lunes, abril 20, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (23): El Ruhr

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Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over


Entre el 9 y el 11 de diciembre de 1922 se celebró la llamada segunda conferencia de Londres sobre las reparaciones. Una conferencia en la que estuvieron Los Cuatro: Andrew Bonar, Raymond Poincaré, Benito Mussolini y el belga Georges Theunis. Era la primera vez que Mussolini asistía a una conferencia internacional; y ya se buscó la manera de que una multitud fascista se agolpase delante de su hotel, para que pudiera salir al balcón a hacer sus típicos gestos de break dance fascista.

La reunión comenzó subrayando las palabras más importantes de una nota enviada por el canciller Cuno. Nota en la que el canciller reiteraba los términos de la nota de noviembre, y reafirmaba el compromiso alemán con la estabilización de su economía y el cumplimiento de los compromisos de pago.

Los aliados, sin embargo, reiteraron su valoración de la nota de noviembre en el sentido de que era un texto demasiado vago que no se podía aprobar. Sin embargo, no todo fueron pasos atrás. Bonar Law anunció que, en el caso que en la conferencia se lograse pactar un régimen de pagos adecuado y posible, Reino Unido renunciaría a las deudas que Alemania tenía con él. Poincaré le contestó que eso era muy generoso y comprensivo por su parte; pero que cualquier acuerdo en materia de pagos debía estar sujeto a la condición previa de que Alemania aclarase qué iba a hacer para estabilizar el marco y, en general, aportase las garantías económicas adecuadas. En otras palabras, el show me the money de toda la vida. Mussolini, por su parte, propuso una reducción de la deuda alemana a 50.000 millones de marcos-oro, una moratoria de pagos de dos años, y un préstamo internacional de 4.000 millones.

En estas circunstancias, estaba claro que los aliados no estaban en condiciones de pactar una política común. Así las cosas, Poincaré advirtió de que el gobierno francés pensaba invadir la cuenca del Ruhr el 15 de enero de 1923; que lo haría en compañía de sus aliados, o sola; eso, ya, a gusto del consumidor. Bonar Law le contestó que la ocupación del Ruhr no podía realizarse para garantizar los pagos alemanes. En ese punto, los aliados acordaron no estar de acuerdo, y se levantaron de la mesa.

Todo lo que necesitaba Francia para poder invadir el Ruhr era un hecho concreto que violase el tratado de Versalles. Lo encontró en la madera. El 2 de diciembre, el gobierno alemán había comunicado que no sería capaz de hacer todas las entregas de madera que estaban comprometidas en el calendario de pagos y había pedido un aplazamiento hasta el 1 de abril de 1923. Asimismo, los alemanes no habían sido capaces de hacer entrega de los 14.000 postes telegráficos a que venían obligados.

El 26 de diciembre, la Comisión de Reparaciones aprobó en París, por tres votos contra uno, declarar que el gobierno alemán estaba en impago voluntario  de los términos del tratado de Versalles, a causa de no haber hecho las entregas de madera previstas. El votante en contra fue Reino Unido. Al día siguiente, la decisión de la comisión le fue comunicada al gobierno alemán. Cuno argumentó que el problema de la madera era meramente provisional.

El 31 de diciembre, en un discurso pronunciado en Hamburgo, Cuno hizo público el hecho de que la Comisión de Reparaciones había rechazado las propuestas alemanas de la nota de noviembre. El tema estaba más tenso que Ione Belarra en el salto de la reja de Almonte. Los aliados convocaron a pelo puta una conferencia más, del 2 al 4 de enero de 1923, para discutir los impagos alemanes de la madera, a los que ahora se habían juntado otros de carbón. Poincaré, que intervino el primero el día 2, dejó claro eso que le gritaron a Felipe González los huelguistas del 14D: si esto no se apaña, caña, caña, caña; es decir, que iba a invadir el Ruhr porque lo de la puta madera no tenía nombre. Andrew Bonar Law puso encima de la mesa un plan por el que Alemania no pagaría nada durante dos años, y después 2.500 millones de marcos-oro en los dos años siguientes a la moratoria. Pasados diez años, los pagos se incrementarían a 3.500 millones. A cambio, el gobierno alemán debería estabilizar la moneda, aceptar la supervisión financiera de los aliados y aceptar sanciones si no cumplía. La conferencia se disolvió para que los aliados pudieran analizar la propuesta.

Poincaré no tardó ni 18 horas en leerse la propuesta y subrayarla. Al día siguiente hizo un discurso en el que la puso de puta para arriba. La calificó de “completamente inaceptable”. La delegación belga, que no se olvide estaba lógicamente presionada por una sociedad que había visto cómo, durante la guerra, los alemanes no habían dejado allí ni los ceniceros, se declaró “horrorizada” ante la actitud lenitiva de los británicos respecto de los alemanes. Mussolini hizo hilo con franceses y belgas. En realidad, incluso Lord Curzon expresó antipatía hacia la propuesta de su primer ministro.

Así las cosas, el 4 de enero la conferencia terminó con un desacuerdo más. El día 9, la comisión aprobó de nuevo, por tres votos contra uno, que el impago alemán había sido voluntario. La decisión pasaba por alto el hecho de que alguno de los incumplimientos que denunciaba eran poca cosa. Sin ir más lejos, el incumplimiento del carbón consistía en haber enviado Alemania 11,7 millones de toneladas en lugar de 13,8 millones que tenía comprometidas.

El 10 de enero, el gobierno francés informó al alemán de que, dado que se estaba incumpliendo el artículo 18 del tratado de Versalles, Francia y Bélgica enviarían tropas al Ruhr, “en cantidad suficiente para garantizar el envío”.

El 11 de enero, los franceses y los belgas enviaron al Ruhr a una Misión Interaliada para el Control de Factorías y Minas, compuesta por 72 ingenieros. Su orden principal era hacerse con el control del sindicato minero de Renania-Westfalia. Dos días antes, sin embargo, este sindicato aprobó el traslado de su sede desde Essen a Hamburgo, buscando que los aliens francoparlantes no les pudieran tocar. Esto, obviamente, no evitó que 70.000 soldados franceses y 100.000 belgas, todos ellos a las órdenes del general francés Jean Degoutte, ocupasen el Ruhr. El 16 de enero, los franco belgas habían llegado hasta Dortmund.

El movimiento de ocupación provocó una condena internacional muy amplia, empezando por el socio aliado británico. Estados Unidos, que tenía tropas propias en el Ruhr, las quitó de en medio;  la Unión Soviética se mostró indignada. Incluso Polonia y Checoslovaquia, aliados estratégicos de Francia, se opusieron.

Con la cuenca del Ruhr, Alemania perdía el 72% de todo su carbón y el 53% de su acero. La operación viene a ser, más o menos, como si hace medio siglo, cuando España tenía un importante sector industrial, alguien hubiese invadido Asturias y el País Vasco. Carente de un ejército propiamente dicho, la clase política alemana votó el 13 de enero, por 283 votos contra 12, poner en marcha una política de resistencia pasiva.

En ese punto procesal, el canciller Cuno estaba convencido de que los ocupantes no iban a ser capaces de hacerse con el control efectivo de las minas y las estructuras productivas de la región. La resistencia pasiva, por otra parte, se concretó en movimientos por los cuales los trabajadores fueron retribuidos con salarios a cambio de quedarse en casa, y compensaciones a los empresarios por no producir. Todo esto se financió de la única forma que sabía el gobierno: imprimiendo billetes.

Toda Alemania estaba por la resistencia. El mismísimo presidente Ebert dijo en público que era obligación de todo alemán ponerle las cosas lo más difíciles posible a los invasores. Sin embargo, en el ámbito político hubo una opinión que divergió de las demás: la de Adolf Hitler Poezl.

Hitler comenzó a hacer discursos ridiculizando la resistencia pasiva como cosa de nenazas. Lo que había que hacer, decía, era resistencia activa: atentados terroristas, sabotajes, lo que hiciere falta. En un discurso que pronunció el 11 de enero en el Circus Krone de Munich, bramó: el problema no es "fuera los franceses"; el problema es "fuera los criminales de noviembre". Eran ellos, los políticos de Weimar, los que habían apuñalado a Alemania por la espalda, la habían dejado inerme. Para entonces, en todo caso, en cumplimiento de la ley para la defensa de la república, el NSDAP había sido prohibido en Prusia, Baden y Sajonia.

El 19 de enero, el gobierno alemán ordenó a todos sus empleados que se negasen a obedecer a los franceses y a los belgas. La orden fue seguida muy mayoritariamente tanto por trabajadores públicos como privados. En realidad, el Ruhr quedó paralizado. El gobierno paró todas las entregas de carbón en el entorno de las reparaciones, y pronto la prohibición se extendió a todo tipo de entregas en especie.

La respuesta de franceses y belgas fue: para chulo, mi pirulo. Para empezar, Poincaré ordenó extender la ocupación más allá de los límites que le permitía Versalles. Los ocupantes tomaron las fábricas, los bosques, los edificios oficiales; y allí donde los alemanes se negaron a trabajar para ellos, importaron inmigrantes. Se prohibió el comercio entre el área del Ruhr y el resto de Alemania. El 23 de enero, de hecho, el área del Ruhr quedó completamente aislada del resto de Alemania. Durante la ocupación, casi 150.000 ciudadanos alemanes fueron expulsados de la región. Se crearon Cortes francesas que impusieron penas muy duras contra los ciudadanos que se negaron a trabajar para ellos. Asimismo, se impusieron fuertes multas a los empresarios por no producir. Un atentado producido contra un puente en Duisburgo, que provocó nueve muertos, generó un consejo de guerra en el que se acabaron aplicando siete sentencias de muerte.

El peor episodio de violencia durante la ocupación ocurrió en la factoría Krupp de Essen el 31 de marzo, con un enfrentamiento directo entre trabajadores alemanes y tropas francesas. Los franceses mataron a 13 trabajadores e hirieron a 40. Una Corte francesa sentenció al propietario de la fábrica, Gustav Georg Friedrich Maria Krupp von Bohlen und Halbach, y otros nueve ejecutivos, a penas de prisión entre seis meses y 20 años, además de imponer multas de 100 millones de marcos.

A principios de mayo, el péndulo de la resistencia pasiva, que inicialmente había afectado más a los ocupantes, comenzaba a moverse en contra de los alemanes. En ese momento, el Reichsbank tenía contratadas 30 fábricas con 1.800 imprentas para poder imprimir, de día y de noche, todos los billetes que necesitaba imprimir. Alemania estaba en el paraíso de Eduardo Garzón. El billete más bestial que se llegaría a imprimir era el de 100 billones de marcos.

El 2 de mayo, un gobierno alemán presionado por las circunstancias y su escasez, voluntaria o involuntaria, de herramientas de política económica, lanzó una nota a los aliados, los países neutrales y el Papa, para tratar de resolver la crisis del Ruhr. La nota, sin embargo, reafirmaba que Alemania seguiría practicando la resistencia pasiva y, lo que es peor, no contenía ninguna propuesta de compromiso en calendario alguno de pagos. La única oferta concreta que contenía la nota era un compromiso para pagar un total de 30.000 millones de marcos-oro de los teóricamente ya acordados 132.000 millones, de los cuales 20.000 millones se pagarían el 1 julio de 1927, seguido de dos pagos de 5.000 millones el 1 de julio de 1929 y 1931. El 6 de mayo, los franceses contestaron que aquella nota “apenas intenta esconder un rechazo total al tratado de Versalles”. Incluso el gobierno británico, en otras cosas más comprensivo con los alemanes, calificó el plan de “totalmente falto de realismo”.

En el Ruhr, mientras tanto, la resistencia terrorista activa se estaba consolidando. Los terroristas atentaban contra transportes y establecimientos franceses; lo que pasa es que ésta es una Guesistans por la que nunca se han interesado ni el cine ni las novelas. El miembro más conocido de estas partidas fue Leo Schlageter, que fue fusilado por los  franceses el 26 de mayo en Düsseldorf después de haber sido condenado a muerte. Schlageter, un veterano de los Freikorps, se había apuntado recientemente al NSDAP, por lo que su muerte le aportó al partido el mártir que necesitaban para montarlo en plan Jarrai y tal.

1923, el año de la ocupación del Ruhr, fue, como habéis leído, el año en el que el gobierno alemán decidió financiar una resistencia pasiva a base de pagarle a los alemanes por no trabajar para los franceses. Aquello hizo que una economía que ya llevaba meses basándose casi únicamente en la expansión de la masa monetaria procediese a inflarla de forma estratosférica. 1923, pues, fue un año de híper inflación en modo experto. La inflación abrió una zanja profundísima entre la Alemania rural y la Alemania urbana. En el campo, mal que bien, muchas familias pudieron sobrevivir. Pero en las ciudades la existencia era imposible, entre otras cosas porque los agricultores y ganaderos se negaban a vender sus productos para recibir a cambio papelitos que no valían nada. En esas condiciones, pronto incluso el tráfico de mercancías del campo a la ciudad se cortocircuitó, dado que la mayoría de los convoyes eran asaltados en las carreteras.

Las personas sufrían la híper inflación; y, obviamente, necesitaban encontrar a alguien distinto de ellos que fuese el responsable de ella. Muchos comenzaron a pensar que, tal y como decía cierta propaganda, la culpa era de los judíos. En ciudades como Colonia o Breslau se registraron ataques antisemitas. El peor episodio, en todo caso, ocurrió en el barrio judío de Berlín, Scheunenviertel, cerca de la Alexanderplatz, en los días 5 y 6 de noviembre. Los hechos se vieron precedidos por una violenta campaña en la prensa ultra nacionalista y, según diversos testimonios, fueron perpetrados por grupos de jóvenes con camisas negras perfectamente organizados, que atacaron todo lo que les pareció judío, sobre todo destrozando las tiendas y robando su contenido.

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