El huevo Káiser
Las veleidades del serranismo
El príncipe se pone burro en Viena
Los Borbones parias
Francia, siempre Francia
La variante inglesa
Enredados en la sotana
Manifiesto y grito
La reconciliación con el monspensierismo
El convenio de Cannes, y su fracaso
La alternativa carlista
La Gorda como problema
Un imbécil destapa la Gürtel de la reina
Las tribulaciones económicas de la no-Corona
De Salamanca a Cuba
El enigma Serrano
La monarquía española, en riesgo de olvido
La solución, militar, por supuesto
Teresa nos cuenta en su libro cómo el casamiento de Isabel con su primo el Fran fue una componenda más de las muchas que se producirían en las alianzas dinásticas, pues pocos reyes se han casado por amor; y aún la mayoría de éstos son casos de reyes que acabaron enamorados de la mujer que se les habría prescrito, o viceversa. En el matrimonio de Isabel intervinieron, sobre todo, Inglaterra; y, sobre todas las cosas, Francia. Francia quería una España borbónica, dizque liberal pero sin cachondeos, integrada en el ámbito geopolítico internacional que, por lo tanto, pudiese aportarle apoyo. En España, por así decirlo, el París de entonces veía la oportunidad de allegar un voto a favor en futuros congresos de Viena; pues entonces se pensaba que el mundo se regiría a partir de citas como ésas, que es justo lo que ha pasado, aunque ahora al congreso de Viena lo llamamos Naciones Unidas.
El matrimonio de los reyes de España era una unión que llevaba la palabra FRACASO escrita en su frontispicio. Ninguno de los dos quería casarse con el otro, y ninguno de los dos entendía por qué cojones iba a tener que aguantar al otro por el resto de sus días. El Papa Pío IX, el padre Claret (confesor real), Narváez, que odiaba a Francisco, y tantos hombres de la alta política y la no menos elevada institución eclesial, tuvieron varias veces que desplegar toda su capacidad retórica para lograr que los dos ilustres esposos aceptasen volver a vivir bajo el mismo techo, pues fueron muchas las veces que se separaron; de hecho el Papa, cuando tomó el solio, puso como condición para enviar nuevo nuncio a España (que fue Giovanni Brunelli, por cierto) que los esposos se amigasen. Ambos esposos, por lo demás, armaron una curiosa competencia en el terreno religioso, a ver quién se ganaba entre los españoles la vitola de más piadoso; él, con el apoyo del llamado padre Fulgencio; ella, bebiendo los vientos por la famosa sor Patrocinio.
Los esposos aceptaron parecer una pareja mientras fueron reyes. Pero, claro, cuando les decretaron el despido procedente, ya la cosa cambió. Plenamente integrados en un ERE (aunque ellos creyesen que era un ERTE), ya no hacía falta disimular. La sociedad de París aprendió pronto que no se podían ni ver, y ante ella no hacía falta disimular. Francisco de Asís se fue a vivir al número 7 de la calle Lesueur, para retirarse después a Épinay, donde vivió una provecta vejez hasta 1902. Como sabemos, tanto Montpensier como el Papa exigieron repetidas veces la reconciliación real; pero ésta nunca se produjo. Isabel y Francisco habían sido siempre dos extraños, en realidad peor que eso: dos opuestos. Francisco, además, creer, lo que se dice creer, creía más en los argumentos legitimistas, por mucho que acabase en el redil alfonsino porque patatas.
Francisco, por lo demás, tenía su propio círculo de parciales, donde destacaba la figura de Antonio Ramos de Meneses. Meneses estaba casado con una mujer llamada Blanca, de origen francés; pero parece ser que era un nota de cojones. Antonio María Fabié, confidente y biógrafo de Cánovas, cuenta en su libro que una mujer madrileña de mala nota, conocida en la capital como La Choriza, acabó viviendo en París amancebada con Meneses; una cosa esto de políticos que amanceban hetairas que, afortunadamente, nunca pasa en la política española. Meneses, siempre según Fabié, ya desde adolescente habría mostrado claras aficiones ligadas a la turgencia del pene.
Los problemas en el exilio eran, sobre todo, de orden económico. Isabel no nadaba en dinero y, además, tenía que financiar una Restauración. Pero eso a Francisco se la pelaba. Él tenía todavía menos dinero, pues su Corte era más reducida, y no estaba acostumbrado a comprar de Hacendado. Por eso, estuvo años dando la matraca con el tema de que tenía que tener una pensión adecuada; pensión que no se le comenzó a pagar hasta 1874, momento a partir del cual las relaciones entre ambos reyes se tranquilizaron bastante y se acercaron a lo que su propio hijo Alfonso definiría como “una afectuosa coexistencia pacífica”. Aquel arreglo, sin embargo, no fue ni fácil ni pacífico. Se hizo, sobre todo, porque Francisco estaba dando por culo en modo experto, por ejemplo bloqueando un préstamo que al parecer estaba casi hecho con la casa Rotschild (como ya veremos).
Francisco, de hecho, rechazó las primeras ofertas que recibió. En marzo de 1874, quiso llevar el tema hasta sus últimas consecuencias, al transmitirle a su mujer su decisión de llevarla ante los tribunales franceses. La reina y Salaverría habían hablado de pagarle una pensión de 2.000 francos; el rey exigía 28.000. Isabel, según sus propias confesiones, pensó que su marido iba de farol con lo del juicio; por eso se quedó pijarriba cuando se enteró de que el abogado de su marido había estado ya reunido con el juez instructor. Ante tal situación, Salaverría hubo de resignarse a pagar lo que quería Corinno.
Éste, el de la pasta, fue el incidente más notable entre los dos Borbones; son una familia, al fin y al cabo, de muy católicos reyes, lo cual quiere decir que mucho de lo que saben lo han aprendido de la Iglesia; así pues, no cabe reprocharles que sean gente que pone siempre la pasta por encima de todo. Sin embargo, no fue el único incidente. Algunos de los producidos en aquel tiempo fueron chuscos y ridículos; la Prensa no afecta hizo buena leña con ellos.
José Güell y Renté, a quien ya hemos citado, era cuñado de la reina (bueno, en realidad, del rey) puesto que se había casado con la infanta Josefa, hermana de Francisco de Asís y, también, mujer que había crecido de niña jugando con la que luego fue reina y esposa de su hermano.
Güell, jurisconsulto, historiador y periodista, participó en la revolución de 1854; estaba en Valladolid y apoyó el pronunciamiento; en las Cortes del bienio progresista fue elegido diputado por dicha ciudad castellana. En 1856 se exilió a Francia cuando lo hicieron Castelar, Prim, Martos, Sagasta y Olózaga, entre otros. Fue amnistiado por el gobierno O'Donell.
Cuando empezó a frotarse con Josefa, quinta hija de Francisco de Paula y Carlota Joaquina de Nápoles, tanto el Palacio Real como el gobierno Narváez le pusieron la proa, o eso dice él. Esto, sin embargo, se arregló, y Güell terminó por tener una importante amistad con la reina, a la que acompañó en el exilio muy a menudo.
En agosto de 1874, El Diario Español publicó una carta que le había enviado Francisco de Asís; carta en la que afirmaba que su cuñado estaba ejerciendo sobre la reina una “influencia perniciosa”. El Imparcial, propiedad de Eduardo Gasset y Artime, que era una especie de Preescolar de nivel que no perdía ocasión de meter cerillas encendidas en el ano de los Borbones, le ofreció a Güell su periódico para contestar.
Todo este tema comenzó como un dislate. Escribir una carta a un periódico no es la mejor forma que puede pensar el miembro de una familia real para dirimir sus diferencias. El buen criterio habría aconsejado a Güell un educado silencio. Pero carecía de templanza tal y, además, estaba Eduardo Gasset. Comparar a Gasset con Ignacio Preescolar, las cosas como son, es hacerle un flaco favor. Gasset era mucho más listo (bueno, en realidad: él era listo), por no mencionar que arriesgaba su propio capital en sus aventuras periodísticas. Era un zorro plateado de la política española, un tipo que sabía cómo jugar sus cartas para excitar en su compañero de la mesa la idea de que podía tener una mano ganadora. Güell embistió como un Miura. Redactó una respuesta en la que se jactaba de llevar siete años sin relacionarse con Francisco de Asís, hasta ahí bien; pero, más adelante, y en su deseo (yo creo que excitado por Gasset) de demostrar que era la polla de Montoya en materia de asesores isabelinos, comentaba una serie de temas muy particulares, de ésos que nunca se deben ventilar en público. Muy en particular, ventilaba el dato de que el duque de Sesto había presionado a la reina emérita para que le facilitarse dos millones de francos en favor de una tercera persona; dinero, añadía Güell, del que sólo habían vuelto 80.000 francos.
En ese momento no se supo, pero se sospechó enseguida: esa tercera persona era Montpensier, quien siempre, como buen borbonoide, había tenido un agujero en ambos bolsillos. Pero eso, en realidad, es lo de menos. Lo demás fue la revelación del manejo de sumas de tal calibre en beneficio del alfonsismo. La revelación fue un escándalo al lado del cual la Gürtel parecería el robo de unos caramelos Kojak de un ultramarinos de barrio. La Prensa republicana se preguntaba, retóricamente, cuántos golpes de Estado se podrían haber financiado con tanto dinero.
La situación era más que clara en el sentido de aconsejarle a Güell que se cortase un poquito. Lejos de ello, al polemista bajar al barro le gustó. Fue el famoso “lo importante es que hablen de ti, aunque sea mal”. De repente aquel tipo, que era una pieza modesta de la sociedad española, provocaba el silencio inmediato en los cafetines donde decidía entrar a tomarse un coñá; y ahora, además, tenía fundadas esperanzas de no tener que pagar la consumición. Así que siguió con la matraca. Redactó y publicó una segunda carta; esta vez, escogió como víctima propiciatoria al conde de Toreno, uno de los recientes convertidos al alfonsismo. Informó a España de que el conde, propietario y director del periódico El Tiempo, era subvencionado por la reina con 50.000 reales anuales.
Don Francisco Queipo de Llano, conde de Toreno, fundó su periódico en 1870. Lo hizo en compañía del conde de San Luis y el marqués de Bedmar. Inicialmente, lo dirigió Miguel López Martínez; pero pronto Toreno decidió dirigirlo personalmente. Contó, efectivamente, con financiación no sólo de la reina, sino de otros prohombres monárquicos, como Manuel Barzanallana.
Toreno contestó a través de El Orden, periódico republicano; y el equipo de opinión monárquica sincronizada contestó como un solo hombre. Finalmente, Cánovas trató de zanjar la cuestión con una especie de comunicado; pero el caso es que las maniobras del marido de la reina y el asesor bocachancla le hicieron mucho daño a la causa alfonsina.
En el fondo de todo este escándalo latía un asunto que hemos visto aparecer, siquiera de forma esquemática, a lo largo de estas notas: las dificultades económicas que enfrentaba la causa monárquica.
La reina de España era rica. Poseía muchas cosas; como reina, y como ciudadana particular. Sin embargo, exactamente igual que le ocurriría a su nieto más de medio siglo después, cuando hubo de marcharse de España, la mayoría de esas cosas las hubo de dejar atrás. Dinero tenía, desde luego. Tenía dinero, y tenía personas de dinero que le eran cercanas. Por eso pudo comprar el palacio Basilewsky, que no era un estudio en Vallecas que digamos, y mantenerlo. La pobreza, sin embargo, es un concepto relativo. Hace muchos años, recuerdo leer en Interviu una entrevista al ex presidente de uno de los primeros bancos españoles que quebró en democracia (el Banco de los Pirineos, si no estoy errado). El tipo decía, hace ahora medio siglo, que estaba arruinado, y añadía: “yo a tener X millones de pesetas en el banco le llamo estar arruinado”.
La pobreza, como digo, es un concepto relativo. Personas que son objetivamente pobres se sienten ricas, y personas que son objetivamente ricas te dirán que son pobres; y todas dirán verdad. Por eso, hemos de decir que la reina, en París, era, si no pobre, sí modesta. Como digo, había dejado buena parte de su patrimonio atrás. Y es mi opinión particular que este episodio del palacio Basilewsky, unido al exilio romano de Alfonso XIII, ha dejado honda huella en los Borbones españoles, y es la razón última por la cual son de natural tan, digamos, pesetero. De alguna manera, siempre están guardando para cuando les echemos.
El regreso de la monarquía a España era un proceso tremendamente caro. Desde el primer momento, si no Satisfier, que para estas cosas vivía en Matrix, sí para sus consejeros más inteligentes estaba claro que las probabilidades de que el pueblo español pudiese declamar: “Me equivoqué; vuelvan ustedes, mis Borbones”, eran muy remotas. El plan de Cánovas, que es el plan que terminó por salir medio bien, era que la no-monarquía (porque yo creo que lo que hubo, más que república, fue una no-monarquía) dejase claras sus vergüenzas, terminase por hartar a los hombres de negocios, a la incipiente clase media, y por decepcionar a las clases populares; situación tras la cual los españoles estarían en condiciones de aceptar el regreso de los Borbones (en modo alguno de desearlo, o de pedirlo). Situación que luego tendría que salpimentarse con el montaje de un sistema político turnista, exento de sorpresas, con una Constitución tan dada de sí que dentro le cupiera todo, y un rey constitucional que no diese mucho por el culo, que escondiese elegantemente a sus barraganas y se supiese mostrar suficientemente humilde (labor que Alfonso XII supo cumplir, pero no así su hijo).
El hecho de que la restauración alfonsista no fuese a caer como fruta madura es lo que la hacía tan cara. Hacia falta comprar voluntades periodísticas; y los buenos periodistas, esto metéroslo en la cabeza, no son baratos; por esta razón, los equipos de opinión sincronizada suelen echar mano de subnormales, que es lo que pueden pagar. Hacía falta animar a militares que, al fin y al cabo, conspirando podían estarse jugando el gañote. Exentos los monárquicos del derecho de leva, cuando menos en sus inicios cualquier intentona militar tenía su coste. Y todo esto lo tenían que hacer los Borbones en una situación no muy venturosa para sus cuentas.
Isabel, como he dicho, tenía el dinero que tenía; a cualquiera de nosotros nos parecería mucho, pero ella lo veía como unas raspas. Obtener crédito internacional estaba muy complicado, primero porque la reina tenía poco patrimonio para avalar; y segundo porque muchos bancos le negaban la audiencia por motivos políticos. Como tercer y gran elemento de la ecuación, cierto es que la reina estaba rodeada de partidarios que eran, en su mayoría, aristócratas crecientemente enriquecidos. Pero, chavales, si no lo sabéis ya, os lo cuento ahora: los ricos no son ricos, precisamente, por ayudar a los amigos. Los ricos hay un punto que, como su dinero, no tienen más amigo que el beneficio.
A Isabel, pues, la rodeaba una Corte que se decía dispuesta a morir en duelo por ella (y hasta eso era mentira); pero no estaba dispuesta a comprometer su patrimonio en una empresa que, sobre todo en los primeros meses y años de la revolución, se antojaba dificililla.
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