sábado, septiembre 03, 2011

Franco y el poder (12: el gallinero se revoluciona)

Todas las tomas de esta serie:

En mayo de 1956 queda claro el dominio falangista sobre el diseño de lo que tendría que ser el orden constitucional franquista. El 17 de aquel mes, la Junta Política del partido, presidida por el propio Franco, acordó la formación de la ponencia que redactaría esas leyes. La ponencia tenía dos representantes del Gobierno de corte claramente no falangista: el almirante Carrero y el ministro tradicionalista de Justicia Antonio Iturmendi. Pero, más allá, por el Consejo Nacional fueron designado Tomás Gistau Mazzantini y Luis González Vicent; Raimundo Fermández Cuesta y Rafael Sánchez Mazas por la propia Junta Política; dos representantes de la Secretaría General del Movimiento (Diego Salas Pombo y Joaquín Reguera Sevilla); y, por último, representando al think tank franquista, el Instituto de Estudios Políticos, Javier Conde y Emilio Lamo de Espinosa. Todas estas personas trabajarían, además, sobre un texto de ley del gobierno preparado en noviembre del 55 por una ponencia presidida por Jorge Jordana de Pozas y donde estaban Antonio Castro Villacañas, Mario Hernández Sánchez-Barba, Manuel Galea, César García Sánchez y Gabriel Elorriaga.
Además, Luis González Vicent, conspicuo miembro del ala más «auténtica» del falangismo, presentó por su cuenta un documento de bases en que atribuía al Consejo Nacional de FET y de las JONS la propuesta de candidatos a Jefe del Estado, posteriormente votado por plebiscito. El jefe del Estado debería, además, consultar con el Consejo Nacional la disolución de las Cortes.

viernes, septiembre 02, 2011

Aviso

Que ya he conseguido encontrar tiempo para refundir las tomas sobre la Normalidad del 36. Están en la biblioteca, a la que se accede por un enlace que aparece en la columna de la izquierda.

Franco y el poder (11: Las cosas se tuercen... un poquito)

Todas las tomas de esta serie:


Tres días después de la gran manifestación de la plaza de Oriente, el 12 de diciembre de 1947, la ONU, reunida en Flushing Meadows, aprobaba una resolución contra el gobierno español. Se suele decir que este punto, junto con la declaración de San Francisco, marcan el punto más bajo del prestigio internacional del franquismo. Y es cierto. Pero, sin embargo, tan cierto como eso lo es el hecho de que, aguas adentro de España, las iniciativas de la ONU, en realidad, le vinieron de perlas al dictador.

miércoles, agosto 31, 2011

Franco y el poder (10: Johnny (Borbón) cogió su fusil)

Todas las tomas de esta serie:

En el proceloso mundo de las opiniones sobre el franquismo, donde proliferan los clarinetistas de oído, hay no pocos analistas, monárquicos por supuesto, que consideran que, en el fondo, todo lo que hizo Franco desde que fue designado Generalísimo de los ejércitos nacionales, lo hizo para sacarse de encima el pecado original de haber llegado a tal posición gracias al apoyo de los generales dinásticos; es decir, gracias a la idea, engendrada pero no creada, de que el general se comprometía, de alguna manera, a limitarse a ser agente para el regreso borbónico. Por una vez y sin que sirva de precedente, estoy bastante, por no decir muy de acuerdo, con este punto de vista coronado.

domingo, agosto 28, 2011

Falsas historias

Que en el mundo siempre ha habido caraduras es algo que nos dijo Santos Discépolo hace más de un siglo. Sin embargo, una de las cosas que aceptamos con facilidad es que todo lo que pertenece al pasado es como nos llega descrito, sin pararnos a pensar que los hombres de la antigüedad tenían la misma falta de escrúpulos que tenemos nosotros hoy en día. De hecho, ésta es una limitación insalvable de la Historia conforme se refiere a periodos más antiguos, por cuanto, más atrás en la edad del hombre, los testimonios se hacen más escasos y, además, la probabilidad de que los que hayan sobrevivido sean creaciones interesadas es mayor. En efecto, las creaciones de la propaganda tienen la virtud de ser ampliamente distribuidas, lo cual mejora sus posibilidades de haber sobrevivido al paso del tiempo. Es, por ello, bastante difícil que nos podamos hacer una idea cabal de lo que ocurrió en muchos periodos de nuestro pasado.

Pero hay un paso más, que es aquél en el cual los contemporáneos de los hechos hoy narrados como parte del pasado intentaron cambiarlos deliberadamente. En este punto, entramos en el terreno de las falsificaciones. Contra lo que se pueda pensar, el pasado del hombre está petado de falsificadores y falsificaciones; lo que ocurre es que, muy a menudo, han sido descubiertas porque la falsificación perfecta, como el crimen perfecto, casi no existe. Hoy quiero hablaros de esas falsificaciones y, precisamente porque son muchas, me centraré sólo en tres; dos de ellas por su elevada importancia histórica; de hecho, ambos casos nos deben hacer reflexionar, porque vienen a demostrar que una mentira puede llegar a mover la Historia. La tercera la cito porque se produjo hace tan poco tiempo que muchos somos contemporáneos de la misma.

La primera, y probablemente, mayor falsificación de la Historia es la perpetrada por un Papa, Esteban II. El bueno de Stephen, como casi todos los vicarios de Cristo, vivía en Roma y defendía, de consuno, la primacía política y espiritual de la sede romana. Pero tenía un problema. En el siglo VIII en el que vivió, el Imperio Romano, que era la organización política de referencia para el mundo occidental (tanto que, décadas después, Carlomagno lo resucitaría) se había dividido en dos grandes comunidades autónomas: el imperio occidental, con centro en Roma; y el oriental, con centro en Costantinopla y que conocemos como Bizancio.

Bizancio, que en su inicio era como una sucursal imperial, resultó ser una organización política y social mucho más dinámica que la vieja Roma, invadida de godos y querellas. A su manera iba desarrollando su propia religiosidad, lo cual lo alejaba de la disciplina del de blanco; y, sobre todo, desarrollaba un gran poder temporal alrededor de su emperador, que se consideraba por encima del papal. Los emperadores de Bizancio, en efecto, musitaban en privado aquello que Stalin dijo del Papa en Yalta: «¿Tan poderoso es? ¿Cuántas divisiones tiene?»

Esteban sabía que sólo era cuestión de tiempo que el papado acabase atraído por el centro de poder bizantino, lo cual le haría perder toda su autonomía. Así pues, hizo llamar a sus mejores amanuenses, los cuales elaboraron la llamada Constitutio Constantini, un documento falso de toda falsedad pero sin el cual difícilmente existiría hoy la cúpula de San Pedro levantada por Miguel Ángel.

En la conocida como donación de Constantino, el emperador romano afirma que abandona Roma para no tener que ejercer su poder en la misma sede que el Papa (de aquella, Silvestre I), pero ofreciendo antes a éste la abdicación de su corona; esto es, donando al Papa el Imperio.

La donación de Constantino fue publicada en el año 754, esto es 430 años después de que Constantino realizase dicha teórica donación, sin que nadie, al parecer, se preguntase seriamente por qué había estado más de cuatro siglos perdida. Y es un documento de grandísimo valor porque es en él en el que se ha basado todo el poder temporal de la Iglesia Católica hasta, como poco, el siglo XV. Por mor de la donación de Constantino, todos los reyes de Europa, emperadores incluso, no dejaban de ser usufructuarios de un derecho que en realidad reposaba en las manos del Papa, pues era a éste a quien se le había legado el poder imperial. Obviamente, con la llegada en el Renacimiento del concepto de nación, de rey responsable ante Dios y ante la Historia y bla, éste entra en directo conflicto con el concepto de la donación, con lo que el poder temporal del papado comienza a diluirse; pero para entonces el Vaticano ya era una institución tan rica como influyente, capaz de asentarse en otras pilastras para permanecer.

La donación de Constantino es también la base del teórico derecho papal de posesión de Roma e incluso de casi toda Italia, que sustentó la creación de los Estados Pontificios y aún en la segunda mitad del siglo XIX fue un serio obstáculo para la creación de la nación italiana.

No fue hasta el siglo XV que un docto italiano, Lorenzo Valla, demostró la falsedad del documento, a base de profundizar en el latín del mismo que, demostró, no podía haber sido usado por Constantino por contener usos y giros impropios de su era. O sea, más o menos que como si alguien se inventase ahora una pretendida carga de Robespierre a los españoles en la que utilizase palabras como troncos, guay, o fistro. Desde la propia iglesia, Nikolas Krebs, al que conocemos más como Nicolás de Cusa, fue quizá el primer teólogo que afirmó la falsedad del documento.




En 1868, un tal Hermann Gödsche, escritor que firmaba con el seudónimo Sir John Retcliffe, publicó una novela, titulada Biarritz, en la que lanzaba la idea de que la existencia de un grupo secreto de judíos que pretendía la dominación del mundo. Gödsche, sin saberlo, había puesto la primera piedra de la segunda gran falsificación de la Historia, que habría de ser enormemente sangrienta.

Todo surgió en los desagües de la Rusia zarista autocrática. En los inicios del siglo XX, el zar Nicolás II vivía bajo la creciente preocupación de los grupos subversivos, anarquistas, socialistas, nihilistas y mediopensionistas, que cada vez eran más pujantes en el país y ya algún año antes se habían llevado por delante a algún monarca. Debió de pedir a sus especialistas en espionaje que hicieran lo necesario para parar aquello, y algunos de estos espías decidieron que una forma de mantener al pueblo ocupado y lejos de las teorías revolucionarias sería buscarle un enemigo (esto no es nuevo; los nacionalismos viven de esto los días pares, y los impares, también). Conociendo la idiosincrasia del ruso medio, este enemigo no podía ser otro que los judíos. Cualquiera que ocupe dos minutos en leer la historia eslava comprobará que, en efecto, los judíos son los maketos de Rusia.

En las cloacas del zarismo, probablemente, se redactaron los llamados Protocolos de los Sabios de Sión, que se dieron a la luz pública en 1903 y se supone contenían las comunicaciones realizadas en una reunión secreta de la Sociedad de los Sabios de Sión, o sea el Club Chorrenberg de la época. Esta reunión, se decía, había tenido lugar en 1879 en Basilea, y de la misma había salido un programa para la dominación del mundo por los judíos (una vez más, nunca se explicó por qué dicho programa estuvo 25 años durmiento el sueño de los justos). Concretamente, según los protocolos los planes hebreos eran: corromper a la juventud «mediante una educación subversiva»; dominar a los pueblos a través de sus vicios; acabar con la institución familiar, desacreditar la religión, activar la lujuria y «mantener divertidas a las gentes para impedirles pensar», entre otras cosas. Por supuesto, también se proyectaba realizar la bancarrota internacional.

Hay que reconocer que les ha salido de coña. Aunque, bueno, también puede ser que los protocolos sean un ejemplo más de eso que las pitonisas y mediums de vía estrecha hacen cada lunes y cada martes en la tele y en la radio: a base de contarte cosas obvias, te dan la impresión de que saben la hostia sobre el futuro.

Cierto es que Nicolás II se acabó giñando, al ver el resultado de la campaña, y ordenó retirar los libros de la circulación; para entonces, sin embargo, los protocolos ya habían sido traducidos y media Europa los creía. En 1921, un periodista británico, Philip Graves, demostró la falsedad de los protocolos, en 1935, una corte suiza, a causa de una demanda de la Unión de Comunidades Israelitas, dictaminó judicialmente su falsedad, sentencia que fue ratificada en apelación en 1947. Pero para entonces daba ya igual. Muchas personas los creyeron, y los creen incluso (ya en los setenta, el rey Feisal de Arabia Saudita obsequiaba a sus visitantes con un ejemplar; y no hace ni un mes que he pillado un mensaje en un muro de Facebook que los citaba).

Entre los creyentes se cuenta un desclasado nacido en Linz, que probablemente los leyó durante su primera residencia en Munich, cuando vivía casi como un sin techo y se sostenía, apenas, a base de vender copias al carboncillo de monumentos de la ciudad que él mismo pintaba. Ese joven decía llamarse Adolf Hitler, y al calor de la pretendida necesidad de reaccionar a la conspiración judía mundial, asesinó a tres millones de personas y dictó la más cruel legislación xenófoba de los tiempos modernos en el mundo occidental.

Pero no siempre los intereses de la falsificación son la propaganda y el poder. Las más de las veces, es el dinero. Quizá el mayor falsificador por pasta del que tiene idea la Historia sea el francés Denis Vrain-Lucas, quien llegó, él sólo, a crear en sólo tres años más de 27.000 documentos falsos, que incluían desde cartas de Julio César hasta confidencias de la corte barroca francesa, y que vendía a muy buen precio antes de ser descubierto. Con todo, el escándalo crematístico que mejor recordarán algunos de mis lectores será el que perpetraron un periodista, Gerd Heidemann, y un peripatético anticuario, Konrad Kujau. Kujau era un conocido nostálgico del nazismo; tenía una tienda de recuerdos nazis en Stutgardt, y era muy aficionado al saludo fascista. Ya de natural falsificador, cuando se registró su casa se encontraron en la misma cuadros falsos de Goya, Durero o Rembrandt.

Heidemann puso sus contactos en una revista importantísima alemana, Stern, y Kujau sus conocimientos sobre Hitler. Juntos, crearon los diarios del Führer, hasta un número de setenta cuadernos. El anuncio del descubrimiento conmocionó a la Alemania de finales de los setenta. El gobierno alemán exigió pruebas, con lo que al instante se inició una larga batalla con la revista que culminó con la entrega por parte de ésta de siete de los setenta cuadernos. Del análisis de dichos cuadernos quedó establecida, sin lugar a dudas, la falsedad de los diarios.

Dos fueron las pistas que llevaron a los investigadores a esta conclusión. En primer lugar, como en la donación de Constantino, el lenguaje presuntamente utilizado por Hitler en sus diarios era incompatible con el de un austríaco de formación bávara de principios del XX (aparte de que, en algún cuaderno, Kujau había metido la pata y resultaba que Hitler comentaba hechos que se habían producido después de su suicidio; pero esto no hacía sino alimentar a los mistabobos que opinaban que Hitler estaba vivo). La segunda pista era más moderna: ni el papel, ni la tinta, ni el cordón, ni el lacre de los presuntos cuadernos era el de los años treinta y cuarenta del siglo pasado, sino más moderno. Además, estaban los testimonios de la vida del dictador alemán. En primer lugar, no tenía sentido que Hitler comenzase a escribir un diario en el año 33, dado que su actividad política había sido frenética ya con anterioridad. Por lo demás, personas que convivieron con él dejaron bien claro en sus memorias que Hitler odiaba escribir a mano; sin mencionar en el hecho de que, en los últimos años o meses de su vida le habría sido penosamente difícil hacerlo por el mal de Parkinson galopante que sufría.

Los falsificadores fueron finalmente juzgados y condenados. Pero llegaron a cobrar 3,75 millones de dólares de la revista alemana, y los derechos de publicación de los diarios se subastaron en todos los países. Los compró Paris-Match, el semanario italiano Panorama y The Sunday Times. ¿En España? Pues en España hubo una subasta a la que se presentaron la agencia Efe (hay que joderse; con dinero público) y las revistas Hola, Cambio 16 y Tiempo, resultando ganadora ésta última, que apoquinó 21 millones de pesetas de la época.

No estoy seguro, pero creo que la memoria no me falla si digo que algún «cuaderno» llegó a publicarse por parte de la revista, pero ésta suspendió la publicación a las pocas semanas, una vez que el engaño fue ya innegable.

martes, agosto 23, 2011

Vicente Aranda, la intelectualidad y la Historia

El director de cine Vicente Aranda, que anda por Canadá presidiendo el jurado de una promenade de su oficio, le ha hecho unas declaraciones a la agencia Efe que, a mi modo de ver, no tienen desperdicio. Es por este motivo que me ha entrado el interés de dejar aquí las ideas que me ha dejado la lectura.

Dice Aranda, por ejemplo: "los intelectuales en España no están bien vistos ni reconocidos", hecho éste que encuentra su jusficación en que la derecha española "no tiene intelectuales a su favor y por eso los niega".

Es bastante obvio que Aranda, que hace las declaraciones que acabo de copiar en el marco de una entrevista en la que se queja de que se maltrate al cine español, considera a los cineastas, ergo a él mismo, parte de esa intelectualidad mal vista. Por ello, cabría recordarle al director de cine que un intelectual que realmente lo sea jamás se autocalifica de intelectual; porque ser intelectual no es un oficio, sino una condición; y no se la adjudica uno mismo, sino que se la adjudican los demás.

Uno puede decir: soy escritor, soy director de cine, soy sexador de hipopótamas. Eso son oficios y, por lo tanto, todo aquél que ha estudiado para ejercerlos, o los ejerce, puede decir yo soy tal cosa o tal otra. Pero un intelectual no es un oficio. Un intelectual es una persona que, a través de variados caminos, ha llegado a un punto en el cual dispone de una capacidad de análisis, una clarividencia, que está por encima de la media. Es la única razón de que la opinión de un intelectual sobre, digamos, el cambio climático, sea más respetable que la mía. Pero esa clarividencia no es algo que se otorgue uno a sí mismo, o que le otorguen por cooptación sus amiguitos intelectuales. La clarividencia sólo se consigue sudando neuronas y ganándose el respeto del personal.

Utilizo bastante habitualmente la expresión "sedidentes intelectuales" para referirme a los intelectuales españoles, y es precisamente porque, en España, tenemos el problema que está inscrito en las palabras de Aranda. En España, ser intelectual es un oficio; en España se dan certificados de intelectual y de cabestro, y son los propios sedicentes intelectuales los que los otorgan. Claro, al señor Aranda le jode que el personal haya reaccionado pasando de ellos.

¿Qué personal? Aranda dice que la derecha. Pero, sin embargo, no hay encuesta sociológica en España que sea capaz de demostrar que en nuestro país existen tantas personas de derechas como para liderar o mover la opinión. En sus mejores momentos, el PP y otros partidos de derechas apenas consiguen en torno al 45% de los sufragios de la gente que vota; de donde cabe entender que la derecha militante (votante) anda ligeramente por encima de un tercio del país. Si los otros dos tercios respetasen a los intelectuales, ¿acaso no perderían sentido las palabras de Aranda?

El director también acusa a la misma derecha de no ver cine español. Pero este hueso no se lo traga nadie, con perdón. Los datos existentes sobre audiencias del cine en España nos dejan claro que la debacle de la creación fílmica hispana va mucho más allá que el exilio interior que ese tercio del país que, por lo visto, está dispuesta a poner su ideología por encima de sus necesidades de ocio (que, por cierto, ¿por qué fueron a ver Bowling from Columbine?).

En todo caso, nos dice Aranda: "la derecha española se niega a ver cine español". ¿Y? ¿Cuál es la conclusión: que habría que obligarles a verlo? Resulta abracadabrante leer las declaraciones de un director de cine en las que no aparece por lado alguno la simple y pura admisión del principio de que el espectador es soberano y hace lo que le da la gana. Aranda formula el problema de la falta de espectadores como si tuviese que ser resuelta mediante un decreto.

Perla de gran valor en la entrevista es ésta: "el tema histórico más importante del país, la Guerra Civil, no se puede tocar porque la derecha piensa que una cinta sobre este asunto siempre es de izquierdas". Pero... ¿en qué país dice que vive y trabaja Vicente Aranda? ¿Que no se puede tratar la guerra civil en el cine español? Prácticamente, el cine español lleva treinta años dedicado a hacer películas que, ora se refieren al sexual intercourse en diversas acepciones, ora se refieren a la guerra civil. Como digo, no sé de qué país está hablando Vicente Aranda ni de qué guerra civil. Pero la española no puede ser.

La porción más sincera de la entrevista de Aranda viene en el punto en el que dice que, pese a que los creadores del cine español lo intentan continuamente, no han encontrado la fórmula pra que sus obras sean accesibles y atractivas para el público. ¡Pues claro, señor Aranda! Cuando la gente no ve una película, no suele ser porue sea de derechas ni porque quiera arruinar a nadie; suele ser porque le han dicho que es un coñazo. Aunque la entrevista no lo dice así de claramente, es cierto que el problema del cine español, mutatis mutandis, es que no ha encontrado la fórmula para dejar de ser un coñazo. El público, se queja Aranda, prefiere pelis americanas con actores de éxito y que, además, duran más. ¿No se ha parado a pensar que si las películas españolas, además de ser tan malas como son, encima durasen dos horas, habría suicidios en las salas?

Billy Wilder lo pudo decir más alto, pero no más claro: no aburras. Ésta es la primera máxima del cine. El mandamiento que no se puede romper. Con todos los respetos, Ingmar Bergman será un genio; pero sus películas, a día de hoy, venden menos DVD que el episodio Pocoyó estudia la heterocedasticidad de la demanda financiera. ¿Es una obra de arte? No lo pongo en duda. Pero es que Aranda, en su entrevista, no habla de arte, sino de industria. Y hacer industria a base de filmar el episodio XXVI de la saga Contables anarcosindicalistas discuten sobre Schopenhauer durante la batalla de Teruel, es mala estrategia.

Otra cosa que me llama la atención de la entrevista de Aranda es que, a la hora de hablar de la crisis del cine español actual, no haga más que hablar de dinero: la crisis económica ha reducido lo presupuestos, se ha creado un sector de películas baratas, sin subvenciones no hay cine, etc., etc., etc.

Digo que me llama la atención porque se me hace extraño que alguien que está mapeando la situación de una actividad creativa, el cine, no hable jamás de creatividad. Es más: con tanta queja presupuestaria, está formulando una teoría en la que cuando menos este bloguero no cree, y es que la calidad de una creación intelectual no correlaciona con la creatividad, sino con la disponibilidad de recursos.

Falso. Mentira. La historia de la creación intelectual está petada de hombres y mujeres que hicieron obras maestras en absoluta pobreza de condiciones. No tenían medios, pero eran creativos. Asimismo, la historia está petada de proyectos que contaron con todo el dinero del mundo pero que, al haber sido realizados por aficionados, fueron una simple y pura puta mierda.

Las declaraciones de Aranda, en consecuencia, muestran una sorprendente, acromegálica, falta absoluta de autocrítica. No hay nada en las palabras del director pidiendo mejores guiones, mejores historias, mejores producciones, más conocimientos técnicos. La culpa es siempre de otros. Incluso, en un paroxismo liberador de culpas, Aranda llega a echarle la culpa a España entera que, dice, no tiene habitantes suficientes que hagan que las películas puedan ser negocio.

Por lo demás, las películas americanas, que no subvenciona nadie, son la gran competencia de cine español. El cine español, que lleva décadas subvencionado, no encuentra la manera de que la gente lo vea. Pero la solución es profundizar en el modelo: dar más subvenciones.

Y encima insinúa que es un intelectual.

La moviola marxista

Edmund Wilson: Hacia la estación de Finlandia. Editado por RBA. Los filósofos, politólogos e historiadores marxistas se suelen caracterizar por la intención de deshacerse de aquello que en el pasado de su ideología les estorba. En esto, básicamente, consiste la moviola marxista. Comienza en el momento presente y, acto seguido, gira hacia el pasado, como en una moviola, hasta encontrar un punto en el cual el analista se siente cómodo. Llegado a ese punto, el teórico marxista planta ahí la bandera del auténtico marxismo, de la auténtica izquierda, y declara que todo lo que ocurrió después no fue obra de marxistas, sino de falsos marxistas, traidores al marxismo o, ésta es una interpretación muy querida la historiografía de la guerra civil española, elementos incontrolados.

La moviola marxista se basa, por lo tanto, en asumir que hay un marxismo bueno y un marxismo malo que, en puridad, es un no-marxismo; al cual son adscritos todos los genocidas alumbrados por el fascismo de izquierdas, tales como Stalin, Mao, Pol Pot, etc. Ninguno de ellos es, por lo tanto, propiamente un marxista. Así, desbastado de sus incómodas rebabas totalitarias, el marxismo pasa, o se supone que pasa, la prueba del algodón que se le viene exigiendo a las buenas filosofías de 50 años para acá: la de la intención y la práctica democráticas.

La moviola marxista suele pararse, según los autores, en dos de los grandes personajes del marxismo. Para los optimistas, la moviola se para en Vladimir Lenin. Es en el alma de la Revolución Rusa, a juicio de algunos teóricos, donde el marxismo encuentra a ese marxista auténtico, en el fondo un demócrata influido por las circunstancias de su tiempo, aborrecedor de las prácticas de terror policial y censura que practicó la Unión Soviética. Muchos biográfos rusos de Stalin, por ejemplo, suelen exhibir esta forma de pensamiento e invierten páginas y páginas en describir algo que, por otra parte, es totalmente cierto, y es que, en vida de Lenin, el Politburó del PCUS vivió unos tiempos de crítica interna y libertad de palabra inusitados en los setenta años que siguieron. Esta visión buenista del leninismo, no obstante, tiene sus problemillas, más que nada porque al camarada Vladimiro le dio tiempo más que suficiente para apiolarse kulaks y burgueses por sí solo, sin necesidad de que Stalin tuviese que hacer nada; y porque el Estado leninista ya era una dictadura de libro antes de que Pepe el Georgiano la heredase. Que los miembros del Politburó pudiesen criticar a Lenin en reuniones a puerta cerrada no quiere decir, ni mucho menos, que el tío Nikolai del Arbat pudiese decir lo que le diese la gana, mucho menos criticar al bolchevismo.

Los pesimistas, que quizá ven estas dificultades, retrasan más la moviola; se olvidan, por lo tanto, de demostrar que Lenin fue alguna vez una santa ONG solidaria con perilla, y giran la moviola hasta llegar al fundador de la movida, es decir el alemán Karl Marx.

Edmund Wilson, aun no siendo, creo, propiamente un marxista, ofrece un ejemplo de esto.

Una de las grandes virtudes que se suele señalar para el ensayo Hacia la estación de Finlandia, que no es sino una historia del nacimiento y crecimiento del marxismo como ideología (ojo al matiz: como ideología. No su praxis), es que, desde mediados de los años cuarenta del siglo pasado que Wilson lo escribió, no ha hecho falta cambiarlo ni actualizarlo. No es del todo verdad. En la edición de RBA publicada en España podemos leer una nueva introducción al libro, escrita por su autor en 1971, en la cual Wilson reconoce sin ambages que su obra resultó ser excesivamente alabatoria y comprensiva con la figura de Marx; y si no introduce modificaciones en el texto de su ensayo es, probablemente, porque la intención alabatoria es tan generalizada que, si quisiera corregirla, tendría que escribir todo el ensayo de nuevo.

A base de enmiendas y matizaciones, en efecto, resultaría imposible repintar un texto cuya intención evidente es demostrar que la obra de Marx es la gran novedad del pensamiento moderno, y sus tesis marcan un antes y un después en la concepción de la Humanidad. Estando, pues, ante un milenarismo de izquierdas de tal calibre, es lógico que no haya enmiendas o matizaciones, puesto que lo que está fallando es, cuando menos a mi modo de ver, la tesis central.

Carlos Marx fue el Francis Fukuyama de su época. Igual que este bienintencionado pensador interpretó la caída del Muro de Berlín como señal de que la Historia, tal y como se había concebido hasta entonces, había muerto; igual que Fukuyama, digo, Karl Marx creyó, en el curso de los 30 o 40 años centrales del siglo XIX, que la Historia estaba a punto de terminar. El capitalismo, en su visión, estaba a punto de llegar al punto en que sería aplastado por el peso de sus propias contradicciones, dando paso al poder del proletariado, que habría de fundar una nueva sociedad sin Estado, sin propiedad, sin relaciones económicas y sin desigualdades. Un nuevo mundo, pues. Cabe recordar, en este punto, que cuando Marx y Engels parieron su famoso Manifiesto Comunista, creían que esta sociedad era puramente nueva; sólo años más tarde se dejaron seducir por la idea de que ya había existido con anterioridad en algunas civilizaciones primitivas (otro elemento bastante común del análisis marxista, así como de algunos teólogos católicos y protestantes: confundir una organización social comunista perfecta con la pobreza extrema)..

Estas convicciones tan distintas a la filosofía de la época son las que hacen a Wilson defender la idea de que el marxismo es un pensamiento único e intensamente renovador. Ve un contínuo, que más que probablemente existe, que comienza con la crisis de la filosofía burguesa clásica (ruptura que él ejemplifica con Michelet, Taine y Anatole France; la selección, a mi modo de ver, es bastante más que discutible), a la que adjudica el, por así decirlo, mérito de ser la primera que se da cuenta de que el protagonismo de la Historia no es de las personas ni las dinastías, sino de las sociedades. Esta ruptura genera en el centro mundial del pensamiento de la época, Alemania, toda una revisión de conceptos que cristaliza en Hegel; pues el marxismo es, básicamente, una reelaboración de Hegel.

Hacia la Estación de Finlandia es, además de un ensayo analítico de la evolución de la filosofía decimonónica hasta Marx (primer error, porque la filosofía decimonónica, lejos de terminar en Marx, en muchos puntos lo supera), una biografía del marxismo y de sus creadores. Con agilísima pluma inmejorablemente traducida por Tomero, Zalén y Gortázar (aunque se echan de menos algunas notas de edición que aclararían algunos puntos), Edmund Wilson pone delante de nuestros ojos la película, pocas veces contada, de la vida, bastante compleja y desgraciada, de Karl Marx, Friedich Engels, Ferdinand Lasalle, Paul Lafargue, y algunos otros popes del marxismo. El libro, a mi modo de ver, es especialmente justo con Engels, un personaje que habitualmente se nos hace bastante antipático a los que tenemos de marxistas lo mismo que de capadores de cabritos, y que se hace casi simpático tras la descripción por parte de Wilson de su vida bipolar, ora empresario de relativo éxito, ora apóstol de la destrucción de la propiedad privada; así como de su condición eterna de sufridor en casa a causa de las constantes presiones de su amigo y mentor Karl que, como bien explica el libro, jamás fue capaz de vivir por sí mismo, lo cual le llevó en ocasiones a explotar a su amigo en formas y maneras que yo calificaría de poco éticas.

En todo caso, el libro está centralmente dedicado a la descripción de las dimensiones, que Wilson reputa máximas, del terremoto intelectual introducido por el marxismo en el mundo del pensamiento, directamente relacionado con esos dos grandes terremotos producidos por el siglo en el terreno de lo real que son las revoluciones de 1848 y, muy notablemente, el episodio de la Comuna de París que siguió a la mano de hostias que Prusia le arreó a la orgullosa Francia (y es que la Historia de Europa en los últimos 150 años consiste, básicamente, en episodios en los que los alemanes le aplastan el cráneo a los franceses y, por medio, publicidad). Karl Marx, de la mano de su extraordinaria capacidad de comprender y procesar informaciones en materia económica, de su experiencia directa sobre las deplorables condiciones de vida del proletariado británico, y de la filosofía de Hegel, acaba por darse cuenta de que la Historia se encuentra ante un tipping point en el que (como habían predicho ya algunos filósofos burgueses; de ahí que el recorrido de Wilson comience en Michelet) el protagonismo se va a desplazar a un hecho que existe de mucho tiempo atrás, pero que permanece de alguna manera larvado: la lucha de clases.

Lo curioso del libro de Wilson es que sea, como él mismo reconoce, excesivamente comprensivo con Marx, a pesar de la lucidez que el propio texto tiene a la hora de juzgar los puntos débiles de la filosofía marxista. La limitación del libro está en otra parte, que citaremos más adelante.

Como digo, el análisis del marxismo por parte de Wilson es acertado y acerado. En efecto, como él mismo dice, hay varios grandes elementos del marxismo en los que Marx patinó, y no logró remediarlo. El primero fue la concepción dialéctica de la Historia. Es muy discutible, en efecto, que los hechos históricos se desarrollen de una forma dialéctica; para que estos números cuadrasen, de hecho, la visión marxiana de los hechos pasados tuvo que conformarse con algunos análisis como poco curiosones, como ocurre con la Europa medieval.

El segundo error de Marx fue creer (pues eso fue lo que hizo: creer en la teoría. En puridad, ni la formuló ni la demostró nunca) en la teoría del valor-trabajo. El marxismo, de hecho, “funciona” si aceptamos la premisa de Marx de que todo el valor que hay en un bien es el trabajo de su productor; esto es, que el empresario, el burgués, no aporta valor alguno (ni el capital). Como digo, y lo recuerda Wilson en su libro, Marx se murió sin demostrar esta premisa, y toda la impresión es de que siempre creyó que Engels se comería ese marrón; cosa que éste, a pesar de completar los tomos de El Capital, no hizo. La existencia de otro valor distinto del trabajo podría en serio peligro la eliminación de la propiedad privada y el propio concepto de dictadura del proletariado. Y lo cierto es que la modernidad, conforme se ha ido desplegando, no ha hecho otra cosa que confirmar esta impresión, pues en el valor de las cosas y los servicios producidos cada vez han estado, y están, más presentes factores y elementos distintos del trabajo.

Con todo, el principal elemento de error en el marxismo es, sin duda, su predicción referida a las contradicciones internas del capitalismo, que habrían de hundirlo. Lejos de lo que Marx y Engels dijeron que ocurriría, el capitalismo no ha seguido, en estos últimos 150 años, una tendencia de empobrecer cada vez más a los proletarios, sino todo lo contrario. El análisis de Marx obvió la posibilidad, en primer lugar, de que el capitalismo pudiese generar sus propios elementos de reequilibrio y control interno. Marx creía, por ejemplo, que la burguesía tendería crecientemente a la concentración oligopolística o monopolística, hecho éste en el que el tiempo le ha dado la razón; pero nunca previó que las propias polìticas económicas podrían general comisiones Anti-trust y mecanismos similares, que impidiesen el desarrollo excesivo de estas tendencias. En segundo lugar, Marx nunca entendió que, para el sector productor/empresario, el beneficio no está tanto en convertir al trabajador en alguien que trabaja por una mera transferencia de supervivencia, como en hacer de él un consumidor. Si el marxismo, pues, es filosóficamente bastante sólido, desde el punto de vista del análisis económico es bastante endeble.

¿Por qué, por lo tanto, un libro que es, ya en los años cuarenta del siglo pasado, tan clarividente al analizar los puntos débiles del marxismo es, sin embargo, excesivamente comprensivo con él? Pues porque apenas realiza un análisis, no ya de sus fundamentos, como de su praxis. Cierto es que cuando Wilson escribió su ensayo hay algunas cositas, como el peor Mao, o Hoh-Chi-Min, o Pol Pot, o la familia Kim, que aún no se habían producido. Pero sí se habían producido algunas otras que dejaban bien a las claras cuál iba a ser la evolución de la ideología a la hora de gobernar.

El gran error del marxismo no fue teórico, sino práctico. Su gran problema es la cantidad de cosas que dejaba en el aire (la más importante de ella, la formulación concreta de un concepto teórico como es la dictadura del proletariado) y que, una vez en manos de cabestros fascistas, se convirtieron en cabestreces. Algo de esto nos cuenta Wilson cuando relata en su libro el gravísimo problema que para Marx supuso la eclosión de Bakunin. Por pura lógica, Marx no quería la revolución proletaria; consideraba que ésta sólo se podría producir cuando las contradicciones del capitalismo fuesen suficientemente evidentes, así pues quería que la clase obrera esperase a la industrialización de los países para alzarse (Lenin lo desmentiría, haciéndose con el poder en un país fundamentalmente agrario).

Frente a esta visión, más filosófica que política, en la segunda mitad del XIX surgió la figura de Bakunin, un auténtico líder de la acción directa que gustaba de invitar a sus amigos a rondas de bofetadas. Evidentemente los obreros decimonónicos, entre morirse de asco esperando que a la dialéctica histórica le saliese de los cojones pasar a la siguiente fase o alzarse mañana por la tarde para cortarle el cuello al cabrón de su patrón, ni se lo pensaban. En realidad, contra lo que Marx pudo pensar nunca, incluso después del choque con Bakunin en la Internacional Obrera, la historia de los últimos 150 años, además de la historia del enfrentamiento entre marxismo y capitalismo, es la historia de la guerra a muerte entre marxismo y anarquismo. Mayo del 37 en Barcelona es un interesante ejemplito de ello.

La presencia de Bakunin, en suma del anarquismo, obligó, no tanto a Marx como a los marxistas, a adoptar una posición más radical y pragmática. Adelantaron el momento de la revolución y, como digo, la intentaron en lugares donde las condiciones, según el manual del maestro, eran insuficientes para la realización de la obra revolucionaria.

Wilson pasa de puntillas, en muy pocas páginas, por las figuras de Trotsky y Lenin. Al primero, que en el momento en que él escribía estaba exiliado y se beneficiaba de su imagen de víctima, le dedica unas flores injustificadas por los propios escritos de Davidovich, donde queda bastante claro que, de haber ganado la partida a Stalin, habría sido igual o peor que él. Sobre Lenin menos aún se cuenta, situando toda la descripción de su obra en el plano teórico (sus escritos) y sin una sola palabra sobre su praxis (economía de guerra, NEP, estado policial, defenestración de los mencheviques, social-revolucionarios, anarquistas...); lo cual es, la verdad, de aurora boreal.

Queda huero el ensayo, pues, de un elemento importantísimo que, como digo, son las esclusas que la formulación del marxismo dejó, y que permitieron a sus devotos justificar el genocidio, la mentira, el golpismo, el asesinato, la dictadura, el terror, los exilios masivos, la tortura...

Habría sido muy interesante que un pensador tan afilado como Wilson hubiese abordado esta labor. Desgraciadamente, nos confiesa el autor en 1971, “no sospeché que la URSS pudiera convertirse en una de las dictaduras más odiosas que jamás existieron”.

Tampoco es para reprochárselo mucho. Al fin y al cabo, eso mismo le ocurrió, y le ocurre, a muchos sedicentes intelectuales.

sábado, agosto 20, 2011

El día que Günter Schabowsky metió la pata

Uno de los episodios más interesantes de la segunda guerra mundial comienza precisamente cuando termina ésta, y tiene que ver con la discusión en torno al futuro de Alemania. Si interesante es cómo comenzó, más aun lo es cómo terminó: con la torpeza de eso que solemos llamar un “segunda fila”: Günter Schabowsky. Resulta curioso que nadie, o casi nadie, tenga este nombre en la cabeza, siendo como es la persona que provocó uno de los hechos históricos de mayor relevancia del siglo XX. Y lo hizo sin saber, por pura torpeza. Este post de hoy está dedicado a todos los que creen que todo lo que ocurre en la Historia, ocurre porque alguien lo ha planificado.

Hay que entender que Alemania, en 1945, es un terreno ocupado por tres ejércitos distintos (el estadounidense, el inglés y el soviético); y que esos tres ejércitos, por mucho que tengan visiones geopolíticas y necesidades estratégicas distintas, están de acuerdo en considerar que a Alemania ya le vale después de haber sido el motor del belicismo mundial durante casi un siglo.

Sin embargo, contra lo que se pueda pensar, los entonces llamados aliados no ocuparon tanto tiempo en discutir sobre Alemania como sobre otras cosas. El gran tema de la conferencia de Yalta, por ejemplo, no fue Alemania, sino Polonia (aunque en el fondo hablar de Polonia era también hablar de Alemania, como se vio claro cuando se fijaron las nuevas fronteras de dicho Estado). Las ideas, no obstante, surgieron.

Si en algo estaban de acuerdo los aliados, era en que Alemania había que partirla en cachos. Henry Morgenthau Jr, que era en 1944 Secretario del Tesoro de la Administración Roosevelt, propuso la atomización del país en pequeños estados, que sería paralela al desmantelamiento de su industria; política que sería luego ejercitada por Stalin en su parte del país, del que se llevó factorías enteras, pieza a pieza, en concepto de reparaciones de guerra. En las últimas boqueadas del régimen nazi, cuando la Guerra Fría no había surgido aún, el destino más probable de Alemania era convertirse en un conglomerado básicamente agrario de pequeños países. La Casa Blanca no olvidaba que las mejores apuestas que Stalin había tenido en la manga para extender el comunismo por Europa se habían producido en Alemania, y consideraba que el país estaba geográficamente demasiado cercano a la órbita soviética como para no sentir esa atracción.

Por su parte, Stalin tenía miedo de lo que finalmente pasó, esto es que el eje Washington-Londres le hiciese una OPA a su cacho de Alemania, convirtiéndolo en el centinela de Europa. Este miedo por parte de Moscú provocó la decisión inapelable de los soviéticos de mantener permanentemente a sus tropas en Alemania; decisión que, en el fondo, fue la que decidió a las potencias occidentales a dar marcha atrás en sus planes primigenios de “agrarización” de Alemania y apostar por convertirla en una potencia económica que les realquilase terreno para colocar sus bases.

El 20 de junio de 1948, americanos, ingleses y franceses, los tres aliados occidentales que para entonces actuaban sindicados en Alemania, ilegalizaron el reichsmark hitleriano y lo convirtieron en el deutschemark, poniendo el contador de la economía alemana a cero y comenzando la estrategia de desarrollo. La respuesta soviética a este movimiento, que les dejaba solos, fue el famoso bloqueo de Berlín que obligó a los aliados a proveer la ciudad mediante un puente aéreo. La República Federal de Alemania nació el mayo de 1949 y la República Democrática Alemana en octubre. Ambos lados del bando aliado habían terminado por hacer precisamente lo que tenían previsto no hacer: mantener unificada su parte de la herencia.

Ya en 1946, la URSS había conseguido en su territorio la victoria política de forzar la unificación entre socialdemócratas y comunistas en un solo partido, el Partido de la Unidad Social. Habían conseguido apelar al patriotismo de los socialdemócratas alemanes, los cuales creían que su desunión con los comunistas ponía en peligro la supervivencia de su país como país gobernado por la izquierda, así pues fueron a la unificación, en no pocos casos, tapándose la nariz.

La unificación, en todo caso, se basaba en el hecho de que el ambiente en la RDA, desde sus comienzos, no apuntaba precisamente hacia la construcción de un régimen soviético, sino socialista. Sin embargo, esto empezó a cambiar muy pronto de la mano de Walter Ulbricht, el primer líder del gran partido socialista alemán. Ulbricht había liderado, en 1918, la escisión del ala izquierda del partido socialista de la que había nacido el Partido Comunista (un poco al estilo de las Juventudes Socialistas de Santiago Carrillo en España, apenas unos años después). Durante la segunda guerra mundial fue uno de los muchos comunistas alemanes que se refugiaron en Moscú, aunque evidentemente a Stalin le caía especialmente bien, ya que no fue objeto de las purgas que sí experimentaron muchos de sus colegas (y que le limpiaron a Ulbricht el horizonte de competidores).

Fue Ulbricht, en mayor medida que Stalin (el georgiano prefería ser cauto por razones geopolíticas), quien comenzó a dar la barrila con la construcción del socialismo en la RDA. O sea: dictadura del proletariado, partido único, censura de prensa, Estado policial, planes quinquenales, y toda la pesca. Hasta julio de 1952, no logró convencer al líder soviético de estampar su nihil obstat en el plan. Plan que fue un puto desastre. En apenas una primavera, la propiedad agraria fue colectivizada, y los negocios privados urbanos también. Como consecuencia, los propietarios rurales cogieron los ahorros y se piraron a la RFA en fila de a siete, mientras que de las estanterías de las tiendas desaparecían hasta las bombas fétidas. La respuesta de Ulbricht fue imponer planes de producción que reclamaban aumentos del 10% anual. En cierto sentido, Ulbricht es el primer maoísta, pues aplicó antes que el propio Mao esta política basada en exigirle a sus administrados los resultados apetecidos, aunque se mueran de hambre para poder cumplirlos.

El 17 de junio de 1953, el personal alemandemocrático respondió con una oleada de huelgas y conflictos que, a mi modo de ver, no se valora suficientemente desde un punto de vista histórico. En torno al 10% de la población alemana se echó a la calle y apedreó estatuas de Stalin, además de proferir mueras al comunismo. El Politburó del Partido Comunista de la RDA tuvo que refugiarse en la base militar soviética de Karlhorst. Esa misma noche, sin embargo, se produjo el primer ejemplo, de una larga lista, de hondo compromiso de la URSS con las libertades de los pueblos a la hora de decidir sus destinos; una larga lista, digo, que incluye diversas poblaciones europeas como Budapest, Praga, etc. Al caer la noche, filas y filas de carros de combate T-34 soviéticos entraron en Alemania, en apoyo de la ley marcial recién declarada, y se apiolaron a cientos de personas. ¿No querías caldo? Pues toma dos tazas.

Con la movida de 1953, Stalin dejó claro que la RDA era la parte que le había tocado en el reparto, y que no estaba dispuesto a soltarla, ni a permitir que se organizase de una forma diferente que la decidida por el Comité Central del Partido Comunista. Siempre me ha llamado la atención la facilidad con la que muchos comunistas utilizan el término “neofeudalismo” para describir según qué relaciones ecosociales en los países capitalistas, y la elegancia con la que olvidan que Stalin se desempeñó con media Europa, y muy especialmente con Alemania, con un espíritu y un criterio que no tiene nada que envidiarle a los viejos condes medievales con derecho de pernada.

La RDA, sin embargo, siempre fue un sitio especial, incluso para los comunistas. Estaba demasiado cerca de la Alemania Occidental como para que en su seno las recetas leninistas pudiesen aplicarse sin más; cabe recordar, además que en sus escritos Lenin dejó bien claro su escepticismo respecto de las posibilidades del comunismo en Alemania.

Dentro de la Alemania comunista, de hecho, existieron posiciones, ya desde los años cincuenta, partidarias de incluir elementos de iniciativa privada en el entramado económico. Ulbricht mantuvo frente a estas teorías una actitud de palo y zanahoria: inicialmente se mostraba receptivo e incluso las alentaba, pero cuando llegaba el momento de pasar a los hechos se echaba atrás, temeroso de la pérdida de poder efectivo por parte de los órganos planificadores del partido que supondrían estos mecanismos.

Todo esto se basaba en un principio fundamental, que era el apoyo económico del gigante soviético. En efecto, si podía subsistir una RDA ineficiente, con estructuras productivas obsoletas, y que además era vecina de un país que registraba crecimientos chinos de dos dígitos, eso era a base de dos elementos fundamentales.

En primer lugar, el aislamiento de la población. En los años sesenta, finalmente Moscú tuvo que prestar oídos a las continuas protestas de Ulbricht, eternamente preocupado por la fuga de cerebros constante hacia la Alemania Federal (en aquellos tiempos, incluso el departamento de Matemáticas de la Universidad de Leipzig desertó al completo), así pues autorizó la construcción del Muro de Berlín y la prohibición del libre movimiento de personas.

El segundo gran elemento era el apoyo económico explícito de la URSS, como proveedor de materias primas, especialmente las energéticas. Sin embargo, conforme la década de los sesenta comenzó a dar sus últimas boqueadas, ya con el dubitativo y extremadamente cauto Leonid Breznev en el Kremlin, la propia URSS comenzó a tener problemas de competitividad. Lo cual hizo que Ulbricht, que a pesar de no saberlo estaba a punto de perder el poder, tuviese que mirar hacia otra parte.

Fue muy famosa en aquella época la denominada Ostpolitik, política respecto del Este, llevada a cabo por la RFA del socialista Willy Brandt. Esa política consistía en enterrar el enfrentamiento frontal que dio origen a la Guerra Fría y buscar puntos de conexión entre los dos bloques. Aquello se vendió, y se vende, como un movimiento geopolítico por el bien de los ciudadanos. Pero hay más cosas. El acercamiento entre RFA y RDA también tiene que ver con el cambio de política económica diseñado por Ulbricht en la Alemania comunista.

En el fondo, Ulbricht inventó una cosa que se llama leveraged buyout con algunos años de adelanto. El LBO es una operación corporativa que estuvo muy de moda en los años ochenta y que consiste, sucintamente, en que alguien que no tiene dinero suficiente para comprar una empresa la adquiera haciendo uso de un crédito cuya garantía son los activos de esa misma empresa y su capacidad futura de generar beneficios. Es decir, un préstamo con un aval en todo o en parte inmaterial basado en la convicción de que las cosas en el futuro van a ir mejor que ahora.

La RDA de los primeros setenta, como Polonia y otros países satélites de la URSS, era una especie de LBO. El país acudía a los países occidentales en procura de préstamos en moneda fuerte (lo cual explica que dichos países estuviesen tan interesados en llevarse mejor con ellos). Con ese dinero, la RDA financiaba un mejor nivel de vida para los ciudadanos del país (muchos de los cuales recibían perfectamente en casa la televisión occidental, por lo que una noche a la semana le echaban un vistazo al coche de Starsky y Hutch) y el desarrollo de su industria. Dicho desarrollo permitiría a la RDA fabricar productos que asimismo podrían exportar a los propios países occidentales, financiando así la devolución de la deuda. Era, pues, una referencia circular que partía de la base de que la planificación centralizada sería capaz de conseguir esa mayor eficiencia y calidad industrial. Ulbricht llegó a vaticinar, al inicio del plan, que en cinco años la RDA estaría vendiendo ordenadores personales a Occidente.

Pero eso no pasó. Occidente nunca necesitó de los computadores alemanes democráticos, que nunca llegaron a ser ni la décima parte de buenos que lo que construían la Siemens y la Nixdorf algunos kilómetros más allá. Lejos de ello, la RDA cada vez disponía de menos divisas para devolver su deuda; el país entró en una dinámica de barrena.

En realidad, el fracaso de Ulbricht fue doble. No sólo su plan económico salió como el culo, sino que levantó un montón de sospechas en Moscú. Hay que entender que Breznev era un alto funcionario del aparato soviético que había sobrevivido a Stalin y, luego, a la defenestrción de Khruschev. Un tipo extremadamente cauteoloso y desconfiado como él no podría ver con buenos ojos la Ostpolitik y la formalización de empréstitos con la RFA. ¿Estaría Ulbricht preparando alguna suerte de reunificación disfrazada de pitufo?

Para los soviéticos, este tipo de dudas tenían consecuencias inmediatas. En un golpe de Estado palaciego, Ulbricht fue defenestrado y sustituido por uno de sus deputies, responsable entre otras cosas de levantar el ominoso Muro: Erich Honecker.

Honecker,que sabía bien quién y por qué le había colocado en el machito, no decepcionó. Se dedicó a nacionalizar a lo bestia los pequeños negocietes que habían comenzado a aflorar, mientras iniciaba una cruzada en favor de eso que llamamos gasto social (bandera de los regímenes comunistas), de modo y forma que hubo subsidios sociales que se multiplicaron por siete. Como quiera que los negocios ahora nacionalizados eran los pocos que habian conseguido fabfricar cosas exportables a Occidente, y como quiera que una vez que pasaron a gestionarlos los camaradas del Partido volvieron a producir mierdas inexportables, las recetas de Honecker provocaron el doble efecto de aumentar el gasto del Estado y reducir sus recursos..

La propia URSS, que al fin y al cabo sostenía, con sus exportaciones a precio de amigo, a toda la Europa del Este, Vietnam, Angola, Cuba, etc., no tuvo más remedio que empezar a dar por saco. En 1973, cuando se produjo la crisis del precio del petróleo creada por la guerra del Yon Kippur, la URSS le subió el precio del barril a la RDA. Con ello, Honecker vio reducirse su margen de beneficio, pues para entonces el Partido Comunista Alemán no usaba dicho petróleo para darle gasolina a sus ciudadanos, sino para exportarlo a Occidente a mayor precio (una especie, pues, de petróleo-manta Ad Maiorem Revolutionis Gloriam). En 1981, cuando la crisis económica de la URSS comenzó a ser verdaderamente pavorosa, Breznev decretó, no ya una subida de precio, sino una reducción de los contingentes de exportación. Aquello fue el acabóse para unos alemanes comunistas que, cada noche, ponían alguno de los tres canales de televisión de la RFA, y se ponían a salivar.

Así las cosas, Honecker recuperó la estrategia Ulbritch, y la elevó al cuadrado. La situación se hizo tan comprometida que hubo que tomar medidas desesperadas, muy del estilo comunista en realidad, como dejar de hacer estadísticas sobre la deuda externa. Ojos que no ven...

En 1989, Gerhardt Schürer, máximo responsable de la planificación económica de la RDA, tuvo que explicarle al Politburó del país que la situación había perdido ya todo su control, y que la RDA ya sólo podía salir de la situación si conseguía una quita o aplazamiento de la deuda occidental. El país había perdido su soberanía económica. La Grecia de hoy, aunque a lo bestia.

Para entonces, lo único que funcionba adecuadamente era la Stasi, la temida policía secreta alemana, con su acromegálica sede central en Berlín, sus 2.000 sedes distribuidas por el país, y sus 91.000 miembros (diez veces la Gestapo de Hitler, que actuaba en toda Alemania y Polonia).

Para los comunistas, las cosas no podían ir sino mal.

Todo empezó en Leipzig.

A lo largo de los años ochenta, un pastor luterano de Leipzig, Christian Führer, venía dirigiendo unas denominadas Friedensgebete u oraciones para la paz. A partir de 1987, estas reuniones comenzaron a incluir personas más o menos críticas con el régimen (más bien partidarios de un socialismo más humano). En 1989, estas reuniones, que ya llegaban a acumular a cerca de 1.000 personas, se fueron convirtiendo en la demanda para poder salir de la RDA. Fue entonces cuando la Stasi, que ya llevaba tiempo vigilando las reuniones, como todas las que implicaban a más de una persona en toda la República Democrática, comenzó a reprimir a los asistentes para dispersarlos; como lo que consiguió atraer la simpatía social hacia ellos.

En 1971, con gran alharaca por cierto de muchos políticos e intelectuales occidentales dispuestos a perdonarle cualquier cosa al denominado Bloque del Este, la RDA había legalizado la emigración. Eso sí, la concedía con cuentagotas, unas 25.000 al año que respondían a una demanda de no menos de 100.000 peticiones, y tras años de espera. La mejor forma de poder salir a la RDA era ser expulsado; pero para poder ser expulsado había que hacer cosas que podían provocar que, en lugar de la expulsión, al infrascrito se le dictase cárcel de por vida, con o sin (habitualmente, con) manitas de hostias en los sótanos de la policía secreta. Para colmo, todos los países de dentro del Telón de Acero habían firmado protocolos de colaboración para impedir la emigración desde terceros países.

Sin embargo, el Telón se derrumbaba poco a poco. El 2 de mayo de 1989, Hungría anunció la desmilitarización de su frontera con Austria; y, lo que es peor, anunció que, en caso de pillar en la frontera a ciudadanos de terceros países sin la documentación adecuada para salir hacia Occidente, dejaría de colocarles un tampón en el pasaporte que, hasta entonces, venía a significar muchos problemas al volver a casa. La noticia empalmó a los alemanes del Este; Hungría era, entonces, algo así como las Canarias de los ciudadanos de la RDA, que no necesitaban visa para entrar en el país. La jugada, pues, estaba clara. Además, el 57% de los hogares alemanes tenía un coche (un Lada o un Warburg-Trabant, normalmente). Corolario: nada más llegar las vacaciones de verano, los alemanes pusieron proa a Hungría en fila de a cincuenta.

Hungría no hizo eso porque dejase de creer en el comunismo. Lo hizo para poder ahorrarse los elevadísimos costes del sistema de vigilancia fronterizo y para amigarse con unos países occidentales a los que, para entonces, les debía hasta los gayumbos. Lo que Gyula Horn, el ministro de Asuntos Exteriores, trataba de evitar a toda costa, era la declaración de bancarrota del país por parte de sus acreedores, notablemente la RFA (a la que le iba la marcha). Horn y el primer ministro comunista, Miklos Nemeth, viajaron secretamente a Bonn, donde se reunieron con el gobierno alemán. Los germanos, que para entonces eran como esos agentes secretos que llevan un pinganillo en la oreja desde donde les habla el jefe (y el jefe era, obviamente, Bush padre), ofrecieron un crédito de 1.000 millones de dólares. Y, quizá, guiñaron el ojo (izquierdo). Nemeth no necesitaba más señales.

En consecuencia, el gobierno invitó al presidente americano George W. Bush a Budapest e, ítem más, algunos días antes, 27 de junio de 1989, montó una promenade pública en la que el ministro apareció cortando la alambrada de la frontera austriaco-magiar.

Aquel movimiento de la RFA, obligando a Hungría a abrir un espita en el Telón de Acero, fue, como ya he insinuado, una bomba de relojería para la RDA. Los alemanes democráticos se agolparon en las embajadas de la RFA en Praga y Budapest. La RDA le apretó las tuercas a Hungría, por lo que este país comenzó a aplicar su permeabilidad fronteriza sólo a sus naturales (aunque, como hemos dicho, a los alemanes, aunque no los dejaba pasar, tampoco los denunciaba en el pasaporte por haberlo intentado). Sin embargo, el 10 de septiembre, quizá por presiones de Occidente, quizá, también, por la enorme presión ejercida por los turistas alemanes, anunció que abandonaba la política de no dejarlos pasar.

El 4 de septiembre, bajo el lema “por un país abierto de gente libre”, recomenzaron las manifestaciones de Leipzig, con unos 1.200 participantes. A finales de mes, eran ya varios miles. La multitud, en un eclecticismo curioso, cantaba la Internacional, la famosa canción We shall overcome, que lo mismo sirve para un roto que para un descosido (como ésa otra coñazo de abre la muralla cierra la muralla y, de paso, vomita) y el himno cristiano Dona nobis pacem. El tono de los manifestantes había cambiado. Ya no querían marcharse. Para entonces, los alemanes que querían huir lo hacían desde Hungría. Los manifestantes querían quedarse. Pero en un país distinto.

El gobierno respondió como sabía. Concentró en Leipzig efectivos de la Stasi, con cañones de agua y toda la patulea, que se dedicaron a reprimir a los manifestantes. Además, se suprimió la posibilidad de viajar sin visa a Checoslovaquia, lo cual, en la práctica, hacía imposible llegar a Hungría sin el placet gubernamental, a menos que se contase con la cabina de transporte de la nave Enterprise. El 5 de octubre una manifestación de 20.000 personas en Dresde fue violentísimamente reprimida.

Al día siguiente, el líder soviético, Milhail Gorvachev, llegó a Berlín para celebrar el 40 aniversario de la RDA. Los comunistas alemanes le prepararon el consiguiente superdesfile de tropas; pero Gorvachev les echó un jarro de agua fría en su discurso oficial, en el que aseveró que las decisiones sobre el futuro de la RDA no se tomarían en Moscú, sino en Berlín. Todo el mundo (salvo algunos intelectuales occidentales, aún embotados en sus análisis políticos teletubbie que ora identificaban a Stalin con Pinky, ora con Winky) entendió que lo que Gorby quería decir es que si la RDA se colocaba al borde del colapso, como en el 53, esta vez no la sostendrían los tanques rusos. No obstante Mieltke, el jefe de la Stasi, advirtió que, en la reunión prevista en Leipzig el día 9, haría uso de cuantas fuerzas fuesen necesarias, y de cuanta violencia lo fuera también, para mantener el control. Esto lo decía, además, apenas ocho semanas después de los sucesos que todo el mundo había visto de la plaza pequinesa de Tiananmen.

El día 9, en Leipzig se concentraron 3.000 policías y 3.000 efectivos militares, fuertemente armados, junto con 500 devotos comunistas teóricamente civiles, pero tan armados como los militares. Se encontraron, frente a frente, con una manifestación de 70.000 personas. La más nutrida, de largo, desde 1953. El baño de sangre podía mascarse.

La concentración, diría Cervantes, fuese, y no hubo nada. Los pacíficos manifestantes hicieron su recorrido, bajo la atenta mirada de unas fuerzas armadas que ni pestañearon.

Honecker había perdido la partida. Que el premier alemán era partidario de darle a aquellos contrarrevolucionarios hasta en el cielo de la boca, está fuera de toda duda. Y era el jefe. Sin embargo, nada pasó, y la explicación más plausible de esta lenidad es que los comunistas locales de Leipzig le dejaron claro que no darían un paso en esa dirección.

Los cuadros comunitas de Leipzig, en efecto, sabían bien que Hans Modrow, el jefe comunista de Dresde, el otro lugar donde había manifestaciones, había decidido negociar con los pastores protestantes que dirigían la movida. Tenían, pues, miedo de que, si respondían afirmativamente a las demandas de Honecker desde Berlín, el futuro les dejase con el culo al aire (cosa que, por cierto, les habría pasado). El propio Mieltke era consciente de ello cuando ordenó al jefe local de la Stasi, Manfred Hummitzsch, que actuase sólo si mediaba provocación por parte de los manifestantes (cosa que tenía que saber que no pasaría, porque siempre se había tratado de concentraciones pacíficas). Y, además, por si alguien tenía la tentación de tirar algún cascote o similar, en la mañana del 9 se había producido la conocida como “Llamada pacífica de Los Seis”, una especie de manifiesto no violento patrocinado por el director de orquesta local Kurt Masur. La llamada fue repetida en todas las iglesias de la ciudad y, como consecuencia, el lema de los manifestantes, durante la marcha, fue Wir sind das Volk, o nosotros somos el pueblo; el personal le exigía clara y diafanamente a los comunistas que no se volvieran contra aquéllos a los que el marxismo dice defender.

La manifestación de Leipzig y la pasividad de las fuerzas del orden habían acabado con Honecker. Si el líder histórico de la RDA estaba dispuesto a mantener la mano dura y repetir en la RDA la jugada de los chinos en Tiananmen, sus cuadros locales no estaban dispuestos a seguirle. Así las cosas, era un líder de pies de barro, razón por la cual fue sustituido por su delfín, Egon Krenz.

El comité de recepción de Krenz, en todo caso, fue una manifestación monstruo (no menos de 200.000 participantes) en Leipzig. El elemento fundamental de la protesta era la propia elección de Krenz; esto es, las protestas iban un paso más allá, y ahora recordaban que sus demandas no podían colmarse poniendo en el poder a un comunista más, sino permitiendo la libre elección del nuevo gobernante.

El 4 de noviembre, la protesta llegó a Berlín, con una manifestación de aproximadamente un millón de personas (de las de verdad, no de las que cuentan los organizadores de manifas en España).

Y, así, llegamos al día 9. Ese día, Günter Schabowsky, responsable de propaganda del Partido Comunista de la RDA y miembro del Politburó, tuvo un encuentro con periodistas. La rueda de prensa se celebró en el Centro Internacional de Prensa de Berlín Este y se transmitió en directo. Para entonces, el régimen estaba discutiendo la posibilidad de elaborar un decreto por el cual, al día siguiente, se permitiría a los ciudadanos de la RDA viajar a la RFA con visa. Una reforma que no buscaba acabar con el Muro, sino, todo lo contrario, controlar y dosificar el pase a Berlín Oeste.

Al final de la rueda de prensa, a preguntas de un periodista italiano, Schabowsky dijo, con voz dubitativa: “Esto..., hemos decidido, er, implantar una regulación que permite a todo ciudadano de la RDA, er, para que, er, pueda dejar la RDA por cualquiera de sus fronteras”. Esto es, habló del decreto, pero sin conocerlo en profundidad.

Los periodistas, inmedatamente, preguntaron cuándo entraba en vigor esa política. Schabowsky no lo sabía. Ni siquiera había estado en la reunión del Politburó que había discutido el decreto. Miró en sus papeles, buscando un memorando (que tenía un mensaje embargando su contenido hasta el día siguiente). Pero no debió ver el embargo, porque dijo: “Según la información de que dispongo, esta medida entra en efecto inmediatamente, sin retrasos”.

En los pasos fronterizos, muchos alemanes y periodistas internacionales (entre ellos, el programa español Informe Semanal, cuya reportera, Rosa María Artal, fue testigo directo de lo que pasó) se agolpaban. Nada más reproducirse la información de la rueda de prensa en la televisión de la RDA, alemanes histéricos comenzaron a llegar a los puestos con la nueva. Fue la mundial. Los guardias fronterizos llamaron a los jefes. Pero los jerifaltes de la Stasi ya no supieron que hacer. Se enfrentaban a una marea humana, y pararla habría demandado un baño de sangre que la policía política de la RDA no estaba en condiciones de arrostrar.

La cosa aguantó hasta las diez y media de la noche, momento en el que los guardias, simple y llanamente, hartos de esperar instrucciones claras, abrieron las puertas.

Un pollas metió la pata hablando de lo que realmente no sabía, y el Muro de Berlín, quizá la más importante realidad de la Historia geopolítica del siglo XX, se fue al carajo.


Si Stalin hubiese levantado la cabeza, las suelas de los zapatos de los dos millones de personas que, en los siguientes días, salieron del paraíso bolchevique, la habrían hundido de nuevo en la tierra.

jueves, agosto 18, 2011

Laicismo patético

Por circunstancias de mi vida, los fines de semana me muevo por el centro de Madrid. Llego a la zona de la Plaza de España en mi coche a eso de las diez y media y aparco con facilidad, porque a esa hora incluso en un lugar tan frecuentado como ése hay mogollón de plazas disponibles. Al menos una vez al año, sin embargo, toda la zona en la yo debería aparcar queda embargada por la policía municipal, que no permite circular por ella, mucho menos aparcar. La razón de que yo no pueda moverme y/o aparcar por la zona de Madrid que constituye el teatro de mi vida es que unos señores, que creo son una asociación privada, llamados MAPOMA, han decidido hacer una maratón. Podrían correr sus 42 kilómetros por los alrededores de La Almunia de Doña Godina o por el arcén de la carretera de Colmenar; sin embargo, prefieren hacerlo por el centro de Madrid; y todos aquellos que tenemos pies planos o nos importa una mierda el atletismo tenemos que aceptarlo. Hay madrileños a los que les gusta que unos tipos y tipas vestidos de corto rompan a sudar tragando millas pasando por Cibeles, y es lo que hay.

A mí nadie me ha preguntado nunca si esto me gusta, si estoy de acuerdo. El Ayuntamiento y MAPOMA se limitan a hacer suyo, un domingo por la mañana, un espacio que es de todos, y lo usan en régimen de monopolio. Y no sólo financio con mis impuestos los gastos que la carrerita le pueda provocar al Ayuntamiento de Madrid sino que, ítem más, pago religiosamente cada año mi tarjeta de residente, lo cual quiere decir que pago por poder aparcar en esas calles que me veda la maratón. O sea, un día al año, pago por algo que no recibo, y eso es así porque unos tipos quieren correr. Otro día es porque es el Día de la Bicicleta. Otro porque se manifiestan los atlantes escrofulosos. Otro porque hay que pasear al Cristo del Perdón.

Eso es la democracia. La democracia se formula como un equilibrio de minorías; en abarcar en su seno a todas las minorías y mayorías que aceptan sus reglas de juego y no se dedican a gasear al personal o a pegar tiros en la nuca a la gente que les cae mal y darles, en la medida de lo posible, lo que demandan. Partamos, pues, de un principio básico: exactamente igual que no es necesario que la mayoría de los madrileños sean maratonianos para que en Madrid se pueda montar una maratón, no hace falta que todos los madrileños deseen que la ciudad sea la sede de un acto religioso para que la ciudad pueda y deba serlo.

En los úlimos 150 años, España ha hecho un camino pedregoso y difícil hacia el laicismo. La significación católica de España es algo muy neto y muy especial, probablemente, dicen muchos historiadores y yo creo que aciertan, por ser el único país europeo que, para afirmarse, tuvo que ganarle el terreno a los creyentes de otra religión. Lo que Pelayo fundó en Covadonga fue un club de Segunda B al que le tocaba batirse el cobre en la Champions League con el mejor club de fútbol del mundo; no habría sido posible hacerlo si todo el equipo no hubiese compartido un sentimiento que fuese mucho más allá que la simple pulsión de ganar.

En el siglo XIX, cuando la mayoría de los países europeos se sacudía el peso del Vaticano; mientras Francia dejaba caer los Estados Pontificios y acababa permitiendo la formación de una nación italiana con fortísimas influencias anticleridades; mientras el canciller Bismarck sentenciaba ante la Dieta prusiana: “No habrá otro Canosa”; mientras ocurría todo eso, dentro de los muros papales España seguía siendo la Gran Esperanza Blanca del catolicismo y, a finales del siglo, Leopoldo Alas pudo crear la obra cumbre de la narrativa en español (sic) contando la historia de una mujer cuyo embrión de felicidad era aplastado por la ambición e influencia... de un sacerdote; y cualquiera que lea La Regenta entenderá que si Fermín de Pas fuese, en lugar de magistral, un acomodado calderero, la novela sería otra, mucho peor. Otrosí digo, la religión católica está, de una forma o de otra, presente en las cuatro guerras civiles que ha vivido España en sus tiempos modernos.

La iglesia católica española ha hecho todo lo posible por retrasar el fenómeno evolutivo laicsta, que no hacía sino reproducir una tendencia, como decía, observable en cualquier país vecino y de referencia en Europa. A través de su apoyo al tradicionalismo ultramontano, en el siglo XIX hizo cada vez más difícil la connivencia entre eso que llamamos las dos Españas, e impulsó al progresismo a la desafección, cada vez más radical, respecto de las vías legalistas de cambio. De hecho, la Restauración se desarrolló, desde su punto de vista polémico o de enfrentamiento, entre los conflictos obreristas y los religiosos. Varios fueron los intentos de recortar o racionalizar el poder de las asociaciones religiosas, y todos ellos acabarían por chocar con la renuencia al pacto por parte de Roma.

Como respuesta a esta dominación, espiritual y temporal, España, exactamente igual que fue tracionalmente uno de los países más católicos de Europa, también ha sido uno de los más anticlericales. La relativa retirada vaticana del poder temporal a lo largo del siglo XIX, unida a la creciente laicización social y el crecimiento del concepto de librepensamiento, intensificó estas tendencias todavía más. Las iglesias españolas arden desde más o menos mediados del XIX con demasiada facilidad.

En esto llegamos a la II República española que, la verdad, no hace demasiado por arreglar las cosas. Todo lo contrario: las empeora. Los políticos republicanos, haciendo uso de un paternalismo intelectual estomagante, se constituyen en élite cultivada, en una especie de club “nosotros sí que sabemos”, que, a base de pajas mentales en el Ateneo, se autodenomina con derecho y capacidad de decretar cuál es, y cuál ha de ser, la evolución de la sociedad española. Afirman que España ya no es un país católico (porque ellos lo han decidido); que ha llegado el momento de borrar todos los privilegios de la Iglesia (que media España quería conservar); y deciden impulsar, en consecuencia, una Constitución que, en lo religioso, es una constitución revanchista con algunos artículos infumables y de dudosísimo timbre democrático. Cuando el régimen entre en su fase radical de izquierdas, en 1936, esos mismos gobernantes asistirán en palco de primera clase al espectáculo de decenas de iglesias ardiendo durante seis meses, sin tomar medidas de enjundia en contra de ello. El estallido de la guerra civil no hará sino radicalizar esta situación aún más, mediante la alianza táctica del franquismo con el nacionalcatolicismo y la ilegalización de la práctica religiosa en amplias zonas republicanas, además del asesinato masivo de curas y monjas, que tanto daño le haría a la República en los países del entorno.

El corolario de esta situación de radicalización constante durante no menos de 15 décadas es que hace relativamente poco tiempo, más o menos en el mismo momento en el que en Europa Mary Quant estaba inventando la minifalda, en España un gobernador civil prohibía a las mujeres que sacaran la basura por la noche a la calle hacerlo sin llevar puestas las medias. Una, sino dos generaciones, de españoles, pagaron (pagamos) el pato de esta ausencia de voluntad de respetarse con una educación asfixiante, una sexualidad reprimida, y tantas otras cosas.

La pregunta es: ¿en qué consiste, exactamente, superar esta situación?

Es evidente que la superación de la situación pasa por el laicismo. Es decir, pasa por un entorno de cosas por el cual nadie que no se sienta católico se vea obligado a seguir una sola de las instrucciones que la Iglesia Católica prescribe para sus seguidores. En este punto, no parece que España demande avances pendientes. Ha costado lo suyo, esto lo sabemos bien quienes tenemos una edad; pero, hoy en día, quien quiere usar condón, comer carne cuando le pete o pasarse los domingos y fiestas de guardar tocando la ocarina mientras mete billetes de 50 euros en las bragas de una stripper, puede hacerlo sin que ninguna institución oficial u oficiosa le pueda obligar a modificar sus actos.

A ojos de algunos, hay un paso necesario más: el borrado total de todo privilegio de la Iglesia o, por decirlo de otra forma, la denuncia del Concordato entre el Vaticano y el Estado español y su sustitución por nada. Ésta es, a mi modo de ver, la madre del cordero de la discusión porque, en el fondo, se reduce a la pregunta básica de si debe de existir una diferencia entre la católica y otras religiones o, por contra, el Estado español debe ser absolutamente neutro en esta materia.

Éste es un punto en el que, al menos en mi opinión, el laicismo, o cuando menos algún laicismo, desbarra. Como desbarró Azaña. España es un país católico; cuando menos, en el sentido de que es más católico que de ninguna otra religión; incluida la no-religión. La católica es la religión que está más presente en nuestra Historia, en nuestra cultura y, cómo no, también en nuestra devoción. Gregorio Hernández y Salzillo no esculpieron, precisamente, Budas de jade. Y los que salen cada Semana Santa a la calle a acompañar esas imágenes no son, que se diga, cuatro gatos mal contados.

España es un país significativamente católico y, lo que es más importante aun, y éste es el gran error en su día de Azaña y sus republicanos reformistas, dejará de serlo el día que lo decida ella; no el día que lo decida un gobierno, un Estado, una Constitución, un decreto o una ideología. Aproximadamente una de cada cuatro declaraciones del IRPF en España toma la opción volitiva de financiar a la Iglesia Católica. ¿Mucho, poco? Eso es, desde luego, opinable. Pero es un dato, me parece a mí, que revela con claridad la existencia de una minoría católica relevante.

¿Por qué financia el Estado a la Iglesia Católica? Pues porque, acertada o erróneamente, el Estado, o sus responsables elegidos para ello más bien, consideran que la católica es una minoría social que merece ser atendida, en mayor medida que otras creencias; exactamente igual que, acertada o erróneamente, considera que el cine debe ser económicamente apoyado en mayor medida que otras expresiones artísticas. Personalmente, considero que en ambos casos el Estado se equivoca; pero lo importante no es mi opinión, sino la decisión de los gobiernos; esto es, reduciendo la cuestión a su esencia, la relevancia de la minoría. Porque una democracia que no respeta a las minorías no es una democracia. Es, por poner un ejemplo tonto, la II República española en sus postreras boqueadas.

La discusión en torno a la financiación de la Iglesia es, por lo tanto, una discusión interminable. Pero el interlocutor de esa discusión son los grupos políticos de gobierno, que son quienes deben decidir que están o no ante una minoría que merece el tratamiento preferencial respecto a otras. El problema es de opción política, no de indignación. Hace horas he visto en la tele a una tía gritar en la Puerta del Sol que se sentía herida porque se trajese al Papa a Madrid con sus impuestos. Me parece que eso es no entender muy bien el concepto de impuesto. Uno no paga impuestos para financiar lo que le da la gana. Al fin y al cabo a mí, que tan sólo tengo lejanísimos parientes aragoneses, también podría indignarme que el erario público pusiese pasta para que Zaragoza se montase un parque actuático con ínfulas de exposición universal. ¿Y? ¿Me da eso derecho a irme a la Pilarica a poner a los asistentes a la Expo de cabrones para arriba?

La estructura de gastos del Estado no es el departamento de Oportunidades de El Corte Inglés, donde uno compra lo que le peta. Por lo demás, no acabo de entender que indignen tanto los costes de una visita de unas horas, y no se diga nada de la pasta pública, central y autonómica, que se ha puesto, se pone y se pondrá para ayudar a sostener la peregrinación jacobea a Compostela. ¿Por qué no prohibimos el Año Santo Compostelano, ya puestos?

Lo que hace enconada la discusión es que en España hay toda una tendencia social que no sólo quiere ser laica, sino que quiere imponer el laicismo. Quiere que el Papa no venga a España o que, si viene, no haya gasto público ligado a la visita. No quiere que quienes participen en el encuentro con él disfruten descuentos o ventajas. No quieren, en suma, que la religión católica disfrute de ninguna oportunidad especial de mostrar su pujanza en el país.

Máximo Gorki, el escritor ruso, solía decir: yo soy ateo, pero tengo un enorme respeto por el sentimiento religioso. No se me ocurre una forma mejor de describir un laicismo equilibrado. Cuando la pulsión laicista se basa en eliminar la pulsión religiosa, se convierte en una posición patética que es todo menos la superación del conflicto religioso. Superar el conflicto religioso es que no haya conflicto; no que el conflicto cambie de sentido.

En la moderna España, sin embargo, esta patética forma de “superar” los conflictos se da bastante. Al parecer, la manera lógica de superar un conflicto consistente en la prohibición en el pasado del uso de lenguas distintas del castellano es dificultar el uso del castellano; o sea, cambiar una prohibición por otra, cobrarse el dolor con dolor. Siguiendo esa extraña lógica parda, el Estado de Israel debiera haberse dedicado a gasear arios.

El laicismo patético, más que una tendencia política, es una tendencia social que pretende un imposible, y que marca un contínuo con otras que tienen que ver también con nuestro pasado. El otro día el elefante Tiburcio (espero que no le importe que desvele esta cita suya), me decía: “A veces tengo la impresión de que el próximo libro que se publique sobre la historia bélica de la guerra civil demostrará que la ganó la República”. Hay todo un intento, en efecto, de rehacer el pasado en el presente. Intento vano, porque por muchas vueltas que le demos, la guerra la ganó quien la ganó, y a los que, como consecuencia de la dicha victoria, nos tocó llevar el cirio por la vida, nos tocó.

Podremos revestir de muchas formas las polémicas surgidas con la Jornada Mundial de la Juventud y la visita del Papa. Pero, al fin y a la postre, se reducen a esto: ¿merecen los católicos el trato deferente que supone permitirles reunirse en la Cibeles, bloquear Madrid, recibir descuentos en el Metro, demandar la labor de centenares de policías, bomberos, etc.? En un Estado laico, ¿merecen los católicos un acuerdo financiero preferente, una presencia notable en la educación y en otros ámbitos? Si lo queremos ver de otra manera, ¿son una de esas minorías de las que una democracia puede pasar, o no?

Esta pregunta tiene 46 millones de respuestas. Y la mayoría dominante en las mismas es un hecho cambiante. Hoy puede ser una, pero mañana puede ser otra. Personalmente, considero que defender la idea de que España debe de ser un país laico tiene los mismos perfiles que la idea de que la minoría católica española (asumiendo que es una minoría, claro) es lo suficiente relevante como para que la especificidad de trato esté justificada. Ambos conceptos son plenamente compatibles, siempre y cuando no se adopten posturas patéticas, es decir revanchistas.

Otra cosa, desde luego, es el exagerado embargo ejercido sobre el espacio público de la ciudad de Madrid, que durante días ha quedado incapacitado para el libre tránsito de los ciudadanos porque hay un tipo que viene de Roma. Esto es, como digo, y al menos según mi opinión, exagerado, y no tiene justificación alguna. Si alguien quiere reunir a un millón de personas, sea para contarles el sermón de la montaña o para cantarles la Tarara, deberá hacerlo, como en los grandes festivales de rock, donde no joda al personal. La Conferencia Episcopal habría hecho bien buscándose una campa en las afueras de Madrid y construyendo allí el altar de Cibeles. Pero, qué le vamos a hacer los residentes en Madrid, al alcalde Gallardón, que como Manuel Fraga hace tres décadas debe ser que piensa que la calle es suya, le encantan estas promenades. Impresentable; pero igual de impresentable, por cierto, tanto para recibir a un tipo de blanco como para que unos pollos vestidos de corto se dediquen a correr.

Esto, sin embargo, poco tiene que ver con el fondo de la cuestión del laicismo a la española. Nada hay más patético que un no creyente emperrado en hablar constantemente de religión; en discutir lo que los creyentes hacen o dejan de hacer. Es tan patético como el espectáculo del pasado en el que los sacerdotes se pasaban el día hablando de lo que los demás (también los no creyentes) hacían o dejaban de hacer. El laicismo es la superación del confesionalismo; cuando en lo que se convierte es en un nuevo proselitismo, tan excluyente en el fondo como el que defendía fray Tomás de Torquemada, lo que queda es la sensación de un cambio lampedusiano. Al menos yo, el catolicismo lo he dejado atrás; no tengo ninguna intención de tenerlo enfrente.

¿Vienen los católicos? Pues que vengan. Si el alcalde no considerase la ciudad su satrapía, todo esto podría haber ocurrido sin que los no católicos tuviesen que verse afectados por ello. Pero también los de la maratón dan por culo, y nunca se me ha pasado por la cabeza ponerles la zancacilla.