Amigo Omalaled, yo nunca amenazo en falso ;-)
Hay una cita que siempre nos ha hecho mucho mal a los españoles. Dice: «¡Que inventen ellos!»; y se debe a Miguel de Unamuno, literato y filósofo vasco, quien también tuvo la inteligencia y el arrojo de decir otras frases famosas más acertadas, como el famoso «venceréis, pero no convenceréis» que le soltó a José Millán Astray, fundador de la Legión y brazo armado (el que le quedaba) de Franco.
La actitud del Unamumo que defendió esta idea era la de un hombre de profunda moral cristiana que se sentía preocupado por la deshumanización de los usos sociales a causa de la industrialización. Con una capacidad muy característica en él de confundir, en realidad, las cosas, identificó industrialización con progreso y ciencia, iniciando una cruzada contra ambas que le hizo escribir cosas como ésta (1913): «Hago votos por la derrota de la técnica y hasta de la ciencia, de todo ideal que se contraiga al enriquecimiento, la prosperidad terrenal y el engrandecimiento territorial y mercantil». Como puede verse, estas líneas transmiten un tufo ya anticuado a principios del siglo XX, mezcla de antirracionalismo y socialismo primario. Además, eran líneas pensadas y escritas por un pensador muy profundo, pero también muy orgulloso y terco. Una famosa anécdota de Unamuno nos cuenta que cuando recibió un premio nacional de manos del rey Alfonso XIII lo agradeció diciendo más o menos esto: «Quiero agradecer a Su Majestad la entrega de este galardón, que merezco». «Qué curioso», le contestó el rey; «todas las personas que han recibido este premio antes que usted han declarado no merecerlo». A lo que Unamuno contestó: «Es que, Majestad, ellos no lo merecían».
En cualquier caso, que es de lo que quiero hablar, esta frase de Unamuno refleja muy bien que, antes y después de él, la actitud básica de la sociedad española, e incluso de sus poderes públicos, ha sido fría hacia la ciencia. Y ésta es la razón de que, durante el bachillerato, estudiemos la ley de Hooke, las de Faraday, la de Boyle-Mariotte, el sistema cartesiano (de Descartes) o la geometría riemanniana. Pero nunca estudiamos el teorema de Pérez, o la ley de Bofarull, o las ecuaciones de Goikoetxea. No estamos.
Así que hoy quiero yo lavar un poco esa imagen contándoos la historia de un español que inventó algo de gran interés para la ciencia. De tanto interés, en realidad, que buena parte de vosotros, si no lo habéis tenido, lo tendréis alguna vez en la boca.
No, no. El espárrago se recolecta. No se inventa. No va por ahí.
El invento es el laringoscopio. Un aparato de uso común hoy en día por esos médicos a los que tanta gente llama el Doctor Rino, y que son los otorrinolaringólogos, o sea especialistas en garganta, nariz y oído. Sirve para echar un vistazo a la laringe, donde están las cuerdas vocales y algunas otras cosas, para vigilar enfermedades, problemas y tal.
Pues bien, el laringoscopio lo inventó un español. Un español tan español, que se apellidaba García. Y no lo inventó por interés en la ciencia. A García, lo que le gustaba de verdad era la ópera, el bel canto. La historia de su invento es la historia de una frustración.
La historia comienza en Sevilla, en 1775. Éstas fueron las coordenadas de espaciotiempo, que diría Einstein, en las que nació Manuel Rodríguez Aguilar, quien se puso el nombre artístico de Manuel del Pópolo García. García senior era, nos dicen las crónicas, un cantante pulquérrimo, motivo por el cual triunfó en Europa entera, Nueva York y México y, de hecho, fue el introductor de la ópera en España. Fue nada menos que uno de los cantantes preferidos de Rossini, quien lo buscó para que interpretase óperas como Otello y El Barbero de Sevilla, de la que se dice, incluso, que la compuso en su honor.
Después de los García, ninguna dinastía de líricos españoles les ha superado. Manuel del Pópolo tuvo tres hijos: Manuel, María Felisa y Paulina. Fijémonos primero en ellas.
Paulina García Sitches, más conocida tras su matrimonio como La Viardot, triunfó en toda Europa cantando óperas, sobre todo de Bellini. Estrenó obras de Saint Saëns o Massenet y, tras su retirada, fue amante en París de un personaje descollante de las letras, el escritor ruso Ivan Turgeniev. De pequeña, su padre le habría procurado maestros tan buenos como Franz List, quien le dio clases de piano; o su hermano Manuel, de quien acabaremos hablando.
María Felisa, por su parte, reinó en los escenarios operísticos del mundo decimonónico con el sobrenombre, tomado también de su marido, de La Malibrán. De no morir a los 28 años, a causa de una caída del caballo, su fama, ya de por sí muy elevada (Rossini decía de ella que no había otra igual), habría sido mítica.
O sea, situaros: el padre, un dios, incluso para Rossini. Las hermanas, pisando fuerte por los escenarios de Europa. Todos excelentes cantantes de ópera. ¿Qué podría ser Manuel García? Pues claro: cantante. Las crónicas valoran su voz de barítono, sí; pero ni modo, como dicen en México, igual que su padre.
Volvamos a Manuel senior. Hay una cosa que sabemos de él, y es que trataba a sus hijos a patadas. Si conocéis la historia de los famosos cinco hermanos Jackson, que pasaron su infancia y adolescencia esclavizados por un padre que quería que sus hijos fuesen estrellas del rock, le habréis pillado el punto a lo que os cuento. Manuel del Pópolo vivía dedicado a su arte, y sus hijos también. Esto supone nacer y crecer focalizado en el éxito. La pregunta es qué pasa si el éxito no llega.
Tanto La Viardot como La Malibrán no sufrieron ese problema. Pero Manuel sí. De Manuel García hijo no nos quedan testimonios de grandes plazas operísticas tendidas a sus pies, aplaudiendo durante largos minutos, reclamando bises. Fue un excelente profesor de canto, sí. Pero no fue un cantante descollante.
Y aquí es donde entra su faceta como médico.
Todo el arte de un cantante de ópera está en su laringe, en sus cuerdas vocales. Así que la laringe acabó por obsesionar a nuestro Manuel García. Las crónicas nos dicen que, como médico, pasaba horas diseccionando las laringes de perros muertos, para intentar comprender el mecanismo de producción de la voz. Asimismo, continuó sus labores en personas durante su actividad como médico militar, en París 1830, cuando tuvo que abandonar sus clases de canto a causa de la inestabilidad revolucionaria de la época.
Sin embargo, Manuel sabía que para poder avanzar de verdad en su conocimiento, necesitaba poder ver laringes vivas. O sea, su propia laringe.
Un día, observando un espejo de los que ya se utilizaban por los sacamuelas para visualizar las zonas recónditas de la boca, tuvo la idea de adjuntarle un mango doblado y proyectar sobre dicho espejo, una vez colocado al principio de la garganta, la luz solar usando un espejo. Así pudo observar su propia laringe, que se convirtió, por lo tanto, en la primera laringe viva jamás observada por el hombre. Corría el año 1854.
En el 55, presentó ante la prestigiosísima Royal Society de Londres una memoria sobre la fisiología de la voz humana, en la que analizaba la producción de la voz por efecto de la glotis y los mecanismos musculares que son capaces de modificar el timbre, la intensidad, etc.
Estos trabajos le granjearon a García el doctorado honoris causa por diversas universidades europeas, el nombramiento de comendador de la Real Orden Victoriana, la Gran Medalla de la Ciencia Alemana y la Gran Cruz de Alfonso XII. En 1903, cuando cumplió 100 años, fue homenajeado. En Londres.
Que inventen ellos.
Una pista más. Hijo de Manuel García fue Gustav García, que llegaría a ser profesor de canto en el Royal College of Music de Londres. El hijo de éste, Albert García, fue barítono, y muy célebre.
A veces, cuando historiamos, y sobre todo si hacemos lo que más nos gusta en este blog, que es historiar la experiencia de las personas, hay que echar volar un poco la imaginación. Vosotros podéis pensar lo que queráis, pero a mí me parece que al pobre Manuel García, inventor del laringoscopio, investigador de la medicina reputado y reconocido en las grandes plazas de la Ciencia mundial, todo lo que le movía era la frustración. La frustración de no ser un barítono cimero. De no ser tan bueno como su padre, de merecer sus patadas y sus riñas de la niñez. De no llegarle ni a la suela de los zapatos a sus famosísimas hermanas.
Manuel García no quiso ser un héroe de la ciencia. Quiso cantar como los ángeles, pero no lo consiguió. Y, por no conseguirlo, por tratar de comprender el por qué, por tratar de contestar a la pregunta de por qué su voz no era todo lo limpia, todo lo potente, todo lo versátil que sus sueños le exigían, se lanzó a una investigación que, estoy seguro, salvó vidas. Porque antes de que el hombre pudiese observar laringes vivas, ya me diréis cómo se las ingeniaba para encontrar en ellas pólipos, tumores y otras malignidades.
Merece un premio, un recuerdo, ¿no os parece? Y merece, sobre todo, que, aunque no nos oiga ni nos lea, le musitemos: Tranqui, tío. Superaste a tu padre.
jueves, octubre 05, 2006
miércoles, octubre 04, 2006
Por fin
Por fin he logrado vencer a mi propia estupidez. Merced a la ayuda de buenos amigos (gracias, Ana Saturno, y Berna. Y gracias, Sergio, por ofrecerte), he conseguido ser capaz de traerme imágenes a las entradas de este blog. A pesar de que las últimas horas han sido de frenética actividad bloguera (dos entradas en un día, cuando el ritmo habitual ya está acelerado cuando hay dos en una semana), estoy un poco como un niño con zapatos nuevos (bueno, eso no, porque tengo pies planos y para mí unos zapatos nuevos son una perspectiva más bien jodida), así que voy a recapitular aquí con algunas imágenes de posts recientes.
Hablábamos hace poco de Dom Escarré, abad de Montserrat, de sus valientes declaraciones a Le Monde, en la primera mitad de los sesenta, reivindicando el catalanismo y la democracia. Y decía entonces que el franquismo le había reprochado amargamente esas palabras, con un argumento tipo ¡con lo que los rojos hicieron contra la Iglesia! Además, recordaréis lo mucho que le dolió a los franquistas que no hubiese referencias a Franco por parte de los obispos durante el aniversario de la liberación del Cerro de los Ángeles, en Getafe.
Pues bien: esto fue lo que pasó, durante la guerra, allí. Las tropas republicanas, en efecto, se desempeñaron con especial crueldad, y desprecio, contra este santurario católico. En esta foto, unos milicianos «fusilan» a la enorme imagen del Sagrado Corazón que corona el Cerro.
Hablábamos hace poco de Dom Escarré, abad de Montserrat, de sus valientes declaraciones a Le Monde, en la primera mitad de los sesenta, reivindicando el catalanismo y la democracia. Y decía entonces que el franquismo le había reprochado amargamente esas palabras, con un argumento tipo ¡con lo que los rojos hicieron contra la Iglesia! Además, recordaréis lo mucho que le dolió a los franquistas que no hubiese referencias a Franco por parte de los obispos durante el aniversario de la liberación del Cerro de los Ángeles, en Getafe.
Pues bien: esto fue lo que pasó, durante la guerra, allí. Las tropas republicanas, en efecto, se desempeñaron con especial crueldad, y desprecio, contra este santurario católico. En esta foto, unos milicianos «fusilan» a la enorme imagen del Sagrado Corazón que corona el Cerro.
También os hablé del entierro, el 16 de abril de 1936, del alférez De los Reyes, y de cómo fueron tiroteados los asistentes. Aquí está la foto de la os hablaba.
Y, por último, del golpe de Estado de Queipo en Sevilla, esta foto, a mi modo de ver tristísima. Un probo burgués que hace guardia en plena calle, armado con una pistola.
Espero que se vean medio bien.
Homenaje al emigrante
En este post quiero hacer un homenaje al emigrante español. En los años cincuenta, sesenta y setenta, centenares de miles de españoles, de todo el país, empujados por la pobreza, tuvieron que salir de España a trabajar en Europa, en América, en Australia. Trenes y barcos fueron sus cayucos. Se fueron a lugares cuyas lenguas no hablaban, a realizar los trabajos que los naturales de aquellos países no querían hacer. Muchos de ellos, pese a desearlo ardientemente, nunca han vuelto.
martes, octubre 03, 2006
Sevilla, 1936: la chapuza nacional
Dedicado a mi amigo Calvin, sevillano de pro.
En un reciente post me comprometí a abordar el relato somero de dos ejemplos iguales pero distantes del golpe de Estado militar de julio de 1936 en España, que inició la guerra civil: Sevilla y Barcelona. Iguales, porque ambos fueron auténticas chapuzas desde el punto de vista conspirativo y, sobre todo, militar. Distintos, por razones obvias: el resultado fue diametralmente opuesto, pues mientras Sevilla, de la que escribiré hoy, acabó en manos de los nacionales, Barcelona fue hasta casi el final de la guerra de los republicanos.
Que el golpe de Estado en Sevilla fue una chapuza lo avalan datos indiscutibles. En primer lugar, el jefe del golpe, Gonzalo Queipo de Llano, tenía más o menos la misma relación con Sevilla que yo con Queensland, Australia. El golpe en Sevilla se produjo en la mañana del 18 de julio y Queipo llegó a la ciudad el 17 por la noche, después, por cierto, de haber recibido noticia en Huelva de los sucesos de Marruecos (aunque hablamos del golpe del 18 de julio, en realidad fue el 17 cuando las tropas se sublevaron en Marruecos), tras lo cual… se fue al cine.
Las previsiones de apoyos nunca se cumplieron. Al parecer, Queipo contaba con que se le unirían unos 1.500 falangistas, coordinados por un torero de relativa fama en aquel momento, El Aljabeño. Pero cuando en la mañana del 18 Queipo y El Aljabeño se entrevistan en el Hotel Simón de la capital hispalense, el lidiador informa al conspirador que de lo dicho no hay nada, porque los mandos de Falange en Sevilla están en la cárcel y el resto, en buena parte, está formado por estudiantes que en esos días (verano) están de vacaciones fuera de Sevilla. Cuando esa misma mañana Queipo se haga con el control del cuartel de Infantería, se le unirá la asombrosa cifra de… quince falangistas.
La cosa fue, verdaderamente, así: un general sin mando en plaza (en el momento del golpe, Queipo es inspector general de carabineros, o sea no es un militar con mando en cuartel alguno) se presenta en Sevilla de madrugada del 18 (después de haber ido al cine, no sabemos si a ver Misión Imposible) y, al salir el sol, se instala en el puesto de mando de Sevilla, en compañía de tres oficiales (tres, sí; no es una forma de hablar) y se va a ver, en el mismo edificio, al general José Fernández de Villa Abrile, jefe de la guarnición. Ni corto ni perezoso, Queipo le dice al señor que manda que decida: o con él, o contra él (y verdaderamente no miente pues, en ese momento, del lado del golpe, en Sevilla, sólo está él). Aquí se produce una de las primeras claves de la victoria del golpe en Sevilla, porque Villa no le presenta a Queipo, ni mucho menos, oposición frontal. En realidad, lo que más le preocupa a Villa y a sus mandos es que el golpe pueda fracasar y acaben todos exiliados, como Sanjurjo. Queipo, más echado para delante que ellos, los detiene y los encierra en un despacho; aunque encerrar es mucho decir, porque el despacho no tenía llave ni cerrojo (eso sí, tenía un cabo con orden de disparar si alguien huía, pero tampoco tuvo que plantearse si cumplirla o no).
Del puesto de mando, aún en la mañana Queipo se va al cuartel de Infantería, donde se produce una escena cachonda propia de los hermanos Marx. El general, al llegar al cuartel, se encuentra a la tropa armada y formada en el patio. Se dirige al coronel, al que no conoce de nada, y se produce el siguiente diálogo:
QUEIPO: Estrecho su mano, mi querido coronel, y le felicito por su decisión de ponerse de lado de sus compañeros de armas en estos momentos en que se decide el destino de nuestra patria.
CORONEL: Es que yo he decidido apoyar al gobierno.
QUEIPO: Estoooo, ¿podemos continuar esta conversación en su despacho?
El coronel, que como ya se habrá podido adivinar apoyaba al gobierno pero sin pasión (sufría, probablemente, de las mismas dudas filosóficas que Villa Abrile), accede. Una vez en el despacho, Queipo le quita el mando del regimiento. Pero no encuentra otro militar en el cuartel que lo quiera asumir, así que tiene que enviar a alguien a buscar a alguno de los oficiales que le acompañaba. Después de eso… ¡se queda solo con todos los militares a los que ha arrestado!
Es media mañana. En ese momento, Queipo cuenta con los 130 soldados del cuartel y los 15 falangistas despistados. Sevilla tiene, en 1936, un cuarto de millón de habitantes, muchos de ellos furibundamente izquierdistas y es, en cualquier caso, una balsa urbana que flota en un mar de anarquismo rural y está, además, a un tiro de piedra de una peligrosa concentración de izquierdistas con gran capacidad dañina: los mineros de Riotinto, hasta las cejas de explosivos. La cosa no pinta bien. Pero Queipo se las arregló, y ésta es la segunda razón de su éxito, para maximizar sus recursos. Por ejemplo, envió a un grupo de soldados a vigilar la Maestranza de Artillería, donde se guardaban nada menos que 40.000 fusiles. Cuando las milicias izquierdistas quisieron ir allí, la posición ya estaba cogida.
La ocupación propiamente dicha de Sevilla comenzó a eso de las tres de la tarde, cuando un comandante de Intendencia, con 76 soldados (ni uno más, ni uno menos), recibió la orden de Queipo de tomar el edificio de la Telefónica, el Ayuntamiento y el Gobierno Civil (ni uno más, ni uno menos). Se da la circunstancia de que este mismo coronel había estado ya algún tiempo antes, por error, en el Gobierno Civil, donde el gobernador, Varela Rendueles, fuertemente escoltado por guardias de Asalto (la única fuerza armada que fue fiel a la República), le había conminado a hacer profesión de apoyo al gobierno, ante lo que el coronel se había dado la vuelta… y se había marchado, al parecer sin oposición.
Varela dividió sus 76 hombres en tres grupos. Dos de ellos ocuparon casas y calles alrededor de la Telefónica, hostilizando a los guardias que la defendían. Con el tercer grupo, unos 20 hombres, entró en el Ayuntamiento y forzó a rendirse a… ¡sesenta guardias municipales! No tendrían muchas ganas de pelear.
A partir de ahí, a Queipo las cosas empezaron a irle cuesta abajo. La guardia civil, a media tarde, se unió al golpe. Luego lo hicieron los regimientos de Artillería, lo que permitió empezar a hostigar a cañonazos la Telefónica desde la calle Tetuán. Tras la Telefónica, los cañones se desplazaron al Hotel Inglaterra, lleno de milicianos, que capituló; y luego lo hizo el Gobierno Civil, sobre el que ya no hizo falta disparar. Allí, en el Gobierno Civil, fueron reducidos 150 guardias de asalto, dos tanques blindados y dos ametralladoras. Cabe preguntarse qué habría pasado si se hubiera utilizado toda esa fuerza horas antes, cuando a Queipo lo rodeaban tan sólo 130 soldados, probablemente no muy motivados, y 15 falangistas que tendrían que haber sido 100 veces 15.
Para colmo de males de los gubernamentales, también cayeron, en esas primeras horas, Cádiz, Jerez, Algeciras y La Línea. Lo cual quiere decir que los alzados ya tenían dónde desembarcar a sus legionarios. La Legión llegó a Sevilla el 20 de julio, aunque le tomó cuatro días acabar con la resistencia en la ciudad. El general republicano Pozas, director general de la guardia civil, dio orden a un destacamento de la misma en Huelva, ciudad que había permanecido fiel a la República, a que marchase a Sevilla a sofocar la rebelión. Craso error. El comandante Haro no sólo unió sus guardias civiles a la rebelión a su llegada a Sevilla, sino que hizo algo mucho más dañino aún: voló los camiones de dinamita que llegaban de las minas de Ríotinto, paralizando la columna de mineros que avanzaba para recuperar Sevilla. Fue una carnicería. Ambas partes entablaron un tiroteo en un lugar llamado La Pañoleta. Los guardias civiles se dedicaron a tirar al automóvil que encabezaba la columna de camiones, hasta que lo hicieron estallar, explosión que se comunicó a los camiones, cargados de explosivos hasta los topes.
En fin: razones del resultado que se produjo.
En primer lugar: Queipo era un militar chapucero. Ya lo había demostrado en 1930, con su torpísimo alzamiento contra la monarquía, y lo volvió a hacer en Sevilla el 18 de julio de 1936. Sin embargo, tenía un morro que se lo pisaba y era extremadamente temerario. Como creo haber descrito ya, pasó no menos de cuatro o cinco horas en las que era claramente consciente de estar en absoluta minoría como conspirador; pero eso no le importó. Su actitud se parece a la de ese aviador británico interpretado por David Niven que, tras estrellarse en la segunda guerra mundial, salir del avión y encontrarse rodeado por miles de soldados italianos enemigos, les saluda con un simple: ¿A que esperan para rendirse?
Los nacionales desplegaron una notable imaginación para engañar a los sevillanos. El primer contingente de legionarios que llegó a Sevilla era de 20 soldados. Queipo los subió a unos camiones junto con algunos guardias civiles y paisanos y los obligó a pasear continuamente por las calles de Sevilla. Al poco rato, todo el mundo en la ciudad se hacía lenguas de que habían llegado ya centenares, sino miles, de legionarios.
La tercera razón ya la hemos analizado. Las fuerzas militares gubernamentales no hicieron un gran esfuerzo por serlo. Lo cual nos lleva a la siguiente razón: la más que probable confianza de todos los prorrepublicanos de que Sevilla en particular, y Andalucía en general, no se podían perder para la causa republicana, porque estaban preñadas de izquierdistas. Esto pudo provocar cierta selección de mandos militares poco cuidadosa en lo que a las voluntades y fidelidades se refiere.
Todo parece indicar que las fuerzas del Frente Popular no estuvieron finas contestándole a Queipo. Tardaron mucho y perdieron mucho tiempo quemando iglesias y casas de gente rica, en lugar de ponerse al torrao de atacar a los alzados (que entonces eran muy pocos).
Por último, hay que recordar otra genialidad de Queipo: el uso de la radio. Radio Sevilla pasó la tarde del 18 en manos de los republicanos, que lanzaron soflamas a los pueblos para que se alzasen y ocupasen Sevilla. Pero en la noche era ya de Queipo, y ese mismo 18 el general inició una larga serie de monólogos radiados que hicieron mucho por conservar la moral de los derechistas y minar la de los izquierdistas, sobre todo en las primeras jornadas de la guerra.
Es una historia casi increíble. Parece de los Monty Phyton, o más bien de Gila. Un tipo llega a Sevilla en su Hispano-Suiza, llama a la puerta de la Capitanía General y, cuando le abren, dice: «Buenas, que venía a alzarme y a ocupar la ciudad». La guardia le deja pasar y le pregunta: «¿Quiere el café sólo, o con leche?»
En un reciente post me comprometí a abordar el relato somero de dos ejemplos iguales pero distantes del golpe de Estado militar de julio de 1936 en España, que inició la guerra civil: Sevilla y Barcelona. Iguales, porque ambos fueron auténticas chapuzas desde el punto de vista conspirativo y, sobre todo, militar. Distintos, por razones obvias: el resultado fue diametralmente opuesto, pues mientras Sevilla, de la que escribiré hoy, acabó en manos de los nacionales, Barcelona fue hasta casi el final de la guerra de los republicanos.
Que el golpe de Estado en Sevilla fue una chapuza lo avalan datos indiscutibles. En primer lugar, el jefe del golpe, Gonzalo Queipo de Llano, tenía más o menos la misma relación con Sevilla que yo con Queensland, Australia. El golpe en Sevilla se produjo en la mañana del 18 de julio y Queipo llegó a la ciudad el 17 por la noche, después, por cierto, de haber recibido noticia en Huelva de los sucesos de Marruecos (aunque hablamos del golpe del 18 de julio, en realidad fue el 17 cuando las tropas se sublevaron en Marruecos), tras lo cual… se fue al cine.
Las previsiones de apoyos nunca se cumplieron. Al parecer, Queipo contaba con que se le unirían unos 1.500 falangistas, coordinados por un torero de relativa fama en aquel momento, El Aljabeño. Pero cuando en la mañana del 18 Queipo y El Aljabeño se entrevistan en el Hotel Simón de la capital hispalense, el lidiador informa al conspirador que de lo dicho no hay nada, porque los mandos de Falange en Sevilla están en la cárcel y el resto, en buena parte, está formado por estudiantes que en esos días (verano) están de vacaciones fuera de Sevilla. Cuando esa misma mañana Queipo se haga con el control del cuartel de Infantería, se le unirá la asombrosa cifra de… quince falangistas.
La cosa fue, verdaderamente, así: un general sin mando en plaza (en el momento del golpe, Queipo es inspector general de carabineros, o sea no es un militar con mando en cuartel alguno) se presenta en Sevilla de madrugada del 18 (después de haber ido al cine, no sabemos si a ver Misión Imposible) y, al salir el sol, se instala en el puesto de mando de Sevilla, en compañía de tres oficiales (tres, sí; no es una forma de hablar) y se va a ver, en el mismo edificio, al general José Fernández de Villa Abrile, jefe de la guarnición. Ni corto ni perezoso, Queipo le dice al señor que manda que decida: o con él, o contra él (y verdaderamente no miente pues, en ese momento, del lado del golpe, en Sevilla, sólo está él). Aquí se produce una de las primeras claves de la victoria del golpe en Sevilla, porque Villa no le presenta a Queipo, ni mucho menos, oposición frontal. En realidad, lo que más le preocupa a Villa y a sus mandos es que el golpe pueda fracasar y acaben todos exiliados, como Sanjurjo. Queipo, más echado para delante que ellos, los detiene y los encierra en un despacho; aunque encerrar es mucho decir, porque el despacho no tenía llave ni cerrojo (eso sí, tenía un cabo con orden de disparar si alguien huía, pero tampoco tuvo que plantearse si cumplirla o no).
Del puesto de mando, aún en la mañana Queipo se va al cuartel de Infantería, donde se produce una escena cachonda propia de los hermanos Marx. El general, al llegar al cuartel, se encuentra a la tropa armada y formada en el patio. Se dirige al coronel, al que no conoce de nada, y se produce el siguiente diálogo:
QUEIPO: Estrecho su mano, mi querido coronel, y le felicito por su decisión de ponerse de lado de sus compañeros de armas en estos momentos en que se decide el destino de nuestra patria.
CORONEL: Es que yo he decidido apoyar al gobierno.
QUEIPO: Estoooo, ¿podemos continuar esta conversación en su despacho?
El coronel, que como ya se habrá podido adivinar apoyaba al gobierno pero sin pasión (sufría, probablemente, de las mismas dudas filosóficas que Villa Abrile), accede. Una vez en el despacho, Queipo le quita el mando del regimiento. Pero no encuentra otro militar en el cuartel que lo quiera asumir, así que tiene que enviar a alguien a buscar a alguno de los oficiales que le acompañaba. Después de eso… ¡se queda solo con todos los militares a los que ha arrestado!
Es media mañana. En ese momento, Queipo cuenta con los 130 soldados del cuartel y los 15 falangistas despistados. Sevilla tiene, en 1936, un cuarto de millón de habitantes, muchos de ellos furibundamente izquierdistas y es, en cualquier caso, una balsa urbana que flota en un mar de anarquismo rural y está, además, a un tiro de piedra de una peligrosa concentración de izquierdistas con gran capacidad dañina: los mineros de Riotinto, hasta las cejas de explosivos. La cosa no pinta bien. Pero Queipo se las arregló, y ésta es la segunda razón de su éxito, para maximizar sus recursos. Por ejemplo, envió a un grupo de soldados a vigilar la Maestranza de Artillería, donde se guardaban nada menos que 40.000 fusiles. Cuando las milicias izquierdistas quisieron ir allí, la posición ya estaba cogida.
La ocupación propiamente dicha de Sevilla comenzó a eso de las tres de la tarde, cuando un comandante de Intendencia, con 76 soldados (ni uno más, ni uno menos), recibió la orden de Queipo de tomar el edificio de la Telefónica, el Ayuntamiento y el Gobierno Civil (ni uno más, ni uno menos). Se da la circunstancia de que este mismo coronel había estado ya algún tiempo antes, por error, en el Gobierno Civil, donde el gobernador, Varela Rendueles, fuertemente escoltado por guardias de Asalto (la única fuerza armada que fue fiel a la República), le había conminado a hacer profesión de apoyo al gobierno, ante lo que el coronel se había dado la vuelta… y se había marchado, al parecer sin oposición.
Varela dividió sus 76 hombres en tres grupos. Dos de ellos ocuparon casas y calles alrededor de la Telefónica, hostilizando a los guardias que la defendían. Con el tercer grupo, unos 20 hombres, entró en el Ayuntamiento y forzó a rendirse a… ¡sesenta guardias municipales! No tendrían muchas ganas de pelear.
A partir de ahí, a Queipo las cosas empezaron a irle cuesta abajo. La guardia civil, a media tarde, se unió al golpe. Luego lo hicieron los regimientos de Artillería, lo que permitió empezar a hostigar a cañonazos la Telefónica desde la calle Tetuán. Tras la Telefónica, los cañones se desplazaron al Hotel Inglaterra, lleno de milicianos, que capituló; y luego lo hizo el Gobierno Civil, sobre el que ya no hizo falta disparar. Allí, en el Gobierno Civil, fueron reducidos 150 guardias de asalto, dos tanques blindados y dos ametralladoras. Cabe preguntarse qué habría pasado si se hubiera utilizado toda esa fuerza horas antes, cuando a Queipo lo rodeaban tan sólo 130 soldados, probablemente no muy motivados, y 15 falangistas que tendrían que haber sido 100 veces 15.
Para colmo de males de los gubernamentales, también cayeron, en esas primeras horas, Cádiz, Jerez, Algeciras y La Línea. Lo cual quiere decir que los alzados ya tenían dónde desembarcar a sus legionarios. La Legión llegó a Sevilla el 20 de julio, aunque le tomó cuatro días acabar con la resistencia en la ciudad. El general republicano Pozas, director general de la guardia civil, dio orden a un destacamento de la misma en Huelva, ciudad que había permanecido fiel a la República, a que marchase a Sevilla a sofocar la rebelión. Craso error. El comandante Haro no sólo unió sus guardias civiles a la rebelión a su llegada a Sevilla, sino que hizo algo mucho más dañino aún: voló los camiones de dinamita que llegaban de las minas de Ríotinto, paralizando la columna de mineros que avanzaba para recuperar Sevilla. Fue una carnicería. Ambas partes entablaron un tiroteo en un lugar llamado La Pañoleta. Los guardias civiles se dedicaron a tirar al automóvil que encabezaba la columna de camiones, hasta que lo hicieron estallar, explosión que se comunicó a los camiones, cargados de explosivos hasta los topes.
En fin: razones del resultado que se produjo.
En primer lugar: Queipo era un militar chapucero. Ya lo había demostrado en 1930, con su torpísimo alzamiento contra la monarquía, y lo volvió a hacer en Sevilla el 18 de julio de 1936. Sin embargo, tenía un morro que se lo pisaba y era extremadamente temerario. Como creo haber descrito ya, pasó no menos de cuatro o cinco horas en las que era claramente consciente de estar en absoluta minoría como conspirador; pero eso no le importó. Su actitud se parece a la de ese aviador británico interpretado por David Niven que, tras estrellarse en la segunda guerra mundial, salir del avión y encontrarse rodeado por miles de soldados italianos enemigos, les saluda con un simple: ¿A que esperan para rendirse?
Los nacionales desplegaron una notable imaginación para engañar a los sevillanos. El primer contingente de legionarios que llegó a Sevilla era de 20 soldados. Queipo los subió a unos camiones junto con algunos guardias civiles y paisanos y los obligó a pasear continuamente por las calles de Sevilla. Al poco rato, todo el mundo en la ciudad se hacía lenguas de que habían llegado ya centenares, sino miles, de legionarios.
La tercera razón ya la hemos analizado. Las fuerzas militares gubernamentales no hicieron un gran esfuerzo por serlo. Lo cual nos lleva a la siguiente razón: la más que probable confianza de todos los prorrepublicanos de que Sevilla en particular, y Andalucía en general, no se podían perder para la causa republicana, porque estaban preñadas de izquierdistas. Esto pudo provocar cierta selección de mandos militares poco cuidadosa en lo que a las voluntades y fidelidades se refiere.
Todo parece indicar que las fuerzas del Frente Popular no estuvieron finas contestándole a Queipo. Tardaron mucho y perdieron mucho tiempo quemando iglesias y casas de gente rica, en lugar de ponerse al torrao de atacar a los alzados (que entonces eran muy pocos).
Por último, hay que recordar otra genialidad de Queipo: el uso de la radio. Radio Sevilla pasó la tarde del 18 en manos de los republicanos, que lanzaron soflamas a los pueblos para que se alzasen y ocupasen Sevilla. Pero en la noche era ya de Queipo, y ese mismo 18 el general inició una larga serie de monólogos radiados que hicieron mucho por conservar la moral de los derechistas y minar la de los izquierdistas, sobre todo en las primeras jornadas de la guerra.
Es una historia casi increíble. Parece de los Monty Phyton, o más bien de Gila. Un tipo llega a Sevilla en su Hispano-Suiza, llama a la puerta de la Capitanía General y, cuando le abren, dice: «Buenas, que venía a alzarme y a ocupar la ciudad». La guardia le deja pasar y le pregunta: «¿Quiere el café sólo, o con leche?»
lunes, octubre 02, 2006
Parlamento, a tus zapatos
Las guerras civiles y los parlamentos suelen engancharse por medio de una bisagra que se llama concordia. La mayor parte de las veces que un parlamento habla de una guerra civil o de sus consecuencias, es para señalar la necesidad de alimentar la concordia entre los contendientes. Como bien demuestran las decenas, si no centenares o miles, de pronunciamientos de los legisladores franquistas, impresos en el BOE, el leer una guerra civil en términos de ganador y perdedor es un ejercicio que está condenado al fracaso.
Los parlamentos, en realidad, nunca o casi nunca toman partido en las guerras.
miércoles, septiembre 27, 2006
Franco como militar
Mi amigo Inasequible Aldesaliento ataca de nuevo. Y nunca mejor dicho. Hoy os ofrece la recensión de un libro muy interesante, aderezada con sus propios conocimientos.
Y yo no voy a apostillarlo. Primero, porque comparto lo que dice de la cruz a la raya. Y, segundo, porque, en consecuencia, todo lo que podría hacer es abundar en la tesis del texto que viene de seguido, que no es otra que cierta incompetencia militar por parte del general Franco.
Esto es, precisamente, lo que haré. A mayor abundamiento de lo que aquí se dice, me comprometo a escribir dos entradas para este blog, quizá las que sigan a ésta, con la intención de demostraros a los que leáis esto que no es oro todo lo que reluce y que, en realidad, el golpe de Estado franquista fue un poco chapucillas, militarmente hablando. Para ello, tomaré dos ejemplos, uno que le salió bien y otro que le salió mal a los sublevados. A saber: Sevilla y Barcelona.
Una vez que me he complicado la vida con nuevos compromisos, vamos al torrao.
-------------
Franco como militar
© Inasequible Aldesaliento™
El historiador y coronel de Caballería Carlos Blasco Escolá ha escrito un libro al que provocadoramente ha titulado “La incompetencia militar de Franco”. Sólo con el título ya se advierte que los sentimientos del Coronel por el General no son excesivamente afectuosos. Cuando se lee la caracterización que Blasco Escolá hace de Franco, esa impresión se confirma.
Para Blasco Escolá, Franco fue un militar mediocre, poco leído, cuyos conocimientos militares procedían casi exclusivamente de la Guerra de Marruecos, una guerra colonial e irregular, donde el genio militar no estuvo demasiado presente y donde, desde luego, no se podían aprender las lecciones que sobre el arte de la guerra se impartieron en los campos de batalla europeos entre 1914 y 1918. Los únicos aspectos e los que Franco descolló fueron el arribismo, la capacidad para las relaciones públicas y el autobombo y el no perder nunca de vista dónde se hallaba su interés personal, lo que unido a una cierta zorrería hacía que siempre supiera colocarse con presteza bajo el sol que más calienta. Blanco Escolá piensa que Franco reunía todos los rasgos necesarios como para entrar con honores en la obra Sobre la psicología de la incompetencia militar, del historiador militar Norman F. Dixon. Para que no queden dudas sobre su opinión acerca del personaje, Blasco Escola termina apostillando que Franco sin duda era un psicópata.
Ser psicópata ciertamente ayuda para ser dictador, pero la mediocridad y el arribismo no suelen bastar para mantener a nadie en el poder durante cuarenta años. Alguna otra virtud oculta tendría…
Mientras que la caracterización de Franco en la primera parte del libro pueda ser discutible en algunos aspectos, cuando Blasco Escolá pasa a analizar cómo Franco condujo la estrategia nacional en la Guerra Civil, sus descripciones están bien documentadas y son irrefutables. Al final del libro, no nos queda más que exclamar, como hizo Mussolini en su día, refiriéndose a Franco: Ese hombre, o no sabe hacer la guerra o no quiere.
Efectivamente, durante toda la guerra, los nacionales tuvieron ventajas muy importantes sobre los republicanos: la República tuvo que improvisar un Ejército, dado que el Ejército en la zona republicana prácticamente se colapsó tras el 18 de julio, mientras que los cuadros de oficiales y la organización se mantuvieron casi intactos en la zona nacional; la ayuda internacional a los nacionales fue muy superior a la que recibieron los republicanos; gracias a esa ayuda internacional, desde mediados de 1937 los cielos estuvieron permanentemente controlados por la aviación nacional; finalmente, los nacionales ofrecían un frente unido (en buena medida ello fue un logro de Franco), mientras que los generales republicanos casi tenían que pasar más tiempo controlando las disputas políticas de su retaguardia, que vigilando al enemigo. A pesar de todas esas ventajas, durante toda la guerra Franco se dejó sorprender una y otra vez por su rival, el General Vicente Rojo, hasta el punto de conseguir algo inaudito en la Historia militar: que fuese el bando más débil el que llevase la iniciativa y le marcase los ritmos al más fuerte. Así ocurrió en Brunete, cuando Rojo logró que Franco tuviera que interrumpir durante mes y medio la campaña del Norte. Y volvió a ocurrir a finales de 1937, cuando con un ataque periférico sobre Teruel (aunque Teruel también exista, no se la puede considerar como un objetivo estratégico de gran calado), consiguió que Franco suspendiera la gran ofensiva que tenía previsto lanzar sobre Madrid. La última de esas grandes sorpresas fue la del Ebro.
Lo primero que resulta sorprendente es que el cruce del Ebro por los republicanos fuese una sorpresa para Franco. El Coronel Campos, que mandaba la 50 División, situada justo en la zona por la que cruzarían los republicanos, llevaba un mes avisando de que algo se preparaba en la orilla enemiga y de que carecía de los medios necesarios para defenderse ante un ataque de envergadura. Sus avisos no fueron atendidos y la ofensiva republicana sorprendió de tal manera a los nacionales que en el primer día de la batalla los republicanos habían logrado conquistar prácticamente todas las cotas elevadas de la zona sur del río.
Pasada la sorpresa inicial y una vez que se hubo logrado frenar la ofensiva, la lógica militar hubiera impuesto la estrategia de fijar al Ejército republicano en sus posiciones de este lado del Ebro y lanzar una ofensiva sobre más débil línea del Segre. Esa estrategia hubiera puesto en peligro la retaguardia de los que habían cruzado el Ebro y les habría colocado en la difícil tesitura de tener que volver a cruzar el río a toda velocidad ante el riesgo de que se desmoronase su retaguardia.
Franco optó por la estrategia menos imaginativa posible: bombardeos artilleros y de la aviación y sangrientos ataques frontales para ir recuperando el terreno paso a paso. Esta estrategia de tenientillo sin imaginación hizo que tardase cuatro meses en recuperar el terreno perdido en diez días y a un coste absurdamente elevado para los nacionales. A posteriori Franco justificaría esta batalla diciendo que tenía que aprovechar que tenía embolsada a la flor y nata del Ejército republicano para destrozarla. Pues puede, pero en el camino casi destroza su propio Ejército.
El libro concluye irónicamente con el decreto por el que 19 de mayo de 1939 se concedió a Franco la Gran Laureada de San Fernando. Leer ese decreto ditirámbico, después del relato apasionado pero histórico de las pifias estratégicas del General, es como un anticlímax y nos recuerda las palabras atribuidas a Napoleón: En la batalla, la victoria favorece a aquéllos de cuya parte está Dios y Dios suele estar de parte del que tiene más cañones. Pues eso.
Y yo no voy a apostillarlo. Primero, porque comparto lo que dice de la cruz a la raya. Y, segundo, porque, en consecuencia, todo lo que podría hacer es abundar en la tesis del texto que viene de seguido, que no es otra que cierta incompetencia militar por parte del general Franco.
Esto es, precisamente, lo que haré. A mayor abundamiento de lo que aquí se dice, me comprometo a escribir dos entradas para este blog, quizá las que sigan a ésta, con la intención de demostraros a los que leáis esto que no es oro todo lo que reluce y que, en realidad, el golpe de Estado franquista fue un poco chapucillas, militarmente hablando. Para ello, tomaré dos ejemplos, uno que le salió bien y otro que le salió mal a los sublevados. A saber: Sevilla y Barcelona.
Una vez que me he complicado la vida con nuevos compromisos, vamos al torrao.
-------------
Franco como militar
© Inasequible Aldesaliento™
El historiador y coronel de Caballería Carlos Blasco Escolá ha escrito un libro al que provocadoramente ha titulado “La incompetencia militar de Franco”. Sólo con el título ya se advierte que los sentimientos del Coronel por el General no son excesivamente afectuosos. Cuando se lee la caracterización que Blasco Escolá hace de Franco, esa impresión se confirma.
Para Blasco Escolá, Franco fue un militar mediocre, poco leído, cuyos conocimientos militares procedían casi exclusivamente de la Guerra de Marruecos, una guerra colonial e irregular, donde el genio militar no estuvo demasiado presente y donde, desde luego, no se podían aprender las lecciones que sobre el arte de la guerra se impartieron en los campos de batalla europeos entre 1914 y 1918. Los únicos aspectos e los que Franco descolló fueron el arribismo, la capacidad para las relaciones públicas y el autobombo y el no perder nunca de vista dónde se hallaba su interés personal, lo que unido a una cierta zorrería hacía que siempre supiera colocarse con presteza bajo el sol que más calienta. Blanco Escolá piensa que Franco reunía todos los rasgos necesarios como para entrar con honores en la obra Sobre la psicología de la incompetencia militar, del historiador militar Norman F. Dixon. Para que no queden dudas sobre su opinión acerca del personaje, Blasco Escola termina apostillando que Franco sin duda era un psicópata.
Ser psicópata ciertamente ayuda para ser dictador, pero la mediocridad y el arribismo no suelen bastar para mantener a nadie en el poder durante cuarenta años. Alguna otra virtud oculta tendría…
Mientras que la caracterización de Franco en la primera parte del libro pueda ser discutible en algunos aspectos, cuando Blasco Escolá pasa a analizar cómo Franco condujo la estrategia nacional en la Guerra Civil, sus descripciones están bien documentadas y son irrefutables. Al final del libro, no nos queda más que exclamar, como hizo Mussolini en su día, refiriéndose a Franco: Ese hombre, o no sabe hacer la guerra o no quiere.
Efectivamente, durante toda la guerra, los nacionales tuvieron ventajas muy importantes sobre los republicanos: la República tuvo que improvisar un Ejército, dado que el Ejército en la zona republicana prácticamente se colapsó tras el 18 de julio, mientras que los cuadros de oficiales y la organización se mantuvieron casi intactos en la zona nacional; la ayuda internacional a los nacionales fue muy superior a la que recibieron los republicanos; gracias a esa ayuda internacional, desde mediados de 1937 los cielos estuvieron permanentemente controlados por la aviación nacional; finalmente, los nacionales ofrecían un frente unido (en buena medida ello fue un logro de Franco), mientras que los generales republicanos casi tenían que pasar más tiempo controlando las disputas políticas de su retaguardia, que vigilando al enemigo. A pesar de todas esas ventajas, durante toda la guerra Franco se dejó sorprender una y otra vez por su rival, el General Vicente Rojo, hasta el punto de conseguir algo inaudito en la Historia militar: que fuese el bando más débil el que llevase la iniciativa y le marcase los ritmos al más fuerte. Así ocurrió en Brunete, cuando Rojo logró que Franco tuviera que interrumpir durante mes y medio la campaña del Norte. Y volvió a ocurrir a finales de 1937, cuando con un ataque periférico sobre Teruel (aunque Teruel también exista, no se la puede considerar como un objetivo estratégico de gran calado), consiguió que Franco suspendiera la gran ofensiva que tenía previsto lanzar sobre Madrid. La última de esas grandes sorpresas fue la del Ebro.
Lo primero que resulta sorprendente es que el cruce del Ebro por los republicanos fuese una sorpresa para Franco. El Coronel Campos, que mandaba la 50 División, situada justo en la zona por la que cruzarían los republicanos, llevaba un mes avisando de que algo se preparaba en la orilla enemiga y de que carecía de los medios necesarios para defenderse ante un ataque de envergadura. Sus avisos no fueron atendidos y la ofensiva republicana sorprendió de tal manera a los nacionales que en el primer día de la batalla los republicanos habían logrado conquistar prácticamente todas las cotas elevadas de la zona sur del río.
Pasada la sorpresa inicial y una vez que se hubo logrado frenar la ofensiva, la lógica militar hubiera impuesto la estrategia de fijar al Ejército republicano en sus posiciones de este lado del Ebro y lanzar una ofensiva sobre más débil línea del Segre. Esa estrategia hubiera puesto en peligro la retaguardia de los que habían cruzado el Ebro y les habría colocado en la difícil tesitura de tener que volver a cruzar el río a toda velocidad ante el riesgo de que se desmoronase su retaguardia.
Franco optó por la estrategia menos imaginativa posible: bombardeos artilleros y de la aviación y sangrientos ataques frontales para ir recuperando el terreno paso a paso. Esta estrategia de tenientillo sin imaginación hizo que tardase cuatro meses en recuperar el terreno perdido en diez días y a un coste absurdamente elevado para los nacionales. A posteriori Franco justificaría esta batalla diciendo que tenía que aprovechar que tenía embolsada a la flor y nata del Ejército republicano para destrozarla. Pues puede, pero en el camino casi destroza su propio Ejército.
El libro concluye irónicamente con el decreto por el que 19 de mayo de 1939 se concedió a Franco la Gran Laureada de San Fernando. Leer ese decreto ditirámbico, después del relato apasionado pero histórico de las pifias estratégicas del General, es como un anticlímax y nos recuerda las palabras atribuidas a Napoleón: En la batalla, la victoria favorece a aquéllos de cuya parte está Dios y Dios suele estar de parte del que tiene más cañones. Pues eso.
domingo, septiembre 24, 2006
El ingenio de Miguel de Molina
La larga marcha de los homosexuales hasta conseguir una adecuada equiparación legal, cultural y social ha sido, verdaderamente, muy larga. Pese a que la homosexualidad existe desde que el mundo es mundo y ha sido vista por algunas civilizaciones como el amor auténtico, las grandes religiones que han estructurado la vida de las sociedades le han sido, en general, hostiles. Por ello, la homosexualidad es una realidad que se ha visto constantemente nublada por prejuicios e ideas preconcebidas que hacían del homosexual un apestado social.
El cantante Miguel de Molina fue una de las personas insistentemente perseguidas, en este caso por el franquismo, por su condición de presunto homosexual. En el caso de Molina, además, se juntaban dos agravantes más. El primero, que había trabajado, durante la guerra civil, cantando para las tropas republicanas, motivo por el cual fue considerado un rojo. Y, el segundo, que contaba con el favor del público.
Era andaluz, de Málaga. Y, por eso, tenía un gracejo bien propio de esas tierras y que, en la anécdota que hoy quiero referir, le permitió salir del paso más que bien.
Durante los primeros años del franquismo, a Molina se le prohibió trabajar muchas veces e, incluso, en una ocasión fue secuestrado y apaleado por unos desconocidos. Su situación se hizo tan insostenible que , incluso, durante uno años hubo de exiliarse en Argentina. Sin embargo, eso no le evitó cosechar éxitos cada vez que actuó. Cierto día, realizándolo en un club de la Gran Vía, Molina salió al escenario y empezó a cantar Ojos verdes, uno de sus éxitos. En un palco cercano al escenario se habían situado unos jóvenes, vestidos de etiqueta y probablemente borrachos, los cuales le interpelaban con la evidente intención de no dejarle cantar.
Cansado de la provocación, Molina paró a la orquesta, se dirigió al palco y le preguntó a los jóvenes si pensaban dejarle cantar.
‑Te dejaremos cantar –contestó uno de los reventadores‑ si nos cuentas cómo llegaste a ser maricón.
A lo que Molina contestó:
‑Pues como tú, preguntando.
El público estalló en una ovación cerrada. Los alborotadores fueron echados del local y Molina continuó cantando.
La anécdota la cuenta en su libro Del Doctor Fleming a Marañón (edición del propio autor, 1972) el otorrinolaringólogo Mateo Jímenez Encinas. Quien, por cierto, era franquista hasta el corvejón.
El cantante Miguel de Molina fue una de las personas insistentemente perseguidas, en este caso por el franquismo, por su condición de presunto homosexual. En el caso de Molina, además, se juntaban dos agravantes más. El primero, que había trabajado, durante la guerra civil, cantando para las tropas republicanas, motivo por el cual fue considerado un rojo. Y, el segundo, que contaba con el favor del público.
Era andaluz, de Málaga. Y, por eso, tenía un gracejo bien propio de esas tierras y que, en la anécdota que hoy quiero referir, le permitió salir del paso más que bien.
Durante los primeros años del franquismo, a Molina se le prohibió trabajar muchas veces e, incluso, en una ocasión fue secuestrado y apaleado por unos desconocidos. Su situación se hizo tan insostenible que , incluso, durante uno años hubo de exiliarse en Argentina. Sin embargo, eso no le evitó cosechar éxitos cada vez que actuó. Cierto día, realizándolo en un club de la Gran Vía, Molina salió al escenario y empezó a cantar Ojos verdes, uno de sus éxitos. En un palco cercano al escenario se habían situado unos jóvenes, vestidos de etiqueta y probablemente borrachos, los cuales le interpelaban con la evidente intención de no dejarle cantar.
Cansado de la provocación, Molina paró a la orquesta, se dirigió al palco y le preguntó a los jóvenes si pensaban dejarle cantar.
‑Te dejaremos cantar –contestó uno de los reventadores‑ si nos cuentas cómo llegaste a ser maricón.
A lo que Molina contestó:
‑Pues como tú, preguntando.
El público estalló en una ovación cerrada. Los alborotadores fueron echados del local y Molina continuó cantando.
La anécdota la cuenta en su libro Del Doctor Fleming a Marañón (edición del propio autor, 1972) el otorrinolaringólogo Mateo Jímenez Encinas. Quien, por cierto, era franquista hasta el corvejón.
martes, septiembre 19, 2006
Están locos estos romanos
Mi amigo Inasequible Aldesaliento, ya lo que dicho otras veces, me supera en muchos conocimientos históricos, motivo por el cual, cuando pensé poner en marcha este blog, le invité a que estuviese presente en él. Tal y como yo pensaba, sus aportaciones se derivan hacia un campo de la Historia en el que es un consumado maestro, como es la Historia militar. Elemento no exento de anécdotas y de historias interesantes, como él mismo demuestra cada vez que pone a bailar los dedos en el teclado.
Hoy quiero deleitaros con una pieza suya de romanos. Como a mí me cuesta callarme, incluso debajo del agua o sumergido en líquidos más densos, tras la pieza de Ina encontraréis mi apostilla, en negrita y cursiva, para que la podáis distinguir bien y así veáis que no son suyas las chorradas.
……………
Estos romanos están locos, solía decir Obélix, y tenía razón. Si los romanos construyeron un Imperio fue porque estaban locos.
En el mundo helenístico lo habitual era que las guerras se decidieran en una o dos grandes batallas. Tras una o dos grandes derrotas, el vencido se convencía de que no tenía nada que hacer contra el victorioso y aceptaba que le tocaba perder alguna provincia. Además de que las derrotas solían tener un efecto devastador sobre los aliados del vencido que de pronto empezaban a mostrar cierta incomodidad en que se les viera en compañía de un derrotado.
Cuando Alejandro Magno atacó al Imperio Persa, primero venció en Gránico, que se puede considerar una victoria menor, ya que en el fondo no había sido más que un triunfo contra unas fuerzas provinciales. Cuando el emperador en persona, Darío III, le hizo frente en Issos y fue derrotado, actuó como cualquier monarca sensato (y en este caso un si es no es cobarde) de aquellos tiempos: aceptó su derrota y le ofreció la mitad de su Imperio. Otro que no hubiera sido Alejandro, seguramente habría aceptado la oferta. Alejandro no era de los que dejasen las cosas a medio hacer. Rechazó la oferta, asedió Tiro, conquistó Egipto sin gran esfuerzo y puso rumbo hacia Mesopotamia. Allí en Gaugamela volvió a derrotar a Darío III. Tras Gaugamela, ya no hubo más combates contra fuerzas imperiales organizadas, sino contra líderes tribales o provinciales que no querían enterarse de que habían cambiado el amo aqueménida por el macedonio. Es decir, Alejandro Magno para conquistar el Imperio Persa sólo necesitó una victoria menor y dos grandes victorias. No está mal para un imperio que se extendía desde el Mar Egeo hasta el río Indo.
En este contexto, no es de extrañar el chasco que se llevó Aníbal cuando invadió Italia. En muy poco tiempo logró tres victorias apabullantes, Trebia, Trasimeno y Cannas. Esta última merece más el nombre de carnicería que de victoria. Fueron tantos los legionarios romanos que cayeron prisioneros, por no hablar de los muertos, que la cotización de los esclavos en el mundo mediterráneo cayó durante una temporada. En buena lógica, tras esas tres derrotas, los romanos habrían debido implorarle la paz a Aníbal, regalarle la mitad de sus posesiones y ponerle piso (o más bien palacio) en el Palatino. Pero no ocurrió nada de eso: los romanos no se rindieron y Aníbal, que carecía de material de asedio y de tropas entrenadas para una tarea tan complicada, pasó los siguientes años en el sur de Italia, preguntándose qué podía haber fallado en sus planes. La leyenda de que Aníbal y sus tropas en Capua cayeron en la molicie es falsa. La realidad es que Aníbal debió de pasar en Capua largas noches en vela, preguntándose cómo los romanos no habían pedido la paz después de Cannas.
La historia de la expansión imperial de Roma está llena de historias semejantes. Tras una derrota inicial, el victorioso enemigo de Roma observa estupefacto que los romanos no sólo no se rinden, sino que vuelven a la carga. Así ocurrió con los númidas de Massinissa y con el reino del Ponto de Mitrídates y con los teutones.
La decadencia de Roma tal vez se inicie en el 53 a.C., cuando el inepto de Crassus fue masacrado en Carrhae por los partos. Por primera vez Roma no recogió el guante y no envió a nuevas legiones para enseñarles una lección a los partos. Roma encajó la derrota y aceptó que su frontera oriental no llegaría al Golfo Pérsico. Luego vendría la catástrofe de Varo en el 7 d.C., tras la cual Roma renunció a conquistar los territorios entre el Rhin y el Elba. Los romanos finalmente habían recuperado la cordura. Y pronto empezarían a perder el Imperio.
A partir de aquí, mis apostillas.
Una razón importante de que las guerras de la Antigüedad tuviesen su vertiente simbólica y, por lo tanto, terminasen antes que las modernas, es la condición de los ejércitos. Aunque nos pueda parecer ahora que los ejércitos siempre han sido iguales, lo cierto es que no es así. En el pasado, para empezar, ser soldado, y no digamos caballero, era un honor que no estaba al alcance de todos; y eso era así porque la guerra era, por encima de todo, un gran negocio (y porque había que tener posibles para pagarse el equipamiento). Se guerreaba por el botín, mucho antes que por la grandeza de una raza o una nación (concepto éste último muy difuso entonces); y la marca más clara de sumisión del vencido era, sin duda, el pago de tributo.
Estos ejércitos, en consecuencia, eran, fundamentalmente, mercenarios. La gente peleaba por las pelas y por el botín (o sea: por más pelas). Y es lógico que en esta situación fuese más jodido ir perdiendo. Uno puede soportar mil y un reveses bélicos cuando tiene detrás a un pueblo al que le puede prometer sangre, sudor y lágrimas y, acto seguido, declarar: we will never surrender. Pero sir Winston Churchill no habría podido dirigir un ejército de aqueménidas: a la segunda derrota, los mercenarios se lo habrían comido por las patas, y luego habrían vuelto a sus casas.
Un ejemplo de la amplia extensión de lo mercenario en los ejércitos antiguos. Steven Pressfeld cuenta, en una de sus novelas ambientadas en la Grecia clásica, concretamente en las guerras de Alcibíades, que los arqueólogos han encontrado por todo el Mediterráneo unos anillos sobre cuya utilidad tuvieron dudas, hasta que descubrieron que eran anillos para el pene. Los utilizaban los mercenarios hebreos, judíos pues, que se enrolaban en las tropas griegas. Esos judíos querían parecer griegos, pero estaban circuncidados. Se colocaban el anillo para crear un pellejo de piel que cubría el glande, dando pues la sensación el soldado de no estar circuncidado. El número de anillos encontrados demuestra que no fueron pocos los judíos que lucharon en las tropas griegas. Y ya podéis imaginaros lo que les importaría, a los del anillo, la preeminencia de Rodas, Atenas, Esparta o Tebas. Como diría Donna Summer, they worked hard for the Money.
Los romanos, poco dados a las disquisiciones filosóficas, tenían una mente práctica. Esto les permitió elevar la técnica militar más allá de los primeros conceptos antiguos y, de esta forma, aprendieron que es difícil vencer; pero también puede llegar a serlo estar vencido. El ejército romano fue un portento de organización y admira ver, en los lugares donde se recrea, la potentísima maquinaria que era, simplemente, un campamento romano. Después de los grandes generales romanos, y yo citaría a dos que eran parientes, o sea Cayo Mario y Julio César, ganar dejó de ser una cuestión de acumular soldados. Roma se enfrentó a reyes como Mitrídates del Ponto, capaces de juntar formidables ejércitos para la época de 100.000 almas, y batirlos. Descubrieron que la disciplina y la veteranía en el oficio son más valiosas que la acumulación de músculo. De hecho, como Julio comprobó no pocas veces, un ejército muy numeroso es en principio poderoso; pero si se bate en retirada, lo que es, es un blanco fácil.
Así pues, como bien dice Ina, el ejército romano, porque era disciplinado y estaba organizado, sabía que un partido no termina hasta que se llega al minuto noventa y pico.
Hoy quiero deleitaros con una pieza suya de romanos. Como a mí me cuesta callarme, incluso debajo del agua o sumergido en líquidos más densos, tras la pieza de Ina encontraréis mi apostilla, en negrita y cursiva, para que la podáis distinguir bien y así veáis que no son suyas las chorradas.
……………
Estos romanos están locos, solía decir Obélix, y tenía razón. Si los romanos construyeron un Imperio fue porque estaban locos.
En el mundo helenístico lo habitual era que las guerras se decidieran en una o dos grandes batallas. Tras una o dos grandes derrotas, el vencido se convencía de que no tenía nada que hacer contra el victorioso y aceptaba que le tocaba perder alguna provincia. Además de que las derrotas solían tener un efecto devastador sobre los aliados del vencido que de pronto empezaban a mostrar cierta incomodidad en que se les viera en compañía de un derrotado.
Cuando Alejandro Magno atacó al Imperio Persa, primero venció en Gránico, que se puede considerar una victoria menor, ya que en el fondo no había sido más que un triunfo contra unas fuerzas provinciales. Cuando el emperador en persona, Darío III, le hizo frente en Issos y fue derrotado, actuó como cualquier monarca sensato (y en este caso un si es no es cobarde) de aquellos tiempos: aceptó su derrota y le ofreció la mitad de su Imperio. Otro que no hubiera sido Alejandro, seguramente habría aceptado la oferta. Alejandro no era de los que dejasen las cosas a medio hacer. Rechazó la oferta, asedió Tiro, conquistó Egipto sin gran esfuerzo y puso rumbo hacia Mesopotamia. Allí en Gaugamela volvió a derrotar a Darío III. Tras Gaugamela, ya no hubo más combates contra fuerzas imperiales organizadas, sino contra líderes tribales o provinciales que no querían enterarse de que habían cambiado el amo aqueménida por el macedonio. Es decir, Alejandro Magno para conquistar el Imperio Persa sólo necesitó una victoria menor y dos grandes victorias. No está mal para un imperio que se extendía desde el Mar Egeo hasta el río Indo.
En este contexto, no es de extrañar el chasco que se llevó Aníbal cuando invadió Italia. En muy poco tiempo logró tres victorias apabullantes, Trebia, Trasimeno y Cannas. Esta última merece más el nombre de carnicería que de victoria. Fueron tantos los legionarios romanos que cayeron prisioneros, por no hablar de los muertos, que la cotización de los esclavos en el mundo mediterráneo cayó durante una temporada. En buena lógica, tras esas tres derrotas, los romanos habrían debido implorarle la paz a Aníbal, regalarle la mitad de sus posesiones y ponerle piso (o más bien palacio) en el Palatino. Pero no ocurrió nada de eso: los romanos no se rindieron y Aníbal, que carecía de material de asedio y de tropas entrenadas para una tarea tan complicada, pasó los siguientes años en el sur de Italia, preguntándose qué podía haber fallado en sus planes. La leyenda de que Aníbal y sus tropas en Capua cayeron en la molicie es falsa. La realidad es que Aníbal debió de pasar en Capua largas noches en vela, preguntándose cómo los romanos no habían pedido la paz después de Cannas.
La historia de la expansión imperial de Roma está llena de historias semejantes. Tras una derrota inicial, el victorioso enemigo de Roma observa estupefacto que los romanos no sólo no se rinden, sino que vuelven a la carga. Así ocurrió con los númidas de Massinissa y con el reino del Ponto de Mitrídates y con los teutones.
La decadencia de Roma tal vez se inicie en el 53 a.C., cuando el inepto de Crassus fue masacrado en Carrhae por los partos. Por primera vez Roma no recogió el guante y no envió a nuevas legiones para enseñarles una lección a los partos. Roma encajó la derrota y aceptó que su frontera oriental no llegaría al Golfo Pérsico. Luego vendría la catástrofe de Varo en el 7 d.C., tras la cual Roma renunció a conquistar los territorios entre el Rhin y el Elba. Los romanos finalmente habían recuperado la cordura. Y pronto empezarían a perder el Imperio.
A partir de aquí, mis apostillas.
Una razón importante de que las guerras de la Antigüedad tuviesen su vertiente simbólica y, por lo tanto, terminasen antes que las modernas, es la condición de los ejércitos. Aunque nos pueda parecer ahora que los ejércitos siempre han sido iguales, lo cierto es que no es así. En el pasado, para empezar, ser soldado, y no digamos caballero, era un honor que no estaba al alcance de todos; y eso era así porque la guerra era, por encima de todo, un gran negocio (y porque había que tener posibles para pagarse el equipamiento). Se guerreaba por el botín, mucho antes que por la grandeza de una raza o una nación (concepto éste último muy difuso entonces); y la marca más clara de sumisión del vencido era, sin duda, el pago de tributo.
Estos ejércitos, en consecuencia, eran, fundamentalmente, mercenarios. La gente peleaba por las pelas y por el botín (o sea: por más pelas). Y es lógico que en esta situación fuese más jodido ir perdiendo. Uno puede soportar mil y un reveses bélicos cuando tiene detrás a un pueblo al que le puede prometer sangre, sudor y lágrimas y, acto seguido, declarar: we will never surrender. Pero sir Winston Churchill no habría podido dirigir un ejército de aqueménidas: a la segunda derrota, los mercenarios se lo habrían comido por las patas, y luego habrían vuelto a sus casas.
Un ejemplo de la amplia extensión de lo mercenario en los ejércitos antiguos. Steven Pressfeld cuenta, en una de sus novelas ambientadas en la Grecia clásica, concretamente en las guerras de Alcibíades, que los arqueólogos han encontrado por todo el Mediterráneo unos anillos sobre cuya utilidad tuvieron dudas, hasta que descubrieron que eran anillos para el pene. Los utilizaban los mercenarios hebreos, judíos pues, que se enrolaban en las tropas griegas. Esos judíos querían parecer griegos, pero estaban circuncidados. Se colocaban el anillo para crear un pellejo de piel que cubría el glande, dando pues la sensación el soldado de no estar circuncidado. El número de anillos encontrados demuestra que no fueron pocos los judíos que lucharon en las tropas griegas. Y ya podéis imaginaros lo que les importaría, a los del anillo, la preeminencia de Rodas, Atenas, Esparta o Tebas. Como diría Donna Summer, they worked hard for the Money.
Los romanos, poco dados a las disquisiciones filosóficas, tenían una mente práctica. Esto les permitió elevar la técnica militar más allá de los primeros conceptos antiguos y, de esta forma, aprendieron que es difícil vencer; pero también puede llegar a serlo estar vencido. El ejército romano fue un portento de organización y admira ver, en los lugares donde se recrea, la potentísima maquinaria que era, simplemente, un campamento romano. Después de los grandes generales romanos, y yo citaría a dos que eran parientes, o sea Cayo Mario y Julio César, ganar dejó de ser una cuestión de acumular soldados. Roma se enfrentó a reyes como Mitrídates del Ponto, capaces de juntar formidables ejércitos para la época de 100.000 almas, y batirlos. Descubrieron que la disciplina y la veteranía en el oficio son más valiosas que la acumulación de músculo. De hecho, como Julio comprobó no pocas veces, un ejército muy numeroso es en principio poderoso; pero si se bate en retirada, lo que es, es un blanco fácil.
Así pues, como bien dice Ina, el ejército romano, porque era disciplinado y estaba organizado, sabía que un partido no termina hasta que se llega al minuto noventa y pico.
domingo, septiembre 17, 2006
Calixtino II: el milagro de los Montes de Oca
Vaya por delante que yo no creo en la metepsicosis, parapsicología y otras pseudociencias llenas de pes, que dan tanto de comer a personas que, tal vez por alguna ley matemática que desconozco, casi siempre se apellidan J(G)iménez. Creo que los fenómenos inexplicados son a veces burdas invenciones y otras, fenómenos cuya fuente aún desconocemos. La parapsicología de los Neardenthal sería, quizás, hacerse empanadas mentales preguntándose por qué determinadas piedras eran capaces de mover otras sin contacto. Y hoy eso se ha reducido al estudio del escasamente sexy magnetismo.
Pero, una vez dicho lo dicho, esta segunda y última entrada sobre el Códice Calixtino la hago para describir un milagro jacobeo que en este libro se relata. Y lo cuento porque, como ahora veremos, más que escrito en un códice medieval, parece sacado de un libro de ciencias ocultas.
Este milagro, que se suele llamar el del adolescente de los Montes de Oca, cuenta la historia de un varón francés virtuoso que, pese a su bondad, no conseguía que su mujer concibiera. Para rogar a Dios por dicha prez peregrinó a Santiago, donde el apóstol le exigió, para darle ese hijo que tanto amaba, tres días de castidad. Regresado a su casa, el varón cumplió con lo prometido (no sin antes encerrarse en su dormitorio y tirar la llave, tales eran los embates de su mujer) y, tras el ayuno, holgó con su mujer y la embarazó. Fue niño y lo llamaron, cómo no, Jacques.
Cuando aquel niño tenía quince años, la familia decidió dar gracias a Santiago de nuevo y peregrinaron todos juntos a Compostela por el camino francés. Sin embargo, en los Montes de Oca, el muchacho murió repentinamente, sumiendo a padre y madre en tierno desconsuelo. No obstante, cuando iba a ser enterrado, el muchacho abrió los ojos, y se levantó. Santiago Apóstol había hecho el milagro de devolverle el hijo a esos padres que tanto lo amaban.
Lo que suena moderno es el relato del chico, tal y como lo recoge el Códice. Dijo estar muerto y tras morir despertar a un mundo de armonía. Él se veía muerto en brazos de sus padres pero no escuchaba sus lamentos, porque se sentía transportado hacia lo alto. Quería volar hacia el cielo, pero el ser, aún, carne se lo impedía. Entonces apareció Santiago, vestido, ojo, con una túnica de inconmensurable blancura, le ayudó a levantarse, y juntos emprendieron el camino hacia la Gloria. Hacia la Luz. A medio camino, fue el Apóstol quien se conmovió de los llantos de los padres; el muchacho confiesa en el Códice que, pese a que consiguió volverse y verlos sufrir, no fue capaz de sentir dicho dolor, pues estaba lleno del Amor hacia el que iba. De una forma más o menos elegante, el relato del milagro nos cuenta cómo el santo tuvo que convencer al chico muerto para que regresara con sus padres, tal era el deseo de él de avanzar hacia lo alto.
Tan ferviente fue el deseo de morir referido por el muchacho que, al escucharlo, su madre no pudo por menos que reprochárselo. Aunque no le sirvió de nada: llegados a Compostela, el muchacho se metió monje, con lo que su madre, en lugar de perder un hijo muerto, lo perdió vivo.
¿A que suena? La Luz, el deseo intenso de ir hacia ella; la presencia de un ser bondadoso que nos llama. Las escasas ganas de vivir, en el sentido de dejar de proseguir con la muerte. Son palabras escritas hace mil años; pero son prácticamente las mismas que se han escrito, en las últimas décadas, en tantos y tantos libros dedicados a eso de la vida después de la muerte.
Ya lo he dicho: yo no creo en estas cosas. He leído por ahí que se han investigado ciertas reacciones cerebrales en momentos de máxima tensión, segregación de compuestos químicos que provocan un estado de gran placer; es una defensa contra el dolor y la angustia. Pero lo que sí me dice este relato es que, aunque otros milagros relatados en tantos libros medievales y renacentistas son probablemente inventados, éste tiene todos los mimbres de ser absolutamente real.
Da que pensar que existió el niño de los Montes de Oca, existió su muerte, y existió su inesperada resurrección. Existió su relato y también la rabia de su madre al saberse despechada por su propio hijo.
Lástima no ser Eric Von Daniken. Si llego a serlo, me forro con este post.
Pero, una vez dicho lo dicho, esta segunda y última entrada sobre el Códice Calixtino la hago para describir un milagro jacobeo que en este libro se relata. Y lo cuento porque, como ahora veremos, más que escrito en un códice medieval, parece sacado de un libro de ciencias ocultas.
Este milagro, que se suele llamar el del adolescente de los Montes de Oca, cuenta la historia de un varón francés virtuoso que, pese a su bondad, no conseguía que su mujer concibiera. Para rogar a Dios por dicha prez peregrinó a Santiago, donde el apóstol le exigió, para darle ese hijo que tanto amaba, tres días de castidad. Regresado a su casa, el varón cumplió con lo prometido (no sin antes encerrarse en su dormitorio y tirar la llave, tales eran los embates de su mujer) y, tras el ayuno, holgó con su mujer y la embarazó. Fue niño y lo llamaron, cómo no, Jacques.
Cuando aquel niño tenía quince años, la familia decidió dar gracias a Santiago de nuevo y peregrinaron todos juntos a Compostela por el camino francés. Sin embargo, en los Montes de Oca, el muchacho murió repentinamente, sumiendo a padre y madre en tierno desconsuelo. No obstante, cuando iba a ser enterrado, el muchacho abrió los ojos, y se levantó. Santiago Apóstol había hecho el milagro de devolverle el hijo a esos padres que tanto lo amaban.
Lo que suena moderno es el relato del chico, tal y como lo recoge el Códice. Dijo estar muerto y tras morir despertar a un mundo de armonía. Él se veía muerto en brazos de sus padres pero no escuchaba sus lamentos, porque se sentía transportado hacia lo alto. Quería volar hacia el cielo, pero el ser, aún, carne se lo impedía. Entonces apareció Santiago, vestido, ojo, con una túnica de inconmensurable blancura, le ayudó a levantarse, y juntos emprendieron el camino hacia la Gloria. Hacia la Luz. A medio camino, fue el Apóstol quien se conmovió de los llantos de los padres; el muchacho confiesa en el Códice que, pese a que consiguió volverse y verlos sufrir, no fue capaz de sentir dicho dolor, pues estaba lleno del Amor hacia el que iba. De una forma más o menos elegante, el relato del milagro nos cuenta cómo el santo tuvo que convencer al chico muerto para que regresara con sus padres, tal era el deseo de él de avanzar hacia lo alto.
Tan ferviente fue el deseo de morir referido por el muchacho que, al escucharlo, su madre no pudo por menos que reprochárselo. Aunque no le sirvió de nada: llegados a Compostela, el muchacho se metió monje, con lo que su madre, en lugar de perder un hijo muerto, lo perdió vivo.
¿A que suena? La Luz, el deseo intenso de ir hacia ella; la presencia de un ser bondadoso que nos llama. Las escasas ganas de vivir, en el sentido de dejar de proseguir con la muerte. Son palabras escritas hace mil años; pero son prácticamente las mismas que se han escrito, en las últimas décadas, en tantos y tantos libros dedicados a eso de la vida después de la muerte.
Ya lo he dicho: yo no creo en estas cosas. He leído por ahí que se han investigado ciertas reacciones cerebrales en momentos de máxima tensión, segregación de compuestos químicos que provocan un estado de gran placer; es una defensa contra el dolor y la angustia. Pero lo que sí me dice este relato es que, aunque otros milagros relatados en tantos libros medievales y renacentistas son probablemente inventados, éste tiene todos los mimbres de ser absolutamente real.
Da que pensar que existió el niño de los Montes de Oca, existió su muerte, y existió su inesperada resurrección. Existió su relato y también la rabia de su madre al saberse despechada por su propio hijo.
Lástima no ser Eric Von Daniken. Si llego a serlo, me forro con este post.
jueves, septiembre 14, 2006
El Códice Calixtino I: de navarros y vascos
El Códice Calixtino, o Codex Calistinus, es la Guía CAMPSA del Camino de Santiago. Fue escrito por varios autores en las primeras décadas del siglo XI, cuando la cosa de la peregrinación jacobea empezaba a pitar de verdad. Es un texto propagandístico, por lo tanto, cuyo destino es animar la peregrinación a Compostela y referir sus beneficios. El tiempo ha hecho que este folleto de propaganda se haya convertido en un documento histórico de primer nivel; lo cual no es ninguna crítica ni ningún desprecio. Si todo lo que quedase, dentro de treinta siglos, de la actual civilización canadiense fuese un catálogo de IKEA, con seguridad los ¿canadiólogos? del futuro le darían la misma importancia.
Dos cosas voy a contar del Códice, para intentar demostrar al lector, si es que es, como debería por pura inferencia estadística, aficionado a pensar que todo lo que tiene que ver con la Edad Media es plúmbeo y aburrido, que está equivocado. La primera de esas cosas que quiero contar, que es la que toca en este post, es la opinión que, en el siglo XI, tenía un francés de los vascos y navarros.
Si eres vasco o navarro, las orejas ya te deberían estar pitando. Bueno, en realidad, aunque no lo creas, llevan mil años pitándote.
Aymerico Picaud fue un fraile, creo que benedictino, oriundo de Parthenay-le-Vieux, en Poitou. Este francés es autor cuando menos del quinto libro del Códice, dedicado a servir de guía básica del peregrino sobre los lugares que va a recorrer y las gentes que va a encontrar. El camino francés, lógicamente, atravesaba el País Vasco y Navarra. Veamos lo que decía Aymerico de ambas tierras.
Al dejar la actual Francia y entrar en el actual Euskadi, decía Aymerico, se tendría la primera experiencia del pueblo vasco-navarro, pues en el pueblo de Saint-Michel-Pied-de-Port encontraría a unos aduaneros que robaban a los peregrinos bajo amenazas, siendo lo cierto que sólo los mercaderes habían de pagar portazgo; así como barqueros que cobraban a los pobres por cruzarles el río, cosa que también estaba, cuando menos formalmente, prohibida.
Una vez pasado el trance, el peregrino se encontrará, refiere el fraile, con los vascos y navarros, hombres de caras feroces y que aterrorizan a la gente con los gruñidos de su bárbara lengua. Aymerico apela a vascos y navarros de ladrones, y les acusa de que, a menudo, no se contentan con robar a los peregrinos, sino que los cabalgan como asnos y los matan.
Seguimos. Los vasco-navarros comen, beben y visten como cerdos. De hecho, las familias vasco-navarras comen todas juntas, siervos con amos, juntando todos los platos en una sola olla, de la que obtienen el alimento con las manos, sin cubiertos. Si los vieras comer, apostilla Aymerico, los tomarías por perros o cerdos. Y si los oyes hablar, los tomarías por perros.
El pueblo navarro, para Aymerico, es un pueblo (…) repleto de maldad, de tez oscura, de aspecto aberrante, perverso, pérfido, desleal y falso. Son personas rijosas, borrachas, asilvestradas, malvadas, crueles, pendencieras y aficionadas a vicios inconfesables. Aunque confiesa uno de esos vicios. Dado que este blog se puede leer en horario infantil, referiremos dicha acusación en su versión original: Nauarris etiam utuntur fornicatione pecudibus. Ahí queda eso.
¿Suficiente? No para Aymerico. Sigue refiriendo en su libro que el vasco-navarro es aficionado a besar el sexo de la mujer y de la mula; y que hombres y mujeres, cuando se están calentando al fuego, tienen afición por enseñarse impúdicamente las partes. El único cuartelillo que les da es admitir que se baten muy bien en batalla campal y que son absolutamente cumplidores con el diezmo eclesial.
¡Ah, se me olvidaba! También les acusa de ser asesinos a sueldo. Dice que, por una sola moneda (lo que costaba, por ejemplo, atravesar un caballo un río en barca), eran capaces de matar a un francés (quizá aquí francés quiera decir peregrino a secas; hemos de recordar que la compostelana Rúa do Franco, o calle del Francés, es en realidad la calle del peregrino; lo que pasa es que las expresiones franco y peregrino eran sinónimas).
Según este señor tan ecuánime, el origen de los vasconavarros es Escocia. De hecho, refiere que su aspecto físico es muy cercano y que visten de una forma parecida.
¿Qué le hicieron los vasco-navarros al fraile Aymerico? Bueno, yo tengo mi teoría. En primer lugar, es obvio que, al paso por sus tierras, o bien a Aymerico o bien a algún otro francés amigo suyo le robaron. Aunque hay cosas que refiere que no pueden ser, en modo alguno, privativas de los vascos y navarros. Los abusos en los portazgos medievales eran habituales, y los señores que de esos ingresos percibían fielato lo consentían, porque el negocio es el negocio.
Más allá, hay críticas que no se entienden. Que el vasco o euskera es un idioma difícil o imposible de entender por alguien que hable lenguas de raíz latina, es cierto. Pero que tenga un sonido fuerte y cortante, tipo ladrido, es, simple y llanamente, mentira. Estos párrafos de Aymerico vienen a denunciar, más bien, cierto complejo de superioridad del francés sobre un pueblo que considera salvaje y atrasado.
Aunque se ha dicho, no pocas veces, que la Canción de Roldán refiere un enfrentamiento entre francos y sarracenos en el paso de Roncesvalles, hoy es teoría ampliamente aceptada que los presuntos musulmanes eran, en realidad, vascones. Que a los francos les dolía aquella humillante derrota lo demuestra la propia pervivencia de la Canción y de la memoria colectiva. Así pues, Aymerico, probablemente, no hizo sino descargar en las páginas un odio nacionalista contra un pueblo al que consideraba su enemigo. Que lo hiciese, además, en un libro que estaba redactando para animar a las gentes a peregrinar a Santiago, da la exacta medida de su odio.
O sea: franceses y españoles ya nos teníamos tirria, pero mucha, incluso antes de ser, propiamente, franceses y españoles.
Dos cosas voy a contar del Códice, para intentar demostrar al lector, si es que es, como debería por pura inferencia estadística, aficionado a pensar que todo lo que tiene que ver con la Edad Media es plúmbeo y aburrido, que está equivocado. La primera de esas cosas que quiero contar, que es la que toca en este post, es la opinión que, en el siglo XI, tenía un francés de los vascos y navarros.
Si eres vasco o navarro, las orejas ya te deberían estar pitando. Bueno, en realidad, aunque no lo creas, llevan mil años pitándote.
Aymerico Picaud fue un fraile, creo que benedictino, oriundo de Parthenay-le-Vieux, en Poitou. Este francés es autor cuando menos del quinto libro del Códice, dedicado a servir de guía básica del peregrino sobre los lugares que va a recorrer y las gentes que va a encontrar. El camino francés, lógicamente, atravesaba el País Vasco y Navarra. Veamos lo que decía Aymerico de ambas tierras.
Al dejar la actual Francia y entrar en el actual Euskadi, decía Aymerico, se tendría la primera experiencia del pueblo vasco-navarro, pues en el pueblo de Saint-Michel-Pied-de-Port encontraría a unos aduaneros que robaban a los peregrinos bajo amenazas, siendo lo cierto que sólo los mercaderes habían de pagar portazgo; así como barqueros que cobraban a los pobres por cruzarles el río, cosa que también estaba, cuando menos formalmente, prohibida.
Una vez pasado el trance, el peregrino se encontrará, refiere el fraile, con los vascos y navarros, hombres de caras feroces y que aterrorizan a la gente con los gruñidos de su bárbara lengua. Aymerico apela a vascos y navarros de ladrones, y les acusa de que, a menudo, no se contentan con robar a los peregrinos, sino que los cabalgan como asnos y los matan.
Seguimos. Los vasco-navarros comen, beben y visten como cerdos. De hecho, las familias vasco-navarras comen todas juntas, siervos con amos, juntando todos los platos en una sola olla, de la que obtienen el alimento con las manos, sin cubiertos. Si los vieras comer, apostilla Aymerico, los tomarías por perros o cerdos. Y si los oyes hablar, los tomarías por perros.
El pueblo navarro, para Aymerico, es un pueblo (…) repleto de maldad, de tez oscura, de aspecto aberrante, perverso, pérfido, desleal y falso. Son personas rijosas, borrachas, asilvestradas, malvadas, crueles, pendencieras y aficionadas a vicios inconfesables. Aunque confiesa uno de esos vicios. Dado que este blog se puede leer en horario infantil, referiremos dicha acusación en su versión original: Nauarris etiam utuntur fornicatione pecudibus. Ahí queda eso.
¿Suficiente? No para Aymerico. Sigue refiriendo en su libro que el vasco-navarro es aficionado a besar el sexo de la mujer y de la mula; y que hombres y mujeres, cuando se están calentando al fuego, tienen afición por enseñarse impúdicamente las partes. El único cuartelillo que les da es admitir que se baten muy bien en batalla campal y que son absolutamente cumplidores con el diezmo eclesial.
¡Ah, se me olvidaba! También les acusa de ser asesinos a sueldo. Dice que, por una sola moneda (lo que costaba, por ejemplo, atravesar un caballo un río en barca), eran capaces de matar a un francés (quizá aquí francés quiera decir peregrino a secas; hemos de recordar que la compostelana Rúa do Franco, o calle del Francés, es en realidad la calle del peregrino; lo que pasa es que las expresiones franco y peregrino eran sinónimas).
Según este señor tan ecuánime, el origen de los vasconavarros es Escocia. De hecho, refiere que su aspecto físico es muy cercano y que visten de una forma parecida.
¿Qué le hicieron los vasco-navarros al fraile Aymerico? Bueno, yo tengo mi teoría. En primer lugar, es obvio que, al paso por sus tierras, o bien a Aymerico o bien a algún otro francés amigo suyo le robaron. Aunque hay cosas que refiere que no pueden ser, en modo alguno, privativas de los vascos y navarros. Los abusos en los portazgos medievales eran habituales, y los señores que de esos ingresos percibían fielato lo consentían, porque el negocio es el negocio.
Más allá, hay críticas que no se entienden. Que el vasco o euskera es un idioma difícil o imposible de entender por alguien que hable lenguas de raíz latina, es cierto. Pero que tenga un sonido fuerte y cortante, tipo ladrido, es, simple y llanamente, mentira. Estos párrafos de Aymerico vienen a denunciar, más bien, cierto complejo de superioridad del francés sobre un pueblo que considera salvaje y atrasado.
Aunque se ha dicho, no pocas veces, que la Canción de Roldán refiere un enfrentamiento entre francos y sarracenos en el paso de Roncesvalles, hoy es teoría ampliamente aceptada que los presuntos musulmanes eran, en realidad, vascones. Que a los francos les dolía aquella humillante derrota lo demuestra la propia pervivencia de la Canción y de la memoria colectiva. Así pues, Aymerico, probablemente, no hizo sino descargar en las páginas un odio nacionalista contra un pueblo al que consideraba su enemigo. Que lo hiciese, además, en un libro que estaba redactando para animar a las gentes a peregrinar a Santiago, da la exacta medida de su odio.
O sea: franceses y españoles ya nos teníamos tirria, pero mucha, incluso antes de ser, propiamente, franceses y españoles.
lunes, septiembre 11, 2006
¿Hay algún arzobispo entre el público?
¿Alguien que se lea la entrada de este blog es arzobispo? Me vendría bien, dado el silencio eclesial que, al parecer, es insondable.
Gonzalo Torrente Ballester, uno de los mejores escritores españoles del siglo XX, escribió en 1941 un libro que tituló Compostela y su ángel (la edición que yo tengo es de Destino, colección Áncora y Delfín).
En dicho libro, Torrente (Ballester) explica la gran importancia que tuvo Carlomagno como primer impulsor de la peregrinación jacobea. Se dice, pero no es verdad, que Carlomagno incluso peregrinó a Santiago.
El caso es que el autor da un dato que no deja de ser curioso: según él, todos los 6 de agosto se dice en la catedral de Santiago una misa por el alma de Carlomagno, en agradecimiento por su apoyo.
El caso es que el libro de Ballester sólo nos garantiza que esa misa se siguiese diciendo en 1941. Así que busqué en internet información sobre el arzobispado compostelano con la intención de plantearle directamente la pregunta a quien, caso de que se digan esas misas, lo está haciendo.
La cosa es que, tras varios días de espera en los que he dejado pasar el natural paréntesis agosteño, no me han contestado. No sé si porque no lo saben, porque el asunto es una más de las cachondadas de Torrente Ballester (que no creo, pues las cosas de Dios se las tomaba bastante en serio), o qué. El caso es que me hubiese gustado tener respuesta, por cuanto una tradición que se mantiene durante mil años, o así (mi informador no cuenta cuándo se empezaron a decir las misas), merece ser destacada. Además de garantizar que Carlomagno haya salido del Purgatorio, digo yo.
Lo que no sé de todo este asunto es qué tal le puede sentar a los vascos que se digan misas en Santiago por el alma Carlomagno. Y digo los vascos porque fue con éstos con los que el emperador se las tuvo tiesas y fueron ellos los que dieron con los huesos de Roldán, su caballero, en la tierra.
En fin, dicho queda. Si algún arzobispo lee esto, ¿podría reenviárselo a su colega compostelano, a ver si puede/quiere dar razón?
Gonzalo Torrente Ballester, uno de los mejores escritores españoles del siglo XX, escribió en 1941 un libro que tituló Compostela y su ángel (la edición que yo tengo es de Destino, colección Áncora y Delfín).
En dicho libro, Torrente (Ballester) explica la gran importancia que tuvo Carlomagno como primer impulsor de la peregrinación jacobea. Se dice, pero no es verdad, que Carlomagno incluso peregrinó a Santiago.
El caso es que el autor da un dato que no deja de ser curioso: según él, todos los 6 de agosto se dice en la catedral de Santiago una misa por el alma de Carlomagno, en agradecimiento por su apoyo.
El caso es que el libro de Ballester sólo nos garantiza que esa misa se siguiese diciendo en 1941. Así que busqué en internet información sobre el arzobispado compostelano con la intención de plantearle directamente la pregunta a quien, caso de que se digan esas misas, lo está haciendo.
La cosa es que, tras varios días de espera en los que he dejado pasar el natural paréntesis agosteño, no me han contestado. No sé si porque no lo saben, porque el asunto es una más de las cachondadas de Torrente Ballester (que no creo, pues las cosas de Dios se las tomaba bastante en serio), o qué. El caso es que me hubiese gustado tener respuesta, por cuanto una tradición que se mantiene durante mil años, o así (mi informador no cuenta cuándo se empezaron a decir las misas), merece ser destacada. Además de garantizar que Carlomagno haya salido del Purgatorio, digo yo.
Lo que no sé de todo este asunto es qué tal le puede sentar a los vascos que se digan misas en Santiago por el alma Carlomagno. Y digo los vascos porque fue con éstos con los que el emperador se las tuvo tiesas y fueron ellos los que dieron con los huesos de Roldán, su caballero, en la tierra.
En fin, dicho queda. Si algún arzobispo lee esto, ¿podría reenviárselo a su colega compostelano, a ver si puede/quiere dar razón?
domingo, septiembre 10, 2006
La FEN
Una de las principales preocupaciones de hoy en día en España es la mala calidad de la educación y los resultados que de ello se derivan. Los estudios internacionales, especialmente el proyecto PISA que organiza la OCDE, no nos dejan en buen lugar. Esta situación nos lleva a los nostálgicos a sostener, una y otra vez, que para sistema educativo, el que nosotros tuvimos. Y eso es cierto; quiero decir, yo estoy honradamente convencido que un estudiante de bachillerato estaba obligado hace treinta años a un esfuerzo de estudio considerablemente superior al actual. Pero las cosas hay que situarlas en su correcto sitio: tampoco era orégano todo el monte.
Como aquí hablamos de Historia, la parte más importante de aquella enseñanza, por lo que tiene de histórica y olvidada es, me parece a mí, la FEN, o sea, la Formación del Espíritu Nacional, que todos los infantes del franquismo debíamos estudiar.
La FEN era, por supuesto, un conjunto de conocimientos que los alumnos debían estudiar, mediante los cuales demostraban un conocimiento suficiente de la organización del Estado franquista, sus instituciones y sus elementos fundamentales. Especialmente, los estudiantes, de entre 13 y 17 años más o menos, se aprendían las bases de la democracia orgánica, que era como se intitulaba el Movimiento Nacional. La democracia orgánica se basa en el principio rector de que la verdadera democracia no proviene de la representación de los partidos políticos, que en esta teoría se consideran corruptos, oligárquicos y otras cosas más; y propugna el gobierno por la propia sociedad a través de sus corporaciones o células básicas que, para la FEN y para Franco, eran: la familia, el municipio y el sindicato (entendido este sindicato no como central sindical libre como las que tenemos ahora, sino como una organización que englobaba a trabajadores y empresarios y era tutelada por el partido único, o sea la Falange). La expresión, que tal vez alguno de los miles y miles de españoles que no ha vivido el franquismo haya oído, de «diputado del tercio familiar» quiere decir, pues: diputado en Cortes que ha sido elegido para ello en representación del tercio reservado a los representantes de las familias (luego estaban los de los municipios, y los del sindicato).
He rescatado de mi biblioteca la Segunda Antología del Disparate publicada por Luís Díez Jímenez (editada por Herder, en Barcelona, 1979. Alcanzó un montón de ediciones). Su autor era un catedrático de instituto que se dedicó a compilar bestialidades de exámenes escritas por sus alumnos. Esta segunda antología recoge respuestas de exámenes producidas en los últimos años del franquismo, lo cual la hace útil para darnos un paseo, espero que divertido, por la percepción que nuestros infantes de entonces, que somos los pesados adultos de hoy, teníamos de esa cosa que se llamaba Movimiento Nacional.
Los alumnos, en general, repiten como loros, y a su manera, las fórmulas elegíacas que los libros de FEN utilizaban para definir las bases del franquismo. Ahí está, por ejemplo, ese alumno para el cual el municipio es el lugar donde se efectúan todas las cosas para el bien, que más parece la definición catecumenal del Cielo que la descripción de una institución política. Eso sí, algo habría oído este chaval, o chavala, en casa, cuando informa de que el alcalde es elegido a ojo. Seguro que quiso decir a dedo, como probablemente le había oído decir a sus padres, pero se equivocó.
La empanada mental con lo de la familia, el municipio y el sindicato era habitual. Le ocurre al alumno que contesta que el municipio se compone de la Alcaldía, la Diputación Provincial y el sindicato.
Luego está el que, aún sabiendo, no se enteró, o no se quiso enterar, de nada en clase. La FEN daba mucha matraca con las cuestiones relacionadas con la fraternidad entre españoles (aunque no nos hablaba de los horrores de la guerra civil ni cosas de ésas) y, por lo tanto, nos hacía estudiar bastante eso de la necesidad de diálogo entre españoles. Así pues, la pregunta de por qué es necesario el diálogo entre españoles era cuestión bastante común en los exámenes. Un estudiante recogido por Díez, ya he dicho que no sé si por ignorancia o por retranca, contesta a la pregunta de por qué es tan importante el diálogo entre españoles con la siguiente respuesta: porque contribuye al perfeccionamiento y enriquecimiento del léxico español. No me digáis que no merece medio puntito, al menos.
Los libros de FEN, además, estaban repletos de palabras que empezaban por in. El jefe del Estado era inviolable. El territorio de España, inseparable. La familia, inmanente e indestructible (debo recordar que no había divorcio; entonces en España, como decía Gila, sólo existía el Ahí Te Quedas). Esta cascada de conceptos, bastante difíciles de entender para un púber, eran habitual fuente de confusiones. Así, un alumno informa de que la familia es indeformable e indisolvente; o sea, más o menos la identificaba con algún mineral especialmente duro. Otro dice que la familia debe ser inseparable y nunca se debe blasfemar de ella; cabe sospechar que medio entendió los párrafos de su libro sobre la raíz cristiana de la célula familiar.
Sobre el Estado, el primer concepto está claro: es uno. Esa respuesta es machacona, aunque, en realidad, la que era una no era tanto el Estado como España (que, además de Una, era Grande y Libre. Los antifranquistas tenían un chiste con esto, pues decían que España, obviamente, era Una, porque si hubiera Otra, todos estaríamos en ella). Pero, a partir de ahí, la empanada. Leed: El jefe del Estado tiene que ser uno, tiene que se invisible, tiene que ser indeclinable y tiene que ser Sumo Soberano.
Otra cosa que estudiábamos, y mucho, eran los derechos y deberes de los españoles, o sea, el llamado Fuero de los Españoles, una especie de ley medio constitucional medio orgánica que establecía los derechos que asistían a los ciudadanos. Las declaraciones de estado de excepción consistían, precisamente, en la suspensión de artículos de dicho Fuero.
Aunque cueste creerlo en los tiempos de Gran Hermano y la guerra de de audiencias, en los tiempos que relato la serie de televisión más famosa era española y se llamaba Crónicas de un Pueblo. Se rodaba en un pueblo muy cerca de Madrid, Santorcaz, y en ella se planteaban diversas situaciones más o menos costumbristas que daban pie para que el Alcalde disertase un par de minutos sobre el Fuero de los Españoles en lo que atañese a la situación descrita en el capítulo. O sea, como si Maragall se hubiese inventado una telecomedia para explicar el Estatut y, encima, la gente la viese. Y eso de la gente la viese lo digo porque, en verdad, era bastante forzada. Un niño se rompía una pierna y el alcalde, viendo marchar la ambulancia, se ponía a perorar, frente a los preocupados padres, sobre las garantías que el Fuero de los Españoles otorgaban a la hora de recibir asistencia sanitaria adecuada.
Deberes de los españoles era, en este contexto, otro de los clásicos de FEN. He aquí una respuesta curiosa: Todo español domiciliado en España debe devoción a la Patria y sus movimientos. Bastante bien, si no fuera porque el libro no hablaba de la Patria y sus movimientos, sino de la Patria y el Movimiento Nacional. Tengo por mí que eran pocos los infantes que llegaban a entender que el Movimiento no era algo que se moviese.
En estas circunstancias, tampoco es de extrañar que los estudiantes de entonces tuviesen una visión más bien blurred de su reciente Historia. Para muestra, esta delirante descripción de la II República que ahora tanto queremos recordar: Aquí existió la organización de Sagasta de la CEDA, que era un organismo que reinaba durante la coalición azaño-cedista; también reinó Franco en Marruecos. Lo que se dice tirar cinco dardos, cinco, y no clavar ni uno en la diana.
No existen pruebas de que los militantes de la CNT o de la FAI encontrasen al estudiante que definió en un examen a los anarquistas como especie de comunistas masones. Cabe especular que a este púber los anarquistas le parecían (o le habían dicho que eran) lo peor de lo peor y juntó, al definirlos, las dos bestias negras de su época, es decir el comunismo y la masonería.
Pero, ya digo: esto de la ignorancia puede ser fingido. Para muestra, esta repuesta a la pregunta «Qué es el Movimiento Nacional»: Es el movimiento por el que Franco consiguió que los españoles dejaran de moverse. Para mí que esta respuesta lleva toda la carga de mala leche, y cashondeo andalú, de aquél otro alumno que, en el examen de religión, escribió: Jesús fue llevado al monte Calvario, donde fue crucificado junto con otros dos ladrones.
Como aquí hablamos de Historia, la parte más importante de aquella enseñanza, por lo que tiene de histórica y olvidada es, me parece a mí, la FEN, o sea, la Formación del Espíritu Nacional, que todos los infantes del franquismo debíamos estudiar.
La FEN era, por supuesto, un conjunto de conocimientos que los alumnos debían estudiar, mediante los cuales demostraban un conocimiento suficiente de la organización del Estado franquista, sus instituciones y sus elementos fundamentales. Especialmente, los estudiantes, de entre 13 y 17 años más o menos, se aprendían las bases de la democracia orgánica, que era como se intitulaba el Movimiento Nacional. La democracia orgánica se basa en el principio rector de que la verdadera democracia no proviene de la representación de los partidos políticos, que en esta teoría se consideran corruptos, oligárquicos y otras cosas más; y propugna el gobierno por la propia sociedad a través de sus corporaciones o células básicas que, para la FEN y para Franco, eran: la familia, el municipio y el sindicato (entendido este sindicato no como central sindical libre como las que tenemos ahora, sino como una organización que englobaba a trabajadores y empresarios y era tutelada por el partido único, o sea la Falange). La expresión, que tal vez alguno de los miles y miles de españoles que no ha vivido el franquismo haya oído, de «diputado del tercio familiar» quiere decir, pues: diputado en Cortes que ha sido elegido para ello en representación del tercio reservado a los representantes de las familias (luego estaban los de los municipios, y los del sindicato).
He rescatado de mi biblioteca la Segunda Antología del Disparate publicada por Luís Díez Jímenez (editada por Herder, en Barcelona, 1979. Alcanzó un montón de ediciones). Su autor era un catedrático de instituto que se dedicó a compilar bestialidades de exámenes escritas por sus alumnos. Esta segunda antología recoge respuestas de exámenes producidas en los últimos años del franquismo, lo cual la hace útil para darnos un paseo, espero que divertido, por la percepción que nuestros infantes de entonces, que somos los pesados adultos de hoy, teníamos de esa cosa que se llamaba Movimiento Nacional.
Los alumnos, en general, repiten como loros, y a su manera, las fórmulas elegíacas que los libros de FEN utilizaban para definir las bases del franquismo. Ahí está, por ejemplo, ese alumno para el cual el municipio es el lugar donde se efectúan todas las cosas para el bien, que más parece la definición catecumenal del Cielo que la descripción de una institución política. Eso sí, algo habría oído este chaval, o chavala, en casa, cuando informa de que el alcalde es elegido a ojo. Seguro que quiso decir a dedo, como probablemente le había oído decir a sus padres, pero se equivocó.
La empanada mental con lo de la familia, el municipio y el sindicato era habitual. Le ocurre al alumno que contesta que el municipio se compone de la Alcaldía, la Diputación Provincial y el sindicato.
Luego está el que, aún sabiendo, no se enteró, o no se quiso enterar, de nada en clase. La FEN daba mucha matraca con las cuestiones relacionadas con la fraternidad entre españoles (aunque no nos hablaba de los horrores de la guerra civil ni cosas de ésas) y, por lo tanto, nos hacía estudiar bastante eso de la necesidad de diálogo entre españoles. Así pues, la pregunta de por qué es necesario el diálogo entre españoles era cuestión bastante común en los exámenes. Un estudiante recogido por Díez, ya he dicho que no sé si por ignorancia o por retranca, contesta a la pregunta de por qué es tan importante el diálogo entre españoles con la siguiente respuesta: porque contribuye al perfeccionamiento y enriquecimiento del léxico español. No me digáis que no merece medio puntito, al menos.
Los libros de FEN, además, estaban repletos de palabras que empezaban por in. El jefe del Estado era inviolable. El territorio de España, inseparable. La familia, inmanente e indestructible (debo recordar que no había divorcio; entonces en España, como decía Gila, sólo existía el Ahí Te Quedas). Esta cascada de conceptos, bastante difíciles de entender para un púber, eran habitual fuente de confusiones. Así, un alumno informa de que la familia es indeformable e indisolvente; o sea, más o menos la identificaba con algún mineral especialmente duro. Otro dice que la familia debe ser inseparable y nunca se debe blasfemar de ella; cabe sospechar que medio entendió los párrafos de su libro sobre la raíz cristiana de la célula familiar.
Sobre el Estado, el primer concepto está claro: es uno. Esa respuesta es machacona, aunque, en realidad, la que era una no era tanto el Estado como España (que, además de Una, era Grande y Libre. Los antifranquistas tenían un chiste con esto, pues decían que España, obviamente, era Una, porque si hubiera Otra, todos estaríamos en ella). Pero, a partir de ahí, la empanada. Leed: El jefe del Estado tiene que ser uno, tiene que se invisible, tiene que ser indeclinable y tiene que ser Sumo Soberano.
Otra cosa que estudiábamos, y mucho, eran los derechos y deberes de los españoles, o sea, el llamado Fuero de los Españoles, una especie de ley medio constitucional medio orgánica que establecía los derechos que asistían a los ciudadanos. Las declaraciones de estado de excepción consistían, precisamente, en la suspensión de artículos de dicho Fuero.
Aunque cueste creerlo en los tiempos de Gran Hermano y la guerra de de audiencias, en los tiempos que relato la serie de televisión más famosa era española y se llamaba Crónicas de un Pueblo. Se rodaba en un pueblo muy cerca de Madrid, Santorcaz, y en ella se planteaban diversas situaciones más o menos costumbristas que daban pie para que el Alcalde disertase un par de minutos sobre el Fuero de los Españoles en lo que atañese a la situación descrita en el capítulo. O sea, como si Maragall se hubiese inventado una telecomedia para explicar el Estatut y, encima, la gente la viese. Y eso de la gente la viese lo digo porque, en verdad, era bastante forzada. Un niño se rompía una pierna y el alcalde, viendo marchar la ambulancia, se ponía a perorar, frente a los preocupados padres, sobre las garantías que el Fuero de los Españoles otorgaban a la hora de recibir asistencia sanitaria adecuada.
Deberes de los españoles era, en este contexto, otro de los clásicos de FEN. He aquí una respuesta curiosa: Todo español domiciliado en España debe devoción a la Patria y sus movimientos. Bastante bien, si no fuera porque el libro no hablaba de la Patria y sus movimientos, sino de la Patria y el Movimiento Nacional. Tengo por mí que eran pocos los infantes que llegaban a entender que el Movimiento no era algo que se moviese.
En estas circunstancias, tampoco es de extrañar que los estudiantes de entonces tuviesen una visión más bien blurred de su reciente Historia. Para muestra, esta delirante descripción de la II República que ahora tanto queremos recordar: Aquí existió la organización de Sagasta de la CEDA, que era un organismo que reinaba durante la coalición azaño-cedista; también reinó Franco en Marruecos. Lo que se dice tirar cinco dardos, cinco, y no clavar ni uno en la diana.
No existen pruebas de que los militantes de la CNT o de la FAI encontrasen al estudiante que definió en un examen a los anarquistas como especie de comunistas masones. Cabe especular que a este púber los anarquistas le parecían (o le habían dicho que eran) lo peor de lo peor y juntó, al definirlos, las dos bestias negras de su época, es decir el comunismo y la masonería.
Pero, ya digo: esto de la ignorancia puede ser fingido. Para muestra, esta repuesta a la pregunta «Qué es el Movimiento Nacional»: Es el movimiento por el que Franco consiguió que los españoles dejaran de moverse. Para mí que esta respuesta lleva toda la carga de mala leche, y cashondeo andalú, de aquél otro alumno que, en el examen de religión, escribió: Jesús fue llevado al monte Calvario, donde fue crucificado junto con otros dos ladrones.
viernes, septiembre 08, 2006
Bancos... de iglesia
Ya he dicho muchas veces que una de las cosas que más me llaman la atención de hacer lecturas históricas es descubrir hasta qué punto hubo tiempos que fueron diferentes a los nuestros. A veces por razones obvias, claro. Por ejemplo, es lógico que los habitantes de Soria comiesen poco pescado hace 500 años, pues, hace 500 años, llegar desde cualquier puerto hasta Soria no era fácil (con el pescado fresco, se entiende).
Sin embargo, hay cosas que, sin tener necesariamente que ser distintas, lo eran.
El ejemplo que traigo hoy es éste: ¿se ha parado a pensar alguien, cuando entra en una iglesia de cualquier tamaño, que los bancos no siempre han estado ahí? Pues no, no lo estaban. Hasta hace relativamente poco tiempo, en las iglesias no había bancos para sentarse. Eso siendo un fiel cualquiera, claro, porque los coros para los eclesiásticos sí que existían.
La lógica de esta medida está, al parecer, en que la prioridad de la iglesia antigua, como creencia no necesariamente mayoritaria que era, era captar fieles. De hecho, la planta basilical, a pesar de que su planta en cruz pudiera hacer pensar que tiene un origen cristiano fue, en realidad, adoptada por la iglesia porque se adaptaba muy bien a sus objetivos de poder reunir a mucha gente en relativamente poco espacio (aunque es de reconocer que algo pesó el significado simbólico de la planta).
Es obvio que en cualquier lugar cabe mucha más gente de pie que sentada y por ello, durante muchos siglos, así era como se asistía a los oficios religiosos. Pero es algo que no tuvo contentos a muchos cristianos casi desde el principio. Agustín, obispo de Hipona y santo, consideraba un poco cruel eso de tener a los fieles de pie todo el rato, sobre todo en oficios en los que se producían extensas homilías. Cesáreo, también obispo (de Arlés) y también santo, debía de saber mucho de lo que se sufre escuchando un sermón, dado que, cuando menos, escribió 250 que se conservan; por eso, prescribió en el siglo VI que las personas en estado delicado se pudieran sentar en el suelo.
El hecho de que en las iglesias no hubiese bancos generó una costumbre hoy, lógicamente, perdida: muchas personas acudían a los oficios armadas de bastón. Ya que no podían sentarse, lo utilizaban para apoyarse y descansar los tal vez cansados pies.
La costumbre de poner bancos en las iglesias la empiezan a practicar masivamente los protestantes. Y cualquiera que haya ido a un oficio protestante o anglicano y se haya molestado en cronometrar el sermón promedio entenderá por qué (aparte que los reformadores estaban encantados de reformar cualquier cosa que la iglesia católica estuviese haciendo de otra forma). En este punto, la contrarreforma no pudo sino rendirse a la evidencia.
Sin embargo, hay cosas que, sin tener necesariamente que ser distintas, lo eran.
El ejemplo que traigo hoy es éste: ¿se ha parado a pensar alguien, cuando entra en una iglesia de cualquier tamaño, que los bancos no siempre han estado ahí? Pues no, no lo estaban. Hasta hace relativamente poco tiempo, en las iglesias no había bancos para sentarse. Eso siendo un fiel cualquiera, claro, porque los coros para los eclesiásticos sí que existían.
La lógica de esta medida está, al parecer, en que la prioridad de la iglesia antigua, como creencia no necesariamente mayoritaria que era, era captar fieles. De hecho, la planta basilical, a pesar de que su planta en cruz pudiera hacer pensar que tiene un origen cristiano fue, en realidad, adoptada por la iglesia porque se adaptaba muy bien a sus objetivos de poder reunir a mucha gente en relativamente poco espacio (aunque es de reconocer que algo pesó el significado simbólico de la planta).
Es obvio que en cualquier lugar cabe mucha más gente de pie que sentada y por ello, durante muchos siglos, así era como se asistía a los oficios religiosos. Pero es algo que no tuvo contentos a muchos cristianos casi desde el principio. Agustín, obispo de Hipona y santo, consideraba un poco cruel eso de tener a los fieles de pie todo el rato, sobre todo en oficios en los que se producían extensas homilías. Cesáreo, también obispo (de Arlés) y también santo, debía de saber mucho de lo que se sufre escuchando un sermón, dado que, cuando menos, escribió 250 que se conservan; por eso, prescribió en el siglo VI que las personas en estado delicado se pudieran sentar en el suelo.
El hecho de que en las iglesias no hubiese bancos generó una costumbre hoy, lógicamente, perdida: muchas personas acudían a los oficios armadas de bastón. Ya que no podían sentarse, lo utilizaban para apoyarse y descansar los tal vez cansados pies.
La costumbre de poner bancos en las iglesias la empiezan a practicar masivamente los protestantes. Y cualquiera que haya ido a un oficio protestante o anglicano y se haya molestado en cronometrar el sermón promedio entenderá por qué (aparte que los reformadores estaban encantados de reformar cualquier cosa que la iglesia católica estuviese haciendo de otra forma). En este punto, la contrarreforma no pudo sino rendirse a la evidencia.
viernes, septiembre 01, 2006
¿Qué sabe una castañera de la Relatividad?
En los meses de febrero y marzo de 1923, Albert Einstein, personaje que supongo que no necesita presentación, visitó España. Para entonces, ya era eso que hoy denominaríamos una estrella mediática. Llevaba dos años disfrutando del Nobel de Física e incluyó España en un periplo mundial que le llevó por América y Japón. Curiosos tiempos aquéllos en los que los Rolling Stones eran científicos dedicados a reflexionar sobre el espaciotiempo (esta frase es demagógica y estúpida pues, por mucho interés que despertara Einstein, no se puede comparar con los auténticos movimientos de masas, sobre todo femeninas, que provocaban no muchos años más tarde las visitas a España del Morritos Jaeger de lo cañí: Jorge Negrete. Yo mismo pienso que su Agua del pozo permanece insuperada).
El viaje de Herr e=mc2 se debió, al parecer, al impulso de un matemático español, Julio Rey Pastor, del que sé poco, por no decir nada. Pero Einstein fue, rápidamente, «adoptado» por la intelligentsia intelectual (valga la redundancia) española. Su cicerone principal fue nada más y nada menos que José Ortega y Gasset, el de delenda est monarchia y de yo soy yo y mis circunstancias, filósofo oficial español y de lo español.
Einstein visitó, además de Madrid (y alrededores), Barcelona y Zaragoza donde, por cierto, cumplió años. Parece que se sintió especialmente emocionado al ver, en Toledo, el arte de El Greco. Dio algunas conferencias, la principal de ellas en la Residencia de Estudiantes, que versó sobre Introducción a la teoría de la relatividad. Predecible, ¿eh?
Los organizadores de la visita «vendieron» a Einstein como el padre de una nueva forma de pensar, una concepción del mundo radicalmente diferente, tratando de trascenderlo más allá de las ya anchas paredes de la física. Esto generó en España una enorme curiosidad, motivo por el cual el alemán fue seguido por multitudes más o menos nutridas.
Sin embargo, el principal problema para los españoles era el mismo que tendrían centenares de miles de seres humanos (la mayoría adolescentes) en los siguientes 80 años: no tenían ni pajolera idea de qué significaba la teoría esa de la relatividad que, al parecer, era tan importante e iba a cambiar el mundo. Comprendían que el señor alemán de los pelos era muy listo y que había parido algo de gran inteligencia; pero no pasaban de ahí.
Una anécdota sirve para ilustrar la actitud de los españoles ante Albert Einstein. Durante una de sus visitas en Madrid, al salir de un edificio, al alemán le esperaba un coche. Una pequeña multitud de madrileños, informados del evento, estaba allí para contemplar al genio en persona. En el momento en que se subía al coche, según la prensa de la época, una mujer, castañera para más datos, gritó: «¡Viva el inventor del automóvil!»
Este grito resume la actitud del español medio de 1923 hacia Einstein. Si era tan genio, si era tan inteligente, si merecía el Nobel, si iba a cambiar el mundo, entonces más que científico debería ser inventor; y, además, haber inventado algo realmente importante: el automóvil.
A los científicos les joroba mucho que sus titanes no sean conocidos por la gente. Por ejemplo, todos o casi todos los matemáticos que conozco se cabrean mucho al recordar que la mayoría de la gente no sabe quién fue Leonard Euler; y, apostillan, de los poquísimos que lo conocen, aún son menos los que saben que no se dice /euler/, sino /oiler/. Y tienen razón al decir que cuando hablamos de gentes como Diofanto, o Galileo, o Al-Jwarizmi, o Planck, o Shrödinger, o Pauli, o Maxwell, o Arquímedes o qué se yo, estamos hablando de personas con capacidades muy fuera de lo común.
Véase el caso del matemático alemán Gauss, quien, a la tierna edad de catorce años, cuando el resto de los mortales andamos tratando de entender la fórmula para la suma de los términos de una progresión aritmética, fue capaz de descubrir que el número de números primos menores que x cuando x tiende a infinito equivale a x partido por su logaritmo neperiano. ¿A que da yuyu el niño? Como para pensar, ciertamente, que si hubiese Gausses en el fútbol, Ronaldinho jugaría en la tercera regional del Mato Grosso.
Einstein es el único caso en el que no ocurre esto. Todo el mundo conoce a Einstein, aunque no lo comprende. Es algo así como el Quijote de la Ciencia. Pero no me digáis que la anécdota de Madrid no tiene miga. Miga, además, castiza.
Por cierto, que Ortega y Einstein acabarían peleados, aunque lo que no sé es si el físico se enteró de ello. En 1937, con ocasión de la celebración del Congreso de Escritores Antifascistas en la Valencia republicana, y por lo tanto en plena guerra, Einstein remitió a dicho congreso un mensaje muy crítico con las democracias del mundo, especialmente con Estados Unidos, por su tibieza en la defensa de la República. Ortega le respondería en una revista británica poniéndolo a caer de un burro, acusándolo de insolente e ignorante.
¿De qué pie político cojeaba Einstein? Dicen las crónicas que en su visita a España se vio con Ángel Pestaña, líder que lo fue del sindicalismo anarquista. La cosa se presta al chiste fácil, claro: un tipo que cree que todo es relativo, así pues considera que los conceptos de izquierda y derecha sólo dependen de la situación del punto de referencia, ¿qué será, sino anarquista?
El viaje de Herr e=mc2 se debió, al parecer, al impulso de un matemático español, Julio Rey Pastor, del que sé poco, por no decir nada. Pero Einstein fue, rápidamente, «adoptado» por la intelligentsia intelectual (valga la redundancia) española. Su cicerone principal fue nada más y nada menos que José Ortega y Gasset, el de delenda est monarchia y de yo soy yo y mis circunstancias, filósofo oficial español y de lo español.
Einstein visitó, además de Madrid (y alrededores), Barcelona y Zaragoza donde, por cierto, cumplió años. Parece que se sintió especialmente emocionado al ver, en Toledo, el arte de El Greco. Dio algunas conferencias, la principal de ellas en la Residencia de Estudiantes, que versó sobre Introducción a la teoría de la relatividad. Predecible, ¿eh?
Los organizadores de la visita «vendieron» a Einstein como el padre de una nueva forma de pensar, una concepción del mundo radicalmente diferente, tratando de trascenderlo más allá de las ya anchas paredes de la física. Esto generó en España una enorme curiosidad, motivo por el cual el alemán fue seguido por multitudes más o menos nutridas.
Sin embargo, el principal problema para los españoles era el mismo que tendrían centenares de miles de seres humanos (la mayoría adolescentes) en los siguientes 80 años: no tenían ni pajolera idea de qué significaba la teoría esa de la relatividad que, al parecer, era tan importante e iba a cambiar el mundo. Comprendían que el señor alemán de los pelos era muy listo y que había parido algo de gran inteligencia; pero no pasaban de ahí.
Una anécdota sirve para ilustrar la actitud de los españoles ante Albert Einstein. Durante una de sus visitas en Madrid, al salir de un edificio, al alemán le esperaba un coche. Una pequeña multitud de madrileños, informados del evento, estaba allí para contemplar al genio en persona. En el momento en que se subía al coche, según la prensa de la época, una mujer, castañera para más datos, gritó: «¡Viva el inventor del automóvil!»
Este grito resume la actitud del español medio de 1923 hacia Einstein. Si era tan genio, si era tan inteligente, si merecía el Nobel, si iba a cambiar el mundo, entonces más que científico debería ser inventor; y, además, haber inventado algo realmente importante: el automóvil.
A los científicos les joroba mucho que sus titanes no sean conocidos por la gente. Por ejemplo, todos o casi todos los matemáticos que conozco se cabrean mucho al recordar que la mayoría de la gente no sabe quién fue Leonard Euler; y, apostillan, de los poquísimos que lo conocen, aún son menos los que saben que no se dice /euler/, sino /oiler/. Y tienen razón al decir que cuando hablamos de gentes como Diofanto, o Galileo, o Al-Jwarizmi, o Planck, o Shrödinger, o Pauli, o Maxwell, o Arquímedes o qué se yo, estamos hablando de personas con capacidades muy fuera de lo común.
Véase el caso del matemático alemán Gauss, quien, a la tierna edad de catorce años, cuando el resto de los mortales andamos tratando de entender la fórmula para la suma de los términos de una progresión aritmética, fue capaz de descubrir que el número de números primos menores que x cuando x tiende a infinito equivale a x partido por su logaritmo neperiano. ¿A que da yuyu el niño? Como para pensar, ciertamente, que si hubiese Gausses en el fútbol, Ronaldinho jugaría en la tercera regional del Mato Grosso.
Einstein es el único caso en el que no ocurre esto. Todo el mundo conoce a Einstein, aunque no lo comprende. Es algo así como el Quijote de la Ciencia. Pero no me digáis que la anécdota de Madrid no tiene miga. Miga, además, castiza.
Por cierto, que Ortega y Einstein acabarían peleados, aunque lo que no sé es si el físico se enteró de ello. En 1937, con ocasión de la celebración del Congreso de Escritores Antifascistas en la Valencia republicana, y por lo tanto en plena guerra, Einstein remitió a dicho congreso un mensaje muy crítico con las democracias del mundo, especialmente con Estados Unidos, por su tibieza en la defensa de la República. Ortega le respondería en una revista británica poniéndolo a caer de un burro, acusándolo de insolente e ignorante.
¿De qué pie político cojeaba Einstein? Dicen las crónicas que en su visita a España se vio con Ángel Pestaña, líder que lo fue del sindicalismo anarquista. La cosa se presta al chiste fácil, claro: un tipo que cree que todo es relativo, así pues considera que los conceptos de izquierda y derecha sólo dependen de la situación del punto de referencia, ¿qué será, sino anarquista?
jueves, agosto 31, 2006
Julián Grimau
En 1976, terminado el franquismo y trece años después del fusilamiento de Julián Grimau, quien fuera su abogado civil en la causa, Amandino Rodríguez Armada; y el mejor periodista político de los años sesenta, José Antonio Novais (corresponsal de Le Monde en Madrid), escribieron un libro sobre el proceso y fusilamiento de este militante del Partido Comunista y miembro de su Comité Central. Dicho libro se llama ¿Quién mató a Julián Grimau? Título que es más que suficiente para demostrar que este hecho estaba entonces, como lo está ahora, aún por aclarar del todo.
Julián Grimau fue ejecutado, fusilado, en el campo de tiro de Carabanchel, en la madrugada del 20 de abril de 1963, sábado. La vista de su juicio se había celebrado en la mañana del jueves anterior, 18 de abril, en la sede de los juzgados militares, en la madrileña calle del Reloj. Su muerte, pues, fue una muerte supersónica, y probablemente nunca sepamos toda la verdad de lo que pasó en el día intermedio, el viernes 19 de abril de 1963, durante el cual el Consejo de Ministros estuvo reunido nada menos que diez horas, así pues es de estimar que hubo diferencia de opiniones sobre si procedía o no la conmutación de la pena, que el mundo civilizado en pleno le estaba pidiendo, en esas horas, al régimen de Franco. Finalmente, la mano del Caudillo no tembló y, probablemente, sacando la primera paletada de tierra de la tumba de Grimau, el franquismo empezó, también, a cavar la suya propia.
Grimau era miembro del Comité Central del Partido Comunista. El 7 de noviembre de 1962 se encontraba en Madrid, clandestinamente. Se citó en la plaza de Manuel Becerra con otro militante comunista, a quien varias fuentes recuerdan tan sólo como «un tal Lara». A pesar de que tomó las precauciones habituales (unas cien revueltas a pie antes de llegar al lugar de cita, para evitar ser seguido o poder percatarse de ello), fue detenido, además con cierta facilidad y signos de premeditación policial (dos policías secretos lo detuvieron en un autobús… del cual detenido y policías, qué casualidad, eran los únicos viajeros). Fue trasladado a la Dirección General de Seguridad (la Casa del Reloj de la Puerta del Sol, hoy sede de la Comunidad de Madrid), donde lo llevaron a un habitáculo de cuatro metros por tres y medio, para interrogarlo.
En el curso del interrogatorio, según la versión policial, Grimau de las ingenió para levantarse y tirarse por la ventana a la calle o, mejor dicho, al pequeño callejón de San Ricardo (seis metros en caída libre; era un segundo piso). De creer la declaración de sus interrogadores, aquél fue uno más (hubo otros después) de los «milagrosos vuelos» realizados en dependencias policiales por militantes clandestinos antifranquistas. Con total desparpajo, la policía declaró que Grimau había atravesado la ventana cerrada con su salto (a pesar de que ya hemos dicho que apenas tuvo, todo lo más, cuatro metros de carrerilla, además de ir esposado); e, ítem más, que dicho salto había sido de una notable precisión pues, teniendo la ventana dos hojas de unos 65 centímetros de ancho cada una, Grimau sólo rompió una de ellas. O sea, lo que mi teniente de la mili llamaba tiro preciso.
Es cierto que Grimau nunca acusó a la policía de haberle arrojado por la ventana, ni de haberle causado de otra forma las graves heridas en cabeza, brazos y manos (por cierto: no tenía cortes, lo cual quiere decir que rompió los cristales de la ventana con su aura). Su versión de los hechos, que Rodríguez Armada contó en 1976, se limita a algo así como una visión nebulosa, un andar como en andas, el vago recuerdo de un patio con unos obreros que trabajaban en él, y poco más. No sé si estaré muy equivocado, pero a mí me suena que, quizá, primero lo drogaron, luego lo tiraron por la ventana y, después, los propios policías rompieron la hoja de la ventana.
Con esas cosas tan repugnantemente folclóricas que tenía el franquismo, Grimau fue ingresado en el hospital penitenciario de Yeserías y procesado por tentativa de suicidio. Sí, como suena. Un juzgado de guardia incoó causa contra él por dicho motivo, aunque desconozco si alguna vez llegó a algo; probablemente no, pues menos de seis meses después de todo aquello, Grimau estaba muerto.
Trasladado posteriormente a Carabanchel, el franquismo se movilizó contra él. La prensa afecta (sobre todo el diario Arriba, órgano de la Falange), comenzó a airear lo que consideraba testimonios probados de la brutalidad y sadismo con que Grimau se había despachado durante la guerra civil en Barcelona. A pesar de tener edad para ir al frente, Grimau, según declaró por disciplina de Partido (entonces pertenecía al Partido Republicano Federal, aunque pronto se afiliaría al Comunista), decidió ingresar en la Brigada de Investigación Criminal; o sea, hacerse policía. En esta ocupación, tuvo, según las denuncias franquistas, una actuación especialmente violenta en la checa situada en el número 1 de la plaza Berenguer el Grande de Barcelona (no conozco Barcelona, así pues no sé si se sigue llamando así). La maquinaria propagandística del régimen lo acusó, y lo seguía haciendo años después, de las mayores atrocidades, entre otras haber castrado a un preso de la checa antes de fusilarlo (véase, a este efecto, el libro de Ángel Ruiz Ayúcar, Crónica agitada de ocho años tranquilos, editado en 1974 por Editorial San Martín, página 19). Como José Antonio Novais recuerda en su libro, todas estas acusaciones se sostenían en testimonios indirectos, gente que decía que había oído decir que. El director de Arriba, convocado a un acto de conciliación por un artículo del periódico en estos términos, se limitó a decir que había reproducido lo que todo el mundo sabía.
En el Consejo de Guerra no se llamó a un solo testigo.
Había un problema jurídico. Crímenes teóricamente producidos en 1938 y juzgados en 1963 tenían 25 años de antigüedad, así pues habían prescrito en los términos de la legislación penal franquista. Así lo adujo en su defensa, de hecho, el defensor militar de Grimau, capitán Alejandro Rebollo, a quien Grimau dirigió la última carta de su vida, agradeciéndole los esfuerzos que había realizado por él. Para evitar la prescripción, el tribunal se inventó la milonga de que Grimau era culpable de un «delito continuado», o sea, que, en los años de la posguerra había seguido trabajando para generar una situación de guerra civil de nuevo, es de suponer que para volver a perpetrar crímenes parecidos.
El gobierno español ocultó la fecha del Consejo de Guerra prácticamente hasta unas horas antes del jueves. Esto nos da la medida de hasta qué punto temía la fuerte reacción internacional. Para evitar una dilatada crisis, diseñó ese plan supersónico de menos de 72 horas: jueves por la mañana, Consejo de Guerra; viernes, Consejo de Ministros y no-conmutación; sábado en la madrugada, ejecución. En la angustiosa noche del 19 de abril, es de suponer, las presiones diplomáticas sobre Franco debieron de ser muy fuertes. De hecho, en su libro, Novais refiere que el abogado de Grimau consiguió hablar, esa noche, con una persona que se dijo secretario del Papa Juan XXIII. La conexión telefónica fue posible gracias a unos «amigos» de la causa de Grimau en Italia, cuya identidad el cronista no aclara. Según Novais, el secretario del Papa, además de informar de que ya se había acostado, le dio a Amandino muy buenas palabras, insinuando que el gobierno español le había dado a Juan XXIII ciertas, inconcretas, garantías sobre la vida de Grimau. A menos que algún día le dé un improbable ataque de transparencia al Vaticano, nunca sabremos hasta qué punto sólo fue una mentirijilla del sedicente secretario papal para salir del paso o, en realidad, Franco llegó esa noche incluso a mentirle al Vicario de Cristo (que será pecado mortal, digo yo).
Medio franquismo, de hecho, estaba para entonces en otra onda. Desde 1957, y con el apoyo político del almirante Luis Carrero Blanco, los denominados «tecnócratas» (ministros y altos cargos, casi todos del Opus Dei, ajenos al (pseudo)fascismo de las fuerzas que habían apoyado a Franco en el Alzamiento, pero con fuertes tintes conservadores) habían ido tomando posiciones en el gobierno. Aunque aún eran minoría. Porque el gobierno que decidió ejecutar a Grimau estaba formado por: Franco; siete militares más (Muñoz Grandes, Carrero, Camilo Alonso Vega, Martín Alonso, Pedro Nieto Antúnez, José Lacalle Larraga y Jorge Vigón); tres miembros del Opus Dei (Gregorio López Bravo, Mariano Navarro Rubio y Alberto Ullastres); el representante de Falange (José Solís); y un totum revolutum de nueve ministros más o menos vinculados al Movimiento, o sea más franquistas que otra cosa (Castiella, Lora Tamayo, Cirilo Cánovas, José Martínez y Sánchez Arjona, José Romeo Goría, Antonio Iturmendi, Manuel Fraga Iribarne y Pedro Gual Villalbí). Así pues, incluso matemáticamente, era un Consejo de 20 personas (21, porque hemos de suponerle a Franco voto de calidad) en el que Franco tenía aseguradas ocho manos, la suya y la de los militares que, aunque sólo fuese por disciplina, obedecerían. Así pues, en el supuesto, que es mucho suponer, de que en un Consejo de Ministros presidido por Franco alguien se atreviese a forzar una votación nominal, con un empujoncito que diesen la Falange y los franquistas civiles, el Caudillo lo tenía chupado. Laureano López-Rodó, miembro también del Opus Dei y que entonces era comisario del Plan de Desarrollo, se limita a consignar en sus memorias que el Consejo leyó íntegra la sentencia de muerte dictada por el Consejo de Guerra y que «la mayoría de los miembros se inclinaron por la no concesión del indulto».
En contra de la ejecución, probablemente, Franco tuvo, cuando menos, dos posiciones: la de Fernando María Castiella, ministro de Asuntos Exteriores que ya entonces había solicitado el ingreso en la Comunidad Económica Europea y que sabía cuáles serían (cuáles fueron) las consecuencias del fusilamiento para dicho proyecto; y la de los tres ministros del Opus, atrincherados en el equipo económico del Gobierno y padres de los llamados Planes de Desarrollo, que entonces se iniciaban, y que marcaron el espectacular despegue económico de España en los años sesenta (en el que también tuvo algo que ver la emigración masiva de centenares de miles de españoles).
De hecho, en la tarde-noche de ese mismo día 19, aterrizó en Madrid el ministro francés de Hacienda, Valery Giscard d’Estaing, con el objeto de firmar un crédito de 450 millones de dólares, una pasta, para financiar el primer Plan de Desarrollo. Según confiesa lacónicamente López-Rodó, al enterarse de que Grimau sería fusilado en unas horas, estuvo a punto de regresar inmediatamente a Francia. Finalmente, cuenta Novais, se llegó al compromiso de «desoficializar» su visita (pasó el fin de semana en Toledo, en visita privada) y el lunes fue recibido con Franco muy poquito antes de salir hacia París.
De vuelta a Francia, y ya con Grimau muerto, Novais cuenta (¿Quién mató a Julián Grimau?, página 153) una anécdota que da la medida de eso que se llama «inteligencia emocional» del personaje. En una recepción en París, Giscard apareció luciendo una condecoración laureada que el gobierno español le había concedido durante su visita. El presidente De Gaulle tuvo que llamar a un miembro del protocolo para solicitar que le explicase a Monsieur le ministre que esa condecoración, concedida por un gobierno que tenía las manos manchadas de sangre de un fallecido cuyo cadáver aún estaba caliente, y con las calles de París hirviendo de manifestaciones, mejor que se la quitase de la pechera.
Éste es el cráneo previlegiado, que diría Valle-Inclán, que ha preparado el proyecto de Constitución Europea. Y luego nos extrañamos de que no haya salido adelante.
A partir de aquí, cuatro preguntas. La primera, obviamente, por qué fue fusilado Grimau o, si lo preferimos, por qué no le fue conmutada la pena. Un año antes, en 1962, se había producido el famoso Contubernio de Munich, que no fue otra cosa que Rodolfo Llopis, o sea el PSOE; y José María Gil-Robles, o sea la CEDA, dándose un abrazo y prometiéndose no volver a intentar matarse; todo ello bajo la atenta mirada de Dionisio Ridruejo, representante del falangismo disidente a favor de la democracia. Fuese o no fuese Munich todo lo importante que el franquismo lo hizo con su desmedida reacción, lo cierto es que, en 1963, lo que comenzaba a pitar eran conceptos como distensión, reconciliación, olvido. La bicicleta comenzaba, lenta y suavemente, a ir cuesta abajo, y la muerte de Grimau fue un inusitado e inesperado cambio de dirección.
Franco no supo ver que matando a un presunto torturador comunista lo que hacía era crear un mártir de la democracia y la libertad. Hasta Kruschev, un político tan poco demócrata que no le dolieron prendas de pisarle el cuello a Hungría, se dio cuenta del efecto con un sentido telegrama a Franco en el que, oh sorpresa de franquistas, lo apelaba de «Excelencia». El ogro soviético reconociendo, más o menos, la legitimidad del gobierno creado para acabar con la conspiración marxista judeomasónica internacional; y todo ello para salvar la vida de Grimau.
La actitud fría e insensible del franquismo hace inútil la discusión sobre la segunda cuestión, es decir la veracidad de las acusaciones contra Grimau. Ciertamente, no son los franquistas los únicos que le acusan; los anarquistas también aseveran que se desempeñó con notable crueldad en la represión de que fueron objeto la CNT y el POUM durante la guerra en Barcelona. Pero eso da igual. Habían pasado 25 años. El franquismo, machaconamente, trató de generar un paralelismo estricto entre los crímenes de Grimau y los de los nazis alemanes, que seguían en aquellas fechas siendo cazados y juzgados. Olvidaba, pues, que a Adolf Eichman, a Leon Degrelle, a Klaus Barbie, se los quería juzgar por delitos de lesa humanidad.
Fuese o no fuese Grimau un asesino, fue juzgado prácticamente sin garantías, condenado antijurídicamente y objeto de una notable crueldad y miopía política por parte de un gobierno que no supo ser clemente y darle la vuelta a la tortilla frente a la opinión pública internacional.
La tercera gran cuestión es la que titula el libro de Amandino y Novais. A Grimau lo mató Franco, desde luego. Pero suena, desde hace cuarenta años, la pregunta de por qué el PC envió a España a un miembro tan significado, teniendo como tenía militantes que hoy denominaríamos, como hacemos con los etarras, liberados (no fichados). Su abogado y Novais coquetean en su libro, claramente, con la idea de que el interlocutor de Grimau en Manuel Becerra, el tal Lara, fue también quien lo delató. Pero hay más. Es lo cierto que, en los años sesenta, el PCE se encontraba sumido en una dialéctica entre dos grandes posiciones: por un lado, la línea más dura, más estalinista, muchos de cuyos efectos acabaron siendo maoístas; y, por otro, la línea carrillista, que ya empezaba, más o menos, a diseñar la fórmula que luego se llevaría a cabo con éxito en la Transición, es decir una alianza con fuerzas políticas burguesas (incluida la dinastía borbónica) para favorecer la llegada de la democracia a España.
Se ha querido ver en Grimau, a mi juicio con pocos datos cuando no ninguno, a un representante de la primera tendencia, y en Carrillo a un dirigente del Partido que no tuvo reparos en enviarlo a una misión peligrosa a ver si había suerte y se la pegaba. Cada vez que Grimau abrió la boca en su corto periplo judicial, fue para hacer profesión de comunismo y de fidelidad al Partido; a mí me parece una persona demasiado disciplinada para estar ocupando lugar preeminente en un supuesto anticarrillismo.
Todo está nebuloso y no es nada claro. Enrique Líster, comunista que dirigió una columna del ejército republicano y después, en la URSS, llegó al con Stalin siempre difícil puesto de general del ejército soviético, acabó desgajándose del PCE por serias disensiones con Carrillo. Publicó artículos acusándole de varias cosas, entre ellas, de haber enviado a camaradas del Partido a España «sin las precauciones de seguridad imprescindibles». Pero es una acusación genérica; no citaba el nombre de Julián Grimau, a pesar de escribir estas líneas siete años después del fusilamiento. En la Transición, por cierto, Líster fundó en España el PCOE, Partido Comunista Obrero Español, que aún existe.
Si hemos de creer a la Wikipedia, ya en la democracia el Ayuntamiento de Madrid, en la época de Enrique Tierno Galván, quiso cambiarle el nombre a la avenida del Mediterráneo para llamarla avenida de Julián Grimau. Y fueron precisamente los comunistas, con el argumento de que no sería bueno para la reconciliación que presidió la Transición Política, los que bloquearon dicha propuesta.
Y así, poco a poco, este inquilino del estrecho, pero aún así nauseabundo, camarote de la Historia donde viaja el puñado de fusilados por el franquismo y tardofranquismo, ha sido olvidado. ¿Es eso bueno, o malo?
Pues ésa es la cuarta, y última, pregunta.
Julián Grimau fue ejecutado, fusilado, en el campo de tiro de Carabanchel, en la madrugada del 20 de abril de 1963, sábado. La vista de su juicio se había celebrado en la mañana del jueves anterior, 18 de abril, en la sede de los juzgados militares, en la madrileña calle del Reloj. Su muerte, pues, fue una muerte supersónica, y probablemente nunca sepamos toda la verdad de lo que pasó en el día intermedio, el viernes 19 de abril de 1963, durante el cual el Consejo de Ministros estuvo reunido nada menos que diez horas, así pues es de estimar que hubo diferencia de opiniones sobre si procedía o no la conmutación de la pena, que el mundo civilizado en pleno le estaba pidiendo, en esas horas, al régimen de Franco. Finalmente, la mano del Caudillo no tembló y, probablemente, sacando la primera paletada de tierra de la tumba de Grimau, el franquismo empezó, también, a cavar la suya propia.
Grimau era miembro del Comité Central del Partido Comunista. El 7 de noviembre de 1962 se encontraba en Madrid, clandestinamente. Se citó en la plaza de Manuel Becerra con otro militante comunista, a quien varias fuentes recuerdan tan sólo como «un tal Lara». A pesar de que tomó las precauciones habituales (unas cien revueltas a pie antes de llegar al lugar de cita, para evitar ser seguido o poder percatarse de ello), fue detenido, además con cierta facilidad y signos de premeditación policial (dos policías secretos lo detuvieron en un autobús… del cual detenido y policías, qué casualidad, eran los únicos viajeros). Fue trasladado a la Dirección General de Seguridad (la Casa del Reloj de la Puerta del Sol, hoy sede de la Comunidad de Madrid), donde lo llevaron a un habitáculo de cuatro metros por tres y medio, para interrogarlo.
En el curso del interrogatorio, según la versión policial, Grimau de las ingenió para levantarse y tirarse por la ventana a la calle o, mejor dicho, al pequeño callejón de San Ricardo (seis metros en caída libre; era un segundo piso). De creer la declaración de sus interrogadores, aquél fue uno más (hubo otros después) de los «milagrosos vuelos» realizados en dependencias policiales por militantes clandestinos antifranquistas. Con total desparpajo, la policía declaró que Grimau había atravesado la ventana cerrada con su salto (a pesar de que ya hemos dicho que apenas tuvo, todo lo más, cuatro metros de carrerilla, además de ir esposado); e, ítem más, que dicho salto había sido de una notable precisión pues, teniendo la ventana dos hojas de unos 65 centímetros de ancho cada una, Grimau sólo rompió una de ellas. O sea, lo que mi teniente de la mili llamaba tiro preciso.
Es cierto que Grimau nunca acusó a la policía de haberle arrojado por la ventana, ni de haberle causado de otra forma las graves heridas en cabeza, brazos y manos (por cierto: no tenía cortes, lo cual quiere decir que rompió los cristales de la ventana con su aura). Su versión de los hechos, que Rodríguez Armada contó en 1976, se limita a algo así como una visión nebulosa, un andar como en andas, el vago recuerdo de un patio con unos obreros que trabajaban en él, y poco más. No sé si estaré muy equivocado, pero a mí me suena que, quizá, primero lo drogaron, luego lo tiraron por la ventana y, después, los propios policías rompieron la hoja de la ventana.
Con esas cosas tan repugnantemente folclóricas que tenía el franquismo, Grimau fue ingresado en el hospital penitenciario de Yeserías y procesado por tentativa de suicidio. Sí, como suena. Un juzgado de guardia incoó causa contra él por dicho motivo, aunque desconozco si alguna vez llegó a algo; probablemente no, pues menos de seis meses después de todo aquello, Grimau estaba muerto.
Trasladado posteriormente a Carabanchel, el franquismo se movilizó contra él. La prensa afecta (sobre todo el diario Arriba, órgano de la Falange), comenzó a airear lo que consideraba testimonios probados de la brutalidad y sadismo con que Grimau se había despachado durante la guerra civil en Barcelona. A pesar de tener edad para ir al frente, Grimau, según declaró por disciplina de Partido (entonces pertenecía al Partido Republicano Federal, aunque pronto se afiliaría al Comunista), decidió ingresar en la Brigada de Investigación Criminal; o sea, hacerse policía. En esta ocupación, tuvo, según las denuncias franquistas, una actuación especialmente violenta en la checa situada en el número 1 de la plaza Berenguer el Grande de Barcelona (no conozco Barcelona, así pues no sé si se sigue llamando así). La maquinaria propagandística del régimen lo acusó, y lo seguía haciendo años después, de las mayores atrocidades, entre otras haber castrado a un preso de la checa antes de fusilarlo (véase, a este efecto, el libro de Ángel Ruiz Ayúcar, Crónica agitada de ocho años tranquilos, editado en 1974 por Editorial San Martín, página 19). Como José Antonio Novais recuerda en su libro, todas estas acusaciones se sostenían en testimonios indirectos, gente que decía que había oído decir que. El director de Arriba, convocado a un acto de conciliación por un artículo del periódico en estos términos, se limitó a decir que había reproducido lo que todo el mundo sabía.
En el Consejo de Guerra no se llamó a un solo testigo.
Había un problema jurídico. Crímenes teóricamente producidos en 1938 y juzgados en 1963 tenían 25 años de antigüedad, así pues habían prescrito en los términos de la legislación penal franquista. Así lo adujo en su defensa, de hecho, el defensor militar de Grimau, capitán Alejandro Rebollo, a quien Grimau dirigió la última carta de su vida, agradeciéndole los esfuerzos que había realizado por él. Para evitar la prescripción, el tribunal se inventó la milonga de que Grimau era culpable de un «delito continuado», o sea, que, en los años de la posguerra había seguido trabajando para generar una situación de guerra civil de nuevo, es de suponer que para volver a perpetrar crímenes parecidos.
El gobierno español ocultó la fecha del Consejo de Guerra prácticamente hasta unas horas antes del jueves. Esto nos da la medida de hasta qué punto temía la fuerte reacción internacional. Para evitar una dilatada crisis, diseñó ese plan supersónico de menos de 72 horas: jueves por la mañana, Consejo de Guerra; viernes, Consejo de Ministros y no-conmutación; sábado en la madrugada, ejecución. En la angustiosa noche del 19 de abril, es de suponer, las presiones diplomáticas sobre Franco debieron de ser muy fuertes. De hecho, en su libro, Novais refiere que el abogado de Grimau consiguió hablar, esa noche, con una persona que se dijo secretario del Papa Juan XXIII. La conexión telefónica fue posible gracias a unos «amigos» de la causa de Grimau en Italia, cuya identidad el cronista no aclara. Según Novais, el secretario del Papa, además de informar de que ya se había acostado, le dio a Amandino muy buenas palabras, insinuando que el gobierno español le había dado a Juan XXIII ciertas, inconcretas, garantías sobre la vida de Grimau. A menos que algún día le dé un improbable ataque de transparencia al Vaticano, nunca sabremos hasta qué punto sólo fue una mentirijilla del sedicente secretario papal para salir del paso o, en realidad, Franco llegó esa noche incluso a mentirle al Vicario de Cristo (que será pecado mortal, digo yo).
Medio franquismo, de hecho, estaba para entonces en otra onda. Desde 1957, y con el apoyo político del almirante Luis Carrero Blanco, los denominados «tecnócratas» (ministros y altos cargos, casi todos del Opus Dei, ajenos al (pseudo)fascismo de las fuerzas que habían apoyado a Franco en el Alzamiento, pero con fuertes tintes conservadores) habían ido tomando posiciones en el gobierno. Aunque aún eran minoría. Porque el gobierno que decidió ejecutar a Grimau estaba formado por: Franco; siete militares más (Muñoz Grandes, Carrero, Camilo Alonso Vega, Martín Alonso, Pedro Nieto Antúnez, José Lacalle Larraga y Jorge Vigón); tres miembros del Opus Dei (Gregorio López Bravo, Mariano Navarro Rubio y Alberto Ullastres); el representante de Falange (José Solís); y un totum revolutum de nueve ministros más o menos vinculados al Movimiento, o sea más franquistas que otra cosa (Castiella, Lora Tamayo, Cirilo Cánovas, José Martínez y Sánchez Arjona, José Romeo Goría, Antonio Iturmendi, Manuel Fraga Iribarne y Pedro Gual Villalbí). Así pues, incluso matemáticamente, era un Consejo de 20 personas (21, porque hemos de suponerle a Franco voto de calidad) en el que Franco tenía aseguradas ocho manos, la suya y la de los militares que, aunque sólo fuese por disciplina, obedecerían. Así pues, en el supuesto, que es mucho suponer, de que en un Consejo de Ministros presidido por Franco alguien se atreviese a forzar una votación nominal, con un empujoncito que diesen la Falange y los franquistas civiles, el Caudillo lo tenía chupado. Laureano López-Rodó, miembro también del Opus Dei y que entonces era comisario del Plan de Desarrollo, se limita a consignar en sus memorias que el Consejo leyó íntegra la sentencia de muerte dictada por el Consejo de Guerra y que «la mayoría de los miembros se inclinaron por la no concesión del indulto».
En contra de la ejecución, probablemente, Franco tuvo, cuando menos, dos posiciones: la de Fernando María Castiella, ministro de Asuntos Exteriores que ya entonces había solicitado el ingreso en la Comunidad Económica Europea y que sabía cuáles serían (cuáles fueron) las consecuencias del fusilamiento para dicho proyecto; y la de los tres ministros del Opus, atrincherados en el equipo económico del Gobierno y padres de los llamados Planes de Desarrollo, que entonces se iniciaban, y que marcaron el espectacular despegue económico de España en los años sesenta (en el que también tuvo algo que ver la emigración masiva de centenares de miles de españoles).
De hecho, en la tarde-noche de ese mismo día 19, aterrizó en Madrid el ministro francés de Hacienda, Valery Giscard d’Estaing, con el objeto de firmar un crédito de 450 millones de dólares, una pasta, para financiar el primer Plan de Desarrollo. Según confiesa lacónicamente López-Rodó, al enterarse de que Grimau sería fusilado en unas horas, estuvo a punto de regresar inmediatamente a Francia. Finalmente, cuenta Novais, se llegó al compromiso de «desoficializar» su visita (pasó el fin de semana en Toledo, en visita privada) y el lunes fue recibido con Franco muy poquito antes de salir hacia París.
De vuelta a Francia, y ya con Grimau muerto, Novais cuenta (¿Quién mató a Julián Grimau?, página 153) una anécdota que da la medida de eso que se llama «inteligencia emocional» del personaje. En una recepción en París, Giscard apareció luciendo una condecoración laureada que el gobierno español le había concedido durante su visita. El presidente De Gaulle tuvo que llamar a un miembro del protocolo para solicitar que le explicase a Monsieur le ministre que esa condecoración, concedida por un gobierno que tenía las manos manchadas de sangre de un fallecido cuyo cadáver aún estaba caliente, y con las calles de París hirviendo de manifestaciones, mejor que se la quitase de la pechera.
Éste es el cráneo previlegiado, que diría Valle-Inclán, que ha preparado el proyecto de Constitución Europea. Y luego nos extrañamos de que no haya salido adelante.
A partir de aquí, cuatro preguntas. La primera, obviamente, por qué fue fusilado Grimau o, si lo preferimos, por qué no le fue conmutada la pena. Un año antes, en 1962, se había producido el famoso Contubernio de Munich, que no fue otra cosa que Rodolfo Llopis, o sea el PSOE; y José María Gil-Robles, o sea la CEDA, dándose un abrazo y prometiéndose no volver a intentar matarse; todo ello bajo la atenta mirada de Dionisio Ridruejo, representante del falangismo disidente a favor de la democracia. Fuese o no fuese Munich todo lo importante que el franquismo lo hizo con su desmedida reacción, lo cierto es que, en 1963, lo que comenzaba a pitar eran conceptos como distensión, reconciliación, olvido. La bicicleta comenzaba, lenta y suavemente, a ir cuesta abajo, y la muerte de Grimau fue un inusitado e inesperado cambio de dirección.
Franco no supo ver que matando a un presunto torturador comunista lo que hacía era crear un mártir de la democracia y la libertad. Hasta Kruschev, un político tan poco demócrata que no le dolieron prendas de pisarle el cuello a Hungría, se dio cuenta del efecto con un sentido telegrama a Franco en el que, oh sorpresa de franquistas, lo apelaba de «Excelencia». El ogro soviético reconociendo, más o menos, la legitimidad del gobierno creado para acabar con la conspiración marxista judeomasónica internacional; y todo ello para salvar la vida de Grimau.
La actitud fría e insensible del franquismo hace inútil la discusión sobre la segunda cuestión, es decir la veracidad de las acusaciones contra Grimau. Ciertamente, no son los franquistas los únicos que le acusan; los anarquistas también aseveran que se desempeñó con notable crueldad en la represión de que fueron objeto la CNT y el POUM durante la guerra en Barcelona. Pero eso da igual. Habían pasado 25 años. El franquismo, machaconamente, trató de generar un paralelismo estricto entre los crímenes de Grimau y los de los nazis alemanes, que seguían en aquellas fechas siendo cazados y juzgados. Olvidaba, pues, que a Adolf Eichman, a Leon Degrelle, a Klaus Barbie, se los quería juzgar por delitos de lesa humanidad.
Fuese o no fuese Grimau un asesino, fue juzgado prácticamente sin garantías, condenado antijurídicamente y objeto de una notable crueldad y miopía política por parte de un gobierno que no supo ser clemente y darle la vuelta a la tortilla frente a la opinión pública internacional.
La tercera gran cuestión es la que titula el libro de Amandino y Novais. A Grimau lo mató Franco, desde luego. Pero suena, desde hace cuarenta años, la pregunta de por qué el PC envió a España a un miembro tan significado, teniendo como tenía militantes que hoy denominaríamos, como hacemos con los etarras, liberados (no fichados). Su abogado y Novais coquetean en su libro, claramente, con la idea de que el interlocutor de Grimau en Manuel Becerra, el tal Lara, fue también quien lo delató. Pero hay más. Es lo cierto que, en los años sesenta, el PCE se encontraba sumido en una dialéctica entre dos grandes posiciones: por un lado, la línea más dura, más estalinista, muchos de cuyos efectos acabaron siendo maoístas; y, por otro, la línea carrillista, que ya empezaba, más o menos, a diseñar la fórmula que luego se llevaría a cabo con éxito en la Transición, es decir una alianza con fuerzas políticas burguesas (incluida la dinastía borbónica) para favorecer la llegada de la democracia a España.
Se ha querido ver en Grimau, a mi juicio con pocos datos cuando no ninguno, a un representante de la primera tendencia, y en Carrillo a un dirigente del Partido que no tuvo reparos en enviarlo a una misión peligrosa a ver si había suerte y se la pegaba. Cada vez que Grimau abrió la boca en su corto periplo judicial, fue para hacer profesión de comunismo y de fidelidad al Partido; a mí me parece una persona demasiado disciplinada para estar ocupando lugar preeminente en un supuesto anticarrillismo.
Todo está nebuloso y no es nada claro. Enrique Líster, comunista que dirigió una columna del ejército republicano y después, en la URSS, llegó al con Stalin siempre difícil puesto de general del ejército soviético, acabó desgajándose del PCE por serias disensiones con Carrillo. Publicó artículos acusándole de varias cosas, entre ellas, de haber enviado a camaradas del Partido a España «sin las precauciones de seguridad imprescindibles». Pero es una acusación genérica; no citaba el nombre de Julián Grimau, a pesar de escribir estas líneas siete años después del fusilamiento. En la Transición, por cierto, Líster fundó en España el PCOE, Partido Comunista Obrero Español, que aún existe.
Si hemos de creer a la Wikipedia, ya en la democracia el Ayuntamiento de Madrid, en la época de Enrique Tierno Galván, quiso cambiarle el nombre a la avenida del Mediterráneo para llamarla avenida de Julián Grimau. Y fueron precisamente los comunistas, con el argumento de que no sería bueno para la reconciliación que presidió la Transición Política, los que bloquearon dicha propuesta.
Y así, poco a poco, este inquilino del estrecho, pero aún así nauseabundo, camarote de la Historia donde viaja el puñado de fusilados por el franquismo y tardofranquismo, ha sido olvidado. ¿Es eso bueno, o malo?
Pues ésa es la cuarta, y última, pregunta.
viernes, agosto 18, 2006
Huelga a la catalana
Una de las cosas que tiene la libertad es que, cuando se ha vivido siempre en ella, resulta difícil de imaginar la cantidad de cosas que un día no se podían hacer, o dejar de hacer. El legado más terrible que deja una dictadura es acostumbrar a sus administrados (a muchos, incluso la mayoría de ellos) a no disfrutar de derechos que para otros son esenciales.
La dictadura española, esto es lo que otros llaman franquismo, fue sin duda, por lo menos para mí, el momento de la Historia de España en el que los derechos de los españoles estuvieron más constreñidos. Es cierto que si nos vamos suficientemente hacia atrás, nos es fácil encontrar épocas que parecen desmentir estos hechos. Una persona de ideología comunista disfrutaba en España en 1945 de mayor libertad de acción que, digamos, un siervo de la gleba en la Edad Media castellana. Pero eso es ilusorio, porque para la historia de los derechos civiles hay un antes y un después que no es el nacimiento de Jesucristo sino ese día, a finales del siglo XVIII, en el que el hombre puso en un papel lo que ya venía pensando, difusamente, desde mucho antes, en torno a los derechos inalienables del ser humano por el hecho de serlo. Desde ese día, todas las sociedades desarrolladas iniciaron un camino para perfeccionar su nivel de cumplimiento de esas premisas. Y el franquismo es el más sonoro y grande paso atrás de todos los dados por los españoles desde entonces.
jueves, agosto 10, 2006
La extraña entrevista de Amaro del Rosal
Tal y como he prometido, voy a hablar aquí, en medio de la canícula, de la que a mí me parece la más extraña entrevista celebrada en el marco de los trabajos para la preparación del golpe de Estado revolucionario de izquierdas que hoy conocemos, habitualmente, como Revolución de Asturias o Revolución de Octubre.
Como es sobradamente conocido, este golpe de Estado comienza a gestarse, si no logísticamente sí en las cabezas de sus organizadores, en el otoño de 1933 cuando, tras una victoria electoral sin paliativos del centroderecha (es el Partido Radical quien gana las elecciones, pero sus resultados dejan claro que gobernar es imposible sin el concurso de la CEDA de Gil-Robles), distintas fuerzas de izquierda, y muy singularmente el PSOE primero y la UGT después, llegan a la conclusión de que esta circunstancia será aprovechada por las derechas para dar un golpe «a la alemana», esto es, instaurar una dictadura desde el gobierno (como hizo Hitler en Alemania tras ganar las elecciones, también del 33).
Estratégicamente hablando, fueron el PSOE y la UGT, su sindicato hermano, quienes arrostraron con la labor de dirigir y organizar el golpe. Esto quiere decir, por un lado, que experimentaron la indiferencia de los anarquistas, que querían revolución pero no para generar una dictadura del proletariado; y que tampoco eran muy proclives, sobre todo en la UGT, a aceptar la participación de los comunistas. Y digo lo de «sobre todo en la UGT» porque el PSOE tenía el problema de los comunistas más resuelto, por tener a muchos de ellos integrados en las Juventudes Socialistas Unificadas, una organización muy fuerte cuyo secretario general se llamaba Santiago Carrillo.
Allí donde se dio la convergencia de fuerzas de izquierda, Asturias, se acuñó un lema: UHP, que significaba Unión de Hermanos Proletarios. Antes y después de la Revolución de Asturias, UHP fue el común grito de guerra de las izquierdas. De hecho, esto fue lo que gritaron las personas del público que hostigaron a la guardia civil en el desfile conmemorativo de la República de abril de 1936, desfile que se tiñó de sangre y que fue uno de los prolegómenos de la trágica guerra española.
A pesar de que el PSOE y la UGT, como ya digo, asumieron la coordinación del golpe en «semisolitario» (al fin y al cabo, eran dos organizaciones), ésta tuvo, con seguridad, muchos colaboradores. Amaro del Rosal, que es mi fuente principal para lo que aquí cuento, se jacta en sus escritos de que la Revolución de Asturias tuvo banqueros (creo que la expresión concreta es: «tuvo sus Juan March»), aunque se guarda de dar nombres. Pero, evidentemente, donde más colaboradores buscó la revolución fue entre las personas con capacidad de dar golpe. Las personas con armas.
A finales de 1933 y principios de 1934 se celebraron diversas sesiones del Comité Nacional de UGT que, básicamente, sirvieron para la defección de la dirección del sindicato (sobre todo Besteiro, Gómez y Saborit), contraria al golpe. En dichas actas, se repite varias veces información proveniente de reuniones entre las comisiones ejecutivas del PSOE y de la UGT en las que se reproducen declaraciones de Indalecio Prieto en el sentido de que el golpe de Estado contaba con el apoyo activo de militares, incluso del máximo rango. Véase, a este respecto, la primera intervención de Besteiro en la sesión del Consejo con fecha 31 de diciembre de 1933, en la que pone en boca de Prieto la siguiente admonición de «elementos del Ejército (...) incluso jefes de unidades importantes»: ustedes son la única fuerza democrática organizada: láncense, que después vamos nosotros.
Si Prieto decía la verdad o se marcaba un farol (o se lo marcaba, menos probable, Besteiro) es algo que no creo que sepamos nunca.
La Revolución, en octubre de 1934, tardó en producirse (algunos dirán: nunca se produjo), porque Largo Caballero (probablemente, porque confiaba en el presidente Alcalá-Zamora) no se quiso creer los rumores de que la CEDA entraba en el gobierno. Para cuando esto se confirmó, el gobierno había declarado el estado de guerra, acuartelando a las tropas, situación en la cual muchos de los militares seriamente comprometidos con el golpe (de mediana graduación en muchos casos) carecían de poder para poner de su parte a las tropas, por encontrarse en el cuartel militares de superior rango. Hecho éste, es decir, el hecho de que la presencia de militares de alto rango abortase la revolución, que viene a desmentir a Prieto: no parece que hubiese muchos generales en el fregado.
Donde sí encontró la revolución acólitos fue en la guardia civil y, sobre todo, la guardia de asalto, cuerpo de orden público creado por la República y que sí contaba con muchos mandos, sobre todo intermedios, de decidida filiación socialista y aún comunista y anarquista (fueron varios guardias de asalto y un mando de la guardia civil, de hecho, los que el 13 de julio de 1936 asesinarían a José Calvo Sotelo).
De entre estos conspiradores de la guardia, Del Rosal cita a dos tenientes, Moreno y el tristemente célebre teniente Castillo (cuyo asesinato provocaría el de Calvo Sotelo), a un cabo, Colón; y a los guardias Matesanz, Rey y Ferrete.
Pues bien. Según se puede leer en los recuerdos de Del Rosal, el cabo Colón y el guardia Matesanz le hablaron un día de la «buena disposición» de un jefe de las tropas de Asalto. Un teniente coronel. Agustín Muñoz Grandes.
Sí. El mismo que, menos de diez años después de aquella entrevista (que debió ser en algún momento de 1934), estaba en Rusia, comandando la División Azul, embarcado, pues, en una cruzada anticomunista.
El encuentro entre Amaro del Rosal, revolucionario socialista; y Agustín Muñoz Grandes, teniente coronel fascista en el futuro, pero como se verá no en potencia (no todavía) tuvo lugar un día a las 11 de la mañana en una cafetería situada en la acera de los impares de la calle Carretas, semiesquina Puerta del Sol. Como quien dice, a tiro de un escupitajo del Ministerio de la Gobernación (ocupado hoy por Esperanza Aguirre).
Según la notaría que dejó el revolucionario ugetista, se habló de la difícil situación política de España en ese momento. Por lo que parece, fue Del Rosal quien más habló, explayándose sobre la voluntad de la clase obrera de no permitir pasos atrás en la construcción de la República; pero sin citar el supuesto de acciones subversivas. A lo más que llegó, si es que sus recuerdos son fieles, fue a expresarse al teniente coronel su convicción de que la guardia de asalto era y seguiría siendo «uno de los principales sostenes de la República». Muñoz Grandes contestó, siempre según su interlocutor, criticando las frecuentes huelgas y conflictos obreros que en ese momento se producían, señalando que dichas algaradas ponían en peligro esa República que parecían querer defender. Del Rosal contestó argumentando que eso era consecuencia de una situación de flagrante injusticia social.
Repentinamente, Muñoz Grandes consultó su reloj y se despidió amablemente, anunciándole al ugetista una segunda entrevista, que nunca se produjo. Lo que sí asevera Del Rosal es que ni después de esa entrevista, ni tampoco después de que fracasara el golpe, tomó Muñoz Grandes la más mínima represalia contra conspiradores de la guardia de asalto, a pesar de que, según convicción del ugetista, sabía perfectamente quiénes eran.
¿Curioso? Menos de lo que parece. En la interpretación de la Historia reciente de España hay demasiada derecha y demasiada izquierda. Si algo identifica a la interpretación ideologizada de los hechos es que se sustenta en clichés. Uno de esos clichés es la consideración de los militares franquistas como eso mismo casi desde su nacimiento. Y lo cierto es que los militares que luego fueron franquistas eran, años antes, lo mismo que cualquier otro mediopensionista: personas buscándose la vida.
Encontramos a Queipo de Llano dirigiendo en 1930 las conspiraciones para traer la República y colaborando, y de qué manera, en 1936 para destruirla. Ahora vemos que Muñoz Grandes, en fecha tan cercana a la guerra civil como 1934, mantuvo extraños contactos con los organizadores de un golpe de estado revolucionario. Un inglés diría: just improving my chances. Comprobando mis posibilidades. Como decían Tip y Coll: el no, ya lo llevas.
Pero hay más casos. Casares Quiroga, presidente del Gobierno en 1936, le negó a las fuerzas de orden público la potestad de vigilar una reunión (conspiratoria) que celebraba en Navarra el general Mola, aduciendo que no le cabía la menor duda de la fe republicana de quien fue luego uno de los jefes de la sublevación contra la República. Del propio Franco no se puede decir que exhibiese una clara significación antirrepublicana, menos aún reaccionaria, al menos hasta que fue Jefe del Estado Mayor de Gil-Robles y en los tiempos (febrero del 36) en que amagó con presentarse a las elecciones por Cuenca en una candidatura de derechas.
Los militares, como todo el mundo, observan varios caballos antes de apostar por uno. Y cambian de caballo, algunos, con relativa facilidad. Para muestra, ahí tenemos el interesante periplo de Muñoz Grandes, quien, según Del Rosal, tuvo esa extraña entrevista con él en 1934. Y unos diez años después, condecorado como caballero de la Cruz de Hierro nazi y adulado por Hitler en persona, abrigaba la idea de comandar una especie de corrección germanófila de una España que, al albur de la evolución de la guerra mundial, comenzaba a virar hacia los aliados; lo cual hubiera pasado por apartar a Franco de alguna manera, probablemente reservándole una jefatura del Estado meramente decorativa. Lo cuenta muy bien un libro bastante reciente de Xavier Moreno Juliá, La División Azul. Muy, muy recomendable.
Por cierto: ¿cómo neutralizó Franco a Muñoz Grandes? Pues con dos pasos. Paso 1: lo nombró teniente general, de forma que dejó de ser general, ergo dejó de tener mando en tropa. Paso 2: lo nombró jefe de su propia Casa Militar. Así pues, Franco conocía, décadas antes de que se filmase y aún se escribiese, el sutil consejo de Michael Corleone: ten cerca a tus amigos, pero ten más cerca aún a tus enemigos.
Como es sobradamente conocido, este golpe de Estado comienza a gestarse, si no logísticamente sí en las cabezas de sus organizadores, en el otoño de 1933 cuando, tras una victoria electoral sin paliativos del centroderecha (es el Partido Radical quien gana las elecciones, pero sus resultados dejan claro que gobernar es imposible sin el concurso de la CEDA de Gil-Robles), distintas fuerzas de izquierda, y muy singularmente el PSOE primero y la UGT después, llegan a la conclusión de que esta circunstancia será aprovechada por las derechas para dar un golpe «a la alemana», esto es, instaurar una dictadura desde el gobierno (como hizo Hitler en Alemania tras ganar las elecciones, también del 33).
Estratégicamente hablando, fueron el PSOE y la UGT, su sindicato hermano, quienes arrostraron con la labor de dirigir y organizar el golpe. Esto quiere decir, por un lado, que experimentaron la indiferencia de los anarquistas, que querían revolución pero no para generar una dictadura del proletariado; y que tampoco eran muy proclives, sobre todo en la UGT, a aceptar la participación de los comunistas. Y digo lo de «sobre todo en la UGT» porque el PSOE tenía el problema de los comunistas más resuelto, por tener a muchos de ellos integrados en las Juventudes Socialistas Unificadas, una organización muy fuerte cuyo secretario general se llamaba Santiago Carrillo.
Allí donde se dio la convergencia de fuerzas de izquierda, Asturias, se acuñó un lema: UHP, que significaba Unión de Hermanos Proletarios. Antes y después de la Revolución de Asturias, UHP fue el común grito de guerra de las izquierdas. De hecho, esto fue lo que gritaron las personas del público que hostigaron a la guardia civil en el desfile conmemorativo de la República de abril de 1936, desfile que se tiñó de sangre y que fue uno de los prolegómenos de la trágica guerra española.
A pesar de que el PSOE y la UGT, como ya digo, asumieron la coordinación del golpe en «semisolitario» (al fin y al cabo, eran dos organizaciones), ésta tuvo, con seguridad, muchos colaboradores. Amaro del Rosal, que es mi fuente principal para lo que aquí cuento, se jacta en sus escritos de que la Revolución de Asturias tuvo banqueros (creo que la expresión concreta es: «tuvo sus Juan March»), aunque se guarda de dar nombres. Pero, evidentemente, donde más colaboradores buscó la revolución fue entre las personas con capacidad de dar golpe. Las personas con armas.
A finales de 1933 y principios de 1934 se celebraron diversas sesiones del Comité Nacional de UGT que, básicamente, sirvieron para la defección de la dirección del sindicato (sobre todo Besteiro, Gómez y Saborit), contraria al golpe. En dichas actas, se repite varias veces información proveniente de reuniones entre las comisiones ejecutivas del PSOE y de la UGT en las que se reproducen declaraciones de Indalecio Prieto en el sentido de que el golpe de Estado contaba con el apoyo activo de militares, incluso del máximo rango. Véase, a este respecto, la primera intervención de Besteiro en la sesión del Consejo con fecha 31 de diciembre de 1933, en la que pone en boca de Prieto la siguiente admonición de «elementos del Ejército (...) incluso jefes de unidades importantes»: ustedes son la única fuerza democrática organizada: láncense, que después vamos nosotros.
Si Prieto decía la verdad o se marcaba un farol (o se lo marcaba, menos probable, Besteiro) es algo que no creo que sepamos nunca.
La Revolución, en octubre de 1934, tardó en producirse (algunos dirán: nunca se produjo), porque Largo Caballero (probablemente, porque confiaba en el presidente Alcalá-Zamora) no se quiso creer los rumores de que la CEDA entraba en el gobierno. Para cuando esto se confirmó, el gobierno había declarado el estado de guerra, acuartelando a las tropas, situación en la cual muchos de los militares seriamente comprometidos con el golpe (de mediana graduación en muchos casos) carecían de poder para poner de su parte a las tropas, por encontrarse en el cuartel militares de superior rango. Hecho éste, es decir, el hecho de que la presencia de militares de alto rango abortase la revolución, que viene a desmentir a Prieto: no parece que hubiese muchos generales en el fregado.
Donde sí encontró la revolución acólitos fue en la guardia civil y, sobre todo, la guardia de asalto, cuerpo de orden público creado por la República y que sí contaba con muchos mandos, sobre todo intermedios, de decidida filiación socialista y aún comunista y anarquista (fueron varios guardias de asalto y un mando de la guardia civil, de hecho, los que el 13 de julio de 1936 asesinarían a José Calvo Sotelo).
De entre estos conspiradores de la guardia, Del Rosal cita a dos tenientes, Moreno y el tristemente célebre teniente Castillo (cuyo asesinato provocaría el de Calvo Sotelo), a un cabo, Colón; y a los guardias Matesanz, Rey y Ferrete.
Pues bien. Según se puede leer en los recuerdos de Del Rosal, el cabo Colón y el guardia Matesanz le hablaron un día de la «buena disposición» de un jefe de las tropas de Asalto. Un teniente coronel. Agustín Muñoz Grandes.
Sí. El mismo que, menos de diez años después de aquella entrevista (que debió ser en algún momento de 1934), estaba en Rusia, comandando la División Azul, embarcado, pues, en una cruzada anticomunista.
El encuentro entre Amaro del Rosal, revolucionario socialista; y Agustín Muñoz Grandes, teniente coronel fascista en el futuro, pero como se verá no en potencia (no todavía) tuvo lugar un día a las 11 de la mañana en una cafetería situada en la acera de los impares de la calle Carretas, semiesquina Puerta del Sol. Como quien dice, a tiro de un escupitajo del Ministerio de la Gobernación (ocupado hoy por Esperanza Aguirre).
Según la notaría que dejó el revolucionario ugetista, se habló de la difícil situación política de España en ese momento. Por lo que parece, fue Del Rosal quien más habló, explayándose sobre la voluntad de la clase obrera de no permitir pasos atrás en la construcción de la República; pero sin citar el supuesto de acciones subversivas. A lo más que llegó, si es que sus recuerdos son fieles, fue a expresarse al teniente coronel su convicción de que la guardia de asalto era y seguiría siendo «uno de los principales sostenes de la República». Muñoz Grandes contestó, siempre según su interlocutor, criticando las frecuentes huelgas y conflictos obreros que en ese momento se producían, señalando que dichas algaradas ponían en peligro esa República que parecían querer defender. Del Rosal contestó argumentando que eso era consecuencia de una situación de flagrante injusticia social.
Repentinamente, Muñoz Grandes consultó su reloj y se despidió amablemente, anunciándole al ugetista una segunda entrevista, que nunca se produjo. Lo que sí asevera Del Rosal es que ni después de esa entrevista, ni tampoco después de que fracasara el golpe, tomó Muñoz Grandes la más mínima represalia contra conspiradores de la guardia de asalto, a pesar de que, según convicción del ugetista, sabía perfectamente quiénes eran.
¿Curioso? Menos de lo que parece. En la interpretación de la Historia reciente de España hay demasiada derecha y demasiada izquierda. Si algo identifica a la interpretación ideologizada de los hechos es que se sustenta en clichés. Uno de esos clichés es la consideración de los militares franquistas como eso mismo casi desde su nacimiento. Y lo cierto es que los militares que luego fueron franquistas eran, años antes, lo mismo que cualquier otro mediopensionista: personas buscándose la vida.
Encontramos a Queipo de Llano dirigiendo en 1930 las conspiraciones para traer la República y colaborando, y de qué manera, en 1936 para destruirla. Ahora vemos que Muñoz Grandes, en fecha tan cercana a la guerra civil como 1934, mantuvo extraños contactos con los organizadores de un golpe de estado revolucionario. Un inglés diría: just improving my chances. Comprobando mis posibilidades. Como decían Tip y Coll: el no, ya lo llevas.
Pero hay más casos. Casares Quiroga, presidente del Gobierno en 1936, le negó a las fuerzas de orden público la potestad de vigilar una reunión (conspiratoria) que celebraba en Navarra el general Mola, aduciendo que no le cabía la menor duda de la fe republicana de quien fue luego uno de los jefes de la sublevación contra la República. Del propio Franco no se puede decir que exhibiese una clara significación antirrepublicana, menos aún reaccionaria, al menos hasta que fue Jefe del Estado Mayor de Gil-Robles y en los tiempos (febrero del 36) en que amagó con presentarse a las elecciones por Cuenca en una candidatura de derechas.
Los militares, como todo el mundo, observan varios caballos antes de apostar por uno. Y cambian de caballo, algunos, con relativa facilidad. Para muestra, ahí tenemos el interesante periplo de Muñoz Grandes, quien, según Del Rosal, tuvo esa extraña entrevista con él en 1934. Y unos diez años después, condecorado como caballero de la Cruz de Hierro nazi y adulado por Hitler en persona, abrigaba la idea de comandar una especie de corrección germanófila de una España que, al albur de la evolución de la guerra mundial, comenzaba a virar hacia los aliados; lo cual hubiera pasado por apartar a Franco de alguna manera, probablemente reservándole una jefatura del Estado meramente decorativa. Lo cuenta muy bien un libro bastante reciente de Xavier Moreno Juliá, La División Azul. Muy, muy recomendable.
Por cierto: ¿cómo neutralizó Franco a Muñoz Grandes? Pues con dos pasos. Paso 1: lo nombró teniente general, de forma que dejó de ser general, ergo dejó de tener mando en tropa. Paso 2: lo nombró jefe de su propia Casa Militar. Así pues, Franco conocía, décadas antes de que se filmase y aún se escribiese, el sutil consejo de Michael Corleone: ten cerca a tus amigos, pero ten más cerca aún a tus enemigos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)