martes, septiembre 22, 2026

Restauración (14): Las tribulaciones económicas de la no-Corona



El huevo Káiser
Las veleidades del serranismo
El príncipe se pone burro en Viena
Los Borbones parias
Francia, siempre Francia
La variante inglesa
Enredados en la sotana
Manifiesto y grito
La reconciliación con el monspensierismo
El convenio de Cannes, y su fracaso
La alternativa carlista
La Gorda como problema
Un imbécil destapa la Gürtel de la reina
Las tribulaciones económicas de la no-Corona
De Salamanca a Cuba
El enigma Serrano
La monarquía española, en riesgo de olvido
La solución, militar, por supuesto 


Isabel tenía que sostener su palacio y sus movidas pero, además, tenía que pagar pensiones. Pensiones como la que exigió su marido, y de la que ya hemos hablado; además de otras que concedió en favor de personas que la siguieron en su exilio, amén de personajes como sor Patrocinio. Entre todas esas gabelas y los sueldos del personal a su servicio, Isabel tenía gastados, en el minuto uno del día uno de cada mes, 50.000 francos. Y luego tenía que pagar la educación del niño que, por ejemplo, en Sandhurst se chupaba 6.000 francos al mes (razón por la cual hemos visto que tuvo que esperar para poder tener un caballo). Luego estaba el fondo de reptiles para la Prensa, que era muy monárquica, desde luego; pero, ay amigo, cada vaquiña por lo que vale. Y luego estaban los fondos reservados; la pasta que pudo soltar Satisfier para financiar conspiraciones y proyectos de asonada. Se sabe de algunos pagos de hasta 160.000 francos por este concepto. Los generales, muy cucos ellos, solían escribir cartas en las que se quejaban de que, con las cantidades que se les ofrecían, no tenían ni para la primera asonada de balas.

Una memoria del verano de 1873 establece que la causa alfonsina había recaudado el año anterior 460.000 francos, y había gastado 1.904.580. Esto, supongo, os da la medida de que la Restauración, que en realidad estaba a pocos meses de producirse, era un proyecto que no se podía equilibrar ni con fondos Next [Borbonic] Generation. Para colmo, hay algunos indicios de que el control de las cosas era mejorable: el cocinero de la emérita acabó fugándose un día y dejando unas deudas con proveedores de 20.000 francos; lo cual hace pensar que Isabel llevaba como dos años comiendo y cenando de gañote, y que a aquel tipo no lo había controlado nadie.

La causa monárquica la salvaron, financieramente, los buenos oficios de Salaverría, que de finanzas sabía un huevo; y las aportaciones de quienes verdaderamente estaban implicados en la movida. Pepe Alcañices fue, en este sentido, el financiador número uno; sin su concurso económico, la Corte parisina de Isabel habría colapsado como Plus Ultra. Otro gran financiador fue Joaquín María Ruiz.

Cuando Cánovas fue confirmado como jefe del proyecto alfonsino (julio de 1873), el político elaboró todo un plan a largo plazo que se financiaba parcialmente mediante la enajenación de patrimonio de la reina. Entre otros bienes, Cánovas quería vender el propio palacio Basilewsky. La idea de Cánovas era que la reina abandonase la capital y comprase, por mucho menos dinero, algún discreto palacete de provincias. Asimismo, también quería Cánovas pignorar diversas joyas sin afán patrimonial de la monarca, o usarlas como aval para créditos bancarios. Joaquín María Ruiz había encontrado tres banqueros franceses dispuestos a prestar 20 millones de reales avalados con las joyas, más el compromiso de recibir treinta millones si la Restauración se producía; y cobrar, si no se producía, un 3% de interés y un 2% de amortización sobre el capital. Las joyas, sin embargo, ya se habían usado, en buena parte, para avalar otro préstamo, y estaban en Londres.

El temita de las joyas de Isa, de hecho, es todo un temita. Reíros de las de Zapatero.

La no-monarquía borbónica comenzó en una situación económica bastante mejorable;y no hizo sino empeorarla. Cuando la reina salió de España, dejó tras de sí un Estado que debía 22.000 millones de reales; en menos de un quinquenio, esa cifra llegaría a 41.000 millones, eso sin contar las deudas derivadas de la guerra civil. Una ley de 18 de diciembre de 1869 declaraba extinguido el patrimonio de la reina, con lo que dicho patrimonio pasó a ser estatal. Se esperaba realizar un plan de enajenación masiva del que sólo se librarían aquellos activos que se consideraren necesarios para el nuevo rey.

La reina,por lo demás, era poseedora de su propio patrimonio. Lo era en virtud de una ley de 1865, que había perimetrado los bienes patrimoniales de la Corona, y los propios de la señora Isa. Esto generó en las Cortes revolucionarias todo un ambiente de suspicacia en torno a qué bienes se había podido llevar la señora; y, entre los bienes muebles, los más importantes, sin duda, eran las joyas.

En la discusión del ya mentado proyecto legislativo de diciembre de 1869, un diputado, el sevillano Antonio Ramos Calderón, le preguntó a la comisión redactora de la ley dónde estaban las joyas de la pre Leonor; para ser más exactos, preguntó si era verdad que se las había llevado con ella. Ningún miembro de la comisión osó responder. Sin embargo, Laureano Figuerola, que era ministro de Hacienda, razón por la cual hemos de entender que todavía no tuviese costra en esa herida, tomó la palabra para decir que sí; que la Borbona (además de María Cristina, a la que también acusó) se habían llevado unas joyas que no eran suyas, sino de Ejpaña (aunque supongo que Lauri, que era de Calaf, diría Espanya).

La intervención de Figuerola la lio parda. Se montó la mundial en el salón de sesiones, y en las páginas de los periódicos, que se llenaron de reproches amargos y de defensas numantinas de la persona de la demérita. En el parlamento, José Elduayen, gran apoyo de la figura de la Borbona en los bancales junto con Cánovas, tomó la palabra para marcarse un discurso que es, en sí, bastante mejor que la mayoría de los TFM que salen hoy de las facultades de Historia. Analizó Elduayen los testamentos de los reyes de España desde Carlos I para concluir que en todo ese caudal de voluntades sólo aparecen tres joyas que se puedan considerar propiedad de la Corona en sí; y podrían, por lo tanto, considerarse propiedad del Estado en virtud de la ley que ahora se discutía. Esas tres joyas eran: una flor de lys regalada por los duques de Borgoña; un lignum crucis (o sea, una reproducción enjoyada de la presunta reliquia de un trozo de la cruz donde murió Jesús) y un crucifijo que, desde el propio Carlos, se colocó en el pecho de los reyes en el momento de la agonía (lo podríamos conocer como crucifico estajanovista; ya que, si su función es disolver los pecados de los reyes, hay que reconocer que tiene mucho trabajo).

Continuó Elduayen recordando, y aquí sabía que hablaba a favor de corriente, que el verdadero ladrón de las joyas de la corona no había sido Isabel, sino el pérfido francés. Que eran muchos los testimonios de que Murat y aun José I habían expoliado a fondo la joyería del Palacio Real. Luego, Cánovas recordó que Fernando VII había hecho adquisición particular de muchas joyas, que habían sido legalmente dejadas en herencia a su viuda y a sus hijas (si queréis leer la relación de joyas que leyó, favor de ir al diario de sesiones del martes 13 de diciembre de 1869). Tan vinculadas estaban estas joyas a la voluntad personal del rey, explicó Cánovas, que cuando su viuda María Cristina se encoñó con Fernando Muñoz, su hija Isabel la conminó a devolver las joyas heredadas en tanto que viuda; joyas que la reina pasó a usar en multipropiedad con su hermana María Luisa Fernanda. En opinión de Cánovas, las joyas mencionadas en el testamento de Fernando VII como transmisibles a los herederos del trono (es decir, al Estado español, que ahora heredaba los derechos de la Corona) eran: la corona, el cetro real, la espada, los toisones y los collares de Carlos III. Joyas, todas ellas, que estaban en el Banco de España, porque nadie se las había llevado.

Como podéis ver, el debate de 13 de diciembre de 1869 fue un debate de enorme altura historiográfica. Lo que obviamente lo hace irreproducible en estos tiempos actuales, en los que un diputado, cualquier diputado, para subir a la tribuna y decir simplemente De Din Marín de Do Pingüé, tiene que llevarse notas. Habréis de saber, por lo demás, que, según las crónicas parlamentarias de Víctor Márquez Reviriego, en los inicios del Congreso democrático, en la Transición, cuando se debatió el Reglamento del Congreso, se llevó a coquetear con la idea de prohibir las notas. Obviamente, la panda de lerdos que enviamos al parlamento votó que ni de coña. Pero, bueno, en realidad da igual, porque no es que los diputados sean capaces de realizar un debate de una mínima altura histórica. No hay sino que asomarse a X para comprobar que, en estos tiempos nuestros, ni siquiera los graduados en Historia son capaces.

Sea cual sea la posición que se pueda o se quiera tomar en esta polémica jurídica, lo cierto es que a Isabel le iba la vida en disponer de las joyas que se había llevado, pues aquellas joyas fueron, de largo, el principal patrimonio con que contó para poder sobrevivir como demérita y poder financiar la Restauración. Primero las depositó en un banco de París. Pero, buena conocedora, como francesa mitocondrial que era, de la doblez y falta de escrúpulos del francés medio, no digamos ya del francés rico y del Mitterrand de la vida, decidió llevarlas a Londres en 1872, donde quedaron depositadas en la agencia londinense de la Banca Zulueta. Joaquín Zulueta le dio un préstamo a la reina de cuatro millones de reales que, como ya os he dicho, avaló con las joyas. El gran muñidor de esa operación fue el autor teatral Tomás Rodríguez Rubí.

Yo no me atrevería a decir propiamente que la emérita era una tiraduros. Era, más bien, una persona que no sabía vivir en un mundo de escasez. El mundo en que había crecido era una especie de Toys'r'us global; un lugar donde el dinero nunca se acababa, por mucho que las llamadas a la morigeración durante su reinado fueron muchas. Por otro lado, un rey que se precie de serlo siempre es un poco socialdemócrata: cuando le presentan a la firma un pagaré, lo rubrica sin problema porque siempre está convencido de que ése citado en el documento, ése que “pagará”, siempre es otro distinto de él, de ella o de elle. Isabel firmó todos los pagarés que el astuto Zulueta le presentó a cuenta de la línea de crédito abierta; y esos pagarés terminaron por vencer. Estos vencimientos fueron los que provocaron el plan de adelgazamiento diseñado por Cánovas.

Cánovas quería vender el Basilewsky. Calculaba que podía sacar seis millones de reales con la operación. Luego colocaría ese dinero al 5% en algún banco francés. Con ese dinero esperaba cubrir las pensiones de Francisco de Asís, los gastos de Alfonso y de las infantas. Zulueta, que quería seguir siendo el banquero de esa señora, se mostró dispuesto a prorrogar los pagarés seis meses; pero, aún así, Salaverría contactó con la casa Rotschild. Con el nuevo dinero entregado por los judíos, Cánovas quería liquidar el préstamo zuluetero, sacar las joyas de Londres y traerlas de nuevo a París, libres de cargas.

El 7 de enero de 1874, Pedro Salaverría, firmante como apoderado de la reina, e Ignacio Bauer, agente de la banca Rotschild, firmaron un documento por el que la banca francesa se comprometía a amortizar los pagarés de la Banca Zulueta. Las joyas serían custodiadas por los Rotschild en París.

Una parte de las joyas, sin embargo, no se esperaba que regresase a París. El 23 de enero de aquel 1874, en San Petesburgo, Alfred Ernest Albert Windsor, duque de Sajonia-Coburgo y Gotha, hijo de la reina Victoria y normalmente conocido como el príncipe Alfredo, se casó con la gran duquesa María Alexandrova de Rusia, más conocida como La Cara-Botijo. Un hijo de la reina de Inglaterra, pues, se casó con una hija del zar de Rusia. En el final del invierno londinense se esperaban fiestas mundanas por el dicho matrimonio, a las que acudirían muchos miembros de la alta nobleza rusa. La operación Rotschild se verificó en los primeros días del año, a pesar de que la manga ancha de Zulueta no hacía necesaria tanta urgencia, porque se consideraba que las joyas españolas se venderían muy bien, y a muy buen precio, aprovechando las necesidades de los grandes nobles rusos desplazados a Londres con la intención de epatar a todo el mundo con sus diademas y sus mierdas. Estas ilusiones, sin embargo, quedaron en nada. Aquella primavera, Londres se inundó de diamantes procedentes de El Cabo, donde habían aparecido en las minas en proporción inusitada (por lo que se ve, Cánovas e Isabel no eran los únicos listillos que había en el mercado). Para colmo, el mercado de sobresaturó porque otro monarca decidió también vender joyas de su propiedad en Londres; fue Wilhelm August Ludwig Maximilian Friedich von Braunschweig, a quien normalmente conocemos como uno de los duques de Brunswick. Todo esto causó la congelación de la operación, ya que la venta de parte de las joyas en Londres y la constitución del préstamo Rotschild eran piezas de la misma máquina. Isabel quería ir a Londres en diciembre de 1874 para seleccionar las joyas que vendería y para celebrar el cumpleaños de su hijo con él y con su caballo; algo que a Cánovas no le gustaba nada, porque no quería que se viera a la reina con él (el hijo, no el caballo; no existen pruebas de que Isabel le cayese mal al caballo). El grito de Sagunto, sin embargo, hizo innecesaria la formalización del préstamo. El sostenimiento de la familia real volvió a ser cosa nuestra.

Isabel, por otra parte, no era ajena a la beautiful people española del momento. Este concepto: beautiful people, lo cuento para los más jóvenes, fue muy popular duante los años ochenta del siglo XX, cuando la entrada de España en la Comunidad Económica Europea colocó al país en una senda de crecimiento importante, en el que se pudieron hacer muchos negocios, tanto allende como aquende la raya que separa la economía real de la economía financiera. El término, pues, designa a los hombres de finanzas que hicieron negocios entonces, no siempre claros ni legales, siempre muy apegados al poder; tan apegados que alguno de ellos llegó a ser hasta gobernador del Banco de España.

En los tiempos de la beautiful, mucha gente creía que esa especie de gente era totalmente novedosa. Pero no es verdad. El siglo XIX, que es un siglo que, a través de instituciones como la Bolsa de Valores inició el proceso incipiente de democratización del capitalismo, fue ya un siglo de grandes negociantes capaces de hacer mucho dinero. Hombres como Gaspar de Remisa, como José Buscentral, Manuel Agustín Heredia, Luis María Pastor, Nazario Carriquiri o Domingo de Norzagaray. Pero sobre todos ellos estaba José de Salamanca; sí, el de perdono a tutti.

Salamanca y buena parte de los antecitados fundaron el Banco de Isabel II en 1844. Se forraron durante mucho tiempo aunque, las cosas como son, en los últimos meses del reinado de Isabel los temas estaban comenzando a ir un poco mal. Salamanca estaba muy pillado en el barrio que lleva su nombre. Habría construido muy deprisa, lo cual significa que se había endeudado muy deprisa. El hecho de que la venta de activos no fuese al mismo ritmo (porque, aunque no os lo creais, el barrio de Salamanca se vendía malamente; estaba demasiado lejos del centro) le creó fortísimas tensiones.

Cuando don José comenzó a tener problemas financieros serios (moriría con un pasivo neto negativo de seis millones de reales; en cristiano, pues, murió debiéndolo todo, todo y todo), hizo lo que siempre hacen los grandes empresarios cuando les vienen malas: llamar a La Moncloa, o a alguna derivada pichona que tengan a mano. Isabel II rescató a Salamanca con un crédito de tres millones de reales, cuyos pagarés estaban venciendo en 1873, cuando ella ya no era reina de España y, por lo tanto, ya no tenía la capacidad de tapar ese agujero con el dinero de todos y que luego alguna combinación condepumpidera lo fuese borrando todo. En ese momento, la reina exigió el pago; y le dejó claro a Salamanca que lo apreciaba un huevo; pero que cada vaquiña por lo que vale. Menudos son los Borbones para esas cosas.

Ramón Salaverría, quien como ya os he dicho era el ecónomo de los reyes exiliados, visitó a Salamanca. Éste le enseñó el balance de su empresa y, al instante, el astuto financiero reparó en que el débito con Fat Little Lizzy no figuraba en el pasivo. Cuando le intimó el dato, Salamanca respondió, fríamente, que esa deuda ya la había pagado; aunque acto seguido reconoció que el documento de pago no lo tenía. Un clásico.


Pedro Salaverría, en su firma de inversiones.



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