martes, mayo 12, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (38): Puñetazo en la mesa en Tannenberg

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Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over


Sin duda, la gran reforma social realizada por el gobierno Marx de 1927 fue la introducción de un auténtico seguro de desempleo. El gobierno sacó adelante el tema mediante una ley que aprobó, ejem, el 18 de julio. Se trataba de una garantía prácticamente universal para todo alemán que estuviese buscando trabajo y no lo encontrase; por lo tanto, sobrepasaba en cobertura al seguro británico, tenido en ese momento por lo más de lo más de la protección de los desempleados. La prestación tenía una duración de 26 semanas, eso sí; a partir de este plazo, el desempleado pasaba a depender de la asistencia social de su ayuntamiento.

Financieramente hablando, el seguro se financiaba con un recargo sobre los salarios del 3%, pagadero a partes iguales por trabajador y empleador. El sistema estaba creado para soportar una carga de unos 700.000 desempleados, aunque se creó un fondo de crisis para atender, en momentos concretos especialmente negros, a 400.000 más. El sistema, por lo tanto, era una pieza más de legislación moderna, ya que nacía enfermo crónico. La economía alemana tenía entonces un desempleo estructural de unas 1.300.000 personas; es decir, el seguro nació con un defecto de cobertura de unas 200.000 personas; personas cuyos subsidios, como siempre, los políticos pensaban que caerían del cielo, de Gaza, de la Agenda Veinte Mierdas; o, por supuesto, de los ricos.

La creación del seguro de desempleo se combinó con la introducción del arbitraje estatal en los conflictos laborales; en esencia, esto significaba que si la negociación social entre trabajadores y empresarios no fructificaba, se acudía al arbitraje del Estado (aunque, en realidad, era del gobierno), que se declaraba obligatorio. Un sistema, pues, en el que un ámbito administrativo: los ministerios, adquiría poderes judiciales o seudo judiciales; y que, además, abría la puerta para el sectarismo, pues en los momentos en que en la cancillería estuviesen los partidos obreristas o favorables a los empresarios, la parte beneficiada no tenía nada más que provocar el colapso de las negociaciones sociales para conseguir que “los suyos” le diesen la razón. En 1927, pues, comenzó en Alemania esa tendencia propia del siglo XX, en la que la presencia del gobierno, con sus prioridades del momento y su visión siempre sectaria de las cosas, ha ido emponzoñando el consenso social; proceso que sigue intensificándose aun a día de hoy.

Lo que es un hecho es que estas reformas contaban con el apoyo consensuado de los miembros del gobierno Marx. Los socios, sin embargo, fueron al enfrentamiento en otro tema, que fue el planteamiento de que la Ley de Defensa de la República debía prorrogarse. Como recordaréis, esta ley, provocada por el asesinato de Rathenau, que fue en buena medida copiada pocos años después en la II Repu y que tenía ribetes proto fascistas, otorgaba poderes muy amplios al gobierno (una vez más, la sustitución de los jueces en el que es su papel natural en una democracia) en la represión de los grupos antirrepublicanos. La ley alemana tenía, además, el denominado “párrafo del káiser” por el que ni él, ni su familia, ni ninguna otra futura familia heredera de la corona imperial, podría regresar a Alemania.

El principal problema que planteaba la renovación de la ley era que el DNVP, que ni era un partido fanático de la república de Weimar ni por supuesto era antimonárquico, estaba en el gobierno, y tenía problemas para votar. Wilhelm Marx, sin embargo, dejó claro que, si la votación no alcanzaba los dos tercios del Reichstag que exigía la ley, dimitiría. Aún así, en una reunión de todos los partidos coligados el 11 de mayo, los derechistas atacaron frontalmente el texto normativo.

En ese punto, el DVP, es decir el partido de Stresemann, propuso una solución de compromiso. Se basaba en limitar la prórroga a dos años, combinada con la disolución inmediata de los tribunales especiales para investigar organizaciones anti republicanas. El DNVP se mostró de acuerdo y, de esta manera, el 17 de mayo votaron a favor de la prórroga, con la única excepción de seis de sus diputados que permanecieron, nunca mejor dicho, impasible el alemán.

El tema, sin embargo, no quedó ahí. La familia real reaccionó con natural violencia, motejando a los políticos de derechas de nenazas traidores. El 7 de junio, en un ambiente de enfrentamiento frontal, el DNVP celebró comité ejecutivo. Allí, Kuno von Westarp explicó el voto positivo como lo que era: una manera de evitar lo que hubiera venido después de uno negativo, es decir, la dimisión del gobierno y la formación de uno de izquierdas.

El DNVP, o por lo menos los principales dirigentes del mismo, sabían, además, que la integración del partido en un gobierno de coalición burguesa había tenido enormes beneficios para ellos. El partido se había convertido en una alternativa de derechas capaz de ofrecer beneficios tangibles pues, al fin y al cabo, escribía en el BOE. Esto empujó a los partidos a su derecha hacia la irrelevancia.

Adolf Hitler, que percibió con claridad este proceso por el cual sus mítines ya no tenían el mismo nivel de público, decidió resignarse a ello pero, al mismo tiempo, tratar de construir un NSDAP con mayor fuerza de propaganda, es decir, dinero. Para ello sabía que tenía que cautivar a los grandes empresarios. No todo eran malas noticias. El 5 de marzo, el gobierno bávaro le había levantado a Hitler la prohibición de hablar en público. Así que en abril, el partido convocó una reunión de empresarios locales.

En aquel encuentro estuvo presente un provecto empresario, Emil Kildorf. Kildorf tenía entonces 80 años y era el director de una empresa minera, la Gelsenkirchner Bergwerk. Kildorf quedó mesmerizado por el verbo florido de Hitler y provocó que el 4 de julio una editora muniquesa, Elsa Bruckmann, montase una reunión personal de él con Fofito Hitler, en casa de ella. Estuvieron hablando cuatro horas; bueno, más propiamente, Kildorf estuvo cuatro horas escuchando a Hitler, y de nuevo quedó tan impresionado por lo que decía que le propuso que pusiera todas esas ideas en un panfleto. Se comprometió personalmente a distribuirlo entre los empresarios del área del Ruhr.

Ese panfleto se publicó en agosto. La Hugo Bruckmann Verlag, es decir, la editorial de la familia de la anfitriona de la reunión, lo publicó con el título Der Weg zum Wiederaufstieg, es decir, El Camino del Resurgimiento. En este papel, Hitler dejaba claro que el nazismo no tenía ninguna intención de atacar a la industria alemana. Todo lo contrario: abrazando el catón anticomunista, afirmaba que “sólo un Estado nacionalista puede proteger lo suficiente a la industria como para garantizar su supervivencia”. El panfleto incluso insinúa cierta relativización del discurso antisemita; todo lo que queda es el antimarxismo que, es bastante evidente, Hitler había decidido (con acierto, en mi opinión) era el único flanco que le dejaba libre la pujanza del DNVP.

Esta primera aproximación, sin embargo, salió como la rana. Los empresarios que recibieron el panfleto no le hicieron mucho caso. Hombres de negocios acostumbrados al principio según el cual, si metes uno, es para sacar seis o siete, no le veían ninguna utilidad a financiar un partido de bichos raros que se dedicaban a desfilar los fines de semana y a refrescar el sobaco derecho a cada rato. Kildorf, incluso, ingresó en el partido el 1 de agosto, y asistió a la gran concentración de Nürmberg de aquel año como invitado especial; pero acabó por abandonar el NSDAP apenas un año después, dado que el partido seguía defendiendo su retórica anticapitalista en la zona del Ruhr.

El gran escándalo público aquel mes de agosto fue un artículo publicado por un profesor llamado Friedrich Wilhelm Foster, hombre frontalmente opuesto al militarismo. En dicho artículo, acusaba a Stresemann de estar llevando un doble juego, ya que si bien oficialmente se mostraba partidario de la paz y la desmilitarización, seguía siendo secretamente un nacionalista germánico radical que, además, estaba perfectamente informado de los planes secretos de rearme; dado que su mayor deseo era que estallase una guerra de revancha contra Francia. Stresemann reaccionó como el Puma de Baracoa, amagando incluso con ir a los tribunales. El tema tiene su importancia porque no fue, en realidad, el único ejemplo. La tesis de que Stresemann tenía una agenda secreta era muy común en según qué Prensa de aquella época; y quienes distribuían el bulo sabían bien el daño que le hacía al ministro.

El 18 de septiembre, el presidente Hindenburg tenía que inaugurar un monumento conmemorativo de la victoria alemana sobre la Rusia zarista en Tannenberg. El monumento se emplazó cerca de la villa de Hohenstein, que si queréis buscar hoy en el mapa mejor haréis en saber que está en Polonia y se llama Olsztynek.

Desde el primer momento, el equipo del presidente tuvo claro que Hindenburg no iba a pisar suelo polaco, que era lo que no tenía más remedio que hacer si quería ir por tierra. Así que fue por mar, navegando desde Swinemünde a Königsberg. La única organización de veteranos que fue invitada al acto fue el Casco de Hierro. Se juntaron unas 100.000 personas, millón y medio en contabilidad actual.

Hindenburg había decidido utilizar aquel acto, de sonoras resonancias germanistas (Tannenberg era entonces una especie de Aljubarrota o Lepanto germana), para refutar de una vez por todas la teoría de la responsabilidad exclusiva alemana por la Gran Guerra. El discurso que pronunció, vestido con su uniforme de mariscal, fue transmitido por radio a todo el país; y había sido escrito a cuatro manos por Wilhelm Marx y Gustav Stresemann. Su párrafo más enjundioso:

La acusación de que Alemania fue responsable de esta guerra, la peor de todas, la repudiamos. Los alemanes, en cada momento de sus vidas, la repudian. No desenvainamos aquella espada ni movidos por la envidia, ni por el odio ni por la codicia. Con los corazones limpios, marchamos para defender nuestra Patria; y rendimos esa misma espada con las manos limpias. Alemania está preparada para demostrar estos hechos frente a un tribunal imparcial.

El discurso de Hindenburg le provocó un tsunami de telegramas de felicitación, casi todos escritos en alemán; y quizás el primero que le llegó lo fue desde Doorn, en los Países Bajos; y se lo envió el Demérito Willy. Emisor y receptor se ocuparon de contarle al mundo mundial que se había enviado el telegrama; lo cual no hizo sino empeorar el efecto internacional del discurso.

En efecto; los aliados recibieron aquel discurso con una mezcla de cabreo, horror y repugnancia. El tema fue tan bestial que el rey Jorge V, que estaba preparando con su equipo el texto de un telegrama para felicitar a Hindenburg cuando cumpliese los 80, lo paró todo.

Obviamente, dentro de Alemania la historia era muy otra. Efectivamente, el 2 de octubre llegó la celebración del 80 cumpleaños del presidente; y fue una celebración en loor de multitud. Incluso se hizo un crowfunding, llamado el Fondo Hindenburg, en su favor, al que muchísimos alemanes metieron pasta. Hindenburg lo donó a las viudas de guerra y a los veteranos mutilados. Se emitió un sello específico, y días después, en el Reichstag, en un acto presidido por un socialdemócrata (Paul Löbe) se descubrió un busto de mármol.

La difícil labor del gobierno, mientras tanto, continuaba. Una de las razones por las que los católicos del Zentrum y los derechistas del DNVP habían aceptado participar en el gobierno Marx había sido su promesa de impulsar una nueva ley de educación que permitiese las escuelas confesionales. La realización de esta texto legal le fue encomendada el ministro del Interior, Walter von Keudell, miembro del DNVP. La ley dio un giro al sistema educativo alemán; de hecho, muchas escuelas comunes, estatales y laicas, acabarían por convertirse en escuelas religiosas, atropelladas por la entonces imparable capacidad tanto de católicos como de luteranos de aportar profesores e infraestructuras educativas.

El DVP y el SPD eran contrarios a este giro; oposición que los socialdemócratas hicieron especialmente patente allí donde gobernaban, es decir, Prusia. El 14 de octubre, el Reichsrat rechazó el borrador de ley, que por lo tanto regresó al Reichstag.

La reforma educativa corrió paralela con otra importante, que era la subida del sueldo de los funcionarios. Esta vez, el líder de la medida era el ministro de Finanzas, Heinrich Köhler. Los funcionarios habían sufrido mucho en años anteriores, con salarios congelados. Köhler quería inicialmente subirles un 10%; pero terminó por subir la apuesta hasta un 21%. El Reichstag aprobó la subida; pero la medida provocó la inmediata inquietud de Parker Gilbert, el agente general de Reparaciones, que consideraba que ponía en peligro la capacidad de Alemania de cumplir sus compromisos. Y no era el único. Hjalmar Schacht, el presidente del Bundesbank, también temía que la subida de los funcionarios tuviese un efecto llamada en la negociación de convenios industriales privados, llevando a una espiral de subidas salariales que desbocarían la masa monetaria y, consecuentemente, traerían inflación, mientras hinchaban el gasto público.

En diciembre de 1927, Stresemann visitó Königsberg. Esta ciudad, que ha superado la re-nominación de ciudades rusas tras la caída del régimen soviético y sigue llamándose Kaliningrado, hoy no forma parte obviamente de Alemania. Entonces era, formalmente, la capital el Estado Libre de Prusia, pero estaba aislada del resto del territorio alemán por el llamado Corredor Polaco. En dicha visita, que fue largamente solicitada por los políticos alemanes locales, Stresemann informó de que había hablado con el mariscal Josef Pilsudski, el hombre fuerte de Polonia; y con su ministro de Exteriores, August Zaleski. Polonia, aseveró el ministro, no tenía ninguna intención de anexionarse la montaña del rey. Dejó claro, eso sí, que recuperar el Corredor por vías militares era imposible (aunque da la impresión de que alguno que le pudo escuchar decir eso contestó: “sujétame el cubata”). Stresemann, por lo tanto, sólo consideraba una recuperación por vía pacífica, que reputaba posible. El ministro consideraba que, si se daban las condiciones adecuadas, las potencias de Locarno, Alemania y Polonia, podrían llegar a firmar un “Locarno oriental” en el que Alemania aceptase las fronteras de Polonia fijadas por Versalles. Esto, sin embargo, dijo el ministro, era imposible en ese momento. Antes, las relaciones entre Alemania y Francia tendrían que mejorar mucho.

Pero mucho.

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