martes, junio 23, 2026

Franco y los EEUU (14): Consíguenos un poco de dinero más




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Los altos funcionarios del franquismo y del ejército español esperaban que la llegada a la Casa Blanca de un presidente republicano mejoraría las cosas. Pero no fue así. El gobierno Eisenhower dejó pronto muy claro que no daría un paso adelante en las ayudas mientras los acuerdos correspondientes no estuviesen firmados; más o menos el mismo tipo de palos en las ruedas que habían puesto los demócratas. El embajador Areilza reaccionó a este viejo entorno (ya que de nuevo no tenía nada) tratando de acelerar las cosas de otra manera: le propuso a la Administración estadounidense que la planificación de la ayuda pendiente, que se iba a hacer en tres años, se concentrase en dos.

Tras mucho cabildeo, el Departamento de Estado decidió aceptar la propuesta española; lo hizo, sin embargo, arrancando de Areilza el compromiso de que España dejaría de coquetear con la idea de pedir más dinero; que los 465 millones de dólares que estaban previstos serían toda la historia. Aquello, además, se dotó de un tufo de “una y no más, santo Tomás”; aquellos dineros eran todo lo que España podía esperar.

Washington, por lo demás, estaba preocupada por el hecho de que Franco, a mediados de los años cincuenta, siguiera pensando que un país se puede gestionar económicamente como si fuese un cuartel; y, consecuentemente, no estuviese dispuesto a liberalizar adecuadamente su economía. Que la economía española siguiese siendo un momio rígido e híper regulado, desde muchos puntos de vista, a los estadounidenses se la traía floja. Pero, sin embargo, había aspectos de esa cerrazón que sí les afectaban, y cuyo cambio, de hecho, habían reclamado en las negociaciones del acuerdo.

La madre del cordero, aquí, era el tema cambiario. La primera España franquista, la de la autarquía, era un sistema económico que se basaba en varios principios, uno de los cuales era procurar que ni una sola divisa que entrase en España y se convirtiese en pesetas pudiera salir del país. Esto, obviamente, era un problema para los defensores en Washington de la colaboración con España, ya que se enfrentaban a constantes quejas de los empresarios estadounidenses que decidían invertir en el país, y no podían repatriar sus beneficios. Franco, como digo, firmó en los acuerdos de 1953 que eso lo iba a cambiar. Pero lo firmó, claro, como esas muchas cosas que se firman con nula intención de cumplirlas.

Lo cierto es que aquel problema olía a naftalina que te cagas. La cerrazón a la salida de recursos del país traía causa en una ley, la llamada de Ordenación y Defensa de la Industria Nacional, que databa nada menos que del 24 de noviembre de 1939. Como Franco fue muy cuco a la hora de no dotar a España de una Constitución (una referencia normativa que podría haber hecho borrón y cuenta nueva de la legislación anterior), la derogación de una norma así dependía única y exclusivamente de su voluntad; y el general, eso era obvio, no quería.

Entre las muchas cosas que Franco había llegado a controlar completamente con la instauración de su dictadura, y que ni siquiera se planteaba soltar, estaba era el comercio exterior. Dominar plenamente el comercio exterior tenía notables ventajas para un régimen dictatorial como el franquismo; ponía en sus manos herramientas para acelerar la disposición de numerario cuando interesaba, o para todo lo contrario. Por no mencionar que la concesión de licencias exclusivas de importación fue uno de los mecanismos preferidos del general para mantener contentos a muchos de los elementos de su variopinto régimen, e incluso a elementos que le eran de alguna manera contrarios, como Manuel Hedilla.

El control que quería tener Franco sobre la actividad exterior de su economía era tal que, incluso, en el marco de los acuerdos con los Estados Unidos, le prohibió a los empresarios estadounidenses el contacto directo con los españoles. Todo tenía que hacerse a través de los funcionarios. Cualquier empresario estadounidense que se plantease invertir en España se lo tenía que contar antes a José Luis Ábalos.

El hecho de que el franquismo estuviese incumpliendo, si no la letra, desde luego el espíritu,  de los acuerdos firmados con los Estados Unidos, no le impidió al régimen desdecirse de las febles promesas del embajador Areilza, y exigir un incremento de la ayuda estadounidense. El primer pronunciamiento público en tal sentido fue un discurso de Jaime Argüelles, entonces subsecretario de Economía Exterior. Fue el 24 de febrero de 1954, en Bilbao, y ante los miembros de la cámara de comercio estadounidense en España. Teniendo en cuenta lo que os acabo de decir en el sentido de que Franco controlaba totalmente el comercio exterior, ya podéis ir imaginándoos quién había inspirado el discurso.

La respuesta de Washington, que se veía venir y tal vez por eso Argüelles trató de pisar el acelerador, llegó en el sentido exactamente contrario. Algunas semanas después del acto de Bilbao, Dulles comunicó a la Administración española que en Estados Unidos se estaba desarrollando toda una nueva planificación para hacer más eficiente la ayuda exterior; y que el apoyo a España se vería afectado por ello.

El anuncio provocó un viaje relámpago, en aquel mes de abril, de Manuel Arburúa. La intención del alto funcionario de comercio exterior español era convencer a los burócratas estadounidenses de que España debería ser una excepción dentro de la regla general provocada por la Comisión Randall. Arburúa algo rascó; aunque no pudo conseguir todos sus objetivos.

Arburúa, en todo caso, viajó con una zanahoria dentro de la maleta. Cuando llegó a Estados Unidos, anunció que el gobierno español había aceptado como propio el objetivo de liberalizar la economía española y, muy particularmente, la flexibilización en la convertibilidad, es decir, la repatriación de divisas. No obstante, matizó el gobierno español, este objetivo debería aplazarse hasta el momento en que España dejase de presentar déficit comercial, y la situación de sus reservas hubiese mejorado.

El franquismo, en todo caso, tenía un aliado en sus peticiones, que era la embajada estadounidense en Madrid. En la casa del embajador James Clement Dunn se consideraba que en España siempre se había sobrevalorado en exceso las posibilidades de la ayuda estadounidense (algo que, a su manera, se critica en Bienvenido Mr. Marshall); y que, consecuentemente, si ahora la ayuda se recortaba, se corría el peligro de que la opinión pública española (ella sola, o empujada por el aparato falangista) pudiera volverse rabiosamente antiamericana.

Dunn, además, no terminaba de comulgar con el principio general que animaba la ayuda de Estados Unidos a España: ser lo suficientemente elevada como para poder consolidar las necesidades de presencia militar estadounidense en el país; pero sin suponer una implicación excesiva en el sistema político español. Aunque Dunn comprendía el objetivo mayor de impedir que su país apareciese como garante de un régimen dictatorial como el franquista, entendía que, a mediados de los años cincuenta, ya la única salida racional del franquismo era la que finalmente fue, es decir, evolucionar hacia la democracia; ya que nadie más estaría en condiciones de traer dicha democracia a España por alguna otra vía. Podemos decir, pues, que Dunn tenía eso que los actuales graduados en Historia llaman "una visión superada".

Sin embargo, aceptar el principio general de que sería el franquismo el que sucedería al franquismo equivalía a aceptar una estrategia basada en darle oxígeno a aquellas porciones del franquismo caracterizadas por sus puntos de vista más liberales y seudo, o proto,  democráticos. Estas tendencias, sin embargo, no tendrían la oportunidad de desarrollarse si la economía española no se liberalizaba y modernizaba. Un proceso que había que financiar.

Este argumento abrió la lata. Finalmente, los estadounidenses comunicaron a Arburúa que la ayuda sería incrementada; aunque el volumen y el calendario quedaron en el aire.

Aquel mismo año, el 13 de agosto de 1954, el eterno senador McCarran logró introducir una enmienda al texto de la Mutual Security Appriopiations Act, por medio de la que se autorizaba la concesión a España de 55 millones de dólares para la adquisición de excedentes agrícolas. Se estatuía, además, que la mayor parte del dinero generado por esas compras debería invertirse en estabilizar la economía española. Eso sí, la Administración estadounidense trató de integrar esa cantidad dentro de la ayuda ya presupuestada para 1954; algo a lo que obviamente se negó la Administración española, que consideraba que esa pasta era una pasta, como dicen los catalanes, a más a más.

En términos generales, no costó demasiado imponer la idea de que España debía ser una excepción dentro del giro ahorrativo que ahora quería dar la ayuda exterior estadounidense. En realidad, da la impresión de que la mayoría de los altos funcionarios estadounidenses que estaba en el tema comprendía la necesidad de hacer caso de las recomendaciones de Dunn, y mostrarse generosos con España. Washington seguía pensando que el régimen español era un régimen demasiado endeble. Pero Franco había conseguido implicarlos en ese régimen, pues ahora la continuidad de la presencia en las bases españolas dependía del entendimiento con El Pardo. En Washington, pues, mucha gente contemplaba el mantenimiento primero, y el incremento después, de la ayuda estadounidense, como un pago por la estabilidad de sus planes de defensa y, al fin y a la postre, de influencia política.

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