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Cuando María Antonieta se comprometió con el futuro Luis XVI, tenía 14 años. No era un pibón, ciertamente; pero qué niña pija decentemente arreglada no está medianamente buena con catorce años. En Francia y en el resto de los países de Europa, los hombres y las mujeres del XVIII hacían de la contemplación de sus personajes reales un auténtico deporte nacional. Uno de los principales objetos a la venta en las librerías eran los retratos de reyes y princesas. La gente los compraba por muy poco dinero, para luego discutir interminablemente su belleza. Aquella niña austríaca, de primeras, fue un auténtico éxito.
En 1770, cuando MA inició su camino hacia París una vez que se casó por poderes en Viena, todos los franceses siguieron punto por punto su percorrer del continente a través de los periódicos y hojas informativas que se publicaban, sobre todo en París. El 7 de mayo puede decirse que entró en Francia cuando llegó a Estrasburgo y fue allí cumplimentada por una nutridísima muestra de los pares de Francia, con inclusión de Anne Claude Louise d'Arpajon, condesa de Noailles. La condesa de Noailles había sido ya la camarera mayor de Maria Karolina Zofia Felicja Lesczynsca, es decir, la mujer de Luis XV; y ahora lo sería de la jovencita vienesa. Aquel año de 1770 tenía ya 41 años, es decir, estaba un poco mayor para la labor. Sin embargo, fue considerada como la mejor opción para enseñarle a la extranjera el funcionamiento de la Corte leonorita.
El 14 de mayo, en el denominado puente de Berna del bosque de Compiègne, la delfina fue finalmente recibida por su marido y su suegro.
Los Borbones nunca se plantearon darle una oportunidad de ser popular. Nada más llegar a París, María Antonieta fue encerrada en Versalles, de donde no se esperaba que saliese para nada; y, como ya os he dicho, se le prescribió una camarera mayor que era eso, mayor, y bastante rancia en sus planteamientos. María Antonieta no entró en París hasta el 8 de junio de 1773, es decir, tres años después de haber llegado a Versalles.
Los franceses fueron puntualmente informados de que el matrimonio legal por poderes había sido convenientemente conformado con un matrimonio presencial en la capilla de Versalles, que se había visto seguido de un gran banquete, descrito de mil formas en las publicaciones parisinas. También fueron puntualmente informados de que marido y mujer, quienes al fin y al cabo en ese momento, sin haber heredado todavía la corona, no tenían más obligación en este mundo que follar como babuinos, habían comenzado a dormir juntos. De hecho, todo el mundo asumió que el rey, a pesar de tener personalmente la típica pinta de cerdo después de una mano de hostias que se le pone a los Borbones cuando comen de más, dispararía su semen con precisión a las primeras de cambio. Al fin y al cabo a los Borbones, de toda la vida, las tres cosas que mejor se les han dado han sido cazar, navegar, y disparar semen.
Éste, sin embargo, fue el primer problema. Problema sobre el que no me extenderé mucho, pues ya lo he analizado en otro post de este blog.
Pero esto ocurrió algo más tarde. Recién casado el felpudito, los franceses estaban por hacer un auténtico fiestón para celebrarlo; y el rey padre también estaba por la labor. En realidad, la celebración de la boda del Delfín se convirtió en un enfrentamiento frontal entre dos hombres del espectáculo: Jean-Baptiste Torré y Petronio Ruggieri.
El espectáculo que montó Torré incluyó casi 25.000 fuegos artificiales. Se celebró en Versalles el 19 de mayo, y dejó tan impresionado al rey que decidió hacer a Torré caballero de la Orden de San Miguel. Ruggieri, picado, planeó organizar una celebración todavía mayor el 30 de mayo. Una fiesta que tituló El Templo del Hímen. Se trató de una enorme construcción en la plaza Luis XV. Un templo sostenido por seis columnas con los colores de Francia y del Imperio. Toda la fachada estaba llena de adornos que iban a arder de una forma coreografiada; o sea, más o menos una falla. Detrás del templo, preparó una cantidad brutal de fuegos artificiales.
A las nueve de la noche, como diría el Dúo Sacapuntas, la plasa estaba abarrotá. Pero uno de los primeros cohetes que se lanzó no fue hacia arriba. Tras un vuelo caótico, cayó justo encima del bouquet final de fuegos artificiales, que comenzó a arder, luego explotó; y explotando provocó el colapso del templo. Las víctimas de la explosión y el incendio fueron muchas; pero muchas más fueron las que murieron aplastadas en la estampida que se montó. Algunos informes hablaron de casi 400 muertos; aunque hay quien, contando sobre todo gentes que pudieron morir en las semanas y meses después por no recuperarse de las heridas, hablan de 1.200. Las cosas como son, nadie pensó que los delfines fuesen responsables de aquello. Pero el personal, digamos, no quedó contento.
La llegada de María Antonieta al palacio de Versalles no fue inocua desde el punto de vista de las importantes, y cada vez más fuertes, luchas de poder que había en la cúpula del poder francés. El matrimonio del Delfín supuso un espaldarazo definitivo para la carrera del duque de Choiseul como hombre fuerte; como, podríamos decir, Godoy de Luis XV.
Choiseul había sido embajador francés en Viena en 1757. Esta estancia la aprovechó claramente para hacer sus contactos; y en ella, sobre todo, llegó a apreciar las virtudes de la futura reina de Francia. La obsesión de Versalles en ese momento era conseguir líneas de colaboración nuevas entre París y Viena; líneas cuya búsqueda intensificó Choiseul cuando, en 1758, fue ascendido a ministro de Exteriores. En ese momento, María Antonieta tenía apenas tres años de edad. Pero el dato no debe llevarnos al escepticismo. Entonces, entre casas reales europeas, planificar las cosas con tanta antelación era lo normal, y sólo la caótica acción de La Parca, o el cambio de alianzas geopolíticas, podía modificar un camino ya trazado.
En 1770, pues, la boda de María Antonieta y Luis fue para Choiseul algo así como la culminación de todas sus ambiciones y deseos. Él era quien primero había creído en esa idea. Él era quien había traído a la corte imperial Habsburgo hasta un cariacontecido Versalles. Suyo, pues, era el premio.
El principal punto de referencia para María Antonieta en Versalles, sin embargo, no era Choiseul. Era Florimond-Claude de Mercy-Argenteau, conde de Mercy-Argenteau, un aristócrata belga que trabajaba para la diplomacia imperial, y que era el embajador de Viena en Versalles. Mercy-Argenteau, un convencido de que la alianza con Francia era enormemente beneficiosa para Austria, fue el principal animador de la cercanía de María Antonieta con Choiseul. Hay que decir, además, que en ese momento Choiseul tenía totalmente acaparado el poder francés. Su simpatía con madame de Pompadour le garantizaba que el rey tuviese buenos pensamientos hacia él cada vez que se ponía como un mandril el celo. Y, además, tenía otro ilustre pariente en el gobierno: su primo César Gabriel de Chuiseul, conde de Praslin. Juntos, los primos juntaban los ministerios de Exteriores, Guerra y Marina.
La señorita Poisson, sin embargo, la cascó en 1764. Y aquello fue un problema para el clan del Peugeot choiseulesco. El rey lloró a su amante oficial durante unas semanas; pero pronto, gracias a las elegantes gestiones de Dominique Guillaume Lebel (el Koldo de esta historia) conoció a una preciosa muchachita traída de un burdel, que es uno de los sitios de donde, históricamente, suelen venir las tías que le hacen tilín a los Borbones (el otro es la farándula); y se dedicó a frotar velcros con ella.
El Rei Lui estaba tan encoñado con aquella tía que la quería hacer maitresse en titre, es decir, la quería con un estatus reconocido en la Corte.
Aquella mujer, que entonces se hacía llamar mademoiselle Lange sin más datos, llegó al tálamo real no por casualidad. En los tiempos inmediatamente previos a la muerte de madame de Pompadour, la Lange, que en realidad se llamaba Jeanne Bécu y acabaría por ser conocida como Madame du Barry, era eso que podemos llamar una puta de lujo. Oficiaba en París, y tenía entre sus clientes a lo más granado de la cúpula del poder francés. Entre esos clientes estaba François Armand de Vignerot du Plessis, duque de Richelieu, que fue quien, realmente, valoró las posibilidades de aquella mujer en la Corte si conseguía meterla en la cama del rey. Convenció para ello al propio Choiseul, aunque de hecho la opinión que el hombre fuerte de Francia tenía de aquella tía era que era una soplapollas envanecida (con lo que demostraba que no era muy observador, pues la Lange, efectivamente trabajaba las pollas, pero no para soplarlas).
Para que Madame Lange pudiere ser maitresse en titre tenía que superar la misma dificultad que había tenido su predecesora: tenía que ser noble. Por ello, en 1768 fue casada con el conde Guillaume du Barry, razón por la cual es conocida como la señora Du Barry. El marido era hermano de Jean-Baptiste du Barry, un aristócrata que poseía un local, medio casino medio folladera, en el que había empleado a la propia Bécu. Así pues, todo quedaba en familia. De hecho, la vinculación de su cuñado con el negocio del juego fue fundamental para sacar adelante el proyecto de hacer de aquella prostituta una elegante aristócrata. Porque la cosa es que nadie en Versalles se avino a apadrinarla, cosa que era necesaria. Hasta que la información con que contaba Du Barry le llevó a saber que una de las aristócratas de la Corte, Angélique-Gabrielle de Sufferte-Joumard, condesa de Béarn y conocida por ello normalmente como madame de Béarn, estaba hasta las trancas de deudas de juego. La señora aceptó ser la mentora de la perica del rey a cambio de que éste (o sea, todos los franceses) pagase sus deudas de juego. El 22 de abril de 1769, ese principio general de la mecánica cuántica según el cual tiran dos tetas más que dos carretas quedó adverado en la ascensión de la puta Lange al Olimpo del poder francés.
Ésta, sin embargo, era la actitud del padre. No del hijo. Ni siquiera de Choiseul, que ahora se daba cuenta de que aquella señora, entre otras cosas, no iba a estar tan ajena a la alta política como ella misma decía estar. Con todo, como digo, la actitud más claramente opositora fue la del Delfín. Luisito se negaba a saludar a la puta de su padre, y María Antonieta, lógicamente, hizo hilo con su churri. Choiseul, por su parte, se les unió. Aunque tampoco os sobréis, porque la actitud del primer ministro in pectore no tiene nada de moral; en realidad, a lo que él aspiraba era a colocar como amante del rey a su propia hermana, Béatrix de Choiseul Stainville, duquesa de Gramont.
La razón es simple: los enemigos de Choiseul estaban, cada vez más, utilizando a madame du Barry para poner al rey en contra del hombre fuerte del gobierno. Este partido estaba dirigido por René Nicolas Charles Augustin de Maupeou, quien en 1768 había sido nombrado algo así como ministro de Justicia; un cargo en el que, por cierto, sucedía a su padre, René Charles de Maupeou. El 22 de diciembre de 1769, Maupeou consiguió una victoria fundamental en su lucha por incrementar su poder frente al rey: lo convenció (o tal vez le convenció la otra a base de lamerle el pene) de nombrar inspector general de Finanzas al abad Joseph-Marie Terray. Controlar el Presupuesto lo hizo verdaderamente poderoso.
Choiseul se lanzó a una virulenta campaña de Prensa contra el nuevo poder. Financió a muchos compositores de canciones para que hiciesen populares letrillas contra el ticket Maupeou-Terray, al que acusaban normalmente de estar llevando a Francia al colapso; y alimentaba equipos de opinión sincronizada que escribían cosas parecidas en panfletos y gacetillas. Consiguió hacer aparecer a estos dos ministros como los políticos en el poder más odiados en la Historia de Francia (lo cual, todo hay que decirlo, es decir mucho).
Choiseul no quería enfrentarse directamente con El Coño Borbónico; pero sabía que una cierta salpicadura era inevitable. Por esta razón, París se llenó de rumores de que Terray estaba aprovechando su cargo como controlador de las finanzas públicas para desviar dinero a las mismísimas manos de madame Du Barry; eso, más los regalos constantes del rey, pues los Borbones han sido siempre de gastar sin tasa el dinero de los demás.
Todo aquello sirvió para que Maupeou y Choiseul se convenciesen de que, como los pistoleros de las películas del spaghetti western, los dos no cabían en el mismo pueblo. En el mes de noviembre de 1770, todo el mundo que se quiso enterar en París, se enteró de los detalles de un tormentosísimo encuentro del Consejo Real, en el que Choiseul había acusado a Terray de estar arruinando Francia. Todo el mundo en París consideró que la suerte del inspector de Finanzas, y con él de su mentor, estaba echada. Sin embargo, les salvó la campana de un nuevo conflicto entre el rey y el Parlamento, del que tendremos que hablar.
Este conflicto, que podríamos denominar la proto dictadura de Maupeou, venía a concretarse en el intento por parte del ministro de desarrollar un nuevo sistema judicial que le fuese más afín y, por lo tanto, no le diese por culo cuando decidiese utilizar el dinero de Francia para esto o para lo otro. El desarrollo del conflicto está por contar; pero lo que nos interesa en este nivel de conocimiento es entender que el conflicto colocó a Maupeou en la cumbre de su poder; e hizo parecer, cuando menos parecer, que Choiseul había sido superado. A principios de diciembre, todo el mundo estaba convencido de que el Parlamento de París, tal y como los franceses se habían acostumbrado a conocerlo, estaba a punto de desaparecer.
El primero que estaba con los planes de Maupeou, sin duda, era el rey. Luis XV estaba, en este punto, a piques de realizar una acción histórica de parecido jaez a la que cometió su pariente Alfonso XIII cuando apoyó la dictadura de Primo de Rivera. Al rey, desde el tema de los jesuitas, todo eso de los jueces independientes, de los procedimientos intocables, de las garantías procesales, le sobraba completamente. Quería toda esa mierda fuera. Esto lo sabemos porque, aunque en realidad Maupeou no comenzó su acoso y derribo del sistema judicial francés hasta enero de 1771, el día de Nochebuena de 1770, es decir jornadas antes, el rey, de forma inopinada, cesó en sus cargos al duque de Choiseul y a su primito el Praslin.
La que se estaba liando era bien parda.
le hemos pedido a la IA).

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