miércoles, junio 10, 2026

Franco y los EEUU (5): ¿Qué somos: lyons, or huevons?




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La ayuda militar vinculada a los acuerdos estaría incluida dentro del MDAP o Mutual Defence Assistance Program. No estaba sujeta a la condición de depósito del contravalor en pesetas, pero consistía en el suministro directo por parte de Estados Unidos de los equipos militares de que se trataba, valorados al precio que los Estados Unidos querían poner. No pocas veces, los funcionarios españoles se habrían de quejar de que los americanos les enviaban poco menos que material de desguace. Definición unilateral del precio y calidad cuestionable, pues; Franco estaba viviendo, años después, el mismo tipo de trile que Stalin le había hecho a la república durante la guerra civil.

La cooperación militar, por lo tanto, fue concebida por Washington como un “trágala” para España, sobre la consideración de que lo que realmente le interesaba a los estadounidenses eran sus bases. Evidentemente, la puesta en marcha del MDAP suponía admitir que, en caso de que hubiese una tercera guerra mundial, y dado que obviamente se produciría entre EEUU y la URSS (y aliados), España no podía permanecer ajena a dicho enfrentamiento.

La visión de Madrid era ligeramente distinta. Los militares de Franco, como es lógico tratándose un régimen que debía a su condición de anticomunista las esperanzas de superar su ostracismo internacional, no negaba estos asertos. En realidad, los llevaba más lejos. El argumento de Madrid era que la instalación en España de bases americanas suponía colocar al país en el punto de mira. Es más, y éste fue un argumento multi repetido a lo largo de aquellos años, suponía colocar en el punto de mira a determinadas grandes ciudades de España, tales como Madrid o Zaragoza, dado que alguna de esas bases se había decidido colocar peligrosamente cerca de estos centros urbanos.

Sea como sea, el gobierno español consideraba que el acuerdo militar con Estados Unidos escalaba el peligro potencial a que estaba sometido España; y que eso debería tener consecuencias. El sueño húmedo de Franco era haber conseguido que los americanos aceptasen la formación de comités conjuntos que discutieran el uso de las bases: un portillo hacia la utilización conjunta, una utilización que, obviamente, para los militares españoles habría supuesto acceder a material y tácticas a la última. Sin embargo, esto es algo a lo que los estadounidenses siempre se negaron. Consecuentemente, Madrid comenzó a reclamar una ayuda militar con suficiencia cuali y cuantitativa como para garantizar una adecuada defensa del país en caso de ataque preventivo de la URSS.

Los argumentos españoles básicos eran: alguien que tenga bases en el Mediterráneo oriental puede atacar con cierta facilidad a España. Entre las tropas o los pepinos lanzados desde dichas hipotéticas bases, no existían ni instalaciones de radar ni fuerzas aéreas suficientes, no sólo españolas si no ni siquiera de la OTAN, capaces de repeler el golpe. España, además, argumentaba que el tronco bélico fundamental, por así llamarlo (ataque de la URSS) podía generar otros conflictos menores relativamente relacionados, normalmente conocidos por los militares como proxy wars, ante los que también había que defenderse. Lógicamente, cuando Madrid hablaba de esto estaba pensando, fundamentalmente, en el Magreb, donde Marruecos estaba a medio telediario de ser independiente.

Washingon, sin embargo, nunca entró a ese trapo. En primer lugar, porque tenía el punto de vista típico, y hasta lógico, de quien negocia desde una posición de fuerza o superioridad; ellos iban a lo suyo y, una vez obtenido, ya no querían hablar de más anexos y ampliaciones. Pero, aparte del egoísmo propio de la gran potencia, había obvias consideraciones políticas. La Casa Blanca estaba dispuesta, más que dispuesta dispuestísima, a arrostrar con las críticas que pudiera generar el gesto de integrar a España en la defensa del bloque occidental europeo. Pero lo que no estaba dispuesta a hacer de ninguna manera era ayudar a España a ser fuerte en otros conflictos internacionales distintos del Gran Conflicto (tercera guerra mundial); porque eso sería apuntalar un régimen dictatorial. Estados Unidos, pues, no estaría en la defensa de España respecto de conflictos que los Estados Unidos no considerase íntimamente ligados a la seguridad global de occidente.

En esencia, pues, Estados Unidos quería hacer, e hizo, con la España de Franco más o menos lo mismo que el embajador Carlton Hayes cuenta en sus memorias que hicieron durante la guerra civil e inmediatamente después. De una forma consciente, los Estados Unidos proveyeron a España con el 60% de los carburantes que sabían que el país necesitaba; y lo hicieron para poder llevar a Franco del ronzal. Terminada la guerra y consolidado el régimen franquista, la filosofía no cambió.

Estas diferencias, que son diferencias muy de fondo, son las que en mi opinión justifican que entre el momento en que Kissner presentó el borrador de acuerdo (9 de mayo de 1952) y la primera respuesta española pasaran bastantes semanas. Estados Unidos, en un gesto que yo creo fue perfectamente impostado, luego se tomó más de dos meses para responder a la respuesta. Lo cual, como digo, cuando menos en mi opinión fue una forma de decirle a Franco eso tan castizo de “para chulo yo y para puta, tu madre”.

España había dejado clara su posición en dos documentos que envió a los norteños en julio de 1952: uno de contenido militar, debido a la pluma de Vigón; y otro de contenido económico, redactado por Jaime Argüelles, subsecretario de Economía Exterior. Las autorías, como digo, son éstas; aunque siempre se pensó que ambos informes habían sido estrechamente monitorizados por el propio Franco, de quien se especuló que había redactado personalmente algunos párrafos.

La primera conclusión de estos informes era que la ayuda definida por los estadounidenses, tanto en su vertiente económica como militar, era básicamente rácana. España defendía la idea de que no sólo tenía que ser más generosa, sino que debía producirse el compromiso de su sostenimiento a lo largo de muchos años y, esto es importante, sin mediar discriminaciones respecto de otros países europeos.

Acto seguido, se manejaba el argumento fundamental, que fue la verdadera clave de bóveda de la posición española frente a Estados Unidos durante mucho años, de que la vulnerabilidad de España se incrementaría exponencialmente desde el momento en que albergase bases estadounidenses. Argumento en el que, las cosas como son, Franco tenía toda la razón.

En consecuencia, el régimen argumentaba que la ayuda militar debía ser suficiente como para dotar adecuadamente 22 divisiones, además de proveer al ejército del aire con suficientes aeronaves y defensas antiaéreas como para garantizar la seguridad de nuestros cielos; y modernizar tanto la Armada como las defensas costeras.

Si todo eso se produjese, España estaría de acuerdo en abordar la construcción de bases enteramente españolas que, según términos a definir, podrían ser utilizadas por Estados Unidos en determinadas situaciones de emergencia. El uso de esas bases en tiempo de paz se reputaba incompatible con la dignidad de España.

En el caso (que supongo que los propios estrategas españoles consideraban bastante probable) de que Washington no aceptase estas condiciones, el acuerdo debería negociarse sobre unas premisas algo más tenues: disponibilidad inmediata para España de los 125 millones de dólares de ayuda ya aprobados por el Congreso; y diseño de dos acuerdos de seguridad mutua y ayuda militar; y retraso de la aplicación del acuerdo hasta que la ayuda necesaria pudiera ser efectiva.

En esencia, lo que estaban haciendo los negociadores españoles con este planteamiento era algo que personalmente considero de plena lógica. Lo que estaban haciendo, en mi opinión, eran preguntarse, retóricamente, si España era un aliado de Estados Unidos, o un lacayo; o, como diría Amador Rivas: “¿qué somos: lyons or huevons?”. La pregunta es, de hecho, tan importante que nunca ha quedado del todo aclarada.

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