viernes, octubre 30, 2026

El cabreo (23): Viva el rey, mientras no suba el pan

El retrato que encabeza esta serie
es una reinterpretación moderna
de Luis XV, obra de Copilot.


Café y alfabetos
El bulo real
La canción sifilítica
Esa cosa llamada jansenismo
Cuando la Iglesia decide no servir ni para lo poco que sirve 
El conflicto de los niños
… y Mauchaut se bajó los pantalones (para colmo, delante de un cura)
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El debate fiscal
¿A cuánto ascenderá el déficit público?
El follón de los jesuitas
Pelea de gallos ilustrados
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El rey está empalmado
La mujer más odiada de Francia
La otra mujer más odiada de Francia
L’affaire de Bretagne
El mundo nuevo de Maupeou
Libelos a favor y en contra
Beaumarchais, en escena
El rey ha muerto, que se joda el rey
Viva el rey, mientras no suba el pan
La guerra de la fariña
Luz y taquígrafos
El hombre que trató a los franceses como adultos
Entre la ilusión romántica y el realismo
Vous vous êtes donné la peine de naître, et rien de plus
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Mirabeau abre la lata de Göbels
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La maduración lenta borbónica aviva el gen PNV
Un cartel en la puerta de la reina
La mala suerte
Necker retrasa la revolución francesa
Unas elecciones son más difíciles de lo que se cree
Tres, dos, uno...
Las lágrimas de un rey


El Delfín y los grandes nombres de la Corte habían sido mantenidos en todo momento lejos de la real persona purulenta. Como es normal, en el momento en que se conoció en el palacio la noticia de la muerte del rey, todo el mundo hincó la rodilla delante del nuevo rey, que tenía veinte años, y lo conminó a iniciar sus labores de gobierno. Quien ya era Luis XVI, sin embargo, no mostró ninguna prisa por ponerse a currar. Ordenó que le preparasen el carruaje y anunció que se iba a pasar unas semanas en el castillo de Choisy. Que quería pensarse despacio lo del nuevo gobierno.

Luis, sin embargo, mostró en sus inicios lo que pareció, pero sólo lo pareció, una tendencia a ser un auténtico Borboncito, en el sentido en que lo fue, por ejemplo, su pariente Alfonso XIII de España; mostrando, pues, un interés desmedido por asuntos de la Corte que eran totalmente colaterales.

La primera decisión de gobierno del nuevo rey, por ejemplo, fue decretar que a partir de ahora almorzaría con toda su familia. Luis, sin embargo, no estaba en modo alguno pensando en ser un alfonsito de la vida. Aunque no faltan historiadores que se han agarrado a sus primeros gestos para retratarlo como un auténtico rey del Antiguo Régimen, preocupado tan sólo por la caza y las putas, lo cierto es que Luis XVI, que había aprendido a odiar a su padre a causa de sus dificultades para procrear, que lo hicieron acreedor del desprecio paterno, sí quería cambiar las cosas. La famosa instrucción de los almuerzos era, en realidad, una instrucción de austeridad en el gasto de la Corte. Acumulando en una sola mesa a toda su familia, numerosa como el Comité Federal de un partido político y exactamente igual de manirrota con el dinero de todos, Luis esperaba controlar lo que comían y lo que no comían; quería, pues, poner a los pares de Francia a los pies de sus propios cocineros. La siguiente medida que tomó le afectó a él mismo: redujo su cuadra de caballos de 6.000 a 800; algo que no le debió de costar mucho, porque a Luis eso de cabalgar tampoco es que le llamase mucho. Los perros de caza, 138, pasaron a ser “sólo” 100; pero el número de carruajes que seguían al rey cuando iba de caza, veinte, pasaron a ser sólo dos.

De lo que estaban seguros los franceses era de que su nuevo rey no iba a gastar demasiado en favoritas. Todo el mundo sabía que al rey el tema del zúmballe-dalle no es que lo motivase mucho.

En la materia verdaderamente importante, el gobierno en sí, Luis comenzó fuerte, anunciando su intención de cambiar de Mau: tres días después de la muerte de su padre, anunció que había nombrado como su principal asesor de gobierno al conde de Maurepas; un zas en toda la boca de Maupeou.

La elección era sorprendente en modo sumo. Un rey de 20 años estaba escogiendo a un político de 73 que, además, llevaba desde 1749 exiliado de la Corte, cuando Luis XV lo había echado.

El rey comenzó a ser llamado en las calles Luis el Deseado o, en algunos casos, el Severo. Severo en el sentido que le dan muchas veces los franceses a la palabra, que es un sentido muy cercano a lo que aquí solemos decir austero. La sensación general que se extendió por Francia fue que el nuevo Borbón había llegado al machito para ser todo lo que no había sido su padre. Que quería inaugurar un periodo de bienestar, de preocupación sincera por la suerte de los súbditos, de ahorro; un periodo, diría Zapatero, de tener poco y dar mucho.

El cambio de opinión respecto de la monarquía quedó bastante claro cuando Luis y María Antonieta salieron del castillo de Choisy para pasar al de La Muette. La manera más lógica de hacer ese traslado era pasar por París, y así lo hicieron, entre vivas de las gentes en las calles.

Dos meses más tarde, aquel capital político había sido malbaratado. El problema del rey fue el de siempre con los políticos: había prometido algo que sabía que no podía cumplir; y, cuando no lo cumplió, lógicamente la gente se lo echó en cara. La promesa del Borbón, además, afectaba a aquello que era fundamental para los franceses de su época; aquello cuya posesión periódica separaba a los humildes de los pobres: el pan.

El pan, hoy en día, es un alimento más y, aunque verdaderamente sigue entrando en casi el 100% de los hogares de una sociedad como la española, se considera un elemento más de la alimentación, y no son pocos los que propugnan su abandono o su consumo muy moderado. Esto es así porque el pan engorda; pero el caso es que la preocupación por engordar es un elemento de la vida de los humanos que tiene no más que unos cien años de existencia. Antes, muy al contrario, a nadie le preocupaba engordar, porque las probabilidades de llegar a gordo eran muy pocas. Y, desde luego, a nadie le preocupaba estar comiendo demasiado pan. El pan, como producto que es de una de las materias primas más abundantosas en occidente (el cereal; en la Edad Media, los campos cerealeros de Castilla se llamaban tierras de pan llevar); el pan, digo, es un producto relativamente fácil de fabricar, y muy barato. Cuando se produce escasez de cereal, empero, es cuando se aprecia en toda su extensión el hecho de que el pan es eso que los economistas llaman un bien de demanda rígida o inelástica. La gente no puede dejar de comer pan porque su precio suba, pues no existen alternativas (las hay, pero de mucha peor calidad). En consecuencia, una subida excesiva del pan, en el siglo XVIII, primero arruinaba a las familias y luego, cuando ya las había arruinado, las mataba de hambre. Esto es tan verdad que, en realidad, la revolución francesa no la trajeron las profundas ideas de los ilustrados, sino el precio del pan. Pero ya cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él.

De momento, lo que hay que decir es que, cuando se murió Luis XV, el precio del pan estaba experimentando tensiones. Que Luis XVI, ya rey, casi lo primero que hizo fue prometer que el precio del pan bajaría; una promesa que no tenía literalmente manera de cumplir. Que el insumo de cereal siguió siendo magro, ergo el pan subió. Y la gente, lógicamente, se volvió hacia el político que les había prometido el oro y el moro.

Como consecuencia, dos meses después de la excursión de Choisy a La Muette, cuando la reina María Antonieta volvió a atravesar París, el pueblo la recibió en total silencio. El 1 de agosto de aquel 1774, con la corona como quien dice recién estrenada, Luis XVI se desplazó de Versalles a Compiègne y, como hacía su padre, evitó pasar por París y tomó la M-40.

El 21 de mayo, cuando se celebró la primera reunión del Consejo Real con el nuevo rey, Luis no dijo ni palabra de cómo quería conformar su gobierno. Para entonces, sólo se reunía con Maurepas. En el verano, D'Aiguillon dimitió como ministro de Exteriores, y fue sustituido por Charles Gravier, conde de Vergennes. A finales de agosto, finalmente, Luis cesó a Maupeou y a Terray. Es decir, barrió el core del poder de su padre.

La noticia fue recibida en París con alharaca. Se lanzaron fuegos artificiales. Una multitud construyó un maniquí de Maupeou, se desplazó hasta la entrada de su casa, cerca de la plaza Vendôme, y allí lo quemó. Maupeou no vio aquel espectáculo, ya que horas antes había salido hacia el exilio; una salida que también había sido anunciada por el boca a boca, motivo por el cual una multitud lo estaba esperando, y apedreó su carruaje. El 27 de agosto, en varias plazas de París, diversos hombres de paja simulando magistrados del parlamento maupeoísta fueron quemados. Al día siguiente, en la place Sainte Geneviève, dos maniquís de Maupeou y Terray fueron “juzgados” y condenados ante una multitud de más de 10.000 personas (siete millones tres cuartos según los organizadores).

Los parisinos con inquietudes políticas, y también las personas más humildes cuya aspiración era simplemente que bajase el pan, se sintieron bastante ilusionados por el nuevo gobierno nombrado por el rey. Sobre todo, ilusionó mucho el nombramiento en el ministerio de Finanzas de Anne Robert Jacques Turgot, intendente de Limoges, colaborador de la Enciclopedia, y bien conocido por ser un abogado del libre comercio.

Evidentemente, la madre del cordero del cambio de gobierno era qué iba a pasar con la Justicia. El teórico jefe de lo judicial era el canciller de Francia. Este puesto era ocupado por Maupeou, tenía un carácter vitalicio, y el ahora defenestrado político se negó a dimitir. Por esta razón, el verdadero ministro de Justicia pasó a ser el Guardián del Sello. Aquí el nombramiento de Luis no pudo tener un mayor valor moral. El elegido fue Armand Thomas Hue de Miromesnil, que era primer presidente del parlamento de Rouen que Maupeou había cerrado. Más tarde sería nombrado ministro de la Casa del Rey, un cargo que lo convertía más o menos en el máximo responsable de la seguridad en la capital, nuestro amigo Lamoñón de las Malas Hierbas, quien, entre otras cosas, le declaró la guerra a las lettres de cachet.

Lo que todo el mundo se preguntaba era hasta dónde estaba dispuesto a llegar Luis XVI con el parlamento de Maupeou. El 15 de agosto, festividad de Asunción de Nuestra Señora, los magistrados del parlamento golpista procesionaron por París. La verdad, las personas que pensaban que aquella institución iba a ser disuelta eran muy pocas. Tras la caída de Maupeou, estuvieron desplegando sus funciones durante diez semanas sin apreciar problemas. Los primeros que estaban seguros de permanecer en el machito de por vida eran ellos. Pero, para sorpresa de todos, el 12 de noviembre de 1774, el rey convocó al viejo parlamento.

El nuevo Rei Lui se movía en Versalles capeando tres grandes corrientes. Estaban, por un lado, los fisiócratas, que veían en Turgot a su campeón. Estaban los choiseulistas, un partido que nunca había desaparecido del todo, pero que ahora que Maupeou había sido exiliado propugnaba el regreso de su propio exilio de Choiseul para convertirse en el nuevo hombre fuerte del gobierno. Por último, estaba el llamado Partido Devoto, formado por las personalidades que consideraban que había que devolverle a los jesuitas el poder que habían tenido. Y luego estaba la voluntad del rey de no hacer leña del árbol caído con su padre. Luis XVI era más consciente que nadie de que su padre había sido un cabrón inconsciente; pero también entendía que una parte del carisma de la monarquía está, obviamente, en la idea de continuidad de la institución. Por eso, por ejemplo, envió a Londres a Beaumarchais, con la misión de negociar discretamente con Morande la desaparición de su obra sobre la vida de madame du Barry, Mémoires secretes d'une femme publique. A cambio de una jugosa coima, Beaumarchais consiguió la totalidad de la edición, que quemó. De vuelta a París, el rey lo recompensó con la restitución de todos sus derechos civiles. Finalmente, el escritor ganó su caso frente a La Blache consiguiendo que se proclamase inválido el fallo del parlamento de Maupeou. Por último, consiguió que el gobierno levantase la prohibición que Maupeou había decretado sobre su última obra, Le barbier de Seville; que se acabó estrenando en la Comédie Française con gran éxito de crítica y público y que, desde luego, se convertiría en la obra más famosa de este talentoso escritor.

El favor conseguido por Beaumarchais no impidió, sin embargo, que madame du Barry, retirada en su castillo de Louveciennes, siguiese siendo el objetivo fundamental de hablillas, epigramas y panfletos. La desaparición del libro de Morande no provocó sino la aparición de otro, Anecdotes secrètes sur Mme la Comtesse du Barry. Un libro que contaba toda su vida desde el burdel hasta el otro burdel (o sea, Versalles). A este libro le siguió otro igual de escandaloso, Vie privée de Louis XV. Eran relatos de sucesos de tálamo, pero no podían ni querían evitar abonar la impresión de que el problema de fondo era que el gobierno de Francia, tiránico y refocilado en sus propios placeres e intereses, le había dado la espalda a los franceses.

Se puede decir, por lo tanto, que quince años antes de la toma de la Bastilla, el poder político que llamamos Antiguo Régimen estaba siendo atacado por dos flancos diferentes. Por un lado, el de la literatura de consumo fácil y panfletario, donde se destacaba su depravación personal y la total ausencia de ejemplaridad en el comportamiento borbónico. Por otro lado, otro tipo de publicaciones, las que escribían los filósofos e ilustrados, ponían en duda la legitimidad constitucional de aquel poder.

La situación alcanzó un punto bastante complejo. El 30 de junio de 1775, el parlamento condenó dos publicaciones que ya circulaban por la ciudad: Cathécisme du citoyen, un libro que siempre se ha atribuido al jurista Guillaume-Joseph Saige; y L'Ami des lois, atribuido a otro jurista, Jacques-Claude Martin de Mariveaux.

Aquel episodio hizo mucho por desilusionar a los franceses con el parlamento y, en mi opinión, hizo que la opción de los Estados Generales, que de todas maneras era la más lógico reclamar desde un punto de vista constitucional, ganase peso. Tanto Saige como Mariveaux habían escrito sus obras en los tiempos del parlamento de Maupeou; y lo hicieron para defender al parlamento exiliado. Ese mismo parlamento exiliado, que no lo olvidemos no dejaba de ser el gobierno de la justicia por los pares y los magistrados vitalicios que podían comprar sus puestos, consideró que muchas de las cosas que se decían en esas obras eran injuriosas contra el rey (aunque en realidad sería más justo decir que eran injuriosas hacia Luis XV); y condenó a las dos obras al fuego público. Antoine-Louis Séguier, que era algo así como el Fiscal General del Estado, hizo una intervención especialmente rabiosa contra estos textos; textos que, como digo, le habían devuelto el puesto.

Las dos obras no hacían otra cosa que no hubieran hecho otras, como las de La Paige o Mey: justificar la idea de que era lícito ponerle límites al poder real. Lo que pasa es que ellos no lo hacían tanto invocando precedentes históricos más o menos distantes, sino apoyándose en argumentaciones abstractas, casi todas salidas de la obra de Rousseau; es decir, argumentaban que la limitación de poder es exigible per se, nace de la condición humana y no de lo que hicieran o dejaran de hacer unos francos malolientes en los bosques germánicos. Citando Du contrat social, los autores decían que lo que es inseparable e indivisible no es el poder real, sino el bien común, que era el origen de toda legitimidad. Un rey no podía imponer impuestos sin la aquiescencia de ese bien común, de ese interés general. ¿Y cómo se consultaba el interés general? Pues convocando los Estados Generales para escucharle. De hecho, el catecismo del ciudadano iba más allá. No sólo reclamaba los Estados Generales, sino que venía a defender la idea de que de los tres brazos reunidos allí, el que verdaderamente representaba a la nación era el brazo de los comunes, de los plebeyos.

Había nacido el rousseaunismo radical. Y por eso el parlamento prohibió los libros. Porque el parlamento, exactamente igual que le pasa, paradójicamente, a los herederos de ese rousseaunismo radical, estaba convencido de que prohibir una idea puede conseguir que desaparezca.

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