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El avance del caso judicial se centró, sobre todo, en el hecho de que Gabriela Julia Jamart había incurrido en numerosas contradicciones cuando su testimonio se confrontó con otros, en algo bastante parecido a lo que hoy llamamos careo. La Jamart se salió por la tangente con una disculpa tampónica: argumentó que su declaración había sido caótica porque la mañana de su deposición estaba con el litro. Tuvo el cuajo, o más bien la cuaja, de decirle al juez: “me crea o no su Señoría, hay veces [en educada referencia menstrual] que ni siquiera sé lo que estoy diciendo”. La Jamart nadaba, veramente, en unas aguas bastante comunes en su época, y aún en el siglo XIX, formadas por la convicción de muchas personas, hábilmente explotada por ella, de que la mujer, cuando empieza a sangrar por agujero permanente, se vuelve, sobre irascible, loca, arbitraria e impredecible. De hecho, en mi bibioteca tengo un libro, que encontré una vez en el Rastro, explicando con lenguaje muy centífico todas las cosas que es capaz de hacer una mujer en “esos días”, que yo creo que me lo ve Mónica García y me lo mete por el culo.
Conforme fueron avanzando los interrogatorios, Beaumarchais fue a ful con el tema de los 15 luises, pues el abogado Choclán le había dicho que era el punto más débil que tenían sus enemigos en el estrado. Para entonces, además, ya tenía el testimonio amarrado del secretario de Goezman, quien le había dicho que ni había recibido una oferta con los 15 luises, ni la habría aceptado de haberla recibido. En el careo consiguiente, madame Goezman volvió a hacer una intervención esencialmente socialdemócrata (ahora decía una cosa, después la contraria y, según ella, todas eran verdad); y acabó confesando, acorralada, que le había vuelto a bajar la regla.
Después de dejar a la mujer hecha unos zorros procesales, hecho éste que el taimado Beaumarchais coronó con una declaración sobre su admiración del bello sexo, el escritor resolvió ir a por el marido. El caso es que todo el dinero que se había trasegado entre Beaumarchais y los Goezman lo había sido a través del famoso librero Lejay. Goezman, en la desesperación de verse querellado, había convencido a Lejay para que escribiese una carta en la que, con retórica de director general de la Guardia Civil, aseveraba que el jamás, nunca, le había dado dinero alguno al magistrado.
La línea de ataque de Beaumarchais fue sorprendente, y efectiva. El escritor, que lógicamente tenía buen ojo para esas cosas, reparó en que la carta estaba escrita en un francés florido y perfecto. Hay que entender que en el siglo XVIII eran ya bastantes los franceses que sabían escribir; pero muy pocos lo que sabían escribir con periodo, orden y coherencia retórica. Lejay era librero, pero era un gañán; incluso su mujer llegó a declarar en el juicio que era un simple. Incluso, en una prueba que fue bastante relevante, en la sala se comprobó que ni siquiera sabía escribir la palabra “firmado” al pie de una carta (escribió siné en lugar de signé; que viene a ser como escribir “firmao” en español). Así pues, era obvio que la carta, cuando menos originalmente, no la había escrito Lejay; la había escrito su destinatario y beneficiario, es decir, el propio Goezman.
Todo esto acabó provocando que Lejay terminase por hacerse un Aldama y confesar que sí, que él le había dado a la señora de Goezman el reloj, el dinero y todo. Y que la carta era falsa. Goezman, entonces, tornó a acusar a Lejay de mentiroso, y a sostener que, a ver, puede que su esposa hubiese recibido el reloj y las monedas; pero que las había rechazado con cajas destempladas.
Estos hechos fueron contados por Beaumarchais en su segunda memoria procesal; y los parisinos la devoraron como si fuesen las memorias de La Patiño. El escándalo para el parlamento de Maupeou, que era capaz de albergar en su interior a un tipo con tan pocos escrúpulos como Goezman, para colmo casado con una mujer de ambiciones insondables y hemorragias constantes; el parlamento de Maupeou, digo, estaba quedando como la rana. Tanto es así que surgieron los rumores de magistrados que habían amenazado con dimitir si Goezman seguía en la alineación.
El éxito de las dos primeras memorias de Beaumarchais fue tal que pronto apareció la película. O sea, la película no, porque entonces no había cine, pero sí su correspondiente temporal. A finales de año, se estrenó en la Comedia Francesa la obra Les proverbes, ou le meilleur n'en vaut rien. El estreno fue como una final del Mundial, porque asistió el rey Luis, su señorita la Barry, y prácticamente toda la Corte. El papel de Beaumarchais fue interpretado por el que se puede definir como el George Clooney de su tiempo, Préville (Pierre Louis Du Bus). El papel de la señora Goezman fue interpretado por el más famoso cómico del tiempo, Dugazon (Jean Baptiste Henry Gourgaud). Por supuesto, la obra incluía varios diálogos jocosos sobre la menstruación de la señora Goezman, en los que Dugazon daba lo mejor de sí mismo, en lo más parecido a una peli de Torrente que podríais haber visto en ese siglo. Se contó que el rey se había reído tanto que había tenido que abandonar el palco. Todo el mundo en París asumió que el ignoto autor de la obra era el propio Beaumarchais.
La tercera memoria procesal apareció el 22 de diciembre, y fue un éxito homérico. A pesar de no ser un texto corto, se leyó en público en el café de Foy recién publicada. En aquel libro de unas 80 páginas, Beaumarchais daba una vuelta de tuerca más tratando de demostrar que Goezman no era un tipo que se había corrompido, sino un corrupto estructural. Explicó otro escándalo en el que se había visto implicado.
Según los hechos expuestos por Beaumarchais, Goezman, usando un nombre falso y una dirección también fake, había actuado como padrino de un niño recién nacido, hijo de la mujer de un panadero; pero, con posterioridad, había rehusado cumplir con su obligación de financiar un ama de cría. Al final de su obra, Beaumarchais lo acusaba de ser el padre del niño; y lo siguiente que hizo fue ponerle una denuncia por fraude ante el parlamento de París.
Con estos mimbres, en febrero de 1774, cuando salió a la calle la cuarta memoria de Beaumarchais, la gente se tiró en plancha a las librerías. Perfectamente consciente del carisma que habían adoptado en ese momento sus publicaciones, Beaumarchais utiliza este cuarto y último libro para elevar la cuestión. Para decir que la Justicia es una cosa muy seria, que en el fondo y en la forma emana del propio pueblo francés, y que el parlamento se tendría que poner las pilas.
El tribunal que juzgaba el caso Beaumarchais-Goezman estuvo diez horas deliberando. Hizo pública su sentencia el 26 de febrero, en una sala en la que consiguieron entrar dos moscas a base de codazos. Beaumarchais y la señora Jamart fueron condenados por blâme, que viene a ser algo así como inhabilitación de cargo público; un fallo que le hacía más daño a él que a ella, pues Beaumarchais, un hombre relativamente cercano a la Corte, aspiraba a disfrutar nombramientos y coimas oficiales a lo largo de su vida; mientras que a la señora de Goezman, la verdad, sus frecuentes menstruaciones la incapacitaban para la función púbica, y también la pública.
Sin embargo, la señora Jamart fue conminada por el tribunal a devolver los 15 luises; aunque el tribunal decidió en la sentencia que el dinero sería usado para comprar pan y dárselo a presidiarios que no pudieran pagarlo. Las cuatro memorias de Beaumarchais fueron condenadas por libelo (esto es lenguaje moderno, para entendernos) y falta de respeto a la magistratura (éstos pillan a Bolaños o a Óscar López, y los guillotinan tres veces) y se dispuso que fuesen quemadas en público. Goezman salió inocente, salvo por tres o cuatro memeces que se solucionaron con multitas.
Aunque es difícil de adverarlo, yo tengo por mí que la que se lio en las calles de París con este fallo fue parda. En realidad, fue tan parda que el parlamento acabó por enmendarse (y enmerdarse) a sí mismo. En marzo, condenó a Goezman por el tema del panaderito bastardo. Lo echó de los tribunales y lo inhabilitó. Para entonces, los acreedores de Goezman estaban montando un mercadillo con sus muebles, pues lo debía todo, todo y todo. El Rei Lui, o más bien D'Aiguillon que era su protector, lo mandó a una misión a Inglaterra con nombre falso (saltándose, pues, la inhabilitación). Antes de irse, Goezman envió a su mujer, quien para entonces era conocida en toda Francia como la madame des quinze louises, la señorita de los 15 luises, a un convento. Es posible que allí lograse finalmente alcanzar una existencia algo más amenorreica.
El caso Beaumarchais-Goezman es importante porque es un caso típico en el que una persona: Beaumarchais, pierde en el tribunal, pero gana en la calle. Este tipo de cosas siempre son mala noticia para un sistema judicial, porque tienden a generar la impresión de que hay algo además de la Justicia que también va de justicia.
Como ya os he dicho, el 10 de mayo de 1774, y a la edad relativamente respetable de 64 palos, el Rei Lui DécadayMedia tuvo su último apechusque y la roscó. El rey murió de viruela y tuvo una agonía bastante lenta y jodida. Por la primera vez en casi treinta años, Luis se comió una hostia y recibió la correspondiente absolución por los pecados; aunque técnicamente es importante matizar que el hecho se verificó estando ya tan avanzada su agonía que hasta tuvieron que ayudarlo para tragarse la sagrada forma.
Cuando había sido el intento de asesinato del rey, en 1757, la noticia había sido recibida con indignación en París; ahora, sin embargo, la muerte definitiva del rey fue recibida, básicamente, con indiferencia. El rey, las cosas como son, llevaba unos veinte años haciendo todo lo posible por caerle a los franceses como el puto culo; y lo había conseguido.
El rey, como he dicho, murió despacito. Por medio, se le abrieron pústulas purulentas y quedó hecho una braga. El 30 de abril, el gobierno ordenó que comenzasen a tañerse las campanas de Nôtre Dame; quería tener al pueblo francés avisado de que la cosa venía jodida. Los teatros fueron cerrados y la música en los restaurantes, que era bastante común, quedó prohibida. Los cafés se llenaron de espías que anotaban cualquier comentario irrespetuoso (y se quedaban sin papel) para señalarle luego a la policía la gente a la que tenían que arrestar.
La enfermedad del rey fue cosa sabida. En una decisión cuando menos para mí cuestionable, Maupeou no se cortó al dejar que la gente supiese que el rey tenía una de esas enfermedades que se adquieren por contagio. Obviamente, esto al personal le extrañó mucho pues, por lógica, todo el mundo pensaba que el palacio de Versalles era el lugar más aséptico que podía encontrar un francés en Francia.
Ya a principios de mayo, comenzó a manejarse una historia que lo explicaba todo. Madame du Barry y algunos magistrados de la Corte, todos ellos acostumbrados a esta labor, habían buscado y encontrado por las cercanías de Versalles a una bella campesina de 16 años. La habían adecentado mínimamente y la habían encamado con el rey. Aquella niña era, sin embargo, un huevo Kinder que escondía algunas sorpresas. Murió tres días después de que el rey se la tirase, y no fue de la impresión. Fue que estaba podrida de viruela. Así pues, a nuestro mandrilesco Borbón le quedó, cuando menos, ese consuelo tan manido de que, cuando menos, murió haciendo lo que más quería, que era sostenerse la polla. Una afición, para qué nos vamos a engañar, muy borbónica.
A la muerte del rey, nadie se preocupó por el Delfín. Al fin y al cabo, si aquel padre follator había logrado sobrevivir tantos años, su hijo, que parecía bastante más modesto en materia de comercios carnales, ofrecía garantías adicionales. La gran pregunta que se hicieron los franceses era que iba a pasar con madame du Barry.
Miss Chochete (pronúnciese a la francesa, con e larga, mademoiselle Chochètte) había estado junto a su amante durante las primeras fases de su enfermedad. Pero después abandonó su tálamo. Es muy probable, yo lo tengo por tal desde luego, que dicho abandono no fuese decisión suya. El hecho de que la barragana del rey abandonase su alcoba tenía que ver con el hecho de que, cuando al rey se le planteó que tenía que tomar la extrema unción, dijo que sí. La extrema unción pasaba obviamente por la la confesión de los pecados; y difícilmente podrás mostrar dolor de corazón y propósito de enmienda (elementos ambos, os informo a los no católicos, indispensables en toda confesión) si te confesabas con tu putón al lado dándote la mano. Es, más que posible y plenamente lógico que los propios sacerdotes que tendrían que ejercitar el farmeado de aura del rey, por decirlo en términos finos de hoy en día, se negasen a hacerlo en presencia de La Vulvas.
El Rei Lui estaba muy marcado por lo que había pasado en Metz en 1744, estando en la guerra. Entonces, el Borbón estaba puliendo con Marí Ana de Mailly-Nesle, conocida como mademoiselle Châteauroux, quien por cierto la cascaría ese mismo año. El rey estuvo malo de verdad, y también se le intimó la extrema unción. Entonces como ahora, la decisión borbónica fue apartar a la madama de su lado; pero en cuanto se recuperó un poquito, ya la llamó de nuevo a su seno, en un gesto que fue interpretado por los franceses en el sentido de que el Borbón mentía, se burlaba de todos y, en realidad, no creía una puta palabra de lo que los sacerdotes le decían. Porque entonces había quedado un poco como la rana por estar obsesionado con follarse a su amante en cuanto tuvo un adarme de fuerza, Luis era consciente de que lo que pasó entonces no podía volver a pasar. Así que llamó a la Barry a su lado y le dijo, simplemente, que no volverían a verse.
Madame du Barry, como sabéis estaba casada. Pero su matrimonio era tan de cartón-piedra que ni siquiera volvió con su marido. Se marchó de Versalles de la mano de su protección y tal vez polla 2.0, D'Aiguillon, a los Estados de éste en Rueil, cerquita de París. Muy poquito después de llegar al trono, Luis XVI la metió en el convento de Pont-aux-Dames, en Brie, donde por lo menos comería buen queso; aunque con el tiempo le acabó permitiendo irse a vivir a su castillo de Louveciennes.
El 12 de mayo, el cuerpo del rey fue metido en un féretro con dos capas de plomo, y trasladado al panteón real de Sendení. Su muerte fue recibida en las calles con una letrilla que expresa muy bien la capacidad francesa para la mala leche.
Louis
a rempli sa carrière
il vient de finir ses destins;
pleurez
voleurs, pleurez catins,
vous avez perdu votre père.
Otrosí: Luis ha terminado su carrera, ha cumplido su destino; llorad ladrones, llorad furcias, habéis perdido a vuestro padre.
Nadie, y nadie es nadie, sabe irse con más ridículo que un Borbón.
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