conjuntos de calles, tienen que combinar sabiamente los servicios de una ciudad, las casas, los transportes. Incluso, quienes esas cosas pensaban comenzaron a preguntarse por qué no construir ciudades en las que todas sus casas, todas, tuviesen luz natural.
Quizá, la primera persona que reflexionó en serio, o por lo menos de forma sistemática, sobre este asunto en todo el mundo fue un catalán: Ildefons Cerdá.
Cerdá se formó en Madrid, en la escuela de ingenieros de caminos que fundó Agustín de Betancourt. De Betancourt, por cierto, tiene una calle bastante importante en Madrid (termina donde estaba el edificio Windsor), pero no os molestéis en preguntarles a los viandantes si saben algo de él, porque los madrileños tampoco le conocen.
La gran oportunidad de llevar a la práctica sus ideas, ya no de arquitectura, sino de urbanismo, le llegó a Cerdá a mediados del siglo XIX, cuando estaba en la plenitud intelectual y había alcanzado, argumento no desdeñable, la tranquilidad económica. En ese momento gobernaban España políticos liberales, bastante cercanos a las ideas de don Ildefons; y, además, se tomó una decisión muy sabia, como era derribar las murallas de Barcelona. Porque Barcelona, en efecto, siguió hasta hace 150 años siendo una ciudad de corte medieval en su estructura.
La construcción de los nuevos barrios que el derribo de las murallas liberó es lo que se conoció, y se conoce aún, como El Ensanche de Barcelona, a pesar de que hoy esté bastante dentro del casco urbano. Entonces la banlieu, un lugar donde hacer las cosas un poco a derechas. El paraíso de un planificador.
Lo cierto es que Cerdá tuvo muchos problemas. Sus planteamientos urbanísticos no fueron del gusto de muchísimos barceloneses, especialmente burgueses apegados a gustos más tradicionales y, de hecho, Cerdá tuvo que ser impuesto... por Madrid. Cosas que tiene la vida, ¿eh?
El concurso para el Ensanche barcelonés lo ganó, en realidad, otro catalán, Antoni Rovira i Trías. La diferencia entre Rovira y Cerdá estribaba en que el primero tenía un proyecto que seguía reconociendo la preeminencia de la vieja Barcelona, de la que los nuevos barrios dependerían; mientras que Cerdá, obsesionado como buen urbanista en el concepto de ciudad nueva, concibió en el Ensanche una especie de Barcelona paralela, distinta y autónoma. Cerdá proyectó manzanas de casas de tamaño medio, unos 100 metros, con sus esquinas romas (chaflanes) para crear plazoletas en los cruces, y jardines en el interior de las manzanas. ¿Cuántas manzanas habéis visto así, con un jardín en su interior? Pues, si vivís en una, darle las gracias a Cerdá.
He leído algún que otro comentario según el cual el legado de Cerdá es más visible en Madrid que en Barcelona, a través de la notable influencia que ejercieron sus ideas en el propio Ensanche de Madrid, que no se llama Ensanche ni nada, dentro del cual se construyó una parte importante del barrio de Salamanca, el de Chamberí y un tramo de la Castellana.
Tenía ganas de escribir sobre Ildefons Cerdá porque, la verdad, lo considero un adelantado a su tiempo que merece placa con letras de oro por ser uno de esos personajes que procuró el beneficio más valioso del desarrollo, que es el bien de las gentes. Si en lugar de barcelonés fuese parisino, o londinense, yo creo que hoy sabríamos de él más de lo que sabemos. Su caída en desgracia, que tuvo la mala suerte de sufrir (murió en un balneario cántabro, olvidado de todos), revela lo poco dados que somos en la piel de toro a conservar nuestros mitos. En algunos países, los niños tendrían que aprender en la escuela quién fue Ildefons Cerdá.
Terminaré con una anécdota sobre el callejero barcelonés, a ver si consigo arrancar una sonrisa de mis lectores. Aunque la anécdota también tiene que ver con esa obligación moral que debería tener la escuela de dejarnos siempre bien enseñado lo que es nuestro.
En 1993, pleno verano, acabé dándome barrigazos por Barcelona, comme d'habitude. Un amigo de un amigo me invitó a comer, a mí, a un gallego, con el atrevido argumento de que por fin iba a comer langostinos de verdad (en fin...) Este amigo se acababa de mudar a un flamante apartamento en la Villa Olímpica. En la plaza de Tirant lo Blanc.
Tomé un taxi. Iba yo muy concentrado en unos papeles que llevaba; suelo usar los taxis para currar, de hecho. El taxista iba hablándome de cosas inconexas; yo no le hacía caso y le contestaba con monosílabos guturales, aquí un «uh», allí un «ah». Capté dos o tres informaciones de escaso interés sobre la carestía del impuesto de circulación en Barcelona y el precio de las espardenyas.
En un momento dado, miré el reloj. Llevaba cuarenta minutos en el taxi... y lo había tomado en el Puerto Viejo. Era verano y casi no había tráfico. ¿De qué iba aquel tipo? Entonces me fijé en el taxímetro y calculé que hacía un buen rato que el conductor lo había parado.
Se había perdido.
Lacrimosamente, me explicó que la peor condenación para un taxista de Barcelona, en 1993, era que le marcasen una dirección en la Villa Olímpica. Todas las calles son nuevas, dijo, y no nos las sabemos. Yo, algo mosqueado, le dije: «Pues pregunte, joder.»
Eso fue lo que hizo. En un semáforo, que una solitaria chica cruzaba, el taxista sacó la cabeza por la ventanilla y le dijo:
- ¡Escucha, oye! ¿Sabes por dónde queda la plaza de Tirando al Blanco?
¡¡¡ANIMAL!!!
No pude por menos que proferir esta expresión. «Pero, tío, ¿no te dije Tirant lo Blanc, joder?»
Aquel tipo se creía que las calles y plazas de la Villa Olímpica de Barcelona, en pura lógica, se llamarían Tirando al Blanco, Corriendo los Cien Metros, o Lanzando la Jabalina.
De Tirant lo Blanc no tenía, claro, la menor noticia.
Y tranquilos los gallegos. Los langostinos estaban buenos, para qué negarlo. Pero no tan buenos. Vosotros ya me entendéis.
Esto no quiere decir nada porque, en realidad, si me pongo a hacer cálculos, habré pasado en Barcelona, en los últimos diez años, no menos de tres o cuatro meses enteros de mi vida, y creo que me quedo corto; y, sin embargo, por poner un ejemplo, jamás he podido visitar la Sagrada Familia. Mi experiencia me dice, además, que soy parte de una legión; somos muchos los que pisamos ciudades que desconocemos en lo absoluto.
Mi interés por Ildefons Cerdá comenzó de coña. En los alrededores de su plaza, la plaza Cerdá, y en ella misma, hay dos o tres sitios en los que yo suelo parar por cuestiones de trabajo. Así, cada vez que tengo que quedar con alguien en Barcelona, suelo arrastrarlo hacia donde yo estoy, más que por comodidad, por miedo a perderme (ahora que lo pienso, un día tengo que organizar una reunión de trabajo en el pórtico de la Sagrada Familia). Además, la plaza Cerdá está de camino al aeropuerto.
El caso es que me encanta picar a mis amigos barceloneses citándoles leyendo la placa como la lee espontáneamente un castellano, es decir con el acento tónico en la penúltima sílaba. «Podemos quedar en la plaza cerda», digo. Y, a continuación, apostillo: «Pero no entiendo el nombre, pues no la veo más cerda que otras plazas».
Siempre te corrigen, claro. Cerdá, es Cerdá. Pero un día, como si tal cosa, se me ocurrió preguntar: «Y, ¿quién era Cerdá?». Más que habitualmente, la respuesta era y es el silencio. Así que me puse a leer, como suelo hacer siempre que me pica la curiosidad.
El hombre, durante más de 2.000 años, concibió en la práctica la creación de ciudades como un aluvión. Es cierto que hubo civilizaciones, ahora se me vienen a la mente los romanos, que se preocuparon por inventar casas estudiadas para el bien vivir. Pero esos mismos romanos tenían barrios, como la horrenda Subura de la Roma cesarea, que eran auténticas colmenas insalobres. Pero hubo un momento en el que el hombre empezó a pensar. A pensar que los barrios hay que pensarlos. Que hay que planificarlos. Que hay que tener en cuenta que los barrios, las calles y conjuntos de calles, tienen que combinar sabiamente los servicios de una ciudad, las casas, los transportes. Incluso, quienes esas cosas pensaban comenzaron a preguntarse por qué no construir ciudades en las que todas sus casas, todas, tuviesen luz natural.
Quizá, la primera persona que reflexionó en serio, o por lo menos de forma sistemática, sobre este asunto en todo el mundo fue un catalán: Ildefons Cerdá.
Cerdá se formó en Madrid, en la escuela de ingenieros de caminos que fundó Agustín de Betancourt. De Betancourt, por cierto, tiene una calle bastante importante en Madrid (termina donde estaba el edificio Windsor), pero no os molestéis en preguntarles a los viandantes si saben algo de él, porque los madrileños tampoco le conocen.
La gran oportunidad de llevar a la práctica sus ideas, ya no de arquitectura, sino de urbanismo, le llegó a Cerdá a mediados del siglo XIX, cuando estaba en la plenitud intelectual y había alcanzado, argumento no desdeñable, la tranquilidad económica. En ese momento gobernaban España políticos liberales, bastante cercanos a las ideas de don Ildefons; y, además, se tomó una decisión muy sabia, como era derribar las murallas de Barcelona. Porque Barcelona, en efecto, siguió hasta hace 150 años siendo una ciudad de corte medieval en su estructura.
La construcción de los nuevos barrios que el derribo de las murallas liberó es lo que se conoció, y se conoce aún, como El Ensanche de Barcelona, a pesar de que hoy esté bastante dentro del casco urbano. Entonces la banlieu, un lugar donde hacer las cosas un poco a derechas. El paraíso de un planificador.
Lo cierto es que Cerdá tuvo muchos problemas. Sus planteamientos urbanísticos no fueron del gusto de muchísimos barceloneses, especialmente burgueses apegados a gustos más tradicionales y, de hecho, Cerdá tuvo que ser impuesto... por Madrid. Cosas que tiene la vida, ¿eh?
El concurso para el Ensanche barcelonés lo ganó, en realidad, otro catalán, Antoni Rovira i Trías. La diferencia entre Rovira y Cerdá estribaba en que el primero tenía un proyecto que seguía reconociendo la preeminencia de la vieja Barcelona, de la que los nuevos barrios dependerían; mientras que Cerdá, obsesionado como buen urbanista en el concepto de ciudad nueva, concibió en el Ensanche una especie de Barcelona paralela, distinta y autónoma. Cerdá proyectó manzanas de casas de tamaño medio, unos 100 metros, con sus esquinas romas (chaflanes) para crear plazoletas en los cruces, y jardines en el interior de las manzanas. ¿Cuántas manzanas habéis visto así, con un jardín en su interior? Pues, si vivís en una, darle las gracias a Cerdá.
He leído algún que otro comentario según el cual el legado de Cerdá es más visible en Madrid que en Barcelona, a través de la notable influencia que ejercieron sus ideas en el propio Ensanche de Madrid, que no se llama Ensanche ni nada, dentro del cual se construyó una parte importante del barrio de Salamanca, el de Chamberí y un tramo de la Castellana.
Tenía ganas de escribir sobre Ildefons Cerdá porque, la verdad, lo considero un adelantado a su tiempo que merece placa con letras de oro por ser uno de esos personajes que procuró el beneficio más valioso del desarrollo, que es el bien de las gentes. Si en lugar de barcelonés fuese parisino, o londinense, yo creo que hoy sabríamos de él más de lo que sabemos. Su caída en desgracia, que tuvo la mala suerte de sufrir (murió en un balneario cántabro, olvidado de todos), revela lo poco dados que somos en la piel de toro a conservar nuestros mitos. En algunos países, los niños tendrían que aprender en la escuela quién fue Ildefons Cerdá.
Terminaré con una anécdota sobre el callejero barcelonés, a ver si consigo arrancar una sonrisa de mis lectores. Aunque la anécdota también tiene que ver con esa obligación moral que debería tener la escuela de dejarnos siempre bien enseñado lo que es nuestro.
En 1993, pleno verano, acabé dándome barrigazos por Barcelona, comme d'habitude. Un amigo de un amigo me invitó a comer, a mí, a un gallego, con el atrevido argumento de que por fin iba a comer langostinos de verdad (en fin...) Este amigo se acababa de mudar a un flamante apartamento en la Villa Olímpica. En la plaza de Tirant lo Blanc.
Tomé un taxi. Iba yo muy concentrado en unos papeles que llevaba; suelo usar los taxis para currar, de hecho. El taxista iba hablándome de cosas inconexas; yo no le hacía caso y le contestaba con monosílabos guturales, aquí un «uh», allí un «ah». Capté dos o tres informaciones de escaso interés sobre la carestía del impuesto de circulación en Barcelona y el precio de las espardenyas.
En un momento dado, miré el reloj. Llevaba cuarenta minutos en el taxi... y lo había tomado en el Puerto Viejo. Era verano y casi no había tráfico. ¿De qué iba aquel tipo? Entonces me fijé en el taxímetro y calculé que hacía un buen rato que el conductor lo había parado.
Se había perdido.
Lacrimosamente, me explicó que la peor condenación para un taxista de Barcelona, en 1993, era que le marcasen una dirección en la Villa Olímpica. Todas las calles son nuevas, dijo, y no nos las sabemos. Yo, algo mosqueado, le dije: «Pues pregunte, joder.»
Eso fue lo que hizo. En un semáforo, que una solitaria chica cruzaba, el taxista sacó la cabeza por la ventanilla y le dijo:
- ¡Escucha, oye! ¿Sabes por dónde queda la plaza de Tirando al Blanco?
¡¡¡ANIMAL!!!
No pude por menos que proferir esta expresión. «Pero, tío, ¿no te dije Tirant lo Blanc, joder?»
Aquel tipo se creía que las calles y plazas de la Villa Olímpica de Barcelona, en pura lógica, se llamarían Tirando al Blanco, Corriendo los Cien Metros, o Lanzando la Jabalina.
De Tirant lo Blanc no tenía, claro, la menor noticia.
Y tranquilos los gallegos. Los langostinos estaban buenos, para qué negarlo. Pero no tan buenos. Vosotros ya me entendéis.
viernes, octubre 13, 2006
¿Por qué la República perdió la guerra?
Los diversos comentarios, públicos y privados, que generó en su día el post de Inasequible Aldesaliento sobre la competencia o incompetencia militar de Franco le han llevado a elaborar un nuevo texto; texto en el que reflexiona sobre el hecho de que un penalty no marcado es siempre la combinación de dos efectos: por un lado, el portero que lo para; y, por otro, el delantero que lo tira mal.
Como de costumbre en estos casos, y con permiso del autor, entre corchetes y destacados van mis propios comentarios.
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¿Por qué la República perdió la guerra?
© Inasequible Aldesaliento™
Después de leer el libro de Blanco Escolá La incompetencia militar de Franco, uno no puede menos que preguntarse: si ese señor era tan mal estratega, ¿cómo es que ganó la guerra? Una posible respuesta sería: Franco no ganó la guerra, fue la República quien la perdió.
Si hacemos abstracción de las condiciones reales del bando republicano las expectativas para la República la noche del 18 de julio no eran malas en absoluto: la mitad del Ejército de Tierra estaba con ella, así como algo más de la mitad de la exigua fuerza aéra y casi toda la Armada. La República controlaba las zonas más industriales del país y además unas zonas agrícolas no desdeñables (el Levante, Aragón y La Mancha) que deberían permitirle alimentar a la retaguardia. La única ventaja con la que contaban los rebeldes era que de su parte estaba el Ejército de África, la élite del Ejército español. Pero tenían el inconveniente logístico de que, para que pudiera hacer sentir su peso, tenían que trasladarlo a la Península y para ello no contaban ni con los aviones ni con los barcos necesarios.
[No obstante, de lo que careció en un primer momento fue de moral de guerra. Los decretos urgentes publicados por el Gobierno horas después del golpe de Estado tienen como función anular la declaración del estado de guerra realizada por los alzados allí donde habían triunfado y disolver las unidades militares rebeldes. La segunda medida era, que diría un sajón, wishful thinking. La primera fue un error, porque España estaba en guerra y reconocerlo le habría sido muy útil al gobierno republicano. Durante casi toda la guerra, sin embargo, en la España republicana siguió sin declararse el estado de guerra, porque eso suponía darle demasiado poder al ejército, en el que desconfiaban.]
Si metemos ahora en la ecuación las grandes divisiones internas en el bando republicano y su desconfianza hacia lo militar que les llevó a desmantelar el Ejército que les había sido leal, vemos que la situación ya no era tan halagüeña y podemos afirmar que la República fue la principal responsable de su propia derrota.
[Yo no diría exactamente que el ejército republicano fue desmantelado. Fue, en una primera instancia, sustituido por milicias civiles de partido, milicias armadas porque la decisión, más o menos pensada, de los poderes públicos fue armar al pueblo. Pero lo que sí es cierto es que un ejército, para ser efectivo, necesita disciplina y organización. Y en la guerra civil hay episodios, quizá el más evidente la pérdida de Málaga, donde se hace patente que, por lo menos hasta bien entrado 1937, el ejército no mandaba en la guerra republicana.]
La causa principal de la derrota republicana fue su propia desunión. Los distintos partidos no entendieron que para ganar una guerra es esencial mantenerse unidos y fijarse como prioridad la derrota del enemigo. Todos pensaron que podían al mismo tiempo derrotar a los nacionales y conseguir sus propios objetivos, ya se llamasen revolución social, colectivización del campo o República federal. Sólo esa miopía explica hechos tan sorprendentes como que anarquistas y comunistas se tiroteasen en las calles de Barcelona en abril de 1937, en lugar de unir fuerzas contra el enemigo común, o que las rencillas personales entre Largo Caballero y Prieto fueran uno de los factores que frenaron el Plan P (la ofensiva en Extremadura) del general Rojo, plan imaginativo que habría podido causar muchos dolores de cabeza a los nacionales si se hubiera ejecutado en 1937 o incluso en 1938.
[Dos ejemplos marcan este contraste. En abril de 1944, en las áreas mineras de Inglaterra, especialmente en Yorkshire, se produjo una huelga de mineros. Nada más comenzar, se produjo un pronunciamiento de los propios sindicatos instando a los trabajadores a terminar la protesta, con el argumento de que nada, incluso las reivindicaciones justas, debía poner en peligro el objetivo mayor de ganarle la guerra a Hitler (la minería era básica para la producción bélica). Espíritu que contrasta con el de, por ejemplo, los anarquistas catalanes y aragoneses, que con su negativa a aplazar la revolución al momento en que la guerra se hubiese ganado se lanzaron a una razzia de colectivizaciones que agostó la producción de ese área, así como su capacidad militar, durante mucho tiempo.]
Aparte de la desunión pueden señalarse otras razones para la derrota republicana:
En primer lugar, la desconfianza hacia el Ejército regular tras la sublevación del 18 de julio y el ejemplo mitificado de la Revolución Soviética hicieron que en los primeros meses de la guerra se confiase demasiado en la eficacia guerrera del pueblo en armas y se olvidase que en la guerra del Siglo XX la técnica y la organización valen más que el entusiasmo. Cuando en octubre empezó a rectificarse el tiro, se habían perdido unos meses preciosos y se había dejado que los nacionales uniesen sus dos zonas y se colocasen en las cercanías de Madrid. Puede decirse que el Ejército republicano fue un ejército que se pasó toda la Guerra Civil en rodaje. Ello más que en su descrédito, hay que decirlo con admiración: que un Ejército organizado en medio de una guerra tuviera el desempeño que tuvo, resulta notable.
No obstante el aspecto improvisado del Ejército se dejó ver sobre todo en sus carencias tácticas. Improvisar suboficiales cualificados es más difícil que improvisar soldados. El Ejército republicano, que podía resultar muy tenaz y eficaz en la defensa, como se vió en el Jarama o en la segunda fase de la batalla del Ebro, pinchaba cuando se trataba de pasar al ataque, algo que exige mayor preparación técnica y, sobre todo, un cuerpo de oficiales y suboficiales profesionales y con experiencia. En Brunete, Belchite o el Ebro se repite la misma historia: el Ejército republicano logra romper el frente enemigo y a continuación, cuando hay que improvisar en función de la situación creada por la ruptura, se pierde, no sabe explotar el éxito y acaba concediendo tablas al enemigo, en una partida que hubiera podido ganar.
[Tampoco faltan episodios en la guerra en los que las milicias sufren bajas enormes para conquistar una posición que luego es abandonada por su escaso, cuando no nulo, valor táctico.]
En segundo lugar, está la ayuda internacional. Ha sido un tema muy discutido, pero cada vez parece más fuera de duda que el bando nacional recibió más ayuda extranjera que el republicano y que la que recibió fue de mayor calidad y más barata. Aparte de que el bando republicano, con una frontera francesa que estuvo cerrada una buena parte de la guerra y con la Armada italiana en el Mediterráneo, tuvo mayores problemas para hacer llegar a su territorio la ayuda recibida. Fue gracias a la ayuda internacional que el bando nacional pudo montar el puente aéreo para transportar las tropas africanas desde el Protectorado en los primeros días de la guerra. Fue gracias a la ayuda internacional que prácticamente desde la primavera de 1937 los cielos estuvieron controlados por la aviación nacional.
En tercer lugar, la República, a pesar de contar con la mayor parte de la flota, no fue capaz de conseguir el control de los mares en toda la guerra. El mero control de los mares no le habría bastado para ganar la guerra, pero habría hecho las cosas más difíciles al bando nacional. La explicación de este fracaso es muy sencilla: muy pocos altos oficiales de la Marina siguieron fieles a la República y sin esos oficiales no fue posible conseguir una Armada eficaz.
Tal vez ahora que se está recuperando la memoria histórica, convendría que todos recordasen una de las grandes lecciones de la Guerra Civil española: la unión hace la fuerza y la desunión, la derrota.
Como de costumbre en estos casos, y con permiso del autor, entre corchetes y destacados van mis propios comentarios.
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¿Por qué la República perdió la guerra?
© Inasequible Aldesaliento™
Después de leer el libro de Blanco Escolá La incompetencia militar de Franco, uno no puede menos que preguntarse: si ese señor era tan mal estratega, ¿cómo es que ganó la guerra? Una posible respuesta sería: Franco no ganó la guerra, fue la República quien la perdió.
Si hacemos abstracción de las condiciones reales del bando republicano las expectativas para la República la noche del 18 de julio no eran malas en absoluto: la mitad del Ejército de Tierra estaba con ella, así como algo más de la mitad de la exigua fuerza aéra y casi toda la Armada. La República controlaba las zonas más industriales del país y además unas zonas agrícolas no desdeñables (el Levante, Aragón y La Mancha) que deberían permitirle alimentar a la retaguardia. La única ventaja con la que contaban los rebeldes era que de su parte estaba el Ejército de África, la élite del Ejército español. Pero tenían el inconveniente logístico de que, para que pudiera hacer sentir su peso, tenían que trasladarlo a la Península y para ello no contaban ni con los aviones ni con los barcos necesarios.
[No obstante, de lo que careció en un primer momento fue de moral de guerra. Los decretos urgentes publicados por el Gobierno horas después del golpe de Estado tienen como función anular la declaración del estado de guerra realizada por los alzados allí donde habían triunfado y disolver las unidades militares rebeldes. La segunda medida era, que diría un sajón, wishful thinking. La primera fue un error, porque España estaba en guerra y reconocerlo le habría sido muy útil al gobierno republicano. Durante casi toda la guerra, sin embargo, en la España republicana siguió sin declararse el estado de guerra, porque eso suponía darle demasiado poder al ejército, en el que desconfiaban.]
Si metemos ahora en la ecuación las grandes divisiones internas en el bando republicano y su desconfianza hacia lo militar que les llevó a desmantelar el Ejército que les había sido leal, vemos que la situación ya no era tan halagüeña y podemos afirmar que la República fue la principal responsable de su propia derrota.
[Yo no diría exactamente que el ejército republicano fue desmantelado. Fue, en una primera instancia, sustituido por milicias civiles de partido, milicias armadas porque la decisión, más o menos pensada, de los poderes públicos fue armar al pueblo. Pero lo que sí es cierto es que un ejército, para ser efectivo, necesita disciplina y organización. Y en la guerra civil hay episodios, quizá el más evidente la pérdida de Málaga, donde se hace patente que, por lo menos hasta bien entrado 1937, el ejército no mandaba en la guerra republicana.]
La causa principal de la derrota republicana fue su propia desunión. Los distintos partidos no entendieron que para ganar una guerra es esencial mantenerse unidos y fijarse como prioridad la derrota del enemigo. Todos pensaron que podían al mismo tiempo derrotar a los nacionales y conseguir sus propios objetivos, ya se llamasen revolución social, colectivización del campo o República federal. Sólo esa miopía explica hechos tan sorprendentes como que anarquistas y comunistas se tiroteasen en las calles de Barcelona en abril de 1937, en lugar de unir fuerzas contra el enemigo común, o que las rencillas personales entre Largo Caballero y Prieto fueran uno de los factores que frenaron el Plan P (la ofensiva en Extremadura) del general Rojo, plan imaginativo que habría podido causar muchos dolores de cabeza a los nacionales si se hubiera ejecutado en 1937 o incluso en 1938.
[Dos ejemplos marcan este contraste. En abril de 1944, en las áreas mineras de Inglaterra, especialmente en Yorkshire, se produjo una huelga de mineros. Nada más comenzar, se produjo un pronunciamiento de los propios sindicatos instando a los trabajadores a terminar la protesta, con el argumento de que nada, incluso las reivindicaciones justas, debía poner en peligro el objetivo mayor de ganarle la guerra a Hitler (la minería era básica para la producción bélica). Espíritu que contrasta con el de, por ejemplo, los anarquistas catalanes y aragoneses, que con su negativa a aplazar la revolución al momento en que la guerra se hubiese ganado se lanzaron a una razzia de colectivizaciones que agostó la producción de ese área, así como su capacidad militar, durante mucho tiempo.]
Aparte de la desunión pueden señalarse otras razones para la derrota republicana:
En primer lugar, la desconfianza hacia el Ejército regular tras la sublevación del 18 de julio y el ejemplo mitificado de la Revolución Soviética hicieron que en los primeros meses de la guerra se confiase demasiado en la eficacia guerrera del pueblo en armas y se olvidase que en la guerra del Siglo XX la técnica y la organización valen más que el entusiasmo. Cuando en octubre empezó a rectificarse el tiro, se habían perdido unos meses preciosos y se había dejado que los nacionales uniesen sus dos zonas y se colocasen en las cercanías de Madrid. Puede decirse que el Ejército republicano fue un ejército que se pasó toda la Guerra Civil en rodaje. Ello más que en su descrédito, hay que decirlo con admiración: que un Ejército organizado en medio de una guerra tuviera el desempeño que tuvo, resulta notable.
No obstante el aspecto improvisado del Ejército se dejó ver sobre todo en sus carencias tácticas. Improvisar suboficiales cualificados es más difícil que improvisar soldados. El Ejército republicano, que podía resultar muy tenaz y eficaz en la defensa, como se vió en el Jarama o en la segunda fase de la batalla del Ebro, pinchaba cuando se trataba de pasar al ataque, algo que exige mayor preparación técnica y, sobre todo, un cuerpo de oficiales y suboficiales profesionales y con experiencia. En Brunete, Belchite o el Ebro se repite la misma historia: el Ejército republicano logra romper el frente enemigo y a continuación, cuando hay que improvisar en función de la situación creada por la ruptura, se pierde, no sabe explotar el éxito y acaba concediendo tablas al enemigo, en una partida que hubiera podido ganar.
[Tampoco faltan episodios en la guerra en los que las milicias sufren bajas enormes para conquistar una posición que luego es abandonada por su escaso, cuando no nulo, valor táctico.]
En segundo lugar, está la ayuda internacional. Ha sido un tema muy discutido, pero cada vez parece más fuera de duda que el bando nacional recibió más ayuda extranjera que el republicano y que la que recibió fue de mayor calidad y más barata. Aparte de que el bando republicano, con una frontera francesa que estuvo cerrada una buena parte de la guerra y con la Armada italiana en el Mediterráneo, tuvo mayores problemas para hacer llegar a su territorio la ayuda recibida. Fue gracias a la ayuda internacional que el bando nacional pudo montar el puente aéreo para transportar las tropas africanas desde el Protectorado en los primeros días de la guerra. Fue gracias a la ayuda internacional que prácticamente desde la primavera de 1937 los cielos estuvieron controlados por la aviación nacional.
En tercer lugar, la República, a pesar de contar con la mayor parte de la flota, no fue capaz de conseguir el control de los mares en toda la guerra. El mero control de los mares no le habría bastado para ganar la guerra, pero habría hecho las cosas más difíciles al bando nacional. La explicación de este fracaso es muy sencilla: muy pocos altos oficiales de la Marina siguieron fieles a la República y sin esos oficiales no fue posible conseguir una Armada eficaz.
Tal vez ahora que se está recuperando la memoria histórica, convendría que todos recordasen una de las grandes lecciones de la Guerra Civil española: la unión hace la fuerza y la desunión, la derrota.
martes, octubre 10, 2006
Antoñito
La Historia, toda Historia, es un piélago de historias. Historias que se pierden en las profundidades del tiempo, a pesar de haber sido notables y aún de gran impacto en su tiempo. Otra cosa que tiene la Historia es que sólo retiene una décima parte, como mucho, de los nombres que debería retener. La Historia de lo cotidiano está repleta de pequeños héroes que las personas pronto olvidan.
Hoy quiero acordarme de un pequeño, insignificante héroe, tan insignificante que sólo conozco su nombre, para colmo diminutivo: Antoñito. Pero quiero dejar aquí un homenaje a Antoñito porque él representa, de alguna manera, todo lo que de honrado y sensible tiene el ser humano. Ahora veremos por qué. No sin que antes me enrolle un poco. Un poco mucho.
Nacionalidades y nacionalismos
Un comentario de Conde a mi post sobre las declaraciones del padre Aurelio Escarré, en el que se extrañaba de un uso tan temprano del concepto de nacionalidad, me ha espoleado a bucear en mi memoria y en mi biblioteca, para poder, como me comprometí, confirmarle hasta qué punto el concepto nacionalidad es muy anterior.
Primavera de 1864. Senado español. Manuel Sánchez Marín, diputado unionista (o sea, de la cuerda del general O’Donell, a quien los ignorantes llaman cero-coma-Donell) perora contra los particularismos regionales y defiende la idea de leyes iguales para todos los españoles. En ese momento, de forma inesperada, se levanta Pedro de Egaña, político vasco, alavés, fuerista y de ideas políticas nada avanzadas (moderado, Egaña ha sido ya ministro de Gracia y Justicia y de Gobernación en etapas más bien poco liberales).
Esto es lo que dice Egaña, con mis destacados:
«Yo vengo a defender un país que no ha agraviado a Su Señoría, que no ha faltado en lo más mínimo a los Cuerpos Colegisladores, que no ha quebrantado ninguno de los respetos que se debía al resto de la nación. Un país en que no sólo he nacido y recibido la vida material, sino a quien le debo también la vida política, lo poco que valgo y lo que soy; un país que me ha empujado hasta un punto elevadísimo en que hoy inmerecidamente me encuentro por gracia voluntad de la más bondadosa de las Reinas [Egaña había sido nombrado senador vitalicio]; mientras que Su Señoría responde otra clase de sentimientos, y se presenta aquí como el fiscal implacable y severo de una organización social a mi juicio la más perfecta que han conocido las edades pasadas, que conocen las presentes y que conocerán las venideras; de esa organización que dura más de mil años, sin que hayan podido conmoverla y menos destruirla las tempestades políticas que han derruido imperios, destronado dinastías, y hasta hundido nacionalidades de gran fuerza; mientras que aquel pobre rincón ha mantenido incólume esa nacionalidad que ha parecido al Sr. Sánchez Silva tan poco digna de respeto, que ni siquiera la considera acreedora a que se la guarden los fueros de la desgracia.
»(…) Oigo que un señor senador amigo mío se extraña de que use la palabra nacionalidad [En efecto: la cita de Egaña había provocado muchos rumores entre los legisladores]. Claro es que al hablar en la época y momento en que he hablado de nacionalidad, este señor senador conocerá muy bien que siendo aquellas provincias parte de España, no había de hablar de una nacionalidad distinta de la española, pero como dentro de esta gran nacionalidad hay una organización especial que vive dentro de ella con su vida aparte, por eso usaba la palabra nacionalidad al hablar de las provincias vascas. Conozco que tal vez habría sido más exacta la palabra organización; de todas maneras, si a Su Señoría no le parece conveniente la de nacionalidad, la reemplazaré desde luego con la de organización especial.»
Como puede verse, además del hecho de que Egaña no era del mismo Bilbao pero se quedaba cerca (eso de «la organización social más perfecta de las venideras» le quedó pintiparado), la cita sirve para dirimir, con exactitud, para qué se inventó el término de nacionalidad distinguido del de nación. Nacionalidad, en este sentido, era una distinción lingüística, cultural y social que, sin embargo, era de posible desarrollo dentro de la nación española.
¿Qué pienso yo de todo esto de los nacionalismos? Pues la verdad es que soy gallego, pero no nacionalista. Y lo que pienso se parece bastante a lo que ya dijo, con bastante acierto, un político por el que no siento demasiada simpatía histórica: Manuel Azaña. Azaña pronunció un discurso el 27 de marzo de 1930 en el restaurante Patria de Barcelona. Este ágape formó parte de un conjunto de celebraciones cuyo centro fueron intelectuales de Madrid (Azaña, Marañón, Ortega, Bagaría, y otros) de visita en Barcelona. El viaje fue un agradecimiento organizado por Juan Estelrich por un manifiesto firmado por esos intelectuales castellanos contra la agresión de la dictadura de Primo de Rivera, en ese momento ya acabada, contra el catalán y lo catalán.
Dejemos a hablar a Azaña. Estas palabras pueden encontrarse en sus Obras Completas:
«En días de dolor para todos, singularmente amargos para Cataluña, pensando en vuestros sentimientos maltratados (…) queríamos deciros lo que era menester entonces para que os llegasen unas palabras de ánimo y el testimonio de que no estabais solos. (…) Y esto lo queríamos hacer no de una manera fría o en virtud de un principio general que podía aplicarse de la misma manera a cualquier país lejano, sino con plena conciencia de las realidades de Cataluña, de sus creaciones actuales y del rango que ocupa entre los pueblos peninsulares, unidos a través de tantas vicisitudes históricas por un destino superior común.
»(…) El rubor nos embargaba al ver que para oprimir a los catalanes se invocaban las cosas más nobles, profanadas por la tiranía. ¿Vosotros os doléis, justamente, de que se oprimiese a Cataluña? ¿Pero no habíamos de indignarnos aún más al ver que para oprimir a vuestra Patria se ponía como pretexto a otra Patria? (…)
»Yo no soy patriota (…) Mas si no soy patriota, sí soy español por los cuatro costados, aunque no sea españolista. (…)
»Gracias al catalanismo será libre Cataluña; y al trabajar nosotros, apuntalados en vosotros, trabajamos para la misma libertad nuestra, y así obtendremos la libertad de España. Porque muy lejos de ser irreconciliables, la libertad de Cataluña y la libertad de España son la misma cosa. Yo creo que esta liberación conjunta no romperá los lazos comunes entre Cataluña y lo que seguiría siendo el resto de España. Creo que entre el pueblo vuestro y el mío hay demasiados lazos espirituales, históricos y económicos para que un día, enfadándonos todos, nos volviésemos las espaldas como si jamás nos hubiéramos conocido. Es lógico que en tiempos de lucha establezcamos el inventario cuidadoso de lo que nos separa; pero será también bueno que un día nos pongamos a reflexionar sobre lo que verdaderamente ‑no administrativamente, sino espiritualmente‑ nos une.»
Sea.
Primavera de 1864. Senado español. Manuel Sánchez Marín, diputado unionista (o sea, de la cuerda del general O’Donell, a quien los ignorantes llaman cero-coma-Donell) perora contra los particularismos regionales y defiende la idea de leyes iguales para todos los españoles. En ese momento, de forma inesperada, se levanta Pedro de Egaña, político vasco, alavés, fuerista y de ideas políticas nada avanzadas (moderado, Egaña ha sido ya ministro de Gracia y Justicia y de Gobernación en etapas más bien poco liberales).
Esto es lo que dice Egaña, con mis destacados:
«Yo vengo a defender un país que no ha agraviado a Su Señoría, que no ha faltado en lo más mínimo a los Cuerpos Colegisladores, que no ha quebrantado ninguno de los respetos que se debía al resto de la nación. Un país en que no sólo he nacido y recibido la vida material, sino a quien le debo también la vida política, lo poco que valgo y lo que soy; un país que me ha empujado hasta un punto elevadísimo en que hoy inmerecidamente me encuentro por gracia voluntad de la más bondadosa de las Reinas [Egaña había sido nombrado senador vitalicio]; mientras que Su Señoría responde otra clase de sentimientos, y se presenta aquí como el fiscal implacable y severo de una organización social a mi juicio la más perfecta que han conocido las edades pasadas, que conocen las presentes y que conocerán las venideras; de esa organización que dura más de mil años, sin que hayan podido conmoverla y menos destruirla las tempestades políticas que han derruido imperios, destronado dinastías, y hasta hundido nacionalidades de gran fuerza; mientras que aquel pobre rincón ha mantenido incólume esa nacionalidad que ha parecido al Sr. Sánchez Silva tan poco digna de respeto, que ni siquiera la considera acreedora a que se la guarden los fueros de la desgracia.
»(…) Oigo que un señor senador amigo mío se extraña de que use la palabra nacionalidad [En efecto: la cita de Egaña había provocado muchos rumores entre los legisladores]. Claro es que al hablar en la época y momento en que he hablado de nacionalidad, este señor senador conocerá muy bien que siendo aquellas provincias parte de España, no había de hablar de una nacionalidad distinta de la española, pero como dentro de esta gran nacionalidad hay una organización especial que vive dentro de ella con su vida aparte, por eso usaba la palabra nacionalidad al hablar de las provincias vascas. Conozco que tal vez habría sido más exacta la palabra organización; de todas maneras, si a Su Señoría no le parece conveniente la de nacionalidad, la reemplazaré desde luego con la de organización especial.»
Como puede verse, además del hecho de que Egaña no era del mismo Bilbao pero se quedaba cerca (eso de «la organización social más perfecta de las venideras» le quedó pintiparado), la cita sirve para dirimir, con exactitud, para qué se inventó el término de nacionalidad distinguido del de nación. Nacionalidad, en este sentido, era una distinción lingüística, cultural y social que, sin embargo, era de posible desarrollo dentro de la nación española.
¿Qué pienso yo de todo esto de los nacionalismos? Pues la verdad es que soy gallego, pero no nacionalista. Y lo que pienso se parece bastante a lo que ya dijo, con bastante acierto, un político por el que no siento demasiada simpatía histórica: Manuel Azaña. Azaña pronunció un discurso el 27 de marzo de 1930 en el restaurante Patria de Barcelona. Este ágape formó parte de un conjunto de celebraciones cuyo centro fueron intelectuales de Madrid (Azaña, Marañón, Ortega, Bagaría, y otros) de visita en Barcelona. El viaje fue un agradecimiento organizado por Juan Estelrich por un manifiesto firmado por esos intelectuales castellanos contra la agresión de la dictadura de Primo de Rivera, en ese momento ya acabada, contra el catalán y lo catalán.
Dejemos a hablar a Azaña. Estas palabras pueden encontrarse en sus Obras Completas:
«En días de dolor para todos, singularmente amargos para Cataluña, pensando en vuestros sentimientos maltratados (…) queríamos deciros lo que era menester entonces para que os llegasen unas palabras de ánimo y el testimonio de que no estabais solos. (…) Y esto lo queríamos hacer no de una manera fría o en virtud de un principio general que podía aplicarse de la misma manera a cualquier país lejano, sino con plena conciencia de las realidades de Cataluña, de sus creaciones actuales y del rango que ocupa entre los pueblos peninsulares, unidos a través de tantas vicisitudes históricas por un destino superior común.
»(…) El rubor nos embargaba al ver que para oprimir a los catalanes se invocaban las cosas más nobles, profanadas por la tiranía. ¿Vosotros os doléis, justamente, de que se oprimiese a Cataluña? ¿Pero no habíamos de indignarnos aún más al ver que para oprimir a vuestra Patria se ponía como pretexto a otra Patria? (…)
»Yo no soy patriota (…) Mas si no soy patriota, sí soy español por los cuatro costados, aunque no sea españolista. (…)
»Gracias al catalanismo será libre Cataluña; y al trabajar nosotros, apuntalados en vosotros, trabajamos para la misma libertad nuestra, y así obtendremos la libertad de España. Porque muy lejos de ser irreconciliables, la libertad de Cataluña y la libertad de España son la misma cosa. Yo creo que esta liberación conjunta no romperá los lazos comunes entre Cataluña y lo que seguiría siendo el resto de España. Creo que entre el pueblo vuestro y el mío hay demasiados lazos espirituales, históricos y económicos para que un día, enfadándonos todos, nos volviésemos las espaldas como si jamás nos hubiéramos conocido. Es lógico que en tiempos de lucha establezcamos el inventario cuidadoso de lo que nos separa; pero será también bueno que un día nos pongamos a reflexionar sobre lo que verdaderamente ‑no administrativamente, sino espiritualmente‑ nos une.»
Sea.
lunes, octubre 09, 2006
¡Oops! (Era: Iglesia y franquismo)
De verdad, es desesperante lo patazas que soy.
El otro día colgué en un post, muy ufano, mis primeras fotos. En alguna de ellas hacía referencia a este post, que escribí hara cosa de diez o quince días, que creía publicado. Hoy Blogger me ha informado de que lo tengo en borrador y, por lo tanto, aún ignoto.
A partir de la línea de puntos, va como lo concebí, tan sólo con la novedad de la foto, que ahora sí que sé subirla.
.............
Cuando se habla de Historia, se habla de algo sobre lo que algunos saben algo, unos pocos mucho y la mayoría nada o casi nada. Un terreno abonado para los clichés, los lugares comunes y, en definitiva, las cosas que no son verdad o no lo son del todo.
Que la Iglesia católica española fue uno de los principales ganadores del advenimiento del franquismo es algo que está fuera de toda duda. Pero la imagen, que tal vez algunas o muchas personas tienen, de una jerarquía eclesiástica constantemente plegada a los deseos, filias y fobias de la dictadura es, hemos de reconocerlo, incierta. Son conocidos, o eso creo yo, los casos de los «curas obreros» de los últimos años del franquismo, algunos de ellos decididamente militantes en la oposición al régimen. Pero el repaso, siquiera somero, a este fenómeno, requiere ir un poco más allá.
Mi historia comienza el 12 de diciembre de 1956. No hace ni veinte años que terminó la guerra y un franquismo ya más consolidado, que comienza su periodo de relaciones con Estados Unidos y el resto de Occidente, se siente en la necesidad de armar un poco más el Estado con leyes fundamentales. En el marco de ese debate la Falange, o sea el único partido político permitido en España (que no se llamaba partido, sino Movimiento Nacional) diseña una serie de proyectos de ley del Estado y del gobierno que son el último intento medianamente serio de crear en España un Estado fascista. Sucintamente, lo que la Falange pretende es crear un Estado en el que los ganadores de la guerra, constituidos en un Consejo Nacional, tendrán la potestad de, como se dice hoy, monitorizar la labor de las Cortes, de los ministros del Gobierno e, incluso, del propio jefe del Estado, o sea Franco.
Estos proyectos generaron una notable oposición desde el propio franquismo, algunas de cuyas voces llegaron a acusar a la Falange de querer implantar un régimen soviético (reproche que a los azules les dolió, y mucho). El 12 de diciembre de 1956, en el palacio de El Pardo, Franco habría de escuchar quejas de parecida naturaleza desde un flanco inesperado.
Le fueron a ver los tres cardenales españoles: Pla y Deniel, Quiroga Palacios y Arriba y Castro. En una audiencia que, según fuentes indirectas (Laureano López Rodó), fue muy tensa, los cardenales leyeron una nota en la que, básicamente, le decían al general que esos proyectos de ley suponían crear una dictadura de partido único, como lo habían sido la Alemania nazi y la Italia de Mussolini (grandes aliados de Franco en la guerra civil).
Esta primera rebelión no fue gran cosa. Los cardenales pedían cosas totalmente dentro del régimen, sobre todo el desarrollo del Fuero de los Españoles que, decían, «excluye lo errores del liberalismo». Pero la resistencia debió ser fuerte. López-Rodó sostiene que, algunos días más tarde, Franco le diría a Quiroga Palacios que si la Iglesia quisiera que él se fuese, él se iría.
El siguiente embate de importancia por parte de la Iglesia se produjo el 14 de noviembre de 1963, y se debió a la valentía de un fraile benedictino catalán, Aurelio M. Escarré (en la foto), conocido en Cataluña como Dom Escarré, abad de Montserrat. En dicha fecha, el periódico francés Le Monde publicó unas declaraciones suyas que eran una auténtica bomba. Leídas hoy pueden parecer normales, pero en ese momento, verdaderamente eran toda una prueba de presencia de ánimo.
Lo primero que hacía Escarré era negar el núcleo duro de la filosofía franquista: «No tenemos tras de nosotros 25 años de paz, sino 25 años de victoria»; proceso liderado por un Estado que «no obedece a los principios básicos del cristianismo». Por si no quedaban claras sus intenciones, defendía la coherencia con el cristianismo en principios como que «el pueblo debe escoger su Gobierno y poder cambiarlo si lo desea». Para Escarré, la persistencia de presos políticos en las cárceles franquistas era demostración palpable de que la paz era una paz falsa, inexistente.
Más: «El Régimen obstaculiza el desarrollo de la cultura catalana». Acto seguido, explica: «En gran mayoría, no somos los catalanes separatistas. Cataluña es una nación entre las nacionalidades españolas. Tenemos derecho, como cualquier otra minoría, a nuestra cultura, a nuestra historia, a nuestras costumbres, que tienen su personalidad en el seno de España. Somos españoles, no castellanos».
Vaya tela, ¿eh? Decir que Cataluña es una nación da problemillas en el 2006. Pero es que estamos hablando de más de cuarenta años antes.
Y la ola no remitió. En 1966, un centenar… ¡de sacerdotes!, se manifestó por la Via Laietana de Barcelona, gritando «Volem bisbes catalans» [si falta algún signo ortográfico lo siento; desconozco la ortografía del catalán], o sea: queremos obispos catalanes. Por ello, a pesar de ser cien, y de ser curas, se les envió a la policía, que los disolvió. El centro del conflicto era la decisión de nombrar a un no catalán, Marcelo González, obispo coadjutor de la diócesis condal. El Régimen hizo aparecer, en los barrios obreros de la ciudad, pintadas presuntamente debidas a la fuerte inmigración hacia Cataluña que rezaban: «Como somos mayoría, lo queremos de Almería».
El divorcio entre Estado e Iglesia se fue haciendo más patente. El 30 de mayo de 1969, tuvo lugar en el Cerro de los Ángeles, en Madrid, un acto para celebrar el 50 aniversario de la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús, representado allí, en el Cerro, por una colosal estatua de Jesucristo que, en las alturas, parece querer emular al Corcovado de Río de Janeiro. El acto tenía una enorme simbología franquista, porque esa misma estatua había sido especialmente vejada, durante la guerra civil, por los republicanos, los cuales realizaron un amago de fusilamiento de Jesucristo.
En los discursos pronunciados por los prelados no se hizo ni la más mínima mención a estos hechos; ni siquiera a la persona de Franco.
Este silencio provocó una carta «teledirigida» de un sedicente jesuita, que firmaba con iniciales, en la revista Fuerza Nueva, dirigida por Blas Piñar y absolutamente alineada con el franquismo, incluso mucho después de que éste desapareciese. Esta carta, además de echar pestes sobre el cardenal primado de España, cardenal Enrique y Tarancón, que luego fuera uno de los puntales de la transición política, se hacía eco de unos rumores según los cuales el general de los jesuitas, padre Pedro Arrupe, no quería venir a España para no tener que estrechar la mano de Franco (aunque lo hizo unos nueve meses después de esta carta). Esta publicación generó una muy agria polémica entre la revista y la jerarquía eclesiástica.
Con todo, el definitivo divorcio entre la Iglesia y el franquismo (o cierta Iglesia, pues estamos hablando de una institución que sabe ser multifronte) se produjo por el nacionalismo vasco. Conforme avanzaba la década de los sesenta, las actividades de una organización independentista, la ETA, se iban haciendo cada vez más dañinas y frecuentes. Y fue sólo cuestión de tiempo que, en las detenciones practicadas por la policía, acabasen apareciendo sacerdotes. En general, el fenómeno de los curas de izquierdas empezaba a producirse. A finales de 1969, se produjo en Asturias un hecho insólito: una huelga de misa. Los sacerdotes, en un auténtico lock-out espiritual, se negaron a decir misa, en solidaridad con una huelga de mineros.
En junio de 1970, nueve sacerdotes de la diócesis de Bilbao fueron detenidos tras haber sido condenados por un tribunal militar por «falta de respeto y ofensas a la autoridad» en una serie de homilías pronunciadas un año antes. El obispo de Bilbao, monseñor Cirarda, respondió suspendiendo los actos de la fiesta religiosa del Sagrado Corazón de Jesús, el 5 de julio. Y ojito con la nota que hace pública el obispo el día 6 (las cursivas son mías): «Lamentamos y desaprobamos las reacciones desmedidas que hayan podido producirse en la búsqueda de la libertad legítima». Con un par.
El 13 de junio, el mismo obispo Cirarda le comunicó a la alcaldesa de Bilbao, Pilar Careaga, la suspensión del Te Deum que se tenía que celebrar el día 19 en la basílica de Begoña, en conmemoración de la toma (entonces liberación) de Bilbao por las tropas franquistas.
Poco tiempo después, en el denominado Proceso de Burgos (que da él solito para un post), la situación llegaría al clímax: dentro del grupo de militantes de ETA procesados se encontraban dos sacerdotes: Juan Echave Garitacelaya, párroco o más bien ex párroco de Acitaín; y Juan Calzada Ugalde, coadjutor de la parroquia de Yurreta, en Durango.
Había comenzado la década de los setenta. La de las asambleas obreras en las iglesias, los curas sin sotana y con jerseys de cuello alto, esas cosas. Pero antes que ésos, que nadaron en las aguas turbulentas del tardofranquismo, hubo otros que, en circunstancias mucho más complejas, defendieron, de una forma más o menos taimada, el regreso de las libertades.
Llevo muchos años apartado de la fe católica, en la que fui educado. Pero hay cosas que aún recuerdo. Por ejemplo, que hay que darle al César lo que es del César.
El otro día colgué en un post, muy ufano, mis primeras fotos. En alguna de ellas hacía referencia a este post, que escribí hara cosa de diez o quince días, que creía publicado. Hoy Blogger me ha informado de que lo tengo en borrador y, por lo tanto, aún ignoto.
A partir de la línea de puntos, va como lo concebí, tan sólo con la novedad de la foto, que ahora sí que sé subirla.
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Cuando se habla de Historia, se habla de algo sobre lo que algunos saben algo, unos pocos mucho y la mayoría nada o casi nada. Un terreno abonado para los clichés, los lugares comunes y, en definitiva, las cosas que no son verdad o no lo son del todo.
Que la Iglesia católica española fue uno de los principales ganadores del advenimiento del franquismo es algo que está fuera de toda duda. Pero la imagen, que tal vez algunas o muchas personas tienen, de una jerarquía eclesiástica constantemente plegada a los deseos, filias y fobias de la dictadura es, hemos de reconocerlo, incierta. Son conocidos, o eso creo yo, los casos de los «curas obreros» de los últimos años del franquismo, algunos de ellos decididamente militantes en la oposición al régimen. Pero el repaso, siquiera somero, a este fenómeno, requiere ir un poco más allá.
Mi historia comienza el 12 de diciembre de 1956. No hace ni veinte años que terminó la guerra y un franquismo ya más consolidado, que comienza su periodo de relaciones con Estados Unidos y el resto de Occidente, se siente en la necesidad de armar un poco más el Estado con leyes fundamentales. En el marco de ese debate la Falange, o sea el único partido político permitido en España (que no se llamaba partido, sino Movimiento Nacional) diseña una serie de proyectos de ley del Estado y del gobierno que son el último intento medianamente serio de crear en España un Estado fascista. Sucintamente, lo que la Falange pretende es crear un Estado en el que los ganadores de la guerra, constituidos en un Consejo Nacional, tendrán la potestad de, como se dice hoy, monitorizar la labor de las Cortes, de los ministros del Gobierno e, incluso, del propio jefe del Estado, o sea Franco.
Estos proyectos generaron una notable oposición desde el propio franquismo, algunas de cuyas voces llegaron a acusar a la Falange de querer implantar un régimen soviético (reproche que a los azules les dolió, y mucho). El 12 de diciembre de 1956, en el palacio de El Pardo, Franco habría de escuchar quejas de parecida naturaleza desde un flanco inesperado.
Le fueron a ver los tres cardenales españoles: Pla y Deniel, Quiroga Palacios y Arriba y Castro. En una audiencia que, según fuentes indirectas (Laureano López Rodó), fue muy tensa, los cardenales leyeron una nota en la que, básicamente, le decían al general que esos proyectos de ley suponían crear una dictadura de partido único, como lo habían sido la Alemania nazi y la Italia de Mussolini (grandes aliados de Franco en la guerra civil).
Esta primera rebelión no fue gran cosa. Los cardenales pedían cosas totalmente dentro del régimen, sobre todo el desarrollo del Fuero de los Españoles que, decían, «excluye lo errores del liberalismo». Pero la resistencia debió ser fuerte. López-Rodó sostiene que, algunos días más tarde, Franco le diría a Quiroga Palacios que si la Iglesia quisiera que él se fuese, él se iría.
El siguiente embate de importancia por parte de la Iglesia se produjo el 14 de noviembre de 1963, y se debió a la valentía de un fraile benedictino catalán, Aurelio M. Escarré (en la foto), conocido en Cataluña como Dom Escarré, abad de Montserrat. En dicha fecha, el periódico francés Le Monde publicó unas declaraciones suyas que eran una auténtica bomba. Leídas hoy pueden parecer normales, pero en ese momento, verdaderamente eran toda una prueba de presencia de ánimo.

Más: «El Régimen obstaculiza el desarrollo de la cultura catalana». Acto seguido, explica: «En gran mayoría, no somos los catalanes separatistas. Cataluña es una nación entre las nacionalidades españolas. Tenemos derecho, como cualquier otra minoría, a nuestra cultura, a nuestra historia, a nuestras costumbres, que tienen su personalidad en el seno de España. Somos españoles, no castellanos».
Vaya tela, ¿eh? Decir que Cataluña es una nación da problemillas en el 2006. Pero es que estamos hablando de más de cuarenta años antes.
Y la ola no remitió. En 1966, un centenar… ¡de sacerdotes!, se manifestó por la Via Laietana de Barcelona, gritando «Volem bisbes catalans» [si falta algún signo ortográfico lo siento; desconozco la ortografía del catalán], o sea: queremos obispos catalanes. Por ello, a pesar de ser cien, y de ser curas, se les envió a la policía, que los disolvió. El centro del conflicto era la decisión de nombrar a un no catalán, Marcelo González, obispo coadjutor de la diócesis condal. El Régimen hizo aparecer, en los barrios obreros de la ciudad, pintadas presuntamente debidas a la fuerte inmigración hacia Cataluña que rezaban: «Como somos mayoría, lo queremos de Almería».
El divorcio entre Estado e Iglesia se fue haciendo más patente. El 30 de mayo de 1969, tuvo lugar en el Cerro de los Ángeles, en Madrid, un acto para celebrar el 50 aniversario de la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús, representado allí, en el Cerro, por una colosal estatua de Jesucristo que, en las alturas, parece querer emular al Corcovado de Río de Janeiro. El acto tenía una enorme simbología franquista, porque esa misma estatua había sido especialmente vejada, durante la guerra civil, por los republicanos, los cuales realizaron un amago de fusilamiento de Jesucristo.
En los discursos pronunciados por los prelados no se hizo ni la más mínima mención a estos hechos; ni siquiera a la persona de Franco.
Este silencio provocó una carta «teledirigida» de un sedicente jesuita, que firmaba con iniciales, en la revista Fuerza Nueva, dirigida por Blas Piñar y absolutamente alineada con el franquismo, incluso mucho después de que éste desapareciese. Esta carta, además de echar pestes sobre el cardenal primado de España, cardenal Enrique y Tarancón, que luego fuera uno de los puntales de la transición política, se hacía eco de unos rumores según los cuales el general de los jesuitas, padre Pedro Arrupe, no quería venir a España para no tener que estrechar la mano de Franco (aunque lo hizo unos nueve meses después de esta carta). Esta publicación generó una muy agria polémica entre la revista y la jerarquía eclesiástica.
Con todo, el definitivo divorcio entre la Iglesia y el franquismo (o cierta Iglesia, pues estamos hablando de una institución que sabe ser multifronte) se produjo por el nacionalismo vasco. Conforme avanzaba la década de los sesenta, las actividades de una organización independentista, la ETA, se iban haciendo cada vez más dañinas y frecuentes. Y fue sólo cuestión de tiempo que, en las detenciones practicadas por la policía, acabasen apareciendo sacerdotes. En general, el fenómeno de los curas de izquierdas empezaba a producirse. A finales de 1969, se produjo en Asturias un hecho insólito: una huelga de misa. Los sacerdotes, en un auténtico lock-out espiritual, se negaron a decir misa, en solidaridad con una huelga de mineros.
En junio de 1970, nueve sacerdotes de la diócesis de Bilbao fueron detenidos tras haber sido condenados por un tribunal militar por «falta de respeto y ofensas a la autoridad» en una serie de homilías pronunciadas un año antes. El obispo de Bilbao, monseñor Cirarda, respondió suspendiendo los actos de la fiesta religiosa del Sagrado Corazón de Jesús, el 5 de julio. Y ojito con la nota que hace pública el obispo el día 6 (las cursivas son mías): «Lamentamos y desaprobamos las reacciones desmedidas que hayan podido producirse en la búsqueda de la libertad legítima». Con un par.
El 13 de junio, el mismo obispo Cirarda le comunicó a la alcaldesa de Bilbao, Pilar Careaga, la suspensión del Te Deum que se tenía que celebrar el día 19 en la basílica de Begoña, en conmemoración de la toma (entonces liberación) de Bilbao por las tropas franquistas.
Poco tiempo después, en el denominado Proceso de Burgos (que da él solito para un post), la situación llegaría al clímax: dentro del grupo de militantes de ETA procesados se encontraban dos sacerdotes: Juan Echave Garitacelaya, párroco o más bien ex párroco de Acitaín; y Juan Calzada Ugalde, coadjutor de la parroquia de Yurreta, en Durango.
Había comenzado la década de los setenta. La de las asambleas obreras en las iglesias, los curas sin sotana y con jerseys de cuello alto, esas cosas. Pero antes que ésos, que nadaron en las aguas turbulentas del tardofranquismo, hubo otros que, en circunstancias mucho más complejas, defendieron, de una forma más o menos taimada, el regreso de las libertades.
Llevo muchos años apartado de la fe católica, en la que fui educado. Pero hay cosas que aún recuerdo. Por ejemplo, que hay que darle al César lo que es del César.
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