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… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones
En este entorno de cosas, cuando se produjo finalmente la visita de Martín Artajo a los Estados Unidos, el ministro español llegó con la intención de hacer que el tema central de sus argumentaciones, sobre todo públicas, fuese recordar la cercanía que muchas bases tenían con grandes núcleos de población españoles; y la consecuentemente puesta en riesgo de miles y miles de ciudadanos que España había aceptado por asumir las necesidades de emplazamiento de los establecimientos estadounidenses.
La otra
gran idea que defendió Artajo fue el concepto de segunda fase. La primera fase de
la relación hispano-estadounidense se había centrado en la adquisición y construcción
de los activos militares necesarios para que EEUU pudiese desplegar en España sus
fuerzas navales y aéreas. Ahora, venían a decir los españoles, había que abordar
una segunda fase en la que la prioridad no sería elevar la fuerza militar estadounidense,
sino la española. España, venía a decir el jefe de la diplomacia hispana, tenía
enormes potencialidades militares que, sin embargo, no podía desarrollar por falta
de medios. En aquel entonces, el Estado español invertía el 37% de su presupuesto
en gasto militar; un porcentaje que era hasta inmoral teniendo en cuenta la situación
socioeconómica del país, pero que, aún así, era inhábil a la hora de construir toda
la fuerza que los gestores del ejército ambicionaban. Por supuesto, Artajo dejó
claro que, en el momento en que la situación estuviese madura y favorable para plantear
el ingreso de España en la OTAN, Madrid se pondría a ello con fruición.
Foster
Dulles contestó a estos argumentos viniendo a decir que la interpretación española
era un tanto falaz. Y no le faltaba razón. Aceptando una presencia más fuerte y
eficiente de las tropas estadounidenses en suelo español, venía a decir, España
ya estaba incrementando, indirectamente eso sí, su capacidad militar. Aunque se mostró dispuesto a crear algún tipo de órgano de coordinación entre ambos
países para estudiar cuál debía de ser el papel de las tropas españolas en ese esquema
de seguridad.
Entre
los actos privados más importantes de la visita de Martín Artajo a Estados Unidos
se contó una conferencia que fue invitado a dar en la universidad de Fordham. Allí
trató de convencer al mundo de que un aumento de la ayuda a España, en el marco
de los acuerdos bilaterales, sería buena para todo el mundo. Vino a decir, además,
que en tres años desde su firma, los acuerdos de cooperación entre España y Estados
Unidos habían envejecido mal, porque el mundo había cambiado mucho y muy deprisa;
y que hacía falta recauchutarlos.
Artajo
se llevó en aquel viaje al general Francisco Fernández González-Longoria, uno de
los principales modernizadores del ejército del aire y, verdaderamente, quizás el
militar español que conocía en mejor detalle los acuerdos hispano-estadounidenses.
Longoria asumió los contactos técnicos con los militares estadounidenses y, muy
particularmente, con el principal coordinador de los mismos frente a España, el
Joint Chief of Staff o JCS, almirante Arthur William Radford. Radford y Longoria
se entrevistaron el 10 de abril; un encuentro en el que se vieron enfrentadas, por
así decirlo, una visión optimista y otra pesimista. La de Radford era la optimista,
y estaba alineada con la Casa Blanca. Los estadounidenses veían que, tras el armisticio
en Corea, el mundo había entrado en una fase de distensión que era necesario reconocer
en los esfuerzos de rearme militar. Longoria no era de esa opinión. El militar español
recelaba el mejor ambiente mundial, un ambiente en el que consideraba que lo que
se hacía era dejar margen para que la URSS tratase de ganar espacios nuevos, sobre
todo en lo que se daría en llamar Tercer Mundo.
Aunque
España había cumplido religiosamente sus compromisos, dijo Longoria ante un sorprendido
Radford, no había logrado buena parte de sus objetivos. El despliegue del acuerdo
bilateral, siempre según Longoria, por cuya boca podemos apostar que hablaba Franco,
no se había concretado en una adecuada preparación bélica del ejército español.
El principal punto de preocupación para los españoles, dijo, era el infra desarrollo
de la fuerza aérea, sobre todo, recordaba, teniendo en cuenta que, en caso de ataque
o conflagración, las bases americanas situadas en España serían un objetivo de primer
nivel para la URSS. Al día siguiente, Longoria se vio con el general Nathan Farragut
Twinning, jefe de Estado Mayor del ejército del aire estadounidense, en términos
muy parecidos. Ante Twining, Longoria se dedicó, sobre todo, a describir diversos
ejemplos de “teléfono escacharrado” que se habían producido en la tramitación administrativa
de algunas ayudas contempladas en el acuerdo bilateral, con el resultado final de
que España se quedase sin dichas ayudas.
Martín
Artajo y Longoria regresaron de los Estados Unidos convencidos de que sus argumentos
habían causado una impresión muy positiva en Washington; y que, consecuentemente,
su ambicionada segunda fase de la cooperación era cosa hecha. Areilza, aparentemente,
pensaba lo mismo. Pero, vaya, los que no pensaban lo mismo está claro que eran los
estadounidenses, porque lo cierto es que esta segunda fase nunca llegó.
Como
digo, los indicios son de que los negociadores españoles habían recibido algún tipo
de garantías que resultaron ser falsas. Al llegar a Madrid, Martín Artajo anunció
campanudo que en un mes llegaría a España una misión estadounidense, formada por
militares y con la tarea de estudiar las propuestas que se le habían presentado
al secretario de Estado Dulles en Washington. El 3 de mayo de 1956, sin embargo,
el Consejo de Seguridad Nacional se reunió para, entre otras cosas, aprobar esas
conversaciones. Las cosas como son, las aprobó; pero con tantas cortapisas y condicionamientos
que, en realidad, la misión estadounidense prácticamente venía a Madrid con poderes
para discutir variaciones en la receta del gazpacho, y poco más. Más en concreto,
los departamentos políticos, por así decirlo, le dejaron claro a los negociadores
militares que sólo podrían discutir cuestiones estratégicas genéricas. Y sobre todo,
los negociadores debían evitar alcanzar cualquier compromiso político ni militar
de nuevo cuño. En la práctica, pues, la Casa Blanca había decidido no moverse ni
un centímetro más allá de lo comprometido en el acuerdo de 1953.
El presidente
Dwight Eisenhower, él mismo un militar curtido, hacía una lectura simple, y a la
vez cierta, de los acuerdos con España. En efecto, en 1953 el gobierno español,
a causa de la situación internacional muy comprometida en la que estaba y valorando
el enorme beneficio intangible que le supondría llegar a un acuerdo con Estados
Unidos, prácticamente se avino a acordar un pacto en el que su capacidad de hacer
exigencias era muy limitada. Éste, empero, no era el peor problema; el peor problema
era que el de 1953 era un acuerdo en el que Estados Unidos obtenía, básicamente,
todo lo que creía necesitar. A cambio, había hecho el sacrificio de aparecer como
valedor, por mucho que intentó desmentirlo, de un régimen político enormemente impopular
en la escena internacional. Y, bien, pensaba Eisenhower; cada una de las partes
hemos conseguido lo que buscábamos. No veía incentivo alguno en una ampliación más
ambiciosa.
Las conversaciones
hispano-estadounidenses se produjeron finalmente entre el 11 y el 14 de junio de
1956 en la capital de España. La Prensa franquista lo vendió como el preludio a
la construcción de unas auténticas y potentes fuerzas armadas españolas modernas.
El 16, a la reunión se unieron los miembros del Estado Mayor portugués, o sea los
militares de O Mais Grande Estado Maior do Mondo. La llegada de los portugueses,
miembros de la OTAN, le fue enormemente útil al equipo de opinión sincronizada franquista.
En los Mañaneros de la época se vino a decir que aquella reunión era, en realidad,
una reunión de la OTAN; los Intxaurrondos de la época informaron al pueblo español de que, si no había más participantes en los encuentros, eso era porque estaba limitada
a cuestiones estratégicas del suroeste de Europa. En suma, la clase periodística española trató de convencer al país de que la reunión de Madrid era una reunión en la que los grandes socios europeos estaban, aunque no estuvieran. Pero lo realmente cierto es que
las ofertas estadounidenses que se manejaron en aquella mesa, si es que podemos imaginar que hubo alguna, resultaron
decepcionantes para Madrid.
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