Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over
Entre el 9 y el 11 de diciembre de 1922 se celebró la llamada segunda conferencia de Londres sobre las reparaciones. Una conferencia en la que estuvieron Los Cuatro: Andrew Bonar, Raymond Poincaré, Benito Mussolini y el belga Georges Theunis. Era la primera vez que Mussolini asistía a una conferencia internacional; y ya se buscó la manera de que una multitud fascista se agolpase delante de su hotel, para que pudiera salir al balcón a hacer sus típicos gestos de break dance fascista.
La reunión
comenzó subrayando las palabras más importantes de una nota enviada por el
canciller Cuno. Nota en la que el canciller reiteraba los términos de la nota
de noviembre, y reafirmaba el compromiso alemán con la estabilización de su
economía y el cumplimiento de los compromisos de pago.
Los aliados,
sin embargo, reiteraron su valoración de la nota de noviembre en el sentido de
que era un texto demasiado vago que no se podía aprobar. Sin embargo, no todo
fueron pasos atrás. Bonar Law anunció que, en el caso que en la conferencia se
lograse pactar un régimen de pagos adecuado y posible, Reino Unido renunciaría
a las deudas que Alemania tenía con él. Poincaré le contestó que eso era muy
generoso y comprensivo por su parte; pero que cualquier acuerdo en materia de
pagos debía estar sujeto a la condición previa de que Alemania aclarase qué iba
a hacer para estabilizar el marco y, en general, aportase las garantías
económicas adecuadas. En otras palabras, el show
me the money de toda la vida. Mussolini, por su parte, propuso una
reducción de la deuda alemana a 50.000 millones de marcos-oro, una moratoria de
pagos de dos años, y un préstamo internacional de 4.000 millones.
En estas
circunstancias, estaba claro que los aliados no estaban en condiciones de
pactar una política común. Así las cosas, Poincaré advirtió de que el gobierno
francés pensaba invadir la cuenca del Ruhr el 15 de enero de 1923; que lo haría
en compañía de sus aliados, o sola; eso, ya, a gusto del consumidor. Bonar Law
le contestó que la ocupación del Ruhr no podía realizarse para garantizar los
pagos alemanes. En ese punto, los aliados acordaron no estar de acuerdo, y se
levantaron de la mesa.
Todo lo que
necesitaba Francia para poder invadir el Ruhr era un hecho concreto que violase
el tratado de Versalles. Lo encontró en la madera. El 2 de diciembre, el
gobierno alemán había comunicado que no sería capaz de hacer todas las entregas
de madera que estaban comprometidas en el calendario de pagos y había pedido un
aplazamiento hasta el 1 de abril de 1923. Asimismo, los alemanes no habían sido
capaces de hacer entrega de los 14.000 postes telegráficos a que venían
obligados.
El 26 de
diciembre, la Comisión de Reparaciones aprobó en París, por tres votos contra
uno, declarar que el gobierno alemán estaba en impago voluntario de los términos del tratado de Versalles, a
causa de no haber hecho las entregas de madera previstas. El votante en contra
fue Reino Unido. Al día siguiente, la decisión de la comisión le fue comunicada
al gobierno alemán. Cuno argumentó que el problema de la madera era meramente
provisional.
El 31 de
diciembre, en un discurso pronunciado en Hamburgo, Cuno hizo público el hecho
de que la Comisión de Reparaciones había rechazado las propuestas alemanas de
la nota de noviembre. El tema estaba más tenso que Ione Belarra en el salto de
la reja de Almonte. Los aliados convocaron a pelo puta una conferencia más, del
2 al 4 de enero de 1923, para discutir los impagos alemanes de la madera, a los
que ahora se habían juntado otros de carbón. Poincaré, que intervino el primero
el día 2, dejó claro eso que le gritaron a Felipe González los huelguistas del 14D: si esto no se apaña, caña, caña, caña; es decir,
que iba a invadir el Ruhr porque lo de la puta madera no tenía nombre. Andrew
Bonar Law puso encima de la mesa un plan por el que Alemania no pagaría nada
durante dos años, y después 2.500 millones de marcos-oro en los dos años
siguientes a la moratoria. Pasados diez años, los pagos se incrementarían a
3.500 millones. A cambio, el gobierno alemán debería estabilizar la moneda,
aceptar la supervisión financiera de los aliados y aceptar sanciones si no cumplía.
La conferencia se disolvió para que los aliados pudieran analizar la propuesta.
Poincaré no
tardó ni 18 horas en leerse la propuesta y subrayarla. Al día siguiente hizo un
discurso en el que la puso de puta para arriba. La calificó de “completamente
inaceptable”. La delegación belga, que no se olvide estaba lógicamente
presionada por una sociedad que había visto cómo, durante la guerra, los
alemanes no habían dejado allí ni los ceniceros, se declaró “horrorizada” ante
la actitud lenitiva de los británicos respecto de los alemanes. Mussolini hizo
hilo con franceses y belgas. En realidad, incluso Lord Curzon expresó antipatía
hacia la propuesta de su primer ministro.
Así las cosas,
el 4 de enero la conferencia terminó con un desacuerdo más. El día 9, la
comisión aprobó de nuevo, por tres votos contra uno, que el impago alemán había
sido voluntario. La decisión pasaba por alto el hecho de que alguno de los
incumplimientos que denunciaba eran poca cosa. Sin ir más lejos, el
incumplimiento del carbón consistía en haber enviado Alemania 11,7 millones de
toneladas en lugar de 13,8 millones que tenía comprometidas.
El 10 de enero,
el gobierno francés informó al alemán de que, dado que se estaba incumpliendo
el artículo 18 del tratado de Versalles, Francia y Bélgica enviarían tropas al
Ruhr, “en cantidad suficiente para garantizar el envío”.
El 11 de enero,
los franceses y los belgas enviaron al Ruhr a una Misión Interaliada para el
Control de Factorías y Minas, compuesta por 72 ingenieros. Su orden principal
era hacerse con el control del sindicato minero de Renania-Westfalia. Dos días
antes, sin embargo, este sindicato aprobó el traslado de su sede desde Essen a
Hamburgo, buscando que los aliens francoparlantes no les pudieran tocar. Esto,
obviamente, no evitó que 70.000 soldados franceses y 100.000 belgas, todos
ellos a las órdenes del general francés Jean Degoutte, ocupasen el Ruhr. El 16
de enero, los franco belgas habían llegado hasta Dortmund.
El movimiento
de ocupación provocó una condena internacional muy amplia, empezando por el
socio aliado británico. Estados Unidos, que tenía tropas propias en el Ruhr,
las quitó de en medio; la Unión
Soviética se mostró indignada. Incluso Polonia y Checoslovaquia, aliados
estratégicos de Francia, se opusieron.
Con la cuenca
del Ruhr, Alemania perdía el 72% de todo su carbón y el 53% de su acero. La
operación viene a ser, más o menos, como si hace medio siglo, cuando España
tenía un importante sector industrial, alguien hubiese invadido Asturias y el
País Vasco. Carente de un ejército propiamente dicho, la clase política alemana
votó el 13 de enero, por 283 votos contra 12, poner en marcha una política de
resistencia pasiva.
En ese punto
procesal, el canciller Cuno estaba convencido de que los ocupantes no iban a
ser capaces de hacerse con el control efectivo de las minas y las estructuras
productivas de la región. La resistencia pasiva, por otra parte, se concretó en
movimientos por los cuales los trabajadores fueron retribuidos con salarios a
cambio de quedarse en casa, y compensaciones a los empresarios por no producir.
Todo esto se financió de la única forma que sabía el gobierno: imprimiendo
billetes.
Toda Alemania
estaba por la resistencia. El mismísimo presidente Ebert dijo en público que
era obligación de todo alemán ponerle las cosas lo más difíciles posible a los
invasores. Sin embargo, en el ámbito político hubo una opinión que divergió de
las demás: la de Adolf Hitler Poezl.
Hitler comenzó
a hacer discursos ridiculizando la resistencia pasiva como cosa de nenazas. Lo
que había que hacer, decía, era resistencia activa: atentados terroristas,
sabotajes, lo que hiciere falta. En un discurso que pronunció el 11 de enero en
el Circus Krone de Munich, bramó: el problema no es "fuera los franceses"; el
problema es "fuera los criminales de noviembre". Eran ellos, los políticos de
Weimar, los que habían apuñalado a Alemania por la espalda, la habían dejado
inerme. Para entonces, en todo caso, en cumplimiento de la ley para la defensa
de la república, el NSDAP había sido prohibido en Prusia, Baden y Sajonia.
El 19 de enero,
el gobierno alemán ordenó a todos sus empleados que se negasen a obedecer a los
franceses y a los belgas. La orden fue seguida muy mayoritariamente tanto por
trabajadores públicos como privados. En realidad, el Ruhr quedó paralizado. El
gobierno paró todas las entregas de carbón en el entorno de las reparaciones, y
pronto la prohibición se extendió a todo tipo de entregas en especie.
La respuesta de
franceses y belgas fue: para chulo, mi pirulo. Para empezar, Poincaré
ordenó extender la ocupación más allá de los límites que le permitía Versalles.
Los ocupantes tomaron las fábricas, los bosques, los edificios oficiales; y
allí donde los alemanes se negaron a trabajar para ellos, importaron
inmigrantes. Se prohibió el comercio entre el área del Ruhr y el resto de
Alemania. El 23 de enero, de hecho, el área del Ruhr quedó completamente
aislada del resto de Alemania. Durante la ocupación, casi 150.000 ciudadanos
alemanes fueron expulsados de la región. Se crearon Cortes francesas que
impusieron penas muy duras contra los ciudadanos que se negaron a trabajar para
ellos. Asimismo, se impusieron fuertes multas a los empresarios por no producir.
Un atentado producido contra un puente en Duisburgo, que provocó nueve muertos,
generó un consejo de guerra en el que se acabaron aplicando siete sentencias de
muerte.
El peor
episodio de violencia durante la ocupación ocurrió en la factoría Krupp de
Essen el 31 de marzo, con un enfrentamiento directo entre trabajadores alemanes
y tropas francesas. Los franceses mataron a 13 trabajadores e hirieron a 40.
Una Corte francesa sentenció al propietario de la fábrica, Gustav Georg
Friedrich Maria Krupp von Bohlen und Halbach, y otros nueve ejecutivos, a penas
de prisión entre seis meses y 20 años, además de imponer multas de 100 millones
de marcos.
A principios de
mayo, el péndulo de la resistencia pasiva, que inicialmente había afectado más
a los ocupantes, comenzaba a moverse en contra de los alemanes. En ese momento,
el Reichsbank tenía contratadas 30 fábricas con 1.800 imprentas para poder imprimir,
de día y de noche, todos los billetes que necesitaba imprimir. Alemania estaba
en el paraíso de Eduardo Garzón. El billete más bestial que se llegaría a
imprimir era el de 100 billones de marcos.
El 2 de mayo,
un gobierno alemán presionado por las circunstancias y su escasez, voluntaria o
involuntaria, de herramientas de política económica, lanzó una nota a los
aliados, los países neutrales y el Papa, para tratar de resolver la crisis del
Ruhr. La nota, sin embargo, reafirmaba que Alemania seguiría practicando la
resistencia pasiva y, lo que es peor, no contenía ninguna propuesta de
compromiso en calendario alguno de pagos. La única oferta concreta que contenía
la nota era un compromiso para pagar un total de 30.000 millones de marcos-oro
de los teóricamente ya acordados 132.000 millones, de los cuales 20.000
millones se pagarían el 1 julio de 1927, seguido de dos pagos de 5.000 millones
el 1 de julio de 1929 y 1931. El 6 de mayo, los franceses contestaron que
aquella nota “apenas intenta esconder un rechazo total al tratado de
Versalles”. Incluso el gobierno británico, en otras cosas más comprensivo con
los alemanes, calificó el plan de “totalmente falto de realismo”.
En el Ruhr,
mientras tanto, la resistencia terrorista activa se estaba consolidando. Los
terroristas atentaban contra transportes y establecimientos franceses; lo que pasa es que ésta es una Guesistans por la que nunca se han interesado ni el cine ni las novelas. El
miembro más conocido de estas partidas fue Leo Schlageter, que fue fusilado por
los franceses el 26 de mayo en
Düsseldorf después de haber sido condenado a muerte. Schlageter, un veterano de
los Freikorps, se había apuntado
recientemente al NSDAP, por lo que su muerte le aportó al partido el mártir que
necesitaban para montarlo en plan Jarrai y tal.
1923, el año de
la ocupación del Ruhr, fue, como habéis leído, el año en el que el gobierno
alemán decidió financiar una resistencia pasiva a base de pagarle a los
alemanes por no trabajar para los franceses. Aquello hizo que una economía que
ya llevaba meses basándose casi únicamente en la expansión de la masa monetaria
procediese a inflarla de forma estratosférica. 1923, pues, fue un año de híper
inflación en modo experto. La inflación abrió una zanja profundísima entre la
Alemania rural y la Alemania urbana. En el campo, mal que bien, muchas familias
pudieron sobrevivir. Pero en las ciudades la existencia era imposible, entre
otras cosas porque los agricultores y ganaderos se negaban a vender sus
productos para recibir a cambio papelitos que no valían nada. En esas
condiciones, pronto incluso el tráfico de mercancías del campo a la ciudad se
cortocircuitó, dado que la mayoría de los convoyes eran asaltados en las
carreteras.
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