es una reinterpretación moderna
de Luis XV, obra de Copilot.
Café y alfabetos
El bulo real
La canción sifilítica
Esa cosa llamada jansenismo
Cuando la Iglesia decide no servir ni para lo poco que sirve
El conflicto de los niños
… y Mauchaut se bajó los pantalones (para colmo, delante de un cura)
La Enciclopedia
La riqueza del Estado
El debate fiscal
¿A cuánto ascenderá el déficit público?
El follón de los jesuitas
Pelea de gallos ilustrados
El caso Calas
El rey está empalmado
La mujer más odiada de Francia
La otra mujer más odiada de Francia
L’affaire de Bretagne
El mundo nuevo de Maupeou
Libelos a favor y en contra
Beaumarchais, en escena
El rey ha muerto, que se joda el rey
Viva el rey, mientras no suba el pan
La guerra de la fariña
Luz y taquígrafos
El hombre que trató a los franceses como adultos
Entre la ilusión romántica y el realismo
Vous vous êtes donné la peine de naître, et rien de plus
Escritores calaveras
El cardenal y su amigo mistabobo
Versiones
La reina de las vajillas y las pajillas
De toros y de osos
Mirabeau abre la lata de Göbels
El abad especulador
El escándalo Norman
Todo empezó con unos cuernos
Los notables
La caída de Calonne
Cállate, Borbón
El rey sordo
La declaración de 3 de mayo
Au revoir, parlement
La maduración lenta borbónica aviva el gen PNV
Un cartel en la puerta de la reina
La mala suerte
Necker retrasa la revolución francesa
Unas elecciones son más difíciles de lo que se cree
Tres, dos, uno...
Las lágrimas de un rey
La ofensiva contra los filósofos fue demasiado fuerte para muchos de ellos. Bastantes decidieron apuntarse a vidas modestas y poco visibles. Muchos de ellos, incluido D'Alembert, dejaron tirado a Diderot con su proyecto. Diderot, se multiplicó y multiplicó sus gestiones, y en 1765, de hecho, haría la machada de publicar de un a tacada los diez volúmenes que entonces estaban pendientes de la Enciclopedia. Eso sí, en el pie de imprenta colocó la filiación de una falsa imprenta de Neufchastel, fuera de Francia. De aquella tirada se hicieron 4.225 copias, de las cuales buena parte se vendieron en el extranjero. Con los años, llegarían tiradas más largas, ergo precios más asequibles.
Mucha gente en Francia, por lo demás, pasaba bastante de las prohibiciones reales, y no digamos las francisquitales; pues los franceses, y éste es un punto en su haber sin duda, siempre han sido mucho de mandar a tomar por culo al PasPas y sus imbecilidades. Muchas publicaciones, entre ellas el Mercure, que era el Lo País de su tiempo, publicaron amplios extractos de la publicación. La Enciclopedia, por lo demás, se convirtió en el Quijote de los franceses; esa obra de la que todo dios hablaba, pero sólo unos pocos habían leído.
En 1756, es decir, prácticamente en la mediana de aquel convulso siglo, estalló la que conocemos en Europa como guerra de los siete años; aunque en América, de forma más precisa en mi opinión, se conoce como guerra franco-india. Pero la confusión sobre este conflicto iba mucho más allá. Los franceses, y no hay que reprochárselo, no sabían a ciencia cierta a qué carta quedarse. De repente resultaba que su enemigo mortal: Austria, era su aliado. Y Prusia, Estado que estaban acostumbrados a observar con cierta simpatía, de repente era un peligroso enemigo. Todo eso dentro de un complejo dédalo de naciones implicadas en aquella auténtica guerra mundial, en la que los frentes se multiplicaban.
Aquella, por otra parte, era una guerra que ocurría muy lejos del país. El principal teatro bélico donde se desplegaron las tropas francesas fue Alemania. Allí se tuvieron que acostumbrar a que les encendiesen el pelo, primero en la batalla de Rosbach (5 de noviembre de 1757). Rosbach fue una puta humillación sin paliativos. Federico II de Prusia tenía un ejército que era la mitad que el francés, y aún así les arreó de hostias hasta en el hueco poplíteo. A partir de ahí, llegaron las derrotas de Krefeld (23 de junio de 1758) y Minden (1 de agosto de 1759). Los sucesos fueron tan evidentes que se produjo el fenómeno increíble de que en el propio París fuese numerosa la caterva de admiradores de Federico II, que era el enemigo pero estaba desplegando una fuerza y una capacidad estratégica fuera de lo común. Vamos, como montar un club de fans del general Franco en la Barcelona de 1937.
El ejército de tierra estaba desacreditándose a marchas forzadas. Pero lo de la Marina era mucho, mucho peor. Siendo la guerra una guerra de ámbito mundial, donde peor lo hacía Francia a la hora de defenderse (porque de atacar ni hablamos) era en los teatros remotos: Norteamérica, el Caribe, África, India. Allí, los ingleses se estaban poniendo las botas, y el 20 de noviembre de 1759 ya demostraron su fuerza en la batalla de la bahía de Quiberon, donde los marinos de guerra franceses quedaron como Cagancho en Almagro.
A finales de 1762, cuando se firmaron los términos de la paz, los franceses tuvieron la exacta medida de lo que muchos llevaban meses sospechando: Francia se había, definitivamente, sacado el carné de potencia de segundo grado. En aquella paz, los orgullosos franceses perdieron Canadá, la ribera izquierda del Misisipi, Luisiana y la India, aunque se quedaron la Martinica y Guadalupe que, oye, con los años les vendría bien para rellenar la selección nacional de fútbol; pero, qué queréis, magro consuelo era y es.
El protocolo marcaba que la producción de las paces tras las guerras tenía que ser recibida con grandes fiestas en el país. Era, obviamente, una tradición que se había diseñado para los tiempos en los que Francia siempre doblaba la rodilla de sus enemigos (tiempos que, en puridad, nunca se produjeron, pero bueno...); pero ahora se decidió tirar p'alante, para que no se notase demasiado en qué medida a la nación el culo le olía a mierda. A decir verdad, había algunas cosas a las que agarrarse. Por ejemplo, la convicción que muchos franceses tenían de que Canadá era una tierra de mierda llena de indios y osos; como el propio Voltaire, que la definió como quelques arpents de niege, unas cuantas hectáreas de nieve. Estas disculpitas del niño Jesús, sin embargo, no escondían el hecho de que los parisinos no tenían nada que aplaudir al paso por las calles de los tres comandantes de las tropas francesas: Charles de Rohan-Soubise, príncipe de Soubise; Louis de Bourbon-Condé, conde de Clermont-en-Argonne y abad de Saint-Germain-des-Pres y del Bec, al que veréis normalmente referido en los libros como conde de Clermont; y Louis Georges Erasme de Contades, señor de Verne, Montgeoffroy y La Roche-Thibaut, normalmente identificado como el mariscal de Contades.
La guerra de los siete años produjo, básicamente, la figura de estos tres generales, a quienes todo el mundo consideraba manifiestamente perfectibles, cuando yo creo que no eran especialmente subnormales. Fueron, eso sí, pasto de esa afición universal, que se produce en todo lugar y en todo tiempo, y muy particularmente hoy en día en las redes sociales; fenómeno por el cual una persona que no tiene básicamente puta idea de nada se acoda en una barra de bar virtual o real, o en un estudio de televisión, y, desde allí, pontifica sobre epidemiología, geopolítica del Oriente Medio, física cuántica o, por supuesto, táctica militar. Los generales de la guerra de los siete años, lo que fueron, fue víctimas de un país que estaba económicamente agotado. Y, en las guerras, los ejércitos son el corazón, pero la economía son los pulmones. Con una EPOC está por ver que nadie termine una maratón.
La guerra había obligado a Versalles a imponer una segunda y tercera vingtième en 1756 y 1760; en ambos años, Francia estaba al borde de que sus tropas les montasen una huelga general jodida. Pero, una vez más, lo peor fue la deriva borbónica que, rápidamente, los ministros del Rei Lui le dieron al tema: pasadas las hostilidades, los ministros, silbando y mirando al techo, siguieron recaudando los impuestos extraordinarios. De hecho, Francia dilató la declaración oficial de la paz hasta junio de 1763 por el interés exclusivo de su Agencia Tributaria.
En fin. Un año antes de estallar la guerra de los siete años, el arquitecto Ange-Jacques Gabriel, preferido del rey, ganó, para sorpresa de puto nadie, el concurso público de ideas para diseñar una gran plaza en el sector occidental de París. Aquella plaza iba a llamarse plaza de Luis XV; pero no la busquéis en el callejero de París así, la encontraréis antes si buscáis la place de la Concorde. El rey, sus parciales y yo diría que los franceses todos, querían una plaza al estilo de las que se hacían entonces (y en España tenemos ejemplos) centrada en una imponente estatua ecuestre del rey de turno (aunque en su día, en un artículo periodístico, Miguel Gila, con acierto, propuso que estas estatuas se diseñasen con las cabezas des atornillables; de manera que, conforme fuesen pasando los tiempos históricos y si un personaje, como Franco, caía en desgracia de la opinión, simplemente hubiese que desatornillar su cabeza para poner otra).
Se le encargó a otro escultor muy querido en Versalles, Edmé Bouchardon, la producción de una estatua ecuestre del rey Borbón, de dimensiones ciclópeas. Esta estatua acabó formando parte del plan de propaganda ligado a la paz bélica. La idea de Versalles era hacer coincidir la inauguración de la estatua (y de la plaza) con las celebraciones de la paz, que culminarían con un espectáculo de fuegos artificiales en la orilla del Sena opuesta a la plaza.
Bouchardon murió en 1762, habiendo diseñado toda la estatua salvo el imponente pedestal. La estatua sobrepujaba cualquier otra estatua ecuestre anterior. Pesaba treinta toneladas y, de hecho, el traslado desde el taller del escultor a la plaza, que andando tomaba quince minutos, llevó tres días. La estatua no sobrevivió a la revolución francesa, y aquí necesitaría la ayuda de alguien mucho más ducho en Historia del Arte que yo. La cuestión es: la estatua con la que Boucheron quiso posar en el retrato que le hizo François Hubert-Drouais, ¿es acaso un diseño de la que se colocó en la plaza?
La estatua se colocó, pero aún así los parisinos tuvieron que esperar cuatro meses para las celebraciones de la paz (que estaban convencidos iban a marcar también el final de los impuestos extraordinarios). Lejos de ello, en mayo de 1763 les llegó la noticia que se venían nuevos impuestos sobre artículos de consumo como la sal o el vino. Además, pronto se distribuyó el rumor, que yo reputo bastante acertado, de que las fiestas de la paz iban a costar un millón de libras. Así las cosas, en junio, cuando se anunció la fiesta y se ordenó el cierre de las tiendas para la celebración, los parisinos no tenían el coño para ruidos.
El
primer elemento de las celebraciones fue la dedicación de la
estatua. Se organizó una impresionante procesión de gente pasando
delante de ella. La Prensa oficial escribió que todo eso ocurrió en
medio de los vivas de la gente; pero otros testimonios, más creíbles
la verdad, apuntan a que todo ocurrió en medio de un stony
silence. Luego, en los
jardines de las Tullerías, soberbiamente iluminados, comenzó la
fiesta del PC con vino, cerveza y pan gratis para todo dios (bueno,
gratis; los que lo bebieron y comieron lo habían pagado antes...) y
varias orquestas tocando para que el personal bailase y esparragase
de una forma en la que un francés borracho sólo puede ser superado
por un alemán borracho.
Sin embargo, como si la providencia
tuviese bien claro que aquella fiesta no era una fiesta y no tenía
ninguna razón de ser, a la media hora de comenzar el esparralucio,
comenzó a caer un tormentón.
Aquella fiesta interrupta terminó de convencer a los parisinos en particular, y a los franceses en general, de que, por mucho que Edouard Garçon y Raimon de l'Espinière les dijesen que los impuestos eran mú buenos, mú buenos, ellos no querían pagar más. Por otra parte, en París existía la sospecha, pero sólo la sospecha, de que, por dolorosas que hubiesen sido las recaudaciones extraordinarias de la vingtième, no habían sido suficientes para poder financiar la aventura militar de los siete años; que, consecuentemente, la guerra se había financiado con préstamos que ahora había que devolver.
Todo esto, sin embargo, sólo se sospechaba; porque no se conocía. Esta es la razón de que la pretensión del Estado francés en el sentido de seguir recaudando los mismos impuestos, o más incluso, en tiempos de paz, generó, automáticamente, una pregunta que pocos franceses se habían hecho hasta el momento: pero, entonces... ¿a cuánto asciende el déficit público?
Han pasado más de 200 años, y los Estados siguen respondiendo a esta pregunta arrastrando el escroto. Los Estados democráticos de hoy en día, si pudieran, esconderían las cuentas públicas al conocimiento de la gente; lo único que pasa es que no pueden. Lo harían, además, exactamente por la misma razón que los gobiernos despóticos: porque saben bien que se gastan cuando menos una parte de los dineros que les son entregados en cosas en las que no se los deberían gastar; y no quieren que se sepa.
Todo este debate quedó planteado en mayo de 1763, cuando se imprimió por primera vez un panfleto que marca un auténtico turning point en la opinión económica moderna: Richesse de l'Etat. Y eso que es una obra más corta que la ética de Félix Bolaños: apenas ocho páginas. Su autor, sin embargo, no necesitaba más para lanzar la bomba que tenía en la cabeza: el complejo sistema tardomedieval de impuestos que tenía Francia, lleno de figuras y figuritas fiscales, muchas de ellas nacidas de necesidades y privilegios de cuando los merovingios no tenían pelos en los huevos, debería ser sustituido por un impuesto único basado en la riqueza. Más rico, más pagas.
Los franceses, se proponía, deberían ser clasificados, no de acuerdo a su sangre ni a su mala leche, componentes ambos muy tradicionales de lo francés; sino conforme a su riqueza. El papel calculaba que podían ser divididos en 20 clases o grupos de 100.000 individuos cada uno. Los dos millones de franceses más ricos de la escala pagarían el impuesto, empezando por la escala más pobre, tres libras al año (que viene a ser el 10% de un salario mensual medio; o sea, calculadle unos 3.000 pavos de hoy en día). Hasta las 730 libras de los franceses más ricos (según mis cuentas, como hacer pagar hoy 750.000 euros de impuestos).
El autor de la obra incluía una tabla de cálculo cuyo resultado era una recaudación precisa de 698.366.666 libras (me salen unos 750.000 millones de euros actuales). El autor proponía mantener algunos impuestos indirectos, como el del tabaco, que añadirían otros 42 millones de libras; lo que daba un total de unos 750.000 millones de libras; que se comparaban con los 250.000 millones que el autor calculaba estaba recibiendo la corona en ese momento.
La idea no era completamente nueva (nunca lo son). Victor de Riqueti, marqués de Mirabeau, ya la había esbozado, aunque no con tanto detalle, en su Théorie de l'impôt, publicada tres años antes; y que le había costado a su autor el maco primero y después el exilio.
Las cosas, sin embargo, habían cambiado. Las presiones sobre las finanzas francesas eran muy potentes. La solución del impuesto único e inocentemente progresivo (digo lo de inocentemente porque basaba la progresividad en la riqueza misma más que en el tipo impositivo) era simple, y eso quiere decir fácil de implantar. Y es por esto que el hombre fuerte en las finanzas públicas, Étienne-François de Choiseul-Beaupré-Stainville, conde, luego duque, de Choiseul, y a partir de 1764, también duque de Amboise, decidió dejar que el panfleto se distribuyese sin castigo. Con ello, permitió que se lanzara un debate nacional de grandes proporciones. Fue la primera vez en la Historia de Francia en la que gentes de no mucha estofa discutían en los cafés las sutilezas de la prima de riesgo. Y generó un tsunami de transparencia que, antes incluso de que llegase la revolución, había dado ya sus frutos.
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