miércoles, noviembre 14, 2012

Soixante huit (2: Pero... ¿quién cojones es la vanguardia revolucionaria?

De esta serie se ha publicado ya un primer capítulo.

Resumen de lo publicado: De un tiempo a esta parte, los hobbits andan revueltos por varias causas, entre las cuales cabe citar: lo poco que se folla en la Tierra Media; lo pequeñas que son sus casas; last but not least, lo rematadamente mal que se porta con ellos Sauron, el Señor Oscuro. La decisión de Sauron de entrar en guerra en Mordor contra unos chinorris inocentes sirve para aglutinar a los hobbits, normalmente propensos a abrazar ideologías de izquierdas con elevada desviación estándar; proceso en el que colabora, y mucho, la aparición de un líder, el mago Gandalf-Bendit, apodado El Rojo.

La Tierra Media vive en un equilibrio inestable hasta que Sauron, hasta los cojones de los hobbits en la misma proporción que los hobbits están hasta los cojones de él, decide mandarles unos nasgul para que les den una mano de hostias. En el Ateneo Estudiantil de Minas Tirith se celebra una Asamblea, donde hobbits, enanos, elfos y otros muchos (incluso los Rojirrim de la Unión Soviética de Pelennor envían delegados) deciden hacer la Revolución.
 
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El primer comunicado del movimiento 22 de marzo, tras la asamblea del mismo día, suena raro, en algunas de sus esquinas, al lector actual. Reacciona contra “la represión de la clase dominante a todos los niveles”, lo cual no es mucha novedad. Sí lo es, sin embargo, que entre esos elementos de represión, aquellos revolucionarios incluyesen “la integración de la Seguridad Social”. Como quiera que aquellos jovenzanos son hoy provectos jubilados, es probable que a día de hoy “la integración de la Seguridad Social” haya pasado a parecerles una idea cojonuda. De hecho, absolutamente todos sus herederos ideológicos, sin faltar uno, saltan a la calle en todo Occidente a montar unos pollos de la hostia cada vez que alguien habla, aunque sea, de vender una máquina de escribir vieja propiedad de la Seguridad Social.

Otro detalle muy de aquellos tiempos, en esa nota que es una especie de aluvión de ideas o carta revolucionaria a los Reyes Magos, que se queja absolutamente de todo, es la referencia a la “automatización y cibernetización [hoy diríamos informatización] de nuestra sociedad”. Tampoco parece que los indignados de hoy en día estén muy por la labor de renunciar a sus esmarfóns, tabletas, blaberris, aipás, y demás cacharras.

Los años sesenta, lo digo sobre todo para mis lectores más jóvenes, son tiempos de un moderno luddismo. El luddismo fue una práctica surgida sobre todo en Inglaterra a principios del siglo XIX; organizaciones obreras más o menos cohesionadas, ante las primeras automatizaciones producidas en la llamada Revolución Industrial, llamaban a los trabajadores a destruir esas máquinas, convencidos como estaban de que las hiladoras automáticas les dejarían en la calle. Como digo, en los años sesenta y siguientes (todavía en 1982, en su mítica gira Rock & Ríos, cantaba Migué: Ésta es la era de Mister Chip/microordenador de tu porvenir/que por lo pronto te quita el curro/además de ser tu ficha sin fin) se produce la misma tendencia, aunque esta vez en contra de los ordenadores. Era una creencia general, no sólo de la izquierda: al comediante orgánico Paco Martínez Soria, en una de sus películas, lo echan de su puesto de contable porque la empresa compra un ordenata que hace su trabajo [pequeño inciso: ninguna película, en mi opinión, expresa mejor ese choque de la modernidad en el caso de España que el film de Roberto Bodegas Los nuevos españoles; es un truño, pero no te la pierdas].

Así pues, la progresía de los sesenta, por mucho que le pueda extrañar a la progresía del fin de la Era Maya, estaba en contra de la informatización. La consideraba lo peor de lo peor y abrazaba, como sus tatarabuelos luddistas, la teoría (nunca suficientemente demostrada con modelos precisos) de que las máquinas colocarían masas de obreros en la puta calle (como veis, el mito de Terminator es bastante antiguo). En otras palabras, ellos, como sus antecesores, no tenían en cuenta los incrementos de productividad generados por la mecanización y, sobre todo, la aparición de nuevas labores, nuevos servicios, nuevas ofertas, inherentes a la utilización de la informática en la producción. Se equivocaron, claro (y rara vez lo reconocieron); pero quede aquí escrito, para las generaciones más jóvenes, el hoy increíble mensaje de que hubo un tiempo en la Historia del Mundo en la que ir de yo no uso calculadora, yo sumo por mí mismo, yo no uso ordenador, era estar a la última. Cómo ha cambiado el cuento, ¿eh?

Sigamos. El proceso revolucionario está ya lanzado. El día 25, se celebra en Nanterre una reunión de profesores de español, y los estudiantes penetran en la sala conminándoles a firmar un documento de condena a la dictadura del general Franco. Por supuesto, todo profesor que se niega a firmar es apelado por la masa de fascista (pese a que así, en frío, lo fascista es, más bien, obligar a alguien a firmar un papel sí o sí).

Pronto se va a ver que la movida alcanza tal calibre que la vida normal de la universidad es imposible. El rector de Nanterre, de hecho, suspende los exámenes parciales (recordemos que estamos en marzo, à la coté del final de curso) de sicología, sociología y filosofía, ante la imposibilidad de examinar adecuadamente a los alumnos. Esto es así porque la teoría de los estudiantes liga las enseñanzas de la universidad a la dominación burguesa sobre el proletariado (nos enseñan estas cosas para que estemos calladitos, para que seamos epsilones huxleianos; aunque Brave new world es una novela escrita en 1931 y situada en el año 2540, es muy influyente en la juventud del momento), por lo que boicotear e impedir los exámenes es una parte de la protesta. Precisamente por eso, las organizaciones estudiantiles de derecha (ACED, Association Corporative des Étudiants en Droit; y FNEF, Fédération Nationale des Étudiants en France) protestan por lo que consideran “terrorismo de las organizaciones de extrema izquierda”. Pronto veremos que los estudiantes de derechas decidirán hacer algo más que protestar.

El día 26 de marzo por la tarde, Pierre Grappin, 53 años, rector de Nanterre (conviene decir también que Grappin, notable germanista y autor de hecho de un diccionario francés-alemán conocido como Le Grappin, no era ningún facha: poseía la Croix du combattant volontaire de la Résistance, así como la Médaille des Évadés, creada a favor de los prisioneros de guerra evadidos; falleció en 1997), convoca una reunión del Consejo de la universidad para estudiar posibles medidas ante el caos que se está formando. Pero no sale nada en claro.

El jueves, o sea el 28, comienzan a verse las primeras diferencias teorizantes que habían aflorado, tímidamente, durante la asamblea del 22. La UJC(ml) (que, por cierto, será ilegalizada por el gobierno en junio de ese mismo año, tras la muerte de Gilles Tautin en la movida de la factoría Renault de Flins), a la que ya hemos saludado en estas notas y que acaba siendo tomada al completo por los militantes prochinos (maoístas, diríamos hoy, que China ha adoptado tantos rostros sin salir del comunismo), saca un manifiesto… ¡condenando la agitación estudiantil!

¿Se han vuelto amantes del orden los admiradores de ese señor que en ese momento está matando, mayormente de hambre, a millones de administrados por no entender el comunismo? Va a ser que no. Los prochinos, lo acabamos de decir, son maoístas. Y su carácter de maoístas hace que otorguen a la clase proletaria, no a los estudiantes, el carácter de vanguardia revolucionaria. Es un matiz importante. Importantísimo. Yo diría que un matiz sin el cual Soixante Huit no se entiende pas. Entiéndase: no estoy diciendo que M68 sea una movida maoísta; estoy diciendo que la impronta de los maoístas es connatural a la evolución final de esta revolución, que busca, obtiene y, finalmente, trata de llevar hasta sus últimas consecuencias, la alianza con las fuerzas obreras.

El manifiesto de la UJCML dice: “los estudiantes no son la fuerza que transformará la universidad. Mucho menos los trotskistas y revisionistas [esto último va por los prosoviéticos, porque a los maoístas les está permitido poner a parir a la URSS, pero no citarla] que trabajan en contra de la lucha del proletariado, única fuerza social capaz de transformar la universidad”.

Este texto, ya lo he dicho y lo repito, tiene su importancia. El 28 de marzo de 1968, ya no se puede decir, en mi opinión, que el movimiento de mayo sea la imaginativa protesta de un grupo de indignados iconoclastas, prohibido prohibir y todas esas cosas de mayor o menor inteligencia. Además de eso y, como se demostrará con el tiempo, más que eso, mayo del 68 son dos cosas: una, una revolución social de libro, que busca darle la vuelta al sistema; y, dos, una competición entre diferentes fuerzas de ultraizquierda para controlar dicho proceso.

A las cuatro de la tarde de ese día, se anuncia para las seis una intervención del rector Grappin. Cuando el jefe de la universidad baja, una multitud de estudiantes le está esperando. Y no se corta un pelo. Pam: la situación impide dar clase adecuadamente. Pam: profesores y personal administrativo están de acuerdo en esto. Pam: en consecuencia, les cours seront suspendus. Dos días, nada más (viernes, y sábado; hubo un tiempo, querido joven lector, en el que se curraba los sábados por la mañana). Como advertencia. A las siete y media de ese día, la universidad debe quedar vacía. Pocos minutos después, diez lecheras (ensaladeras, creo que le llaman los franceses) de los CRS (los grises) se asientan en el campus.

Grappin ha tomado una medida quizá necesaria, pero torpe. Por limitada. Las clases han quedado anuladas. Pero los estudiantes tienen convocada para el 29 una jornada de discusiones y asambleas, que no reputan afectada por la prohibición (en realidad, porque les da la gana entenderlo así; porque Grappin ha sido bien claro al decirles que no deben pisar la universidad en los dos días de cierre).

Esa misma tarde-noche, se produce en el Quartier Latin una pequeña manifestación, unas mil personas, la primera de muchas, convocada por la UNEF (Union Nationale des Étudiants de France, el mayor sindicato de estudiantes de Francia. Tiene dos tendencias: los llamados minoritarios son, paradójicamente, la mayoría, y son de extrema izquierda; los llamados mayoritarios son los menos, y son mayormente apolíticos). Lo curioso de esta manifestación, teniendo en cuenta el divorcio que pronto experimentará el comunismo francés oficial y M68, es la elevadísima representación comunista en la misma: Paul Laurent (hombre de partido de toda la vida, de hecho padre de Pierre Laurent, secretario nacional del PCF); Pierre Juquin (devoto PCF hasta el 87, que lo echaron, se apunta a la movida de las coaliciones rojiverdes. Fue candidato a las presidenciales en representación de un extraño gazpacho de trotskistas, ecologistas y tal, y luego ha acabado cayendo en la órbita socialista, apoyando a Laurent Fabius, pero no a Segolène Royal); Jacques Chambaz (aparachitnik del PCF durante mucho tiempo, especialmente en los setenta y ochenta); Lucien Villa (que también tendría una carrera como diputado comunista), Raymond Barbet (entonces alcalde de Nanterre y diputado comunista, falleció en 1978) y Pierrette Petiot (de quien no se encuentra fácilmente información, pero que entonces era alcalde de Villetaneuse, la villa donde estaba previsto construir una facultad de Ciencias).

A la mañana siguiente, 29 de marzo, se produce una reunión de unos 300 estudiantes en la residencia estudiantil. Reunión a la que, sin embargo, la UEC (Union des Étudiants Communistes; me resulta difícil localizar la afiliación de este grupo, aunque lo reputo trotskista. En todo caso, quien quiera averiguarlo, siempre puede ir a su web). La UEC considera que la agitación de los días anteriores es una irresponsabilidad, y así lo expresa. Poco a poco, sin embargo, las gentes se van dispersando.

En realidad, no es que ya no pase nada. Es que el escenario ha cambiado.

En la Sorbona, se produce el primer acto de ocupación simbólica. Es sólo un salón de actos, l’amphi Descartes, pero ya es algo. La reacción de la administración de la universidad es inmediata: a pesar de que la acción no es gran cosa, la prohíbe formalmente, llama a la policía, y los grises pueblan el campus. A eso de las ocho, llega a la vieja universidad parisina una delegación de estudiantes nanterrinos, con Cohn-Bendit al frente. Todos ellos penetran en el salón ocupado; es la primera vez que en la Sorbona se ocupa una dependencia universitaria contra la expresa prohibición de su rectorado.

La asamblea del Descartes está repleta de esa ilusión, entre muy histórica, muy naïf y, por qué no decirlo, algo pollas, que tienen siempre esas primeras asambleas enragées en las que todo lo que está mal se va a cambiar; ese tipo de reuniones en plan “todo Dios se ha equivocado hasta que hemos llegado nosotros, los listillos”. En medio de un follón de mil demonios (la mayoría de los estudiantes no está sino pendiente de que lleguen los flics a echarlos a hostias de allí), diferentes ponentes, sobre todo extranjeros (allí hay franceses, alemanes, belgas, holandeses, italianos... y, a juzgar por las confesiones de más de un revolucionario de saloncillo con edad suficiente, no menos de dos o tres millones de españoles), contando su movida. Todo es revolución espontánea. Cada vez que surge algún malentendido o diferencia, se acude con automatismo al asuntillo de Vietnam, y allí todos están de acuerdo. La mayoría de los estudiantes abogan por “una universidad gestionada por los estudiantes”. Son los tiempos, esos felices años sesenta de la antisiquiatría (los manicomios los gestionan los locos) o de la inserción penitenciaria (los presos gestionan las cárceles), de donde nos va a quedar, hasta el día de hoy, ese espíritu de que, en el aula, alumno y maestro son personajes de la misma alcurnia.

Sin embargo, el desacuerdo llegará.

Los estudiantes de la Sorbona propugnan la creación de un MAU (Mouvement d’Action Universitaire) que centralice las movidas. A Cohn-Bendit y sus chicos del M22 la cosa no les hace ni puta gracia. Ellos quieren seguir pensando en la movida como un “frente revolucionario universitario” capaz de decidir, en cada momento, qué hacer. Mucho más anarquista que marxista en su corazón y en su cerebro, Cohn-Bendit recela de los movimientos desde arriba. Pero, como decimos los gallegos, habelos, hainos.

El sábado, es decir al día siguiente, Grappin reúne de nuevo a la asamblea profesoral de Nanterre, que decide poner una sala a disposición de los estudiantes, cuyo uso será gestionado por una comisión. La preocupación fundamental de la universidad en ese momento es poner los medios para que los estudiantes puedan preparar los exámenes, y deciden hacerlo aceptando el derecho de los estudiantes a realizar debates políticos, pero de una forma encauzada y formal.

Otros indicios indican que, efectivamente, el, por así llamarlo, poder constituido trata de realizar tímidos movimientos que le permitan controlar la situación. El ministro de Educación, Alain Peyrefitte, anuncia la creación de órganos específicos para mejorar la representación estudiantil en la universidad, así como la aceleración de infraestructuras y mejoras en los transportes.

Al día siguiente, domingo, L’Huma, vocero del Partido Comunista, publica una entrevista con François Hilsum, secretario general del MJC (Mouvement de la Jeunesse Communiste, de la cuerda oficial) (Hilsum, de hecho, es miembro del Comité Central del PCF desde 1967; en los años ochenta, será jefe de redacción del periódico que ahora lo entrevista, L'Humanité Dimanche).

Con ese sobramiento propio del comunismo oficial, que se siente con derecho a ocupar el ámbito todo de la revolución, Hilsum coloca las movidas nanterrinas al mismo nivel que los intentos de Georges Pompidou o Valery Giscard d’Estaing para ganarse a la juventud: “especulando [al loro con el verbo] con la legítima aspiración de los jóvenes a la justicia, con la cólera sana que les toma cuando se enfrentan a las dificultades que les plantea el sistema capitalista, pretenden ser los portavoces de las generaciones jóvenes y de sus sentimientos revolucionarios. Son, simple y llanamente, la falsa moneda de la revolución” (las cursivas son mías).

Con cosas así, publicadas negro sobre blanco a finales de marzo, reputo bastante complicado considerar a Mayo del 68 como una revolución. La verdad es que fueron varias. Y no demasiado bien avenidas.

martes, noviembre 13, 2012

Cosas veredes...


Una fotico de mi fondo de armario...

lunes, noviembre 12, 2012

Por si queréis dejaros de polladas

Os tengo un poco abandonados, lo sé. Me fui de puente y además, por esas circunstancias, no lo tengo fácil para pasar más de dos horas junto a mi ordenador y mis libros. Y este blog, la verdad, no puede escribirse en cualquier parte. Yo tendría que ser un privilegiado como dicen que era El Greco, que viajaba acompañado por un nutridísimo séquito de criados y, lo que es más importante, todos o casi todos sus libros en carros. Como no lo soy, tengo que esperar a que la vida se aquiete y se normalice para escribir.

No obstante lo dicho, me asomo a esta ventana para colocar un off topic total, cosa que mis seguidores habituales sabrán ya que hago de vez en cuando y con total desvergüenza. Quisiera recomendaros la lectura de un pequeño informe que encontraréis aquí. Se trata del resumen de una conferencia dictada recientemente, en el Club Empresarial ICADE, por el economista Jesús Fernández-Villaverde, sobre la crisis económica actual y las políticas a seguir para superarla.

Querido lector, que lees esto (y por eso eres lector, claro), puedes ser de uno de dos tipos. Puedes ser de ese tipo de personas que gustan de las polladas. Para saber si eres de ésos, sólo tienes que preguntarte si los debates que ves en la tele te llenan. O si te llena el discurso oficial de algún partido político o sindicato. Si es así, amigo mío, te van las polladas, y deberías dejar la lectura de este post en este mismo punto.

Caso de que hayas llegado hasta esta línea y, por lo tanto, cuando menos consideres de ti mismo que te gustaría tener algo más que la recetita de salmorejo ideológico con que te proveen los voceros de los tuyos o los sesudos analistas televisivos, que en minutos quince son capaces de hablar de Cataluña, de la prima de riesgo, del Real Madrid y de la hipercolesterolemia; si necesitas, digo, algo más que esto, pincha en el enlace, y/o sigue leyendo.

Verdaderamente, este pequeño discurso de Fernández-Villaverde, joven economista de sonoro e histórico apellido (será, digo yo, pariente del Villaverde que salvó España una vez) residente en Estados Unidos, tiene más enjundia que un año de tertulias, se produzcan éstas bajo palio o al rojo vivo, eso da igual.

El discurso de Villaverde empieza mal, para qué negarlo. Nos dice: "la economía española está en una situación muy mala y sufrimos esta situación desde enero del 2008". Frase que, en sí, no dice nada que no sepamos ya, ergo suena a deyección de tertuliano. Eso sí, el conferenciante rápidamente salpimenta la afirmación con una interpretación histórica, o tocante a la Historia, que, amén que atractiva, es coincidente, cuando menos en parte, con otros analistas del devenir económico de España en el tiempo, como Juan Velarde.

Según Villaverde, o tal lo interpreto yo, la economía española mantiene un tono decepcionantemente estable (encefalograma plano, pues) hasta el Plan de Estabilización del 59, que es el que dispara el bienestar español, en una proporción muy superior a la evolución del mismo en los grandes países del entorno, hasta conseguir, en la última década del siglo, la práctica convergencia con Estados Unidos y otros países híper-desarrollados. Como digo, esta tesis es muy coincidente con la de Velarde, que la adorna con muchos más datos en su Historia reciente de la economía española; y lo hace por interés personal, claro, pues fue él, junto con otros jóvenes economistas de la época, quien colaboró para maquinar aquel cambio radical de política económica.

Velarde, con una ausencia total de proclividad hacia lo políticamente correcto, sostiene que el Plan de Estabilización de 1959 y el primer mandato Aznar son los dos únicos momentos en los que, de verdad, en España se hizo buena política económica. Villaverde nada dice de la etapa Ansar, tal vez porque es más cauto o menos fogoso, pero ambos mensajes convergen en lo esencial. Eso sí, la interpretación de Villaverde añade un matiz realmente importante.

En su opinión, el diferencial de renta de España respecto de los países más desarrollados ha hecho que, durante 50 años, no hayamos pensado en otra cosa que en converger. Lo hemos sacrificado todo a cambio de poder darle un mordisco más a nuestro diferencial de renta. Sin embargo, una vez que esto se consigue, ¿qué se hace? En opinión de Villaverde, lo que se tenía que haber hecho era sentarse a repensar España. A pensar, dice él, "las bases del crecimiento económico de las siguientes décadas", que ya, añado yo, no podían ser las mismas que en el pasado. Pero lo fueron. Lo que tuvimos, una vez alcanzados nuestros competidores en nivel de renta, fue una continuidad de esa política de crecer como sea, o sea burbuja, o sea hostión.

De los siete grandes problemas que aquejan a nuestra situación actual (que no te voy a copiar aquí, ni siquiera los voy a comentar todos, para que así leas al autor y no, o no sólo, al amanuense), el que más certeramente analiza Villaverde es el relativo a la actual estructura institucional española. Es donde mayor clarividencia derrocha el conferenciante, quizá porque, como demuestran sus ejemplos, vivir en Estados Unidos le hace ver cosas que tal vez otros no vemos.

Resumiré lo que yo creo que dice el autor con mis propias palabras. Para juzgar si soy justo en la recensión, siempre está la fuente originaria.

La cosa es que yo estoy bastante de acuerdo con lo que leo, o creo leer, en la conferencia. España tiene hoy una estructura civil, social, en la que los partidos políticos lo son todo. Los partidos políticos nombran el gobierno de los jueces. Los partidos políticos engrosan las estructuras que deciden si ha habido o no comportamientos reprobables en los medios de comunicación. Los partidos políticos, shit you little parrot, nombran al tipo o tipa cuyo trabajo consiste en proteger a la gente de los políticos (Defensor del Pueblo, lo llaman). Los partidos políticos se colocan, con luz y taquígrafos, detrás de las personas que pretenden ser rectores de universidad, o presidentes de colegios profesionales. Cuando no son los partidos políticos los que actúan, lo que se hace es darle vitola de representantes de la sociedad a personas que tampoco se han sometido jamás a ningún tipo de escrutinio por parte de dicha sociedad (como, por ejemplo, las organizaciones ecologistas) y que, además, no están muy alejadas de los partidos políticos, entre otras cosas porque según qué partido gobierne, les cae o no les cae la subvención que les paga la sede, la mecanógrafa y, tal vez, un pequeño excedente, que hay que vivir.

Los partidos políticos son como iglesias. "Sólo sois una pandilla de curas", les espeta Imanol Arias a sus ya ex compañeros batasuneros, en La muerte de Mikel. La iglesia católica es: jerarquía estricta (el párroco López manda menos que Rouco, y Rouco manda menos que Benedicto) e interpretación única de las escrituras (Catecismo). Los partidos políticos no se mueven ni un ápice de este punto. En un sistema de listas cerradas, la jerarquía lo es todo: si el número 2 por Logroño es puesto seguro, sólo irás de número 2 por Logroño si Mariano quiere. Si Mariano no quiere, ya puede la gente de Logroño saludarte por la calle haciendo genuflexiones y cantándote Hosanas mientras recorres la ciudad en pollino, que da igual. 

Pero está la segunda cosa: la explicación catecumenal. La ideología política, convenientemente gobernada por el partido, establece interpretaciones unívocas para las cosas. A pasa porque B. No te pedimos que pienses en A, ni en B; te pedimos, simplemente, que repitas, en tu perfil de Facebook, en tu Twitter, en la barra del bar: A pasa porque B. B es un cabrón. B tiene la culpa.

"No es una casualidad", dice Villaverde, "que nos hayan tocado los presidentes del Gobierno que hemos tenido". Desde luego. Nos han tocado los gobernantes que hemos querido; los más ajustados a la explicación catecumenal mayoritaria. De ahí, entiendo yo, que sean tan frecuentes las acusaciones a los gobernantes en el sentido de incumplir los programas electorales. Porque la gente, en España, no te vota porque piense que vas a ser un buen gobernante; te votan para que cumplas el Catecismo.

La crítica a las instituciones ultrapolitizadas alcanza, en la conferencia de Villaverde, cotas elevadísimas en el momento en que compara los portales en internet de su lugar de residencia (Lower Merion, Penn) y una ciudad semejante de España: Majadahonda. En la web de Majadahonda hay un huevo de fotos y noticias del alcalde, por aquí, por allá, y 7 páginas de información presupuestaria. En la de Lower Merion el alcalde no se llama major, sino city manager; no aparece en la portada de la web (el que aparece es el director de una bibioteca recién inaugurada); y hay un documento presupuestario de 340 páginas.

Eso sí, el city manager es un señor con estudios, másteres y experiencia laboral en gestión local... y cobra 275.000 euros. Mientras que, en España, "elegimos un alcalde politizado. Como es un alcalde politizado, que nunca ha hecho nada en la vida profesional o privada, nos parece mal pagarle, con lo que su sueldo es de 50.000 euros. Y el tipo tiene una tentación muy grande de corrupción". Bull's eye: lo que hay que hacer con los políticos no es pagarles menos, sino pagarles más. Eso sí, exigiéndoles... que dejen de ser políticos (váyase el lector a la página web de Lower Merion y cuente los clics que le cuesta conocer la afiliación partidaria o ideológica del alcalde).

Más demoledora aún es la comparación entre la actual presidenta de la Securities and Exchange Commission y la de la CNMV española. Mary L. Shapiro tiene titulaciones específicas y lleva 29 años trabajando en materias relacionadas con los mercados de valores. Elvira Rodríguez ha sido alta funcionaria en materia de presupuestos; ministra de Medio Ambiente (WTF?); Consejera de Transportes (Ein?); Presidenta del parlamento regional madrileño (What?) y senadora. Y, ahora, tiene la última palabra a la hora de decidir la posición del mercado español de valores sobre tal o cual operación. Como dice Villaverde con sorna, resulta difícil de creer que, en esa situación, "va a poner los intereses de los inversores por encima de los de Cristóbal Montoro". Por cierto, Shapiro, a lo largo de su carrera profesional, ha sido nombrada bajo las administraciones Reagan, Bush padre, Clinton, Bush hijo y Obama. ¿Es imaginable un alto cargo técnico en España fue fuese nombrado durante las teóricas presidencias del gobierno de Aznar, Zapatero, Rajoy, Rubalcaba, Esperanza Aguirre y Tomás Gómez?

Desarrolla también Villaverde la personalidad y proceso de nombramiento del actual rector de la universidad de California, Mark Yudof. Para empezar, Yudof ha dirigido antes otras universidades (Minnesotta y Texas); o sea, que gestionar la universidad, lejos de un cargo, es un trabajo. Lo selecciona un comité de notables y lo nombra, finalmente, governator Arnold Schwartzennegger. ¿Destaca el gobernador la ideología del rector? Pues no. No existen indicios de que la conozca siquiera. Sin embargo, nos recuerda Villaverde, el nombramiento del nuevo rector de la Complutense es saludado con el siguiente titular periodístico: La izquierda mantiene su bastión en la Complutense con la victoria de Carrillo.

Ninguna universidad española está entre las 200 mejores del mundo. Será por el mal olor de los baños, quizá.

Más. Nos informa Villaverde del Civil Service First Stream, que es un sistema británico de selección de funcionarios, en los que los candidatos no son enviados a una academia a estudiarse decenas de temas de Derecho Administrativo, sino que "se les sienta en una habitación, se les dan correos electrónicos y se mide la capacidad que tienen de procesar esos correos electrónicos, de presentar la información de manera adecuada y de proponer soluciones a los problemas ficticios que tienen esos casos".

Otro mal que toca de pasada Villaverde en su texto, y que me ha arrancado una sonrisa de aficionadillo a la Historia, es el ligado a la famosa frase de Romanones: haga vuecencia las leyes, que ya haré yo los reglamentos. Doy fe que esta frase es notablemente exitosa en los corrillos de coleguitas en el extranjero. A los británicos, especialmente, les hace mucha gracia.

La dicotomía ley/reglamento en España tiene que ver con dos cosas que, desgraciadamente, en mi opinión Villaverde apenas apunta en su conferencia. La primera es bastante evidente y tiene que ver con la querencia de los partidos políticos por hacer a su interés. Y la segunda tiene que ver con la ausencia de debate naciente del hecho de que, si los partidos políticos han instilado toda la sociedad española, su presencia es, más que abrumadora, aplastante, en los medios de comunicación, que son los que deberían articular dicho debate.

El ejemplo que pone Villaverde es sangrante. El Congreso modifica la Constitución para elevar el equilibrio presupuestario a la categoría de dogma. Pero deja el desarrollo real de ese compromiso para una ley que, sucintamente, dictamina que tanto las previsiones presupuestarias como el cuadro macroeconómico y la comprobación de lo que se ha hecho corresponden al mismo actor: el Gobierno. Dicho de otra forma: yo soy el violador y, al mismo tiempo, el forense que dictamina si hubo consentimiento. Con un par.

... y no pasa nada. No pasa nada, entre otras cosas, porque la prensa, el día que llegó al Congreso el borrador de esa ley, estaría hablando de Belén Esteban. Bueno, eso la mitad de la prensa. Porque la otra mitad, simple y llanamente, recibió una llamada de alguien que susurró: hoy llega nuestro proyecto de ley al Congreso; cumple con tu obligación, camarada. Aun queda otra opción, desgraciadamente no desdeñable: esa noche, la mitad, si no dos tercios, si no la totalidad, de los contertulios que se sentaron en cualquier plató a discutir, no distinguían una Ley Orgánica de un soplete oxiacetilénico.

La penetración política en los medios de comunicación es algo bien perceptible hoy en día en Cataluña, por ejemplo. Los medios de comunicación allí, como en el resto del Reino, tienen eso que se llama una narrativa. Es decir, un relato de los hechos al que se ciñen, y al que van a adaptando los hechos que ocurren en cada momento. Se parecen a aquel periódico conservador alemán que jamás escribió las palabras Deutsche Democratische Republik y para el cual, por lo tanto, nunca hubo reunificación alemana, porque nunca hubo partición. Con las mismas, nunca ha habido, ni habrá, secesión de Cataluña, por la simple y pura razón de que nunca hemos estado unidos. Et voilà!

Cuando Villaverde entra en el campo económico, que es su terreno, la cosa va incluso a peor. Se sorprende, y es que es como para sorprenderse, cómo es posible que en España, en los tiempos recientes, hayan caído el PIB y el empleo mientras el salario medio subía. Como bien dice, la ley de la oferta y la demanda prevé que, por lógica, bajará. Pero Spain is different. Al loro con el palito que les endiña a los sindicatos...

¿La educación? Pues qué queréis que os diga. En Shangai, nos dice Villaverde, el 26,6% de los estudiantes son excelentes en matemáticas;  en Madrid, el 1,9%. Añado yo: en China no sé; pero, en Madrid, España, además de excelentes, son raritos, asociales, odiosos, capullos y membrillos. Opinión de ellos que tienen muchos de sus compañeros, y algunos de sus profesores, que cuando eran estudiantes eran tanto o más bandarras que los tipos a los que ahora suspenden.

¿Cuál es el corolario de todo esto? A mi modo de ver, el corolario de todo esto es lo que tenemos. Lo que se percibe después de un cuarto de hora en Facebook o en cualquier otro lugar no eremítico. Lo que tenemos son personas que realizan interpretaciones unívocas, y de una extremada sencillez, de la realidad. Personas que se pasan la vida creyendo en la absoluta maldad de los que no son los suyos, y confiando en la absoluta habilidad de los suyos para resolver sus problemas. Personas que no quieren hablar de las carreteras que hay que construir en los próximos 50 años, sino de quién les va prestar 10 pavos para irse a casa en taxi dentro de media hora. Personas que sólo trabajarán para arreglar las cosas con los suyos. España es un trineo en el que cuando tiran los huskies, los malamute se tumban, y viceversa.

Estamos, más que probablemente, exactamente en el punto en el que nuestras élites quieren que estemos.

martes, noviembre 06, 2012

Soixante huit (1: mayo nació en marzo)



La prueba es muy sencilla: plántate delante de tu interlocutor, y pregúntale cuál es, en su opinión, el eslogan más frecuente de Mayo del 68.

De cualquier persona que te diga cosas como “Prohibido prohibir”, “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, o similar; en realidad, de cualquier persona que no te declame el eslogan “No somos un grupúsculo”, ya puedes hacerte a la idea de que, grosso modo, no tiene ni puta idea de Mayo del 68. Ya puede decirte en seis idiomas que estuvo allí y que lo vivió y que bla. Miente, o se miente. Quizás estuvo allí, sí, pero, como Martín Romaña, se enteró de bien poca cosa.

Mayo del 68 es la otra revolución por la que vamos a viajar, si te apetece, después de haber viajado por la de Girolamo Savonarola. De ella no cabe pensar, como de la del fraile ferrarense, que no tiene nada que ver contigo. El mundo actual respira Mayo del 68. Por todos sus poros. Para bien, y para mal. Daniel Cohn-Bendit, Danny el Rojo, nunca ha llegado a nada serio en materia de gobierno; sin embargo, de alguna manera, nos ha gobernado a todos desde 1968, y lo sigue haciendo.

Contar Mayo del 68 es contar el ADN político del momento presente. Por eso creo que es bueno que lo contemos. Que contemos ese proceso que se llama mayo, pero empezó en marzo.

¿Qué es París, y Francia, en marzo de 1968? Pues es una ciudad en plena ebullición política. Desde la segunda mitad de los años cincuenta, el progresismo mundial, liderado por la Unión Soviética, se ha reinventado. A principios de dicha década ha muerto Josif Stalin y con su muerte se ha levantado una trampilla bajo la cual aparece un ejército de cucarachas, cada una de ellas con el rostro de un hombre, de una mujer, injustamente torturados, encarcelados, muertos; la mayoría, las tres cosas. El mensaje catecumenal del comunismo (el Compendio de Todo Bien, sin Mezcla de Mal Alguno) se tambalea. Pero si una cosa domina el comunismo, si una batalla le gana, le sigue ganando incluso, a su enemigo capitalista, es la propaganda.

La propaganda izquierdista muta con rapidez a eso que entonces se llama no alineamiento o tercermundismo; que es, presuntamente,  una ideología que se coloca en equidistancia de los dos grandes bloques en defensa de los dos tercios del mundo que viven de puta angustia; aunque, en realidad, esa equidistancia sea muy creativa porque, al fin y al cabo, si uno se pone un pantalón muy ajustado, y las ideologías casi siempre lo son, no tiene otra que cargar los huevos de un lado, o del otro.

La madrugada del 18 de marzo, lunes, apenas se recuerda hoy en día y, sin embargo, tiene su importancia para todo lo que aquí vamos contando. Esa noche, en el número 39 de la rue Cambon, un explosivo plástico estalla en la fachada del Chase Manhattan Bank, o sea en uno de los templos del capitalisme américain. A las tres de la mañana, en la exclusivísima esquina entre la Place Vendôme, donde las altoburguesas parisinas van para adornarse como putas caras, con la rue Danielle-Casanova, es la puerta del Bank of America (templo 2.0 de la misma cosa) la que se va a tomar por culo.

Una hora después, cinco menos veinte de la mañana, en la rue Scribe, el escaparate de las alas americanas, la TWA, se esparce violentamente por el cuidado empedrado de las calles guays de la ciudad de la luz (y de las bombas, por lo que se ve).

Al día siguiente, martes, todas las comisarías de París recibirán comunicados de una claridad evidente: se acabaron las coñas. Los peludos que hasta ahora se limitaban a gritar en las plazas consignas a favor del Vietcong han pasado a la acción (interesante generalización, que es todo un clásico de la Historia, y del presente, tanto por parte de quienes protestan como de quienes los reprimen: todos los peludos son esto, y todos los calvos, aquello). La consigna es: extrema severidad. Muchos historiadores de Mayo del 68 escriben páginas indignadas sosteniendo que la violencia policial contra las manifas de estudiantes no tuvo ninguna justificación. Justificación no sé; pero origen, sí que lo tuvo. No es difícil de encontrar; basta con darse cuenta de que mayo empezó en marzo.

En la tarde del miércoles, 20, se forma una pequeña manifestación, una más de las muchas que se vienen produciendo desde que Washington está en lo de Vietnam de hoz y coz, frente a las oficinas centrales de la American Express, al ladito de la TWA destrozada, cerca de la Opera. Pero esta vez las cosas cambian. Xavier Langlade, 22 años, es detenido (Langlade nunca abandonará su militancia de izquierdas; murió en Cuba, en el año 2007). No muy lejos de allí, la pasma detiene a cuatro estudiantes de bachillerato, miembros de los llamados Comités Vietnam y, se dice, militantes de la JCR (Jeunesse Comuniste Révolutionnaire; grupo trotskista-guevarista).

El día 22, viernes, a las 7 menos cuarto de la mañana, la policía se presenta en el domicilio de Nicolas Boulte, ex delegado estudiantil del Instituto Católico de París (en ese momento, tiene 25 años) y secretario del Comité Vietnam Nacional o CVN (en su vida adulta, Boulte militará en la Gauche Proletarienne, maoísta, desde su trabajo en la Renault; fuertemente criticado por la organización por motivos estratégicos, la presión será tan fuerte que intentará suicidarse. Repetirá la acción, esta vez con éxito, tres años más tarde, en mayo de 1975, tras enviar a Le Monde su propia necrológica).

Es evidente que el Ministerio del Interior responsabiliza a los Comités Vietnam de los atentados. Esa misma mañana, el Comité Nacional publica un comunicado exigiendo la liberación de sus militantes y llamando a la acción.

A pesar de que a primera hora de la tarde del 22 Langlade es liberado sin acusaciones, más o menos a la misma hora, en la facultad de Letras de Nanterre, un grupo de estudiantes toma el testigo de la llamada que en la mañana ha hecho el Comité para que todas las “organizaciones democráticas” se movilicen.

¿Por qué Nanterre? Pues, la verdad, es bastante lógico. Nanterre, una puta marca blanca de la Sorbona, que es la universidad parisina de toda la vida, es una invención administrativa llevada a cabo con bastante poca imaginación y menor presupuesto. En ese momento, sus edificios pedagógicos son viejos locales recalentados, mal dotados, y con una enseñanza de no mucha calidad. Los estudiantes de Nanterre no tienen ninguna razón para sentirse privilegiados; el suyo es el ambiente lógico para desarrollar la idea de que hay estudiantes de primera y estudiantes de segunda; que ellos son los de tercera, y que lo que el país espera de ellos es que estudien para convertirse en obedientes proletarios.

Por eso, ya antes de mayo; mucho antes de marzo, incluso, en París, entre los jóvenes, se dice: Nanterre, c'est Cuba. Un proceso que se autoalimenta, como ocurría con algunas facultades españolas hace 30 años, porque los estudiantes más cañeros comienzan a preferir ir a esa facultad donde se estudia lo justo, pero hay un movidón político de la hueva. Tienen mucho de lo que protestar los nanterrinos. En enero de 1967, el ministro François Missoffe ha ido a Nanterre a inaugurar una piscina (acto friendly donde los haya) y se ha encontrado con un joven Cohn-Bendit que le acusa de "haber escrito 600 páginas de ineptitudes" en su Libro Blanco sobre la Juventud Francesa. Cohn-Bendit le acusa de no tocar el tema de las relaciones sexuales y el ministro, fuera de sí, le contesta: "siempre puede usted tirarse a la piscina para desfogarse". En su réplica, Daniel Cohn-Bendit inaugurará una larga tradición que dura hasta hoy, pues brama:

- C'est une réponse fasciste!

Pues sí. Aquel día, 8 de enero hoy hace 45 años, nació la costumbre de apelar de fascista a todo aquél que, siendo nosotros de izquierdas, nos lleve la contraria. 

Bobo Missoffe, y no menos torpe Cohn-Bendit. Porque si la contestación del ministro no tiene pase, la de Red Danny  parece olvidar que un fascista como Hitler le habría dejado a alguien como él entrar en la piscina; pero no, desde luego, salir.

Los estudiantes de Nanterre son como bailonas poligoneras trasladadas en la máquina del tiempo a una fiesta medieval. Hay que entender que, en aquel entonces, el reglamento del colegio universitario todavía tiene normas bastante impropias, como que las chicas pueden visitar a los chicos en sus habitaciones, pero no al revés. Frente a estas medidas un tanto anticuadas, los estudiantes de Nanterre no beben Coca-Cola porque hacen boicot a lo americano (Vive l'Orangina!); y jamás ponen en las sinfonolas otras canciones que las de Joan Baez (a ver si te callas de una vez con lo del puto preso número 9, cansina) o Bob Dylan. El 22 de marzo del 67, un año antes de comenzar Mayo, los estudiantes hombres pasan una noche entera en la habitación de las chicas, en plan protesta; tres días después, 29 estudiantes son expedientados (ignoro si fueron seleccionados para el castigo en base a la longitud de su pene). Todavía en 1968, el ministro de Educación, Alain Peyrefitte, se niega a modificar el reglamento del colegio universitario para así seguir evitando las poluciones nocturnas.

Este es el ambiente en el que viven los estudiantes que deciden cumplir la llamada del CVN.

En la Facultad de Letras de Nanterre se ha formado un grupito de estudiantes, de tiempo atrás inquilinos habituales de las manifas anti Vietnam. Pasan de aula en aula, interrumpiendo las clases y anunciando una asamblea a las 5 de la tarde para decidir acciones contra la acción policial represiva.

A la asamblea no asisten menos de 500 estudiantes. Se discute qué hacer durante hora y media, y se decide ocupar la Administración de la facultad. Luego se discute el fondo ideológico de la movida; de momento, se acuerda que todo el mundo que esté en contra de la agresión a Vietnam, está dentro del movimiento. Sin más matices. De esta manera se orillan los primeros enfrentamientos, que se mascullan en las intervenciones, entre la JCR (trotskistas 1.0, de la coté del Che Guevara), la FER (Fédération des Étudiants Révolutionnaires, troskista 2.0) y la UJCML (Union des Jeunesses Comunistes, marxistes-leninistes), que ya en su propio nombre decía lo que era.

La ocupación se lleva a cabo, y termina a las 2 de la mañana del día siguiente.

Aquella asamblea, en mayor medida que la ocupación, deja una huella tan honda en las ilusiones de los estudiantes, que su movimiento llevará su nombre: Movimiento 22 de marzo.

Es marzo, sí. Pero mayo ha nacido ya.

lunes, noviembre 05, 2012

Fra Girolamo (... y 20)

No te olvides de que esta serie ya ha tenido un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sexto,  séptimo, octavo, novenodécimo, décimo primero, décimo segundo,  décimo tercerdécimo cuarto, décimo quinto, décimo sexto, décimo séptimo décimo octavo y décimo noveno capítulo.



Tan sólo un día después del follón de la ordalía, un dominico tenía que predicar en una iglesia por ser domingo de Ramos. Una partida de compagnacci lo esperó en la entrada, lo mandó para su casa y luego entró en la iglesia y dispersó a la congregación. Luego se presentaron en el mismo San Marcos, en actitud violenta. Savonarola, gritando “esta tempestad es por mi causa”, quiso salir a inmolarse, pero no le dejaron. Él, por su parte, prohibió a sus monjes, que ya se estaban armando, que se defendiesen. Los instó a recorrer el claustro, rezando y cantando, en espera de su final. Luego se refugiaron en la iglesia.

El gobierno de la Signoria envió entonces un mensaje a San Marcos, en el que conminaba al prior a abandonar Florencia en doce horas. Mientras esto ocurría, Valori, el principal valedor político del savonarolismo, era interceptado por partidarios mediceos, que lo asesinaron a golpes en plena calle. En San Marcos, la multitud exterior prendió fuego a las puertas del convento; diversas personas escalaron los muros, saltaron al claustro, y entraron en la iglesia. O no eran gentes muy avezadas o los frailes lo eran, porque lo cierto es que cuando los dominicos comenzaron a repartir hostias como panes, los pusieron en fuga. Hubo un segundo ataque, de nuevo resistido por los dominicos. Pero, finalmente, fueron detenidos, con su prior al frente.

Durante la instrucción de la causa contra Savonarola, sus acusadores tuvieron muy claro que el punto en el que debían incidir eran las profecías del fraile. Necesitaban demostrar que se las había inventado para poder ejecutarlo. Savonarola, por supuesto, lo negó todo, afirmando que era Dios quien iluminaba sus anuncios. Pero, repetida y convenientemente pasado por la túrmix de esas prácticas que, por lo visto, sólo practicaba la Inquisición española; convenientemente torturado, digámoslo con claridad, acabó por ceder.

En la calle, el panorama era absolutamente dominado por los arrabbiati, dispuestos a quebrar a Savonarola. Se creó una comisión de 16 examinadores del acusado, petada de sus enemigos (entre otras cosas, porque muchos de sus amigos habían cumplido ya, para entonces, el destino de Valori). Ciertamente, quien debía haberle juzgado era el Consejo de los Diez, que le era proclive; pero fue disuelto antes de que cumpliese su mandato.

Alejandro Borgia, por su parte, ejercitó su capacidad de venganza. En realidad, la ciudad de Florencia comenzó el juicio antes de tener autorización vaticana, lo cual era preceptivo cuando el acusado era un hombre de Dios. Pero, en realidad, dio igual, porque pronto llegó a la ciudad la carta del Papa en la que felicitaba a la Signoria por haber detenido “a ese hijo de la iniquidad, Fra Hieronymo Savonarola, quien no sólo engañó a las gentes con promesas vanas y pretenciosas, sino que se resistió a nuestras y vuestras órdenes por la fuerza de las armas”. En la carta, el Papa autorizaba a que se le investigase, “incluso mediando tortura” (toma ya humanismo cristiano renacentista; de hecho, cualquier católico creyente tiene la obligación de creer que, en esa carta, era el mismo Jesucristo quien estaba ordenando, a través de su Vicario, que a un fraile se le quemasen los pies hasta dejarlos en muñones sanguiñolientos), con la única condición de que dos clérigos fuesen testigos de las sesiones.

Para colmo, en el mismo día de la ordalía, en París, Carlos VIII se había dado un hostión contra el quicio de una puerta, que le había causado la muerte.

Girolamo Savonarola fue sometido a tortura durante cuarenta días. A los diez días, se obtuvo de él una confesión, que fue rápidamente publicada. Pero estaba tan burdamente redactada, que el notario público la rechazó. Luego siguieron treinta días en los que la soga se apretaba más y más y, conforme sentía el dolor, el fraile dudaba cada vez  más de sus propias convicciones.

Cuando las sesiones de tortura terminaron, el otrora prior de San Marcos era un guiñapo que apenas hablaba. Para entonces, sus acusadores tenían lo que querían: admitía ser un impostor, y haber hecho todo lo que había hecho por ambición personal.

La confesión firmada por Savonarola, en la que todavía llegó a protestar por frases no dichas que le habían interpolado, fue leída en el Gran Consejo ante cinco monjes de San Marcos. La congregación le repudió, pero escribió al Papa pidiéndole que le salvara la vida, eso sí enviándolo a tomar por culo a cualquier esquina de la península.

Comenzó un segundo juicio, que se disolvió a los tres días sin fallo alguno. Entonces comenzó un periodo de aproximadamente un mes, en el que todos esperaron la llegada de los heraldos del Vaticano. Para entonces, cesaron las palizas, pero Savonarola tenía que ser alimentado como un bebé. Durante tan larga espera, deshecho física y moralmente, colocado frente a los horrores que había confesado, Savonarola entró en algo parecido a la locura. En las palabras y escritos de Savonarola, toda la Cristiandad se resumió en el Salmo trigésimo (in Te, Domine, speravi, non confundar in aeternum), que viene a ser algo así como el abandono total del creyente en las manos de Dios, y que repetía constantemente para tratar de apartar los fantasmas de la traición que había cometido sobre sí mismo. Fra Girolamo deseaba la muerte.

Los heraldos de Roma llegaron el 19 de mayo. Eran el general de los dominicos, Gioacchino Turriano, que venía de adorno; y un español, Francisco Romolino. Un amigo, y un eterno odiador, de Savonarola. Las gentes, entrando ellos en la ciudad, los rodearon, clamando por la muerte el fraile. Romolino sonreía, asentía, y se daba golpecitos en el pecho, mientras decía: aquí traigo la sentencia, así que nos preocupéis, que haremos una buena hoguera con él.

Romolino estaba allí para algo más que para clavar el último clavo en el ataúd de Savonarola. Estaba allí para obtener confesión por su parte sobre posibles compañeros de viaje en su impostura. El cardenal de Nápoles, enemigo acérrimo de Romolino, por ejemplo. Savonarola lo negó todo; y volvió al potro, donde la cuerda apretó, y apretó hasta que, sin poder más, el fraile gritó: “¡Nápoles, Nápoles!” Al día siguiente, se retractó.

En el juicio propiamente dicho, Savonarola fue condenado junto con Fra Domenico y Fra Silvestro. El último había abominado de su prior bajo tortura. Pero Fra Domenico, por mucho que lo putearon, jamás cedió. Lo cual nos da que pensar que tal vez no mentía cuando aseguraba que habría superado la ordalía.

La sentencia fue la horca. Tras ser pronunciada, Savonarola permaneció en silencio, Fra Silvestro protestó, y Fra Domenico, todo un Chuck Norris de la Cristiandad, se levantó para solicitar si no podían cambiarla por la hoguera.

Camino de la Piazza della Signoria, el día de la ejecución, los niños golpeaban al fraile con palos, pero él, para desgracia del público que lo esperaba, no se derrumbó. En el cadalso, se pronunció la sentencia eclesiástica, que terminaba: “Yo te separo de la Iglesia militante y triunfante”. Savonarola le contestó al prelado que la leía: “de la Iglesia militante. Lo otro no está en tus manos”.

Cuando estaban poniéndole la soga en el cuello, alguien del público, con notable mala baba, gritó: “¡Ahora es el momento de hacer un milagro!” Nadie sabe si lo oyó, porque la trampilla cedió mientras estas palabras se estaban pronunciando.




El recuerdo de Girolamo Savonarola pervivió durante años, pero acabó por perecer. Hay quien dice que fue un exponente de la iglesia medieval y que, consecuentemente, fue aplastado por los nuevos esquemas de la Iglesia renacentista, que en los siguientes dos siglos se aplicaría a dejar las burradas cometidas por el papado medieval en pequeños juegos de niños creyentes.

En mi opinión, Savonarola fue algo mucho más universal. Fue un revolucionario para quien la revolución reservó el destino más habitual en estos casos, que es acabar devorado por el proceso que él mismo inició.

Girolamo Savonarola tenía que terminar en el cadalso porque el proceso iniciado por él sólo podía terminar ahí. Terminó donde terminó Robespierre y donde, en el fondo, terminaron Cronwell, o Lenin, o tantos otros.

La historia de Girolamo Savonarola, fascinante como pocas, es, y por eso es por lo que yo la he escrito, un indicador perfecto de que los procesos revolucionarios nacen siempre bajo justificaciones solidísimas, generando una confianza milenarista y, después, cuando el revolucionario adquiere la capacidad de aplicarlas hasta el fondo y con todas sus consecuencias, la propia revolución le deja solo, busca sus caminos de aquietamiento, muta en otra cosa, y destruye, sin pestañear, a aquél que la creó. Sólo los procesos, como la Comuna de París o el periodo liberal fernandino en España, donde hay un agente externo que interviene en el proceso para detenerlo en seco, se apartan de este esquema.

El día que escriba, que espero sea pronto, todo este texto en forma de ensayo completo para publicarlo como libro, lo reharé para adaptarlo a esta estructura por etapas revolucionarias. Yerran quienes piensan que esta historia les importa una mierda porque va de un tipo que sostenía ideas hoy periclitadas. Mentira. El comunismo podrá morir, pero incluso ese día el estudio de las dinámicas de la Revolución Rusa será fascinante.

Hablar de Savonarola, entender a Savonarola, es, en el fondo, hablar y entender cosas que pasan hoy, que pasarán siempre. Porque siempre nos quedará la duda de si los visionarios son grandes héroes o grandes soplapollas. Como siempre nos quedará la duda de si los que los que acaban por traicionarlos son unos grandes hijos de puta o, simplemente, nadan a favor de las grandes corrientes de la Historia.

Requiescas in pace, Fra Girolamo.