viernes, octubre 09, 2026

El cabreo (10): El debate fiscal

El retrato que encabeza esta serie
es una reinterpretación moderna
de Luis XV, obra de Copilot.


Café y alfabetos
El bulo real
La canción sifilítica
Esa cosa llamada jansenismo
Cuando la Iglesia decide no servir ni para lo poco que sirve 
El conflicto de los niños
… y Mauchaut se bajó los pantalones (para colmo, delante de un cura)
La Enciclopedia
La riqueza del Estado
El debate fiscal
¿A cuánto ascenderá el déficit público?
El follón de los jesuitas
Pelea de gallos ilustrados
El caso Calas
El rey está empalmado
La mujer más odiada de Francia
La otra mujer más odiada de Francia
L’affaire de Bretagne
El mundo nuevo de Maupeou
Libelos a favor y en contra
Beaumarchais, en escena
El rey ha muerto, que se joda el rey
Viva el rey, mientras no suba el pan
La guerra de la fariña
Luz y taquígrafos
El hombre que trató a los franceses como adultos
Entre la ilusión romántica y el realismo
Vous vous êtes donné la peine de naître, et rien de plus
Escritores calaveras
El cardenal y su amigo mistabobo
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La reina de las vajillas y las pajillas
De toros y de osos
Mirabeau abre la lata de Göbels
El abad especulador
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Todo empezó con unos cuernos
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La caída de Calonne
Cállate, Borbón
El rey sordo
La declaración de 3 de mayo
Au revoir, parlement
La maduración lenta borbónica aviva el gen PNV
Un cartel en la puerta de la reina
La mala suerte
Necker retrasa la revolución francesa
Unas elecciones son más difíciles de lo que se cree
Tres, dos, uno...
Las lágrimas de un rey



Richesse de l'Etat, todo hay que decirlo, partía de una premisa, en la que creían la mayoría de los estudiosos franceses de la época; premisa que, sin embargo, no es cierta. La idea era que, desde el final del siglo XVII, la población francesa, lejos de crecer, había disminuido. El autor consideraba que dicha población era de unos 16 millones de personas; de los que descartaba 14 millones de gentes incapaces de pagar impuestos.

La propuesta atacaba a tres tipos de franceses. En primer lugar, los aristócratas que disfrutaban de privilegios para no pagar impuestos. El privilegio aristocrático, ya lo he escrito, tenía su razón de ser. Pero la tenía en tiempos en los que las naciones no tenían ejércitos nacionales y, consecuentemente, para defenderse o atacar, precisaban de la aportación de señores feudales. Los aristócratas, pues, siempre habían pagado impuestos; lo que pasa es que los habían pagado en especie bélica. Ahora, sin embargo, ese privilegio desaparecería, como había desaparecido su razón de ser con la llegada de los ejércitos nacionales.

El segundo apelado era el clero. La idea de que la Iglesia no debe pagar impuestos tiene que ver con la idea de que toda la pasta que recibe la gasta en hacer el bien (mis cojones); adecentada con otra idea más sutil, incardinada en la famosa frase del Boss, “mi Reino no es de este mundo”; frase que a menudo los curas, a quienes, ya os lo he dicho mil veces, sólo mueve la pasta, suelen transmigrar en “mi pasta no es de esta Hacienda”; o, si lo preferís, lo que es de Dios, no es de los hombres.

Ahora, sin embargo, se proponía que si la Iglesia tenía riqueza, debía tributar por ella.

El tercer grupo de afectados, el más afectado en realidad en términos relativos, eran los llamados fermiers généraux o “granjeros tributarios” como se les ha dado en llamar. Eran personas que tenían encomendada a recaudación de impuestos indirectos y que, muy a menudo, se quedaban con partes, incluso toda, la recaudación.

Supongo que a estas alturas os estaréis preguntando quién fue el autor de ese panfleto. Yo, personalmente, no lo tengo del todo claro; pero lo cierto es que hoy en día se tiene por cierto, y así se publica en las ediciones del panfleto, que el autor fue Pierre Philippe Roussel de la Tour, que era consejero en el parlamento de París. Fuera él o fuese otro, lo cierto es que su panfleto generó un debate de meses, apasionadísimo, en el que participaron todos los parisinos, acerca de las finanzas del Estado. Yo comprendo que hoy en día, en estos tiempos modernos en que vivimos sin Presupuestos del Estado y nos quedamos tan tranquilos porque por lo menos no viene la ultraderecha, resulta difícil de entender. Pero lo cierto es que aquellos parisinos se interesaban por el destino del dinero que pagaban.

Richesse de l'Etat, por otra parte, fue un cometa que generó una larga cola de más de cuarenta secuelas en forma de panfletos y obras más sólidas; todas ellas apuntadas a la idea madre de que el sistema de impuestos que existía no se podía mejorar, sino que se tenía que sustituir. Panfletos que, además, introdujeron una idea que, por extraño que pueda parecer, no se había formulado del todo, mucho menos impuesto, hasta el momento: un sistema fiscal no debe imponerle al contribuyente cargas que no pueda pagar racionalmente.

El principal elemento de ataque que se observa en esas publicaciones es utilizar la simpleza como arma. Muchos de los autores de aquellos panfletos eran conscientes de que sus letras se leían en voz alta en las tabernas de barrios como el de Saint-Martin; sitios en los que el que no era portero, era mozo de cuerda. Era necesario, pues, elaborar argumentos que entrasen con facilidad; apoyarse en el cálculo infinitesimal no era buena idea. Y muchos de estos puntos de vista eran exitosos. Un autor, por ejemplo, hizo esta cuenta: en Francia hay una determinada superficie arable; si la dividimos por la población, llegamos a un promedio de 5 sous por arpent (que son como 0,84 hectáreas). Pero no todo el mundo pagaría lo mismo; el pago se escalaría según la tierra poseída. El autor de este panfleto proponía, cosa curiosa, que la pertenencia a cada clase social-tributaria fuese explícita mediante el vestir: los obreros podrían llevar seda, los burgueses adornos de oro, la alta burguesía podría llevar espada, y la alta aristocracia podría llevar un escudo de armas.

La moda de escribir panfletos sobre el tema de los impuestos supuso, de alguna forma, la puesta de largo de eso que damos en llamar fisiocracia. La fisiocracia se inspiró básicamente en una obra seminal de Quesnay, Tableau économique. La principal idea de los fisiócratas era que, teniendo las adecuadas estadísticas en la mano, era posible analizar la forma en que funciona una economía. Siendo como eran hijos de su tiempo, sostenían que toda la riqueza de una nación proviene de la agricultura; por lo tanto, consideraban que ni la industria ni el comercio creaban valor. En puridad, los fisiócratas jamás demostraron este aserto, básicamente porque no se puede. Y esto es algo que provoca sonrisas y chanzas en las facultades de Económicas. Pero, vaya, que hoy en día siguen siendo legión los seguidores de un fisiócrata tardío llamado Carlos Marx, quien enunció el principio de que todo el valor añadido lo genera el obrero y tampoco lo demostró nunca (básicamente porque es mentira). Pero en 150 años todavía no le hemos pedido cuentas, ni nos reímos de él.

En la visión de los fisiócratas, que no estaba exenta de cierta verdad, la sangre de una economía, ese bien que debe de fluir para generar riqueza, es el grano (en última instancia: el pan). Por ello, una de sus principales ideas, si no la principal, es que una economía que quiera crecer y generar riqueza debe garantizar un libre comercio del grano. Detrás de las elaboraciones fisiocráticas, que hasta la séptima década del siglo venían siendo básicamente escritos muy abstrusos que sólo se compartían en audiencias friquis, estaba la idea de que lo primero que tiene que ser una economía rica, es eficiente. Por esta razón, Richesse de l'Etat y todas las publicaciones que le siguieron les vinieron como picha en culo.

Los dos principales autores fisiócratas que bajaron al ruedo del debate fiscal fueron Samuel du Pont de Nemours y Nicolas Baudeau. El del puente publicó Réflexions sur l'ecrit intitulé Richesse de l'Etat. En esta publicación aplaudía la idea, obviamente implícita en la obra de Roussel, de crear un catastro de la riqueza francesa; pero, por otra parte, criticaba ácidamente a Roussel por haber, en su opinión, sobre estimado la riqueza de Francia, y sobre todo la capacidad real de esos dos millones de contribuyentes a la hora de pagar el impuesto que les tocare. Baudeau, por su parte, publicó Idées d'un citoyen sur l'administration des finances du roi; un libro mucho más hecho, con más peso, en el que se proponía sustituir los impuestos por lo que llamó un subsidio real. El libro de Baudeau era bastante más radical de lo que parece, y venía a sostener, con argumentos técnicos de peso, la necesidad de derribar por completo el sistema fiscal existente.

Con todo, y como es lógico, la principal crítica al impuesto basado en la riqueza llegó del lado de los defensores de los privilegios existentes. Éste es un punto en el que el lector, creo, puede llegar a tener problemas para comprender la dinámica, si se deja llevar en demasía por el presentismo. El presentismo, es decir, esa actitud que consiste en observar el pasado con los ojos del presente, es en buena medida inevitable, pues tú, amigo, los dos únicos ojos que tienes son los tuyos (bueno, tienes más; pero de eso mejor hablar con algunas birras en el cuerpo).

Ésta es una discusión interesante para una tertulia, o para un aula. El presentismo hace que, a menudo, en este punto del análisis y del conocimiento, hagamos dos cosas: la primera, rechazar toda formulación de privilegios como inmoral y por lo tanto prescindible; y la segunda, consecuencia de la primera, concluir que no tiene lógica que alguien pudiera generar una crítica a las propuestas egalitarias apelándolas, precisamente, de egalitaristas.

Si abrazas estas dos ideas, o alguna de ellas, entonces hay cosas que tienes que intentar entender primero, antes de seguir con el análisis. Si te paras a pensarlo un poco, te darás cuenta de que el privilegio estructura la sociedad. Ojo: estoy utilizando el tiempo presente.

Piensa esto. Mañana tu madre se cae en casa y dice que le duele mucho un dedo del pie. No puede andar. Tú no eres médico, pero te malicias que se ha roto por lo menos un dedo. Así que, como puedes, la metes en un taxi, la llevas a urgencias. Allí te hacen el triaje y te mandan a la sala de espera. Allí esperas unos cuarenta minutos hasta que llaman a tu madre, se la llevan, le hacen una radiografía y la devuelven a la sala de espera. Allí os quedáis esperando a que os vuelvan a llamar. Ha pasado casi una hora, pero todavía no os han llamado.

Cuando estás ahí, esperando ves que por la puerta de urgencias entra alguien con una señora mayor en silla de ruedas. Elije quién es ese alguien. Puede ser Isabel Díaz Ayuso, u Óscar Puente, o Pablo Iglesias. Quien tú quieras. La situación es la misma: la señora, quizá su madre, se ha caído, le duele el pie, no puede andar. La misma situación en la que estás tú.

La pregunta es: ¿de verdad crees que esa persona va a esperar dos horas en la sala de espera como tú?

El privilegio se une a un concepto, que es el concepto del prestigio. Tiene privilegios quien lo merece porque se ha ganado el prestigio inherente a ese merecimiento. Pocos años después, Napoleón Bonaparte, un hombre que siempre despreció, en público y en privado, a la nobleza de sangre francesa, creó una nueva nobleza, la denominada nobleza imperial, a base de conceder duquesados, baronías y principados a los generales que ganaban sus batallas, y que normalmente llevaban el nombre de la batalla en su título. Ergo: hasta el enemigo de los privilegios acabó generando privilegios; y eso es así porque no estaba en contra de los privilegios en sí, sino en contra de que se les concediesen a personas a las que no respetaba. Ésta es una ley universal. La URSS también nació, como Podemos, presidida por una norma dictada por el mismísimo Lenin que limitaba lo que los diputados y comisarios del pueblo podían ganar. Pero al fin y a la postre, la nomenklatura comunista acabó viviendo en casas a las que el resto no podía aspirar, comiendo cosas que los demás no podían pagar, calentándose hasta un punto que los demás desconocían, y viajando en coches oficiales que parecían carros de combate.

¿Era tan estúpido Jacob Nicolas Moreau, feliz propagandista del orden antiguo, cuando atacó Richesse de l'Etat motejándola de peligrosamente egalitaria? No, no era estúpido; tenía miedo, porque barruntaba que lo que había detrás de esas ideas era algo completamente nuevo que nadie sabía cómo iba a funcionar (de hecho, llevamos 200 años intentando hacer que funcione bien, y nos ha ido así, así...) Y otra cosa que le pasaba a Moreau era que no quería ver que, realmente, el sistema que estaba defendiendo estaba dando sus últimas boqueadas. Porque en la sociedad europea de raíz cristiana forjada en el horno de las últimas décadas del Imperio Romano había, ya, demasiadas cosas que estaban fallando. Primero fue el descrédito de la Iglesia, que provocó esa cosa que llamamos Contrarreforma; y después el descrédito de la aristocracia. Porque ninguno de los dos brazos sociales beneficiarios de los privilegios supo conservar aquello que los justificaba, que era el prestigio. Los nobles franceses del XVIII todos posan ante sus retratistas con esa postura de modelo anoréxica, una pierna adelantada, cruzada y ligeramente flexionada, su peluca entalcada y sus tiros largos; pero también posan con sus barrigas exageradas, sus rostros porcinos. Lo que yo me pregunto es qué pensarían esos pígnicos hombres de campo cuando, paseando por sus castillos, se diesen de bruces con los retratos de esos fibrosos tatarabuelos que rompieron su espada en mil batallas.

El debate en torno a la idea de que un Estado debe estructurarse en torno a la riqueza de sus miembros y no los privilegios de su elite, se produjo, además, de forma simultánea a un importante conflicto entre la corona y el parlamento. La publicación de Richesse de l'Etat fue contemporánea de la imposición por parte de Luis XV de una lit de justice, por la que obligó al parlamento a registrar una serie de decretos reales con medidas que todavía incrementaban más las cargas financieras sobre los comunes de Francia. Desde noviembre de 1759, cuando Henri-Léonard-Jean-Baptiste Bertin había tomado el puesto de controlador de las finanzas públicas, la presión sobre el rey para que redujese la abultada deuda estatal se había incrementado.

Bertin era un ministro de Economía perfectamente preparado tanto para el Antiguo Régimen como para la socialdemocracia. Su planteamiento era que la estructura de gastos no se tocaba; que todos los ajustes se deben producir por el lado de los ingresos. En consecuencia, recaudó una tercera vingtième, dobló el tipo de la capitation, prorrogó seis años la primera y segunda vingtièmes; aunque, eso sí, organizó la realización de un catastro general de la riqueza de Francia, con el objetivo de conseguir una recaudación más eficiente. Aunque dejó claro que las excepciones de nobles y curas no se iban a tocar.

El resultado de estos planes fueron dos ataques simultáneos: el del parlamento, a través de una cascada de remonstrances; y el de la gente en general, mediante otra cascada, esta vez de panfletos, que era devorada en las casas y en los cafés. El debate fiscal que había en la calle podía ser muy simple, pero al mismo tiempo efectivo. La gente, simplemente, no entendía cómo se podían imponer en tiempos de paz figuras fiscales que estaban pensadas para los tiempos de guerra. Este debate, de hecho, viene a ser una demostración de que, al contrario de lo que tal vez piensan algunos o muchos, en realidad los planteamientos mentales del ser humano social no han cambiado tanto en estos últimos siglos. El fondo de la cuestión, en efecto, estaba en la idea, que muchos franceses tenían, de que su nación, actor cristianísimo del orden mundial y auténtica potencia geopolítica, podía endeudarse sin límite. La noción de un umbral de deuda a partir del cual dicho endeudamiento es tóxico les era absolutamente extraña; como le es hoy a buena parte de las sociedades modernas.

Así las cosas, cuando el rey pisó París para ir al Parlamento a presidir su puta lit de justice, su carruaje no recibió ni un solo viva por las calles de París.

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