viernes, noviembre 06, 2026

El cabreo (27): Entre la ilusión romántica y el realismo

El retrato que encabeza esta serie
es una reinterpretación moderna
de Luis XV, obra de Copilot.


Café y alfabetos
El bulo real
La canción sifilítica
Esa cosa llamada jansenismo
Cuando la Iglesia decide no servir ni para lo poco que sirve 
El conflicto de los niños
… y Mauchaut se bajó los pantalones (para colmo, delante de un cura)
La Enciclopedia
La riqueza del Estado
El debate fiscal
¿A cuánto ascenderá el déficit público?
El follón de los jesuitas
Pelea de gallos ilustrados
El caso Calas
El rey está empalmado
La mujer más odiada de Francia
La otra mujer más odiada de Francia
L’affaire de Bretagne
El mundo nuevo de Maupeou
Libelos a favor y en contra
Beaumarchais, en escena
El rey ha muerto, que se joda el rey
Viva el rey, mientras no suba el pan
La guerra de la fariña
Luz y taquígrafos
El hombre que trató a los franceses como adultos
Entre la ilusión romántica y el realismo
Vous vous êtes donné la peine de naître, et rien de plus
Escritores calaveras
El cardenal y su amigo mistabobo
Versiones
La reina de las vajillas y las pajillas
De toros y de osos
Mirabeau abre la lata de Göbels
El abad especulador
El escándalo Norman 
Todo empezó con unos cuernos
Los notables
La caída de Calonne
Cállate, Borbón
El rey sordo
La declaración de 3 de mayo
Au revoir, parlement
La maduración lenta borbónica aviva el gen PNV
Un cartel en la puerta de la reina
La mala suerte
Necker retrasa la revolución francesa
Unas elecciones son más difíciles de lo que se cree
Tres, dos, uno...
Las lágrimas de un rey


 

En 1783, los franceses habrían de llevarse una alegría a la que, a esas alturas, se habían desacostumbrado. Una proclamación real informó de que se había alcanzado la paz que en dicho año dio carpetazo a la guerra de las colonias. La celebración fue pantagruélica.

El 25 de noviembre, de buena mañana, el Hôtel de Ville fue el escenario de un imponente desayuno para 700 invitados. Todos ellos eran integrantes de la impresionante procesión que siguió al ágape, con tres grupos distintos de músicos emplazados en diferentes puntos de la marcha. Estas gentes desfilaron con sus mejores tiros y caballos por un París que, las cosas como son, estaba celebrando una victoria anunciada.

La verdad de las cosas es que desde dos años atrás, con la batalla de Yorktown, los enfrentamientos bélicos en la guerra de las colonias habían cesado. Inglaterra había reconocido su derrota en el campo de batalla, lo cual había dado paso a una larga negociación diplomática que, obviamente, hizo que los franceses perdiesen el interés por el asunto. Esto, sin embargo, cambió el 3 de septiembre, cuando se firmaron en Versalles los términos de la paz.

Para Francia, aquel tratado era un chute de moral. En lo que llevaban de siglo, pero sobre todo tras la ominosa guerra de los siete años, a los franceses se les había quedado una moral muy de jugamos como nunca y perdimos como siempre.

El problema para los propagandistas del régimen es que, en puridad, todo terminaba ahí. Todo terminaba, efectivamente, en que Francia había ganado una guerra; porque las consecuencias más normales de esa victoria en aquella época, que eran las ganancias territoriales, brillaron por su ausencia en el tratado de paz. Tobago y una parte de Senegal fueron los dos únicos pasteles que se comió Francia en aquella paz; la inmensa mayoría de los franceses ni sabían dónde estaban los territorios ganados, ni para qué les podían servir aparte de para emplazar presidios. El verdadero resultado de aquella guerra no era el territorio que ganaba Francia, sino el que perdía Inglaterra. Pero eso tampoco era un consuelo muy grande para un gobierno que comenzó a recelar de los estadounidenses (y los estadounidenses de ellos) desde el minuto uno. Estados Unidos no se había creado para ser un jugador más en Norteamérica, sino para ser el jugador. Consecuentemente, en realidad Francia, aliándose con los rebeldes, lo que había hecho era alimentar al Alien.

La consecuencia de todo ello fue que en la noche del 14 de diciembre de 1783, cuando los parisinos salieron a la calle a bailar, beber, comer y esparragar invitados por su gobierno, en realidad hicieron todo eso en aras de unos hechos, conceptos y situaciones que conocían poco y no valoraban nada. Pero eso no iba a durar mucho. En realidad, el Nuevo Mundo, como se le llamaba un tanto ampulosamente, pronto se convirtió en un elemento de análisis interesante por lo que suponía de realidad comparable con la vieja Europa; una comparación de la que ésta no siempre salía del todo ganadora.

El primer francés que se ocupó a fondo del fenómeno de la existencia de esos nuevos americanos, europeos trasplantados con ideas novísimas, fue Michel-Guillaume-Saint-Jean de Crèvecoeur. Era hijo de una familia de la nobleza menor de Caen que, en 1755, se había colocado como cartógrafo en la Marina francesa, durante la guerra de los siete años. En América, decidió establecerse en el condado de Orange, en Nueva York. Se cambió el nombre por J. Hector St. John, se casó con una americana y tuvo tres hijos. Durante todo ese tiempo escribió un diario.

En 1779, cuando la enfermedad de su padre le hizo regresar a Europa, conoció a un editor en Londres que se mostró interesado en usar dichos diarios para montar un libro. Este proyecto se convirtió en el libro Letters from an American farmer, un libro hoy en día muy fácil de encontrar en reimpresiones.

El libro de Crèvecoeur es, probablemente, el mayor impulsor inicial de la idea de América como tierra de promisión. En un lenguaje bastante sencillo, el autor, que se ocupó de conocer muchas realidades de la tierra en la se estableció, desde los granjeros hasta los balleneros, cuenta movidas de todos ellos; y también habla mucho del contacto con los indios, de las extensiones enormes, etc. El libro es, como digo, una llamada sin ambages; más allá del océano hay una tierra por explotar en la que, además, las reglas son mucho más laxas que en la vieja Europa.

En París, Crèvecoeur fue adoptado por uno de los salones más chic del momento en la ciudad: el de Elisabeth Sophie Lalive de Bellegarde, condesa de Houdetot; en este salón se juntaban intelectuales, políticos y demás; aparte de ser Elisabewth quien, según convencimiento general, había inspirado la figura de Julie en La Nouvelle Héloïse, el best seller de Juan Jacobo Rusó. La Bellegarde consiguió, entre otras cosas, que su protegido fuese nombrado cónsul francés en Nueva York, puesto que ejerció durante siete años.

Los muchos escritores que había en aquel salón cortés (Jean-François de Saint-Lambert, Pierre-Louis de Lacretelle, Guy-Jean-Baptiste Target) ayudaron a Crèvecoeur a realizar una versión de su libro en la lengua de Molière y de Zidane, libro que él dedicó a Lafayette como el francés que más había hecho por la patria americana. El autor apenas sólo sabía hablar inglés, pero el libro, revisado por las mejores plumas del momento, le quedó pintón. En realidad, fue más que eso, puesto que la edición francesa es como el doble que la inglesa, es decir, que el autor se vino arriba contando anécdotas y movidas.

Crèvecoeur, las cosas como son, contaba una América, la que él había conocido. Tenía poca información de las teocracias de facto que se habían creado en algunas esquinas de las trece colonias, aunque sí contaba muchas cosas de gente como los cuáqueros de Pensilvania, bastante más presentables. En consecuencia, presentaba a la nación de los Estados Unidos como una nación prometedora por la cantidad de recursos de que disponía y que nadie estaba explotando (bueno, los estaban explotando los indios, pero ésos no contaban); pero, sobre todo, la presentaba como una nación ventajosa. Venía a decir: si estas harto de estar todo el día puteado por los reyes, los aristócratas y los curas, aquí tienes una nación donde no hay nada de eso. Que no es exactamente que no hubiese nada de eso, pero en lo que tenía razón era en que se podía llegar a vivir pasando de ellos completamente.

Teniendo en cuenta que en Europa se leía mucho la producción literaria en francés, que se recensionaba y resumía en diferentes idiomas, se puede decir que Lettres d'un cultivateur américain es una de las obras más influyentes a la hora de convencer a ciudadanos de Europa de que emigrar a Estados Unidos era la mejor idea que podían llevar a cabo. En las décadas por venir, muchos emigrarían por hambre y desde luego sin haberse documentado antes. Pero ese mecanismo previo de convicción; eso que hoy llamamos efecto llamada fue, en gran medida, creado por Crèvecoeur. La difusión del libro provocó que Thomas Jefferson, que para entonces era embajador de los Estados Unidos en París, no parase de recibir cartas de gentes que querían emigrar a los Estados Unidos.

En enero de 1787, Crèvecoeur fue uno de los creadores de la Société Gallo-Américaine. Desde el punto de vista del ex granjero metido a cónsul, aquello era una especie de cámara de comercio franco-estadounidense, dedicada a promover la actividad comercial entre los dos países. La sociedad, sin embargo, acabó cerrando sus puertas apenas tres meses después de su fundación, ante el problema que planteaba que los otros fundadores tenían otro punto de vista. Jacques-Pierre Brissot, Étienne Clavière y Nicolas Bergasse eran, más que admiradores de los Estados Unidos, del radicalismo liberal y demócrata de los Estados Unidos. Crèvecoeur, desde luego, no estaba hecho de esa pasta. De hecho, había tenido que maquillar la edición francesa de su libro, metiendo de marrón unos párrafos sobre el derecho de secesión de las colonias, dado que él, como granjero, nunca se había unido a la rebelión y, de hecho, su familia había emigrado a la colonia realista de Nova Scotia.

Brissot era un filósofo radical de pura esencia; terminaría por ser uno de los líderes de la Gironda en los Estados Generales revolucionarios, y ya había visitado la Bastilla en 1784. Clavière, por su parte, había sido uno de los líderes de la revolución genovense que en 1782 se había levantado contra la oligarquía local; después se puso a hacer pasta especulando en la Bolsa de París. En cuanto a Bergasse, era un abogado litigante que siempre estaba buscando motivos para montar casos contra el gobierno. En 1788, tras el fracaso de la sociedad galo-americana, Brissot y Clavière fundaron la Société des amis del Noirs, a la que se apuntaron Crèvecoeur, Lafayette, Condorcet, Mirabeau, Robespierre, y toda la pesca.

El libro de Crèvecoeur tenía la virtud, pero era una virtud no muy realista, de animar una imagen demasiado idílica de América y de los americanos. En realidad, buena parte del éxito de la publicación es que, probablemente sin pretenderlo el autor (y es que esto es probablemente obra de los escritores que lo asesoraron), su libro viene a apuntarse con claridad a la moda de los roussoniano; de la idea de que en la Tierra existen colectividades de hombres buenos por naturaleza, especialmente aquéllos que no viven alevemente masturbados por el montaje político del Antiguo Régimen.

Como es obvio, un personaje central de la imagen que Estados Unidos tenía en Francia era Jefferson quien, lógicamente, se había convertido en el principal ejemplo de lo americano a que podían acceder los franceses. La mejor referencia de Francia que tenía el embajador era su amiga Marie-Louise-Nicole-Elisabeth de La Rochefoucauld, duquesa de Enville, una mujer muy racional y estudiosa. Su hijo, Louis-Alexandre de La Rochefoucauld, tradujo la Constitución estadounidense al francés.

Algunas de las amistades más estrechas de Jefferson, como François Jean de Beauvoir, marqués de Chastelloux, o Filippo Mazzei, estaban frontalmente enfrentados con los galo-americanos. En 1786, Chastelloux participó en la publicación por parte de diversos miembros de la Academia Francesa de un libro en dos volúmenes que, básicamente, vertía su experiencia en los Estados Unidos, donde había peleado a las órdenes de Jean-Baptiste-Donatien de Vimeur, conde de Rochambeau. Brissot atacó este libro de forma mordaz en un panfleto. Mazzei, por su parte, era un noble toscano que había emigrado a Virginia y acabó por formar parte del círculo de amigos de Jefferson en París, escribió una carta al Journal de Paris diciendo que Brissot no sabía de lo que estaba hablando cuando criticaba. El centro de la polémica eran algunos comentarios que Chastelloux había hecho respecto de los cuáqueros, que verdaderamente quedaban bastante idealizados en la literatura francesa de la época, y que, sin embargo, Mazzei consideraba, de forma despectiva, “protestantes jesuitas”.

Ante la polémica interminable con tanta gente que se dedicaba a escribir defendiendo que Estados Unidos era la patria de Rita Irasema, Mazzei anunció la publicación de un libro. Que finalmente fue editado: Recherches historiques et politiques sur les Etats-Unis de l'Amérique septentrionale, par un citoyen de Virginie. Libro que, espero no estar equivocado, se puede consultar en Google Books. Aunque hay reimpresiones, amén de otras obras, ya en italiano, dedicadas a la vida de Mazzei.

El libro de Mazzei se puede contemplar como el “anti-Crèvecoeur”, puesto que su función principal era destruir esa imagen idílica de los Estados Unidos que había construido el libro del granjero, las elaboraciones de otros novelistas, y buena parte de los filósofos franceses admiradores de Rousseau.

Ésta era, de todas formas, una polémica en buena medida intelectual. Quien realmente era conocido por los franceses como el compatriota que mejor conocía los Estados Unidos era Marie-Joseph Paul Yves Roch Gilbert du Motier, que con ese nombre bastante difícil de pronunciar con un polvorón en la boca tuvo la suerte de ser de La Fayette, o Lafayette como se suele escribir; y quién no puede decir “La Fallete” sin problemas.

El marqués de La Fayette vivía de cojones en una queli bastante cojonuda que tenía en la misma rue Bourbon. De la revolución americana, él, tan progre que era, se había traído dos chavales indios que eran sus sirvientes y que, claro, por su puto capricho no volvieron a ver a sus familias.

El Hôtel de La Fayette fue el centro principal de reunión de los estadounidenses que se desplazaron a París a negociar el tratado de paz que cerró la guerra de las colonias. Por otra parte, el marqués hizo un viaje triunfal a los Estados Unidos en 1784. Cuatro Estados le concedieron su ciudadanía, y Llorch Guasintón lo recibió como un héroe. Por otra parte, La Fayette llamó a uno de sus hijos George Washington y a una de sus hijas le puso Marie Antoniette Virginie. Ben Franklin, en su época de embajador en París, solía proponer en broma hacer una porra a ver si el marqués conseguía tener suficientes hijos para honrar a todos los Estados.

Todo esto no era sino el resultado de una guerra que los franceses habían seguido con bastante atención. La importante campaña de 1781 había sido seguida por crónicas bastante regulares de la Gazeta de Leyden, que era la publicación que la mayoría de los parisinos utilizaban para enterarse de qué iba el mundo. Las noticias que publicaba esta gazeta venían a tener unas cinco semanas de decalaje. A principios de septiembre, pues, los franceses pudieron leer que Washington, acompañado por las tropas francesas al mando de Rochambó, estaban preparando el ataque sobre Nueva York, donde Sir Henry Clinton mandaba al principal contingente inglés. A finales de octubre, las crónicas comenzaron a informar de que había habido un giro dramático de los acontecimientos. Washington, considerando que Clinton estaba básicamente inmovilizado en Nueva York, decidió avanzar hacia Virginia, para darse de hostias con Lord Charles Cornwallis. Lafayette y Anthony Wayne se dedicaron a hostigar a estas tropas, hasta que Cornwallis decidió mover el culo hacia Yorktown, esperando que allí podría encastillarse hasta que llegase Clinton. Sin embargo, la frota francesa de 28 buques, comandada por François-Joseph Paul, conde de Grasse, llegó a tiempo de derrotar a una flota británica y bloquear la bahía de Chesapeake.

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