miércoles, febrero 14, 2018

Isabel (15: Thomas Cartwright)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos

Edmund Grindal murió en 1583, dejando lógicamente su sede vacante. Contra los consejos de Burghley, la reina decidió promocionar a John Whitgift, que era ya obispo de Worcester. Debía de tener mucha confianza en él, porque apenas tres años después ya tenía sitial en el Consejo Privado de la reina. Whitgift era un furibundo antipresbiteriano; había escrito libelos contra los presbiterianos en los que los había apelado de cosas terribles, entre ellas de no tener fidelidad a la Corona (en lo que acertaba, como veremos pronto). Burghley no era partidario de un nombramiento como el suyo porque consideraba que generaría un enfrentamiento potencial innecesario; pero la reina no era de esa opinión y, además, aprovechó que Leicester estaba en las Provincias Unidas y que, por lo tanto, su principal consejero no podía apelar al apoyo sempiterno del favorito.

lunes, febrero 12, 2018

Isabel (14: esos tocapelotas llamados presbiterianos)

Atenta la compañía con:


Devereaux estaba para entonces en contacto regular con Enrique IV. En realidad, llevaba trabajándose este contacto desde antes que las tropas inglesas de ayuda cruzasen el Canal. Asimismo, también cortejó al señor de Beauvoir-la-Nocle, Jean de la Fin, embajador francés en la Corte inglesa. Una vez trabajados los apoyos franceses, comenzó a presionar a la propia reina para que le dejase ir a pelear a Francia. En noviembre de 1590 un noble francés, el vizconde Turenne, que estaba al frente de la cámara del rey, recaló en Londres tras un tour por Europa Central para alquilar mercenarios. En ese momento, Essex redobló sus esfuerzos para ser considerado como un soldado eficaz para la causa. Probablemente había pensado que el día de la celebración del reinado de Isabel sería el mejor teatro para sus intenciones, y es por eso que apareció ante ella ricamente enjaezado con una armadura engastada de perlas. No le sirvió todo lo que pensaba.

miércoles, febrero 07, 2018

Yalta (7: Polonia)

IMPORTANTE: Pido perdón a los lectores que siguen esta serie. El día 3 publiqué por un error de dedo el capítulo 8 de esta serie, que además estaba mal numerado como 7. Es la toma titulada: Más Polonia.

Cronológicamente, esta toma va DETRÁS de la que vas a leer ahora, que tenía que ser la 7 original.

O sea, para no liarnos, las toman van así:

No pasaré del Mar Negro
Las cositas de Stalin
La toma que estás leyendo aquí.

Lamentamos las molestias, todas ellas debidas a un error del puto becario (que se escribe todo el blog).


El martes 6 de febrero se programó una visita a Sebastopol por parte de los acompañantes de las delegaciones estadounidense y británica. Entre ellos estaba Anna Eleanor Roosevelt, para entonces Boettiger, hija del presidente de los EEUU. Anna tuvo la ocurrencia, durante la visita, de acercarse a unos niños rusos y regalarles una chocolatina que llevaba. A su regreso a Livadia, la estaba esperando una soldado soviética, de uniforme, quien la informó fríamente de que “los niños de la URSS tienen suficiente alimento” y le devolvió la chocolatina.

A Stalin le ibas a ir tú con huevos Kinder, no te jode...

lunes, febrero 05, 2018

Isabel (13: Essex la caga, y la caga...)

Atenta la compañía con:


Tras la mierdo-expedición de Drake y Norris a Lisboa, Isabel difícilmente era capaz de disimular el cabreo que tenía. Le costaba soportar la sospecha, la fuerte sospecha que tenía, de que había colaborado en una expedición de corsarios en mera búsqueda de beneficio; una expedición que, a causa de su ambición, había puesto en peligro el delicado equilibrio (por llamarlo de alguna manera) en Europa.

sábado, febrero 03, 2018

Yalta (8: más Polonia)

La sesión del miércoles 7 de febrero comenzó con un gesto de buena voluntad. Un cablegrama llegado de Washington anunció que el antiguo embajador de la URSS en Washington, destinado entonces en ciudad de México, Konstantin Oumansky, había encontrado la muerte en un accidente de avión. La delegación estadounidense, además de presentar sus condolencias a Stalin, ofreció un avión estadounidense para poder repatriar los restos del embajador lo antes posible. Los soviéticos agradecieron cálidamente el gesto.

Pero eso fue todo lo bueno que tuvo el día.

miércoles, enero 31, 2018

Yalta (6: Francia como problema)

En este color también tenemos:

No pasaré del Mar Negro
Las cositas de Stalin

El lunes, 5 de febrero, comenzó realmente la conferencia de Yalta. En dicha fecha se produjeron tres reuniones. A primera hora, los ministros de Asuntos Exteriores desayunaron juntos; a mediodía, en el palacio Yusupov, como en realidad se llamaba la villa Koreis, se celebró una reunión tripartita de jefes de Estado Mayor, obviamente con temática meramente militar; y, finalmente, a las cuatro de la tarde comenzó la reunión plenaria. Cada delegación celebró también reuniones internas, y estadounidenses y británicos también se reunieron entre ellos en algunas ocasiones.

lunes, enero 29, 2018

Lo militar

El rey Juan Carlos de Borbón esperó apenas 48 horas desde la muerte del general Francisco Franco para dirigirle su primer discurso a las Fuerzas Armadas. Sabía lo que hacía o, más bien, lo que debía hacer. Yerran notablemente quienes califican a la de Franco de dictadura fascista pues lo que fue, fundamentalmente, fue una dictadura militar. El régimen de Franco se basaba fundamentalmente en el poder y en las prebendas de la clase militar. Durante el franquismo había militares en los consejos de administración, en los escalones de poder de los ministerios, en las instituciones de la sociedad civil y, por supuesto, embebidos en el partido y en el sindicado únicos. Si verdaderamente España se iba a convertir en una democracia, todo eso tendría que cambiar. A favor del cambio se encontraba el hecho de que el Ejército estaba, y está, acostumbrado a respetar la disciplina. En contra se encontraba el dato de que casi todo el Ejército español, en 1975, cuando menos hasta el rango de coronel, estaba ocupado de forma casi exclusiva por veteranos de la guerra civil o de la inmediata posguerra, la inmensa mayoría fieles a Franco; pero, no se olvide, no sólo a la persona de Franco, sino también al régimen de cosas que había propiciado y protegido.

No estaba fácil la cosa.

miércoles, enero 24, 2018

Isabel (12: Essex y el fracaso lisboeta)

Atenta la compañía con:


A la muerte de Leicester, la consecuencia esperada por todos era el automático ascenso a la derecha del poder de su ahijado Robert Devereux, conde de Essex. Un personaje complejo y que haría las delicias de un buen sicólgo de la Historia, Devereux era un narcisista de libro que se tenía en muy alta estima, se tenía a sí mismo por hombre de acción, pero que al tiempo tenía una marcada tendencia hacia el drama impostado y la autocompasión. Más o menos lo que yo, en mi idiolecto, suelo denominar un rocapollas. Sufrió muy frecuentemente crisis de confianza que lo postraron en su cama, probablemente debidas al estrés. Por lo demás, el gotha protestante del gobierno de la reina recelaba de él porque, pese a haber sido educado en la estricta moral anglicana, Essex era eso que denominamos un tiraduros.

lunes, enero 22, 2018

Los reyes católicos y los canarios (... y los indios americanos)

Después de habernos empapado sobre la odisea de los grancanarios durante la dominación de las islas por Castilla, así como de los problemas planteados con palmeros y guanches, incluimos unas notas más, que ahora ampliamos hablando, por fin, de los indígenas americanos.

En nuestros devaneos con la política indigenista de los reyes católicos ya le hemos dedicado un tiempo al tema que realmente fue batallón sobre su reinado, y que no fue, como piensan los cultiparlantes, el debate sobre los derechos de los indios americanos, sino el debate, más que el debate la acción judicial, en pro de los derechos de los indios o aborígenes canarios. Dicho esto es lo cierto que el tema de los indios tiene su miga, y por eso vamos a decir aquí algunas cosas al respecto.

miércoles, enero 17, 2018

Yalta (5: el primer embroque)

En este color también tenemos:

No pasaré del Mar Negro
Las cositas de Stalin

A las cuatro y cuarto de la tarde del cuatro de febrero de 1945 se producía en el palacio de Livadia, o sea en Ca'Roosevelt, el primer encuentro directo en Yalta entre los dos principales líderes del mundo: Franklin Delano Roosevelt y Iosif Stalin. Sólo los acompañaban los intérpretes, Bohlen para el primero y Pavlov para el segundo; además del inseparable Viacheslav Molotov. Apenas hablaron un cuarto de hora lo cual, contando con las interpretaciones, deja la conversación en bastante poco.

lunes, enero 15, 2018

Yalta (4: Los británicos)

En este color también tenemos:

No pasaré del Mar Negro
Las cositas de Stalin

Winston Churchill llegó a Yalta vestido de coronel del ejército británico, protegido con algunas prendas especiales para el frío que le habían regalado los canadienses, que de temperaturas bajas saben un poco. Eso sí, durante las jornadas de Yalta muchos de sus asesores británicos, y alguno de los americanos, tendría la ocasión de verlo vestido de una forma bastante más informal: con su legendario pijama de flores rojas y verdes, puesto que en Crimea el primer ministro mantuvo su costumbre de recibir asesores durante la ceremonia de deglución de un pantagruélico desayuno en la cama; colación que no pocas veces ya incluía algún vasito de coñá de la mejor calidad; porque Churchill, la verdad, era un alcohólico, cuando menos avant la lettre. Algunos pensaban que era impostura, aunque la mayoría suele coincidir en que todo era sincero, pues a Churchill le gustaba disfrutar de la vida incluso en las condiciones más problemáticas y, de hecho, no dudaba en poner su hedonismo por delante de casi todo. Cuando le llegó la noticia de que un pollas había sido detenido en Escocia tras tirarse en paracaídas y que decía era Rudolf Hess, Churchill estaba a punto de entrar en una sesión de cine privada, concretamente Go West. Y entró.

miércoles, enero 10, 2018

Los reyes católicos y los canarios (algunas notas más)

Después de habernos empapado sobre la odisea de los grancanarios durante la dominación de las islas por Castilla, así como de los problemas planteados con palmeros y guanches, terminamos estas notas sobre las relaciones entre los reyes católicos y los canarios con algunas notas más.



Además de los juicios celebrados en Canarias, la denuncia formal contra Alonso de Lugo por los desafueros cometidos contra los palmeros llegó con relativa rapidez (cosa de un año) a la península. La principal portavoz de los canarios en Madrid, pues ahí estaba asentada la Corte en ese momento, fue Francisca Gazmira, a quien ya hemos visto anteriormente fomentando los bandos de paces en la isla de La Palma.

lunes, enero 08, 2018

Los reyes católicos y Canarias (los atropellos de palmeros y guanches)

La última vez que escribimos sobre los reyes católicos y los canarios habíamos dejado a los habitantes de la isla de La Gomera encabronados con Fernán Peraza, su gobernador, a causa de algunas putadas que les había hecho, entre ellas intentar engañarlos para venderlos como esclavos en la península. Los enfrentamientos, también hemos dicho, fueron yendo a más con el tiempo y acabaron por estallar en 1488, fecha en la que algunos gomeros se alzaron, se fueron contra Peraza, lo mataron y asediaron a su familia.

miércoles, enero 03, 2018

Los reyes católicos y los canarios (la odisea de los grancanarios)

Sabido es por lo que lo saben que uno de los puntos de fricción entre los que piensan que los reyes católicos eran unos talibanes exagerados y los que creen que eran, todo lo contrario, una de las monarquías más modernas de su tiempo, es el trato de los indígenas americanos. La Leyenda Negra nos dicta que España envió a América a una patota de muertos de hambre, con el cuchillo de capar entre los dientes, con la principal labor de esclavizar y llevarse por delante a todo indio que pillasen y que les obstaculizase el camino hacia el Eldorado. Esta imagen, alimentada en la propia América (con la ayuda de los tipos que hicieron eso mismo con sus indios), ha sido contestada de tiempo atrás recordando que los conquistadores no sólo no hicieron lo que la Leyenda les imputa, sino que adoptaron un modo, digamos, moderno, de afrontar los derechos del indígena o el aborigen.

lunes, enero 01, 2018

Yalta (3: Roosevelt y su optimismo antropológico)

En este color también tenemos:

No pasaré del Mar Negro
Las cositas de Stalin

Una vez que hemos hablado de Stalin y de las prioridades de la delegación soviética, hemos de hablar de los estadounidenses nucleados por Franklin Delano Roosevelt. Como ya hemos dicho, Stalin se guardó mucho de reservarle al presidente de los Estados Unidos un papel cuando menos formalmente prevalente en la conferencia de Yalta. Y esto es así, en buena parte, porque, si bien con los años el dato que ha terminado por imponerse sobre la segunda guerra mundial fue el enorme sacrificio realizado por la URSS en forma de tropas y pérdidas civiles, en el momento en el que se celebraba la conferencia, la verdad, el dato fundamental que estaba sobre la mesa era el de la impresionante ayuda norteamericana que había recibido la URSS. Más de 2.000 barcos habían transportado 16.000 millones de toneladas de material; y eso que estamos hablando de los que llegaron, aun habría que sumar todos aquellos envíos que “se encontraron con” los submarinos alemanes. Estados Unidos colocó en la URSS 550.000 camiones, 10.000 vehículos de combate, 30.000 motocicletas, 3.000 armones para el transporte de artillería, 2.000 naves a vapor, 2.000 vagones planos, 1.000 vagones cerrados, 120 vagones cisterna; 2,6 millones de toneladas de gasolina; 4,5 millones de toneladas de carne en conserva, azúcar, sal, margarina; sin contar los millones de dólares donados en mobiliario en general y, muy particularmente, mobiliario para los hospitales de campaña. En un determinado momento, se llegó al punto de que una fábrica entera de neumáticos, que tenía la friolera de 20.000 trabajadores, fue desmontada en EEUU y montada en la URSS. Como digo, si Stalin iría ganando con el tiempo el prestigio de haber puesto los muertos para ganar a Hitler, en ese momento el argumento fundamental era que EEUU había puesto el esfuerzo bélico y civil.

miércoles, diciembre 27, 2017

Isabel (11: Jacobo se nos casa)

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Muy pronto, sin embargo, la reina de Inglaterra habría de encontrar elementos de preocupación más allá del control sobre esos veteranos de guerra que ella consideraba brigands. El Papa Sixto de Roma llevaba tiempo intentando, y la derrota de la Armada no le había parado en lo absoluto, atraer al rey escocés Jacobo a la fe católica. Londres seguía esos movimientos, digamos, filosóficos, con cierta distancia. Pero la filosofía religiosa pasó a ser una amenaza más palpable cuando los espías de Walsingham le informaron de que el duque de Parma estaba elaborando un nuevo plan de invasión de las Islas, esta vez desde una Escocia que de alguna manera recibiría a a los españoles. La oferta para Jacobo era casarse con una princesa española. Esta oferta no llegó muy lejos pero, como veremos ahora mismo, abrió el melón del matrimonio del rey, asunto éste de enjundia.

lunes, diciembre 25, 2017

Isabel (10: Ay, mi Rob... pero mis soldados me la pelan)

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Para empezar, lo primero que hay que decir de la Isabel de Inglaterra que regresó de Tilbury es que estaba acojonada. Las noticias que le habían llegado sobre la Armada eran las mejores posibles; pero, en verdad, no podía estar segura de que fuesen ciertas. Así pues, con los barcos españoles efectivamente dispersados y regresando a España con el timón entre las piernas, Isabel se parapetó en el castillo de St James como si todavía estuviese en guerra, y allí permaneció hasta principios de octubre, sin fiarse demasiado de que hubiera pasado lo que ahora sabemos sí que había pasado. Sólo entonces regresó a la, digamos, vida oficial en sus habitaciones de Whitehall y Greenwich. De hecho el 17 de noviembre, celebración de su ascensión al trono y que habitualmente se conmemoraba con justas en Whitehall, tuvo aquel año una dimensión especial. Las campanas de Londres sonaron al unísono, y todas las parroquias hasta Nonthumberland les contestaron. El obispo de Winchester organizó una gran misa detrás de la catedral de San Pablo. La reina anunció que asistiría pero, finalmente, cambió de idea.

miércoles, diciembre 20, 2017

Yalta (2: las cositas de Stalin)

En este color también tenemos:

No pasaré del Mar Negro

A su llegada a Yalta, el ligeramente mentiroso oficial Houghton se encontró con un problema inesperado: los soviéticos se negaron en redondo a que el teniente Scherbatov, quien, como hemos dicho, era aristócrata de nacimiento, desembarcase en tierra de la URSS. Ésta fue la razón de que Houghton fuese designado jefe de equipo. Al americano, el largo paseo de dos horas que hubo de hacer en jeep, guiado por los rusos, desde Sebastopol hasta Yalta, no le dejó mala impresión. Quien sin embargo estaba con un cabreo que para qué las prisas era Churchill, quien motejaba a la pequeña villa de lugar insalubre.

lunes, diciembre 18, 2017

Isabel (9: La derrota, o la victoria, según se vea)

Atenta la compañía con:




Lord Howard, un experimentado marino y más que aseado estratega, tenía ideas diferentes a las de Isabel sobre cómo abordar aquella amenaza. Por ello, le aconsejó a la reina (la cual tuvo la inteligencia de hacerle caso) la transferencia del escuadrón que había sido enviado para patrullar las costas orientales de las islas en la persona de lord Henry Seymour. De esta manera quedó liberado Drake, quien pensaba, como Howard y acertadamente, que la intención de Felipe sería una invasión por tierra del país, en la que la Armada debería lógicamente jugar el papel de escudo de las gabarras que transportaran las tropas de Parma por el canal. Por ello, lo lógico era juntar los barcos al mando de Drake y de Howard (que debía patrullar el oeste del Canal) para repeler esa acción y poder hacerlo, además, a barlovento, esto es, con el viento a favor. Las instrucciones, ya lo he dicho, fueron correctas, aunque Isabel las dio con cierto retraso (no fue hasta abril que Howard las recibió) a causa de la implicación de Burghley, a quien la reina todavía tenía en el congelador a causa de la celada realizada para ejecutar a María, reina de los escoceses.

La situación para los ingleses, sin embargo, era comprometida. Faltos de adecuada inteligencia, no sabían cuál podría ser el calendario de la acción de la Armada. Por la parte española, además, las cosas iban despacio. Una serie de galernas ocurridas a final de la primavera, unidas a la lentitud mostrada por algunos de los barcos auxiliares de la Armada, obligaron a Medina Sidonia a anclar en Coruña. Para colmo, una violenta tormenta dispersó a la flota, que tardó semanas en volver a juntarse en el puerto de la ciudad donde nadie es forastero. Después de ello, el viaje hacia el golfo de Vizcaya y, después, a lo largo de la costa francesa, fue exasperantemente lento. Durante estos tiempos, por cierto, la sempiterna y bien conocida frecuencia de gilipollas en el género humano conspiró para torturar a los ingleses. Entre los adolescentes del sur costero de Inglaterra, tocahuevos e imbéciles en general, se tornó moda la bromita de regresar corriendo de cualquier acantilado gritando que se veían las velas de los barcos españoles; lo cual acabó provocando un exilio casi continuado de familias costeras hacia el interior que, sin embargo, no tenía ninguna justificación porque los españoles, en realidad, estaban todavía a centenares de millas de poder ser vistos.

Finalmente, las primeras velas españolas pudieron verse a las cuatro de la tarde del viernes, 19 de julio, cerca de las costas de Cornualles. Howard y Drake estaban realizando reparaciones en Plymouth. Es probable que algunos de vosotros o todos conozcáis la leyenda de que Drake estaba jugando a los bolos cuando le llegó la noticia del avistamiento, pero que decidió terminar la partida antes de ir. No deja de ser una chulería británica como cualquier otra. Vamos, que es mentira.

El principal movimiento que provocó la noticia no se produjo en el mar, sino en tierra. Las milicias regulares, que se encontraban a disposición desde mayo, fueron reunidas en diversos puntos de reunión que habían sido previamente fijados, con órdenes de atacar al enemigo desde el primer momento que pusiera el pie en Inglaterra. Esas tropas fueron aumentados en unos 800 soldados más, reclutados en las comarcas de los alrededores de Londres. Fueron colocados al mando de Leicester, quien los trasladó a Tilbury. Reforzados con 300 soldados más, fueron encomendados con la labor de atacar u hostigar a los soldados de Parma si trataban de remontar el Támesis. De hecho, Leicester extendió a todo lo largo del río, en la zona donde comenzaba a estrecharse, un cinturón submarino formado de cadenas, cables y mascarones de barcos ya hundidos, como medida para impedir el avance de barcos río arriba.

Después de eso, conforme la Armada se acercaba a la isla de Wight, se produjo la gran leva, y casi 27.000 efectivos fueron movilizadas hacia Londres a las órdenes de lord Hunsdon, quien tenía que haber ganado su gloria defendiendo a la reina de unos españoles que, sin embargo, como sabemos nunca llegaron.

Hay que decir que el famoso Giulio cumplió con sus obligaciones y le dio pronta y puntillosa noticia de todas estas órdenes a Bernardino de Mendoza. Sin embargo, históricamente el dato es írrito, teniendo en cuenta que para cuando ese email llegó a El Escorial y lo pudo leer Felipe, la Armada ya había sido derrotada.

Con las últimas luces del mentado viernes 19 de julio, las naves inglesas salieron de Plymouth navegando contra el viento, y en la mañana salieron del estrecho que lleva el nombre de la ciudad más marinera de Inglaterra. A las tres de la tarde de ese día 20 tomaron contacto visual con la flota española. El domingo por la mañana, los españoles estaban ya a tiro de los artilleros ingleses. En la batalla que tuvo lugar, los barcos ingleses, que por lo general eran más pequeños y por ello también más rápidos, consiguieron superar y dañar a los españoles. Lograron alcanzar su retaguardia, lo cual redujo notablemente su capacidad de reaccionar.

Medina Sidonia tomó una decisión que sería largamente discutida y criticada en España (ya por entonces, había en el país muchos cultiparlantes que sabían un huevo de batallas navales sin haber entrado jamás en una bañera): abandonó a uno de sus principales barcos de primera línea, el Nuestra Señora del Rosario, al mando de Pedro de Valdez. Lo cierto es que el barco había sufrido una colisión y había perdido el mástil.

En ese momento, esto lo sabemos por los informes de Giulio, en Londres el personal estaba mayormente acojonado. Todo el mundo creía que pronto vería aparecer desde el río a las tropas españolas. Todo el comercio cerró y a lo largo de las calles se dispusieron pesadas cadenas metálicas. Isabel, de hecho, abandonó el palacio de Richmond para trasladarse a Saint James, mucho más fácil de defender y que, además, tenía un túnel de escape. Drake, consciente de este miedo, hizo enviar a Londres a todos los prisioneros españoles (entre ellos Pedro de Valdez), los cuales fueron paseados por las calles para popular escarnio pero, sobre todo, para mejorar la moral de los ingleses.

Además de la gran batalla del domingo, hubo otra el martes enfrente de Portland Bill, y aún una tercera el jueves cerca de la isla de Wight. En esta última el Santa Ana, el barco del segundo comandante de la expedición, Juan Martínez de Recalde, fue dañado de tal manera por los ingleses que se tuvo que retirar de la formación para anclar en El Havre. A pesar de todo lo ocurrido, Medina envió mensajes a Parma en los que le conminaba a tener listas sus tropas para el embarque en Dunkerke.

En la última tarde del sábado 27 de julio, la Armada echó el ancla cerca de Calais, con los ingleses muy cerca, para esperar noticias de Parma. Cuando las noticias llegaron, no eran las mejores del mundo: Parma comunicaba que el acopio y transporte de sus tropas iba como el huevo, y que cuando menos tardaría otra semana en tenerlas listas. Peor aun, aunque no os lo creáis, no fue hasta Calais que los estrategas del ejército de Flandes se dieron cuenta que las barcazas de transporte, diseñadas para el relativamente tranquilo tráfico fluvial, probablemente lo harían como la mierda en alta mar. A todo esto hay que unir que los rebeldes holandeses estaban ayudando a los ingleses bloqueando lo que podían de su propia costa con barcos de gran maniobrabilidad.

Con estos negros presagios en la cabeza, más las inflexibles órdenes del rey español que, obligando a la flota a proteger las barcazas de Parma sin intentar ningun desembarco propio, realmente condenaba toda la operación al fracaso, Medina pasó un domingo más o menos tranquilo hasta cerca de la medianoche, cuando los ingleses enviaron ocho barcos ardiendo contra la flota española. La flota española tuvo que salir de allí a toda prisa, dejando en Calais algunos arcos de gran importancia que fueron rápidamente saqueados.

Con el viento y la marea empujando a los barcos hacia el norte, y perseguidos de cerca por los ingleses, los españoles no podían ni soñar con volver a Calais. Más aun, una vez en el Mar del Norte, las esperanzas eran pocas, si alguna, de volver a conectar con las tropas de Parma. Así las cosas, el lunes 29 tuvo lugar la batalla decisiva, frente a Gravelinas. Los barcos de Howard y Drake fueron reforzados por los de Seymour, por lo que ésta fue la primera vez que las dos flotas completas se enfrentaron (bueno, completas no, porque la española estaba ya bastante reducidita). En el enfrentamiento artillero, claramente los ingleses llevaron las de ganar, logrando hundir por lo menos tres barcos españoles mientras que éstos no consiguieron hacerlo con ninguno de los ingleses. Los españoles, por otra parte, sufrieron grandes pérdidas.

A pesar de aquella derrota, Medina en realidad pensaba que al día siguiente volvería a enfrentarse a los ingleses. Pero al día siguiente se presentó una galerna que empujó peligrosamente a los barcos españoles hacia los bancos de arena de la costa flamenca. El martes, como los vientos fuesen todavía más fuertes y las olas más altas, tomó una decisión que sus críticos en España llamarían sarcásticamente “el viaje de Magallanes”: regresar con la mayoría de la flota que le quedaba por el Mar del Norte, costeando el norte de Escocia y la Irlanda occidental. Una decisión que venía a suponer que los barcos más lentos tendrían que componérselas por ellos mismos.

Isabel recibió las primeras noticias que olían a derrota de la Armada en Tilbury. Había ido allí a pasar revista a las tropas de Leicester y, tras esa ceremonia, estaba empezando a comer en una tienda puesta al efecto en el campo cuando llegó a uña de caballo George Clifford, conde de Cumberland (haciendo un chiste fácil se podría decir, pues, que era un tipo muy salsero). Cumberland le dio noticias de la persecución de los españoles hacia el norte que había iniciado Howard y que, una vez que éste se había quedado sin pertrechos, había continuado Drake. Drake, asimismo, informaba ya del efecto letal que habían tenido las tormentas sobre la Armada.

Aquel día, en Tilbury pues, Isabel supo que había ganado la batalla contra su archienemigo, el rey español; el cual, de forma un tanto cínica, acabaría diciendo eso de que yo no mandé a mis naves a luchar contra los elementos; que no deja de ser una forma elegante de escamotear del análisis la influencia que sobre el desastre de la Armada tuvieron sus propias decisiones, estratégicamente endebles. Y aquí es donde la Historia de esta movida termina para muchos españoles. Lo normal, como digo, es que en España nadie esté demasiado interesado en saber qué leches ocurrió en Inglaterra después de la Armada. Un interés selectivo que deja a Isabel de Inglaterra en muy buena situación. En Tilbury, durante la revista, había dirigido unas vibrantes palabras a sus soldados que éstos habían saludado enardecidos; y, tiempo después, había conocido que no sería necesario el ardor de aquellos hombres, porque la invasión de Inglaterra había sido emasculada antes de haber podido ser. Todo bueno, pues.


Pero es que pasaron unas cuantas cosas más. Muchas,diría yo.

miércoles, diciembre 13, 2017

Mujeres en la Edad Media

La mujer en casa, y con la pata quebrada. Que la civilización occidental y otras tantas no le han dado boleta a las tías es algo que está fuera de toda duda; de hecho, desgraciadamente lo sigue estando a día de hoy, en ocasiones mediante ejemplos flagrantemente escandalosos. No obstante, dentro de este hecho hay un hecho más, que es considerar que en ningún momento estuvo peor considerada la mujer (en Europa) que en la Edad Media. Una idea que proviene de la creencia general (y gilipollas) de que la Edad Media es una etapa de oscurantismo, brutalidad y miseria.