martes, marzo 17, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (6): Los socialistas sofocan la revolución socialista


 


Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over

 


Con la llegada del año 1919, los problemas entre Ebert y su izquierda hicieron todo menos mejorar. Los comunistas y filocomunistas consideraban que habían liado la que habían liado para algo que no se parecía en nada a lo que estaba pasando. El 3 de enero, todos los miembros del USPD en el gobierno de Prusia dimitieron en bloque. Al día siguiente, Paul Hirsch, que era el jefe de gobierno de Prusia, o sea el Isabelo Ayuso del momento, cesó a Emil Eichhorn, que era el jefe de policía del distrito de Berlín y era miembro del USPD. Era, pues, una bravata precisamente contra los políticos que ahora se iban del gobierno.

Eichhorn fue sustituido por un socialdemócrata templado llamado Eugen Ernst. Es decir: alguien todavía más alejado de los comunistas. El nombramiento generó rumores de toda laya. Unos decían que era un movimiento de las fuerzas más conservadoras del nuevo poder para llevarse por delante incluso a Ebert; otros, que era un plan de Ebert para apretarle las tuercas en la calle al USPD, los capataces del socialismo y los comunistas, en un momento en el que éstos estaban verdes para la revolución. De hecho, el USPD y los capataces recibieron el cese de Eichhorn, el mismo día que se produjo, con la convocatoria de una movida callejera al día siguiente; movida a la que los comunistas se adhirieron con pasión de actor subvencionado.

El 5 de enero, efectivamente, hubo una manifestación monstruo de trabajadores en Berlín. Los manifestantes ocuparon varios periódicos, incluido el Vorwärts, el órgano de los socialdemócratas. Eichhorn, apoyado en esto por sus correligionarios, se negó a dejar su puesto.

Aquella tarde, tras la manifestación, los estrategas de los grupos de izquierdas, muy venidos arriba por el éxito de su marcha, se reunieron para diseñar nuevas acciones. Aquello fue como una partida de mus entre mentirosos compulsivos; unos se fueron calentando la boca a otros, hasta que alguien puso encima de la mesa un órdago a chica, y todos lo quisieron: lo que había que hacer era, directamente, derribar el gobierno Ebert. Pero ya lo dice el refrán: jugador de chica, perdedor de mus.

Una vez más de las muchas que se pueden contar, un grupo de izquierdas había quedado mesmerizado por el éxito de una manifestación, llegando a la errónea conclusión de que llenar las calles venía a significar que todo el mundo estaba con ellos. A los grupos políticos y sindicales, en efecto, les cuesta entender que, por muy ancha que sea la plaza de Colón, llenarla de gente no es tan difícil. De hecho, cuando se contempla un acto verdaderamente multitudinario (como pueda ser el recibimiento de La Roja tras ganar un Mundial) se entiende perfectamente cuál es el significado real de la expresión “mucha gente”. Franco coligió que toda España estaba con él porque llenó la plaza de Oriente de funcionarios del sindicato vertical tras haber fusilado a los terroristas del FRAP y de la ETA; Albert Rivera se creyó que todo el monte sería orgasmo después de llenar la plaza de Colón; los sindicatos, después de un 1 de mayo, se masturban pensando que la clase trabajadora está con ellos. Pero lo cierto es que, aún siendo ciertas las cifras, si alguien consigue reunir a un millón de personas en Madrid, eso no deja de significar que no ha conseguido reunir a dos millones más, y eso sólo hablando del casco urbano.

La extraña confluencia (porque era muy extraña; en realidad, contra natura) entre el USPD, los capataces y los antiguos espartaquistas se convenció de que el 5 de enero había supuesto el aval definitivo a un segundo Octubre, esta vez en Berlín.

El día 6 de enero, el comité organizador de la revolución alemana hizo público un manifiesto. Llamaba a los trabajadores a pasar de currar aquel día y apiñarse en la Siegesallee a las 11 de la mañana para hacer la revolución de una puta vez. En respuesta, unos 100.000 manifestantes se concentraron en la Alexanderplatz, delante de la sede central de la policía, no pocos de ellos armados.

Se había cumplido la maldición de Vladimir Lenin. El hijo de Elías había pensado, en algún momento de su vida, que Alemania sería el epicentro, la zona cero de la revolución bolchevique internacional. Pero con el tiempo se había dado cuenta de que no. En un tiempo como aquél, en el que en la mayoría de las estaciones de tren había que comprar un billete específico para pasar al andén, Lenin decía, con notables dosis de sorna rusa, que un revolucionario alemán, si tuviera que tomar al asalto una estación de tren, primero compraría el billete para entrar en el andén; y que por cosas como ésa la revolución en Alemania era algo imposible. Si os fijáis, eso fue exactamente lo que pasó. ¿Qué clase de revolucionario subnormal genera una cita pública a las 11 de la mañana para hacer la revolución?

El hecho, además, es que las cosas estaban peor todavía. Porque resulta que ese comité revolucionario, que como os he contado había decidido dar un golpe de Estado en apenas unas horas, en realidad no tenía un plan. Los miembros de dicho comité estaban reunidos dentro del edificio policial de la Alexanderplatz. Las gentes que estaban fuera esperaban una orden. Pero el caso es que el comité estuvo reunido todo el día 6 y parte de la mañana del 7, sin tomar una puta decisión y, lo que es peor, sin siquiera dirigirse a las masas afuera. La gente, tras esperar 24 horas, se marchó a casa. Porque cualquiera de vosotros que conozca un poco Berlín sabe que es un sitio en el que, en pleno mes de enero, no es ninguna buena idea montar un 15M. Eso sólo le puede salir bien a los bacilococos.

Para lo que sirvió aquel coitus revolutionarius interruptus fue para que el gobierno Ebert se diese cuenta de que necesitaba músculo para neutralizar una rebelión obrera. Por ello, el 5 de enero hizo su propia proclama, esta vez dirigida a todos los trabajadores de Alemania, en la que decía que la república democrática estaba en peligro por los ataques de “los bandidos armados de la Liga Espartaquista”, y que había que defenderla. Así las cosas, el 6, mientras las izquierdas concentraban a sus trabajadores en la Alexanderplatz, el gobierno concentraba a los suyos delante de la Cancillería, desde donde les habló el eterno Scheidemann.

Ese mismo día, Ebert convocó una reunión del Consejo de Comisarios del Pueblo, al que le dijo que aquello no se resolvería sin el recurso a la fuerza militar. Allí mismo, propuso que el socialdemócrata Gustav Noske quedase encomendado de sofocar aquella revuelta. Noske ya era un importante asesor en temas de seguridad del Consejo, y había desempeñado un papel importante en el tema de los marineros de Kiel. Noske era, además, un tipo enormemente pragmático. No sólo organizó tropas regulares, sino que, sin ningún tipo de reparo, convocó a los Cuerpos Libres o Freikorps, unidades paramilitares formadas por veteranos de guerra, furiosamente anticomunistas. Ahí comenzó el gustillo alemán de la época por los ejércitos paramilitares, que tan bien acabaría por explotar Adolfo.

El día 8 de enero, cuando ya tenían claro que Ebert iba a contestar al hierro con hierro (y que, además, era como las lentejas y tenía mucho hierro), los del comité revolucionario se pusieron nerviosos. Sacaron otro comunicado (su último comunicado) lleno de palabras huecas; una mezcla entre redacción de colegio de Íñigo Errejón y página del diario de Cuca Gamarra, con retórica marxista. El 9 de enero, el KPD, viendo que allí mucho frufrufú pero nada de ñiquiñiqui, se largó del comité.

Ebert, mientras tanto, había creado el Sozialdemkratischer Helferdienst o servicio auxiliar socialdemócrata; una especie de guardia pretoriana que guardaba el Reichstag y otros edificios oficiales. El 8 de enero, en un comunicado, dejó claro que, en el lenguaje de Alfonso Guerra, el que se moviese no iba a salir en la foto.

Una de las mercancías averiadas que ha construido la constante corriente de graduados en Historia insoportablemente leves que mana de las universidades desde hace ya décadas es que el gobierno Ebert se apoyó casi en exclusiva en los Freikorps para reprimir la revolución de enero. Esto, en realidad, es farfolla estalinista, normalmente adquirida a precio bajo por la Ceja de turno. Es una tesis atractiva: la socialdemocracia moderada echando mano de tipos que eran fascistas en potencia para reprimir una justa revolución de la mayoría proletaria. Sin embargo, no es verdad. En primer lugar, los grandes represores de enero fueron los soldados regulares, cosa que no debe extrañarnos, pues hacía ya semanas que Gröner había comprometido su dedicada implicación. En segundo lugar, la justa revolución no era más justa que la república democrática; lo era mucho menos, de hecho. En tercer lugar, muy ligado al segundo, la revolución no es que no fuese apoyada por una mayoría de alemanes; ni siquiera la apoyaba la mayoría de la clase trabajadora, como demuestra la respuesta masiva a la proclama de Ebert llamando a los trabajadores a ir a Berlín a defender la democracia.

Esto es tan verdad que los primeros miembros de los Freikorps que pisaron las calles de Berlín no lo hicieron hasta el 11 de enero. Lo que sí es cierto es que, en cuanto llegaron, se aplicaron a fondo. Uno de sus principales objetivos fue liberar el Vorwärts. Lo bombardearon hasta que sus ocupantes pidieron tiempo muerto. Una vez que los controlaron los miembros de los cuerpos libres asesinaron allí mismo a siete dirigentes. En total, durante la represión de enero murieron entre 130 y 200 activistas, y 400 fueron arrestados. El día 12, todo el pescado estaba vendido.

Otra cosa que es inexacta es llamar a la revuelta de enero La Rebelión Espartaquista. En realidad, fueron los capataces del socialismo los que más la propugnaron, y el USPD les hizo hilo. En cuanto a los comunistas, es cierto que Karl Liebknecht dijo que la situación no estaba madura para una revolución; pero lo dijo a toro pasado, y a toro pasado todos ponemos banderillas.

Noske y Ebert parecieron tener claro, en todo caso, que las izquierdas radicales tienen una enorme capacidad de resurgir de sus cenizas. Así pues, no hicieron nada por detener a los Freikorps en su labor de limpiado y fijado de la ciudad de Berlín una vez que la revolución estuvo sofocada. Por ello, siguieron días de durísima represión, con escasas garantías legales. El 15 de enero, tres dirigentes comunistas fueron detenidos: Karl Liebknecht, Rosa Luxemburgo y Wilhelm Pieck, que sería el primer presidente de la República Democrática Alemana. Fueron trasladados a la tristemente célebre División de Fusileros de la Guardia de Caballería o Garde Kavallerie Schützen Division; un conocido centro de detención y tortura, donde mandaba como un sátrapa el capitán Waldemar Pabst, violentamente anticomunista.

Liebknecht fue interrogado y, después, brutalmente golpeado con culatas de rifle hasta que perdió el conocimiento. Luego lo llevaron, apollardado, al Tiergarten, donde le aplicaron la ley de fugas: al soltarlo, le dispararon tres veces en la espalda. El cadáver fue arrojado en la entrada de un ambulatorio.

Luxemburgo fue llevada al Hotel Eden, donde residía Pabst. Allí, un soldado llamado Otto Runge la golpeó dos veces en la cara con la culata de su fusil. Inconsciente y sangrando abundantemente, la llevaron a un coche. De camino, un militar, que pudo ser Kurt Vogel o el teniente Hermann Souchon, le disparó en la cabeza. En otras palabras: se hicieron, con Rosa Luxermburgo, un Calvo Sotelo.

Vogel tiró el cuerpo de la activista al canal Landwehr, de donde el cuerpo fue recuperado en mayo de aquel año. Hay que decir que el patólogo que realizó la autopsia del cadáver nunca estuvo muy seguro de que fuese Luxemburgo. El cuerpo tenía un balazo en la cabeza, pero carecía de lesión en la cadera, y Rosa Luxemburgo tenía allí un defecto de nacimiento. Tampoco había evidencias de heridas en la cara. Esta polémica continuó hasta el 2009, cuando los restos fueron exhumados del cementerio Friedichsfelde. El cadáver recuperado no tenía ni cabeza ni manos ni pies, algo que se atribuyó a que lo habían tirado al canal con pesos. Las pruebas de ADN mostraron discrepancias respecto de la línea genética de la sobrina-nieta de Rosa Luxemburgo. Se concluyó que existía probabilidad de que fuese ella, pero no certeza. Que podía ser que fuese, aunque también  podía ser que no. Es probable que el forense fuera de Orense. 

En mayo de 1919, Vogel, Runge y Souchon fueron imputados por los hechos. Al primero le cayeron dos años y cuatro meses por tirar el cuerpo, a Runge dos años, y a Souchon una multa. Esto fue así porque se dio por probado que Vogel había disparado, aunque cuarenta años después Pabst declaró que había sido Souchon. En medio de esta matanza, Pieck escapó ileso, lo cual siempre ha causado mucha curiosidad a los historiadores, llevando a algunos a preguntarse si no sería un membrillo o, tal vez, el Delcy Rodríguez de la detención de sus compañeros.

La buena noticia para Ebert es que había conseguido, claramente, consolidar la república. La mala es que la había hecho siendo hondamente dependiente de las fuerzas armadas. Y, por supuesto, todo se había conseguido a costa de generar un hiato en la izquierda que ya será irreparable.

Las elecciones a la Asamblea Nacional se celebraron muy pocos días después de la violenta represión de enero de 1919. La edad de voto había sido reducida hasta los 20 años, y las mujeres habían sido incluidas por primera vez.

El partido más votado fue el SPD, Sozialdemokratische Partei Deutschlands, liderado por Friedich Ebert y Philipp Scheidemann. El principal problema que se le presentaba al SPD, como partido líder en Alemania, es que se había quedado sin apoyos a su izquierda. El USPD de Hugo Haase los motejaba de traidores de la revolución y exigía el fin del capitalismo. La opinión del KPD no era muy distinta; en realidad, era mucho más radical y, de hecho, los comunistas habían boicoteado las elecciones, tal y como habían decidido.

Así las cosas, la opción más lógica para el SPD era el centro-izquierda burgués. En ese espacio estaba el Deutsche Demokratische Partei o DDP, Partido Democrático Alemán, que se creó a partir de gente del viejo FVP, del Partido Liberal y un nuevo grupo llamado Los Demócratas. Su líder era Fiedrich von Payer. Era un partido sobre todo de profesionales liberales y gente de ésa que ha leído mucho a epílogo y a prólogo.

En el centro político puro y duro se encontraba el Zentrum, cuyo nombre evidentemente no engañaba a nadie. Su líder, Alfred Gröber. Era un partido existente desde 1870 y estrechamente vinculado a la Alemania católica. Como el catolicismo vale lo mismo para un roto que para un descosido, tenía miembros más liberales, y otros más conservadores; su tesitura política, por así decirlo, iba desde Matthias Erzberger hasta Franz von Papen.  Amigo de la democracia, no lo era tanto de los postulados socialistas. Inicialmente monárquico, había adoptado una postura accidentalista, un poco como la CEDA en la II República española. Al contrario que el DDP, era favorable al desarrollo del gasto social, como consecuencia de sus movidas francisquitales.

En el terreno conservador de derechas, el principal partido era el DNVP, Deutschnationale Volkspartei. Su líder entonces era el ex vicecanciller Arthur von Posadowsky-Wehner. Se había formado a partir del DKP, un partido que aglutinaba a los propietarios rurales prusianos o junkers y otro partido llamado Partido Alemán de la Madre Patria o DVLP, Deutsche Vaterlandspartei, una formación de eso que hoy se llama ultraderecha. El DNVP era el gran difusor de la teoría de la “puñalada en la espalda”, y tenía sus caladeros de votos principales entre alemanes de clase media en zonas protestantes, y de las zonas rurales (porque, no es por nada, pero a los protestantes alemanes, de toda la vida, ha habido que echarles de comer aparte).

El segundo partido en este espacio de derechas era el Deutsche Volkspartei, DVP, Partido del Pueblo Alemán, liderado por Rudolf Heinze; aunque en estas notas veremos que su miembro más famoso será Gustav Stresemann, uno de los políticos de más altura de la Historia alemana. Un partido conservador, aunque con un corte más moderado que el DNVP. La mayoría de la gente del DVP eran viejos militantes del partido liberal, y aceptaban con bastantes reparos la república. Sus miembros eran básicamente industriales de mediano tamaño, muchos de ellos católicos, nostálgicos de la monarquía y enemigos del gasto social, puesto que ya se barruntaban que, básicamente, lo tendrían que pagar ellos. 

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