El huevo Káiser
Las veleidades del serranismo
El príncipe se pone burro en Viena
Los Borbones parias
Francia, siempre Francia
La variante inglesa
Enredados en la sotana
Manifiesto y grito
La reconciliación con el monspensierismo
El convenio de Cannes, y su fracaso
La alternativa carlista
La Gorda como problema
Un imbécil destapa la Gürtel de la reina
Las tribulaciones económicas de la no-Corona
De Salamanca a Cuba
El enigma Serrano
La monarquía española, en riesgo de olvido
La solución, militar, por supuesto
Cuando triunfó en España la revolución del 68, el ministro de Estado, Juan Álvarez Lorenzana, envió un mensaje de amistad y buen rollo a todo el cuerpo diplomático surto en Madrid; y lo hizo con palabras especialmente cariñosas en el caso del nuncio papal, Alessandro Franchi. Monseñor Franchi contestó de forma formal, pero a la expectativa.
Franchi se quedó en Madrid; pero, sin embargo, el gobierno español dejó vacante la embajada ante la Santa Sede. El embajador Alejandro de Castro, más isabelino que los collares de los perros, nada más conocer del exilio de su señora, agarró la tablet y los calzoncillos, y se largó. La embajada quedó en manos de un segundo, el encargado de negocios Juan Isaías Llorente (que acabaría viendo concedido por el Papa el condado de Llorente en 1883). Fue sustituido a finales de octubre por el primer secretario, José Fernández Jiménez, quien se comió el marrón hasta la designación de José Posada Herrera, uno de los puntales de la Unión Liberal o'donellista.
Posada, que tomo posesión el 27 de diciembre, nunca se llevó bien con el Papa; o el Papa nunca se llevó bien con él; son formas de verlo. En realidad, no podía ser de otra manera. El gobierno español pretendía llevarse bien con los sotanudos a base de decirles muchas cucamonas mientras que, en el día a día, apoyaban de palabra, pensamiento, obra u omisión a las fuerzas anticlericales españolas; un error que repetirían en la II Repu, y que en ambos casos les salió carísimo. Tanto es así que, en ambos casos, el distanciamiento comenzó por el mismo sitio: la abolición de la Compañía de Jesús y la incautación de sus bienes que, en el caso del siglo XIX, ocurrió el 12 de octubre. Se cerraron conventos, se disolvieron asociaciones religiosas, se trató de agostar económicamente a los seminarios. El tema enseguida tomó tintes poco edificantes. El 25 de enero de 1869, el gobernador de Burgos, Isidoro Gutiérrez de Castro y Cossío, se presentó en la catedral para hacer valer los decretos gubernamentales de incautación de bienes de la Iglesia. La multitud comenzó a dar vivas a la religión y al carlismo. Una cosa llevó a la otra, y el caso es que al gobernador lo arrastraron por el claustro, lo lincharon y lo mataron. En Madrid, la nunciatura fue asaltada por las turbas, que arrancaron la insignia de la Santa Sede de la iglesia de los italianos, en la carrera de San Jerónimo, y la arrastraron por las calles; mientras monseñor Franchi se refugiaba en casa del embajador belga, que vivía en Argüelles. El gobierno se hizo un CNI y desmintió la vandalización del escudo, que era algo evidente para cualquiera que tuviera ojos, y se preocupó de organizar el pronto regreso de Franchi a su residencia, escoltado por el alcalde Nicolás María Rivero. Todo esto a quien afectó fue a Posada Herrera, que el 15 de febrero cesaba como embajador.
Pocos meses antes de recibir el finiquito, en enero de 1868, Isabel II había recibido del Vaticano la Rosa de Oro. Pío Nono, ya lo he dicho, tenia obvias vinculaciones con los Borbones españoles, siendo como era padrino de Alfonso. Por esto mismo, cuando llegó la revolución, en el palacio de Castilla de París juzgaron pertinente y posible tener en Roma a un embajador oficioso que diese por culo. El elegido fue Severo Catalina y del Amo, que había sido el Óscar Puente del gobierno de González Bravo. Ya el 27 de octubre de 1868, Catalina se vio con el PasPas.
Los objetivos de los borbónicos eran dos: que el Papa dejase claro su rechazo al régimen español; y que también dejase claro que la estancia de Franchi en Madrid no era oficial. Nunca consiguió ninguna de las dos cosas. Aunque justo es reconocer que, oficialmente hablando, Franchi, en Madrid, no tenia otro título que obispo de Tesalónica; es decir, no estaba como nuncio.
Catalina preparó un largo informe en el que detallaba las violaciones del Concordato que se habían producido en España desde la revolución. Incluso pareció ganarse a Antonelli; pero el caso es que Pío no pasó de alguna que otra declaración formal. Pío, en 1868/1869, estaba ya preparando el concilio Vaticano I, y quería que para entonces la mayoría de los Estados europeos estuviesen a bien con el Vaticano. Por lo tanto, no quería arriesgar una condena del régimen español. Madrid todavía tenía el as en la manga de impedir el viaje de sus obispos al concilio, algo que lo habría hecho naufragar.
La Iglesia española, en todo caso, estaba bastante dividida en torno a la nueva situación política; algo a lo que no ayudaba que el Jefe estuviese tan callado. Una buena parte del episcopado español estaba formada por la llamada “generación africana”, llamada así por haber sido nombrada en los tiempos de la guerra en Marruecos. Eran hombres nombrados a pachas por la reina y el nuncio apostólico del momento, monseñor Lorenzo Barilli (que formó con monseñor Girolamo Milli la célebre pareja de cardenales Milli & Barilli). Estos obispos eran, obviamente, fieles borbónicos. Sin embargo, otros sectores se mostraban mucho más posibilistas respecto del nuevo régimen. En términos territoriales, los obispos andaluces parecían liderar la tendencia más comprensiva con la revolución, mientras que los catalanes eran los que se mostraban más ultramontanos. Sin embargo, todos ellos se mostraron relativamente tenues. Cuando el arzobispo de Santiago, Miguel García Cuesta, publicó una pastoral modelo mi Reino no es de este mundo (“no nos agitaremos con ardor febril alrededor de las urnas electorales, porque tenemos una misión más alta que desempeñar”), incluso los relapsos catalanes la suscribieron.
Todas estas divisiones preocupaban mucho en las habitaciones de Isabel. Se acercaban las elecciones, y una de las cosas que los borbónicos querían era consolidar allí una sólida minoría católica monárquica que pudiera cuestionar la evolución del régimen. Pero para eso hacía falta una actuación decidida de la Iglesia en términos de recomendación a los votantes. Pío IX, sin embargo, le dijo que consideraba muy prematura la idea de enviar una encíclica a los obispos españoles. Roma jugaba, como siempre, a varias barajas a la vez, buscando siempre conservar la pasta. Antonelli le dijo a Catalina que la pastoral de García Cuesta había sido “deplorable”; pero tampoco parece que el Vaticano pasara de ahí.
El Vaticano no sólo no intervino en las elecciones, sino que dio plena libertad a aquellos sacerdotes que resultaron elegidos. Eran tres: Antolín Monescillo y Vico, primado toledano; García Cuesta, el compostelano; y Vicente de Manterola y Pérez, normalmente conocido como el canónigo Manterola. Estaban en una obvia minoría. El gran problema se planteó cuando a estos tres sacerdotes les llegó el momento de jurar la Constitución. El tema fue muy puteón, aunque terminó solucionándolo Franchi proponiéndole al gobierno, que aceptó, que los sacerdotes incluyesen en el juramento la fórmula salvos los derechos prescritos por la Ley de Dios y los de la Iglesia. Aparentemente, la fórmula no terminó de gustar en Roma; pero tragar, tragaron. La pasta...
Un decreto de 17 de marzo de 1870 exigió el juramento constitucional al clero en general. Franchi creía tener este tema embridado con la fórmula pactada en las Cortes; pero lo cierto es que el tema provocó serios conflictos entre la sotanada.
Incapaces de conseguir la oposición vaticana al nuevo régimen, Severo Catalina trató de muñir que, cuando menos, el Papa recibiese públicamente a los Borbones. Pero aquí, como ya hemos visto parcialmente, se encontró con una diplomacia vaticana que no quería ni de lejos agitar las aguas hasta ese punto. El Papa aceptó que Alfonso viajase a Roma para recibir de su mano la primera hostia; pero, como hemos visto, cuando Isabel quiso pasar por Roma camino de Viena, le contestó que tenía mucha plancha.
El viaje de Alfonso se produjo cuando tenía 12 años y estaba estudiando en París. Isabel designó para acompañarlo a Juan Manuel González de la Pezuela y Ceballos, primer conde de Cheste; al conde de Heredia Spínola, Isidro Losa; al general José María de Reyna Frías de la Torre; y a José Aizcorbe, que era el hombre de confianza de Cheste. Aquí podéis ver una foto custodiada por el Patrimonio Nacional que data de dicha visita.
La visita coincidió con el concilio, por lo que Alfonso y su séquito llegaron a una ciudad especialmente petada de curas. Muchos prelados españoles visitaron al príncipe y uno de ellos, el titular de la sede vallisoletana, Juan Ignacio Moreno y Maisounave, aceptó ser su preceptor espiritual.
La llegada de Amadeo a Madrid, lejos de mejorar el tono con el Vaticano, lo empeoró. En realidad, no fue sólo el tema español; es que la geopolítica europea se había puesto dulce en 1870 con el temita de Sedán. Pero, vamos, que poner al frente de España a un miembro de la casa real que le había robado la pasta de los Estados pontificios al business model no ayudaba lo que se dice mucho.
Amadeo quería como fuese conseguir la pax vaticana. Estaba dispuesto a cualquier cosa a cambio de que el SumoPon lo reconociese. Tanto es así que le escribió una carta cuando apenas llevaba cuatro días en España; carta que muy probablemente escribió Cristino Martos, el ministro de Estado. El Vaticano contestó con una nómina de agravios y desencuentros. Roma no se volvió a ocupar mucho del tema amadeísta, presionada como estaba por otros asuntos, como el traslado, ya en 1871, de las oficinas del Estado italiano, desde Florencia a Roma. Aquello venía a coincidir con la liberación de los pruritos anticlericales de los romanos, que en la Historia van y vienen periódicamente. Aquel año de 1871, ir por las calles de Roma ensotanado era considerado casi deporte de riesgo; y a Pío esto lo deprimía. Aquel año celebraba 25 años de presidente de la comunidad de vecinos, pero eso no hacía sino empeorar su ánimo; tenía la sensación de haber fallado. Los funcionarios vaticanos preguntaron discretamente por el estado del palacio de Aviñón. El Francisquito estaba pensando en largarse de Roma.
El gobierno de Amadeo, por otra parte, estuvo bastante torpe. Multiplicó las cucamonas hacia Roma como si quisiera arreglarlo todo; pero, sin embargo, lanzó el proyecto de ley del matrimonio civil, algo que tenía que saber era una provocación para el Vaticano. Las relaciones llegaron a ser tan malas que, en realidad, la proclamación de la república no trajo novedad alguna; si acaso, que el Vaticano lo tuvo más fácil para ningunear diplomáticamente a España, ya que ahora no era el único que lo hacía.
El día a día diplomático quedó en manos de tres encargados de negocios en Roma: Silverio Baguer de Corsí, Luis de Llanos y Santiago Alonso Cordero. Las relaciones eran superficiales, pero no dejaban de ser correctas y en casos hasta cordiales. Que el Vaticano soñaba con un futuro diferente lo demuestra su honda preocupación ante la aprobación por las Cortes republicanas del proyecto de ley por el que se disolvía la legación española ante la Santa Sede. En verdad, era un movimiento bastante torpe, que no podía tener otra consecuencia que darle alas al carlismo.
El otro gran problema que se presentó fue la necesidad de proveer veinte sedes episcopales vacantes en la piel de toro. José de Carvajal, ministro de Estado, propuso al Vaticano un acuerdo que placía a ambas partes. El gobierno español propondría los candidatos, ante lo cual el Papa comunicaría confidencialmente y no de forma pública cuáles le hacían pandán. Entonces el gobierno haría una propuesta oficial al SumoPon con estos nombres y, entonces, el Francisquito haría como que los nombraba motu proprio.
Esto, sin embargo, lo cambió la entrada de Pavía en el Congreso. La evolución de España hacia una república de corte más conservador la hizo más presentable en el ámbito internacional. España dejó de ser un paria mundial, y eso excitó la ambición del régimen por reclamar su derecho de patronato; algo que volvería a pasar tres cuartos de siglo después con el general Franco. Al PasPas le sentó a cuerno quemado, por ejemplo, que el obispo Monescillo comenzase a enviar cartas a Roma firmadas como primado de Toledo, cuando en lo tocante a Roma, ser, ser, lo que se dice ser, era sólo obispo de Jaén. El mismo problema se planteó cuando el gobierno de Serrano nombró vicario general castrense por su jeró,.
Se dio, pues, la situación un tanto extraña de que el Papa, en realidad, se sintiese más cómodo negociando con gobiernos republicanos que no le hacían ascos al anticlericalismo que con gobiernos de corte liberal burgués librepensador. Antonelli le llegó a decir al negociador español, Álvarez Lorenzana, que lo mismo cualquier día ese gobierno acababa nombrando obispo a un protestante “o a otro infiel”.
Todo esto, sin embargo, no nos debe llevar a la conclusión de que el Vaticano era carlista. El Vaticano, en realidad, lo que era, es fusionista. Su idea más querida era la reconciliación y fusión de las dos ramas en conflicto. Para la Iglesia, muñir esta paz era muy importante, ya que dispararía su prestigio en España como institución dadora de paz; lo que significaría conservar, o incluso incrementar, la pasta.
Pío dejó claro, a través de sus terminales, que estaba plenamente dispuesto a enfangarse en ese debate. El cura Ariel, por lo demás, ambicionaba una solución integral, que no sólo trajese la confluencia de alfonsinos y carlistas, sino que también resolviese la amarga separación de facto entre la reina Isabel y su marido, Francisco de Asís el musculoca.
La reina, extrañamente, estaba por la labor. Isabel, al fin y al cabo, era una mujer de Estado. Aunque tenía no pocas cosas de tontiloca, su experiencia vital y su formación le habían enseñado el valor del sacrificio por el bien mayor, sacrificio que había hecho aceptando que la candidatura restauradora no sería la suya sino la de su hijo; y, por lo tanto, apreciaba las ventajas políticas en una reconciliación marital, además de cerrar la vía de un señor que podía llegar a dar mucho por culo (dicho sea en términos metafóricos). Llegó a sugerir que elementos del entorno de su marido fuesen tentados con importantes distinciones pontificias. Propuso que a Antonio Ramos Meneses, duque de Baños, a quien quizá podríamos llamar Don Limpio, le otorgasen la Gran Cruz de Cristo (que, coño, ¿de verdad no podían inventar otro nombre para esa condecoración? Es que parece cachondeo...)

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