es una reinterpretación moderna
de Luis XV, obra de Copilot.
Café y alfabetos
La canción
sifilítica
Esa cosa llamada
jansenismo
Cuando la Iglesia
decide no servir ni para lo poco que sirve 19
El conflicto de los
niños
… y Mauchaut se bajó
los pantalones (para colmo, delante de un cura)
La Enciclopedia
La riqueza del
Estado
El debate fiscal
¿A cuánto ascenderá
el déficit público?
El follón de los
jesuitas
Pelea de gallos
ilustrados
El caso Calas
El rey está
empalmado
La mujer más odiada de
Francia
La otra mujer más
odiada de Francia
L’affaire de
Bretagne
El mundo nuevo de
Maupeou
Libelos a favor y en
contra
Beaumarchais, en
escena
El rey ha muerto, que
se joda el rey
Viva el rey, mientras
no suba el pan
La guerra de la
fariña
Luz y taquígrafos
El hombre que trató a los franceses como adultos
Entre la ilusión romántica y el realismo
Vous vous êtes donné la peine de naître, et rien de plus
Escritores calaveras
El cardenal y su amigo mistabobo
Versiones
La reina de las vajillas y las pajillas
De toros y de osos
Mirabeau abre la lata de Göbels
El abad especulador
El escándalo Norman
Todo empezó con unos cuernos
Los notables
La caída de Calonne
Cállate, Borbón
El rey sordo
La declaración de 3 de mayo
Au revoir, parlement
La maduración lenta borbónica aviva el gen PNV
Un cartel en la puerta de la reina
La mala suerte
Necker retrasa la revolución francesa
Unas elecciones son más difíciles de lo que se cree
Tres, dos, uno...
Las lágrimas de un rey
Todo el mundo sabe lo que pasó en París en 1789, y no digamos después. De hecho, una de las cosas que a mí siempre me han sorprendido más es la cantidad de gente con la que me he encontrado en tertulias y encuentros varios; gentes que eran capaces de perorar durante horas sobre las tensiones, capillas y banderías que fueron surgiendo tras la toma de la Bastilla; pero que, sin embargo, sólo saben relatar los tiempos inmediatamente anteriores con ideas muy, muy genéricas.
De hecho, escuchar a algún que otro experto en la revolución francesa sobre este tema es llegar, más o menos, a la conclusión de que los reyes ejecutaban a las gentes por las calles a su total albedrío, y que de repente alguien publicó una enciclopedia y la gente, leyéndola, decidió hacer la revolución. Pues, bueno, es un poco más complicado que eso. No sólo es más complicado que eso; es que, además, la llegada de la revolución francesa es una buena demostración de un principio que luego se ha presentado en otros momentos históricos (como la llegada de Hitler al poder). El principio de que los populismos, el rupturismo, nunca se impone por sí mismo, porque la gente es por lo general renuente a la ruptura. Si llegan, es porque meten un penalty que el régimen de orden contra el que compiten se empeña en no parar. Una lección importante (que, por lo general, no supieron leer) para los monarcas absolutos; y también para las democracias (que, en el momento presente, tampoco están sabiendo leer; y por eso estoy convencido de que el siglo XXI atestiguará cosas que ahora ni podemos imaginar).
Así pues, en una serie parecida, yo diría que paralela incluso, a la que ya he publicado sobre la llegada de Hitler al poder, aquí empiezo unas notas sobre cómo llegaron los parisinos a tomar la Bastilla y a comenzar un proceso cuyas consecuencias se siguen produciendo hoy en día.
Lo primero que tenemos que entender para entender la manufactura, es conocer la materia prima. Hablemos, pues, de París en aquellas décadas tan intensas.
Se suele decir que el diablo está en los detalles. Por eso se hace tan interesante el estudio de la Historia; y por eso los historiadores ideologizados suelen ser muy malos historiadores. Hay que estar atento a las cosas y asumir que los hechos más elevados se explican por razones de lo más pequeñas. La futura revolución francesa se asienta sobre dos elementos aparentemente poco relacionados con ella; dos factores que, aisladamente, difícilmente podrían haber empujado el carro de la Historia; pero que, combinados, fueron decisivos.
El primer factor es la invención del café. No del café bebida, sino del café entendido como local público donde la gente toma café. El siglo XVII y, en mucha mayor medida, el XVIII, inventa la hostelería. Comer, y beber, fuera de casa es, hasta entonces, básicamente un servicio suplementario. El viajero que hacía parada y fonda en las hospederías que frecuentaba Alonso Quijano solía obtener, a cambio de la cama, el derecho a cenar y a libar. Poco a poco, sin embargo, la gente se fue dando cuenta de que la taberna era un lugar con entidad per se; y aunque muchos restaurantes y cafés siguieron ofreciendo alojamiento, pues se asentaban sobre edificios completos, cada vez fue siendo más frecuente el ejemplo de las personas que se juntaban en ellos sin la intención de dormir, entre otras cosas porque muchos de ellos vivían a dos o tres portales de distancia.
El café es un invento burgués. El hombre humilde, el siervo, el obrero, el campesino, no tiene nada que enseñar. Su casa son sólo las cuatro paredes dentro de las cuales se libra del frío, el calor y la lluvia. Un hombre humilde no aspira a ser visitado ni a visitar; para él, el hogar es un entorno íntimo donde existir con su familia.
El desarrollo de la burguesía urbana cambia eso. El hombre próspero y libre adquiere una determinada posición, a veces muy lujosa, otras veces simplemente decente. Y eso hace que comience a sentir la pulsión de compartir, de enseñar esa prosperidad. De ahí nace la costumbre de visitar, y ser visitado. Costumbre que los burgueses imitan de aquéllos que son en el fondo su modelo, es decir, los aristócratas; pero que llevan a un estadio de intensidad muy superior. El teatro fundamental de esta evolución se producirá algo después del tiempo que relatamos, pues todo el siglo XIX no deja de ser la edad de oro de la actividad consistente en visitar y ser visitado. En el Madrid decimonónico, las familias bien de la ciudad, que ya no siempre tienen siete apellidos, reciben una tarde fija a la semana. Los Monteleón de la calle Atocha, los viernes a las cuatro; los Armedillo de La Florida, los miércoles a las seis. Allí se bebe la bebida nacional (chocolate disuelto, normalmente con picatostes; leed a Galdós).
Todo ese proceso ya se producía en el siglo XVIII, y tuvo rápidamente una derivación, que era el encuentro colectivo en “terreno neutral”; el café. Los cafés daban buen servicio, relativamente barato; eran amplios, céntricos, y no pocos de ellos estaban estratégicamente situados para cumplir una función complementaria a otras, como ir al teatro o a la ópera.
El florecimiento de los cafés trajo consigo la primera arma revolucionaria: la tertulia.
En los cafés, en efecto, se hablaba. Se interpretaban los acontecimientos de la vida diaria. Se daban informaciones útiles sobre la peripecia de tal o cual parroquiano, se cerraban negocios... y se hablaba del gobierno. Muy pronto, de hecho, los cafés se especializaron. Es cosa sabida (no hay más que pasearse cinco minutos por X para descubrirlo) que al ser humano no le gusta discutir; le gusta refocilarse en lo que ya piensa. Esto hace que, a la hora de buscar un café donde echar una buena charleta sobre el Turco, uno se acaba amoldando incluso sin darse cuenta. Si uno piensa que el Turco es un maldito hereje que debería ser ahogado en el mar, comenzará a frecuentar aquellos cafés cuyos parroquianos piensen lo mismo; y se dirá que el café de ese otro local, donde la gente dice que a los musulmanes hay que comprenderlos y pactar con ellos, es un café malísimo y que prefiere no volver. Nada nuevo bajo el sol. En esto, no hemos cambiado ni un tantito.
El nacimiento de las reuniones espontáneas, burguesas pero también obreras (pues la taberna no es sino un café beta), comienza a labrar el ambiente de nuestra historia. El otro viene por un dato.
Ese dato nos dice que, según se estima, en el París pre revolucionario, la tasa de alfabetización puede estimarse en aproximadamente el 60%. Esto quiere decir que la ciudad, y la nación, ya no podían considerarse los ásperos lugares básicamente rurales de antaño. La urbanización de eso que creo se llama Edad Moderna había cambiado eso. El auge de oficios y formas de vivir en los que no se podía prosperar con la mera fuerza de la manos obligó a mucha gente a dominar habilidades mínimas, como la escritura, o la aritmética de la ESO.
Es la combinación de estos dos factores la que hizo posible la revolución: gente que estaba en disposición de leer porque sabía leer, y que se juntaba con otra gente en lugares públicos.
Si imaginamos un paseo por París algún día de diario de, digamos, 1760, una tarde de invierno a eso de las seis, tenemos que imaginarnos caminando por unas calles más oscuras que las actuales que, sin embargo, se veían iluminadas por la luz que llegaba del interior de los cafés más o menos abiertos (porque hace frío). Pero lo importante es que, si miramos por la ventana hacia dentro, apreciaremos, en cada café, la figura de un hombre que, antiparras en la nariz, está leyendo en voz alta de un papel.
Es crítico entender esto: la difusión del panfleterismo parisino del siglo XVIII no equivalía al porcentaje de ese 60% de alfabetos interesados en leer los panfletos que se publicaban. En realidad, era del 100%, porque los que no podían leer los panfletos los escuchaban en el café o en la taberna. Esto generó una tendencia auto explosiva (los escritores de panfletos cada vez escribieron más, entre otras cosas porque para muchos de ellos fue un negocio muy lucrativo) y alumbró un fenómeno nuevo: la opinión pública. El primer error de la monarquía borbónica fue no entender a tiempo la eclosión de la opinión pública. Pero, bueno, tampoco hay que extrañarse; eran Borbones, y los Felpudos, las cosas como son, todavía andan en entender de qué va a esa cosa llamada opinión pública.
¿Y el rey? El rey francés de antes de la revolución, lo primero que hizo fue irse de las Tullerías. Luis XIV trasladó la Corte en 1682. Y no fue el único pues, décadas después, el propio emperador Napoleón también decidiría abandonar las Tullerías (una decisión que comenzó a labrar la fama del Elíseo). Y no hay que culparles. Las Tullerías están muy bien, sobre todo si alguien las calienta; pero, no nos engañemos, tienen sus contraindicaciones. Cualquier pollo que sea capaz de juntar cien o doscientas personas te la puede liar parda poco menos que bajo la ventana de tu alcoba.
La decisión del Rey Sol fue aparentemente inocua, pero terminará por ser muy grave en estas notas. Pocas cosas alimentaron más la idea de que los franceses vivían en Marte y su rey en Venus que el hecho de que éste no viviese en la capital y, de hecho, muy a menudo la evitase en sus desplazamientos.
Los Borbones franceses son la mejor expresión de eso que hemos dado en llamar Antiguo Régimen. En un proceso que también se produjo en España, su estrategia de invasión del poder absoluto se concretó en la alienación de la asamblea popular (so to speak) que eran los Estados Generales, es decir, la reunión de los tres brazos de la nación: el clero, la nobleza y el tercer Estado. Al contrario de lo que creen muchas personas, en la Europa del Renacimiento y de la Edad Moderna, el concepto del origen divino del poder real no se llevó a la exageración. Que el rey fuese ungido por Dios y responsable tan sólo ante él y ante la Historia se interpretaba como un marchamo de inviolabilidad; pero no como una patente para el poder absoluto. Los europeos, desde la Edad Media, siempre supieron o sostuvieron que la nación residía en ellos, y sólo en ellos. La novedad del constitucionalismo europeo (la Pepa, en nuestro caso) es vertebrar esa idea constitucionalmente, pero no alumbrarla; de hecho, una cosa que parecen desconocer muchos fans de La Pepa es que se redactó con la intención de anclarla todo lo posible a las viejas tradiciones castellanas.
Por eso resulta tan absurdo, en mi opinión, sostener que las naciones no existen hasta que no se promulgan cosas como la Constitución de 1812 (eso es como sostener que los chinos que vivieron bajo los diferentes regímenes imperiales nunca fueron chinos).
Cuando la potencia militar española comenzó a perder pie en el siglo XVII, Francia tomó el relevo como primera potencia mundial; algo que pensaba que le duraría para siempre, pues los franceses consideraban que los ingleses, a quienes reputaban de sucios e inhábiles, no serían capaces de hacerles sombra. Lentamente, la monarquía cayó en la trampa en la que han caído muchos estrategas militares, desde los Austrias hasta Adolf Hitler: abrir más frentes que los que puedes cubrir. A mediados del siglo XVIII, Francia se enfangaba en más guerras que las que podía pagar; y, además, igual que el conde-duque de Olivares vivía obsesionado con la figura de Felipe II como ejemplo de grandeza pasada que había que emular, los Borbones versallescos vivían obsesionados con la figura de Luis XIV.
El poder absoluto lo trajo la necesidad de que el rey no tuviera que enfangarse en procesos y gestiones para conseguir dinero para sus guerras. La principal reivindicación de los revolucionarios en 1788, cuando reclamen la convocatoria de los Estados Generales, no será la igualdad ni el Ingreso Mínimo Vital; será la reivindicación del principio general de que los impuestos los aprueban quienes los van a pagar. Principio que ahora ha quedado notablemente matizado por la progresividad fiscal (y que es una de las razones por las que pienso que en este siglo se acabará liando parda).
El día a día del poder absoluto de Luis XV se basaba en dos elementos fundamentales. En primer lugar, estaba la lettre de cachet, es decir, la prerrogativa que el rey se había auto arrogado por la cual podía ordenar la detención y enjaretamiento en prisión de quien le saliese de las narices, con escasas o nulas garantías judiciales. La lettre de cachet, no se le escapa a nadie supongo, era una herramienta de primer orden a la hora de tener controlada la opinión en contra del rey; vamos, que se la das a Pedro Sánchez y en minutos cinco Vito Quiles está en Alcalá-Meco. Por eso os digo que uno de los grandes errores de los Borbones fue no entender el nuevo fenómeno de la opinión pública. Con literalmente decenas de personas escribiendo libelos, la mayoría anónimos, y decenas de miles de personas leyéndolos, los tiempos en los que podías meter en la cárcel a la opinión disidente habían pasado.
La segunda herramienta era el lit de justice. Francia tenía parlamento; en realidad, parlamentos, porque eran provinciales o regionales. Esos parlamentos, sin embargo, en realidad eran tribunales supremos, pues su función era entender de casos y sentenciarlos; y estaban formados por personas a las que no votaba nadie; de hecho, los puestos eran comúnmente hereditarios. Pero el parlamento sí que tenía una función constitucional, que era registrar los decretos reales. En ese proceso de registro, el parlamento podía emitir a modo de enmiendas (no vinculantes para el boss) y, en casos más enfrentados, negarse a registrar el decreto. En ese momento, el rey podía sacar a pasear el lit de justice y contestar: me la suda.
Estos mecanismos, sin embargo, eran eficientes sólo frente a una sociedad que no fuese tan dinámica como era ya la sociedad francesa en general, y parisina en particular, entrado el siglo XVIII. La avidez por la información queda muy bien representada por la “institución” del llamado Árbol de Cracovia, un árbol que estaba emplazado al norte del jardín del Palais Royal (qué buenos flanes se hacían allí). Cuando en París se generalizó la figura del nouvelliste de bouche, o contador de novedades boca a boca, éstos comenzaron a tomar la costumbre de reunirse al pie del árbol para intercambiarse noticias. El movimiento se hizo tan importante que las personas interesadas en manipular la opinión, como los embajadores de otros países por ejemplo, enviaban allí “emboscados” para que contaminasen a los nouvellistes y, así, hacer que éstos escribiesen lo que ellos querían. De hecho, pronto surgió la palabra craque para designar lo que hoy llamamos bulo. La palabra es una onomatopeya, ya que al árbol se le suponía una sabiduría, que le hacía hacer un sonido como de madera quebrada en alguna rama cuando alguien transmitía una mentira.
El árbol de Cracovia era sólo uno de los teatros posibles. Se informaba y desinformaba en el Cafe du Caveau (en las galerías del Palais Royal) y el Cafe de Foy (también en las galerías del Palais Royal, concretamente en la galería de Beaujolais). El emplazamiento no es casualidad, ya que el Palais Royal le pertenecía al duque de Orléans, y los locales en su jurisdicción no podían ser registrados por la policía sin su consentimiento, tanto Luis IV como Luis V de Orléans, aunque no llegaron a tener la impronta liberal de su nieto y bisnieto Luis Felipe, sí que eran tendentes a mantener una atmósfera de relativa libertad en sus posesiones. Otros teatros eran los jardines de Luxemburgo, en los de las Tullerías, amén de un enjambre de tiendas, normalmente de alimentos, y salones privados.
La imprenta, que ya estaba haciendo entonces mucho más barata y accesible la edición, dio el siguiente paso. A la reunión boca a boca primero la sustituyeron las nouvelles à la main, que todavía eran manuscritas. Luego comenzaron a llegar los panfletos y libelos impresos, que llenaron la avidez por información de un pueblo que todavía no tenía Prensa escrita propiamente dicha (aunque a París llegaban periódicos editados en Renania o las Provincias Unidas). En cuanto a los salones privados, se hizo famoso, por ejemplo, el de Marie-Anne Doublet, que recibía todos los sábados en su casa a un grupo de personas que pronto fue conocido como la paroisse (la parroquia). Doublet tenía un pequeño ejército de sirvientes que se pasaban toda la semana laboral, por así decirlo, visitando a otros sirvientes en otras casas, para capturar cotilleos. Con esa información se hacían dos boletines: uno de noticias que se consideraban ciertas y otras más dudosas. Los miembros de la parroquia contrastaban todo esto cada sábado, añadían, quitaban, confirmaban o desmentían; y luego los sirvientes preparaban un boletín de resumen. En 1777 este boletín se imprimió por primera vez; su versión impresa alcanza 36 volúmenes.
En París, además, había bastantes librerías que se beneficiaban de que el mercado del libro era muy pujante. A ello contribuía que el gobierno, aunque formalmente estuviese en contra de muchos de los resultados de ese proceso que llamamos Ilustración (sobre todo el laicismo o el directo ataque a la religión), permitía por omisión que estas publicaciones se distribuyesen. De hecho, cuando se publicó la edición en cuarto (más barata) de la Enciclopedia de Diderot, se puede decir que incluso la promocionó.
Mi profesora de mandarín, cuando me explica las sutilezas de la sintaxis del chino, me dice: “los chinos primero montamos el teatro, y sólo después contamos la acción”. Pues, bueno: el teatro ya está montado.
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